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HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO XVI. DEFENSA DE GERONA. BATALLA POR PORTUGAL

Sucesos de la guerra en Cataluña.—Bloqueo del castillo de Figueras por el paisanaje.—Entra Reille en Cataluña y socorre a los bloqueados.—Defensa de Rosas.—Preparativos de Duhesme y Reille para sitiar a Gerona.—Marcha de los franceses sobre esta plaza e inútil tentativa de Goulas para apoderarse de Hostalrich.—Digresión sobre los somatenes, migueletes y partidas de guerrilleros.— Pone Duhesme sitio a Gerona.—Desembarco de las tropas de Menorca al mando del marqués del Palacio en el puerto de Tarragona.—Refuerzo del cordón del Llobregat.—Crítica situación de Lecchi en Barcelona.—Toma de Mongat por los somatenes.—Heroica defensa de Gerona.—Llegada de los migueletes y somatenes delante de la plaza y levantamiento del sitio.—Sucesos de la guerra en Portugal hasta su total evacuación por las tropas francesas.—Fin de la primera campaña de la Península.

 

La insurrección de Cataluña, alentada por la derrota de los franceses delante de los muros de Gerona, tenía apurado a Duhesme , falto de fuerzas para medirse con sus enemigos de un modo capaz de imponerlos, ahogando en ellos definitivamente el germen de la revolución. Las victorias parciales que él y sus jefes subalternos habían obtenido el mes de junio, no habían bastado a darles un solo triunfo que mereciese el nombre de tal; ni los saqueos, incendios y atrocidades cometidas en tantas poblaciones habían producido otro fruto que el de exasperar más y más la requemada furia catalana. El movimiento insurreccional tenía en convulsión al Principado en toda la extensión del territorio, siendo todo él un hervidero de insurgentes desde Tarragona hasta Lérida, y desde la frontera de Valencia hasta las mismas puertas de Francia. El castillo de San Fernando de Figueras, ocupado por 400 franceses y escaso de víveres, estaba cercado por el paisanaje y por algunos soldados de la guarnición de Rosas desde mediados de junio, siendo tal el apuro de los enemigos a principios del mes siguiente, que se hallaban ya a punto de rendirse, cuando inesperadamente les vino un socorro que les evitó ser vencidos.

El general de brigada Ritay, comandante del departamento de los Pirineos orientales, presumiendo el estado apurado en que podría hallarse Duhesme, salió de Perpiñán con una columna de 700 hombres, compuesta de compañías de reserva y de destacamentos portugueses, recorriendo durante el mes de junio los valles de Gabarnie y Arrajonet, y llegando hasta la Junquera, donde supo el bloqueo de Figueras y la abortada tentativa de los suyos sobre Gerona. Tan desagradables nuevas le fueron confirmadas en Bayona por el mismo Duhesme, quien le encargó con instancia socorriese al momento a Figueras. Ritay se disponía a partir, cuando apareció por las cercanías del castillo bloqueado una columna de tropas de refresco enviada por el emperador. Esta columna era la del general de división Reille, ayudante de campo de Napoleón, el cual tenía orden de aumentarla con una parte de la de Ritay, debiendo en breve añadírsele otras fuerzas de los departamentos y aun de los Alpes y del Piamonte, en términos de proporcionarle 8000 combatientes para antes de mediados de julio. Reunida esta fuerza, debía Reille unirse a Duhesme y probar otra tentativa sobre Gerona; y así fue que desde últimos de junio hubo gran movimiento y animación en los departamentos franceses limítrofes a Cataluña, para apresurar los medios conducentes al mejor logro de los nuevos planes. Todos los fuertes franceses de aquella frontera, tales como Mont-Luis, Los Baños, La Guardia, Bellegarde y Villafranca, fueron abastecidos y puestos en estado de defensa, destinándose igualmente una gran cantidad de galleta para las tropas francesas que operaban en Cataluña, y un convoy de abundantes provisiones para los bloqueados en Figueras.

Dispuestos estos preparativos , llegó Reille el 3 de julio a Perpiñán, fijando el 4 su cuartel general en Bellegarde, y dirigiéndose el 5 al socorro del cercado castillo. Los somatenes que formaban el bloqueo resistieron al principio a sus contrarios con alguna firmeza; pero esta duró poco y se desbandaron, quedando en libertad aquel punto, que fue reforzado al momento y convenientemente abastecido. La villa de Figueras sufrió mucho durante el cerco de la fortaleza, porque no teniendo los que se hallaban encerrados en esta medio alguno de contrarrestar a sus bloqueadores, se vengaban bombardeando continuamente la población y dejándola medio arruinada.

Cumplido por Reille el primer objeto de su sumisión, y habiendo recibido refuerzos, salió el 11 de julio camino de Rosas, población situada a cuatro leguas de Figueras, cuya ciudadela y castillo se hallaban en el estado más deplorable desde la guerra con la república. Era aquel un punto de los más interesantes para los franceses, y Reille se propuso sorprenderlo; pero quedó desvanecida su esperanza, porque el paisanaje y la corta guarnición que allí existía se habían propuesto evitar todo descuido y sostener la plaza hasta el último trance, a pesar de no tener sino seis cañones en batería por el frente de tierra. El enemigo envió un parlamentario a aquellos valientes con proposiciones de paz, y ellos le detuvieron, respondiendo al ataque con un fuego vivísimo, y rechazando con bizarría las tropas que tenían delante. Irritado el general francés, se disponía a tomar posición y a llevar adelante su empresa, cuando noticioso de que D. Juan Clarós había levantado a su espalda más de 4000 somatenes, temió verse cortado por ellos, y abandonó precipitadamente la plaza, costándole no poco trabajo llegar el 12 a Figueras , abriéndose paso con pérdida por en medio de aquellos patriotas. Libre así la plaza de Rosas, gracias a su propio denuedo y a la alarma excitada por Clarós, dedicáronse sus vecinos a mejorar su estado de defensa, abasteciéndola de víveres y municiones, y preparándose a ceñir sus frentes en lo sucesivo con los laureles de Zaragoza y de Gerona.  

Esta última heroica ciudad iba a dar nuevamente al enemigo otro desengaño más crudo, más desconsolador que el primero. Duhesme bramando de furia y avergonzado de su humillación, se preparó a embestir aquel pueblo, no bien supo que Reille había libertado a Figueras. Dió, pues, aviso a este para que se le reuniese delante de Gerona con todos sus soldados disponibles, y con un tren de piezas de sitio, gran provisión de bombas y abundante cantidad de galleta. Tomadas estas prevenciones, salió de Barcelona el 10 de julio con nueve batallones de infantería y tres escuadrones de caballería, los cuales formaban un cuerpo de 6000 hombres, llevando consigo un tren de 22 cañones morteros y obuses, treinta escalas de asalto y los demás pertrechos necesarios para poner un sitio en regla. Su confianza en apoderarse de Gerona era tal, que contaba como cosa indudable llegar el 24 /atacarla el 25 , tomarla el 26 y arrasarla el 27. Quedó, sin embargo, fallida su arrogante y altiva confianza. Todos aquellos cálculos tan matemáticos y seguros al parecer, comenzaron a salirle ya mal desde el momento que se puso en marcha. Los catalanes habían sembrado el terreno de infinidad de troncos de árboles, de peñascos y otros obstáculos para embarazar el camino, no pudiendo avanzar el enemigo sino con mucha lentitud y cercado de grandes peligros. Los somatenes, dirigidos por Milans y por los hermanos Besós de Guisols, inquietáronle constantemente por el lado de la montaña, mientras por el del mar le saludaban a cañonazos una fragata inglesa y cuatro buques catalanes. Pasado Mataró dividióse el cuerpo enemigo en dos trozos, de los cuales el uno, compuesto de tres batallones, fue destacado con el general de brigada Goulas para cubrir el flanco izquierdo de la marcha, y para ver si le era posible apoderarse de Hostalrich. Este fuerte, cuya defensa estaba encomendada al gobernador D. Manuel 0‘Suliban, resistió por dos veces la embestida, viéndose precisado Goulas a desistir de su inútil deseo , añadiéndose a eso la derrota que a continuación sufrió en dos encuentros con Milans los dos días 19 y 20, perdiendo casi lodos los cañones; pero al fin pudo unirse a la columna principal, que por su parte no había sido más afortunada en materia de obstáculos y riesgos. Junto así todo el grueso de las fuerzas, avanzó Duhesme a Gerona, aproximándose a la ciudad cuanto pudo, y disparando algunos tiros de obús, a fin de avisar su llegada a las tropas que esperaba con Reille.

