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HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

 

CRÓNICAS DE ANDALUCÍA

JOAQUIN GUICHOT

I.

TIEMPOS PREHISTÓRICOS.

 

El origen de los primitivos pobladores de la región de España que desde los primeros siglos de la Era cristiana se llamó Andalucía, así como la procedencia de los primeros hombres que arribaron a ella, se pierde en la noche de los tiempos. Temeraria empresa es, pero necesaria para el buen desempeño del asunto que nos hemos propuesto, investigarlo siquiera sea por meras conjeturas, o tal cual señal que podamos rastrear en medio de las fábulas y exageraciones de los escritores griegos y latinos, y de las escisiones fantásticas de la imaginación de nuestros historiadores de la edad media y primeros siglos de la moderna.

Procuraremos, pues, penetrar a tientas por entre aquella densa oscuridad, a fin de separar el elemento histórico de interés social, de las relaciones confusas, de las fábulas poéticas, y del inmoderado deseo de lisonjear el orgullo nacional, que caracteriza literariamente a los escritores a quienes acabamos de aludir.

Afirman los historiadores pertenecientes a los primeros siglos de la Era cristiana, y los posteriores que bebieron en aquellas fuentes, que los españoles, y desde luego los andaluces, descienden de Tarsis, hijo de Javán, nieto de Jafet, y biznieto de Noé. ¿Cuáles son los fundamentos de su afirmación? Hélos aquí:

Moisés dice (Génesis, c. x. v. 4 y 5) «que los hijos de Javán, Elisa y Tarsis, Cethim y Dodanim, propagaron la especie humana en las islas, cada uno conforme a su lengua y sus familias, en sus naciones»

Polibio, historiador griego que murió por los años de 128, antes de J. C. en sus Fragmentos de historia general, llama Tarseyo a una región de España situada en las costas de la Bética; región que los más antiguos historiadores griegos y romanos llaman Tarteso, y que corresponde a las islas que el Guadalquivir forma antes de precipitarse en el mar, y a los países contiguos al estrecho de Gibraltar.

Así, pues, de la aserción de Moisés, y de la indicación geográfica de Polibio, ha nacido la tradición de que Tarsis, biznieto de Noé, vino a España y pobló todo el país que se extiende desde y con las dos islas del Guadalquivir hasta el mar, y dio el nombre de Tartesios a los pueblos de la Bética, de quienes desciende la nación española.

No nos detendremos en refutar opiniones que descansan en tan débiles cimientos, ficciones que se desvanecen a la luz de la sana crítica; ni en acusar la falta de criterio especulativo, de los autores griegos y latinos, que desfiguraron la verdad histórica de los orígenes del pueblo español; así como tampoco motejaremos la facilidad con que D. Alfonso X consignó aquellas y otras fábulas en su Crónica general de España; la credulidad con que el buen Florián de Ocampo las recibió como artículos de ; y la complicidad de nuestro primer historiador general, el Padre Mariana, en el hecho de propalar los cuentos, hablillas, consejas, que llevan la duda y la confusión al espíritu del lector.

De la misma manera, haremos caso omiso de ese enjambre de semidioses, reyes y héroes, bellísimas ficciones mitológicas con que nuestros historiadores más antiguos convierten el suelo español en el escenario de un teatro de Atenas de los tiempos de Esquilo, Sófocles y Eurípides; pero sin la sublimidad, la grandeza y el lirismo que caracterizó las obras de los tres grandes trágicos griegos.

Sírveles de disculpa, a nuestros ojos, su empeño en realzar las glorias antiguas de la patria; no precisamente a expensas de la verdad histórica, que a su diligencia, erudición y claro talento no se podía ocultar, sino a expensas de la fama de sus maestros los historiadores griegos y latinos, a quienes tomaron por modelo, y a quienes pretendieron eclipsar aventajándolos en esa especie de adivinación fantástica, con que intentaron penetrar a través de la niebla caliginosa que envuelve los primeros siglos, buscando orígenes que se han perdido para no volverse a encontrar. Los disculpamos, además, por los tiempos en que escribieron, y por la escuela histórica a que pertenecían; es decir, la escuela popular de la Edad Media, como la llama el ilustre Thierry.

Y, sin embargo, diremos, a riesgo de que se nos coja en flagrante contradicción, que en medio del artificio de la fábula, entre la invención poética y a través de las consecuencias ideales e ilegítimas que se pretenden deducir de un hecho cierto, pero que no se puede racionalmente aplicar, al menos en la forma que lo hacen nuestros primeros historiadores, a España, colúmbrase un reflejo de luz, semejante al fenómeno físico llamado espejismo, que hace aparecer sobre el horizonte de los albores de nuestra historia, la verdad que la fábula desnaturalizó vistiéndola con su más brillante ropaje.

Con objeto de depurar esa verdad que se nos había aparecido, relativa al origen de los primeros pobladores de Andalucía, tan desfigurado por las ficciones poéticas y por las interpretaciones notoriamente erróneas, hemos consultado cuantos historiadores y comentadores, que hablan con extensión o por incidencia de las cosas de España, pudimos haber a la mano. Hicimos más; fatigamos nuestra imaginación estudiando muchos escritores extraños a nosotros y para quienes fuimos completamente desconocidos, si no geográficamente, al menos como pueblo o nación, a fin de rastrear nuevos indicios sobre los cuales nos fuera permitido fundar un sistema entre racional e hipotético, que nos acercase a la verdad que anhelamos, dentro de las condiciones que marca la sana critica.

Pues bien, por más doloroso que nos sea confesarlo, debemos decir, que toda nuestra perseverante inteligencia ha sido vana; y que solo hemos obtenido por resultado de tan ímprobo trabajo, el triste y desconsolador convencimiento de que, o debemos dejar bajo la losa del olvido la Historia de Andalucía desde los tiempos primitivos hasta la época de la dominación romana, o debemos resignarnos a que la crítica nos coloque en la fila de los que por temerario afán o pueril orgullo, pretenden hacer alguna luz entre las tinieblas del pasado, si intentamos levantar el velo que le cubre.

