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GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO IX. DEFENSA DE GERONA .
Breves
observaciones sobre Cataluña, y principio de la campaña en esta
provincia.—Salen de Barcelona los generales Schwartz y Chabran con dirección a
Valencia y Zaragoza.—Combate del Bruch y retirada de Schwartz.—Defensa de
Esparraguera.—Entrada de Schwartz en Barcelona.—Entrada de Chabran en
Tarragona.—Combate y quema de Arbós.—Saqueo de Villafranca del Penedés.—Segundo
ataque del Bruch.—Vuelta de Chabran a Barcelona.—Insurrección general.—Expedición
contra Gerona.— Derrota de los somatenes en Mongat.—Saqueo
de Mataró.—Defensa de Gerona.—Retirada de Duhesme.—Acción de
Granollers.—Derrota de los catalanes en el Llobregat
El ejército
de Aragón en la proyectada resistencia contra los franceses , debía darse la
mano con el de Cataluña. Esta provincia,
una de las que más se distinguen en nuestra España por sus
diferencias locales y por el genio y carácter de sus hijos, fue la primera en
que los romanos fijaron su dominación, y la última que abandonaron. César
estableció en Tarragona el centro de sus operaciones militares, y todos los
generales que le sucedieron consideraron esta ciudad como el punto principal de
su residencia. Conquistada Cataluña por los godos el año 470, fue invadida
por los árabes en 712, siendo estos a la vez lanzados de Barcelona en el 801,
después de un bloqueo de cerca de dos años y un sitio de siete meses,
poniéndose los catalanes bajo la protección de Ludovico Pío, hijo
del emperador Carlo Magno. Barcelona quedó entonces incorporada a la Septimania, cuya capital vino a ser; y cuando el mencionado
Luis subió al trono en el 814, quedó bajo la tutela de Francia, rigiéndose por
condes que habiéndola gobernado al principio en nombre del emperador francés,
lo hicieron después en el suyo propio con autoridad soberana. Independientes
sus caudillos desde Carlos el Calvo, quedó separada Cataluña de la Septimania propiamente dicha, teniendo esta por capital a
Narbona, y quedando aquella erigida definitivamente en condado aparte con el
nombre de Marca de España, compuesto de cuatro diócesis, Barcelona,
Gerona, Urgel y Ausona. Capitaneados los
catalanes por Wifredo el Velloso y por sus descendientes, fueron poco a poco
engrandeciendo su estado, arrojando a los árabes, y extendiendo sus conquistas
por los límites de Aragón y Valencia. Ramón Berenguer IV, último conde de
Barcelona, continuó la guerra contra los moros con actividad extraordinaria,
tomándoles por asalto Almería y Tortosa en 1147. El casamiento de Berenguer con
doña Petronila, hija de Ramiro el Monge y heredera del reino de Aragón, produjo
la reunión de ambas coronas en las sienes de Alfonso II, llamado el Católico,
el primero que introdujo en nuestros diplomas la fórmula regnante me, imitada después por todos los
reyes de España. Unidos desde entonces ambos países bajo una sola cabeza, eleváronse juntos a la reputación y a la gloria regidos por
sus grandes monarcas, siendo de notar las conquistas de Mallorca y de
Córcega, la dominación ejercida en Sicilia y en Nápoles, y las inauditas
hazañas con que catalanes y aragoneses ilustraron su nombre en su célebre expedición
al Oriente. Los reyes de Francia, tenaces largo tiempo en ejercer su
antiguo protectorado sobre Cataluña, habían abandonado sus pretensiones en 1258,
en cuya época renunció Luis XI la soberanía directa o feudal, transfiriéndola a
Jaime I, llamado el Conquistador, título que este gran monarca se supo
ganar en treinta y tres batallas campales y en la adquisición de tres
reinos que quitó a los moros. Así continuó Cataluña formando parte de la
monarquía de Aragón, hasta que en 1516 pasó con ella y con las demás
provincias de España a constituir un solo reino bajo el cetro de Carlos V,
nieto de los reyes católicos Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla.
Poco
satisfechos los catalanes con su incorporación al imperio en cuyos límites no
se ponía el sol, se separaron de España en 1640 para incorporarse a Francia;
pero por el tratado de los Pirineos volvieron nuevamente a quedar bajo la
dominación española. Cuando la guerra de sucesión en 1700, abrazó Cataluña la
causa del archiduque Carlos con extraordinaria energía, proclamándole por
su rey en 1704. Los primeros esfuerzos de Felipe V para reducir la plaza a la
obediencia, fueron completamente inútiles, viéndose obligado en mayo de
1705 a levantar el sitio con que pretendía rendirla , y retirando de allí
sus legiones, después de 37 días de trinchera abierta. Los catalanes
sostuvieron su causa con las armas por espacio de diez años, y ya estaba
Felipe V posesionado del trono, merced a las victorias con que se lo aseguraron
Vendôme y Benvick, cuando aún no pensaban en
rendirse. Puesto sitio a Barcelona por tercera vez el 29 de julio de 1713,
resistieron los catalanes con una constancia inaudita hasta el 12 de
setiembre de 1714, en cuyo día no les quedó otro recurso que el de rendirse a discreción.
El vencedor, irritado, no les perdonó los desaires que le habían
hecho sufrir. Abolidos sus privilegios y antiguos usages , los cuales constituían el primer código legal consuetudinario que fue
conocido en Europa, el nieto de Luis XIV hizo sentir a los catalanes su
cetro de hierro, ajando y humillando su amor propio de una manera la más
estudiada y que ellos no le han perdonado jamás. Pero Felipe al nivelarlo todo,
no pudo destruir en Cataluña su fisonomía local, la más pronunciada y la más
genial sin disputa de cuantas existen en España. El espíritu emprendedor
que siempre ha distinguido a los habitantes del principado ha continuado
impulsándolos con el mismo vigor que en lo antiguo, cuando tanto sobresalían en
la marina, en el comercio y en las artes, elevándolos a un grado de
adelanto desconocido no solo entre nosotros sino en las mismas naciones extranjeras.
