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HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA - EDAD MEDIA - LIBRO QUINTO

DOMINIO MUSULMAN

 

CAPÍTULO XVI

ALHAKEM II EN CÓRDOBA. — DESDE SANCHO I HASTA RAMIRO III EN LEÓN

Del 961 al 976

 CATEDRAL DE LEÓN

La catedral de León que edificó Ordoño II en 916, no es, como muchos creen, la misma que hoy por su grandeza y suntuosidad arrebata la admiración de las gentes. Destruida aquélla por Almanzor, el magnífico templo que hoy existe fue comenzado en tiempo del prelado don Manrique, hijo del conde don Pedro de Lara.

 

Aquel Abderramán que decía no haber gustado en los cincuenta años de su reinado sino catorce días de felicidad, pudo haber contado por el decimoquinto el día de su muerte, pues felicidad es para un monarca en los últimos momentos de su vida saber que va a sucederle un hijo que perpetuará la gloria de su nombre.

Al siguiente día de la muerte de Abderramán III (16 de noviembre de 961), veíase en el patio exterior del alcázar de Zahara los andaluces y zenetas de la guardia vestidos de gran luto y cubiertos de brillantes armaduras: seguían dos hileras de esclavos negros con trajes blancos y con hachas de armas al hombro; otras dos filas de guardias eslavos, teniendo en una mano su espada desnuda y en la otra su ancho escudo, circundaban un gran salón; los visires, cadíes y catibes en trajes blancos, color de luto entre los árabes; los capitanes de la guardia, todos los altos dignatarios del imperio daban frente a un trono erigido en el centro del dorado salón, en que se veía sentado un hombre, que si no tenía el majestuoso continente de Abderramán, era de un exterior agradable y de una presencia noble; era Alhakem, que rodeado de sus hermanos y primos recibía el juramento de obediencia y fidelidad de su pueblo, y a quien los astrólogos y poetas anunciaban en elegantes versos la continuación del venturoso reinado de su padre. Tenía Alhakem II de cuarenta y siete a cuarenta y ocho años.

Uno de los primeros actos del nuevo califa fue nombrar su hagib o primer ministro a Ghiafar el Sekleby, hombre poderoso y guerrero acreditado

El día de su nombramiento regaló al califa cien mamelucos europeos, armados de espadas, venablos y escudos, montados en ligerísimos caballos, y uniformados a la india; trescientas veinte cotas de malla, cerca de quinientos cascos, indios unos, y europeos otros, trescientos venablos o lanzas arrojadizas, diez cotas de malla de plata sobredorada, cien cuernos de búfalos que servían como de trompetas, y otros efectos preciosos y raros.

Formado Alhakem II desde sus más tiernos años en el estudio y cultivo de las letras, de las cuales había hecho su placer y su pasión dominante, cuando llegó al poder recibieron las ciencias un impulso cual todavía no habían alcanzado jamás. No había en parte alguna profesor de mérito, ni obra rara, que no hiciese venir a Córdoba a costa de oro, para lo cual tenía comisionados especiales en todas las principales ciudades de África, de Egipto, de Siria, de Persia, de todos los países en que pudieran salir producciones literarias. Así llegó a reunir en el palacio de Meruán la biblioteca más numerosa y escogida de aquellos tiempos. Componíase de cuatrocientos mil volúmenes, clasificados por ciencias y materias. El índice o catálogo de obras, según Ebn Hayan, formaba cuarenta y cuatro volúmenes, y además hizo emprender otro en que a los títulos de las obras se añadía los nombres de los autores con su genealogía y su biografía completa. La mayor parte de este trabajo era obra del mismo Alhakem, porque este ilustrado príncipe no era solamente bibliógrafo, no sólo sabía el objeto y materia de cada obra de su biblioteca, sino que era también biógrafo, historiador y genealogista, y él mismo había escrito las genealogías de los árabes de todas las tribus que habían pasado a España. La biblioteca de Meruán además de abundante y rica era también vistosa, porque casi todos los libros estaban lujosamente encuadernados con dibujos y arabescos de los más vivos colores, a cuyo fin había hecho venir y reunido en su palacio los encuadernadores más acreditados, así como los más hábiles copiantes. Ayudábale en sus trabajos bibliográficos su secretario particular Galeb ben Mohammed, por sobrenombre Abu Abdelsalem, de quien dice El Razís que de orden del califa hizo el empadronamiento general de todos los pueblos de España. Él escribió por sí mismo al célebre autor de aquel tiempo Abulfaragi, rogándole que enviase una copia de su libro titulado el Agani, colección muy preciosa de canciones, y para gastos de la copia le envió letra franca y mil escudos de oro. Abulfaragi le mandó la copia, y además una historia genealógica de los Ommiadas muy completa y circunstanciada, y una casida muy elegante de versos en elogio de los príncipes de esta dinastía.

Como después de hecho califa no pudiera dedicarse a su ocupación favorita del estudio sino los ratos que le dejaban libres los negocios del Estado, y como por otra parte tuviese que habitar en el palacio de Zahara, encargó la administración de la Biblioteca Meruana a su hermano Abdelaziz, y el cuidado de las academias y de los sabios a otro hermano llamado Almondir. Él pasaba la mayor parte del tiempo en Medina Zahara, gozando de las delicias de aquel sitio con más tranquilidad que su padre, comúnmente en la compañía de su favorito Mohammed ben Yussuf de Guadalajara, que escribió para el rey la Historia de España y África, y otras historias de ciudades particulares. Tenía también en mucho aprecio al poeta Mohammed ben Yahye, llamado el Calafate, uno de los más floridos ingenios de Andalucía, y al persa Sapor, que a instancias suyas había venido a Córdoba; por ser uno de los hombres más doctos de su país, Alhakem le había hecho camarero suyo. Y como apenas sería posible suponer a un príncipe árabe sin alguna linda esclava que amenizara aquellos verjeles, cítase como su favorita a la bella Redhiya (que quiere decir la Apacible), a quien él llamaba la Estrella feliz.

