![]() |
![]() |
![]() |
GUERRA DE
LA INDEPENDENCIA.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑACAPITULO
XX.
ZARAGOZA SITIADA Y RENDIDA
Después
de la batalla de Tudela habíanse encerrado en
Zaragoza el ejército de Aragón y los dispersos de los de Andalucía y Valencia.
Estas fuerzas, unidas a las que ya existían en la ciudad, componían un total de
28 a 50,000 hombres, de los cuales era gente bisoña muy cerca de las dos
terceras partes. Ocho o diez mil vecinos armados, probados en los combates del
primer sitio, eran un nuevo conjunto de guerreros, tan temibles a las
huestes francesas como el mejor organizado ejército. Zaragoza asustaba con su
nombre a los vencedores del mundo; pero aún no sabían el brío, el sobrenatural
heroísmo de que era capaz aquel pueblo.
Palafox
conoció a no dudar que las águilas del imperio tardarían muy poco en mostrarse
delante de la brava Zaragoza. La lección recibida por las huestes francesas en
el primer asedio había sido demasiado dura, para que no trataran de vengar por
todos los medios posibles tan vilipendioso desaire. El número de fuerzas
sitiadoras y demás medios de vencer al pueblo que estaba confiado a su defensa,
iban a triplicarse muy en breve. Palafox y ese pueblo sabían que su obligación
era ser tres veces más heroicos y grandes que acaban de serlo anteriormente,
cuando la imaginación no concebía que se pudiera dar un más allá en
hechos de grandeza y heroísmo.
Zaragoza
era débil en junio bajo el punto de vista en que el arte considera las plazas
militares: débil era también en diciembre bajo el mismo punto de
vista, porque el arte no puede hacer milagros sin ciertas condiciones
naturales. Palafox encargó a San Genis la fortificación provisional que el
tiempo y el apuro consentían. El castillo de la Aljafería quedó recompuesto
algún tanto, asegurando su comunicación con la plaza por medio de una
doble caponera; y desde el Portillo hasta Sancho levantáronse baterías y otras obras construidas de prisa. Un terraplén revestido de piedra
con un foso de quince pies de profundidad defendía la ciudad desde el
convento de Capuchinos descalzos hasta el puente del Huerva, constituyendo parte
del tal terraplén tanto el expresado convento como el de
Capuchinos calzados, formando dos a modo de baluartes que flanqueaban esa
larga línea. El puente del Huerva tenía un reducto con foso, defendida su contra-escarpa por varias galerías de minas, extendiéndose
desde allí un doble atrincheramiento hasta el convento de Santa Engracia, cuyas
ruinas se habían reparado, convirtiéndole en ciudadela a su modo. Varias obras
y baterías continuaban defendiendo a la ciudad desde Santa Engracia hasta
el Ebro, sirviéndole también de protección, aunque no muy notable en verdad, el
entonces menguado rio Huerva, no menos que el convento de San José,
situado a su orilla derecha más abajo de la Puerta Quemada; convento que
hacía las veces de cabeza de puente, y que bastante bien fortificado, protegía
las salidas de los defensores allende el mencionado riachuelo. En la
colina de Monte Torrero, punto bastante lejano de la plaza para ser
susceptible de defensa, habíase levantado un atrincheramiento, cuyo frente
estaba cubierto por el canal imperial, existiendo sobre este una cabeza de
puente con inclusas a la parte del camino de Madrid. Esto por lo que toca a
la derecha de la siempre heroica ciudad.
El
arrabal, situado a la izquierda, estaba defendido por varios reductos
guarnecidos de cañones, tras los cuales aparecían los edificios aspillerados,
con baterías y cortaduras en las calles. En el interior de la plaza lodos los
edificios principales, junto con sus numerosos conventos, eran otros tantos
baluartes; y sus calles, corladas también, ofrecían un aspecto imponente. Las
casas se comunicaban unas con otras por boquerones hechos al efecto. Las
puertas y ventanas cerradas ponían los techos domésticos al abrigo de un golpe
de mano, no dando más entrada a la luz que la que consentían las troneras,
ventanas destinadas al fusil, que era lo que más importaba. La tapia que
circuye la ciudad estaba aspillerada también. Débiles medios todos, harto
débiles para llevar la resistencia a cabo, a faltar el valor sobrehumano que a
los zaragozanos asistía.
Los
árboles que en el primer sitio había perdonado la segur, desaparecieron ahora
del todo con las torres o casas de campo que podían favorecer
los ataques del enemigo. Las provisiones eran numerosas, y hasta puede decirse
abundantes, en los más necesarios artículos. Unas setenta piezas de cañón
estaban preparadas a jugar, siendo una mitad solamente las de 16 para
arriba. Los morteros sirvieron de muy poco, por carecer de proyectiles
huecos. Pólvora almacenada no la había sino en cantidad muy escasa,
prefiriéndolos habitantes fabricarla diariamente a ver repetido
el estrago que produjo en el primer sitio la explosión que dejamos referida en
su correspondiente lugar.
Las
miradas de los españoles estaban fijas sobre Zaragoza: sus recientes
gloriosísimos hechos la habían convertido en objeto de la expectación general.
Los
franceses la miraban también, y según indicaban las muestras, era con asombro y
terror. Sus preparativos de guerra revelaban más bien el proyecto de conquistar
alguna monarquía, que no el de apoderarse seriamente de un pueblo que a los
ojos de la ciencia no debía pensar sino en ceder una vez cercado que
fuese por los vencedores del mundo.
Derrotados
los nuestros en Tudela, dirijióse a Alagón el tercer
cuerpo del ejército de Napoleón a las órdenes de Moncey, haciendo alto en
aquella villa mientras le llegaban los refuerzos que necesitaba para proceder
al asedio de la capital de Aragón. Temiendo el general enemigo la escasez que
le había de padecer en materia de subsistencias si no las reunía en
abundancia antes de dar comienzo a su empresa, estableció también en Alagón
inmensos acopios de víveres, situando allí igualmente los hospitales del
ejército. En tanto, deseoso de saber hasta qué punto estaban prevenidos
los zaragozanos, dispuso que una parte de sus tropas atacase el 1° de diciembre
los apostaderos de la Casa Blanca y algunos otros puntos inmediatos. Los
nuestros, conducidos por Saint-March, segundo de Palafox, desalojaron a los
enemigos, y estos retrogradaron a Alagón, desistiendo de nuevas tentativas
hasta que mayores en número estuviesen más seguros del éxito. Este respiro fue
útil a los zaragozanos, los cuales aprovecharon la tregua, fortificando
la población en los términos que arriba se han dicho.
Los
franceses por su parte aprovecharon con igual calor el forzoso retardo de su
marcha. Los generales Dedon y Lacoste, nombrado el primero jefe de la
artillería del sitio, y de los ingenieros el segundo, reunieron con rara
actividad todo lo necesario a la empresa, haciendo consistir el material
del ejército sitiador en 20,000 útiles, 4 00,000 sacos a tierra , 4,000 gabiones, 14,000 faginas, 60 piezas de sitio y un equipaje
de puentes. Reunidas después al tercer cuerpo del ejército francés las dos
divisiones que formaban el cuerpo del mariscal Mortier, ascendió por de
pronto el total de las fuerzas enemigas a muy cerca de 40,000 hombres, número más
que bastante para embestir a Zaragoza en las dos orillas del Ebro, y para
comenzar los trabajos tan pronto como el francés se apoderase de los puestos
avanzados de la plaza. Ambos cuerpos salieron de Alagón el dia 20 de diciembre
jasando el Ebro frente a Tauste la división de Gazán,
y llegando por la tarde a Zuera y Villanueva, al mismo tiempo que la
división de Suchet tomaba posición en la orilla derecha del Ebro, a una legua
de Zaragoza, haciendo retirar a los nuestros de los puntos avanzados que
ocupaban. Moncey por su parte, conduciendo a los de su cuerpo por la
orilla derecha del canal, situó una de sus tres divisiones en una llanura
frente a las esclusas a la parte izquierda del Huerva, tomando posición
las otras dos en sitios ventajosos a la derecha de este mismo rio.
En esta
disposición, dispuso Moncey en la noche del 20 al 21 la construcción de una
batería en una altura que dominaba la posición de los nuestros en
Monte Torrero, del cual, como que en poseerlo consistía por de pronto la
primera necesidad del enemigo, deseaba este hacerse dueño. Atacados en la
mañana del 21 los puestos de la Casa Blanca con enérgica resolución,
fueron de ella desalojados los nuestros, aunque no sin salvar la
artillería. Buena Vista fue tomado también, merced a la superioridad de las
fuerzas enemigas y a la desgracia de haberse volado, con la explosión de
una granada, nuestro repuesto de municiones. Al mismo tiempo era forzado
por la caballería francesa el puente que cruza el canal, siendo ya
con esto imposible tratar de sostenernos en Torrero. El general
Saint-March, encargado de su defensa, hubo por lo tanto de retirarse con los
6,000 hombres que aproximadamente mandaba en aquel interesantísimo punto,
y se replegó a Zaragoza. ¿ Cómo obrar de otra manera, siendo cerca de 50,000
hombres los que venían a caer sobre él, o amenazaban envolverle en la orilla
derecha del Ebro?
Grave fue
y de terribles consecuencias para Zaragoza la ocupación de aquella altura; pero
aun lo hubiera sido más de haber los franceses podido atacar simultáneamente el
arrabal en la orilla opuesta. Afortunadamente la embestida se verificó por la
tarde, pudiendo los defensores acudir al sostén de aquel punto con más
desembarazo del que hubiera sido realizable por la mañana, distraída
su atención por ambos lados. La batalla no obstante fue terrible , y tal
que se cuentan muy pocas susceptibles de entrar en parangón con aquella
sangrienta jornada. Débiles eran nuestras baterías ante la temeridad
sobrehumana con que las atacó el enemigo en número de 45,000 hombres, al
mando del general Gazán; y sin embargo se
estrelló ante ellas, dejando 5,000 muertos en el campo. El coronel D.
Manuel de Velasco fue en aquella tarde gloriosa el que más consiguió
distinguirse con su serenidad y su valor, con su inteligencia y su genio,
siendo promovido por Palafox al empleo de brigadier en el mismo lugar que fue
teatro de su marcialidad y su denuedo. El héroe, rodeado de héroes,
premiaba los esfuerzos del héroe ante el campamento enemigo, de héroes
compuesto también.
A pesar
de la rota terrible sufrida en el arrabal por las falanges francesas, el mariscal
Moncey creyó del caso escribir a Palafox el dia siguiente, proponiéndole
capitulación, para evitar, a ejemplo de Madrid, las calamidades de un sitio y
la ruina total de la ciudad. La respuesta del caudillo aragonés, llena de
dignidad y entereza , de heroísmo y patriótica arrogancia, convenció al enemigo
de lo inútil que era esperar de las negociaciones lo que solo a fuerza de
sangre, de perseverancia y de brío le había de ser dado conseguir; y así
determinó proceder al más rigoroso bloqueo. El general Gazán tenía concluido el del arrabal el dia 25. Una de sus brigadas se extendía a
la derecha del camino de Zuera, mientras la otra, a la izquierda, ocupaba con
dos batallones el puente de Gallego en el camino de Barcelona; y como la
naturaleza del terreno permitía al enemigo por aquella parte cubrir su frente
con inundaciones, púsose con esto al abrigo de las
salidas de los sitiados.
En la
orilla opuesta del Ebro ocupó Suchet con su división el espacio comprendido
entre la parte superior del rio y la llanura que termina el Huerva, situándose
en esta con la suya el general Morlot, mientras el general de artillería Dedon
se ocupaba en construir un puente de barcas en dicha parle superior del Ebro.
La división Meusnier acampaba en las alturas de Torrero, y el resto de la
línea de circunvalación hasta la parte inferior del Ebro la formaba la
división Grandjean, enlazando su derecha con los puestos que el general Gazán ocupaba en la orilla izquierda.
De este
modo quedaban la ciudad y el arrabal como herméticamente cerrados por aquellas
inmensas falanges.
Palafox,
previendo este caso, había hecho salir en la noche del 21 a su hermano D.
