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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO
XVII
Consideraciones
sobre la legitimidad del poder ejercido por las juntas populares en
1808.—Necesidad de un gobierno central, y consideraciones sobre su
índole.—Oportunidad del régimen federativo en la época a que se refiere
esta historia.—Nombramiento de la Junta Central.—Ambiciosos designios del
Consejo de Castilla.—Gestiones del príncipe Leopoldo de Sicilia para obtener la
regencia del reino. —Instalación de la Central en el Real Sitio de
Aranjuez.—Juicio sobre esta corporación y sobre sus principales
individuos.—Defectos esenciales de dicha asamblea en su organización interior.—Desacertadas
providencias suyas.—Entrada de Llamas y Castaños en Madrid, y proclamación de
Fernando VII. —Piérdese la oportunidad de atacar
a las tropas enemigas con probabilidades de éxito.—Distribución de nuestros
ejércitos en la segunda campaña: falta de concierto en los planes: distribución
del ejército de José.—Consejo de generales celebrado en Madrid, y
disposiciones que adopta: lamentable retardo de las operaciones.—Movimiento de
nuestras tropas.—Acción de Lerin: pérdida de Logroño : destitución de
Pignatelli.—Preparativos del emperador para dar presto fin a la lucha : conferencias
de Erfurth: nueva organización y distribución de las tropas francesas para la
segunda campana.—Cruza Napoleón el Bidasoa y se pone al frente de su
ejército.—Acción de Zornoza: pérdida de Bilbao: únense a las tropas de Blake las que al mando del marqués de la Romana habían venido
del Norte: ataque de Balmaseda.—Continúan las desgracias de Blake: batalla
de Espinosa de los Monteros, —Retirada de Blake a Reynosa : toma Napoleón
el camino de Madrid.—Movimiento del ejército de Extremadura: batalla de
Burgos.—Entrada de Napoleón en esta ciudad: amnistía y proscripciones. —Fin
de la retirada de Blake, a quien sucede el marqués de la Romana en el mando del
ejército de la izquierda: derrota de los asturianos al mando de Llano
Ponte.—Desaliento de Moore en Salamanca y tardanza del ejército ingles en
cooperar a la lucha.—Situación de nuestro ejército del centro: batalla de
Tudela.—Reúnense en Zaragoza los aragoneses,
valencianos y murcianos derrotados en dicha batalla: retirada de Castaños a
Calatayud y Sigüenza: ataque de Bubiesca: sucede la
Peña a Castaños en el mando del ejército de Andalucía.—Marcha Napoleón a
Madrid: acción de Somosierra : pasan los franceses el puerto.—Napoleón delante
de Madrid: defensa de esta villa: toma del Retiro por los franceses:
capitulación violada por estos: entrada del emperador en la corte
de España.—Crítica situación de la Junta Central: abandona el Real Sitio
de Aranjuez y se dirige a Badajoz,
Al
insurreccionarse las provincias en mayo contra el poderío francés, hallábase la
nación sin gobierno, no pudiendo llamarse tal la junta suprema nombrada por
Fernando antes de su viaje a Bayona. Esta corporación, vendida al intruso o supeditada
por él, había poco a poco degenerado en principal instrumento de la opresión
que sobre el país se ejercía. Su conducta, al quemar los decretos expedidos por
el rey el 5 de mayo, en uno de los cuales la autorizaba este para ejercer
la soberanía, disponiendo en el otro que el Consejo, o cualquiera
audiencia o cancillería que se hallase libre, procediese a convocar las
cortes del reino, fue un acto con el cual abdicó todo derecho a presidir los
destinos de la nación, no pudiendo ya ser legitimo el ejercicio de su
autoridad, y menos publicando como publicó el regio decreto del 6, reconociendo
válida la renuncia del joven monarca, contra la cual se alzaba tan
unánimemente el grito de reprobación nacional.
El
Consejo de Castilla, a quien según el expresado decreto del 5 se dejaba la
facultad de reunir las Cortes, no había observado tampoco sino una conducta
punible, dado que mientras las probabilidades de éxito estuvieron por el
invasor, fue constantemente su cómplice, como lo había sido la junta, y mal
podía por lo mismo ejercer una autoridad, cuyo primer carácter debía ser el
nacionalismo en todas sus disposiciones.
Las cancillerías
y audiencias, aterradas delante del invasor, no habían tampoco hecho nada, ni
podían hacerlo tal vez obrando en cuerpo, en favor de la causa nacional y
de su comprometida independencia. Mal podía, pues, ningún cuerpo de los
constituidos en España en el citado mes de mayo reclamar el derecho de erigirse
en gobierno, pasados los primeros momentos de consternación y de apuro, no
habiendo podido ser útiles en ese sentido gubernamental, cuando el país se veía sin
gobierno.
Pero las
provincias se alzaron y constituyeron sus juntas, y esas juntas hicieron por la
patria lo que ellas solas en aquella crisis podían con éxito hacer. Su
previsión, su celo, su heroísmo, su fidelidad, su constancia, eran títulos que,
unidos a la voluntaria obediencia que las tributaban los pueblos, constituían
la legitimidad del supremo poder que ejercían, y que nadie podía disputarles,
incluso el rey que tan cobardemente se postraba a los pies de su tirano,
cuando el ínfimo de sus súbditos no titubeaba en morir antes que consentir
la cadena que al país se quería imponer. La historia de todos los pueblos
del mundo no ofrece un ejemplo tan grande de la soberanía de alguno,
ejercida con tanta extensión y con tan indudable derecho, como la que ejerció
en aquella época la magnánima nación española. El supremo poder de las
juntas fue un título inherente a la índole y a la naturaleza de su
encargo, sin que nadie que nosotros sepamos, ni aun los mismos
escritores absolutistas, hayan puesto objeciones a la pureza y legitimidad
de su origen, cualesquiera que fuesen los defectos que algunas de esas
corporaciones cometieran en el ejercicio de las atribuciones que les habían
delegado los pueblos. La retirada de los franceses a la orilla izquierda del
Ebro, fue, por decirlo así, la última sanción del poder ejercido por las
corporaciones provinciales: el buen éxito que en su reinado había tenido
la lucha, manifestaba bien lo dignas que habían sido de representar la
nación en aquella crisis terrible.
Eran,
pues, las juntas supremas el único gobierno legítimo y verdaderamente nacional
que las circunstancias de entonces hacían posible en España, y eran dueñas sin
óbice alguno de tomar el rumbo que mejor les placiese para constituir
definitivamente el país en el sentido que su ilustración y patriotismo creyesen
más oportuno, desde el momento en que tuviesen tiempo para ocuparse en tan
vital asunto, siendo menos inminente que antes el riesgo que corría en la
lucha el sostén de nuestra independencia.
Ese
momento llegó después de la jornada de Bailén. Las juntas provinciales, que
desde el mes de junio habían ya pensado en lo útil de armonizar para el
mejor éxito los esfuerzos desplegados por todas, vieron en su triunfo la
hora de ponerlo en ejecución y se dedicaron a hacerlo. La necesidad de un
poder que sirviese de lazo común al fraccionamiento local fue reconocida
por todos, diferenciándose no obstante las opiniones acerca de la forma y
organización que había de tener ese gobierno. Unos, que eran los más, lo
querían supremo y soberano sobre todos los distritos sin excepción , y
otros, en muy escaso número, lo deseaban central en buena hora, pero con
el carácter federativo, dando al centro el poder suficiente para dirigir
la lucha con éxito, pero sin perjuicio de la supremacía de las autoridades
locales en sus respectivos distritos en lo relativo a su régimen interior.
Para los
que ven en la historia la causa principal de nuestra decadencia en la
nivelación absoluta a que el poder central de nuestros reyes quiso
constantemente sujetar provincias tan distintas en índole, en costumbres, en
clima, en idioma, en recuerdos, como lo son las nuestras, el pensamiento
del federalismo debía tener alicientes que ningún otro gobierno les
ofrecía, siendo este al parecer el más propio del suelo peninsular, el que
más tiempo, si bien se examina, ha existido de hecho en España, y el más
acorde en 1808 con las circunstancias de la época, cuyo carácter esencialmente
federativo no puede ponerse en duda, vista la actitud soberana que cada
provincia adoptó, sin perjuicio de la alianza de todas para contribuir al
mismo fin, que era la defensa común. Nosotros en aquella ocasión nos
hubiéramos francamente decidido por la adopción de hecho y de derecho del
régimen federal español; pero hubiéramos quedado vencidos, porque esa idea
estaba en minoría, y los más de nuestros políticos, temiendo condenar la
Península á discordias perpetuas y a una disolución lamentable, optaron
como más oportuno por un poder uniforme y esencialmente centralizador.
Algunas querellas y rivalidades entre varias de las juntas supremas dieron más
cuerpo a ese temor, si bien nos parece infundado, si hemos de decir la
verdad.
Como
quiera que sea, la mayoría de las opiniones estuvo por ese poder supremo
centralizador, habiéndose comunicado las juntas entre sí desde el mes de junio
para llevar a cabo el pensamiento. Convenidas las más en la esencia de
este, discrepaban todavía en la forma, creyendo unas llegado el caso de
resucitar las antiguas Cortes españolas, y otras el de instalar un
Congreso más acomodado a la época. El primero de estos dos pensamientos estaba
sujeto en la práctica a dificultades de cuenta, pues siendo tan varios los usos
en las respectivas provincias por lo tocante a la congregación de la Representación
nacional, era preciso reformar un punto de tan trascendentales
consecuencias, y las circunstancias del tiempo no permitían abordar de pronto
tan imprescindible reforma. Creyóse por lo tanto
mejor constituir una asamblea, compuesta de dos diputados de cada una de las
juntas provinciales, influyendo muy poderosamente en la adopción de esta
idea el bailío D. Antonio Valdés, presidente de las de León, Galicia y
Castilla, reunidas en Lugo en representación de las provincias del norte, y con
ánimo en un principio de encaminarse a la federación.
La junta
de Sevilla, temerosa de perder la supremacía de que las circunstancias y sus
méritos la habían revestido, resistió cuanto estuvo en su mano la formación de
la Central, pero vista la opinión casi unánime de las demás corporaciones
provinciales, desistió al fin de su oposición , y acorde con la junta de
Granada, con quien había estado algún tiempo lastimosamente desavenida,
procedió, aunque tardía, al nombramiento de sus dos vocales. Hecho lo
mismo por todas, hubo algunas diferencias aun sobre el punto más a propósito
para la instalación de la asamblea, decidiéndose al fin los diputados por
el Sitio real de Aranjuez, con preferencia a la Corte, por temor a las intrigas
y manejos del antiguo Consejo de Castilla.