Este general no se descuidó por su parte en concurrir con toda diligencia a la combinación proyectada. Dejó, pues, en Figueras una guarnición respetable, y estableciendo convoyes de artillería, compuestos de cuanto le faltaba a Duhesme para completar el tren de sitio, tomó el 23 el camino de Gerona, reuniéndose con su compañero en Puentemayor el 24 por la mañana. Su fuerza consistía en 5,000 infantes y 400 caballos, a la cual debe añadirse la vanguardia mandada por el coronel Zenardi, compuesta de dos regimientos y dos batallones. El total de las tropas combinadas era, según eso, de 11 a 12,000 hombres. Reille no tenía orden explícita de someterse a Duhesme, habiéndosele mandado únicamente concurrir a las operaciones sobre la plaza; pero reconociendo lo indispensable que era para el buen éxito del plan la concentración del mando en un solo jefe, se sometió voluntariamente a las órdenes de su compañero. Como las tropas de este habían perdido durante su marcha bastante número de piezas, merced a los encuentros con Milans, los trabajos del sitio fueron lentos, siendo preciso al enemigo enviar a buscar a Figueras los elementos que le hacían falta. Los somatenes de D. Juan Clarós y los del referido Milans caían a cada paso sobre las escoltas que conducían los convoyes, siendo incalculable el servicio que nuestras partidas prestaban a la ciudad, cuya rendición se intentaba. No es, pues, cierto, cómo dicen algunos, que la organización de los migueletes fuese perjudicial en Cataluña por su falta de disciplina y subordinación, pues si bien resultaron inconvenientes más adelante en sentido social y político de la existencia de aquellas y demás guerrillas que sucesivamente se formaron en varias provincias de España, no fue así ciertamente bajo el punto de vista militar. Rotos nuestros ejércitos en una multitud de acciones campales, hubiérase tal vez decidido la lucha en algunas de ellas a favor del imperio, a no ser por los grandes servicios prestados en la guerra de montaña por los que con tanta habilidad y con tanto arrojo la hacían, mortificando al enemigo sin descanso ni tregua, fraccionando su atención en todos los puntos, asaltando sus convoyes, interceptando sus pliegos, interrumpiendo sus comunicaciones, y no permitiéndoles el más pequeño descuido o desprevención en sus combinaciones y marchas. A haberse realizado nuestra lucha solamente de ejército a ejército y de disciplina a disciplina, más de una batalla de las que perdimos hubiera sido para nosotros la segunda edición de la de Jenna. El desorden, fuerza es decirlo, salvó la independencia del país, tanto o más que el concierto y el plan: pero repetimos que hablamos en sentido puramente guerrero, porque si se entra en la cuestión política, no se puede dudar que el desorden produjo las facciones que en lo sucesivo devastaron el seno de la patria. Tal vez hable Toreno, entre otros, de una manera tan desfavorable a los insurgentes de Cataluña, fijando la vista ante todo en la última consideración, y en tal caso no se puede dudar que su observación es fundada; pero en 1808 y en los cinco años siguientes la primera cuestión para la patria era la de humillar a los invasores y sostener por todos los medios su existencia como nación. El bien, pues, fue inmediato, el mal remoto; y condenar a posteriori cosas que a priori se aprueban y no se pueden menos de aprobar, nos parece una lógica harto rara para la decisión de las cuestiones. Siguiendo esa manera de razonar, y recorriendo con tan falsa luz los grandes hechos de aquella época, vendríamos invenciblemente a parar en que la insurrección española debe ser condenada también, porque ¿cuántos males no datan desde aquel nacional sacudimiento? Sin embargo , mirando bien las cosas, nadie hará responsables a estas de lo que solo fue culpa del hombre ; y el despotismo de Fernando VII no será jamás erigido en válida protesta contra el hecho que llenó de asombro a la Europa, ni aun contra las mismas guerrillas que tan tristemente explotó aquel monarca para recobrar con su apoyo su monstruosa y horrible tiranía.

Apurados los franceses delante de Gerona con las partidas insurreccionales que sin cesar tenían encima, les fué preciso disponer destacamentos continuos que impidiesen un golpe de sorpresa sobre el grueso de sus tropas; y aun con eso no podían los soldados separarse del campo, sin caer con frecuencia en las manos del indisciplinado paisanaje. Los planes del ejército francés se estrellaban o quedaban desconcertados ante la tenaz insistencia de aquel terrible enjambre de enemigos decididos a darle que hacer; y a esta desgracia para Duhesme, añadióse en breve otra nueva, la de haberse dado a la vela para apoyar la lucha en el Principado la tropa de la isla de Menorca, al mando del marqués del Palacio, aunque corto socorro en verdad, como que no se componía sino de 4650 hombres. Su desembarco en Tarragona el día 25 de julio acabó de fijar en Cataluña lo que a los ojos de la timidez pudiera parecer todavía algo insubsistente o dudoso. Los destacamentos españoles de tropas de línea, y los militares aislados que ignorando lo que pasaba en el resto de España , habían temido tomar parte en la revolución de los paisanos, sospechándola de calaverada, no titubearon ya desde entonces en unirse al ejército nacional, dirigiéndose a sus banderas todo lo que quedaba de nuestros soldados y oficiales, entre ellos el cuerpo de artillería existente en Barcelona, que burlando la vigilancia de Lecchi, encargado del mando de la ciudad durante la ausencia de Duhesme, se le escurre de entre las manos para incorporarse a los suyos. Alentado con esto el valor en otras gentes hasta entonces tímidas, comunicóse el brío a los mismos magistrados existentes en la opresa capital, avergonzándose de ejercer sus funciones bajo el yugo militar extranjero, y sustrayéndose a su autoridad. El marqués del Palacio fue nombrado capitán general de Cataluña y presidente de la junta de Lérida, la cual se trasladó de este punto a Tarragona, completando su organización, y declarándose investida de la autoridad soberana el día 6 de agosto.

Pocos días después del desembarco, determinó Palacio tomar la ofensiva, enviando una vanguardia de 1,600 hombres con 4 piezas de artillería a reforzar el cordón de somatenes en la orilla del Llobregat. Esta tropa, confiada al mando del brigadier conde de Caldagués, que no obstante ser francés de nación defendía la causa española, marchó para su punto dividida en tres columnas, uniéndose el 30 a la de la izquierda en Martorell los somalenes del coronel Bajet, y tomando posición el mismo día la de la derecha en San Boy, donde apenas hubo llegado trabó escaramuza con alguna infantería y caballería salidas de Barcelona, haciéndolas volver precipitadas a abrigarse otra vez en su recinto.

Apurado se hallaba Leccbi con el enemigo a la vista, no pudiendo disponer en Barcelona sino de 4,000 combatientes, cuya deserción temía á cada instante por ser todos italianos y napolitanos. Para evitar su fuga o su connivencia con los nuestros, concentró la guarnición en Monjuich, en la Ciudadela y en Atarazanas, sacando de este último punto , por no parecerle bastante aislado o seguro, 40,000 fusiles que había en él, juntamente con la pólvora y gran cantidad de cañones, conduciéndolo todo al castillo y a la Ciudadela. Tanto miedo le infundía el aspecto de los 50,000 habitantes que tenía aquella ciudad, los cuales tascaban impacientes el freno a la vista de los somatenes. Y decimos a la vista, porque estos en sus correrías llegaban hasta las mismas crestas que dominan las calles de la ciudad, y la presencia de aquellos valientes paisanos podía de un instante a otro encender dentro del recinto la llama de la insurrección. Lecchi, pues, no estaba tranquilo en posición tan crítica, siéndole imposible salir de puertas afuera sin peligro de perder la ciudad, e imposible también reducirse a estar siempre encerrado, sin riesgo de trabar en las calles alguna acción de mal agüero para sus tropas con aquellos hombres terribles que amenazaban escalar la plaza. Cada día le era preciso rechazar a los somatenes que huían al trabarse la acción, para volver de nuevo a acercársele con más decisión y osadía. Cuando los italianos se alejaban por el camino del mar, ahuyentábanlos dos fragatas inglesas que bloqueaban la plaza. Circundado de este modo el enemigo en la capital del Principado, recibía, digámoslo así, las tornas del sitio que Duhesme ponía a Gerona. Lecchi no tenía noticia de lo que pasaba allá fuera desde que Duhesme había salido de Mataró. Entre Barcelona y Gerona no tenía la tropa francesa sino un solo punto ocupado, el cual era el castillo de Mongat, y este punto cayó el 31 en poder de los somatenes, mandados por el bravo Barceló, con la cooperación de Lord Cochrane, comandante de una de las dos fragatas inglesas, cubriéndose de lauros aquel día los valientes de Tiana, Alella, Taya, Masnou , Vilasar y Premió, y los migueletes de Solench, Belloch, Barber y Calderó.

