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NUEVA HISTORIA DE LA IGLESIA

 

REFORMA Y CONTRARREFORMA

CAPITULO SÉPTIMO

LA NUEVA VITALIDAD DE LA IGLESIA MISION UNIVERSAL, CONVERSIONES

Y CONFIGURACION BARROCA DEL MUNDO

 

II

NUEVAS EMPRESAS MISIONERAS.

FRANCISCO JAVIER

 

Pero la nueva vitalidad de la Iglesia no se manifestaba sólo en la defensa militar contra el ataque de los pueblos bárbaros, en la que de nuevo cumplió el Imperio su histórica misión para con la Iglesia, y Austria hizo justicia a su destino cristiano-occidental con enormes sacrificios económicos impuestos a iglesias y conventos y con un gran entusiasmo del pueblo por la fe. Esta vitalidad se mostró especialmente en la grandiosa empresa misionera, que sólo puede encontrar paralelos en la época de la predicación de los apóstoles y de la misionización de los países anglosajones. Si los privilegios de España y Portugal por las bulas de patronazgo crearon el cuadro jurídico, la joven Compañía de Jesús aportó las fuerzas disciplinadas, formadas y dispuestas al sacrificio, necesarias para la empresa que debía llevar la fe católica al mundo inmenso y desconocido del oriente y del occidente.

 

Pocos años antes se había quejado todavía Erasmo de la falta de espíritu misionero. Pero ya en el mismo año de la fundación de la Compañía de Jesús Ignacio puso a disposición del embajador portugués, que por encargo del rey le pidió sacerdotes para las Indias orientales, a Francisco Javier y a Rodríguez. En abril de 1541 embarcaba en Lisboa el joven procer de Navarra. Rodríguez era retenido por el rey en Lisboa. Tras una penosa navegación de trece meses Francisco Javier desembarcaba en Goa. Al principio dedicó su labor a sus compatriotas marinos, mercaderes y colonizadores; después, a los nuevos cristianos, superficialmente convertidos. Pero pronto se dirigió a los gentiles. Entre los pescadores de perlas de la costa suroeste de la India bautizó diez mil nuevos conversos, visitó Ceilán, marchó a Malaca, desembarcó en las Molucas y volvió de nuevo a Malaca. Por todas partes su empresa era bendecida con grandes éxitos. Su presencia y su palabra sobrecogían a las masas. Escribía de sus éxitos a Ignacio y a los hermanos de la Orden en Europa. Sus cartas fueron impresas en 1545 y leídas en todas las casas de la Compañía, entusiasmando a los nuevos clérigos, que, encendidos por su ejemplo, deseaban marchar al Oriente a fin de extender allí el reino de Dios. Pero Francisco Javier no se detuvo en la India. Oyó hablar del recién descubierto Japón y se sintió obligado, como explorador del campo de misión, a ver las posibilidades de evangelizar aquellas lejanas tierras. Con unos pocos compañeros llegó allí en 1549. En seguida conoció las características político-sociales del imperio insular. Logró ganarse el favor de uno de los señores feudales de aquella nación y establecer una comunidad, después que el antiguo maestro parisino entablara largas y eruditas discusiones con los bonzos budistas. Fue imposible realizar un viaje a la corte imperial. Como Ignacio le había nombrado superior de la nueva provincia india de la Orden, Francisco Javier tuvo que volver a Goa en 1552. Se consideraba totalmente como superior de una misión, y la organizó con inteligentes instrucciones. Se preocupó de la formación del clero indígena. Escribió a Europa pidiendo refuerzos de jóvenes misioneros. Situado espiritualmente en la frontera de la Edad Media y la Moderna, no se escandalizó del patronato regio e invocó sin reparo alguno el poder temporal en apoyo de los intereses cristianos, pero ya percibió, por otra parte, algo del valor propio de aquella extraña cultura que se le había manifestado en la India y en el Japón. En el verano de 1552 marchó de nuevo al norte. Ante la costa de China buscó una ocasión para penetrar en el Imperio celeste, herméticamente cerrado a los extranjeros. Después de más de dos meses de inútil espera, el «adelantado de la misión moderna» (Schurhammer) murió de fiebre, con una muerte solitaria, teniendo en la mano la vela que le había alargado su cocinero chino, el único que se encontraba junto a él. Era el 3 de diciembre de 1552.

