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NUEVA HISTORIA DE LA IGLESIA

 

CAPITULO XXXVII

LA VIDA MONASTICA Y REGULAR DE LA BAJA EDAD MEDIA (1216-1500)

 

 

Ya hemos esbozado el curso de la historia de la vida monástica y regular hasta fines del siglo XII. Con frecuencia se ha escogido el IV Concilio de Letrán para señalar el comienzo de un período nuevo. No trató de realizar, y de hecho no realizó, una reforma espiritual de los monjes y canónigos; pero tomó medidas y fijó sanciones canónicas que resultaron duraderas. Aplicó a todos los religiosos las innovaciones disciplinares tan eficaces de los cistercienses. Las dos órdenes regulares más antiguas, los benedictinos y los canónigos regulares, formaron entonces grupos provinciales —unidad de administración y de ins­pección— gobernados por capítulos que se reunían cada cuatro años, según el modelo de las asambleas del Císter y de los premonstratenses. Otro canon afirmó el derecho y el deber del ordinario —normalmente el obispo— de inspeccionar las casas religiosas no exentas. Más tarde, un decreto impuso a todos los supe­riores la obligación de presentar las cuentas de su casa ante el capítulo anual y de obtener el consentimiento del capítulo para todos los gastos importantes. Fueron decretos de reforma necesarios y útiles; pero concernían a la administración más que a la vida espiritual. No se aplicaron rigurosa ni universalmente. Parece que Inglaterra conservó más trazas de este movimiento que ningún otro país.

Prescindiendo de las cuestiones de disciplina interna, los monjes y los canónigos entraron en el siglo XIII en un nuevo período: la vida canónica, monástica y regular, que durante tantos siglos había sido considerada como la única manera de seguir los consejos evangélicos mediante una existencia consagrada solemnemente a Dios, encontró un émulo en la vida que llevaban los frailes. Como los cistercienses y los premonstratenses habían acaparado muchas fuen­tes de reclutamiento que antes habían estado en manos de los benedictinos y de los canónigos regulares, los frailes rivalizaron a su vez con los monjes y los canónigos. Además, las Universidades, al ir cobrando auge, atrajeron a un nuevo tipo de candidatos: los jóvenes inteligentes interesados por el estudio. Los adolescentes bien dotados frecuentaban las Facultades de Letras desde los trece años; luego comenzaban una carrera administrativa o universitaria. Así ocurrió hasta la llegada de los frailes. Entonces esos mismos alumnos se hicieron frailes. El desarrollo de la enseñanza superior en Europa, donde prevalecía la lógica, seguida por el derecho y la teología, dio el golpe de gracia a la antigua enseñanza literaria y humanista que se impartía en el claustro. La edad de la cultura monástica había pasado ya. Entre el Concilio de Letrán y la aparición de los humanistas del siglo XV, las Universidades y las escuelas de los frailes dentro de las Universidades fueron los focos de la vida intelectual. El fenómeno fue tan evi­dente y la acusación de ignorancia pesó tan duramente sobre los monjes, que también ellos empezaron a frecuentar las Universidades hacia fines del siglo XIII. El movimiento fue probablemente beneficioso y ciertamente era necesario. Pero la vida universitaria no podía satisfacer a la mayoría de los monjes y de los canónigos regulares, ni como carrera ni como ocupación intelectual. Entre los grandes escolásticos no figura el nombre de ningún monje.

En general, las órdenes antiguas continuaron su desarrollo durante el siglo XIII. Hubo abades destacados y escritores espirituales notables. En el noroeste de Europa, los monjes, como propietarios de tierras, aprovecharon el desarrollo de la economía y explotaron ellos mismos sus campos. La regresión general de este sistema de explotación, tal como se había practicado en el siglo XIV, se acentuó por la gran peste y por sus consecuencias sociales y econó­micas. Esto produjo una lenta evolución. Las órdenes más antiguas, como los cistercienses, que contaban ya con escaso número de hermanos legos —que además eran ineficaces desde el punto de vista económico—, llegaron progresivamente a un sistema económico basado en el arrendamiento y la renta. En el siglo XV casi todas las órdenes eran «rentistas» que vivían de las rentas e ingresos espirituales de sus dominios.