El pueblo catalán es ahora el más avanzado de España en todos sentidos; y
si hemos de juzgar por las muestras que con tanta frecuencia acostumbra a
dar de sí, es grande el porvenir que le espera. Las dimensiones de la cabeza
catalana, dice un frenólogo, no son en general inferiores a las de la
escocesa, la cual se considera, según el testimonio de los que han tratado
científicamente la materia, como el mejor tipo cefálico europeo. Esto,
añade, corresponde con lo que sabemos históricamente del catalán : en
todas épocas su fuerza de carácter, su energía mental, su impresión, se han
hecho sentir. Ágiles, robustos, industriosos, los catalanes acostumbran sus
cuerpos desde la niñez al trabajo y a la fatiga, siendo en ellos la ociosidad
un vicio desconocido, la necesidad de acción una condición de existencia, vivir
de lo suyo una circunstancia que los envanece, atentar a lo ajeno un crimen que
la fuerza de la opinión anatematiza y persigue aún más que la fuerza de las
leyes. Sobrios hasta un grado nada común saben pasar todo el día con
un pedazo de pan, convirtiendo las piedras en él, para servirnos de la expresión de
Salas, puesto que siembran, cultivan y plantan hasta en las mismas
rocas. En Cataluña no hay apenas un palmo de terreno donde deje de verse
en ejercicio la mano del hombre, ni población que no se distinga más o menos
por el afán con que se dedica a la agricultura, a la industria o al
tráfico. Barcelona, Gerona, Ampurias, Lérida, Tortosa, Balaguer, Sabadell,
Solsona, Tarrasa, Villafranca, Reus, Mataró, Manresa, Vich, Martorell, Olot,
Igualada, Figueras..., donde quiera que se extienda la vista, todo manifiesta
el impulso, la acción prodigiosa y continua que pone en movimiento al país.
Amantes de su independencia, han hecho sus naturales los más grandes y
heroicos sacrificios por conservarla; temibles cuando se irritan o cuando
la pasión los ofusca, tienen en continuo cuidado al gobierno central que los
rige; briosos y valientes como pocos, se distinguen como tales en la
guerra, y amedrentan y espantan en la insurrección; adheridos a sus usos y
costumbres, su traje los anuncia desde luego, su idioma es diferente del de
Castilla, su toque de somaten los reúne y los arma sin más convocatoria ni
aviso cuando quiera que el riesgo real o la necesidad de suponerlo demanda
el esfuerzo común. Ásperos y rudos en la apariencia sin embargo sus costumbres
son dulces; fieros y aun crueles en ocasiones, son notablemente inclinados a
ejercer la beneficencia; caprichosos más de una vez, son honrados y probos
siempre, amigos de cumplir su palabra, y terribles en exigir su cumplimiento
cuando alguno pretende eludirla. El carácter catalán, repetimos, es el más
pronunciado, el más nuevo, el menos corrompido por ventura, y uno de los más
dignos de ser estudiados de los que gobiernan España.
En el
tiempo a que nuestra narración se refiere era Cataluña más bien que provincia española un pequeño estado sometido al cetro
de los reyes de Castilla. Diferente de esta por sus costumbres, por su
lengua y su traje, y a despecho del espíritu nivelador, hasta por otra
organización social, tenía más puntos de contacto con el carácter
aragonés, aun cuando las diferencias eran todavía muy grandes. Poco
afectos sus hijos a los castellanos, con cuyo nombre designaban a todos
los habitantes de España, excepto los que en tiempos antiguos
habían constituido la llamada coronilla, abrazaron sin
embargo la causa de la independencia nacional en 1808 con un entusiasmo sin
límites, teniendo como tenían en aquella época mayores motivos de odio
respecto a Francia que de resentimiento relativamente al gobierno central de
Madrid. Los catalanes acusaban a los franceses de haberlos arrastrado a la
rebelión contra los reyes de España en el siglo XVII para abandonarlos después
al resentimiento de un conquistador ultrajado. De este modo, y por un efecto
necesario de su misma desgracia, el odio al nombre francos era en Cataluña
mayor que en ninguna otra parte de España. El rey que había humillado su
orgullo y destruido sus privilegios, de Francia les había venido, no
siendo posible, hecha esta observación, que el enojo catalán dejase de refluir
en último resultado sobre el país que al darles un Felipe había ocasionado sus
males. Los horrores de la revolución francesa y la muerte de Luis XVI
habían excitado en Cataluña la cólera de lodos los habitantes, no solo por
efecto del espíritu monárquico que allí como entre los demás españoles reinaba,
sino también por ser obra aquellos acontecimientos de sus odiados vecinos.
Así fue que al estallar la guerra en 1795 se distinguió el Rosellón y Cataluña
por un carácter de encono y de encarnizamiento que no tuvo lugar en las
fronteras de Navarra y provincias vascongadas. La paz de Basilea no hizo a los
catalanes más amigos de los franceses que lo fueron antes. El principado,
como observa un escritor extranjero, tenía en su largo litoral, y en su
capital populosa y comerciante, relaciones directas de interés con Gran
Bretaña, mientras la guerra contra Francia animaba por el contrario sus
puertos y aumentaba extraordinariamente sus capitales. La alianza de San
Ildefonso empobrecía a los catalanes, cerrando las salidas a su industria
y cegando las fuentes de su prosperidad, debiendo por lo mismo serles
odioso el sistema continental que el gobierno español, con arreglo a las órdenes
de Bonaparte, se había visto precisado a poner en planta. Todo,
pues, arrastraba a Cataluña a una insurrección general contra los
aborrecidos franceses, siendo esto tanto más temible cuanto mayor era el
descontento con que se había visto allí la desleal ocupación de nuestras
fortalezas. Si Madrid hubiera recibido con entusiasmo al rey intruso, en
vez de ser el primero en lanzar el grito de guerra , no hubiera sido
imposible la explosión del encono catalán contra Castilla , siendo de
creer que la Inglaterra apoderada de una parte del Mediterráneo, habría
puesto en acción lodos los medios posibles para sublevar el principado, y
mantener en él un foco perenne de insurrección contra el poderío francés. Pero
la capital de la monarquía se había adelantado la primera a lanzar el guante ,
y el 2 de mayo en Madrid era la primera campanada del somatén que tan fiero
debía resonar en el nordeste de la Península. Cataluña y Castilla
confundieron sus animosidades particulares en el odio que les inspiraba la
dominación extranjera, y ya hemos visto en el capítulo VI el modo con que
los catalanes comenzaron a alzar la frente en varios puntos aislados,
organizando poco a poco la insurrección hasta que les fuera posible tener un
centro común. La junta suprema de Lérida, titulada suprema de Cataluña, no
pudo reunir el esfuerzo de todos los corregimientos hasta los postreros de
junio; pero dedicada a verificarlo desde el primer día de su instalación,
y puesta en comunicación desde luego con las juntas de Zaragoza y Valencia,
anunciaba a los franceses la necesidad imperiosa deponerse en guardia so
pena de ver extendida rápidamente la insurrección por todo el principado.
