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CRÓNICAS GALILEAS
El
problema de la recreación de la vida de los Apóstoles, en este caso concreto la
vida de San Pedro tiene por obstáculo número uno la tradición que sobre su
persona levantaron los siglos. Digamos que el fenómeno de protección de las
imágenes predeterminadas, defendidas por la tradición, tiene su punto de vista
positivo frente a la manipulación de los que probaron suerte y acabaron
publicando una iconografía literaria ajena del todo al modelo real. Pero este
sentido positivo no debe obviar que habiendo estado sujeto nuestro mundo a un
crecimiento de la inteligencia desde unos principios pobres, el enriquecimiento
a que este crecimiento conduce sea la necesaria revisión de las posturas a fin
de reconstruir los objetivos del conocimiento acorde a la libertad de quien
sólo busca la verdad y jamás la utilización de la verdad al servicio de
intereses secretos, privados o siquiera públicos.
Es
cierto, causas complejas se levantan por medio a la hora de comprender por qué
defendiendo la verdad la iglesia misma fue incapaz de reconstruir la vida de su
santo por excelencia, San Pedro. Nuestro trabajo tiene que mirar a la verdad
siguiendo la Ley que nos anima: “Nada hay oculto que no llegue a descubrirse y
venga a luz”. Si lo que viene a luz es causa de terror para quienes no aman la
verdad éste es el problema de quienes tiemblan delante de la verdad; a los
hijos de la verdad el efecto de ésta sobre el extraño no es causa de objeción y
menos carretera a un problema.
No
olvidemos que el pueblo de los milenios pasados tendía por inercia a ser
conservador - no confundir esta tendencia conservadora con su afectación
política -, y por todos los medios tendía a pensar cuanto menos mejor, esclavos
como eran de sus circunstancias. Y en lo que se refiere a quienes se declararon
sus amos, patrones, pastores, etcétera, éstos estaban demasiado preocupados en
mantenerlos “esclavos”, “siervos”, “obreros”, “buenos ciudadanos”, como para
perder el tiempo averiguando si Pedro fue pariente de Jesús y en qué grado le
correspondía ese parentesco, por ejemplo.
Nos
adentramos en el Misterio de la Vida de Pedro el Pescador desde una posición
sinceramente apócrifa, - bueno, apócrifa lo que se dice apócrifa: no, porque yo
soy el que soy, no firmo con el nombre de otro -, pero sí, en verdad, profana,
para nada profesional, y que, por tanto, no se sujeta a ninguna regla histórica
ni es deudora de ningún método de investigación, más que nada porque no estando
yo a sueldo de nadie a nadie le debo erre, y no teniendo sobre mi pensamiento
más autoridad que la Verdad nadie puede imponerme punto o coma, y únicamente a
la Verdad remito mis pensamientos. Y como la Verdad es quien es, y si no me
equivoco yo soy hijo de la Verdad, me temo que mi pensamiento viene a la manera
que el fruto de la flor, es decir, determinado por su propia naturaleza.
Razonamiento este particular mío que no busca complacer a nadie y sí, en lo
posible, sentar las bases de mi investigación. Hay que empezar, entonces, por
el principio, por el Hombre, por aquél pescador, hermano de Andrés, a quien un
día éste le anunció que habían encontrado al Mesías. Las palabras exactas según
alguien que conocía a los dos hermanos son: "Era Andrés, el hermano de
Simón Pedro, uno de los dos que oyeron a Juan y le siguieron. Encontró él luego
a su hermano Simón y le dijo: Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el
Cristo. Le condujo a Jesús, que, fijando en él la vista, dijo: Tú eres Simón,
el hijo de Juan; tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro".
Inmediatamente, de acuerdo a Mateo, Jesús se retira al desierto, hasta donde le
siguen Andrés y Juan por un día, regresando a casa para darles la noticia a sus
hermanos. Cuando Jesús regresa del desierto comienza a reunir a todos sus
Discípulos y todos le siguen, dirigiéndose todos a Canaán, donde estaba la
Madre de Jesús y los hermanos de Jesús, y a cuya boda de estos parientes de
Jesús y su Madre son invitados todos los Discípulos.
Es
el tercer día, según Juan.
Y
ya tenemos a todos los Discípulos en la famosa boda de Caná o Canaán, donde
Jesús hizo su primer milagro. De donde inmediatamente después bajaron a
Cafarnaúm “y permanecieron allí algunos días”.
Enseguida
Juan corta su Evangelio en Cafarnaúm y del Principio pasa volando al Fin,
Jerusalén, queriendo dejar claro que desde el principio Jesús conocía el Fin, y
nada ni nadie en este mundo podía cerrarle el camino a la Cruz. El Cordero de
Dios había nacido para ser sacrificado en expiación de todos los pecados del
mundo, cometidos en la Ignorancia, y así debía ser. Al principio era imposible
que los Discípulos pudieran comprender a Jesús; únicamente consumada la
Resurrección pudieron ver en Jesús a Cristo, y de aquí el salto colosal del
Principio al Fin con el que Juan rompe todos los moldes de hacer Historia y
sorprende a todo el mundo trastocando fechas en el tiempo.
El
Evangelista -en el caso de la sucesión dinámica: Bautizo, Desierto, Boda,
Cafarnaúm, Jerusalén- no está mirando al hombre sino al Espíritu que había en
el hombre. Mas nosotros, que somos sus lectores y no sus consejeros ni sus
intérpretes ni sus traductores ni siquiera sus iguales, y visto esto nos
quedamos en el tiempo y vemos cómo personas de distintas localidades, pues
Jesús y sus hermanos se habían criado en Nazaret, de aquí que le llamaran
Nazareno, y Pedro y Andrés, criados en las orillas del Mar de Galilea, pues
eran Pescadores, curiosamente se hallen en la misma fiesta de nupcias,
disfrutando de la misma celebración de bodas. Punto sin importancia, o al menos
jamás la ha tenido hasta ahora, pero que a nosotros, perspicaces ojos que
escudriñan las interiores de las piedras, nos sirve de indicador y, conociendo
la estructura social judía, muy parecida a la cristiana tradicional, porque no
en vano el cristianismo heredó el sentido de la vida del judaísmo, exceptuando
la Fe Cristiana, se entiende, debemos concluir que los discípulos de Jesús y la
Familia de María de Nazaret se hallaban en Canaán de Galilea, según el
Evangelista, y es demasiado tarde para dudar de su palabra, no por azar, ni
como consecuencia de estar ellos exclusivamente siguiendo a Jesús, sino
celebrando la boda de un pariente común. O sea, aquel Jesús que “caminando
junto al mar de Galilea vio a dos hermanos: Simón, que se llama Pedro, y Andrés
su hermano, los cuales echaban la red en el mar, pues eran pescadores; y les
dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de
hombres. Y ellos dejaron al instante las redes y le siguieron”; Aquel Jesús que
se acercó a las barcas de Pedro y de Santiago, lo mismo Jesús que ellos todos
eran parientes de los novios en honor de los cuales Canaán celebraba su boda.
A
partir de aquí la sucesión que nos presenta Juan en su Evangelio es la
siguiente: Jesús es bautizado y el Bautista les descubre a Andrés y Juan:
Cristo en el hijo de María de Nazaret. Inmediatamente Jesús se retira al
desierto, de donde regresa a llamar a sus primeros Discípulos, con quienes
asiste a las bodas de Canaán. No es la Hora de Jesús pero sí el tiempo de
descubrirse delante de sus futuros Apóstoles y darles a ver el Profeta el
anunciado por Moisés diciendo: “Yavé, os enviará de entre vuestros hermanos un
profeta como yo, aquel que no escuche su palabra será borrado de su pueblo”. Si
al pronto, cuando Jesús les dijera “Venid en pos de
mí y os haré pescadores de hombres” los Cuatro Hermanos no pudieron entender
exactamente de qué estaba hablando, después de Canaán lo que Pedro y Santiago
habían sabido siempre, que el hijo de María era el legítimo heredero vivo de la
Corona de David, quedó confirmado ya para siempre.
Y
seguimos adelante. Juan está en el Jordán; las multitudes de pecadores van a
bautizarse a él y llega el día en que se la acerca Aquél de quien su Dios le
había dicho: “Sobre el que vieres descender el Espíritu y posarse sobre El, ése
es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Nuestra pregunta es lógica: ¿qué es lo
que vio Juan?, pues se dice: “Y yo vi”. Es San Mateo quien viene a echarnos un
cable.
Jesús
vino de Galilea al Jordán para bautizarse. Juan se le oponía, pero al fin dobla
sus rodillas y se lo permite. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y he aquí
que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma y
venir sobre él...
Nueva
cuestión: ¿La vio -la paloma- exclusivamente Juan o fue vista de todos los que
estaban allí? A lo que San Lucas responde con su habitual claridad: Aconteció,
pues, cuando todo el pueblo se bautizaba, que, bautizado Jesús y orando, se
abrió el cielo, y descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una
paloma... Es decir, no fue una visión, fue una paloma de carne y hueso la que
se posó en Jesús, y ésta fue la señal visible por la que el Bautista vio, y dio
testimonio “de que éste es el Hijo de Dios”. Señal que vio todo el que estuvo
allí aquel día y que, fuera de lo alucinante del hecho de encontrarse una
paloma en el desierto, nadie le dio la importancia que esa paloma tenía para el
Bautista.
Porque,
en efecto, ¿desde cuándo vuelan las palomas en el desierto? Tal vez tendríamos
que pedirle a un amante de las aves que nos explique si este comportamiento es
propio de una paloma, eso de pasearse por el desierto. La respuesta como si nos
la diera: Sí, si es una paloma mensajera
Me
dirá alguno ¿y qué importancia tiene que una paloma hiciera de Juan Salvador
Gaviota y por una vez en la Historia del Universo un ave sirviera a su Creador
haciendo de mensajero? Yo le responderé que no sería la primera vez, ya en otra
ocasión otra hermana de esta paloma del desierto sirvió a su creador llevando
en su pico una ramita de olivo, según está escrito hablando de Noé. La
importancia mira al destierro de la imaginería de esa foto sobre una paloma misticoide, no carnal, surgiendo de los cielos etéreos para
dejarse ver exclusivamente por el Bautista. Ataque que emprendo en base a que
su palabra no hubiera tenido ningún valor como testigo ante las orejas de
quienes le oyeron dar testimonio, diciendo:
“Yo
no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre el que
vieres descender el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que bautiza en el
Espíritu Santo. Y yo vi, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.
Visión que San Lucas específica, como hemos visto, aclarando que la Señal vino
en forma de paloma de carne y hueso, de manera que todos los presentes,
incluidos los hermanos de Pedro y Santiago, tuvieron ojos para ver lo que
estaba viendo el Bautista, aunque no podían comprender el sentido de este
acontecimiento; ¡una paloma que atraviesa el desierto y viene a posarse en
Jesús!, y jamás hubieran penetrado en su sentido de no haberles descubierto
Juan el misterio, símbolo manifiesto de cómo Dios sacaba de su pueblo a un
hombre, y posando en él su Espíritu nos lo enviaba a todos nosotros, su
creación entera, para cerrar una Era y abrir otra Nueva.
Jesús
sale del agua, Andrés y Juan lo siguen, y por un día se internan en el
desierto, desde donde Jesús los despide, y se adentra El solo en el desierto de
las tentaciones con el espíritu de quien va a encontrarse cara a cara con su
enemigo. Ha llegado la Hora del Duelo entre el Hijo de Eva y el Jefe de los
Rebeldes, aquél Satán que en forma de Serpiente, esta vez no corporal, le
dijera a la mujer de Adán: “No; no moriréis, es que sabe Dios que el día de que
él comáis seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.
El
Día de Yavé, “día de Venganza y de Cólera, día de Juicio y de Terror” para
todos los enemigos de Dios que se alzaron contra su Espíritu y pretendieron
poner su voluntad sobre la Voluntad de Dios Omnipotente, ese Día había llegado.