Acaso hubiéramos debido atenernos al primer estreno, dado que no es la historia general de España la que nos proponemos escribir, sino la de Andalucía, cuyo interés, por contenerse en límites relativamente estrechos, y cuya influencia, por no alcanzar más allá de las fronteras convencionales de una provincia, nos eximiría de profundizar en la lobreguez de los tiempos primitivos, para arrancar a aquellas recónditas edades secretos cuyo conocimiento interesa a la ciencia y a la sociedad.

Empero un hecho extraordinario, o más bien diremos una ráfaga de luz que brota, no del choque de pareceres encontrados, sino a resultas de la conformidad de opiniones entre los historiadores de más crédito de la antigüedad, que han tratado de las cosas de España, nos ha hecho ver entre las ficciones de la fábula un embrión que diestra y críticamente manejado puede derramar alguna claridad sobre los orígenes del pueblo andaluz. Hélo aquí:

Los historiadores griegos y romanos que desde los antiguos hasta los primeros siglos de la Era cristiana trataron con más o menos extensión de España coincidieron en afirmar que los Turdetanos, pueblos los más poderosos de la Bética, poseían a la llegada de los romanos un grado máximo de civilización.

Estrabón, Polibio y Estéfano de Bizancio describen en términos pomposos, y hemos de suponer que imparciales porque no les cegaría el amor patrio, ni el instinto de raza : la civilización, las leyes, la literatura y la riqueza—nótese bien, la riqueza, que es la expresión de la cultura intelectual y de la cultura material—de aquellos pueblos.

Refiere Estrabón, que los Turdetanos poseían leyes escritas en verso cuya antigüedad se remontaba a 6,000 años. El insigne geógrafo se fundaba, indudablemente, en el testimonio del griego Asclepiades, que permaneció en España por los años 48 poco más o menos antes de J. C., practicando la medicina que estudió en Roma, y enseñando humanidades en el país de los Turdetanos, cuyas costumbres y particularidades historió.

Esto se escribía en Roma en el siglo de Augusto, llámese de las Letras, a cuyo esplendor contribuyeron el elocuente Lucano, autor de la Farsalia, Marco Anneo Séneca, famoso orador latino y profesor de retórica en Roma, y su hijo Lucio Anneo Séneca, célebre filósofo a quien Agripina confió la educación de su hijo Nerón, hijos los tres de Córdoba, ciudad de la Bética.

Es evidentemente exagerada la cifra de 6.000 años señalada a la existencia de las leyes escritas en verso en el país de los Turdetanos; empero siendo lo más verosímil que aquellos pueblos no contaran por años solares de doce meses, sino que, a la manera de otros muchos pueblos de la antigüedad, lo hicieran por divisiones de cuatro y tres meses, resulta, hecho un cálculo prudente, y tomando por norma el periodo de tres meses por año turdetano, que la civilización de aquel pueblo se remontaba a la época de la primera llegada de los fenicios a las costas de la Bética; esto es, por los años de 1500 antes de J. C.

De aquí se deduce que esta pudo ser la primera región de Europa que se civilizó. ¿De qué manera? Veremos si nos es dado rastrearla por una serie de conjeturas, partiendo del dato que nos suministran los historiadores griegos y latinos que hacen remontar los orígenes de aquella civilización a los años 848 después del Diluvio (2348 antes de J. C. y unos 700 después de la dispersión de los hombres, a resultas de la confusión de ls lenguas en la torre de Babel).

Haremors notar episódicamente, en el curso de esta narración, que los mismos escritores que asignaban en el primer siglo de nuestra Era una antigüedad de 6.000 años (léase 1.500) al primer código de leyes conocido en la Turdetana, coinciden en afirmar que Licurgo, el gran legislador de Lacedemonia, vivía hacia los años 866 antes de J. C, Numa Pompilio en Roma allá por el 714, y Solón en Atenas en 594, es decir, que nuestros tiempos legislativos precedieron de muchos siglos a los de Grecia y Roma.

Ahora bien; dada la lentitud con que debía progresar la civilización—y aquí tomamos la palabra en su acepción más lasa y completa, es decir, los diversos grados de perfección moral, intelectual y física, por los cuales pasa periódicamente un pueblo hasta llegar a su perfección relativa, en tiempos en que tanto escaseaban los medios de difundirla, e impulsar el desarrollo de los intereses morales y materiales—, ¿no es verdaderamente corto el periodo de los 700 años trascurridos entre la infancia y la virilidad del pueblo turdetano?

Creemos que sí; y en tal virtud si damos crédito a las aseveraciones de los historiadores griegos y latinos referentes a que la Bética daba ya señales de cultura 700 años, apróximadamente, después de la dispersión de los hombres al pie de la torre de Babel, fuerza nos será convenir en la posibilidad de que la región bañada por el Guadalquivir, región que los antiguos llamaron Tarteso, fue la primera que se pobló en España, ya fuera por Tarsis y su familia, ya por otro cualquiera jefe de los que salieron de las llanuras del Senaar para venir a poblar Europa.

He aquí como entre las ficciones de la fábula y entre las temerarias interpretaciones de un pasaje indeterminado y nada explícito del libro de Moisés, partiendo de un dato que nos suministra el historiador Asclepiades, que habla no por referencia sino por lo que ha visto, rastreamos algo de cierto acerca de los orígenes del pueblo andaluz.

Vamos a robustecer nuestra racional hipótesis con una nueva observación.

La civilización turdetana¿nació de los gérmenes que importaron los primeros pobladores de esta región, o fue traída por estos ya en un estado de madurez? En una palabra, aquella civilización se formó en la Bética o llegó formada?

