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SALA DE LECTURA

HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO IV.

Las renuncias de Bayona.

 

ATERRADO el pueblo de Madrid con el desgraciado éxito de su insurrección, aprovechó Murat la influencia que su momentánea victoria le daba para ejercer en toda su plenitud el despotismo de su autoridad. Sus órdenes del día y sus proclamas prometían el olvido de lo pasado, y amenazaban con castigos más fuertes en caso de reproducirse los alzamientos. Las autoridades españolas de la corte quedaron sometidas a su imperio, distinguiéndose por su abyección el tribunal del santo oficio, quien no titubeó en dirigirse a los ministros de la religión para obligarle a anatematizar el levantamiento del 2 de Mayo, calificándolo de escandaloso y defendiendo sin vergüenza la causa de los que acababan de enviar al suplicio numerosos montones de víctimas, sin concederles en los últimos momentos el auxilio de un sacerdote que las consolara. El infante D. Francisco, detenido en Madrid todo el día 2 a consecuencia del tumulto, salió para Bayona en la mañana del día siguiente, haciendo lo mismo 24 horas después el infante D. Antonio.

Murat deseaba con esto, no solo reunir en Bayona a todos los individuos de la familia real, sino quitar también a la junta el escaso prestigio que el nacimiento y el rango de su presidente pudieran darle a los ojos de los españoles. El conde de Toreno presenta la partida de este príncipe como debida a una indicación que le fue hecha en conferencia secreta por el conde de Laforest y M. Freville, calificando su salida de pura condescendencia debida a la consternación que habían causado en su ánimo los últimos sucesos. Otros escritores afirman que el infante se anticipó a los deseos de Murat, pidiéndole le enviase a Bayona al lado de su sobrino, para evadirse con esto al cumplimiento de las obligaciones que como presidente del gobierno le imponía su cargo, aserción que creemos más fundada. Como quiera que sea, D. Antonio salió de la capital en la madrugada del 4, oculto en un coche de viaje de la duquesa viuda de Osuna, habiendo pasado a Don Francisco Gil y Lemus como vocal más antiguo de la junta, el ridículo papel, carta, decreto, a como deba llamarse, que literalmente decía así:

 

«Al señor Gil.

A la junta para su gobierno la pongo en su noticia como me he marchado a Bayona da orden del rey, y digo a dicha junta que ella sigue en los mismos términos como si yo estuviese en ella.

Dios nos la dé, buena,

Adiós, señores, hasta el valle de Josafat,

Antonio Pascual.»

 

María Luisa había calificado a este príncipe de hombre de poco talento y luces, llamándole cruel además. Cuando faltaran otros hechos para convencernos de lo bien que le conocía aquella señora, bastaría a hacernos formar igual concepto la sola lectura de esta carta. Digna producción de un idiota, lo es al mismo tiempo de un hombre sin sensibilidad, sin corazón y sin entrañas. Despedirse con esa chocarrería en medio de crisis tan terrible, es poner en caricatura el dolor de un gran pueblo, mezclar el ridículo al llanto y a la consternación general, entonar la elegía de muerte con ecos de zumba. A su debido tiempo veremos otros rasgos que acabarán de formar el retrato de ese príncipe singular, llamado por algunos el más simple de los Borbones. Después de su partida quedó la junta entregada ciegamente a todos los caprichos de Mural, acabando por prostituírsele del modo más completo. Pocos días después fue el generalísimo nombrado presidente suyo por un decreto de Carlos IV que le instituía lugarteniente general del reino. La ignominia en aquella sazón se acercaba a su último punto. Veamos el modo.

Hecha por Savary a Fernando VII la inesperada intimación de renunciar a la corona de España, según dejamos dicho al fin del capítulo primero, comunicó el joven monarca a sus ilusos compañeros de viaje la propuesta, pasando en consecuencia á conferenciar con el ministro de Napoleón, Mr. Champagny, D. Pedro Ceballos y el consejero Izquierdo. Dícese de este último que sostuvo la causa de Fernando en aquella conferencia con un tesón honroso a su memoria, habiéndose también distinguido Ceballos en el mismo sentido. En una de estas acaloradas discusiones, y cuando más enérgicamente se expresaba nuestro ministro de Estado contra la abdicación que de Fernando se exigía , estaba Napoleón escuchándole detrás de una puerta. No pudiendo este sufrir la defensa que aquel hacía del joven monarca, presentóse de repente en el salón, y encarándose fieramente con Ceballos le acusó de haber contribuido al destronamiento de Carlos IV, apellidándole traidor por este hecho, y por ser ministro del hijo, habiéndolo sido antes del padre. Semejantes denuestos emanados de boca tan temida como la de Bonaparte, dejaron a Ceballos suspenso y como fuera de sí. Serenándose luego Napoleón gradualmente, le dirigió palabras más dulces, concluyendo al fin por manifestarle que no debía sacrificar la felicidad de España al interés de la familia de Borbón, lo cual quería decir en buenos términos, que si Ceballos no había tenido inconveniente en abandonar la causa del padre para abrazar la del hijo, tampoco debía de tenerlo en abandonar la de este para abrazar la del imperio. Mas adelante veremos hasta qué punto era Ceballos capaz de transigir con toda clase de proposiciones.

La causa de Fernando estaba perdida, y a pesar de todo se sintió Escoizquiz con aliento bastante para hablar a Napoleón y sostenerla. La conferencia tenida entre ambos ha sido presentada por el mismo Escoizquiz de un modo que escita la risa del que la lee , y que la excitaría más probablemente, si el autor de la Idea sencilla hubiera narrado su diálogo sin alteraciones, que como es natural, introduciría a su arbitrio. Escoizquiz peroró largamente , pronunciando en defensa de su discípulo un discurso que por su verbosidad sin duda mereció de Napoleón ser irónicamente calificado con el nombre de arenga ciceroniana. El orador esperaba producir un efecto grandioso en el ánimo del emperador; pero se llevó gran chasco. Napoleón se dejó de retóricas, y entrando desde luego en el punto capital de la cuestión, condenó nuevamente a Fernando como detentador injusto del cetro de su padre, insistiendo enérgicamente en la necesidad de la renuncia. No desanimado por eso el arcediano de Alcaraz, continuó su interrumpido discurso con la más presuntuosa confianza, visto lo cual por Napoleón creyó oportuno interrumpirle de nuevo, asiendo amigablemente al orador de las orejas y dando fin a la entrevista autorizándole para que en nombre suyo prometiese a su regio alumno el reino de Etruria a cambio de la corona de España, sin olvidar el punto culminante de las ilusiones del malhadado clérigo, el de la boda de Fernando con una princesa imperial. El canónigo echó sus cuentas, y en la alternativa de vivir en la oscuridad si Fernando se resistía al cambio propuesto , o de ser su consejero privado si aceptaba la corona de Etruria, dedujo que le convenía mejor lo último, aun cuando para satisfacer su ambición hubieran de sacrificarse los deberes que como español le ligaban a su país. Voló, pues, Escoiquiz al alojamiento de Fernando, y comunicando a este y a su comitiva la nueva propuesta del emperador, se reunió el consejo del rey para examinarla. La mayoría la halló inadmisible, no tanto por razón de decoro, cuanto por la convicción en que estaba de que Napoleón exigía mucho para que se le concediese algo. Era ya locura y delirio llevar la confianza a tal punto, presumiendo que aquella impotente negativa haría ceder a Napoleón en sus pretensiones. Escoiquiz por su parte manifestó su opinión diametralmente opuesta a la de los consejeros, votando por la admisión del reino de Etruria y manifestándose igualmente ciego que aquellos, aunque en contrario sentido , pues si el emperador no había tenido inconveniente en burlar las esperanzas de Fernando después de las promesas hechas por Savary, ¿quién aseguraba al canónigo que cumpliría ahora su nueva palabra? Ilusión tan extravagante necesita para ser explicada reconocer una causa más fuerte que la simple credulidad. Escoiquiz soñaba en el mando, y con tal que pudiera ejercerlo en cualquier rincón de la tierra, lo demás le importaba bien poco. Dotado Napoleón de un instinto maravilloso para conocer a los hombres, no se contentaría probablemente con tirarle de las orejas a aquel incapaz sacerdote; pero ya le tocase el resorte de la ambición, ya recurriese tal vez a la amenaza, Escoiquiz tuvo buen cuidado en callarlo al referir su entrevista, quedando por consiguiente nuestra observación en estado de mera sospecha, aunque muy vehemente y probable.

Deseoso el emperador de dar tiempo a la llegada de Carlos IV para acabar de una vez la comedia que hacía representar al hijo, manifestó no querer entenderse con Ceballos en la prosecución de las conferencias empezadas, por lo cual sucedió á este D. Pedro Labrador para continuar sus pláticas con Champagny. Labrador no se avino con el ministro francés, y rompió desde luego sus negociaciones. Escoiquiz prosiguió sus tratos entendiéndose con el obispo de Poitiers Mr. De Prat, pero sin resultado definitivo, basta el 29 de abril, víspera de la llegada de los reyes padres a Bayona, en cuyo día anunció Napoleón a Fernando que desde entonces en adelante rompía sus conferencias con él, tratando solamente con Carlos.

Recibidos los reyes padres en Bayona con el ostentoso aparato de que hemos dado cuenta a nuestros lectores, divisaron al apearse del coche a Fernando y a Carlos sus hijos, los cuales los estaban esperando al pie de la escalera. Saludó Carlos IV al segundo, y abrazó le María Luisa, visto lo cual por Fernando que había permanecido inmóvil al observar que su padre no le dirigía la palabra, se dirigió a abrazarle también. Carlos rehusó aquella muestra de forzado afecto, manifestándole su indignación de un modo significativo, tras lo cual le volvió la espalda, comenzando a subir las gradas con la severidad pintada en el semblante. La reina, si hemos de dar crédito a algunos escritores, cedió a la voz de la naturaleza y abrazó a Fernando; y aunque concuerda muy mal esta demostración con las expresiones que la hemos visto verter en sus cartas a Mural y con la escena de que luego hablaremos, no es imposible creer que María Luisa se acordase en aquellos momentos de ser madre, como tampoco que influyese en su abrazo la circunstancia de hallarse presente a la escena numerosa reunión de espectadores. Los hermanos Fernando y Carlos se dirigieron a su morada, entrando sus padres en el alojamiento que les estaba destinado, (Godoy), donde reunidos al hombre sin cuya compañía les era imposible vivir, le estrecharon ardientemente contra su corazón derramando lágrimas de alegría. Poco rato después vino el emperador a visitarlos, siendo escusado decir las significativas maestras de alborozo y gratitud con que sería recibido.

Los regios honores con que el emperador dispuso la entrada de sus nuevos huéspedes, y las notables muestras de deferencia que les prodigaba, eran hijos del estudio y del cálculo. La perfidia usada con el hijo necesitaba legitimarse con la necesidad de sostener los derechos del padre, y conveníale al emperador manifestar desde un principio de un modo aparatoso y visible su disposición decidida a protegerle. La intriga y algún tanto de paciencia harían después lo demás. La llegada de Carlos mientras tanto puso a Napoleón en conflicto consigo mismo. De lejos, y no conociendo a su aliado sino de oídas, por decirlo así, podía ser Bonaparte bastante osado, o si se quiere, bastante inicuo, para atreverse a todo; pero visto Carlos IV de cerca y atendido lo que naturalmente prevenían en su favor la bondad pintada en su rostro, la desgracia en que había caído, los padecimientos morales y físicos que gastaban su anciana existencia, y su resolución misma de ponerse en los brazos del hombre cuyo auxilio imploraba, no era tan fácil decidirse Napoleón a obrar con el padre en los términos que con el hijo. Si Carlos IV hubiera sabido persuadirse del secreto poder que ejercía en el ánimo del hombre que meditaba devorarle; si hubiera ostentado a sus ojos la dignidad y firmeza que en su posición le convenian; si una vez hecha su protesta hubiera manifestado de un modo decidido el consiguiente empeño en volver a ocupar el trono contra cuya usurpación reclamaba, es muy dudoso que el emperador hubiese sido bastante desalmado para olvidar con él toda clase de consideraciones. Carlos, empero, no parece que fue a Bayona sino para ostentar más de cerca a los ojos del emperador la pequeñez y miseria de toda la regia familia; y el que derribado del solio y refugiado en país extranjero era objeto que Napoleón no hubiera de cerca podido mirar impasible, dejó de inspirar compasión desde el momento en que dio claramente a entender lo indiferente que le era recobrar el mando perdido  limitando toda su ambición a vivir en compañía de su Manuel y nada más.

La primera entrevista del emperador con sus huéspedes se redujo toda a protestas de la más sincera amistad por su parte, manifestándose decidido a sentarlos en el trono y a reconquistarles el antiguo poder. Napoleón acaso fue sincero en aquellos primeros instantes. Al día siguiente fueron los reyes padres convidados a comer al palacio imperial. Carlos IV, asido al brazo de Bonaparte, subió con dificultad la escalera que conducía al salón, y aludiendo a sus achaques, a su ancianidad y a su hijo, me ha derribado, dijo al emperador, porque no tengo fuerzas. 

« Eso lo veremos, contestó este : apoyaos en mí que podré sostener a los dos. » 

Tal creo replicó Carlos, parándose a mirar a Bonaparte ; y en ello fundo mis esperanzas. 

Sentados los reyes a la espléndida mesa que Napoleón les tenía preparada, notó que faltaba en en ella el príncipe de la Paz , y lleno de ansiedad preguntó:

 ¿y Manuel? ¿dónde está mi Manuel? 

Napoleón, que en aquellos momentos preparatorios nada estudiaba tanto como complacer a Carlos IV, no podía haber olvidado al valido en la mesa; pero quiso sin duda excitar la pasión del monarca para doblar mejor su complacencia tras aquel momentáneo pesar. Godoy fue llamado a la mesa imperial, y reinaron en ella la efusión y la alegría.

A la segunda entrevista, era Napoleón dueño ya del corazón de Carlos IV, siendo para nosotros indudable la resolución del anciano monarca de traspasar su corona a las sienes del emperador desde el tercer día de su llegada a Bayona. El príncipe de la Paz, dueño de pintar a su modo las conferencias secretas que Junto él como sus augustos amigos tuvieron con el emperador, nos merece muy poca fe en el relato que de ellas hace, mayormente cuando se hallan en contradicción con los hechos. Nosotros hemos visto a Carlos IV (y perdónesenos la prolijidad con que insistimos en esto) verificar su protesta contra la abdicación, poniendo su suerte, la de su familia y la de la nación entera en manos de Bonaparte, sin que ni en ella ni en la carta con que fue acompañada haya la menor expresión de la cual se deduzca haber sido hecha la tal protesta con el solo y exclusivo objeto de recobrar el trono perdido. En la correspondencia de María Luisa con Mural no se advierte tampoco indicación la más ligera que nos haga variar de concepto, limitándose siempre aquella señora a implorar la protección del emperador con abstracción absoluta de las consideraciones debidas a la independencia nacional. Si al salir los reyes padres de España manifestaron deseo de volver a ocupar el trono, como algunos historiadores nos dicen, ese anhelo debió ser muy tibio y muy pasajero, debiendo juzgarse otro tanto de las ilusiones que a su entrada en Bayona pudieron formar, visto el recibimiento que Napoleón les hacía. Las anécdotas que en ese sentido se cuentan dicen relación casi todas a María Luisa; pero ni las palabras que se atribuyen a esta señora están de acuerdo con las que hemos visto estampadas en sus cartas, ni por las circunstancias en que se dice pronunció algunas de ellas, pueden tal vez atribuirse a otra causa que al deseo de evitar se les pusiese impedimento en su viaje a Bayona. El príncipe de la Paz en el tomo último de sus Memorias, censura abiertamente la tibieza mostrada por Garlos IV en lo de volver a reinar, dejando así abierto a Napoleón el flanco por donde mejor podía atacarle. Napoleón desde entonces podía decir a su aliado :

«Vos no queréis que reino vuestro hijo, ni queréis reinar vos tampoco. ¿Cómo salir de este atolladero? Vos y vuestra esposa os retiraréis en compañía de vuestro Manuel, sin que os falte nada a su lado. El hijo que os ha usurpado el trono os lo devolverá por quién soy; vos cuya vuelta al poder es imposible en compañía de vuestro amigo, me cederéis ese trono a mí a cambio de la libertad que le he dado y de la ventura que en ello os proporciono, teniendo todo dichoso fin con arreglo a mi constante designio de ver de arreglar este asunto por medio del ardid y de la intriga, mejor que recurriendo a las armas. Europa dirá que Fernando devolvió la corona a su padre por la sola razón de habérsela este exigido, y que vos me la disteis a mí en la imposibilidad de darla a otro que pudiera llevarla mejor que yo. »

Tal debió de ser la lógica y el modo de argumentar de Bonaparte. Los hechos que vamos a exponer, y los antecedentes que tenemos sentados, nos inclinan invenciblemente a pensarlo así. Lo único que faltaba a esa lógica era tener presente que el pueblo español podría tal vez no avenirse con aquella manera de discurrir; pero eso estaba por ver, y el orgulloso conquistador en todo caso tenía en España cien mil bayonetas para hacerla entrar en razón. ¿Cómo equivocarse en sus esperanzas quien de tantas legiones disponía?