Esta
corporación degenerada, y tan diversa de lo que antes había sido, aspiró con
empeño a erigirse en supremo gobierno nacional, fundándose en prerrogativas de
puro nombre, y que atendida su conducta respecto al usurpador, nunca menos
que entonces podía con justicia hacer valer. Con la salida de los
franceses había quedado Madrid entregado a sí misma, presenciando sus
calles algunas escenas de anarquía, entre ellas el asesinato de Viguri, antiguo
intendente de la Habana, amigo del príncipe de la Paz, y tachado por un criado
suyo de afecto al gobierno francés. El Consejo con este motivo aprovechó
la oportunidad que el estado de Madrid le ofrecía de satisfacer su ambición, y
reasumiendo en su mano la administración de la Corte, quiso hacer lo mismo
respecto a todas las provincias de España, exigiendo obediencia de sus
juntas y sumisión de nuestros generales. A estos les ordenó,
manifestándoles que debían acercarse a Madrid con sus tropas, y a aquellas
les mandó que enviasen representantes suyos a la Corte, para en unión con
ellos tratar de los mejores medios de defensa, sin perjuicio de obrar en
lo demás como más oportuno creyese a la felicidad de la nación. Oídas por
las juntas las pretensiones del Consejo, respondiéronle en términos acres, con la sola excepción de la de Valencia, echándole en cara
su mal porte con la causa que el país defendía. Entre los generales, censuróle el ilustre Palafox de no haber llenado sus
deberes; visto lo cual por el Consejo, creyó del caso dar un manifiesto
para sincerar su conducta y reconciliarse con la opinión tan unánimemente
declarada en su contra. Fue inútil, pues, su ambicioso propósito de
erigirse en gobierno supremo, mas no por eso renunció a intrigar para
conseguirlo de cualquier modo, con tal que bastase a saciar su sed de
prepotencia y de dominio.
Ni fue
solo aquel cuerpo el que anheló abrogarse el derecho de regirnos en aquella
crisis terrible. El príncipe Leopoldo de Sicilia, viéndola nación sin monarca,
anheló también eso mismo, enviando al príncipe de Castelcicala cerca
del gobierno británico con inusitadas pretensiones a la regencia de España,
y hasta viniendo él mismo a Gibraltar, tal vez por secretas ofertas, que
al fin no tuvieron efecto. Una voz esparcida en Sevilla hizo correr la especie
de lo conveniente que seria erigir la susodicha regencia, compuesta de
tres individuos, debiendo ser el primero el mencionado príncipe, y el
arzobispo de Toledo y el conde del Montijo los otros dos. La sensatez de
los españoles rechazó tan extraña candidatura, siendo igualmente inútiles
los esfuerzos de D. Gregorio de la Cuesta y del duque del Infantado para tener
el principal papel en aquella cuestión de ambiciones, gracias a la
prudencia de Castaños, que se negó a prestarles su apoyo.
Obviados así
todos los inconvenientes que en el primer periodo de la lucha se habían en
diversos sentidos opuesto a la creación del nuevo gobierno, instalóse este
solemnemente en el real palacio de Aranjuez el día 25 de setiembre de
1808, bajo el nombre de Junta Suprema Central Gubernativa del Reino. Celebróse el suceso con unánimes demostraciones de alegría
en todas las provincias españolas, esperando de la anhelada corporación el
presto fin de los usurpadores, y el reinado feliz de las reformas que tanto
necesitaba el país. Por desgracia la junta carecía, en la mayoría de sus
individuos, de hombres a propósito para el caso en sentido militar y político.
Fueron en un principio sus miembros en número de 24, aumentándose después
hasta 55, casi todos ellos nombrados por las juntas provinciales.
La Junta
Central se componía de los sujetos siguientes:
Por
Aragón.—D. Francisco Palafox y Melcí,
Gentil hombre de Cámara de S. M., brigadier del ejército y oficial de guardias
de Corps. D. Lorenzo Calvo de Rozas, vecino de Madrid e intendente del
ejército y reino de Aragón.
Asturias.—D. Gaspar
Melchor de Jovellanos, caballero de la orden de Alcántara, del Consejo de Estado
y antes ministro de Gracia y Justicia. Marqués de Campo Sagrado, teniente
general, inspector general de las tropas del Principado de Asturias.
Canarias,—Marques
de Villanueva del Prado.
Castilla
la Vieja.—D. Lorenzo Bonifaz y Quintano, dignidad de Prior de la Santa
iglesia de Zamora. D. Francisco Javier Caro, catedrático de leyes de la
Universidad de Salamanca.
Cataluña.—Marques
de Villel, conde de Darnius,
grande de España. Barón de Sabajona.
Córdoba.—Marqués
de la Puebla de los Infantes, grande de España. D. Juan de Dios Gutiérrez Rabé.
Estremadura.—D. Martin
de Garay , intendente de Extremadura y ministro honorario del Consejo de la
Guerra : fue el primer Secretario general y despachó interinamente el
ministerio de Estado. Don Félix Ovalle, tesorero de ejército de Extremadura.
Galicia.—Conde de Gimonde. D. Antonio Avalle.
Granada.—D.
Rodrigo Riquelme, regente de la Chancillería de Granada. D. Luis de Funes,
canónigo de la Santa Iglesia de Santiago.
Jaén.—D.
Francisco Castañedo, canónigo de la Santa Iglesia de Jaén, Provisor y Vicario
general de su obispado. D. Sebastián de Jócano , contador de la provincia de
Jaén.
León.—Frey D.
Antonio Valdés, Baylío, gran cruz de la orden de San Juan, caballero del Toisón
de oro, Gentil hombre de Cámara de S. M. , capitán general de la Real Armada,
consejero de Estado y ex-ministro de Marina. El
Vizconde de Quintanilla.
Madrid.—El conde
de Altamira, marqués de Astorga, grande de España, caballero del Toison de oro, gran cruz de Carlos III: fue presidente de
la Junta. D. Pedro Silva , Patriarca de las Indias, gran cruz de Carlos
III, y antes mariscal de campo de los reales ejércitos : falleció en Aranjuez y
no fue reemplazado.
Mallorca.—D.
Tomas de Veri, caballero de la orden de San Juan, teniente coronel del
regimiento de voluntarios de Palma. Conde de Aragón , teniente coronel de las
milicias de Palma.
Murcia.—Conde de
Floridablanca, caballero del Toison de oro, gran cruz
de Carlos III, Gentil hombre de Cámara, Consejero de Estado y antes primer
Ministro: fue el primer presidente de la Junta Central: falleció en
Sevilla y fue subrogado por el marqués de San Mamés, que no tomó
posesión. Marqués de Villar.
Navarra.—D. Miguel
de Balanzá. D. Carlos de Amatria, individuo de la Diputación del reino de
Navarra.
Toledo.-D. Pedro
de Ribero , canónigo de la Santa Iglesia de Toledo: fue Secretario General. Don
José García de la Torre, abogado de los reales consejos.
Sevilla. D.
Juan de Vera y Delgado , arzobispo de Laodicea ,
coadministrador del cardenal de Borltori en el de Sevilla, y después obispo de
Cádiz: fue presidente de la Junta Central. El Conde Tillí.
Valencia.—Conde de
Contamina, grande de España, Gentil hombre de Cámara de S. M. Príncipe Pío,
grande de España, coronel de milicias: falleció en Aranjuez, y fue subrogado
por el marqués de la Romana, grande de España, teniente general de los
reales ejércitos y general en jefe del ejército de la izquierda.
Hombres los más de clases elevadas, y
connaturalizados con los abusos del régimen anterior, no eran representantes
ciertamente de la nueva época de regeneración que para la España se abría, ni
comprendían sus necesidades, ni cualquiera que fuese el tributo que en justicia
debiera rendírseles por sus virtudes privadas y por su españolismo a toda
prueba, tenían las difíciles dotes que se requieren para gobernar, y más en
momentos de apuro.
Nombrado
presidente de aquel cuerpo el conde de Floridablanca, constituyóse este en digna muestra de lo que de la junta podía esperarse en sentido
reformador, no siendo aquel antiguo ministro capaz de transigir con otras
formas que las del absolutismo pasado, condición en él esencial
para desplegar con éxito las elevadas cualidades de que en medio de
grandes defectos se hallaba sin duda dotado. El ministro de Carlos III no podía
serlo con fruto en época tan distinta de aquella en que tanto sobresalió,
y menos siendo ya octogenario y lleno de achaques además. Harto más
liberal Jovellanos, en el sentido que se da a esta voz, conocía las justas
exigencias de la época nueva en que se hallaba, y era más flexible con
ellas que el tenaz y decrépito conde; pero digno patriota como era, sabio
como todos le reconocían, y dotado como el que más de sinceros deseos por
el bien, carecía de las más de las prendas necesarias en un hombre de Estado,
siendo también su edad harto avanzada para no sentirse algo tibio en cosas que,
exceptuando el patriotismo, exigían esfuerzo y vigor. Órgano de la minoría
en las grandes cuestiones de reforma, elevó su voz constantemente en pro de las
mejoras políticas que debían hacerse en nuestro régimen interior; pero el
partido contrario a ellas, representado por Floridablanca, prevaleció sobre él y
los suyos largo tiempo, por esa misma carencia de dotes que como hombre público
nos hemos atrevido a notar en aquel español eminente. Mas fervoroso que él
Calvo de Rozas, el mismo de quien en otro capítulo hemos hecho
honrosa mención refiriéndonos al sitio de Zaragoza, combatió con notable
energía en el seno de aquella asamblea en favor de la causa liberal,
formando un como tercer partido más avanzado que el de Jovellanos; pero si
se exceptúan algunos pequeños triunfos arrancados a fuerza de insistir, la
helada mayoría de la Junta llevó siempre la mejor parte en todas las
cuestiones propuestas, sin que nunca saliese de aquel cuerpo una sola idea
fecunda en lo militar o económico. A pesar de las luces y el tino del
honrado D. Manuel de Garay, de los conocimientos de Valdés y de la expedición
de algún otro, la junta caminó constantemente, como dice un
escritor contemporáneo, por un terreno vulcanizado con las pesadas ruedas
de la vieja y gastada tiranía.
Esa
pesadez, sin embargo, no era efecto exclusivo de las preocupaciones en que
abundaban los más; éralo también de la forma que tenía aquella asamblea,
escasa y aun mezquina en vocales para las deliberaciones, y superabundante
por demás bajo el punto de vista ejecutivo. Para obviar este último
inconveniente recurrióse, aunque con poco fruto,
a dividir la corporación en cinco secciones, las cuales debían proponer
las providencias que en sus respectivas incumbencias creyesen oportunas,
quedando la resolución definitiva reservada a la junta en sesión plena. Demas
de eso, creóse una secretaría general, a cuyo frente
estuvo primeramente el mencionado Garay, el mismo que más adelante fue
ministro de Fernando VII, sucediéndole luego en el cargo el eminente
poeta, distinguido prosador y ferviente patriota D. Manuel José Quintana;
elecciones acertadas las dos , la última con particularidad.