 

El trabajo de pionero de Francisco Javier, cuyos numerosos éxitos aumentó fantásticamente la leyenda, a causa de malentendidos y de exageraciones retóricas, produjo muchos frutos. La muerte del gran misionero, cuando apenas contaba cuarenta y seis años, constituyó por el momento un duro golpe para la joven misión. Pero el difunto había descubierto a los misioneros de las diversas Órdenes, que en los próximos siglos marcharían al lejano Oriente, los caminos y las posibilidades de una actuación fecunda. Javier había establecido los puntos de apoyo para ulteriores trabajos. Sus continuadores lucharon en la India, como él, con las mismas dificultades, con el escándalo que producía la conducta de los portugueses, con la fuerte separación entre las diversas castas, con la oposición o la resistencia pasiva de los brahmanes. Pero los misioneros portugueses estaban tan firmemente convencidos de la superioridad de la cultura occidental, que no se les podía ocurrir otra cosa que instaurar en esta tierra de misión la Iglesia occidental, con todas sus formas jurídicas y sus expresiones litúrgicas. El rito especial de los cristianos de santo Tomás, unificado en 1599, era muy mal visto. Intentos de latinizarlo volvieron a destruir en parte la unión. El encuentro con la cultura de la India, con ese mundo estructurado en forma tan distinta, no se realizó bien al comienzo y no se comprendió su necesidad. Los ensayos de misionar el imperio del Gran Mogol Akbar no pudieron conseguir la conversión definitiva del príncipe mahometano, a pesar de su buena disposición para con los misioneros. Algunos jesuítas padecieron también martirio.

 

JAPON

 

Por el contrario, en el «país del sol naciente» la misión se desarrolló de modo favorable. Francisco Javier había dejado en el Japón una pequeña comunidad. La predicación de sus hermanos de Orden, que pronto llegaron al Japón, ganó rápidamente a miles de creyentes. En el actual Kioto, donde Francisco Javier no había penetrado, había ya siete iglesias cuatro años después de su muerte. Cuando en 1582 el jesuíta italiano Valignano, visitador de la misión, abandonó el Japón, los cristianos ascendían a ciento cincuenta mil. Valignano era un hombre abierto al mundo, organizador inteligente, que propuso la creación de un seminario para la formación del clero indígena; desgraciadamente los planes no se realizaron rápidamente y con la debida perfección. Quiso crear también escuelas y hospitales y organizó una embajada a Roma para estrechar la unión personal de los nuevos cristianos con la Iglesia universal y con su Pastor supremo. Esta embajada fue presidida por príncipes japoneses y recibida solemnemente por Gregorio XIII en 1585. Promovidas por Valignano, surgieron imprentas cristianas y una literatura cristiana en lengua japonesa. Parecía haberse puesto en marcha una callada adaptación a la cultura japonesa, especialmente a su orden social y familiar. No obstante, los jesuítas evitaban poner en peligro la pureza de la doctrina cristiana asimilando conceptos japoneses. Por ello aceptaron en sus predicaciones y en su literatura en japonés la exposición occidental y latina de los misterios cristianos.

 

Gozando de la protección de uno de los príncipes feudales del Japón, la misión contaba con grandes esperanzas. Los optimistas creían en la rápida conversión de toda la nación, sobre todo teniendo en cuenta el sacrificado celo de los nuevos cristianos. Pero su gran protector cayó asesinado en 1585. Su sucesor exigió de repente, en 1587, que todos los misioneros abandonaran el Japón en el plazo de pocos días. Los jesuítas se desparramaron por todo el país entre sus amigos cristianos. Se podía tener esperanza de que vendrían tiempos mejores, pues aún no habían hecho aparición tensiones nacionales y políticas. Hasta entonces no se había manifestado en el Japón el patronato portugués, sobre todo porque Sixto V había nombrado ya el primer obispo para aquel país. Pero los éxitos de los jesuítas portugueses no permitieron que se durmieran los españoles en las vecinas Filipinas. En pocos decenios éstos habían convertido allí a la fe a casi todo el imperio insular y creado un pueblo unido gracias a la religión cristiana. En vez de profundizar en el trabajo, los misioneros españoles dirigían sus miradas al Japón. Los primeros franciscanos llegaron a Kioto y Nagasaki con una embajada del gobernador de Filipinas. Su presencia dio en adelante a la misión una nota política. Se comenzó ahora a temer en el Japón una conquista, que podía ser preparada por los misioneros y por los cristianos. Esto provocó una persecución sangrienta. En 1597 veintiséis cristianos fueron crucificados en Nagasaki, entre ellos también tres jesuítas japoneses. No lograron éxito los intentos hechos para que la autoridad del virrey de la India asumiese la defensa de los por lo menos trescientos mil cristianos —otros datos hablan de quinientos mil y de más.

 

Detrás de ellos no había ninguna clase de poder. Los soberanos siguientes ordenaron la supresión radical de la religión católica. Todos los misioneros que pudieron ser prendidos fueron ejecutados; a los cristianos se les quiso mover a la apostasía a base de crueles castigos. En 1637 hubo una rebelión armada, que los soberanos japoneses sólo pudieron sofocar con el auxilio de los cañones de las naves holandesas. Se rompieron las relaciones comerciales con Portugal. Los misioneros que no fueron ejecutados, fueron expulsados; las iglesias y colegios, destruidos. El número de mártires en esta época heroica del cristianismo japonés ascendió a más de mil. Los últimos misioneros, algunos de los cuales llegaron todavía al país en 1643, se ocultaron entre los cristianos y organizaron una Iglesia oculta, escasa en clero y que luego, por la falta de jerarquía indígena, quedó sin sacerdotes, subsistiendo hasta que fue descubierta más tarde, en los siglos XIX y XX, en Nagasaki y Osaka. Estos «cristianos viejos» conservaron su fe a pesar del continuo peligro que corrían sus vidas. Actas judiciales de los años 1660-1674 informan que en Nagasaki fueron ejecutados cincuenta y siete cristianos y cincuenta y nueve murieron en las cárceles. A todo sospechoso de cristianismo se le exigía pisotear el crucifijo o una imagen de la Virgen. Es una afirmación no demostrada la de que los calvinistas holandeses, que por aquel entonces ejercían el monopolio comercial completamente aislados de la población, se sometieron a este escarnio de la religión cristiana a causa de sus intereses comerciales.

