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SALA DE LECTURA

HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO III

2 DE MAYO DEL 1808

«Día terrible, lleno de gloria, Lleno de luto, lleno de horror , Nunca te apartes de la memoria De los que tienen patria y honor.»

Arriaza.

 

La Puerta del Sol de Madrid es un cuadrilongo del cual parten las seis primeras calles de la población, a la manera que los ríos principales del lago en que tienen origen. Lo medianamente desembarazado del sitio , unido a la circunstancia de estar situada en él la casa de Correos, no menos que a la de ser el punto céntrico de capital, hace que se reúnan allí las gentes de la población y las forasteros, que ya por distraerse, ya por adquirir noticias, ya por acortar el camino para concurrir a alguna cita, le eligen por teatro de su curiosidad, de sus entrevistas, de su ociosidad o de sus menesteres. En la época a que se refiere nuestra narración, estaba este sitio animado a todas horas por una inmensa multitud, tan ansiosa de indagar lo que pasaba, como temerosa de saber demasiado. Nunca como en aquellos días agitó la ansiedad y la pena más corazones reunidos en uno: nunca como entonces pareció la Puerta del Sol la principal entraña de un gran pueblo latiendo de dolor y patriotismo. La turba cada día más densa se agolpaba en la puerta de Correos ansiando noticias de Francia y de las provincias, o comunicándose las que mutuamente habían podido adquirir. Veíanse allí sujetos de todas clases y condiciones, unidos por un sentimiento común, y viviendo al parecer con una sola alma, desahogar los unos en el pecho de los otros la angustia que los devoraba, los temores de que se hallaban poseídos, la santa indignación en que ardían sus corazones. Pintada en los semblantes la sorda fermentación que agitaba los ánimos, revelábase ésta en los ojos, en la actitud y el mismo silencio. El patriotismo, lo mismo que el amor, no necesita otro idioma que el de la mirada para comunicarse y entenderse. El odio al nombre francés había hecho espantosos progresos, y la prevención de los franceses contra el pueblo de Madrid los había hecho también. Cada nueva noticia que venía aumentaba la irritación. A las falsas especies publicadas por la Gaceta oponían los habitantes manuscritos que corrían de mano en mano, noticias que alimentaban la alarma de los corazones, y le daban nuevo vigor y alimento. Los franceses no veían ni podían ver en cada madrileño sino un enemigo más ó menos dispuesto á vengar en su sangre los repelidos ultrajes que cada día iba recibiendo el orgullo del carácter español y el sentimiento de independencia nacional. Deseoso Mural de imponer a un pueblo cuya insurrección amenazaba estallante un momento a otro, se mostraba diariamente a los ojos de los habitantes rodeado de su aparatosa guardia imperial, y pasaba todos los domingos revista de sus tropas en el Prado, con el fin de ostentar las numerosas fuerzas de que podía disponer. Los madrileños habían pasado sucesivamente de espectadores desdeñosos y tibios que antes eran, a ser despreciadores y hasta sin rebozo insultantes. El domingo primero de mayo pasaba Murat por la Puerta del Sol, volviendo de su acostumbrada revista. La muchedumbre reunida en aquel punto alzó un sordo murmullo de desdén y de menosprecio, que concluyendo al fin por silbidos y por otras señales igualmente significativas, pudo dar a entender al gran duque lo dispuesto que el pueblo se hallaba a manifestarle su odio de otra manera. Era día de fiesta aquel día, y cuando la religión no lo constituyese tal, bastaron a hacerlo la patria y la memoria de Fernando, objeto entonces de culto para los pechos españoles. La irrisión a Mural fue completa. Su amor propio debió padecer tanto más cuanto mayor era el concurso testigo de su humillación , y el concurso debía ser tanto más grande cuanto más ocasionado era el día a la ociosidad y al desmán.

Los silbidos del 1.° de mayo debían ser seguidos del grito de guerra del 2. La mina estaba cargada: faltaba empero una chispa que prendiese en la pólvora, y Murat agitó el pedernal.

Dos días antes de la escena de escarnio ocurrida en la Puerta del Sol, había el generalísimo francés presentado al infante D. Antonio una carta de Carlos IV, en la cual se exigía a la junta la partida de la reina de Etruria a Bayona, en compañía de sus hijos y de su hermanillo el infante D. Francisco de Paula. La junta dejó a la primera en libertad de realizar la marcha, exponiendo en cuanto al infante que no teniendo sino trece años, no era posible su salida del reino sin previa autorización de Fernando. El día 1 de mayo reiteró Murat su demanda, manifestando a la junta que él tomaba a su cargo las consecuencias del viaje en cuestión, viaje que por otra parte se hallaba decidido a hacer realizar, venciendo toda clase de obstáculos. Deliberó largamente la junta sobre aquella nueva propuesta , dividiéndose sus individuos en opuestos dictámenes, y no faltando quien estuviese por resistir hasta el último extremo la intimación del generalísimo. Consultado el punto con el ministro de la Guerra, fue este de contrario sentir, considerando imposible el buen éxito de un levantamiento atendida la situación de Madrid, cercado de enemigos por todas partes, y falto de las condiciones precisas para medirse con los imperiales. Ofarril no sabía lo que puede un pueblo, y menos todavía el inmenso aumento de fuerza que sus gobernantes le pueden dar, uniéndose con decisión a su causa. La junta desmayó al oír de los labios del ministro la triste pintura que acababa de hacer; y decidida a pasar por lo que Murat exigía, acordó juntamente oponerse a la insurrección, si acaso llegaba a estallar, con los mismos soldados españoles. Ese acuerdo funesto, causa primera del desgraciado éxito que tuvo la jornada del día siguiente, fue seguido después de otra determinación no menos infausta y de que a su tiempo hablaremos. La junta había comenzado por ser débil, y estaba escrito que había de concluir por asesinar la causa del pueblo.

Señalado el 2 de mayo para la partida de la reina de Etruria y de su hermano el infante D. Francisco, apareció a plaza de palacio rebosando de gente desde muy temprano en la mañana de dicho día. Había allí sujetos de todas clases, y en particularidad mujeres del pueblo, las cuales consideraban tristemente los preparativos del viaje. El empeño decidido y para nadie dudoso ya de arrebatar sucesivamente a todos los individuos de la familia real española, tenía los ánimos desasosegados e inquietos, contribuyendo a aumentar la tribulación y la incertidumbre la circunstancia de haber faltado los dos últimos correos de Bayona. Dieron en esto las nueve de la mañana, y vióse salir de palacio a la reina de Etruria, la cual subió al coche con su hijo y su hija, y partió sin dificultad. Hermana aquella señora del rey Fernando, hubiera excitado las simpatías del pueblo por solo esa circunstancia; pero sus sabidos tratos con el príncipe Murat, su adhesión a la causa personal de Carlos IV y su cooperación a la libertad que los franceses habían dado a Godoy, hacían que entonces se la mirase como enemiga del país, vendida a las tramas del extranjero. Quedaban todavía dos coches, y el numeroso concurso observaba con ansiedad la precipitación con que los cargaban y disponían para la marcha. El uno de estos dos carruajes sabido era ya que estaba destinado al infante D. Francisco. ¿Para quién podía ser el otro? A esta pregunta que las gentes se hacían, responde de pronto una voz esparcida entre los corrillos que el segundo coche en cuestión tiene por objeto conducir a Francia al presidente de la junta el infante D. Antonio. Según eso, no hay ya la menor duda : todos los infantes se van : dentro de cortos instantes Madrid queda huérfano sin remedio de la familia entera de sus reyes. Esta consideración tristísima hace latir los corazones de un modo convulsivo y violento, y la indignación y la rabia amenazan romper todos sus diques. Algunos criados al servicio del infante D. Francisco recorren entretanto los círculos que llenan la plaza, al modo que los vórtices de Descartes el sistema de la creación. El relato de aquellos leales servidores conmueve los corazones de lástima, y es interesante y persuasivo como la elocuencia del dolor. «El pobre niño , dicen , no quiere partir , y derrama abundantes lágrimas.» Al oír estas palabras , los hombres se enfurecen y se desesperan; las mujeres se entregan al llanto.