Vivió Alhakem los dos primeros años de su reinado enteramente consagrado a la administración interior del imperio, sin que por parte del rey Sancho de León se turbaran las relaciones amistosas en que había vivido con su padre. Sólo el conde Fernán González de Castilla, libre ya de la prisión en que le había tenido el rey de Navarra, molestaba con correrías y cabalgadas los dominios musulmanes de las márgenes del Duero, tomando a los moros las mieses o los frutos ya recogidos, los ganados y todo cuanto pillaba, de tal manera que no dejaba momento de reposo a los enemigos, y hacíales a éstos insoportable vivir en país tan de continuo acometido. Para poner término a este estado de cosas, vióse precisado Alhakem a publicar el algihed o guerra santa contra los cristianos de Castilla, y para dirigir mejor y más de cerca asilos preparativos de la expedición como las operaciones, se trasladó en persona a Toledo (963). Entonces fue cuando mandó publicar a los caudillos de todas las banderas como orden del día aquella célebre proclama que nos recuerda la de Abu Bekr, primer sucesor de Mahoma, en los campos de la Meca al tiempo de partir a la conquista de la Siria,  «Soldados, les decía Alhakem, deber es de todo buen musulmán ir a la guerra contra los enemigos de nuestra ley. Los enemigos serán requeridos de abrazar el Islam, salvo el caso en que como ahora sean ellos los que comiencen la invasión... Si los enemigos de la ley no fuesen dos veces más en número que los muslimes, el musulmán que volviese la espalda a la pelea es infame y peca contra la ley y contra el honor. En las invasiones de un país, no matéis las mujeres, ni los niños, ni los débiles ancianos, ni los monjes de vida retirada, a menos que ellos os hagan mal... El seguro que diere un caudillo sea observado y cumplido por todos. El botín, deducido el quinto que nos pertenece, será distribuido sobre el campo de batalla, dos partes para el de a caballo, y una para el de a pie... Si un muslim reconoce entre los despojos algo que le pertenezca, jure ante los cadíes de la hueste que es suyo, y se le dará si lo reclamase antes de hacerse la repartición, y si después de hecha se le dará su justo precio. Los jefes están facultados para premiar a los que sirvan en la hueste aunque no sean gente de pelea ni de nuestra creencia... No vengan a la guerra ni a mantener frontera los que teniendo padre y madre no traigan licencia de ambos, sino en caso de súbita necesidad, que entonces el primer deber del musulmán es acudir a la defensa del país, y obedecer al llamamiento de los walíes.»

Arengadas las tropas y reunidas las banderas de todas las provincias, quiso Alhakem manifestar a los pueblos que no sólo era sabio y prudente sino que también sabía ser guerrero, aunque era la primera vez que empuñaba las armas, pues su vida anterior había sido toda consagrada al estudio de las letras. He aquí cómo refiere la crónica musulmana esta expedición de Alhakem: «Entró, dice, con numerosa hueste en tierra de cristianos, y puso cerco al fuerte de Santisteban (San Esteban de Gormaz): vinieron los cristianos con innumerable gentío al socorro, y peleó contra ellos, y Dios le ayudó, y venció con atroz matanza : entró por fuerza de espada la fortaleza, y degolló a sus defensores, y mandó arrasar sus muros: ocupó Setmanca, Cauca, Uxama y Clunia (Simancas, Coca, Osma y Coruña del Conde), y las destruyó: fue sobre Medina Zamora, y cercó a los cristianos en ella, y les dio muchos combates, y al fin la entró por fuerza, y pocos de sus defensores lograron librarse del furor de las espadas de los muslimes: se detuvo en aquella ciudad con toda su hueste, destruyendo sus muros. Con muchos cautivos y despojos se tornó vencedor a Córdoba, y entró en ella con aclamaciones de triunfo; y se apellidó Almostansir Billah (el que implora el auxilio de Dios).»

Las crónicas cristianas confirman el resultado de esta expedición de Alhakem, tan fatal para las armas de Castilla. Sólo añaden que el conde castellano Vela, que de resultas de un choque con Fernán González, de cuyo engrandecimiento recelaba, había sido expulsado de Castilla, con propósito de vengarse venía ahora o acompañando o guiando al ejército musulmán, y del cual dice que se ensangrentó en la pelea contra los cristianos como el más cruel de los enemigos. Acaso a la ayuda y dirección de este tránsfuga debieron los árabes tan rápido y completo triunfo.

A la primavera del año siguiente (964) el secretario de Alhakem, Galib, literato a un tiempo y guerrero como lo eran muchos musulmanes, volvió a hacer de orden del califa nueva irrupción en el país castellano, donde tuvo algunos reencuentros ventajosos. Después de lo cual y en combinación con el walí de Zaragoza Attagibi revolvió contra el rey García el Temblón de Navarra, que dicen había infringido las condiciones de un tratado hecho con Alhakem. Así el rey de Pamplona como el conde de Castilla se refugiaron en Coria. Las huestes musulmanas talaron el país y se retiraron. Tan felices expediciones persuadieron á Alhakem de la superioridad de sus armas, y no hubo ya parte de la España cristiana donde no dirigiera sus ejércitos en el otoño de 964 y principios del siguiente. Y si por un lado se atrevieron los musulmanes, conducidos por Attagibi, a penetrar hasta cerca de Barcelona, y a devastar y pillar el territorio de aquel condado, por otro Ebn Hixem y Galib reunidos se apoderaron de Calahorra en Navarra, cuya ciudad reedificó y fortificó el califa haciendo de ella el baluarte avanzado del islamismo sobre el Ebro superior.

Victorias tan repetidas movieron al rey de León y a los señores de Castilla a enviar mensajeros a Córdoba que entablasen con el califa negociaciones de paz. Alhakem, que como hombre dado con apasionamiento al estudio, gustaba naturalmente más de la paz que del estruendo y ruido de las armas, recibió con complacencia las proposiciones de los cristianos y accedió a ellas fácilmente; y después de haber agasajado a los mensajeros en el palacio de Zahara según la noble costumbre de su padre, cuando se despidieron para regresar a su país envió en su compañía a un visir de su consejo con despachos para el rey de León, encargado también de presentarle en su nombre dos hermosos caballos árabes ricamente enjaezados, dos preciosas espadas de las fábricas de Toledo y de Córdoba, y dos halcones de los más generosos y altaneros, dice la crónica.

Casi al mismo tiempo recibió Alhakem emisarios de los condes de Barcelona y de otras plazas de la España oriental, solicitando renovase con ellos la alianza en que habían vivido con su padre. Dice Al-Makari que la demanda de los enviados de Cataluña iba acompañada de un magnífico presente, compuesto de veinte jóvenes eslavos eunucos, diez corazas eslavas, doscientas espadas del Frandjat, veinte quintales de martas cebellinas y cinco quintales de estaño. El califa ajustó con ellos un tratado de paz, en que se estipuló que habían de impedir a los cristianos de dichas fronteras el que despojasen y cautivasen, como acostumbraban siempre que tenían ocasión, a los musulmanes de las comarcas aledañas.

Cuentan los árabes un suceso ocurrido en este tiempo que nos da idea de cómo se habían ido adulterando las costumbres de los mahometanos españoles. Dicen que por abuso y licencia introducida por los de Irak y otros extranjeros, se había hecho tan común el uso del vino, que, no sólo el pueblo, sino los alfaquíes mismos, lo bebían con escandalosa libertad en las bodas y festines, pero que informado de ello Alhakem, religioso y abstinente como era, juntó sus alimes y alfaquíes y les preguntó en qué podía fundarse el uso que se hacía, no ya solamente del ghamar y el sahiba (vino tinto y blanco de uva), sino también del de dátiles, de higos y otras bebidas embriagantes. Respondiéronle que desde el reinado de Mohammed se había hecho recibida y común opinión que estando los muslimes de España en continua guerra con los enemigos del Islam, podían usar del vino, porque esta bebida alienta el ánimo de los soldados para las batallas, y que así en todas las fronteras se permitía su uso para tener más valor y esfuerzo en las lides. Reprobó, añaden, el califa estas opiniones, y mandó arrancar las viñas en toda España, dejando sólo la tercera parte de las vides para aprovechar el fruto de la uva en su sazón en pasas y en arrope, y otras diferentes composiciones saludables y lícitas, hechas de mosto espesado.