 

 

ADAPTACION EN CHINA Y EN LA INDIA

 

En el mismo año de la muerte de Francisco Javier nacía Matteo Ricci, que, treinta años más tarde, fue el primer misionero que pudo pisar la tierra firme de China. Llegó a ella a través de Macao, ciudad que fundaron los portugueses frente a la isla en que muriera solitario el santo. Ricci, perteneciente también a la Compañía de Jesús, estableció con sus dos compañeros varios puestos de misión y llegó finalmente, a través de Nankín, hasta Pekín, donde residía la corte imperial. Cuando murió en 1610, se le dio una sepultura del Estado y se le dedicó una honrosa inscripción imperial. Ricci debió sus éxitos prodigiosos a su propio sistema de misionar. Le hacían destacar sus conocimientos técnicos y su saber matemático y astronómico, cosas que en China gozaban de gran prestigio. Ricci había adquirido estos conocimientos en Roma. Construyó relojes, mapas, calendarios, instrumentos geográficos y astronómicos y escribió en chino tratados correspondientes a estas ciencias. Vistió a la usanza de los sabios del país, los mandarines, tomó un nombre chino y observó en su trato con los naturales las costumbres del país.

 

A esta adaptación exterior se unió la interior. En esta tierra encontró una cultura muy antigua, que dominaba firmemente toda la vida del celeste imperio. Había, por un lado, la indiscutible soberanía del emperador, de los príncipes y de los sabios, que vivían su vida con el correspondiente lujo exterior. Y sobre todo encontró en todas partes la autoridad espiritual de Confucio y el alto aprecio a la familia, que aparecía realmente como una comunidad religiosa en el culto de los antepasados y en la veneración a las imágenes de los muertos. Ricci, libre de todo orgullo de superioridad occidental, supo hallar una relación positiva con la sabiduría china. Creyó ver en ella signos claros de un monoteísmo e incluso del nombre de Dios («Señor del cielo»), que parecían adecuados para la predicación cristiana. Con esta abertura espiritual Ricci escribió libros sobre cuestiones de teología natural, a fin de establecer las bases para una labor más amplia de conversión. Con su postura ganó creyentes sobre todo en los círculos cultos e influyentes, a los que permitió el uso del nombre chino de Dios, la veneración a Confucio y el culto a los antepasados, pues veía en esto sólo fórmulas y usos civiles, pero excluyó los actos de sacrificio propiamente dichos. Su abertura y la de sus colaboradores facilitó grandes progresos y, tras una audiencia con el emperador, logró incluso la fundación de una misión, la construcción de una iglesia en Pekín y el bautismo de varios miembros de la casa imperial. Cuando Ricci murió podía considerarse que la misión estaba ya asegurada con la existencia de una comunidad de cerca de mil cristianos, pertenecientes en su mayoría a las clases más cultas. Mas como el sucesor de Ricci no quiso autorizar las concesiones que hiciera aquél, fue expulsado de Pekín.

 

Ricci encontró en 1622 un heredero espiritual en Adán Schall, natural de Colonia, que en Roma había entrado en la Compañía de Jesús y ahora llegaba a Pekín. Tanto él como Ricci habían sido en Roma alumnos del célebre jesuíta de Bamberg P. Clavio. Schall logró rápidamente por sus conocimientos el favor del emperador chino. El encargo de reformar el calendario chino le sirvió de motivo para escribir un manual completo de astronomía, con ciento cincuenta tratados en total. Su calendario fue introducido en el imperio. Por haber calculado con exactitud un eclipse de sol, le nombraron mandarín de primera clase y director de la oficina astronómica imperial, cargo que le obligaba a publicar cada año el calendario, con todos sus anexos supersticiosos. La caída de la monarquía no perjudicó la posición de Schall ni de la misión, que hacía grandes progresos a la sombra del prestigio de éste. El nuevo emperador concedía en 1657 la libertad religiosa en todo el imperio. El número de cristianos se estimaba en ciento cincuenta mil almas. Des­pués de la muerte del emperador hubo un retroceso. Schall mismo fue encarcelado, condenado a muerte y salvado de ella casi sólo por milagro. Murió en 1666.