El
general Duhesme no creyó en un principio que sus tropas corriesen allí grande
riesgo. Posesionado de Barcelona e Higueras, y teniendo a su disposición 15,000
hombres, creyóse por este mismo hecho dueño de
Cataluña, y hasta el mismo Napoleón participó de esta creencia. En vez,
pues, de distribuir las tropas por toda aquella provincia , haciéndolas
ocupar los puntos donde el levantamiento podía ser más temible, mandó el
emperador desmembrar sus fuerzas al general en jefe del ejército de los
Pirineos orientales, ordenándole enviar 4000 hombres sobre Zaragoza para
añadirlos a los de Lefebvre, y otros tantos sobre Valencia a fin de
aumentar la división del general Moncey, a quien se había dado orden de
apoderarse de esta ciudad. El encargo de trasladarse a la capital de Aragón fue
dado al general Schwartz, ordenándosele escarmentar de paso la
insurrección de Manresa, imponiendo a sus vecinos una contribución de
750,000 francos, y destruyendo sus molinos de pólvora tras hacer
trasportar a Barcelona la que estuviese fabricada. Hecho esto, debía Schwartz
continuar su marcha pasando por Lérida, cuya población debía igualmente
castigar, llevándose consigo los suizos existentes allí si conseguía apoderarse
de la plaza, en cuyo castillo debía dejar de guarnición 500 hombres de su
columna, sin detenerse mucho en sus tentativas, puesto que el objeto principal
de su marcha era Zaragoza y no más. En cuanto a la columna que debía marchar a
Valencia, tenía orden de apoderarse de Tarragona y Tortosa , llevándose de
grado o por fuerza el regimiento suizo de Wimpfen al servicio de España
existente en la primera ciudad, tras lo cual debía pasar a Castellón de la
Plana, donde el mariscal Moncey le daría sus órdenes. Esta segunda expedición
fue puesta a cargo del general Chambran.
Ambas
columnas salieron de Barcelona el 2 de junio. Detenido Schwartz por un fuerte
aguacero, y esperando que se le reuniese el resto de su gente, pasó el día
5 en Martorell, dando su demora lugar a que se esparciese por todas
parles la noticia de su marcha. Alarmadas las villas de Igualada y Manresa
al saber la aproximación del enemigo, hicieron resonar súbitamente la
terrible campana del somatén, cuyo toque puso en movimiento a los
habitantes de aquellas comarcas con la celeridad de costumbre en casos
idénticos. El somatén es un toque de alarma que entre los catalanes
produce los mismos efectos que el de la generala en la milicia, toque de
uso inmemorial, cuyo origen según se cree fue debido a la necesidad de
defenderse los naturales contra los bandidos y fieras, habiendo pasado después a
constituirse en señal de convocatoria para toda clase de
peligros, produciendo en todos los habitantes capaces de tomar las armas
la obligación de reunirse con ellas si las tienen, o con cualquier
instrumento ofensivo que hallen a mano cuando carecen de otra cosa. Puesto
en juego en Manresa este gran elemento de revolución, corrieron de todas partes
los vecinos como prevenía el usage; y
hallándose faltos de armas y municiones proveyeron a su necesidad lo
mejor que les fue posible, convirtiendo en balas las varillas de yerro de
las cortinas y echando mano de la abundante pólvora que tenían a su
disposición. Puesto al frente de aquella muchedumbre insurreccionada el
hijo de un mercader de la villa llamado Francisco Riera, el mismo que
pocos días antes había tenido la osadía de quemar las proclamas de los
franceses, separó de ella como unos ciento de los más acalorados y mejor
provistos de armas, y después de haberse confesado y comulgado, se dirigió al
encuentro del enemigo. 200 ó 300 hombres, precedidos
de un capuchino, cuyas manos llevaban en alto un enorme crucifijo de
madera, salieron también de Igualada y se unieron a aquel caudillo. Extendido
el fuego de la insurrección por los distritos de Calaf, San Pedor, Sellen,
Cervera, Cardona y Solsona, señalóse por punto
de reunión las casas del Bruch, al pie de la montaña de Monserrat, en la parte
donde se juntan la carretera de Lérida y el camino de Manresa. Aquellos
patriotas no entraron en cuentas sobre su número ni sobre la fuerza del
enemigo; marcharon al punto designado contando con su intrepidez y nada más.
Bien ajeno
Schwartz de sospechar ni aun remotamente los peligros que le esperaban, salió
de Martorell la mañana de 6, haciendo caminar su gente por un país quebrado,
montuoso y cubierto de matorrales, con la misma desprevención que si anduviese
por una llanura en un país amigo. En esta disposición llegó al Bruch, y no
bien acababa de hacerlo, cuando una lluvia de balas salidas de entre los árboles
y las rocas le hizo conocer el peligro en que su misma confianza le
ponía. Al principio no pudo descubrir un solo hombre de los que tan
bruscamente acababan de hacer fuego; pero vista la dirección de los tiros y
cayendo al fin en la cuenta, hizo formar en masa su columna, y destacando los
tiradores, se dirigió a embestir a sus contrarios. Los somatenes entonces
comenzaron a replegarse, no sin disputar obstinadamente el terreno y
continuando un fuego mortífero. Dividiéndose por último en dos partidas, una se
dirigió a Manresa, mientras la otra
tomaba el camino de Igualada. La vanguardia de Schwartz llegó hasta Casa-Masana,
y se detuvo allí. El cuerpo de la columna hizo alto pasadas las casas
del Bruch, y creyendo escarmentados a sus enemigos, se puso a comer el
rancho.