¡El Campeón del Cielo contra el Campeón del Infierno! El Cielo, tomando la
causa del Hombre en sus manos, había elegido al más grande de sus hijos, al
Primogénito del Dios de dioses, al Rey de reyes del Paraíso, el Unigénito Hijo
de Dios en persona caminando al encuentro del Asesino de Adán. Como se miran a
la cara dos contendientes que van a enfrentarse a muerte y sujetan su Duelo a
Ley, así el Hijo del Eterno subía por el desierto al encuentro de aquél sobre
cuya cabeza debía dejar caer el Campeón de Dios su puño, cumpliéndose la
Escritura que por nosotros debía cumplirse, y que sin Él nos hubiera sido
imposible realizar: “Te aplastará la cabeza”, sin piedad, sin misericordia,
¡Infierno al Infierno, tinieblas a las Tinieblas!
La
Ley obligaba al Juez del Caso Adán a reclamar la Sangre de la Víctima mediante
y exclusivamente a través de la mano de un semejante del muerto, es decir, de
otro hombre, pues la Ley dice: “El que derramare la sangre humana, por mano de
hombre será derramada la suya; porque el hombre ha sido hecho a imagen de
Dios”. Ley, en consecuencia, de la que se ve la Necesidad de la Encarnación;
porque si de la sangre de un hombre únicamente podía Dios reclamar justicia
enviando a otro hombre contra el asesino, se entiende que de un hijo de Dios
cualquier hijo de Dios podía ser Enviado por el Juez para apresarlo y hacerlo
comparecer ante Juicio. Mirando a esta Sabiduría la Genealogía de Jesús remonta
su línea hasta Adán, del que dice: “Adán, Hijo de Dios”.
La
Ley, por tanto, establecía entre los hijos de Dios la imposibilidad de tomarse
la Venganza por su Mano. Ningún hijo de Dios nacido de otra creación podía
intervenir en el Curso de la Historia del Género Humano. Criaturas todas, de
carne y hueso todos los hijos de Dios, era imposible para todos ellos
proclamarse el Vengador de la muerte de Adán. Imposibilidad Divina en la que
tenía el Homicida su confianza puesta.
Caberle
en la cabeza al Enemigo de Dios y su Reino que el Padre de todos los Pueblos de
la Creación fuera a darnos por Campeón y Héroe a su Unigénito, Su Niño, su Mano
Derecha, la luz de sus ojos, no le cabía. Y no le cabía por lógica. Primero,
porque siendo el Unigénito de la misma Naturaleza que su Padre, Dios, y la Ley
establecía la Necesidad de un hombre como Campeón de la Sangre de Adán, por
esta sencilla Verdad el Único que podría satisfacer la Victoria quedaba fuera
de juego. Y segundo, porque Dios no iba a exponer a “su Niño” a un Duelo a
muerte. Acorde, pues, al pensamiento del Asesino de Adán, el Género Humano
estaba perdido y su Destino era la Autodestrucción, según había sido escrito:
“Polvo eres y al polvo volverás”.
Porque
habiendo Dios sujetado la Restauración del Género Humano al resultado del Duelo
a muerte entre el Hijo de Eva y el Jefe de los Rebeldes respecto a los cuales
dijera Dios en Moisés: “Generación malvada y perversa”, y creyendo en la
Imposibilidad de su Derrota a manos de un descendiente de su Primera Víctima,
Satán se paseaba por la Historia de la Tierra, como vemos en el Libro de Job,
haciendo y deshaciendo a su antojo.
No
era, como se ve, moco de pavo la Contradicción y la Paradoja creadas a raíz de
la Caída. Por la Ley sólo un hombre podía enfrentarse a duelo a muerte con el
Maligno, porque de otro modo sería imposible que se entregara el Rebelde, y por
la Ley ningún hijo de Dios, excepto el Unigénito, podía ser el Elegido para
proceder a esta encarcelación. Pero siendo de la misma Naturaleza que el Padre,
el Hijo no podía ser suscrito como Campeón de la Humanidad - de acuerdo al
pensamiento del Diablo. Error que le costaría la Libertad, porque este
presupuesto negaba la Veracidad de la Filiación de toda la Casa de Dios. Ahora
bien, si el Diablo y su corte del Infierno procedía a tomar por vana la
Creación a Imagen de su Creador, Dios quiso estrangular este pensamiento mediante
la Elección de Aquel por quien todo lo hace y en su Encarnación Fundar la
Veracidad de su Paternidad sobre toda su Casa en la Sangre de su Hijo
Unigénito, estableciendo por la Gracia de su Primogenitura la Veracidad de todo
hijo de Dios, pues aunque por adopción, ésta es legítima y eterna, y de aquí,
como dijera nuestro Apóstol: llamamos a Dios con palabras del Unigénito,
diciendo “Padre”.
Y
allá iba, el Unigénito de su Padre y Primogénito entre sus hermanos, Jesús, el
hijo de María, la hija de Betsabé, de Rut, de Sara, de Eva, acompañado de dos
de sus parientes más queridos, Andrés y Juan, subiendo por el camino del
desierto al encuentro del Enemigo de su Padre Eterno y de su propia Corona, la
Corona del Rey del Universo, contra cuya Cabeza estaba dispuesto a estrellar Su
Puño el mismo que hiciera resonar su Todopoderosa Voz en las Tinieblas,
diciendo: “Haya Luz”. Aquel Dios Hijo Unigénito, nuestro Creador y Campeón, Rey
y Salvador, Padre y Maestro, hecho hombre, superando la Imposible Encarnación,
Puerta que según el Diablo jamás abriría Dios, se vuelve hacia los dos jóvenes
y los despide, diciéndoles: Nos veremos en Canaán, decidle a Pedro y a Santiago
que estén prestos. Es el hijo de María de Nazaret quien les habla, es el Jefe
espiritual del Clan Davídico de Galilea, el heredero legítimo de la casa de
Salomón quien les habla. Y ellos se vuelven.
Cuando
Jesús regresa y va a por los hijos del Zebedeo y sus parientes, el yerno de la
suegra de Pedro y el hermano menor de éste, aquel Andrés que le dijera: “Hemos
descubierto al Mesías”, éstos le siguen a Canaán porque estaban invitados a la
boda, y se quedan sorprendidos por las palabras del hijo de María de Nazaret:
“Venid y os haré pescadores de hombres”. Punto éste, la relación de parentesco
entre Pedro y Jesús, que sube un punto más el nivel y nos obliga a viajar por
el tiempo a una fecha un poco más atrás.
Regresemos
al tiempo del regreso de la Cautividad, durante los días de Ciro el Grande,
cuando una caravana de expatriados es repatriada a su hogar nacional, liderada
la multitud por su príncipe natural: Zorobabel, el heredero legítimo de la
Corona de los reyes de Judá, hijo de David, hijo de Salomón...
Crónicas
Precristianas
A
la luz de las conclusiones que se han ido elaborando a partir de las
traducciones de las Bibliotecas desenterradas del Oriente Medio Precristiano,
sabemos positivamente, y desde este conocimiento podemos recrear la verdadera
estructura de las relaciones internacionales que le permitieron a Ciro el Persa
conquistar un imperio. Las Historias de Herodoto, sin quitarle por ello su
valor, fueron escritas desde la ignorancia de la importancia del elemento
Bíblico en el desarrollo de los acontecimientos mundiales del momento. Es hasta
cierto punto gracioso ver cómo aquéllos que a sí mismos se han llamado
historiadores, cegados por su odio antisemita y sus prejuicios anticatólicos,
fueron incapaces de penetrar tras la tela de fábulas que Herodoto recogió como
norma de verdad y transmitió al futuro envuelta en el paño de oro de la Edad
Clásica. No siendo un Historiador de nuestros días, sino sólo eso, un escritor
de su tiempo, no se le puede pedir al autor de las Historias otra cosa que
reflejar en sus escritos la ignorancia en curso en su día sobre las cosas del
Pasado. Desde nuestro conocimiento del Poder y de la Historia, es necesario
decirlo, a estas alturas hay que ser un perfecto memo para creerse que el
general en jefe de las fuerzas militares del reino de Media le entregó la
corona de Ecbatana al rey de Persia, hasta entonces un reino de
segunda importancia en el juego político, por su cara bonita, la de Ciro.
Y
desde la luz del conocimiento sobre la mesa hay que ser algo más que un memo
para creer que el rey de Babilonia, la superpotencia del momento, se mantuvo al
margen del paseo triunfal del Persa, con su inactividad regalándole el Imperio
a quien hasta entonces era su vasallo, por la cara guapa de Ciro. En un mundo
donde el hierro era la ley y la verdad la tenía la fuerza, las tonterías que
escribiera Herodoto sobre el ascenso al poder de Ciro sólo podían tener sitio
en la mente de un pastor analfabeto, lo que, a la postre, bien pensado, era la
inmensa mayoría del mundo, un pueblo analfabeto, su analfabetismo más referido
al conocimiento de las leyes del Poder que al de las letras que componen el
abecedario. Fue contando con este analfabetismo del pueblo sobre las leyes del
Poder que Herodoto escribió la sarta de tonterías que, en lo referente a Ciro,
llamó él “Historias”.
Los
hechos son los que ponen sobre la mesa su testimonio y borran la escritura en
la pared por sabios de la condición de Herodoto grabada en nuestra memoria.
Sabemos positivamente que en los días de Nabónido las ciudades imperiales de
las fronteras del reino de Babilonia de los Caldeos estaban en manos de
oficiales judíos. Cualquier historiador profesional puede avalar esta
información, que, si dicha por un amante de la verdad es una simple suposición,
en las manos de un mercenario de la información histórica suena a eso, a
conocimiento. Pero lo que se hace del todo increíble es que estos
mercenarios al servicio del Poder no le hayan dedicado jamás una sola línea al
fenómeno tan singular que ante nuestros ojos se presenta cuando se nos descubre
que un pueblo de esclavos se levanta hasta tener las llaves del reino de su amo
y señor.
El
culpable de esta situación tan atípica y fenomenológica, sin duda alguna, el
profeta Daniel, Jefe del Consejo Privado de Nabucodonosor. Mas lo que a mí
personalmente me fascina es ver cómo los expertos en estructura imperial, el
pueblo británico, siendo uno de los artífices del desenterramiento de las
Bibliotecas del Oriente Medio Antiguo, estos expertos se hayan comportado como
pastores analfabetos sobre lo que es un Imperio y la serie de fuerzas
estructurales que mueven, ellos que tuvieron en sus manos el Imperio más grande
que jamás haya conmovido la Tierra durante más tiempo que jamás nación alguna
lo haya tenido en sus manos. Suena a payasada, por tanto, que precisamente los
imperialistas por excelencia, el pueblo británico, ante la sarta de memeces de
Herodoto sobre el ascenso de Ciro el Persa haya reaccionado como el pastor de
la fábula.
El
hecho de que los ejércitos de las fronteras del reino de los Caldeos estuviesen
en las manos de generales judíos sólo se explica partiendo de la Biblia.
Unificando la cual con la Historia Verdadera del Reino de los Caldeos se ve que
el golpe de Estado que llevó a Nabónido al poder, tuvo lugar inmediatamente
tras la orgía de Baltasar, golpe de Estado liderado por Daniel, profeta y jefe
de los Magos de Babilonia, golpe de Estado que venía cociéndose desde hacía un
tiempo y al que le sirvió de señal de partida el famoso relato de la escritura
en la pared.
Observamos
en la historia del reino de Nabónido que este delegó todas las funciones
imperiales en su corte, dedicándose él, en cuanto rey títere, a desenterrar
ciudades perdidas en el desierto. Sería bajo esta corte, dominada por el jefe
del Consejo Privado de Nabucodonosor, que los hasta entonces esclavos saltarían
a la dirección de los ejércitos de las fronteras, que más tarde les abrirían
las puertas a Ciro, conquista pacífica que el nuevo rey de Babilonia pagaría,
no con oro, sino con la libertad, como bien se ve del famosísimo, pero
desconocido a nivel histórico internacional, Edicto de Libertad Religiosa de
Ciro, cuyo contenido traduciré a lo largo de esta sección.