En esto llega a la plaza de palacio un oficial francés, ayudante de Mural, Augusto Lagrange. ¿A qué puede venir ese hombre de capote blanco y de pantalón carmesí, sino a llevarse al infante que llora? Estas palabras circulan por todas partes con la rapidez del rayo. Lagrange es cercado, embestido, insultado: Lagrange se defiende ya vanamente, y se halla a punto de perecer en unión con un oficial imperial que con igual inutilidad intenta libertarle del furor de la embravecida plebe, a no venir en tan crítico momento una patrulla de la guardia imperial, cuyos granaderos cargan a la bayoneta y liberan a la víctima.

Fue esto a las once de la mañana : los infantes D. Antonio y D. Francisco bajaban a aquella sazón la escalera de palacio. Su presencia exalta a la multitud que prorrumpe en un sordo rumor, sobre el cual prepondera y se cierne una voz femenil que en penetrante y desgarrado alarido, no hay remedio, se le oye decir, se nos los llevan ya. Este grito de alarma es terrible, porque dice mucho en sí mismo, y además lo da una mujer. Alojado Murat a cien toesas (2kms aprox.) del palacio de los reyes de España, en la antigua morada del príncipe de la Paz, tiene noticia del tumulto en el mismo momento que comienza a estallar, y montando a caballo sin dilación, envía su batallón llamado del Piquete con dos piezas de artillería , el cual llega a la reunión en el acto de precipitarse la multitud a cortar los tiros de los coches destinados a conducir los príncipes. La tropa francesa olvida el deber que la humanidad y el decoro imponen a la fuerza organizada de intimar el sosiego y la calma a los alborotados, antes de lanzar sobre ellos el exterminio y la muerte. No hay amonestación, no hay aviso. Súbita descarga se escucha; y esa descarga asesina es la señal de dispersión para la multitud, que derramándose en confusión por todas las salidas de la plaza, semeja al mar que domina sus bordes y se precipita espantoso por el declive de la ribera. Los fugitivos extienden la alarma y pueblan los aires con gritos de guerra. A las armas, se escucha decir por las calles; a las armas, responden los habitantes desde lo interior de sus domicilios; a las armas, repite el eco que por todas partes retumba; y Madrid entero se alza en alas de la desesperación y del patriotismo. El nombre de Fernando, tan consolador y poético entonces, como irrisorio y cruel ahora, se mezcla por todas partes a los alaridos de muerte; y es hermoso perecer por su causa y por la causa de la nación.

Jóvenes, ancianos, mujeres, todos toman parte en la lucha. El que carece de mosquete o trabuco, empuña su escopeta de caza; los que no tienen armas echan mano del enmohecido espadín, ponen en la punta de un palo el hierro primero que encuentran, salen con un simple bastón, o se precipitan en las filas enemigas sin otro instrumento de muerte que su propio arrojo. La Plaza Mayor, la calle de este mismo nombre, las de la Montera, Carretas y Alcalá, borbollan de gente y de  ira. No se oye otra cosa que gritos mezclados al sordo batir de los tambores y al sonido del clarín y de la trompeta que llaman las tropas a sus puntos. Sorprendidos aisladamente los franceses que acuden a sus puestos, son exterminados en las calles, o compran su vida al vergonzoso precio de rendir las armas. Los oficiales del estado mayor y los edecanes que recorren la población llevando órdenes, son volcados del caballo, acometiéndoles el paisanaje con piedras, y acercándose audaz a veces a derribarlos a puñaladas. Revolver una esquina es caer para no levantarse ya más. Quedarse algún cobarde o remiso en la casa que le sirve de alojamiento, equivale tal vez a morir a manos del huésped o de la indignada patrona. Los gritos que suben al cielo se cruzan con los tiestos, ladrillos y piedras, y hasta con el agua hirviendo que las mujeres arrojan desde las ventanas sobre el aborrecido extranjero. Vése aquí al manolo montado sobre el caballo del dragón francés que acaba de derribar; vénse allá hasta los niños tomar parte en la lucha a que los incita el ejemplo, no ya de sus padres, que es poco, sino el de sus madres también. No son ya franceses aislados los que rinden la vida o las armas a las manos del pueblo. Masas enteras de caballería se estrellan en la multitud, y sucumben o retroceden. Cien combates trabados a la vez dan a la vez cien laureles a los inexorables madrileños. El encono y el odio pasan los límites de la generosidad y del denuedo, y los cadáveres del enemigo no tienen un escudo en la muerte para no ser acometido de nuevo, o arrastrados tal vez por las calles. Con estas espantosas escenas contrasta noblemente en otros puntos la clemencia del vencedor, que mirando a un francés desarmado, o implorando rendido merced, le tiende la mano y le salva. Una parte del ejército imperial es sin embargo excepción de esta regla. Los mamelucos de Napoleón, siervos reconocidos de un agresor injusto y sectarios juntamente de las leyes del Alcorán, excitan con particularidad el furor y la rabia madrileña. No hay para ellos clemencia ni generosidad. El golpe que los hiere o los mata vale por dos: ese golpe, como dice Foy, hace desaparecer de la tierra al francés y al musulmán juntos en uno: el que mata un mameluco cumple, o cree cumplir a la vez, los deberes que impone el patriotismo y los deberes de la religión. El aliento que animó a los abuelos, anima a los nietos aun. Los tiempos de Pelayo y del Cid van de nuevo a brillar en la escena.