Creemos que llegó formada, y que vino por mar.

Fundamos esta creencia en que no pudo ser importada por tierra, dada la inmensa distancia que separa las márgenes del Guadalquivir de las llanuras del Senaar, donde tuvo su origen, o donde reunió los elementos dispersos de la que le precedió, y estuvo a pique de desaparecer completamente entre las aguas que produjeron la gran catástrofe universal, y considerando que aquella inmensa distancia hubiera obligado al pueblo, tribu o familia emigrante a hacer frecuentes y largas estaciones en un viaje a través de la Mesopotamia, de la Armenia, de la Albania, del Cáucaso, cruzando el Tanais para entrar en la Sarmacia, el Borístenes, para atravesar la Esclavonia, el Danubio, el Dios-río de los Getas, de los Dacios y de los Tracios, para atravesar la Germania, el país de los Celtas, la Galia, los Pirineos, y en fin, la España toda para llegar a su extremidad más occidental, durante cuyo largo viaje de años, acaso de un siglo, caminando a jornadas cortas, sufriendo grandes penalidades e imposibilitada de toda expansión, hubiera experimentado profundas alteraciones que la hubiesen hecho retroceder a la barbarie, pues es sabido que los pueblos nómadas son refractarios a las luces de la civilización.

La de los Turdetanos, pues, debió ser importada por mar.

Toda emigración verificada por mar revela un grado muy adelantado de cultura en los emigrados. Los pueblos bárbaros no construyen buques de gran porte ni emprenden largas navegaciones.

La distancia entre las costas de la Bética y las de la Fenicia navegando el Mediterráneo es infinitamente más corta que la que separa la Andalucía del Éufrates viajando por tierra.

Dentro de un buque los hombres conservan mejor sus tradiciones, y se mantienen más estrechamente unidos por la mancomunidad de intereses, de esperanzas y de peligros, dado que no existen agentes bastante numerosos o fuertes para romper brusca o sistemáticamente esos lazos, sobre todo si han sido formados por la civilización. Embarcados no hay que atravesar dilatadísimas regiones, cruzar ríos caudalosos, abrirse paso entre espesos bosques, acampar todos los días, detenerse durante las malas estaciones, arrastrar un inmenso bagaje para trasportar los ancianos, los enfermos, las tiendas, los víveres y los utensilios; y por último gastar las fuerzas de la inteligencia en una lucha incesante contra la barbarie que tiende a ocupar el lugar de la cultura.

Admitiendo, pues, que la civilización que caracterizó los pueblos Turdetanos fue importada por mar, todo queda satisfactoriamente explicado y no causa admiración que 48 años antes de J. C. un retórico griego, contemporáneo de Cicerón y de Pompeyo, viniese a dar lecciones de filosofía entre los Turdetanos, y que encontrase en la Bética una civilización tan antigua que, a juicio suyo, remontábase a una fecha tan lejana que apenas si la separaban 700 años de la época en que fue repoblada la tierra por los biznietos de Noé.

Siendo así, la civilización Turdetana ¿procedió inmediatamente, y vivió con las primitivas del mundo postdiluviano? Creemos que sí, y vamos a indicarlo tan breve y compendiosamente cuanto lo permiten lo exiguo e incierto de los datos que tenemos, y la falta absoluta de medios de persuasión.

Desde luego acude a la imaginación una pregunta que es consecuencia precisa de nuestra proposición, y que nos causa muy grande embarazo:

¿Qué civilización fue aquella, y cuáles fueron sus manifestaciones y su expresión?

No podemos responder categóricamente, visto que no existe, que sepamos, monumento alguno literario o de piedra, ninguna medalla, ningún documento o testimonio fehaciente, ni siquiera una tradición continuada por la serie de los Siglos, sin desviarse del hecho principal que le dio origen o le sirve de fundamento, y solo tenemos un dato indeterminado, seco, descarnado, sospechoso de fábula o cuando menos de abultada exageración, para resolver el intrincado problema.

Este dato es, ya lo hemos dicho y lo repetimos, a riesgo de evidenciar la pobreza de nuestra imaginación y la total carencia de recursos para persuadir, las palabras de Polibio y Estrabón, que dijeron, probablemente con referencia al griego Asclepiades, que vivió en la Bética y describió las costumbres y particularidades de sus pueblos 48 años antes de J. C. que los Turdetanos eran los más poderosos de esta región, que cultivaban las letras, y que se distinguían por su riqueza y civilización. Dato exiguo, incierto, que la exégesis acepta con dificultad para levantar sobre él un edificio que no sea deleznable, pero que tiene un valor inestimable, no solo por ser único, sino por el crédito que el mundo científico ha dado y da a los historiadores que nos lo suministran.

En efecto, una civilización que elogian los hombres más doctos del siglo de Augusto, y una riqueza, en la acepción que los romanos daban a esta palabra, citada por ellos, no pueden menos de haber existido, y si han existido, pruebas concluyentes son de la antigüedad del pueblo que poseyó ambas cosas.

Enumeramos ahora, aunque sea brevemente, los principales monumentos legislativos, históricos y literarios que dan testimonio de la cultura del mundo entonces conocido; señalemos los pueblos o razas que la poseyeron, y limitándonos, no a hacer meras conjeturas, sino a mencionar los hechos de más bulto, los que están perfectamente controvertidos y dilucidados ya, veremos cómo no hay exageración en afirmar que la civilización Turdetana, fue contemporánea de las más antiguas que registra la historia.

