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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO
XV. SITIO DE ZARAGOZA
Sale el
rey José de Madrid y pasa con los suyos el Ebro.—Continuación y fin del primer
sitio puesto por los franceses a Zaragoza
Cuatro días
habían pasados de la gloriosa jornada que acabamos de referir, cuando
llegó a Madrid un vago rumor de lo ocurrido en Andalucía; rumor que poco a
poco fue tomando cuerpo, llenando de alegría a los españoles a medida que
se iba confirmando tan lisonjera noticia. Los generales franceses
rechazaron la nueva en un principio, juzgando imposible de todo punto que un
ejército como el nuestro, levantado en 16 días, pudiera vencer del
modo que se propalaba las huestes que mandaba Dupont. Bien pronto
otras nuevas noticias vinieron a quitarles la venda que cubría sus ojos y
persuadirles que era cierto lo que tan tenazmente negaban. En medio y de
todo eso, José no recibía parte alguno que confirmase de una manera oficial el
terrible desastre de los suyos. El capitán Villoutreys, encargado de participar
al duque de Rovigo la capitulación de Andújar, llegó al fin a Madrid el día 29
de julio; y enterado José de la derrota con todos sus pormenores, reunió un
consejo de guerra, compuesto de todos sus oficiales generales, sometiendo
a su deliberación el partido que en tan critico estado de cosas se debía
adoptar. El mariscal Moncey opinó que debía llamarse a Bessières, y con
sus tropas y las demás que estaban cercanas a Madrid defender pon arrojo
la posesión de la capital, antes que abandonarla con mengua huyendo de los
españoles. Belliar, jefe del estado mayor general,
creyó más oportuno verificar una retirada y concentrar las tropas sobre
Zaragoza (cuya ciudad se suponía rendida o cerca por lo menos de estarlo),
dejando a cargo de Bessières ocupar con su cuerpo de ejército la línea del
alto Ebro. El duque de Rovigo por último, propuso pedir al Emperador
poderosos refuerzos, como único medio capaz de atajar el incendio de
insurrección tan formidable, y mientras estos venían, dirigirse hacia el norte
de España, tomando posición en el sitio que aconsejasen las circunstancias.
Este dictamen prevaleció sobre todos los otros, y decidióse la retirada, dándose orden a Musnier para reunir en Madrid las tropas que
hubiera en Ocaña, Tembleque y Madrilejos; a la
guarnición de Segovia la de esperar el ejército en Buitrago, y a Bessières
la de establecerse en Mayorga hasta nuevo aviso , y ocupar Zamora si la plaza
se hallaba en estado de prometerse en ella los franceses alguna defensa. Por lo
que respeta a Verdier, cuyas tropas asediaban a Zaragoza, prescribiósele que evacuase la plaza si había caído en su
poder, o que levantase el sitio en caso contrario, retirándose de todas
maneras y enviando a Pamplona la artillería de sitio y los enfermos con
una guarnición de soldados útiles, dirigiéndose él con el resto de sus tropas
sobre Logroño, pasando por Tudela. En las instrucciones que se daban a cada uno
de estos jefes, se les decía ser la intención del rey José reconcentrar
todos sus medios de acción en punto a propósito para dar a los enemigos una buena
batalla. De algún modo se había de paliar la mengua que al
intruso resultaba de abandonar la capital de su nueva monarquía a los diez
días de su entrada en ella.
La noche
que precedió a la salida clavaron los franceses más de ochenta cañones que no se
podían llevar, inutilizando igualmente infinidad de fusiles y cajas, y
arrojando en los pozos, estanques y norias del Retiro multitud de granadas y
bombas y barriles de pólvora. Dejaron por inutilizar gran cantidad de
víveres; pero en cambio saquearon los palacios de la capital y sitios reales,
llevándose toda la vajilla y multitud de preciosas alhajas. José dejó al
arbitrio de los españoles que habían abrazado su causa seguirle en su
marcha o quedarse, y este rasgo le honró ciertamente. Azanza, Urquijo, Ofárril, Mazarredo, Campo Alanje y todos los que con
más empeño habían trabajado para llevar a cumplido término la
Constitución de Bayona, continuaron adheridos al intruso, sea que temiesen
la venganza de los españoles, sea que se considerasen ligados por sus
recientes juramentos, sea en fin, que creyesen poca cosa la victoria de
Bailén para hacerles variar de determinación. Otros , entre los cuales se
contaban los ministros Ceballos y Piñuela, y los duques del Infantado y
del Parque, con gran parte de los que habían asistido, más bien por
compromiso que por voluntad, a la expresada junta de Bayona, pensaron de
modo distinto; y libres muchos de ellos de la coacción o
miedo a que habían cedido, mientras otros calculaban posible la
resistencia que en un principio calificaron de quimérica, determinaron
reconciliarse con la patria y seguir nuevamente sus pendones. Tan cierto es lo
que atrás llevamos dicho, no haber sido maldad de corazón, sino aberración de
la mente, lo que produjo en la mayor parte de aquellos hombres su
deserción o momentánea apostasía de la más santa de todas las causas.
El rey
José salió de Madrid el día 30 de julio, abriendo la marcha con las tropas de
la guardia imperial y la mayor parte de la caballería, y siguiendo Moncey en la
noche del 31, cerrando la retaguardia con el cuerpo de Observación de las
costas del Océano. El ejército siguió su marcha por Buitrago, Somosierra y
Aranda de Duero, llegando José a Burgos el 9 de agosto, donde se reunió
con Bessières, cuyas tropas se habían replegado por Valencia de D. Juan,
Villalon y Palencia, sin detenerse en las llanuras de Mayorga, ni dejar en
Zamora la guarnición que se le había prescrito, por los inconvenientes y
peligros que ofrecía lo uno y lo otro. Tan efímera y corta fue en Madrid
la permanencia del intruso monarca.
Mientras
tanto la sin par Zaragoza continuaba indómita en su empeño de sucumbir primero
que ceder a las huestes que la asediaban. El sol de 14 de junio había alumbrado
labriegos a los habitantes de aquel pueblo insigne; el del día siguiente los
alumbró héroes, y Lefebvre se vio precisado a reconocer su impotencia ante las
débiles tapias que circuían la ciudad mientras no le llegasen refuerzos. Retiróse, pues, con los suyos, pasando en la llanura de Val
de Espartera y en las colinas de Santa Bárbara y de la Bernardona la noche que creía poco antes vendría a ofrecerle descanso, después de un fácil
y seguro triunfo, en el recinto de la capital. Los zaragozanos comprendieron
su fuerza, y desde el gloriosísimo hecho de las Eras agolpáronse todos a entrar por las puertas de la
inmortalidad y de la gloria, que a ninguno quedaron cerradas. Faltos de
medios materiales de resistencia, dedicáronse a
improvisarlos con actividad admirable, empleando toda la noche del 15 de
junio y todo el día 16 en los primeros trabajos. Grande y sublime era ver
aquellos hombres convertidos de pronto en ingenieros, arquitectos y zapadores, formando
baterías con sacas de lana y de tierra, parapetos con ramas y troncos, y
enfrentándose a la caballería enemiga con los bancos de las iglesias,
con los armarios y tableros de los comerciantes y con toda clase de
utensilios domésticos. El coronel de ingenieros D. Antonio Sangenis, único jefe
de aquella arma que a la sazón existía en la capital, fue preso el día 15
por infundadas sospechas, y puesto en libertad el 16 por D. Lorenzo Calvo
de Rozas, a fin de que presidiera los trabajos de fortificación. Encargóse la defensa de las puertas de la ciudad a
los patriotas más distinguidos, repartiéndose el paisanaje en cuadrillas
por todas ellas, mientras el resto acudía a las demás faenas y servicios
que nadie sino él podía desempeñar, dado que la fuerza militar con que Zaragoza
contaba el expresado día 16 no llegaba a 200 soldados entre dragones,
voluntarios de Aragón, suizos y voluntarios de Tarragona. Las mujeres y los
niños contribuían por su parte a la ocupación universal con las tareas propias de
su edad y sexo; los frailes hacían cartuchos; otros religiosos y eclesiásticos
empuñaban el fusil; nadie, en fin, aparecía remiso, nadie se hallaba ocioso.