Las
primeras providencias de la asamblea desagradaron extraordinariamente.
Prescindiendo de cuidados más importantes, ocupáronse los diputados en determinar se diese a cada cual el tratamiento de excelencia,
al presidente el de alteza, y a toda la corporación reunida el de majestad.
La puerilidad que mostraron al decretar el distintivo de su uso,
consistente en una placa en que estaban pintados ambos mundos, pareció muy
pequeña también ; tachándose al mismo tiempo de impopular y antieconómica
la medida por la cual se señalaron el sueldo anual de 420,000 reales. Pero
lo que más repugnó, sobre todo a las clases ilustradas, fue la suspensión
de la venta de manos muertas, el permiso que se dio a los jesuitas para
regresar a España en calidad de particulares, el nombramiento
de inquisidor general y la represión de la imprenta. Defraudadas así las
esperanzas que tantos españoles de valía habían concebido en sentido
reformador, hubo varios de ellos que habiendo combatido al intruso,
abrazaron tristemente su causa, conceptuándola más propicia a la
regeneración del país. Los murmullos de desaprobación con que fueron recibidas
estas providencias de la junta, a pesar del respeto que por otra parte se
la tributaba como autoridad nacional, obligáronla a
dar un manifiesto en noviembre, en el cual prometió mantener en pie de
guerra medio millón de infantes y 50,000 caballos, ofreciendo también
esperanzas de mejorar nuestras instituciones; pero este documento fue
tardío, habiéndose pasado mes y medio en inacción y reprensible silencio.
El tiempo oportuno de darlo era el de su misma instalación, cuando
Jovellanos propuso que se hablase al país de mejoras políticas, no siendo
escuchado su voto, si bien no fue en todo igualmente acertado.
Después
de la batalla de Bailén se habían dirigido a la capital los generales González
de Llamas y Castaños, entrando el primero en la Corte el día 15 de agosto con
las tropas de Valencia y Murcia, de cuyo mando había sido destituido Cervellon, y el segundo diez días después, con la
reserva de Andalucía. Recibieron los madrileños a los dos con sencillos arcos
triunfales y delirantes muestras de alegría, particularmente al segundo,
continuando las fiestas después con motivo de la solemne proclamación de
Fernando VII, hecha por el marqués de Astorga como legítimo alférez mayor.
El júbilo hizo perder un tiempo precioso, pudiendo haberse aprovechado más
persiguiendo la corte de José, a quien no hubiera sido fácil con sus
tropas, reducidas a 50,000 hombres, resistir el empuje de las nuestras,
notablemente superiores en número, y probadas ya en los combates, a
conducirlas instantáneamente sobre el atribulado invasor. La villa de Bilbao,
insurreccionada contra este el 6 de agosto, no hubiera caído a los diez días
por falta de bastante sostén, si explotando nuestras autoridades aquel
acontecimiento, junto con la exasperación de los ánimos en Guipúzcoa, y con las
alarmas que D. Antonio Egoaguirre y D. Luis Gil ocasionaban a los
invasores en Navarra, hubieran estrechado al enemigo cuanto más distraídas y
llenas de inquietud estaban sus fuerzas. Las rivalidades de algunos generales
contribuyeron también no poco a aquella funesta inacción, siendo Cuesta entre
ellos el que más contribuyó por ventura a la paralización de las
operaciones con sus ambiciosos designios de elevarse al mando supremo en
la parte militar. José aprovechó el largo tiempo que se le dio de respiro,
proveyéndose de recursos a la orilla izquierda del Ebro, y situando sus tropas
en una posición céntrica, en términos de poder resistir el mal combinado
ataque de las nuestras en la muy dilatada curva que se las hacia
describir. Nombrada la Junta Central para organizar ante todo un plan
general de defensa, en nada estuvo acaso menos atinada y feliz que en este
interesantísimo punto.
Como
quiera que sea, nuestras desparramadas tropas dividiéronse por una de sus providencias en cuatro ejércitos, el de la izquierda, el de
Cataluña o de la derecha, el del centro y el de reserva. El 1º debía
constar de las tropas de Galicia y de Asturias, de las que al mando del marqués
de la Romana habían, a través de mil peligros, venido del Norte, y de las que
pudiesen reunirse en las montañas de Santander. El 2º. debía componerse de las
huestes del Principado, de las divisiones de Mallorca, de las que a
consecuencia de la convención de Cintra habían venido de Portugal, y de las que
Granada, Aragón y Valencia enviaron. El 3º había de comprender las cuatro
divisiones de Andalucía, las de Castilla y Extremadura , y las que al
mando del general Llamas habían entrado en Madrid procedentes de Valencia
y Murcia, contando con que los ingleses las auxiliarían por su parte,
aunque, como veremos después, fue su ayuda tardía y mal combinada. El 4
finalmente componíanlo las tropas aragonesas y los soldados que durante el sitio de Zaragoza habían
acudido a esta ciudad desde Valencia, Cataluña y otras partes. Para el
mejor acierto de las operaciones, nombróse una junta
general de guerra, cuya presidencia se confió a Castaños, bien que este
general debía por entonces continuar en el ejército. Muy conveniente
hubiera sido que la totalidad de nuestras fuerzas hubiese tenido un solo y exclusivo
director o general en jefe; pero la junta, fuese por temor a una dictadura que
pudiera en último resultado convertirse en perjuicio de su autoridad,
fuese por no ser fácil la elección para aquel cargo entre los jefes que lo
ambicionaban, fuese, en fin, por ambos motivos, es lo cierto que no hubo
cabeza que presidiese a todas las demás donde urgía más que la hubiese.
Nuestros jefes obraron sin concierto, siendo esta otra de las causas de
nuestra inferioridad respecto al enemigo, cuyas tropas, reforzadas con
otras de refresco, estaban divididas en cuatro cuerpos, mandando el de la
izquierda Moncey, el de la derecha Bessières, el del centro el mariscal
Ney, y el de la reserva José con el mariscal Jourdan, mayor general, a
cuyas disposiciones estaban todos sujetos.
El día 5
de setiembre se había celebrado en Madrid un Consejo de guerra en casa del
duque del Infantado, al cual asistieron los generales Castaños,
Llamas, Cuesta y la Peña, el mencionado duque en representación de Blake,
y otro comisionado en nombre de Palafox. Tratóse en
él, aunque sin resultado, el interesantísimo punto del nombramiento de un
generalísimo, no menos que del plan de campaña que convenia adoptar,
siendo el acuerdo, después de varias sesiones, aproximar nuestras fuerzas a
las márgenes del Ebro, a cuyo fin debía Llamas situarse sobre Calahorra con sus
soldados de Valencia y Murcia, mientras Castaños con los de Andalucía debía
marchar a Soria, Cuesta con los de Castilla al Burgo de Osma, Blake con
los de Galicia a Aranda de Duero, y Palafox con los suyos a Sangüesa y
orillas del rio Aragón, recomendándose además de eso a Galluzo,
general de las tropas de Extremadura, viniese a cooperar a la embestida,
reuniéndose con los demás ejércitos. Destituido después Cuesta por la Junta
Central, y mandado llamar a Aranjuez a consecuencia de la prisión de Valdés y
Quintanilla, diputados de la misma, detenidos arbitrariamente por el expresado
general, quedó el ejército de Castilla a las órdenes de D. Francisco
Eguía, sucediéndole luego definitivamente en el mando D. Juan Pignateli. Estos
sucesos y otros, unidos a la falta de recursos, retardaron la ejecución de
lo convenido, contribuyendo a ella también la dilatada permanencia de Castaños
en Madrid, con la esperanza, según se cree, de que la junta le nombrase
general en jefe de todas nuestras tropas reunidas. Así fue que hasta últimos de
octubre no se hallaron los más de nuestros generales en disposición de ser
útiles como hombres de acción cada cual en el punto convenido.
El
general Blake, después de organizar algún tanto su ejército en Manzanal y
Astorga, y tras haber conseguido que el marqués de Portago se apoderase dos veces de Bilbao, recibió el 11 de octubre en Quincoces el auxilio de las tropas de Asturias
mandadas por D. Vicente María de Acevedo, sucesor del marqués de Santa
Cruz de Marcenado, y por sus segundos D. Cayetano Valdés y D. Gregorio
Quirós. Unidos los soldados de ambas provincias componían un total de
51,000 hombres, entre ellos 400 caballos, y Blake se situó con la
mitad entre Zornoza y Durango, mientras Bilbao seguía ocupada por el marqués
de Portago. El ejército de Castilla, compuesto de
8,000 hombres con escasa caballería, tomó el camino de Logroño, mientras
Llamas con los murcianos y valencianos, ascendientes a 4,500, tenía desde
primeros de octubre su cuartel general en Tudela, siguiendo tras él con la
segunda y cuarta división andaluzas, consistentes en 10,000 hombres, el
general la Peña. Castaños por su parte salió de Madrid el 8 del mismo mes,
emprendiendo su marcha a Tudela, desde cuyo punto se trasladó a Zaragoza ,
donde el 20 de octubre se convino con Palafox en dirigirse ambos contra
Pamplona, fiados en la cooperación de Blake, que según hemos dicho estaba entre
Zornoza y Durango. El día señalado para embestir al enemigo era el 27 de
octubre; pero algunos de nuestros jefes, cansados de tan larga
dilación, determinaron avanzar antes del momento convenido.
Con
efecto, D. Juan de la Cruz se había adelantado hasta Lerin por orden del
general Grimarest, quien habiéndole prometido su auxilio y no habiendo cumplido
su oferta, dio lugar a la reñida acción del 26 de octubre, cuyo resultado,
después de una gloriosa defensa, fue rendirse Cruz a los franceses siete veces
mayores en número, los cuales, admirados del valor que había desplegado, concediéronle salir de Lerin con todos los honores de
la guerra, y que se canjeasen nuestros prisioneros con igual número de los del
enemigo. A consecuencia de esto, repasó Grimarest el
Ebro, evacuando Lodosa, donde se había situado. Los castellanos por su parte,
pasando el Ebro también, se habían adelantado hasta Viana; pero Ney
consiguió el 24 hacerles retroceder, situándose el día siguiente frente a
Logroño, aunque siempre en la orilla izquierda. El terror de Pignatelli,
encargado de la defensa de esta ciudad, nos la hizo perder el 27 sin
motivo justificado, antes que le atacase el enemigo, desamparando la
artillería durante su fuga a Cintruénigo, aunque fue recobrada después por
el conde de Cartaojal. Indignado Castaños con Pignatelli, le destituyó del
mando, y reuniendo a su gente las tropas de Castilla, hizo algunas variaciones
útiles en su ejército, dando a Cartaojal el mando de una vanguardia de 4,000
hombres, y reconcentrando el grueso de las demás fuerzas en Cintruénigo,
Calahorra y sus cercanías, resuelto a no emprender cosa alguna mientras no
llegasen los refuerzos que esperaba, según el plan adoptado.
