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SALA DE LECTURA

HISTORIA UNIVERSAL DE ESPAÑA
 

GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA

 

CAPITULO VII.

Comparación de los recursos y fuerzas militares de España con las de Francia al estallar la insurrección.—Rómpense las hostilidades en Castilla la Vieja.—Expedición de Merle contra Santander. —Contraorden motivada por la insurrección de Valladolid y retirada de Merle.—El general Lasalle se dirige a Valladolid.—Acción y quema de Torquemada.—Entrada de los franceses en Palencia. —Las divisiones de Merle y Lasalle se reúnen en Dueñas.—D. Gregorio de la Cuesta en Cabezón. —Ataque del puente de esta villa y derrota de los españoles.—Retirada de Cuesta a Rioseco.—Sumisión de Valladolid.—Segunda expedición contra Santander.—Dispersión de los españoles en las montañas de esta provincia.—Los generales Merle y Ducos entran en Santander.—Huida del obispo y junta de esta ciudad a la provincia de Asturias.

 

PARA apreciar debidamente el arrojo de los españoles cuando en mayo de 1808 osaron provocar la ira del emperador de los franceses, nos parece oportuno recordar lo que en el capítulo XVII del tomo primero tenemos dicho acerca del poderío militar de España un año antes. Nuestro ejército de tierra en pie de paz ascendía entonces, inclusas las milicias provinciales, y según el cálculo del general Foy, a unos cien mil hombres, pudiendo en caso de guerra recibir un aumento de cincuenta y seis mil hombres, formando de este modo un total de unos ciento cincuenta mil, en vez de los doscientos mil que, añadiendo una cuarta parte, supone el príncipe de la Paz. Los militares autores de la Historia de la guerra de España contra Napoleón Bonaparte, refiriéndose al año 1808, dan por sentado que el número de nuestros solidados en dicha época ascendía a ochenta y tres mil infantes y diez y ocho mil caballos, cuyo cálculo excede al del general Foy y se acerca más al del príncipe de la Paz, puesto que no entran en él los treinta mil según unos, y cuarenta mil según otros, de milicias provinciales, consistiendo la diferencia sin duda en considerarse el cómputo definitivo según el distinto modo de ver de los escritores, contando o no contando las bajas que naturalmente deben reducir a menos el total que aparece en los estados. Los mencionados militares calculan estas bajas en una quinta parte, y deduciendo además los trece mil hombres de infantería y caballería que a las órdenes del Marqués de la Romana, y para servir los caprichos del emperador se hallaban en Dinamarca, los veinticuatro mil que al mando· de Junot ocupaban Portugal, con los nueve mil existentes en las islas Baleares, resulta, según los mismos, que cuando se empezaron las hostilidades contra Francia, apenas había entre nosotros cuarenta mil hombres de tropas regulares, «y aun estos, dicen, diseminados en partidas sueltas, desatendidos por el gobierno, y empleados oscuramente en el servicio de plazas, tan cansado como poco instructivo, o en las batidas y persecuciones de malhechores.»

Añadiendo a este número los treinta a cuarenta mil hombres de milicias provinciales, ciento catorce compañías de milicias urbanas, cuarenta y una de inválidos hábiles, y las ochenta y tantas útiles que con el nombre de fijas teníamos en la Península, resulta siempre un número de hombres poco menos que insignificante para osar hacer frente al casi sobrehumano guerrero, que sin contar trescientos sesenta y seis mil hombres de fuerzas auxiliares que los estados sometidos por él a aliados suyos podían facilitarle, tenía a sus órdenes más de un millón de combatientes entre fuerza interior y exterior. Compárese ahora la organización y pericia de aquellas legiones con los vicios y faltas de que, no obstante la útil reforma hecha por el príncipe de la Paz, adolecían nuestros ejércitos; la población del imperio francés propiamente dicho, ascendiente a cuarenta millones de habitantes, con la nuestra, que por más que se estire la cuenta resultante del censo publicado en 1804, no pasaba de doce; el floreciente estado interior de la Francia con el triste y ruinoso de nuestro mal traído país; compárense, en fin, los inmensos recursos de Napoleón con los miserables de España al lado de aquellos; y si exceptuamos la fuerza marítima, en la cual nos llevaba proporcionalmente muy poca ventaja, acabaremos de concebir hasta qué punto fue desesperado el empeño de desafiar el poder más formidable y mejor organizado que la historia reconoce en la tierra desde la dominación romana hasta nuestros días. Medirnos con Bonaparte en las circunstancias en que lo hicimos , equivalía a tener por contrario a todo el continente europeo, con la sola excepción de Suecia, Sicilia y Cerdeña, adheridas a la política de la Gran Bretaña, y excepto también Portugal, que aunque sometido a las armas francesas, no podía sernos hostil en aquella época, por las razones que en el capítulo anterior tenemos referidas. ¿Pero qué no es dado realizar a un pueblo decidido a romper sus cadenas? ¡Así nos hubiera sido posible prescindir del concurso de la Inglaterra, y obrar por nosotros solos durante la lucha! El estado en que nos encontrábamos al inaugurarla no nos permitía hacer tanto; pero por más que reconozcamos la triste necesidad en que nos vimos de admitir su cooperación y sus obsequios, séanos lícito lamentar un acontecimiento que nos fue después tan fatal. España se alzó denodada para libertarse a sí misma y para liberar a Europa: esta recogió todo el fruto de nuestro heroísmo, y nosotros quedamos debajo. ¿Por qué tan ingrata cosecha de infelicidad y desventura? Dejemos, empero, para otro lugar estas consideraciones tristísimas , y hablemos ahora de gloria.