Francisco, Ebro ahajo, a fin de impulsar el armamento general de los
pueblos de Aragón para la defensa común, trayendo a la capital los
auxilios que le fuera posible, auxilios que, como veremos después, no pudieron
verificarse. Otra de las medidas que debieron haberse adoptado con la
anticipación conveniente, era disminuir la guarnición, más numerosa de lo
necesario para defender la ciudad , y obstáculo perenne al desembarazo de
las operaciones, no menos que a la salubridad y a la conservación de
subsistencias durante las angustias del sitio. Cuando empezó a tocarse el
inconveniente de hacinar tantos individuos en recinto incapaz de contenerlos,
no tenía remedio ya el mal, por estar la ciudad circunvalada en los términos
que hemos dicho; y así fue como en vez de ser un lauro para las falanges francesas
tenérselas que haber con un pueblo donde tanto abundaban los
hombres, debieron por el contrario a esa misma circunstancia lo más
importante del éxito, siendo bien sabido y notorio que no fue el esfuerzo
francés, sino la epidemia y el hambre los que decidieron la toma de
aquella ciudad sin segunda; hambre que vino antes por ser tantos los que
necesitaban comer; epidemia que fue consecuencia del excesivo número de gentes
que la convidaban al pasto, hasta que casi le faltaron víctimas en que
ejercitar su avidez.
Verificada
la circunvalación, propuso Lacoste a Moncey un plan general de embestida,
reducido a dar tres ataques, uno contra la Aljafería, sin más objeto que tener
en alarma a los nuestros por aquel lado, que era el más fuerte de la
plaza; otro contra el reducto del Pilar junto al puente del Huerva, frente
a la puerta de Santa Engracia; y otro contra el convento fortificado de
San José, que era el punto más débil, y que por su situación ofrecía a los
franceses oportunidad de enlazar su ataque con el del arrabal, si el
general encargado de los trabajos a la orilla izquierda del Ebro era afortunado
en su empresa. Moncey aprobó el plan propuesto, y hallándose todo en
disposición de proceder a abrir las paralelas y trincheras, comenzaron los
trabajos para ello en la noche del 29 al 30 de diciembre. Los sitiados
procuraron embarazar los trabajos del enemigo con audaces y repetidas salidas
sostenidas por el fuego de la plaza, mereciendo entre ellas particular
mención la del 31 de diciembre, así como la del 25 del mismo mes por la
parte del arrabal, en la cual consiguieron los nuestros, acaudillados por
Don Juan O-Neylle, segundo de Palafox, desalojar
a los franceses del soto nominado de Mezquita; pero nada se pudo
conseguir. El enemigo concluyó sus obras en toda la extensión de la línea
la tarde del 9 de enero, quedando montada su artillería y en disposición de
romper el fuego contra los fuertes y la ciudad. En el intervalo de tiempo
transcurrido durante aquellos trabajos, fue Moncey reemplazado por Junot,
que tomó el mando en jefe. Morlier partió para
Calatayud con la división de Suchet, a fin de tener expedita la
comunicación con Madrid, y este incidente disminuyó de 9000 hombres las
fuerzas de los sitiadores, aunque fueron reemplazadas muy pronto con las tropas
que continuaban viniendo de Navarra.
El 10 de
enero, a las seis y media de la mañana, dio principio el terrible bombardeo,
batiendo los franceses la ciudad con más de 100 piezas de grueso calibre.
A la misma hora rompió el fuego contra el reducto del Pilar y convento de
San José, obrando sobre este dos baterías de ocho cañones y obuses, otra
batería de brecha con cuatro piezas de 24, y otra de 4 morteros; mientras
aquel se veía combatido por otras cuatro baterías, en las cuales jugaban 4
piezas de 24, 4 morteros, 5 piezas de 12 y 5 obuses. Artillería más que
suficiente para pulverizar ambos puntos, el de San José sobre todo,
edificio compuesto de paredes debilísimas, sin muro terraplenado a su espalda.
Heroica fue no obstante la defensa, y tal que se cuentan muy pocas, en los
fastos militares, que le puedan ser comparadas.
Mandaba
en San José Renovales, aquel bravo de quien tan señalada mención hemos hecho
hablando del primer sitio. Los Guardias españolas y walonas,
el regimiento de Suizos de Aragón, el de cazadores de Valencia, el batallón de
voluntarios de Huesca y los milicianos de Soria hicieron aquel dia prodigios; ¿mas de qué servía el valor en posición de suyo
insostenible? A las doce del dia estaba ya abierta la brecha, y del todo
echado por tierra nuestro frente de la izquierda; y sin embargo, y a pesar
de escudarse el enemigo con las ruinas, seguían aquellos valientes cubriéndose
de gloria en los escombros. A la una y media de la tarde estaba derribada del
todo nuestra cortina de la izquierda, y a las cuatro no había ya en pie
una sola de nuestras baterías. La mortandad de los españoles era horrible
en aquella sazón, puesto que los artilleros tenían que hacer sus disparos a
pecho descubierto. Renovales los hizo retirar, esperando poder recomponer las
baterías por la noche, reduciéndose entretanto a contener al enemigo con
solo la fusilería. Los franceses a media noche trataron de ocupar el
convento; pero no lo pudieron conseguir, viéndose precisados a cubrirse en sus
trincheras después de dos horas de fuego. Renovales en tanto conoció que
era ya absolutamente imposible recomponer sus baterías, aprovechó las
sombras de la noche para retirar los cañones, quedándose con solo un obús y dos
piezas. Roto de nuevo el fuego al amanecer del dia 11 , quedó en
breve arrasado enteramente cuanto del edificio quedaba ; y los nuestros
siguieron no obstante defendiéndose con tenacidad hasta más de las cuatro
de la tarde, a cuya hora fue preciso abandonar del todo el reducto,
después de retirar sus efectos, entre ellos 300 balas, bombas y granadas de las
que el francés había lanzado y no habían podido reventar. En el asalto ,
verificado por los franceses con la solemnidad que se emplea para tomar las
plazas de primer orden, perdimos 100 prisioneros, que no pudieron retirarse a
la ciudad en sazón oportuna.
La
defensa del reducto del Pilar rayó en portentosa también. Componíase esta obra de cuatro frentes, de los cuales no estaba flanqueado el
perpendicular al camino que conduce a Monte Torrero. Su foso, hecho a pico, tenía
diez pies de profundidad, y el ámbito total del reducto era de unas cincuenta
toesas. Las cuatro haterías francesas que enfilaban y batían este punto
por sus cuatro costados, no distaban de él sino 40 toesas la que más, y
bien puede inferirse con esto lo espantoso y terrible que sería el fuego que
lanzaban sobre él los diez y seis entre cañones y obuses, destinados a echarlo
por tierra. «Jamás, dice un testigo presencial, el coronel D. Fernando Marín,
se había visto tan impetuoso y formidable ataque, ni espectáculo más horroroso
que el que presentaba este lugar de carnicería y desolación , ni nunca la
historia militar de las grandes edades había dado ejemplos más sublimes y
grandiosos de valor, intrepidez y heroísmo, que los que se repitieron en
aquel mortífero recinto... Desde el primer dia de aquel fuego volcánico (10 de
enero) la mayor parte de la artillería del reducto quedó desmontada, las
cureñas inservibles, los merlones deshechos, el foso cegado en gran
parte, desmoronados los parapetos, y con 18 toesas de brecha abierta, las
6 practicables. Las ruinas y el ramaje cortado por la bala rasa y las granadas
de los árboles inmediatos, las astillas, los escombros y los miembros de la
multitud de cadáveres diseminados por todo el centro del fuerte, obstruían las
comunicaciones y entorpecían los movimientos: balsas de sangre cubrían la
superficie... Al dia siguiente, luego que amaneció, redobló el enemigo con más
tesón el fuego devorador de todas sus baterías contra el reducto. Una granada
enfiló en la banqueta del parapeto a once soldados del segundo batallón de
Voluntarios de Aragón, que guarnecían el lienzo derecho, a quienes
destrozó haciéndolos pedazos. La bala de cañón, las granadas de mano, la
metralla y la fusilería enemiga arrasaban y destruían cuanto se les oponía: de
nada servían los débiles muros del reducto: todo se venía a tierra; y ya
no había más defensa que los desnudos y robustos pechos de los defensores.
Cinco veces repitieron los enemigos el asalto, y otras tantas
fueron rechazados y arrojados con gran pérdida. Se contaban de 45 a 20
oficiales entre heridos y muertos, y todo el ámbito del fuerte lleno de
cadáveres hacinados. Se hicieron prodigios de valor, y la inexorable parca
parecía haber fijado allí su imperio... El ardor y entusiasmo de los bravos
defensores del reducto los condujo en aquella terrible tarde hasta el extremo
de desafiar y escarnecer al enemigo provocándole con bandera roja, que se
enarboló sobre el parapeto de su frente; siendo imponderable el valor y firmeza
con que sostuvieron y repelieron los redoblados ataques de las columnas
enemigas, y la impávida serenidad con que despreciando su vivísimo fuego las
obligaron a huir desalentadas y con una pérdida inmensa, por las repetidas y
bien acertadas cargas de nuestras valientes tropas, que como leones se
arrojaban sobre aquellos formidables veteranos que acababan de poner a sus
plantas las primeras potencias de Europa, y habían sido tenidos hasta
entonces por invencibles.
Aprovechándose
el capitán general de la especie de estupor y desaliento que parecía advertirse
en las tropas enemigas que combatieron sobre el reducto, escarmentadas por la
firmeza de las nuestras y la considerable pérdida que aquellas tuvieron,
dispuso una salida con el fin de clavar algunas de sus baterías y destruir
sus obras más inmediatas. A media noche se emprendió esta arriesgada
operación, confiándola al valiente coronel de ingenieros Simonó,
al teniente coronel Marín y otros jefes, quienes la dirigieron y
completaron con el mejor suceso. Cuantos franceses había en la primera, y
aun en parte de la segunda paralela, todos fueron sacrificados. Se destruyó
cuanto se encontró: se inutilizaron sus obras: se arrasaron sus dos principales
baterías, y se clavó su artillería. La alarma y el espanto se difundió en el
campo enemigo, que huía presuroso sin saber dónde en medio de las sombras
de la noche. Todo su ejército se puso sobre las armas; y vuelto en sí,
y sosegado del primer acceso de sorpresa y de terror, se dirigió en
gruesas columnas hacia el paraje de la escena; pero ya no halló a los
causantes de los estragos que veían con susto y admiración, pues habiendo
llenado el objeto de su expedición, se retiraron a la línea y al reducto,
satisfechos del feliz éxito de tan arriesgada empresa, sin haber experimentado
considerable pérdida.
El
enemigo puso muy pronto corrientes las obras demolidas, y restableció sus
baterías aumentándolas con algunas piezas, continuando los ataques contra el
mismo reducto con igual furor en los días sucesivos. No había en él blindajes,
espaldones ni otro resguardo donde poderse cubrir la tropa, y sortear la
multitud de bombas y granadas que diluviaban sobre el mismo. Dos pequeños
paredones paralelos que se habían construido con aquel intento en su
centro con sacos a tierra, estaban a medio hacer, y servían más de
incomodidad y de estorbo, que de refugio y abrigo.
El
enemigo no perdía tiro: su voraz e incesante fuego hacia estragos horribles, y
eran inmoladas impunemente centenares de víctimas, dignas por cierto de
mejor suerte.
Obstinada
la tropa y oficialidad en defender un punto que, por decirlo así, ya no existía,
y que no ofrecía a la vista más que un montón de ruinas y de cadáveres,
siguió adelante por algunos días tan heroico empeño; pero ya fue imposible
absolutamente sostenerse por más tiempo en aquel sitio desolado, cubierto
de escombros, enteramente arrasado y circuido por las trincheras y obras
enemigas, que solo distaban el espacio del foso intermedio, ya cegado. Sin
embargo, fue preciso que el general en jefe repitiese sus órdenes para que
se abandonase, y no se derramase inútilmente más sangre. Los pocos oficiales y
soldados que sobrevivieron a tan sangrienta escena, llenos de heridas y
oprimidos de lasitud y de fatiga, dejaron por fin entre ocho y nueve de la
noche del dia 15 aquel destrozado e indefenso suelo, en que la constancia
y el heroísmo habían combatido por tanto tiempo contra las
soberbias aguerridas huestes del tirano, que a pesar de su excesiva
superioridad nunca pudo rendirlo ni establecerse en él hasta su total
abandono, verificado con el mayor orden, volando al mismo tiempo el puente de
la Huerva en que se apoyaba la gola o entrada del reducto.