Trasladémonos con la imaginación a la época que, admitida la existencia de las leyes escritas en verso de los Turdetanos, la crítica filosófica les señala, esto es, 1.500 años próximamente, y no 6.000 antes de J. C. o sean 2.000 años antes de la creación del mundo según el cómputo eclesiástico y la Escritura, y veremos aparecer, en primer lugar:

El Pentateuco, o los cinco libros de Moisés, monumento histórico y legislativo el más antiguo y el más completo que se conoce (1645 años a. de J. C.) La doctrina contenida en él, es un milagro en el orden moral que atestigua lo divino de la misión del gran legislador, historiador y hombre de Estado del pueblo hebreo. El Pentateuco, además de ser un código de leyes religiosas, lo es también de leyes políticas, civiles y sociales.

En segundo lugar, El libro de Job, que unos comentadores suponen contemporáneo y otros anterior a Moisés. Este libro que, según la versión más acreditada, fue compuesto por un opulento patriarca habitante de la tierra de Cus, situada entre la Idumea y la Arabia, es un admirable poema de filosofía moral sublimemente cantada, discutida y razonada, en el que se compendian todas las verdades teológicas, filosóficas y metafísicas que puede comprender una civilización casi adulta, como se revela además en la descripción que en él se hace de las artes, costumbres y usos de los hombres entre quienes se escribió.

En tercer lugar, La historia de Fenicia, escrita en ocho libros, por Sanchoniaton, historiador el más antiguo después de Moisés. Eusebio, obispo de Cesárea, refiere, tomándolo del filósofo fenicio Porfirio, que Sanchoniaton, escrita su historia, se la dedicó a Abibal, rey de Fenicia, y que no solo este príncipe, sino también los encargados por él de examinar la obra, se manifestaron convencidos de la escrupulosa fidelidad con que estaba escrita una historia que había sido sacada de los archivos de cada ciudad, y de los que se conservaban cuidadosamente en cada templo; por último, que Sanchoniaton y el rey Abibal, vivieron en un siglo poco distante del de Moisés, según era fácil convencerse examinando la cronología de los reyes de Fenicia.

Finalmente Los Vedas, libros sagrados primitivos de la India, cuya antigüedad la sana critica hace subir a unos 1,500 años antes de nuestra Era. Los Vedas, forman una colección de himnos consagrados a las divinidades simbólicas de aquellos tiempos primitivos. «Son, dice Mr. Barthelemy de Saint-Hilaire, entre el mismo pueblo indio, el fundamento de una literatura que es más rica y más extensa que la literatura griega». Sabido es, que quien dice literatura, dice civilización.

He aquí cuatro monumentos literarios, cada uno de los cuales nos da la medida de la cultura de los pueblos que los vieron nacer, y que se reflejan en ellos como en un espejo.

Ahora bien, dando por sentado que los historiadores griegos y romanos que trataron con más o menos extensión o por incidencia de las cosas de España, merezcan el crédito que no es posible negarles en cuanto se refieren a hechos probadamente históricos, ¿no es verdaderamente asombroso encontrar entre los Turdetanos, pueblo de Andalucía, un código de leyes, monumento literario que por la forma en que está escrito revela una civilización muy adelantada, y que aparece ser contemporáneo del libro de Moisés, del de Job, de las obras de Sanchoniaton y de los Vedas de la India?

¿Dónde estaban todavía Licurgo, Solón, Numa, y la Ley de las doce Tablas? ¿Dónde el Partenón, el Capitolio, Fidias, los bronces, las medallas y los vasos etruscos?

¿No es evidente, pues, (partiendo siempre de la suposición racional que hicimos anteriormente) que la región de España que hoy, y desde el comienzo del siglo V de nuestra era se llama Andalucía fue la primera de Europa que se civilizó, y que su cultura es anterior en algunos siglos a la que produj0 el siglo de Pericles en Grecia y el de Augusto en Roma?

La circunstancia de ser única en la Europa, bárbara entonces, desde el mar Sarmático hasta las columnas de Hércules; su contemporaneidad con la del Egipto, que es la que se refleja en los libros de Moisés, con la de los árabes, de los fenicios y de la India; la imposibilidad de señalarle un origen europeo, y el no encontrarse ningún rastro ni vestigio de ella en las regiones comprendidas entre las orillas del Guadalquivir y la cordillera de montañas que forman un istmo entre el mar Negro y el mar Caspio, ¿no justifica nuestra opinión de que debió llegar por mar a las costas de la Bética, traída, en tiempos que se remontan a la época de la dispersión de los hombres al pie de la torre de Babel, por una o más familias de emigrados, procedentes del Asia, cuna del género humano?

No faltará quien diga que a imitación de los que hacen a los españoles descendientes de Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noé, o de Tarsis, hijo de Javán y nieto de Jafet, hemos levantado, aprovechando un momento de reposo de la naturaleza, un edificio de pórfido sobre las movedizas arenas del Gran Desierto.

A esto contestaremos, que las aseveraciones de Asclepiades, Polibio y Estrabón, por ser claras, precisas, terminantes y referirse directamente, señalándolos por sus nombres y situación geográfica a los pueblos de la Bética, merecen más crédito que las interpretaciones arbitrarias que algunos historiadores han dado a los vers. 4 y 5, cap. x del Génesis, y a un pasaje del historiador de los judíos, Flavio Josefo, que cita a los Íberos asiáticos situados al pie del Cáucaso entre la Cólquida y la Albania, y no a los Íberos españoles; además, diremos, que nuestro objeto no ha sido tanto desentrañar el oscuro origen de los primeros pobladores de Andalucía, como hacer mérito de la antigüedad que los historiadores griegos y latinos conceden a su civilización.

Ciertamente no hemos adelantado un solo paso en la cuestión crítico-histórica del origen del pueblo andaluz; pero hemos reivindicado para él la gloria de haber sido el primero que se civilizó en Europa después de la tremenda catástrofe del diluvio universal.