A pesar
de estas primeras desgracia , la suerte con esta determinación nos hubiera sido
tal vez más favorable, siguiendo los consejos de Castaños, y a estar José
reducido a los solos recursos que tenía; pero Napoleón había decidido vengar
la humillación de sus águilas durante la campaña anterior, y no era fácil
en el destartalamiento en que nos hallábamos
resistir un empuje tan rudo como el que estábamos destinados a sufrir,
llegados que fuesen los inmensos refuerzos que el emperador en persona halbía resuelto traer a las huestes que mandaba su hermano.
Así fue
en efecto. El emperador, que tan gozoso se había trasladado a París en la
confianza de que la batalla de Rioseco terminaba definitivamente la
cuestión española, conoció que se había equivocado respecto a la índole de
la lucha que con nosotros tenía empeñada, y persuadido
últimamente de que el único medio probable de darle fin consistía en aumentar
sus huestes hasta donde alcanzase su poder, resolvió encaminar a
España los ejércitos vencedores que en Prusia tenia, pidiendo además de eso al
Senado 80,000 hombres de la conscripción de los años 1806 , 7 , 8 y 9 , y
el pronto envió de otros 80,000, correspondientes a la del 10, obteniéndolo
fácilmente de aquella corporación, mero instrumento y puro maniquí de
todos sus caprichos. Al mismo tiempo deseó tener el apoyo moral y político
del emperador de Rusia, celebrando con él la entrevista proyectada desde la paz
de Tilsitt. La reunión de las dos majestades imperiales tuvo lugar
en Erfurth el día 27 de setiembre, continuando las conferencias algunos días
con grandes regocijos y fiestas. El ruso dio su aprobación a cuanto el
francés había hecho relativamente en España, reconociendo la destitución
de Fernando y la exaltación de José. En medio de eso conocieron ambos que
era necesario aparentar deseos de paz, escribieron al rey de Inglaterra
fingiendo desearla sinceramente. El ministerio ingles contestó que no podía
proceder a abrir trato alguno, mientras no concurriesen a las conferencias
representantes de España y Suecia. A esto respondió el
ministro francés Champagny que no reconocía la autoridad de nuestra Junta
Central, visto lo cual, repuso el inglés en 9 de diciembre que S. M. británica
estaba decidido a seguir protegiendo la causa de la monarquía española. Esta
última respuesta terminó las negociaciones, siendo ese cabalmente el
resultado que Napoleón deseaba, cuadrando como cuadraba a su política
fingir siempre deseos de paz para echar a otros la culpa si continuaba la
guerra.
Para
llevar adelante la de España, no había aguardado la contestación definitiva del
gobierno inglés, puesto que el 29 de octubre salió de París, estando ya de
vuelta de las conferencias de Erfurth, y el 5 de noviembre se hallaba en
la ciudad de Bayona. El total de sus fuerzas, unidas las que trajo consigo
a las que tenía José, ascendían a 250,000 hombres útiles, siendo más de
50,000 los caballos. Varióse entonces la
distribución del ejército francés, dividiéndose este en ocho
grandes cuerpos, el 1º a las órdenes del mariscal Víctor, duque de Bellune; el 2º á las del
mariscal Bessières, duque de Istria; el 3º a las del
mariscal Moncey, duque de Gonegliano; el 4 a las del
mariscal Lefebvre, duque de Danzick; el 5º á las del mariscal Mortier, duque de Treviso; el 6º las del mariscal Ney, duque del
Elchingen; el 7º a las del general Saint-Cyr, y el 8º a las de
Junot, duque de Abrantes. Con tan numerosas falanges, con jefes tan
acreditados y con ser el emperador en persona el que los llevaba al
combate, parecía imposible que España pudiera resistir, por más que
hiciese, el yugo que tan cerca estuvo poco antes de considerarse casi
roto.
Napoleón
cruzó el Bidasoa el día 8 de noviembre, llegando el mismo día a Vitoria, donde
José tenía su corte y cuartel general. La animación de las
tropas francesas viendo al emperador a su frente, fue proporcional a la fe
que tenían en él depositada, conociéndose luego en todas partes la
presencia y mágico influjo del genio que las dirigía.
El
general Lefebvre, poco tranquilo viendo cerca de sí a Blake, que con 16,000
hombres continuaba en la posición de Zornoza, no esperó la venida
del emperador para resolverse a embestirle. En el campo español iban
discordes los dictámenes de nuestros jefes, reunidos en consejo de guerra
el día 28 de octubre, opinando unos por la retirada y otros por tomar la
ofensiva. Blake no se atrevió a adoptar el uno ni el otro dictamen, y
resolvió esperar al enemigo en su posición de Zornoza, verificándose el 31
la acción del mismo nombre, en la cual quedó vencedor el mariscal
Lefebvre, merced a la superioridad de sus fuerzas, a la falta de
artillería que experimentaban los nuestros, y a no haber podido acudir en
socorro de Blake las divisiones de Martinengo y Acevedo,
imposibilitadas de unírsele por la naturaleza del terreno. Blake se retiró
camino de Bilbao, donde se detuvo muy poco, uniéndosele después la división de D.
Francisco Riquelme, que había combatido también al otro lado del río; y
ambos juntos continuaron su retirada a Balmaseda. A esta acción
desgraciada, aunque no muy sangrienta, añadióse el
mismo día 31 la pérdida de Bilbao, que Lefebvre ocupó después de una tenaz
resistencia por parte de los españoles que habían quedado en su
guarda. Entretanto Acevedo y Martinengo continuaban sin saber qué hacerse
entre fragosas e intransitables sierras; y habiendo, aunque confusamente,
sabido la derrota de Blake en Zornoza, resolviéronse retirarse de Villaró, donde habían
quedado detenidos. Cerca ya de Menagaray encontráronse con una división de Victor,
con la cual empezaron a tirotearse, imponiendo con su serenidad en tales
términos a las tropas francesas, que creyeron estas habérselas con todo el
ejército de Blake, y se retiraron a Orduña. Los nuestros con esto pudieron
elegir posición más ventajosa en las asperezas de Orrantia. Blake entretanto
continuó su movimiento hasta la Nava, después de habérsele incorporado la mayor
parte de las tropas que habían venido de Dinamarca, a cuyo oportuno
socorro se añadió el que D. Gregorio Quirós le trajo con una división de
Asturias. Blake entonces resolvió libertar Martinengo y Acevedo del
aprieto en que se encontraban, dirigiéndose en consecuencia hacia
Balmaseda D. Esteban Porlier el día 4 de noviembre. Encontrándose allí con las
fuerzas del general francés Villatte, cayó repentinamente sobre él, poniéndole
en precipitada fuga. El enemigo quiso revolver sobre los nuestros; pero
Acevedo, a quien Quirós se había felizmente unido con las tropas que llevaba en
su busca, acabó de completar la dispersión de Villatte, cayendo sobre su
espalda y rechazándole hasta Güeñes con alguna
pérdida.
Sabidos
por Napoleón estos sucesos, manifestó altamente su desaprobación, ofendido de
que sus generales se empeñaran en acciones aisladas, o creyendo tal vez
inoportuno todo cuanto hiciesen sin él. Las operaciones, no obstante,
estaban comenzadas ya, y a fin de evitar alguna desgracia si se
suspendían, ordenó a Lefebvre continúase la
persecución de Blake, mientras Victor debía cooperar
al mismo objeto siguiendo distinto camino. Las fuerzas de los dos
generales ascendían a 50,000 hombres, y mal podía Blake resistirles con
las inferiorísimas en número que consigo traía. Hubo,
pues, de retroceder a Balmaseda, aunque no sin lidiar con arrojo, después
de haber adelantado algunos de los suyos hacia S. Pedro de Güeñes; y no
creyéndose seguro tampoco en el primero de dichos puntos, continuó su
retirada hasta Espinosa de los Monteros, adonde llegó el dia 9. Los mariscales franceses se unieron mientras tanto
en Balmaseda. La tropa de Blake se hallaba desnuda, fatigada, aterida de frio y
hambrienta, presentando un aspecto lastimoso, y nada apropósito para empeñarla
en un combate de dudoso éxito. Su general pensó de otro modo, y tomando
posición delante de Espinosa, se atrevió en mala hora a recibir al
enemigo. Trabada la refriega el día 10 con el cuerpo del mariscal Victor, compuesto de 25,000 hombres, pelearon los nuestros,
que no llegaban a 21,000, con extraordinaria bravura , mortificando el orgullo
de sus aguerridos contrarios, si bien con la desgracia de perder, mortalmente
heridos, a D. Francisco Riquelme y al conde de San Román, contados en el
número de nuestros mejores jefes. La noche puso fin a aquella sangrienta pelea,
quedando la ventaja indecisa, si bien puede decirse que fue nuestra, no
saliendo vencedor el enemigo. Envueltas en la oscuridad, podían las tropas
de Blake retirarse en sazón oportuna, en vez de provocar nuevamente
la suerte de las armas. Blake siguió tenaz en su propósito de ocupar
Espinosa, y los franceses que de nada carecían y que tenían tropa de
descanso que no había tomado parte en la acción de la tarde anterior,
renovaron el 11 el combate con los nuestros, llenos de cansancio y
miseria, y aumentados sus padecimientos con los de la noche, durante la
cual no hallaron un solo recurso en Espinosa, abandonada por sus habitantes.
Los asturianos, mandados por los generales Acevedo, Quirós y Valdés,
ocupaban una altura en la izquierda de nuestro ejército, y como bisoños
que eran, creyó el enemigo expulsarlos a la primera embestida. Acometiólos, pues, con su brigada el general Maison; ¿mas cuál no fue su asombro al ver la serenidad
imperturbable con que le resistieron en medio de su misma
impericia? Sospechando luego la causa, conoció consistir en los jefes que
los capitaneaban, y a fin de desembarazarse de ellos, ordenó a sus mejores
tiradores se apostasen en las malezas y quebraduras del terreno,
disparando exclusivamente sobre nuestros oficiales, particularmente contra
uno que en un caballo blanco recorría los puestos más peligrosos, comunicando a
sus reclutas un ardor que rayaba en sobrehumano. Era el arrojado Quirós. Los
tiradores, cumpliendo su consigna, dispararon, con tanta fortuna como poca
honra para las armas francesas, sobre nuestros valientes capitanes,
quedando al poco tiempo traspasado Quirós de dos balazos, y
heridos Acevedo y Valdés con los beneméritos oficiales Escario y Peón, y
otros varios. Con tan desgraciado suceso decayeron de ánimo los
asturianos, y dispersándose desordenadamente, ocuparon los franceses la
altura que era la llave de la posición. El enemigo tras esto atacó sin demora
nuestro centro y derecha, manteniéndose firmes algún tiempo los españoles; pero
últimamente cejaron, llenos de inquietud con la ausencia de los de
Asturias. Blake entonces dispuso retirarse, no sin confiar en la ayuda de
una división aprestada en Villarcayo al mando del marqués de Malespina, de quien esperaba vendría a proteger su marcha.