Defensa
prodigiosa y para siempre memorable, concluye el mencionado escritor, que la
posteridad recordará como uno de aquellos hechos portentosos de que los
anales militares suministran tan pocos ejemplares, y en que brillaron a competencia
con incomparable animosidad el valor más osado y resuelto de los valientes
defensores, con la porfiada obstinación del enemigo; quien por último nada
más consiguió que hacerse dueño de unas miserables ruinas empapadas en
la preciosa sangre de tantos esforzados campeones.....
Dueño el
enemigo del reducto del Pilar, vadeó desde luego el rio Huerva, penetrando
hasta cerca de la torre del Pino, desde la cual y desde el parapeto que corría a
las ruinas de Santa Engracia se les hizo un fuego vivísimo, volando después los
defensores las fogatas y hornillos del paseo, al tiempo que los
franceses estaban en él, pereciendo en la explosión varios de estos. Su
pérdida, con inclusión de la que tuvieron por los esfuerzos de la torre
del Pino, de la de Martínez y de la fusilería del parapeto, se graduó en más
de 5,000 hombres, si hemos de dar crédito al precitado coronel Marín.
Con la
toma del reducto expresado y la del fuerte de San José, quedaron los
zaragozanos reducidos al estrecho recinto de sus tapias a la orilla derecho del
Ebro, siendo la circunvalación en la izquierda no menos aflictiva y
estrecha, por haber Gazán inundado toda la gran
llanura que media entre el arrabal y los molinos. Perdidos estos por los
defensores, vióse la ciudad precisada a habilitar
algunas tahonas para procurarse algún pan; mas no bastando aquellas a
moler sino una corta cantidad de granos, comenzóse bien pronto a experimentar la privación de tan indispensable artículo,
siguiendo luego el hambre con todos sus horrores y con la epidemia detrás,
efecto necesario de los malos alimentos y del hacinamiento de las familias en
los sótanos, faltos de ventilación y demasiado estrechos y mezquinos para
contener tanta gente. Mas no por eso decaía el ánimo de los más que esforzados
defensores. Palafox recorría los puntos, y su presencia y sus exhortaciones
redoblaban en las tropas el brío que era ya sobrehumano por sí. En
medio del horrible bombardeo resonaban a veces las campanas en señal de
fiesta y placer. El heroico caudillo había dicho a los zaragozanos que esperaba
numerosos refuerzos; y si bien sabia él lo aventurado de tan lisonjera
promesa , y aun cuando le constaba la imposibilidad casi absoluta de penetrar
aquellos en la plaza, dado que consiguieran reunirse, cumplía sin embargo
el gran deber que la patria le había encomendado, alentando sin cesar a
los suyos con gratas y piadosas ficciones. Unas veces hacia publicar que
Reding, vencedor de Saint-Cyr, venia desde Cataluña a marchas dobles a
caer sobre el sitiador y hacer levantar el asedio con que era Zaragoza afligida;
otras veces decía que el marqués de Lazan había penetrado por el valle de Arán
en el territorio francés; y otras, en fin, que la Romana y Blake habían
destrozado el ejército que el emperador mandaba en jefe, cortándole la retirada
con pérdida de 20,000 hombres, inclusos los mariscales Ney y Berthier,
etc., etc. Con esto entretenía la esperanza de aquellos esforzados campeones:
después, cuando viniera el desengaño, la desesperación, más fuerte
qué ella, haría por sí sola lo demás.
El
enemigo el dia 17 rompió desde San José un fuego vivísimo contra las tapias de
la ciudad que tenía enfrente, consiguiendo desmontar tres de nuestras
piezas y reducir las otras al silencio; mas no por eso se determinó a
asaltar la ciudad todavía. En los cuatro días siguientes abrió un
alojamiento a la zapa volante en la gola del puente, y dejó terminada la
tercera paralela de la derecha, cuya extremidad derecha se extendía a 80 toesas
del Ebro, y el izquierdo hasta el recodo del Huerva, frente a la puerta de
Santa Engracia, comunicando por esta parte con la paralela de ataque del
centro, que estaba también concluida. Los generales de artillería y de
ingenieros fijaron definitivamente el emplazamiento de las contrabaterías y
baterías de brecha, las cuales debían jugar sobre los puntos de ataque de
la plaza. De este modo añadieron los franceses a las que tenían ocho
baterías más, destinando 50 bocas de fuego para los ataques del centro y
de la derecha.
Los
defensores pusieron en ejecución otras nuevas y temerarias salidas a fin de
paralizar o destruir las obras del sitiador, mereciendo entre ellas particular
mención la del 21 de enero. Un centenar de bravos dirigidos por D. Mariano
Galindo y sostenidos por una fuerte reserva, se lanzó dicho dia contra la
plaza, atravesando con increíble audacia la segunda paralela, y llegando
hasta la primera, donde intentó clavar los morteros de la batería número
6, que jugaba contra Santa Engracia. Aterrados los franceses con la
sorpresa de su primera guardia, se extendió la alarma por su campo; pero
vueltos en sí del pavor, enviaron su reserva al momento sobre el punto que
estaba amenazado. Los de Galindo fueron rechazados cuando estaban dando
principio a su desesperada operación; y como no podían retirarse sin
atravesar nuevamente la segunda paralela, cuya guardia se había rehecho,
quedaron prisioneros unos 50 con el comandante y dos oficiales, siendo el resto
pasado a cuchillo. Los sitiados hicieron todavía nuevas y valerosas
tentativas en la orilla izquierda del Ebro , subiendo rio arriba con dos
lanchas cañoneras con el fin de situarlas de modo que enfilasen la
paralela del castillo; pero el fuego de las baterías enemigas, colocadas a
la izquierda de dicha paralela, obligó a los nuestros a desistir de su
empresa, retirándose con sus lanchas. Palafox en estas salidas hacia
echar en las trincheras de la orilla derecha, y en los puestos avanzados
de la izquierda, alocuciones escritas en seis lenguas, francesa, latina,
italiana, alemana, española y vascongada, invitando a los franceses a desertar y
a reunirse bajo las banderas de la independencia española. Uno de nuestros
sacerdotes, vestido con sus hábitos clericales, llevó un dia su audacia al
extremo de adelantarse desde el arrabal, con un crucifijo en la mano,
hacia uno de los puestos avanzados de la división de Gazán.
Llegado a cincuenta pasos de la tropa francesa, paróse con asombro de esta en medio del camino, y allí comenzó a predicar,
manifestando a los enemigos la mala causa que defendían, y conjurándoles en
nombre de Dios y de su Vicario en la tierra dejasen el partido del error, para
seguir con él la senda de la virtud y del paraíso. Los centinelas, que no
comprendían la lengua española, volviendo del asombro que les causaba una
temeridad como aquella, dispararon por toda respuesta sus fusiles al aire
(al decir de los mismos franceses), y el predicador, visto esto, les
volvió la espalda y se fue, metiéndose en el arrabal. Los autores que
refieren el tal hecho dicen que se debe creer el ningún fruto de estas
exhortaciones. Nosotros diremos también que las del enemigo en sentido
contrario no lo produjeron tampoco, y añadiremos con el coronel Marín,
«que no se sabe que ninguno de los nuestros cometiese la
traidora bastardía de desertar y pasarse a los franceses, a pesar de sus
inaguantables privaciones y apuros, y de sus imponderables fatigas y trabajos;
ni que jamás se les oyese la menor queja, ni expresión alguna que indicase
disgusto ni descontento, y menos lamentarse de su crítica y fatal situación.
Inmutables y serenos en medio de los horribles destrozos de una ciudad
asolada por la explosión de 40,000 bombas y granadas y 200,000 balas de cañón,
cumplían sin chistar con sus deberes, obedecían con puntualidad, y se sacrificaban
con inimitable valor y sangre fría en sus puestos, corriendo presurosos a
la defensa de los puntos atacados por el enemigo. ¡Intrepidez admirable! ¡
Firmeza heroica y sin ejemplo, de que no se halla comparación en
la historia, y de que no puede darse una idea bastante exacta por falta de
voces para describirla!»
La
segunda mitad del mes de enero fue afanosa para los franceses, no solo por las
pérdidas que experimentaban delante de Zaragoza, sino por el temor que los
sobrecogía de que pudieran de un momento a otro venir a caer sobre ellos
las fuerzas de Perena, Gayan, Turmo y otros jefes, los cuales procuraban levantar el país y organizar el paisanaje
contra los sitiadores. El temor de estos era no obstante visiblemente
exagerado, no habiéndose nunca aproximado á la capital los ejércitos
españoles de que habla el barón Rogniat, porque ni
existían tales ejércitos, ni en las relaciones francesas que hablan respecto al
asunto se ve al afirmarlo otro objeto que ensalzar el valor de los
imperiales, recargando sus peligros de hipérboles que la historia no puede
admitir. Los ya mencionados autores de la obra titulada Victoires, Conquétes,
Desastres, Revers et guerres civiles des français, aseguran que por aquella época estaba sobre
las armas todo el Aragón; que había numerosas reuniones de gente de guerra
por todas partes, las cuales acosaban por la espalda en todos los puntos de la
línea al ejército sitiador; y que además de las fuerzas que los molestaban y afligían
por la parle de la Muela, Epila, Soria, Tarazona
y desfiladeros de Navarra, teníamos un ejército no menos que de 20,000
hombres, mandado por Lazan y Palafox a la orilla izquierda del Ebro, los
cuales ocupaban todo el país entre Villafranca , Leciñena y Zuero,
y enviaban partidas sobre Caparroso para interceptar los convoyes y cercar
la división de Gazán , la cual, añaden , se vio bien
pronto como sitiada en su mismo campo. Estas exageradas aserciones, cuya
tendencia se echa bien de ver, han fascinado a varios autores nuestros,
contándose entre ellos el cronista D. Agustín Alcaide Ibieca, quien en
su Historia de los dos sitios que pusieron a Zaragoza en los años de 1808 y 1809 las
tropas de Napoleón, no vacila en convenir en el fondo de tan
gratuitas suposiciones, asegurando que los franceses no tenían apenas la
gente necesaria para sostener el sitio. El conde de Toreno es más cauto,
pues si bien reduce el número de las fuerzas sitiadoras a solos 55,000
hombres, además de seis compañías de artillería, ocho de zapadores y tres de
minadores que se agregaron, siendo así que las fuerzas francesas fueron
superiores con mucho a las que en este segundo sitio les atribuye tan
ilustrado y digno historiador; si bien, repetimos, en esto se ha dejado Toreno
seducir por lo que dicen, solo por decirlo, los historiadores
franceses, no por eso conviene en lo demás que en cuanto a los ejércitos auxiliares
de Zaragoza aseveran tan gratuitamente. Hubo, si, diversas partidas levantadas
en varios puntos; pero incapaces todas, por su organización, de reducir
los franceses a la crítica situación que ellos nos pintan. Toreno al
hablar de este asunto lo hace con toda la imparcialidad que se puede exigir
de la historia.
«No solo,
dice, padecían los franceses con el daño que de dentro de Zaragoza se les hacía,
sino que también andaban alterados con el temor de que de fuera
los atacasen cuadrillas numerosas (no ejércitos); y se
confirmaron en ello con lo acaecido en Alcañiz. Por aquella parte y camino de
Tortosa habían destacado para acopiar víveres al general Wathier con 600
caballos y 1,200 infantes. En su ruta fue este molestado por los paisanos
y algunos soldados sueltos, en términos que deseoso de
destruirlos los acosó hasta Alcañiz, en cuyas calles los perseguidos y
los moradores defendiéronse con tal denuedo, que
para enseñorearse de la población perdieron los franceses más de 400
hombres.
Acrecentóse su
desasosiego con las voces esparcidas de que el marqués de Lazan y D. Francisco
Palafox venían al socorro de Zaragoza; voces entonces falsas, pues
Lazan estaba lejos, en Cataluña, y su hermano D. Francisco, si bien había pasado
a Cuenca a implorar la ayuda del duque del Infantado, no le fue a este lícito
condescender con lo que pedía. Daba ocasión al engaño una corta
división de 4 a 5000 hombres que D. Felipe
Perena, saliendo de Zaragoza, reunió fuera de sus muros, y la cual
ocupando Villafranca, Leciñena y Zuera, recorría la comarca.
Por
escasas que fuesen semejantes fuerzas, instaba a los franceses destruirlas:
cuando no, podían servir de núcleo a la organización de otras mayores.
Favoreció a su intentó la llegada el 22 de enero del mariscal Lannes.