Alentado Sancho de León con el buen éxito de la primera embajada, y a instancias de su mujer Teresa y de su hermana Elvira, religiosa esta última en el monasterio de San Salvador de aquella ciudad, se atrevió a enviar al califa cordobés una nueva misión, no ya de carácter político, sino de naturaleza puramente religiosa; a saber, la de que permitiese trasladar a León el cuerpo del joven mártir San Pelayo, que los cristianos cordobeses habían tenido cuidado de recoger del Guadalquivir. Acompañó esta vez a los legados del rey el obispo Velasco de León (966). Algunas dificultades parece que halló al principio el prelado cristiano, mas al fin condescendió también el generoso y amable califa con su demanda, y el cuerpo del mártir Pelayo entró en León al año siguiente con gran contento de todos los cristianos, y muy principalmente de las dos princesas a quienes se debía la adquisición de la preciosa reliquia. El cuerpo fue llevado en procesión solemne a la iglesia de un monasterio erigido por el rey, cuyo monasterio se nombró de San Pelayo.

No pudo Sancho participar de esta solemnidad religiosa. Asuntos graves, le habían llamado a Galicia, mientras sus enviados negociaban en Córdoba la entrega de los restos mortales del santo mártir. Varios grandes, o condes, o duques, se habían alzado en rebeldía contra el rey de León: entre ellos eran los principales Rodrigo Velázquez y Gonzalo Sánchez, este último pariente del obispo de Compostela Sisnando, por cuya instigación se cree que obraba. Este prelado, más inclinado a manejar la espada del guerrero que el báculo del apóstol, hijo de un conde ilustre de Galicia de quien acababa de heredar cuantiosos bienes, había solicitado y conseguido del rey Sancho el permiso para fortificar Compostela, so pretexto de poner el templo del Santo Apóstol al abrigo de las incursiones de los normandos que de nuevo se habían dejado asomar por la costa de Galicia. En efecto, él circunvaló su ciudad y palacio episcopal de murallas, torres y fosos al modo de una plaza fuerte, pero sacrificando para ello a los fieles de su iglesia, a quienes trataba como esclavos. En vano el rey, a cuya noticia llegaron las tiranías del obispo, le reconvino repetidamente por sus excesos: el prelado continuaba en sus violencias sin que le movieran las reales amonestaciones. Confiaba en la protección de sus parientes, y en poder con su ayuda resistir al rey, el cual creyó llegado el caso de pasar a Galicia con algún golpe de gente. El obispo compostelano, a pesar de sus fortificaciones y sus bravatas, no tuvo ánimo para resistir al rey, y le abrió las puertas de la ciudad. Sancho depuso al rebelde prelado de su silla, añadiendo algunos que le encerró en un castillo, y puso en su lugar a Rosendo, obispo que era de Mondoñedo y varón respetado por sus grandes virtudes.

Quedábale a Sancho todavía un enemigo poderoso, el conde Gonzalo Sánchez que gobernaba en Lamego, Viseo y Coimbra. El monarca leonés no dudó en dirigirse en su busca, pero apenas había pasado el Miño encontróse con los enviados del sublevado conde que venían a ofrecerle en su nombre reconocimiento y homenaje y a pedirle le concediera tener una entrevista con él. Todo lo otorgó el rey fácilmente; pero el paso del conde encerraba un proyecto pérfido y ocultaba una intención indigna de un pecho castellano. La entrevista se verificó; el conde, mostrándose agradecido, quiso festejar al monarca, y en un banquete que dio le hizo servir una fruta emponzoñada que el monarca comió sin recelo. Apenas la había gustado comenzó a sentir sus efectos mortíferos: con gestos y palabras entrecortadas pudo sólo hacer entender su deseo de ser llevado a León. Tratóse de ejecutar su voluntad. Pero al tercer día de camino expiró en el monasterio de Cástrelo de Miño (967). Su cuerpo fue trasportado a León, y sepultado en la iglesia de San Salvador junto al de su hermano Ordoño.

Así acabó Sancho el Gordo a los doce años y un mes de haber empuñado por primera vez el cetro de León, dejando de su mujer Teresa Jimena un hijo llamado Ramiro, de edad de solos cinco años.

Dos novedades notables ocurrieron en León a la muerte de Sancho el Gordo: fue la primera haber colocado la corona en las tiernas sienes del niño Ramiro, habiendo sido hasta entonces la infancia causa frecuente o pretexto especioso para no sentar en el trono de sus padres a tantos hijos de reyes: la segunda fue haber puesto al tierno monarca, que tomó el nombre de Ramiro III, bajo la tutela de su madre y de su tía Elvira, religiosa ésta en el monasterio de San Salvador, viéndose por primera vez una monja constituida en co-regente y gobernadora de un reino.

Un suceso no menos extraño, pero de muy distinto linaje, se verificaba entonces en Galicia. Reposaba tranquilamente en su lecho la noche de la Natividad del Señor el venerable prelado de Compostela Rosendo (967), cuando un ruido que sintió en su dormitorio le hizo despertar despavorido y sobresaltado: un personaje armado de espada y de coraza levantaba con la punta del acero el lienzo que le cubría; seguidamente vio amenazado su pecho con la punta de aquella misma espada. ¡Cuál sería la sorpresa del virtuoso obispo al reconocer a su antecesor Sisnando, el prelado depuesto por Sancho, que habiendo después de la muerte del rey recobrado la libertad con ayuda de sus parientes, se presentaba a reclamar la silla episcopal de aquella manera y por aquel medio! Ante semejante insinuación, el sobrecogido prelado mostróse dispuesto a ceder su báculo, mas no sin tener valor para recordar al obispo guerrero aquellas palabras de Cristo: «El que maneja el acero, por el acero perecerá.» Y despojándose de sus vestiduras episcopales, se retiró resignado al monasterio de San Juan de Cabero edificado por él, pasando después al de Celanova, fundado también por él mismo, donde vivió santa y tranquilamente por espacio de diez años hasta el fin de sus días.

En cuanto a Sisnando, cumplióse en él la sentencia de la noche de Navidad. Habiendo los normandos y frisones acometido de nuevo la Galicia con una flota de cien velas al mando de su rey Gunderedo (968), y derramádose por la comarca de Compostela, talando, devastando y cautivando hombres y mujeres según su costumbre, armóse loca y arrebatadamente el guerrero obispo Sisnando de todas armas, y con su gente salió furioso en busca de los invasores : hallólos cerca de Fornelos, los acometió, pero pagó su temeridad cayendo atravesado de una saeta; con lo que huyeron los suyos quedando los normandos dueños del campo.

