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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO V. REGENCIA DE NAPOLEON
Decretos
de Fernando VII ordenando la guerra y la convocación de cortes.—Otro decreto
del mismo, participando su renuncia, revocando los poderes de la junta , y
ordenando la paz y la sumisión al emperador.—Conducta de la junta de
Madrid.—Murat, presidente de esta.—Decreto de Carlos IV confirmando a
Murat en su cargo y dándole la lugartenencia general del reino.— Proclama de
Napoleón a los españoles.—Reflexiones sobre este documento.—Grave yerro de
Bonaparte, confesado por él mismo.—El consejo de Castilla , la junta de
gobierno y el apilamiento de Madrid piden a José Napoleón por rey de
España.—Convocatoria para el congreso de Bayona.—Patriótica resistencia de
algunos de los individuos nombrados, en particular del obispo de Orense,
Antes de
consumar Fernando el sacrificio que tuvo lugar en Bayona, dirigió a la junta de
Madrid un decreto con fecha del 5, en el cual manifestaba «que se hallaba
sin libertad, y consiguientemente imposibilitado de tomar por sí
medida alguna para salvar su persona y la monarquía; que por tanto
autorizaba a la junta en la forma más amplia para que en cuerpo o
sustituyéndose en una o muchas personas que la representasen, se trasladara al
paraje que creyese más conveniente, y que en nombre de S. M.,
representando su misma persona, ejerciese todas las funciones de la
soberanía. Que las hostilidades deberían empezar desde el momento en que
internasen a S. M. en Francia, lo que no sucedería sino por la violencia.
Y por último, en llegando ese caso, tratase la junta de impedir del modo
que creyese más a propósito la entrada de nuevas tropas en la Península.»
Junto con este decreto, escrito de mano del rey, se expidió otro igualmente
autógrafo dirigido al consejo, o en su defecto, a cualquiera chancillería o
audiencia que se hallase libre, y en él se decía «que la situación en que
S. M. se hallaba, privado de libertad para obrar por sí, era su real
voluntad que se convocasen las cortes en el paraje que pareciese más expedito;
que por de pronto se ocupasen únicamente en proporcionar los arbitrios y
subsidios necesarios para atender a la defensa del reino, y que quedasen
permanentes para lo demás que pudiese ocurrir.»
Estas
órdenes eran respuesta a las cuatro preguntas sobre las cuales había la junta
de gobierno pedido instrucciones, enviando al efecto, como en su lugar tenemos dicho,
a D. Evaristo Pérez de Castro, quien merced a las precauciones que
adoptó para no ser descubierto, consiguió arribar a Bayona el día 4. Ambos
decretos llegaron a manos de Azanza traídos secretamente por un propio, no
debiendo parecer dudoso desde aquel momento el partido que debía tomar la junta
en cumplimiento de sus deberes. Aquel cuerpo, sin embargo, había
preguntado a Fernando lo que debía hacer, procediendo oficiosamente y sin
ánimo de poner en ejecución las órdenes del monarca si eran favorables al
rompimiento. Los vocales en medio de eso se hallaban en un gran apuro,
porque ¿cómo evadirse sin deshonra al cumplimiento de lo que en los dos
decretos se disponía, cuando estos habían sido expedidos en virtud de
consulta elevada a S. M. por la junta misma? Preciso era recurrir a algún
pretexto que a lo menos en la apariencia pudiera poner a cubierto la
responsabilidad de aquella corporación, y ese pretexto se lo dio el mismo rey
que en tan grave conflicto la ponía.
En
efecto: Fernando expidió otro decreto con fecha del 6, en el cual, después de
copiar la carta que acababa de dirigir a Carlos IV abdicando en él la
corona, continuaba del modo siguiente:
«En
virtud de esta renuncia de mi corona que he hecho en favor de mi amado padre,
revoco los poderes que había otorgado a la junta de gobierno antes de mi salida
de Madrid para el despacho de los negocios graves y urgentes que
pudiesen ocurrir durante mi ausencia. La junta obedecerá las órdenes y
mandatos de nuestro muy amado padre y soberano, y las hará ejecutar en los
reinos.—Debo antes de concluir, dar gracias a los individuos de la junta, a las
autoridades constituidas y a toda la nación por los servicios que me han
prestado, y recomendarles se reúnan de todo corazón a mi padre amado y al
emperador, cuyo poder y amistad pueden más que otra cosa alguna conservar
el primer bien de las Españas, a saber, su independencia y la integridad de su territorio.
Recomiendo así mismo que no os dejéis seducir por las asechanzas de nuestros
eternos enemigos, de vivir unidos entre vosotros y con nuestros aliados, y de
evitar la efusión de sangre y las desgracias que sin esto serían el
resultado de las circunstancias actuales, si os dejaseis arrastrar por el
espíritu de alucinamiento y desunión.»
La
contradicción resultante entre esta comunicación y los dos decretos del día
anterior no podía ser más patente. Cediendo Fernando al cálculo egoísta de su seguridad
personal, ordenaba públicamente a sus súbditos la sumisión a Carlos IV
y al emperador, revocaba los poderes de la junta, y recomendaba la unión
con Francia, mientras bajo la mesa les imponía el deber de romper con esta y
de morir por él. Fernando tenía dos caras. ¿Cuál de ellas indicaba la
senda que debía seguir? La patria resolvía la cuestión; la patria no consentía
a los vocales mirar como problemática la violencia a que era debida la
comunicación del día 6. Los decretos del 5 prevenían ya el caso de aquella
violencia, y se anticipaban a él; y si a esto se añade la consideración de
la distinta índole de resoluciones tan opuestas, acorde la una y
perfectamente en armonía con lo que exigía el decoro e interés nacional,
mientras la otra nos condenaba al yugo, a la humillación y al vilipendio, acabaremos
de reconocer lo antipatriótico y antinacional de la determinación de la
junta en prestar obediencia al decreto que erigía en deber la ignominia.
