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NUEVA HISTORIA DE LA IGLESIA

REFORMA Y CONTRARREFORMA

 

CAPITULO OCTAVO

 

EL ABSOLUTISMO REGIO Y EL NUEVO PENSAMIENTO

I.

La decadencia de las potencias católicas

 

El barroco había hecho resurgir en muchos terrenos la última época de la Edad Media. La piedad popular recogía la herencia de los siglos anteriores a la Reforma, tal vez con pocas variaciones y sin la conmoción interna de comienzos del XVI. Una fe inquebrantable parecía florecer de nuevo en el orbe católico; las grandes Ordenes religiosas de la Edad Media, sobre todo los dominicos, podían mostrar realizaciones teológicas que recordaban los tiempos pasados. De nuevo se manifestaba la santidad de la Iglesia en numerosos hombres y mujeres. Apenas se puede comprender el arte de esta época sin tener en cuenta la evolución que la precedió. El pontificado de un Pío V o de un Sixto V, con sus pretensiones de imponerse a reyes y príncipes, incluye rasgos típicamente medievales. En el siglo XVII se intentó regular de nuevo las relaciones entre Alemania y la Curia, entre la Iglesia imperial y la Iglesia universal, sobre la base del concordato del XV.

 

Pero la restauración del mundo medieval, tal como aparece en estos y otros rasgos ¿no era una pseudomorfosis en el sentido de Spengler? ¿Acaso no germinaban secretamente en esta cultura barroca fuerzas destructoras que la minaban por dentro? Subsistía la fachada; nada se notaba en ella; aún había de ser más plácida y frívola en el estilo del Rococó. Pero bastaría un golpe de viento y el edificio, el mundo barroco entero, habría de venirse abajo, porque le faltaba consistencia interna.

 

Vista ya incluso desde un aspecto puramente político, la hora del esplendor y del poderío del catolicismo había pasado. No existía ya ningún Sacro Imperio, ningún emperador que hubiera podido y querido ser el poderoso protector de la Iglesia. La proyectada reforma del Imperio en el sentido de formar un fuerte poder imperial no había progresado entre el confusionismo de la Reforma protestante. Al contrario, los tres decenios de discrepancias políticas con la innovación no fueron más que un continuo pactar del emperador con los príncipes territoriales, una renuncia a los derechos y tareas del Imperio. Lo que al principio sólo era exigido eventualmente y por razones tácticas, fue luego legal por la Paz religiosa de Augsburgo, y quedó confiado por la paz de Westfalia a la garantía de los Estados extranjeros. El Imperio era igualitario. Sus medios auxiliares y su autoridad, sus fuerzas militares y financieras no podían ser empleados ya en defensa de la Iglesia y apenas siquiera, como lo demuestra la historia de las guerras contra los turcos, para aliviar la situación angustiada de la cristiandad. La victoria lograda en Viena en 1683 fue un episodio afortunado. La conciencia del Imperio había des­aparecido en gran medida. Incluso en los Estados católicos se imponían los intereses egoístas de las casas reinantes. Entre los electores renanos no era raro el concertar alianzas contra el emperador o al menos el recurrir a Francia. Frente a la política sistemática de expansión del Brandeburgo y la Prusia protestantes, cuyos soberanos tomaban en 1701 el título de rey y que ya se habían conquistado firmes posiciones en la Baja Renania, no podían prosperar los principados de los electores católicos (los Estados eclesiásticos), ni siquiera Baviera, en constante rivalidad con Austria. Hasta el mismo Estado de los Habsburgo estaba agobiado con problemas no resueltos, que, prescindiendo de la resistencia secreta de una minoría proprotestante oculta, procedían sobre todo de los húngaros del sureste del Imperio. Los trozos de la herencia española que trajo consigo la paz de Rastatt de 1714, se encontraban desperdigados por diversos dominios muy lejos del corazón de Austria y, por ello, siempre amenazados.

 

Además del Imperio subsistían aún, como potencias católicas, España, Portugal y Francia. Polonia, siempre escindida interiormente y, por eso, siempre inconsistente, e Italia, fraccionada en mil pedazos, no podían contar nada. Pero al final de la época que describimos España, con Portugal y Francia, estaban entre los que perdían.