Libre ya aquella parle de enemigos, podía el marqués del Palacio dirigirse desde el Llobregat a reconquistar la capital del Principado, o a levantar el sitio de Gerona. Lo primero era harto difícil, siendo preciso ocupar a Montjuich con la Ciudadela, y no hallándose su tropa en el caso de realizar un sitio formal. Lo segundo era expuesto también, porque aquella amalgama de tropas novicias con los soldados veteranos, podía ser batida en campo raso y comprometerse con esto el porvenir de toda la provincia. En esta alternativa contentóse el general español con molestar a los franceses que cercaban Gerona, embarazando sus operaciones, y esperando la ocasión oportuna de aprovechar alguna circunstancia que pudiera serles funesta. Dióse, pues, el encargo de hacerlo al destacamento del Llobregat, y mientras este lo verificaba, quedóse Palacio en Tarragona a fin de organizar su ejército, harto lejos seguramente del teatro de las operaciones para poder tomar parte en ellas de un modo inmediato.

Entretanto Gerona continuaba burlando el empeño que ponía Duhesme en someterla. Falto este general de bastantes recursos, merced a los quebrantos que migueletes y somatenes le habían hecho sufrir, se vejó en precisión, como se ha dicho, de recurrir a los que podía proporcionarle Figueras, siendo con este motivo extraordinariamente lentos sus trabajos para formalizar el sitio. La guarnición de la ciudad ascendía a 2,000 veteranos, y el paisanaje se hallaba tan decidido, que desde luego pudo augurar el general francés la inutilidad de su segunda tentativa. Este hizo construir en las torres de San Luis y de San Daniel, demolidas y abandonadas por los defensores, dos baterías, de las cuales la una, compuesta de dos piezas de a 16, debía batir en brecha el fuerte; mientras la otra, que constaba de dos piezas de a 12 y dos obuses, debía apagar los fuegos de los nuestros y hacer su posición insostenible. Estableció igualmente una obra y una batería con dos piezas de a 16 para combatir el frente del baluarte de San Pedro y echar por tierra el muro por la parte de la puerta de Francia. Para secundar este ataque principal, estableció otra batería de dos obuses y una pieza de a 46 a la parte de arriba del Oña contra el baluarte de Santa Clara, situando en la casa del Roca otra batería de obuses, y otra de morteros por último junto al pueblo de Santa Eugenia, con destino a incendiar la ciudad. Los habitantes por su parte aprovechaban el respiro que les daba la lentitud de las operaciones del enemigo, montando la artillería, aumentando y reparando las fortificaciones, introduciendo víveres en la plaza, y poniéndose en lo posible de acuerdo con los migueletes de afuera. Los dos ataques primeros que dirigió Duhesme contra el castillo de Montjuich y cuerpo de la plaza fueron rechazados por la guarnición y por los entusiasmados vecinos con admirable serenidad , dando con esto muestras de la que sabrían desplegar cuando el enemigo intentase otra acometida más brusca.

Esta tuvo lugar en la noche del 12 al 15, después de haber intimado Duhesme á la plaza su rendición y de ver desechadas sus proposiciones. El fuego comenzó por las baterías incendiarias, y por las que el enemigo dirigía contra los baluartes de Santa Clara y San Pedro, durando toda la noche y haciendo llover sobre la ciudad multitud de granadas y bombas. Gran número de casas ardieron con los estopines inflamados que acompañaban a los proyectiles; pero el vecindario consiguió extinguir el incendio, arrostrando los mayores peligros, dado que el enemigo para amedrentarle lanzaba con especialidad sus granadas y bombas sobre los puntos que se veían arder. El 15 por la mañana comenzaron los franceses a batir el castillo, consiguiendo al cabo de algunas horas de un fuego vivísimo desmontar en gran parte su artillería y hasta abrir un principio de brecha; pero la actividad de los oficiales y soldados del regimiento de Ultonia no consintió quedase practicable, dedicándose a repararla sin cesar con sacos de tierra. Fallo el enemigo de trinchera para llegar a esta brecha, no se atrevió a intentar el asalto, y viendo que las baterías incendiarias no producían el efecto moral que se había propuesto, preparóse tras nuevos desengaños sufridos el 14 y el 15 a levantar el sitio en la noche del 16. De haber Duhesme obedecido las órdenes superiores que se le comunicaron el 9 desde Bayona, noticiándole el desastre de Dupont, hubiera dejado libre a Gerona inmediatamente, retirándose a Barcelona como se le prescribía; pero el general francés no podía resignarse a verificarlo sin hacer primero un esfuerzo para apoderarse de la ciudad, y de aquí su estancia delante de sus muros en los cinco últimos días. Claro es, pues, que Duhesme abrigó constantemente la esperanza de hacerse dueño de tan interesante punto, debiendo serle tanto más sensible verse burlado, cuanto más voluntaria era en él la obstinación en que se aferraba. Desengañado al fin, envió para Francia sus heridos y enfermos, que eran muchos, y procuró por medio de destacamentos despejar el país que tenía a la espalda. No teniendo caballos para llevarse el tren de sitio, le fue preciso abandonar la artillería, es decir, los morteros y las piezas de grueso calibre.

Mientras él y Reille disponían su retirada, el primero con dirección a Barcelona y el segundo camino de Figueras, poníanse de acuerdo los jefes de la guarnición de Gerona con los somatenes de afuera, a fin de caer unos y otros sobre los franceses. Caldagués, con arreglo a las órdenes del marqués del Palacio, había salido de Martorell el 6 de agosto con tres compañías de Soria, una de Borbon y 2,000 migueletes a las órdenes de Bajet, llevando consigo tres piezas de cañón. Detenido en Hostalrich unos días, reunió en aquel punto un buen número de nuevos migueletes y somatenes, y habiendo aumentado su artillería con dos piezas más, llegó el 14 a Castellar de la Selva, a la vista de los campamentos enemigos, uniéndosele allí el cuerpo de Milans y de Clarós, con lo cual ascendió la totalidad de sus fuerzas a 8,000 hombres de tropas de toda especie. Puesto secretamente de acuerdo con los defensores de Gerona, señalaron unos y otros la mañana del 16 para atacar a los franceses, día que precisamente era el último que estos habían resuelto pasar delante de Gerona. Todas las tropas de Duhesme habían pasado a la sazón a la orilla izquierda del Oña, quedando entre este río y el Ter, dando frente a Montjuich, cuatro batallones escalonados en Campduras para cubrir la retaguardia del ataque.

La guarnición de la plaza no esperó la llegada de Caldagués para caer sobre el enemigo. Puestos a su frente el teniente coronel D. Narciso de la Valeta, del segundo de Barcelona, y D. Enrique O’Donell, del regimiento de Ultonia, y auxiliados por el destacamento de Montjuich, a las órdenes de D. Tadeo Aldea, salieron del recinto a las nueve de la mañana, y destrozando uno de los batallones franceses, pusieron fuego a las baterías de San Daniel y San Luis. Vista la derrota de los suyos, corrió desde Pontmayor a la cabeza de un batallón y tres compañías, y deteniendo a los fugitivos, recobró la batería de San Luis, en cuya torre no habían tenido tiempo los nuestros para hacerse fuertes. En aquellos mismos instantes apareció per el camino de los Angles el valiente Clarós , que después de haber rechazado el puesto avanzado del regimiento toscano en la ermita de San Miguel, atacaba el campamento de Campduras; mientras Milans, seguido por Caldagués, llegaba con su gente, dividida en varias columnas, por el camino de Castellar de la Selva. Temiendo entonces Reille ser envuelto, abandonó la montaña, y retirándose por el camino de Francia , reconcentró sus tropas en Pontmayor con pérdida de 500 hombres entre muertos y heridos, contándose entre los primeros el jefe de ingenieros Gardet. Nuestra pérdida ascendió a 150. Los españoles victoriosos no intentaron tomar Pontmayor en lo que restó de aquel día, ni aun pensaron en enviar partidas a la retaguardia de los franceses, habiendo tenido tiempo Reille para reparar a una legua detrás de sí un puente que los paisanos habían corlado por la mañana, sin tratar de ocuparlo después. Duhesme por su parle quedó con sus tropas en el llano de Santa Eugenia , evitando con todo cuidado empeñarse en una acción general que podía serle funesta.

Entretanto llegó la noche, y protegidos Reille y Duhesme por la oscuridad, retiráronse precipitadamente, quedando enteramente despejadas las cercanías de la ciudad al amanecer del 17. Los bravos de Clarós y de Bajel picaron la retaguardia del primero, siguiendo el activo Milans tras el segundo, a pesar de la orden de Caldagués, que careciendo de caballería se oponía a que se molestase al enemigo en su retirada. Duhesme se vio apuradísimo en los principios de esta, teniendo que transitar por un camino cortado y lleno de obstáculos, mientras las fragatas inglesas y los faluchos catalanes se aproximaban a la costa para acosarle a cañonazos. Previendo este y otros peligros si continuaba su ruta por aquel malhadado sendero, añadió al sacrificio que ya había hecho de la artillería de sitio, el de cuatro piezas de campaña y el de otros cañones que le quedaban aun, haciéndolos enterrar cerca de Calella, donde quemó los tiros. Hecho esto, tomó el camino de la montaña por lo más áspero y enriscado, a fin de evitar el fuego de la marina, consiguiendo al cabo de dos días de precipitada y angustiosa marcha restituirse a Barcelona. Tal fue el término desastrado de su segunda expedición contra los heroicos gerundenses, no quedándole a fin de agosto otros puntos en su poder que los que ocho meses antes había ocupado a traición : la capital y el castillo de Figueras.