Artilladas las puertas y aspilleradas las tapias que circuían la ciudad,
continuaron los vecinos sus obras de defensa todo el tiempo que se lo
permitió la forzada inacción de los enemigos, no atreviéndose este a intentar
otra nueva acometida, ni hacer demostración ninguna que pudiera
llamarse formal hasta el día 27 de junio, en que reforzado con 5.800
hombres y 46 piezas de grueso calibre, entre cañones, morteros y obuses,
traídos por el general Verdier que reemplazó en el mando a Lefebvre,
renovó tenazmente el fuego, y con él la esperanza de ocupar el recinto que
tenía delante.
Antes de
eso, y mientras Lefebvre tenía el mando, quiso este probar si las negociaciones
tenían más éxito que sus alardes de fuerza; pero habiéndosele contestado a
nombre del general de las tropas de Aragón de un modo digno y enérgico, volvió
a convencerse el francés de que la empresa de apoderarse de Zaragoza por
ninguna clase de medios, era más ardua de lo que presumía. Palafox, de quien
hablaremos después, estuvo toda la segunda quincena de junio ausente de la
capital, siendo por esta razón menos ordenadas en un principio las
disposiciones que se adoptaron para reglamentar y dirigir a la
muchedumbre. Calvo de Rozas se superó, sin embargo, a sí mismo en hacer cuanto
estuvo en su mano, como autoridad encargada de la defensa durante la ausencia
del joven caudillo, por cuya vuelta suspiraban todos. Mientras esta se
verificaba, envió Palafox a su hermano el marqués de Lazan como gobernador
de la plaza; y habiendo llegado este a la ciudad el 24, convocó para el
día siguiente una junta compuesta de las principales autoridades e individuos
de más prestigio en la población. La sesión dio principio manifestando
Calvo de Rozas el estado de la ciudad y las medidas que hasta entonces se
habían tomado; y como quiera que según todos los indicios estuviese
próximo el bombardeo, deliberóse largamente sobre
lodo lo que debía hacerse en tan crítica situación. Resueltos los puntos
más interesantes, y aprobadas todas las providencias que el
intendente había tomado, acordó la junta el día 26 que los oficiales y
soldados alistados y todos los que voluntariamente habían tomado las
armas, prestasen aquel mismo día en la plaza del Carmen y en las puertas
de la ciudad juramento solemne de sostener la plaza á todo trance. El acto fue sencillo y majestuoso, concurriendo a él con los
individuos de la junta el gobernador del arzobispado, el cura párroco de
la Seo, el regente de la audiencia y el decano del ayuntamiento, llevando
alzada la bandera de la Virgen del Pilar. Formadas las tropas y el
paisanaje en los puntos señalados, leyóseles el
juramento que estaba concebido en estos términos: ¿Juráis, valientes
y leales soldados de Aragón, el defender vuestra santa religión ,
vuestro rey y vuestra patria, sin consentir jamás el yugo del infame
gobierno francés, ni abandonar a vuestros jefes y esta bandera , protegida
por la Santísima Virgen del Pilar, vuestra patrona ? ¡ Sí juramos!
contestaron las tropas; ¡juramos! respondió el paisanaje; ¡juramos! replicaron
las mujeres y los niños.....y el aire resonó en todas partes con aquella
sagrada protesta. Mucho prometer era aquel; pero Zaragoza juraba lo que estaba
resuelta a cumplir.
Antes de proceder
a este acto, había Lazan contestado a las últimas proposiciones que se le
habían hecho el día anterior para que rindiese la plaza. Engañado Calvo de
Rozas por las arterias de un comandante polaco que fingió querer desertar con
varios de los de su nación, había salido el 25 a conferenciar con él,
alejándose de la batería del Portillo a la vista de todos los suyos, confiado
en que el oficial enemigo no abusaría de su posición. Bien pronto tuvo ocasión
de conocer el compromiso en que se hallaba , pues cercado repentinamente con el
edecán Barredo y algunos otros que le acompañaban, por un número
considerable de franceses, fue conducido a un olivar hondo a la derecha
del camino de Alagón, donde el polaco, dejando la máscara, le intimó la
sumisión de la ciudad, so pena de quedar prisionero o muerto si no consentía en
rendirla como jefe supremo que era durante la ausencia de Palafox. La serenidad
y entereza con que Calvo contestó a la amenaza desconcertó al francés en tales
términos, que bajando este de tono, se limitó a proponer a aquel una
entrevista con los generales Verdier y Lefebvre. Realizada esta al poco
rato en el camino situado frente a la puerta del Portillo, manifestáronle los dos caudillos el desvarío que era en su sentir empeñarse Zaragoza
en la resistencia, teniendo como tenían medios suficientes para reducirla,
convirtiéndola en cenizas y pasando a cuchillo a los habitantes, si persistían
en su obstinación. La ciudad por lo tanto debía por sí misma ceder, y en
este caso serían respetadas las personas y las propiedades, y hasta los
empleados conservarían sus destinos, olvidándose todo lo pasado; de lo contrario,
sería tratada con todo el rigor de la guerra. Calvo contestó con la misma
entereza que al polaco, mas no por eso se negó a participar a las
autoridades zaragozanas la nueva y espantosa intimación. Retiróse, pues, felizmente cuando ya se acercaba la noche,
y enterado Lazán de la escena, contestó que Zaragoza y sus valientes
habían jurado morir antes que sujetarse al yugo francés. Con tan decisiva
respuesta, trasmitida por medio del edecan Barredo el
día 26 por la mañana, claro era que los franceses no tardarían en replicar
por su parte con el exterminio y la muerte. El día 27 de junio hicieron un
fuego horroroso, acometiendo con tenaz empeño los puestos exteriores, y estando
casi a punto de penetrar en el recinto, merced al espanto que durante algunos
momentos ocasionó en la capital una desgracia tan inesperada como terrible.
Fue el
caso que temiendo los moradores que la pólvora que había en Torrero cayera en
manos de los franceses, los cuales según todas las muestras trataban de
apoderarse de aquel punto, extrajeron de allí todas las municiones,
conduciéndolas precipitadamente a las escuelas del seminario, sito en las
Piedras del Coso. La negligencia y aturdimiento con que el paisanaje
verificaba el transporte hizo que a las tres de la tarde se prendiese
fuego en la pólvora recién almacenada allí, reventando de súbito aquel
solidísimo edificio y volando por los aires las vigas, los carros y los
hombres.
A tan
espantosa explosión no pudieron resistir las casas contiguas, cayendo hasta
catorce de ellas, y resintiéndose infinitas del resto de la población, la cual
pareció bambalear toda del uno al otro extremo. Llenos de consternación los
habitantes al oír el estrépito y al sentir la tierra temblar bajo sus plantas, salían
despavoridos del interior de sus domicilios, no sabiendo a qué atribuir tan
inmensa desgracia, mirando todos con espantados ojos la horrible nube de
humo que se cernía sobre la ciudad, oscureciendo tristemente el día y
elevándose al cielo como el ángel exterminador después de satisfechas sus
venganzas. Espantado igualmente Lazán, si bien presumiendo el motivo, se
dirigió presuroso al sitio de la catástrofe a asistir los heridos y poner
el concierto posible en medio de tanto dolor, cuidando al mismo tiempo de dar
las providencias oportunas, a fin de impedir que los franceses, prevalidos de
aquella desdicha, aprovechasen los primeros momentos de tribulación,
introduciéndose por las puertas. Estas en efecto habían quedado
disminuidas de guardadores, por haberse dirigido una buena parte de ellos
al sitio de la catástrofe. El enemigo aprovechó su hora, y embistiendo
con furia los puestos medio abandonados, creyó apoderarse fácilmente de la
población consternada. Los valientes que estaban en las puertas les
contestaron con la artillería y fusilería, y extendiéndose luego una voz
general que gritaba a las puertas, a las puertas, volvieron
los demás a sus sitios. El enemigo, visto esto, desistió de un empeño que
era inútil ante tanta constancia y heroísmo. «Otras plazas más fuertes,
dice Alcayde, han capitulado con menos motivo: en Zaragoza cuando ardían las
teas, humeaban los edificios y clamaban las víctimas espirantes, resonaba la voz
de alarma, tronaba el cañón majestuoso, y las montañas inmediatas (las
colinas quiso decir) repetían su bronco sonido a lo lejos. » La explosión,
pues, no produjo el resultado que el enemigo apetecía; ¡mas ay! la desgracia era grande, porque los habitantes desde entonces comenzaron a
carecer de la pólvora que en tanta cantidad necesitaban, y era preciso que
los frailes, mujeres y niños se dedicasen a fabricarla hoy para consumirla
mañana.