Crónicas
Medas
Observemos
cómo el odio antisemita de los historiadores de la Edad Moderna y su fanatismo
anti eclesiástico tararon sus inteligencias hasta el punto de cegar sus ojos
cuando ante lo increíble, que el general en jefe de la segunda superpotencia
del momento, Media, le entregara la corona de su rey y señor a un príncipe
vasallo, y esto sin mediar una sola batalla, se limitaron a decir: Amén. Sería
la primera vez en la historia de la humanidad que un ejército superior se rinde
a otro inferior por la cara bonita del enemigo asaltante, en este caso Ciro el
Persa. Herodoto, siendo lo que fue, un hombre de su tiempo, en ningún caso un
historiador de nuestros días, se limitó a escribir la sarta de memeces que
corría en sus días sobre el ascenso de un príncipe de segundo rango a la cumbre
del imperio, fenómeno inexplicable que únicamente desde una perspectiva mítica
era capaz de entender el pueblo, y que él, un simple escritor, se limitó a
reflejar años pasados de los sucesos, demostrando tener poca madera de historiador
y sí mucha de lo que fue, eso, un escritor.
Era
imposible que el príncipe de Persia no hubiese estado sujeto a vasallaje en la
corte de Babilonia. Recordemos que tras el reparto del mundo por Ciaxares y
Nabopolasar, fruto de la destrucción del imperio de Nínive, Persia quedó
relegada a lo que había venido siendo, una potencia oscura, con la diferencia
que esta vez a su alrededor, Norte y Oeste, se habían alzados dos
reinos fuertes, frente a los cuales sólo le cabía al príncipe de Susa el
vasallaje.
Es
cierto que por convenio Ciaxares sujetó Persia a la influencia de su cetro y
que Nabopolasar cedió esta influencia a cambio de la frontera occidental, más
rica, y más necesitada de su atención si tenemos en cuenta que al otro lado del
Jordán y al oeste del Sinaí se hallaba Egipto. Pero no es menos cierto que
Media y su rey tenían en su frontera occidental otro enemigo potencial de mucha
altura en los pueblos helenísticos.
Persia
quedó relegada en el trastero del imperio, en teoría dependiente del rey de
Media pero en la práctica expuesta a los pies del rey de Babilonia. Si le es
respetada a Persia la independencia es debido a un acuerdo entre vencedores que
sirve de símbolo de amistad perpetua entre Ecbatana y Babilonia. Cualquier
levantamiento militar por la independencia real de Susa podía ser aplastada en
cualquier momento, lo mismo por el Caldeo que por el Medo. De aquí que si
Ecbatana buscaba alianza con Susa para mantener sobre Babilonia cerrada la
frontera, Susa buscaba la alianza con Babilonia a fin de mantener su autonomía
frente a Ecbatana, cosa que se firmaba, como era normal en esos días, mediante
la entrega, en calidad de “huésped-rehén” de un heredero de la corona, en este
caso Ciro.
Tenemos
pues que Astiages el Gordo, heredero de Ciaxares y rey de Ecbatana, casa a una
de sus hijas con el padre de Ciro, en alianza contra Babilonia, que Susa toma
como garantía de autonomía frente a la corte de Nabucodonosor. Y a su vez
el padre de Ciro entrega en “rehenato” un hijo suyo
al rey de Babilonia en gesto de sumisión a la corona de Nabucodonosor,
obligando a Babilonia a servirle de muro frente a cualquier invasión de
las competencias firmadas entre Ciaxares y Nabopolasar sobre el status de Persia.
A
fin de ocultar la tela de relaciones que hicieron posible el ascenso del
príncipe persa al trono imperial y que desentrañaremos hasta el final, se
expandió el cuento para niños de la persecución del hijo de la princesa meda
entregada por esposa al padre de Ciro, la salvación mítica de su hijo por un
pastor, y la conquista prodigiosa de Media y Babilonia sin librar siquiera, o
al menos, una batalla. ¡Qué menos que una batalla! Pero no, ninguna. Y lo más
curioso, asombroso y fascinante no es que un escritor de las cosas fantásticas
de su tiempo no se extrañase ante el cuento, lo más alucinante de todo es que
los mismos que pretenden darnos lecciones de Historia Universal se hayan
tragado esta bola. Y lo que más risa produce es ver que esas gargantas tan
profundas fueran capaces de afirmar las Historias y negar la Historia:
afirmando en el Siglo de las Luces, Dios nos libre de sus luces, de no haber
existido jamás una Nínive, ni una Troya. Afirmaciones para tarados que si bajo
las Luces de la Edad Moderna fueron tomadas en el XVIII como palabra de Dios,
en el XIX Dios hundió sus manos en el barro y le refregó a tales genios Nínive
por la cara. No es ninguna acusación, y sí quitarles la máscara de
infalibilidad que reclamaron para sí los Historiadores del XX.
Los
hechos cantan. Primero Media. El general en jefe del reino de los Medos se baja
de su caballo y pone sus fuerzas militares a las órdenes del príncipe de un
reino vasallo. ¡Por la cara! Acto increíble que la leyenda firmada por Herodoto
establece en los celos del general en jefe de las fuerzas medas, quien,
despechado porque la madre de Ciro, un día su prometida, le fuera arrebatada
por su rey y suegro en potencia para ser entregada por esposa al rey de Persia,
bla bla bla...una historia propia de los cuentos de
una Noche de verano de Shakespeare ... porque el rey Astiages tuvo un sueño en
el que veía rota su dinastía por el fruto de su hija con el jefe de sus
ejércitos, ¡oh la la!, y aterrorizado la da su hija,
la prometida del jefe de sus ejércitos, por mujer al rey de Susa, alejando el
peligro de Ecbatana, pelota que con el tiempo regresaría a su tejado para
hundir todo el edificio ... Pues eso, ¡por la cara!, después de entregarle el
reino a un príncipe vasallo, también Babilonia entera le abre las puertas a
este mismo príncipe de segunda... ¡por la cara! En verdad hay que ser un tarado
para escuchar este cuento y darle la atención que se merece tales Crónicas de
la Verdadera Historia de la Humanidad.
Y
todo esto de arriba después de haber contenido Babilonia a Egipto, cerrándole
al faraón el camino a Lidia; un faraón quien, aun estando en las antípodas de
estos sucesos, se había levantado y le metía caña al rey de Babilonia para
levantarse y hacer algo, unirse a Creso y devolverle a Astiages el trono que su
criado le había robado para Ciro, ¡por la cara!
Creo
yo que hay que ser un verdadero tarado para no ver, en aquél paseo triunfal de
un príncipe de segunda clase en las relaciones del Poder del momento, una tela
de fuerzas internacionales unidas por una misma razón, núcleo
pensante y dirigente de las acciones de todos los que le entregaron a Ciro el
Imperio, que él pagó con el Edicto de Libertad, que se alza como nuestra Prueba
principal y más poderosa sobre la Conexión del mundo judío con el cambio
trascendental que la Civilización entera dio a raíz de la ascensión al trono
imperial de Ciro.
El
Misterio de Dioces el Medo
Otra
de las Historias que los eminentes Historiadores de la Edad Moderna recogieron
sin inmutarse, es decir, sin deseo alguno y menos capacidad todavía para
desentrañar, se refiere al misterio de la milagrosa formación del reino de los
Medos. La leyenda vuelve otra vez a elevarse a los altares de la Historia y
deja el misterioso viaje del Dioces fundador del
reino de los Medos, tras el que regresó con las llaves de la que sería luego
Ecbatana, su capital, en las nieblas del suculento universo de los Mitos.
La
estructura histórica es inequívoca y no se presta a fábulas. Pero no olvidemos
que si Herodoto no tenía ni idea de la existencia de la Biblia, los
historiadores modernos, cegados por sus prejuicios antisemitas, hicieron mutis
total sobre la revolución que hizo posible el salto de una nación compuesta por
tribus en estado bárbaro a una sociedad sujeta a estructura monárquica. Y hacen
el mutis porque esta revolución tuvo lugar a raíz de la deportación de los
Israelitas a las Montañas del Este.
Desde
los días de Tiglat-Pileser I, allá en el siglo
XII a.C., los Asirios ya conocían la existencia de los pueblos
bárbaros del Norte. Pero no sería hasta los días de Salmanasar III, en el
IX, que la confrontación con estos bárbaros de las montañas al norte de
Asiria devendría periódica. Salmanasar encontró un conjunto de unas 27 tribus
sujeta cada una a su propio príncipe, y cuya estructura militar y social era la
típica de todas las naciones indoeuropeas en sus principios, es decir,
anárquica, fruto de la teoría de la libertad que le ha sido siempre natural a
todos los bárbaros.
Que
aquéllas 27 tribus del Norte procedían de otros lugares del mundo y que entre
ellos se encontraba el pueblo de los Medos, a su vez dividido en tribus, es
cosa molida. El problema es que los historiadores modernos tendieron a moldear
todos los datos con objeto de regalarse una Historia a la medida de su
mentalidad: que, sin embargo, siendo su escuela de mentalidad imperial
dicha reconstrucción no obedeció en ningún caso a la Ley del Poder. De
todos modos hay datos que les era imposible sortear y, mal que les pesara,
debían dar por hechos. La conexión entre Medos y Persas, reflejada en las
relaciones comerciales entre esos pueblos del Norte y las naciones al sur de
Asiria, es uno de ésos datos molestos que evitaron en la medida de lo posible a
fin de no corregir las Historias de su maestro.
El
hecho es que durante los días de Salmanasar III los Medos seguían siendo tan
salvajes como lo fueron durante los días de Tiglat-Pileser
I, dos y tres siglos antes. Entendiendo por salvajes en este caso el no saber
estructurar un Estado ni proceder a definir una Civilización propia. Samshi Adad IV y Adad Nirari III - siempre en el siglo IX -
impusieron tributo a los Medos y pueblos aliados de las montañas, pero sin
lograr jamás ni reducirlos al yugo de Asiria ni conquistarlos para su
civilización. La ley de la libertad de los bárbaros era preferible a la ley de
la esclavitud que imperaba desde Nínive. Y bajo esa ley siguieron
multiplicándose y creciendo.
Tanto
que cuando Tiglat-Pileser III, a mediados del
VIII, se lanzó a la conquista de gloria y fama para la eternidad, e
irrumpió en el país del Norte, se enfrentó a los caudillos bárbaros, y los
derrotó uno por uno: condujo de regreso a Asiria una caravana de esclavos que
se contó por decenas de miles de cabeza. Un poco más adelante la
generación siguiente se rebeló contra el yugo asirio, pero sin más consecuencia
que el aplastamiento de la revuelta y la aniquilación de una población ya
diezmada por la primera guerra contra Tiglat-pileser III.
Así
pues, cuando Sargón II, en el 722, arrasó el reino de Israel, y destruyó
Samaria la Blanca, cuyas cúpulas de marfil brillaron al sol de los siglos, para
desesperación del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, que viera hundirse en la
idolatría al pueblo elegido, cosas ya descritas en la Biblia, y deportó a los
supervivientes de Israel a la tierra de los Medos, la nación de los bárbaros
del Norte experimentó una transfusión de sangre guerrera, bajo cuya presión, ya
caliente por el deseo de venganza de la nación que recibiera este nuevo
aliento, se alzó en rebelión contra el enemigo común, viviendo juntos la
derrota y el destierro del líder de la revuelta, el misterioso y enigmático Dioces de la Leyenda.