El pueblo de Gerona entretanto atribula el verse libre a la protección especial de su patrono San Narciso, a quien en los últimos días del sitio había proclamado generalísimo de mar y tierra en todo el corregimiento, sancionando el nombramiento la junta de aquella ciudad por medio de un decreto, cuya lectura y la de la proclama hecha a nombre del santo excitó no poco la burla de los franceses, y más cuando supieron la pomposa ceremonia con que el día 15 de julio habían las autoridades y el pueblo adornado el cuerpo del nuevo general con su correspondiente banda y bastón, ciñéndole una espada de oro. Hijo aquel acto o no del fanatismo, el hecho fue que Duhesme no consiguió llevarse a Barcelona la cabeza del jefe que en sus zumbas llamaba fantástico y aéreo, y esto fue lo que entonces importaba. La junta suprema del Principado, residente a la sazón en Villafranca del Panadés, premió la bizarra defensa de Gerona con la concesión de un grado a todos los jefes y oficiales de su guarnición, otorgando otras gracias que fueron después confirmadas por la junta central en Sevilla. El conde de Caldagués, que tan oportuno socorro había llevado a la plaza, fue promovido áa mariscal de campo.

Mientras la suerte de las armas favorecía tan decididamente a los españoles en su primera campaña, realizábanse en Portugal acontecimientos tanto o más importantes, llenando de cuidado y zozobra al emperador, que por el sesgo que allí lomaban los negocios, conoció hasta qué punto podía ser funesto a su causa convertirse el territorio lusitano en principal teatro y punto de apoyo del poderío ingles declarado en su contra. Ya hemos visto en el capítulo VI los desaciertos con que Junot, representante en aquel punto de la política napoleónica, y general en jefe de sus armas, había hecho imposible, lo mismo que el emperador, toda avenencia con los habitantes. La deserción de las tropas españolas y el arresto de Quesnel en Oporto, facilitando el levantamiento de esta ciudad y la constitución de su junta, habían hecho harto crítica la posición del general francés, privado repentinamente de un número considerable de fuerzas, y no siéndole posible con las que le quedaban apagar definitivamente en parte alguna el incendio de la insurrección. Saqueado Beja, ocupado Leiria por Margaron, caído Nazaret en poder de las tropas francesas, y habiendo sido estas igualmente felices en otros puntos aislados, procuró Junot contener los progresos de aquel levantamiento adoptando medidas severas; pero ni esto ni el haber recurrido a la persuasión enviando diputados a las provincias a fin de calmarlas, produjo en Portugal el efecto que el general francés se prometía. Lisboa, asiento principal de las falanges imperiales, hallábase también en fermentación, habiendo tenido lugar en ella un tumulto el día del Corpus en los momentos mismos en que se celebraba la procesión, pudiendo Junot conocer con esto lo inútil que le había sido igualmente aliarse con algunos eclesiásticos del capítulo patriarcal para anatematizar el desorden, declarando crimen de excomunión mayor el hecho de insubordinarse contra los franceses. No es de nuestro objeto ocuparnos detalladamente en todos y cada uno de los sucesos que acompañaron al primer arranque del levantamiento portugués, bastándonos manifestar que el jefe de las armas imperiales en aquel territorio se vio precisado a concentrar sus tropas en Lisboa, no habiendo sido venturoso por la parte del norte en sus tentativas contra la junta de Oporto, y habiéndose dejado seducir por las apariencias de sumisión que creyó notar en el Alentejo. Sabiendo, empero, que esta última provincia había vuelto a rebelarse no bien salió de ella el general Kellermann, determinó volver a someterla, olvidando toda clase de consideraciones, y obrando con tanta más energía, cuanto la circunstancia de estar apoyada la rebelión por los españoles, hacíale temer un conflicto si estos vencían, teniendo probablemente que luchar Junot muy en breve con los ingleses que amenazaban desembarcar de un momento a otro.

La junta del Alentejo había fijado su asiento en Evora, la primera ciudad de Portugal después de Lisboa y Oporto. Nuestra junta de Extremadura le había enviado un pequeño cuerpo al mando de D. Federico Moretti, quien contribuyó al alzamiento de toda la provincia con extraordinaria actividad. Junot hizo pasar el Tajo el día 25 de julio al general Loison, haciéndole desamparar la Beira y llevar consigo 8,000 hombres , los cuales caminaron con alguna lentitud, llegando el 29 a la vista de Évora. Mandados los portugueses por su general Leile, y los españoles por el referido Moretti, componían un cuerpo de 4 a 5,000 hombres, de nueva formación casi todos y malísimamente armados, y esperaron al enemigo formados en batalla en las alturas a 16 kms delante de la ciudad. Loison tuvo muy poco que hacer para dispersar completamente aquella aglomeración de reclutas, los cuales fueron rechazados con pérdida de siete cañones de los doce que consigo tenían. Los fugitivos tomaron en su mayor parte el camino de España con Leite a su cabeza , dirigiéndose el resto a la ciudad con Moretti y el sargento mayor D. Antonio María Gallego. Uno y otro disputaron al enemigo con furibundo arrojo las calles de la población. La resistencia de esta fue grande; pero tuvo al fin que ceder después de haber perdido más de 2,000 hombres en una y en otra jornada. Gallego quedó prisionero, pero Moretti pudo libertarse de igual suerte , dirigiéndose a Extremadura con el resto de su tropa. Los franceses no perdieron sino 500 hombres entre muertos y heridos, y sin embargo entregaron la ciudad al más horroroso saqueo, durando muchísimas horas el pillaje y la carnicería. El arzobispo Frere Manuel Do Genanos, que había autorizado y sancionado el levantamiento, pidió merced y gracia al vencedor, cuya cólera consiguió apaciguar, tanto por lo que decía relación al pueblo como respectivamente a sí mismo. Loison, después de echarle en cara su porte, le perdonó la parte que en la insurrección había tenido, y poniendo fin al estrago, confióle la administración de la ciudad.

La noticia del saco de Evora llenó de terror a Lisboa, cuyos habitantes, sin distinción de clases, se apresuraron a abandonar la capital. Asustado el duque de Abrantes con aquella emigración contagiosa, procuró atajarla prohibiendo a los moradores salir de la ciudad sin su autorización. No consiguiendo con esto el fruto que se prometía, decretó contra los fugitivos la confiscación de bienes y el arresto de sus deudos, sino se restituían a la capital en el término que les prefijaba. Demas de eso ordenó a los habitantes de los pueblos y del campo entregar cuantas armas tuviesen; y cual si los fuegos artificiales usados con motivo de las fiestas fuesen igualmente temibles que los de cañón o fusil, prohibió los cohetes, petardos y demás diversiones por el estilo. Mientras tanto se fortificaba en Lisboa y la abastecía de víveres, partiendo de la creencia que las demás campañas de los franceses en otros países de Europa les habían hecho abrazar, esto es, que asegurada la posesión de las capitales, era consecuencia precisa la sumisión completa de los reinos.