La rapidez con que se extendía la insurrección del uno al otro extremo de la Península, llenó de sobresalto al generalísimo encargado por Napoleón de tenernos sujetos; y si bien le lisonjeaba la idea de salir vencedor en último resultado , no por eso dejó de emplear cuantos medios juzgó a propósito para abreviar el plazo. Desconfiando en los de seducción para atraerse a los generales españoles y a otras personas notables, y creyendo con fundamento cuán poco debía esperar de las exhortaciones puestas en juego por sus emisarios para calmar la agitación de las provincias , determinó desde un principio remitir su razón a la espada, y acompañar el discurso con la acción. Con cerca de 100,000 combatientes que tenía a sus órdenes y con los inmensos refuerzos que en caso necesario podría enviarle su augusto cuñado, llegó a persuadirse Murat que la lucha que daba principio debía por necesidad durar poco, porque ¿qué podían hacer los rebeldes, faltos como estaban de organización y de disciplina , midiéndose en un rapto de acaloramiento contra aquellas invencibles legiones, cuyas plantas besaba la Europa? ¿Dónde estaba entre los españoles el jefe á quien Dios hubiese concedido una mínima parte de la inteligencia eminente legada a Napoleón? Para reducir a la nada aquel exabrupto guerrero, ahí estaba Dupont con su cuerpo de observación de la Gironda, compuesto de 25,000 hombres; allá el venerable Moncey con el de observación de las costas del Océano, fuerte de 25,000; acullá Duhesme con el suyo denominado de los Pirineos Orientales, compuesto de 13,400; a otra parte Bessières, duque de Istria, con 20,000 pertenecientes al cuerpo de los Pirineos Occidentales ; a otra el duque de Abrantes, Junot, con los 25,000 suyos; a otra él, que en valor indomable no cedía a ninguno; a otra, en fin, Napoleón en persona, con la Europa vencida detrás, cercado del prestigio de su nombre, lleno de aquella decisión y fuerza de voluntad que en nada encontraba imposibles, superior en talentos y en gloria a Alejandro, a Cesar y a Aníbal, hijo mimado de la victoria y de la fortuna desposadas con él e incapaces de hacerle un desaire: hombre , en fin, que parecía destinado por la Providencia como a servir de limite a lo que la imaginación de un poeta puede concebir de más grande y más asombroso en la creación más sublime.

Entre todas las provincias insurreccionadas llamaron con preferencia la atención de Bonaparte las más próximas al imperio, por ser las que más de cerca atacaban su base de operaciones. Andalucía y Valencia eran sin duda temibles ; pero lo único a que al parecer podían aspirar era a contener los progresos de los franceses en su marcha invasora, o a hacerlos retirar cuando más hacia las provincias del Norte. Si la insurrección triunfaba en estas, las huestes imperiales carecían de su único punto de apoyo, y hasta podían verse reducidas a tener que disputar con las armas en la mano los desfiladeros del Pirineo, con grave riesgo de encontrar su tumba en aquéllos lugares, si los sucesos de la guerra las obligaban a trasponerlos en retirada. Diéronse, pues, órdenes ejecutivas a los generales franceses, a cuyas órdenes estaban los cuerpos de los Pirineos Orientales y Occidentales, para sofocar la insurrección a toda costa en el radio de sus respectivos distritos, y el mariscal Bessières, cuyo cuartel general estaba en Burgos, comenzó a mover sus falanges contra los insurgentes de Castilla la Vieja.

Hallábase sublevada la Rioja, y los principales focos de la insurrección eran Calahorra y Logroño. El general Verdier salió de Vitoria el 2 de Junio con dos batallones y ciento cincuenta caballos, consiguiendo el 6 una fácil victoria sobre el inexperto y mal armado paisanaje de aquella población, según tenemos referido en el capítulo que antecede. Derrotados aquellos patriotas, y habiendo dejado en poder del enemigo seis malos cañones, de los cuales por otra parte ni aun sabían servirse, hizo el general francés fusilar inhumanamente a los que más se habían señalado por su decisión y patriotismo , y hechos estos escarmientos, como él los llamaba, restituyóse a Vitoria. Frere por su parte se había también apoderado de Segovia, y los primeros choques con el enemigo no podían en verdad ser más tristes en la desgraciada Castilla.

La salida de Verdier de la capital de Álava para dirigirse a la Rioja, coincidió con la que hizo de Burgos el general de división Merle al frente de seis batallones, doscientos caballos y ocho piezas de artillería, encaminando su marcha a la provincia de Santander. La insurrección de esta parte de España tenía sobremanera inquieto a Napoleón, quien sabiendo que la Inglaterra preparaba algunas expediciones, temió que los puertos de Santoña y de Santander servirían de asilo a sus naves sino se anticipaba a aquel golpe. Separada aquella provincia de la de Burgos por una cadena de espesas montañas, tienen ambas abierta su comunicación por Reinosa, y una vez ocupado este punto por los insurgentes, podían caer en Castilla la Vieja y complicar la situación en perjuicio de los franceses. Hemos visto la decisión de aquellos esforzados naturales, y hemos visto también la actividad con que el nuevo capitán general Velarde se dirigió con el paisanaje y algunos milicianos de Laredo a ocupar Reinosa, mientras su hijo con menor fuerza se apostaba en la venta del Escudo, otro de los principales pasos de las montañas, quedando defendido igualmente el puerto de los Tornos por algunas partidas sueltas. Llenos los montañeses de entusiasmo, esperaban el momento de medirse con las tropas francesas, creyéndose invencibles en aquellas posiciones, cuando llegando Merle a las inmediaciones de Reinosa el día 4, conoció, la vanguardia española situada en Canduela quo no le convenia esperarle en aquel punto, por lo cual volvió atrás con los cuatro cañones que llevaba, pasando rápidamente por Reinosa en busca de posición más favorable. Preparábase Merle el día 5 a forzar el paso, y los españoles a resistirle; pero habiendo aquel recibido orden de volver atrás, abandonó el campo repentinamente, quedando los nuestros en la persuasión de haberle intimidado con su actitud en aquellas montañas.

No era, empero, este el motivo de la retirada de Merle. Valladolid acababa de alzarse, y el general Cuesta se había visto precisado a dirigir la insurrección, so pena de exponerse a una catástrofe. Este movimiento llamó la atención de Bessières con tanto más motivo cuanto más importancia tenía la  ciudad sublevada, no ya por su posición favorable o por contar con grandes medios de resistencia, sino por lo que podía influir, en la opinión y en el alzamiento de otras poblaciones, como de hecho influyó desde luego, dejando a Bessières absorto en medio de un semicírculo de gentes insurreccionadas casi a las mismas puertas de Burgos, cortando su comunicación con Madrid y amenazándole con mayores males sino se apresuraba a apagar el incendio. Esto y la circunstancia de hallarse puesto al frente de la insurrección de Valladolid un general de crédito como Cuesta, obligó a Besières a dilatar por algunos días la ocupación militar de la provincia de Santander; y de aquí la retirada de Merle para reunirse con el general Lasalle, quien habiendo recibido orden de marchar inmediatamente sobre la capital de Castilla la Vieja, salió de Burgos el 5 al frente de cuatro mil infantes, setecientos caballos y diez piezas de artillería, llegando delante de Torquemada el 6 a la caída de la tarde.