No faltará quien nos acuse de sobrado rígidos con una corporación colocada
en el mayor de los apuros en que puede verse un gobierno; pero nuestro
cargo es justísimo. Entre sujetarse a servir bajo el yugo del usurpador o
arrostrar con valor los peligros a que la exponía su cargo, tenía la junta
el recurso de retirarse de los negocios, obedeciendo la voz del decoro, ya
que no tuviese valor para desafiar la tormenta. ¿Para cuándo son
los gobiernos, para cuándo los hombres de estado, sino para los días de
crisis, de consternación y de apuro? La nave que no tiene peligros que temer,
para nada necesita pilotos. Las naciones han confiado a los suyos el
cuidado de encaminarlas al bien, a la prosperidad y a la gloria: los que
no saben distinguir en la oscuridad la estrella que debe guiarlos en su
marcha, abandonen el timón usurpado, cedan su lugar a otros hombres,
reconózcanse pequeños y enanos, no ocupen un puesto eminente que el
destino reserva a gigantes.
Los decretos
en que Fernando ordenaba la guerra y la reunión de cortes habían sido expedidos
un día antes que la comunicación que los destruía, y sin embargo llegaron
a Madrid dos días después que esta. La tardanza fue debida a las
dificultades que para arribar a su destino, sin peligro de ser
descubierto, encontró el mensajero enviado por el joven monarca, habiendo
tenido que verificar a pie la
mayor parte de su marcha desde Bayona a Madrid para no infundir sospechas al
enemigo. El pliego de la renuncia había venido
en cambio con una celeridad extraordinaria, siendo transmitido ganando
horas por los correos del ejército imperial. De este modo, la circunstancia
misma del retardo en la llegada de los dos decretos en
cuestión, contribuyó a doblar el conflicto de la junta, conflicto, que
ella misma había aumentado por su debilidad en ceder a las nuevas exigencias de
Mural 24 horas después de los desastres con que fue coronado el heroico
alzamiento del 2.
Fue el caso
que no contento el generalísimo con tener aterrada una corporación tan propensa
de suyo a la irresolución y al abatimiento, quiso además tener ingreso en ella
y asistir a sus deliberaciones. Esta solicitud de nueva especie fue comunicada
por el gran duque a algunos individuos de la junta en la mañana misma del
4 de mayo, cuando acababa de partir para Bayona el infante D. Antonio.
Los vocales le hicieron varias observaciones contrarias a tan singular
propuesta; pero Murat se dejó de razones, y llegada la noche del citado
día, se presentó bruscamente en la junta ocupando la silla de la presidencia.
Los ministros Ofarril y Azanza resistieron aquel
atropello, protestando contra él y haciendo dimisión de sus destinos,
habiéndose opuesto igualmente a la usurpación con notable energía D. Francisco
Gil y Lemus, quien desempeñando las veces de presidente por la ausencia del infante,
se hallaba en el caso de hacer respetar más que ningún otro su dignidad atropellada.
Mucho hubiera ganado la junta, ya que tantas debilidades había cometido por
seguir el ejemplo que los tres mencionados sujetos le causaron resistiendo la
nueva ignominia que sobre ella iba a recaer si accedía a deliberar en presencia
del hombre que, sobre acaudillar un ejército reconocidamente enemigo, acababa
de dar un día tan espantoso como el del 2 de Mayo a la población en cuyo
seno se verificaban las sesiones. ¿Que importaba todo eso? La junta
continuó desempeñando sus funciones, asociándose la persona del gran duque
de Berg, siendo inútil la resistencia de Gil y Lemus, y acabando Azanza y Ofarril por seguir en los cargos de que en los primeros
momentos habían hecho dejación.
La
determinación de Murat de presidir la junta de Madrid debió a nuestro modo de
ver ser efecto de convenio secretamente contraído entre él y Carlos IV, antes
de la salida de este para Bayona. Los pasos de la intriga tramada en
perjuicio de la independencia nacional se hallan entre si tan íntimamente relacionados,
que no es posible resistir a la tentación de caer en esta sospecha,
mayormente al considerar la circunstancia de haber Carlos IV expedido el
mismo día 4 el decreto en que nombraba a Murat lugarteniente general del
reino, y en calidad de tal, presidente de la junta: coincidencia singular
ciertamente, verificarse el atentado de Murat al mismo tiempo que Carlos
sancionaba la usurpación. ¿No podríamos decir en vista de esto que si el
príncipe francés osó tanto, fue solo por la persuasión en que estaba de que el
decreto que había de dar algún viso de legalidad al atropello no
podía tardar en venir? Como quiera que sea, el decreto en cuestión vino el
7, y su contenido decía así: «Habiendo juzgado conveniente dar una misma
dirección a todas las fuerzas de nuestro reino para mantener la seguridad de
las propiedades y la tranquilidad pública, contra los enemigos del
interior como del exterior, hemos tenido a bien nombrar lugarteniente
general del reino a nuestro primo el gran duque de Berg, que al mismo
tiempo manda las tropas de nuestro aliado el emperador de los franceses.
Mandamos al Consejo de Castilla, a los capitanes generales y gobernadores de
nuestras provincias que obedezcan sus órdenes, y en calidad de tal
presidirá la junta de gobierno. Dado en Bayona en el palacio imperial
llamado del gobierno, a 4 de mayo del 1808.— Yo el rey.»