 

Su sucesor como presidente del tribunal matemático fue el jesuíta flamenco P. Fernando Verbiest, colaborador suyo y que también sufrió prisión como él. Verbiest, que era un genio universal, trabajó en todos los terrenos posibles, con lo que conservó para la misión el necesario favor del emperador. Construyó aparatos modernos para los observatorios, edificó una gran conducción de aguas, incluso fundió cañones por mandato del emperador, escribió obras matemáticas y apologéticas, dirigió la misión y ordenó traducir al chino a santo Tomás de Aquino, así como los libros litúrgicos. Ya en 1615 Pablo V había concedido, en efecto, permiso para decir la misa en lengua china. Verbiest escribió a Europa solicitando de la Compañía colaboradores eruditos y se esforzó por formar un clero indígena. Un Breve laudatario de Inocencio XI, en el que se le ensalzaba por haberse servido tan sabiamente de la ciencia profana para propagar la fe, lo defendió contra los ataques y acusaciones de sus enemigos. Cuando murió en 1688, el observatorio siguió ininterrumpidamente en manos de la Compañía de Jesús hasta la supresión de ésta. En tanto la Compañía había acometido también otras tareas. Especialmente los jesuítas franceses se ocuparon de investigar la lengua del país y ejercían la medicina. Un éxito médico logrado con el emperador en 1692 tuvo como consecuencia el permiso de predicar libremente el cristianismo en todo el imperio. El número de cristiano ascendió al parecer a un millón. Ya en 1674 un chino era nombrado por primera vez vicario apostólico. Los otros vicarios apostólicos, que fueron en su mayoría franceses, exigían a todos los misioneros el juramento de obediencia. Con esto se incrementaron de una manera sensible en la misión china, exteriormente tan pujante, las tensiones latentes, de las cuales nos ocuparemos más adelante.

 

También en la India se llegó a una amplia adaptación a las leyes sociales del país. Por los años en que Ricci vivía como mandarín en Pekín, el jesuíta italiano P. Roberto de Nobili (1577-1656) solicitaba el ingreso en la casta de los brahmanes. Había llegado al sur de la India en 1606 y pronto vio que el método misional empleado hasta entonces por los portugueses en las fronteras de sus colonias no era eficaz. Ningún hindú se dejaba bautizar por un sacerdote europeo que frecuentase el trato con el pueblo bajo e incluso con los intocables. Así Nobili, con el permiso de su obispo, se aisló de sus compañeros y en una choza, con traje de brahmán, llevó la vida propia de un penitente indio, aprendió la lengua sagrada y los tres idiomas usuales en el país, leyó la sagrada escritura de los hindúes y se presentó como profesor al estilo de los brahmanes. Además declaró que no procedía de europeos vulgares y corrientes, sino de príncipes, y que desde su juventud había llevado vida de penitente, lo que en este jesuíta de tan noble linaje encontraba plena justificación. Así supo conquistarse una serie de discípulos de la casta más elevada. También él comenzó tratando cuestiones de teología natural, de la existencia de Dios, de la creación y de la inmortalidad del alma. Los neófitos podían conservar todas las costumbres de su casta, debiendo sólo renunciar a la poligamia y al culto de los ídolos. En la administración del bautismo se eliminaron algunas ceremonias que eran inaceptables para la sensibilidad india. En pocos años fue necesario levantar una iglesia propia para los brahmanes convertidos. A los compañeros de Nobili toda esta adaptación les pareció excesiva. Lo acusaron de mezclar costumbres cristianas con otras paganas. Nobili se vio obligado a justificarse. El fallo le hubiera sido desfavorable si su paisano, el cardenal Belarmino, no hubiera salido en su defensa. Así, su método fue aprobado en Roma, pero con ciertas reservas.

 

Una serie de misioneros jesuítas siguió también su ejemplo en la misionización de otras castas. La misión se vio acompañada de lentos pero continuos éxitos. Después de la muerte de Nobili, el trabajo de conversión prosiguió, a pesar de la resistencia de los brahmanes y de la persecución. En esto sobresalió el jesuíta portugués Juan de Britto, que, llegado a Madera a los veintiséis años, aceptó en seguida la forma de vida de un maestro de la casta inmediatamente inferior a la de los brahmanes. Su influjo en los príncipes y en el pueblo despertó, en verdad, la envidia de sus enemigos. Después de una actividad que duró veinte años, Britto fue decapitado en 1693.

 

El historiador moderno de la Iglesia puede criticar algunos detalles de tal método de misionar, pero no puede menos de ver que aquí apareció una grandiosa manifestación de insospechada energía, del impulso y vitalidad de aquella Iglesia que tan profundamente había sido herida por la Reforma protestante. Un puñado de hombres jóvenes dio pruebas de gran valor y de constante fidelidad al adentrarse en extrañas culturas y en los imperios inmensos de Oriente, para predicar el mensaje de la cruz. Estos heraldos de la fe no contaban más que consigo mismos, trabajaban en el más extremo abandono. «Vuestro solitario hijo» escribía Francisco Javier en una carta dirigida al rey de Portugal y en otra expresaba su gran anhelo de ver de nuevo en vida a su padre espiritual san Ignacio. Sin poder recibir consejos de nadie, había que tomar decisiones gravísimas, y con pocos compañeros, a veces en medio de pueblos extraños, soportar peligros, dominar dificultades, sufrir desengaños. Pero en estas circunstancias a los solitarios pioneros del cristianismo se les ocurrieron ideas como la de la adaptación que precisamente iban en contra de las hasta entonces tradicionales. Que estos pensamientos no estaban en el ambiente lo demuestra ya la oposición que tales hombres encontraron en sus mismos hermanos de religión. Consoladora para ellos debió de ser sin duda la magnánima confianza con que Ignacio, sus sucesores y los papas los alentaban.      