Esta villa importante está situada a la orilla derecha del Pisuerga , donde tiene un molino con iglesia y fábrica. La orilla izquierda está descubierta y dominada, sirviendo de comunicación entre la una y la otra un bellísimo puente de piedra, cuya longitud es de cuatrocientos pasos. Quinientos paisanos armados ocupaban las casas y la iglesia, y a fin de impedir el paso del enemigo, habían atrancado el puente con carros, cadenas y vigas. Vastos habitantes acababan de abandonar el pueblo creyendo imposible la resistencia, quedando en él los más acalorados. Los tiros inseguros y mal dirigidos con que el paisanaje creyó detener a los franceses, no arredraron a estos, y avanzando a paso de carga una columna enemiga, consiguió apoderarse del puente. Arrojando entonces al rio las carretas y demás estorbos que impedían el tránsito, entraron los franceses en la población sin más dificultad, no costándoles esta acción sino algunos heridos. Los defensores buscaron su salvación en la fuga, siendo acuchillados desapiadadamente por la caballería enemiga, mientras los infantes se entregaban a todo género de atrocidades en la población, la que después de haber quedado convertida en una balsa de sangre, fue dada por último al saqueo y además entregada a las llamas. Este rasgo digno de Atila ha sido disculpado por algunos escritores franceses con una desvergüenza que pasma, cual si la necesidad de ejercer un rigor saludable en los principios de una insurrección, pudiera nunca autorizar a los hombres de guerra a traspasar los límites de ese mismo rigor hasta convertirse en caníbales. La guerra como todas las cosas debe caminar con la época, y exceptuando el caso, a veces necesario por desgracia, de una represalia cruel, nada hay quesea bastante a legitimar en un siglo civilizado el incendio de las poblaciones. Los habitantes de Torquemada se habían declarado enemigos de los franceses, y aun cuando la causa hubiera sido injusta, tenían derecho a ser tratados como tales, no como incendiarios sujetos a la pena del talión. La experiencia acredita además el ningún efecto que a favor de sus autores producen semejantes atrocidades. La barbarie no corrige a los hombres, ni el escarmiento que con ella se pretende infundir se extiende apenas más lejos de lo que desde el lugar de la catástrofe abarca la vista. Bien pudo conocerlo el mismo Lasalle, notando el ningún arrepentimiento que en las demás provincias sublevadas ejercía el incendio en cuestión. Bien pudo conocer igualmente , no ya lo inútil del crimen sino lo perjudicial que les fue a los mismos que lo perpetraron. Torquemada era un punto importante para los franceses, a causa del puente que servía de paso al Pisuerga, y cuando no por humanidad, debieran por interés y utilidad propia haber ocupado la población, manteniéndola en pie. Al destruirla como lo hicieron, quedaron privados durante toda la lucha de los recursos y ventajas que su ocupación les habría procurado; y así es como nunca se ultrajan en vano las leyes de la naturaleza, de la humanidad y del decoro.

Hecha a toda su satisfacción aquella hazaña de vándalo, continuó Lasalle su ruta a Valladolid, entrando el 7 en Palencia, cuyos habitantes atemorizados habían en gran parte abandonado la población, dirigiéndose a León en tropel para aumentar con cuatro mil reclutas el número de los insurgentes en aquella provincia. De este modo escarmientan los hombres. El obispo de Palencia pidió gracia; y como el clero había contribuido a libertar del furor del pueblo a algunos franceses arrestados en los primeros momentos de la insurrección, el general enemigo oyó con clemencia las súplicas del prelado, absteniéndose de maltratar la ciudad y contentándose con imponerle una contribución, tras lo cual dispuso el desarme de todos los habitantes de la provincia. Lasalle se dirigió después a Dueñas, villa situada a seis leguas de Valladolid, más abajo de la confluencia de los ríos Carrion y Pisuerga. La división de Merle, que como hemos dicho había retrocedido de Reinosa con el fin de auxiliar el movimiento sobre Valladolid, reunióse a la de Lasalle en Dueñas el día 11 , ascendiendo en su virtud el total de las fuerzas enemigas a diez mil infantes, novecientos caballos y diez y ocho piezas de artillería.

Noticioso el general Cuesta de la aproximación de los franceses, determinó salirles al encuentro en Cabezón, villa situada a dos leguas de Valladolid y a la orilla izquierda del Pisuerga, así como Torquemada lo está a la derecha. Un buen puente que hay sobre el rio sirve de comunicación entre el pueblo y el convento de monjes Bernardos de Palamelos, proporcionando en la izquierda una posición excelente para la defensa , en razón a la elevación de la villa sobre la ribera opuesta. El general español debía haber cortado el puente, o por lo menos atrancarle como el instinto popular había hecho en Torquemada, y esperar el ataque del enemigo tomando posición en la orilla izquierda. Lejos de obrar en estos términos, hizo cabalmente todo lo contrario, colocando sus tropas en la orilla derecha, y dejando el puente a su espalda , imperdonable desatino, no ya en un general veterano, sino en un oficial principiante. Con tales disposiciones, la derrota era segura, aun cuando Cuesta hubiera tenido a sus órdenes los mejores soldados del mundo: ¿cuánto más componiéndose su tropa de gente allegadiza en la mayor parte, puesto que no eran sino unos seiscientos los militares de que disponía, siendo el resto cinco mil paisanos levantados de pronto, sin instrucción y mal armados, y con solo cuatro callones de los que se salvaron en Segovia? No acertando a achacar a ignorancia tan extraña conducta, la han algunos atribuido a venganza contra el paisanaje de Valladolid , por las razones que saben nuestros lectores. Sea de esto lo que quiera, difícilmente podrá darse disparate mayor que el que ora a propósito, ora por insensatez, cometió el D. Gregorio aquel día.