Puestos los reyes padres de acuerdo con Napoleón en los términos que creyeron convenientes, citó Carlos IV a Fernando para que compareciese en presencia de Napoleón a una entrevista que debía celebrarse, a fin de tratar el negocio que los había llevado a Bayona. Fernando acudió a la cita, la cual tuvo lugar el 1. ° de mayo, estando en ella presentes sus padres y el emperador, sin intervención de ninguna otra persona. Carlos IV intimó a su hijo que a la mañana siguiente le restituyese la corona que le había usurpado, enviando su cesión pura y sencilla, amenazándole con que en caso de resistencia serian tanto él como sus hermanos y toda su servidumbre tratados desde aquel momento como emigrados. La amenaza era espantosa, y cuando Napoleón no la robusteciese con sus palabras, la ratificaba bastante con solo hacerse en su presencia.

Fernando en su mala causa tenía una contestación que dar, y era haber subido al trono con unánime aprobación de los españoles, razón fuerte sin duda alguna para resistirse a la cesión que se le exigía, aun cuando no le justificara a los ojos del padre de la nota de usurpador. Carlos IV no pudo sufrir que su hijo le hablase en otros términos que los de la más sumisa obediencia, y alzándose de la silla v hablándole con fiera dignidad, dióle en rostro con su ambición, acusándole paladinamente de haber querido quitar la vida a sus padres juntamente con la corona. María Luisa que hasta entonces había permanecido en silencio, se dejó súbitamente llevar de la cólera , y ultrajando a su hijo en términos los más injuriosos, llevó el frenesí, según dicen, al para nosotros increíble extremo de pedir a Napoleón hiciese castigar los crímenes de su hijo en un cadalso.

 El príncipe de la Paz manifiesta haber sido tergiversados por los partidarios de Fernando los cargos y reconvenciones que se le hicieron en esta entrevista, añadiendo que oyó más adelante a los reyes padres lamentarse de la inicua interpretación que dieron sus enemigos a varias expresiones de las que entonces tuvieron lugar. La reina, según el valido, se limitó a recordar a su hijo la nobleza que con él había usado cuando escondió en su seno el papel que podía haberle perdido en el proceso del Escorial, dando como daba su contenido motivos bastantes para poner a Fernando en un patíbulo. Tal vez fuera esto así; tal vez se equivocase Mr. Pradt cuando oyó aquella especie a Napoleón; tal vez Napoleón no comprendiese exactamente lo que la reina hablaba en una lengua por S. M. muy poco usada, como dice el príncipe de la Paz, y como nosotros, horrorizados con la idea de que hubiese madre capaz de expresarse en términos tan espantosos, nos inclinamos a creer; pero como quiera que sea, Napoleón quedó escandalizado de aquella entrevista, y viendo en toda su pequeñez y miseria al padre, a la madre y al hijo, imposible era ya desde entonces que pudiera abrigar en su corazón el respeto más leve a la desgracia.

Reducido Fernando al silencio, se retiró á su morada, enviando poco después a Carlos el pliego siguiente :

 

Carta de Fernando VII a su padre Carlos IV.

 

«Venerado padre y señor: V. M ha convenido en que yo no tuve la menor influencia en los movimientos de Aranjuez, dirigidos como es notorio , y a V. M. consta, no a disgustarle del gobierno y del trono, sino a que se mantuviese en él y abandonase la multitud de los que en su existencia dependían absolutamente del trono mismo. V. M. me dijo igualmente que su abdicación había sido espontánea, y que aun cuando alguno me asegurase lo contrario no lo creyese, pues jamás había firmado cosa alguna con más gusto. Ahora me dice V. M., que aunque es cierto que hizo la abdicación con toda libertad, todavía se reservó en su ánimo volver a tomar las riendas del gobierno cuando lo creyese conveniente. He preguntado en consecuencia a V. M. si quiere volver a reinar; y V. M. me ha respondido , que ni quería reinar , ni menos volver a España. No obstante , me manda V. M. que renuncie en su favor la corona que me han dado las leyes fundamentales del reino, mediante su espontánea abdicación. A un hijo que siempre se ha distinguido por el amor, respeto y obediencia a sus padres, ninguna prueba que pueda calificar estas cualidades, es violenta a su piedad filial, principalmente cuando el cumplimiento de mis deberes con V. M. como hijo suyo , no están en contradicción con las relaciones que como rey me ligan con mis amados vasallos. Para que ni estos, que tienen el primer derecho a mis atenciones queden ofendidos, ni V. M. descontento de mi obediencia , estoy pronto, atendidas las circunstancias en que me hallo, a hacer la renuncia de mi corona en favor de V. M. bajo las siguientes limitaciones.

1.a Que V. M. vuelva a Madrid, hasta donde le acompañaré, y serviré yo como su hijo más respetuoso. 2.a Que en Madrid se reunirán las cortes; y pues que V. M. resiste una congregación tan numerosa, se convocarán al efecto todos los tribunales y diputados de los reinos. 3.a Que á la vista de esta asamblea se formalizará mi renuncia, exponiendo los motivos que me conducen a ella : estos son el amor que tengo a mis vasallos , y el deseo de corresponder al que me profesan procurándoles la tranquilidad, y redimiéndoles de los horrores de una guerra civil por medio de una renuncia, dirigida a que V. M. vuelva a empuñar el cetro, y a regir unos vasallos dignos de su amor y protección. 4.a Que V. M. no llevará consigo personas que justamente se han concitado el odio de la nación. 5.ª Que si V. M., Como me ha dicho, ni quiere reinar ni volver a España, en tal caso yo gobernaré en su real nombre como lugarteniente suyo. Ningún otro puede ser preferido a mi: tengo el llamamiento de las leyes, el voto de los pueblos, el amor de mis vasallos , y nadie puede interesarse en su prosperidad con tanto celo ni con tanta obligación como yo. Contraída mi renuncia a estas limitaciones, comparecerá a los ojos de los españoles como una prueba de que prefiero el interés de su conservación a la gloria de mandarlos, y Europa me juzgará digno de mandar a unos pueblos, a cuya tranquilidad he sabido sacrificar cuanto hay de más lisonjero y seductor entre los hombres. Dios guarde la importante vida de V. M. muchos y felices años que le pide postrado a L. R. P. de V. M. su más amante y rendido hijo.—Fernando. —Pedro Ceballos.— Bayona 1º de mayo de 1808.»

 

Serenidad se necesitaba por cierto pata decir Fernando en esta carta que no había tenido influencia ninguna en el movimiento de Aranjuez, y que su padre había convenido en ello, siendo así que era todo al contrario. También es chocante que el autor de la carta de 11 de octubre a Napoleón proteste con tanta frescura haberse distinguido siempre por el amor, respeto y obediencia a sus padres; pero lo que más llama la atención en esta carta es el conjunto de formalidades y requisitos que se exigen para hacer la nueva renuncia, cuando al verificar la suya Carlos IV no se permitió al consejo de Castilla ni aun oír el dictamen fiscal. El que no había tenido inconveniente en aceptar la abdicación de su padre sin que las cortes aprobasen la cesión, pide ahora la reunión de esas mismas cortes, o la de los tribunales y diputados del reino, para hacer valedera la suya. Así se truecan y trastornan (dice él conde de Toreno) los pareceres de los hombres al son del propio interés, y en menosprecio de la pública utilidad. «Tal fue siempre el sistema de Fernando (dicen también los autores de la historia de este): apellidar el sagrado nombre de la ley cuando le escudaba, y despreciarla osadamente cuando protegía al pueblo.»

Carlos IV contestó a su hijo con fecha del 2, diciéndole así:

 

Carta de Carlos IV a Fernando VII.

 

«Hijo mi: Los consejos pérfidos de los hombres que os rodean han conducido la España a una situación crítica: solo el emperador puede salvarla.

«Desde la paz de Basilea he conocido que el primer interés de mis pueblos era inseparable de la conservación de la buena inteligencia con Francia. Ningún sacrificio he omitido para obtener esta importante mira: aun cuando Francia se hallaba dirigida por gobiernos efímeros, ahogué mis inclinaciones particulares para no escuchar sino la política, y el bien de mis vasallos.

«Cuando el emperador hubo restablecido el orden en Francia se disiparon grandes sobresaltos, y tuve nuevos motivos para mantenerme fiel a mi sistema de alianza. Cuando Inglaterra declaró la guerra a Francia, logré felizmente ser neutro, y conservar a mis pueblos los beneficios de la paz. Se apoderó después de cuatro fragatas mías, y me hizo la guerra, aun antes de habérsela declarado, y entonces me vi precisado a oponer la fuerza a la fuerza, y las calamidades de la guerra asaltaron a mis vasallos.

« España rodeada de costas, y que debe una gran parte de su prosperidad a sus posesiones ultramarinas, sufrió con la guerra más que cualquiera otro estado: la interrupción del comercio, y todos los estragos que acarrea, afligieron a mis vasallos, y cierto número de ellos tuvo la injusticia de atribuirlos a mis ministros.

«Tuve al menos la felicidad de verme tranquilo por tierra, y libre de la inquietud en cuanto a la integridad de mis provincias, siendo el único de los reyes de Europa que se sostenía en medio de las borrascas de estos últimos tiempos. Aun gozaría de esta tranquilidad sin los consejos que os han desviado del camino recto. Os habéis dejado seducir con demasiada facilidad por el odio que vuestra primera mujer tenía a Francia, y habéis participado ir reflexiblemente de sus injustos resentimientos contra mis ministros, contra vuestra madre y contra mí mismo.

«Me creí obligado a recordar mis derechos de padre y de rey: os hice arrestar, y hallé en vuestros papeles la prueba de vuestro delito; pero al acabar mi carrera, reducido al dolor de ver perecer a mi hijo en un cadalso, me dejé llevar de mi sensibilidad al ver las lágrimas de vuestra madre. No obstante, mis vasallos estaban agitados por las prevenciones engañosas de la facción de que os habéis declarado caudillo. Desde este instante perdí la tranquilidad de mi vida, y me vi precisado a unir las penas que me causaban los males de mis vasallos a los pesares que debí a las disensiones de mi misma familia.

«Se calumniaban mis ministros cerca del emperador de los franceses, el cual creyendo que los españoles se separaban de su alianza, y viendo los espíritus agitados (aun en el seno de mi familia) cubrió bajo varios pretextos mis estados con sus tropas. En cuanto estas ocuparon la ribera derecha del Ebro, y que mostraban tener por objeto mantener la comunicación con Portugal, tuve la esperanza de que no abandonaría los sentimientos de aprecio y de amistad que siempre me había dispensado ; pero al ver que sus tropas se encaminaban hacia mi capital, conocí la urgencia de reunir mi ejército cerca de mi persona, para presentarme a mi augusto aliado como conviene al rey de las Españas. Hubiera yo aclarado sus dudas, y arreglado mis intereses: di orden a mis tropas de salir de Portugal y de Madrid, y las reuní sobre varios puntos de mi monarquía, no para abandonar a mis vasallos, sino para sostener dignamente la gloria del trono. Además mi larga experiencia me daba a conocer que el emperador de los franceses podía muy bien tener algún deseo conforme a sus intereses y a la política del vasto sistema del continente, pero que estuviese en contradicción con los intereses de mi casa. ¿Cuál ha sido en estas circunstancias vuestra conducta? El haber introducido el desorden en mi palacio, y amotinado el cuerpo de guardias de Corps contra mi persona. Vuestro padre ha sido vuestro prisionero : mi primer ministro, que había yo criado y adoptado en mi familia, cubierto de sangre fue conducido de un calabozo a otro. Habéis desdorado mis canas, y las habéis despojado de una corona poseída con gloria por mis padres, y que había conservado sin mancha. Os habéis sentado sobre mi trono, y os pusisteis a la disposición del pueblo de Madrid y de tropas extranjeras que en aquel momento entraban.

«Ya la conspiración del Escorial había obtenido sus miras: los actos de mi administración eran el objeto del desprecio público. Anciano y agobiado de enfermedades, no he podido sobrellevar esta nueva desgracia. He recurrido al emperador de los franceses, no como un rey al frente de sus tropas y en medio de la pompa del trono, sino como un rey infeliz y abandonado. He hallado protección y refugio en sus reales: le debo la vida, la de la reina, y la de mi primer ministro. He venido en fin hasta Bayona, y habéis conducido este negocio de manera que todo depende de la mediación de este gran príncipe.

«El pensar en recurrir a agitaciones populares es arruinar España, y conducir a las catástrofes más horrorosas a vos, a mi reino , a mis vasallos y mi familia. Mi corazón se ha manifestado abiertamente al emperador: conoce todos los ultrajes que he recibido y las violencias que se me han hecho; me ha declarado que no os reconocerá jamás por rey, y que el enemigo de su padre no podrá inspirar confianza a los extraños. Me ha mostrado además cartas de vuestra mano, que hacen ver claramente vuestro odio a Francia.

«En esta situación, mis derechos son claros, y mucho más mis deberes. No derramar la sangre de mis vasallos, no hacer nada al fin de mi carrera que pueda acarrear asolamiento e incendio en España, reduciéndola a la más horrible miseria. Ciertamente que si fiel a vuestras primeras obligaciones y a los sentimientos de la naturaleza hubierais desechado los consejos pérfidos, y que constantemente sentado a mi lado para mi defensa hubierais esperado el curso regular de la naturaleza, que debía señalar vuestro puesto dentro de pocos años, hubiera yo podido conciliar la política y el interés de España con el de lodos. Sin duda hace seis meses que las circunstancias han sido críticas; pero por más que lo hayan sido, aun hubiera obtenido de las disposiciones de mis vasallos, de los débiles medios que aun tenia, y de la fuerza moral que hubiera adquirido, presentándome dignamente al encuentro de mi aliado, a quien nunca diera motivo alguno de queja, un arreglo que hubiera conciliado los intereses de mis vasallos con los de mi familia. Empero, arrancándome la corona, habéis deshecho la vuestra, quitándola cuanto tenia de augusta y la hacía sagrada a todo el mundo.

«Vuestra conducta conmigo, vuestras cartas interceptadas han puesto una barrera de bronce entre vos y el trono de España; y no es de vuestro interés ni de la patria el que pretendáis reinar. Guardaos de encender un fuego que causaría inevitablemente vuestra ruina completa, y la desgracia de España.

«Yo soy rey por el derecho de mis padres: mi abdicación es el resultado de la fuerza y de la violencia: no tengo pues nada que recibir de vos, ni menos puedo consentir a ninguna reunión en junta: nueva necia sugestión de los hombres sin experiencia que os acompañan.

«He reinado para la felicidad de mis vasallos, y no quiero dejarles la guerra civil , los motines, las juntas populares y la revolución. Todo debe hacerse para el pueblo, y nada por él: olvidar esta máxima es hacerse cómplice de todos los delitos que son consiguientes. Me he sacrificado toda mi vida por mis pueblos; y en la edad a que he llegado no haré nada que esté en oposición con su religión, su tranquilidad, y su dicha. He reinado para ellos; constantemente me ocuparé de ellos; olvidaré todos mis sacrificios; y cuando en fin esté seguro que la religión de España, la integridad de sus provincias, su independencia y sus privilegios serán conservados, bajaré al sepulcro perdonándoos la amargura de mis últimos años.

«Dado en Bayona en el palacio imperial llamado del Gobierno a 2 de mayo de 1808.—Carlos.»

 

Las incriminaciones que contiene esta carta son justas y merecidas de parte de Fernando en todo lo que concierne a su ambición y a los criminales pasos que había dado para apoderarse del trono. En ella se olvidaba, no obstante, un punto importantísimo. Fuese el hijo usurpador o dejase de serlo, los pueblos aclamaban su elevación, celebrando con gritos de entusiasmo la caída del padre; y una consideración como esta, hábilmente traída a colación por Fernando, no era acreedora ciertamente al desdén de ser contestada con el silencio. Fijo Carlos IV en la idea del ultraje recibido, y atento Napoleón a la sola voz de su interés de apoderarse a todo trance de la corona de España, ni uno ni otro advirtieron lo mucho que podían pesar en aquella cuestión la opinión y el modo de ver de los españoles; opinión y modo de ver errados si se quiere, pero no por eso menos dignos de ser tenidos en cuenta en negocio de tamaña entidad. Desatendibles en moral, como pueden serlo, las determinaciones de un pueblo en masa, no lo son jamás en política; y prescindir de su asenso o disenso en materias que dicen relación al interés general, es el yerro mayor en que pueden incurrir los hombres de estado. La resistencia que en esta carta se pone a toda reunión o junta de representantes del país para ventilar una cuestión que interesaba a este tanto o más que a los dos monarcas contendientes, podrá ser lógica y consecuente en buen hora en lo que dice relación a la persona de Fernando, quien exigiendo convocación de cortes, lo hacía solo por su provecho particular; pero era una contradicción bien extraña en el emperador que acababa de dar sus órdenes para reunir en Bayona una farsa de congreso nacional, y éralo también en Carlos IV, conforme con aquel en la idea de la reunión sobredicha.

Otra de las observaciones que debemos hacer sobre esta carta, es la de haber sido dictada por Napoleón, como dice el príncipe de la Paz, y como lo rebelarían no pocas frases de la misma, aunque él no hubiese dicho. España habría ganado mucho tal vez en que los dos reyes padre e hijo hubieran tenido a solas alguna entrevista sin intervención del emperador; pero ya fuese que este lo impidiera para que nunca pudiesen avenirse, ya fuese que Carlos implorase su presencia para más arredrar a Fernando, lo cierto es que el emperador estuvo mezclado en todo, y que nada hicieron los reyes padres sin su cooperación y anuencia. Carlos IV no podía quejarse de esta conducta por parte del emperador : desde el momento en que le dirigió su protestas poniendo en sus manos su suerte, la de su familia y la de la nación entera, claro está que había abdicado el derecho de obrar en otros términos que los que el enemigo de su casa tuviera a bien imponerle.