A este decreto
acompañaba una proclama del mismo Carlos IV, la cual concluía con la cláusula
que Toreno llama notable de que no habría prosperidad
ni salvación para los españole, sino en la amistad del gran emperador su
aliado. El ilustre historiador hace alto en esta cláusula, y no
le ha llamado la atención aquella otra solo el emperador puede
salvar a España, escrita dos días antes, y tan notable por lo
menos como esta otra, la cual no pasa de ser repetición o eco de la
primera. La junta de Madrid debió comprender desde luego el verdadero sentido
de estas expresiones, y agradecida interiormente a la oportunidad con que
venía en apoyo de su debilidad el decreto de Carlos IV, acordó ponerle en
ejecución, absteniéndose solamente de darle publicidad, para evitar sin duda el
escándalo que de ello podría resultar entre los españoles. Verdad es que
una junta cuya autoridad emanaba del nombramiento hecho por Fernando no
podía ser consiguiente consigo misma poniendo en ejecución otras órdenes
que las del joven monarca; pero aquella corporación echó sus cuentas, y
hallando menos peligro personal en obedecer al padre, o lo que era lo
mismo, al usurpador que imperaba en su nombre, le importó muy poco, a lo que
parece, todo lo demás. Quedó, pues, reconocido el gran duque de Berg como
presidente legítimo de la junta, pudiendo preverse desde entonces la
determinación que esta tomaría en la alternativa de optar entre la paz y
la guerra, entre la obediencia a Fernando como rey de España o a su padre
como instrumento del emperador; entre la sumisión a este, por último, y la
resistencia al yugo que se nos quería imponer. El primer resultado de tanta
vacilación y tanta debilidad, ya lo liemos visto: la junta condenó a las llamas
los decretos de Fernando expedidos el 5, ateniéndose exclusivamente al que la
debilidad de este por una parte y la violencia por otra le habían hecho expedir
con fecha del 6.
Reconocida
por la junta de Madrid la autoridad de Carlos IV y la del emperador de los
franceses, faltaba todavía evitar que se reuniese en Zaragoza la otra junta
supletoriamente nombrada a propuesta de Gil y Lemus para sustituir a la
suprema, llegado el caso de que esta careciese de libertad. Este nuevo paso se
dio como era consiguiente, y aquella importante medida quedó sin
efecto, habiéndose comunicado al capitán general conde de Ezpeleta las
órdenes oportunas para que se abstuviese de llevar a cabo la tal reunión.
Los españoles
residentes en Bayona agradecieron a la junta de Madrid su resolución de no dar
cumplimiento a las órdenes por las cuales se la obligaba a hacer la guerra al
usurpador y a reunir las cortes del reino. Así lo anunciaba, dice
Toreno, D. Evaristo Pérez de Castro, que volvió á Madrid por aquellos días. Todo lo cual prueba, continúa, que ni entre los
españoles que en Bayona influían, principalmente en el consejo del rey, ni
entre los que en España gobernaban, había ningún hombre asistido de
aquella constante decisión é invariable firmeza que piden extraordinarias
circunstancias.
Fernando
como príncipe de Asturias, en unión con los infantes D. Carlos y D. Antonio,
había dirigido á los españoles la proclama de que
hemos hablado en el capítulo anterior, aconsejándoles la sumisión a la
voluntad del jefe de Francia, esperando su felicidad de las disposiciones
de este, y manifestándoles que en ello darían a SS. AA. la prueba mayor de
lealtad. No contento Napoleón con haber hecho hablar en ese sentido a toda la
regia familia, creyó del caso añadir sus propias razones, y esperando
fascinar la nación pintándole el atentado cometido como efecto del interés
y paternal solicitud con que la miraba, expidió el documento siguiente :
Proclama
de Napoleón.
«Españoles:
después de una larga agonía vuestra nación iba a perecer. He visto vuestros males, y voy a remediarlos. Vuestra
grandeza y vuestro poder hacen parte del mío. Vuestros príncipes me han cedido
todos sus derechos a la corona de España. Yo no quiero reinar en vuestras
provincias; pero quiero adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento
de vuestra posteridad.
«Vuestra
monarquía es vieja, mi misión es renovarla; mejoraré vuestras instituciones , y
os haré gozar, si me ayudáis, de los beneficios de una reforma, sin que
experimentéis quebrantos, desórdenes ni convulsiones.
«Españoles:
he hecho convocar una asamblea general de las diputaciones de las provincias y ciudades.
Quiero asegurarme por mí mismo de vuestros deseos y necesidades. Entonces
depondré todos mis derechos y colocaré vuestra gloriosa corona en las
sienes de otro YO, garantizándoos al mismo tiempo una constitución
que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las
libertades y privilegios del pueblo.
«Españoles,
recordadlo que han sido vuestros padres, y contemplad vuestro estado. No es
vuestra la culpa, sino del mal gobierno que os ha regido; tened gran confianza en
las circunstancias actuales, pues yo quiero que mi memoria llegue hasta
vuestros últimos nietos, y exclamen:—-Es el regenerador de nuestra patria:
Napoleón.»
Esta proclama anuncia el pensamiento de Bonaparte de regenerar la España, mejorando sus instituciones y poniéndolas en armonía hasta cierto punto con los adelantos del siglo. Y decimos hasta cierto punto, porque del sistema político seguido hasta entonces por el emperador no era posible esperar una constitución propiamente tal, siendo un despotismo ilustrado, como ahora se dice, lo más que podía cabernos bajo su dominación, al menos por mucho tiempo. Ese despotismo, sin embargo, nos hubiera sido mejor y más conveniente que el antiguo, a haberse podido conciliar con los deseos del mayor número y con la independencia del país. La tiranía del emperador o la del delegado que reinase en su nombre, hubiera tenido siquiera un viso de decoro, y no habría sido tan degradante sufrirlo, como vergonzoso había sido hasta entonces humillar la frente a las plantas de gobiernos sin pudor o de favoritos sin honra. Napoleón, que conocía la deplorable situación de esta nación magnánima, comprendía también lo íntimamente enlazado que estaba con el éxito de sus proyectos de dominación sobre nosotros el anuncio de mejorar nuestras leyes y de poner coto a las arbitrariedades del poder; y ya hemos dicho que entre los motivos que hubo para qué los españoles recibiesen con los brazos abiertos las tropas extranjeras que de un modo tan vergonzoso y artero se apoderaban de nuestras plazas, fue uno la persuasión en que todos estaban de que la venida de esas tropas tenía aquel objeto. Pero a esa persuasión acompañaba otra, encarnada, por decirlo así, en la primera; la de que esas reformas tendrían comienzo por la exaltación y enlace de Fernando VII y por la caída del favorito de Carlos IV, cuyo gobierno consideraba el pueblo como el tipo a que debía referirse en materia de arbitrariedad. Fue, pues, inseparable desde entonces el nombre de Fernando de la idea de reformas, y a la manera que los pueblos antiguos no sabían adorar la divinidad sin materializarla en la imagen que la simbolizaba, los españoles de 1808 no supieron tampoco concebir la mejora de sus instituciones sin identificarlas con el ídolo de cuya mano lo esperaban todo.