El día siguiente
28 ocurrió otra nueva desgracia, que fue la ocupación de Monte Torrero por los
franceses, contratiempo que a decir verdad era fácil de prever, estando el
enemigo reforzado, y no siendo los medios organizados para resistirle en campo
raso suficientes para contrarrestarle. Guardaba aquel punto importante el
teniente coronel D. Vicente Falcó con un solo oficial, un sargento, dos
cabos, setenta soldados y doscientos paisanos, a los cuales se agregaron
después unos cuantos soldados de Extremadura de los 500 que por aquellos
días habían venido de Tárrega, a las órdenes del bravo Larripa.
La artillería consistía en tres piezas de a cuatro, colocadas en una
batería a medio hacer en el alto de Buena-Vista , existiendo además otras dos
piezas en el puente de América. Con tan débiles preparativos, fueles fácil
a los franceses enseñorearse de aquellas posiciones, tanto más cuanto
Saint-Marc en el segundo sitio no pudo sostenerse en ellas, teniéndolas mejor
defendidas y ascendiendo la fuerza con que contaba a cerca de seis mil hombres.
Falcó se vio comprometido, teniendo que medirse a la vez con tres
columnas que se dirigían a embestirle, apoyadas por la caballería. Sostúvose no obstante cuatro horas, y viendo luego que iba
a ser cortado, se retiró salvando los cañones. Una voz esparcida por la
ciudad acusó de traidor a aquel desgraciado, y habiendo sido reducido a
prisión permaneció en ella hasta el fin del sitio, formándosele después
consejo de guerra, y siendo fusilado el 22 de agosto a las cinco de la
mañana. Aspera y no merecida sentencia, y que si algunos consideraron
malamente como medio de imponer a los traidores o a los cobardes, no puede
ser calificada por la historia sino como efecto del acaloramiento y de la
exaltación de las pasiones, cuando en realidad de verdad debían estar más
calmadas. Tanto, sin embargo, pudieron algunos odios personales contra la
víctima, sacrificada en aras de la enemistad más bien que en los altares de la
patria.
Ocupado
Torrero por los franceses, extendiese una de sus columnas hasta el puente del
Huerva , y otra hasta el que se hallaba más abajo junto al convento de San
José. El acceso a las puertas de la ciudad les fue desde entonces tan fácil,
que no tenían más obstáculo que vencer sino el que podían oponerle los
vados de aquel riachuelo. Lazan, Calvo de Rozas y otros sujetos de cuenta
se dedicaron a arbitrar los medios de hacer frente a los nuevos ataques y
de calmar el descontento popular, que atribuía la nueva y apurada situación a
lo que se acostumbra casi siempre en momentos de grave conflicto : a la
poca pericia de las autoridades o a ocultas y siniestras alevosías. Los
jefes de Zaragoza ostentaron en aquellos instantes las elevadas dotes de sus
almas, atentos solamente al deber y serenos o impávidos en medio del nuevo
peligro. Faltos de pólvora, dieron sus disposiciones para traer de la
fábrica de Villafeliche la cantidad que fuese dable;
y habiendo llegado de Lérida alguna artillería gruesa y municiones
acabaron de guarnecer cuanto les fue posible los puntos que tan en breve iban a
ser atacados. El enemigo mientras tanto rompió el fuego a las doce de la
noche del 30, dando en ella principio al bombardeo, y empezando así para
los zaragozanos el mes de julio, lloviendo sobre sus cabezas proyectiles y
laureles a un tiempo, para servirnos de la expresión de Arriaza. Las bombas
enviadas desde Torrero salvaron al principio la ciudad, y vinieron a caer
en el Ebro o sus inmediaciones; pero los franceses rectificaron bien
pronto la puntería y la carga, y fueron más certeros sus disparos. Las baterías
de la Bernardona y del Conejar comenzaron a
obrar a las seis. La campana de la Torre Nueva anunciaba con un toque las
bombas que venían de monte Torrero, y con dos las que hendían el aire desde la
altura de la Bernardona. Concierto singular el del
bronce que lanzaba sus tiros de muerte, con el de aquel sagrado metal
destinado a contar en la torre las horas que tiene la vida. Mil y
ochocientas veces por lo menos sonó la tremenda campana, siendo más de mil y
doscientas las bombas y granadas que cayeron sobre la capital en las 27 horas
primeras de aquel fuego infernal y espantoso. Las desoladas familias
comenzaron a guarecerse en los sótanos y cuevas, que allí llaman caños, y
los defensores mientras tanto no tenían un punto de reposo. El enemigo a las nueve
de la mañana del día 2 verificó un ataque general sobre todos los puntos.
Las puertas del Portillo y Sancho, situadas al oeste de la población,
fueron las principales en sufrir, con particularidad la primera, siendo
tal el estrago que en ella hubo, que la mal concluida batería vióse luego casi echada por tierra. Los morteros de la Bernardona despedían sobre la Aljafería y las dos
puertas inmediatas tres o cuatro granadas o bombas por cada una que enviaban a
la ciudad, quedando la puerta del Portillo casi desierta enteramente,
merced a la terrible mortandad. A las diez estaban heridos seis oficiales y su
bravo comandante Cabrera, con 400 voluntarios. Los sacos estaban por
tierra, los cañones se hallaban sin artilleros, el suelo rebosaba de sangre, y
los miserables despojos humanos alternaban con las ruinas y escombros del
improvisado reducto. Apoderada la consternación de los pocos soldados y
paisanos que restaban con vida, iban ya a abandonar aquel punto y a clavar
los cañones, cuando sobreviniendo de la puerta de Sancho su comandante
Renovales, contiene heroicamente al enemigo, que se prepara a embestir, y
hace volver al puesto a los que huían. La muerte mientras tanto no cesa, y la
Puerta del Portillo vuelve nuevamente a quedar sin artilleros que
sirvan los cañones. Reemplazados unos bravos por otros, sucumben estos
también , y es preciso que los dragones lleven a la grupa los soldados y
artilleros de otras baterías menos amenazadas, para surtir de gente a toda
prisa la que va mermando en otra. En esto llegan a la ciudad, venidos en posta
desde Barcelona, los subtenientes de artillería Bosete y Piñeiro, y sin tomar descanso ni permitirse la menor demora , parte el
primero a la Puerta del Carmen y el segundo a la del Portillo, siendo
nombrado comandante de esta el coronel Marcó del Pont, recién
venido igualmente con 100 voluntarios de Tarragona. La inteligencia y el valor
de los nuevos oficiales hacen que el paisanaje cobre ánimo, y recordando este
su victoria de 15 de junio, mira la muerte con indiferencia. El enemigo
despechado conoce que es inútil su intento, y que no le es posible
internarse por los puntos que con tanto rigor bombardea. La puerta del
Carmen, a cargo del valiente Larripa, recién llegado
también, según atrás dejamos dicho, con 300 soldados del regimiento de
Extremadura, resiste con el mismo valor. La de Santa Engracia no tiene un
solo jefe que dirija el fuego; pero Lazan, presente a todo y
multiplicándose en todas partes todo el día 1® de julio, nombra por
comandante suyo al capitán de ingenieros D. Marcos Simonó, y se evita con esto
la orfandad de aquel interesantísimo punto. ¿Cómo expresar lo que él y Calvo
hicieron en aquel espantoso y grande día ?