La
detención del general francés fue tan mal calculada por su parte como favorable
a los somatenes, pues de haber continuado en perseguirlos los hubiera
completamente derrotado. Viendo ahora los nuestros que el enemigo hacía alto,
creyeron que su detención era efecto del miedo, con lo cual creció de tal modo
su audacia, que en vez de seguir replegándose, determinaron volver al
combate y caer sobre la columna. La confianza que tenían en sí mismos, se
aumentó hasta el extremo con la llegada de otros somatenes que no habían
tomado parte en la acción. Eran estos los valientes de San Redor, más
numerosos que sus compañeros, los cuales llevaban un tambor a su frente.
Comenzado de nuevo el ataque entre los paisanos y la vanguardia francesa, se empeñó
un vivísimo fuego que la hizo retroceder: tan impensada fue la acometida.
Viendo esto Schwartz, y oyendo el ruido de la caja, creyó que la tropa de línea
auxiliaba a los somatenes, y mandó a los suyos formar el cuadro para evitar
ser envuelto. Reflexionando después sobre la clase de guerra que se le hacía,
y calculando espantado los innumerables peligros que le esperaban en un
camino de setenta leguas por un país montañoso, lleno de plazas fuertes y
de una población tan numerosa como exasperada, se sintió falto de aliento
para continuar adelante, y adoptó el prudente partido de volverse a Barcelona.
Los
franceses verificaron su retirada con bastante orden, si bien molestados por el
fuego de los somatenes en su flanco y retaguardia. Al llegar a Esparraguera,
villa situada en una llanura cercana al Llobregat, en el camino
que conduce desde Igualada a Molins de Rey, tenían los franceses que
atravesar el casco de la población, el cual consiste en una sola calle de
un cuarto de legua de largo. Noticiosos los habitantes de su aproximación y del
estado poco lisonjero en que venían perseguidos por la gente del Bruch,
habían hecho resonar la campana de alarma, y llenando la calle de troncos y
muebles y otros obstáculos , se dispusieron a disputar el paso a la
columna haciéndole todo el daño posible. Los franceses llegaron a la
población el 7 al anochecer, y penetrando en la calle con poca precaución,
cayeron en el lazo que se les había armado. Comienza entonces a caer sobre
ellos un diluvio de piedras, troncos, tejas, ladrillos y cuanto los
habitantes tenían a mano para lanzar desde sus casas, acompañando sus
tiros arrojadizos con alguno que otro de fuego, y hasta con agua hirviendo
echada desde las ventanas. El general Schwartz detiene entonces el paso, y
haciendo retirar sus tropas apresuradamente las hace marchar a derecha e izquierda de la
villa, siguiendo por la noche su ruta hasta llegar Martorell, en cuyo intermedio continuaron los
somatenes acosándole con furia incansable.
Era la
mañana del 8 cuando la columna entraba en Barcelona con la pérdida de una
águila y siete piezas de artillería, publicando en su derrota la gloria
de los catalanes, los primeros que reunidos de pronto, escasos de armas y
con solo cañones de madera hechos de troncos de árboles, consiguieron
humillar en España la altivez de las águilas imperiales. El general
Duhesme aprobó el partido que Schwartz había tomado en retirarse , y
convencido de la necesidad de reunir en torno suyo cuantas tropas le fuera
posible, envió a Chabran la orden de suspender la expedición de Valencia,
volviendo sin detención a Barcelona.
Hallábase
Chabran en Tarragona, donde había conseguido entrar el día 7 sin experimentar
obstáculo durante su marcha, cuando recibiendo el 9 el aviso de Duhesme se puso
en marcha sin dilación, dejando en aquella ciudad el regimiento suizo de
Wimpffen, que según instrucciones del general en jefe debía
llevarse consigo; pero habiéndole creído fiel a la causa francesa, creyó
Chabran hallarse en el caso de no ejecutar aquella orden. Al ponerse en marcha
para la capital del principado encontró insurreccionados los distritos que
poco antes acababa de atravesar pacíficamente. El grito de guerra salido de
Manresa y del Bruch había cundido por el país a manera de chispa
eléctrica. Los habitantes del Vendrell y de Arbós, alentados por la
presencia de trescientos suizos al servicio de España, los cuales se hallaban
en marcha para reunirse al regimiento estacionado en Tarragona,
concibieron el proyecto de disputar a los franceses el paso, y hombres, mujeres
y niños tomaron las armas. La población de Villafranca y el paisanaje de
sus contornos siguió el mismo ejemplo. El anciano gobernador de esta villa, D.
Juan de Toda, intentó oponerse a una empresa que no sin razón juzgó temeraria;
pero creyéndole traidor los catalanes, le sacrificaron a su furor. Igual
suerte cupo a dos oficiales de un batallón de guardias españolas que
estaba de guarnición en aquel punto ; y hubiera sucedido lo mismo con la mayor parte
de los soldados opuestos a la insurrección, si con el pretexto de tomar
posición en las afueras de la villa, no se hubiera escapado el batallón
dirigiéndose a Tarragona.
Llegados
los franceses al Vendrell, se empeñó un ataque con los somatenes que intentaban
defender el pueblo, consiguiendo Chabran ahuyentarlos y apoderarse de la
artillería. Los fugitivos llegaron a Arbós, punto principal de reunión de
los insurgentes apoyados por los suizos de Wimpffen. Su posición era buena , y
estaba defendida por un cañón de hierro de grueso calibre ; pero siendo allí el
país llano, pudieron los franceses desplegarse y salir airosos, aunque no sin
notable pérdida, en el combate trabado con la muchedumbre. Los voltigeurs (especie de pretorianos de Bonaparte)
se apoderaron de nuestra posición a la primera embestida, tras lo cual
entró en la población un regimiento de coraceros, el cual pasó a cuchillo
cuantos habitantes cayeron en sus manos, siendo Arbós saqueado y reducido a
cenizas, en conformidad con los usos que algunos reconocen todavía como de
derecho en la guerra. Estragos parecidos tuvieron logaren Villafranca, adonde
llegó Chabran ardiendo en ira; pero dando lugar a la política, perdonó los
edificios de la gente principal, por no confundir, dijo , la causa de los
habitantes pacíficos y de las personas de cierta categoría con la del populacho
que habia tomado parte en la revuelta y asesinado al
gobernador.