Alentados con este triunfo internáronse esta vez aquellos piratas hasta los montes de Cobrero, saqueando, incendiando y degollando sin piedad; hasta que al regresar hacia la costa con objeto de embarcar el fruto de sus depredaciones, viéronse arrollados por un ejército gallego capitaneado por el conde Gonzalo Sánchez (el mismo que había propinado el veneno a Sancho el Gordo), que arremetiendo con ímpetu y bravura hizo un espantoso degüello en aquella gente advenediza, quedando entre los muertos el mismo Gunderedo. Quemadas fueron en seguida sus naves, y de este modo desapareció en Galicia aquella hueste de atrevidos aventureros, que tan afortunados habían sido en Francia y en Bretaña . Era el tercer año del reinado de Ramiro (969).

Desembarazados de este episodio, volvamos la vista hacia la situación de los demás Estados de España al tiempo que comenzaba a reinar en León Ramiro III.

Habíamos dejado en 912 establecido en Barcelona al conde Sunyer ó Suniario, hermano de Borrell I, e hijo segundo de Wifredo el Velloso. Lo mismo que los reyes de León y de Navarra, había dividido Suniario su tiempo entre la devoción y la guerra, fundando y dotando monasterios y peleando con los musulmanes fronterizos. La suerte de las batallas le privó de su hijo primogénito Ermengaudo o Armengol, a quien amaba tiernamente, y a quien había dado alguna participación en el Gobierno, y titulaba conde de Ampurias. Asoció entonces el apesadumbrado conde en el mando al mayor que quedaba de sus hijos nombrado Borrell, en cuyas prendas cifraba también grandes esperanzas, y en quien por último vino a descargar todo el peso del gobierno, retirándose él a un monasterio, donde vistió el hábito religioso, y donde falleció en 15 de octubre de 953.

Quedó, pues, Borrell II de conde soberano de Barcelona (954), rigiendo solo el Estado hasta 956, en que entró su hermano Mirón a compartir con él el solio, acaso porque así fuese la voluntad testamentaria de su padre. Mas como sobreviniese a Mirón una muerte anticipada (31 de octubre de 966), quedó otra vez Borrell II solo para contrarrestar las tormentas que no habían de tardar en amenazar a Cataluña como a los demás Estados cristianos españoles. Promovió entretanto el segundo Borrell las fundaciones religiosas, y agregó a su corona el condado de Urgel por muerte sin sucesión de otro Borrell primo suyo, titulándose duque y príncipe de la Marca Hispana, aun cuando los demás condados no viniesen vinculados al de Barcelona, pero al cual iban de esta manera incorporándose (3). Este era el conde soberano de Barcelona al advenimiento de Ramiro III al trono de León.

En Navarra acabó en 970 su vida y reinado García Sánchez el Temblón, sucediéndole su hijo Sancho García II, llamado el Mayor, de no más edad acaso que Ramiro el de León, y cuyo larguísimo reinado, el más dilatado que se había conocido, pues le hacen durar cerca de sesenta y cinco años, fue también uno de los que ejercieron más influjo en la suerte futura de España. Y como si estuvieran los Estados cristianos destinados a sufrir en este tiempo una renovación general en el personal de sus príncipes, acaeció en el propio año en Burgos (970) la muerte del célebre conde de Castilla Fernán González, que tantas inquietudes había causado a los reyes de León, que tantas batallas, ya prósperas, ya adversas, había sostenido contra los musulmanes, uno de los más activos y briosos adalides de aquella edad, y el fundador de la independencia de Castilla. Enterrósele en el monasterio de Arlanza reedificado por él, y le sucedió en la soberanía de Castilla su hijo García Fernández.

La biografía de este famoso personaje ha sido adicionada con tan maravillosas hazañas y extrañas aventuras por los historiadores y romanceros de los siglos XIII al XVI, que vino a ser manantial fecundo e inagotable de asuntos dramáticos para los poetas. Y aunque estamos persuadidos de que los únicos hechos señalados y auténticos del insigne conde castellano que constan de las verdaderas fuentes históricas son los que dejamos consignados, basta la popularidad que aquéllas han adquirido, para que no dejemos de hacer una rápida y sucinta reseña de ellas, siquiera porque esta misma celebridad es ya histórica, y para que el lector pueda también juzgar por sí mismo si tales proezas deben pertenecer a la historia o al romance.

La fama, dicen, de Fernán González volaba ya por el mundo desde su mocedad. Una de las hazañas que empezaron a darle fama y a hacer resonar su nombre fue el desafío con el rey de Pamplona Sancho Abarca. Fernán o Fernando se había entrado con un ejército por los Estados del rey de Navarra a tomar con la punta de su lanza la satisfacción que no había querido dar a sus embajadores. Encontráronse los dos ejércitos y se embistieron con igual ímpetu y coraje; pero como en mucho tiempo ninguno de ellos venciese ni fuese vencido, impacientes entrambos generales se retaron como buenos caballeros para decidir la contienda personalmente y cuerpo a cuerpo. El combate fue tan reñido y fuerte que ambos a un tiempo quedaron heridos, con la diferencia que Sancho Abarca exhaló allí el último aliento, y el valeroso conde de Castilla no sólo volvió a levantarse sino que se sintió con fuerzas para pelear seguidamente con el conde de Tolosa que salió a vengar al difunto rey de Navarra, e hízolo con tal brío que de un bote de lanza le derribó también al suelo sin vida, y echó luego del campo a los enemigos, permitiéndoles sólo por gracia y generosidad que se llevasen los cadáveres de los dos príncipes. Mas los que inventaron esta proeza no tuvieron presente que, habiendo muerto Sancho Abarca hacia los años 924 o 926, en que suponen la exaltación de Nuño Rasura, a quien hacen abuelo de Fernán González, o éste era un niño cuando mató al rey de Navarra o acaso no había nacido todavía.

En cuanto a batallas y victorias contra los moros, atribúyenle tantas que no se dan descanso unas a otras, y tan maravillosas que no hay términos como poderlas ponderar. Con cien caballos y quinientos infantes derrotó el día de San Quirce un numerosísimo ejército de infieles, en memoria de lo cual edificó una iglesia a aquel santo en el lugar del combate. El día de la batalla de Simancas, a consecuencia de un voto que hicieron el rey de León y el conde Fernando a sus respectivos santuarios de Santiago y San Millán de ofrecer un donativo anual y perpetuo a las dos iglesias si les concedían la victoria, además del eclipse de sol que privó a los hombres de luz por más de una hora, aparecieron en el aire estrellas ambulantes y cometas de figura espantosa, abrasándose las tierras en viva llama, y se vio pelear en la vanguardia del ejército cristiano sobre caballos blancos dos personajes celestiales, que unos decían eran dos ángeles y otros conocieron ser Santiago y San Millán, el primero en defensa de los leoneses y gallegos y el segundo de los castellanos, y que por eso León y Castilla se repartieron el trabajo y las victorias, ganando don Ramiro la primera en Simancas y Fernán González la segunda después en Alhóndiga. A ésta siguieron otras muchas en diferentes puntos, casi todas con intervenciones misteriosas, y no podía dejar de adjudicársele la derrota de aquel supuesto general moro Azeipha, que ni fue moro ni cristiano, ni general ni hombre.