¿Y será temerario reivindicar también la prioridad de población para un suelo que fue el primero que se civilizó, y afirmar que sus primeros pobladores no fueron Íberos, ni Celtas, sino una colonia o emigración procedente de las costas del Asia menor o de la Siria?

Para contestar cumplidamente a esta pregunta sería necesario tener noticias exactas del grado de cultura en que los fenicios encontraron la Bética en los tiempos de su verdadera emigración; de otra manera: si encontraron civilizados aquellos pueblos o si les llevaron una civilización que se arraigó en el país.

A falta de datos, recurriremos al método conjetural; método que si no resuelve nada de una manera definitiva puede ayudar a rastrear el embrión de la verdad.

La época de la verdadera emigración fenicia a las costas de la Bética, puede fijarse por los años de 1500 antes de J. C.

Pero la tradición oriental y las conjeturas tradicionales están contestes en que en el siglo décimonono antes de J. C., los pueblos comerciantes y marinos de las costas de la Siria y Asia menor entablaron por primera vez relaciones con los Turdetanos, y que los encontraron ya civilizados. Se sobreentiende que aquella civilización sería rudimentaria; pero así y todo era un progreso.

Si sustraemos 1900 años de los 2348, época en que tuvo lugar el Diluvio universal, tendremos, que unos 448 años después de la gran catástrofe de la humanidad, la región que baña el Betis a pocas leguas de su desembocadura en el mar, comenzó a civilizarse. ¿Quién llevó aquellos gérmenes de cultura? Seguramente no fueron los Íberos ni los Celtas.

¿Fueron los Fenicios, dado que en aquella época y acaso en otras anteriores, es notorio que traficaban con los Estados y pequeños reyezuelos de la Grecia, y visitaban las islas del Mediterráneo, la Europa oriental, las costas del Asia menor y las del Egipto?

Puede muy bien ser así, y también puede no ser; sin que sirva de argumento lo que dicen la Sagrada Escritura y los historiadores más antiguos, respecto a que los Fenicios fueron los primeros y los únicos pueblos que durante una larga serie de años, emprendieron dilatadas navegaciones por el Mediterráneo.

Recuérdese, en apoyo de nuestra conjetura, que en la época del descubrimiento y población de la América del Norte por los ingleses, y aun todavía en nuestros días, llamáronse todos los establecimientos europeos de aquellas costas, colonias inglesas; por más que algunos de ellos, y no ciertamente los menos importantes, debieron su fundación y los comienzos de su actual increíble prosperidad, a los holandeses, a los franceses, a los suecos y a los alemanes.

Aquí terminamos nuestra rápida y claudicante excursión por los siglos más remotos y desconocidos de la historia de Andalucía; trabajo que no nos atrevemos a llamar critica conjetural, porque no hemos producido ni la más tenue luz suficiente a iluminar aquellas edades prehistóricas, sino meras conjeturas sobre señales que se adivinan más bien que se vislumbran. Trabajo estéril y ocioso, si se quiere, porque los tiempos que hemos evocado, antes que a la historia propiamente dicha, pertenecen a la ciencia arqueológica, única que puede hablar allí donde los libros y las tradiciones dignas de , permanecen completamente mudos; pero trabajo que no quisimos excusar por darnos fa satisfacción de comenzar la Historia de Andalucía consignando un hecho fundado en el testimonio de autores que escribieron sobre el mismo teatro de los sucesos, del cual deben envanecerse los hijos de Andalucía; esto es: Que la cultura del privilegiado suelo que los vio nacer, cuenta una antigüedad que se pierde en la noche de los tiempos mitológicos.

Solo nos resta ya describir compendiosamente una época que pertenece todavía a la historia crítico-conjetural, pero que viene a ser como la amanecida del día verdaderamente histórico, para entrar de lleno y desembarazadamente en él.

 

II.

EPOCA DE LOS FENICIOS,

 

La primera raza del Oriente que entabló relaciones comerciales con los pueblos que habitaban la región de Andalucía, fue la Fenicia. Esta circunstancia, así como el orden cronológico de la sucesión de los grandes acontecimientos históricos, nos obliga a separarnos momentáneamente de nuestro asunto principal, para consagrar unas pocas líneas a la historia de un pueblo que tanta influencia ejerció en los destinos de Andalucía, y al cual debió esta región siglos de una paz, prosperidad y bienestar, que no ha vuelto a disfrutar desde 2.400 años, apróximadamente, que hace se vio arrojado de este suelo por las vicisitudes de la guerra y la deslealtad de otro pueblo hermano suyo.

En la Siria, país situado en las costas occidentales del Asia, a orillas del Mediterráneo, y que se extendía desde la Palestina y la Arabia al S. hasta el monte Tauros al N. entre el Gran mar y el Éufrates, existían dos provincias notables, la Fenicia y la Celesiria, separadas por la cordillera del Líbano.

De la Fenicia, la más importante región del Asia en la antigüedad, solo tenemos una Cosmogonía fabulosa y algunos fragmentos de los libros que sobre la historia y antigüedades de este país escribió Sanchonation, y tal cual noticia apuntada por historiadores posteriores, para formarnos una idea muy incompleta de aquel pueblo.

Desde los tiempos más remotos que describe la historia, vemos a los Fenicios dedicados a las especulaciones mercantiles y a la navegación. Su comercio terrestre alcanzó inmensas proporciones y se hacía por medio de caravanas. Sus principales mercados estaban en la Arabia de donde sacaba especies y gomas; tejidos de seda de Babilonia y Palmira; esclavos, caballos y objetos de cobre de la Armenia y países limítrofes.

Su comercio de exportación consistía en productos de sus fábricas y manufacturas; vidrio, púrpura de Tiro, y tejidos. Atribúyanseles inventos y descubrimientos importantes, tales como el alfabeto griego primitivo, que se componía de once consonantes y cinco vocales; la astronomía aplicada a la navegación; las artes navales, y de la guerra y el comercio.