 

España, que en el siglo XVI no sólo había llevado a la fe católica a una gran parte del Nuevo Mundo, y que, bajo Felipe II, a pesar de sus diferencias con los papas, había sido la potencia católica siempre dispuesta al ataque frente a la Reforma en Inglaterra y al caos de Francia, experimentaba en el siglo XVII un lento desmoronamiento. Ciertamente aún podía sostener un imperio ultramarino; aún enviaba misioneros a la apartada California, y las Filipinas constituían en aquel siglo la base de partida para las misiones del lejano Oriente. Pero la madre patria se consumía, no sólo por el oro que gastaba en Occidente y por la pérdida de los Países Bajos, sino también por los conatos de autonomía de Cataluña y por la separación de Portugal (1640), que España tuvo que reconocer en 1668. Pero, sobre todo, por la prolongada guerra contra Francia. En 1635 Richelieu había declarado la guerra a España; los franceses apoyaron la sublevación de Barcelona y penetraron en los Países Bajos españoles. Hasta 1659 no se llegó a la paz de los Pirineos, por la que España había de ceder a Francia el Artois y Perpiñán. Cuando en 1660 subió al poder el enfermizo Carlos II, comenzó la competencia europea por la sucesión del rey, que no tenía hijos. En la guerra de sucesión española, que se extendió desde España a Bélgica, desde Colonia y Nápoles hasta Hungría y el Océano, se hundió definitivamente el poderío español. Las casas de Habsburgo y Saboya se repartieron todas sus posesiones europeas. Incluso en la península se impuso la influencia francesa.

 

Pero también Francia tuvo que sufrir cuantiosas pérdidas, Por la paz de Utrecht (1713) se vio obligada a ceder a Inglaterra Nueva Escocia, Terranova y otros territorios del Canadá. Es el comienzo de la des­trucción del imperio colonial francés en Norteamérica, que se consumó en menos de medio siglo. También algunas posesiones de la India pasaron de Francia a Inglaterra. Pero, sobre todo, la influencia portuguesa en la India se limitó a pequeños territorios; Holanda e incluso Dinamarca establecieron sus puestos comerciales, junto con la Compañía de las Indias Orientales, en las costas oriental y occidental de la India. En Indonesia, en Sumatra, ponen pie los ingleses. El pequeño Portugal no tenía hombres suficientes para mantener, además de Brasil, el imperio de la India oriental ni su influencia en Extremo Oriente.

 

La dirección de la política había pasado a las potencias protestantes. Las grandes naciones marineras, Holanda, y sobre todo Inglaterra, crearon sus imperios. Después de la guerra de sucesión española estas naciones imponen su poder en Europa, apoyadas por el poder militar de Prusia, que más de una vez se alió formalmente con aquellos Estados. Sólo a costa del Imperio y de los Habsburgo pudo Francia obtener ganancias en el Rin. Al auge de los Estados protestantes se añade también el poderío de la cismática Rusia. Por vez primera, bajo Pedro el Grande, los ejércitos rusos avanzaron sobre el Oder. La hegemonía en el norte de Europa pasa de Suecia a Rusia. Esta se afirma en el Mar Báltico.

 

Los cambios en el Canadá, India e Indonesia produjeron sus efec­tos en las misiones católicas. El culto católico fue prohibido totalmente en las nuevas adquisiciones inglesas. En Canadá los mensajeros de la fe católica fueron perseguidos enconadamente por los puritanos. En Sumatra y en las pequeñas islas de Sonda, la Compañía de las Indias Orientales fue algo más tolerante, pero el ejercicio público de la religión católica fue prohibido también aquí, bajo severos castigos. Los holandeses perseguían igualmente a los sacerdotes indígenas de Ceilán. En todas partes la administración eclesiástica tenía que hundirse poco a poco; la misión decaía, si es que no se venía abajo por completo. Además, ahora surgía, en su propio campo de trabajo, la consciente competencia de las misiones protestantes. La Compañía holandesa de las Indias Orientales había fundado un seminario en Leiden, hacia 1620, el cual debía formar pastores para aquellos territorios. En los tiempos de Cromwell se había constituido en Londres una sociedad para apoyar la misión entre los indios de Norteamérica. En contraposición a los reformados, los luteranos se retrajeron en un principio de toda actividad misionera. Pero con el pietismo de un A. H. Francke en Halle brotaron fuertes impulsos misioneros que llevaron a una misión luterana en la India. El misionero allí actuante, Bartolomé Ziegenbalg (f. 1719), se sirvió mucho, en su predicación, de la adaptación a la lengua y cultura de los territorios mi­sionados —método muy semejante al empleado por los jesuítas—, pero sin dejarse influir por la idea propagada por Leibniz de «una propagación de la fe por la ciencia».