Menos
activo por la noche el fuego de los enemigos, permitió a los nuestros rehacer
los parapetos arruinados, arreglar las cañoneras del cuartel de
caballería y casa de Misericordia, apagar con notable exposición los
incendios ocasionados por los mistos, recomponer lo destruido en la Aljaferia, y prepararse en fin a un nuevo ataque por
los medios que en tan angustiosa situación les consentía la premura. El general
Palafox, que desde el 11 de junio había estado ausente de la capital, regresó
el 4 de julio por la noche, y su presencia animó extraordinariamente a los
zaragozanos en la furibunda embestida del día siguiente. El valiente caudillo
de Aragón no había descansado durante su ausencia. Su objeto al salir de
la ciudad fue reunir las tropas dispersas, llamar a las armas al paisanaje de
los pueblos, y formar de este modo un ejército capaz de medirse con
los franceses. Siguiendo la ribera izquierda del Ebro pasó este rio por
Pina, y dirigiéndose a Belchite, pidió auxilios a las juntas de Soria, Sigüenza
y Valencia. El barón de Versage, que después de estallar la insurrección
en la capital había sido enviado a Calatayud para observar el camino de
Madrid, se reunió a su general en jefe con 5,000 hombres levantados de
pronto. Palafox salió de Belchite y llegó el 21 a la Almunia, donde pasó
reseña de su tropa y la del barón, componentes al todo un pequeño ejército
de 5 a 6,000 infantes, 100 caballos y 4 piezas de artillería. Llegado a la
Almunia el 25, reunió los jefes de toda aquella gente, allegadiza en su
mayor parte, proponiéndoles tentar la suerte de las armas en campo raso y
volar a continuación al socorro de Zaragoza, cuya admirable defensa era
tan superior a sus cálculos. El denuedo que animaba a Palafox no era
patrimonio común de todos los allí congregados. Los desgraciados combates de
Mallen y Alagón y la salida de Zaragoza habían amenguado el valor de
algunos jefes, los cuales aconsejaron a su general la retirada a Valencia,
como único medio de no comprometer el ejército y no empeorar con una nueva
derrota la suerte de la heroica ciudad. Palafox contestó que daría pasaporte a los
tímidos que quisieran marchar a Valencia, y recorriendo las filas, sígame
el que me ame, exclamó. A esta voz decidida y
magnánima, proferida con todo el aliento con que saben lanzarla los
héroes, respondió en todas partes un grito de aprobación unánime, entusiasta, y siguióle todo el ejército. A la mañana
siguiente movió el general sus tropas y se puso en marcha para Épila, con
intención de dirigirse después a la Muela, población situada a tres leguas de Zaragoza
, donde pensaba atacar a los franceses y ponerlos entre dos fuegos, contando
con los valientes de la capital. Lefebvre adivinó el objeto, y marchando hacia
Palafox, atacó en Epila al anochecer del 24, cuando
menos pensaban los nuestros que podían ser embestidos. Resistiéronse,
sin embargo, en medio de la oscuridad con un valor digno de elogio,
señalándose en la refriega el regimiento de nueva creación llamado de Fernando
VII, como si fuera cuerpo veterano. La artillería dirigida por D. Ignacio
López acreditó con sus certeros tiros la merecida reputación de este
inteligente oficial; pero los aragoneses tuvieron al fin que ceder,
perdiendo los cañones y dejando en el campo de batalla más de 1500 hombres entre
muertos y heridos. Los que sobrevivieron a la derrota se retiraron a Calatayud.
Palafox conoció con esto que empeñarse en medir sus tropas en campo raso
con las aguerridas francesas, tan superiores a ellas en táctica y en
disciplina, era partido harto desigual. Detrás de las tapias de Zaragoza,
y unidas á su bravo paisanaje, podían ser más
útiles sin duda. Reunidos en Calatayud los fugitivos, dejó en este pueblo
un depósito al mando del barón de Versage, y dividiendo su gente en dos
pequeños trozos, encargó el uno de ellos a su hermano D. Francisco, reservándose
la guía del otro. Pasada la barca de Belilla,
entraron felizmente en Zaragoza la noche del 1 de julio, no en la tarde
del 2, como dice Toreno. La fijación exacta de esta fecha nos parece tanto más
importante, cuanto la admirable defensa del 2 de julio se debió en mucha parte
a las disposiciones adoptadas por el joven caudillo aragonés, y mal podría
haberlo hecho no estando todo el día en la ciudad.
El
enemigo rompió el fuego con todas sus piezas a las dos de la madrugada,
dirigiendo dos morteros, tres obuses y cuatro cañones contra el castillo de la Aljaferia, y contra las puertas del Portillo y Sancho. El
general Verdier, hecho esto, dispuso el ataque de la última puerta a las
tres de la madrugada, continuándolo después sobre la batería del Portillo,
y disponiéndolo todo con la mayor inteligencia , puesto que llamó al mismo
tiempo la atención de los sitiados en todos los puntos. Era su objeto
encubrir de este modo el verdadero ataque sobre la batería del Portillo;
pero Palafox lo presumió, y dio las oportunas disposiciones para la mejor
resistencia. El fuego de la puerta de Sancho dio la señal de alarma general, comenzando
bien pronto a ser critica la situación de los defensores. Momentos hubo en
que la batería del Portillo fue toda una balsa de sangre, hallándose tendidos
al pie de las piezas hasta cincuenta artilleros y otros varios soldados y
oficiales. Divididos los franceses en tres columnas, que a distancia de tiro se
subdividieron en dos, aislaron con su marcha el convento de Agustinos, y
cubiertos con este edificio, ocultaron desde el principio su verdadera
fuerza; mas Palafox mandó enfilarlas piezas de
la cortina de la casa de Misericordia, y tuvieron que desenmascararse. La
caballería francesa que estaba en el camino de la Muela cambió su
posición, y al empezar su movimiento comenzó la batería del Portillo un vivísimo
fuego con sus piezas de grueso calibre, causando en ella notable destrozo.
A esta sazón una columna de infantería de 700 a 800 hombres avanzó con
denuedo extraordinario hasta unos veinte pasos de la batería, calando
bayoneta y marchando a paso de carga; pero Palafox, que observaba con el
comandante Marcó del Pont el movimiento del enemigo, y había hecho cesar
el fuego y aun retirado los centinelas para inspirarle más confianza, hizo de
pronto cargar todas las piezas, y cuando los más osados se acercaban a
asaltar la batería, confiados en que Zaragoza era suya, rompió un fuego
espantoso de súbito, quedando tendidas en el suelo todas las filas de la
columna en la misma formación que traían. Verdier, visto esto, y vista
igualmente la vigilancia y heroicidad de los defensores en todos los
puntos de la línea atacada, conoció por tercera vez que o no era posible
apoderarse de la ciudad, o que si al fin lo conseguía, costaría su triunfo
a Francia mucha más gente sin comparación que la que su jefe había
empleado en la conquista de reinos enteros.
Cubriéronse de
gloria aquel día, tanto a más grande que el anterior, Renovales en la puerta de
Sancho, Palafox y Marcó del Pont en la del Portillo, el presbítero Sas con sus escopeteros de S. Pablo en la huerta del convento
de Agustinos, el capitán de ingenieros Armendariz y el de cazadores Santisteban
en la casa de Misericordia y en el cuartel de caballería, Larripa en la puerta del Carmen, el comandante Simonó y el
bravo labrador Zaraoray en la de Santa Engracia y
Torre del Pino, Lazan y el intendente Calvo en todos los puntos que recorrieron
con admirable presencia de ánimo, y todos los defensores, en fin, porque es
imposible citar nombres que sobresalgan entre los demás en pueblos compuestos
de héroes. ¿Pero de qué extrañarse que los hombres se superasen en valor a sí
mismos, cuando hasta las mujeres tomaban parle en la pelea, animando a los
combatientes y llevándoles municiones, alimentos y bebidas por en medio
del fuego enemigo? Una de ellas, más grande o más afortunada que todas, la
inmortal Agustina Aragón, tan agraciada y bella como brava, señaló su
heroísmo en tales términos, que es imposible hablar del 2 de julio sin
citar su intrépida hazaña en aquel día de desolación y de gloria. Era uno de
aquellos momentos más críticos, y que a veces deciden la suerte de las más
resueltas poblaciones. La balería del Portillo estaba sin gente, habiendo
huido toda de aquel montón de ruinas, cuyos artilleros estaban tendidos en
tierra. Al espirar el último, avanzaba una columna francesa con la
seguridad de entrar en la población en aquel intervalo de muerte. Visto esto
por Agustina, arrebata la mecha de las manos del artillero moribundo,
y aplicándola a un cañón de 24 cargado de metralla, tiende la columna por
tierra, salvándose así aquel punto tan inesperadamente, merced a la
audacia de la mujer del pueblo. Levantados con esto los decaídos ánimos de
los nombres, a quienes Calvo hace retroceder desde el Mercado, vuelven
todos al punto desierto, donde Agustina ha jurado no desamparar su cañón sino
con la vida, y a una proeza se suceden otras, y a un laurel adquirido
otros mil. Palafox premió á la heroína con un escudo
de honor y con las insignias de oficial.