Las cartas de María Luisa a Murat se dirigían todas al punto capital de pintar a Fernando como enemigo del emperador, incriminándole por esa conducta. En la carta de Carlos IV que acabamos de transcribir, se ve el mismo espíritu, siendo explícita en ella la condenación de todo acto que tienda a levantar la nación contra las tropas francesas. Esa insistencia es más trascendental de lo que a primera vista parece, porque ella en último resultado viene a revelar la íntima y estrecha alianza formada por Carlos con el emperador para entregarle el cetro de España. Nosotros hemos dicho que el rey padre tenía formado este designio desde el 2 de mayo por lo menos. El príncipe de la Paz dice que no. Sirva de respuesta este párrafo, el primero de la carta: 

«Hijo mío: Los consejos pérfidos de los hombres que os rodean han conducido a España a una situación crítica: SOLO EL EMPERADOR PUEDE SALVARLA.»

Sugerida o no por Napoleón expresión tan significativa, Carlos IV la hizo suya aceptándola: la tendencia de la cesión que se exigía á Fernando no podía estar más patente. ¿Y cómo podía obrar de otro modo el que habiendo hallado protección y refugio en los reales del emperador, creía además deberle la vida y la de la reina, juntamente con la de su primer ministro? El precio de tamaño favor no era ni podía ser otro que el de la independencia española .

Excúsenos el lector si entramos por última vez en cuestiones sobre puntos que acaso no merecen la pena de dilucidarse tanto. Estamos en los postreros mementos del juego de Carlos IV en la escena, y por más que queramos evitarlo, no nos es posible evadirnos a la precisión en que el príncipe de la Paz nos pone de insistir en consideraciones que a no ser el empeño con que nos vemos, bastaría emitir una sola vez. El papel de Carlos IV en las renuncias de Bayona es indigno, degradante, afrentoso : los esfuerzos que su privado hace para justificar su conducta son tan inútiles como los de los partidarios de Fernando para pintarle nada menos que como un héroe.

La respuesta de Fernando VII a la carta anterior fue la siguiente:

 

Carta de Fernando a su padre.

 

«Mi venerado padre y señor: He recibido la carta que V. M. se ha dignado escribirme con fecha de antes de ayer, y trataré de responder a todos los puntos que abraza con la moderación y respeto debido a V. M.

«Trata V. M. en primer lugar de sincerar su conducta con respecto a Francia desde la paz de Basilea, y en verdad que no creo haya habido en España quien se haya quejada de ella; antes bien todos unánimes han alabado a V. M. por su constancia y fidelidad en los principios que había adoptado. Los míos en este particular son enteramente idénticos a los de V. M., y he dado pruebas irrefragables de ello desde el momento en que V. M. abdicó en mí la corona.

«La causa del Escorial, que V. M. da a entender tuvo por origen el odio que mi mujer me había inspirado contra Francia, contra los ministros de V. M., contra mi amada madre, y contra V. M. mismo, si se hubiese seguido por todos los trámites legales, habría probado evidentemente lo contrario; y no obstante que yo no tenía la menor influencia, ni más libertad que la aparente, en que estaba vigilado por los criados que V. M. quiso ponerme, los once consejeros elegidos por V. M. fueron unánimemente del parecer que no había motivo de acusación, y que los supuestos reos eran inocentes.

«V. M. habla de la desconfianza que le causaba la entrada de tantas tropas extranjeras en España, y de que si V. M. había llamado las que tenía en Portugal, y reunido en Aranjuez y sus cercanías las que había en Madrid, no era para abandonar a sus vasallos sino para sostener la gloria del trono. Permítame V. M. le haga presente, que no debía sorprenderle la entrada de unas tropas amigas y aliadas, y que bajo este concepto debían inspirar una total confianza. Permítame V. M. observarle igualmente, que las órdenes comunicadas por V. M. fueron para su viaje y el de su real familia a Sevilla; que las tropas las tenían para mantener libre aquel camino, y que no hubo una sola persona que no estuviese persuadida de que el fin de quien lo dirigía todo era trasportar a V. M. y real familia a América. V. M. publicó un decreto para aquietar el ánimo de sus vasallos sobre este particular; pero como seguían embargados los carruajes, y apostados los tiros, y se veían todas las disposiciones de un próximo viaje a la costa de Andalucía, la desesperación se apoderó de los ánimos, y resultó el movimiento de Aranjuez. La parte que yo tuve en él V. M. sabe que no fue otra que ir por su mandado a salvar del furor del pueblo al objeto de su odio , porque le creía autor del viaje.

«Pregunte V. M. al emperador de los franceses, y S. M. I. le dirá sin duda lo mismo que me dijo a mí en una carta que me escribió a Vitoria, a saber, que el objeto del viaje de S. M. I. a Madrid era inducir a V. M. á algunas reformas, y a que separase de su lado al príncipe de la Paz, cuya influencia era la causa de todos los males.

«El entusiasmo que su arresto produjo en toda la nación, es una prueba evidente de lo mismo que dijo el emperador. Por lo demás V. M. es bien testigo de que en medio de la fermentación de Aranjuez no se oyó una sola palabra contra V. M., ni contra persona alguna de su real familia; antes bien aplaudieron a V. M. con las mayores demostraciones de júbilo y de fidelidad hacia su augusta persona; así es que la abdicación de la corona que V. M. hizo en mi favor , sorprendió a todos, y a mí mismo, porque nadie la esperaba, ni la había solicitado. V. M. comunicó su abdicación a todos sus ministros, dándome a reconocer a ellos por su rey y señor natural; la comunicó verbalmente al cuerpo diplomático que residía cerca de su persona, manifestándole que su determinación procedía de su espontánea voluntad y que la tenía tomada de antemano. Esto mismo lo dijo V. M.' a su muy amado hermano el infante D. Antonio, añadiéndole que la firma que V. M. había puesto al decreto de abdicación era la que había hecho con más satisfacción en su vida, y últimamente me dijo V. M. a mí mismo tres días después, que no creyese que la abdicación había sido involuntaria, como alguno decía, pues había sido totalmente libre y espontánea.

«Mi supuesto odio contra Francia, tan lejos de aparecer por ningún lado, resultará de los hechos que voy a recorrer rápidamente, todo lo contrario.

«Apenas abdicó V. M. la corona en mi favor, dirigí varias cartas desde Aranjuez al emperador de los franceses, las cuales son otras tantas protestas de que mis principios con respecto a las relaciones de amistad y estrecha alianza, que felizmente subsistían entre ambos estados, eran los mismos que V. M. me había inspirado, y había observado inviolablemente. Mi viaje a Madrid fue otra de las mayores pruebas que pude dar a S. M. I. de la confianza ilimitada que me inspiraba, puesto que habiendo entrado el príncipe Murat el día anterior en Madrid con una gran parte de su ejército, y estando la villa sin guarnición, fue lo mismo que entregarme en sus manos. A los dos días de mi residencia en la corte se me dio cuenta de la correspondencia particular de V. M. con el emperador, y hallé que V. M. le había pedido recientemente una princesa de su familia para enlazarla conmigo, y asegurar más de este modo la unión y estrecha alianza que reinaba entre los dos estados. Conforme enteramente con los principios y con la voluntad de V. M., escribí una carta al emperador pidiéndole la princesa por esposa.

«Envié una diputación a Bayona para que cumplimentase en mi nombre a S. M. I. : hice que partiese poco después mi muy querido hermano el infante D. Carlos para que lo obsequiase en la frontera; y no contento con esto, salí yo mismo de Madrid en fuerza de las seguridades que me habían dado el embajador de S. M. I., el gran duque de Berg y el general Savary, que acababa de llegar de Paris, y me pidió una audiencia para decirme de parte del emperador que S. M. I. no deseaba saber otra cosa de mí, sino si mi sistema con respecto a Francia seria el mismo que el de V. M., en cuyo caso el emperador me reconocería como rey de España , y prescindiría de todo lo demás.

«Lleno de confianza en estas promesas, y persuadido de encontrar en el camino a S. M. I., vine hasta esta ciudad , y en el mismo di a en qué llegué se hicieron verbalmente proposiciones a algunos sujetos de mi comitiva tan ajenas de lo que hasta entonces se había tratado, que ni mi honor, ni mi conciencia, ni los deberes que me impuse cuando las cortes me juraron por su príncipe y señor, ni los que me impuse nuevamente cuando acepté la corona que V. M. tuvo a bien abdicar en mi favor, me han permitido acceder a ellas.

«No comprendo cómo puedan hallarse cartas mías en poder del emperador que prueben mi odio contra Francia, después de tantas pruebas de amistad como le he dado, y no habiendo escrito yo cosa alguna que lo indique.

«Posteriormente se me ha presentado una copia de la protesta que V. M. hizo al emperador sobre la nulidad de la abdicación; y luego que V. M. llegó a esta ciudad, preguntándole yo sobre ello , me dijo V. M. que la abdicación había sido libre, aunque no para siempre. Le pregunté asimismo por qué no me lo había dicho cuando la hizo, y V. M. me respondió porque no había querido ; de lo cual se infiere que la abdicación no fue violenta, y que yo no pude saber que V. M. pensaba en volver a tomar las riendas del gobierno. También me dijo V. M. que ni quería reinar, ni volver a España.

«A pesar de esto en la carta que tuve la honra de poner en las manos de V. M., manifestaba estar dispuesto a renunciar la corona en su favor, mediante la reunión de las cortes, a en falta de estas de los consejos y diputados de los reinos; no porque esto lo creyese necesario para dar valor a la renuncia, sino porque lo juzgo muy conveniente para evitar la repugnancia de esta novedad , capaz de producir choques y partidos, y para salvar todas las consideraciones debidas a la dignidad de V. M., a mi honor y a la tranquilidad de los reinos.

«En el caso que V. M. no quiera reinar por sí, reinaré yo en su real nombre o en el mío , porque a nadie corresponde sino a mí el representar su persona, teniendo, como tengo, en mi favor el voto de las leyes y de los pueblos, ni es posible que otro alguno tenga tanto interés como yo en su prosperidad.

«Repito a V. M. nuevamente que en tales circunstancias, y bajo dichas condiciones, estaré pronto a acompañar a V. M. a España para hacer allí mi abdicación en la referida forma: y en cuanto a lo que V. M. me ha dicho de no querer volver a España, le pido con las lágrimas en los ojos, y por cuanto hay de más sagrado en el cielo y en la tierra, que en caso de no querer con efecto reinar, no deje un país ya conocido , en que podrá elegir el clima más análogo a su quebrantada salud, y en el que le aseguro podrá disfrutar las mayores comodidades y tranquilidad de ánimo que en otro alguno.

«Ruego por último a V. M. encarecidamente que se penetre de nuestra situación actual, y de que se trata de excluir para siempre del trono de España nuestra dinastía, sustituyendo en su lugar la imperial de Francia ; que esto no podemos hacerlo sin el expreso consentimiento de todos los individuos que tienen y puedan tener derecho a la corona, ni tampoco sin el mismo expreso consentimiento de la nación española reunida en cortes y en lugar seguro : que además de esto, hallándonos en un país extraño, no habría quien se persuadiese que obrábamos con libertad, y está sola circunstancia anularía cuanto hiciésemos, y podría producir fatales consecuencias.

«Antes de acabar esta carta permítame V. M. decirle que los consejeros que V. M. llama pérfidos, jamás me han aconsejado cosa que desdiga del respeto, amor y veneración que siempre he profesado y profesaré a V. M. cuya importante vida ruego a Dios conserve felices y dilatados años. Bayona 4 de mayo de 1808.— Señor.—A. L. R. P. de V. M., su más humilde hijo.—Fernando.»

 

Falta esta carta a la verdad de algunos hechos, tergiversándose otros bajo el punto de vista más favorable al que la escribe; circunstancias que hacen decir al príncipe de la Paz no haber sido escrita acaso la tal comunicación en la época a que se refiere, sino inventada después por Ceballos. Confesamos ingenuamente lo poco que hay que fiar en la autoridad de este ministro cuando sin más fundamento que el de su palabra presenta documentos que le son favorables y cuya existencia ninguno sino él ha revelado a la historia; pero no sucede lo mismo cuando a vueltas de la violencia que se hace a la verdad en ciertos puntos, se tocan otros que son contrarios a la causa del mismo que los tergiversa. Si la reconocida falsedad de algunas aserciones pudiera ser en esta carta motivo bastante para creerla supuesta, otro tanto debería decirse de la comunicación dirigida por Fernando a su padre el 1. ° de mayo, la cual comienza nada menos que por sentar que Carlos había convenido en que su hijo estaba exento de toda participación en la sublevación de Aranjuez, cuando era todo lo contrario. Godoy, sin embargo, no ha tenido por falsa aquella carta; y a esta la juzga apócrifa. Nosotros la tenemos por real y efectiva, en consideración al poco favor que Ceballos se hubiera hecho en inventarla, no menos que al interés que parece tener D. Manuel Godoy en creerlo así, como luego veremos. Fernando se sincera en ella del cargo que su padre le ha hecho en la suya llamándole enemigo del nombre francés, poniendo en su refutación más empeño todavía que en sincerarse de la nota dé usurpador. Si Ceballos hubiera fingido la carta , como parece haber hecho con otra de que después hablaremos , ¿qué cosa más natural que haber suprimido unos párrafos tan poco en armonía con el españolismo de su héroe y de los individuos que le aconsejaban? La abyección, al contrario, es completa, y este rasgo caracterismo de la comunicación es el sello de su autenticidad por decirlo así. Aterrados Fernando y los suyos ante la idea de una acusación tan espantosa como la de ser enemigos de su imperial carcelero, y faltos de vocación y de aliento para votarse al martirio antes que dejar de ser españoles , nada tiene de extraño que se jactasen en ella de servilmente adictos al emperador, llegando al extremo de hacer la apología de los principios de política adoptada por Carlos IV, principios contra los cuales habían declamado y declamaron tanto después. Si la carta en cuestión aparece escrita en tan oprobioso sentido, la razón no es ni puede ser otra que haber sido extendida el día 4 de mayo , tal como aparece aquí. Puesto a inventar Ceballos cuando no había los mismos motivos de miedo que entonces , o habría suprimido estos párrafos , o los habría presentado de otro modo.

La verdadera razón que el príncipe de la Paz ha podido tener para llamar apócrifa la comunicación que nos ocupa, debe consistir principalmente en el párrafo en que se dice a Carlos IV que lo que Napoleón trataba entonces era excluir para siempre del trono, de España la dinastía de sus reyes, sustituyendo en su lugar la imperial de Francia. Es de saber que D. Manuel Godoy acusa a Fernando y a sus consejeros de no haber participado con tiempo a Carlos IV la resolución que en nombre del emperador les fue comunicada en lo tocante a haber este decidido irrevocablemente que los Borbones de España cesasen de reinar; especie, dice, que a haber llegado anoticia del rey padre, hubiera evitado sin duda el golpe de sorpresa con que Napoleón logró arrancarle la corona. Nosotros que no vemos como el príncipe de la Paz ese golpe de sorpresa ; nosotros que tenemos por indudable la coalición formada entre Carlos y Napoleón para entregar a este la corona cuya cesión se exigía a Fernando; nosotros que creemos advertir esa coalición, revelada claramente a la historia en la carta del 2; nosotros, en fin, que exentos de toda parcialidad en la materia, ningún interés tenemos en desfigurar la verdad por atenciones o compromisos de ninguna especie; nosotros decimos, estamos muy distantes de creer que hallándose las cosas en el extremo a que habían llegado, hubiera Carlos IV podido retirar el pie del precipicio a que su protesta y su viaje a Bayona le habían conducido por más que Fernando le hubiese anunciado desde un principio la sentencia pronunciada por Bonaparte contra la familia real de España. La justa indignación con que el padre miraba al hijo hubiera sido siempre, como lo fue, hábilmente explotada por Napoleón, y o no hubiera sido creído Fernando, caso de participar a Carlos IV la especie que motiva estas reflexiones, o el resultado al fin de los fines habría venido a ser el que fue. Concedamos, empero, que revelar Fernando los planes del emperador hubiera podido terminar la querella de un modo feliz y patriótico.

¿Cómo no llamó la atención de Carlos IV el contenido del párrafo que nos ocupa? Los tales planes, bien que sin pormenores, revelados están en él, y revelados con tiempo, pues las renuncias que constituían entonces el gran campo de batalla no estaban hechas aun. ¿Cómo pues, repetimos, continuó Carlos IV en la senda de perdición empezada? Porque esa carta es apócrifa, dice el príncipe de la Paz, y siéndolo , claro está que la revelación de la tal especie no podía llegar a noticia del anciano rey. Pero, ¿y si la carta no fue inventada? Carlos IV queda siempre en buen lugar, toda vez que según su propia deposición la tal comunicación, si fue escrita, no fue recibida por él. Sea así enhorabuena, contestaremos nosotros: ¿bastará la falsedad de la carta, o la circunstancia de no haber sido recibida, para justificar a Carlos IV? El que tantas veces había llamado a Napoleón enemigo de su casa ; el que con objeto de hacerle frente , según el mismo príncipe de la Paz , había pensado en retirarse a Andalucía ; el que de tantas perfidias napoleónicas tenía motivo de quejarse , con particularidad en el tiempo de su abdicación y en los seis meses anteriores, no necesitaba aviso de ninguna especie para conocer el abismo que abría a su patria al ponerse en las manos de un hombre tan peligroso y de tan torcida intención.