Inquieto
Duhesme por la suerte que podía caber a Chabran en su regreso por un país donde
era tanta la fermentación, salió de Barcelona al frente de un destacamento para
proteger la retirada del cuerpo expedicionario, y habiendo dado con él
cerca de Vallirana el día 11, consiguieron unos y otros repasar el
Llobregat sin ser inquietados, restituyéndose el 12 a Barcelona. Chabran tuvo
en sus varios reencuentros mil quinientos hombres de pérdida.
Crudamente
herido en su amor propio el general Duhesme viendo echados por tierra sus
planes, trató de vengar los desaires que habían sufrido sus armas, haciendo
salir de Barcelona el día 13 las columnas de Schwartz y Chabran al mando de
este, con la misión de castigar a los insurgentes de Martorell y de
Esparraguera, y de probar nuevamente fortuna con los catalanes del Bruch.
Abandonadas por los habitantes aquellas dos poblaciones, no halló en ellas
Chabran resistencia, visto lo cual, y no pudiendo vengarse de los
insurgentes por medio de una victoria, procedió a los excesos de
costumbre, saqueando y quemando muchas casas, sin otro fruto que enconar más y más
la furia catalana. Llegado después a la posición del Bruch creyó anonadar a los
manresanos con una segunda embestida; pero aquellos valientes se habían
fortificado allí, y viéndose apoyados por cuatrocientos voluntarios de
Lérida, al mando del coronel Baget, con cuatro piezas de artillería estaban
muy lejos de temerle. Atacados repetidas veces por las tropas francesas, las
rechazaron otras tantas con notable arrojo, cubriéndose Chabran de ignominia el
14 de junio ni más ni menos que Schwartz ocho días antes. Hubo, pues, de
volver atrás, sin tener el gusto de proceder al castigo de Manresa,
defendida por la intrepidez de sus moradores; y hostilizado vivamente por
los somatenes, volvió a entrar derrotado en Barcelona, habiendo perdido
quinientos hombres y varias piezas de artillería en aquella segunda intentona.
Los catalanes del Bruch hicieron grabar en una piedra la
siguiente inscripción que recuerda sus glorias en las dos memorables
defensas:
VICTORES MARENGO, AUSTERLITZ ET JENA HIC VICTI
FUERUNT....
DIEBUS VI ET XIV JUNII, ANNO MDCCCVIII.
La
situación del general en jefe del ejército de los Pirineos orientales era la más
angustiosa. La fama de los laureles del Bruch había levantado en masa a
Cataluña, reuniéndose en somatenes los habitantes sin esperar orden ninguna de
la junta reunida en Lérida. Todas las poblaciones tenían sus juntas
particulares, y estas procedían sin concierto en los planes; pero guiadas
por un mismo fin. La llama de la insurrección cundía ya hasta las puertas
de Francia. El anciano patriota don Juan Clarós, ayudante mayor retirado
del batallón ligero de Gerona, amotinó el paisanaje de Figueras contra la
guarnición francesa existente en aquel punto, y ayudado por algunos
destacamentos que le llegaron de Rosas, la obligó a retirarse al castillo,
teniéndola bloqueada en él, esperando obligarla a rendirse por falta
de víveres. Los soldados españoles que se hallaban de guarnición en
Barcelona, y cuya fuerza consistía en un regimiento de artillería, en las
guardias españolas y walonas y en el regimiento
de coraceros de Borbon, habían comenzado a desertar hacia algún tiempo ,
saliéndose a bandadas por las puertas a la clara luz del día, o
descolgándose de noche por las murallas, con el fin de unirse a los
insurgentes. Aturdida la autoridad militar francesa, ni podía impedir la
deserción, ni aun cuando pudiera hacerlo le lisonjeaba gran cosa tener como
prisionera una guarnición de cerca de cuatro mil hombres, en una ciudad de
ciento treinta y cinco mil habitantes, dispuesta a sublevarse a cada momento, y
cuya insurrección podían los soldados españoles tan decididamente apoyar. La
ciudad de Gerona, plaza reputada en todos tiempos como una de las llaves
de Cataluña se puso en estado de defensa. Duhesme en una de sus salidas
había pasado por aquella ciudad ; pero no teniendo órdenes del emperador
para ocuparla, salió de ella sin guarnecerla con sus soldados, cometiendo además
la imprudencia de dejar dentro de su recinto trescientos cincuenta hombres
del regimiento de Ultonia.
Hallándose
Cataluña en disposición de empeñar una lucha encarnizada con los franceses con
bastante probabilidad de éxito merced a su terreno montañoso y a las
plazas y fuertes repartidos por él, no menos que algunos restos de oficiales
y soldados de línea de los que habían hecho la guerra contra la república, dedicóse la junta suprema de Lérida a
reconcentrar todo lo posible los esfuerzos hasta entonces aislados, y a sacar
partido de la patriótica exaltación en que se veía arder una población de
ochocientos mil habitantes. Dadas las órdenes más ejecutivas para poner en
estado de defensa las plazas y fuertes, hizo armar en los
puertos flotillas de guerra, y se puso en comunicación activa con las
islas Baleares y con los vecinos reinos de Aragón y Valencia, los cuales
reunidos con Cataluña formaban antiguamente la llamada Coronilla. Explotando
después sus recursos y contando con sus propios esfuerzos más bien que con
los de otras provincias las cuales
hacían bastante en atenderse a sí mismas, decretó la formación de un
ejército de ochenta mil hombres, la mitad para el servicio activo y la
otra mitad para el de reserva. El ejército activo quedó organizado en
cuarenta batallones con la denominación de tercios de migueletes, cada uno
de los cuales, constaba, lo mismo que en Aragón, de diez compañías de a cien
hombres, y tenía el nombre de la ciudad a cuyo distrito pertenecía. La
asignación de los migueletes era una peseta diaria además del pan; pero el
sueldo de los oficiales era inferior al de los de línea. El uniforme de
esta nueva tropa se reducía a la vestimenta nacional que usan los
catalanes; y si bien su organización chocaba con las reglas seguidas al mismo
tiempo en el resto de España , eso mismo era en ellos una razón más para
adherirse a ella. Los catalanes no se hubieran alistado por cuanto vale el mundo en los regimientos de Castilla; y el nombre de migueletes
con que se habían honrado sus padres, y el cual se había renovado en las
guerras de la revolución, los halagaba extraordinariamente.