También hubo una lenta evolución dentro del claustro. En el siglo XI, la vida monástica había sido esencialmente litúrgica. El monacato benedictino y cisterciense continuó dando importancia capital a este elemento. Pero los hombres de administración y de estudio empezaron a encontrar excesivamente corta la jornada de trabajo. Se redujo una parte de las salmodias adicionales. En lo relativo al régimen alimenticio, la abstinencia absoluta —aunque en algunas regiones no excluía las aves— había sido siempre difícil de observar. En gene­ral se adoptó un sistema de rotación que permitía compartir la mesa del abad o comer en la enfermería. En el siglo xiv, la institución del «refectorio para la carne» se hizo corriente. Los frailes asistían por turno, en tanto que el menú regular se servía en el refectorio principal. Estas innovaciones y varias otras fueron codificadas e impuestas al mundo monástico europeo por una serie de constituciones publicadas por el papa Benedicto XII, que había sido cisterciense. Las «constituciones benedictinas», promulgadas para los «monjes negros» (1336), y otros decretos similares, destinados a los «monjes blancos» y a los canónigos (1335 y 1339), fueron esencialmente una «puesta al día» que legalizó algunas mitigaciones (por ejemplo, en materia de abstinencia de carnes), incitó a frecuentar la Universidad y prohibió las violaciones más flagrantes de la pobreza personal y de la obediencia religiosa. Representaron el último proyecto reformador de la Iglesia emprendido a nivel global por el papado de la Edad Media. No tuvieron éxito duradero; la relajación fue cada día más habitual. Durante los cincuenta años del gran cisma, los papas rivales, que andaban mal de fondos, vendieron a los religiosos dispensas de todas clases. El espíritu de la época tendió a transformar todos los oficios en beneficios. Los superio­res gozaron durante mucho tiempo de ingresos particulares y vivían en aparta­mentos separados de la comunidad. Poco a poco, los otros dignatarios de la comunidad obtuvieron, gracias a la costumbre o por un reparto en debida for­ma, la administración de algunas fuentes de ingresos y el uso de apartamentos y servidores particulares. Para sus necesidades cotidianas, los frailes, que hasta entonces lo tenían todo en común (alimento, vestidos y medicinas), recibieron una suma individual y anual llamada los «sueldos», con la que se podían pro­curar las especias (el equivalente de la confitería moderna, del tabaco y de los productos farmacéuticos) y los libros. De este modo, incluso las casas que seguían la observancia más regular comenzaron a parecerse a instituciones colegiales.

La disminución progresiva del ritmo de la vida monástica se acentuó por los desastres públicos y por los abusos. Hay que mencionar las grandes pestes; supusieron una tasa de mortandad que osciló entre el 10 y el 50 por 100 en las comunidades grandes e hicieron que desaparecieran por completo numerosas comunidades pequeñas. Hay que mencionar también las guerras de esta época, en particular los saqueos y destrucciones que caracterizaron la Guerra de los Cien Años y de los que fueron responsables las grandes mesnadas en Francia. Advirtamos, en fin, el abandono de las tierras debido a la inflación y a la falta de mano de obra, como en Italia. Entre los abusos, el mayor fue la plaga de la encomienda. Como hemos visto, se trata de una antigua institución, de la que ya se había hecho mal uso en épocas anteriores. En el pe­ríodo siguiente a la reforma gregoriana había dejado prácticamente de existir; pero se volvió a ella para proporcionar empleo y medios de vida a los prelados que habían tenido que dejar su sede de Oriente Medio. Se renovó a gran escala durante el período del papado en Aviñón. Sirvió para compensar a cardenales y otros dignatarios de la pérdida de sus rentas de Italia y, en general, para sostener la burocracia. Durante el cisma, los papas rivales se sirvieron de ella para recompensar a sus partidarios y conservar su adhesión. Los reyes de Francia y príncipes de menor importancia en Italia y en otros países recurrieron a ella. En los concordatos de la época conciliar, Roma renunció a veces a las encomiendas en favor de los monarcas. Casi universal en Francia, Italia y Es­paña, fue rara en los países alemanes e inexistente en Inglaterra durante el período de que hablamos. Consistía habitualmente en sustituir al abad por una autoridad titular y ausente, que podía ser un obispo u otro prelado y, más tarde, con frecuencia, un laico. El titular conservaba el cargo durante toda su vida. Disfrutaba al menos de la renta anual que antes se asignaba al superior de la casa. Un titular sin escrúpulos podía sacar mucho más dinero y contribuir a arruinar la casa. Esta estaba gobernada por un prior, a veces nombrado por el abad comendatario, que no gozaba del prestigio inherente al superior consa­grado según la Regla ni de la autoridad necesaria para grandes tareas espirituales o materiales. En algunos casos excepcionales, el titular vejó sumamente a la comunidad monástica haciéndole pasar hambre y maltratando a los mon­jes o, como en Escocia a fines del siglo XV, teniendo su morada señorial dentro del monasterio. En los siglos XIV y XV todas estas calamidades, así como la decadencia general y secularización de la vida religiosa en muchos campos, tu­vieron graves consecuencias. El fervor y la observancia de la Regla descendie­ron de manera general, aunque no universal. En las regiones rurales, muchas casas llegaron a parecerse a grandes granjas o a pequeñas casas señoriales. Algunas fueron abiertamente escandalosas, oponiéndose a toda disciplina regular. Como carecemos de estadísticas, no es posible evaluar con exactitud la situación en todos sus aspectos, buenos y malos. Pero, en general, las casas mayores y más famosas fueron las más respetables. Francia fue quizá el país que más sufrió desde el punto de vista económico. En Alemania y en algunas regiones de Italia hubo graves escándalos. Exenta de la encomienda francesa y de los privilegios aristocráticos de Alemania, Inglaterra ofrecía probablemente mejor aspecto, aunque no fuese ejemplar.