Desgraciadamente no fue así, porque temiendo el marques ser envuelto por
Lefebvre, en vez de aproximarse a Espinosa, tomó otra dirección diferente.
Nuestra dispersión fue notable, quedando Blake con poquísima gente.
Nuestra pérdida en ambas acciones fue considerable también, siendo la de los
franceses comparativamente muy corta, aunque no por eso insignificante ,
especialmente la del día 10.
Reflexionando
sobre las acciones en que Blake se había empeñado, no deja de causar admiración
que hombre tan reputado como él expusiese tristemente sus tropas a ser de
seguro arrolladas, atendida la inmensa diferencia que en disciplina, en
táctica, en recursos, en número y aun en posiciones, mediaba entre ellas y
los franceses. La única disculpa que cabe en tantas imprudencias cometidas, es
el temor que el general tenía a la murmuración de los pueblos,
que viéndose invadidos por los imperiales, podían echarle la culpa de sus
desgracias, y aun tacharle de traidor o de cobarde, si a pesar de sus
medios casi nulos no se media con el enemigo.
Blake
llegó a Reinosa el día 12, punto de reunión que a sus tropas había señalado
cuando determinó retirarse. En dicha villa creyó poder reorganizar su tropa;
pero los franceses no le dieron suficientes momentos de respiro. Napoleón,
atento a todo, dio órdenes ejecutivas para envolver a todo trance y en
todos los puntos a nuestros soldados, viéndose Blake acosado en breve por todas
partes, como notaremos después. El deseo del emperador era recobrar cuanto
antes la posesión de Madrid, y esto podía conseguirlo en breve, si
favorecido por la superioridad de sus fuerzas y por la buena estrella que hasta
entonces no le había jamás abandonado, derrotaba del todo nuestro ejército de
la izquierda, y tras esto el ejército del centro. Dió orden, pues, a
Moncey para observar a este y al de Aragón desde Lodosa con el tercer
cuerpo, y situando al 6º en Logroño a las órdenes de Ney, cuya
principal fuerza debía dirigirse a Aranda de Duero, púsose él al frente de la guardia imperial, y tomando el camino de Madrid, hizo que le
siguiesen a Burgos Soult y Bessières con el 2º cuerpo y la caballería.
Hallábase
en esta ciudad el conde de Belveder, sucesor de Galluzo por disposición de la
Junta Central, con 12,000 hombres de los 18,000 que constituían el ejército de Extremadura,
cuya 5ª división estaba en Lerma. Ignorante el jefe español de la
superioridad de los enemigos, o sobrado confiado tal vez en su misma inexperiencia,
no creyó cosa fácil ser vencido. D. José María de AIós se había adelantado
de orden suya hasta Gamonal con la 4ª división de dicho ejército , y
acometió a Lasalle que había llegado a Villafria.
Decidido a empeñar una acción, no quiso el enemigo esperarle por carecer de
infantería, visto lo cual, ratificóse Alós en su
propósito y trabó decidido el combate; pero fue rechazado al momento y tuvo que
volverse a Gamonal. Habiéndose entonces reunido en esta población las demás
divisiones de Extremadura, colocó Belveder las tropas más prácticas en los
puntos de mayor peligro, y a su abrigo las bisoñas. El frente de los
nuestros estaba defendido por 16 piezas de artillería; la derecha ocupaba
un bosque cerca del rio Arlanzón, y la izquierda esperaba al
enemigo arrimada a las tapias de una huerta. Lasalle, el primer general de
caballería, o uno de los primeros al menos que entonces tenía Francia,
colocó sus jinetes en una llanura que estaba entre el bosque y el rio, y
el general Mouton mientras tanto atacó con sus infantes el bosque ocupado
por nuestra derecha. Desordenóse esta al poco rato, alarmada con la vista de la caballería de Lasalle, a la cual
intentó vanamente oponerse el jefe de la nuestra Henestrosa, con harto más
valor que sensatez y conocimiento de lo que hacía, inferior en todos conceptos a
sus numerosos contrarios. El resultado fue otra derrota, y acabar de ser
destrozada nuestra derecha, con lo cual intimidada la izquierda declaróse en precipitada fuga. Nuestra deserción fue
completa, y terrible la pérdida también. En consecuencia de
esta desgraciada acción, dada el 10 de noviembre, cayó Burgos en poder del
enemigo, que entregó la ciudad al saqueo. Bessières persiguió a los
fugitivos, acuchillándoles sin piedad y cogiéndoles varios cañones.
Belveder llegó a Lerma el mismo día, y allí se halló con la tercera
división de Extremadura, pasando luego con ella y los dispersos que se le
habían reunido en Aranda de Duero, huyendo del enemigo que tampoco le dejó
quieto allí, obligándole finalmente a buscar su refugio en Segovia, donde le
sucedió D. José de Heredia.
Los
habitantes de Burgos habían huido de la ciudad en su mayor parte, siendo la
entrada del emperador en ella sombría y silenciosa. El día 12 publicó Napoleón
en la misma un indulto general, en el cual concedía amnistía completa a todos
los españoles que en el espacio de un mes, contado desde su entrada en Madrid,
desistiesen de hostilizarle. Dicha gracia comprendía hasta a los
generales y juntas, con la sola excepción de la Central. Los duques del
Infantado, de Hijar, de Medinaceli y de Osuna, los condes de Fernan-Núñez
y de Altamira, el príncipe de Castelfranco, el marqués
de Santa Cruz del Viso, D. Pedro Ceballos y el obispo de Santander, eran
igualmente objeto de excepción entre los particulares, puesto que el
emperador los declaraba traidores a la causa española no menos que á la
francesa, y disponía que en el momento de ser aprehendidos fuesen
juzgados por una comisión militar y pasados por las armas, confiscándose además
todos sus bienes. Este decreto de proscripción fue el primero de su clase
en España, recayendo así sobre Napoleón la responsabilidad del mal ejemplo que
con él se daba a un país tan expuesto a adoptar represalias en aquellas
circunstancias terribles.
Derrotados
los nuestros en la batalla de Burgos, había Soult enviado tras ellos una
columna por la parte de Lerma, y otra hacia Palencia y Valladolid, dirigiéndose
él en persona del lado del Norte para cortar la retirada a Blake. Este había
llegado a Reinosa, donde como hemos dicho, creía que sus tropas podían tener
algún descanso; pero noticioso de que Lefebvre se dirigía a él por Villarcayo,
envió a León la artillería con los enfermos y heridos. Estos en su azorada
marcha tuvieron un encuentro con los franceses, pereciendo algunos a manos
del enemigo, entre ellos el valiente Acevedo. Su ayudante D. Rafael del
Riego, tan célebre y desgraciado después, fue hecho también prisionero en aquel
combate. Nuestra artillería se salvó felizmente. Blake entretanto salió de
Reinosa en la noche del 15, y caminando por enriscados y ásperos sitios,
vino a dar consigo en el monasterio de benedictinos de Escalona, tres
leguas de León y al pie de las montañas. La Junta Central le había dado
por sucesor al marques de la Romana, no habiéndose este encargado del
ejército por una dolencia que le detuvo algunos días, hasta que ya
restablecido, empezó a ejercer sus funciones, tomando bajo su dirección en la
capital leonesa las tristes reliquias que tras tantas desgracias y peligros
había Blake conducido al Ezla. Ahuyentado así
por todas partes nuestro ejército de la izquierda, se dirigieron Lefebvre a
Valladolid, Víctor a Burgos y Soult a Santander. Este último persiguió por la
costa los dispersos y tropas asturianas que se retiraban a su país,
derrotando a 4,000 españoles al mando de Llano Ponte, tras lo cual torció por
la Liébana y bajó a las llanuras de Castilla, uniéndosele en breve 8,000
caballos que Napoleón destacó, divididos en gruesas porciones, a fin de
asegurar aquel territorio e imponer con sus correrías al ejército inglés.
Este
hallábase entonces al mando de Moore, sucesor de Dalrymple, y por cierto que a
haber tomado parte en la resistencia uniéndose a Blake desde el principio de
las operaciones en esta segunda campaña, otra hubiera sido tal vez
la suerte del ejército de la izquierda. Pero el gobierno británico anduvo
muy remiso en socorrernos, no saliendo Moore de Lisboa hasta fines de octubre,
ni llegando a Salamanca hasta 25 de noviembre. Falto de fe en la causa
española, desalentóse el general inglés al saber
las derrotas padecidas por el ejército español, y pensó en retroceder de
Salamanca, retirándose a Portugal. Una sola consideración le contuvo, y fue la
de creer vergonzoso volver de ese modo la espalda, cuando nuestro ejército
del centro se hallaba entero y firme todavía.
En
efecto, las tropas de Castaños hallábanse casi
intactas aun, sin que los franceses, atentos principalmente a rechazar las de
Blake, las hubieran embestido seriamente. Su estado, a decir verdad, no era el más
satisfactorio, siendo como eran inferiores en calidad y en número a las
imperiales. Castaños, circunspecto y prudente no quería tomarla ofensiva; pero
censurado de poco activo, y estrechado por D. Francisco de Palafox,
individuo de la Junta Central, y por el marqués de Coupigny y el conde del Montijo, celebró un consejo de guerra el 5 de noviembre,
asistiendo a él los personajes expresados y otros generales, entre ellos
D. José Palafox, el ilustre defensor de Zaragoza. Determinóse en aquella junta acometer al enemigo; pero las aciagas noticias que se
recibieron de Blake hicieron suspender la ejecución de tan aventurada medida.
Las murmuraciones contra Castaños tomaron entonces más cuerpo, llegando al
punto de prevenir malamente a la misma Junta Central, quien habiendo
nombrado a la Romana para el mando del ejército de la izquierda, según
hemos dicho, dióle también el del centro, aunque
los acontecimientos impidieron que se llevase a cabo lo acordado. Los
franceses tenían al frente de las tropas de Castaños cerca de 60,000 hombres
perfectamente dispuestos, y Castaños al ver su actitud, sospechó que los
suyos, ascendientes a 40,000 y en estado tan inferior al del enemigo,
peligraban en estar avanzados en los puntos que les había hecho
ocupar después de la derrota de Lerin y la ocupación de Logroño. Retiró,
pues, de Cintruénigo su cuartel general, y abandonando la posición de
Calahorra, se situó con sus tropas a orillas del Queiles entre Tarazona y Tudela, apoyando su derecha en el Ebro. El emperador,
cuyo objeto era derrotar nuestras tropas del centro antes de dirigirse a
Madrid, corlándoles la retirada hacia este punto, vio que Castaños había
comprendido su intención de envolverle; mas no por eso desistió de su plan
en cuanto a ponerle en derrota antes de marchar a la corte. Celebrado
en Tudela el 22 otro nuevo consejo de guerra, variaron los pareceres de
sus individuos respecto al partido que con la aproximación de los enemigos
convenia adoptar, opinando Castaños por dirigir el ejército hacia nuestras
provincias marítimas y meridionales, y el ilustre Palafox con su hermano
por impedir a todo trance la entrada del francés en Aragón. En esto se
recibió en la mañana siguiente aviso de que el enemigo venía por la parte
de Alfaro, y continuando el debate, hubo de cortarse de súbito, optando a
pesar suyo Castaños por la defensa de su posición, y tomando al efecto
disposiciones precipitadas y sin concierto cuando más apremiaba el apuro.