Tantas precauciones probaban evidentemente el recelo con que miraba Junot la insurrección de las provincias lusitanas, no teniendo sino 20,000 combatientes para someterlas. Después de la infructuosa tentativa con que los moradores de la capital se habían propuesto el día del Corpus poner en conflicto al enemigo, hubo todavía más de un esfuerzo para sublevar contra él aquella numerosa población. El Domingo 24 de julio al salir los fieles de misa, presentóse en la puerta de una de las principales iglesias un patriota armado de pica y adornado de listas azules y rojas, con una cinta en el sombrero en la cual se leía: viva Portugal, viva el Príncipe regente nuestro señor. La gente empezó a tumultuarse; pero disipados los grupos por una patrulla, fue cogido el autor del desorden, y entregado a una comisión militar, le hizo esta pasar por las armas. El mismo día apareció en el altar mayor de la patriarcal un huevo, en cuya cáscara estaban escritas con vivos colores las palabras mueran los franceses. Llevado el huevo al cuartel general, hizo el duque de Abrantes reunir una gran multitud de otros, en los cuales mandó escribir con materia grasa estas otras palabras: viva el emperador, y los hizo meter en un ácido en presencia de varios portugueses. Al cabo de algunos minutos apareció en todos ellos la inscripción favorable a Francia , y como el huevo de la patriarcal se había atribuido a milagro, le opuso Junot esos otros como un contra-milagro patente, dando al hecho la mayor publicidad y haciendo colocar los tales huevos en el altar mayor de todas las iglesias de Lisboa. Se ve, pues, que el jefe enemigo, viendo combatida su causa por toda clase de medios, no desdeñaba ni aun los supersticiosos para darle importancia y valor. El pueblo portugués entretanto podía atribuir a arte diabólica los milagros que no eran de su gusto, y así fue juzgado en efecto ese juego de manos de Junot. Siéndole tan fácil a este lucirse refutando prodigios con nuevos portentos en contra, no alcanzó con su mucha habilidad a desmentir otras realidades, como eran las pésimas nuevas que respecto al ejército francés existente en España iban cundiendo por todo Portugal. La gaceta oficial de Lisboa publicaba las victorias sin cuento que los imperiales obtenían en Zaragoza , en Valencia y en Córdoba ; pero los portugueses se atenían a los papeles españoles, y contestaban con ellos a Junot que Zaragoza estaba en pie, que Moncey se había estrellado en los muros de la capital edetana, y que Dupont, en fin , y todo su ejército habían sido hechos prisioneros de guerra por los bravos de Reding y Castaños. Por la noche se clavaban en las esquinas de la capital multitud de pasquines de mal agüero, los cuales desmentían las patrañas que inventaba el duque de Abrantes, y acababan según costumbre por excitar al pueblo a la rebelión. Una junta de hidalgos, de militares de graduación superior, de miembros distinguidos de ambos cleros, de comerciantes y otras varias clases, dirigía en secreto los trabajos para hacer estallar el grito de insurrección en las calles de la capital, cuando hubiera más probabilidades de éxito que en las tentativas anteriores, y esa junta, con el título de Consejo conservador de Lisboa, era generalmente la autora de tales pasquines. Tal era la disposición de los ánimos y tal el semblante que presentaban las cosas en Portugal, cuando el 29 de julio llegó a la bahía de Mondego una flota numerosa de barcos de transporte, que, según sus maniobras y señales, parecía prepararse a echar en tierra la gente que consigo traía. Esa gente era un ejército inglés.

En efecto, Gran Bretaña, que con tan delirante júbilo había recibido las noticias de la insurrección española, no se descuidó en explotar aquel felicísimo accidente. Los diputados de nuestras juntas populares habían, como tenemos dicho, impetrado los auxilios de aquella poderosa nación; pero limitándose en un principio a los de armas, vestuario y metálico, esquivaron con tanta previsión como bien entendido patriotismo admitir envíos de tropas. A nuestro modo de ver, ni aun los otros eran imprescindiblemente necesarios. El gobierno inglés, a pesar de la primera repulsa, empeñóse en darnos soldados; pero los diputados de Galicia y Asturias, sin rechazar abiertamente la oferta, contestaron a aquel que si juzgaba conveniente insistir, podía dirigir sus ejércitos a las costas de Portugal mejor que no a las de España, dado que esta reportaría siempre el beneficio de impedir a Junot que prevaleciendo en aquella parte de la Península cayese de rechazo sobre nosotros. Conforme el ministerio inglés con este pensamiento, dio una de sus escuadras, preparada con anterioridad a darse a la vela para América, orden de tomar otro rumbo, dirigiéndose inmediatamente a las costas de Portugal bajo el mando de sir Arturo Wellesley, tan célebre después con el nombre de duque de Wellington. En aquella fecha tenía sir Arturo 40 años de edad, y era tenido entre sus compatriotas por hombre activo, resuelto y prudente, siendo igualmente favorable el concepto que gozaba como militar. Los principios de su carrera tuvieron lugar en Holanda, y a continuación en la India bajo el mando de su hermano el marqués de Wellesley, gobernador de aquellas regiones. Distinguióse allí por su valor y pericia, y habiéndose restituido a Inglaterra en 1805, hizo parte del ministerio en cualidad de secretario de Estado de Irlanda, perteneciendo al sistema de gobierno de Pitt en toda su exageración e inflexibilidad. Encargado más adelante de la expedición mandada por el gobierno inglés contra Copenhague, hízose notable al frente de una brigada, siendo promovido después de aquella corta campaña al grado de teniente general.

Al confiarle ahora el gobierno inglés la expedición contra Junot, puso a sus órdenes 9,000 hombres, los cuales se dieron a la vela en Cork el 12 de julio, llegando a la Coruña el día 20, en los momentos en que Cuesta y Blake acababan de ser batidos en la desastrosa jornada de Rioseco. Wellesley reiteró a la junta de Galicia la oferta hecha anteriormente por el gobierno británico de asistir con sus tropas a los españoles; pero habiéndole aquella corporación contestado en los mismos términos que antes, aconsejándole el desembarco en Portugal, continuó sir Arturo su ruta, deteniéndose delante de Oporto, donde conferenció con el obispo y con la gente principal de aquella ciudad. Prometiéronle los de Oporto secundar los esfuerzos de las tropas británicas con la cooperación de un ejército portugués, y suministrarle además de eso abundante provisión de víveres con los correspondientes medios de transporte. Wellesley, convenido en esto, determinó desembarcar en la bahía de Mondego, punto el más acomodado, tanto por la buena cualidad del fondeadero, como por la índole de las operaciones militares que debían seguirse. El desembarco no ofreció dificultad por parte de los franceses, puesto que el almirante sir Carlos Cotton había muy previsoramente hecho anteriormente ocupar el fuerte Figueira por una guarnición de tropas de marina. Hallándose este jefe a la sazón delante de la barra de Lisboa, mandando el crucero inglés que se hallaba de observación en aquellas aguas, marchó allá Wellesley a ponerse de acuerdo con él para las operaciones de la guerra. El general Spencer, a quien hemos visto desembarcar en el puerto de Santa María, recibió orden de darse a la vela para Figueira, mientras ocho batallones reunidos en Ramsgale, bajo las órdenes del brigadier general Anstruther, cinco que el general Acland mandaba en Harwick, y 11,000 hombres que acababan de llegar del Báltico a las órdenes de sir John Moore, debían reunirse también a las expediciones anteriores. Con estas fuerzas y algunos batallones de refuerzo que se esperaban de Gibraltar y de las islas de la Madera, debía el ejército inglés de Portugal componer un total de 55,000 hombres, comprendiendo en ellos la artillería y 1800 caballos. Como Wellesley era el último teniente general del ejército inglés en la lista de aquella nación, no podía conservar el mando en jefe de tantos cuerpos reunidos, el cual fue conferido al gobernador de Gibraltar, Sir Hew Dalrymple, a quien se consideró como el más a propósito para ejercerlo, en consideración a las buenas relaciones que le unían a las autoridades españolas. El teniente general sir Harri Burrard, uno de los jefes de la desgraciada expedición de Ostende en 1798, fue nombrado segundo del ejército. Quedó, pues, Wellesley en un rango harto inferior al que acababa de traer embarcándose en Cork en cualidad de general en jefe, y esa mudanza le fue tanto más sensible cuanto sus ilusiones todas se cifraban entonces en acreditar su mando y sus disposiciones militares combatiendo al coloso de Europa.

Sir Arturo, en medio de todo eso, tenía orden de continuar sus disposiciones mientras venia el general Dalrymple. Apresuróse, pues, a poner su gente en tierra a fin de aprovechar, si le era posible, la ocasión de brillar en primer término antes que el gobernador de Gibraltar se encargase del mando. El desembarco ofreció alguna dificultad por razón del viento y del oleaje; pero vencido totalmente con alguna pérdida el día 5 de agosto, y habiendo Spencer desembarcado también por su parte en Lavoos, pusiéronse ambos generales de acuerdo y emprendieron el 9 la marcha con dirección a Lisboa. Las fuerzas británicas reunidas ascendían á 15,500 infantes, 200 caballos y 18 piezas de artillería. El 10 y el 11 llegaron sucesivamente a Leiria, a cuyo punto arribó también el día siguiente, viniendo de Coímbra por Pombal, el ejército portugués compuesto de 6 a 7000 infantes y 600 caballos, al mando del general de la misma nación Bernardino Freire. Estas últimas tropas carecían en su mayor parte de fusiles, y Wellesley se los proporcionó. Habíase el 7 decidido entre los jefes ingleses y portugueses que los ejércitos de ambas naciones marcharían directamente sobre la capital; pero habiéndose tenido noticia de que Loison había dejado el Alentejo y entrado en Tomar, temió Freire dejar en descubierto a Coímbra, y se resolvió no alejarse de Leiria mientras los franceses no tomaran otro rumbo. Wellesley recibió de su aliado 1400 infantes y 260 caballos que incorporó a su ejército, y continuó su camino por la parte más próxima al mar, a fin de recibir en tiempo oportuno los víveres de su Ilota, llegando el 15 a Calvaría, el 14 a Alcobaza, y a Caldas el 15.