Grande,
pues, fue el triunfo alcanzado por los zaragozanos en el seguido día de su
bombardeo, a pesar de lo bien combinado de la acometida. Su heroísmo, sin
embargo, no pudo impedir que el enemigo se apoderase del convento de San José,
situado a la derecha del Huerva cerca de la Puerta Quemada, y del de Capuchinos
a las inmediaciones de la del Carmen. Desesperada fue la defensa de ambos puntos,
y larguísimo tiempo el empleado por los franceses para enseñorearse de ellos ;
pero reforzados en el primero, y habiéndolos defensores puesto fuego al
segundo, después de batirse cuerpo a cuerpo en la iglesia, en los
claustros y en las celdas, quedaron uno y otro en poder del francés a
costa de muchísimas vidas. La torre o casa de campo de Alarés,
situada entre Capuchinos y la puerta del Cármen, fue ocupada también por
el enemigo, después de batirla en brecha desde el convento, construyendo los franceses
un ramal a tiro de pistola de la puerta del Cármen revistiendo su obra con gaviones y fajinas.
Estrechóse con esto
la distancia que mediaba entre el sitiador y el sitiado, siendo precisa desde
entonces la vigilancia más exquisita para evitar que el enemigo intentase un
golpe de sorpresa escalando la tapia del Cármen, como lo intentó, bien que
en vano, en la noche del 17. Los nuestros trataron de desalojar a los franceses
de aquel parapeto tan próximo al suyo, pero fue vanamente también, y hubieron
de retirarse con alguna pérdida. Los zaragozanos pusieron en ejecución con
frecuencia las más arrojadas salidas, cayendo más de una vez, no solo en
la oscuridad de la noche, sino a la clara luz del mediodía sobre los
formidables atrincheramientos del campo francés, no pudiendo, sin
embargo, impedir que el enemigo construyese un camino cubierto en toda la
extensión de su línea desde la Bernardona al
convento de S. José, y que colocase a su abrigo multitud de morteros y cañones.
Los sitiados talaron sus campos, cortando los olivos y quemando las
mieses, y reduciéndose a la indigencia a trueque de impedir que el enemigo
ofendiese a mansalva la ciudad, cubierto de su abundante y rica vegetación.
Esta medida embarazó algún tanto las operaciones del campo francés,
pero no hizo mas que retardarlas; pues abundando
como abundaba en medios artificiales, pudo a falta de otros explotarlos en
perjuicio de la ciudad, quedando casi contiguo a ella en toda la extensión
de su línea meridional, como arriba se ha dicho.
Antes de
esto intentaron los franceses cercar a Zaragoza por la orilla izquierda del
Ebro, a cuyo efecto cruzaron el rio el 10 de julio en un puente de balsas,
construido con gruesas vigas de seis varas de largo. Los nuestros opusieron
resistencia, trabándose en acción con los franceses en el punto de
Ranillas, y continuando el choque con tesón en los días 10 y 11. El general
Palafox, su hermano D. Francisco, el intendente Calvo y el inspector
Obispo se hallaron en persona en la acción, quedando el triunfo
últimamente por el enemigo, el cual sin embargo no se atrevió a avanzar más
adelante. Con esto construyeron los vecinos del Arrabal tres baterías,
desde las cuales impusieron a los franceses, midiéndose con ellos repetidas
veces y teniéndolos estacionarios cuando no conseguían ponerlos en fuga.
El famoso tío Jorge, de quien en otro capítulo hemos hecho señalada
mención, fue, se puede decir, el alma de la defensa que por aquella parte
hizo el paisanaje del Arrabal. Dueños los franceses de las muy feraces
campiñas que se extienden al norte de la ciudad, comenzaron a talarlas e
incendiarlas; y mientras las fuerzas que habían pasado el Ebro por
enfrente de Juslibol se ocupaban en esto,
cruzaban igualmente el rio por la parte de Pina algunos dragones
franceses. Estos no consiguieron circunvalar completamente la ciudad por carecer
de gente para ello; pero amenazada ésta en todo su circuito, y dividida la
atención de los sitiados, precisados a acudir simultáneamente a la defensa
de tantos y tan interesantes puntos, el resultado vino a ser el mismo,
atendidos los apuros que reinaban dentro. Destruido el puente del Gallego,
quedaron desde entonces cortadas las comunicaciones de la capital con Cataluña;
y habiendo el enemigo incendiado los molinos de harina que proveían al
principal alimento de los defensores, añadióse en
el recinto este nuevo motivo de miseria, al que la doble tala de las
mieses acababa de producir, siendo preciso, para evitar los horrores del
hambre, amasar con harina que tenía el vecindario un malísimo pan de
munición. A estas desgracias se añadió otra nueva. Los zaragozanos se surtían
de pólvora, después que se voló el almacén, haciéndola venir de la fábrica de Villafeliche, distante doce leguas, con cuyos envíos y
con la que precipitadamente se elaboraba dentro, podían atender a sus más perentorias
necesidades. Los franceses, atentos a todo, no podían echar en olvido la
ocupación de aquella fábrica ; y si bien el barón de Versage les impidió su
objeto por el pronto con las tropas que tenía en Calatayud, hubo al fin de
ceder, después de algunos choques, a la superioridad numérica de la fuerza
enemiga , cayendo en poder de esta los molinos de pólvora en el segundo tercio
del mes de julio. Necesario fue, pues, redoblar el esmero en Zaragoza para
la elaboración de tan importante artículo, explotando la tierra de las calles
para obtener salitre, quemando la caña del cáñamo para hacer carbón, y
acopiando el azufre posible donde quiera que podía encontrarse. El oficial
de artillería D. Ignacio López es citado por Toreno, y merece serlo, entre los
que más contribuyeron al acierto de estos y otros trabajos hasta el fin
del sitio. Para la elaboración de la pólvora estableciéronse en el recinto de la ciudad sendos molinos movidos por caballos.
Largo
seria enumerar ahora los diversos hechos de armas que tuvieron lugar hasta el
último día de julio, en una y otra orilla del Ebro, mereciendo
señalada mención la ocupación y defensa de la torre del Arzobispo por los
nuestros al nordeste del Arrabal, la arrojada salida del 29 de julio a fin de
sostener la misma torre, la derrota de los franceses en el mismo punto y
en sus inmediaciones el célebre día siguiente, y las reñidas acciones de las
puertas de Sancho y del Portillo, Cármen y Santa Engracia, en que se
reprodujeron por parte de las mujeres hazañas parecidas, sino iguales, a
la de la famosa Agustina. Hechos grandiosos que muy a pesar nuestro, y por
no pecar de prolijos, tenemos que considerar como otros tantos desperdicios de
gloria, con los cuales podría acreditarse la bravura de cualquier otro pueblo.