El pueblo de Madrid entretanto estaba abandonado a sí mismo. Falto de organización militar, destituido de jefes, lanzado de improviso en la guerra, contrariado por el gobierno que debía servirle de apoyo, ensayando su inexperiencia en el combate al frente de un ejército numeroso, aguerrido y diciplinado; inútil era esperar que los primeros anuncios de victoria fuesen duraderos y sólidos. Prevenido por el gran duque de Berg el caso más que probable de una insurrección en Madrid, tenía dadas con anticipación sus órdenes para que las tropas francesas acantonadas en el convento de S. Bernardino, en Chamartín, en Fuencarral y en el Pardo, estuviesen dispuestas a acudir prontamente a la primera señal de alarma. Desconcertados al parecer los franceses en los primeros instantes del levantamiento, sacuden su estupor momentáneo, empuñan presurosamente las armas, y abalanzándose por la carrera de S. Gerónimo y por la calle de Alcalá, esa calle tan bella como a propósito para ejercitar el cañón, las barren con la artillería. La caballería de la guardia imperial, mandada por el jefe de escuadrón Daumesnil, carga sobre la muchedumbre inexperta, y la arrolla completamente. Los lanceros polacos, hijos de un pueblo poco antes libre y recientemente sacrificado entonces a la ambición, son los primeros en señalarse por su bravura y ferocidad contra un pueblo que acaba de alzarse por conservar su independencia. Los mamelucos por su parte vengan la muerte de sus compañeros con la de sus sacrificadores y enemigos, y la vengan con el desalmado valor del árabe, desarrollado y dirigido por el genio de Napoleón. Los madrileños habían disparado desde sus casas, convirtiendo los balcones y ventanas en bocas de exterminio y de muerte. Los generales franceses les vuelven ahora las tornas, y enviando destacamentos de infantería a forzar los edificios desde donde se les ha hecho fuego, entran a saco y degüellan a sus moradores o los fusilan delante de sus mismas puertas. El encono y la rabia son grandes porque son recíprocos. Reproducidas las escenas de horror en sentido opuesto, renuévanse también a su turno los actos de generosidad; y el que antes imploraba humillado la compasión del vencedor, concede tal vez victorioso lo mismo que poco antes demandaba vencido. Nada se deben ya franceses y españoles. La vida se ha pagado con la vida, el valor ha luchado con el valor, la clemencia sucederá a la clemencia. ¿Cómo esperar otra cosa de pechos valientes y esforzados?

El uso moderado que los franceses han comenzado a hacer de la preponderancia que les da la organización y la disciplina, no anuncia ni puede anunciar el asesinato. Los prisioneros que caen en sus manos, conservan generalmente la vida. ¿Será acaso que se les conceda un momento para ajusticiarlos después? No es posible proceder tan inicuo en los vencedores de Europa. Ellos harán justicia a los generosos sentimientos de un pueblo, tanto más acreedor al respeto, cuanto con más indignación se resiste a sufrir el yugo, cuanto con más infortunio ha caído. Esos valientes que tan caras venden sus vidas, lanzándose con un simple puñal en medio de las filas francesas; esos otros que batiéndose en retirada disputan palmo a palmo el terreno al francés vencedor; esos, en fin, que al verse destituidos de defensa prefieren la muerte a la huida, esperando con estoica firmeza, y quietos y a pie firme, el tiro matador que los extermina, llamarán la atención de Murat como deben llamarla a los bravos, y el valiente será generoso.

Así discurrían consigo mismos los que habiendo sido hechos prisioneros por las falanges francesas, interpretaban su momentánea humanidad como duradera y consecuente. Poco tardaremos en averiguar si se equivocaban o no. Volvamos ahora la vista un momento al barrio de las Maravillas, a las cercanías de la puerta de Fuencarral, a la calle de San José, al Parque español de artillería. La escasa guarnición española fraccionada en diversos puntos de la población y compuesta en su totalidad de tres mil hombres, estaba retenida en los cuarteles por las órdenes de la junta y del capitán general D. Francisco Javier Negrete. ¿Qué podía hacer ese puñado de hombres contra veinte y cinco mil imperiales dispuestos a caer sobre ellos? Tal había sido la reflexión de la autoridad militar española; tal la consideración del inútil gobierno espantado por Ofarril. Madrid entretanto no se había preguntado a sí mismo ¿qué he de hacer yo?, ni los bravos soldados tampoco. Pero esos soldados permanecen en sus encierros. ¿Será que entre aquellos valientes encadenados por la disciplina, no haya un solo cuerpo que rompa la valla, cuando el grito de la Patria lo exija? ¿Lamerá el león sus cadenas, sin salir de su jaula de hierro? Un grupo de paisanos batidos por todas partes y destituidos de apoyo, se dirige exaltado hacia el Parque, y el aire se agita y retumba con el grito desgarrador de ¡armas, armas! Había en efecto en el Parque hasta diez mil fusiles encajonados, y veinte y seis piezas de cañón en sus afustes. El paisanaje brama por apoderarse de aquellos instrumentos de muerte. Los catorce artilleros que están allí, inválidos la mayor parte, vacilan entre el deseo de secundar el grito de sus conciudadanos y el de cumplir la consigna del capitán general, cuando oyendo decir que algunos de sus compañeros de infantería acababan de ser atacados por la tropa francesa, y viendo abalanzarse hacia ellos una columna enemiga que a paso de carga se dirige a tomar el Parque, ponen fin a su duda angustiosa, y se unen a los insurgentes.

Dos valientes oficiales de artillería, los inmortales Daoiz y Velarde, se ponen al frente de aquella docena de bravos, y apoyados por el paisanaje y por un piquete de treinta y tres infantes a las órdenes de otro esforzado oficial llamado Ruiz, hacen una vez y otra vez el juramento que van pronto a sellar con su sangre; de morir o vencer por la patria. Los valientes paisanos, entre los cuales se ven algunas mujeres, se distribuyen en tres secciones, coronando unos, en unión con los soldados, las alturas del Parque, después de haber hecho prisionero un destacamento imperial que se hallaba en él, mientras otros se dirigen a los cajones en que están contenidos los fusiles, y otros arrastran a brazo cinco cañones, de los cuales colocan dos enfilando la calle de San Pedro desde lo interior del Parque, cuyas puertas quedan cerradas; otros dos por la parte de afuera, en dirección el uno de la calle ancha de San Bernardo, y otro en el punto de reunión de las cuatro calles al extremo superior de la de San José, mientras el quinto cañón queda de reserva en el patio. La columna francesa que los artilleros han visto avanzar, se compone toda del quinto regimiento de infantería provisorio, destacado precipitadamente del convento de San Bernardino, a las órdenes del general de brigada Lefranc. Daoiz y Velarde la esperan impávidos haciendo jugar sobre ella sus bocas de fuego, y trabándose de ambos lados aquella refriega espantosa en que tanto brilló el heroísmo, y que por lo tenaz del ataque y por lo porfiado de la resistencia constituyó el episodio más sangriento de la insurrección de aquel día. La metralla menudea sus tiros sobre los franceses. Las filas enemigas se merman. Los soldados y el paisanaje se reducen a menos también. Nadie atiende a los muertos que caen; nadie cuenta los vivos que quedan. La muerte se da y se recibe con el mismo entusiasmo y aliento. Muertos los artilleros que empuñaban la mecha del cañón colocado en el extremo de la calle de San José, es servida la pieza por las mujeres. Lefranc entretanto repite su ataque contra la débil batería española, siendo rechazado de nuevo, y quedando herido el valiente Daoiz. El oficial Ruiz hace rato ya que lo ha sido. Vanamente le dice al primero que se ponga a cubierto de la metralla enemiga y se retire. Herido Daoiz en el muslo y vertiendo torrentes de sangre, continúa sereno al pie del cañón. Las descargas que los españoles han hecho vienen a ser diez u once, y la metralla se ha acabado ya. Daoiz la reemplaza con un cajón de piedras de chispa que Velarde le trae de los almacenes; carga con ellas su cañón, y dispara; torna a cargar de nuevo, y dispara otra vez. La sangre que vierte en abundancia ha rendido entretanto sus fuerzas. No pudiendo sostenerse en pie, se apoya en el cañón, permaneciendo casi solo en medio de la calle. Lefranc que conoce su hora, aprovecha la ocasión y el apuro de sus enemigos, y avanzando a la bayoneta con denuedo digno de mejor causa, consigue apoderarse del Parque, llegando a tiempo de recobrar los fusiles que los insurgentes comienzan a sacar de los cajones. El valiente Velarde, que había entrado en el almacén a fin de procurarse nuevos elementos de resistencia, se encuentra, al salir, con el enemigo dueño ya del patio del Parque. Un oficial polaco, ¡el nombre polaco otra vez!, acomete por la espalda a aquel héroe, y asestándole un pistoletazo, le tiende en el suelo sin vida. El infortunado Daoiz acaba de perderla también. Apoyado en su cañón, y estando ya medio exánime, se acerca el enemigo a aquel bravo so color de ofrecerle capitulación. El héroe confiado la admite,  y cercándole entonces los franceses, le acribillan a bayonetazos. Vanamente levanta su espada para no morir sin matar. El heroísmo sucumbe  la villanía y al número, y Daoiz se resigna a su suerte.