Debemos
computar a la vergüenza de los historiadores del Próximo Oriente Medio Antiguo
no haber querido jamás abrir los ojos a este encuentro de dos pueblos en un
mismo tiempo y lugar, el uno altamente evolucionado, el Israelita, cuyo origen
como Reino y Estado se remontaba a los días de David y Salomón, y el otro en su
estado más salvaje, ambos sujetos al mismo despotismo imperial, y que cierran
su unión mediante la sangre que derraman en la revuelta de la que Dioces fuera el caudillo. Tales historiadores de la escuela
de Herodoto, enemigos por sistema de la todopoderosa influencia del elemento
semita en la Historia de la Civilización, por en cuanto el semita es el judío,
cierran el capítulo de la confluencia de estos dos pueblos, el Israelita y el
Medo en la revuelta contra el enemigo común, Sargón II, diciendo que las tribus
bárbaras volvieron a poner su cabeza bajo el yugo, enterrando así sus
eminencias en el olvido la Conexión Israelita.
Esta
Conexión Israelita en el futuro del Pueblo Medo llegó a ser tan decisiva y
trascendental que lo imposible hasta entonces, hacer de todas las tribus una
sola nación, se hizo realidad y de la noche a la mañana los bárbaros se dieron
un rey, se construyeron una capital y se organizaron bajo la estructura de un
Estado. Ahora bien, la explicación de la creación de un Estado de la noche
a la mañana tiene dos salidas. Una es para inteligencias taradas, la otra es la
expresión de la realidad. La Edad Moderna prefirió la primera. La realidad es
que la evolución durante el curso de una generación, la de Dioces, del paso de una estructura bárbara a otra estatal,
implicaba una verdadera revolución. Y para que ésta se consumara la misma debía
contar con expertos en la materia, un pueblo altamente civilizado, criado en la
estructura de Poder que representa la formación de un Reino.
Esta
revolución se produjo justamente cuando el Pueblo Israelita entró en la Media.
Y cualquier explicación de este paso revolucionario por el que un pueblo de
muchas tribus bárbaras, en estado anárquico durante siglos, se funde en una
Corona y Estado protoimperial que no pase por esta
Conexión da por resultado una Historia para pastores analfabetos, que sería la
historia que Herodoto recogiera hablando de Ciro.
La
formación del Imperio de Ecbatana tenía un único fin, la destrucción de Nínive.
Fue bajo la fuerza de la venganza perpetua, sellada con sangre durante la
revuelta que ahogara Sargón II entre Israelitas y Medos, que el nieto de
Dioces, el Ciaxares de la Historia Universal, y padre de la que sería esposa de
Nabucodonosor, que la nueva nación producto de la unión del Pueblo Israelita
con la Nación de los Medos se lanzaría contra Asiria y arrancaría de cuajo
Nínive de la superficie de la Tierra.
Caída
de Nínive
En
aquella revolución madre en el origen de la formación del reino Medo, y como es
de entender desde la lógica del Poder, para darle cohesión a su corona militar Dioces cerró el cuadro de su estado mayor con el
elemento Israelita, ahora una tribu unida por la sangre a la Nación de los
Medos y por el Estado a la Corona del rey de Ecbatana. Era el establecimiento
de una monarquía civilizada sobre un sustrato bárbaro, en el que la jefatura
era conservada por el elemento bárbaro, y su consistencia se apoyaba sobre el
elemento extranjero, altamente evolucionado, pero por su condición de nueva
tribu imposibilitada para ceñirse la corona. Y esta estructura de obediencia al
monarca, en el elemento Israelita algo natural, pero ajena a la sangre bárbara,
sería la columna fundamental sobre la que la dinastía de Dioces basó su poder militar.
Que
la sed de venganza movía a ambos pueblos, el Israelita y el Medo, y fue el seno
en el que ambas sangres se unieron para concebir la Corona de Ecbatana, se ve
en la fogosidad con la que el heredero de Dioces, Fraortes el Chico, se lanzó contra el enemigo común.
La culpa como siempre, el Asirio.
Durante
el reinado de Senaquerib el Bibliotecario, el yugo de Nínive pesó criminalmente
sobre todas las naciones al Oeste del Éufrates. Preocupado con ahogar en sangre
el grito de libertad de los pueblos al Oeste del Eufrates,
Senaquerib se despreocupó de los bárbaros del Norte, y Dioces aprovechó esta despreocupación para consolidar su revolución y legar a su
dinastía un ejército fuerte preparado para saciar la sed de venganza de la
Nueva Nación. Gracias a la aventura de Senaquerib en el Oeste, Dioces extendió su influencia a las espaldas de
Nínive, cerrando con el pueblo de los Persas la alianza típica entre
amigos por enemistad hacia un enemigo común.
Muertos
Senaquerib y Dioces los hijos de ambos se enfrentaron
en el campo de batalla. Pero Asurbanipal demostró ser un rival demasiado
fuerte para Fraortes el Chico, cuyo reino aún no
había madurado lo suficiente para equiparar su estructura a la propia de un
imperio. Así que su sucesor, Ciaxares, se replegó sobre su reino a fin de darle
el último toque. Que como todos sabemos alcanzó su apoteosis en el 606, el
año en que la sed de venganza de la Nación del Norte se emborrachó de sangre
del enemigo odiado, el Asirio, cuya capital fue arrancada de la superficie de
la Tierra para no volver a ser habitada por los siglos de los siglos, según lo
anunciara Dios en su Libro.
Entre
la ascensión de Ciaxares al trono y la destrucción de Nínive tenemos la
invasión de la Media por los bárbaros de las estepas siberianas, que retrasó la
Hora Final, pero que no pudo impedir que el designio divino se cumpliera a
rajatabla. En el fragor de aquel grito de victoria quien tiene oídos para
oír oye la lengua del Hebreo alzarse junto a la del Medo, ambas almas ebrias
del placer de los dioses, a una alzando a sus dioses la misma acción de
gracias.
No
tenemos que olvidar que Herodoto, un Griego, desconocía la Biblia, y por tanto
su capacidad para descubrir la existencia del elemento Israelita en el Origen
de la Revolución Meda queda ampliamente justificada; ni
tampoco debemos dejar de ver que los historiadores modernos,
conociendo la Biblia y la Historia del Oriente Medio Precristiano, se taparon
las orejas y se arrancaron los ojos antes que reconocer el poder de la
influencia del elemento semita, encarnado en el Pueblo Israelita, hablando de
la irrupción en la Historia Universal del reino de los Medos. Será desde esta
Conexión que se explique cómo un estado mayor, compuesto por el elemento
Israelita, dispuso el traspaso de la corona, que creara, de las manos de la
casa de Dioces a la de la casa de Ciro. Razón que se
explicará siguiendo esta misma estructura de razonamiento.
Crónicas
Babilonias
Pero
si el Asirio sembró en el Norte la semilla de un odio todopoderoso que a
su tiempo daría su fruto, al sur de Nínive ese odio era ya un hecho que,
agazapado como la leona que contempla sentada a su víctima, el gobernador
de Babilonia esperaba su momento. Este momento le llegaría a Babilonia con Nabopolasar.
Al tanto
del avance del rey de Ecbatana, Nabopolasar se lanzó
contra el rey de Nínive, empleando con el rey de Nínive la misma ley que
éste le aplicara a todas las naciones. Aplastado el Imperio Asirio, Nabopolasar subió al trono, cerrando entre él y
Ciaxares una alianza de paz mutua, sellada con la boda entre la hija del rey
del Norte y el hijo del rey del Sur.
Y
enseguida el reparto del mundo.
El
rey de Babilonia se quedó con el mundo al sur de los Montes Tauros,
dejando todo el norte, y desde ahí hasta los confines del Oeste Anatólico, al rey de Media. El rey de Media le dejaba al
rey de Babilonia el mundo al sur de los Tauros, y
desde ahí hasta los confines de Palestina, Arabia y Egipto. A las espaldas de
ambos reinos quedaba Persia, región autónoma sujeta en principio al vasallaje
de la corona de Ecbatana, pero sujeta a la influencia política de Babilonia.
Persia, región sin verdadero ejército ni fuerza estatal unificada propia, su
poder como enemigo quedaba reducido al de una provincia fronteriza al servicio
de los intereses mutuos de ambos reinos. Por la alianza matrimonial entre
Ecbatana y Babilonia cualquier revuelta de Susa chocaría contra un muro
imposible de traspasar. Ahora bien, cualquier traspaso de los límites de
influencia sobre Persia dictados por ambas potencias podría decantar la
relación de fuerzas y pasar la dependencia de Susa de una corona a otra.
Desequilibrio que no le interesaba ni a las coronas aliadas, ambas lanzadas a
las conquistas del Oeste, una por el Norte y otra por el Sur, ni a la propia
corona de Persia, demasiado débil para resistir un ataque conjunto de las
fuerzas de Ecbatana y Babilonia.
Por
el Norte Ciaxares llegó hasta el reino de Lidia, cuya conquista no se consumó,
y por el sur el rey de Babilonia llegó hasta el Mar Grande, donde el hijo de
Nabopolasar destruyó el reino de Judá, según está escrito.
Al
igual que antes el reino de Israel había sido borrado de la faz de la Historia,
ahora le tocó el turno al reino de Judá. Y al igual que antes el Asirio deportó
la crema de la juventud israelita superviviente a tierra extranjera, pensando
en humillar su orgullo y abatir para siempre el peligro de una revuelta, ahora
Nabucodonosor hacía otro tanto con los supervivientes de Jerusalén y su reino,
deportando a la tierra de los Caldeos la crema y nata de la nación
superviviente.
Si
en el primer caso la deportación no significó esclavitud, y sí compartir el
mismo odio y deseo de venganza con la población de la tierra a la que los
israelitas fueron deportados, uniéndose a la cual, de la fusión vino a luz una
Nueva Nación, con capital en Ecbatana, en este caso la deportación de los
judíos significó esclavitud en el seno de la tierra de los mismos que
destruyeron su reino.
¡Qué
revolución podía llevar al Poder a este pueblo de esclavos cuyo amo tenía tanta
y más experiencia que el propio pueblo judío en la naturaleza estructural de un
Estado e Imperio! Ninguna. A no ser que… En efecto, Dios elevase un judío
a la cabeza suprema del Consejo Privado del rey de Babilonia. Y aun así y sólo
si este hombre de Dios lograse superar todas las intrigas contra su persona que
habían de plantarle en el camino los miembros del Consejo privado del rey.
Los
historiadores de la Edad Moderna, más preocupados en tocarles las narices a la
Iglesia Católica que en penetrar en las estructuras del Pasado, se
despreocuparon de la Influencia y Poder de los Magos en la Corte de
Nabucodonosor. El odio al elemento semita, por ser judío, se manifestó siempre
más fuerte que su sentido de la verdad y donde vieron cualquier posible
Conexión Hebreo-Judía se dieron la vuelta y pasaron olímpicamente de hacer
Historia, limitándose a hacer periodismo del Pasado: Año tal, rey tal, guerra
tal. Punto y muerto.
Pero
que a la altura del gobierno de Nabónido, el último de los Caldeos, de origen
asirio para más inri, las llaves de las grandes ciudades fronterizas estuviesen
en manos de generales judíos, dato que cualquier historiador puede confirmar,
pone de relieve que el poder del jefe de Consejo Privado del rey, y Jefe de los
Magos de Babilonia, fue de un alcance extraordinario. Tanto más extenso
cuanto más poderosa fuera la figura del momento. En el caso del profeta
Daniel este poder debemos multiplicarlo a su potencia máxima si tenemos en
cuenta su supervivencia tras la muerte de Nabucodonosor y su presencia en el
complot que derrocó su dinastía y le entregó la corona a un príncipe
extranjero, el Nabónido de la Historia. ¿O acaso se produce un cambio dinástico
sin revolución mediante? La inocencia de los historiadores modernos para no ver
revolución alguna en un cambio de dinastía es tan grande como su perversidad
para darle la espalda a la verdad si con ello satisfacían la pasión que los
llevaba a tocarles las narices a la Iglesia con tal de demostrar que ellos y no
Dios son los verdaderos artífices de la Historia, si no de la que es al menos
sí de la que fue.
