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cristoraul.org " El Vencedor Ediciones"


LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

 

EL CORAZÓN DE MARÍA

VIDA Y TIEMPOS DE LA SAGRADA FAMILIA

 

Cuando sus padres le vieron, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía. Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón....

CAPÍTULO PRIMERO “YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO”

Primera Parte: Historia de José y María

MARÍA DE NAZARET

LA MUERTE DE JACOB DE NAZARET

EL VOTO DE MARÍA

TITA ISABEL EN NAZARET

LA CASA DE JOSÉ EL CARPINTERO

LA SEÑORA ISABEL

LA SEÑORA MARÍA

Segunda Parte: Historia del Niño Jesús

EL NÓMADA

BODA Y NACIMIENTO DEL NIÑO

EL NIÑO JESÚS EN ALEJANDRÍA DEL NILO

LA PALOMA MUDA DE LAS LEJANÍAS

LA CARPINTERÍA DEL JUDÍO

EL REGRESO A NAZARET

VOLVER A NACER

LA ESPADA DE DAVID

POLVO ERES Y AL POLVO VOLVERÁS

Tercera Parte . Historia de Jesús de Nazaret

EL PENSAMIENTO DE CRISTO JESÚS

LA MUERTE DE CLEOFÁS

LA MUERTE DE JOSÉ

CAPÍTULO SEGUNDO. “YO SOY EL ALFA Y LA OMEGA”

HISTORIA DEL HIJO DE DAVID

LA SAGA DE LOS RESTAURADORES

HISTORIA DE LOS ASMONEOS

LA SAGA DE LOS PRECURSORES

LA HIJA DEL REY SALOMÓN

VIDA DE LA SAGRADA FAMILIA

CAPÍTULO TERCERO. “YO SOY EL PRINCIPIO Y EL FIN”

HISTORIA DE LA INCREACIÓN. INFANCIA DE DIOS

LA SABIDURIA Y LA CIENCIA DE LA CREACIÓN

EL ORIGEN DE LOS DIOSES

HISTORIA DEL REINO DE DIOS

 

 

 

 Cuando sus padres le vieron, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía. Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón....  

 

En los días del Bicentenario de la Revolución Francesa, en París, el Hijo de Dios me inspiró esta Historia Divina de Jesucristo.  El Corazón de María es el primero de los libros que lo componen.

Era el año 1989. Eran días de esperanza y de fe en el futuro. Nadie podía creer que 30 años más tarde el mundo se encontraría al borde del abismo. Todavía se respiraba en el ambiente  la alegría, la confianza, la capacidad del ser humano para superarse a sí mismo, vencer todos los problemas y dejar atrás las tormentas desde milenios atrás haciendo llover sobre el Género Humano continuos diluvios de sangre. 

Como cualquier otro, a  mi manera, yo también disfruté de aquella Celebración del Bicentenario de la Revolución Francesa. El recuerdo de la Historia Universal es siempre una puerta hacia acontecimientos que, despojados de su parte negativa, nos pone delante lo bueno que  se buscaba, fue encontrado y  necesita ser regado para que no se pierda a los pies del desierto de los intereses de los siglos. Y sin embargo ¿qué Revolución ha sido más beneficiosa y creadora de acontecimientos  históricos que la que el Hijo de Dios desencadenó y  puso en movimiento? ¿No ha sido el Cristianismo el campo en el que han tenido curso todas las revoluciones que desde el Imperio Romano a nuestros días han transformado el rostro de la Civilización? ¿En qué otra Civilización han tenido su cuna el Derecho, las Ciencias, las Artes?

Todo lo que disfrutamos existe porque el Hijo de Dios, venciendo lo Imposible,  traspasar las Sagradas Escrituras de las manos de Jerusalén a las de Roma, inició una Nueva Era, que se ha demostrado Invencible hasta nuestros días, y permanecerá en crecimiento durante los que vienen. Y, con todo, el Conocimiento de la Historia de la Sagrada Familia ha permanecido en el Silencio bajo Sello Divino, al que una vez idos los Apóstoles nadie ha tenido Acceso. Y yéndose la Madre y sus hijos en Dios, vino el Silencio. Inspirado por el Hijo de Dios, mi Padre que está en los Cielos, me entregué en cuerpo y alma a esta Historia..