Restablecido de su indisposición, acudió este a tomar el mando supremo del
tercero y quinto cuerpo, que mandados separadamente por jefes entre sí
desavenidos, no concurrían a la formación del sitio con la debida unión y
celeridad. Puesto ahora el poder en una sola mano, notáronse luego sus efectos. Por de pronto ordenó Lannes al mariscal Morder que de
Calatayud volviese con la división del general Suchet, y que con ella y el
apoyo de la de Gazán, que bloqueaba el arrabal,
marchase al encuentro de la gente de Perena, que
los franceses creían ser Don Francisco Palafox. Aquel oficial,
dejando hacia Zuera alguna fuerza, replegóse con
el resto desde Perdiguera, donde estaba, a nuestra señora de Magallon.
Gente la suya nueva y allegadiza, ahuyentáronla fácilmente los franceses de las cercanías de Zaragoza, y pudieron continuar el
sitio sin molestia ni diversión de afuera.»
Tenemos,
pues , que los formidables ejércitos de que hablan los autores franceses se
redujeron pura y simplemente a la partida derrotada en Alcañiz, después de
haberlo sido entre Belchite e Hijar, y al cuerpo de 4,000 hombres (que el
coronel Marín reduce a la mitad) mandados por D. Felipe Perena.
Con la
llegada del mariscal Lannes activáronse extraordinariamente
las operaciones del sitio; y con esto y con las derrotas de que acabamos de
hacer mención, creyó el jefe francés que falta la ciudad de todo auxilio
aprovecharía en sazón la ocasión oportuna de rendirse, antes que exasperado el
enemigo con la prolongación de la resistencia, fuesen menos propicias para ella
las condiciones de la capitulación. El dia 24 de enero a las once de la mañana
llegó un parlamentario con un pliego a la presencia de Palafox. La intimación
del general francés retrataba con colores vivísimos, aunque algo
recargados, como era natural, la triste situación de la Península en
aquellos días, merced a la derrota del ejército inglés en la Coruña y a nuestro
desastre de Uclés; unida a lo cual la desgracia que acababa de experimentar Perena, daba todo apariencias de razón a las pretensiones
de Lannes, reducidas a exigir la rendición de la plaza antes de reducirla él a
cenizas.
Si a
pesar de esta exposición, concluía el mariscal, hablando
con el caudillo aragonés, persiste V. en
defender la plaza, sería muy reprensible. Considere V. con reflexión que
sus cien mil habitantes serian víctimas de una obstinación imprudente.
La
respuesta de Palafox fue llena de energía y dignidad, y tardó muy poco en ser
dada.
Señor
general, contestó: el árbitro de los 100,000 habitantes
que encierra esta ciudad, no lo es el mariscal Lannes. S. E. se cubriría
de gloria si se apoderase de ella cuerpo a cuerpo y con la espada , y no
con bombas y granadas que solo aterran a los cobardes. Conozco el sistema de
guerra que sigue la Francia, y España la enseñará a batirse con honor.
Esta ciudad sabrá cubrirse de gloria sobre sus propias ruinas; mas el general de Aragón, ni conoce el temor, ni se rinde.
Vivamente
herido en su orgullo el mariscal Lannes con tan enérgica contestación,
respondió por su parte con una actividad inusitada en las operaciones para
proceder al asalto, actividad no distraída ya por los enemigos de afuera,
puesto que nuestros cuerpos auxiliares huían, como hemos visto, en la más
completa derrota. Terminados tres puentes sobre el Huerva con espaldones de gabiones y faginas, y habiendo practicado una bajada a
dicho rio en la parte del centro, construyeron los franceses también dos plazas
de armas a la izquierda de aquel, a fin de tener en ellas un punto de
reunión para las tropas que debían dar el asalto. AI mismo tiempo procedió
el mariscal sitiador a comenzar la guerra subterránea, guerra que, bien
mirada, fue su mengua, empleando en las galerías de minas y diferentes
obras de zapa más de 5,000 minadores, zapadores y peones, que trabajaban sin
parar un punto. Preparado así todo, rompió el 26 por la mañana desde las
baterías enemigas, todas concluidas y armadas, un fuego espantoso y vivísimo,
señalándose en particular las que jugaban contra los dos principales puntos de
ataque, que eran la derecha y el centro. Más de cincuenta bocas de fuego,
algunas de ellas de dimensiones extraordinarias, sembraban la desolación
y el horror en aquellos débiles puntos, reduciendo bien pronto al silencio
una parte de nuestra artillería. Durante la noche, en el ataque de la
derecha, consiguieron los franceses establecerse en el molino de aceite,
llamado de Goicoechea, molino situado casi al pie de la tapia que más abajo de
San José circuía a la ciudad; y allí abrieron una comunicación a la zapa
volante. En el siguiente dia 27 continuó el fuego con el mismo vigor, y
viendo que eran practicables tres de las cuatro brechas abiertas en el
débil recinto, dispusiéronse las falanges francesas a
verificar el asalto. Dichas brechas eran dos a la derecha, una de ellas frente a
San José y otra al lado del molino, ocupado por los franceses la víspera.
La no practicable, en la derecha del ataque también, estaba en el convento de San
Agustín. La más terrible de todas se ostentaba abierta en el centro: el
convento de Santa Engracia estaba reducido casi a cenizas en aquel
interesantísimo punto.
Dada la
orden del asalto, que fue resuelto contra las dos brechas de la derecha y
contra la de Santa Engracia, púsose en el momento
sobre las armas todo el ejército sitiador. Una columna reunida en el molino, de
que arriba se ha hablado, salva rápidamente el intervalo que la separa de
la brecha, y a pesar de la explosión de dos hornillos de mina que el sitiado
hace reventar en aquellos críticos instantes, consigue subir a la cresta. Allí
se preparad bajar para precipitarse en el recinto; pero un atrincheramiento
interior con dos piezas de artillería convierte su osadía en terror.
Entonces avanzan con el fin de vencer este obstáculo los granaderos y
zapadores; pero un fuego nutrido de metralla, de fusilería y granadas , roto
acertadamente por los nuestros desde el atrincheramiento y casas vecinas,
les obliga a retroceder. La columna con esto se limita a coronar la
cresta de la brecha por medio de un alojamiento ejecutado con
dificultad bajo aquel mortífero fuego, perdiendo muchos valientes, hasta que al
fin consigue habilitar el camino cubierto, recientemente volado con la
doble explosión de nuestros hornillos.
Menos
desgraciados los franceses en el asalto de la otra brecha frente al convento de
San José, aprovechan la circunstancia de estar al principio ocupada la atención
de los defensores en la defensa de la primera; y avanzando una
columna enemiga, se precipita al ancho boquerón y consigue arribar a la
cima. Los zapadores y los voltigeurs se
posesionan de una de las casas situadas enfrente, tras lo cual se derraman
a derecha e izquierda ocupando otros edificios; pero llegando a una
poterna que les ofrece nueva entrada en la plaza, se ven de pronto
imposibilitados de continuar adelante por la parte de la derecha. Una batería
española los detiene allí a pesar suyo, y en la izquierda no pueden pasar
de la primera calle transversal. Lannes entretanto dispone que se dirijan
cuatro compañías a ocupar la casa aislada de González; y hócenlo así en
efecto hasta dos veces, siendo lanzadas de ella otras dos, costándoles la osada
tentativa más de cincuenta cadáveres, entre ellos Reggio, capitán de
ingenieros, que dirigía el ataque.
Donde la
fortuna hizo más en obsequio de las huestes francesas fue en la arremetida del
centro. Debilísimos nosotros allí por una consecuencia precisa de la demolición
del convento, hecho trizas por el fuego enemigo, fue fácil a los sitiadores
ocupar la brecha y tomar posesión de sus ruinas, no menos que del convento de las Descalzas
que se hallaba inmediato. Enfilada desde este edificio la cortina que
desde Santa Engracia se extiende a la Torre del Pino, vuelan los nuestros,
aunque inútilmente, seis fogatas que tiene preparadas delante de esa misma
cortina, y se retiran a continuación, quedando al poco tiempo abandonada
toda la parte de la tapia que corre hasta la puerta del Carmen. Y es que
ocurre a todos la idea de que esta puerta puede ser tomada por el frente y
la espalda a la vez, corriéndose hasta ella por el interior los de Santa
Engracia y Descalzas. En tan crítica situación, fuerza es volver el pie atrás.
El enemigo, sin embargo, no es afortunado en tomar la dicha puerta del Carmen.
Al intentar hacerlo por fuera es detenido a pesar suyo por la batería
española que enfila la calle del mismo nombre; y por dentro no se atreve a
intentar golpe alguno de mano por allí. El sitiador entonces se dirige al
convento de Trinitarios, extramuros de la población en el campo llamado
del Sepulcro, y se apodera de él en poco tiempo, tomándonos la artillería; pero
luego se rehacen los nuestros, y están ya casi a punto de reconquistar el convento
de que han sido lanzados, cuando llegando el general Morlot al socorro de
su gente apurada, impide con su auxilio oportuno el éxito feliz de nuestra
empresa. La toma de este punto fue a costa de torrentes de sangre francesa,
siendo el total de la pérdida sufrida por los imperiales doble por la
parte más corta de la que tuvimos nosotros, es decir, 800 cadáveres y
proporcional número de heridos. Caro precio en verdad para el éxito,
reducido a ocupar algunas casas frente al convento de San José, los
conventos de Santa Engracia y Descalzas en el centro del ataque, y el de
Trinitarios afuera.
Todos
estos movimientos, dice Rogniat, citado por Alcaide, nos costaron muchos
valientes por la estéril gloria de arrojar al enemigo de algunos puntos de la
muralla que se veía comprometido a abandonar sin resistencia, por la posición
que ocupábamos en Santa Engracia, y principalmente en las Descalzas.
Habiéndonos apoderado del convento de Trinitarios, resolvimos mantenernos
en él y sostener por este punto la izquierda de los ataques. El general
Lacosle mandó se abandonase el ataque aparente del castillo, que hacían superfluo
los progresos de los otros dos, y los oficiales de ingenieros de aquel
tuvieron orden de fortificar a Trinitarios, de cerrar con sacos de tierra
sus muchas aberturas por la parte de la ciudad, de aspillerarlo, y
particularmente de hacer una comunicación, porque era casi imposible llegar a
él al descubierto, por el fuego muy próximo de las casas de la ciudad. Se
estableció además una comunicación para un puesto de 200 hombres que se
colocó en la casa del ángulo (torre del Pino), cerca del puente del Huerva: la
ocupación de esta casa y la de los Trinitarios nos aseguraban la de la muralla
intermedia. Hacíamos comunicaciones por todas partes en las casas que
ocupábamos; se cerraba, se aspilleraba, se hacían cortaduras con sacos de
tierra o sacos de lana cuando era necesario. Los sitiados volvieron a
atacar por la noche a Santa Engracia, y con más resolución las casas de la
derecha, en las que no habíamos formado sino algunas barracas, cuyas
comunicaciones, agujereadas de tabique en tabique, eran un completo laberinto;
pero fue rechazado en todos los puntos. Generalmente, en el momento que
habíamos hecho algún adelantamiento en la ciudad, tocaban la campana los
españoles para reunir sus tropas: venían al instante a atacarnos en
nuestras nuevas conquistas, y algunas veces lograban arrojarnos de los
puntos en que habíamos avanzado, sin haber tenido tiempo de abrir
comunicaciones en las casas, de cerrar las puertas y ventanas , de hacer
aspilleras y formar travesas en las calles para pasar
de una manzana de casas a otra. Los resultados de este dia fueron tomar
quince bocas de fuego y 200 hombres, matar a lo menos 600 españoles, y ocupar
en la ciudad una extensión doble de la que teníamos. Por desgracia nos costaron
estas ventajas muy caras, pues perdimos cerca de 600 hombres.
Influyó mucho en esta enorme pérdida el imprudente ataque de la guardia de
la trinchera, que corrió a morir inútilmente sobre una muralla que no le ofrecía
abrigo alguno contra el fuego de las casas. Fueron heridos muchos oficiales de ingenieros; y
el capitán Second, joven de un mérito particular, recibió un golpe mortal
sobre la brecha. Esta guerra de casas casi incombustibles ofrecía grandes
ventajas a los defensores contra los asaltadores; todas las paredes
estaban aspilleradas con prevención, y en todos los pisos; las puertas y
ventanas bien cerradas; las calles enfiladas en toda su longitud por baterías
detrás de las traversas, fuera del alcance de nuestro tiro; finalmente,
todas las comunicaciones bien hechas. Previmos que el acometer a viva
fuerza a un enemigo preparado de este modo ,a cubierto de sus aspilleras,
y animado de la firme resolución de defenderse hasta morir, sería
una temeridad que nos costaría mucha sangre, sin poder responder del
éxito. Resolvimos, pues, caminar a cubierto en cuanto nos fuese posible
para atacar a un enemigo encubierto, y marchar lentamente, pero con seguridad,
para no acobardar las tropas con pérdidas demasiado considerables y
frecuentes.»