El día 31 de julio tenía el enemigo perfeccionadas sus obras y construidas
siete baterías, con 60 piezas a tiro de pistola de nuestras débiles tapias
y terraplenes. En la mañana del mismo día rompió el bombardeo de nuevo,
continuando hasta el 4 de agosto , y lanzando sobre la capital tal lluvia
de proyectiles, que en el solo espacio de catorce horas contó el vigía de
la Torre Nueva setecientos disparos de obús, cañón y mortero. La puerta del
Carmen, torre del Pino, y Santa Engracia hasta la huerta de Campo Real, fueron
los puntos que más sufrieron, como que eran los elegidos por los generales
franceses para internarse en la ciudad. Las familias que moraban por
aquellos parajes iban replegándose al interior; y vista la inhumana dirección
que el enemigo daba a sus fuegos, fue preciso sacar los enfermos y dementes del
hospital de Nuestra Señora de Gracia, fundado por D. Alonso el V,
trasladándolos del suntuoso edificio de la calle de Santa Engracia a la
lonja de la ciudad, sita a la parte opuesta junto a la puerta del Ángel.
Todo anunciaba el día e una general embestida, y
Palafox no se durmió. «Un asalto, decía a Renovales, encargado del mando en
jefe del cantón comprendido entre la puerta del Sol y huerta de Santa
Engracia, se evita con fusiles, con pistolas, con lanzas, con piedras: si
hay serenidad, son perdidos los que asaltan.» Sin embargo, la noche del e pasó
sin novedad particular. El día elegido por los franceses para apoderarse de la
capital era el 4 ; y ese día a la vez fue el más tremendo, el más espantoso
sin duda de cuantos alumbraron a Zaragoza en todo el transcurso del sitio.
Roto el
fuego por los franceses, al rayar el alba, con sus sesenta bocas a la vez,
parecen desquiciarse cielo y tierra con el reiterado estampido. La
infantería enemiga sale poco después de sus líneas por la izquierda y
derecha del castillo, llamando la atención de los defensores en los dos
extremos meridionales de la ciudad ; pero no es ya el Portillo, ni Sancho, ni
el cuartel de caballería el punto o puntos elegidos por blanco principal
de su empeño. El coronel Lacoste, ayudante de Napoleón y jefe de ingenieros, ha
hecho conocer a Verdier lo inútil que será su tentativa mientras no varíe
de plan, y convencido el general enemigo de la justicia de sus
observaciones, dirige sus esfuerzos a apoderarse de la ciudad por el
centro, o sea por la puerta de Santa Engracia. Batido este punto y sus
inmediaciones por veintiséis piezas a tan corta distancia como la que arriba
hemos dicho, fácil es inferir lo terrible y destructor del fuego enemigo.
El marqués de Lazan, acompañado de su hermano D. Francisco, acude
presuroso con la caballería a las cercanías de Santa Engracia no bien oye
los primeros disparos, mientras Palafox multiplicándose en todas partes,
corre de unos puntos a otros, alentando la constancia de los suyos allá donde
el peligro espanta más. Arrasadas nuestras débiles baterías a las cinco horas
de empezado el combate; muertos a sepultados vivos entre los escombros de
la suya los que defienden la de Santa Engracia, y abiertas en la huerta de
este monasterio y en la contigua de Campo Real dos anchísimas brechas, se
precipitan por ellas los franceses, después de atravesar el rio Huerva; y
añadiendo soldados a soldados, consiguen internarse por las huertas,
dirigiéndose por la calle del Hospital a atacar por la espalda las puertas
que sus compañeros de afuera continúan batiendo de frente. Los héroes del punto
atacado tienen que atender a la vez a lidiar por delante y por detrás, y
lo hacen con furor desesperado, costando a los franceses muchas bajas cada paso
que dan hacia adentro. Entretanto la puerta del Cármen ha dejado su foso
cubierto de cadáveres enemigos, rivalizando con sus defensores los
valientes de la Torre del Pino, entre los cuales el soldado Ruiz lleva su
osadía al extremo de adelantarse solo al paseo a clavar un cañón enemigo, hecho
lo cual vuelve a los suyos, recibiendo la graduación de oficial por merecido premio
de su hazaña.
Los
franceses por su parte, animados de un arrojo que parece sobrenatural,
continúan midiéndose en las huertas con hombres que según les resisten parecen
más que humanos también. En la lucha de aquellos semidioses, favorece la
suerte por último a las águilas imperiales, las cuales a manera de aves
nocturnas que eligen su morada entre ruinas, penetran en el monasterio de Santa
Engracia, convertido todo en escombros y cubierto de despojos humanos. Los zaragozanos
no pueden más: su desesperado denuedo cede el puesto a la superioridad de la
fuerza enemiga y a su entonces menguada ventura. Los de la Torre del Pino,
al ver ocupado el monasterio, retiran a las casas de Santa Fe los dos cañones
que tienen. Los paisanos de la puerta de Santa Engracia hacen por su
parte otro tanto , situándolos en la calle del mismo nombre junto al
malhadado hospital. En la puerta del Carmen sucede lo mismo, y sus
defensores retiran las piezas al edificio de Convalecientes, donde se
sitúan a fin de impedir se derrame el enemigo por aquella parte a tomar
por la espalda las baterías del Portillo y Sancho. Renovales guarnece la plaza
de San Miguel, y a continuación vuela impávido a reunirse con los defensores de
la batería situada a la entrada de la calle de Santa Engracia. Estos sostienen
su puesto con heroísmo; pero introduciéndose el enemigo por las tapias del
convento de San Francisco, abandonan al fin la batería y los franceses se apoderan
de ella. En aquellos terribles momentos está el suelo rebosando en cadáveres.
Verdier ha sido herido en el asalto, y ha entregado el mando a Lefebvre.
Tales son las primeras consecuencias del combate empezado aquel día y de
la ocupación del monasterio.
Dueño el
enemigo de este y de todo el terreno comprendido entre la puerta del Cármen y
el Jardín Botánico por la parte del mediodía, entre este y la entrada
de la calle de Santa Catalina al oriente ç, entre la mencionada entrada y
convento de S. Francisco al norte, y entre dicho convento y la expresada
puerta del Cármen al occidente, la empresa de ocuparlo que resta a su
frente derecha e izquierda, parece consecuencia inmediata. Sus victoriosas
legiones al fin de largas horas de combate dominan el Coso , y empiezan a
extenderse hasta los dos extremos de esta calle, la más ancha que tiene la
ciudad, llegando por la derecha hasta la plaza de la Magdalena y por la
izquierda a la de las Estrévedes, mientras una de sus
columnas se dirige por su frente al Arco de Cineja (tomándolo equivocadamente por la calle de S. Gil), a fin de apoderarse
del puente de piedra que comunica con el Arrabal. La sorpresa del
vecindario en los primeros momentos de la invasión hace latir los
corazones de un modo angustioso, dirigiéndose en tropel gran multitud
de viejos, mujeres y niños hacia la plaza de La Seo, intentando pasar el
puente y salvarse del francés con la fuga. El clamoreo de las desoladas madres
, de las afligidas esposas y de los hijos pequeñuelos comienza a hacer su
efecto en los mismos defensores, no pudiendo resistir muchos de ellos el
cuadro que presentan sus familias sobrecogidas de consternación. Vanamente el
coronel Samitier procura contener la muchedumbre : llena esta de espanto y de
pavor, agólpase en la puerta del Ángel y empieza
a derramarse por el puente. Viendo esto el teniente de húsares D. Luciano
de Tornos , arrebata furioso una mecha, y volviendo los cañones del puente
y el de la batería de S. Lázaro contra la multitud que quiere huir, amenaza
disparar sobre ella si prosigue adelante. Esta resolución enérgica produce
su efecto, y unidas a ella las exhortaciones de los eclesiásticos,
consiguen detener los fugitivos. Poco a poco el valor vuelve a los pechos
que parecía haber desamparado, y el ejemplo de otros muchos patriotas que
clavados en las bocas calles hacen frente sereno al enemigo, obliga a que
lo imiten los demás. Un nuevo y terrible combate, que debe durar siete
horas, comienza a trabarse en las calles, siendo cada casa un baluarte,
cada esquina un lugar de resistencia, cada plazuela un campo de batalla.