 

LAS «DOCTRINAS» EN EL PARAGUAY

 

También las llamadas reducciones del Paraguay constituyeron un grandioso intento y una acción digna de respeto. Si en el Asia Oriental algunos religiosos, bajo la protección de los portugueses, llegaron a adaptarse a aquellas elevadas culturas, en Hispanoamérica, bajo la protección del rey de España, se trató de defender a razas de baja cultura contra la explotación de conquistadores y colonizadores y formar lentamente un pueblo cristiano. Para esto no se necesitaban en primer término sabios, sino predicadores populares y buenos educadores. El hecho de que franciscanos y jesuítas tuvieran este pensamiento, y el que los últimos fueran las cabezas directoras de la acción, prometía un éxito duradero. Los franciscanos pudieron construir, por decirlo así, una comunidad de la Orden tercera al nivel de las tribus, y los jesuítas, que en Europa se ocupaban principalmente de la educación de las clases cultas, pudieron practicar sus principios educativos y sus experiencias en una especie de colegio exento al aire libre. Frente a muchas lamentables opresiones de los indios en el Nuevo Mundo (aunque la Iglesia y las leyes estatales defendían siempre fundamentalmente la dignidad humana de éstos), frente a la inconstancia de los nativos y el caprichoso nomadismo de las tribus, que hacía imposible una profunda instrucción y educación cristiana, el aislarlos de los europeos y el asentarlos en sitios fijos parecía constituir un presupuesto para poder realizar un auténtico trabajo misional.

Los primeros ensayos fueron ordenados por el general de los jesuítas, P. Aquaviva; otros fueron llevados a cabo en Méjico. El rey Felipe III de España creó la base jurídica, pues en 1610 liberó a los indios de todo trabajo forzado al servicio de personas particulares, ley a la que él mismo se sometió inmediatamente. En nombre del rey los mensajeros de la fe debían tomar también a su cargo la administración temporal y la justicia de los territorios aún no habitados por blancos, en Paraná, en el actual Paraguay, en los límites argentino-brasileños de esta nación. En el mismo año fundaron los jesuítas la primera aldea-misión, la reducción de san Ignacio. En los veinte años siguientes siguieron trece más, y en 1700 ascendían ya a treinta. Estas aldeas cristianas, que fueron habitadas rápidamente por guaraníes, tenían cada una de ellas hasta 30.000 habitantes. Habían sido levantadas conforme a planos bien estudiados. En el centro estaba la iglesia, de piedra arenosa, adornada de rica fachada; junto a ella el campanario; y en la plaza en torno a la iglesia se situaban las escuelas, la casa de los Padres, un edificio para los enfermos, las viudas y los forasteros. Después venían alineadas las casas de las familias particulares, casas que más tarde fueron también construidas de piedra. El molino y otras industrias se hallaban en las afueras del pueblo. El labrantío era propiedad común, así como los aperos de labor. Sin embargo, el jefe de familia no sólo poseía un huerto en torno a la casa, sino que recibía también una parcela de bien común para su labranza, de la que debía entregar a la comunidad ciertos productos. Con el importe de éstos se pagaban los impuestos reales y se atendía a los enfermos y ancianos. El trabajo era obligatorio y estaba controlado, pues los indios no estaban acostumbrados a un trabajo fijo.

 

Leyes sencillas regulaban la vida común; la justicia era ejercida suavemente por los Padres. El castigo más fuerte y mayor era la expulsión. Junto a los Padres había un alcalde nativo elegido, pues a los europeos no se les permitía vivir en estos pueblos. La religión santificaba toda la vida oficial y privada: La misa diaria y el rezo del Santo Rosario ayudaban a ello, así como la enseñanza diaria de la doctrina cristiana a los niños y la catequesis dominical para los adultos. No en vano se llamaba «doctrinas» a estas reducciones. También se celebraban procesiones y se representaban autos sacramentales adaptados al temperamento jovial de los guaraníes.

 

La vida feliz y patriarcal de estos pueblos fue sólo perturbada por las incursiones de tribus de indios salvajes y por los ataques de los mercaderes de esclavos. Por ello los jesuítas obtuvieron en 1641 un permiso del rey a fin de poder armar a sus indios. El aislamiento de los blancos, con el cual se intentó solucionar entonces el problema de la raza, dio origen a diversos rumores, como el de que los jesuítas amontonaban allí cuantiosas riquezas.