La posición de Junot era critica. Al desembarcarlos ingleses, tenía diseminadas sus tropas ; y siéndole preciso reunirlas , mandó a Loison, que recorría el Alentejo, dirigirse a la Beira, flanqueando la izquierda del enemigo, y ordenó a Kellermann saliese de Lisboa el 11 a dispersar las partidas de paisanos que con el título de ordenanzas estaban reunidas en Alcázar de Sal, formando una masa numerosa, alentada por la presencia del crucero inglés estacionado delante de Setúbal. Kellermann dispersó a los patriotas, y entrando en Setúbal a continuación, arruinó su fuerte, baterías y almacenes, estableciéndose en seguida con sus tropas en las alturas de Almada. En la embocadura del Tajo existía una escuadra rusa, comandada por el almirante Siniavin. Junot se había anteriormente empeñado sin fruto en conquistar el apoyo de este jefe a favor de la causa francesa. Amenazado ahora por los ingleses, reiteró sus peticiones, manifestando al almirante que era en él un deber combatir a los soldados británicos con quien la Rusia estaba en guerra. Siniavin persistió en su negativa, y rechazando cuantas proposiciones le fueron hechas, declaró que mientras los ingleses no acometiesen el puerto, estaba decidido a no tomar parte en la lucha. Quedó, pues, Junot abandonado a sí mismo, no pudiendo contar con recursos extraños para contrarrestar al enemigo. Viendo a este avanzar hacia él, parecióle indigno de su nombradía continuar encerrado en Lisboa; y dejando esta ciudad encargada al prudente Travot, determinó salir al campo a medirse con las fuerzas británicas. Delaborde, encargado de observar y contener a los ingleses durante su marcha, a fin de dar tiempo a que se reunieran en los puntos convenidos las tropas francesas dispersas, había sido derrotado en Roliza el 17 por las tropas de Wellesley , que en la madrugada de dicho día había salido de Caldas. Dicha acción, que costó a los franceses 600 hombres de pérdida, y 500 a las tropas inglesas, inspiró a estas confianza en el éxito de la lucha que con tan buenos auspicios se abría, siendo esto tanto más importante para ellas, cuanto más amenguada estaba su reputación por lo tocante a las últimas expediciones de tierra, desgraciadas en otros países, hasta el punto de haberse creído no ser a propósito la nación británica para medirse con sus enemigos, sino solamente por mar.

Junot el día 20 reunió en Torres-Vedras todas las fuerzas con que le era posible contar, ascendiendo estas a 12,000 infantes y 4 500 caballos, sin incluir las guarniciones que habían quedado en los fuertes de Lisboa, Yelves, Peniche, Almeida, Palmela y Santa Elena. Este pequeño ejército fue distribuido en dos divisiones de infantería, una reserva de granaderos y una división de caballería. La división primera, fuerte de 5200 infantes, estaba al cargo del general Delaborde; la segunda, que ascendía a 2700 hombres de la misma arma, mandábala Kellermann; la división de caballería estaba a las órdenes del general de brigada Margaron; y últimamente la artillería, comandada por el de la misma clase Taviel, consistía en 26 piezas repartidas en tres secciones, a saber: 8 cañones en la primera división a las órdenes del coronel Prost, otros 8 en la segunda a las del coronel d‘Aboville, y 10 en la reserva a las del entonces también coronel y más adelante general Foy, el ilustre escritor y dignísima notabilidad a quien tantas veces nos hemos referido en el discurso de esta obra.

Los ingleses eran dos contra uno, dice este, comparados con los franceses. Los 500 hombres que habían perdido en Roliza entre muertos, heridos y prisioneros, acababan de ser reemplazados con aumento considerable por un refuerzo de 4200 hombres traídos el día 20 por los brigadieres generales Anstruther y Acland. Demas de esto , sir John Moore se aproximaba también con los 11,000 hombres anunciados , y con esto el ejército inglés no era inferior al de los franceses, sino tan solo en la caballería, compuesta de 200 caballos de su nación y otros tantos portugueses. Wellesley, deseoso de proteger el desembarco de las tropas de Anstruther y Acland , habia avanzado hasta Vimeiro, y se disponía a marchar por el camino estrecho y peñascoso de Mafra, el que extendiéndose por espacio de seis leguas paralelamente a una costa escarpada, forma una serie de desfiladeros, en los cuales no le hubiera sido posible formar sus tropas en batalla, caso de que los franceses, apercibidos de aquel movimiento, hubieran determinado atacarle. Dadas estaban ya las órdenes para emprender en la madrugada del 21 aquella marcha aventurera, cuando desembarcando en Maceira el teniente general sir Harry Burrard , nombrado segundo de Dalrymple, le fue preciso a Wellesley suspender su movimiento y entrevistarse a bordo con el nuevo general. Este desaprobó la tentativa de su subordinado, juzgando expuesto el plan a graves inconvenientes, y no creyendo por otra parte tan urgente la necesidad de obrar, mientras no se les uniese Moore con los 11,000 que traía. Dióse, pues, orden a este para que desembarcase en Maceira, y sir Arturo, contra su voluntad, se vio precisado a permanecer inactivo en la posición de Vimeiro. Su inercia, sin embargo, duró poco, puesto que no queriendo Junot dar lugar a que las tropas británicas se engrosasen con el considerable refuerzo que esperaban, determinó atacar a Wellesley, saliendo de Torres-Vedras en la noche del 20. Trabada la batalla el 21 por la mañana, desplegaron los franceses en ella un valor que rayó en desesperado; pero inferiores en número a sus enemigos, y resistidos con inteligencia por Wellesley, pronunciáronse en retirada después de tres horas de furiosa pelea, con pérdida de 1800 hombres y 15 piezas de artillería. El general Solignacy el coronel Foy fueron heridos, y lo mismo el general Brenier, que además quedó prisionero. La pérdida de los ingleses ascendió solamente a 800 hombres entre muertos y heridos, siendo por consiguiente considerablemente inferior a la de sus contrarios, atendido el número respectivo de fuerzas con que uno y otro campo contaban. Los insulares podían con aquel resultado aprovechar la ocasión de destrozar completamente a los imperiales, y así pensaba hacerlo Wellesley; pero Burrard, que había llegado al campo cuando ya estaba empeñada la acción, y la había dejado terminar, no quiso consentirle que persiguiese al enemigo después de conseguida la victoria, conducta que con razón fue censurada de envidia y rivalidad respecto a su compañero. El ejército francés se retiró con orden y sin ser molestado a Torres-Yedras el mismo 21 por la tarde.

En la mañana del día siguiente reunió Junot en consejo de guerra a los generales de división Delaborde, Loison y Kellermann; al general de brigada Thiebault, jefe del estado mayor general; al de la misma clase Taviel, jefe de la artillería; al coronel Vicent, comandante de ingenieros, y al comisario ordenador en jefe Trousset, y les manifestó la crítica situación en que se hallaba el ejército. Este había combatido la víspera, más bien por llenar su deber, que no por confiar en la victoria.

El de los ingleses mientras tanto esperaba refuerzos numerosos, los cuales iban a doblar el número de sus combatientes. Otras noticias anunciaban que el ejército portugués comandado por Freire había llegado a Obidos; que el cuerpo de Bacellar bajaba por la orilla del Tajo, y que el paisanaje de la Beira se había apoderado de Abrantes. Las nuevas de Lisboa, cuyo sostén estaba encomendado a una guarnición harto débil, eran alarmantes también. En circunstancias como aquellas, ¿debía el ejército francés tentar nuevamente la suerte de las armas? Caso de ser así, ¿cómo debía hacerlo? Si no lo era, ¿qué partido podía adoptarse? La opinión del consejo fue unánime sobre las tres cuestiones propuestas, conviniendo lodos sus individuos en que el ejército había hecho por su honra cuanto se le podía pedir. La defensa era imposible, y empeñarse en dar una nueva batalla era conducir los soldados a una muerte segura. No habiendo por otra parte en Lisboa ni en ninguna otra parte de Portugal puntos fuertes que estuviesen dispuestos y provisionados en términos de poder los franceses esperar en ellos los tardíos socorros que pudieran venirles de Francia, el único partido que les quedaba era la evacuación de Portugal. ¿Pero cómo se hacia esa salida? Atravesar España para unirse al ejército de José en la orilla izquierda del Ebro, ofrecía peligros terribles y muy pocas probabilidades de éxito. ¿Por qué, pues, no ensayar un tratado con los ingleses basado sobre la condición de dejar al ejército francés en libertad de trasladarse a Francia, otorgándoles este en cambio la posesión de Lisboa con las demás plazas que ocupaba en Portugal? Esta proposición pareció al consejo la más digna de adoptarse entre todas , y mientras el ejército vencido se dirigía a Lisboa a fin de cubrir aquel punto, encargóse al general Kellermann partiese sin demora al cuartel general inglés para entablar la negociación.