Los franceses que se han dirigido por la calle del Arco de Cineja son destrozados todos en aquella estrechura por los
irritados patriotas. Los de la plaza de la Magdalena huyen también de la
furia zaragozana y la carga del bravo Simonó,
retirándose a las ruinas del Seminario y de allí al convento de S. Francisco;
mientras el presbítero Sas se cubre al otro extremo
de gloria, haciendo abandonar a los imperiales la plaza de las Estrévedes. Los hechos de denuedo y de gloria se
suceden unos a otros, llegando los paisanos al extremo de lanzarse a
las piezas enemigas, abrazándose denodados con aquellos instrumentos de
muerte y arrancándolos a sus contrarios. Superada la primera sorpresa, no
son ya los fuertes los únicos que toman parte en la lucha, lo son también las
mismas mujeres, los decrépitos y aun los niños, sobresaliendo entre las
primeras, además de la brava Agustina, la justamente célebre Casta
Álvarez, mujer del pueblo, y aun mas la insigne y para siempre memorable
condesa de Bureta, Doña María Consolacion de Azlor y Villavicencio, que viendo
invadida la ciudad y próxima su casa a ser cortada, forma dos barricadas en la
calle y espera heroicamente al enemigo resuelta a resistirle hasta morir.
Rechazado este por todas partes vuelve a ocupar sus puntos anteriores,
guareciéndose en el hospital y en el convento de San Francisco, y
debiéndose gran parte del éxito al intendente Calvo, que desembocando en el
Coso con 600 hombres de refresco traídos del Arrabal, acaba de esparcir el desconcierto,
la consternación y el espanto en las fieras falanges enemigas.
Los demás
que se distinguieron en tan heroica resistencia, como Renovales, Obispo, los
dos ilustres Torres, Sangenis, Reyan, Santa Romana,
Quiroga, Cortinez, Armendariz, Navarro, Ipas, Abanto,
Fr. José Garin y otros muchos, no es posible citarlos uno a uno sin hacer
interminable la lista. ¿Pero cómo dejar de hacer mención, y muy señalada y
gloriosa, del sexagenario Cerezo, labrador de la parroquia de S. Pablo,
capitán de una de sus compañías y gobernador del Castillo, que tras haber
defendido este punto en los días anteriores con inteligencia y denuedo,
salió al Coso armado de espada y broquel, haciendo mil prodigios de valor con
tan extrañas y desusadas armas, donde más inminente era el riesgo, donde con
más furia silbaba la lluvia del plomo enemigo? ¿Cómo omitir la sublime y
lacónica respuesta dada por Palafox a Lefebvre a la intimación de
rendirse, que con laconismo igual le hizo este, cuando era mayor
el conflicto de la atribulada ciudad? «Cuartel general de Santa
Engracia (escribió el general enemigo) : paz y capitulación.»—«Cuartel
general de Zaragoza (contestó el general Palafox): guerra y cuchillo.»
No recurramos a la antigüedad para buscar en ella modelos de invencible
constancia y heroísmo : la guerra contra Francia nos los da tanto como
Sagunto y Numancia, y como los tiempos de Pelayo, de Fernán González y el
Cid.
Los
franceses perdieron 2,000 hombres entre muertos y heridos en los crudos
combates de aquel día: de los zaragozanos pereció también mucha gente , por
la mañana sobre todo; pero en la gran refriega de la tarde fue triplicada
a la nuestra la pérdida del enemigo, empeñado sin fruto en la conquista de las
calles y casas de la población, y en pasar, sin poder conseguirlo, de uno al
otro lado del Coso.
Y en esta
posición permanecieron todo el resto del sitio, sin serles posible adelantar
una sola pulgada a la acera que tenían enfrente, siendo la cruz
levantada en medio de aquella ancha calle el límite o mojón divisorio de
los dos campamentos rivales. Los vecinos parapetaron las bocacalles con sacas
de lana y con toda clase de efectos, haciendo lo mismo por la izquierda y
derecha del enemigo, y estrechándole en el terreno que dentro de la ciudad
tenía ocupado hasta el punto de ofrecer el aspecto de un doble
sitio, el de los enemigos respecto a la población y el que los
defensores oponían a las manzanas que ocupaban aquellos. Los combates
parciales, dados sin tregua por unos y otros en todo el borde, por decirlo
así, de la cuña de tropas francesas introducidas en la población, ni es
posible reducirlas a número, ni menos referir uno a uno los infinitos y
heroicos hechos con que los hijos de Zaragoza ilustraron personalmente su
nombre en aquella reñida contienda. La ciudad era todo un infierno con el
fuego continuo que se oía lanzado de ventana a ventana y de balcón a
balcón, viéndose hasta los mismos tejados convertidos más de una vez en
disputado campo de batalla. El fusil resonaba allá abajo en encrucijadas y
calles, y sonaba también allá arriba en los últimos pisos de las torres de
las profanadas iglesias. Acostumbrados los imperiales a la flema habitual
de los pueblos de Alemania, no podían mirar sin asombro aquella sangre
fría aragonesa, aquella serenidad impasible con que les enseñaban a morir los
hijos de la invicta ciudad. Cubierto el Coso de cadáveres desde la
refriega del 4, y no habiendo dado lugar a sepultarlos el empeño de unos y
otros en hacerse la guerra sin tregua, se empezó a temer un contagio con
las exhalaciones de los muertos. Para evitarlo, cogían los zaragozanos a
los prisioneros franceses, y atándolos con una cuerda, los hacían avanzar
desde las esquinas al sitio de la carnicería, a fin de retirar los cuerpos
de sus compatriotas y darles sepultura. Los franceses hacían otro tanto
respecto a los suyos, atando de la misma manera a los prisioneros españoles; y
mientras unos y otros cumplían este deber piadoso con los muertos y de
conservación para los vivos, los fuegos que se cruzaban de ambas partes
perdonaban recíprocamente a los prisioneros contrarios.
Tanta
porfía y tenacidad de parte de los defensores debía al fin agotar sus fuerzas,
si no venía gente de refresco. Conociéndolo así Palafox, había salido de
Zaragoza con sus dos hermanos, después de la sublime respuesta a la intimación
de Lefebvre. Antes de salir hizo prometer a los zaragozanos que se sostendrían
constantes hasta su próxima vuelta, y asegurado de su tesón, se dirigió
con la actividad que tan admirablemente le caracterizaba a acelerar la marcha
de los socorros que tanto de hombres como de municiones y víveres se
esperaban de fuera. Llegado a Osera, cuatro leguas de Zaragoza, alcanzóle allí el intendente Calvo y le notició lo ocurrido
después de su partida en la heroica defensa de la tarde. A las nueve de
aquella misma noche llegaron a Osera las primeras tropas que se
esperaban, consistentes en 1700 hombres procedentes de Cataluña, al mando
de los coroneles D. Luis Amat y Teran y D. José Manso. El resto, compuesto
de 5000 soldados a las órdenes de D. Felipe Saint Marc, debía llegar de
Valencia por el camino de Teruel; pero habiendo de tardar algún tiempo, y
siendo tan urgente la necesidad de socorrer a Zaragoza, se deliberó en consejo
de guerra lo que debía hacerse. La determinación fue que el marqués de Lazan se
dirigiese a la ciudad sin demora con los 500 guardias españolas que traía
Manso, y en efecto lo verificó así, entrando en Zaragoza en la madrugada del 5,
llenando de alegría a la población. Tras él debía seguir Palafox con los 4200
voluntarios de Amat, cerrando la retaguardia su hermano D. Francisco y el
intendente Calvo con el convoy; pero este movimiento experimentó
dificultades y retardos, porque noticioso Lefebvre de la entrada de Lazán
en Zaragoza y del entusiasmo que su pequeño socorro había excitado, quiso
impedir la entrada de nuevos auxilios, temiendo las consecuencias. Su oposición
fue inútil, dado que Palafox burló el encuentro desviándose a Villamayor, donde
reuniéndosele desde Huesca el coronel Perena, a
quien hizo venir con 2000 hombres adiestrados por él, la mitad de ellos
sin armas, dejó a estos en aquellas alturas a fin de llamar la atención
del enemigo , y encubriendo así su movimiento, y recurriendo a otros ardides
que acreditaron su buen tino y superior inteligencia, entró la mañana del
9 en la heroica ciudad, después de rechazar felizmente las partidas
francesas de la izquierda del Ebro. El convoy, compuesto de 50 carros de
las Cinco Villas y 150 de la tierra baja, con toda clase de comestibles,
entró después con la misma felicidad ç, precediéndole con Palafox la
pólvora y seis cañones volantes de Lérida. Perena quedó con su gente en las alturas de San Gregorio y Juslibol,
procurando aparentar más fuerza de la que tenía, e imponiendo desde allí al
enemigo, el cual se vio por fin obligado a repasar el Ebro.