 

A pesar de depender del rey, las reducciones eran propiamente un mundo autónomo, un «Estado jesuítico». El trabajo fielmente ejercitado durante generaciones transformó a los indios en hombres capaces y activos. Hasta la misma predicación de la fe corrió financieramente a cargo de ellos. Sin embargo, los Padres de la Compañía no pensaron al parecer en la posterior evolución de sus planes, ni tampoco se preocuparon de crear un clero indígena. Una cierta fatiga espiritual se abatió también sobre estas reducciones a la terminación del período que reseñamos.

 

Todas las acciones misioneras señaladas hasta ahora estaban bajo el derecho del rey. El patronato de los monarcas de España y Portugal les ofrecía una protección más o menos efectiva, pero les impuso también límites y ataduras, haciendo aparecer la propagación de la fe como una empresa nacional, que estaba en insoluble relación con la política colonial. Que la misión era una tarea de la Iglesia entera, no apareció claramente hasta que se fundó la Congregatio de Propaganda Fide, conocida más brevemente por la Propaganda. La creación de esta Congregación no fue sólo una medida organizadora, en el sentido del centralismo curialista del período postridentino. Indudablemente fue también esto; pero en primer lugar fue el resultado de una nueva reflexión de la Iglesia sobre su misión pastoral universal. Estas tareas no podían dejarse ya a la buena voluntad de los monarcas, ni tampoco al celo misionero de algunas Ordenes religiosas. Pertenecían a las obligaciones que habían sido impuestas al vicario del Buen Pastor. Constituían una parte de la misión apostólica, especialmente para los sucesores de aquel apóstol al que el Señor había confiado el cargo de Pastor universal de toda la Iglesia. La Iglesia oficial tomó de nuevo a su servicio las fuentes de energía que habían brotado de los corazones de los hombres piadosos, las mantuvo puras, las encauzó y las hizo fructíferas.

 

Por vez primera una iniciativa local y limitada de Ignacio, la misión romana entre los judíos, fue puesta bajo la protección oficial de la Iglesia en la figura de un cardenal protector. Pío V había instituido dos grupos de trabajo, uno para la conversión de los herejes y otro para la de los infieles, y nombrado para ello varios cardenales. La idea de crear un seminario pontificio para las misiones fue sopesada en la Curia. Pero el tiempo no estaba aún maduro para tal idea. Una historia moderna de las misiones hace notar a este propósito que, en la reorganización de la Curia llevada a cabo por Sixto V, no se confió a ninguna de las quince Congregaciones existentes el cuidado de la propagación de la fe. Tal Comisión fue instituida por Clemente VIII, en 1599. Pero la muerte del papa (1605) trajo consigo el fin de la misma. Carmelitas españoles de la reforma, que habían comenzado a misionar en las Indias Orientales, y clérigos regulares italianos, propugnaban continuamente la fundación de una Congregación romana para la propagación de la fe. El general de la Orden carmelitana, Domingo de Jesús María, que en la campaña de Bohemia izó la cruz ante las tropas de la Liga en la victoria de la batalla de la Montaña Blanca (1620), convenció a uno de los cardenales, amigo suyo, de la necesidad de tal institución. Al ser nombrado papa (Gregorio XV, 1621-1623) este cardenal, la fundación estaba ya decidida.

 

En la fiesta de la Epifanía de 1622 el papa, «conociendo que la misión preferente del oficio pastoral es la propagación de la fe, por la que los hombres son llevados al conocimiento y adoración del verdadero Dios», creó una Congregación de trece cardenales, dos prelados y un secretario, a los que encomendó e impuso la tarea de propagar la fe. La bula de fundación, Inscrutabili divinae providentiae, no fue promulgada, sin embargo, hasta el 22 de junio de 1622.

 

Recordando conatos semejantes realizados anteriormente, era preciso probar, en primer lugar, las posibilidades y límites de tal grupo de trabajo, nacido del celo religioso, antes de elevarlo a una paridad oficial con las demás Congregaciones fundadas por Sixto V. Un optimismo esperanzado y un bien meditado plan se manifestaron en las primeras gestiones de los llamados a la Congregación. Esta tuvo un secretario extraordinariamente hábil y diestro y hubo de agradecer mucho de su empuje al celo del carmelita Domingo de Jesús María, que rápidamente fue incluido en la Congregación y pudo entregarle regularmente muchos y cuantiosos estipendios. Uno de los prelados, el español Vives, legado en Roma de la infanta Isabel, puso a disposición su palacio de la Plaza de España, y otro de ellos colaboró en la dirección de la planificación general. La primera sesión se celebró el catorce de enero. En la siguiente, celebrada en marzo, se asignaron ya los puestos de trabajo y se presentaron las propuestas que aseguraban la financiación, para la que los cardenales se mostraron sumamente dispuestos al sacrificio. El papa había encomendado a la Congregación la tarea «de discutir y aclarar todos los problemas en general y cada asunto en particular»; los más importantes, es decir, aquellos que atañían a la propagación de la fe en todo el mundo se trataban en su presencia; y por sí misma había de discutir tanto los asuntos antiguos como los nuevos, así como los casos particulares que exigían una especial decisión. Como había que atender a todos los problemas, el orbe fue dividido en trece zonas, conforme al número de cardenales que integraban la Congregación. De cada una de ellas debía ser responsable un cardenal. La representación exterior la llevaban trece nuncios y vicarios patriarcales. Con ello los nuncios, además de las tareas que tenían hasta entonces, recibieron un encargo puramente religioso y eran responsables de que en su «provincia» se cumpliesen las tareas de la Congregación de Propaganda.