Kellermann, que a su nombre europeo como hombre de guerra unía cuantas dotes podían apetecerse bajo el punto de vista diplomático, aprovechó con sagacidad todas las circunstancias que pudo presentar como favorables a la misión de que estaba encargado, suponiendo en los franceses energía y recursos, y pintando a la escuadra rusa anclada en el puerto de Lisboa como decididamente dispuesta a socorrerlos en caso de apuro. Después de algunas horas de discusión con Dalrymple, que acababa de desembarcar, encargándose del mando en jefe, alcanzó Kellermann un armisticio, cuyas principales condiciones eran las tres siguientes: 1.a que el ejército francés evacuaría Portugal, debiendo ser transportado a Francia con toda su artillería, armas y bagajes, por los buques británicos; 2.a que los portugueses y los franceses establecidos en Portugal no serían molestados por su conducta política, pudiendo evacuar el país en un plazo determinado, con todo lo que les perteneciese, los que de ellos quisieran hacerlo: 3.a que la escuadra rusa quedaría en el puerto de Lisboa considerada como neutral, pudiendo salir de él cuando quisiera, sin que se la molestase o persiguiese hasta que fuera pasado el término fijado por las leyes marítimas.

Estas condiciones debían servir de base a un convenio definitivo, el cual debía llevarse a cabo por los generales en jefe de los dos ejércitos junto con el almirante de la armada británica, debiendo haber suspensión de armas hasta la conclusión del tratado, siendo el Sizandro la línea divisoria de ambos campamentos, y no pudiendo pasar de Leiria y Tomar los portugueses armados. Caso de haberse de romper nuevamente las hostilidades, estipuló también Kellermann que no pudiera hacerse, sin que ambos ejércitos se avisasen con 48 horas de anticipación. Hecho esto, volvió a los suyos el 25 por la mañana, uniéndose al ejército francés en Cabeza de Montachique, el mismo día que Junot entraba en Lisboa al frente de los granaderos y de dos regimientos de caballería.

La capital del reino lusitano presentaba a la sazón un aspecto de mal agüero para las tropas francesas. Sabido el 20 por sus moradores el mal éxito que para estas había tenido el combate de Roliza, empezaron a discurrir por las calles lanzando gritos de furor y de venganza contra sus opresores. El general Travot, querido y respetado por los portugueses en razón a los buenos oficios que con ellos había desplegado durante su mando de Ociras, presentóse en aquellos momentos en medio de los grupos populares, consiguiendo con su serenidad y con apacibles palabras calmar el tumulto y hacer volver a sus casas los alborotados sin haber procedido a vías de hecho contra los franceses. La consternación, sin embargo, se había apoderado de estos, y sobre todo de los portugueses que habían abrazado su causa, subiendo de punto el terror en los últimos cuando llegó a Lisboa la noticia de la batalla de Vimeiro. Muchos de ellos estaban ocultos sin osar presentarse a sus compatriotas, otros buscaban un asilo en las naves francesas, y otros con los ministros se reunían en el arsenal, edificio situado en la playa. Junot recurrió al triste arbitrio de tergiversar las noticias, suponiendo ganada la acción que acababa de perder; y no bastando esto para calmar los ánimos de aquella populosa ciudad, adoptó aparatosas medidas a fin de tenerla en respeto mientras se daba fin al armisticio. Este mientras tanto tardaba en concluirse definitivamente. El almirante inglés Cotton se negó tenazmente a admitirlo en la parte que decía relación a la neutralidad del puerto de Lisboa respecto a la escuadra rusa. Esta primera dificultad fue seguida muy pronto de otras, puesto que el general portugués Bernardino Freire resistió con la misma energía la terminación de un tratado, en el cual no se hacía mención ni del príncipe regente de Portugal, ni de la junta de Oporto que regia el país durante su ausencia. Los ingleses no hicieron caso alguno de las reclamaciones de este jefe, fundándose en no haberles Freire ayudado en el combate con el grueso de todas sus fuerzas. La protesta del almirante Cotton produjo entretanto su efecto, y Dalrymple anunció a los franceses la ruptura de las negociaciones, junto con su determinación de caer sobre ellos en Lisboa. El peligro de Junot era grande. Los portugueses conducidos por Freire avanzaron hasta la Encarnación, cerca de Mafra, y mientras se daba orden al cuerpo portugués de Bacellar para salir de Sentaren en barcos, a fin de sorprender en Sacaven la legión hannoveriana, el conde de Castro-Marín partía de Evora con 6000 hombres de los Algarves y del Alentejo y se dirigía hacia el Tajo. El coronel López bloqueaba Palmela y ocupaba Setúbal con las partidas de paisanos, cuya irritación llegó al punto de sacrificar al ayudante de campo Marlier, enviado por el general Graindorge a parlamentar con ellos. Al mismo tiempo arribaba a la embocadura del Tajo el general inglés Beresford, procedente de Cádiz con su regimiento de infantería, y el general sir John Moore acababa de verificar su desembarco en Maceira con los 11,000 combatientes que traía a sus órdenes. Cotton acosaba a Dalrymple, pidiéndole destacase a Setúbal una parte de este último cuerpo, para que unido a los portugueses del Alentejo, cortase a los franceses la retirada sobre la plaza de Yelves.

En circunstancias tan apuradas, todavía quiso el francés acreditar su antigua nombradía, combatiendo de nuevo a los ingleses. La escuadra rusa tenía a bordo más de 6000 hombres, y no necesitando más de 1000 para el servicio de mar, pidió Junot a su almirante la gente que le sobraba, a fin de resistirse con este refuerzo hasta el último trance, esperando los socorros de Francia, o en su defecto el arreglo de un tratado que salvase su ejército y la misma escuadra. El almirante ruso persistió en su anterior negativa, prefiriendo tratar por sí solo con los generales británicos y entregarles su flota, a tomar parte con los franceses en la lucha que Junot proponía. Esta determinación, que tan sensible debió ser al duque de Abrantes por el socorro que se le negaba, fue bajo otro punto de vista un gran paso para su bien. Separada de la cuestión principal la accesoria relativa a los ruso , causa hasta entonces el rompimiento de las negociaciones, no era ya tan difícil entablarlas de nuevo bajo las mismas bases y condiciones a que había accedido Wellesley por encargo del general en jefe. Procedióse, pues, a renovar el trato, si bien con algunas modificaciones, tales como reducir a 600 el número de caballos que el ejército francés podría llevarse, y determinar que los negociantes franceses establecidos en Lisboa no sacasen de allí sus haberes en mercancías que los representasen. Por lo demás, quedaron en pie las estipulaciones relativas a los franceses y portugueses que habían abrazado su causa, no debiendo molestárseles por su reciente conducta política. Todo el ejército de Junot, inclusas las guarniciones de las plazas fuertes, debía ser transportado a cualquiera de los puertos de Francia entre Rochefort y Lorient, llevando consigo sus armas y bagajes, sin considerarle prisionero de guerra, y dejándole en libertad de servir otra vez desde el momento de su llegada a Francia. En cuanto a los soldados españoles que estaban detenidos a bordo de los buques franceses en el Tajo, determinóse que debían ser entregados al general en jefe inglés, obligándose este a obtener de España la restitución de los súbditos franceses que estuviesen detenidos en ella sin haber sido hechos prisioneros en ninguna acción militar. Por este artículo recobramos nosotros 5500 hombres de infantería y caballería, que gemían en los pontones del Tajo. La convención fue firmada en Lisboa el 30 de agosto por el general Kellermann en nombre de los franceses, y por el de igual clase Murray en nombre del ejército británico, habiéndose llamado de Cintra, por hallarse en este punto las tropas inglesas cuando Dalrymple la ratificó.

Los ingleses prescindieron de mencionar en el tratado al regente de Portugal y a la junta de Oporto, obrando por sí y ante sí, sin consultar en lo más mínimo a las autoridades lusitanas. Bernardino Freire volvió a protestar contra varios de aquellos artículos, haciendo lo mismo irritado el conde de Castro-Marín, mereciendo su enojo especialmente el que prometía impunidad y seguridad a los partidarios de los franceses cualesquiera que fueran. En Lisboa hubo también recriminaciones y murmullos, pero todo el encono se desvaneció ante la alegría que a los portugueses causaba ver libre de enemigos el país.