Yo, Cristo Raúl, movido por el espíritu de Inteligencia, puse inmediatamente manos a la obra. Abandoné Paris, regresé al Sur, me encerré dentro de un mar de libros y me dispuse a empezar por el principio, descubrir a qué se debía aquel vacío documental por el que la confusión encontró puerta de acceso al corazón del problema y parió esa montaña de libros que usando al Héroe de los Evangelios como excusa le dieron vida a personajes de tinta sin ningún contacto con el Verdadero Hijo de María. Pues la Verdad es esta: Dos mil años después ningún historiador había podido penetrar en el Misterio de la Vida Privada de la Sagrada Familia. Aprovechándose de esta circunstancia contra la naturaleza de la verdad, escritores sin amor ninguno a las ciencias históricas usaron ese Vacío para dar a luz historias sobre  el Nacimiento y Vida de Jesús, Fundador de la Civilización, tomando el escándalo como fuente de fama y riqueza. Mina que pareció no tener fin y a la que muchos acudieron a  hacerse con el oro que bien pudieran llevarse. Esta actitud procedía del espíritu del mundo, y el mundo ama lo que viene del mundo. El espíritu del mundo tiene por ley alimentar la ignorancia con la carne de la mentira. Y el que participa de la ignorancia es del mundo de ella se alimenta. Pero el que no tiene el espíritu del mundo no tiene parte en esa ley.

He de reconocer que navegar, bucear por aquel mar de libros hasta encontrar un primer punto donde asirme y desde ahí seguir trabajando no me fue fácil. Triunfar donde todo el mundo ha fracasado, mantener el timón firme contra el viento de las circunstancias personales crea alrededor una reacción que sumándose a la compleja realidad que atraviesa el espíritu acaba produciendo una tormenta. Y nadie sino Dios sabe en qué puerto acabará el pensamiento echando el ancla.

El que no se mueve no llega nunca a ningún sitio. Darle oídos a la ignorancia del mundo es pararse, estancarse, renunciar. El espíritu que viene de Dios hace imposible esta contemplación siquiera en posibilidad. El guerrero que está en el fragor de la batalla sólo tiene ojos para alzarse con la victoria  y disfrutar de la paz. Todo lo que no sea la victoria, no cuenta.

Investigando pues el tema no tardé en descubrir la causa en el fondo del problema de la ausencia de documentos oficiales sobre la existencia de Jesús. Ausencia sobre cuyo grano los siglos han levantado al Misterio de la Vida del Fundador del Cristianismo esa montaña de libros el resultado de cuya lectura es tan ambiguo como confuso.

Inspirado por este hecho el último de los escritores del siglo XX que aportó su grano a la montaña apócrifa que en siglo de Cristo comenzara su andadura tituló su obra «el Jesús desconocido». ¿No es curioso que después de veinte siglos en boca de todo el mundo y cinco siglos de investigación independiente y libre de la tutela de la Iglesia el siglo XX suspirara semejante conclusión para la posteridad: “Jesús, ese desconocido”?

Pero el Fundador del Cristianismo, aunque sea un perfecto desconocido para algunos, no lo es tanto para otros, ni fue tan desconocido para los que le conocieron en vida como los que no le conocieron nos lo han querido presentar. El problema sin embargo está ahí, donde siempre ha estado, en el silencio de los que le conocieron en vida y se llevaron con ellos a la tumba la Biografía del Hijo de María de Nazaret. Ahora bien, si tenemos en cuenta la Fe el secreto del problema está en pegar, entrar y ver. Pues el que era sigue siendo el que es.

Estas consideraciones sentadas por principios de mi investigación, la causa en el fondo de la falta de documentación oficial sobre Jesús como personaje histórico la hallé en los dos incendios que, en el mismo año, según unos, en años diferentes según otros, destruyeron los Archivos del Templo de Jerusalén, de un sitio, y los de la Roma Imperial del César Octavio Augusto, del otro.