Pero las dos más famosas batallas fueron las dos que dicen dio al valeroso y célebre Almanzor a fines del reinado de Ordoño III y principios del de Sancho, es decir, sobre unos veintitrés años antes que Almanzor comenzara a darse a conocer como regente del califa Hixem. Acompañaron a estas batallas lances dramáticos y aventuras novelescas, prodigios y milagros patentes. Almanzor había acudido con un ejército de ochenta mil hombres; las fuerzas de Fernán González eran infinitamente inferiores en número; pero este no era un inconveniente para el intrépido conde, que resueltamente marchó con sus escasas tropas a la villa de Lara, por donde los infieles tenían que pasar. Mientras llegaban, quiso divertirse en perseguir un jabalí, que aventado del monte se metió en una ermita en que vivían retirados tres santos varones, Pelayo, Arsanio y Silvano. Al encontrarse el conde con una capilla y un altar parecióle más oportuno hacer oración que perseguir la fiera, y puesto de rodillas oró a Dios muy fervorosamente por la felicidad de sus armas. Allí pasó toda la noche, ya orando, ya departiendo con el buen Pelayo, quien le anunció de parte de Dios que ganaría la batalla, pero que antes sucedería una catástrofe impensada y fatal. No nos dicen qué fue entretanto del jabalí, aunque es de suponer que se volviera al monte.

En efecto, el día de la batalla un caballero llamado Pedro González, que tenía fama de valiente, quiso adelantarse con su caballo, y de repente se abrió la tierra y los tragó, sin que jamás volviesen a parecer ni caballo ni caballero. Quedó con esto el ejército helado de asombro, y hubiera querido retroceder si el conde a voz en grito no hubiera avisado que aquella precisamente era la señal de la victoria que le había dado el ermitaño, con lo que realentado el ejército acometió con tal ímpetu que en poco tiempo desbarató y destrozó aquel enjambre de mahometanos. Y como más adelante volviesen otra vez los sarracenos con duplicadas fuerzas, siendo limitadísimas las del conde, no tuvo reparo en atacar a los infieles, seguro de la victoria, porque así se lo había ofrecido el mismo ermitaño, que ya difunto se le apareció entre sueños la noche que precedió a la pelea. Duró, no obstante, tres días el combate, hasta que el apóstol Santiago vino a dar visible ayuda a los cristianos, y entonces se cansaron de matar moros por espacio de dos días sembrando de cadáveres toda la tierra. En reconocimiento de tan señalada protección de Dios y de sus santos, reedificó el antiguo monasterio de San Pedro de Arlanza, objeto predilecto de su especial devoción hasta el último día de su vida.

A esta serie de gloriosas hazañas añaden una cadena de aventuras amorosas. Diremos algunas de ellas. Fue el caso que la reina viuda de Navarra doña Teresa, deseando vengar la muerte que el conde había dado a su padre don Sancho Abarca, discurrió inducirle con palabras dulces y engañosas a que se casase con su hermana doña Sancha, pero con la torcida intención de que esto sirviese solamente como de anzuelo para llevárselo a Pamplona, y allí hacerle prender de acuerdo con el rey don García. Marchó, pues, el conde a Pamplona con la alegría y satisfacción de quien va a enlazar su mano con la de una princesa ilustre. Pero el placer de novio se convirtió muy pronto en amargura de prisionero, viéndose encarcelado sin atinar el delito ni la causa. La reina, sin embargo, no logró por esta vez su objeto, porque la princesa, a quien sin duda pareció bien el conde y en su virtud apetecía ya que las fingidas bodas pasasen a veras, ingenióse para sacarle de la cárcel, y escapándose con él llegaron felizmente a Burgos, donde efectuaron su matrimonio.

Indignado el rey de Navarra con la fuga del conde, y más todavía con la de su hermana, salió inmediatamente con sus trapas para Castilla, resuelto a volverle a prender muerto o vivo, como pudiese. Pero no pudo de ninguno de los modos, antes fue él el que quedó preso del conde, quien le retuvo más de un año, hasta que las lágrimas de doña Sancha y los ruegos de los demás príncipes aplacaron el ánimo del héroe castellano. No desistió de su proyecto de venganza la reina viuda. Persuadió, pues, al rey don Sancho de León a que con pretexto de celebrar cortes generales llamase al conde y le hiciese prender. Así se verificó, cayendo el bueno de Fernán González en este segundo lazo, que por lo visto era el conde más valiente y hazañoso que cauteloso y precavido. Mas sabedora de su nueva prisión la ya condesa doña Sancha, que debía ser señora no poco varonil y resuelta, púsose luego en viaje con pretexto de ir a visitar el cuerpo del apóstol Santiago. A su tránsito por León obtuvo la gracia de pasar con su marido en la cárcel toda una noche, y al amanecer puso al conde sus vestidos, con los cuales salió disfrazado sin que la guardia se apercibiese de ello, quedando doña Sancha en la cárcel vestida con los del conde. Cuando le pareció que éste se hallaría ya en lugar seguro, escribió al rey una carta diciendo: «Señor, aquí me tenéis en la cárcel en lugar del conde mi marido, con quien yo he trocado mi libertad. Si os hice injuria en tomaros un preso, lo recompenso enteramente con mi persona entregándome prisionera en su lugar, para que me consideréis culpable de sus mismos delitos, si es que los tuviese, y carguéis sobre mí todo el peso del castigo que él hubiera merecido. Dos cosas sólo os suplico que consideréis; que yo soy hermana de vuestra madre y mujer del prisionero a quien he libertado. Si os ensangrentáis contra mí, os bañaréis las manos en vuestra misma sangre, y si castigáis mi único delito, castigaréis la piedad de una mujer para con su marido, etc.»

Sintió mucho el rey al principio el engaño, pero después, aplacado su enojo con la razón, alabó el valor de su tía, y mandó que la llevasen a su marido con grande acompañamiento.

Pero aun es más peregrina la manera cómo logró el insigne Fernán González hacerse conde soberano e independiente de Castilla, al decir de los mismos historiadores.

Cuentan que el rey don Sancho de León se enamoró de un hermoso caballo y de un halcón de singular habilidad que el conde tenía, y como no quisiese admitirlos en concepto de regalo por más que el conde se empeñara en ello, los adquirió a un precio considerable, conviniéndose en que de no pagarlos el día que se designó, por cada día que pasara se duplicaría el precio. No los pagó el rey, no sabemos por qué: y al cabo de siete años, resentido Fernán González de los malos tratamientos que de Sancho había recibido, reclamó la paga de su caballo y de su halcón, pero se halló que la suma en este tiempo había subido tanto que no había en el tesoro real dinero con que satisfacerla; y en su virtud se concertaron los dos en que el conde en recompensa de la deuda quedaría desde entonces soberano independiente de Castilla sin reconocer ningún género de vasallaje a los reyes de León. Por más que la anécdota no carezca de cierto gusto romancesco, tal es su carácter de conseja que hasta los historiadores menos críticos y menos escrupulosos miran ya como cargo de conciencia el admitirla.