De
manera que tenemos dos elementos de un mismo cuerpo tocándose al final del
extremo para darle la Corona del Imperio a un desconocido, nuestro Ciro. De un
lado el elemento Israelita en el Origen de la Corona de Ecbatana, y del otro el
elemento Judío al frente de las ciudades fronterizas del reino de Babilonia.
Nos
queda definir la naturaleza de la revolución que condujo a Nabónido al poder, a
Ciro al Imperio y a Zorobabel al regreso a la Patria Perdida.
Crónicas
Persas
Podríamos
dar curso libre a todo un libro enciclopédico tratando este tema de la
ascensión de Ciro al Imperio y su Edicto de Libertad Religiosa. Los ángulos son
tan ricos en suculentos misterios que apenas se podría dar de lado una nueva
versión, haciendo de espejo de la Historia. Primero por la serie de
imposibilidades anteriormente expuestas, saltándose las cuales un príncipe de
segunda se enfrenta a las tres superpotencias del momento y triunfa,
escribiendo lo que el Julio de la Casa del César firmara: Vini, vidi, vincit, pero este Julio de
la Casa de los Aqueménidas sin tener que librar una batalla que se mereciera
este nombre, excepto la que lidiara con Creso el Lidio; y segundo, porque ¡de
cuándo en la Cultura de la Nación de los Persas, figuró la libertad religiosa como
emblema! Aún en nuestros días la genética traiciona a los que se proclaman
sucesores de aquel Ciro defensor de las libertades religiosas y que, diciéndose
sucesores suyos, entienden por libertad religiosa la destrucción de todos los
infieles, especialmente si son judíos.
En
aquel juego de fuerzas entre superpotencias del momento era natural que las
alianzas matrimoniales abriesen y cerrasen direcciones. Desde esta razón
que el hijo de Ciaxares, Astiages el Gordo, casare una hija de su barriga con
el príncipe de Persia no implicaba ningún derecho de Susa a la Corona de
Ecbatana, a la manera que la boda entre la hija de Ciaxares y el hijo de
Nabopolasar no entregaba derecho alguno al rey de Ecbatana sobre la corona de
Babilonia. Absolviendo a Herodoto por su ignorancia, cualquier historiador sabe
que la princesa entregada en matrimonio de alianza pasaba directamente a vivir
bajo la corona del príncipe consorte. La fábula del príncipe Ciro, hijo de este
matrimonio, siendo expuesto a decreto de muerte y salvado por un pastor, no
tiene ningún valor, excepto el de querer salvar de alguna forma el derecho de
Ciro al trono de Media y revestir su increíble ascenso al Imperio con el manto
de la providencia de los dioses. Era imposible que un príncipe de segunda, como
dije antes, soñase con la conquista de todas las coronas de las superpotencias
del momento, y lo que es más fantástico, sin ni siquiera tener que librar una
sola batalla. ¡Oh la la!
Superando
pues a Herodoto volvemos a la realidad. Y la realidad es que si Astiages casó
una hija de entre sus hijas con el príncipe heredero de Persia, como suele
suceder en todo matrimonio de esta clase: esta alianza tenía por
fin mantener la autonomía de Susa frente a Babilonia, recordándole
Ecbatana a Babilonia que cualquier adhesión que superase su influencia política
sobre Susa daría origen a una guerra legitimada por la sangre entre las
coronas.
Por
la parte de Susa, mientras el rey de los Persas se aseguraba el apoyo del rey
de los Medos gracias a la boda entre su heredero y la princesa de Ecbatana,
jugando a dos bandas, ¡cosas del Poder!, el rey de los Persas mantenía su
independencia política frente al rey de Ecbatana: vasallaje mediante al rey de
Babilonia, firmando con el Caldeo el clásico rehenato de su heredero, por el cual el primero, un reino de segunda fila, obtenía del
segundo, un reino de primera magnitud, cobertura y asistencia al fuero de su
independencia respecto al rey de los Medos. Sería en esta Corte, y no en la
choza de pastor alguno, donde se criaría Ciro.
Recordemos
que para las fechas cuando Ciro hubo de ser entregado - y de aquí la leyenda de
su desaparición de la vista de Ecbatana y Susa - en las manos de la Corte
Caldea, la Jefatura de la Casa de los Magos, y Jefe del Consejo Privado del Rey
de Babilonia, y por tanto al mando de los rehenes reales, este Poder estaba en
manos de un Judío llamado Daniel.
Observemos
además que el mismo proceso que Nabucodonosor realizó con Jerusalén,
destruyendo la ciudad y llevándose con él a sus príncipes supervivientes, este
mismo proceso fue el que realizó su padre, Nabopolasar, con Nínive, destruyendo
la ciudad y deportando a su reino sus príncipes supervivientes, de los cuales,
a la manera que de los judíos supervivientes saldría el príncipe Zorobabel,
ambos criados en la corte de Nabuco bajo la mano del
mismo Jefe de la casa del rey, Mago y profeta Daniel, saldría luego Nabónido,
el futuro rey tras el golpe de Estado que derrocó a la dinastía de Nabuco.
Ciro,
cerrando esta incursión, estaba emparentado por su madre con la corona de los
Medos, y por su abuelo materno, al mismísimo Astiages, hijo de Ciaxares.
Astiages, hermano de la mujer de Nabucodonosor, siendo el abuelo materno de
Ciro, emparentaba a su nieto, sin quererlo, con la Corona de Babilonia. La
oportunidad de unir estas tres coronas, la Persa, la Caldea y la Meda en una
misma cabeza era extraordinaria.
Ciro
tenía derechos legítimos de sangre sobre las tres coronas del
momento. Obviamente para esto había que derrocar a la dinastía de Nabuco, poner en el trono un rey títere, Nabónido, sujetar
las ciudades fronterizas a hombres fieles al Mago de Babilonia, judíos como él
mismo, y superar el enfrentamiento con el rey de Ecbatana. Cosa no muy difícil
de hacer si el Gran Mago de Oriente tenía en cuenta que el cuadro del Estado
Mayor de la Corona Meda estaba en manos de descendientes de Israelitas, hijos
todos del mismo Abraham, en cuyas orejas la Voluntad de Dios, que había
dispuesto la ascensión al trono de rey de reyes de Ciro el persa, encontraría
un alma bien dispuesta.
¿El
precio que pagaría Ciro?
¡La
Libertad!
Crónicas
Judías
No
es oro todo lo que reluce. Y en la envoltura de la imagen arquetípica
antisemita haciendo del judío el clásico avaro, miserable criatura reptando
entre los estratos del poder, el oro no sólo no reluce sino que es pura
pintura. No sería sino tras la destrucción romana de Jerusalén y la convivencia
del judío en el Islam y contra el cristianismo que esta pintura comenzó a
fabricarse y se completó, deviniendo el judío la clase más abyecta de gusano,
sin lealtad hacia nadie y capaz de traicionar al amigo de hoy si el enemigo de
ayer llega al poder y su supervivencia en el mañana depende de la del enemigo
de hoy, que fue el amigo de ayer. Mas en lo que respecta al Hebreo, Israelita o
Judío, de los tiempos anteriores a Cristo, y especialmente durante los siglos del
XVI al VI, es decir, todo un Milenio, el Hebreo fue un Guerrero nato forjado en
el campo de batalla, cuya fama se consolidó a título mundial durante los días
de David.
Pero
creer que un guerrero nato es aplastado mientras el pecho tiene vida es un
error, que al cabo del tiempo a Nínive le costó la existencia. Un guerrero sólo
deja de existir, muerto. El mismo espíritu de Libertad opuso el reino de Judá
al imperio de Babilonia. La imagen que el mundo de entonces tenía del Judío era
la de un soldado valiente y bravo. Verdad que pone de relieve la puerta que se
le abrió a la libertad mediante su entrada en el ejército babilonio, sirviendo
en los cuales llegaron sus jefes a alcanzar los más altos puestos en las
ciudades de las fronteras del reino. ¿Con la ayuda del jefe de los Magos? Pues
sí, siempre: pero ninguna influencia tiene peso cuando de lo que se trata es de
defender a cobardes, que, de haberlos sido, ni por diez como Daniel, el rey de
Babilonia hubiera aceptado sus nombramientos para guardias de las Puertas del
Reino.
El
Edicto de Libertad que firmó Ciro al entrar en Babilonia fue redactado hacía
mucho tiempo atrás y el Nuevo rey de Babilonia se limitó a poner su Sello. Este
Edicto es la clave que abre la puerta a todo el Misterio de aquel Siglo: la
ascensión de Ciro, la caída de Babilonia y Ecbatana, la complicidad de
Babilonia frente a la Caída del reino de Lidia y su negativa a unirse a Egipto
para apoyar a Lidia y detener la fundación del imperio de Ciro. Y a la par nos
permite ver la naturaleza de la Caravana que lideró el príncipe Zorobabel desde
Babilonia a Jerusalén.
Quiero
decir, Zorobabel condujo un ejército armado, enriquecido por los tesoros de la
Comunidad de la Gran Sinagoga del Oriente y exaltado por la tribu sacerdotal,
pero ante todo y sobre todo Zorobabel era príncipe y quienes le acompañaron
fueron los mismos generales y soldados que les abrieran las Puertas del Reino a
Ciro, de los que felizmente Ciro se desembarazó pensando que tal cual habían
desertado de su antiguo amo podían desertar del nuevo señor, y a su Imperio más
le valía tener a tales siervos, leales sólo a su Dios, fuera del ejército que
dentro del ejército.
El
relato bíblico es suficiente prueba a la hora de confirmar la veracidad de la
naturaleza armada de la Caravana del heredero de la corona de Salomón. Ya digo,
la imagen arquetípica sobre el judío instalada en nuestra memoria durante los
últimos siglos no puede ser exportada a los tiempos que estamos tratando.
Zorobabel dirige un ejército de ocupación con plenos poderes de defensa armada
frente a los ocupantes de la Patria Perdida. Que, como se lee, no tardaron en
intentar destruirlos. Cosa que no consiguieron porque aquellos colonos
albañiles, carpinteros y demás, bajo la capa de trabajo llevaban la espada del
soldado. Y tenían permiso de Ciro para defenderse y hacer valer sus vidas. ¡Qué
es la Libertad sin el derecho a la defensa!
Se
sobreentiende de su Edicto que Ciro no les otorgó a los Judíos a una Libertad
para invadir el País y hacer Zorobabel de Josué en plena Reconquista. Del
Edicto se entiende que los Judíos compraron su Libertad para regresar a su
Patria e instalarse en la tierra siguiendo las leyes del establecimiento
pacífico, y sujeción de las nuevas poblaciones a los deberes imperiales. Bajo
estas premisas, como vemos en el relato Bíblico, Zorobabel y sus hombres
reconstruyeron Jerusalén, se instalaron y comenzaron a expandirse por la
Heredad de los Hebreos.
He
aquí el famoso Edicto de Ciro
A.-
Yo soy Ciro, Rey del Mundo, rey grande, rey poderoso, rey de Babilonia, rey de
las tierras de Sumeria y Acad, rey de las Cuatro Regiones, hijo de Cambises,
gran rey, rey de Ansán, nieto de Ciro, gran rey, rey
de Ansán, descendiente de Teispes, gran rey, rey de Ansán, descendiente de una línea real sin término, cuya ley
Bel y Nabu bendicen, cuyo reinado hace la complacencia de los dioses.
Cuando
me hallé preparado, entré en Babilonia, y asenté mi reino en el palacio de los
reyes entre el júbilo y la alegría. Marduk, el Dios Altísimo, dispuso el
corazón de los habitantes de Babilonia hacia mí, y yo le adoraré todos los
días.