Convenidos en el plan de ataque los generales Lasalle y Merle, quedó el primero encargado de embestir a los españoles de frente, marchando por el camino real de Valladolid y cubriendo su izquierda con el monasterio, mientras el segundo debía dirigirse por su derecha hacia los pueblos de Cigales y Fuensaldaña, a fin de corlar a Cuesta el camino de León, si como hacían presumir sus disposiciones, tenía intención de verificar su retirada hacia aquella provincia. Las dos divisiones enemigas se pusieron en marcha a las seis de la mañana del 12, moviéndose cada cual en la dirección convenida. El general Lasalle despliega su caballería, y haciéndola avanzar en batalla por la llanura que está a la derecha del camino, divide la infantería en dos columnas, de las cuales camina una en derechura al puente, mientras la otra avanza a lo largo del Pisuerga, cubriéndose con el convento. Un puesto avanzado de cincuenta caballos españoles, apostado en la Venta de Trigueros, habíase visto desde un principio en precisión de replegarse, a la aproximación de las tropas francesas, por hallarse al descubierto y falto de apoyo en campo raso. Esta retirada en desurden introduce la inquietud en los demás, y sobre todo en el paisanaje; pero resiste sin embargo durante algún tiempo. Los franceses colocan en batería seis piezas que enfilan el puente. Sus fuegos certeros y bien dirigidos son contestados débilmente por nuestras cuatro piezas tan mal aviadas como flojamente servidas. El jefe de escuadrón Wattiez se pone entonces al frente de cincuenta caballos, y sostenido por un escuadrón, se prepara a caer sobre nuestras piezas. Viendo esto los paisanos, comienzan a desordenarse, y tras esto a pensar en la fuga. Cuesta da la señal de retirada, y pasa el puente en desorden al frente de la caballería, siguiendo después una parte de los demás que se hallaban situados a la orilla derecha del Pisuerga. Mientras estos y los caballos se agolpan y apretujan en el puente, se mantienen firmes un rato los estudiantes de Valladolid; pero ceden al fin como el resto, huyendo con el paisanaje en distintas direcciones , y siendo acuchillados los unos en su marcha a Cigales, mientras otros perecen ahogados en el rio al querer vadearlo. La confusión y el desorden reinan entretanto en el puente. Agolpada la muchedumbre en aquel estrecho desfiladero , se esfuerza vanamente en vencer los obstáculos que ella misma opone a su fuga. Veinte cazadores franceses de caballería, seguidos de la infantería , atraviesan la multitud , y apoderándose de los cuatro cañones, la acuchillan a toda su satisfacción. Los que habían pasado el puente retínense en las alturas que se hallan a la otra parte del pueblo , y procuran resistir todavía; pero todo es inútil. Nuestra caballería huye otra vez; quinientos o seiscientos paisanos son acuchillados de nuevo, y la derrota es completa. Cuesta con más sangre fría de la que era de esperar en trance tan crítico, prosigue sereno su retirada con la caballería, dirigiéndose a Rioseco y después a Benavente, pasando por Valladolid.

Tal fue nuestro desastre en Cabezón; tal la impericia o mala fe con que Cuesta manchó su nombre aquel día. Traición no podemos llamarla, porque á haberlo sido, hubiera aquel general abrazado desde luego el partido francés, y no lo abrazó.

El general Merle, que según el plan convenido había verificado su movimiento camino de Cigales, no hallando enemigos que combatir por la parte aquella, volvió a reunirse con Lasalle apenas oyó los primeros tiros, prosiguiendo ambos la persecución de los nuestros después de su derrota. Envanecidos los franceses al verse dueños de una posición que defendida de otro modo hubiera sido inexpugnable, creyeron cosa fácil la sumisión completa de toda España en pocos días ; pero no tenían presente que si habían alcanzado tan fácil victoria sobre gentes indisciplinadas y pésimamente dirigidas, el infortunio mismo debía serles una escuela excelente para aprender en lo sucesivo a gobernarse mejor. Las derrotas que asustan al cobarde , son el aprendizaje y la enseñanza del fuerte.

Los franceses después de su victoria se detuvieron algún tanto delante de Cabezón, no atreviéndose a entrar en el pueblo, temerosos de alguna emboscada. Tan excelente era aquella posición para la defensa, que ni aun el triunfo les inspiraba confianza para pasar adelante. Deseoso el enemigo de salir de su incertidumbre, asestó la artillería contra los edificios, haciendo huir a los vecinos desde los primeros disparos. Convencido entonces de lo infundado de su temor , penetró en la población al mediodía, entregándola al saco y quemando en las eras los efectos que no podía llevarse. La suerte de Cabezón fue por lo demás menos triste que la de Torquemada, pues los edificios, aunque saqueados, no fueron devorados por las llamas.

Entretanto reinaba la consternación en Valladolid. El general Lasalle antes de reunírsele Merle en Dueñas, había invitado a Cuesta a deponer las armas y reconocer la autoridad francesa, prometiendo tratar con clemencia a los habitantes si se le sometían desde luego. El pueblo confiado en sí mismo miró con desdén las ofertas del enemigo , y sus pliegos no recibieron contestación, siendo tal el enojo que aquella intimación produjo en Valladolid, que hubieran perecido sin duda los encargados de notificarla, a no haber elegido Lasalle para la entrega de sus cartas a dos eclesiásticos de Patencia. Sabida ahora la derrota de Cabezón, y habiendo visto pasar fugitivos con Cuesta los restos de aquella división en quien tanto confiaban pocas horas antes, trocóse la esperanza en temor, y el patriotismo transigió con la prudencia. Los generales franceses habían detenido sus tropas a una legua de Valladolid, a fin de evitar los excesos del soldado en el calor de la persecución. Bessières por su parte tes había encargado el buen tratamiento de la ciudad creyendo suficiente al escarmiento el ejemplo de Torquemada. Esta detención alentó al obispo, quien poniéndose al frente de algunos regidores y ministros de la cancillería , y siguiéndole algunos de los principales habitantes, salió a las cuatro de la tarde al encuentro del vencedor, ofreciéndote la sumisión de la capital. Los franceses entraron en esta una hora después , y emplearon los tres días de su permanencia en despojar el arsenal de los cañones, fusiles y municiones que había en él, y en desarmar a los habitantes, a los cuales se impuso una contribución bastante gravosa. Ya entonces se sabía en España la elección que el emperador había hecho en su hermano José para suceder a Fernando, como más detenidamente veremos en otro lugar. El ayuntamiento de Valladolid se vio obligado a enviar una diputación á Bayona, con objeto de felicitar al nuevo rey; y hasta el clero, transigiendo con la necesidad, celebró la noticia cantando el Te-Deum. Esto mismo se verificaba en todos los puntos de que los franceses se hallaban posesionados; pero el juramento de fidelidad al rey intruso, arrancado por la violencia, no era medida a propósito para calmar la insurrección. Las provincias libres sentían redoblada su furia, y los soldados que se hallaban a las órdenes del enemigo en las poblaciones ocupadas por él desertaban todos los días para unirse a las filas de los leales. El regimiento de Calatrava que guarnecía a Burgos iba mermando por momentos y Bessières se vio precisado a disolverlo, tomando otras medidas de policía y de gobierno que fueron insuficientes a cortar el mal. Los caminos eran cada vez más inseguros  y los soldados franceses que llevando órdenes transitaban por ellos, eran asesinados por el paisanaje de las aldeas y casas de campo.