El efecto
inmediato de la insurrección catalana y del activo celo desplegado por la junta
de Lérida, fue ponerse en estado de defensa las plazas que los franceses no
tenían ocupadas, e interrumpir de un modo permanente la comunicación de
estos entre sí. Entre las plazas expresadas merece señalada mención la
ciudad de Gerona, de la cual acabamos de hablar. Situada al pie de un
monte en la confluencia de Oña y del Ter, divídela el primero de estos dos ríos
en dos partes desiguales , la mayor en la margen derecha al pie de la montaña
que la domina por el lado del este, y la menor llamada el Mercadal,
en una llanura a la margen izquierda. La planta de la población es de figura
triangular. Cuando la invasión francesa: tenía la ciudad, además de las
murallas y los baluartes y del pequeño fuerte llamado Montjuic, cuatro
castillos en la parte oriental y otro en la parte norte. Los baluartes de
la ciudad propiamente dicha son dos, uno en la parte donde entra el Oña, y otro
a la de su salida. El Mercadal tenía cinco; pero falta la plaza de fosos y de
camino cubierto y hasta de terraplén en su muralla, su fuerza
mayor consistía en el sistema de sus castillos destacados, los cuales
cubrían la montaña del este, y comunicaban con la plaza. El castillo de Montjuic,
situado sobre una montaña al norte y a unas trescientas toesas del muro
que rodea la población, es un cuadrado flanqueado de baluartes con foso y
camino cubierto y dos medias lunas. El principal defecto de todos estos fuertes
estertores consiste en lo ahogado de su disposición, y en estar faltos de
local para las guarniciones.
El
general Duhesme que vía cortadas sus comunicaciones con Francia, tanto por la
actitud de Gerona como por la de los demás distritos
insurreccionados, conoció la imperiosa necesidad de restablecerlas a toda
costa antes que el enemigo acabara de organizarse; y salió de Barcelona el
17 de junio con siete batallones, cinco escuadrones y ocho piezas de
artillería. De los dos caminos que desde la capital del principado conducen a
Gerona, pasa el uno por el valle del Besos y continúa después contiguo a
la fortaleza de Hostalrich, mientras el otro costea el mar por espacio de seis
leguas ; y este fue el preferido por Duhesme en razón de ser el mejor,
disponiendo que un corsario francés que estaba en el puerto de Barcelona,
saliese de allí al mismo tiempo siguiendo su rumbo paralelo a las tropas.
El mismo día 17 al llegar estas a las cercanías de Mongat, descubrieron
las alturas de este pueblo ocupadas por los paisanos del Vallés en número
de nueve mil hombres, los cuales parecían tener intención de impedir
el paso al invasor. Su fin era este en efecto, y acaudillados por un
teniente de la marina real llamado Barullo, sobrino del almirante del
mismo nombre, pusieron un cañón en el castillo de Mongat y se prepararon al choque. Su inexperiencia les hizo creer que el general
francés los atacaría tan solo por el frente, y esta persuasión les
hizo atender exclusivamente al ataque en ese sentido; pero Duhesme que
anhelaba solamente distraer su atención de aquella manera, cayó sobre su
derecha de pronto, y en breve los puso en huida apoderándose del cañón.
Continuando su marcha después de varias atrocidades cometidas en el paisanaje
de Mongat, presentóse delante de Mataró cuyos habitantes se empeñaron también en cortarle el paso ,
construyendo barricadas en las puertas y avanzando su artillería en las
avenidas del camino de Barcelona, sin desmayar en su intento, no obstante
la rota de Mongat. Duhesme se apoderó de la ciudad a
la bayoneta el mismo día 17, entregándola al saco y a todas las consecuencias
que acompañan al pillaje, como el asesinato y la profanación. Hecho esto,
y habiendo dejado a Matar o lleno de luto, continuó a la mañana siguiente
su marcha sobre Gerona, autorizando a la tropa para cometer en el tránsito todo
linaje de excesos. El 20 llegó la vanguardia a las alturas de Palau,
frente a los muros de la heroica ciudad cuya posesión anhelaba; pero
los cañonazos con que fue recibido a su aproximación, le anunciaron bien
pronto la resolución adoptada por sus moradores de sostenerse hasta el
último trance.
En efecto: todo estaba allí preparado para resistir vigorosamente. Aquella población,
que al renombre que ya tenía por el importante papel que había hecho
anteriormente en las guerras de Cataluña, iba ahora a añadir nuevos títulos a
la admiración y a la gloria, había sufrido con ira reconcentrada la espantosa
noticia del 2 de mayo y la de las renuncias de Bayona, sin atreverse alanzar el
grito de guerra como otros pueblos, en razón al aislamiento y mal estado de
defensa en que se hallaba, no menos que a la circunstancia de tener tan cerca
de si el grueso de las fuerzas del enemigo. El bombardeo de Figueras y el
ejemplo de la mayor parte de la nación alzada en masa contra los
opresores, hicieron al fin que la cólera rompiese allí todos sus diques.
Alborotado el pueblo el día 5 de junio, presentaron los gremios de la
ciudad una solicitud al ayuntamiento, en la cual, después de exponer la pérfida
conducta de los franceses contra España y su rey manifestaban la resolución que
los habitantes habían tomado de sacrificar su vida defendiendo la independencia
nacional, y concluían pidiendo se procediese inmediatamente a poner la
plaza en estado de resistir a un enemigo que sabida la noticia del alzamiento
no podía tardar en venir. El gobernador de la plaza, mariscal de campo D.