Otro abuso, muy corriente en el Imperio alemán, fue que las puertas del monasterio sólo se abrían a quienes pertenecían a la nobleza o a los aspirantes que tenían blasón. Este exclusivismo se manifestó con más rigor en los conventos de mujeres. El modo de reclutar a las candidatas acentuó aún más el carácter secular de esas casas. Algunas relaciones de las visitas de inspección revelan la existencia de comunidades en las que la mezcla de la vanidad aristocrática, de la tristeza y del histerismo causaban graves desórdenes.

Cuando comenzó a decrecer el número de los que se sentían atraídos por una vida monástica rigurosa y cuando las casas religiosas fueron más numerosas de lo que exigía la cantidad de vocaciones, no se pudo evitar que la vida claustral consagrada, que había sido una vocación profunda, se convirtiera en una simple carrera que abrazaban las personas atraídas por una existencia reglamentada y pacífica, estudiosa y devota. La Edad Media vio un cambio progresivo, pero no universal, en la clase social de los candidatos a la vida monástica. En 1100, la gran abadía reclutaba sus miembros entre los propietarios feudales, muchos de ellos llegados de lejos. En el siglo xv, los monjes pertenecían en gran mayoría a la clase de los pequeños colonos o de burgueses que habitaban en los alrededores o en las tierras de la abadía. En lo referente a las mujeres, la vocación sincera fue aún más rara. Las monjas de la Europa medieval —aunque esto pueda sorprender— fueron menos numerosas que los monjes. Casi todas procedían de la alta sociedad o de la burguesía rica. En esas clases sociales, una hija soltera resultaba una carga molesta. Había, pues, motivos suficientes para procurarle una vida confortable en un convento.

Cuando el punto de saturación de la situación económica y espiritual se alcanzó a fines del siglo XIII en todos los grandes países de Europa y los frailes influyeron poderosamente en las clases que no habían solido ingresar en los monasterios, no hubo más lugar para nuevas instituciones monásticas. Las ór­denes nuevas aparecieron en forma de grupos austeros dentro del mundo benedictino. Así, los silvestrinos, o benedictinos azules, fueron fundados en Monte Fano en 1231, debiendo su nombre a su fundador Silvestre Guzzolini. Los Celestinos, orden eremítica (1264), deben su nombre al que tuvo por poco tiempo su fundador, el desdichado Pedro de Morrone, que fue el papa Celestino V; los olivetanos, establecidos en Monte Oliveto, tuvieron por fundador a Bernardo Tolomei (1344). Todas estas órdenes tuvieron un éxito limitado. Sólo la primera y la última existen todavía.