Mientras Carlos acusaba a su hijo de la doble nota de conspirador y de enemigo de los franceses, y mientras Fernando procuraba rechazarlos cargos que en ambos sentidos se le hacían batiéndose como en retirada hasta acogerse al santuario de las cortes, cuya reunión y la decidida voluntad de los pueblos constituían su único escudo en aquella desecha borrasca, Napoleón que nada deseaba tanto como salir brevemente de aquel laberinto, halló el medio oportuno de dar completa cima a su plan, valiéndose al efecto de las noticias del levantamiento del 2 de mayo llegadas a Bayona en la tarde del 5. Fernando había escrito , según tenemos indicado , varias cartas en sentido harto contrario a los franceses y al emperador, pero eso no obstante se puede asegurar no haber estas ejercido la menor influencia en el alzamiento de la heroica villa, puesto que nada continuaba encargando tanto la corte del nuevo rey como evitar toda colisión con los franceses, para evitar con esto el peligro personal de S. M. y el de sus consejeros.

Nada era más injusto por lo mismo que la sospecha de haber sido Fernando el autor de la sangre derramada aquel día; pero el alzamiento se había hecho a su nombre, y esto unido a las cartas interceptadas por Napoleón, bastaba a dar a aquella especie apariencias de fundamento. Recibida, pues, la noticia de que hablamos, se dirigió el emperador a caballo y con muy poca comitiva a la mansión de los reyes padres, entrando en ella con el fuego de la ira en el rostro, y vertiendo denuestos contra el joven monarca. Espantado Carlos IV al observar el aspecto y los extremos de Napoleón, quedólo más todavía al leer el pliego en que Murat participaba a su augusto cuñado las noticias del 2. Convencido de que nadie sino su hijo podía haber ordenado aquellas sangrientas escenas, convino con Napoleón en poner fin desde luego a tantos delitos, haciendo comparecer a Fernando a una última cita.

Fernando obedeció al llamamiento, y se presentó en Ja morada de sus padres, los cuales le recibieron sentados lo mismo que Napoleón, permaneciendo el príncipe en pie ante aquel tribunal inexorable. Su padre le habló irritado cual nunca, reproduciendo las acusaciones anteriores, y achacándole por último el levantamiento del 2 de mayo.

«¿Juzgas, añadió, ser posible persuadirme que ni tú ni los miserables que te dirigen habéis tenido parte alguna en ese motín? ¿Te has dado priesa a destronarme para ahorcar a mis vasallos? ¿Quién te ha aconsejado esa carnicería? ¿Aspiras solamente a la gloria de tirano?»

Por estas palabras, cuyo relato debemos al duque de Rovigo y que de un modo tan depresivo califican el heroico alzamiento, podrá venirse en conocimiento del modo lamentable con que la pasión había venido a cegar en Carlos IV las fuentes del patriotismo. 

María Luisa tomando parte en la cuestión y encarándose con Fernando, «tu perdición, le dijo, te la había yo presagiado ya. Mira en qué abismo te despeñas y nos despeñas a nosotros. ¡Ah! nos hubieras hecho morir sino hubiéramos salido de España. ¡Y bien! ¿Te has propuesto no contestar? Tus mañas son las mismas que siempre: cuando cometías un desacierto no sabias jamás cosa alguna.»

Carlos IV durante esta escena levantó varias veces la caña que le servía de apoyo en ademan de amenazar a su hijo; y hasta la misma María Luisa al acabar de hablar se aproximó a Fernando con la diestra levantada, como queriendo descargarle un bofetón. ¡Qué dignidad la de aquella familia en presencia de un soberano extranjero! Fernando que hasta entonces se había manifestado poco menos que impasible a tantas acriminaciones y denuestos, perdió todo su aliento al oír la terrible voz del emperador que le habló en estos términos: «Príncipe , yo no había tomado decisión alguna hasta ahora sobre los acontecimientos que os han traído aquí; pero la sangre derramada en Madrid pone término a mi irresolución. Esa carnicería no puede ser obra sino del partido de que sois jefe y cuya existencia en vano trataríais de desmentir. Yo no reconoceré jamás por rey de España al que ha sido el primero en romper la alianza que desde tan antiguo la unía a Francia; al que ha ordenado la matanza de los soldados franceses en los momentos mismos en que solicitaba de mí que sancionase la acción impía en cuya virtud deseaba subir al trono. He aquí el resultado de los malos consejos que a tal estado os han traído: de nadie sino de los que os los han dado os podéis con justicia quejar. Yo no tengo compromiso ninguno que cumplir sino con el rey vuestro padre : él es el único a quien yo reconozco por monarca, y si él lo desea, estoy dispuesto a volverle a Madrid.»

Carlos IV al oír estas expresiones, respondió con viveza: «Quién! ¿Yo volver a mi corte ? De ninguna manera. ¿Qué haría yo en un país donde se han armado todas las pasiones en contra mía? Yo no hallaría allí en parte alguna sino súbditos sublevados; ¿y queréis que tras haber sido bastante feliz en haber atravesado sin menoscabo la época del trastorno general de Europa, vaya ahora á deshonrar mi vejez , haciendo la guerra a las provincias que he tenido la dicha de conservar, y conduciendo mis súbditos al cadalso ? No, de ninguna manera: él se encargará de eso mejor que yo.» Y mirando a su hijo, continúa el escritor citado, le dijo así: « ¿Crees sin duda que nada cuesta el reinar? Ahora puedes ver los males que preparas a España. Has seguido consejos siniestros; yo no puedo ya nada ni quiero mezclarme en cosa alguna: marcha, y sal como puedas de ese precipicio.»

Estas palabras, que el duque de Rovigo atribuye a Carlos IV, deben de ser ciertas cuando el príncipe de la Paz no las desmiente al copiarlas, cosa que indudablemente hubiera hecho como lo hace en otras especies referidas por el mismo historiador. He aquí, pues, a Carlos IV negarse decididamente a volver a Madrid, fundándose en la circunstancia de haberse armado en España las pasiones en contra suya, cual sino hubiera podido hacer esta observación días antes al verificar su malhadada protesta. Bien patente le era, desde los sucesos de Aranjuez, la animadversión general con que la nación miraba el antiguo gobierno y el entusiasmo sin límites que el nombre de Fernando excitaba: ¿cómo no pensó entonces en la imposibilidad de volver al trono sin hacer la guerra a las provincias? Y si por no deshonrar su vejez dejaba de recurrir a tal extremo, ¿era honrarla acaso renunciar la corona en Bonaparte para que este guerrease por él? Pero no pasemos adelante: Carlos IV en toda esta escena confundió miserablemente la justicia con la venganza; y en medio de los merecidos cargos que dirige a su hijo, no se ve en sus palabras más fin que el de entregar la España a Napoleón con arreglo al plan convenido.

El resultado de esta última entrevista entre Fernando, los reyes padres y el emperador, fue renunciar Carlos IV la corona en Bonaparte el mismo día 5, haciendo lo mismo Fernando a favor del padre el día , verificándose así una chocante alteración de orden, puesto que lo más procedente y más lógico era, según la marcha de la intriga, renunciar Fernando en su padre para renunciar éste después en Napoleón. El primero de estos dos ignominiosos tratados fue firmado por el mariscal Duroc en nombre del jefe de Francia, y por el príncipe de la Paz en el de Carlos IV. Preciso era que así sucediese: el valido , como dijimos al principio de la introducción, no debía desaparecer de la escena sino con la ruina del dosel que le había llamado en su apoyo. Por este último paso de su carrera política, podrá inferirse el papel que representaría Godoy en tan lamentables escenas. Puesto al paño constantemente durante los actos primeros de aquel drama trágico, no se le ve salir al teatro sino en los momentos de la catástrofe. Nuestros poetas a veces no han sabido desenlazar sus comedias sin llamar al alcalde en su socorro: Carlos IV no sabía hallar desenlace á ningún acto suyo sin la intervención del valido.                      .

Hechas sus respectivas abdicaciones por los dos monarcas contendientes, faltaba dar otro paso en la senda de la usurpación por parte del jefe de Francia, y en la de la ignominia y debilidad por la de la regia familia. Fernando había renunciado como rey, mas no por eso dejaba de conservar todavía derechos al trono en calidad de príncipe de Asturias. Fernando al decir de Ceballos, resistió la nueva cesión, hasta que puesto en la dura alternativa de hacerla o de perder la vida, no le filé posible continuar resistiendo. Esto no pasa de ser el dicho de un hombre interesado en justificar a su jefe para justificarse a sí mismo.

Nombrado el mariscal Duroc por parte de Napoleón para proceder al nuevo tratado.  Fernando nombró por la suya al arcediano de Alcaraz, al hombre que habiendo empezado su carrera política adulando al príncipe de la Paz, le volvió las espaldas al poco tiempo para adular al príncipe de Asturias; al que oponiendo su privanza con este a la de aquel con Carlos IV, hizo víctima a la nación de dos ambiciones a un tiempo; al que partiendo como mentor en sentido contrario al de su enemigo, acabó el semicírculo de su marcha para venir a parar donde el otro al concluir el suyo; al que habiendo intentado hacer monarca a su alumno antes del tiempo prevenido por la ley y la naturaleza, acabó por ultrajar a la una y a la otra firmando el documento en cuestión, como Godoy había firmado el que le era correlativo; al hombre, en fin, que para no tener nada que envidiar a su adversario, vino a hundirse lo mismo que este con el trono que a él confiaba.

El hijo se había alzado contra el padre, y el valido contra el valido. Si de prescindimos las consideraciones que la patria obligaba a tener presentes, la causa de la razón y de la justicia estaban de parte de Carlos  y hasta del mismo Godoy. Uno y otro mancharon su nombre con el escandaloso olvido en que pusieron los intereses nacionales, ultrajando al país cuyos jefes habían sido, y haciéndolo pasar a las manos de otro señor cual si fuera rebaño de ovejas.

Fernando y Escoiquiz, por su parte, reos como eran de conspiración, y causa inmediata bajo este concepto de la desesperada y última crisis en que nos vimos, abandonaron después cobardemente la causa de la nación puesta en sus manos por la fuerza de las circunstancias, siendo responsables a la posteridad de un doble crimen, sin contarlos que habían de seguirle más adelante. Pero estando escrito sin duda que el bueno y degradado Carlos IV hubiera de ser superado en debilidad y en ignominia por la maldad y degradación del hijo, la fatalidad exigía también que sobre la incapacidad y la mengua de Godoy, instrumento d la ruina del uno, preponderasen la estolidez y la iniquidad de Escoiquiz, agente de la ruina del otro.

Los infantes D. Antonio y D. Carlos se adhirieron a la cesión verificada por Fernando como heredero del trono, publicando en unión con él una proclama o manifiesto dos días después de esta renuncia. El tal documento, parto de la pluma de Escoiquiz, absolvía a los españoles de toda obligación hacia Fernando y demás individuos de la regia familia, y exhortaba al país a permanecer tranquilo, esperando su felicidad de las sabias disposiciones del emperador. Los infantes aseguraron por este medio las pensiones y demás ventajas que Napoleón les concedía, y Escoiquiz dio un paso más en la senda del envilecimiento y del delito, siendo bien chocante seguramente que quisiese después persuadir haber sido su objeto, él redactar la tal proclama, excitar el alzamiento de los españoles en defensa de sus príncipes.

La desposeída reina de Etruria que tanto había contribuido a alarmar el ánimo de Carlos IV en contra de Napoleón cuando este la hizo salir de Toscana; esa reina que, esperando después conseguir para su hijo un trono en Portugal, había procurado hacerse meritoria a los ojos del jefe de Francia declarándose enemiga de Fernando y de la independencia de su país; esa señora, en fin, por cuyo medio entablaron los reyes padres su culpable correspondencia con Murat, hubo de contentarse también con la pensión que se le señaló, siguiendo la suerte de Carlos IV y de María Luisa , y renunciando a sus ilusiones en lo relativo al reino de la Lusitania septentrional que le había sido prometido en el inicuo y afrentoso tratado de Fontainebleau.

Tal fue el término degradante y tristísimo del malhadado viaje a Bayona y de la discordia de la regia familia. Durante la permanencia de Fernando en esta ciudad, procuraron algunos españoles sacarle a todo trance de las garras de Napoleón y libertar también a los infantes. «Un vecino de Cervera de Alhama, dice el conde de Toreno, recibió dinero de la junta de Madrid con aquel objeto. Con el mismo también había ofrecido el duque de Mahon una fuerte suma desde San Sebastián: los consejeros de Fernando, a nombre y por orden suya, cobraron el dinero, más la fuga no tuvo efecto. Se propuso como el medio mejor y más asequible el arrebatar a los dos hermanos D. Fernando y D. Carlos , sosteniendo la operación por vascos diestros y prácticos de la tierra, e internarlos en España por San Juan de Pie de Puerto. Fue tan adelante el proyecto, que hubo apostados en la frontera 500 migueletes para que diesen la mano a los que en Francia andaban de concierto en el secreto. Después se pensó en salvarlos por mar, y hasta hubo quien propuso atacar a Napoleón en el palacio de Marrac. Había en todas estas tentativas más bien muestras de patriotismo y lealtad, que probable y buena salida. Hubiérase necesitado para llevarlas a cabo menos vigilancia en el gobierno francés, y mayor arrojo en los príncipes españoles, naturalmente tímidos y apocados.»

Carlos IV salió de Bayona el 10 de mayo con dirección a Fontainebleau, para desde allí pasar a Compiegne, acompañándole María Luisa, la reina de Etruria, el infante D. Francisco de Paula y el príncipe de la Paz. Así se cumplía su anhelo de acabar retirado con su amigo. Fernando VII, su tío el infante D. Antonio y su hermano el infante D. Carlos, partieron para Valencey el día 11, habiéndoseles señalado este palacio para su residencia, de orden de Napoleón. Este ha conseguido ya el objeto de todas sus miras. ¿ Quién puede oponerse con fruto a que sea el dueño y el árbitro de la pobre nación española ? El magnánimo alzamiento de todas sus provincias va en breve a contestar al tirano. Napoleón ha explotado la discordia de la regia familia, calculando el abatimiento del país por la degradación y mengua de su reyes: el país va a probarle bien pronto la facilidad de sus cálculos. ¿Qué importan las renuncias de Bayona? Napoleón levanta su edificio sobre frágil arena : esos documentos son nada sin el exesuatur del pueblo.

 

CAPITULO V. REGENCIA DE NAPOLEON

 

 

 

Escóiquiz.

 

Era Don Juan Escóiquiz hijo de un general y natural de Navarra. Educado en la casa de pajes del rey, prefirió al estruendo de las armas el quieto y pacífico estado eclesiástico, y obtuvo una canonjía en la catedral de Zaragoza de donde pasó a ser maestro del príncipe de Asturias. En el nuevo y honroso cargo en vez de formar el tierno corazón de su augusto discípulo infundiendo en él máximas de virtud y tolerancia; en vez de enriquecer su mente y adornarla de útiles y adecuados conocimientos, se ocupó más bien en intrigas y enredos de corte ajenos de su estado, y sobre todo de su magisterio. Queriendo derribar a Godoy se atrajo su propia desgracia y se le alejó de la enseñanza del príncipe, dándole en la iglesia de Toledo el arcedianato de Alcaraz. Desde allí continuó sus secretos manejos, hasta que al fin de resultas de la causa del Escorial se le confinó al convento del Tardón. Aficionado a escribir en prosa y verso no descolló en las letras más que en la política. Tradujo del inglés, con escaso numen, el Paraíso perdido de Milton, y de sus obras en prosa debe en particular mencionarse una defensa que publicó del tribunal de la Inquisición; parto torcido de su poco venturoso ingenio. Fue siempre ciego admirador de Bonaparte, y creciendo de punto su obcecación comprometió con ella al príncipe su discípulo, y sepultó al reino en un abismo de desgracias. Presumido y ambicioso, somero en su saber, sin conocimiento práctico del corazón humano y menos de la corte y de los gobiernos extraños, se imaginó que, cual otro Jiménez de Cisneros, desde el rincón de su coro de Toledo saliendo de nuevo al mundo, regiría la monarquía y sujetaría a la estrecha y limitada esfera de su comprensión la extensa y vasta del indomable emperador de los franceses. Condecorado con la gran cruz de Carlos III, fue nombrado por el nuevo rey consejero de Estado, y como tal asistió a las importantes discusiones de que hablaremos muy pronto. El duque del Infantado dado al estudio de algunas ciencias, fomentador en sus estados de la industria y de ciertas fábricas, gozaba de buen nombre, realzado por su riqueza, por el lustre de su casa, y principalmente por las persecuciones que su desapego al príncipe de la Paz le habían acarreado. Como coronel ahora de guardias españolas y presidente del consejo real tomó parte en los arduos negocios que ocurrieron, y no tardó en descubrir la flojedad y distracción de su ánimo, careciendo de aquella energía y asidua aplicación que se requiere en las materias graves. Tan cierto es que hombres cuyo concepto ha brillado en la vida privada o en tiempos serenos, se eclipsan si son elevados a puesto más alto, o si alcanzan días turbulentos y borrascosos. Dio la América el ser al duque de San Carlos, quien después de haber hecho la campaña contra Francia en 1793, fue nombrado ayo del príncipe de Asturias, y desterrado al fin de la corte con motivo de la causa del Escorial. La reina María Luisa decía que era el más falso de todos los amigos de su hijo; pero sin atenernos ciegamente a tan parcial testimonio, cierto es que durante la privanza de Godoy no mostró respecto del favorito el mismo desvío que el duque del Infantado, y solícito lisonjero buscó en su genealogía el modo de entroncarse y emparentar con el ídolo a quien tantos reverenciaban. Escogido para mayordomo mayor en lugar del marqués de Mos, estuvo especialmente a su cargo, junto con el del Infantado y Escóiquiz, dirigir la nave del estado en medio del recio temporal que había sobrevenido, e inexperto y desavisado la arrojó contra conocidos escollos tan desatentadamente como sus compañeros.