¿Casualidad? ¿Puro azar? ¿Parte de un plan maquiavélico concebido por poderes en las sombras? ¿Cómo saberlo, cómo decirlo a ciencia cierta? Lo que está fuera de toda duda es que el anticristianismo violento de aquella generación del siglo de Cristo puso la mecha y prendió la chispa que hizo saltar por los aires los muros del Templo de Jerusalén.

En el caso del incendio del Templo de Jerusalén, concretamente, sí se sabe que la destrucción de los Archivos de Israel fue provocada por los hijos de los que juzgaron a Jesús. Basta una incursión breve en los acontecimientos de la revuelta antirromana para descubrir la identidad del brazo que, batuta en mano, dirigió la orquesta de la destrucción de los Archivos del Tercer Reino de Israel.

Lógicamente en este libro no voy a rescatar del sarcófago de los recuerdos, donde arrojaron los últimos hebreos la verdadera historia sobre la Segunda Caída, la memoria de aquellos acontecimientos. Sólo decir, de tal palo tal astilla; cayó Adán, cayeron sus hijos. Con la maravillosa diferencia que esta vez los hijos no arrastraron al resto del mundo al infierno de la condenación merecida. En cualquier caso centrémonos en los hechos.

A pesar de los pesares, obviando la opinión de los expertos, aquí hay que reconocer que desde un punto de vista psicohistórico la razón para meterle fuego a unos Archivos, documentalmente hablando de un valor incalculable, a la hora de reconstruir el Periodo Asmoneo por ejemplo, tuvo en su punto de mira la eliminación física de cualquier prueba sobre la que el futuro pudiera basar la existencia histórica de Cristo, y enraizara la Fundación de la Iglesia en la cumbre de los procesos internos vividos por el espíritu del Israel mesiánico.

Poca duda le cabe al autor y menos espacio le deja al lector para insertar la personalidad del historiador oficial de los judíos, un hombre llamado Flavio Josefo, en el género más representativo de su tiempo. Formado en la vieja escuela imperial romana, la más representativa en lo tocante a la manipulación del Pasado, como se demuestra en la Eneida de Virgilio, Flavio Josefo aplicó ese mismo método a la Historia de su Pueblo, dando a luz una Historia sin luz profética de ninguna clase y menos valor mesiánico si cabe. De donde resultó ese exorcismo patético que es su Historia Antigua del Pueblo Judío, contra la cual se alzaron historiadores modernos, por cristianos sin derecho a ninguna crítica, y de la que se derivó el destierro de la conciencia del que un día fuera «el pueblo elegido» de aquella naturaleza que lo convirtiera en especial y único entre los demás pueblos de nuestro mundo.

Desgracia sobre desgracia, si de la falsificación de los orígenes del pueblo romano por Virgilio salieron de las páginas de la Eneida glorificados los fundadores de aquella Roma nacida con vocación eterna, de las manos de Flavio Josefo volvió a nacer un pueblo, para más desgracia todavía, privado de toda gloria y honra a los ojos de Dios y de los hombres.

Terrible fue el precio por tanto que con tal de ver exterminados a todos los primeros cristianos, sin distinción de edad y sexo, estuvieron dispuestos a pagar y pagaron los hijos de Abraham.

Aunque sea algo que siempre se suele dejar en la trastienda no debemos olvidarnos que si Jesús fue hijo de Adán y Eva no menos por la sangre lo fueron quienes le juzgaron y le condenaron a muerte. De manera que de lo que de siempre se ha hablado y nunca se ha discutido es del fratricidio cometido contra el nuevo Abel, del que el antiguo fue su modelo, en parte porque se habló de deicidio en parte porque el Caín de aquellos días al contrario del antiguo no ha parecido arrepentirse jamás de su delito. Pero dejemos aquí el examen crítico sobre el valor histórico de la obra literaria de Flavio Josefo. Hoy día se sabe que el historiador de los judíos logró imponer su versión de los Hechos al precio de doblar sus rodillas, no ante el Dios de sus padres, sino ante los dioses del Imperio. Y volvamos al otro Incendio.