Y
continúa:
B.-Por
mis actos Marduk, el Señor Todopoderoso, se alegró y a mí, Ciro, el rey que le
rinde adoración, y a Cambises, mi hijo, la fuerza de mis muslos, y a todas mis
tropas Él ha bendecido, y por esto con espíritu de gracia glorificamos en
excelsitud su Altísima Divinidad.
Todos
los reyes que se sientan en sus tronos desde un rincón al otro de las Cuatro
regiones, desde el Mar del Norte al del Sur, que moran en ... todos los reyes
del Occidente que habitan en tiendas, me rindieron tributo y vinieron a besarme
los pies sobre Babilonia. Desde ... a las ciudades de Assur,
Susa, Acad y Eshunna, las ciudades de Zamban, Meurnu, Der, hasta los
confines de la tierra de los Gutis, yo hice volver los dioses a sus lugares de
culto desde muy antiguo, a sus ciudades sagradas en ruina desde tiempos
lejanos.
Reuní
todos sus habitantes y restauré sus ciudades. Los dioses de Sumeria y Acad, que
Nabónido, contra la cólera de los dioses, trajo a Babilonia, Yo, por la
voluntad de Marduk, el Señor Dios, hice retornar a sus ciudades de culto.
Quieran
todos los dioses rogar por mí delante de Bel y Nabu por todos los días de mi
vida, y digan a mi Señor, Marduk: “Que Ciro, el rey, tu siervo, y Cambises, su
hijo...”
Y
concluye así:
C.-
Ahora que soy rey de Persia, Babilonia y las naciones de las Cuatro Regiones
con la ayuda de Marduk, declaro que respetaré las tradiciones, costumbres y
religiones de las naciones de mi imperio, y no permitiré, mientras yo viva, que
gobernador alguno bajo mi mando las insulte.
Desde
ahora para siempre, mientras Marduk disponga el reino a mi favor, no impondré
mi religión a nación alguna. Cada nación es libre para aceptarla, y si alguna
la rechaza Yo jamás me alzaré contra su libertad para imponerle mi Creencia.
Mientras Yo sea el rey de Persia y Babilonia, y de las Cuatro Regiones, Yo no
permitiré la opresión religiosa de una nación sobre otra, y si ocurriera Yo
castigaré al opresor y devolveré su derecho al oprimido.
Mientras
Yo sea rey no permitiré a nadie tomar posesión y realizar expropiación de los
bienes ajenos en razón de la fuerza o sin compensación. Mientras yo viva,
prescribo el trabajo en condiciones de esclavitud.
Hoy,
Yo declaro: que todo el mundo es libre para elegir su Religión; que todo el
mundo es libre para elegir su sitio de morada, entendiendo que este derecho no
anula el deber hacia la ley del prójimo; que Nadie podrá ser culpado por los
delitos o faltas de sus familiares.
Prescribo
la esclavitud y mis gobernadores tienen el deber de prohibir el cambio de
personas por cosas dentro de sus dominios. Tal costumbre debe ser exterminada
de la faz del mundo.
Ruego
a Marduk que me conceda cumplir con mis obligaciones hacia las naciones de
Persia, Babilonia y las demás de las Cuatro Regiones.
El
Misterio de Jesús el Galileo
Pero
para entender la mentalidad de Pedro y por qué Dios elige para Madre de Cristo
a una Galilea, nuestra María, si aun así queremos ver la causa del desprecio a
Jesús y sus Discípulos por los Judíos en base a sus orígenes galileos,
desprecio superimportante a la hora de comprender la naturaleza mental del
movimiento cristiano de los principios, desprecio real en su día olvidando el
cual se ha cometido y se comete un error tremendo al aplicarle a la mentalidad
de los primeros cristianos un sustrato judío acorde a lo judío entendido desde
las consecuencias de la Crucifixión de Jesús; si queremos ver por qué Dios
eligió la Galilea para hacer brillar la Luz de su Sabiduría y desde la Galilea
de los Gentiles irradiar su Reino sobre los siglos, lo primero que debemos
hacer es entrar en la Historia de aquella Galilea de los Gentiles, cuyos
orígenes en el tiempo, en tanto que territorio hebreo, contaba para las fechas
más de un milenio, tiempo suficiente – obviando la deportación de su juventud
durante el neoimperio asirio - para proceder la genotipia a una mentalidad sui géneris, particular, típica,
patriota, que en el caso de la Galilea, como se ve en los Evangelios, vino
traducida en el habla dialectal que abriendo la boca traicionó a Pedro durante
la célebre Noche de sus Negaciones. Podemos decir, sin mucho margen de error,
que frente al Judío de sus tiempos el Galileo era el Andaluz de los nuestros en
relación al Español. El Andaluz abre la boca y tonto el que no adivine su
origen. Esta diferencia particular que le da al Andaluz su forma de hablar el
mismo Idioma de todos los Españoles tiene su origen en el espacio mayor de
tiempo durante el que Andalucía estuvo esclavizada al Imperio Musulmán. Sujeta
desde el principio al látigo del Islam, en tanto que el Norte estuvo en eterna
lucha de Reconquista, Andalucía conservó sus raíces latinas a la par que su
exposición al yugo magrebí le dio a su habla esas notas particulares, que
conservaría una vez de regreso a la Patria común de los Pueblos Libres
Españoles. Aquellos siglos en prisión entre los muros del imperio tiránico de
los musulmanes, al ser echados abajo esos barrotes por los Reyes Católicos
provocó en el Andaluz una necesidad de libertad arrolladora que determinó su
expansión hasta los confines del mundo, que pudo verse satisfecha durante los
Días del Descubrimiento.
Así
pues, la exposición a circunstancias particulares determina las pautas del
comportamiento mental de un pueblo, que se traduce en su habla, caso Andaluz y
caso Galileo. Veamos cuándo comienza la ruptura entre Judíos y Galileos, que
tan importante sería a la hora de la condena de Jesús en base a su origen
Galileo.
Crónicas
Hebreas
La
verdadera ruptura determinante de una alienación del Judío frente al Hebreo
tuvo su origen inmediatamente después de la muerte del rey Salomón. Si nosotros
tomamos a los Hebreos como un único ser en tanto que fruto de las carnes de
Abraham, entonces tenemos que decir que la ruptura entre Judíos y
Galileos-Hebreos abrió un proceso de esquizofrenia violenta, incurable, el
progreso de cuya patología no podía ser otro que la destrucción del cuerpo
nacional. En efecto, en el 722 Sargón II destruye el reino de Israel, es decir,
la Galilea y la Samaria, y en el 607 Nabucodonosor hace lo mismo con el reino
de Judá. Ni Dios, podemos nosotros afirmar, puede hacer nada cuando la locura
es abandonada a sus propias fuerzas. Sin embargo más que satirizar sobre procesos
que son cosas de libro lo que aquí nos interesa es a cuento de qué los Hebreos
de David y Salomón rompieron el Pacto de Unidad entre las Tribus de Israel,
provocando el principio del fin de los Hebreos como Nación y Pueblo, que ya
jamás volvería a la escena, ocupando en lo sucesivo su lugar los Judíos.
A
raíz de la lectura de los libros históricos de la Biblia se ve que el choque de
fuerzas entre Judá y el resto de las tribus de Israel vino como consecuencia
del mismo error que arrastró a Caín a matar a su hermano Abel. Caín se dejó
llevar por el deseo de venganza y restauración del destino divino de su padre
Adán. Y pues que el único que se interponía entre Dios y su deseo era su
hermano Abel la respuesta era elemental; una vez muerto Abel y habiendo Dios
determinado que uno de los hijos de Adán vengaría su Caída y heredaría su
Gloria perdida, una vez muerto Abel y no teniendo más hijos Adán, Caín obligaba
a Dios a ungirle como su campeón y heredero de la corona perdida de Adán. El
error de Caín estaba en sus músculos. No pensaba con la cabeza, pensaba con los biceps. No veía a Dios como Dios se ve a sí mismo. Y
desde este error, viendo a Dios como un hombre mira a otro hombre, creyó que su
pensamiento y el de Dios tenían el mismo fin y principio.
En
el caso Judío el error tuvo el mismo esquema de raciocinio. Dios le había
prometido a un hijo de David el reino universal y sempiterno (pues que somos
ciudadanos de la civilización cristiana y estamos al corriente de la existencia
de los Salmos de David no tengo necesidad de importar aquí el maremágnum de
profecías al respecto).
Traducida
esta promesa a la mentalidad del siglo de Salomón la Profecía venía a decir que
Dios le había prometido a los Judíos el Imperio. Amén, Aleluya, Dios es Grande:
El próximo Imperio en extender su bandera sobre Mesopotamia y desde aquí a los
confines de la Tierra sería el Imperio de los Judíos. La lógica de los hechos
así lo decía. Con David los Hebreos habían levantado el mayor ejército del
momento. Con Salomón el reino de los judíos había almacenado lo que es más
necesario para llevar adelante una Guerra de Conquista, oro y plata en
cantidades infinitas. El heredero de este ejército y tesoro sería el primer rey
Mesías, el heredero de la Promesa del reino universal, cuya descendencia se
alzaría como Dinastía hasta el fin del mundo, y su reino se extendería sobre la
superficie de toda la Tierra.
Jeroboam
sólo tenía que seguir este argumento lógico para abrir la Guerra por el
Imperio, sacar los ejércitos de sus cuarteles, desparramarlos sobre Egipto,
Asiria, Babilonia, Fenicia, y sus hijos se encargarían de Creta, Chipre,
Grecia, Italia, Libia, Media, Persia, y sus nietos en el futuro de la India,
Escitia, Iberia, Abisinia, Arabia... El sueño del Imperio de los Judíos que aún
en nuestros días suena en la cabeza de un resto de los locos de Jeroboam, y
que, como se ve en la propia Red, la esquizofrenia paranoide belicista es
idéntica a la que provocara la ruptura de las Doce Tribus, quedándose solas las
de Judá y Benjamín con su sueño de dominio universal.
La
Galilea, por aquel entonces parte del reino salomónico, comprendió que Judá, es
decir, los Judíos, tras la muerte del rey Salomón habían perdido el juicio y
cometían el mismo error de Caín, no ver a Dios como el que es, y caer en el
error de creer que es Dios quien sirve al hombre, que Dios está para hacer la
voluntad del hombre. ¿Acaso el grandísimo rey Salomón, dotado de toda sabiduría
y fuerza, no hubiera podido abrir la marcha de haber considerado que la
Profecía se refería a él, el hijo de David?
Para
detener el proceso de destrucción del cuerpo nacional hebreo hubiera bastado
que Jeroboam hubiese seguido el consejo de los ancianos. Pero el consejo de los
Judíos le pareció mejor; él mismo se había criado mamando esa leche, y,
tropezando en la piedra de Caín, levantó su brazo contra Abel creyendo que el
miedo a la destrucción que la división levantaría en el horizonte obligaría a
los todos los Hebreos a aceptar la política de hechos consumados que pretendía
imponerles la Corte de los Judíos. Error que les costaría a unos y otros acabar
como acabaron.
Si
pues los Judíos culparon de su suerte a las demás tribus de Israel, la relación
con las cuales fue de odio hasta la Caída de Jerusalén, haciéndolas culpables
de su suerte. Las tribus del reino de Israel les devolvieron la gracia a los
judíos en forma de guerras constantes y continuas. Durante tres siglos largos
los Judíos y los Hebreos-Galileos tuvieron tiempo de abrir entre ellos un muro
de enemistad tal que ya jamás volvería a desaparecer de la estructura mental
judía, siendo desde este lado del odio que los judíos miraron con el desprecio
que se merecía un Hebreo -por ser Galileo- al Jesús de nuestra Historia Divina.
Escupitajo en rostro por ser Galileo del que, por supuesto, San Pedro no se
libró y sufrió hasta el fin de sus días. Y esto aun siendo lo mismo San Pedro
que nuestro Jesús de la sangre de David, es decir, por la sangre más judíos que
la mismísima Jerusalén.