Fueron las primeras providencias del nuevo reinado o poco importantes o dañosas al interés público, empezándose ya entonces el fatal sistema de echar por tierra lo actual y existente, sin otro examen que el de ser obra del gobierno que había antecedido. Se abolía la superintendencia general de policía creada el año anterior, y se dejaba resplandeciente y viva la horrible Inquisición. Permitíase en los sitios y bosques reales la destrucción de alimañas, y se suspendía la venta del séptimo de los bienes eclesiásticos concedida y aprobada dos años antes por bula del Papa: medida necesaria y urgentísima en España, obstruida en su prosperidad con la embarazosa traba del casi total estancamiento de la propiedad territorial; medida que, repetimos, hubiera convenido mantener con firmeza, cuidando solamente de que se invirtiese el producto de la venta en procomunal. Se suprimió también un impuesto sobre el vino con el objeto de halagar a los contribuyentes, como si abandonando el verdadero y sólido interés del estado no fuera muy reprensible dejarse llevar de una mal entendida y efímera popularidad. Pero aquellas providencias fueran o no oportunas, apenas fijaron la atención de España, inquieto el ánimo con el cúmulo de acontecimientos que unos en pos de otros sobrevinieron y se atropellaron.

El príncipe de la Paz en la mañana del 23 de marzo había sido trasladado desde Aranjuez al castillo de Villaviciosa, escoltándole los guardias de corps a las órdenes del marqués de Castelar, comandante de alabarderos, y allí fue puesto en juicio. Fuéronlo igualmente su hermano Don Diego, el ex-ministro Soler, Don Luis Viguri, antiguo intendente de la Habana, el corregidor de Madrid Don José Marquina, el tesorero general Don Antonio Noriega, el director de la caja de consolidación Don Miguel Sixto Espinosa, Don Simón de Viegas, fiscal del consejo, y el canónigo Don Pedro Estala, distinguido como literato. Para procesar a muchos de ellos no hubo otro motivo que el de haber sido amigos de Don Manuel Godoy, y haberle tributado esmerado obsequio; delito, si lo era, en que habían incurrido todos los cortesanos y algunos de los que todavía andaban colocados en dignidades y altos puestos. Se confiscaron por decreto del rey los bienes del favorito, aunque las leyes del reino entonces vigentes autorizaban solo el embargo y no la confiscación, puesto que para imponer la última pena debía preceder juicio y sentencia legal, no exceptuándose ni aquellos casos en que el individuo era acusado del crimen de lesa majestad. Además conviene advertir que no obstante la justa censura que merecía la ruinosa administración de Godoy, en un gobierno como el de Carlos IV, que no reconocía límite ni freno a la voluntad del soberano, difícilmente hubiera podido hacérsele ningún cargo grave, sobre todo habiendo seguido Fernando por la pésima y trillada senda que su padre le había dejado señalada. El valido había procedido en el manejo de los negocios públicos autorizado con la potestad indefinida de Carlos IV, no habiéndosele puesto coto ni medida, y lejos de que hubiese aquel soberano reprobado su conducta después de su desgracia, insistió con firmeza en sostenerle y en ofrecer a su caído amigo el poderoso brazo de su patrocinio y amparo. Situación muy diversa de la de Don Álvaro de Luna, desamparado y condenado por el mismo rey a quien debía su ensalzamiento. Don Manuel Godoy, escudado con la voluntad expresa y absoluta de Carlos, solo otra voluntad opresora e ilimitada podía atropellarle y castigarle; medio legalmente atroz e injusto, pero debido pago a sus demasías, y correspondiente a las reglas que le habían guiado en tiempo de su favor.

Pasados los primeros días de ceremonia y públicos regocijos se volvieron los ojos a los huéspedes extranjeros que insensiblemente se aproximaban a la capital. La nueva corte soñando felicidades y pensando en efectuar el tan ansiado casamiento de Fernando con una princesa de la sangre imperial de Francia, se esmeró en dar muestras de amistad y afecto al emperador de los franceses y a su cuñado Murat, gran duque de Berg. Fue al encuentro de este para obsequiarle y servirle el duque del Parque, y salieron en busca del deseado Napoleón, con el mismo objeto los duques de Medinaceli y de Frías, y el conde de Fernán Núñez.

Ya hemos indicado como las tropas francesas se avanzaban hacia Madrid. El 15 de marzo había Murat salido de Burgos, continuando después su marcha por el camino de Somosierra. Traía consigo la guardia imperial, numerosa artillería y el cuerpo de ejército del mariscal Moncey, al que reemplazaba el de Bessières en los puntos que aquel iba desocupando. Dupont también se avanzaba por el lado de Guadarrama con toda su fuerza, a excepción de una división que dejó en Valladolid para observar las tropas españolas de Galicia. Se había con particularidad encargado a Murat que se hiciera dueño de la cordillera que divide las dos Castillas, antes que se apoderase de ella Solano u otras tropas; igualmente se le previno que interceptara los correos, con otras instrucciones secretas, cuya ejecución no tuvo lugar a causa de la sumisa condescendencia de la nueva corte.

Murat, inquieto y receloso con lo acaecido en Aranjuez, no quiso dilatar más tiempo la ocupación de Madrid, y el 23 entró en la capital llevando delante, con deseo de excitar la admiración, la caballería de la guardia imperial, y lo más escogido y brillante de su tropa, y rodeado él mismo de un lujoso séquito de ayudantes y oficiales de estado mayor. No correspondía la infantería a aquella primera y ostentosa muestra, constando en general de conscriptos y gente bisoña. El vecindario de Madrid, si bien ya temeroso de las intenciones de los franceses, no lo estaba a punto que no los recibiese afectuosamente, ofreciéndoles por todas partes refrescos y agasajos. Contribuía no poco a alejar la desconfianza el traer a todos embelesados las importantes y repentinas mudanzas sobrevenidas en el gobierno. Solo se pensaba en ellas y en contarlas y referirlas una y mil veces; ansiando todos ver con sus propios ojos y contemplar de cerca al nuevo rey, en quien se fundaban lisonjeras e ilimitadas esperanzas, tanto mayores cuanto así descansaba el ánimo fatigado con el infausto desconcierto del reinado anterior.

Fernando, cediendo a la impaciencia pública, señaló el día 24 de marzo para hacer su entrada en Madrid. Causó el solo aviso indecible contento, saliendo a aguardarle en la víspera por la noche numeroso gentío de la capital, y concurriendo al camino con no menor diligencia y afán todos los pueblos de la comarca. Rodeado de tan nuevo y grandioso acompañamiento llegó a las Delicias, desde donde por la puerta de Atocha entró en Madrid a caballo, siguiendo el paseo del Prado, y las calles de Alcalá y Mayor hasta palacio. Iban detrás y en coche los infantes Don Carlos y Don Antonio. Testigos de aquel día de placer y holganza, nos fue más fácil sentirle que nos será dar de él ahora una idea perfecta y acabada. Horas enteras tardó el rey Fernando en atravesar desde Atocha hasta palacio: con escasa escolta, por doquiera que pasaba, estrechado y abrazado por el inmenso concurso, lentamente adelantaba el paso, tendiéndosele al encuentro las capas con deseo de que fueran holladas por su caballo: de las ventanas se tremolaban los pañuelos, y los vivas y clamores saliendo de todas las bocas se repetían y resonaban en plazuelas y calles, en tablados y casas, acompañados de las bendiciones más sinceras y cumplidas. Nunca pudo monarca gozar de triunfo más magnífico ni más sencillo; ni nunca tampoco contrajo alguno obligación más sagrada de corresponder con todo ahínco al amor desinteresado de súbditos tan fieles.

Murat oscurecido y olvidado con la universal alegría, procuró recordar su presencia con mandar que algunas de sus tropas maniobrasen en medio de la carrera por donde el rey había de pasar. Desagradó orden tan inoportuna en aquel día, como igualmente el que no estando satisfecho con el alojamiento que se le había dado en el Buen Retiro, por sí y militarmente, sin contar con las autoridades, se hubiese mudado a la antigua casa del príncipe de la Paz, inmediata al convento de Doña María de Aragón. Acontecimientos eran estos de leve importancia, pero que influyeron no poco en indisponer los ánimos del vecindario. Aumentose el disgusto a vista del desvío que mostró el mismo Murat con el nuevo rey, desvío imitado por el embajador Beauharnais, único individuo del cuerpo diplomático que no le había reconocido. La corte disculpaba a entrambos con la falta de instrucciones, debida a lo impensado de la repentina mudanza; mas el pueblo comparando el anterior lenguaje de dicho embajador amistoso y solícito con su fría actual indiferencia, atribuía la súbita transformación a causa más fundamental. Así fue que la opinión, respecto de los franceses, de día en día fue trocándose y tomando distinto y contrario rumbo.

Hasta entonces, si bien algunos se recelaban de las intenciones de Napoleón, la mayor parte solo veía en su persona un apoyo firme de la nación y un protector sincero del nuevo monarca. La perfidia de la toma de las plazas u otros sucesos de dudosa interpretación, los achacaban a viles manejos de Don Manuel Godoy o a justas precauciones del emperador de los franceses. Equivocado juicio sin duda, mas nada extraño en un país privado de los medios de publicidad y libre discusión que sirven para ilustrar y rectificar los extravíos de las opiniones. De cerca habían todos sentido las demasías de Godoy, y de Napoleón solo y de lejos se habían visto sus pasmosos hechos y maravillosas campañas. Los diarios de España, o más bien la miserable Gaceta de Madrid, eco de los papeles de Francia, y unos y otros esclavizados por la censura previa, describían los sucesos y los amoldaban a gusto y sabor del que en realidad dominaba acá y allá de los Pirineos. Por otra parte el clero español, habiendo visto que Napoleón había levantado los derribados altares, prefería su imperio y señorío a la irreligiosa y perseguidora dominación que le había precedido. No perdían los nobles la esperanza de ser conservados y mantenidos en sus privilegios y honores por aquel mismo que había creado órdenes de caballería, y erigido una nueva nobleza en la nación en donde pocos años antes había sido abolida y proscrita. Miraban los militares como principal fundamento de su gloria y engrandecimiento al afortunado caudillo, que para ceñir sus sienes con la corona no había presentado otros abuelos ni otros títulos que su espada y sus victorias. Los hombres moderados, los amantes del orden y del reposo público, cansados de los excesos de la revolución, respetaban en la persona del emperador de los franceses al severo magistrado que con vigoroso brazo había restablecido concierto en la hacienda y arreglo en los demás ramos. Y si bien es cierto que el edificio que aquel había levantado en Francia no estribaba en el duradero cimiento de instituciones libres, valladar contra las usurpaciones del poder, había entonces pocos en España y contados eran los que extendían tan allá sus miras.

Napoleón bien informado del buen nombre con que corría en España, cobró aliento para intentar su atrevida empresa, posible y hacedera a haber sido conducida con tino y prudente cordura. Para alcanzar su objeto dos caminos se le ofrecieron, según la diversidad de los tiempos. Antes de la sublevación de Aranjuez la partida y embarco para América de la familia reinante era el mejor y más acomodado. Sin aquel impensado trastorno, huérfana España y abandonada de sus reyes hubiera saludado a Napoleón como príncipe y salvador suyo. La nueva dominación fácilmente se hubiera afianzado, si adoptando ciertas mejoras hubiera respetado el noble orgullo nacional y algunas de sus anteriores costumbres y aun preocupaciones. Acertó pues Napoleón cuando vio en aquel medio el camino más seguro de enseñorearse de España, procediendo con grande desacuerdo desde el momento en que desbaratado por el acaso su primer plan, no adoptó el único y obvio que se le ofrecía en el casamiento de Fernando con una princesa de la familia imperial: hubiera hallado en su protegido un rey más sumiso y reverente que en ninguno de sus hermanos. Cuando su viaje a Italia, no había Napoleón desechado este pensamiento, y continuó en el mismo propósito durante algún tiempo, si bien con más tibieza. El ejemplo de Portugal le sugirió más tarde la idea de repetir en España lo que su buena suerte le había proporcionado en el país vecino. Afirmóse en su arriesgado intento después que sin resistencia se había apoderado de las plazas fuertes, y después que vio a su ejército internado en las provincias del reino. Resuelto a su empresa nada pudo ya contenerle.

Esperaba con impaciencia Napoleón el aviso de haber salido para Andalucía los reyes de España, a la misma sazón que supo el importante e inesperado acontecimiento de Aranjuez. Desconcertado al principio con la noticia, no por eso quedó largo tiempo indeciso; y obstinado y tenaz en nada alteró su primera determinación. Claramente nos lo prueba un importante documento. Había el sábado en la noche 26 de marzo recibido en Saint-Cloud un correo con las primeras ocurrencias de Aranjuez, y otro pocas horas después con la abdicación de Carlos IV. Hasta entonces solo él era sabedor de lo que contra España maquinaba: sin compromiso y sin ofensa del amor propio hubiera podido variar su plan. Sin embargo al día siguiente, el 27 del mismo, decidido a colocar en el trono de España a una persona de su familia, escribió con aquella fecha a su hermano Luis rey de Holanda. «El rey de España acaba de abdicar la corona, habiendo sido preso el príncipe de la Paz. Un levantamiento había empezado a manifestarse en Madrid, cuando mis tropas estaban todavía a cuarenta leguas de distancia de aquella capital. El gran duque de Berg habrá entrado allí el 23 con 40.000 hombres, deseando con ansia sus habitantes mi presencia. Seguro de que no tendré paz sólida con Inglaterra sino dando un grande impulso al continente, he resuelto colocar un príncipe francés en el trono de España... En tal estado he pensado en ti para colocarte en dicho trono... Respóndeme categóricamente cuál sea tu opinión sobre este proyecto. Bien ves que no es sino proyecto, y aunque tengo 100.000 hombres en España, es posible por circunstancias que sobrevengan, o que yo mismo vaya directamente, o que todo se acabe en quince días, o que ande más despacio siguiendo en secreto las operaciones durante algunos meses. Respóndeme categóricamente: si te nombro rey de España, ¿lo admites? ¿Puedo contar contigo?...» Luis rehusó la propuesta. Documento es este importantísimo, porque fija de un modo auténtico y positivo desde qué tiempo había determinado Napoleón mudar la dinastía de Borbón, estando solo incierto en los medios que convendría emplear para el logro de su proyecto. También por estos días conferenciando con Izquierdo le preguntó, si los españoles le querrían como a soberano suyo. Replicole aquel con oportunidad plausible: «con gusto y entusiasmo admitirán los españoles a V. M. por su monarca, pero después de haber renunciado a la corona de Francia.» Imprevista respuesta y poco grata a los delicados oídos del orgulloso conquistador. Continuando pues Napoleón en su premeditado pensamiento, y pareciéndole que era ya llegado el caso de ponerle en ejecución, trató de aproximarse al teatro de los acontecimientos, habiendo salido de París el 2 de abril con dirección a Burdeos.

En tanto Murat, retrayéndose de la nueva corte, anunciaba todos los días la llegada de su augusto cuñado. En palacio se preparaba la habitación imperial, adornábase el Retiro para bailes, y un aposentador enviado de París lo disponía y arreglaba todo. Para despertar aún más la viva atención del público se enseñaba hasta el sombrero y botas del deseado emperador. Bien que en aquellos preparativos y anuncios hubiese de parte de los franceses mucho de aparente y falso, es probable que sin el trastorno causado por el movimiento de Aranjuez, Napoleón hubiera pasado a Madrid. Sorprendido con la súbita mudanza determinó buscar en Bayona ocasión que desenredase los complicados asuntos de España. Ofreciósela oportuna una correspondencia entablada entre Murat y los reyes padres, y a que dio origen el ardiente deseo de libertar a Don Manuel Godoy, y poner su vida fuera de todo riesgo. Fue mediadora en la correspondencia la reina de Etruria, y Murat, considerándola como conveniente al final desenlace de los intentos de Napoleón, cualesquiera que ellos fuesen, no desaprovechó la dichosa coyuntura que la casualidad le ofrecía. De ella provino la famosa protesta de Carlos IV contra su abdicación, sirviendo de base dicho acto a todas las renuncias y procedimientos que tuvieron después lugar en Bayona.

Nació aquella correspondencia poco después del día 19 de marzo. Ya en el 22 las dos reinas madre e hija escribían con eficacia en favor del preso Godoy, manifestando la de España que estaba su felicidad cifrada en acabar tranquilamente sus días con su esposo y el único amigo que ambos tenían. Con igual fecha lo mismo pedía Carlos IV, añadiendo que se iban a Badajoz. Es de notar el contexto de dichas cartas en las que todavía no se hablaba de haber protestado el rey padre contra la abdicación hecha en el día 19, ni de asunto alguno conexo con paso de tanta gravedad. Sin embargo cuando en 1810 publicó el Monitor esta correspondencia, insertó antes de las enunciadas cartas del 22 otra en que se hace mención de aquel acto como de cosa consumada; pero el haberse omitido en ella la fecha, diciendo al mismo tiempo la reina que a nada aspiraba sino a alejarse con su esposo y Godoy todos tres juntos de intrigas y mando, excita contra dicha carta vehementes sospechas, o de que se omitió la fecha por haber sido posteriormente escrita a la del 22, o, lo que es también verosímil, que se intercaló el pasaje en que se habla de haber protestado, no aviniéndose con este acto e implicando más bien contradicción los deseos de la reina allí manifestados. La protesta apareció con la fecha del 21; mas las cartas del 22 con otras aserciones encontradas que se notan en la correspondencia, prueban que en la dicha protesta se empleó una supuesta y anticipada fecha, y que Carlos no tuvo determinación fija de extender aquel acto hasta pasados tres días después de su abdicación.