Napoleon, según algunos escritores,
no tuvo otro intento al mezclarse en nuestros asuntos
que verificar la regeneracion de Espana, poniéndose al efecto de acuerdo con nuestros reyes, para im-
pulsar con su concurso y sin convulsiones las reformas que tanto anhelaba el pais; pero la conspira-
cion del Escorial, añaden, y los tumultos a que dió lugar aquel acontecimiento, le hicieron caer en
la tentación de atacar la independencia española, cediendo a un mal pensamiento que antes no le
habia ocurrido, y que siendo causa de nuestras desgracias, lo fue al propio tiempo de su ruina.
Por mucho que sea el respeto que merezcan esos autores, su opinion en cuanto a este punto nos
ha parecido siempre sobrado aventurada y destituida de fundamento. Cualesquiera que fuesen las ideas
de Napoleón respecto a las reformas que en su sentir debían hacerse en nuestra patria, ese pensamiento benéfico no fue, como se quiere suponer, el motivo primordial que le decidió a intervenir;
fue su propio provecho, y no más, su deseo de llevar adelante el gigantesco sistema que tenia concebido para avasallar a Europa, su interés en dar la última mano a la obra de Luis XIV como condición indispensable de éxito para la realizacion de la monarquía universal a que aspiró. Suponer
otra cosa en aquel hombre extraordinario, cuya ambicion no tuvo límites, es, a nuestro modo de
ver, conocer muy a medias su carácter, o quererle hacer representar un papel más brillante y más
digno que el que ejecutó realmente. Decidido como se hallaba a sujetarnos a su yugo, y vacilante
como le hemos visto en cuanto a la eleccion de medios, no cabe duda que la conspiracion del Escorial y la protesta de Carlos IV aceleraron el término de sus irresoluciones; pero no por eso es menos
cierto que su voz de reformas, hábilmente lanzada antes y despues de la catástrofe que tuyo lugar en
Bayona, fue debida a su solo deseo de atraerse la voluntad de los españoles » Cómo medio que creyó mas a propósito para hacer pasar a su sombra el atentado que primero meditaba en confuso, y
despues llevó a efecto de un Modo tan en pugna con la honradez y con la confianza misma que debia
darle en sus fuerzas el inmenso poder de que disponia. No fue, pues, su primer intento aspirar a
regenerarnos : la idea de esa regeneración estuvo constantemente subordinada en él a sus cálculos de
ambición, de prepotencia y de dominio: fue un pretesto, un recurso entre tantos otros para no naufragar en la empresa; un paliativo a que se vió en precision de recurrir para hacer mennos sensiblela llaga que abierta en lo más vivo del honor español; un medio, en una palabra, no un fin.
Si
Napoleón, en vez de adherirse ostensiblemente a la causa personal de Carlos IV y
a la causa del favorito, hubiese dado la mano al príncipe que la nación
idolatraba, sus planes de prepotencia y de dominio hubieran llegado tal vez a
cumplido término sin tumultos de ninguna especie. La posición excepcional en
que, merced al delito, se hallaba Fernando, le habría convertido en siervo
coronado de su poderoso protector, teniendo este en él un instrumento
tanto o más dispuesto a complacerle que el más deferente de sus propios hermanos.
Las reformas habrían tenido lugar a pesar del carácter despótico de Fernando,
el cual, si Napoleón las quería, no hubiera nunca podido evadirse a la
voluntad de un hombre para él tan temido. Mientras tanto el pueblo español,
contento con ver disminuida una parte de sus desgracias y de su mal estar,
habría bendecido la memoria del afortunado guerrero que tan poderosamente
contribuía a ese cambio, y asociando su nombre al del príncipe por quien
tan ciegamente delirábamos, ni tendríamos ahora que lamentar el triste
resultado de tantos afanes perdidos, ni el jefe de Francia habría dejado de
serlo cayendo para siempre de la altura de su poder merced a la
resistencia con que le rechazó la Península, dando el primer ejemplo a
todos los pueblos de Europa de que el coloso del siglo XIX podía ser derrotado
y vencido. Pero Napoleón en España cometió el mismo yerro que Cambises en
la conquista de Egipt : poner irreverentemente la
mano en el ídolo que la nación veneraba fue lo mismo que herir su Buey
Apis, y la guerra desde entonces fue a muerte. ¿Qué podía por lo mismo
esperarse de las reformas anunciadas en la proclama que examinamos, no siendo
Fernando el instrumento de los beneficios que quería dispensarnos el
emperador?
Bonaparte
conoció su extravío cuando ya no había remedio. “El plan más digno de mí, decía
en Santa Elena hablando con el conde de las Casas, el plan más digno de mí y
más seguro para mis proyectos, era el de una especie de mediación semejante a
la de Suiza. Yo hubiera debido dar una constitución liberal a la nación
española, y encargar a Fernando que la pusiese en práctica. Si la cumplía de
buena fe, España prosperaría y se pondría en armonía con nuestras nuevas
costumbres, consiguiéndose la gran mira política, mientras Francia adquiría un
aliado íntimo y una adición de poder verdaderamente temible. Si por la
inversa, Fernando faltaba a sus nuevos empeños, los mismos españoles le
hubieran destronado y habrían venido a suplicarme les diese un rey. De
cualquier modo que sea, aquella malhadada guerra de España fue una
verdadera plaga, y la primera causa de las desgracias de Francia. Después
de mis conferencias con Alejandro en Erfurt, la Inglaterra se vio
precisada a hacer la paz por la fuerza de las armas o por la de la razón.
Se hallaba perdida y desconceptuada en el Continente: el asunto de
Copenhague tenía exasperados todos los ánimos, y yo en aquel momento
brillaba con todas las ventajas contrarias, cuando el infortunado negocio
de España vino a cambiar repentinamente la opinión contra mí, y a reforzar a
Inglaterra. Desde entonces Inglaterra pudo continuar la lucha, abriéndosele
como se le abrieron los mercados de la América meridional; y organizando
un ejército en la Península, vino desde allí a ser el victorioso agente,
el nudo temible de todas las intrigas que se urdieron en
el Continente.... Esto es lo que me perdió.»