Veamos
ahora cómo la Galilea devino la patria de Jesús y sus Discípulos.
Crónicas
Nazarenas
La
lógica de los acontecimientos se refiere a los acontecimientos de la Historia,
y que, como vemos en la Leyenda de Ciro recogida por Herodoto, tiene que ver
con la fantasía popular lo que la Astrología con la Astronomía o la Teosofía
con la Teología. Grande y profunda sería la discusión sobre los verdaderos
orígenes de Ciro, y no menos interesante y exquisita la conexión de la Invasión
de Grecia por los Persas de Jerjes que tuvo el servicio que le prestaron los
10.000 de Jenofonte a la causa de su hermano Ciro, con la invasión de este
mismo Jerjes de la Grecia que escribiría la famosa Resistencia del Espártida Leónidas y sus 300 héroes. Observemos, pues, que
los historiadores tienden poco a conectar hechos y consecuencias y en
consecuencia vemos cómo a la hora de estudiar la causa de la invasión de
Artajerjes o Jerjes, ninguno de ellos pone de relieve los 10.000 de Jenofontes en cuanto factor decisivo que pare en la mente
del rey persa un odio hacia el Griego, aliado de su odiado hermano Ciro, y
determina que el miedo al despertar de esta nación bajo un rey, visto que le
bastó a los Griegos sólo 10.000 soldados de fortuna para hacer temblar los
fundamentos del trono de Darío, se abalance sobre el Imperio y dé fin a la
Dinastía de Ciro el Grande.
Dejando
de lado la trama oficial sobre Ciro y su imperio en relación a los Griegos y
los Judíos, pero rompiendo con la opinión formal sobre éstos en orden a la
precariedad intelectual demostrada en la conexión con aquéllos, digamos que la
prosperidad de los Judíos bajo los Persas tuvo su causa en el pacto secreto que
los generales judíos de la Babilonia Caldea firmaron con el Príncipe elegido
por Daniel y su dios para ser el próximo rey de la tierra. Cuando Ciro ocupa
Babilonia, los Judíos, al cargo de las llaves de las ciudades de las fronteras
del Norte, camino por el que Ciro entra en el reino de Nabónido, le entregan
las llaves del reino de los Caldeos, razón por la que los historiadores
tuvieron que escribir contra sus deseos, que Ciro entró en Babilonia sin sacar
la espada de la funda.
Con
su Edicto Ciro pagó la deuda con el Príncipe de los Magos de la Corte de
Babilonia, pero, como rey, Ciro se apoyó en el talento de los Judíos en las
cosas de la Administración, quedando el Persa libre para las cosas de la
guerra. Y sería esta especial situación del Judío en la Administración del
Estado Persa la que inspiraría la Solución Final que Dios desbarató sentando en
el Trono de la reina a nuestra Ester.
Así
pues, aunque Ciro no otorgó mano libre a los Judíos de Zorobabel, el apoyo que
éste y sus hombres encontraron en la Corte de Ciro permaneció hasta la muerte
del Gran Rey. No sería sino con Darío que sus problemas con los palestinos
comenzaron a tener cierta dimensión. Con Esdras, Nehemías y la reina Ester esos
problemas pasaron a mejor vida y desde entonces no se computa ninguna
perturbación antijudía en la Palestina bajo los Persas.
Lo
que nos interesa ahora es la mentalidad de esa Colonia Zorobabeliana,
reconstructora de Jerusalén y fundadora de las bases del Nuevo Templo.
Del
Edicto se sobreentiende que Zorobabel y los suyos estaban perfectamente al
corriente de la Prohibición expresa que su contenido imponía respecto a la
ocupación de un territorio por medios violentos y la imposición de la religión
a los ocupantes usando medios coercitivos sobre la población nativa de los
contornos. Mas por este mismo Edicto la Ley del Rey era tal que nadie podía
contradecir su Nuevo Orden Mundial, y el Asentamiento de Zorobabel en la Judea
y la Palestina mediante la Paz del Rey no podía ser contravenida por ningún
gobierno local.
No
olvidemos que el Destierro de los Judíos bajo Nabucodonosor se produjo sobre el
596, y el Regreso abrió su marcha en el 536. Redondeando los números, 70 años
escasos son los que separaron la Judea de su clase gobernante, de manera que al
volver los hijos de los deportados la tierra aún conserva el calor de sus
antiguos dueños.
Nabuco importó
extranjeros para suplir la carencia de los deportados y los muertos, pero si
pensamos que en condiciones normales una clase gobernante no llega al 10 por
ciento de una población nacional, y que el inmenso 90% restante, quitando los
caídos en la Guerra Jerusalén-Babilonia, permaneció en la tierra de sus padres,
entendemos la ausencia de choque de ningún tipo que la Caravana de Zorobabel
encontró en la población judía no deportada. No se produce invasión, ni
ocupación siquiera. Es el regreso natural del hijo pródigo a la casa de sus
padres. Cuando, pues, y he aquí el punto al que se dirige todo este discurso,
Zorobabel consolida la Nueva Jerusalén y la ley de la carne comienza a imponer
su regla de oro, la multiplicación de las familias, esta misma Jerusalén se
convierte en la Colonia Madre desde la que pacíficamente, pero
imperturbablemente, extender esta nueva sangre por la heredad Bíblica de los
hijos de Abraham y hacer suya lo que les pertenecía por Decreto Divino.
Aquí,
en este punto, es donde comienza la colonización de la Galilea por un núcleo
davídico, que, partiendo de Jerusalén, busca un asentamiento desde el que
irradiar su sangre y su ley y, con el tiempo, dar luz un clan unido a la Casa
Madre por el lazo infatigable de la sangre.
Este
es el verdadero origen de Jesús, Pedro y Andrés, Juan y Santiago, los hijos de
Trueno. Los cinco, lo mismo Jesús que Pedro y Santiago, tuvieron su origen
sanguíneo en el príncipe de Judá que, nacido del muslo de Zorobabel, una vez
terminado el trabajo de la reconstrucción de Jerusalén, extendieron sus
horizontes en el tiempo y dirigieron sus pasos hacia el Norte, donde buscando
tierra hallaron las colinas de Nazaret, y comprando la tierra, levantaron la
que sería la Primera Casa Davídica en plena Galilea. El jefe natural y
espiritual de esta Casa fundadora de Nazaret y del Clan Davídico de los
Galileos sería Abiud, hijo de Zorobabel, el portador del Rollo Genealógico de
la Casa de Salomón, y por ende, el heredero legítimo de la Corona de Judá,
puntos en los que me extendí en la Historia Divina hablando de la Doctrina del
Alfa y la Omega.
El
punto a discusión en este terreno sería la veracidad de la conexión sanguínea
entre Jesús y sus Discípulos.
Primero:
volviendo al principio, el habla de los Galileos no es hallado en Jesús, pero
sí en Pedro. Y de aquí que los historiadores no hayan visto jamás esta
conexión. Mas estos historiadores olvidan que Jesús nació en Belén de Judá
porque José, su padre por la Ley, era de Belén de Judá y su familia no
experimentó en ningún momento el efecto de galileizador que
sufrieran los descendientes de los fundadores del Clan de los Judíos de la
Galilea. Se objetará a este punto que el predominio de la tierra de crianza se
superpone a la genética y criándose en la Galilea Jesús hubiera debido
demostrar su origen en su habla. Ahora bien, los historiadores vuelven a
demostrar su ignorancia cuando eliminan de esta crianza la Huida de Egipto y el
Retorno a Israel, periodo de un decenio durante el cual Jesús estaba criado ya
en lo que a la disposición genética del habla se refiere.
Se
objetará, nuevamente, que este periodo egipcio de la Infancia de Jesús es pura
leyenda. La Verdad opone a esta interpretación irracional el Episodio del Niño
en el Templo y la Conversación de Jesús con Pilato. El Niño es escuchado en el
Templo, de entrada, por su perfecta dicción del Judío más puro jerosolimitano.
De haber abierto el “niño” la boca en el Galileo corriente por muy Niño que
hubiera sido: su oportunidad de superar la primera frase hubiese quedado segada
por el desprecio genético del ambiente Jerusaleño de
las clases altas contra la mentalidad Galilea. No sólo el Niño supera la
primera frase sino que alucina a toda la Intelectualidad. Y esta Dicción
perfecta del Judío nato, que el Niño hereda de su padre, José, sería, al mismo
tiempo, el escudo contra el que se estrelló todo intento de averiguar dónde
vivía aquél fenómeno de criatura. Tengamos en cuenta que tras ser rescatado por
sus padres aquellos hombres debieron, una vez recuperados del alucine,
dedicarse a buscarle, y, cegados por el habla del Niño concentrarían sus
averiguaciones en las familias judías de pura cepa, es decir, Jerusalén y sus
contornos. El olvido en que este Episodio cayó entre los Judíos debióse a su imposibilidad para creer que aquel Niño
viviese en la Galilea. Su desaparición como su aparición se quedó en eso, un
fenómeno.
Por
el lado de la Conversación con Pilato el Idioma en que Jesús y el gobernador
romano intercambiaron palabras pone de relieve el conocimiento de Jesús de la
Lengua Internacional del Imperio, el Griego.
En
aquellos tiempos, como en todos los tiempos, el Imperio es el que impone su Ley
y su Lengua. Los Españoles, los Británicos y los Franceses extendieron sus
Idiomas al resto del mundo y no al revés. Con el Imperio Romano y el Heleno
pasó otro tanto. La particularidad de la Edad Clásica sin embargo hizo que en
la época Republicana fuese el Griego el Idioma Internacional, y sólo durante el
Imperio tal cual el Latín suplantó al Griego como medio de comunicación
internacional.
La
Crianza de Jesús en Egipto un acontecimiento avalado por la imposibilidad de
dar con su Paradero tras el Episodio del Templo, y esta imposibilidad avalando
su Crianza en el Egipto, y pues que el Egipto estaba sujeto a la Ley del
Imperio y al Idioma de los Helenos desde la Fundación de Alejandría, cuando
José y María huyen a Egipto se asientan en la Ciudad por antonomasia judía,
Alejandría del Nilo, en la que su población, dominada por la corte Ptolemaica,
es decir, helena, usaba el Griego Clásico como referencia comunicativa. Es de
esta Ciudad que Jesús conservará su conocimiento del Griego más Clásico y le
permitiría maravillar a un Pilatos no acostumbrado a hallar tal Dialecto, el
Griego Clásico, en un simple paleto de provincias, que, curiosamente, tampoco
hablaba el dialecto de los Galileos.
Más
aún, el Idioma Arameo Antiguo de las Escrituras hebreas fue preservado en las
Sinagogas de la Dispersión con más celos que en las del propio Israel - como se
ve de la Traducción de la Biblia de los LXX. Educado en la sinagoga de
Alejandría el Niño Jesús conservaría toda su vida el Conocimiento de una Lengua
Sagrada en la que desde su Cruz abriría su boca para expirar la Palabra de las
Profecías Davídicas.
Todo
lo cual nos lleva a asentar definitivamente la discusión y dejar claro que el
regreso de José y su Familia no tuvo lugar sino al final del periodo de
gobierno de Arquelao, y dar por no real la Fecha que se ha impuesto en los
últimos tiempos sobre el Nacimiento de Jesús, que se la sitúa tras 4, 5 o seis
años tras la muerte de Herodes. Se ha dado en alguna fase de las readaptaciones
de los Calendarios un paso en falso y su consecuencia es la imposibilidad
de conciliar la Escritura Divina con la cronología humana. Ahora bien, todo
hombre, desde el tonto del pueblo al sabio que se sienta en el Trono del Papa,
todo hombre yerra. Sólo Dios es Infalible. De manera que frente a la elección
entre la Cronología desde las Escrituras o la cronología desde los hombres, la
Inteligencia no duda y pone su mano en el fuego a favor de la primera. En este
Siglo veremos cómo se soluciona este Dilema.