Aquí
vemos a Rogniat confesar que los franceses no
hubieran conseguido posesionarse de la capital de Aragón de seguir combatiendo
cuerpo a cuerpo con los héroes que la defendían. El barón es ingenuo y dice
bien : sin la guerra subterránea y la peste, nada significaba para Augusta el
férreo valladar de bayonetas con que cincuenta mil guerreros la cercaban;
nada las cien bocas de fuego que lanzaban sobre ella el exterminio, la
desolación y la muerte; nada la sabida pericia de los mariscales franceses
y demás generales del imperio que habían postrado a sus pies las primeras
potencias de Europa; nada haber ocupado un buen trozo de aquellas debilísimas
tapias y haberse internado una parte de las huestes enemigas en las
primeras calles inmediatas. El hostis habet muros de Virgilio no significaba en
aquel pueblo, como en el fundado por Dárdano: ruit alio á culmine Troya.
Los días
28 y 29 consiguieron los franceses por su derecha apoderarse de algunas
manzanas de casas, llegando hasta cerca de la calle de la Puerta Quemada. «La
toma de cada edificio, dicen los autores franceses, exigían un asalto formal.
Movidos los zaragozanos por el doble estimulo de la libertad y de la religión,
se defendían de piso en piso y de aposento en aposento. Los frailes recorrían
las calles con las armas en la mano, animando a unos al combate, y obligando a
otros á trabajar en las baterías y fortificaciones, haciendo ellos lo
mismo con sus mismas manos, y ocupándose como en el primer sitio en la
fabricación de pólvora y cartuchos. Palafox en una de sus proclamas había excitado
a las mujeres a imitar el valor y genio marcial de las antiguas amazonas,
respondiendo a su llamamiento la mayoría de ellas, y obteniendo muchas que se
distinguieron recompensas y condecoraciones militares. Los franceses
distinguían en las filas de sus enemigos una porción de damas elegantes,
armadas con fusiles, pistolas o sables, animando a los oficiales con el
poderoso ejemplo de una bravura extraordinaria, y acaso con la esperanza
de la más atractiva de las recompensas que puede ofrecer la beldad á un guerrero valeroso.»
La
ocupación de los edificios, cuando eran pequeños y mal construidos, no
proporcionaba a los franceses una permanencia segura dentro de ellos; y de aquí su
resolución de apoderarse por todos los medios posibles de algunos
conventos que pudieran servirles de plaza de armas. Deseosos de conseguir
este objeto, ocupáronse los expresados días 28 y 29
en continuar las brechas abiertas en los conventos de San Agustín y Santa Mónica
en el ataque de la derecha; pero en vano quisieron apoderarse de ellos por
asalto. Los franceses fueron rechazados con extraordinaria energía,
perdiendo inútilmente muchas vidas al pie de uno y otro edificio.
La
manzana de casas contigua al convento de Santa Engracia fue también por los
propios días objeto de terrible contienda. Los zapadores franceses atravesaron
una callejuela inmediata, introduciéndose en el cuarto bajo de una casa que
tenían al frente. Los nuestros ocupaban el resto de la casa, siendo tal el
encarnizamiento con que defendían los demás pisos, y los sótanos y graneros del
mismo, que no pudiendo el enemigo lanzarlos en manera alguna de los sitios
que defendían, puso en el cuarto bajo que ocupaba doscientas libras de
pólvora, y pegándola fuego, hizo volar el edificio: de este modo se hizo
dueño de él, y aprovechándose del terror producido por la explosión , se
corrió a las casas inmediatas, ocupando una buena parte de ellas, aunque no
todas las que pretendió.
Mayor fue
todavía el empeño empleado por los franceses en apoderarse de una casa de dos
pisos aislada, única que les faltaba ocupar para desembocar en la calle de
la Puerta Quemada. El enemigo la embistió dos días con extraordinario vigor,
consiguiendo penetrar en uno de sus aposentos mediante la explosión de
un petardo; pero los defensores, posesionados del comedor, abrieron
aspilleras en él, tiroteándose con los franceses que estaban en la
estancia inmediata, sin consentirles salir de allí, mientras otros de nuestros
compatriotas subían al tejado y arrojaban desde allí granadas de mano por
el cañón de la chimenea. Cansados los franceses de tan inusitada
resistencia, se dirigieron furiosos al sótano para volar la casa según su
costumbre; pero los españoles habían también bajado allí llevados del
mismo designio, y ni unos ni otros lo pudieron verificar. Trabóse con este motivo un tenaz y crudo combate , quedando al fin los nuestros el día 21
dueños del edificio disputado.
Entretanto
el convento de Trinitarios era objeto igualmente de las más vigorosas
embestidas por parte de los zaragozanos. Lo que pasaba allí parece fábula. Al
dia siguiente de su ocupación dispuso el sitiado, dice Miñano, una salida
para desalojar al enemigo del convento, aplicando un petardo a la puerta
de la iglesia, mas los paisanos impacientes se
ofrecen a romperla, y armados de diferentes útiles y herramientas, salen de la
batería circular de la Misericordia, siguen la banqueta de la cortina
izquierda, llegan a la puerta y consiguen romperla; pero descubren un
revestimiento interior de sacos de tierra que los obliga a
retrogradar, dejando en el atrio del convento algunos de sus atrevidos
compañeros, al capitán Plaza que los había conducido, y a un virtuoso
religioso capuchino, que con la mayor serenidad suministraba el último
sacramento a los moribundos.
Constantes
en no abandonar su proyecto, se dispone otra segunda salida, y para vencer el
obstáculo que frustró la primera, se abrió una cañonera en la tapia de los
corrales de la Misericordia, frente a la puerta de la iglesia; pero como
la pieza que se había colocado era de corto calibre, no se conseguía
demoler el espaldón tan pronto como se quería. La tropa y paisanos preparados
para la salida, no pudiendo detener su impetuosidad, se arrojan a la puerta;
quieren, separando los sacos, introducirse en la iglesia, mas el enemigo había reforzado el revestimiento con
costales de media carga llenos de tierra y bien entrelazados. Este nuevo
obstáculo hizo desistir de la empresa, y retirarse a la Misericordia con
bastante pérdida.
El tercer
proyecto de ataque, concluye el mencionado escritor, era el más seguro, pues a
partir de un almacén de la Misericordia, se abrió una galería de mina que llegó
hasta debajo del convento, donde se practicaron 4 hornillos que
debían cargar 46 quintales de pólvora; pero tuvo que suspenderse al tiempo
de proceder a la carga por la escasez de la pólvora, que debió haberse previsto
antes de empezar este arriesgado y penoso trabajo.
No es
cierto, pues, como dicen algunos escritores franceses, que los zaragozanos en
su resistencia permaneciesen siempre encubiertos. Tantas temerarias salidas y
tan reiterados combates, verificados todos cuerpo a cuerpo, deponen contra tal
aserción de un modo demasiado concluyente para que nos detengamos
nosotros en hacernos más cargo de ella. Las embestidas contra el convento
de que acabamos de hablar llenan de admiración a otros autores, nada parcos
seguramente en levantar hasta las nubes las glorias de las armas
imperiales. «Un religioso, dicen, hablando de la salida de los nuestros el
día 31 contra el mencionado edificio, un religioso llevando el crucifijo
en una mano y el sable en la: otra, iba al frente de los
asaltadores, viéndose las mujeres circular por en medio de una lluvia
de balas y granadas, animando a los combatientes y distribuyéndolos
cartuchos; pero todo el ardor de aquellos furiosos se estrelló en la
bravura juntamente fría e impávida del soldado francés, huyendo en consecuencia
los zaragozanos, dejando dejante de la iglesia gran hacinamiento de muertos y
de moribundos. Por esta sola muestra, añaden, puede juzgarse el grado de
energía a que habían llegado los sitiados .»
Todo, sin
embargo, debía al parecer contribuir amatar en aquellos corazones tan extraordinaria
energía, porque nunca menos que entonces podía Zaragoza resistir tantos
elementos de muerte, de desolación y exterminio. Sentíase ya entonces en
la plaza, dice el historiador Maldonado, la mayor escasez; el bombardeo
llevaba ya tres semanas, y la epidemia se extendía tan rápidamente, que
morían 550 personas diariamente, sin contar las víctimas de los azares de la
guerra. Los medicamentos fallaban, y no había ni colchones ni carne para los
enfermos; cuyas circunstancias, unidas al aire impuro que se respiraba, hacían
que con facilidad se gangrenasen las heridas. Ni aun tierra para
enterrar los muertos se encontraba: yacían estos hacinados en grandes
fosos en las calles, en los palios y delante de las iglesias, cubiertos
con sábanas, los cuales a veces destrozados y esparcidos por la explosión de
las bombas , ofrecían el más horroroso espectáculo. Parecía haberse hecho
ya cuanto exigían las leyes del honor: se habían sostenido diversos
asaltos: el enemigo estaba ya establecido en varios puntos dentro de la
población, y no había esperanza alguna de socorro. Las balas y granadas
inutilizaban y arruinaban todas las defensas, y alcanzaban a todo el
ámbito de la ciudad ; las minas cargadas estaban a punto de poderse dar fuego y
derribar las casas, y la epidemia tenía su foco en los únicos asilos que
se hallaban a cubierto de los estragos de la guerra. Tal era el lamentable
estado de la capital de Aragón; pero ni su guarnición ni sus habitantes se
consternaron por eso : inflexibles siempre, si alguna vez paraban
su imaginación en su miserable suerte, era para acrecentar su valor y
desesperación; y aunque viesen su ruina inevitable, no juzgaban satisfecho su
honor, ni cumplido el juramento que con el mayor entusiasmo habían prestado de
sepultarse bajo las ruinas de su desgraciada patria. Despreciaron, pues, todas
las ofertas de capitulación, y con una resolución tan noble como unánime,
hicieron ver al mundo cuán estrechos son los límites que se han fijado a la
defensa de las plazas, y hasta donde puede prolongarlos una enérgica
resolución de morir antes que rendirse.
El lector
no debe extrañar las repetidas citas con que está recargado este capítulo. El
autor ha nacido en Aragón, y desde una noche tan gloriosa como inmerecida para
él, no puede menos de considerarse como un hijo adoptivo del gran pueblo cuyos
altos hechos refiere. Deseoso de evitar al contarlos mostrarse más entusiasta
de lo justo, o dejarse llevar de arrebatos que hasta cierto punto, rechaza la
impasible gravedad de la historia, se refiere con frecuencia a escritores que
no tienen los mismos motivos de extravío patriótico que él. Una consideración
tan poderosa hará que los lectores nos permitan concluir el presente capitulo,
vertiendo al castellano palabras que nadie acusará de parciales a favor de
la nueva Numancia. Desde ahora no somos nosotros, son los ya citados autores de
la obra titulada Victoires, conquétes, etc. de fraçais, los
que prosiguen la narración de aquel sitio para siempre inmortal. Lo único
que nos permitiremos será acompañar el relato con las notas que creamos
oportunas, ya sea para deshacer alguna equivocación, ya para ilustrar
algún hecho que no hallemos bastante esclarecido.
El dia 1
de febrero, dicen los mencionado escritores, refiriéndose al barón Rogniat, fue
señalado por los progresos de los sitiadores, los cuales se hicieron dueños del
convento de San Agustín, junto con cierto número de casas, siendo muy notable
también por la pérdida lamentable que el ejército francés experimentó
en la persona de Lacoste, general de ingenieros. Este guerrero de alta
distinción recibió un golpe mortal cuando marchaba al frente de las tropas a
apoderarse de las casas que había destrozado una mina practicada más
arriba de Santa Engracia.
No
pudiendo darse a Lacoste sucesor que fuese más digno que el coronel Rogniat, fue
a este confiado en seguida por el mariscal Lannes el mando en jefe del ejército
de ingenieros.