En 1808 Napoleón
pensaba de otra manera. Resuelto a poner en ejecución la parte de su proclama
que anunciaba la colocación de un otro él en el trono de España, y
habiendo decidido que ese otro fuese su hermano José, quiso dar a su exaltación
la apariencia de agradable a los españoles, y aun de ser solicitada por ellos.
Con este objeto escribió el 8 de mayo a Murat diciéndole su deseo de que
la junta suprema de gobierno y el Consejo de Castilla le indicasen cuál de los
individuos de la familia imperial era el que verían con más gusto sentado en el
trono español. Respondió el Consejo con fecha del 12 que siendo nulas las
renuncias verificadas en Bayona, porque los príncipes que las habían firmado
carecían de potestad para transferir sus derechos, se hallaba en el caso de no
dar contestación a la pregunta que se le hacía. Enérgica respuesta y digna
de un cuerpo que no debió flaquear en su propósito, adoptando el término medio
a que recurrió después. Murat convocó a palacio el día siguiente a la
corporación que tan osada como patrióticamente le había contestado, y sin
manifestarse ofendido de su osadía, dijo que lo que él trataba de saber no
era su opinión sobre la validez o nulidad de las renuncias, sino su modo de ver
acerca del príncipe que más grato podía serle a España para ocupar
su trono, dado por supuesto el caso de que la familia imperial de Francia
hubiera de suceder a la dinastía borbónica. El Consejo respondió entonces
«que bajo la salvaguardia y protesta de no entrar en la cuestión política, ni
perjudicar su respuesta a los reyes y demás sucesores, según las leyes del
reino, le parecía que la elección debía recaer en el hermano mayor de
Napoleón, José Bonaparte, actual soberano de Nápoles.» Con razón dice el
conde de Toreno que semejante modo de preguntar y de responder llevaba
trazas de juego y de mutua inteligencia. Protestando el Consejo en
secreto, se ponía en guardia para el caso de que los planes de Napoleón no le
saliesen tan bien como pensaba, sirviendo mientras tanto útilmente a la causa
de este por medio de la manifestación pública en la cual se adhería a la
elección de José como la más en armonía con los votos españoles. No
contento Murat con haber conseguido esto, alcanzó del mismo Consejo que
escribiese una carta de felicitación al emperador, siendo nombrados para
presentársela en Bayona los ministros D. José Colon y D. Manuel de Lardizabal. La
junta suprema de gobierno y el ayuntamiento de Madrid siguieron por su
parte el ejemplo que el Consejo acababa de darles, solicitando que José
Bonaparte ocupase el trono de España. De este modo se proponía Napoleón
fascinar a los gabinetes de Europa, haciéndoles creer que en
sustituirnos su dinastía a la de los Borbones no hacia sino atemperarse al
deseo manifestado por los mismos españoles.
Para dar
el último viso de legalidad a la iniquidad cometida en Bayona, quiso igualmente
el jefe de Francia realizar aquella especie de congreso que
tanto había complacido a Carlos IV. Ya Murat se había encaminado a este
objeto desde mediados de abril cuando Carlos se hallaba todavía en España,
circunstancia que hace sospechar la connivencia del anciano rey con los planes
del usurpador, o su disposición por lo menos a no contrariarlos. En medio
de todo eso, la diligencia desplegada en aquel asunto por el gran duque de
Berg no había tenido otro carácter que el de puramente preparatorio, y solo
después de verificadas las renuncias fue cuando las órdenes de Napoleón se
llevaron a cumplido efecto. Publicada la convocatoria en la Gaceta de
Madrid de 24 de mayo a nombre del gran duque de Berg y de la junta superior de
gobierno, manifestábase en ella ser deseo del
emperador que se reuniese en Bayona una diputación de 150 individuos
compuesta del clero, de la nobleza y del estado general, la cual debía
reunirse en la ciudad expresada el 15 de junio, para tratar allí de la felicidad
de España, indicando todos los males que el anterior sistema le había
ocasionado, y proponiendo las reformas y remedios más oportunos para
destruirlos en toda la nación y en cada provincia en particular. En
consecuencia de esto, la junta había nombrado, desde luego, a algunas personas
que el mismo decreto designaba, reservando a algunas corporaciones, a las
ciudades de voto en cortes y otras, la elección de las restantes. El
ministro Azanza fue nombrado por Bonaparte presidente de la futura reunión.
La junta de Madrid, que tan necesitada se hallaba de cómplices de su debilidad
para con el ejemplo de otros hacer menos resaltar sus propias culpas, se
empeñó del modo más decidido en promover por cuantos medios estuvieron a
su alcance la suspirada reunión. Varios de los nombrados se negaron a sancionar
la usurpación del extranjero admitiendo el cargo, contándose entre ellos los
marqueses de Cilleruelo y de Astorga, y el bailío (agente real de la
administración territorial) D. Antonio Valdés, y señalándose entre yodos por su
patriótica resistencia el virtuoso y célebre obispo de Orense D. Pedro de
Quevedoy Quintarlo. El oficio que este dignísimo prelado, honra y prez del
clero español, dirigió a la junta suprema de gobierno con este motivo, es
un modelo de elocuencia y de lógica, de elevado y severo patriotismo, y en
medio de la energía con que en él se revela el ciudadano, lo es también de
mansedumbre evangélica. Cabeza que tan dignamente llevaba una mitra era no
menos digna del lauro que la patria reserva a sus hijos, y el obispo de
Orense se lo supo ceñir sin profanarla, presentando felizmente hermanados sus
deberes como ministro del Señor y como consejero de la corona .