Como la expedición de Santander no había sido retardada sino por causa de Valladolid, los franceses volvieron a su primer propósito desde el momento en que el orden quedó restablecido en esta ciudad. El mariscal Bessières comunicó sus órdenes para evacuarla, y los franceses salieron de Valladolid el 16 de junio, llevándose consigo cincuenta habitantes entre los más influyentes de la población, los cuales fueron conducidos a Burgos como rehenes. El general Lasalle tomó posición en Palencia con dos batallones, dos regimientos de caballería y cuatro cañones. Su encargo era cubrir a Burgos y observar las poblaciones de Benavente y Medina de Rioseco, a donde, según hemos dicho, se había retirado Cuesta después de su derrota en Cabezón. Lasalle debía igualmente estar en comunicación con Merle, encargado de marchar a Santander; y si el enemigo se presentaba, tenía urden de retirarse sin combatir.

El general Merle había salido de Valladolid un día antes que Lasalle, marchando con dirección a Reinosa, adonde llegó el 20 sin resistencia, con diez batallones, cien caballos y diez piezas de artillería. Mientras él verificaba su marcha, había el 16 salido de Miranda de Ebro el general de brigada Ducos con cuatro batallones y cincuenta caballos, caminando por Frías y Soncillo , y llegando el mismo día 20 al pie del puerto del Escudo.

Los españoles debían haber aprovechado la primer retirada del enemigo aumentando sus medios de defensa; pero ora fuese por no creer su vuelta tan pronto, ora por juzgar malamente que el arte no debía añadir nada a la naturaleza en aquellas posiciones, siguieron inactivos allí con toda la indolencia que inspira una ciega y fatal confianza. Merle aprovechó este descuido y la superioridad que sus diez mil hombres tan disciplinados como aguerridos le darían sobre los tres mil paisanos que mandaba Velarde en Lantueno. El enemigo dejó en Reinosa la mayor parte de su artillería guardada por dos batallones, y formando después dos columnas de tres batallones cada una, se dirigieron estas el 21 contra el punto defendido por Velarde trepando por las montañas de la izquierda y de la derecha, mientras el general marchaba por el camino real con dos batallones. Comenzado el choque, huyeron los nuestros a los primeros tiros, dejando en poder del enemigo dos piezas de diez y ocho, única artillería con que contaban en aquel punto. Algunos de los fugitivos se dirigieron a una segunda línea de defensa, formada entre Lasfraguas y Somahoz, donde la resistencia era fácil a causa de la angostura del camino real, abierto en la roca por espacio de un cuarto de legua. Un lado de este desfiladero está defendido por un monte cortado a pico, llamado por esta razón la Roca Tajada, y al otro tiene un precipicio en cuyo fondo corre el Besaya. Los españoles habían hecho el paso intransitable con una enorme tala de árboles, y lo enfilaban además con dos cañones de a cuatro; pero viendo por sus Bancos y espalda lo mucho que avanzaba el enemigo con sus columnas de izquierda y derecha, y desalentados con la derrota del día anterior, no osando esperar un ataque de frente, se retiraron con precipitación, mientras los franceses desembarazaban el paso, lanzando al despeñadero las armas y troncos que los detenían. Merle reunió sus tropas en Somahoz, llegando el mismo día a Torre-Lavega.

El general de brigada Ducos había por su parte atacado la fuerte posición del Escudo el día 20. Los paisanos en número de mil, mandados por el hijo de Velarde, tenían allí cuatro piezas de artillería, de las cuales no se hallaba en estado de servir sino solo una, y sin embargo resistieron al enemigo en el primer choque; pero habiendo llegado a su noticia la derrota de Lantueno, se retiraron ellos también el 21 a favor de una espesa niebla, quedando en consecuencia el Escudo en poder de Ducos. Avanzando este por Trambas Mestas, reunióse con Merle el 25, entrando los dos en Santander el mismo día, sin que por su parte ni por la nuestra se hubieran apenas derramado algunas golas de sangre.      

El obispo de Santander había creído fácil la resistencia a los franceses, y no bien supo su aproximación a los puntos defendidos por los dos Velardes, se armó de pies a cabeza, y montando en una mula, se dirigió confiado al campamento; pero viendo a los nuestros en derrota y sintiendo resfriado su ardor, buscó su salvación en la fuga, acogiéndose a Asturias con la junta y con el paisanaje derrotado.

Posesionados de Santander los franceses , gravaron a sus habitantes con varias imposiciones, sin que les sirviera de escudo contra la vejación la generosa conducta observada con el cónsul y demás franceses que en los primeros momentos de la insurrección habían sido arrestados, y a los cuales se dio libertad a los pocos días, poniéndolos a bordo de un buque francés que habiendo arribado a aquel puerto con un cargamento riquísimo procedente de América, tuvo la junta la delicadeza de dejarle seguir su viaje a Francia, en vez de aprovecharse de aquel recurso, como podía haberlo hecho.

El enemigo al entrar en Santander, halló en la población un destacamento inglés, que había llegado a aquel puerto dos días antes en el navío de guerra llamado el Cosaco, con el fin de clavar los cañones que defendían la entrada del puerto y volar algunos repuestos. La vanguardia francesa le obligó a reembarcarse, y el enemigo quedó posesionado tranquilamente de la ciudad y de toda la provincia. Allí, como en todas las partes de que era dueño, obligó a los habitantes a prestar el juramento de fidelidad a José, y aquellos moradores, lo mismo que lo habían hecho los de Valladolid, tuvieron que celebrar con un Te-Deum el yugo que se les imponía, enviando además a Bayona la diputación consabida para cumplimentar al intruso.

Tenemos, pues, a los franceses vencedores en Logroño y Segovia, vencedores en Torquemada y en Cabezón, vencedores en las montañas de Reinosa dueños y árbitros de las provincias de Santander y Valladolid, y sujeto a su órdenes casi en su totalidad el resto de Castilla la Vieja. ¿Durará su satisfacción mucho tiempo? Los insurgentes están en derrota ; pero la insurrección queda en pie.

 

 

 

CAPITULO VIII. DEFENSA DE ZARAGOZA.

Breve noticia de la ciudad de Zaragoza y de los antiguos fueros de Aragón — Actividad de Palafox para la organización del ejército y defender el reino y la capital — Medios de persuasión intentados inútilmente por Bonaparte y por Murat para hacer desistir a los zaragozanos de su heroica resolución — El general Lefebvre reciba orden de marchar sobre Zaragoza — El marqués de Lazán se dirige a su encuentro en Tudela — Combate en esta ciudad y ocupación de la misma por los franceses — Combate de Mallen — Acción de Gallur — Temeridad de los zaragozanos — Combate de Alagón — Estado crítico de la capital — Sale de esta el general Palafox — Embisten los franceses las puertas del Portillo, Carmen y Santa Engracia — Memorable defensa de los zaragozanos y derrota de Lefebvre.