Venían los franceses dirigidos por el mariscal Lannes, cuyos principales jefes
subalternos eran el de la misma clase Moncey, y los generales Colbert, Lagrange
y Mathieu, los cuales tenían a sus órdenes 50,000 hombres, 5,000 caballos
y 60 piezas de artillería. El mariscal Ney con 20,000 combatientes estaba en
Soria y no tomó parte en la batalla, como pudo hacerlo; pero en cambio,
apurados los nuestros no pudieron oponer tampoco a los enemigos sino
solo 20,000 hombres de los 40,000 de que constaban. El francés acometió
por la parle de Tudela a los valencianos, murcianos y aragoneses, y fue
rechazado: volvió nuevamente a la carga y hubo también de retroceder
precipitadamente; pero sobreviniendo Morlot, que
había rechazado a los nuestros en otro punto, hubo de replegarse nuestra
izquierda a las inmediaciones de Santa Bárbara, tras lo cual revolviendo
Mathieu, que había por dos veces sido rechazado, comenzó nuestro centro a
flaquear, acabando por declararse en derrota, merced a una terrible acometida de
la caballería de Lefebvre. Castaños sin poderse valer ni poder auxiliar a la
Peña, que se hallaba amenazado en Cascante, retiróse en desorden a Borja. La Peña en la primera acometida que recibió de los
franceses en dicho punto los rechazó completamente, dejando herido al
general Lagrange; pero aumentado el número de los contrarios, fue puesto
en derrota a su vez, y volvió a Cascante de nuevo. Las tropas de Andalucía
, existentes en Tarazona, no tomaron parte en la acción por la
inconcebible tardanza de su general Grimarest, que a pesar de la orden de
Castaños, no se acercó a Cascante hasta de noche, cuando todo
estaba perdido. Dichas tropas no obstante pudieron retirarse en con orden a
Borja con dos sus cañones.
Esta
desgraciada batalla nos costó 2,000 prisioneros, gran número de muertos y toda
la artillería del centro y derecha del ejército , perdiéndose además los
almacenes que teníamos en Tudela, quedando igualmente cortada una parte de
la vanguardia mandada por el conde de Cartaojal. No nos faltó el valor,
sino el concierto, dependiendo esa falta en gran parte del mismo conflicto en
que estábamos, y de no haberse tomado sino muy tarde las disposiciones
precisas para que la acción tuviese otro éxito.
Los
aragoneses, murcianos y valencianos que habían escapado libres del combate, reuniéronse en Zaragoza con la mayor parte de sus jefes,
preparándose en aquella ciudad inmortal a resistir el nuevo sitio que, según
todas las apariencias, no podían los franceses tardar en ponerles. Palafox
se había dirigido a la mencionada ciudad en la misma mañana del 19. Castaños
con el ejército de Andalucía salió de Borja y se dirigió a Calatayud, no
tardando en ocupar el primero de dichos puntos las tropas de Mathieu y de
Ney. En Calatayud supo Castaños, por aviso de la Junta Central, que
Napoleón avanzaba a Somosierra con dirección a Madrid, y en consecuencia
obedeció la orden que se le dio de oponerse a los progresos del enemigo,
saliendo el 27 de Calatayud y tomando el camino de Sigüenza. El general Venegas
con 5,000 hombres protegía la marcha de Castaños a la retaguardia de
este. Los franceses trabaron un combate con el expresado Venegas, creyendo
envolverle cerca de Bubierca con sus tropas, dobles
en número a las que acaudillaba nuestro jefe; pero este se sostuvo con
denuedo, batallando casi todo lo que duró el día, siendo el resultado
obligar a hacer alto a los franceses, y dejar vía libre a Castaños para
llegar con los suyos a Sigüenza, como lo consiguió felizmente. En esta ciudad fue
reemplazado por el general la Peña, quien de orden de la Junta Central se
encargó interinamente del mando del ejército del centro.
Napoleón
entretanto, viendo desbaratadas opuestas en fuga las tropas de este, y
derrotadas y deshechas las del ejército de la izquierda y Estremadura,
encaminó sus pasos a Madrid, no habiendo ya apenas obstáculo que le
embarazase en su marcha. La Central tenía encargada a D. Tomás de Morla y
al marques de Castelar la defensa de los pasos de Guadarrama, Fonfria, Navacerrada y Somosierra. Era este último el
punto que más peligraba, y el general D. Benito San Juan se situó en él
con 12,000 hombres y alguna artillería. Napoleón, que nada deseaba tanto
como apoderarse sin dilación de la capital de España, había distribuido
sus tropas en términos de poder imponer a cuantos se opusiesen a sus
miras, mandando a Lefebvre invadir la tierra abierta de Castilla por
Valladolid, Almedo y Segovia, mientras Soult contenía
a los ingleses, y los mariscales Moncey y Ney se dirigían respectivamente
contra la capital de Aragón y las tropas mandadas por Castaños. Dadas
estas disposiciones, colocóse él en persona al frente
de su guardia imperial y de las tropas de Víctor y la reserva, saliendo el
28 de Aranda de Duero, y situando el día siguiente en Boceguillas su cuartel general. Hallábase apostado en Sepúlveda, en lo alto del
puerto, un cuerpo de tropas españolas al mando de D. Juan José Sarden,
enviado allí de vanguardia por San Juan: acometido por los franceses en la
mañana del 28, en número de 4,000 infantes y 1,000 caballos, obligólos Sarden a desistir de su inútil empeño en
desalojarle de la posición que ocupaba, durando el combate tres horas, al
cabo de las cuales replegáronse los franceses. Este
triunfo, que tanto prometía, estuvo no obstante muy lejos de producir los
frutos que teníamos derecho a esperar. Esparcida la voz de que los
franceses se preparaban a caer sobre aquel puesto avanzado con
fuerzas mucho más numerosas, apoderóse de los
nuestros un irresistible terror, y retirándose Sarden a Segovia en la noche del
29, quedó solo San Juan en el puerto con harto escasa gente para hacerse
respetar en la posición que ocupaba. Atacáronle los
franceses, rodeados de una niebla densísima , con una gruesa columna y 6 piezas
de artillería; pero fueron rechazados con vigor. A este tiempo había Napoleón
llegado al pie de la Sierra , y sin perjuicio de otras dos columnas que a
derecha e izquierda de los nuestros acababa de enviar, mandó a los lanceros
polacos y cazadores de su guardia embestir a escape, por la calzada,
nuestra principal batería. Bizarra fue la carga que dieron, pero costóles cara su osadía, porque el suelo quedó
rebosando en cadáveres. Una segunda carga, dada a tiempo que las columnas
enemigas de derecha e izquierda comenzaban a hacer peligrosa la posición de los
nuestros en los flancos, hizo que nuestro frente se alarmase y empezase a
ceder, creciendo brevemente el desorden, y acabando nuestra gente por
huir precipitadamente, desamparando la artillería. Lleno de bravura San
Juan, recorría el campo por en medio de los mismos jinetes enemigos para
ordenar de nuevo nuestras tropas ; pero siendo vano su arrojo, vióse al fin precisado a abrirse paso por entre las
falanges francesas, llegando herido a Segovia.
Forzado
el paso de Somosierra, era de todo punto irrealizable la defensa de Madrid, y más
careciendo de tropas propiamente dichas, siendo todas ellas bisoñas, exceptuando
una escasa guarnición. Agitada la muchedumbre, agolpóse el 30 alrededor de la casa del capitán general, pidiendo a gritos se la
armase luego. Verificóse asi inmediatamente,
aunque de una manera incompleta, distribuyéndose 8,000 fusiles y dando al
resto del vecindario chuzos y otras armas blancas que se pudieron facilitar. Se
atrincheraron las tapias que circundan Madrid ; se abrieron y
artillaron fosos delante de sus puertas; se desempedraron varias calles ,
y quedaron cortadas con zanjas las de Atocha y de Alcalá, y la Carrera de
San Gerónimo. Medidas todas adoptadas de pronto, e incapaces de convertir
la capital en punto susceptible de defensa, no siéndolo de suyo en ningún modo.
El valor, no obstante, era grande, y había confianza en el empeño, vistos
los milagros que en aquella guerra produjo, en puntos igualmente insostenibles,
la patriótica exaltación popular. Por desgracia los medios eran pocos, no
existiendo punto ninguno que, fuerte por naturaleza, pudiera hacerse más por el
arte. Antes de comenzar a combatir sintióse la
escasez de cartuchos, habiendo algunos de estos que contenían dentro arena
en vez de pólvora. Achacóse al marques de
Perales, regidor de Madrid, por una antigua manceba suya, esta última
superchería, añadiendo voces siniestras sobre tratos del mismo con Murat,
con otras especies alarmantes relativas a la entrega de la puerta de Toledo pactada, según se decía, por el expresado
marques. Ídolo este del pueblo bajo, convirtióse de pronto en objeto de su resentimiento y furor, siendo invadida su casa por
las amotinadas turbas, que cosiéndole a puñaladas , le arrastraron después por
las calles, siendo inocente de la iniquidad que se le atribuía. Temióse entonces que tras esa víctima sacrificase el vulgo
algunas más; pero la aproximación del enemigo y la influencia de varios sujetos
impidieron que pasase adelante la anarquía. Tras algunas partidas sueltas
de caballería, dejáronse ver el 2 por la mañana
dos divisiones de dragones por la parte Norte, llegando Napoleón a Chamartín á las doce del mismo día. Como la infantería enemiga
no estaba reunida aun, contentóse el emperador
por de pronto con intimar la rendición a los madrileños por medio del
mariscal Bessières; pero fue rechazada la propuesta con indignación y energía.
Pasó, pues, el 2 sin ocurrir en él hecho ninguno que pueda llamarse
notable, limitándose los que hubo a algunos tiroteos entre las avanzadas.