La experiencia
había hecho conocer a los sitiadores que las casas, destrozadas completamente
por la explosión de los hornillos de mina, servían con frecuencia de obstáculo
al progreso de los ataques, dado que, careciendo de cubierto, no podían los
franceses atravesar estas ruinas sino con mucha dificultad y peligro. El
coronel Rogniat hizo calcular la carga de los hornillos de modo que pudieran
abrir brecha sin destruir del todo las casas, empleándose las minas con
particularidad para abrir los muros de los conventos y otros grandes
edificios, que formaban como otras tantas ciudadelas en el interior de la
ciudad.
El 2
recobraron los franceses algunas casas de que en el dia anterior habían sido
lanzados. Los minadores avanzaron por tres galerías hasta situarse cerca del
convento de las monjas de Jerusalén; pero notando que el enemigo
contraminaba, cargaron apresuradamente uno de sus hornillos, antes que
hubieran conseguido llegar debajo del edificio. Esta explosión motivó la caída
de algunas barracas, y los minadores españoles quedaron sepultados en la
abertura. Los franceses comenzaron al instante la construcción de nuevas
galerías. En aquella ocasión fue herido el coronel Rogniat; pero no de tal
gravedad, que le obligara a abandonar el mando. Reparóse la brecha abierta en el convento de Capuchinos, haciendo en ella un
espaldón de sacos de tierra; y a la izquierda de este edificio construyóse también una batería de seis piezas para
contrabatir las baterías enemigas.
En los
cuatro días siguientes avanzaron los franceses, por galerías y traveses, hasta la calle de Enmedio. El
enemigo se mantenía con tenacidad en un colegio llamado las Escuelas Pías,
por serle necesario este edificio a fin de conservar algunos traveses que servían de defensa a la espaciosa calle del
Coso. Las casas vecinas estaban ardiendo , y esto hacia casi imposible el
acceso a dicho colegio. Los españoles habían tomado el partido de pegar
fuego a las casas que se les obligaba a abandonar, a fin de que el
incendio estableciese una barrera entre ellos y los franceses, mientras
preparaban más lejos nuevos medios de defensa. La combustión de las casas de la
ciudad, construidas con poca madera , es lenta y difícil, y no se comunica
sino poco a poco. Los sitiadores se veían obligados a apagar el fuego bajo
una lluvia de granadas, o a esperar a veces muchos días, hasta que
las llamas consumiesen totalmente las casas, antes de pasar adelante.
Los
polacos habían conseguido establecerse en una casa del Coso; pero una batería
enemiga, situada enfrente, los hizo salir de allí. Los franceses se apoderaron
de varias manzanas de casas delante del convento de Agustinos, abriendo
los muros unas veces con petardos, otras con minas, otras a la zapa, y
otras atravesando, al abrigo de los espaldones, las calles enfiladas por el
fuego enemigo.
El
general Dedon había hecho introducir en la ciudad varios morteros pequeños de
seis pulgadas, los cuales se podían trasportar fácilmente a los puntos en
que eran necesarios. Asestadas en la calle de Santa Mónica dos piezas de a
42, batieron al otro lado del Coso una torre en la cual había el enemigo
colocado una pieza de a 4. El mismo Dedon hizo situar un obús al extremo
de la calle de la Puerta Quemada, destinándolo a barrer una parte del
Coso. Estos fueron los dos únicos sitios en que la artillería pudo obrar.
El ataque
del centro hizo progresos. Los españoles habían pegado fuego a las casas que
separaban a los franceses del convento de las monjas de Jerusalén;
pero los zapadores y los voltigeurs del
regimiento 115 no se detuvieron por eso, puesto que pasando a través de
las llamas, atacaron al enemigo antes que hubiera podido fortificarse bien
en el convento, entrando en este mezclados en desorden con
él, persiguiéndole vivamente por los corredores, matándole dos oficiales y
varios soldados, y haciéndose dueños de todo el edificio, del cual era una
parte presa de las llamas. Dos hornillos preparados contra el hospital de
locos dieron por resultado una brecha, la cual permitió a los franceses
ocupar los dos tercios de este edificio, el cual desde el sitio anterior
no era más que un montón de ruinas. Los franceses en medio de eso
no pudieron llegar hasta el Coso.
Fácil
parecía entretanto un nuevo ataque por la puerta del Cármen, de que eran dueños
ya los sitiadores; pero el mariscal Lannes no tenía bastantes tropas
para intentarlo. En efecto : la fuerza y disposición de las divisiones con
que se sitiaba una guarnición de 50,000 hombres de tropas regladas, eran las
siguientes: el general Morlot, que con su división y el regimiento 40 (de la
división Suchet) con que el general Lannes la había reforzado, no contaba bajo
sus órdenes más de 5,000 combatientes, bloqueaba el castillo de la
inquisición (la Aljaferia) y la
parte de las tapias de la plaza desde el Ebro hasta el convento de
Capuchinos, donde había un fuerte destacamento, siéndole imposible por
tanto distraer un solo batallón para ningún otro servicio. La división Gazán, fuerte de 8,000 hombres, tenía bastante que hacer con el bloqueo del arrabal, en la orilla
izquierda del Ebro. La división Suchet, según se ha visto, formaba un
cuerpo de observación para ocupar el campo y disipar las cuadrillas (rassemblemenls) exteriores. No quedaban,
pues, para atacarla ciudad sino las dos divisiones Meusnier y Granjean,
las cuales reunidas no pasaban de 9,000 combatientes. Estas tropas estaban de
servicio por mitad en el interior de la plaza, de suerte que no podía
nunca disponer de más de 4,500 hombres parala totalidad de los trabajos,
la guarda de las casas ocupadas y los ataques continuos. Nosotros hemos dicho
ya que la ocupación de cada casa costaba un asalto. Las dos divisiones de
que hablamos estaban fatigadas, y el soldado comenzaba a
desalentarse ante obstáculos sin cesar renacientes, mientras mostraba
siempre el enemigo la misma resolución.
Temiendo
el 7 los españoles una explosión próxima, evacuaron el edificio de las Escuelas
Pías, después de pegarle fuego, y esta evasión decidió el abandono de
los dos traveses en el Coso. Los trabajos de
mina para llegar debajo del convento de San Francisco fueron menos
felices: los minadores se vieron obligados a abandonar sus galerías, merced a
las granadas de mano que les lanzaba el enemigo.
El mismo
dia 7 atacó el general Gazán en la orilla izquierda
el convento de Jesús, edificio importante situado delante del arrabal, a la
izquierda del camino de Lérida. Desde el principio del sitio había
insistido el general Lacoste en lo importante que era posesionarse del arrabal,
para estrechar la guarnición en el recinto de la ciudad, y sobre todo para extender
libremente los ataques a lo largo del río hasta el puente, batiendo en
brecha sucesivamente todas las casas que dan al pretil, por medio de baterías
situadas en la orilla izquierda. En consecuencia de aquel dictamen,
habíase intentado un ataque a viva fuerza contra el precitado arrabal
el dia 21 de diciembre, mas ya hemos dicho que no tuvo éxito. No teniendo
el general Gazán antes de la llegada de Lannes orden
de cooperar activamente a los trabajos del sitio, se había limitado a un
bloqueo poco rigoroso hasta el 24 de diciembre ; pero el mariscal general en jefe
hizo cesar este orden de cosas. Fue, pues, enviado para abrir la trinchera
delante del arrabal el coronel de ingenieros Dode la Brunière en la noche del 11 de enero al 4 de febrero; y construidas las paralelas y
las baterías, y habiendo el general Dedon hecho pasar a ellas
artillería, dispararon el 7 veinte bocas de fuego contra el dicho convento
de Jesús, bastando dos horas de fuego para destrozar este edificio
aislado, desprovisto de toda defensa de obras de tierra, y para sacar de allí
400 hombres que se hallaban en él.
Los voltigeurs del regimiento 28 de infantería
ligera, reunidos en la paralela, marcharon sobre el convento, y penetrando por
la brecha, se apoderaron de todo el edilicio sin gran resistencia,
ocupando dos piezas de cañón y una bandera. La orden que se les había dado
era que se detuviesen allí; pero llevado un oficial de un ardor
inconsiderado, marchó al frente de algunos voltigeurs hacia
un reducto situado junto a los muros del arrabal. No sosteniéndolos nadie,
fueron estos valientes rodeados y muertos casi todos o hechos prisioneros,
contándose entre los primeros el oficial. El convento en que se atrincheraron
los franceses quedó almenado a la parte que miraba al enemigo; hízose una
comunicación para llegar hasta él a cubierto, y se establecieron
alojamientos a derecha e izquierda en la orilla derecha.
Los días
8, 9 y 10 durante la noche intentaron los franceses pasar al otro lado del Coso
por medio de una doble caponera al extremo de la calle de Enmedio, y
este paso se hallaba sostenido por un puesto establecido en una casa
arruinada al otro lado de la calle; pero al llegar el dia, pareció este
trabajo harto imperfecto para poderse mantener en él, y hubo que retirar
el puesto junto con los trabajadores. Apercibido el enemigo de este movimiento,
avanzó hacia los franceses, mató al capitán de ingenieros Joffrenot que había
dirigido el ataque, y hasta lanzó a los sitiadores de varias casas, que no
pudieron ser reconquistadas a continuación sino con muchas dificultades.
Caminando
según las circunstancias, con ayuda de la zapa, de los petardos o de las minas,
fueron apoderándose los franceses de varias manzanas de casas.
Situados
los minadores en los sótanos del Hospital de locos para atravesar la calle de
Santa Engracia, habían por fin conducido una galería hasta cerca del convento
de San Francisco, cuando el mayor Breuille, que con
tanta diligencia como actividad dirigía los trabajos de mina, hizo
prontamente cargar el hornillo con 5,000 libras de pólvora, dándole fuego a
continuación, después de haber atraído a los españoles con varias
demostraciones de ataque al alcance de su esfera de actividad. La explosión
fue terrible y voló una parte del convento. Una columna, compuesta de
zapadores dirigidos por Valacé, jefe de batallón de ingenieros, y de un
batallón del regimiento 115 conducido por el coronel Dupéroux, salió entonces
de las ruinas del Hospital, pasando la calle de Santa Engracia, a favor de
un través abandonado por el enemigo. El convento fue acometido, y cuantos
españoles había en su recinto fueron perseguidos con las bayonetas al
pecho. Estos volvieron por la noche a ver de recuperar un punto de tanta
importancia para ellos, y apoderándose del campanario de la iglesia, abrieron
agujeros en las bóvedas, lanzando por ellos granadas que obligaron a los
franceses a abandonar la iglesia, sin poderla reconquistar hasta la mañana
siguiente. Esta operación costó a los asaltadores una cincuentena de hombres,
siendo entre ellos muy dignos de atención los capitanes de ingenieros Viervaux y Jencesse. El enemigo había
perdido harto más gente, merced a la explosión: una compañía de granaderos
del regimiento de Valencia había toda entera volado.
Los días
15, 14, 15, 16 y 17 de febrero atravesaron los minadores el Coso para abrir
brecha en el edificio de la Universidad por medio de dos hornillos, cuyo uso
y explosión quedaron aplazados para cuando se realizase el ataque
proyectado contra el arrabal, a fin de tener al enemigo ocupado a la vez
en ambas orillas.
El
mariscal Lannes tuvo en esta misma época que luchar con una oposición moral de
carácter no menos terrible que la de los españoles, a no haber aquel desplegado
toda la firmeza del suyo para contener sus efectos. Tantos obstáculos
reproducidos sin cesar debían al fin acobardar las tropas francesas: estas además
se hallaban fatigadas, y aquellos combates mortíferos y cuerpo a cuerpo, por
decirlo así, en que sucumbían diariamente los más bravos oficiales, zapadores,
minadores y soldados, sin hacer progresos notables (aún no se había apenas
ocupado la cuarta parte, de la población), habían quitado al soldado casi
toda su energía. Las tropas decían sin rebozo « que se las
sacrificaba inútilmente; que se las destinaba a perecer en su totalidad bajo
las ruinas de la plaza antes que pudiesen forzar los últimos atrincheramientos
de los 60,000 fanáticos a quienes con tanta tenacidad
combatían en la proporción de uno a seis; y que era justo , en fin, que los demás
cuerpos del ejército francés cooperasen por su parle a una empresa tan
gigantesca. El duque de Montebello procuró reanimar el espíritu de su
ejército, manifestando a los oficiales que el enemigo en el género de
guerra que se le hacía perdía infinitamente más gente que las
tropas sitiadoras; que hallándose sus fuerzas agotadas por los esfuerzos
que hasta entonces había desplegado, no podría en lo sucesivo oponer la gran
resistencia que hasta allí; y últimamente, que las bombas, las
minas y las enfermedades no tardarían en exterminar hasta el
último defensor de Zaragoza, si los zaragozanos a ejemplo de los numantinos
habían hecho la resolución de sepultarse bajo las ruinas de la ciudad.» En
efecto: las casas y tránsito de que el sitiador se apoderaba
diariamente estaban rebosando en cadáveres , y parecía que los
franceses no combatían ya por otra cosa que por la posesión de un
cementerio.