Entre todas las órdenes monásticas, los cartujos fueron los únicos que continuaron progresando lenta pero regularmente. Mantuvieron su observancia fervorosa durante toda la Edad Media. Al principio se establecieron en parajes deshabitados. A mediados del siglo XIV comenzaron a instalarse en el centro de las ciudades, en París, Colonia, Londres, en la célebre cartuja de la Salutación (1370). Al mismo tiempo se aceleró considerablemente el ritmo de su creci­miento. Fue el «siglo de los místicos» y también el de las grandes calamidades. En todo caso, a mediados del siglo XIV, la orden de los cartujos fue más numerosa (107 casas) y más adaptada a su ambiente que nunca. De sus filas salió Dionisio el Cartujano, uno de los mayores místicos de la Edad Media. Aparte de los cartujos, pocas órdenes emprendieron fundaciones nuevas después de 1300. Una notable excepción fue la rica y gran abadía de Sión, junto a Londres, fundada en 1415 por Enrique V para albergar a una numerosa comunidad de «brígidas» —orden sueca en su origen— y a sus confesores y capellanes. Estos últimos —como las comunidades urbanas de cartujos— se reclutaban en su mayoría entre los sacerdotes de la clase alta o de formación universitaria que tenían una «vocación tardía».

Ya hemos hablado de los frailes durante el primer siglo de su expansión. A diferencia de los franciscanos, los dominicos siguieron siendo una sola orden; pero tuvieron que sufrir también la decadencia del fervor y catástrofes de mediados del siglo XIV. Disminuyeron las vocaciones, se multiplicaron los escándalos y se relajó la observancia de la pobreza. El número de dominicos canonizados y beatificados fue escaso. El gran cisma dividió a la orden, pero le propor­cionó dos santos: Vicente Ferrer, un español que apoyó al papa de Aviñón y estuvo implicado en la acción diplomática en la corte de Aragón, y Catalina de Siena, terciaria dominica que participó aún más en defensa del papa romano. Santa Catalina es quizá la mujer y la santa más destacada de su época. De espí­ritu viril y extático, pero con un fondo de buen sentido y de inteligencia, es­cribió cartas que figuran entre las joyas más valiosas de la prosa italiana. Tuvo una brillante personalidad y manifestó un amor maternal a la «familia» de con­sejeros y de discípulos que la rodearon. Desempeñó en la historia de la época un papel importante, no tanto por su actuación directa sobre Urbano V como por formar un grupo de discípulos que propagaron por todas partes su espíritu de fervor y reforma. Entre ellos se cuentan Raimundo de Capua, que fue luego (1380) maestro general de la orden, y el beato Juan Dominici (luego cardenal), que, con Conrado de Prusia, fue el creador de la Observancia, casas de frailes que observaron estrictamente la Regla. En la siguiente generación, Fra Angélico de san Marcos, en Florencia, y san Antonino, discípulo de Dominici, pertenecieron a esas casas. El movimiento se extendió por Alemania y España, pero quedó localizado.

Los franciscanos, que eran los más numerosos, sufrieron también las desdichas del tiempo. La condenación de los «espirituales» por Juan XXII —ese movimiento que careció de discreción y tuvo mala suerte— dejó largo tiempo el campo libre a los ortodoxos, que eran mayoría. Pero en Italia y en Provenza se dejaron sentir todavía como corrientes «espirituales». Sin embargo, antes de acabar el siglo reaparecieron las divisiones de la orden. En 1368 se empren­dió una reforma de la misma. Se fundaron conventos de frailes «observantes». Después de lentos comienzos, los observantes formaron un cuerpo importante: primero en conventos dentro de la orden misma y luego en una orden separada bajo la autoridad del general de los franciscanos. Fueron observantes tres grandes santos del siglo xv: Bernardino de Siena, Juan de Capistrano y Jacobo de la Marca. Los observantes se distinguieron del resto de la orden por criticar con franqueza los hombres y las costumbres políticas y por seguir una observancia estricta.

Es difícil emitir un juicio general sobre el estado de las órdenes religiosas durante los dos últimos siglos de la Edad Media. Es igualmente difícil determinar cuáles fueron su prestigio y su popularidad. Desde que se extendió la actividad literaria, los monjes fueron el blanco de los escritores satíricos. Su lujo y mundanidad, sus ricos hábitos y su alimentación copiosa inspiró —antes y después de Geraldo de Gales— a innumerables autores. Con Wicklef y sus imitadores, la crítica tomó un estilo más severo y amenazador. Pero es difícil distinguir entre las acusaciones contra las organizaciones existentes los ataques lanzados contra los principios mismos de la vida monástica. Una acusación se encuentra siempre en todos los observadores de la sociedad en su conjunto: los frailes eran innumerables y estaban en todas partes. Según la expresión de Chaucer, eran «tan numerosos como las motas de polvo en un rayo de sol». Su pre­sencia en todas las esquinas de las calles y en todos los cementerios impacienta­ba sin duda a los observadores. Pero esto atestigua el hecho de que la vida —si no la vocación— de fraile ejercía aún gran atractivo. El fraile tomaba parte en los asuntos de la ciudad y gozaba del afecto de la gente sencilla de los mercados y arrabales.