Poco
satisfecho Murat con la lección de escarmiento que, según él mismo decía,
acababa de dar a la soberbia española, y temiendo que las ejecuciones del 2 de
mayo no fuesen bastantes a producir la aquiescencia general de los naturales al
yugo extranjero, como en el primer rapto de barbarie se había prometido, creyó
oportuno desde el momento en que se posesionó del supremo mando adoptar nuevas
precauciones y medidas para desconcertar todo proyecto de resistencia
ulterior en Madrid y un sacudimiento tan espantoso como probable en las
provincias. Hizo al efecto fortificar y abastecer el Parque del Buen Retiro,
convirtiendo este punto en una especie de ciudadela que contuviese en los
límites del respeto a la heroica villa. Con esto y con hacer venir de todas
partes abundante provisión de municiones y armas, se creyó seguro en Madrid.
En cuanto a las provincias, los medios que dispuso para someterlas
hubieran sido eficaces tal vez en otro país menos ofendido o más dispuesto
a sufrir el yugo. Dos regimientos suizos españoles, que estaban acantonados
cerca de Madrid, fueron agregados desde luego al cuerpo de ejército del
general Dupont, sujetando a las órdenes de Moncey las tres compañías de
guardias de corps y cuatro batallones de guardias españolas y walonas. Al capitán general de Galicia D. Antonio
Filangieri, hermano del célebre escritor italiano del mismo apellido, se
le dio orden de ponerse de acuerdo con el jefe de marina del Ferrol, para
embarcar tres mil hombres con dirección a Buenos Aires, proponiéndose en esto
Mural el doble fin de dejar a Galicia sin tropas, y poner al abrigo de un
ataque por parte de los ingleses aquella importante colonia. El ministro de
marina envió instrucciones a los comandantes de nuestros puertos a fin de armar
todos los bajeles, ordenándose al jefe de la escuadra de Mahon, general Salcedo,
que se diese a la vela para Tolon en el momento que le fuese posible
verificarlo sin peligro. En Cataluña y en otras partes verificáronse varios cambios de guarniciones. Habiendo quedado en Badajoz la división
española de Solano, dióse orden a este para que
hiciese partir sus tropas al campo de San Roque, dirigiéndose él a Cádiz a fin
de ejercer nuevamente sus funciones como capitán general de Andalucía; pero
temiendo Murat que Solano titubease en obedecer, envió a persuadirle y a espiar
al capitán de ingenieros, oficial de su estado mayor, Mr. Constantin.
Desconfiando igualmente el gran duque de Berg de las intenciones de D.
Francisco Javier Castaños, que mandaba en el campo de S. Roque, envió
cerca de él al jefe de batallón de ingenieros Rogniat,
con la misión aparente de reconocer la plaza de Gibraltar, y con la real
de persuadirle a que entrase francamente en el nuevo orden de cosas. Esta
diligencia fue inútil como a su tiempo veremos. La atención de Murat no se limitó
a las precauciones lomadas en el interior. Otros oficiales partieron con
dirección a Ceuta, y con el encargo de hacer reconocer en los puertos españoles
la nueva autoridad extranjera, siendo su misión igualmente disponer en sentido
favorable a la corte de Marruecos no
menos que espiar la costa septentrional de África. Los franceses tenían vastos
proyectos para cambiar la faz de este país, y el embajador de Francia en
Constantinopla había sido consultado por el ministro de relaciones
exteriores con el fin de saber hasta qué punto tomaría parte la Sublime
Puerta en las cuestiones que podrían suscitarse entre Francia y los estados
berberiscos. El cuidado con que Murat llevaba su solicitud al extremo de ir
preparando en la costa marroquí el éxito de los tales planes, prueba, en medio
del recelo que las provincias españolas le ocasionaban, su persuasión
de que caso de osarle estas resistir tenía medios más que suficientes para
reducirlas y para eternizar en España la dominación de su amo.
Las provincias ahora van a responder a Murat..
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Respuesta dada por el Ilustrísimo obispo de Orense a la juntade gobierno con motivo de haber sido nombrado diputado para la junta de Bayona: «Excmo. Sr,: Muy señor mio: Un correo de la Coruña me ha entregado en la tarde del miércoles 25 de este la de V. E. con fecha del 19, por la que, entre lo demás que contiene me he visto nombrado para asistir a la asamblea que debe tenerse en Bayona de Francia, a fin de concurrir en cuanto pudiese a la felicidad de la monarquía, conforme a los deseos del gran emperador de los franceses, celoso de elevarla al más alto grado de prosperidad y de gloria. Aunque mis luces son escasas, en el deseo de la verdadera felicidad y gloria de la nación no debo ceder a nadie, y nada permitiría que me fuese practicable y creyese conducente a ello. Pero mi edad de 73 años, una indisposición actual, y otras notorias y habituales, me impiden un viage tan largo y con término tan corto, que apenas basta para él, y menos para poder anticipar los oficios, y para adquirir las noticias e instrucciones que debían preceder. Por lo mismo me considero precisado s exonerarme de este encargo, como lo hago por esta, no dudando que el serenísimo señor duque de Berg y la Suprema junta de gobierno estimarán justa y necesaria mi súplica de que admitan una escusa y exoneración tan legítima. Al mismo tiempo, por lo que interesa al bien de la nacion y a los designios mismos del empe- rador y rey, que quiere ser como el ángel de paz y el protector tutelar de ella, y no olvida lo que sus aliados, tantas veces ha manifestado, el gran interés que toma en que los pueblos y soberanos, aumenten su poder, sus riquezas y dicha en todo género, me tomo la libertad de hacer presente a la junta suprema de gobierno, y por ella al mismo emperador rey de Italia, lo que, antes de tratar de pudiese con los asuntosa que parece convocada, diría y protestaría en la asamblea de Bayona si pudiese concurrir a ella. Se trata de curar males, de reparar perjuicios, de mejorar la suerte de la nación y de la monarquía, pero ¿sobre qué bases y fundamentos? ¿Hay medio aprobado y autorizado. firme y reconocido por la nacion para esto? ¿Quiere ella sujetarse, y espera su salud por esta vía? ¿Y no hay enfermedadees tambien que se agravan y