Continuando
los progresos hacia el Coso, dieron los minadores fuego el dia 18 a los dos
hornillos practicados debajo de la Universidad, y habiendo la explosión producido
dos brechas enormes, penetraron dos columnas por ellas, apoderándose casi en su
totalidad de aquel gran edificio. El enemigo al fin se vio obligado a abandonar
la travesía del Coso.
En este
mismo dia se apoderó Gazán del arrabal en la orilla
izquierda.
Las
tropas habían tomado las armas desde el amanecer, avanzando a la segunda
paralela. Puestas en balería 50 bocas de fuego a izquierda y derecha del
convento de Jesús, comenzaron sus terribles disparos sobre la masa del
arrabal, ocupándose con especialidad dos baterías en jugar contra la
iglesia de Nuestra Señora del Pilar, considerada como el paladión de Zaragoza, y
contra el pretil y puente que sirve de comunicación entre la ciudad y el
arrabal.
Al
mediodía era ya practicable la brecha abierta en el convento de San Lázaro, que
era el punto principal del ataque, porque su posición aproximada al
puente dominaba dicha comunicación.
El
enemigo a aquella sazón se hallaba consternado con el fuego espantoso que
llovía sobre él. Un batallón del regimiento 105 se estableció al momento en las
casas vecinas al convento de San Lázaro, y penetró a continuación en la iglesia
de este edificio, que el enemigo se vio obligado a abandonar.
La
posesión de este punto importantísimo, haciendo como hizo a los sitiadores
dueños del puente, decidió la toma del arrabal. En las casas se halló poca
gente; mas no así en la orilla del Ebro y en el campo llano, donde los
soldados y habitantes que no habían podido pasar el puente se rindieron y
rindieron las armas en número de cerca de 5,000. Dos barcas hacinadas de fugitivos
consiguieron llegar á la otra orilla bajo el fuego
del centésimo regimiento.
Este
hecho brillante, a par que importantísimo por sus resultados, no costó al
general Gazán sino 50 hombres de pérdida.
En la
tarde del 19 presentóse como parlamentario a los
puestos avanzados de los franceses un ayudante de campo del general Palafox;
pero las proposiciones que se le había encargado hacer no fueron acogidas
por el mariscal Lannes.
El 20, a
pesar de los incendios, ocuparon todavía los sitiadores alguna más extensión en
la ciudad. El enemigo hizo un último esfuerzo para recobrar dos piezas de cañón
que se le habían quitado la víspera , pero fue puesto en fuga por los polacos
que cargaron sobre él a la bayoneta. Las 50 piezas que habían servido para
el ataque del arrabal fueron puestas en batería en la orilla izquierda
contra las casas del pretil de la ciudad, que eran convertidas en
ruinas. Las seis galerías que atravesaban el Coso en el ataque del
centro, tocaban ya las casas situadas enfrente de los sitiadores ,
y habiendo dado principio a cargar los hornillos con 5,000 libras
de pólvora cada uno, destinóse la mañana del dia
siguiente a hacerlos jugar todos a un tiempo, lo cual hubiera producido
una explosión espantosa, calculada con el objeto de llenar de
consternación a los sitiados; pero estos no esperaron tal momento.
Habiendo
la junta de Zaragoza, allá sobre las cuatro de la tarde, enviado una diputación
al mariscal Lannes para tratar de la capitulación, cesó el fuego al instante
por ambas partes. El mariscal exigió que la ciudad se rindiese a discreción.
El 21
ocuparon los franceses todos los puntos, y desfilando la guarnición fuera de la
plaza, rindió las armas delante del ejército victorioso.
Este fin
tuvo uno de los sitios más memorables que se puedan leer en la historia antigua
y moderna, después de 52 días de trinchera abierta, de los cuales se ocuparon
29 para entrar en la plaza, y los 25 restantes en los combates de casa en casa.
En la
parte de la ciudad que acababa de capitular halláronse 115 bocas de fuego (de las cuales cerca de 60 habían sido ocupadas por los
sitiadores durante el sitio), poca pólvora y pocos proyectiles; mas todavía les quedaba a los habitantes gran cantidad
de vino y de aceite, y trigo para más de seis meses.
La ciudad
toda ofrecía el espectáculo más horroroso: las casas acribilladas por las balas
de cañón , despedazadas por las bombas, abiertas por las explosiones de mina ,
y otras todavía humeantes: cadáveres en putrefacción tendidos por todas
las calles, embarazando los sótanos y las escaleras , o medio sepultados en las
ruinas: las calles barreadas con los escombros o los traveses:
el desaseo, la infección del aire, la miseria, el hacinamiento de más de 100,000 individuos
encuna población que no contenía ordinariamente sino 45,000, las
privaciones inseparables de un largo sitio... todas estas plagas habían
producido una epidemia horrorosa que consumía en aquella sazón lo que había
perdonado la guerra. En medio de las minas y de los cadáveres que
llenaban las calles, veíanse discurrir errantes
algunos moradores pálidos, descarnados, próximos a seguir bien pronto a los que
por falta de fuerzas no habían podido enterrar. Según los cálculos hechos antes
y después de este sitio extraordinario , es indudable que en el discurso de
aquella terrible lucha de cincuenta y dos días de duración, perecieron 50,000 individuos
de todas edades y sexos, o sea las dos terceras parles de la guarnición, y
la mitad de los habitantes o refugiados. La guarnición que
acababa de desfilar delante del ejército francés, contaba apenas 16,000 hombres.
La
pérdida de los sitiadores no pasó de 5,000, a saber: 700 hombres del quinto
cuerpo , 2,000 del tercero , y 500 de artillería e ingenieros. De los cuales 27
oficiales de esta última arma que habían quedado fuera de combate, los 11
habían muerto en el campo de batalla, o pocos instantes después de haber
sido de él retirados.»
Hasta aquí
los autores franceses. Las calculadas inexactitudes en que abunda su relato no
impiden formar una idea, harto ventajosa por cierto, de aquella resistencia
inmortal. Ellos lo dicen todo en estas solas palabras: no parecía sino
que los franceses se disputaban con los españoles la triste posesión de un
cementerio.
El
general Palafox, que tan gloriosamente había llenado su empeño de sucumbir
primero que ceder a las falanges de Napoleón, no era cuando se rindió la
ciudad sino una imitación en compendio del cadáver de Zaragoza. Herido de
la horrible dolencia a que tantos millares de valientes rendían sus
altivos espíritus, se esforzó vanamente algún tiempo en pagar con el suyo el
tributo que la muerte parecía exigirle. Su alma, incontrastable hasta
entonces en medio de tantas fatigas, amenazó desamparar el cuerpo dos días
antes de la capitulación , y de aquí el nombramiento de la Junta reemplazando
al general moribundo, y heredando su autoridad, para deliberar sobre el
estado de la capital de Aragón y presidir sus últimos destinos. Verificada la
capitulación y ocupada Zaragoza por los franceses, hizo Lannes ocupar el
aposento del ilustre caudillo por una compañía de granaderos en la noche
del 21, cercando su lecho de muerte, al tiempo que el general se hallaba soporado y sin conocimiento de lo que pasaba en el mundo. Despertado
a fuerza de gritos, el paciente miró sin ver apenas, siendo su única
respuesta a los baldones con que le sacaron del sueño una inmovilidad
absoluta y un silencio sepulcral, porque ni articular palabras podía, ni menos
menearse del sitio en que estaba postrado. Los franceses entonces le dejaron, y
él siguió batallando en silencio con las bascas de la agonía. La naturaleza por fin pudo más que su cruda dolencia,
y Palafox vivió para tener el gran privilegio de oír lo que solo en otro
mundo mejor alcanzan a escuchar otros héroes. Los franceses hallaron en su
casa un hornillo cargado de pólvora con su mecha prevenida, y preguntado por
Lannes a que fin lo tenía dispuesto: para no verme (contestó
el caudillo desde el lecho en que estaba postrado) en el extremo de
capitular. Palabras de que infiere Marín que la resolución de Palafox
era acaso perecer con los demás defensores, si las cosas llegaban al último extremo.
Su dolencia le impidió ejecutar tan desesperado designio. Arrancado de su lecho
pocos días después, cuando aún no se hallaba restablecido, fue conducido a
Francia prisionero, quebrantando la palabra empeñada por Lannes en lo
tocante a darle libertad. La dureza con que los franceses le trataron,
privándole hasta de la compañía de sus fieles criados españoles, y
teniéndole en cautiverio hasta 1814 en el castillo de Vicennes,
será siempre un borrón que la historia arrojará a la cara del gran
hombre que lo consintió y toleró con menoscabo eterno de su
gloria.
Palafox,
O-Neylle , Saint-March , Villaba,
Butrón, San Genis, La Ripa, Simonó, Betzebé, Renovales, Waltrer,
Velasco, Sas, Wersage,
Cerezo, Marín, Piedrafita, Navarro, Olivo, Fábregues,
Villa, Moñino, Eraso, Gil, Perena, Villacampa, Buesa
, Gallart... heroínas ilustres como Sancho, Álvarez y Agustina Aragón..... ¿por
qué no podrá a vuestros nombres añadir el historiador los de tantos otros
valientes y tantas esforzadas guerreras como se distinguieron en Zaragoza en
este segundo sitio? Mas la lista sería interminable si se hubieran de citar
todos ellos. ¡Límites reducidos y mezquinos los que circunscriben la
historia, puesto que no caben en ella sino unos cuantos nombres, como muestra
de los demás que inmortalizaron a un pueblo!
La
capitulación fue violada por los imperiales en sus más importantes artículos.
Nuestros prisioneros, conducidos a Francia por Pamplona e Irún, fueron
víctimas de atrocidades las más inauditas, fusilando los franceses sin
piedad a muchos de ellos que recién salidos de los hospitales no podían
apenas moverse, cuanto menos seguir el paso que sus conductores querían,
contándose en el solo tránsito de Zaragoza a Alagón hasta 255 de estos
desdichados. El saqueo se puso en ejecución en las casas de la capital,
llevándose con rigor algún tiempo, y multiplicándose con este motivo otros
excesos y tropelías. Entre ellas la más espantosa, la menos justificable
de todas, fue el suplicio ordenado por Lannes contra el Padre
Basilio Boggiero, ex-provincial de las Escuelas Pías,
uno de los fervientes patriotas que más habían secundado con sus consejos
la resistencia de Palafox, y contra el presbítero D. Santiago Sas, aquel incomparable guerrero, comandante de las
compañías de escopeteros voluntarios de la parroquia de San Pablo, el
mismo que en las puertas del Carmen y el Portillo, en la calle de Palomar, y en
todos los puntos de mayor riesgo, fue siempre el primero en acometer y el
último en volver el pie atrás. Encerrados los dos en un oscuro calabozo, fueron
llevados después al Puente de Piedra, y acribillados a bayonetazos por la
escolta que los conducía, exhalaron sus grandes espíritus en medio de los más
acerbos tormentos, sin que de sus labios saliese otra voz que la de exhortarse
recíprocamente a sufrir su impensado martirio. ¡Así cumplió Lannes el
artículo 4.° de la capitulación, por el cual se había obligado a respetar
las vidas y haciendas de los defensores! Y lo más repugnante del crimen fue
ordenar el mariscal francés que se les asesinase en silencio, sin decirles
que iban a morir, ni darles otro aviso para disponerse que introducir en
sus cuerpos las puntas de las bayonetas.
El templo
de la virgen del Pilar fue víctima también de la rapacidad más escandalosa, extrayéndose
del joyero para los generales franceses, a título de donativos que les hacia la
Junta, alhajas cuyo importe subía a 2.588,250 reales. Saciada así la avaricia
de los compañeros de Lannes, salió este de la capital el dia 14 de marzo, dirigiéndose
a Francia y dejando por sucesor en el mando al general Junot, duque de
Abrantes.