¡Mártires de la patria! ¡Valientes y esforzadas víctimas votadas con resignación a la muerte por la independencia de vuestro país! Eternos vuestros nombres en la historia, los vemos escritos también en los pabellones del cielo. La nación por quien disteis la vida no ha recogido aun el fruto de vuestro holocausto. Tended vuestra mirada sobre ella; sed sus ángeles tutelares. Fijos nuestros ojos en el triste y sencillo monumento que el pueblo de Madrid os ha alzado, el día que nos recuerda vuestro sacrificio y el de vuestros compañeros de infortunio y de gloria, es santo, luctuoso y sublime para nosotros. Sea vuestro nombre el que nos inflame en la lucha cuando quiera que el yugo extranjero amenace a la patria otra vez: séalo también si algún día amagase hundir nuestros derechos la afrentosa coyunda interior.

Pero el obelisco del 2 de Mayo no abriga en su seno las solas cenizas de Daoiz y Velarde. Otras víctimas descansan allí, y es preciso tratar de esas víctimas.

El gran duque de Berg, acompañado del mariscal Moncey y de los generales que no tenían mando de tropas, se había trasladado desde el principio a lo alto de la cuesta de San Vicente, situada al oeste de la heroica villa. Allí se ocupaba en dar órdenes rodeado de los fusileros de la guardia imperial, cuando acercándose a él algunos miembros de la junta, prometiéronle restablecer la tranquilidad, si él por su parte mandaba a los suyos poner término a la efusión de sangre. Oida por Murat la petición de los comisionados, convino en desistir de toda hostilidad en el momento que cesase la efervescencia de la población. Los ministros Ofarril y Azanza se dirigieron a los consejos en compañía del general Harrispe, y uniéndoseles varios magistrados, se repartieron por las calles , recorriéndolas a caballo, agitando al aire pañuelos blancos en señal de reconciliación y amnistía general. Varios oficiales de ambas naciones contribuyeron también por su parte a aquella misión consoladora, consiguiendo unos y otros salvar la vida a un gran número de desgraciados.

Oída por los madrileños la promesa de paz y olvido de cuanto acababa de pasar, obedecieron la conciliadora voz de sus autoridades, y se retiraron tranquilos a sus casas. La agitación había comenzado entre diez y once de la mañana, y la calma se hallaba restablecida a las dos de la tarde. ¿Cómo temer, visto esto, que volviera a turbarse otra vez? Así sucedió sin embargo, y es preciso decir cómo fue, por más que se resista la pluma a trazar el horrible cuadro que tuvo principio en aquella tarde funesta y siguió después por la noche, hasta la mañana del 5.

Hemos visto la moderación con que los franceses se habían limitado por punto general a hacer prisioneros los españoles que caían en sus manos, y hemos visto también al gran duque prometer a los comisionados de la junta poner término por su parte a la desolación y la muerte, siempre que ellos por la suya consiguiesen ponerlo al tumulto. La condición había sido cumplida por las autoridades españolas: Murat no cumplió la suya.

Al mismo tiempo que los ministros y los individuos de los consejos recorrían las calles de la población a la voz de olvido y de paz, mandaba Murat extender, y firmaba con mano de tigre, una proclama digna de Atila, según expresión de Toreno; proclama fijada en las esquinas en la mañana del día siguiente, bien que dada en la tarde del 2, y puesta en ejecución desde luego, aun antes que su contenido llegase a noticia de los moradores. Este documento espantoso, en el cual se decretaba el asesinato, en la lengua de Garcilaso y de Cervantes, ni más ni menos que el de los infortunados madrileños, decía así:

Orden del día.

Soldados: La población de Madrid se ha sublevado, y ha llegado hasta el asesinato. Sé que los buenos españoles han gemido de estos desórdenes: estoy muy lejos de mezclarlos con aquellos miserables que no desean más que el crimen y el pillaje. Pero la sangre francesa ha sido derramada; clama por la venganza: en su consecuencia mando lo siguiente :

Articulo I.

El general Grouchi convocará esta noche la comisión militar.

Articulo II.

Todos los que han sido presos en el alboroto y con las armas en la mano, serán arcabuceados.

Articulo III.

La junta de estado va a hacer desarmar los vecinos de Madrid. Todos los habitantes y estantes quienes después de la ejecución de esta orden se hallaren armados o conservasen armas sin una permisión especial, serán arcabuceados.

Articulo IV.

Todo lugar donde sea asesinado un francés será quemado.

Articulo V.

Toda reunión de más de ocho personas será considerada como una junta sediciosa, y deshecha por la fusilería.

Articulo VI.

Los amos quedarán responsables de sus criados; los jefes de talleres, obradores y demás, de sus oficiales; los padres y madres de sus hijos, y los ministros de los conventos de sus religiosos.

Articulo VII.

Los autores, vendedores y distribuidores de libelos impresos o manuscritos provocando a la sedición serán considerados como unos agentes de la Inglaterra, y arcabuceados.

Dado en nuestro cuartel general de Madrid a 2 de mayo de 1808. Joachin.—Por mandado de S. A. I. y R.—El jefe de estado mayor general.—Belliard)

 

Como consecuencia de esta orden, inconcebible en un siglo culto y en un guerrero que se gloriaba de servir a las órdenes del gran Napoleón, comenzaron a diseminarse por las calles  desde el momento mismo en que la tranquilidad quedó restablecida, multitud de patrullas francesas, las cuales se apoderaban de los desgraciados que ignorantes de semejante bando llevan consigo una aguja de enjalmar, unas tijeras de su oficio, un estuche de su profesión, un simple cortaplumas, cualquier instrumento cortante por inofensivo que fuese.

Varios de aquellos infelices son fusilados desde luego entre dos y tres de la tarde junto a la fuente de la puerta del Sol y la iglesia de la Soledad, pereciendo el mayor número durante la noche en el Prado y en el Retiro, siendo conducidos allí desde la casa de Correos, donde se estableció la comisión militar presidida por el general francés Grouchi, y para mengua del nombre español, por el capitán general de Madrid don Francisco Javier de Negrete.

 Aquel tribunal inexorable, improvisación infernal de la más espantosa venganza, pronunció sus fallos de muerte sin conceder defensa a los acusados, sin más indagación que sus nombres, sin identificar la persona, sin ver por ventura a las víctimas, sin concederles la compañía de un sacerdote que los consuele al morir.