exasperan con las medicinas, de las que se ha dicho: tangant vulnera sacra null manus? ¿Y no parece haber sido de esta clase la que ha empleado con su aliado y familia real de España el poderoso protector, el emperador Napoleon? Sus males se han agravado tanto que está como desesperada su salud. Se ve internada en el imperio francés, yy en una tierra que la habia desterrado para siempre; y vuelto a su cuna primitiva, halla el túmulo por una muerte civil, en donde la primera rama fué cruelmente cortada por el furor y la violencia de una revolución insensata y sanguinaria. Y en estos términos, ¿qué podrá esperar España? ¿Su curación le será más fasvorable? Los medios y medicinas no lo anuncian. Las renuncias de sus reyes en Bayona, e infantes en Burdeos, en donde se cree que no podian ser libres, en donde se han contemplado de la fuerza y del artificio, y desnudos de las luces y asistencia de sus fieles vasallos: estas renuncias, que no pueden concebirse, ni parecen posibles, atendiendo a las impresiones naturales del amor paternal y filial, y al honor y lustre de toda la familia, que tanto interesa a todos los hombres honrados: estas renuncias que se han hecho sospechosas a toda la nación, y de las que pende toda la autoridad de que justamente puede hacer uso el emperador y rey, exigen para su validacion y firmeza, y por lo menos para la satisfaccion de toda la monarquía española, que se ratifiquen estando los reyes é infantes que las han hecho, libres de toda coacción y temor. Y nada sería tan glorioso para el gran emperador Napoleón, que tanto se ha interesado en ellas, como devolver España sus augustos monarcas y familia, disponer que dentro de su seno, y en unas cortes generales del reino, hiciesen lo que libremente quisiesen, y la nación misma, con la independencia y soberanía que la compete, procediese en consecuencia a reconocer por su legítimo rey al que la naturaleza, el derecho y las circunstancias llamasen al trono español. Este magnánimo y generoso proceder sería el mayor elogio del mismo emperador, y sería mas grande y admirable por él, que por todas las victorias y laureles que le coronan y distinguen entre todos los monarcas de la tierra, y aun saldria España de una suerte funestísima que la amenaza, y podria finalmente sanar de sus males y gozar de una perfecta salud, y dar después de Dios las gracias, y tributar el mas síncero reconocimiento a su salvador y verdadero protector, entonces el mayor de los emperadores de Europa, el moderado, el justo, el magnánimo, el benéfico Napoleón el grande. Por ahora España no puede dejar de mirarle bajo otro aspecto muy diferente : se entrevé, si no se descubre, un opresor de sus príncipes y de ella; se mira como encadenada y esclava cuando se la ofrecen felicidades : obra, aun mas que del artificio, de la violencia y de un ejército numeroso que ha sido admitido como amigo, o por la indiscrecion y timidez, o acaso por una vil traicion, que sirve a dar una autoridad que no es facil estimar legítima. ¿Quién ha hecho teniente gobernador del reino al señor duque de Berg? ¿No es un nom- bramiento hecho en Bayona de Francia por un rey piadoso, digno de todo respeto y amor de sus va- sallos, pero en manos de lazos imperiosos por el ascendiente sobre su corazon, y por la fuerza y el poder a que le sometió? ¿Y no es una artificiosa quimera nombrar teniente de su reino a un gene- ral que manda un ejército que le amenaza, y renunciar inmediatamente su corona? ¿Solo ha querido devolver al trono Carlos IV para quitárselo a sus hijos? ¿ Y era forzoso nombrar un teniente que impidiese a España por esta autorizacion y por el poder militar cuantos recursos podia tener para evitar la consumacion de un proyecto de esta naturaleza? No sólo en España, en toda Europa dudo se halle persona sincera que no reclame en su corazon contra estos actos estraordinarios y sospechosos, por no decir mas. En conclusión, la nación se ve como sin rey, y no sabe a qué atenerse. Las renuncias de sus re- yes y el nombramiento de teniente gobernador del reino, son actos hechos en Francia, y a la vista de un emperador que se ha persuadido hacer feliz a Espana con darle una nueva dinastía que tenga su orígen en esta familia tan dichosa, que se cree incapaz de producir príncipes que no tengan o los mismos o mayores talentos para el gobierno de los pueblos que el invencible, el victorioso, el legis- lador, el filósofo, el gran emperador Napoleón. La suprema junta de gobierno, adem´sss de tener contra sí cuanto ya insinuado, su presidente armado y un ejército que la cerca, obligan a que se la con- sidere sin libertad, y lo mismo sucede a los consejos y tribunales de la corte. ¡Qué confusion, qué caos y qué manantial de desdichas para España! No puede evitarla una asamblea convocada fuera del reino, y sujetos que componiéndola ni pueden tener libertad, ni aun teniéndola creerse que la tuvieran. Y si se juntasen a los movimientos tumultuosos que pueden temerse dentro del reino pretensiones de príncipes y potencias estrañas, socorros ofrecidos o solicitados, y tropas que vengan a combatir dentro de su seno contra los franceses y el partido que les siga; ¿qué desolacion y qué escena podrá concebirse más lamentable? La compasión, el amor y la solicitud en su favor del emperador podía antes que curarla causarla los mayores desastres. Ruego, pues, con todo el respeto que debo se hagan presentes a la suprema junta de gobierno los que considero justos temores y dignos de su reflexión, y aun de ser expuestos al gran Napoleon. Hasta ahora he podido contar con la rectitud de su corazón, libre de la ambición, distante del dolo y de una política artificiosa, y espero aunque reconociendo no puede estar la salud de España en es- clavizarla, no se empeñe en curarla encadenada, porque no está loca ni furiosa. Establézcase primero una autoridad legítima, y trátese despues de curarla. Estos son mis votos, que no he temido manifestar a la junta y al emperador mismo contado con que, sino fuesen oidos, serán por lo menos mirados, como en realidad lo son ,como efecto de mi amor á la patria y á la augusta familia de sus reyes, y de las obligaciones de consejo, cuyo título temporal sigue al obispado en España. Y sobre todo los contemplo no solo útiles sino necesarios á la verdadera gloria y felicidad del ilustre héroe que admira Europa, que todos veneran y a quien tengo la felicidad de tributar con esta ocasión mis humildes y obsequiosos respetos. Dios guarde a V. E. muchos años. Orense 29 de mayo de 1808.—Excmo. Sr.—B. L. M. de V. E. su afecto capellan—PEDRO, obispo de Orense.—Excmo. Sr. don Sebastián Piñuela. »