 

 

 

 

JEAN BAPTISTE BESSIÈRES, MARISCAL, DUQUE DE ISTRIA

 

La fidelidad y la conciencia son grandes bazas en la carrera de la vida, y a ellas Jean Baptiste Bessières añadió una gran presencia de ánimo y un considerable ímpetu. No es de extrañar, pues, que, en una época en la que el desinterés y la fiabilidad brillaban por su ausencia entre los hombres públicos, su fuerza de carácter lo elevara por encima de los aventureros comunes y lo convirtiera en uno de los lugartenientes de mayor confianza de Napoleón.

El mariscal Bessières nació en Prayssac en 1768. Su padre, cirujano, educó a su hijo en su propia profesión. Pero el estallido de la Revolución abrió un campo más amplio al audaz joven gascón. A principios de 1792, Jean Baptiste abandonó Cahors y la profesión médica, y partió hacia París como miembro de la recién creada «guardia constitucional». Su fidelidad y su valor pronto se pusieron a prueba. Ayudó a la familia real en su huida a Varennes y, en consecuencia, tuvo que buscar refugio en el exilio. Pero la vida de soldado era para él como el aire que respiraba, y tres meses más tarde logró alistarse en el 22º Regimiento de Cazadores, un cuerpo que formaba parte del Ejército de los Pirineos. Allí, su valor y su capacidad le hicieron destacar. A los tres meses de alistarse fue ascendido a subteniente.

El año 1793 resultó desastroso para Francia. Se sucedieron las derrotas. Pero Jean Baptiste nunca se desesperó, y cuando el éxito sonrió por fin a las armas francesas, ya se había labrado una reputación como comandante de escuadrón audaz y capaz. Aun así, al igual que muchos otros soldados exitosos de la época, Bessières debía su rápido ascenso a su temprana amistad con el gran corso. Fue Murat quien llamó la atención de Napoleón sobre el futuro comandante de la Guardia Imperial, y Bonaparte, con su vista de lince, apreció de inmediato sus cualidades. Cuando el joven jefe formó su guardia de honor especial, llamada los Guías, lo colocó al frente de ella. El nuevo cuerpo estaba compuesto por las tropas más selectas y constituía el núcleo de la Guardia Imperial. A partir de entonces, Bessières se convirtió en el confidente y amigo inseparable de su jefe. Fue la inusual fidelidad que demostró hacia su amo y su constante atención al detalle, su conocimiento intuitivo de las necesidades de su comandante y su energía a la hora de llevar a cabo sus planes, más que un gran genio militar, lo que explicó el aprecio que el emperador sintió toda su vida por el comandante de sus «Guías».

En Lonato y Castiglione, Bessières demostró la acierto del juicio del joven corso. En Roveredo, irrumpió en el centro de la infantería austriaca y, junto con otros seis hombres, capturó dos de los cañones del enemigo. En la primera batalla de Rivoli, siguiendo las órdenes de su general, tendió una emboscada en el pantano situado a la izquierda austriaca, lo que resultó ser el factor decisivo de la batalla. Al año siguiente volvió a distinguirse en la segunda batalla de Rivoli y en el asedio de Mantua. Como recompensa por sus servicios, Bonaparte lo envió a París con los despachos oficiales y los estandartes arrebatados al enemigo, y al final de la campaña lo ascendió a coronel de pleno derecho; además, como muestra adicional de su confianza, lo nombró tutor e instructor de su hijastro, Eugenio. Bessières acompañó a Bonaparte a Oriente y sirvió a su lado en Egipto y Siria.

El comandante de los Guías formaba parte del selecto grupo de amigos que acompañó a Bonaparte en su regreso secreto a Francia, y en París ayudó a Murat, Lannes y Marmont a ganarse el apoyo del ejército, además de desempeñar un papel destacado en el golpe de Estado del 18 de Brumario. Inmediatamente después de convertirse en Primer Cónsul, Napoleón creó la Guardia Consular, compuesta por cuatro batallones de infantería y dos regimientos de caballería. Puso al frente de la infantería a Lannes y al frente de la caballería a Bessières. Con la caballería de la Guardia, Bessières participó en la famosa marcha a través de los Alpes y en la batalla de Marengo, que terminó en empate. Tan fiel como había demostrado ser en la guerra, demostró su lealtad en tiempos de paz al desenmascarar la conspiración del artista Caracchi, lo que le unió aún más al Primer Cónsul por lazos de gratitud. Alto, apuesto, de figura elegante y sonrisa encantadora, el comandante de la Guardia cautivaba a todo el mundo con su inteligencia y su porte distinguido, al que su adhesión a la coleta y a la pólvora de una época pasada confería un toque pícaro.

Rechazando el brillante partido que le proponía el Primer Cónsul, eligió como esposa a la señorita Lapezrière, una joven de familia monárquica. La pareja se casó ante un sacerdote que no había jurado lealtad al Estado laico y, lejos de provocar descontento, recibió grandes elogios, pues Bonaparte ya deseaba el Concordato con el Papa y veía en la novia una útil aliada para su proyecto. La señora Bessières tuvo un gran éxito social: era una de las favoritas de Napoleón y amiga íntima y confidente de Josefina; en todas partes era bien recibida por su belleza, su fuerza de carácter y el encanto de sus modales.

Durante el año de paz y los preparativos para la invasión de Inglaterra, Bessières acompañó al Primer Cónsul en todas sus numerosas expediciones. Hay que reconocer, en su honor, que protestó enérgicamente contra la ejecución, poco acertada, del duque de Enghien. Cuando el Primer Cónsul se convirtió en emperador, incorporó a su amigo al cuerpo de los nuevos mariscales, no por su genio militar, sino como recompensa por su fidelidad, 289 pues nadie sabía mejor que Napoleón hasta qué punto el nuevo mariscal carecía de muchos de los requisitos necesarios para ser un gran comandante.

En 1805, la caballería de la Guardia formaba parte del Gran Ejército, y su comandante, gracias a su hábil apoyo a Murat, contribuyó a la victoria en la batalla de Austerlitz. Durante el intervalo entre las campañas de Austria y Prusia, el mariscal se mantuvo muy ocupado en París reorganizando y ampliando la Guardia y, como de costumbre, mantuvo un estrecho contacto con el emperador. En la campaña de Prusia, Bessières tuvo su primera experiencia al frente de un mando independiente y se ganó un gran reconocimiento por sus magistrales maniobras en Polonia, donde, con una fuerza reducida, mantuvo al enemigo en completa ignorancia de los movimientos de los franceses y cubrió la conjunción de los distintos cuerpos del ejército.