Fundaron numerosas colonias, siendo las más importantes la mayor parte de las islas del Archipiélago, de donde fueron expulsados por los griegos.

En la costa N. del Africa, Utica, Cartago y Adrumetun.

En la N-E. de Sicilia, Panormus (Palermo).

La isla Melita (Malta).

Y al medio día de España, Gadir (Cádiz), Carteya (Calpe) y Malacca (Málaga).

Es probable que fundaran establecimientos en el golfo Pérsico, y que navegaran las costas de la Gran Bretaña y del Báltico de donde sacaban estaño y ámbar amarillo.

La Fenicia no formaba nación propiamente dicha, sino una confederación de ciudades y sus territorios unidas por los lazos del origen y del interés común. Sidón, sobre el Mar Grande, fundada por Sidón hijo mayor de Canaán, y Tiro, construida primero sobre el continente y trasladada luego a una isla inmediata que se unió a este por una calzada mandada construir por el rey Hiram, fueron grandes emporios de comercio, y estuvieron consideradas en diferentes épocas como metrópolis.

Terminada esta breve reseña histórica del primer pueblo extranjero que en la edad remota asentó su planta en Andalucía, llegamos inmediatamente a los tiempos en que se camina con alguna más certidumbre por entre las dudas y las contradicciones de los historiadores griegos y latinos; y haciendo caso omiso de todas las fábulas que se refieren a las anteriores expediciones de los navegantes y comerciantes fenicios a las costas de Andalucía fijamos en el siglo XV antes de J. C. la época de la emigración y definitivo establecimiento de aquel pueblo en nuestro suelo.

Es demasiado importante para la historia del mundo la causa que motivó aquel acontecimiento para que la pasemos en silencio.

Habían llegado los tiempos del cumplimiento de las promesas hechas por Dios a Abraham. El gran historiador y legislador del pueblo hebreo, había muerto sin pisar la tierra Prometida a la posteridad del Patriarca hijo de Taré, y padre de las naciones hebrea y árabe, es decir la tierra de Canaán; y esta tierra fue el rico país de los Fenicios. Josué, sucesor de Moisés y caudillo del pueblo escogido por Dios, llevó a cabo la conquista (1452 años antes de J. C.) y expulsó de aquellos lugares a los Filisteos o Palestinos descendientes de Misraim, hijo de Cam, nieto de Noé.

Tomadas por fuerza de armas las principales ciudades fenicias del interior, y devastado el país, sus habitantes hubieron de huir arrollando la población cananea hacia la costa, acabando por y aglomerarse en las grandes metrópolis marítimas de Tiro, Biblos y Arada. El exceso de población y los males que de ello podían originarse, debió hacer nacer el pensamiento de fundar colonias en los países frecuentados hasta entonces por los Fenicios con el simple carácter de comerciantes. Estos países fueron las regiones boreales del Ática y del Peloponeso, y los extremos occidentales del Mediterráneo hasta el mediodía y poniente de España.

Puédese, pues, fijar con alguna certeza la época de la fundación de la primera colonia fenicia en las costas del S. de España, entre los años de 1550 a 1400 antes de J. C.

Una prueba de que aquel establecimiento tuvo por causa la conquista de la tierra de Canaán por el primer caudillo del pueblo hebreo, la encontramos en la existencia en Tánger de un monumento Fenicio, descrito por Procopio, historiador de la guerra de los Vándalos, quien dice haberlo visto personalmente. El secretario del general Justiniano, se expresa en estos términos;

«Vénse allí dos columnas de piedra junto a una gran fuente, las cuales tienen grabados caracteres fenicios que dicen así: Nosotros llegamos aquí ‘huyendo del bandolero Josué’».

A quien extrañe lo injurioso del epíteto dado por aquellos infelices expatriados al primer caudillo de los Israelitas, recordaremos que durante aquel primer periodo de la historia del pueblo hebreo, los libros santos nos lo pintan con todos los signos de la degradación intelectual, moral y física, consecuencia de la dura opresión en que vivió durante dos siglos de abyecta esclavitud.

La historia de los primeros establecimientos formales de los fenicios en Andalucía, aparece envuelta en conjeturas, opiniones y versiones distintas y frecuentemente encontradas, entre las cuales no es fácil rastrear la verdad, si no es partiendo de un punto sobre el cual coincidan la mayor parte de los historiadores. En tal virtud, vamos a exponer lo que nos parece más verosímil, y creemos estar más justificado.

Los Fenicios se establecieron en la costa de Andalucía antes de llegar al Estrecho de Gibraltar, y echaron los cimientos de las ciudades de Málaga y Adra, que tanta celebridad acordaron andando el tiempo. Ya fuera por lo penoso de la infancia de la colonización, o por otra circunstancia que no menciona la historia, acordaron buscar mejor establecimiento; y al efecto, resolvieron emprender un nuevo viaje de exploración por la costa occidental hasta llegar al rio Anas (Guadiana) donde parece encontraron obstáculos que dificultando su pacífica permanencia les obligaron a retroceder.

Poco tiempo antes habían descubierto dos islas pequeñas y deshabitadas, pero perfectamente situadas, de las cuales la mayor tendría unas cuatro leguas de circunferencia. Estableciéronse en ella; diéronle el nombre de Eritya o Eritrea, y trasladáronse luego a la otra donde edificaron un templo, y la nombraron Gadir, (Cádiz.)

Solo una de aquellas dos islas subsiste todavía en nuestros días, y se cree sea la llamada Santi-Petri, situada al Oriente y cerca de Cádiz, y cubierta en su mayor parte por las olas del mar. En efecto, descúbrense en ella, cuando las mareas son muy bajas, vestigios de un templo y de otros edificios que revelan el imperio del hombre vencido al fin por la soberanía del mar.