En el caso de la destrucción de los Archivos del Imperio por Nerón que el fin buscado fuera cerrar semejante operación anticristiana ya no es tan creíble. Pero a fin de cuentas es lo que vino a cerrarse con la destrucción de los Archivos de la Roma de Augusto. Los documentos sobre el Censo Universal, y cualquier otra prueba física que pudiera aportar luz al Caso, quedaron definitivamente reducidos a cenizas.

Es decir, desde el Año del Fuego (¿su número es el número de la Bestia, 666?) los Evangelios y sólo los Evangelios Canónicos quedaron como únicos documentos sobre los que reconstruir la Historia de Jesús.

Esta conclusión fue descubierta ya en su tiempo por los contemporáneos de los Apóstoles. Descubrimiento que les inspiró a muchos de ellos los llamados “evangelios apócrifos”.

Unos dicen que primero fueron los Canónicos, y que luego trabajando con ellos los autores apócrifos montaron sus historias. Pero yo diría que primero fue la Palabra, y después la Palabra fue puesta por escrito. De hecho cuando uno de los evangelistas dice en su prólogo que antes de él muchos habían intentado componer un relato de la vida de Jesús, al decir “muchos”, siendo únicamente cuatro los evangelistas (dos para la fecha), Lucas sin duda se estaba refiriendo a los autores apócrifos.

No es de extrañar que, escandalizados, los Apóstoles se alzaran contra aquellos relatos. Y decidieran poner por escrito lo que los primeros cristianos ya conocían de Palabra. Imponiendo de camino mediante la Autoridad a Ellos conferida por el Espíritu Santo la Autenticidad Divina de tales Evangelios, decretando en Concilio Universal y Ecuménico -es decir, Católico- que a los Cuatro y sólo a esos Cuatro Evangelios debían atenerse todos los cristianos del Orbe.

A los que así lo hicieron y desterraron de sus ojos la lectura de los «evangelios apócrifos», y cerraron sus oídos a los relatos gnósticos tan de moda en los dos primeros siglos del Cristianismo, empezó pronto a llamárseles “Católicos”. Porque si a los primeros seguidores de Cristo, sin distinción entre sus posiciones más o menos divergentes, comenzó a llamárseles «cristianos», a todos los que se atenían al Texto de los Evangelios Canónicos comenzó pronto a llamárseles Católicos. Pues contra los demás, que en el caso de la Virgen por ejemplo corregían a los propios Apóstoles -excusándoles su credulidad infantil a la hora de la Concepción Virginal de Cristo- los católicos creyeron, creían y creen a fe ciega en la Palabra Escrita.

Este, sin ningún género de dudas, fue el Origen del Catolicismo. Cuando San Pablo les criticó a algunos fieles definirse por ser de éste o de aquél otro sujeto con toda seguridad se refería al daño contra la Unidad del Cristianismo que los primeros relatos apócrifos estaban ya haciendo. Porque también su origen fue la Palabra, y sólo más tarde fueron puestos por escritos aquellos relatos falsos sobre Jesús, su familia y sus discípulos.

Es decir, las iglesias nacidas de la Reforma no fueron las primeras que negaron la Encarnación del Hijo de Dios y su Nacimiento por obra y gracia del Espíritu Santo.  Antes de la Reforma los Gnósticos del siglo I y II d.C. ya negaron la existencia de la Virgen. Por no hablar ni traer ahora a estrado la opinión de los propios judíos al respecto, se entiende.

Desde esta postura de desentierro de corrientes muertas en los orígenes del cristianismo es lógico que la Reforma, al negar la Encarnación, se propusiera destruir a todos los que vivían de la Palabra y sólo por la Fe de los Apóstoles podían sostener sus declaraciones.

Lo sabemos positivamente, los Apóstoles edificaron la Iglesia sobre la Palabra. Esa Palabra era y es que el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María sin intervención de varón. Y sabemos, porque lo oímos, que las ramas nacidas del árbol de la Reforma negaron esta Encarnación, negando así el Poder de Dios para hacer que una mujer conciba sin “concurso de varón”.