A las doce de la noche renovaron los franceses su intimación, y a las
nueve del día siguiente rompió la artillería enemiga contra las tapias del
Retiro , batidas por 50 cañones por la parte de oriente, mientras otras
piezas llamaban la atención de los nuestros en diversos puntos desde la
puerta del Conde-Duque hasta la de Recoletos y Alcalá. Una de nuestras baterías
situada en la Veterinaria, impidió con sus bien dirigidos disparos la entrada
del enemigo por la segunda de dichas puertas, lanzando sus proyectiles
con tal oportunidad, que se vio precisado el francés a replegarse. Situado
Napoleón junto a la fuente Castellana, dirigía a los suyos desde allí;
pero cayendo a sus pies algunas balas de cañón, hubo de retirarse también,
colocándose más atrás. El punto principal de sus ataques era el Retiro, no
siendo las demás embestidas, generalmente hablando, sino para distraer la
atención de los defensores.
Dicho
punto, el más importante, por ser el que domina la plaza, se hallaba defendido
por el paisanaje y por alguna tropa recientemente creada; pero descuidado en extremo
desde la salida de José, no era posible allí la resistencia.
Hubo serenidad algún tiempo en los que de ella estaban encargados; mas habiendo penetrado en el recinto, derribada una parte
de la tapia, la división del general Villate, desconcertados nuestros
guerreros abandonaron su posición. Los franceses entonces avanzaron hasta el
Prado. La gente que teníamos en las puertas de Recoletos, Alcalá y Atocha replegóse en sazón oportuna a las cortaduras que se
habían hecho en las calles inmediatas. Firme allí, y sin desanimarse por
la pérdida del Retiro, hizo frente serena a los contrarios, en la calle de
Alcalá sobre todo.
Poco
antes del mediodía contestó el marqués de Castelar, capitán general de Madrid, a
la intimación que en la víspera le fue hecha, pidiendo la suspensión de las
hostilidades por lo que restaba del día, a fin de enterarse de la disposición
de los ánimos, y consultar a las autoridades mientras expiraba ese plazo.
Llegada esta petición al cuartel general del emperador, contestó este a
las doce del día que suspendería el ataque hasta las dos de la tarde , y
que si pasaba ese término sin verificarse la entrega de la plaza, seguiría
adelante en su propósito de apoderarse de ella a todo trance y con todos los
rigores de la guerra. Hallábanse nuestras
autoridades reunidas en junta en la casa de Correos, y oída la promesa de
que, caso de capitular, se olvidaría todo lo pasado, enviaron como comisionados
suyos al general Morla y a D. Bernardo Iriarte para entrevistarse con Napoleón.
Este se indignó al ver a Morla, recordando su mal proceder con los prisioneros
franceses después de la capitulación de Andújar, y le amenazó con
fusilarle, lo mismo que todas sus tropas, si antes de las seis de la
mañana del día siguiente no volvía con la noticia de haberse sometido Madrid.
Dió Morla cuenta de su comisión a la Junta, y esta se puso a deliberar, siendo
algunos vocales de opinión que debía prolongarse la resistencia; pero la
mayoría estuvo por la rendición. En consecuencia partió Morla a las seis de la
mañana del 4, con el gobernador militar de Madrid D. Fernando de la Vera y
Pantoja, al cuartel general del emperador, llevando a este la
capitulación, que fue aprobada en todas sus partes con leves modificaciones.
Las tropas, según el tratado, debían salir de la plaza con todos los honores de
la guerra, y quedar en libertad de combatir nuevamente; pero Napoleón no
comprendió en esta gracia a los militares antiguos, los cuales debían
quedar prisioneros de guerra hasta ser canjeados, quedando por
consiguiente la concesión limitada a las tropas de nueva formación, o cuyo
alistamiento no contaba sino cuatro meses de fecha: asegurábanse también las vidas, propiedades y empleos de todos los individuos
existentes en la heroica villa, con olvido de todo lo pasado, la
conservación de nuestras leyes, costumbres y tribunales, y la no exacción de más
contribuciones que las que hasta entonces se habían ordinariamente pagado,
entendiéndose por el emperador los dos últimos puntos hasta la
organización definitiva del reino: últimamente, y con preferencia a todo, pactóse conservar la religión católica apostólica romana,
sin tolerar ninguna otra.
Las
condiciones de la entrega eran, como se ve, honoríficas y aceptables; pero el marqués
de Castelar, no creyéndolo así, o juzgando más bien que el
enemigo faltaría a ellas, no quiso presenciar aquel acto, ni hacer de él
partícipes a los suyos; y salió en consecuencia la noche del 5 camino de Extremadura,
siguiéndole la poca tropa que había, ni más ni menos que antes lo había
hecho el vizconde de Gante, escapándose por la puerta de Segovia, cuya defensa
estaba a su cargo, y tomando la dirección del Escorial, a fin de reunirse
con las tropas que mandaban San Juan y Heredia. Varios de nuestros
defensores, discordes también con la idea de rendirse de modo alguno, estableciéronse en el nuevo cuartel de Guardias de
Corps con intención de resistirse allí; pero ocupados ya por los franceses
los puntos principales a las diez de la mañana del 4, y habiéndose empeñado con
los renitentes el corregidor en persona, se rindieron estos al fin,
después de algún tiempo pasado en repetidas contestaciones. Quedó, pues,
Napoleón dueño de la capital de la monarquía sin necesidad de muchos esfuerzos;
pero ella se había resistido, y esto era bastante para probar a Europa que
solo a la fuerza cedía: circunstancia importante y contraria a los planes del
emperador, a quien hubiera convenido mucho, para eludir a ciertos
gabinetes, poder alegar que su entrada en Madrid había carecido de obstáculos.
La
capitulación fue violada, como temía Castelar, puesto que desde el mismo Chamartín,
donde se hallaba el emperador, fulminó este el propio día 4
varias providencias de proscripción, fallándose así a la cláusula en la
cual se estipulaba que nadie pudiera ser vejado ni perseguido por hechos
anteriores a la entrega. El marqués de San Simón, emigrado francés al
servicio de España desde la guerra con la república, fue preso y condenado
a muerte por una comisión militar, si bien fue conmutada la pena, merced a
las lágrimas de su hija, en la de ser conducido a Francia. La misma suerte de
deportación cupo al príncipe de Castel-Franco, al conde de Trastornara, al
marques de Santa Cruz del Viso, al decano del Consejo D. Arias Mon y a
otros magistrados. El Consejo de Castilla fue abolido, quedando sus
individuos detenidos como en rehenes. Al lado de estas
providencias vejatorias y contrarias a la letra y espíritu de la
capitulación, había otras que aunque le eran hostiles también, podían sin
embargo considerarse como útiles reformas: tales fueron las medidas por
las cuales quedó abolida la inquisición, suprimidas las dos terceras partes de
los conventos, abolidos los derechos señoriales y puestas las aduanas en las
fronteras. La política de Napoleón, no desfavorable en un principio al tribunal
del Santo Oficio, tomó ahora, como se ve, distinto rumbo, proponiéndose sin
duda de ese modo hacer contrastar sus providencias con las de la Junta
Central, contrarias en su mayoría a la índole y progresos de la época, y
ganarse el apoyo de las clases ilustradas, en las cuales hubo
algunos individuos que abrazaron entonces la causa francesa como más
favorable a la reforma.
Napoleón
estuvo por algún tiempo constantemente en Chamarín, con la sola excepción de un
solo día, en que muy de mañana y en medio del silencio de la población
atravesó las calles de Madrid. Al visitar el real palacio, se dice que le pareció
magnífico, y que su vista le hizo exclamar: mi hermano ha tenido aquí
mejor morada que yo. Estas expresiones revelaban en él un como
sentimiento de pesar. Napoleón en aquella época sintió haber cedido a su
hermano un trono tan bello, y empezó a vacilar sobre el partido que adoptaría
en cuanto a dividir la España en virreinatos bajo su dominación inmediata,
o reponer a José en el trono español. El día 7 de diciembre expidió la
siguiente proclama, y en ella se puede advertir la vacilación de que hablamos:
«
Españoles, decía el emperador: habéis sido perdidos por hombres pérfidos que os
han empeñado en una lucha insensata y os han obligado a correr a
las armas. ¿Hay alguno entre vosotros que reflexionando un momento lo que
acaba de sucederos, no se halle convencido de que habéis sido el juguete
de los enemigos perpetuos del continente, que se gozan de ver vertida la
sangre española y francesa? ¿Cuál pudiera ser el resultado aun del suceso de
algunas campañas? Una guerra de tierra sin fin, y una larga incertidumbre sobre
la suerte de vuestras propiedades y vuestra existencia. En pocos meses os
habéis entregado a las agonías de las facciones populares. Algunas marchas
han bastado para la ruina de vuestros ejércitos. He entrado en Madrid: los
derechos de la guerra me autorizaban a dar un grande ejemplo y a lavar con
sangre los ultrajes hechos a mí y a mi nación. Solo he escuchado la
clemencia. Algunos hombres, autores de todos vuestros males, serán
solamente castigados. Bien pronto arrojaré de la Península ese ejército inglés,
enviado a España, no para socorreros, sino para inspiraros una
falsa confianza, para perderos. Os había dicho en mi proclama de 2 de
junio que quería ser vuestro regenerador; pero os hacéis sordos a mis
voces resistiendo a mis fuerzas , queriendo que yo os mandase, no por vuestra
voluntad y consentimiento, sino por los derechos de la guerra. Nada sin
embargo alterará mis disposiciones. Quiero aun alabar lo que haya podido haber
de generoso en vuestros esfuerzos: quiero reconocer que se os han ocultado
vuestros verdaderos intereses; que se os ha disimulado el verdadero estado de
las cosas.
«Españoles;
vuestro destino está en mis manos. Desechad los venenos que los ingleses han
derramado entre vosotros. Que vuestro rey esté seguro de vuestro amor y
vuestra confianza, y seréis más poderosos, más felices que no lo
habéis sido hasta aquí. He destruido cuanto se oponía a vuestra
prosperidad y grandeza; he roto las trabas que pesaban sobre el pueblo.
Con el rey que yo os doy tendréis una monarquía dulce, suave y liberal, y
nadie tendrá motivos para quejarse de su gobierno: solo depende de
vosotros el gozar de este insigne beneficio que os proporcionará la
Constitución de Bayona, que se ha formado con tanta prudencia y sabiduría.