Es opinión admitida que la primitiva colonia fenicia debió establecerse en la citada isla, y que más tarde se fundó la ciudad conocida todavía con el nombre de Cádiz.

La ventajosa situación de aquella, su semejanza con la del mar de la Siria desde donde la renombrada Tiro extendía su comercio por la mayor parte del mundo entonces conocido, movieron a los Fenicios a elegirla para asiento de su naciente imperio en Andalucía. Al efecto edificaron, según su costumbre, un templo al Semi-Dios o Dios, Hércules, símbolo particular de aquel pueblo, y muy luego una ciudad en la parte occidental a la entrada de la bahía de Cádiz.

Una vez asegurado su establecimiento, y puesto al abrigo de los ataques del pueblo indígena, que pudiera un día reivindicar sus derechos a la posesión del territorio usurpado por los mercaderes fenicios, estos comenzaron a extender y multiplicar sus colonias por el litoral de la Bética, y en el país de los Turdetanos, formando alianzas con los naturales y fundando factorías, almacenes, pueblos y ciudades, algunas de las cuales llegaron a tener un comercio floreciente.

El sin número de ciudades de fundación fenicia destruidas las unas y existentes todavía las otras en Andalucía, dan testimonio elocuente de la política sagaz y prudente, y del carácter y condiciones colonizadoras de aquel pueblo comerciante e industrioso, que introdujo e hizo prosperar entre nosotros las artes de la paz cultivadas en las feraces regiones de Andalucía, durante una larga serie de siglos.

Los beneficios de aquella sabia política, fueron inmensos para todos; para el pueblo colonizador porque logró tantas riquezas que en su tiempo adquirió la ciudad de Tiro aquella suma nombradía que tan célebre y famosa la hizo en la antigüedad; y para el pueblo indígena, y sobre todo para las regiones bañadas por las aguas del Betis, desde Córdoba hasta su desembocadura en el Océano, porque le debieron sus días de prosperidad, sus adelantos en las artes liberales, el perfeccionamiento de su primitiva cultura y sus relaciones con otros pueblos y naciones.

Los fenicios se mostraron siempre apacibles y generosos; pueblo comerciante, ponía su mayor empeño en alejar todo motivo o pretexto de guerra; y atento solo a su beneficio comercial, que pagaba comunicando a sus vecinos y aliados sus costumbres, sus artes, su culto y hasta su lengua, no pretendió imponerse ni enseñorearse a título de conquistador o soberano de los pueblos de la Bética.

Respetando la autonomía y la sagrada independencia de sus vecinos, amigos y aliados, raza belicosa y difícil de domeñar por la fuerza, y rigiéndose políticamente por un sistema de república federal, o más bien diremos, de confederación de las colonias entre las cuales la más rica y floreciente, sin duda alguna, fue la de Cádiz, los Fenicios vieron pasar la larga serie de siglos que trascurrieron desde el décimo quinto antes de J. C., época de su primer establecimiento formal en las costas de Andalucía, hasta el sexto antes de nuestra era, en que por primera vez aparecieron los cartagineses en la Península.

Corrían los años del mayor auge y prosperidad de los establecimientos fenicios en Andalucía; el tiempo y la no interrumpida paz habían identificado los intereses de la raza indígena con los de la raza colonizadora; nada anunciaba la catástrofe, sino esa ley, que no nos atrevemos a llamar fatal, que mantiene constantemente la Roca Tarpeya junto al Capitolio, cuando un funesto accidente produjo una contienda que dio por resultado la expulsión, el exterminio de aquel primero y único pueblo cuyo establecimiento, que no dominación, en España, ha dejado solo recuerdos de cultura y leal generosidad.

Son varias las opiniones acerca de las causas que motivaron la guerra entre la colonia fenicia de Cádiz y los pueblos Turdetanos sus vecinos. Unos autores las suponen leves, otros, como Justino, historiador latino del siglo II de nuestra era, afirman que el engreimiento hijo de la prosperidad arrastró a los Fenicios a cometer actos de superioridad y orgullo, que irritaron el ánimo levantado y la varonil entereza de los Turdetanos, quienes indignados declararon la guerra a la Colonia, resueltos a lanzarla fuera de su territorio.

Lo que aparece fuera de duda es, que la acometida de los indígenas fue tan briosa y tan afortunados los primeros encuentros para los acometedores, que los Fenicios, perdida la esperanza de poder resistir con sus solas fuerzas, pidieron auxilio a Cartago, ciudad importantísima de la costa de África, y Colonia, como Cádiz, oriunda de Tiro.

Este suceso viene a corroborar la opinión que venimos sosteniendo desde el comienzo de nuestra narración, referente, a que los pueblos Turdetanos alcanzaron desde tiempos muy remotos un grado verdaderamente notable de cultura moral y material.

Demostrémoslo. Mas antes fijemos la situación de uno de los beligerantes.

Cádiz, en tiempos del asedio por los turdetanos, estaba edificada en una isla separada del continente por un brazo de mar, excelente fondeadero para los buques que defendían la plaza de todo ataque o asalto repentino. Sus fortificaciones debieron ser de primer orden, y además reputadas inexpugnables según lo demostrará un hecho posterior. El pueblo que se amparaba de ellas era rico y poderoso, como pueblo que comerciaba con la mayor parte del mundo entonces conocido, y descendía de los primeros inventores de las artes de la guerra y de la navegación. Sus escuadras serían formidables atendido que ejercían la soberanía del mar, origen de su prosperidad y grandeza. Sus recursos debían ser cuantiosos y le pondrían en situación de reunir rápidamente un ejército bastante numeroso para atender a su defensa. La comunidad de origen y la mancomunidad de intereses y de peligros, sería cosa de proporcionarle poderosos aliados entre las demás colonias de la misma procedencia; y por último, sus relaciones comerciales con los pueblos del continente debieron mover a algunos de estos a ayudarle moral o materialmente en la contienda belicosa.