 

También los Estados Pontificios, que en otro tiempo fueron concebidos para asegurar la independencia espiritual del papado y de la misión universal de la Iglesia, se implicaron más y más en la maraña de la política internacional. Sólo con la ayuda de Enrique IV de Francia se pudo reconquistar Ferrara en 1598. Las disensiones bélicas con Venecia fueron evitadas por los buenos servicios de un cardenal emparentado con el rey de Francia (1607). En la Guerra de los Treinta Años fueron recaudadas de los Estados Pontificios al principio grandes sumas de dinero, más reducidas después, todas ellas para socorrer al emperador y a la Liga. En 1623 el papa pudo todavía desempeñar el papel de árbitro en el conflicto entre España y Francia sobre la Valtelina, la tierra puente entre el Milanesado y el Tirol, y, como agente fiduciario, ordenó a sus tropas que ocuparan el territorio en litigio. Pero Richelieu consiguió la expulsión de las tropas pontificias. Sólo motivos de política interna obligaron finalmente al cardenal francés a desistir de un ataque armado contra el papa. La contienda entre los Barberini y el duque Farnesio por un feudo de los Estados Pontificios degenera en una campaña contra Parma, que termina con una alianza de Venecia y Toscana dirigida contra el papa; tras varia fortuna esta contienda sólo pudo ser concluida en 1644, por mediación francesa. La impotencia política y militar de Urbano VIII en esta guerra de Castro se hizo patente a todo el mundo. Las deudas de los Estados Pontificios eran enormes, a causa de la decadencia general de la agricultura y la industria, de los dispendios de los nepotes y, especialmente, por los grandes gastos militares del papa Barberini. En la Guerra de los Treinta Años se temió constantemente en Roma una amenaza de los españoles o de las tropas imperiales. Los Estados Pontificios se habían convertido en un freno de la libertad de decisión del papa en los grandes problemas internos de la Iglesia. Los papas eran observados tanto por los altos como por los pequeños príncipes italianos, que continuamente se veían implicados en sus luchas por el poder en la península apenina. Al final del período que narramos se llegó de nuevo a una contienda armada entre el papa y el emperador, después de que, en la guerra de sucesión española, las tropas imperiales quebrantaron la neutralidad de los Estados de la Iglesia y, finalmente, ocuparon incluso la ciudad de Comacchio (1708). La resistencia de las tropas pontificias se hundió rápidamente. La misma Roma estuvo amenazada. El papa tuvo que confesar de nuevo su impotencia y concluir una paz, y con esto hubo de inclinarse contra su voluntad, y en contra de la postura que había adoptado hasta entonces, a favor de la causa de los Habsburgo.

 

A la coacción masiva para lograr adhesiones y asentimientos se unió también la coacción interior, que fue empleada primeramente por Felipe II y, más tarde, de forma especial, por Francia, con Richelieu y Luis XIV. La elección del papa era ya el campo en que actuaban las grandes potencias. No era sólo que éstas consiguieron el nombramiento de determinados cardenales, los cuales después, en los cónclaves, provistos, como subordinados suyos, de instrucciones concretas, podían influir en los electores y formar un partido. Sin ocultarlo, estas grandes potencias hacían uso del derecho de veto, reivindicado por ellas contra el candidato que no les agradase. Desde los primeros intentos de España, dirigidos contra la elevación de Baronio, el veto evolucionó hasta convertirse en una petición formal de exclusión (Exclusive) cuando en 1644, después de la muerte de Urbano VIII, amigo de los franceses, el jefe de los cardenales españoles declaró que el candidato de los Barberini no merecía la confianza de su rey y que los electores tenían que atenerse a esto. En 1670 Francia y España hicieron respectivamente uso de la exclusiva contra dos candidatos de grandes esperanzas. Por una iniciativa del emperador fracasó en 1691 la elección del excelente Gregorio Barbarigo, luego canonizado. Pero muchas veces los cardenales lograron adelantarse a tan burdas influencias sobre la elección del papa.

 

Los derechos de soberanía de los papas, acerca de los cuales el embajador francés en Roma escribió en una ocasión que el rey los nombraba con la misma naturalidad con que elegía al presidente de cualquier gremio de comerciantes parisinos, fueron tratados por Francia de una forma realmente insultante. Se iba más allá de las formas de etiqueta, a las que en aquella época de gran «pathos» y pose se les concedía excesiva importancia, cuando los embajadores de Francia, España y Venecia entraban en Roma con cortejos fuertemente armados o cuando los embajadores de Francia pretendían que la inmunidad diplomática se extendiese del palacio Farnesio a todo el barrio que le rodeaba. Un distrito tan amplio tenía que servir de escondrijo y asilo de malhechores, pero también tenía que dar lugar necesariamente a incidentes y choques entre el servicio del embajador y la policía pontificia. En un incidente se había llegado incluso a amenazar al embajador. Por ello éste abandonó Roma, el nuncio pontificio fue expulsado de Francia y Aviñón fue ocupado y declarado propiedad del rey francés; el papa, amenazado con preparativos de guerra contra sus Estados, no sólo fue sometido a una molesta humillación, sino forzado también a hacer concesiones políticas (1664). Lo que Luis XIV había conseguido frente a Alejandro VII, no lo obtuvo frente al papa más importante del siglo: Inocencio XI. Este había declarado que no recibiría a embajador alguno que antes no hubiera renunciado al derecho de asilo. Las potencias hubieron de conformarse. Sólo el embajador francés, a pesar de la bula pontificia que declaraba nulo tal derecho, penetró en la ciudad eterna con un cortejo armado e invocó el «antiguo» derecho, como si no hubiera sucedido nada. El papa le negó la audiencia y lanzó sobre él la excomunión a causa de su osadía. El rey contestó con las usuales medidas de violencia e incluso apeló contra el papa a un concilio general. Pero Inocencio no cedió y su sucesor tuvo la satisfacción de que Luis devolviera Aviñón por razones de política exterior, y que renunciara al derecho de asilo.