Aunque en el siglo XV las veleidades de reforma fuesen en general ineficaces, aparecieron nuevos centros de observancia. Se elaboró una nueva forma de institución monástica. Este movimiento sobrevivió a la gran ruptura de la Re­forma e inspiró importantes instituciones de los tiempos modernos. Nos referimos al nuevo modelo representado por Santa Justina de Padua. Este antiguo monasterio cluniacense estaba en un avanzado estado de decadencia. En 1412, el canónigo veneciano Ludovico Barbo (1443) recibió de Gregorio XII el en­cargo de restaurar la abadía. Logró que la casa prosperase y reformó otros varios monasterios. Preocupado por evitar la plaga de la encomienda, Barbo creó una congregación cuya organización fue fijada definitivamente por Eugenio IV en 1431. No había un abad vitalicio y las casas no eran autónomas. La autoridad suprema era el capítulo general y el definitorio de nueve miembros, con plenos poderes legislativos y ejecutivos. Además, los definidores elegían a los abades, cuyo cargo duraba tres años, y a todos los dignatarios de los monasterios. En el intervalo de los capítulos, unos inspectores elegidos por los definidores aplicaban todas las decisiones de la autoridad. Los monjes pertenecían a la congregación y no al monasterio. Si los abades cumplían bien su cometido eran trasladados de una casa a otra a intervalos regulares. Esto suponía un cambio radical —algunos dirían una deformación— respecto al sistema de san Benito. El abad monárquico, padre vitalicio de todos sus monjes, era reempla­zado por un titular provisional, nombrado por el capítulo general y cuyas acti­vidades eran restringidas y controladas por un comité y por inspectores responsables ante el capítulo. Destinada a evitar la encomienda y quizá influida por el pensamiento medieval, esta constitución revolucionaria tenía su ascendencia espiritual en el sistema de los dominicos. Iba a tener porvenir mientras durase la encomienda. Los monasterios benedictinos de Italia aceptaron esta observancia y el sistema fue adoptado por la ferviente congregación de Valladolid, en España (1492). Cuando se agregó a él Montecassino, en 1504, la congregación tomó el nombre de congregación de Montecassino. Muchas congregaciones nuevas de la Contrarreforma adoptaron sus principios.

El celo conciliar produjo otras dos reformas. La primera se debió al Conci­lio de Constanza. El duque Alberto V de Austria eligió la antigua abadía de Melk, junto al Danubio, para convertirla en un lugar de observancia estricta según el modelo de Subiaco (1418). El movimiento se propagó por Austria, Baviera y Suabia y duró un siglo; pero nunca estuvo organizado con constitu­ciones sólidas y desapareció en la época de la Reforma. La célebre reforma de Bursfeld debe su origen a los abades reunidos en Basilea. La llevaron a cabo Juan Dederoth y Juan de Roda. Este último, que era cartujo, se hizo bene­dictino (1434). Bursfeld fue la casa madre de una congregación presidida por un abad vitalicio. El capítulo general tenía poder legislativo cuando estaba reunido; pero el ejecutivo normal correspondía al abad de Bursfeld, que era visitador general. Cada monasterio era autónomo y tenía su propio abad, ante el cual hacían los monjes su profesión. De este modo, Bursfeld atestigua una reforma tradicionalista. Aunque el fervor de este movimiento disminuyó con el tiempo, la congregación duró hasta la época napoleónica.

El siglo XV, aun siendo un período de decadencia y relajación, dio origen a una serie de movimientos reformistas que permitieron a muchos monasterios atravesar la tempestad de la Reforma; además, hicieron evolucionar un vasto mecanismo que, aunque era infiel a los preceptos de san Benito en puntos importantes, dio al mundo de después de la Reforma un modelo capaz de resistir a casi todos los peligros de la época.