La lectura atenta de toda la correspondencia, y lo que hemos oído a personas de autoridad, nos induce a creer que Carlos IV se resolvió a formalizar su protesta después de las vistas que el 23 tuvieron él y su esposa con el general Monthion, jefe del estado mayor de Murat. De cualquiera modo que dicho general nos haya pintado su conferencia, y bien que haya querido indicarnos que los reyes padres estaban decididos de antemano a protestar contra su abdicación, lo cierto es que hasta aquel día Carlos IV no se había dirigido a Napoleón, y entonces lo hizo comunicándole cómo se había visto forzado a renunciar, «cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada le habían dado a conocer bastante la necesidad de escoger entre la vida o la muerte; pues [añadía] esta última se hubiera seguido a la de la reina.» Concluía poniendo enteramente su suerte en las manos de su poderoso aliado. Acompañaba a la carta el acto de la protesta así concebido. «Protesto y declaro que todo lo que manifiesto en mi decreto del 19 de marzo, abdicando la corona en mi hijo, fue forzado por precaver mayores males y la efusión de sangre de mis queridos vasallos, y por tanto de ningún valor. — Yo el rey. — Aranjuez 21 de marzo de 1808.»

Del cúmulo de pruebas que hemos tenido a la vista en un punto tan delicado e importante, conjeturamos fundadamente que Carlos, cuya abdicación fue considerada por la generalidad como un acto de su libre y espontánea voluntad, y la cual el mismo monarca de carácter indolente y flojo dio momentáneamente con gusto; abandonado después por todos, solo y no acatado cual solía cuando empuñaba el cetro, advirtió muy luego la diferencia que media entre un soberano reinante y otro desposeído y retirado. Fuele doloroso en su triste y solitaria situación comparar lo que había sido y lo que ahora era, y dio bien pronto indicio de pesarle su precipitada resolución. El arrepentimiento de haber renunciado fue en adelante tan constante y tan sincero, que no solo en Bayona mostraba a las claras la violencia que se había empleado contra su persona, sino que todavía en Roma en 1816 repetía a cuantos españoles iban a verle y en quienes tenía confianza, que su hijo no era legítimo rey de España, y que solo él Carlos IV era el verdadero soberano. No menos ahondaba y quebrantaba el corazón de la reina el triste recuerdo de su perdido influjo y poderío: andaba despechada con la ingratitud de tantos mudables cortesanos antes en apariencia partidarios adictos y afectuosos, y grandemente la atribulaban los riesgos que cercaban a su idolatrado amigo. Ambos, en fin, sintieron el haber descendido del trono, acusándose a sí mismos de la sobrada celeridad con que habían cedido a los temores de una violenta sublevación. No fueron los primeros reyes que derramaron lágrimas tardías en memoria de su antiguo y renunciado poder.

Pesarosos Carlos y María Luisa y dispuestos sus ánimos a deshacer lo que inconsideradamente habían ofrecido y ejecutado el día 19, vislumbraron un rayo de halagüeña esperanza al ver el respeto y miramiento con que eran tratados por los principales jefes del ejército extranjero. Entonces pensaron seriamente en recobrar la perdida autoridad, fundando más particularmente su reclamación en la razón poderosa de haber abdicado en medio de una sedición popular y de una sublevación de la soldadesca. Murat si no fue quien primero sugirió la idea, al menos puso gran conato en sostenerla, porque con ella fomentando la desunión de la familia real, minaba por su cimiento la legitimidad del nuevo rey, y ofrecía a su gobierno un medio plausible de entrometerse en las disensiones interiores, mayormente acudiendo a buscar el anciano y desposeído Carlos reparo y ayuda en su aliado el emperador de los franceses.

Murat al paso que urdía aquella trama o que por lo menos ayudaba a ella, no cesaba de anunciar la próxima llegada de Napoleón, insinuando mañosamente a Fernando por medio de sus consejeros cuán conveniente sería que para allanar cualesquiera dificultades que se opusiesen al reconocimiento, saliera a esperar a su augusto cuñado el emperador. Por su parte el nuevo gobierno procuraba con el mayor esfuerzo granjear la voluntad del gabinete de Francia. Ya en 20 de marzo se mandó al consejo publicar que Fernando VII lejos de mudar el sistema político de su padre respecto de aquel imperio, pondría su esmero en estrechar los preciosos vínculos de amistad y alianza que entre ambos subsistían, encargándose con especialidad recomendar al pueblo que tratase bien y acogiese con afecto al ejército francés. Se despacharon igualmente órdenes a las tropas de Galicia que habían dejado a Oporto, para que volviesen a aquel punto, y a las de Solano, que estaban ya en Extremadura en virtud de lo últimamente dispuesto por Godoy, se les mandó que retrocediesen a Portugal. Estas sin embargo se quedaron por la mayor parte en Badajoz, no cuidándose Junot de tener cerca de sí soldados cuya conducta no merecía su confianza.

El pueblo español entre tanto empezaba cada día a mirar con peores ojos a los extranjeros, cuya arrogancia crecía según que su morada se prolongaba. Continuamente se suscitaban empeñadas riñas entre los paisanos y los soldados franceses, y el 27 de marzo de resultas de una más acalorada y estrepitosa, estuvo para haber en la plazuela de la Cebada una grande conmoción, en la que hubiera podido derramarse mucha sangre. La corte acongojada quería sosegar la inquietud pública, ora por medio de proclamas, ora anunciando y repitiendo la llegada de Napoleón que pondría término a las zozobras e incertidumbre. Era tal en este punto su propio engaño que en 24 de marzo se avisó al público de oficio «que S. M. tenía noticia que dentro de dos días y medio a tres llegaría el emperador de los franceses...» Así ya no solamente se contaban los días sino las horas mismas: ansiosa impaciencia, desvariada en el modo de expresarse, y afrentosa en un gobierno cuyas providencias hubieran podido descansar en el seguro y firme apoyo de la opinión nacional.

¡Cosa maravillosa! Cuanto más se iban en Madrid desengañando todos y comprendiendo los fementidos designios del gabinete de Francia, tanto más ciego y desatentado se ponía el gobierno español. Acabó de perderle y descarriarle el 28 de marzo con su llegada Don Juan de Escóiquiz, quien no veía en Napoleón sino al esclarecido, poderoso y heroico defensor del rey Fernando y sus parciales. Deslumbrado con la opinión que de sí propio tenía, creyó que solo a él le era dado acertar con los oportunos medios de sacar airoso y triunfante de la embarazosa posición a su augusto discípulo, y cerrando los oídos a la voz pública y universal, llamó hacia su persona una severa y terrible responsabilidad. Causa asombro, repetimos, que los engaños y arterías advertidos por el más ínfimo y rudo de los españoles se ocultasen y oscureciesen a Don Juan Escóiquiz y a los principales consejeros del rey, quienes por el puesto que ocupaban y por la sagacidad que debía adornarles, hubieran debido descubrir antes que ningún otro las asechanzas que se les armaban. Pero los sucesos que en gran manera concurrían a excitar su desconfianza, eran los mismos que los confortaban y aquietaban. Tal fue el pliego de Izquierdo, de que hablamos en el libro anterior. Las proposiciones en él inclusas, y por las que nada menos se trataba que de ceder las provincias del Ebro allá, y de arreglar la sucesión de España, sobre la cual dentro del reino nadie había tenido dudas, no despertaron las dormidas sospechas de Escóiquiz ni de sus compañeros. Atentos solo a la propuesta indicada en el mismo pliego de casar a Fernando con una princesa, pensaron que todo iba a componerse amistosamente, llevando tan allá Escóiquiz y los suyos el extravío de su mente, que en su Idea sencilla no se detiene en asentar «que su opinión conforme con la del consejo del rey había sido que las intenciones más perjudiciales que podían recelarse del gobierno francés, eran las del trueque de las provincias más allá del Ebro por el reino de Portugal, o tal vez la cesión de la Navarra;» como si la cesión o pérdida de cualquiera de estas provincias no hubiera sido clavar un agudo puñal en una parte muy principal de la nación, desmembrándola y dejándola expuesta a los ataques que contra ella intentase dirigir a mansalva su poderoso vecino.

El contagio de tamaña ceguedad había cundido entre algunos cortesanos, y hubo de ellos quienes sirvieron por su credulidad al entretenimiento y burla de los servidores de Napoleón. Se aventajó a todos el conde de Fernán Núñez, quien para merecer primero las albricias dejando atrás a los que con él habían ido a recibir al emperador de los franceses, se adelantó a toda diligencia hasta Tours. No distante de aquella ciudad cruzándose en el camino con Mr. Bausset, prefecto del palacio imperial, le preguntó con viva impaciencia si estaba ya cerca la novia del rey Fernando, sobrina del emperador. Respondiole aquel que tal sobrina no era del viaje ni había oído hablar de novia ni de casamiento. Tomando entonces Fernán Núñez en su ademán un compuesto y misterioso semblante, atribuyó la respuesta del prefecto imperial o a estudiado disimulo o a que no estaba en el importante secreto. No dejan estos hechos por leves que parezcan de pintar los hombres que con su obcecación dieron motivo a grandes y trascendentales acontecimientos.

Lejos Murat de contribuir con su conducta a ofuscar a los ministros del rey, obraba de manera que más bien ayudaba al desengaño que a mantener la lisonjera ilusión. Continuaba siempre en sus tratos con la reina de Etruria y los reyes padres, no ocupándose en reconocer a Fernando, ni en hacerle siquiera una visita de mera ceremonia y cumplido. A pesar de su desvío bastaba que mostrase el menor deseo para que los ministros del nuevo rey se afanasen por complacerle y servirle. Así fue que habiendo manifestado a Don Pedro Cevallos cuánto le agradaría tener en su poder la espada de Francisco I depositada en la real armería, le fue al instante entregada en 4 de abril, siendo llevada con gran pompa y acompañamiento y presentada por el marqués de Astorga en calidad de caballerizo mayor. Al par que en sus anteriores procedimientos se portó en este paso el gobierno español débil y sumisamente, el francés dejó ver estrecheza de ánimo en una demanda ajena de una nación famosa por sus hazañas y glorias militares, como si los triunfos de Pavía y el inmortal trofeo ganado en buena guerra, y que adquirieron a España sus ilustres hijos Diego de Ávila y Juan de Urbieta pudieran nunca borrarse de la memoria de la posteridad.

Napoleón no estaba del todo satisfecho de la conducta de Murat. En una carta que le escribió en 29 de marzo le manifestaba sus temores, y con diestra y profunda mano le trazaba cuanto había complicado los negocios el acontecimiento de Aranjuez Este documento si fue escrito del modo que después se ha publicado, muestra el acertado tino y extraordinaria previsión del emperador francés, y que la precipitación y equivocados informes de Murat perjudicaron muy mucho al pronto y feliz éxito de su empresa. Sin embargo además de las instrucciones que aparecen por la citada carta, debió de haber otras por el mismo tiempo que indicasen o expresasen más claramente la idea de llevar a Francia los príncipes de la real familia; pues Murat siguiendo en aquel propósito y no atreviéndose a insistir inmediatamente en sus anteriores insinuaciones de que Fernando fuese al encuentro de Napoleón, propuso como muy oportuna la salida al efecto del infante Don Carlos, en lo cual conviniendo sin dificultad la corte, partió el infante el 5 de abril. No habían pasado muchos días ni aun tal vez horas cuando Murat poco a poco volvió a renovar sus ruegos para que el rey Fernando se pusiese también en camino y halagase con tan amistoso paso a su amigo el emperador Napoleón. El embajador francés apoyaba lo mismo y con particular eficacia, habiendo en fin claramente descubierto que la política de su amo en los asuntos de España era muy otra de la que antes se había figurado.

Pero viendo el rey Fernando que su hermano el infante no había encontrado en Burgos a Napoleón y proseguía adelante sin saber cuál sería el término de su viaje, vacilaba todavía en su resolución. Sus consejeros andaban divididos en sus dictámenes: Cevallos se oponía a la salida del rey hasta tanto que se supiera de oficio la entrada en España del emperador francés. Escóiquiz constante en su desvarío sostenía con empeño el parecer contrario, y a pesar de su poderoso influjo hubiera difícilmente prevalecido en el ánimo del rey, si la llegada a Madrid del general Savary no hubiese dado nuevo peso a sus razones y cambiado el modo de pensar de los que hasta entonces habían estado irresolutos e inciertos. Savary, general de división y ayudante de Napoleón, iba a Madrid con el encargo de llevar a Fernando a Bayona, adoptando para ello cuantos medios estimase convenientes al logro de la empresa. Juzgose que era la persona más acomodada para desempeñar tan ardua comisión, encubriendo bajo un exterior militar y franco profunda disimulación y astucia. Apenas, por decirlo así, apeado, solicitó audiencia particular de Fernando, la cual concedida manifestó con aparente sinceridad «que venía de parte del emperador para cumplimentar al rey y saber de S. M. únicamente si sus sentimientosp. 119 con respecto a la Francia eran conformes con los del rey su padre, en cuyo caso el emperador prescindiendo de todo lo ocurrido no se mezclaría en nada de lo interior del reino, y reconocería desde luego a S. M. por rey de España y de las Indias.» Fácil es acertar con la contestación que daría una corte no ocupada sino en alcanzar el reconocimiento del emperador de los franceses. Savary anunció la próxima llegada de su soberano a Bayona, de donde pasaría a Madrid, insistiendo poco después en que Fernando saliese a recibirle, con cuya determinación probaría su particular anhelo por estrechar la antigua alianza que mediaba entre ambas naciones, y asegurando que la ausencia sería tanto menos larga cuanto que se encontraría en Burgos con el mismo emperador. El rey vencido con tantas promesas y palabras, resolvió al fin condescender con los deseos de Savary, sostenido y apoyado por los más de los ministros y consejeros españoles.

Cierto que el paso del general francés hubiera podido hacer titubear al hombre más tenaz y firme si otros indicios poderosos no hubieran contrapesado su aparente fuerza. Además era sobrada precipitación antes de saberse el viaje de Napoleón a España de un modo auténtico y de oficio, exponer la dignidad del rey a ir en busca suya, habiéndose hasta entonces comunicado su venida solo de palabra e indirectamente. Con mayor lentitud y circunspección hubiera convenido proceder en negocio en que se interesaban el decoro del rey, su seguridad y la suerte de la nación, principalmente cuando tantas perfidias habían precedido, cuando Murat tenía conducta tan sospechosa, y cuando en vez de reconocer a Fernando cuidaba solamente de continuar sus secretos manejos con la antigua corte. Mas el deslumbrado Escóiquiz proseguía no viendo las anteriores perfidias, y achacaba las intrigas de Murat a actos de pura oficiosidad, contrarios a las intenciones de Napoleón. Sordo a la voz del pueblo, sordo al consejo de los prudentes, sordo a lo mismo que se conversaba en todo el ejército extranjero, en corrillos y plazas, se mantuvo porfiadamente en su primer dictamen y arrastró al suyo a los más de los ministros, dando al mundo la prueba más insigne de terca y desvariada presunción, probablemente aguijada por ardiente deseo de ambiciosos crecimientos.

Hubo aún para recelarse el que Don José Martínez de Hervás, quien como español y por su conocimiento en la lengua nativa había venido en compañía del general Savary, avisó que se armaba contra el rey alguna celada, y que obraría con prudente cautela desistiendo del viaje o difiriéndole. Pero, ¡oh colmo de ceguedad!, los mismos que desacordadamente se fiaban en las palabras de un extranjero, del general Savary, tuvieron por sospechosa la loable advertencia del leal español. Y como si tantos indicios no bastasen, el mismo Savary dio ocasión a nuevos recelos con pedir de orden del emperador que se pusiese en libertad al enemigo declarado e implacable del nuevo gobierno, al odiado Godoy. Incomodó, sin embargo, la intempestiva solicitud, y hubiera tal vez perjudicado al resuelto viaje, si el francés, a ruego del Infantado y Ofárril, no hubiera abandonado su demanda.

Firmes pues en su propósito los consejeros de Fernando y conducidos por un hado adverso, señalaron el día 10 de abril para su partida,. en cuyo día salió S. M. tomando el camino de Somosierra para Burgos. Iban en su compañía Don Pedro Cevallos ministro de estado, los duques del Infantado y San Carlos, el marqués de Múzquiz, Don Pedro Labrador, Don Juan de Escóiquiz, el capitán de guardias de Corps conde de Villariezo, y los gentil-hombres de cámara marqués de Ayerbe, de Guadalcázar, y de Feria. La víspera había escrito Fernando a su padre pidiéndole una carta para el emperador con súplica de que asegurase en ella los buenos sentimientos que le asistían, queriendo seguir las mismas relaciones de amistad y alianza con Francia que se habían seguido en su anterior reinado. Carlos IV ni le dio la carta, ni le contestó, con achaque de estar ya en cama: precursora señal de lo que en secreto se proyectaba.