Joaquin de Mendoza, reunió en la tarde de aquel mismo día a las
autoridades seculares y eclesiásticas con algunos individuos de la nobleza y de
los gremios, los cuales constituidos en junta con el ayuntamiento
acordaron los medios más urgentes de defensa. Habiendo después cundido la
desconfianza relativamente al gobernador pidieron los gremios a la junta
que le depusiese, y esta se vio precisada a acceder, aunque con repugnancia por
no ballar motivos suficientemente fundados para proceder a aquella
medida. Nombrado gobernador interino el coronel D. Julián de Bolívar,
teniente rey de la plaza, siguieron con actividad los trabajos empezados
para la defensa. El mismo día 5 por la noche se había comenzado a montar
la artillería y a proveerla de municiones; y aprovechando la junta los
cuantiosos donativos del vecindario, continuó verificando los reparos de más
urgente necesidad para poner la plaza a cubierto de un golpe de mano. El paisanaje
estaba ocupado en recomponer los caminos que conducían a los fuertes a fin
de dejarlos practicables para la traslación de la artillería. Mientras se construían
en Ripoll algunos millares de fusiles se habilitaron en la ciudad dos mil chuzos;
y en un laboratorio que se dispuso al efecto se procedió a la fabricación
de cartuchos de fusil y de cañón. Una multitud de paisanos del corregimiento,
no bien llegó a su noticia la resolución de los gerundenses se dirigió como
una exhalación a la ciudad pidiendo armas y corriendo en tropel por las calles.
El capitán de estado mayor francés Schwerisgut, que se hallaba comisionado
en la plaza para cuidar de las partidas sueltas que pasaban por ella a
reunirse con sus cuerpos corrió entonces peligro de ser asesinado por la
muchedumbre; pero protegido por el sargento mayor de Ultonia D. Enrique
Odonnell y por otros oficiales del mismo cuerpo en unión con algunos
religiosos, fue conducido ileso al castillo de Montjuic. La junta, que
para la mejor expedición de los negocios se había dividido en tres
secciones, aprovechó el entusiasmo de los habitantes y de los recién
venidos, formando algunos cuerpos de migueletes y un escuadrón de
caballería que se denominó de San Narciso, patrón de la ciudad. La
instrucción de estos cuerpos fue confiada a los oficiales que se hallaban
allí, principalmente los de Ultonia. Previsto el caso de una alarma, designóse a todos los habitantes, inclusos los
eclesiásticos de ambos cleros, el puesto que debían ocupar. El castillo de Montjuic
y los fuertes del Condestable y Capuchinos fueron provistos de víveres
para un mes. La actividad finalmente fue tal que el día 19 de junio,
víspera de la llegada de Duhesme, se hallaban corrientes y en estado de servir
cuarenta y dos piezas de artillería de todos calibres, y construidas en los
ángulos flanqueados de los baluartes plataformas de más elevación que el
terraplén, en las cuales se puso una pieza a barbeta. La artillería,
servida por soldados de la misma arma que se habían escapado de Barcelona y por
los marinos de las poblaciones de la costa guarnecían convenientemente los
muros. La decisión y los esfuerzos de los trescientos cincuenta soldados de
Ultonia que, según tenemos ya dicho, constituían la guarnición, eran secundados
por la decisión y el esfuerzo de lodos los habitantes. La población
deseaba con ansia el momento de medirse con el enemigo. Los clérigos, los
frailes y las mujeres animaban a los soldados y paisanos a defenderse hasta
el último trance.
Duhesme desplegó sus fuerzas, haciendo a su derecha pasar el Oña con objeto de apoderarse de la puerta del Carmen y del fuerte de Capuchinos, mientras la izquierda se extendía hasta Salt donde los somatenes emboscados al otro lado del Ter hicieron sobre ella un vivísimo fuego, obligándola a retirarse. Rechazados de la puerta y del fuerte con perdida considerable establecieron los enemigos dos baterías a corta distancia de la plaza; pero esta contestó con sus fuegos de un modo tan certero y animado, que aquellas no pudieron sostenerse. Duhesme
entretanto había procurado conseguir por medio de supercherías lo que a la
fuerza no le era fácil, enviando un parlamentario a las doce del día, y
sin que cesara la lucha, con un pliego en el cual pedía se le franquease la
entrada en la ciudad para continuar su marcha a la frontera. Ardid inútil ya de
puro gastado, y más inútil todavía visto el modo con que las comenzadas
hostilidades desmentían la hipócrita manifestación del jefe enemigo. La
junta le contestó que si su intención era tal como él decía, expedito tenía
el camino por fuera de la ciudad sin necesidad de entrar en ella.
Desvanecidas las esperanzas que Duhesme tenía de posesionarse de la
población por este medio envió por la tarde otro parlamentario, el cual entregó
a la junta un segundo pliego, en el cual se proponía pasasen dos individuos
de ella al cuartel general francés para comunicarles asuntos de la más
urgente importancia. Trasladáronse en efecto los
dos comisionados al llano de Santa Eugenia poco antes del anochecer,
y mientras conferenciaban con los generales Duhesme y Lechi, aprovechaba
el enemigo el silencio y la quietud de la plaza tomando posiciones en sus cercanías. Notado
este segundo ardid por los valientes de la población, volvieron nuevamente a
hacer fuego , viéndose los dos diputados expuestos a perder la vida en manos
del enemigo irritado. La noche puso término al combate y al deseo de
reiterar Duhesme las malas artes con que anhelaba coronar su empresa.
Los
gerundenses no se entregaron por eso a una ciega y fatal confianza. Vigilantes
y en pie toda la noche mantenían sus puestos, cuando entre diez y once de ella se
adelantó con el mayor silencio una columna francesa protegida por la
oscuridad, que era grande, sin ser de nadie notada hasta que estuvo cerca
de los muros. El fuego de fusil y de cañón anunció de repente otra pugna más
encarnizada y sangrienta que la que había tenido lugar durante el día. El
enemigo no se arredró por verse descubierto. Mientras los franceses apostados
en la calle del arrabal de Hulla llamaban la atención de los defensores con un
falso ataque contra el baluarte de San Francisco de Paula y el puente
de San Francisco de Asís sobre el rio Oña, los que se hallaban en el campo
inmediato al baluarte de Santa Chara, situado al mediodía de la ciudad, se dirigían
con arrojo a este punto, llevando su audacia al extremo de arrimar escalas, por
las cuales comenzaron a subir sigilosamente los más bravos, consiguiendo
algunos de ellos apoderarse de la muralla. La guarnición que defendía el
baluarte la componía 50 paisanos y un piquete de Ultonia, con algunos
artilleros destinados al servicio de dos cañones colocados en el ángulo
saliente. Acometidos los nuestros de un modo inesperado, esforzáronse en rechazar a los que habían subido, combatiendo con ellos en medio de
aquella espantosa lobreguez con los chuzos y las bayonetas; pero creciendo
como por encanto el número de los franceses, y reemplazados los cadáveres
de los que caían con nuevos y más audaces escaladores, se vieron los defensores
en precisión de replegarse. La plaza estaba en el mayor peligro si el enemigo
pasaba adelante. Afortunadamente llegó en sazón oportuna otro destacamento
de Ultonia, y cargando al enemigo a la bayoneta con el valor de la
desesperación, logró rechazarlo completamente y precipitarlo en el foso.