Como ya lo hemos advertido, las religiosas fueron menos numerosas que los hombres y tuvieron menos influencia. Desde el siglo XI hubo muchos conventos cuyos miembros procedían de la clase feudal y después de la burguesía. Las mujeres llevaban en ellos una vida contemplativa ocupada por la liturgia, dirigida por la Regla de san Benito. En el siglo XII aparecieron unas canonesas agustinas que apenas se distinguían de las benedictinas. El célebre predicador Roberto de Arbrissel fundó la gran abadía de Fontevrault, que reunía tres con­ventos femeninos austeros y un monasterio, sometidos a la Regla de san Benito bajo la dirección de una abadesa (1106). En este establecimiento, la principal función de los hombres era de servir de confesores y capellanes a las religiosas. Algunos decenios más tarde, un sacerdote inglés llamado Gilberto fundó, en la aldea de Sempringham (Lincolnshire), una orden destinada principalmente a las mujeres, pero que comprendía también un reducido número de canónigos, que servían de capellanes, y muchas hermanas y hermanos legos. Durante más de un siglo, esta orden se distinguió por el número y por los dones espirituales de sus miembros. Cuando los cistercienses y los premonstratenses se extendieron, se pidió a los fundadores que creasen ramas femeninas para sus órdenes. Du­rante algún tiempo se negaron a ello; pero acabaron por tener ambas órdenes conventos de monjas, aunque nunca tan numerosos como los hombres. Se hizo normal que cada orden tuviese su rama femenina. Pero la sociedad no podía tolerar ver trabajar a las religiosas fuera del claustro, en escuelas y hospitales. Todas las órdenes terminaron por no permitir a las mujeres más que una vida litúrgica y contemplativa. Las Damas Pobres de san Francisco de Asís sólo se diferenciaron de las demás en la mayor austeridad. Ni ellas ni las dominicas pudieron igualar a sus homólogos masculinos ni estar presentes como ellos en todas partes. En Inglaterra, por ejemplo, hubo unos mil ochocientos frailes me­nores y predicadores, pero sólo existieron tres casas pequeñas de clarisas y una mediana de dominicas. En el tiempo de su mayor apogeo, hacia 1320, había doce mil religiosos y dos mil religiosas en toda Inglaterra, único país de Europa del que conocemos cifras exactas. En el continente, sobre todo en las ciudades flamencas y renanas, los numerosos beguinados permitieron a muchas mujeres llevar una vida espiritual más intensa. Durante los primeros siglos de la Edad Media había habido grupos de mujeres sacrificadas que, sin pertenecer a ninguna orden, se ocupaban de los hospicios y hospitales.

En el último siglo de la Edad Media aparecieron dos nuevas órdenes feme­ninas. La de las carmelitas, que comenzó en Italia y se propagó por España, donde siglo y medio después, al ser reformada por santa Teresa, se convirtió en vivero de santas y en instrumento eficaz de la Contrarreforma. A la otra orden se le llamó más tarde de las «brígidas» por su fundadora, santa Brígida de Suecia. Como antiguamente Fontevrault, esta orden fue destinada princi­palmente a las mujeres; les ayudaban los «confesores», hermanas y hermanos legos. Vadstena, la casa madre, fue una de las glorias de Suecia antes de la Reforma. Su fundadora fue nombrada patrona de Suecia; pero en Escandinavia hubo escasas fundaciones. Además de Vadstena, la única abadía grande fue la de Sión, en el Middlesex.

Los dos últimos siglos del período medieval conocieron también un auge de los colegios y fundaciones, últimos vestigios en cierto sentido de la institu­ción monástica. Estos colegios eran comunidades de sacerdotes seculares que vivían juntos y unidos por ciertas observancias religiosas, pero sin formar una orden. Los hubo de tres clases: el grupo de sacerdotes encargados y «poseedores» de una iglesia grande y una parroquia, dedicados totalmente al servicio litúrgico; el grupo que se encargaba de una o varias capillas de alguna iglesia grande, sin cura de almas, dedicado exclusivamente al servicio de la misa y de preces litúrgicas por el fundador o alguna otra persona; finalmente, el colegio escolástico o universitario, grupo de sacerdotes o de clérigos obligados a estudiar y a enseñar. Las dos últimas categorías eran en su origen «fundaciones» más bien que colegios. Las numerosas fundaciones servidas por uno o dos sacerdotes constituyeron un subgrupo. Pero los colegios universitarios, tan notables en París, Oxford y Cambridge, sobrevivieron a todos los trastornos y que­daron como el único tipo de colegio conocido para el mundo moderno.

 

 

CAPITULO XXXVIII

EL PENSAMIENTO MEDIEVAL (1277-1500)