Tras la paz de Tilsit, se le confió la delicada misión de negociar el matrimonio entre la princesa Carlota de Wurtemberg y el príncipe Jerónimo, el nuevo rey de Westfalia. Apenas había regresado a París cuando tuvo que partir de nuevo apresuradamente al servicio activo, esta vez hacia España. Fue justo una semana antes de la catástrofe de Bailén cuando el mariscal Bessières se enfrentó a un problema de suma gravedad. Las tropas españolas de Castilla la Vieja, al mando de Cuesta, se habían unido a las de Galicia, al mando de Blake, y amenazaban con arrollar a la débil fuerza de diez mil hombres con la que el mariscal intentaba sofocar la guerra de guerrillas en las provincias del norte. Bessières no había sido el confidente del gran emperador por nada, y enseguida se dio cuenta de que, a menos que tomara la iniciativa, su fuerza estaba condenada, pues el enemigo contaba con una superioridad abrumadora y cada día aumentaba sus efectivos. Sabía bien lo indisciplinadas que eran sus fuerzas, y decidió probar suerte con una acción por sorpresa. Todo salió tal y como él deseaba. El 14 de julio encontró a los ejércitos españoles apostados a las afueras de Medina del Río Seco, a unas pocas millas al este de Valladolid. Los españoles, sin saber si los franceses avanzaban desde Valladolid o desde Burgos, habían situado al ejército de Blake en la carretera de Valladolid y al de Cuesta en la de Burgos. De este modo, el mariscal pudo sorprender y derrotar a Blake, para luego dar media vuelta e infligir una derrota similar a Cuesta. Hasta entonces, sus disposiciones habían sido excelentes, pero, como dijo el general Foy: «Sabía organizar la victoria, pero no sabía sacarle partido», pues se vio paralizado por la magnitud de la guerra de guerrillas a la que se enfrentaba y, tras una breve pero sangrienta persecución, ordenó la retirada de sus tropas. Aun así, había logrado mucho; por el momento, había dispersado toda resistencia organizada en las provincias del norte y había abierto el camino a Madrid para el rey José.

Pero Bailén y Vimeiro demostraron que la guerra en la Península Ibérica aún se encontraba en su primera fase. José se vio obligado a evacuar Madrid apresuradamente y, a pesar de contar con doce mil soldados franceses bajo su mando, Bessières no pudo lograr nada. Los ejércitos españoles de Cuesta y Blake volvieron a tomar forma; y, al igual que los demás generales franceses, el mariscal tuvo que replegarse hasta la línea del Ebro. Tal era la situación en octubre cuando el propio emperador entró en escena. La situación cambió como por arte de magia al toque de una mano maestra. Las tropas francesas, desplegadas en un gran semicírculo a orillas del Ebro, se concentraron rápidamente. Blake y Cuesta fueron derrotados cada uno por una abrumadora combinación de los distintos ejércitos franceses. Mientras tanto, el Emperador, reconociendo las limitaciones de su fiel amigo, lo sustituyó por Soult, pero le confió el mando de la Guardia y de la caballería de reserva, bajo su propia supervisión inmediata, y lo llevó de vuelta a Francia cuando abandonó la persecución de los ingleses.

Napoleón deseaba llevarse a la Guardia consigo a la campaña de Austria y, como varios regimientos aún se encontraban en España, hubo que reclutar otros para ocupar su lugar. Estos regimientos fueron organizados íntegramente por Bessières y constituyeron el núcleo de lo que más tarde se denominó la Joven Guardia. La misión del mariscal durante la campaña de Austria de 1809 fue la misma que en España: el mando de la Guardia y de la caballería de reserva. Durante los famosos «Cinco Días de Combate», demostró una vez más que ninguna tropa de Europa podía resistir las cargas de la caballería pesada de la Guardia, y que él mismo dominaba la técnica de las tácticas de caballería casi tan bien como su famoso amigo e instructor, el rey de Nápoles. En Aspern y Essling, la caballería de la Guardia y la caballería de reserva se cubrieron de gloria con sus audaces cargas. Una y otra vez, al grito de «Vive l’Empereur», las resplandecientes masas de coraceros intentaron romper el férreo grupo de indomables húngaros que custodiaban las baterías austriacas. Cuando se rompieron los puentes y la retirada a la isla de Lobau era la única esperanza para el ejército, Bessières, con los restos de la caballería, castigó tan duramente al enemigo que la retirada se llevó a cabo con seguridad. En Wagram, cuando todo parecía perdido, Napoleón pidió a su viejo compañero que se sacrificara con su caballería. Mientras los coraceros de la Guardia pasaban al trote para lanzarse a su heroica misión, el Emperador, blandiendo su espada, gritó: «¡No cortéis con la espada! ¡Apuntad, apuntad!». Se ganó el tiempo necesario y el valiente mariscal resultó herido. Pero al final del día, cuando los soldados de caballería, tras su gran esfuerzo, ya no pudieron hacer frente a las filas intactas de los austriacos que se retiraban lentamente, Napoleón, contrariado por su fracaso, recibió a su caballería y a su comandante con reproches: «¿Se ha visto alguna vez algo así? ¡Ni prisioneros ni cañones! Este día no dará ningún resultado».

El mal humor del Emperador fue solo temporal. Cuando sus lugartenientes de mayor confianza se quejaban y anhelaban la paz para disfrutar del botín que habían acumulado en la guerra, cuando Bernadotte y Fouché se oponían abiertamente a él, Napoleón no podía permitirse el lujo de hacer caso omiso de su amigo más fiel. Por consiguiente, inmediatamente después de Wagram, envió al recién nombrado duque de Istria a Bélgica para que asumiera el mando de las tropas francesas que se oponían a la desdichada expedición inglesa a la isla de Walcheren. Cuando el mariscal regresó de Bélgica a París, se encontró con que el emperador había hecho todos los preparativos para el divorcio de Josefina y para su segundo matrimonio. Bessières se vio en una situación muy incómoda. El príncipe Eugenio era su mejor amigo. Josefina siempre había sido muy amable con él y con la duquesa, pero no podía ayudarlos en absoluto y, para empeorar las cosas, el emperador insistió en ir a quedarse con él en su casa de campo de Grignon.