Antes de su salida dispuso el rey Fernando que se nombrase una junta suprema de gobierno presidida por su tío el infante Don Antonio y compuesta de los ministros del despacho, quienes a la sazón eran Don Pedro Cevallos, de estado, que acompañaba al rey; Don Francisco Gil y Lemus, de marina; Don Miguel José de Azanza, de hacienda; Don Gonzalo Ofraril, de guerra, y Don Sebastián Piñuela, de gracia y justicia. Esta junta según las instrucciones verbales del rey debía entender en todo lo gubernativo y urgente, consultando en lo demás con S. M.

En tanto que el rey con sus consejeros va camino de Bayona, será bien que nos detengamos a considerar de nuevo resolución tan desacertada. La pintura triste que para disculparse traza Escóiquiz en su obra acerca de la situación del reino, sería juiciosa si en aquel caso se hubiese tratado de medir las fuerzas militares de España y sus recursos pecuniarios con los de Francia, a la manera de una guerra de ejército a ejército y de gobierno a gobierno. Le estaba bien al príncipe de la Paz calcular fundado en aquellos datos como quien no tenía el apoyo nacional; mas la posición de Fernando era muy otra, siendo tan extraordinario el entusiasmo en favor suyo que un ministro hábil y entendido no debía en aquel caso dirigirse por las reglas ordinarias de la fría razón, sino contar con los esfuerzos y patriotismo de la nación entera, la cual se hubiera alzado unánimemente a la voz del rey, para defender sus derechos contra la usurpación extranjera; y las fuerzas de una nación levantada en cuerpo son tan grandes e incalculables a los ojos de un verdadero estadista, como lo son las fuerzas vivas a las del mecánico. Así lo pensaba el mismo Napoleón, quien en la carta a Murat del 29 de marzo arriba citada decía: «La revolución de 20 de marzo prueba que hay energía en los españoles. Habrá que lidiar contra un pueblo nuevo lleno de valor, y con el entusiasmo propio de hombres a quienes no han gastado las pasiones políticas...»; y más abajo: «se harán levantamientos en masa que eternizarán la guerra...» Acertado y perspicaz juicio que forma pasmoso contraste con el superficial y poco atinado de Escóiquiz y sus secuaces. Era además dar sobrada importancia a un paso de puro ceremonial para concebir la idea que la política de un hombre como Napoleón en asunto de tal cuantía hubiera de moderarse o alterarse por encontrar al rey algunas leguas más o menos lejos; antes bien era propio para encender su ambición un viaje que mostraba imprevisión y extremada debilidad. Se cede a veces en política a un acto de fortaleza heroica, nunca a míseros y menguados ruegos.

El rey en su viaje fue recibido por las ciudades, villas y lugares del tránsito con inexplicable gozo, haciendo a competencia sus moradores las demostraciones más señaladas de la lealtad y amor que los inflamaban. Entró en Burgos el 12 de abril sin que hubiese allí ni más lejos noticia del emperador francés. Deliberose en aquella ciudad sobre el partido que debía tomarse, de nuevo reiteró sus promesas y artificios el general Savary, y de nuevo se determinó que prosiguiese el rey su viaje a Vitoria. Y he aquí que los mismos y mal aventurados consejeros que sin tratado alguno ni formal negociación, y solo por meras e indirectas insinuaciones habían llevado a Fernando hasta Burgos, le llevan también a Vitoria, y le traen de monte en valle y de valle en monte en busca de un soberano extranjero mendigando con desdoro su reconocimiento y ayuda, como si uno y otro fuera necesario y decoroso a un rey que habiendo subido al solio con universal consentimiento, afianzaba su poder y legitimidad sobre la sólida e incontrastable base del amor y unánime aprobación de sus pueblos.

Llegó el rey a Vitoria el 14. Napoleón que había permanecido en Burdeos algunos días, salió de allí a Bayona, en donde entró en la noche del 14 al 15, de lo que noticioso el infante Don Carlos, hasta entonces detenido en Tolosa, pasó a aquella plaza. Savary, sabiendo que el emperador se aproximaba a la frontera, y viendo que ya no le era dado por más tiempo continuar con fruto sus artificios si no acudía a algún otro medio, resolvió pasar a Bayona llevando consigo una carta de Fernando para Napoleón. No tardó en recibirse la respuesta estando con ella de vuelta en Vitoria el día 17 el mismo Savary, y la cual estaba concebida en términos que era suficiente por sí sola a sacar de su error a los más engañados. En efecto la carta respondía a la última de Fernando, y en parte también a la que le había escrito en 11 de octubre del año pasado. Sembrada de verdades expresadas con cierta dureza, no se soltaba en ella prenda que empeñase a Napoleón a cosa alguna: lo dejaba todo en dudas dando solo esperanzas sobre el ansiado casamiento. Notábase con especialidad en su contexto el injurioso aserto que Fernando «no tenía otros derechos al trono que los que le había transmitido su madre:» frase altamente afrentosa al honor de la reina, y no menos indecorosa al que la escribía que ofensiva a aquel a quien iba dirigida. Pero una carta tan poco circunspecta, tan altanera y desembozada embelesó al canónigo Escóiquiz, quien se recreaba con la vaga promesa del casamiento. Por entonces vimos lo que escribía a un amigo suyo desde Vitoria, y le faltaban palabras con que dar gracias al Todopoderoso por el feliz éxito que la carta de Napoleón pronosticaba a su viaje. Realmente rayaba ya en demencia su continuada obcecación.

Savary auxiliado con la carta aumentó sus esfuerzos y concluyó con decir al rey «me dejo cortar la cabeza si al cuarto de hora de haber llegado S. M. a Bayona no le ha reconocido el emperador por rey de España y de las Indias... Por sostener su empeño empezará probablemente por darle el tratamiento de alteza; pero a los cinco minutos le dará majestad, y a los tres días estará todo arreglado, y S. M. podrá restituirse a España inmediatamente...» Engañosas y pérfidas palabras que acabaron de decidir al rey a proseguir su viaje hasta Bayona.

Sin embargo hubo españoles más desconfiados o cautos que no dando crédito a semejantes promesas, propusieron varios medios para que el rey se escapase. Todavía hubiera podido conseguirse en Vitoria ponerle en salvo, aunque los obstáculos crecían de día en día. Los franceses habían redoblado su vigilancia, y no contentos con los 4000 hombres que ocupaban a Vitoria a las órdenes del general Verdier, habían aumentado la guarnición especialmente con caballería enviada de Burgos. Savary tenía orden de arrebatar al rey por fuerza en la noche del 18 al 19 si de grado no se mostraba dispuesto a pasar a Francia. Cuidadoso con no faltar a su mandato, estando muy sobreaviso hacía rondar y observar la casa donde el rey habitaba. A pesar de su esmerado celo la evasión se hubiera fácilmente ejecutado a haberse Fernando resuelto a abrazar aquel partido. Don Mariano Luis de Urquijo que había ido de Bilbao a cumplimentarle a su paso por Vitoria, propuso de acuerdo con el alcalde Urbina un medio para que de noche se fugase disfrazado. Hubo también otros y varios proyectos, mas entre todos es digno de particular mención como el mejor y más asequible el propuesto por el duque de Mahón. Era pues que saliendo el rey de Vitoria por el camino de Bayona, y dando confianza a los franceses con la dirección que había tomado, siguiera así hasta Vergara, en cuyo pueblo abandonando la carretera real torciese del lado de Durango y se encaminase al puerto de Bilbao. Añadía el duque que la evasión sería protegida por un batallón del inmemorial del rey residente en Mondragón, y de cuya fidelidad respondía. Escóiquiz con quien siempre nos encontraremos cuando se trate de alejar al rey de Bayona y librarle de las armadas asechanzas, dijo: «que no era necesario habiendo S. M. recibido grandes pruebas de amistad de parte del emperador.» Eran las grandes pruebas la consabida carta. El de Mahón no por eso dejó de insistir la misma víspera de la salida para Bayona, habiéndose aumentado las sospechas de todos con la llegada de 300 granaderos a caballo de la guardia imperial. Mas al querer hablar, poniéndole la mano en la boca, pronunció Escóiquiz estas notables palabras: «es negocio concluido, mañana salimos para Bayona: se nos han dado todas las seguridades que podíamos desear.»

Tratose en fin de partir. Sabedor el pueblo se agrupó delante del alojamiento del rey, cortó los tirantes de las mulas, y prorrumpió en voces de amor y lealtad para que el rey escuchase sus fundados temores. Todo fue en vano. Apaciguándose el bullicio a duras penas, se publicó un decreto en que afirmaba el rey «estar cierto de la sincera y cordial amistad del emperador de los franceses, y que antes de cuatro o seis días darían gracias a Dios y a la prudencia de S. M. de la ausencia que ahora les inquietaba.»

Partió el rey de Vitoria el 19 de abril y en el mismo llegó a Irún casi solo, habiéndose quedado atrás el general Savary por habérsele descompuesto el coche. Se albergó en casa del señor Olazábal sita fuera de la villa, en donde había de guarnición un batallón del regimiento de África, decidido a obedecer rendidamente las órdenes de Fernando. La providencia a cada paso parecía querer advertirle del peligro, y a cada paso le presentaba medios de salvación. Mas un ciego instinto arrastraba al rey al horroroso precipicio. Savary tuvo tal miedo de que la importante presa se le escapase, a la misma sazón que ya la tenía asegurada, que llegó a Irún asustado y despavorido.

El 20 cruzó el rey y toda la comitiva el Bidasoa, y entró en Bayona a las diez de la mañana de aquel día. Nadie le salió a recibir al camino a nombre de Napoleón. Más allá de San Juan de Luz encontró a los tres grandes de España comisionados para felicitar al emperador francés, quienes dieron noticias tristes, pues la víspera por la mañana habían oído al mismo de sup. 128 propia boca que los Borbones nunca más reinarían en España. Ignoramos por qué no anduvieron más diligentes en comunicar al rey el importante aviso, que podría descansadamente haberle alcanzado en Irún: quizá se lo impidió la vigilancia de que estaban cercados. Abatió el ánimo de todos lo que anunciaron los grandes, echando también de ver el poco aprecio que a Napoleón merecía el rey Fernando en el modo solitario con que le dejaba aproximarse a Bayona, no habiendo salido persona alguna elevada en dignidad a cumplimentarle y honrarle, hasta que a las puertas de la ciudad misma se presentaron con aquel objeto el príncipe de Neufchâtel y Duroc, gran mariscal de palacio. Admiró en tanto grado a Napoleón ver llegar a Fernando sin haberle especialmente convidado a ello, que al anunciarle un ayudante su próximo arribo exclamó: «¿cómo?... ¿viene?... no, no es posible...» Aún no conocía personalmente a los consejeros de Fernando.

Después de la partida del rey prosiguiendo Murat en su principal propósito de apoyar las intrigas que se preparaban en la enemistad y despecho de los reyes padres, avivó la correspondencia que con ellos había entablado. Hasta entonces no habían conferenciado juntos, siendo sus ayudantes y la reina de Etruria el conducto por donde se entendían. Mucho desagradaron los secretos tratos de la última, a los que particularmente la arrastró el encendido deseo de conseguir un trono para su hijo, aunque sus esfuerzos fueron vanos. En la correspondencia, después de ocuparse en el asunto que más interesaba a Murat y su gobierno, esto es, el de la protesta de Carlos IV, llamó a la reina y a su esposo intensamente la atención la desgraciada suerte de su amigo Godoy, del pobre príncipe de la Paz, con cuyo epíteto a cada paso se le denomina en las cartas de María Luisa. Duda el discurso, al leer esta correspondencia, si es más de maravillar la constante pasión de la reina por el favorito, o la ciega amistad del rey. Confundían ambos su suerte con la del desgraciado a punto que decía la reina: «si no se salva el príncipe de la Paz, y si no se nos concede su compañía, moriremos el rey, mi marido, y yo.» Es digna de la atenta observación de la historia mucha parte de aquella correspondencia, y señaladamente lo son algunas cartas de la reina madre. Si se prescinde del enfado y acrimonia con que están escritas ciertas cláusulas, da su contexto mucha luz sobre los importantes hechos de aquel tiempo, y en él se pinta al vivo y con colores por desgracia harto verdaderos el carácter de varios personajes de aquel tiempo. Posteriores acontecimientos nos harán ver lastimosamente con cuánta verdad y conocimiento de los originales trazó la reina María Luisa algunos de estos retratos. Los reyes padres habían desde marzo continuado en Aranjuez, teniendo para su guardia tropas de la casa real. También había fuerza francesa a las órdenes del general Wattier, socolor de proteger a los reyes y continuar dando mayor peso a la idea de haberse ejercido contra ellos particular violencia en el acto de la abdicación. El 9 de abril pasaron al Escorial por insinuación de Murat con el intento de aproximarlos al camino de Francia. No tuvieron allí otra guardia más que la de las tropas francesas y los carabineros reales.

En Madrid apenas había salido el rey cuando Murat pidió con ahínco a la junta que se le entregase a Don Manuel Godoy, afirmando que así se lo había ofrecido Fernando la víspera de su partida en el cuarto de la reina de Etruria: aserción tanto más dudosa cuanto si bien allí se encontraron, parece cierto que nada se dijeron, retenidos por no querer ni uno ni otro ser el primero a romper el silencio. Resistiéndose la junta a dar libertad al preso, amenazó Murat conque emplearía la fuerza si al instante no se le ponía en sus manos. Afanábase por ser dueño de Godoy, considerándole necesario instrumento para influir en Bayona en las determinaciones de los reyes padres, a quienes por otra parte en las primeras vistas que tuvo con ellos en el Escorial uno de aquellos días les había prometido su libertad. La junta se limitó por de pronto a mandar al consejo con fecha del 13 que suspendiese el proceso intentado contra Don Manuel Godoy hasta nueva orden de S. M., a quien se consultó por medio de Don Pedro Cevallos. La posición de la junta realmente era muy angustiada, quedando expuesta a la indignación pública si le soltaba, o a las iras del arrebatado Murat si le retenía. Don Pedro Cevallos contestó desde Vitoria que se había escrito al emperador ofreciendo usar con Godoy de generosidad perdonándole la vida, siempre que fuese condenado a la pena de muerte. Bastole esta contestación a Murat para insistir en 20 de abril en la soltura del preso con el objeto de enviarle a Francia, y con engaño y despreciadora befa decía a su nombre el general Belliard en su oficio: «El gobierno y la nación española solo hallarán en esta resolución de S. M. I. nuevas pruebas del interés que toma por la España, porque alejando al príncipe de la Paz quiere quitar a la malevolencia los medios de creer posible que Carlos IV volviese el poder y su confianza al que debe haberla perdido para siempre.» ¡Así se escribía a una autoridad puesta por Fernando y que no reconocía a Carlos IV! La junta accedió a lo último a la demanda de Murat, habiéndose opuesto con firmeza el ministro de marina Don Francisco Gil y Lemus. Mucho se motejó la condescendencia de aquel cuerpo; sin embargo eran tales y tan espinosas las circunstancias que con dificultad se hubiera podido estorbar con éxito la entrega de Don Manuel Godoy. Acordada que esta fue, se dieron las convenientes órdenes al marqués de Castelar, quien antes de obedecer, temeroso de algún nuevo artificio de los franceses, pasó a Madrid a cerciorarse de la verdad de boca del mismo infante presidente. El pundonoroso general al oír la confirmación de lo que tenía por falso hizo dejación de su destino, suplicando que no fuesen los guardias de Corps quienes hiciesen la entrega, sino los granaderos provinciales. El bueno del infante le replicó que «en aquella entrega consistía el que su sobrino fuese rey de España:» a cuya poderosa razón cedió Castelar, y puso en libertad al preso Godoy a las 11 de la noche del mismo día 20, entregándole en manos del coronel francés Martel. Sin detención tomaron el camino de Bayona, adonde llegó Godoy con la escolta francesa el 26, habiéndosele reunido poco después su hermano Don Diego. Se albergó aquel en una quinta que le estaba preparada a una legua de la ciudad, y a poco tuvo con Napoleón una larga conferencia. El rey, si bien no desaprobó la conducta de la junta, tampoco la aplaudió, elogiando de propósito al consejo que se había opuesto a la entrega. En asunto de tanta gravedad procuraron todos sincerar su modo de proceder; entre ellos se señaló el marqués de Castelar apreciable y digno militar, quien envió para informar al rey no menos que a tres sujetos, a su segundo el brigadier Don José Palafox, a su hijo el marqués de Belveder y al ayudante Butrón. Así, y como milagrosamente, se libró Godoy de una casi segura y desastrada muerte.