«Muchos
han dudado, dice Toreno, de si fue o no conveniente defender a Zaragoza;
desaprobando otros con más razón el que se hubiesen encerrado tantas tropas en
su recinto.»—Sobre este último punto ya hemos nosotros dicho que fue un mal
hacinar tanto número de gentes en espacio incapaz de contenerlas.—«Mas por
lo que toca a la determinación de defender la ciudad (así se explica el
juicioso historiador a que nos referimos) nos parece que fue acertada y
provechosa. Los laureles adquiridos en el primer sitio habían dado al nombre de
Zaragoza tan mágico influjo, que su pronta y fácil entrega hubiera causado
desmayo en toda la nación. De otra parte, su resistencia no solo
impidió la ocupación de algunas provincias, deteniendo el ímpetu de
huestes formidables, sino que también aquellos mismos hombres que tan
bravos é impávidos se mostraban guarecidos de las tapias y casas, no hubieran
inexpertos y en campo raso podido sostenerse contra la práctica y
disciplina de los franceses, mayormente cuanto la impaciencia pública
forzaba a aventurar imprudentes batallas.»
Otros han
sujetado a discusión en cuál de los dos sitios fue más grande aquella población
eminente. El cronista Alcayde da la preferencia al primero, y Marín la atribuye
al segundo. Nosotros creemos que Zaragoza fue siempre igual a sí misma ; pero
en la alternativa de optar por la supremacía de uno u otro de sus asedios,
lo haríamos en los mismos términos en que lo hace el expresado Marín. Zaragoza
sitiada fué grande ; pero lo que más llenó
el mundo de una gloria que no tiene rival en la historia de los pueblos
heroicos, lo que hizo decir a Rogniat que el
heroísmo de los zaragozanos había en su opinión excedido al de Numancia
y Sagunto, lo que hirió finalmente y lo que aun hiere la imaginación de
los hombres cuando de ese pueblo se trata, es Augusta sitiada y
rendida. El decreto de la Junta Central, expedido en 9 de marzo
de 1809, y redactado por un tan justo apreciador de los grandes hechos
como puede serlo Quintana, prueba bien la sublime admiración y el religioso
asombro con que se miraba por los contemporáneos la segunda incomparable
defensa de aquella ciudad inmortal. Nosotros coronaremos la conclusión de este capítulo
con el documento en cuestión. Su elocuencia en el preámbulo es a veces
augusta y terrible.
«
Españoles, decía el decreto : La única gracia que pidió Zaragoza a nuestro
infeliz monarca cuando en Vitoria le excitó a que usase de su beneficencia
real, fue la de ser la primera ciudad que se sacrificase en su defensa. No
necesitáis vosotros, no necesita la Europa que se recuerde este rasgo generoso
para añadir motivos de interés y admiración en favor de aquel insigne pueblo.
Pero al ver consumado el grande sacrificio en las aras de la lealtad y de la
Patria, el espíritu se engrandece contemplando la terrible y admirable
carrera que ya desde entonces se abría Zaragoza a la inmortalidad y a la
gloria.
Eran
pasados más de dos meses de un sitio el más encarnizado y cruel; casi todos los
edificios estaban destruidos, y los demás minados: apurados los
víveres, las municiones consumidas: más de 26,000 enfermos luchaban con
una epidemia mortal y aguda que arrebataba al sepulcro centenares de ellos
al dia : la guarnición se veía reducida a menos de una sexta parte: el
general moribundo del contagio: muerto de él O-Neille su segundo :
Sain-March, en quien a falta de los dos había recaído el mando, ya también
doliente y postrado de la fiebre: tanto era necesario, españoles, para que
Zaragoza cediese al rigor del destino y se dejase ocupar del enemigo. Verificóse la rendición el dia 20 del pasado a las
condiciones mismas con que han entrado los franceses en otros pueblos ,
bien que cumplidas como acredita la experiencia. Así han podido ocupar
aquel glorioso recinto, donde cada calle, cada ruina , cada pared , cada
piedra está diciendo mudamente a los que contemplan: Id, y decid a mi rey,
que Zaragoza, fiel a su palabra, se ha sacrificado gustosa por mantenerse
leal.
Una serie
de acontecimientos tan tristes como notorios ha frustrado todos los esfuerzos
que se han hecho para socorrerla; pero la imaginación de todos los
buenos, fijada siempre en su suerte, acompañaba a sus defensores en los
peligros, se agitaba con ellos en los combates, los compadecía en sus
privaciones y fatigas, y los seguía en todas las terribles vicisitudes de
la fortuna; y cuando por fin les han faltado fuerzas para seguir una
resistencia que ellos han prolongado más allá de lo creíble, la nueva de
su desastre ha entristecido el corazón de tal modo, que en el primer momento
del dolor se ha creído ver apagada de una vez la antorcha de la libertad , y
derribada la columna de la independencia.
Mas
todavía, españoles, está Zaragoza en pie, y vive para la imitación y el
ejemplo: vive todavía para el espíritu público, que en tan heroicos esfuerzos
estará siempre bebiendo lecciones de valor y de constancia. Porque ¿cuál es el
español que, preciándose de tal, quiera ser menos que los valientes
zaragozanos, y no sellar la libertad proclamada de su patria, y la fe prometida
a su rey, a costa de los mismos riesgos y de las mismas fatigas? Atérrense
de ello en buen hora los viles egoístas, o los hombres sin valor: mas no
se aterrarán los otros pueblos aragoneses que están prontos a imitar y a
conquistar su capital; no los firmes y leales patriotas que ven en aquel
pueblo sublime un modelo que seguir, una venganza que tomar, el único
camino que vencer. Cuarenta mil franceses que han perecido delante de
la frágil tapia que defendía a Zaragoza, hacen llorar a la Francia el
estéril y efímero triunfo que acaba de conseguir, y manifiestan a España
que tres pueblos de igual tesón y resistencia salvarán la Patria y
desconcertarán a los tiranos. Nace el valor del valor, y cuando los infelices
que allí han sufrido, y las víctimas que allí han muerto, oigan que sus
conciudadanos siguiéndolos en el sendero de la gloria, les han aventajado
en la fortuna, entonces bendecirán mil veces su suerte aunque rigorosa , y
contemplarán gozosos nuestros triunfos.
Europa,
considerando todas las circunstancias de este acontecimiento singular, midiendo
los medios de defensa con los de la agresión, y comparando la resistencia que
ha hecho Zaragoza a los devastadores del mundo con las que les hicieron hasta
aquí las plazas de primer orden, decidirá a quién corresponde la palma del
valor, y si son los vencidos los que la han arrancado a los vencedores.
Andará el tiempo, y vendrán los días en que sosegada la agitación funesta
con que ahora el genio de la iniquidad está atormentando la tierra, los
amigos de la virtud y la lealtad vengan a las orillas del Ebro a visitar
estas ruinas majestuosas; y contemplándolas con admiración y con envidia: «Aquí
fue, dirán, aquel Pueblo que en los siglos modernos realizó, o más bien
superó, los prodigios antiguos de consagración y constancia apenas creídos
en la historia; sin tener un regimiento, sin más defensa que una débil
pared, sin otros recursos que su esfuerzo, osó el primero provocar las
iras del tirano, y por dos veces contuvo el ímpetu de sus legiones vencedoras;
la rendición de esta plaza abierta y sin defensa costó a la Francia más
sangre, más lágrimas y más muertes que la conquista de reinos enteros: no fue
el valor francés quien la rindió: un contagio mortífero y general postró
las fuerzas de sus defensores, y los enemigos al entrar en ella triunfaron de
unos pocos enfermos moribundos; mas no conquistaron ciudadanos, ni
vencieron a guerreros.»
Estas
consideraciones de mérito, de gloria y de entusiasmo público, han movido á la Junta Superior Gubernativa del Reino a expedir el
decreto siguiente :
REAL
DECRETO DE S. M.
Considerando
el Rey Nuestro Señor Don Fernando VII, y a su real nombre la Junta Suprema
Gubernativa del Reino, que los servicios hechos a la Patria
deben regularse más por el valor y los sacrificios que por el éxito, el
cual muchas veces depende de la fortuna: atendiendo a que Zaragoza no solo
no era inexpugnable, sino que considerada por principios militares, ni era
defendible siquiera, y sin embargo ha hecho una defensa cual no se cuenta
de plaza alguna en el mundo por fortificada que haya estado: a que los honores
y recompensas que se concedan a un pueblo tan benemérito de la patria, son para
los que han perecido el justo premio debido a su valor y a su martirio, a los
que han quedado un motivo de consuelo y un auxilio necesario para moderar
el rigor de su infortunio, y a los demás un estímulo poderoso para que sigan su
ejemplo: conociendo que Zaragoza, presente siempre en la memoria de los
españoles, será un manantial perenne de acciones heroicas y virtudes cívicas,
que son las que han de salvar el estado en la borrasca que le atormenta:
apreciando como es debido la gloria singular que resulta a la
nación española de la defensa admirable que ha hecho aquella ciudad, tan
preciosa a los ojos de la virtud y del patriotismo, como la más insigne
victoria; y queriendo, en fin, dar, en señal de la alta estimación en que tiene
a Zaragoza y sus habitantes, un testimonio tan singular y grandioso como
el mérito sobre que recae , se ha servido decretar lo que sigue:
·
I. Que Zaragoza, sus habitantes y guarnición
sean tenidos por beneméritos de la Patria en un grado heroico y eminente.
·
II. Que luego que el digno y bizarro capitán
general de Aragón sea restituido a la libertad, para lo cual no se omitirá
medio ninguno, la Junta a nombre de la Nación le dé aquella recompensa que
sea más digna de su constancia invencible y de su vehemente patriotismo.
·
III. Que se conceda un grado a todos los
oficiales que se han hallado en el sitio, y a los soldados se les
considere con la graduación y sueldo de sargentos.
·
IV. Que todos los defensores de Zaragoza, y
sus vecinos y sus descendientes, gocen de la nobleza personal.
·
V. Que a las viudas y huérfanos de los que
hubieren perecido en la defensa, se les conceda por el Estado una pensión
proporcionada a su clase y circunstancias.
·
VI. Que el haberse hallado dentro de la
plaza durante el sitio, sea un mérito para ser atendido en las
pretensiones.
·
VII. Que Zaragoza sea libre de todas
contribuciones por diez años, contados desde el día que se haga la paz.
·
VIII. Que desde aquella época se empiecen a
reedificar sus edificios públicos a costa del Estado con toda
magnificencia.
·
IX. Que en su plaza se erija un monumento
para memoria perpetua del valor de sus habitantes y de su gloriosa
defensa.
·
X. Que en las de todas las capitales del
Reino se ponga desde ahora una inscripción que contenga las circunstancias más
heroicas de los dos sitios que ha sufrido Zaragoza.
·
XI. Que se acuñe una medalla en su honor,
como testimonio de gratitud nacional por tan eminente servicio.
·
XII. Que a cualquiera ciudad de España que
resista con la misma constancia un sitio igualmente porfiado y tenaz , se
la concedan los mismos honores y prerrogativas.
·
XIII. Que se excite a los poetas y oradores
españoles a ejercitar sus talentos en un asunto tan sublime, y se ofrezca a
nombre de la Nación un premio de una medalla de oro y cien doblones al que
presente el mejor poema, y otro igual al que escriba el discurso más bien
trabajado sobre este sitio inmortal: llevándose por objeto en una y otra
obra, no solo recomendar a la memoria y admiración del siglo presente y de
la posteridad el valor, la constancia y patriotismo de Zaragoza, sino
inflamar con la mayor vehemencia el entusiasmo nacional, y llenar los corazones
españoles del mismo amor a la libertad, y del mismo horror a la tiranía.....
·
Tendréislo entendido y dispondréis lo conveniente a su cumplimiento.—El marques de Astorga, vice-presidente.—Real
Alcázar de Sevilla 9 de marzo de 1809. —A D. Martin de Garay.»
Las
cortes más adelante confirmaron este decreto en 22 de agosto de 1815, y el
monarca en setiembre y octubre de 1814 concedió a los defensores de
la capital de Aragón en este segundo sitio el sabido distintivo de la
cruz, con el lema de El Rey a los defensores de Zaragoza. Las
circunstancias de la lucha en que la nación se vio empeñada y luego las
vicisitudes políticas en que nos hemos visto envueltos, unidas al abandono
con que suelen mirarse en España ciertas y respetabilísimas cosas, impidieron
que las gracias otorgadas a aquel pueblo de héroes fuesen en su mayor
parte otra cosa que un bien entendido proyecto. Las almas generosas y
magnánimas que le componían no han conseguido el premio decretado, pero no
trocarían por él la gloria que les cupo en merecerlo.
|
![]() |
![]() |