RESUMEN BIOBGRÁFICO DEL OBISPO DE ORENSE Don Pedro de Quevedo y Quintano nació en Villanueva del Fresno, Diócesis de Badajoz, en 12 de Enero de 1736, de una familia no menos distinguida por su nobleza y bienes de fortuna, que por el generoso uso que hacia de sus riquezas. Destinado por sus padres y por inclinación propia á la carrera de las letras y de la Iglesia, estudió la Gramática Latina en el colegio de Jesuitas de Badajoz, la Filosofía y la Teología en el de S. Bartolomé y Santiago de Granada, bajo la dirección de los mismos Padres, y se graduó de Bachiller en ambas ciencias por aquella universidad. Su carrera, desde que se graduó de Licenciado en Avila hasta que fue promovido al Obispado de Orense, no se diferencia á primera vista de las de los demás eclesiásticos que siguen los mismos estudios, pasan por las mismas pruebas y ocupan los mismos cargos. Pero lo que eminentemente le distinguía entre los demás estudiantes y clérigos de su tiempo, y aun entre todos los hombres, era su genio pronto y vivo, su aplicación tenaz, su aprovechamiento extraordinario, á que se agregaba una piedad profunda, un recogimiento sin igual, una santidad de costumbres la mas respetable, y una liberalidad y caridad sin límites, que rayaba en prodigalidad y abandono. Dar y socorrer eran la primera necesidad de su alma, asi como adquirir es la del común de los hombres, y Quevedo era caritativo y generoso con el mismo ahinco y pasión con que otros son avaros. Frugal en su casa, mal traído en su persona, repartía á los pobres todos los productos de su prebenda, y sus padres tenían que mantenerle cuando canónigo, del mismo modo que cuando estudiante. En aquel objeto eran invertidas las ropas, las alhajas, los regalos que su familia le enviaba: aun se recuerda en Salamanca que dió á los pobres el dinero que le fue librado para recibirse de Doctor, y que hubo de repetirse el envió por mano de tercero, para que no le diese igual destino. Tantas virtudes, unidas al concepto que se tenia granjeado de capacidad y sabiduría, le elevaron á la silla de Orense en 1776. Cuál se mostrase en el Ministerio pastoral, lo dice la opinión pública, que desde entonces hasta su fallecimiento consideró resucitados en él los Prelados de la Iglesia primitiva, haciendo resonar en España y fuera de ella con ecos de veneración y de aplauso el nombre del Obispo de Orense. Llegada la época de la invasion francesa, sus virtudes y su caracter recibieron nuevo lustre y se manifestaron con mayor actividad y energía. Negóse resueltamente á concurrir á la asamblea de Bayona; resistió reconocer a José Napoleon, dando para ello las razones tan sólidas como enérgicas que constan de la carta que con esta ocacion escribió al Consejo de Castilla en Julio del mismo año; fue Presidente de la Junta de Orense, despues de la de Lobera, y asistió también algún tiempo a la Suprema de Galicia. Y cuando el Mariscal Soult le invitó desde Orense a que se restituyese a aquella capital, excitándole con toda suerte de honor y de respeto a que fuese a aquietar desde allí la agitación de la provincia, él, retirado entonces en Portugal, contestó con no menos urbanidad que firmeza, agradeciendo la honra y negándose a la propuesta. En 1810 al trasladar la Junta Central el poder supremo que ejerció en la primera Regencia, nombró al Obispo Quevedo presidente del nuevo Gobierno, para darle más autoridad y respeto con un nombre tan reverenciado. Dudóse mucho que aceptase aquel cargo, pero se embarcó, y llegó a Cádiz en Mayo del mismo año, entrando a tomar la parte que le cabía en el gobierno supremo, y ejerciéndola con la misma integridad y entereza que todas las demás comisiones que había tenido en su vida. El instaló, como Presidente de la Regencia, las Cortes extraordinarias: opuesto por carácter y por doctrina al principio político adoptado por aquella asamblea, como base de su autoridad y operaciones, el Obispo se negó a reconocerlo en el juramento que le fue exigido, y de aqui las contradicciones que tuvo, el proceso que se le formó y después su resistencia a jurar la Constitución del año 1812, de que resultaron la ocupación de sus temporalidades y su expatriación. No insistiremos mas en estos hechos tan ciertos como notorios: el Obispo sin duda hizo en ellos prueba respetable de entereza y lealtad, pero siendo tan recientes, y viviendo aun tantos de los que alli se hallaron é intervinieron, él mismo nos aconsejaría esta prudente circunspeccion, y no permitiría que diésemos ocasión con su alabanza á comparaciones y recriminaciones odiosas. Cesaron estos tristes debates con la venida de S. M. en 1814. El Obispo entró en Orense como en triunfo, y gozó desde entonces la tranquilidad y satisfaccion debidas a su mérito y a sus servicios. Renunció el Arzobispado de Sevilla, negóse a venir a la Corte a que se le invitó diferentes veces, y como a la fuerza hubo de admitir las insignias de la Gran Cruz de Cárlos III, y por último el Capelo, para el que sin noticia suya fue propuesto al Sumo Pontífice por S.M. Su modestia, o mas bien indiferencia por estas satisfacciones mundanas, salía en sus palabras como reinaba en su corazon. En el regocijo y fiestas con que la ciudad de Orense solemnizó su investidura de Cardenal, se le oyó decir: toda esta bulla se reduce a que seré enterrado con ropa encarnada en vez de morada
Su muerte, tal dulce como pronta, acaeció en 28 de Marzo de 1818: sus exequias fueron magníficas; pero el mayor lustre de su pompa eran las lágrimas de todos los menesterosos, que perdian en él su bienhechor y su amparo, y la veneracion profunda y religiosa con que los concurrentes acompañaban los restos de aquel varón singular, dechado admirable de virtudes apostólicas.
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