En
lo que respecta al Segundo Punto, hablando de la Consanguineidad entre Jesús y
Pedro, basta el análisis de los Evangelios para descubrir entre la Suegra de
Pedro y la Madre de Jesús una íntima relación de sangre que, sin duda, se
remontaba al grado más profundo, el de Hermanas. La mujer de Pedro sería una
prima de Jesús, sobrina de su Madre. Y en consecuencia Jesús y Pedro se
conocían de toda la vida. Aspecto éste que, volviendo a la mentalidad davídica,
presupone y antepone a esta relación política un origen en el núcleo davídico
que dejara Jerusalén en los tiempos de Zorobabel, fundara Nazaret y comenzara a
extender su sangre por toda la Galilea a caballo de la ley de los clanes
endogámicos.
No
es, pues, de gallo mañanero afirmar que Abiud, hijo de Zorobabel, emprendió su
camino hacia el Norte rodeado de otras familias davídicas de pura cepa con las
que casar sus hijos e hijas, manteniendo su Legado Mesiánico perfectamente
unido al Tronco Profético. Ni es de estudioso sin fundamentos asegurar que con
el tiempo se fueron desgajando ramas de este tronco, diluyéndose las
generaciones entre la población galilea. Proceso inevitable que, sin
embargo, precisamente por su naturaleza, elevó entre las generaciones
siguientes el ascendente de la Casa Carnal de Abiud, residente en Nazaret,
permaneciendo sus Herederos como referente espiritual de las familias que
conservaron su unión al árbol de los hijos de David.
Jesús,
Hijo de María, hija de Abiud, hija de Zorobabel, hija de Salomón, hija de
David, hija de Abraham, hija de Noé, hija de Abel, hija de Eva, fue, en este
contexto, un Galileo muy particular.
Pedro,
al contrario, fue un Galileo de su tiempo. Criado entre galileos desde su
infancia, exceptuando su legado davídico, Pedro fue un galileo más, en el
habla, en la mentalidad, en el traje, en su forma de vivir y de morir incluso,
¿o acaso los Galileos no fueron los rebeldes sin causa de toda la vida?
Conclusión
Durante
mucho tiempo el clan davídico de Galilea había estado esperando el tiempo de la
Manifestación de la Casa de Salomón, cuya Jefatura le correspondía a la Casa de
María, hija de Jacob, hija de Matán, según ya me extendí en la Historia Divina.
Como pasa con todo y nunca podría ser de otra forma mientras vivamos sujetos a
la Ciencia del Bien y del Mal, según pasa el tiempo la fuerza de los lazos se
reduce. No es que se desintegre, pero reduce su círculo hasta permanecer en el
núcleo del origen un resto. Y este resto íntimamente ligado al Origen del
movimiento. En el caso que nos ocupa, la jefatura de la Casa de Abiud sobre el
clan davídico de la Galilea, no escapó a esta regla, difuminándose con el paso
de los siglos hasta quedar englobado en el círculo familiar íntimo de nuestra
María, que englobaba, como demostraré, a Pedro como pariente cercano de Jesús
por la boda de una hija de la hermana de María con nuestro Pedro, en razón de
lo cual se escribiera para nosotros el capítulo que conocemos como la Curación
de la Suegra de Pedro, que copio aquí para partir del Hecho y no de mi
imaginación:
Saliendo
de la sinagoga entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con una gran
calentura, y le rogaron por ella. Acercándosele, mandó a la fiebre, y la fiebre
la dejó. Al instante se levantó y les servía.
No
olvidemos que Jesús y su Madre entraban y salían de Cafarnaúm como quien se
mueve por su casa. Inmediatamente tras la Boda de Canaán, dice Juan: Bajó a
Cafarnaúm El con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí
algunos días. Mucha gente, como se ve, para ser hospedada en una casa que no
sea la de un pariente muy cercano muy querido y en la que se sienten Jesús, su
madre, sus hermanos y sus discípulos, como en su propia casa. ¿En qué otra casa
que la del mismo Pedro, en la persona de su suegra, hubiera podido encontrar
semejante grupo hospedaje? Recordemos que Cafarnaúm está en las orillas del Mar
de los Milagros, también llamado de Tiberíades, en cuyas aguas nuestro Pedro
solía salir a pescar todos los días de su vida.
Y
no sólo se hospeda en Cafarnaúm toda la trupe sino
que permanecen unos días. Y permanecen porque están en casa de la suegra de
Pedro, no otra que una de las hermanas de nuestra María.
Lo
prueba el dato sobre la Curación de la madre de la suegra de Pedro. Especifico.
No
olvidemos que Jesús acaba de echarse a andar y su fama estaba en sus
principios. Aunque Mateo nos pone la Curación de la suegra de Pedro
inmediatamente después del Sermón de la Montaña, Lucas centra el episodio antes
de las Bienaventuranzas, que se produce como cosecha de la Fama ya ganada por
Jesús. No es que Lucas corrija a Mateo pero es consciente, los primeros
Apócrifos ya en escena, de la Necesidad que el Futuro tendría de claves lo
suficientemente claras para moverse con firmeza en la reconstrucción dinámica
de los Hechos protagonizados por nuestro Héroe y Rey. Mateo es el primero y
escribe su Evangelio sobre la marcha; Marcos, que no es otro que el propio Juan
bajo cuya Custodia puso Jesús a su Madre, se sube al estrado para que se cumpla
la Ley, es decir, que por el testimonio de dos es válido un Testimonio. Lucas
pone sobre la Mesa del Testimonio el suyo tomando el Corazón de María como
fuente especial y el de los Apóstoles como general. Juan, ya hecho hombre, y
educado en aquella escuela judía que tenía en la memorización de los textos su
fuerte, vuelve al tema aportando especificaciones particulares y sumando la
Doctrina del Verbo que grabara en su Memoria el propio Hijo de Dios. Teniendo
en cuenta el carácter sagrado de los textos precedentes, Juan puntúa y,
exceptuando el episodio de la Expulsión de los vendedores del Templo, que
extrapola a consciencia del Fin al Principio, porque el Principio implicaba el
Fin, Juan nos aclara que la primera estancia de Jesús en Cafarnaúm duró unos
días y fue inmediatamente tras la boda de Canaán. Lo cual, a todo esto, ya
sabíamos.
El
caso es que Lucas vuelve a la Curación de la suegra de Pedro basándose en el
testimonio de la Madre, de cuya viva voz apunta todo lo referente al Nacimiento
e Infancia y los datos en principio sin importancia que la Madre vivió con su
Jesús y sus Discípulos. Corrige a Mateo, sin que suponga error por la parte de
su Colega, anteponiendo la Curación de la suegra de Pedro al Sermón de la
Montaña. Punto final éste que nos sirve a nosotros de partida para ver en la
suegra de Pedro a la tita de Jesús, la cual estaba perfectamente al corriente
de la Identidad Mesiánica del hijo de su hermana mayor, y en el que cree sin
necesidad de ver sus milagros, y de aquí que “sin fe”, como exige Jesús para
recibir su Poder, sino por el Conocimiento que viene de la Fe, la suegra de
Pedro se beneficiase directamente de la Gracia Divina de su sobrino, su Jesús,
el hijo primogénito y unigénito de su hermana María.
Lo
cual nos lleva al parentesco entre Jesús y Pedro. Siendo Jesús el sobrino de la
suegra de Pedro, ¿qué lazo unía a Pedro y Jesús, ¡primos segundos!? Si Jesús
era el sobrino de la suegra de Pedro, la mujer de Pedro era la sobrina de la
Madre de Jesús, y por tanto, Jesús y la mujer de Pedro eran primos.
La
unión entre una casa descendiente de David por vía directa limitada a la sangre
y excluido todo matrimonio con una casa no davídica, y pues que nuestra María
era descendiente directa de Salomón, como se ve en la Genealogía de su Hijo, la
sola idea de casar Jacob a una hija suya con una línea no davídica no entraba
en su cabeza, como no entró jamás en la de sus padres.
La
casa de David y la Casa de Aarón mantuvieron este tipo de crecimiento sanguíneo
durante los siglos. La segunda, porque lo exigía el Templo; y la primera,
porque lo exigía el espíritu mesiánico. Es verdad que a medida que los siglos
abrieron brecha esta exigencia quedó limitada al núcleo genealógico,
difuminándose la sangre de David en el espacio con el transcurrir del tiempo.
Este
núcleo tuvo su centro en la Casa de María, que había vivido de esta exigencia
durante los siglos pasados desde Abiud, hijo de Zorobabel, hasta Jacob, padre
de María. Y esta exigencia seguía siendo una ley de la Casa hasta que no
llegase el tiempo del Mesías, cuyo Nacimiento tendría lugar, como era de fe en
la casa de Abiud, de una hija de este núcleo.
Jacob,
padre de María, aunque muerto, pero vivo en su Viuda, casa a sus hijas dentro
del clan davídico de la Galilea. Un clan que, desde la reconquista por la
colonización pacífica de la Galilea, se había dado sus hijos e hijas siguiendo
una pauta endogámica, manteniendo el lazo sanguíneo a través de los tiempos.
Como ya hemos visto en la Historia Divina, Cleofás, el hermano pequeño de
María, conoce a su María, la María de Cleofás del Evangelio, sobre este mar de
relaciones, que llevaría a las hermanas de María a casarse fuera de Nazaret,
siendo una hija de una de estas hermanas de María la que finalmente se casaría
con nuestro Pedro, su padre un familiar de la casa de Jacob de Nazaret desde el
alba del regreso de Zorobabel y sus colonos de la Cautividad de Babilonia.
Volviendo
pues al episodio de la curación de la suegra de Pedro, ésta, como hermana de
María y tita de Jesús, estuvo invitada a la boda de Caná, celebrada entre
parientes del clan davídico de la Galilea, a los cuales estaban emparentados
todos los participantes en un grado más o menos próximo. Que la Jefatura de la
Casa davídica de Nazaret bajo los días de María y su Hijo estaba gozando de una
prosperidad célebre entre sus conocidos y familiares, nos los pone de relieve
en la Obediencia que el maestro de sala le hizo, ejecutando su orden: “Haced lo
que El os diga”. La Señora María de Nazaret no era
una invitada lejana y de escasa importancia sino que la autoridad de la
legítima heredera de la Casa de Salomón iba con Ella en la persona de su Hijo,
Jesús de Nazaret, el hijo de Jacob, hijo de Abiud, hijo de Zorobabel, bajo cuya
mano su Casa se elevó a una prosperidad, nunca perdida pero caída a menos
durante los últimos siglos de guerras civiles entre los imperios bajo cuyas
banderas los ejércitos hicieron de la Galilea su eterno campo de batalla.
Así
pues, sin abrir su boca para objetar palabra alguna, como hubiera sido el caso
de tratarse de una invitada que hubiese entrado por la puerta trasera, el
maestro de sala ejecuta la orden de la Señora María de Nazaret con la prontitud
debida a una Autoridad irresistible, tanto por su Fama Espiritual como por la
posición económica de su Hijo dentro del Clan davídico en plena celebración de
bodas entre dos de sus miembros, los novios de las Bodas de Canaán.
Concluyendo:
La Señora María de Nazaret está en la boda de Canaán con toda su familia como
Pariente de sangre y de elevado rango en el clan davídico. La idea de una María
pobre y de un Jesús obrero sin recursos materiales podemos empezar a tirarla a
la papelera de la basura. Aquel que le pidiera a los demás dejarlo todo, vender
todas las propiedades y seguir a Cristo, fue el primero que lo dejó todo y se
fue en pos de Cristo, pues Cristo estaba en Él, y Él
era el Cristo.
CAPÍTULO 3 EL MISTERIO DEL ROSTRO DE LA MADRE DE JESÚS
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