Jóvenes, ancianos, ministros de la religión y hasta algunas infelices mujeres, caminan atados en dos en dos en medio de las sombras de la noche al ignorado lugar de su suplicio, y hacinados en montón cual corderos destinados al matadero, disparan los franceses sobre ellos una descarga de fusilería o de metralla, a la cual sucumben algunos,  quedando los más mal heridos y siendo llevados a enterrar cuando están todavía luchando con la postrimera agonía.

¡Noche horrible, sangrienta, espantosa! ¡Noche que como el día de Job no debiera figurar en los años, ni contarse ya más en los meses! Estremecidos los madrileños, oían desde el fondo de sus hogares las frecuentes descargas, negándose todavía a dar crédito a barbaridad tan inaudita. El sol de la mañana siguiente vino a alumbrar aquella escena de horror. Los verdugos vieron su obra: y la prosiguieron no obstante, fusilando sin piedad, en la montaña del Príncipe Pío los infelices restos, de la víspera!

Al considerar atrocidad semejante quisiéramos sobreponernos al horror que nos causa, para ver si nos era posible hallar una excusa cualquiera, una disculpa, por insignificante que fuese, en la conducta de Murat.

“El combate había cesado, dice el general Foy; pero la paz no estaba hecha. Poco importa a los soldados que el amor de la patria o el odio a la opresión ponga las armas en las manos de sus enemigos. Para ellos no hay guerras justas, sino cuando se hacen lealmente,  cuando las precede declaración, cuando la querella se ventila a cielo abierto. Entonces se abrazan los adversarios. Los habitantes de Madrid acababan de sorprenderlos aislados, sin armas, inofensivos, asesinándolos a puerta cerrada; y los franceses mientras tanto, habiendo recobrado su fuerza en el acto de reunirse, habían hecho de ella un uso moderado, dado que fueron pocos los enemigos que sacrificaron a sus golpes, contentándose con retener prisioneros a los que habían caído en sus manos. El gran duque creyó no ser esto bastante para asegurar el orden público, juzgando que la autoridad debía recobrar sus derechos. El movimiento del 2 de mayo, premeditado o no, era una agresión verdadera de parte de los españoles.» 

Nosotros no acabamos de concebir como un escritor liberal, y que tan amante se muestra de la justicia en tantos pasajes de su obra, ha podido llevar el sofisma hasta un extremo tan lamentable. Si el combate del 2 había cesado, dicha está la promesa que a los madrileños se hizo por boca de sus autoridades, y por la de los mismos franceses que las acompañaban, de dar al olvido todo lo pasado, proclamando reconciliación y amnistía. ¿Cómo se dice, pues, que no estaba hecha la paz? 

Si a los ojos de los soldados importan poco los motivos que obligan a sus adversarios a tomar las armas, ¿no serán tenidos en cuenta por el general que los guía, por el jefe ilustrado que preside y moraliza la fuerza?

Si la guerra de los madrileños no fue leal, porque no hubo declaración previa, ¿dónde estaba la lealtad de Murat y la de los suyos en la guerra que a nosotros se nos hacía?

¿Qué declaración precedió a la villana ocupación de nuestras plazas fuertes?

¿Qué motivo justo de queja podían tener los que de un modo tan inicuo se conducían con nosotros desde su entrada en la Península?

¿Qué abrazo podían esperar de los españoles la traición y la mala fe?

Pero hubo franceses asesinados en las casas, y esto al menos debía vengarse. Enhorabuena, diremos nosotros, si tanto es necesario conceder; ¿pero no se habían vengado ya durante la lucha, cuando en las casas se entraba a saco, y se fusilaba a los dueños a las puertas de sus mismas moradas? ¿Era necesario además guardar la vida a los prisioneros para solo tenerlos en capilla, y asesinarlos después a sangre fría en el Prado y en el Retiro?

¡El orden público debía asegurarse! ¿Quién había turbado ese orden sino la villanía francesa?

¡La autoridad debía recobrar sus derechos! ¿Quién erigía en autoridad al generalísimo francés?

¡El movimiento del 2 de mayo era una agresión verdadera de parte de los españoles!  ¿Agresión aquel alzamiento, después de ocupadas nuestras plazas fronterizas, después de haber hollado los franceses la fe de los tratados, después de determinar su jefe disponer a su antojo del trono español, después de tantos y tan repetidos actos de perfidia y de tiranía como hemos observado en Napoleón y en Murat?

Preciso será concluir, porque nuestra mente se exalta, y esa exaltación, por más justa que sea, podrá parecer menos propia de la calma que se exige al historiador. ¿Quién, empero, no nos concederá alguna escusa; cuando hay quien disculpe a Murat? Mas no porque Foy se exprese en los términos que acabamos de ver, lleva su sinrazón al extremo de abonar los fusilamientos del 2 de Mayo. Su corazón y su mente eran rectos; y harto claro se ve en su obra el anatema que el escritor fulmina sobre la atrocidad que nos ocupa, en medio de la moderación, o llámese patriotismo, si se quiere, con que se limita a atribuirlos a un celo más ardiente que ilustrado por el servicio del emperador .

Los franceses achacaron el alzamiento del 2 de mayo a conspiración premeditada de parte de los madrileños; fundándose para formar este juicio en la marcha indecisa y tortuosa de la junta, y equivocando lo que era efecto de temor y de falta de carácter: como un proyecto de vísperas Sicilianas contra las tropas francesas.

No puede dudarse que en el seno de la junta se hallaban algunos individuos dispuestos a todo contra los enemigos del país; pero tampoco es menos cierto que prevaleció la opinión de la mayoría y habiéndose acordado, como hemos dicho, oponerse hasta con las mismas fuerzas españolas a toda tentativa de levantamiento; resolución funesta que privó al pueblo de Madrid del apoyo que hubieran podido darle esas mismas tropas, cuyo encierro en los cuarteles, unido a la credulidad con que las autoridades legítimas confiaron en la palabra del generalísimo francés, fue causa del desgraciado éxito del movimiento y de los desastres que coronaron aquella  espantosa jornada.

Los franceses a pesar de eso se hallaban tan prevenidos contra la junta y contra las autoridades españolas que Murat trató seriamente de formar consejo de guerra al ministro Ofarril y al capitán general Negrete, sospechándolos de iniciados en la conspiración; siendo así que el primero había sido en la junta el que con más energía se opuso al levantamiento, mientras el segundo llegó al extremo de presidir en unión con Grouchi el sangriento tribunal establecido en la casa de Correos.

Convencido el mariscal Moncey de  lo absurdo que era suponer un plan premeditado de insurrección en un pueblo cuyo desastre indicaba con harta claridad la falta de dirección y de jefes, intercedió enérgicamente por los dos individuos expresados, evitándoles un proceso que les hubiera costado la vida.

Los españoles por su parte atribuyeron el movimiento a designio premeditado por parte de Murat, creyéndole de antemano interesado en promover un tumulto para después, domarle, dando así una lección de escarmiento a la soberbia española, y confiando el buen éxito de su trama a la superioridad que sus tropas debían tener sobre una multitud inexperta y destituida de caudillos.