 

Esta divisio provinciarum totius orbis terrarurn representó un grandioso comienzo, que no sin razón puede equipararse al primer Pentecostés. Es sumamente interesante ver cómo, de las trece provincias, ocho eran exclusivamente europeas: el territorio alemán, junto con Hungría y Transilvania, y también con las provincias retorromanas y Borgoña estaba asignado a los tres nuncios de Colonia, Viena y Lucerna; Bélgica, los Países Bajos, Inglaterra, Holanda y Noruega tenían su nuncio en Bruselas; Polonia, el Báltico, Suecia y Rusia pertenecían al nuncio polaco. Dos provincias más comprendían España y Portugal, con los correspondientes territorios y colonias ultramarinos. Sólo tres provincias eran tierras de gentiles independientes de los europeos, aunque con salpicaduras cristianas: Asia Menor, el Oriente Medio y el norte de África. En la circular enviada a los nuncios, en la que se les informaba de la creación de la Congregación, venían reseñadas también las tareas para la conversión de los infieles que yacían en el error, para la conservación de los pueblos no infectados aún del todo por la Reforma y, finalmente, incluían normas para impedir nuevos progresos de la innovación religiosa. La misión entre gentiles se encontraba, pues, en segundo plano.

 

Así, pues, el campo preferente de trabajo de la Congregación se hallaba, junto al Oriente Medio, en el norte y centro de Europa. Su principal tarea era atender y cuidar los restos católicos que peligraban en los Estados que se encontraban bajo el dominio protestante, la solícita restauración de la Iglesia en los dominios que, a consecuencia de la Guerra de los Treinta Años, pasaban de nuevo a príncipes católicos, la utilización de cualquier puerta abierta para predicar la fe y establecer el culto en los territorios que hasta ahora habían estado cerrados, y el envío de misioneros (así se llamaba a los sacerdotes que se dedicaban a estas tareas), principalmente de Órdenes religiosas. Desde el principio la Congregación prohibió toda actividad política de los misioneros y pospuso los intereses de tipo político-eclesiástico en favor de los objetivos religiosos y la cura de almas. Así, la cuestión de la restitución de los bienes de la Iglesia en el Palatinado, que había sido propuesta a la Congregación a fines de 1623, fue eliminada rápidamente de su competencia y confiada a una Congregatio Palatina que se creó a tal objeto.

 

Desde sus comienzos la Congregación se esforzó por inculcar el problema misional en la conciencia de todo el pueblo católico. Se mandó a todos los obispos un ejemplar de la circular enviada a los nuncios para que pudieran mover a los fieles a aportar la debida colaboración, por medio de limosnas y fundaciones. Igualmente los predicadores cuaresmales debían recomendar la obra y lograr donativos. Con esto no fue sólo el P. Domingo el que aportó durante siete años grandes limosnas en cada sesión de la Congregación. Los donativos provinieron, en los primeros años, de Génova y Nápoles, del virrey español y del arzobispo de Salzburgo. A éstos se sumaron aportaciones de los cardenales y ricos estipendios del papa. El dinero era destinado a los grandes cometidos, y después se dedicó exclusivamente a ellos, a la formación de misioneros, a los gastos de sus viajes y a su manutención. Se rechazaron por principio las peticiones para apoyar a los conversos o para fomentar la literatura católica.

 

Desde el principio la Congregación se esforzó en conseguir influencia preponderante sobre la formación de los misioneros. Pero los colegios romanos, que estaban en su mayoría bajo la dirección de los jesuítas, lograron independizarse más o menos de la Congregación. Mucho más fácil fue conseguir esta influencia en los colegios pontificios extranjeros. Estos eran visitados por los nuncios por encargo de la Propaganda, y se les asignó un protector, que debía atenderles constantemente. En estos colegios sólo debía admitirse en lo sucesivo a «hijos del país». Si este principio se mantenía también para las misiones entre gentiles, se lograría el ideal de la misión con la creación del clero indígena, como ya lo había dicho en 1628 el secretario Iugoli. En la misma Roma se creó en 1627, en el palacio donado en las proximidades de la escalinata española por Urbano VIII, un colegio propio de la Propaganda, con plazas disponibles para las distintas naciones.