Visto esto uno se pregunta con toda la razón del mundo: ¿qué vino a destruir la Reforma: la obra del Diablo o la de Cristo? Porque quien no cree que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo y nació sin la intervención de varón, aunque repita hasta el infinito “Jesús es el Señor, Jesús es el Señor”: ése no es cristiano.

Según los Evangelios: cristiano es aquél que vive de la Palabra, y confiesa, según está escrito, que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, que estaba en El, pues el Verbo es Dios y el Verbo se hizo hombre. El que cree esto es cristiano.

Ahora bien, si se confiesa que el Hijo de Dios se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo y se niega que el Espíritu Santo venga del Padre y del Hijo se niega que el Verbo se hiciera hombre, ¿porque cómo puede vivir el Hijo en el Padre y no ser una sola cosa con el Espíritu Santo? Es decir, ¿qué negó y niega la Ortodoxia de los Rusos?, ¿que el Hijo y el Padre no son una sola cosa?, ¿que el Hijo no es Unigénito?

La Fe en la que edificaron los Apóstoles la Iglesia que su Señor fundó sobre Roca tenía dos columnas maestras. Primero, el Hijo se encarnó en el seno de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Cualquiera que niegue esto no es cristiano. Y segundo: El Hijo y el Padre son una sola cosa en el mismo Espíritu, que es Santo; de manera que todo lo que la creación recibe de Dios lo recibe a través de su Hijo. Y todo el que niegue en Cristo la Puerta por la que la creación recibe de Dios toda gracia, ése no es cristiano. ¿Y si no es cristiano ése que cree en el Padre pero niega que entre Dios y el hombre esté su Hijo, ése qué es?

Cuando Dios declaró que el Justo viviría de la Fe sin ningún género de dudas se refería a esta Fe.

Pero volvamos a la investigación. Porque claro está, esto es Fe. Pero la Historia reclama hechos, documentos, piezas con las que componer el puzle. Piezas que como hemos visto no se encuentran por ninguna parte. ¿Así que cómo llevar a término una investigación recreativa de la Historia de Jesús si los elementos indispensables para su articulación no se encuentran en ninguna parte? Es decir, ¿quién puede componer un rompecabezas sin las piezas del rompecabezas que debe componer?

Pero para todo hay un tiempo. Hay un tiempo para investigar,  navegar hasta tocar fondo en el mar de la Historia; hay un tiempo para subir, respirar aire, salir a tierra firme, tomar el sol, mirar el cielo, dejar que la piel se seque,  sentir la tierra bajo los pies,  abrazar a otro ser humano. Y hay un tiempo para sentarse y poner sobre el papel las conclusiones a las que se han llegado, extender sobre la mesa el tesoro que se ha rescatado del fondo de ese mar. Quien busca un tesoro en las oscuras profundidades tiene que ver con los ojos a la luz del día el valor de lo que traído consigo. Nadie trabaja en vano. Ni nadie está libre del error. Lógicamente hasta que no concluyes tu trabajo no sabes en qué te has dejado llevar por la emoción.

Escribí el primer manuscrito sobre la Historia Divina de Jesús en Londres. Aterricé en  la City invitado por unos amigos que hice justamente conocí durante el Día del Bicentenario en Paris. Moraban en un antiguo hospital abandonado que habían acondicionado como estudio de Música. Gente muy buena. Pusieron a mi disposición la planta que más  tranquilidad me ofreciese.  Los músicos  son amigos de muchos amigos que van y vienen. El trabajo del escritor al contrario reclama silencio,  puerta cerrada, libertad entre muros. No sabes cuándo vas a acabar de dar a luz tu obra. El día y la noche es un continuum. No hay diferencias entre una semana y la otra. Un mes, dos meses, tres meses.... es el mismo rosario dando vueltas en las dedos. Las páginas crecen, disminuye. aumentan, se transforman, se visten, cogen peso, se hacen carne y hueso y un día estás de parto. Pero lo primero es lo primero.