El prurito de formar líneas genealógicas, el empeño de hacer a Fernán González descendiente directo é inmediato de los jueces de Castilla, y el error de suponer hereditario el condado de Castilla en un tiempo en que todavía no lo era, ha suscitado cuestiones cronológicas de dificilísima solución, si posible acaso, dado que se admitan aquellos principios. Lo que más averiguadamente consta es que esta parte de España nombrada antiguamente Bardulia, que desde las conquistas de los primeros Alfonsos, comenzó a llamarse Castilla por los muchos castillos que para la defensa de sus Estados fueron levantando aquellos príncipes, comenzó también entonces a ser regida por condes o gobernadores a estilo de los godos, pero dependientes de los reyes de Asturias y León. El primer conde de quien se tenga noticia fue un Rodrigo, sin duda de origen godo a juzgar por su nombre, pero de familia desconocida. Este Rodrigo fue el poblador de Amaya (villa a nueve leguas de Burgos), la cual hubo de hacer como la capital del condado, mientras duró su gobierno, como parece indicarlo aquel antiguo refrán:

 

Harto era Castilla pequeño rincón

Cuando Amaya era la cabeza y Fitero el mojón.

 

Hijo de este Rodrigo fue Diego Rodríguez Porcellos, el fundador y poblador de Burgos (884), destinada a ser el núcleo y la verdadera capital del condado. Prosiguieron los condes gobernadores, no en línea genealógica ni con título hereditario, sino como autoridades amovibles puestas por los reyes; y a veces no mencionan uno solo las historias, sino varios que regían a un tiempo diferentes comarcas o fortalezas de Castilla, acaso subordinados a uno principal, como en lo antiguo lo estaban los condes al duque de la provincia. Cítanse entre éstos Nuño Fernández,  Nuño Núñez, Gonzalo Téllez, Rodrigo Fernández, Gonzalo Fernández y Fernán González, que aparecen como pobladores. Nuño Núñez de Roa, Gonzalo Téllez de Osma, Gonzalo Fernández de Oca, Coruña del Conde y San Esteban de Gormaz, Fernán González de Sepúlveda. Todos estos condes y algunos otros cuyos nombres se suelen encontrar en las escrituras gobernaban temporalmente y sin orden de sucesión los países o ciudades que se les encomendaban.

Muy pronto mostraron, así los condes como los pueblos de Castilla, tendencias a emanciparse de los reyes de Asturias y León. Pruébalo la temprana rebelión de Nuño Fernández contra Alfonso III su suegro, el duro castigo que Ordoño II hizo en los cuatro condes desobedientes, la elección que se supone de los dos jueces, y que probablemente entonces no tuvo más objeto que proveerse a sí mismos de magistrados que les administraran justicia mejor que solían hacerlo los monarcas leoneses, hasta que vino el ilustre Fernán González, hijo de Gonzalo Fernández, que con su esfuerzo, valor y destreza supo conquistar poco a poco la independencia de Castilla.

Vemos desde luego a Fernán González eclipsar con su nombre a otros cualesquiera condes subalternos que en Castilla hubiese, dependiendo todavía del belicoso rey de León Ramiro II, hacer un papel importante en los más graves sucesos de la época, pelear por su cuenta con los musulmanes y vencerlos muchas veces: aun preso en las cárceles de León después de frustrada su primera tentativa de independencia, merecer tal consideración y respeto al monarca, que para obtener su juramento de fidelidad hubo de pactar el enlace de su hijo primogénito con la hija del conde: vémosle más adelante todavía, o por política o por fuerza, al servicio de Ordoño III: mas luego aparece (siempre rivalizando su poder con el de los reyes), entronizando a Ordoño IV, casado con su hija la repudiada del III, y lanzando del trono a Sancho el Craso, su aliado anteriormente: y por último conducirse en sus luchas con los reyes de León y Navarra con tal actividad, sagacidad y política, que llega a sacudir definitivamente la dependencia de León, y a quedar como un soberano absoluto entre ambos reinos, siendo de esta manera el fundador del condado independiente de Castilla, nueva soberanía que en menos de un siglo había de convertirse en el mayor y más preponderante de los reinos cristianos de la Península, hasta absorber en sí con el tiempo todas las demás monarquías de España.

Casado Fernán González con Sancha, hija del rey Sancho Abarca de Navarra, había tenido de ella varios hijos, de los cuales, por muerte de los primogénitos, le sucedió en el condado García Fernández, tomando ya esta soberanía el carácter de hereditaria.

Tal fue el principio de la independencia de Castilla, cuyo ilustre fundador fue harto esclarecido por sus hazañas verdaderas, sin necesitar para serlo de las que posteriormente hayan podido ser inventadas por romanceros o historiadores.

En un monumento erigido en la ciudad de Burgos, que lleva el nombre de Arco de Fernán González, levantado, dicen, sobre el solar de la casa que habitó el insigne conde, se lee una inscripción latina, que viene a decir: A Fernán González, libertador de Castilla, el más excelente general de su tiempo, padre de grandes reyes, a su ciudadano, en el solar de su misma casa, para eterna memoria de la gloria de su nombre y de su ciudad. Otra mucho más pomposa se leía en el monasterio de San Pedro de Arlanza, cerca del altar mayor en un sepulcro de mármol sostenido por leones.

Estos nombres patronímicos o apellidos de Castilla, terminados en ez, como Rodríguez, González, Fernández, Núñez, etc , vienen de la costumbre de añadir al nombre de los hijos el bautismal de los padres. Y como en los documentos públicos se los nombraba en latín: Nunnius Roderici, Rodericus Ferdinandi, Ferdinandus Gundisalvi, suprimiendo el filius, suplíase en castellano con aquella terminación, que equivale en español al fitz de los ingleses, al witch de los rusos, al ebn de los árabes, etc.

Sobre Fernán González y los condes de Castilla pueden verse y cotejarse los documentos recogidos en Sandoval, Yepes, Argaiz, Sota, Berganza, Salazar de Mendoza, Coronel, Flórez en el tomo XXVI de la España Sagrada, y otros varios.

 

Sólo Alhakem II continuaba en Córdoba en paz con los cristianos y entregado a las reformas interiores del reino y a los placeres literarios, más de su gusto que las guerras y el choque de las armas. Lejos de aprovecharse de la propicia coyuntura que le ofrecía la tierna edad de los reyes de León y de Navarra, respondía a los que le instigaban a la guerra, entre ellos algunos tránsfugas castellanos, con aquellas palabras del Profeta: «Guardad fielmente vuestros pactos, y Dios os lo tomará en cuenta.»