En España fue también censurada la conducta de los generales ingleses, mirándose mal que estos dejasen libre al ejército de Junot, cuando podían dictarle la ley en los términos que se había hecho con las tropas de Dupont en Andalucía. Pero donde más indignación produjo el convenio de Cintra fue en Londres y en toda Inglaterra, no habiendo ejemplo de capitulación que produjese allí efecto más desagradable, aun cuando entrasen en cuenta la convención de Closter-Severn durante la guerra de los siete años, y más recientemente las capitulaciones del Helder y de Buenos-Aires. Los diarios y papeles públicos aparecieron orlados con bandas negras en señal de luto, figurando en ellos caricaturas que representaban a Dalrymple, Burrard y Wellesley colgados de la horca. El consejo común de la ciudad de Londres se reunió constitucionalmente, y elevó sus quejas al trono contra un acto que calificaba de afrentoso a la nación británica, expresándose en el mismo sentido otras asociaciones políticas de los tres reinos. Pronunciada así unánimemente la opinión pública en contra del convenio en cuestión, viéronse los ministros ingleses precisados a someterlo a discusión en toda regla, nombrando una comisión que informase respecto al asunto. Dalrymple, Burrard y Wellesley fueron llamados a fin de que responder a los cargos que se les hacían. La comisión declaró no haber lugar a formarles causa, y acorde el rey con este dictamen, dio por libres de todo castigo a los tres generales, desechando no obstante los artículos que en el tratado parecían ofensivos a Portugal y a España. La convención en tanto fue cumplida en su esencia, si bien el embarque de los franceses no pudo verificarse a un tiempo para todos por no haber transportes a mano para verificarlo de una vez. Las tropas de Junot permanecieron en Lisboa quince días, durante los cuales fue muy crítica su posición en aquella capital indignada, cuyos habitantes, unidos a los paisanos armados que acudían de afuera en tropel, no cesaron un punto de tener en alarma a los franceses, acometiendo sus patrullas y matando individuos aislados. Este aflictivo estado duró hasta la mitad de setiembre', en cuya época fueron los imperiales embarcados con arreglo a lo convenido, dándose a la vela Junot con dirección a la Rochela.

Las guarniciones de Yelves y de Almeida no pudieron llegar a tiempo para embarcarse con el grueso de las tropas. El primero de dichos puntos estaba sitiado por los españoles al mando del general Galluzo, a cuyo cargo estaba el ejército de Extremadura. La junta de esta provincia había creído ser aquella la ocasión oportuna de apoderarse de Yelves; y enviando como jefe del sitio al mariscal de campo D. José de Arce, verificó este el asedio el 7 de setiembre con 6000 hombres y un numeroso tren de artillería. Girod de Novilars, comandante de la guarnición francesa, había rechazado con desdén los ataques de Galluzo. Embestido el 9 por Arce con fuerzas superiores, vióse precisado a evacuar la ciudad; y dejando una compañía en el fuerte de Santa Lucía, se encerró con el resto de su guarnición, compuesta al todo de 1400 hombres , en el fuerte de la Lipe. Los nuestros volvieron a renovar sus ataques, y no produciendo más efecto que las anteriores, continuaron algunos días hostilizando a Girod. En esto llegó delante de la plaza un regimiento inglés el 20 de setiembre, a fin de cumplir el convenio por lo que respetaba a aquel punto. Arce y la junta de Extremadura se opusieron enérgicamente a que saliesen libres los franceses que estaban sitiados allí; pero al fin cedieron de su oposición en fuerza de las amistosas observaciones que les hizo el coronel inglés Graham. Girod en consecuencia salió libre del fuerte con los suyos, llevándose consigo no solamente la guarnición, sino también los oficiales y funcionarios franceses que estaban detenidos en Badajoz cuatro meses hacía. La guarnición de Yelves se embarcó el 7 de octubre en Aldea Gallega.

Por lo que toca a la de Almeida, compuesta de igual número que la anterior, hallábase apurada también en medio de los portugueses que la sitiaban, oponiéndose estos a entregarlos a los ingleses. Estos, no obstante, fieles a su empeño, vencieron la resistencia lusitana en los primeros días de octubre, siendo la guarnición francesa conducida a Oporto para ser embarcada en su puerto. Los habitantes de esta ciudad, irritados de ver junto así a los imperiales armados, amotináronse contra ellos, creciendo el encono de la multitud a la vista de algunas alhajas y ornamentos de iglesia que se hallaron en sus equipajes. El obispo y los magistrados de la población hicieron cuanto estuvo en su mano para calmar la furia de la plebe; pero quien consiguió salvar la vida de los imperiales fue sir Roberto Wilson, coronel de un cuerpo portugués de nueva formación que se organizaba en Oporto a expensas de la Inglaterra. Su ascendiente no bastó, sin embargo, a hacer que se devolvieran a los franceses los haberes y armas de que habían sido despojados. Embarcada al fin la guarnición de Almeida después de tantos peligros, fue conducida delante de Lisboa, reuniéndose el 18 de octubre a la de Yelves, con lo cual quedó terminado cumplidamente el convenio de Cintra.                                               '

Junot llegó a la Rochela con 5,000 hombres; y el resto de su ejército a Quiveron, con pérdida de 2,000 que naufragaron. Unidos a estos los 5,000 que perecieron en la primera época de la invasión en su marcha a Lisboa, y otros 2,000 en el alzamiento, quedaron reducidos a 22,000 los 29,000 que habían salido de Francia. Todos ellos al invadir la Península eran conscriptos y novicios : instruidos y aguerridos ahora, los veremos de nuevo incorporarse a sus compañeros de armas, verificando una segunda invasión más asoladora y terrible que la primera.

Hemos descrito con alguna prolijidad los sucesos de la primera campaña de la Península, deteniéndonos particularmente en los de más reconocida importancia. Así lo exigía un periodo tan admirable y sin ejemplo acaso en otra historia que no sea la del pueblo español. Sin gobierno, sin plan, sin recursos, cuando más decía la ciencia que la insurrección del país era una quimera imposible, supo este probar que es hacedero para las naciones lo que estas se empeñan en hacer. Las épocas que siguen son en todo tan grandes y admirables como la primera, porque si heroico fue lanzar el guante al dominador de Europa y empeñarse en una lucha terrible, cuyo éxito, en sentir de los sabios, no nos podía ser sino funesto , no fue menos sublime ni menos digna la constancia con que el pueblo español supo sostener su actitud, sin desmayar por nuevos infortunios, ni dudar un momento de su triunfo, aun cuando reducida su defensa al estrecho recinto de Cádiz, parecía más que nunca imposible el feliz resultado de su empresa. Gran placer tendríamos nosotros en ser, no ya prolijos, más si extensos, al recorrer las nuevas fases de nuestra gloriosa insurrección; pero circunstancias independientes de la voluntad del que esto escribe han hecho tan largo el período de la aparición de la obra, que es preciso tener en consideración la justa impaciencia de nuestros lectores para verla concluida, y debemos reducir las dimensiones del cuadro, aun a riesgo de ser censurados por la falla de unidad que se observe en la realización del primer plan.

 

CAPITULO XVII

Consideraciones sobre la legitimidad del poder ejercido por las juntas populares en 1808.—Necesidad de un gobierno central, y consideraciones sobre su índole.—Oportunidad del régimen federativo en la época a que se refiere esta historia.—Nombramiento de la Junta Central.—Ambiciosos designios del Consejo de Castilla.—Gestiones del príncipe Leopoldo de Sicilia para obtener la regencia del reino. —Instalación de la Central en el Real Sitio de Aranjuez.—Juicio sobre esta corporación y sobre sus principales individuos.—Defectos esenciales de dicha asamblea en su organización interior.—Desacertadas providencias suyas.—Entrada de Llamas y Castaños en Madrid, y proclamación de Fernando VII. —Piérdese la oportunidad de atacar a las tropas enemigas con probabilidades de éxito.—Distribución de nuestros ejércitos en la segunda campaña: falta de concierto en los planes: distribución del ejército de José.—Consejo de generales celebrado en Madrid, y disposiciones que adopta: lamentable retardo de las operaciones.—Movimiento de nuestras tropas.—Acción de Lerin: pérdida de Logroño : destitución de Pignatelli.—Preparativos del emperador para dar presto fin a la lucha : conferencias de Erfurth: nueva organización y distribución de las tropas francesas para la segunda campana.—Cruza Napoleón el Bidasoa y se pone al frente de su ejército.—Acción de Zornoza: pérdida de Bilbao: únense a las tropas de Blake las que al mando del marqués de la Romana habían venido del Norte: ataque de Balmaseda.—Continúan las desgracias de Blake: batalla de Espinosa de los Monteros, —Retirada de Blake a Reynosa : toma Napoleón el camino de Madrid.—Movimiento del ejército de Extremadura: batalla de Burgos.—Entrada de Napoleón en esta ciudad: amnistía y proscripciones.    —Fin de la retirada de Blake, a quien sucede el marqués de la Romana en el mando del ejército de la izquierda: derrota de los asturianos al mando de Llano Ponte.—Desaliento de Moore en Salamanca y tardanza del ejército ingles en cooperar a la lucha.—Situación de nuestro ejército del centro: batalla de Tudela.—Reúnense en Zaragoza los aragoneses, valencianos y murcianos derrotados en dicha batalla: retirada de Castaños a Calatayud y Sigüenza: ataque de Bubiesca: sucede la Peña a Castaños en el mando del ejército de Andalucía.—Marcha Napoleón a Madrid: acción de Somosierra : pasan los franceses el puerto.—Napoleón delante de Madrid: defensa de esta villa: toma del Retiro por los franceses: capitulación violada por estos: entrada del emperador en la corte de España.—Crítica situación de la Junta Central: abandona el Real Sitio de Aranjuez y se dirige a Badajoz,