 Saqué mi máquina Olivetti y puse manos a la obra. Agaché la cabeza,  cuando la levanté había llenado unas 800 páginas. La criatura estaba parida. Es lo que los escritores solemos decir. Dar a luz un libro es como un parto; el trabajo se lo come uno solo, y cuando los dolores han pasado miras  tu creación.

 Y… de pronto me cuenta que no había dado a luz aún.

Los meses habían pasado. Una cantidad de energía incalculable desde la mente a los dedos se desintegró en el fuego de la realidad. Innumerables veces las teclas golpearon el silencio. Diez páginas, cien, doscientas, trescientas, cuatrocientas, quinientas, seiscientas, setecientas, ochocientas páginas. Cientos se quedaron en el camino, ceniza en el cubo de la basura.

El trabajo estaba acabado. Respiré. Levanté la cabeza, me levanté, creí que la criatura estaba en mis brazos… y de pronto lo vi:  Esas 800 páginas tenían huesos y carne, pero les faltaba un Corazón.

Y desterré aquel primer manuscrito de mis ojos. Comprendí que tenía que dejar de buscar en los libros lo que no podría encontrar en ellos. Así que cuando la primavera comenzaba a  abandonar Londres partí hacia Jerusalén.  

Crucé Europa a la luz de una estrella brillante y atravesé el mar sobre las olas de una Paloma de Plata. ¡Tierra Santa! Al fondo del Mar Grande una Torre brillaba al alba como el faro más potente del mundo. Era Haifa.

Bajé a Nazaret. Visité el Templo de la Anunciación. Tras una breve parada en Tel Aviv seguí mi camino a Jerusalén.

Cuando alcancé Jerusalén la Ciudad estaba en estado de alarma. Irak acababa de invadir Kuwait. El discurso antisionista del nuevo héroe del Islam, usando el odio universal del mundo musulmán contra los judíos como hipervínculo de unión a su causa de todos los fundamentalistas del mundo árabe, exigía -según periódicos paramilitares israelíes- el uso de armas nucleares, especialmente la bomba de neutrones.

Mientas Irak levantaba oleadas de vítores en los territorios palestinos, entre la muchedumbre que paseaba por la Calle David un hombre anuncio vestido de profeta caminaba con un cartel muy grande, que decía: El fin del mundo se acerca, venid a tomaros una cerveza.

Fue un viaje muy instructivo. Me subí de nuevo en las alas de la Paloma de Plata y navegué por las aguas del Mar Grande de vuelta al Viejo Continente.

Puse rumbo a Londres. Me instalé en Finsbury Park, cerré la puerta, abrí mi vieja máquina, y me sentó dispuesto a no salir del estudio hasta conseguir la Historia por la que había estado luchando durante los últimos años.

Fue un otoño muy largo, pero muy fructífero. Un día del Noviembre de ese año llegué a la meta. La meta tras la que estuve corriendo todos esos años era el tesoro que la Madre guardó en su corazón, «el Corazón de María».

Cómo María conoció a José, quiénes fueron Zacarías e Isabel, quiénes fueron en realidad los famosos hermanos y hermanas de Jesús. Todo, absolutamente todo, Ella lo conocía todo sobre su Hijo. Lo había vivido y lo había guardado todo en su Corazón. Y seguía donde estuvo.

Lo que yo, Cristo Raúl, en el Corazón de la Madre es lo que vais a leer a continuación.

 

 

 

Respóndete a tí mismo: ¿por qué los Apóstoles, teniendo a la Madre de Jesús entre Ellos, se limitaron a escribir exclusivamente sobre lo que vieron y oyeron en y del propio Jesús? ¿No les interesaba saber y comunicarles a los cristianos la Historia de sus padres y su casa, venciendo desde el principio las fábulas que sobre este tema se crearían después de idos Ellos? Efectivamente la Madre guardó en su Corazón ese Tesoro, y yéndose se llevó con Ella al Mundo del que vino su Hijo esta Historia. Por eso dice el Apóstol : ¿Quién subirá al Cielo?

Aquí tienes el Tesoro que María guardó en su Corazón, te maravillará esta Historia. No pierdas la ocasión de ver la VERDAD con los ojos del tuyo.

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