Las nuevas recibidas de África vinieron a turbar al sabio califa en sus pacíficos goces. La ambición de los Fatimitas había vuelto a inquietar el Magreb sometido por Abderramán III. En 968 Moez ben Ismail había enviado un ejército a las órdenes de Balkin ben Zeir para castigar las tribus zenetas que se habían negado a reconocer su imperio. El edrisita Alhassán, que gobernaba el Magreb a nombre de los califas de Córdoba, abandonó deslealmente la causa de su soberano, y se unió a los Fatimitas que hacían proclamar en las ciudades y mezquitas africanas el nombre de Moez. No sirvió una victoria que Ghiafar, general de Alhakem, alcanzó en 972 contra los Fatimitas. La guerra prosiguió viva, y habiendo hecho traición a Ghiafar los jefes zenetas, tuvo que retirarse a Andalucía, donde el califa recompensó sus servicios con el título de hagib. Asustado Alhakem con el rápido engrandecimiento de sus rivales de África, envió al walí Mohammed ben Alkasim con numerosas huestes al Magreb, pero batido por las kabilas berberiscas del traidor Alhassán, pereció en un sangriento combate el caudillo andaluz, y los restos de su destrozado ejército se refugiaron en Tánger y Ceuta, las solas ciudades que quedaban al soberano cordobés. Aun no desalentado éste, despachó a Galib con nuevas fuerzas, diciéndole: «No volverás aquí sino muerto o vencedor: el fin es vencer; así, no seas avaro ni mezquino en premiar a los valientes.» El califa y su caudillo sabían bien el poder que tenía el oro para con aquellos interesados y venales africanos. Las instrucciones fueron ejecutadas; el cebo se derramó copiosa y diestramente, y las codiciosas tribus se dejaron ablandar de tal manera, que en una sola noche se vio Alhassán abandonado de todas sus tropas, a excepción de algunos caballeros que le ayudaron a refugiarse en la inaccesible Peña de las Águilas, donde había dejado su harem y sus tesoros.

Rodeó Galib la roca con toda su hueste, y cortando el agua a los sitiados vióse Alhassán reducido a tal extremidad, que hubo de someterse a la avenencia que le propuso Galib, asegurándole su vida, su libertad y sus tesoros, a condición de venir a España a hacer por sí mismo su sumisión a Alhakem (973). Con esto se posesionaron las tropas andaluzas de la Peña de las Águilas; redujo en seguida Galib todos los pueblos y fortalezas de Almagreb, puso en Fez un walí de su confianza, y asegurado aquel imperio para el califa en sólo un año de campaña, embarcóse en Ceuta para Algeciras (974), llevando consigo al último descendiente de los Edris. Admirable fue la galantería y la generosidad de Alhakem con aquel ilustre prisionero a pesar de su pérfida conducta. Viendo ya en él solamente a un enemigo vencido que venía a ponerse en sus manos, y queriendo al propio tiempo honrar al general vencedor, él mismo con su hijo Abdelaziz y los principales jeques de Córdoba salió a recibirlos a cierta distancia de la ciudad. Cuando se avistaron, apeóse Alhassán y se postró a sus pies. Pero el califa le alargó su mano, y haciéndole que volviese a montar y le acompañase a caballo, entró Alhakem en Córdoba llevando a un lado á Alhassán y a otro a Galib, recibiendo las aclamaciones de la agolpada muchedumbre. No contento con esto el generoso califa, mandó hospedar en el palacio Mogueiz a Alhassán y su familia, señalando rentas de príncipe al que había sido tan ingrato y desleal enemigo. Cuentan que gastaba con él y con los demás africanos, que eran unos setecientos, lo que bastaría para vivir siete mil ; con lo cual muchos de ellos se establecieron en Córdoba y quedaron al servicio de Alhakem,

Pero pronto se cansó Alhassán de aquella dorada prisión, y pidió al califa permiso para volverse con su familia a África. Otorgóselo Alhakem, aunque con disgusto, y a condición de que hubiera de residir en el África Oriental, donde su presencia era menos peligrosa. Embarcóse, pues, el africano con su familia y sus tesoros en Almería para Túnez (976). Mas desde allí partió a Egipto, donde puesto bajo la protección del califa Moez, por cuya causa había peleado en África, siempre ingrato y pérfido, escribió cartas insultantes á Alhakem, que las recibía con desdeñoso silencio. «Así se extinguió, dice un escritor erudito, la última huella del imperio de Edris, cuyo postrer vástago vivía de las limosnas de un califa y de la clemencia de otro.»

Desembarazado de la guerra de África, pudo Alhakem dedicarse ya exclusivamente a sus ocupaciones favoritas, la administración del Estado y el fomento de las letras y de las artes. Por complacer a su mujer predilecta Sobeyha hizo celebrar con gran magnificencia el reconocimiento y proclamación como futuro sucesor de su hijo Hixem, aunque muy niño. Con este motivo se leyeron en la solemne asamblea de la jura elegantes composiciones en verso de los mejores ingenios de España. Los escritores árabes se complacen, como siempre, en enumerar las obras que se presentaban, el premio que cada una obtenía, juntamente con los nombres y una reseña biográfica de sus autores. Por el número de éstos se comprende bien los progresos que la amena erudición había hecho entre los árabes de España, y la estimación grande que gozaban los literatos en el reinado del segundo Alhakem.

Si en tiempo de su padre Abderramán se había extendido hasta las mujeres la ilustración, el alcázar de Alhakem era como un plantel de literatas que hubieran podido ser el ornamento de la buena sociedad en los mejores siglos. Redhiya, la Estrella feliz que llamaba Abderramán III, había pasado del padre al hijo; era poetisa e historiadora, y aun después de la muerte de este príncipe hizo un viaje a Oriente donde se captó la admiración de todos los sabios. Lobna, versada en la gramática y poesía, en la aritmética y en otros ramos del saber humano, prudente además y celebrada por la agudeza de sus pensamientos, era de quien se valía el califa para escribir sus asuntos reservados: Ayxa, de quien dice Ebn Hayan que no había en España quien la aventajara en elocuencia y discreción, ni en belleza y buenas costumbres : Cádiga, que cantaba con dulcísima voz los versos que ella misma componía: Maryem, que enseñaba en Sevilla literatura con gran celebridad a las doncellas de las familias principales, y de cuya escuela salieron muchas alumnas que hacían las delicias de los palacios de los príncipes y graneles señores; y otras que los escritores árabes enumeran con muy justo y fundado placer.

El ejemplo del califa no era perdido para los walíes y visires de las provincias, que en sus respectivos gobiernos no perdían ocasión de fomentar las ciencias y de proteger y premiar a los doctos. Habíase hecho ya gusto de la época el dedicarse a la cultura del espíritu. La historia nos ha conservado la descripción de cómo solían invertir el tiempo los literatos en sus reuniones amistosas. Ahmed ben Said, docto y rico alfaquí de Toledo, tenía costumbre de reunir en su casa todos los años, en los meses de noviembre, diciembre y enero, hasta cuarenta amigos aficionados a la bella literatura, así de la ciudad como de Calatrava y otras poblaciones. Reuníanse en un salón, cuyo pavimento estaba cubierto de alfombras de lana y seda, con almohadones de lo mismo, y cubiertas las paredes de tapices y paños labrados: en medio de la gran sala había un grueso cañón cilíndrico lleno de lumbre, especie de estufa, al rededor de la cual se sentaban. Comenzaba la sesión o conferencia por la lectura de algún capítulo o sección del Corán, o bien por algunos versos, que luego comentaban, y seguían después otras lecturas, sobre las cuales cada uno emitía sus ideas. De tiempo en tiempo se suspendía la conferencia, y entraban los esclavos con perfumes para quemar y con agua de rosas para sus abluciones. Después hacia el mediodía les servían una mesa sencilla, pero abundante. Ningún habitante de Toledo, aunque los había muy ricos, era tan generoso y espléndido como Ahmed ben Said, llegando a tanto su amor a las letras que solía pensionar y tener en su casa muchos jóvenes que buscaban su instrucción. Habiéndole hecho el califa prefecto de los juzgados de Toledo, un cadí de la misma ciudad, envidioso de su popularidad y fama, asesinó en su casa a aquel hombre inapreciable y singular.