En todos aquellos días no había cesado Murat de incomodar y acosar a la junta con sus quejas e infundadas reclamaciones. El 16 había llamado a Ofárril para lamentarse con acrimonia o ya de asesinatos, o ya de acopios de armas que se hacían en Aragón. Eran estos meros pretextos para encaminar su plática a asunto más serio. Al fin le declaró el verdadero objeto de la conferencia. Era pues que el emperador no reconocía en España otro rey sino a Carlos IV, y que habiendo para ello recibido órdenes suyas iba a publicar una proclama que manuscrita le dio a leer. Se suponía extendida por el rey padre, asegurando en ella haber sido forzada su abdicación, como así se lo había comunicado a su aliado el emperador de los franceses, con cuya aprobación y arrimo volvería a sentarse en el solio. Absorto Ofárril con lo que acababa de oír informó de ello a la junta, la cual de nuevo comisionó al mismo en compañía de Azanza para apurar más y más las razones y el fundamento de tan extraña resolución. Murat, acompañado del conde de Laforest, se mantuvo firme en su propósito, y solo consintió en aguardar la última contestación de la junta que verbalmente y por los mismos encargados respondió: «1.º Que Carlos IV y no el gran duque debía comunicarle su determinación. 2.º Que comunicada que le fuese se limitaría a participarla a Fernando VII: y 3.º Pedía que estando Carlos IV próximo a salir para Bayona se guardase el mayor secreto y no ejerciese durante el viaje ningún acto de soberanía.» En seguida pasó Murat al Escorial, y poniéndose de acuerdo con los reyes padres escribió Carlos IV a su hermano el infante Don Antonio una carta en la que aseguraba haber sido forzada su abdicación del 19 de marzo, y que en aquel mismo día había protestado solemnemente contra dicho acto. Ahora reiteraba su primera declaración confirmando provisionalmente a la junta en su autoridad como igualmente a todos los empleados nombrados desde el 19 de marzo último, y anunciaba su próxima salida para ir a encontrarse con su aliado el emperador de los franceses. Es digno de reparo que en aquella carta expresase Carlos IV haber protestado solemnemente el 19, cuando después dató su protesta del 21, cuya fecha ya antes advertimos envolvía contradicción con cartas posteriores escritas por el mismo monarca. Prueba notable y nueva de la precipitación conque en todo se procedió, y del poco concierto que entre sí tuvieron los que arreglaron aquel negocio; puesto que fuera la protesta extendida en el día de la abdicación o fuéralo después, siendo Carlos IV y sus confidentes los dueños y únicos sabedores de su secreto, hubieran por lo menos debido coordinar unas fechas cuya contradicción había de desautorizar acto de tanta importancia, mayormente cuando la legitimidad o fuerza de la protesta no dimanaba de que se hubiese realizado el 19, el 21 o el 23, sino de la falta de libre voluntad conque aseguraban ellos había sido dada la abdicación. Respecto de lo cual como se había verificado en medio de conmociones y bullicios populares, solo Carlos IV era el único y competente juez, y no habiendo variado su situación en los tres días sucesivos a punto que pudiera atribuirse su silencio a completa conformidad, siempre estaba en el caso de alegar fundadamente que cercado de los mismos riesgos no había osado extender por escrito un acto que descubierto hubiera sobremanera comprometido su persona y la de su esposa. En nada de eso pensaron; creyeron de más al parecer detenerse en cosas que imaginaron leves, bastándoles la protesta para sus premeditados fines. Carlos IV después de haber remitido igual acto a Napoleón, en compañía de la reina y de la hija del príncipe de la Paz se puso en camino para Bayona el día 25 de abril, escoltado por tropas francesas y carabineros reales, los mismos que le habían hecho la guardia en el Escorial. Fácil es figurarse cuán atribulados debieron quedar el infante y la junta con novedades que oscurecían y encapotaban más y más el horizonte político.

La salida de Godoy, las conferencias de Murat con los reyes padres, la arrogancia y modo de explicarse de gran parte de los oficiales franceses y de su tropa, aumentaban la irritación de los ánimos, y a cada paso corría riesgo de alterarse la tranquilidad pública de Madrid y de los pueblos que ocupaban los extranjeros. Un incidente agravó en la capital estado tan crítico. Murat había ofrecido a la junta guardar reservada la protesta de Carlos IV, pero a pesar de su promesa no tardó en faltar a ella, o por indiscreción propia, o por el mal entendido celo de sus subalternos. El día 20 de abril se presentó al consejo el impresor Eusebio Álvarez de la Torre para avisarle que dos agentes franceses habían estado en su casa con el objeto de imprimir una proclama de Carlos IV. Ya había corrido la voz por el pueblo, y en la tarde hubiera habido una grande conmoción, si el consejo de antemano no hubiese enviado al alcalde de casa y corte Don Andrés Romero, quien sorprendió a los dos franceses Funiel y Ribat con las pruebas de la proclama. Quiso el juez arrestarlos, mas ni consintieron ellos en ir voluntariamente, ni en declarar cosa alguna sin orden previa de su jefe el general Grouchy, gobernador francés de Madrid. Impaciente el pueblo se agolpó a la imprenta, y temiendo el alcalde que al sacarlos fuesen dichos franceses víctimas del furor popular, los dejó allí arrestados hasta la determinación del consejo, el cual no osando tomar sobre sí la resolución, acudió a la junta que, no queriendo tampoco comprometerse, dispuso ponerlos en libertad, exigiendo solamente de Murat nueva promesa de que en adelante no se repetirían iguales tentativas. Tan débiles e irresolutas andaban las dos autoridades, en quienes se libraba entonces la suerte y el honor nacional. La libertad de Godoy y el caso sucedido en la imprenta, al parecer poco importante, fueron acontecimientos que muy particularmente indispusieron el espíritu público contra los franceses. En el último claramente aparecía el deseo de reponer en el trono a Carlos IV, y renovar así las crueles y recientes llagas del anterior reinado; y con el primero se arrancaba de manos de la justicia y se daba suelta al objeto odiado de la nación entera.

No se circunscribía a Madrid la pública inquietud. En Toledo el día 21 de abril se turbó también la tranquilidad por la imprudencia del ayudante general Marcial Tomás, que había salido enviado a aquella ciudad con el objeto de disponer alojamientos para la tropa francesa. Explicábase sin rebozo contra el ensalzamiento de Fernando VII, afirmando que Napoleón había decidido restablecer en el trono a Carlos IV. Esparcidos por el vecindario semejantes rumores, se amotinó el pueblo agavillándose en la plaza de Zocodover, y paseando armado por las calles el retrato de Fernando, a quien todos tenían que saludar o acatar, fueran franceses o españoles. La casa del corregidor Don José Joaquín de Santa María, y las de los particulares Don Pedro Segundo y Don Luis del Castillo fueron acometidas y públicamente quemados sus muebles y efectos, achacándose a estos sujetos afecto al valido y a Carlos IV: crimen entonces muy grave en la opinión popular. Duró el tumulto dos días. Le apaciguó el cabildo y la llegada del general Dupont, quien con la suficiente fuerza pasó el 26 de Aranjuez a aquella ciudad. En Burgos. Iguales ruidos y alborotos hubo en Burgos por aquellos días de resultas de haber detenido los franceses a un correo español. El intendente marqués de la Granja estuvo muy cerca de perecer a manos del populacho, y hubo con esta ocasión varios heridos.

Apoyado en aquellos tumultos provocados por la imprudencia u osadía francesa, y seguro por otra parte de que Fernando había atravesado la frontera, levantó Murat su imperioso y altanero tono, encareciendo agravios e importunando con sus peticiones. Guardaba con la junta, autoridad suprema de la nación, tan poco comedimiento que en ocasiones graves procedía sin contar con su anuencia. Así fue que queriendo Bonaparte congregar en Bayona una diputación de españoles, para que en tierra extraña tratase de asuntos interiores del reino, a manera de la que antes había reunido en León respecto de Italia; y habiendo Murat comunicado dicha resolución a la junta gubernativa a fin de que nombrase sujetos y arreglase el modo de convocación; al tiempo que esta en medio de sus angustias entraba en deliberación acerca de la materia, llegó a su noticia que el gran duque Murat había por sí escogido al intento ciertas personas, quienes rehusando pasar a Francia sin orden o pasaporte de su gobierno, le obligaron a dirigirse a la misma junta para obtenerlos. Diolos aquella, creciendo en debilidad a medida que el francés crecía en insolencia.

Más adelante volveremos a hablar de la reunión que se indicaba para Bayona. Ahora conviene que paremos nuestra atención en la conducta de la junta suprema, autoridad que quedó al frente de la nación y la gobernó hasta que grandes y gloriosos levantamientos limitaron su flaca dominación a Madrid y puntos ocupados por los franceses. A pesar de no haber sido su mando muy duradero varió en su composición, ya por el número de sujetos que después se le agregaron, ya por la mudanza y alteración sustancial que experimentó al entrar Murat a presidirla. Nos ceñiremos por de pronto al espacio de su gobernación, que comprende hasta los primeros días de mayo, en cuyo tiempo se componía de las personas antes indicadas bajo la presidencia del infante Don Antonio, asistiendo con frecuencia a sus sesiones el príncipe de Castel-Franco, el conde de Montarco y Don Arias Mon, gobernador del consejo. Se agregaron en 1.º de mayo por resolución de la misma junta todos los presidentes y decanos de los consejos, y se nombró por secretario al conde de Casa-Valencia. En su difícil y ardua posición hostigada de un lado por un jefe extranjero impetuoso y altivo, y reprimida de otro con las incertidumbres y contradicciones de los que habían acompañado al rey a Bayona, puede encontrar disculpa la flojedad y desmayo con que generalmente obró durante todos aquellos días. Hubiérase también achacado su indecisión al modo restricto con que Fernando la había autorizado a su partida, si Don Pedro Cevallos no nos hubiera dado a conocer que para acudir al remedio de aquel olvido o falta de previsión, se le había enviado a dicha junta desde Bayona una real orden para «que ejecutase cuanto convenía al servicio del rey y del reino, y que al efecto usase de todas las facultades que S. M. desplegaría si se hallase dentro de sus estados.» Parece ser que el decreto fue recibido por la junta, y en verdad que con él tenía ancho campo para proceder sin trabas ni miramiento. Sin embargo constante en su timidez e irresolución no se atrevió a tomar medida alguna vigorosa sin consultar de nuevo al rey. Fueron despachados con aquel objeto a Bayona Don Evaristo Pérez de Castro y Don José de Zayas: llegó el primero sin tropiezo a su destino; detúvose al segundo en la raya. Susurrose entonces que una persona bien enterada del itinerario del último lo había revelado para entorpecer su misión: no fue así con Pérez de Castro, quien encubrió a todos el camino o extraviada vereda que llevaba. La junta remitía por dichos comisionados cuatro preguntas acerca de las cuales pedía instrucciones. «1.ª Si convenía autorizar a la junta a sustituirse en caso necesario en otras personas, las que S. M. designase, para que se trasladasen a paraje en que pudiesen obrar con libertad, siempre que la junta llegase a carecer de ella. 2.ª Si era la voluntad de S. M. que empezasen las hostilidades, el modo y tiempo de ponerlo en ejecución. 3.ª Si debía ya impedirse la entrada de nuevas tropas francesas en España, cerrando los pasos de la frontera. 4.ª Si S. M. juzgaba conducente que se convocasen las cortes, dirigiendo su real decreto al consejo, y en defecto de este [por ser posible que al llegar la respuesta de S. M. no estuviera ya en libertad de obrar] a cualquiera chancillería o audiencia del reino.»

Preguntas eran estas con que más bien daba indicio la junta de querer cubrir su propia responsabilidad, que de desear su aprobación. Con todo habiendo dentro de su seno individuos sumamente adictos al bien y honor de su patria, no pudieron menos de acordarse con oportunidad algunas resoluciones, que ejecutadas con vigor hubieran sin duda influido favorablemente en el giro de los negocios. Tal fue la de nombrar una junta que sustituyese a la de Madrid, llegado el caso de carecer esta de libertad. Propuso tan acertada providencia el firme y respetable Don Francisco Gil y Lemus, impelido y alentado por una reunión oculta de buenos patriotas que se congregaban en casa de su sobrino Don Felipe Gil Taboada. Fueron los nombrados para la nueva junta el conde de Ezpeleta, capitán general de Cataluña que debía presidirla, Don Gregorio García de la Cuesta, capitán general de Castilla la Vieja, el teniente general Don Antonio de Escaño, Don Gaspar Melchor de Jovellanos, y en su lugar, y hasta tanto que llegase de Mallorca, Don Juan Pérez Villamil, y Don Felipe Gil Taboada. El punto señalado para su reunión era Zaragoza, y el último de los nombrados salió para dicha ciudad en la mañana misma del aciago 2 de mayo, en compañía de Don Damián de la Santa que debía ser secretario. Luego veremos cómo se malogró la ejecución de tan oportuna medida.

Los individuos que en la junta de Madrid propendían a no exponer a riesgo sus personas abrazando un activo y eficaz partido, se apoyaban en el mismo titubear de los ministros y consejeros de Bayona, quienes ni entre sí andaban acordes, ni sostenían con uniformidad y firmeza lo que una vez habían determinado. Hemos visto antes como Don Pedro Cevallos había expedido un decreto autorizando a la junta para que obrase sin restricción ni traba alguna; de lo que hubiéramos debido inferir cuán resuelto estaba a sobrellevar con fortaleza los males que de aquel decreto pudieran originarse a su persona y a los demás españoles que rodeaban al rey. Pues era tan al contrario, que el mismo Don Pedro envió a decir a la junta en 23 de abril por Don Justo Ibarnavarro oidor de Pamplona, que llegó a Madrid en la noche del 29,«que no se hiciese novedad en la conducta tenida con los franceses para evitar funestas consecuencias contra el rey, y cuantos españoles [porque no se olvidaban] acompañaban a S. M.» El mencionado oidor, después de contar lo que pasaba en Bayona, también anunció de parte de S. M. «que estaba resuelto a perder primero la vida que a acceder a una inicua renuncia... y que con esta seguridad procediese la junta»; aserción algún tanto incompatible con el encargo de Don Pedro Cevallos. Siendo tan grande la vacilación de todos, siendo tantas y tan frecuentes sus contradicciones, fue más fácil que después cada uno descargase su propia responsabilidad, echándose recíprocamente la culpa. Por consiguiente si en este primer tiempo procedió la junta de Madrid con duda y perplejidad, las circunstancias eran harto graves para que no sea disimulable su indecisa y a veces débil conducta, examinándola a la luz de la rigurosa imparcialidad.

La fuerte y hostil posición de los franceses era también para desalentar al hombre más brioso y arrojado. Tenían en Madrid y sus alrededores 25.000 hombres, ocupando el Retiro con numerosa artillería. Dentro de la capital estaba la guardia imperial de a pie y de a caballo con una división de infantería mandada por el general Musnier, y una brigada de caballería. Las otras divisiones del cuerpo de observación de las costas del océano a las órdenes del mariscal Moncey, se hallaban acantonadas en Fuencarral, Chamartín, convento de San Bernardino, Pozuelo y la casa de Campo. En Aranjuez, Toledo y el Escorial había divisiones del cuerpo de Dupont, de suerte que Madrid estaba ocupado y circundado por el ejército extranjero, al paso que la guarnición española constaba de poco más de 3000 hombres, habiéndose insensiblemente disminuido desde los acontecimientos de marzo. Mas el vecindario, en lugar de contener y reprimir su disgusto, le manifestaba cada día más a cara descubierta y sin poner ya límites a su descontento. Eran extraordinarias la impaciencia y la agitación, y ora delante de la imprenta real para aguardar la publicación de una gaceta, ora delante de la casa de correos para saber noticias, se veían constantemente grupos de gente de todas clases. Los empleados dejaban sus oficinas, los operarios sus talleres, y hasta el delicado sexo sus caseras ocupaciones para acudir a la Puerta del Sol y sus avenidas, ansiosos de satisfacer su noble curiosidad: interés loable y señalado indicio de que el fuego patrio no se había aún extinguido en los pechos españoles.

Murat por su parte no omitía ocasión de ostentar su fuerza y sus recursos para infundir pavor en el ánimo de la desasosegada multitud. Todos los domingos pasaba revista de sus tropas en el paseo del Prado, después de haber oído misa en el convento de Carmelitas descalzos, calle de Alcalá. La demostración religiosa acompañada de la estrepitosa reseña, lejos de conciliar los ánimos o de arredrarlos, los llenaba de enfado y enojo. No se creía en la sinceridad de la primera tachándola de impío fingimiento, y se veía en la segunda el deliberado propósito de insultar y de atemorizar con estudiada apariencia a los pacíficos, si bien ofendidos moradores. De una y otra parte fue creciendo la irritación siendo por ambas extremada. El español tenía a vilipendio el orgullo y desprecio con que se presentaba el extranjero, y el soldado francés temeroso de una oculta trama anhelaba por salir de su situación penosa, vengándose de los desaires que con frecuencia recibía. A tal punto había llegado la agitación y la cólera, que al volver Murat el domingo 1.º de mayo de su acostumbrada revista, y a su paso por la Puerta del Sol fue escarnecido y silbado con escándalo de su comitiva por el numeroso pueblo que allí a la sazón se encontraba. Semejante estado de cosas era demasiado violento para que se prolongase, sin haber de ambas partes un abierto y declarado rompimiento. Solo faltaba oportuna ocasión, la cual desgraciadamente se ofreció muy luego.

El 30 de abril presentó Murat una carta de Carlos IV para que la reina de Etruria y el infante Don Francisco pasasen a Bayona. Se opuso la junta a la partida del infante, dejando a la reina que obrase según su deseo. Reiteró Murat el 1.º de mayo la demanda acerca del infante, tomando a su cuidado evitar a la junta cualquiera desazón o responsabilidad. Tratose largamente en ella si se había o no de acceder: los pareceres anduvieron muy divididos, y hubo quien propuso resistir con la fuerza. Consultose acerca del punto con Don Gonzalo Ofarril como ministro de la guerra, quien trazó un cuadro en tal manera triste, si bien cierto, de la situación de Madrid apreciada militarmente, que no solo arrastró a su opinión la de la mayoría, sino que también se convino en contener con las fuerzas nacionales cualquiera movimiento del pueblo. Hasta ahora la junta había sido débil e indecisa: en adelante menos atenta a sus sagrados deberes irá poco a poco uniéndose y estrechándose con el orgulloso invasor. Resuelto pues el viaje de la reina de Etruria conforme a su libre voluntad, y el del infante Don Francisco por consentimiento de la junta, se señaló la mañana siguiente para su partida.