Ésta segunda opinión, aun cuando carezca de pruebas terminantes y positivas, es sin embargo más probable que la otra. La progresiva insolencia del generalísimo francés y el decidido empeño puesto por él desde un principio en insultar la opinión pública, constituyen una persuasión fortísima que nos inclina a sospechar que los españoles no se engañaron en su juicio, y más si se atiende a los deseos tan vehementemente manifestados por algunos generales franceses, los cuales anhelaban desde algunos días atrás oportuna ocasión de medirse con el pueblo.

 Sea de esto lo que quiera, lo que no tiene duda es que si Murat no promovió el tumulto, se alegró por lo menos al verle estallar, siendo tal su presunción y su orgullo en la victoria, que en la mañana del 5 de mayo decía con presuntuosa confianza: “la jornada de ayer pone a España en las manos del emperador”. «Decid más bien que se la quita para siempre» respondióle Ofarril; y esta predicción fue cumplida. Lástima que el que así se expresaba después de las atrocidades que acababan de cometerse, no hubiera manifestado veinte y cuatro horas antes la misma confianza en el pueblo y en la causa de la justicia

Por lo que toca a las víctimas del Retiro y del Prado y de la montaña del Principe Pío, las opiniones no están acordes en cuanto a su número, ni es fácil tampoco calcular la pérdida que franceses y españoles teuvieron en el combate.

 El Consejo de Castilla en su manifiesto justificativo dado en Madrid tres meses después, cuando el ejército francés evacuó la capital, reduce la pérdida de los españoles durante la refriega a 104 muertos, 54 heridos y 55 extraviados, empleando la expresión “algunos pocos” para designar a los individuos que fueron arcabuceados.

Como el Consejo tenía interés en disminuir nuestra pérdida en ambos conceptos, su autoridad es harto recusable para que pueda ser creído su cálculo.

El gran duque de Berg redujo la suya a unos 80 entre muertos y heridos, según la relación del Moniteur francés, cálculo en el que tampoco se debe fiar atendido el interés que también tenía en limitar el número en sentido contrario.

El general Foy hace subir a 500 los franceses muertos o heridos durante el tumulto, asegurando haber sido menos considerable la pérdida de los españoles.

Según lo que vimos (dice el conde de Toreno), y atendiendo a lo que hemos consultado después y al número de heridos que entraron en los hospitales, creemos que aproximadamente puede computarse la pérdida de unos y otros en 1200 hombres.

El lector optará entre estos cálculos por el que le parezca más probable. Nosotros nos inclinamos a convenir con Toreno por lo que tocar al número total de una y otra parte, y con Foy en la circunstancia de haber sido mayor la pérdida de los franceses que la de los españoles. Esto en lo relativo al combate. Cuanto a las ejecuciones, el cálculo es todavía más difícil; pero desde luego se puede asegurar ser falso el “algunos pocos” del manifiesto del Consejo, no menos que la aserción de Foy que asegura no haber pasado de 50 personas las que cayeron víctimas de aquella sangrienta atrocidad.

Las sombras de la noche del 2 ocultaron su número lo mismo que su martirio; pero habiendo sido 23 los fusilados en la montaña del Príncipe Pío a  la clara luz del día siguiente, podrá calcularse por esto el número considerablemente mayor que perecería ignorado durante la noche.

La sangrienta jornada del 2 de mayo fue el grito de alarma definitivamente lanzado a la nación entera, la cual se alzó como un solo hombre contra las hasta entonces invencibles falanges del imperio, haciendo bambalear en su trono al coloso del mundo, y abriéndole para siempre la tumba de la que jamás volvería a levantarse.

¡Gloria y prez inmortal al 2 de mayo! Su memoria durará eternamente en los pechos españoles, incapaces de olvidar desde entonces los milagros de valor y energía que es dado realizar a un pueblo decidido a romper sus cadenas.

El recuerdo de tantas víctimas sacrificadas a la barbarie francesa, exige un tributo de lágrimas y otro tributo de gloria. El laurel y el ciprés se disputan el derecho de entretejer la corona que la historia coloca en la frente de una población tan heroica como desgraciada. ¿Quién no llora al recuerdo de su catástrofe? ¿Qué escritor será reprensible, si habiendo, nacido español, se agita a la memoria de aquel día, olvidando la fría impasibilidad de historiador para solo mostrarse patriota?

Si el presente capítulo se destaca del fondo general del cuadro, el autor merece disculpa. Demasiado reciente el 2 de mayo, no es posible narrarlo con calma; y ese defecto, si lo es, tiene que hacerse con frecuencia extensivo a la narración de sus consecuencias. Pero antes de ocuparnos en ellas, preciso será contristar al lector con las últimas escenas de tiranía , abyección y vilipendio que antes del alzamiento general de las provincias tenían lugar en Bayona.

 

 

CAPITULO IV.

Las renuncias de Bayona.

 

 

JOAQUÍN MURAT (1767-1815)

Gran duque de Berg, mariscal de Francia y rey de Nápoles entre 1808 y 1815. Ayudante de campo de Bonaparte en Italia (1796), miembro del Cuerpo Legislativo (1803), gobernador de París (1804), gran almirante y príncipe del Imperio (1805).

 

De origen modesto, Murat ascendió en las filas militares, hasta que se convirtió en general de división en 1799, durante la campaña napoleónica en Egipto y Siria. Defensor del ideal de la Ilustración, Murat se convirtió en un héroe del movimiento nacionalista en Italia.

En la campaña italiana de 1800, ayudó a ganar la batalla de Marengo, y en 1801 concluyó la campaña contra Nápoles e impuso el Tratado de Florencia (1801). En 1804 fue uno de los primeros generales promovidos al rango de mariscal tras la coronación de Napoleón como emperador de los franceses. También jugó un papel destacado en la batalla de Austerlitz de 1805 y en Jena el año siguiente.

Su nombre está inscrito junto al de todos los mariscales napoleónicos en el Arco del Triunfo de París.

Joaquín Murat nació el 25 de marzo de 1767 en La Bastide-Fortunière en una familia de posaderos. Fue el más joven de una familia de once hijos y estaba destinado a la carrera eclesiástica. Sin embargo se alistó en un regimiento de cazadores montados, entonces estacionado en su ciudad.

Murat abandonó sus estudios de teología para alistarse en el ejército. Formó parte de la guardia constitucional de Luis XVI, pero al comienzo de la Revolución francesa en 1789, un motín lo obligó a dejar el ejército y regresar con su familia. Tras volver al ejército, Napoleón Bonaparte, responsable de sofocar la insurrección realista del 13 de vendimiario del año IV, le pidió que recuperara cuarenta cañones. Esta contribución de Murat le valió un lugar como ayudante de campo de Bonaparte para la campaña italiana de 1796-1797.

En 1798, Bonaparte solicitó sus servicios para la Campaña de Egipto, logrando en ella el ascenso a general. Jugó un papel crucial en la segunda batalla de Aboukir donde, pese a haber sido herido, consiguió capturar al jeque mameluco Mustafá Pachá.

Por su valor y grandes servicios Napoleón le informó de sus planes para volver a Francia. Junto a otros generales, abandonó Egipto y retornó al continente a bordo de la fragata Muiron. Participó activamente en el Golpe de Estado del 18 de brumario del año VIII de la Revolución francesa (9 de noviembre de 1799), donde a una orden de Napoleón tomó con sus tropas el Palacio de Saint Cloud, sede de la Asamblea. Tras la proclamación del Consulado fue nombrado comandante de la Guardia Consular.