Inútil es decir que Alhakem buscaba los más doctos profesores de Oriente y Occidente para que dirigiesen la educación del príncipe su hijo: y supondríase, si las historias no nos lo dijeran, que tenía colocados a todos los hombres literatos y doctos en los más honoríficos y eminentes puestos del Estado.

Al empadronamiento o matrícula general que mandó hacer de todos los pueblos del imperio debemos las siguientes curiosas noticias estadísticas de la población y riqueza que alcanzaba entonces la España musulmana. Había, dicen, seis ciudades grandes, capitales de capitanías, otras ochenta de mucha población, trescientas de tercera clase, y las aldeas, lugares, torres y alquerías eran innumerables. Suponen algunos que sólo en las tierras que riega el Guadalquivir había doce mil : que en Córdoba se contaban doscientas mil casas, seiscientas mezquitas, cincuenta hospicios, ochenta escuelas públicas y novecientos baños para el pueblo. Las rentas del Estado subían anualmente a doce millones de mitcales de oro, sin contar las del azaque que se pagaban en frutos. Explotábanse muchas minas de oro, de plata y otros metales por cuenta del rey, y otras por particulares en sus posesiones. Eran celebradas las de Jaén, Bulche y Aroche, y las de los montes del Tajo en el Algarbe de España. Había dos de rubíes a la parte de Beja y Málaga. Se pescaban corales en la costa de Andalucía y perlas en la de Tarragona. La agricultura prosperó también grandemente al abrigo de la larga paz que supo mantener Alhakem: se construyeron canales de riego en las vegas de Granada, de Murcia, de Valencia y Aragón: se hicieron albuheras o pantanos con el propio objeto, y se aclimataron multitud de plantas acomodadas a la calidad de cada terreno. En suma, dice el autor árabe que nos suministra estas noticias, este buen rey convirtió las espadas y lanzas en azadas y rejas de arado, y trasformó los belicosos a inquietos musulmanes en pacíficos labradores y pastores. Los hombres más distinguidos se preciaban de cultivar sus huertos y jardines con sus propias manos; los cadíes y alfaquíes se holgaban bajo la apacible sombra de sus parrales, y todos iban al campo dejando las ciudades, unos en la florida primavera, otros en el otoño y las vendimias. Envidiable estado y admirable prosperidad el de la España árabe de aquel tiempo, que casi nos hace sospechar si habrá alguna exageración de parte de sus escritores nacionales, si bien no desconocemos cuán grande y feliz puede hacer a un Estado un príncipe ilustrado y virtuoso que tiene la fortuna de suceder a otro príncipe no menos grande, filósofo e ilustrado.

Muchos pueblos, continúa el mismo historiador, se entregaron a la ganadería, y trashumaban de unas provincias a otras, procurando a sus rebaños comodidad de pastos en ambas estaciones, en lo cual seguían la inclinación y manera de vivir de los antiguos árabes que de este modo pastoreaban sus ganados, buscando en la mesaifa o estación de verano las alturas frescas hacia el Norte u Oriente, y volviendo al fin de la estación para la mesta o invernadero hacia los campos abrigados del Mediodía o Poniente. Llamábanse estos árabes moedinos, vagantes o trashumantes.

Largo fuera enumerar todas las obras así literarias como artísticas, industriales y de ornato y comodidad pública que se debieron al ilustre Alhakem. La famosa biblioteca del palacio Meruán dicen que se aumentó hasta seiscientos mil volúmenes; cifra asombrosa para aquellos tiempos, cuando hoy mismo con el auxilio del gran multiplicador, la imprenta, y con los progresos admirables de la mecánica, son pocas todavía las bibliotecas que reúnen tan considerable depósito de libros. Siendo la poesía como innata en los árabes y una de las bases de su educación, no podía Alhakem dejar de ser poeta, y lo era por educación y por genio.

Bella y notable es la composición que dedicó a la sultana favorita Sobeyha cuando partió para la campaña de San Esteban de Gormaz.

«De tus ojos y los míos — en la triste despedida

De lágrimas los raudales — inundaban tus mejillas:

Líquidas perlas llorabas, — rojos zafires vertías,

Juntos en tu lindo cuello — precioso collar hacían:

Extrañó amor al partir — cómo no perdí la vida:

Mi corazón se arrancaba, — el alma salir quería:

Ojos en llanto anegados, — aquellas lágrimas mías

Si del corazón salieron, — en su propia sangre tintas,

Este corazón de fuego, — ¿cómo no se deshacía?

Loco de amor preguntaba, — ¿dónde estás, bien de mi vida?

Y estaba en mi corazón, — y con su encanto vivía ...»

Dicen que solía dar a su hijo Hixem los consejos siguientes: «No hagas sin necesidad la guerra: mantén la paz para tu ventura y la de tus pueblos: no desenvaines tu espada sino contra los malvados: ¿qué placer hay en invadir y destruir poblaciones, arruinar Estados y llevar el estrago y la muerte hasta los confines de la tierra? Conserva en paz y en justicia los pueblos, y no te deslumbren las falsas máximas de la vanidad: sea tu justicia un lago siempre claro y puro, modera tus ojos, pon freno al ímpetu de tus deseos, confía en Dios, y llegarás al aplazado término de tus días.» ¡Coincidencia singular! Estas máximas son casi las mismas que inculcó Hixem I a su hijo Alhakem I. Ahora es Alhakem II el que las recomienda a su hijo Hixem II. Perdidos fueron los consejos de ambos padres, y distantes estuvieron de observarlos los dos hijos.

Pasaron los días del esclarecido Alhakem II, dice su cronista arábigo, como pasan los agradables sueños que no dejan sino imperfectos recuerdos de sus ilusiones. Trasladóse a las mansiones eternas de la otra vida, «donde hallaría, como todos los hombres, aquellas moradas que labró antes de su muerte con sus buenas o malas obras: falleció en Medina Zahara a 2 de safar del año 366 (976), a los 63 años de su edad, y a los quince años, cinco meses y tres días de su reinado : fue enterrado en su sepulcro del cementerio de la Euzafa.»

Con la muerte de Alhakem II, último califa de los Beni-Omeyas que mereciera el nombre de ilustre, variará completamente la situación de todos los pueblos de España, musulmanes y cristianos. Se levantará un genio extraordinario y colosal, que amenazará acabar de nuevo con la independencia y la nacionalidad española, extinguir en este suelo la fe del Crucificado, llevar hasta el último confín de España el pendón del Profeta y frustrar la obra laboriosa de cerca de tres siglos. Examinaremos en otro capítulo esta época fecunda en graves sucesos.

 

CAPÍTULO XVII

ESTADO MATERIAL Y MORAL DE LA ESPAÑA ÁRABE Y CRISTIANA