Palafox a
su vuelta a la ciudad admiró la defensa de los suyos durante su ausencia, y decidido
a llevarla adelante hasta el último extremo, congregó un consejo de guerra, en
el cual se resolvió sostener él glorioso recinto con la misma constancia que
hasta entonces, y si por una vuelta de fortuna llegaba el francés a
ocuparlo, fortificarse en el Arrabal con los valientes que quedasen,
vendiendo allí caras sus vidas. Este sacrificio cruel no fue, sin embargo,
preciso. Los socorros introducidos en la ciudad habían levantado el ánimo de
los defensores hasta un extremo difícil de explicar, decayendo en la misma
proporción el de los franceses, los cuales no podían prometerse éxito ninguno
feliz, cuando estando la ciudad más apurada no habían podido conseguirlo
antes. Fieros a despecho de todo, y como si obedeciesen al demonio de la
desesperación, redoblaron su empeño en la noche del 10 de agosto contra la
batería de Convalecientes y contra la casa de Misericordia, cuyo punto
batían desde el convento de Trinitarios extramuros; pero todo tan
infructuosamente, que llenos de rabia y de ira dieron bien a entender su
impotencia, entregando a las llamas por la espalda las casas de la acera que
ocupaban en la calle de San Ildefonso, y haciendo lo mismo con la iglesia
del hospital, en cuyas inmediaciones perdieron hasta dos veces el convento
de Sta. Catalina, del cual se apoderaron los patriotas antes de llegar Palafox.
Acostumbrados estos al estrépito continuo de las bombas y granadas, y a
la explosión y derrumbamiento de los edificios, érales todo ya tan
familiar, que parecían no vivir sino de la guerra, no respirar con gusto
otro aliento que el humo de la pólvora, ni tener otro ser su existencia
que la agitación y el peligro.
No era
posible, pues , que los franceses por aquel entonces se apoderasen de Zaragoza,
y menos estando tan próximas las tropas que venían con Saint Marc.
La noticia del desastre de Bailén y la de la salida de José de Madrid ,
sabida en Zaragoza la tarde del 11, acabó de llenar de júbilo a los habitantes,
si bien no se durmieron por eso, siendo todavía de esperar alguna nueva
arremetida antes que Saint Marc arribase. El nuevo ataque no tuvo lugar,
puesto que el día 15 recibieron los franceses la orden definitiva de
levantar el sitio, orden dada ya el día 6, pero que había sido revocada.
Precedió el tal mandato algunas horas a la llegada a Zaragoza de la
división valenciana, siendo el enemigo atacado por la vanguardia de esta y
por los aragoneses al caer de la tarde del 15, cuando se disponía a
partir. Viéndose acometido, apresuró Lefebvre su retirada, volando los restos
del monasterio de Santa Engracia, del cual no quedaron ilesos sino la
torre y el célebre pórtico de mármol, obra del artista Morlanes,
con dos torrecillas que adornaban los costados del pórtico. La iglesia
subterránea de los Mártires quedó toda cegada con las ruinas. Trasladados
los franceses a Torrero, donde reconcentraron su campo, volaron por la noche
los almacenes y varios edificios, retirándose al amanecer del 14 después
dé clavar y echar al canal su artillería gruesa, siendo hasta 74 las
piezas de diversos calibres que los zaragozanos hallaron después
abandonadas en diferentes puntos. La precipitación de los franceses fue tal,
que ni aun el pan que tenían recién amasado en Torrero pudieron llevarse.
Varias partidas nuestras salieron a picar la retaguardia del enemigo, siguiendo
en pos la división valenciana, pero aquel llegó
a Tudela en tres días sin descalabro particular. El 20 evacuaron
los franceses Tudela, cortando un arco del puente, y estableciendo
Lefebvre en Milagro su cuartel general, donde situó también el grueso de su
ejército. Las tropas de Saint Marc, después de un pequeño encuentro en Fontellas, abandonaron el camino real, yendo con ellas
el cuerpo del barón de Versage y tomando la ruta de Ablitas y Malón, como
para dirigirse a Tarazona.
Tal fue el
término del primer sitio puesto por los franceses a la inmortal Zaragoza, el
cual les costó más de 5000 hombres según Toreno, bien que hay datos
fundados para creer que fue mucho más grande su pérdida. Los
españoles perdieron 2000. «Célebre y sin ejemplo ç, dice el historiador
mencionado, más bien que sitio, pudiera considerársele como una continuada
lucha o defensa de posiciones diversas, en las que el entusiasmo y personal
denuedo llevaba ventaja al calculado valor y disciplina de tropas aguerridas.
Pues aquellos triunfos eran tanto más asombrosos cuanto en un principio, y
los más señalados, fueron conseguidos, no por el brazo de hombres
acostumbrados a la pelea y estrépitos marciales, sino por pacíficos
labriegos, que ignorando el terrible arte de la guerra, tan
solamente habían encallecido sus manos con el áspero y penoso manejo de la
azada y la podadera.»
Europa
miró con asombro una resistencia tan desesperada, y de la cual no ofrecen ejemplo,
según los mismos escritores franceses, los anales de los tiempos modernos.
«La defensa de Zaragoza (dice el ilustre Foy), que tan grande ejemplo dio á España, resonará en la serie de los siglos. Verdad es que
los habitantes no fueron acometidos sino por un puñado de soldados, y
verdad es también que no llegó á formarse un sitio
regular; pero hallándose aquellos hombres sin defensas era preciso todo su
valor para compensar la superioridad de tropas aguerridas; cosa casi
imposible en campaña, porque el número en tales casos ha cedido siempre a la
disciplina. La fuerza de los españoles comenzó en la ciudad y se
acrecentó a medida que el sitiador seguía progresando. Las brechas de
Zaragoza han enseñado a sostener asaltos. Los sitios en España han sido siempre
heroicos. Y no se diga que habiendo, al fin de sucumbir más tarde, la
conservación de la plaza era preferible a su ruina: Leónidas pereció en
las Termopilas, y su muerte era cierta también antes de lanzarse al
combate. Zaragoza tendrá la misma gloria: ese fervor religioso que abraza
a la vez el presente y el porvenir, la cuna y la tumba; ese fervor que se
hace aún más santo cuando combate al extranjero y a los opresores de la
patria, allí......en Zaragoza, brotó. Esa sublime indiferencia a las cosas de
la vida y de la muerte , incapaz de inquietarse por nada , sino por obedecer al
impulso de una noble y sublime pasión.....allí se hizo a todos patente.
¡Allí.....en aquella ciudad, la naturaleza moral supo, en fin, triunfar de la
física !.....»
El
ilustre general Palafox, cuyo nombre equivale a un poema, hizo patentes en este
sitio las raras cualidades de su alma, llena a la vez de ardor y sangre feria,
de gran exaltación y gran firmeza, de temeridad y de calma: hombre digno de
mandar a aquel pueblo y de identificarse con su gloria, siendo uno desde
entonces el laurel con que la historia ciñe las dos frentes, la de la ciudad y la
del caudillo. Palafox ha gozado el placer de ver la apoteosis de sus hechos aun
antes de descender a la tumba : dicha concedida a muy pocos...., y de pocos
también merecida. Más adelante le veremos al frente de su brava Zaragoza dar un
segundo ejemplo de constancia, de tenacidad y heroísmo, como para decir a
los incrédulos, que hecho un imposible una vez, puede muy bien realizarse otra.
Doble y elocuente lección para los ateos políticos incapaces de creer aquellos días en la
omnipotencia del pueblo.
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