El fuego del baluarte de San Narciso acabó de coronar la victoria con sus
certeros tiros a metralla, dejando el campo sembrado de cadáveres. Los
franceses no obstante renovaron otro ataque a las doce de la noche,
pretendiendo apoderarse del baluarte de San Pedro, situado al norte de la
ciudad; pero rechazados con la misma energía, hubieron de renunciará su
empresa. Los dos comisionados de la junta que habían pasado al campamento de
Duhesme, permanecieron en el alojamiento de este durante el asalto; pero
puestos en libertad al amanecer, regresaron a la plaza con el encargo de
manifestar a la junta las nuevas propuestas del general enemigo, reducidas a
que esta nombrase una nueva diputación para entenderse con él. Era este otro
ardid, aunque de diversa índole que los anteriores, puesto que el objeto de
Duhesme era retirarse sin ser sentido, mientras hacía creer a la junta que
continuaba acampado. así lo conocieron los individuos componentes,
la nueva diputación, cuando dirigiéndose a las ocho de la mañana del día
21 a la casa de campo donde se alojaba el general, la hallaron abandonada
por este, lo mismo que todas las cercanías. Divulgada la noticia de la
retirada, se entregaron los habitantes a todos los extremos de la alegría,
cantándose al día siguiente un Te Deum en acción de gracias, a
cuyo acto, celebrado en la capilla de San Narciso, asistió todo el pueblo y la
guarnición. Los defensores atribuían al favor de aquel santo el feliz
éxito de su primera defensa, no fallando quien dijese haberle visto
durante la noche montado en un caballo blanco y vestido de general, combatiendo
con los franceses, al modo que el apóstol Santiago contra los moros.
La pérdida del enemigo consistió en setecientos hombres; la de los
defensores fue mucho más corta.
Duhesme
fue perseguido en su retirada por los somatenes de varias poblaciones; pero al fin
consiguió regresar a la capital del principado, donde sin desistir del proyecto
de tomar Gerona, se dedicó a organizar toda suerte de medios
y preparativos para volver de nuevo a su empresa. Mientras él se ocupaba
en esto, una parte de sus tropas
que se habían quedado en Mataró a las órdenes de Chabran, en número de
3500 hombres, salieron de dicha población para dirigirse al Vallés con
objeto de buscar víveres. Al llegar esta columna cerca de Granollers fue
acometida valerosamente por los patriotas de Vich, a cuyo frente se había
puesto el teniente coronel D. Francisco Milans del Bosch, el primero que
entre los oficiales superiores de tropas de línea tuvo la honra de
acaudillar a los somatenes. Los franceses no pudieron resistir aquel
empuje dirigido con inteligencia y volvieron atrás derrotados, perdiendo
la artillería. Estos reencuentros tenían lugar a cada paso, apareciendo el
paisanaje armado donde quiera que el enemigo ponía los pies. El sistema de
los somatenes se reducía a incomodar constantemente las tropas francesas, eligiendo
las posiciones en las cuales creían más fácil la empresa de disputarles el
paso, retirándose y echando a correr cuando no se creían bastante fuertes,
y volviendo sobre los flancos y retaguardia del enemigo, cuando después de
una victoria más aparente que real, continuaba este su marcha.
Los
insurgentes parecían brotar de la tierra, y a veces presentaban una masa de
hombres numerosa y compacta, y mejor dispuesta de lo que en aquellos
momentos de improvisaciones belicosas podía esperarse. Tal fue el cordón
que los catalanes, aprovechando la ausencia de Duhesme durante la
tentativa sobre Gerona, habían formado a la margen derecha del Llobregat
desde San Boy a Martorell. Baget, notario de
Lérida, nombrado coronel del tercio de aquella ciudad por su junta, había
como hemos visto rechazado a los franceses del Bruch por segunda vez, tras
lo cual bajó a Martorell, donde supliendo con su patriotismo lo que le
faltaba en conocimientos y secundado por el celo de tres fervorosos
patriotas, D. José Maleo, habitante de Capelladas, D. Manuel Pometa,
oficial retirado, y D. Juan Soso, sargento de artillería, fue el primero
en organizar la mencionada línea de defensa. Era su objeto defender los caminos
de Garraf, Ordal y Esparraguera, y con este fin había comenzado a disponer
los atrincheramientos correspondientes, fortificando los pasos principales
con piezas de grueso calibre sacadas de las plazas y de las baterías de la
costa. Irritado Duhesme al ver una osadía como aquella llevada a cabo por el paisanaje
casi a las mismas puertas de Barcelona , envió el 29 de junio al general
Lechi a fin de reconocer las posiciones de los catalanes en el mencionado
rio. Habiéndolo hecho así el jefe expedicionario, conoció la debilidad de
aquella línea en varios puntos como consecuencia forzosa de la
precipitación con que había sido dispuesta. Llegado el día 30, se presentó
Lechi delante de Molins de Rey con dos mil italianos, y mientras estos
llamaban la atención de los catalanes hacia aquel punto, vadeaban el rio cerca
de San Boy los generales Goulas y Bessières con
la infantería y caballería francesa. Trepando tras esto la orilla derecha del
rio, arrollaron en ella a los somatenes, poniéndolos en completa
derrota, y persiguiéndolos con sus tropas y las de Lechi hasta pasado
Martorell.
Los
catalanes perdieron en esta acción casi toda su artillería; pero no el
patriotismo ni el ánimo. Vanamente intentó el enemigo arredrar a aquellos
valientes recurriendo por la centésima vez al saqueo y al incendio de las
poblaciones. El rigor era tan inútil como lo hubiera sido la benevolencia : la
guerra había comenzado a muerte y a muerte se debía terminar. Luego
veremos a los vencidos volver a tomar la iniciativa en el combate y
aparecer armados y audaces en las cercanías de la capital. Los pueblos son
invencibles cuando están empeñados en serlo.
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