Murat se casó con Carolina, hermana de Napoleón, el 20 de enero de 1800. El 10 de noviembre fue elegido diputado por el departamento de Lot. Consiguió un nuevo ascenso cuando Napoleón le nombró comandante de la Primera División Militar y gobernador de París en sustitución de Jean-Andoche Junot, duque de Abrantes, cargo que le permitió tener  60 000 hombres bajo su mando directo

Responsable de la seguridad del gobierno, frustró varios complots contra el primer cónsul, pero no logró impedir un atentado contra Napoleón en 1800 del que tanto Bonaparte como Josefina salieron ilesos, aunque dejó decenas de muertos entre escoltas y transeúntes. Las investigaciones del ministro de Policía Fouché indicaron la culpabilidad de los realistas. Cuando meses después se desbarató otra conspiración para acabar con la vida de Napoleón, este encargó a Murat nombrar la comisión militar que juzgó a Luis Antonio Enrique de Borbón, duque de Enghien, principal sospechoso. Si bien el juicio revistió de todos los aspectos formales, Napoleón ya había decidido de antemano su condena a muerte.

Mariscal del Imperio

El 18 de mayo de 1804, tras la proclamación del Imperio, Murat fue nombrado mariscal y gran almirante del Imperio. Después de estallar la Guerra de la Tercera Coalición, en 1805 Murat luchó en la batalla de Ulm contra los austriacos y luego en Austerlitz contra los rusos. En la Campaña de Prusia tuvo un papel crucial en la batalla de Jena, donde lideró una espectacular persecución que destruyó por completo el ejército prusiano y, tras la cual, envió una nota a Napoleón donde decía: Sire, le combat cesse faute de combattants (Sire, el combate cesa por falta de combatientes). Su valor y su lealtad le hicieron merecedor del título de Gran Duque de Berg (Alemania) en 1806.

Mantuvo su puesto en el frente europeo siempre al mando de la caballería pesada de Napoleón. Así, en 1807 desató la mayor carga de la Historia durante la batalla de Eylau, dirigiendo entre 10 000 y 12 000 jinetes para evitar que los rusos dividieran en dos a las tropas francesas.

En 1808 entró en España con el rango de comandante del ejército y gobernador de Madrid. En este puesto, vivió como protagonista el Levantamiento del dos de mayo de 1808, una verdadera revuelta popular antifrancesa que Murat reprimió a sangre y fuego: Ordenó disparar a la multitud que se congregaba ante el Palacio Real y después envió a las tropas que se encontraban fuera de Madrid para que ocuparan la capital y sofocaran el levantamiento. Dio instrucciones para llevar a cabo un castigo ejemplar durante los días 2 y 3 de mayo, incluyendo numerosos fusilamientos sin ningún tipo de juicio. Finalmente, elaboró un detallado informe que sería enviado a Napoleón, que se encontraba en Bayona reunido con el rey Carlos IV y su hijo Fernando; dicho informe analizaba los hechos con tal crudeza que Napoleón les culpó del derramamiento de sangre y exigió la abdicación de ambos.

Murat aprovechó la oportunidad para postularse a sí mismo como rey de España, pero Napoleón prefirió entregar dicho puesto a su hermano José Bonaparte, nombrando a Murat rey de Nápoles con el nombre de Joaquín I Napoleón el 15 de julio de 1808.

Rey de Nápoles

Durante su reinado trató de introducir en la vida napolitana las costumbres francesas, fomentó las artes y financió numerosas obras públicas para tratar de ganarse el afecto de sus súbditos, que siempre mostraron añoranza por sus antiguos reyes de la casa de Borbón. Entre estos proyectos destacaron las excavaciones de Pompeya, Herculano y Estabia, que no habían tenido avances significativos desde el reinado de Carlos VII (a la postre Carlos III de España) y la publicación del texto Li Antichità di Ercolano Esposte en 1767 por parte de la Real Academia de Nápoles.

Las últimas luchas por Napoleón

En 1812 Napoleón le reclamó para la Campaña de Rusia, donde dirigió la vanguardia en la marcha hacia Moscú. Como siempre, actuó valientemente en pequeñas escaramuzas, y sobre todo en la sangrienta batalla de Borodino, donde lanzó una espectacular carga que logró destruir la artillería rusa. Sin embargo la campaña fue un desastre y tras la retirada de Moscú, Napoleón se vio obligado a regresar a París para controlar el Imperio. Antes de su marcha, estableció un cuartel de invierno en Vilna y nombró a Murat comandante en jefe de las tropas en su ausencia. Pero Murat se mostró enseguida incapaz de remediar el descontento de sus soldados, que saquearon Vilna y los cofres del ejército antes de desbandarse. Temiendo un motín incontrolable, Murat abandonó su puesto sin avisar a Napoleón y regresó a Nápoles.

Comenzó de inmediato a negociar con Lord William Bentinck, comandante de las tropas británicas en Sicilia, para mantener su Corona temiendo una inevitable derrota de Napoleón. Sin embargo, cuando le llegan noticias de la inesperada victoria del emperador en la batalla de Lützen, Murat, temiendo enfrentarse a él, dejó las negociaciones con los británicos en manos de su esposa Carolina y acudió al frente para reconciliarse con su cuñado. Las condiciones de Bonaparte son duras: le exigió reincorporarse a su puesto en el Ejército y apoyarle en la Campaña de Alemania, donde Murat acudió a regañadientes, y que se saldó con una nueva derrota francesa en la batalla de Leipzig.

Volvió a huir a Nápoles y comenzó a negociar con los austriacos, que le mantuvieron en el trono a cambio de declarar la guerra a Francia en enero de 1814. Continuó gobernando de forma segura hasta el retorno de Napoleón, que escapó de su exilio en Elba dando inicio a periodo de los “Cien Días”. Entonces Murat traicionó a los austriacos e intentó sublevar a los patriotas italianos.

Guerra austro-napolitana

Joaquín Murat declaró la guerra a Austria el 15 de marzo de 1815, cinco días antes del retorno de Napoleón a París y el comienzo de sus Cien Días. Los austriacos se encontraban preparados para la guerra, luego de que sus sospechas fueran comprobadas cuando Murat pidió permiso para avanzar con sus tropas a través de tierras austriacas con el supuesto objetivo de atacar el sur de Francia. Por consiguiente, Austria reforzó sus tropas en Lombardía bajo el mando del general Heinrich von Bellegarde antes de que la guerra fuese declarada.

Al inicio de la guerra, Murat declaró que tenía 82 000 hombres en sus filas, incluyendo 7000 jinetes y 90 cañones, aunque estas cifras fueron exageradas para avivar el ánimo de los italianos y unirlos a la causa. El número real rondaba los 50 000 hombres.

Dejando a su espalda un ejército provisional en caso de que se presentara una invasión desde Sicilia, Murat envió sus dos divisiones de élite a través de los Estados Papales, obligando al papa a huir a Génova. Con el resto de sus tropas, estableció sus cuarteles generales en Ancona y avanzó hacia Bolonia. El 30 de marzo, Murat arribó a Rímini, donde hizo un famoso discurso incitando al pueblo italiano a la guerra.