«Pero si
mis esfuerzos son inútiles, sino correspondéis a mi confianza, no me restará
otro arbitrio que el de trataros como provincias conquistadas, y a
mi HERMANO EN OTRO TRONO. CEÑIRÁ ENTONCES MIS SIENES LA CORONA DE ESPAÑA,
y sabré hacer que los malvados me respeten ; pues Dios me ha dado
la voluntad y fuerza necesarias para superar todos los obstáculos. En
nuestro campo imperial de Madrid a 7 de diciembre de 1808.—Firmado Napoleón.—Por
el emperador, el ministro secretario de Estado, Hugues B. Mareto. »
Dos días
después de esta proclama, presentóse al emperador en Chamartín
el corregidor de Madrid al frente de una gran diputación, compuesta de dos regidores, tres
diputados del común, dos abades, dos curas párrocos, dos individuos del cuerpo
colegiado de la nobleza, otros dos de los cinco Gremios mayores, diez en
representación de las sesenta y cuatro diputaciones de los barrios, y cuatro en
nombre de los vecinos honrados de las parroquias de la villa. El corregidor,
con arreglo a lo que el mismo Napoleón había ordenado, imploró su clemencia, y
le pidió restituyese al trono de España a su hermano José. Napoleón
contestó que aprobaba los sentimientos de la villa de Madrid; y después de
dar las razones en que se había fundado para reducir el número de los frailes,
para abolir la inquisición, para castigar con el destierro a diez de los
proscriptos en Burgos, para suprimir los derechos señoriales y feudales, y
para concluir con las justicias particulares, manifestó su firme propósito de
lanzar a los ingleses de la Península, y su confianza en someter por la
persuasión o por la fuerza de las armas las ciudades de Zaragoza , Valencia y
Sevilla, añadiendo que no había obstáculo ninguno capaz de retardar por mucho
tiempo la ejecución de su voluntad.
«Pero lo
que es superior a mi poder, prosiguió, es constituir e los españoles en nación
bajo las órdenes del rey, si continúan imbuidos en los principios de división y
de odio hacia Francia, que los partidarios de los ingleses y los enemigos del
continente han esparcido en el seno de España. Yo no puedo establecer una
nación, un rey y la independencia de los españoles, si este rey no está
seguro de su lealtad.
« Bien
fácil me sería, continuó, y estaría obligado a gobernar España, nombrando
para ella otros tantos virreyes cuantas son sus provincias. Sin
embargo, no me niego a ceder mis derechos de conquista al rey,
y a establecerlo en Madrid cuando los 50,000 ciudadanos que encierra esta
capital, eclesiásticos, nobles, negociantes y jurisconsultos hayan manifestado
sus sentimientos y su fidelidad; cuando hayan dado el ejemplo a las provincias,
ilustrado el pueblo , y hecho conocer a la nación que su existencia y su
felicidad penden de un rey y de una Constitución liberal, favorable a los
pueblos y contraria únicamente al egoísmo y a las pasiones orgullosos de
los grandes.—Si tales son los sentimientos de los habitantes de la villa de
Madrid, júntense sus 50,000 ciudadanos en las iglesias; hagan delante del
Santísimo Sacramento un juramento que salga no solamente de la boca , sino
del corazón , y que sea sin restricción jesuítica ; juren
apoyo , amor y fidelidad al rey ; inculquen al pueblo estos sentimientos
los sacerdotes en el confesionario y en el púlpito , los negociantes en su
correspondencia , los jurisconsultos en sus escritos y en sus discursos. Entonces
me desprenderé del derecho de conquista, y colocaré al rey sobre el trono, y
será para mi muy lisonjero el portarme con los españoles como un fiel amigo. La
generación actual podrá variar en sus opiniones : demasiadas pasiones se
han manejado para esto; pero vuestros descendientes me bendecirán como a
vuestro regenerador; contarán en el número de los días memorables estos en
que he parecido en vuestra presencia , y desde estos días será la data de
la prosperidad de España.»
«Ahí tenéis,
señor corregidor, concluyó Napoleón, mi modo de pensar todo entero. Consultad a
vuestros ciudadanos, y ved el partido que tenéis que tomar; pero
cualquiera que sea, abrazadlo francamente: no me manifestéis sino disposiciones
sinceras y verdaderas.»
Por lo
que se ve en este discurso, Napoleón se consideraba dueño de España por derecho
de conquista, y su hermano José no era ya rey, al menos de un
modo efectivo, puesto que el emperador le sujetaba a reposición, y esta
dependía de prestarse los españoles a jurarle fidelidad, sin restricciones
a lo jesuíta. Los vecinos de Madrid, cediendo al
terror, verificaron su juramento en los términos que al corregidor se
habían exigido, mas no por eso fue José repuesto desde luego en el trono.
El título de rey que tenia se había convertido desde la entrada del emperador
en el de mero lugarteniente suyo, y con esta denominación continuó,
aun después de la toma de Madrid. Impaciente en Burgos José llegó a lo que parece a concebir serios
temores de una destitución definitiva, y con el fin acaso de evitarla, se
trasladó sin licencia de su hermano desde aquella ciudad a Chamartín. Recibióle el emperador con marcadas señales de frialdad y
aun de enojo, y con tan mala acogida, se vio en precisión de retirarse a
la Moncloa, y luego al Real Sitio del Pardo. Oscurecido allí, no salió de
su nulidad hasta que combinaciones extrañas a la voluntad de Napoleón
impidieron a éste poner en práctica el plan que revolvía en su mente en lo
relativo a agregar al imperio el territorio español , y dividir la monarquía en
cinco grandes virreinatos.
Con haber
entrado en Madrid, no consiguió el emperador lo que de su ocupación se
prometía. Las provincias siguieron constantes en la misma actitud de
hostilidad, sin que se le sometiera un solo pueblo , no siendo por la fuerza de
las armas, ni menos decayese de ánimo, a pesar de tantos desastres como habían
de nuevo llovido sobre la Península. Ese desdén, unido a la interceptación
de los correos y a las noticias que se recibían de que nuestros soldados,
dispersos y arrollados por todas partes, iban reuniéndose en varios puntos con
ánimo de vengar sus derrotas, pusieron a Napoleón de muy mal talante y
aspecto. Para evitar que las tropas españolas se reorganizasen de nuevo,
envió parte de las suyas hacia Tarancón, Aranjuez y Toledo; y como quiera que
el ejército inglés mandado por Moore permaneciese intacto todavía, quiso
librarse luego de este nuevo y terrible cuidado, cayendo sin demora sobre él.
Nosotros le dejaremos ahora en estos afanes, concluyendo el presente
capítulo con la exposición de las cuitas que aquejaban también por su parte a
nuestra Junta Central.
Esta
corporación, tan tardía y poco feliz en adoptar sus primeras providencias para
el mejor éxito de las operaciones en nuestra segunda campaña, notaba con dolor
los malos auspicios con que inauguraba su reinado. Los progresos del enemigo no
la hicieron sin embargo perder la patriótica fe que tenía en el pundonor
nacional. Después de nuestras primeras derrotas, invitáronla los ministros de José a someterse, escribiendo al efecto una carta al conde de
Floridablanca , diligencia que practicaron también con el decano
del consejo real y el corregidor de Madrid. La Central, irritada de que
hubiese españoles capaces de creerla en el caso de intentar transigir con el
enemigo , respondió a los escritos en cuestión mandando el 24 de noviembre que
fuesen entregados a las llamas por mano del verdugo , declarando traidores y
desleales a los ministros que los habían firmado. Este rasgo de española energía
lo fue más por la circunstancia de envolverse en él el desprecio con que
nuestra junta miraba la amnistía que en Burgos acababa Napoleón de
concederla si se sometía. Los pueblos lo celebraron con entusiasmo,
contribuyendo no poco tan decidida resolución a que se disimulasen las faltas
cometidas por ella en lo militar y político, dando más valor que a sus yerros, a
su patriotismo sin tacha. La quema decretada fue, pues, de gran utilidad a
la junta para hacerla bien quista con el país a pesar de tantas desgracias;
pero tan atrevida providencia, haciéndola dar un paso irrevocable en la
resistencia a las huestes de Napoleón, hiciéronla a
la par merecer el resentimiento de este, hasta el punto de no esperar la menor indulgencia
o perdón si llegaba a caer en sus manos. Ella, no obstante, continuó en
Aranjuez, sin pensar retirarse de allí a pesar de seguir los descalabros.
Derrotado San Juan en Somosierra, y forzado este puesto por los franceses, era
ya a la Central imposible proseguir más tiempo en el Real Sitio. Congregóse, pues, con premura el día 1º de diciembre por la
mañana, y acordando ante todo las providencias que se creyeron más a
propósito para prolongar en lo posible la resistencia de la capital,
resolvió igualmente enviar algunos de sus vocales a las provincias con la
santa y patriótica misión de alentar el espíritu público. Hecho esto,
decidió salir de Aranjuez, trasladándose a parte más segura. Varias fueron las
opiniones que hubo relativamente al punto a que debía dirigirse, optando
unos por Toledo, otros por Córdoba, Sevilla y Cádiz, y otros por la ciudad
de Badajoz, que fue al fin el punto elegido. Para hacer el viaje más expedito,
y a fin de causar a los pueblos del tránsito el menor gravámen posible, determinaron los vocales dividirse en fracciones o tandas, de las
cuales marcharon las primeras inmediatamente con dirección a Toledo. Una
comisión compuesta del presidente Floridablanca, del vice-presidente marques de Astorga, del bailio Valdés, del conde de
Contamina, de D. Martin de Garay y de D. Gaspar Melchor de Jovellanos, con el ex-ministro Saavedra y el secretario general, tenía a su
cargo el despacho de todos los negocios urgentes, debiendo resolverlos durante
el viaje mientras la totalidad de
los individuos no se hallase en disposición de reunirse. De este
modo salió de Aranjuez el gobierno supremo en la tarde y noche del 1 al 2
de diciembre, no sin que muchos censurasen su determinación de buscar en
parte remota un escudo contra el peligro. Cargo en verdad poco meditado.
La Junta caminó sin contratiempo ni encuentro con los franceses, llegando a
Talavera de la Reina sin desmerecer del respeto que en medio de sus desgracias
seguían tributándole los pueblos. En la expresada villa celebró dos sesiones,
pasando después a Trujillo, donde se detuvo cuatro días. Aquella
corporación había procurado con empeño obligar a Moore a activar sus
operaciones dirigiéndose a Castilla. En Trujillo recibió la noticia de la
irresolución siempre creciente del general inglés, y aun temió que
retrocediese, volviendo con sus tropas a Portugal. Para evitar esta nueva
desventura, púsose de acuerdo con Frere, enviado
de S. M. Británica, y de conformidad con él, fueron nombrados D. Francisco
Javier Caro y Sir Carlos Stuarlt, a fin de trasladarse inmediatamente al
cuartel general inglés, e insistir con Moore pidiéndole de palabra lo
propio que con tanta instancia se le Babia dicho ya por escrito. En la
misma ciudad de Trujillo expidió la Junta sus órdenes para que sin
ninguna dilación, y venciendo toda clase de obstáculos, procediesen los
generales y juntas subalternas al armamento y defensa de las provincias.
Allí, en fin, conociendo que Badajoz no era para su residencia un punto
tan al caso como de pronto había parecido, resolvió trasladarse a Sevilla, como
ciudad más a propósito y más abundante en recursos. De su llegada a esta
población hablaremos en el otro capítulo.
CAPITULO
XVIII. CAIDA DE GALICIA
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