 

Esta contienda fue sólo una especie de incidente en el gran drama de las diferencias entre el absolutismo orgulloso de Luis y la conciencia del deber de los papas. De una parte estaba el rey, al que le cupo en suerte un reinado extraordinariamente largo (1643-1715) y que después de la muerte de Mazarino (1661) fue su propio primer ministro y dirigió personalmente los destinos de su nación, organizada centralísticamente por Richelieu; y de otra estaban los papas, hasta el número de nueve, la mayoría de las veces de más edad, a menudo personas débiles, todas dignas y piadosas, pero ninguna, a excepción de Inocencio XI, de aquel temple heroico que había distinguido a tantos papas del siglo XVI, con un Estado financieramente pobre y territorialmente pequeño, con partidos dentro del colegio cardenalicio, pero con un gran sentido de responsabilidad ante la conciencia y el derecho. Pero Francia tenía un imperio, que también propugnaba una unidad última en la fe, que daba el tono espiritual y científico a Europa, con un clero devoto, una policía ágil y un ejército fuerte y dispuesto al ataque. En París no había hecho acto de presencia la flexibilidad del barroco, su entusiasmo sobrenatural por la fe y su espíritu triunfalista. Los planos de Bemini para el Louvre no habían encontrado allí acogida alguna. Con las austeras y claras formas del arte antiguo, que en otro tiempo habían servido de criterio al Renacimiento, fueron construidos la catedral de los Inválidos de París, la capilla real del palacio de Versalles y, sobre todo, el Louvre. Este clasicismo, que es una cultura expresamente cortesana, debía superar el esplendor del barroquismo romano y dar la supremacía también en este terreno a Francia y a su rey.

 

Común con el barroquismo era sólo la postura absolutista, pero no su configuración concreta, mezclada con una especie de patriarcalismo. Pero precisamente en esta postura absolutista se mostró la debilidad y flaqueza de la cultura barroca. En Roma, si se prescinde de su aspecto religioso, y más aún en España, y especialmente en Francia, ésta se centraba exclusivamente en las altas clases de la sociedad, en los señores y en los nobles cortesanos. Tan pronto como se olvidó el triunfo de la fe y la dedicación a Dios, apareció en su centro la fama y el «honor», tal como en su Cid lo había presentado Corneille, como el valor más elevado, que pone a su servicio incluso los sentimientos de los amantes. A esto se sumó la conciencia de aquellos «gigantes» de tener en sus manos los arcana imperii. Como Dios rige el universo de manera grandiosa pero incomprensible para los hombres, así los reyes rigen su imperio, el Estado, que son ellos mismos, conforme a la necesidad, a la razón de Estado. Así, las ideas del Renacimiento se mostraron en Francia más fuertes que en España e Italia; preponderó aquel humanismo que llevaba el sello de Padua y Maquiavelo, humanismo que predicaba el cálculo frío y la razón de Estado, y que en lugar de fomentar la renovación de la Iglesia que pretendía el barroco, intentó imponerse a ésta. La ruptura con la tradición medieval, que en otros sitios se imponía en la vida barroca, fue mucho más profunda en esta nación. También el humanismo creyente, que tan esplendorosamente había distinguido a la Iglesia francesa antes de Luis XIV, perdió su impulso elevado e ideal ante el frío cálculo con que la razón de Estado trataba de conseguir paso a paso sus objetivos. También fue de un efecto destructor el mal ejemplo moral del rey, sus costumbres desordenadas, que no se separaron ya más de la realeza, que corrompieron a toda la sociedad cortesana, y que, dada la devoción religiosa puramente externa del rey, colocó a los predicadores y confesores de la corte ante difíciles problemas de conciencia.

 

II

EL GALICANISMO