Los italianos, por ese entonces, se sentían temerosos de la Austria de los Habsburgo, debido a la creciente influencia austriaca en la región. Tal fue la razón por la que el Ducado de Milán, el cual había estado bajo control austriaco antes de la invasión de Napoleón, se alió de nuevo con los austriacos luego de 19 años. Otros príncipes pro-Habsburgo se incorporaron al Gran Ducado de Toscana, al Ducado de Módena y al Ducado de Massa y Carrara.

Murat esperaba que un ejército austriaco en Nápoles sería demasiado y que, por tanto, los italianos se animarían a unirse a su causa. No obstante, tal insurrección general no se llevó a cabo ya que las autoridades austriacas se encargaron de aplastar cualquier posible revuelta; así, Murat encontró muy pocos italianos fuera de Nápoles que quisieran tomar las armas y unirse a su causa. Muchos vieron en Murat a un hombre intentando recuperar y salvaguardar su corona más que a un hombre que luchaba por la unificación italiana.

Por el momento, el número de tropas austriacas en Lombardía había aumentado a 120000 y el general Frimont había sido escogido como el comandante de tal fuerza. El ejército había sido destinado a invadir el sur de Francia luego del regreso de Napoleón, pero ahora debía enfrentar al ejército napolitano que se aproximaba. Frimont movió sus cuarteles generales a Piacenza con el objetivo de bloquear cualquier intento napolitano de avance hacia Milán. Mientras tanto, el mismo día que Murat dio su discurso de Rímini, la avanzada austriaca bajo el mando del general Bianchi fue obligada a retroceder luego de una escaramuza cerca de Cesena. Bianchi regresó a Módena y formó una línea defensiva detrás del río Panaro, permitiendo que Murat tomara Boloña el 3 de abril.

Murat y Bianchi se enfrentaron en la batalla del Panaro en Castelfranco Emilia: los austriacos fueron derrotados y dispersados. La vanguardia austriaca fue obligada a retroceder a Borgoforte, dejando a los napolitanos el camino libre hacia Módena.

Luego de la batalla, la división al mando del general Michele Carrascosa ocupó inmediatamente Módena, Carpi y Reggio Emilia, mientras que Murat marchó contra Ferrara entrando en la ciudad el 6 de abril. Sin embargo, la guarnición de Ferrara opuso una formidable resistencia para defender la ciudadela, costándole a los napolitanos un gran número de tropas en un infructuoso asedio.

El 8 de abril, Murat vadeó el río Po y finalmente puso pie en las tierras italianas controladas por Austria. Había recibido pequeños refuerzos de las poblaciones italianas hasta ese punto, aunque estaba esperando encontrar más apoyo al norte del Po.

La región en cuestión había sido parte del Reino napoleónico de Italia, una república vasalla de Francia, por lo que se había informado que cerca de 40.000 hombres, muchos de ellos veteranos de las campañas de Napoleón, estaban preparados para unirse a Murat una vez que éste arribara a Milán. Murat pasó a través del pueblo de Occhiobello; fue allí donde se enfrentó finalmente con la mayor fuerza austriaca, bajo el comando de Frimont siendo derrotado el 9 de abril y tres días después en Casaglia, lo que obligó a Murat a dejar Ferrara el 13 de abril y retirarse hacia el sur siendo finalmente derrotado en la Batalla de Tolentino.

Mientras tanto, las dos divisiones que Murat había enviado a los Estados Papales atravesaron sin inconvenientes la Toscana y el 8 de abril ocuparon Florencia, la capital del Gran Ducado de Toscana. El Gran Duque huyó a Pisa, mientras que la guarnición austriaca en Florencia bajo el comando del general Nugent fue forzada a retroceder a Pistoia, con los napolitanos en su persecución.

Sin embargo, con nuevos refuerzos llegados del norte y su ejército en una poderosa posición defensiva, Nugent pudo dar la vuelta y enfrentar la persecución. Murat y los napolitanos habían llegado al cenit de su campaña. Los austriacos recuperaban el territorio perdido y ocupaban Florencia el 15 de abril y Roma el 30 de abril. Las últimas ciudades en rendirse a los austríacos serían Ancona, el 30 de mayo, Pescara al día siguiente y Gaeta, el 8 de agosto.

Abdicación e intento de recuperar el poder

Murat huye a Nápoles, pero inmediatamente abdica y consigue escapar a Francia junto a su esposa. Solicita una audiencia especial y es recibido por Napoleón en Las Tullerías. Arrepentido, pide perdón al Emperador y solicita su viejo puesto al frente de la caballería. Sin embargo, un hastiado Napoleón le reprocha sus traiciones y su absurdo ataque a los austriacos, que le había privado de un aliado en el sur. Enfurecido al ver que Napoleón no cede a sus ruegos, toma una pose más orgullosa y advierte: "Sire, no puede permitirse el lujo de despedirme. Me necesita." Este comentario irrita sobremanera a Napoleón, que da por finalizada la entrevista y borra el nombre de Murat de la lista de mariscales, aunque le garantiza el respeto a sus bienes y a su vida como consideración hacia su hermana y sobrinos. Jamás volverían a verse.

Después de la batalla de Waterloo y ulterior caída de Napoleón, Murat y Carolina entienden que no cabe ya esperar clemencia por parte de Luis XVIII o los austriacos. Huye a Córcega, desde donde intenta organizar la reconquista de Nápoles con un plan que imitaba al que utilizó Napoleón tras su fuga de Elba. Desembarcó en Calabria acompañado por treinta fieles, pero la población no solo no le recibió como un liberador, sino que no hizo nada para evitar su posterior arresto.

Condena y ejecución

Murat se enfrenta a la muerte sin miedo, de pie y sin los ojos vendados. Murat fue encerrado en el castillo de Pizzo, donde una comisión sumaria le juzgó, condenó a muerte y ejecutó en una de las salas de la fortaleza, concediéndole como única gracia escribir a su esposa.

Durante el proceso, Murat pidió clemencia y suplicó por su vida, pero una vez tomó consciencia de que nada de lo que dijese podría salvarle, recuperó la compostura. El día de su fusilamiento marchó hacia el lugar de la ejecución vistiendo su uniforme de Mariscal de Francia. No aceptó la silla que le ofrecieron y tampoco consintió que le vendaran los ojos, diciendo: J'ai bravé la mort trop souvent pour la craindre. (He desafiado a la muerte en demasiadas ocasiones como para tenerle miedo). Se mantuvo firme, orgulloso y arrogante, aunque cortés incluso con los soldados del pelotón. Cuando estuvo preparado, besó un cristal de cuarzo anaranjado, que tenía el rostro de su esposa grabado, y exclamó: Sauvez ma face, visez à mon cœur... Feu! (Respetad mi rostro, apuntad al corazón... ¡Fuego!). Su cuerpo nunca ha sido encontrado.

 

 

La carga de los Moros ( GOYA)

Representación de la muerte de Velarde frente al arco del parque de artillería de Monteleón

Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses (Eugenio Álvarez Dumont) 

El 3 de mayo en Madrid.  Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío, (Goya)

Monumento a Daoíz y Velarde en la plaza de la Reina Victoria Eugenia, ciudad de Segovia. (Aniceto Marinas).