Mientras tanto, la guerra en España estaba empañando muchas grandes reputaciones. Se necesitaban refuerzos con urgencia, por lo que el Emperador decidió que su Joven Guardia recibiera su bautismo de fuego en España. En consecuencia, a principios de 1811 los envió con Bessière, su comandante, para actuar en las líneas de comunicación del norte. El fracaso de los franceses se debió claramente a dos causas. No había ningún comandante en jefe sobre el terreno —el emperador se encontraba en París— y no había ningún otro mariscal al que todos los demás obedecieran. En segundo lugar, había una gran falta de concentración; como escribió Bessières a Berthier: «Todo el mundo es consciente del sistema defectuoso de nuestras operaciones, todos ven que estamos demasiado dispersos. Ocupamos un territorio demasiado extenso: agotamos nuestros recursos sin beneficio alguno y sin necesidad; nos aferramos a quimeras. Deberíamos concentrar nuestras fuerzas; mantener ciertos puntos de apoyo para la protección de nuestros almacenes y hospitales, y considerar dos tercios de España como un vasto campo de batalla, que una sola victoria puede asegurarnos o arrebatarnos». Por desgracia, el mariscal era humano, como sus compañeros, y en lugar de respaldar lealmente a Massena, llegó a una ruptura abierta con él por la cuestión de los suministros, y con su inacción en Fuentes de Oñoro provocó que los franceses perdieran aquella batalla. Aunque se disculpó ante Napoleón y consiguió que se destituyera al príncipe de Essling, en opinión del duque de Wellington fue la negativa de Bessière a prestar ayuda a Massena la única responsable de la derrota francesa. Además, por muy acertadas que fueran sus opiniones sobre el método de llevar a cabo la guerra, carecía de la personalidad necesaria para imponerlas a los demás o de la dedicación para ponerlas en práctica, y dedicaba todo su tiempo a intentar hacer frente a la guerra de guerrillas. Sus métodos eran bruscos y bárbaros, y se volvieron en contra de los franceses, pues vengaba las fechorías de los guerrilleros sobre sus familias y mujeres, y castigaba con ejecuciones militares a cualquier pueblo que no cumpliera con sus onerosas requisiciones. Así pues, los españoles respondieron con la venganza, el arma de los débiles, esa «justicia salvaje». Los errores del mariscal se vieron truncados por su llamada a París a principios de 1812 para reorganizar la Guardia antes de la campaña de Rusia.

El duque de Istria acompañó al emperador al frente. Su participación individual se vio limitada por el hecho de que el rey de Nápoles se encontraba con el ejército. Pero durante la retirada encabezó la vanguardia y prestó un gran servicio al restablecer el orden entre las tropas desanimadas.

A principios de 1813 fue llamado de vuelta desde Ebling para reorganizar la Guardia y la caballería de reserva. La tarea puso a prueba hasta el límite la gran capacidad administrativa del mariscal, pues no solo se planteaba la cuestión de los hombres y el equipamiento, sino que, sobre todo, se enfrentaba a la dificultad de proporcionar caballos de recambio. A pesar de todos sus esfuerzos, resultó imposible encontrar un número ni remotamente suficiente de caballos para la caballería, ya que primero había que abastecer a la artillería.

La participación del mariscal en la campaña fue breve. En Lutzen, en vísperas del primer enfrentamiento, se encontraba muy abatido y poseído por un presentimiento de muerte, que resultó ser demasiado cierto, pues apenas había comenzado la batalla cuando fue alcanzado por una bala que le infligió una herida mortal.

El duque de Istria siempre ha figurado entre los mariscales menos conocidos. La razón es evidente. Como comandante de la caballería de la Guardia y organizador de la Joven Guardia, su mayor labor la realizó en la oficina de París, disciplinando, organizando, equipando y supervisando el adiestramiento de estas tropas de élite. Sus mayores dotes residían en la administración. Como líder de caballería en el campo de batalla, se vio eclipsado por el brillante y más llamativo rey de Nápoles. No obstante, como subordinado poseía algunas cualidades excelentes, como lo demuestran sus acciones durante los Cinco Grandes Días y la feroz batalla de Aspern-Essling. Como comandante independiente fue un fracaso. Una y otra vez, su valor moral parecía abandonarle en el momento crítico. En España, en Medina del Río Seco, en Burgos y en Fuentes d’Honoro, no fue capaz de armarse de valor para asumir la responsabilidad de poner todo su peso en la acción. Al igual que muchos otros generales, era competente, pero fue incapaz de estar a la altura de esos grandes comandantes que saben intuitivamente cuándo jugárselo todo. En consecuencia, aunque sin duda poseía un auténtico ojo militar —como demuestran la magnífica forma en que cubrió la unión de los cuerpos franceses a lo largo del Vístula y su despacho, redactado con claridad, sobre los errores de la guerra en España—, su reputación militar siempre se resintió cuando no tenía a su gran jefe cerca para reforzar su determinación. Napoleón conocía muy bien su debilidad, y los reproches que le lanzó en Wagram no carecían del todo de fundamento. Aun así, el Emperador era consciente de que los consejos de Bussières siempre eran valiosos, debido a su claridad de visión y a su absoluta falta de sesgos y prejuicios, y, aunque pasaba por alto su falta de valor moral, siempre le escuchaba con atención. El ejército creía que fue su frenética súplica —«Señor, estáis a setecientas leguas de París»— lo que disuadió al emperador en Moskowa de lanzar a la Guardia a la acción, permitiendo así que los rusos escaparan de la aniquilación total. Como persona, el mariscal era querido y respetado por todos por su desinterés absoluto y su franqueza. Sus tropas lo adoraban, y poseía las cualidades que le permitían triunfar en la difícil tarea de imponer una disciplina de hierro en la Guardia. A él se debía que, en la Guardia Imperial, no existiera esa anarquía que convertía a los pretorianos de Roma en un peligro para el Imperio. Cuando no se veía abrumado por la responsabilidad, el mariscal era de un corazón extremadamente tierno. En Moscú fue el primero en salvar de las llamas a los desdichados habitantes; durante el horror de la retirada, regresó solo a toda prisa a un campamento abandonado al oír los llantos de un bebé. Pero cuando se asustaba podía llegar a ser la crueldad personificada, como lo demuestran sus terribles decretos contra las guerrillas españolas. Sin embargo, incluso en España se apreciaba su justicia, y en más de un pueblo de Castilla, al conocerse la noticia de su muerte, se celebraron misas por su alma. Aunque carecía del mayor valor moral, su valentía física quedó demostrada en más de un campo de batalla, desde Valladolid hasta Varsovia. En Santa Elena, el gran emperador dedicó a su amigo un noble epitafio: «Murió como Turenne». —«Vivió como Bayard, murió como Turenne».