 

De ahora en adelante el envío de misioneros debía hacerse en nombre de la Iglesia y no de las Ordenes religiosas. Por ello a los enviados de la fe los nombraba la Propaganda, los examinaba ella y de ella recibían los necesarios poderes extraordinarios. Regularmente debían informar a la Congregación acerca de sus actividades y éxitos. Para facilitarles su trabajo se publicaron en una imprenta propia, desde 1631, libros litúrgicos y catecismos en lenguas extranjeras, especialmente para la misión de los Balcanes. Los misioneros debían ser entorpecidos lo menos posible en sus trabajos apostólicos por la sujeción a sus superiores religiosos. Estos sólo tenían competencia en la vida ascética, mas no en las actividades pastorales de los mensajeros de la fe. A los jóvenes misioneros, formados en los colegios, se les exigía un juramento por el que se ponían a disposición de la Propaganda y no entrarían en ninguna Orden religiosa.

 

El trabajo de la Propaganda en Europa se puso en marcha con relativa rapidez. La actividad en Ultramar necesitó algún tiempo más, a causa de las dificultades de comunicación. Primeramente el secretario Lugoli se informó por las Ordenes misioneras sobre la situación en tales países. Esta era muy desfavorable en las tierras sometidas al patronato. El envío de un nuncio propio a las «Indias» o cualquier contacto de los nuncios de Madrid o Lisboa con los territorios de ultramar quedaba descartado, por considerarse como una intromisión en los derechos reales. A los nativos les estaba prohibido el acceso a los estudios.

 

Todavía a comienzos del siglo XVIII Felipe V prohibió que se levantara un seminario regional en Manila. A las potencias coloniales les molestaba grandemente que una autoridad romana les privara de la dirección de la Iglesia en las misiones. Así, la Congregación tenía que conformarse frecuentemente con suplicar y preguntar humildemente a las cortes de Madrid y Lisboa. No podía actuar directamente, sobre todo porque en el imperio colonial español estaba ya establecida la organización eclesiástica ordinaria y ha­bía provincias eclesiásticas y obispados, cuyas vacantes era provistas por el rey. No se puede culpar a Roma ni a la Congregación de Propaganda de que los obispos españoles y portugueses de Suramérica no comprendieran el mandato de la hora, ni de que no aprendieran las lenguas de los nativos, ni se preocupasen de sus deberes apostólicos, sino que a menudo buscasen sólo su provecho material, ni de que el cristianismo no penetrase profundamente en el corazón de aquel semicontinente. Falta que hoy día es reconocida dolorosamente como la causa de la debilidad religiosa de Hispanoamérica.

 

La situación era distinta en el dominio del patronato portugués de Oriente. En las propias colonias la Congregación podía actuar sólo de una manera indirecta, mediante directrices generales. Pero en las diferentes naciones del lejano Oriente, que eclesiásticamente debían depender del obispado de Goa, cuya jurisdicción comprendía desde el cabo africano de Buena Esperanza hasta el Japón, la dependencia de la misión de Portugal era menor y existía una mayor posibilidad de regular desde Roma las circunstancias. Ciertamente Goa había sido elevada a arzobispado en 1558, y a instancias y con el apoyo de Portugal la Santa Sede fundó algunos obispados más, hasta el Japón. Pero los siete obispados (1600) repartidos desde la India hasta el Japón, con un número insuficiente de sacerdotes portugueses para tan dilatado territorio, eran muy pocos para llevar a cabo una ordenada cura de almas y una regulada administración de estos territorios. A esto se añadía la desconfianza nacional de los portugueses, que manteniendo ya luchas para conservar su imperio colonial, dificultaban lo más posible la afluencia de misioneros no portugueses.

 

Para la formación de un clero indígena Roma deseaba más obispados, que debían ser lo más independientes posible de Portugal, a fin de evitar la apariencia de que la misión no hacía nada más que preparar la colonización. La Curia quería tomar en sus manos la dirección de las misiones y nombrar sus obispos por razones de la salvación de las almas. Pero como Portugal empleaba todos los medios posibles para prohibir la erección de nuevos arzobispados desligados del de Goa, la Propaganda encontró una salida, no fundando nuevos obispados, sino enviando sólo obispos titulares, en lugar de los residenciales, los cuales debían dirigir las Iglesias en nombre del papa. Este método se había ya practicado en Europa desde el nombramiento del primer vicario apostólico de Utrecht. Así en 1637 fueron nombrados los primeros vicarios apostólicos para el Japón y para una parte de la India; en esta última fue un brahmán convertido. Sin embargo, éste fue entorpecido extraordinariamente en el ejercicio de su cargo, por el arzobispo de Goa.

 

Desde 1659 varios obispos titulares fueron nombrados vicarios apostólicos, sobre todo en los territorios de la India central y la China, donde los nuevos administradores no podían ser molestados ya prácticamente por ninguna autoridad portuguesa. El imperio colonial portugués, en efecto, se derrumbó rápidamente en el siglo XVII. Potencias extranjeras protestantes, como Inglaterra y la Compañía holandesa de las Indias orientales, se apoderaban cada vez más de su herencia.

 

 MISIONEROS FRANCESES EN CANADA Y EN EL PROXIMO Y LEJANO ORIENTE