Si, pues, con tantos elementos de estabilidad y de fuerza, y con tantos medios de resistencia, productos de una civilización adulta, la poderosa colonia fenicia de Cádiz, no pudo vencer ni aun rechazar al pueblo que le acometía dentro de sus inexpugnables fortificaciones, protegidas además, por numerosos buques armados en guerra ¿qué opinión deberemos formar de los sitiadores?

Que estos también tenían marina, sin la cual les hubiera sido imposible tomar tierra en la isla y estrechar a los sitiados en términos de obligarles a impetrar auxilios de allende el mar; que esta marina no sería insignificante cuando pudo hacer frente y por lo visto vencer la del primer pueblo marítimo de aquellos tiempos, y en suma, que sus conocimientos militares debieron ser muy adelantados, cuando así practicaban el arte de atacar las plazas, parte tan importante de la ciencia de la guerra.

Quien dice marina militar dice marina comercial; quien dice ciencia de la guerra dice adelanto en otras muchas ciencias. El asedio, pues, que los Turdetanos pusieron a Cádiz y el aprieto en que se vio la plaza, son testimonios irrecusables de la civilización de aquel pueblo; civilización tan antigua, que los historiadores griegos y latinos más dignos de fe, le hacen remontar a una época fabulosa.

El grito de angustia de Cádiz, conmovió al Senado Cartaginés, que decretó inmediatamente el socorro que pedían sus hermanos establecidos en la Bética. Hízose a la mar, rumbo a Cádiz, una escuadra poderosa, con tropas de desembarco, que a los pocos días dio vista a la plaza sitiada por los Turdetanos.

Esto aconteció hacia el siglo sexto antes de nuestra era, época y acontecimiento memorables, porque data él comienzo del periodo verdaderamente histórico de España, y porque dio principio a la transformación profundamente radical, política, social y religiosamente considerada, que sufrió la Península Ibérica, y a esa no interrumpida serie de irrupciones de pueblos y razas extranjeras, que unas en pos de otras, y con intervalos de siglos, se lanzaron como avalanchas sobre su suelo, que fecundaron con su sangre y con el polvo de sus huesos, y que modificaron moralmente imprimiéndole cada uno el sello de su peculiar civilización, cuyos principales rasgos se conservan todavía mezclados pero no confundidos.

Aquí pues, repetimos, comienza la verdadera historia de Andalucía, es decir de España; puesto que durante veinte siglos el suelo audaz fue el teatro donde se representaron los grandes, los memorables acontecimientos de esa inmensa epopeya, de ese sublime canto heroico que tuvo principio entre las rizadas olas del mar que baña a Cádiz, y terminó sobre los muros de Granada, azotados por las frescas brisas que se desprenden de los altos ventisqueros de Sierra-Nevada.

 

III.

DOMINACION CARTAGINESA.

 

Salidos de los tiempos desconocidos que la fábula y la poesía quisieron reconstruir a su antojo, y después de bosquejar conjeturalmente la época de la venida y el establecimiento de los Fenicios en Andalucía, cuyo recuerdo conserva la historia sin mancha alguna que lo empañe, vamos a ver esta magnífica y privilegiada región de España en poder de los cartagineses, cambiar su situación tranquila, su naciente prosperidad, en una existencia agitada y turbulenta, obligada a tomar parte, como instrumento en manos de un pueblo sin corazón, aleve y codicioso, en todas las combinaciones militares de las dos grandes naciones preponderantes en aquellos siglos, y sufrir las modificaciones políticas, sociales y geográficas que a sus opresores les plugo imprimirla.

Mas antes cumple a nuestro propósito decir algunas palabras acerca de aquel pueblo memorable, que fue para los españoles lo que estos fueron veinte siglos después para los indios occidentales; a diferencia que los hijos de España llevaron a América, en pago de los tesoros que extrajeron de sus entrañas, una civilización adulta, religión, leyes, lengua y costumbres que nunca perecerán, en tanto que les mercaderes de Cartago, solo dejaron en nuestro suelo recuerdos de su rapacidad a cambio de las legiones que sacaron de Iberia para vencer en Sicilia e Italia, y de las enormes riquezas que extrajeron para satisfacer su insaciable sed de oro.

Además, bien merece que historiemos, aunque sea de pasada, el origen de un pueblo que dio ocasión a los romanos para extender sus conquistas por toda la península; que disputó a Roma el imperio del mundo, y que ha dejado un rastro indeleble de su paso en la tierra; rastro o rasgo que se conserva en nuestros días, y que se percibe distintamente en las relaciones diplomáticas de los gobiernos entre sí, y en la política, que él inventó, o que al menos elevó a la categoría de ciencia.

¿Quién no ve subsistir a través de las edades, y aparecer a cada paso, la fe púnica, en la política internacional de los grandes pueblos del mundo civilizado?

La historia de la fundación de Cartago, la primera República conquistadora y comerciante simultáneamente, de que nos hablan los historiadores; de aquella república que supo hermanar y conservar hasta el día en que perdió su gloria y su independencia, la riqueza y la libertad, se pierde como la de todos, en el caos de la fábula. Apiano fija su fundación 50 años antes de la toma de Troya; Patérculo 65, antes de la de Roma, y Tito Livio 91.

Pasaremos por alto la poética y vulgar tradición que nos pinta a Dido, o Elisa, huyendo de Sidón para librarse de las asechanzas de su fratricida cuñado Pigmalión, rey de Tiro, que quería apoderarse de sus tesoros, y su llegada, acompañada de sus servidores, a la costa septentrional de África, donde fundó una ciudad que llamó Cartago (ciudad nueva, en lengua fenicia) sobre un terreno que le cedió el enamorado Yarbas, rey de Getulia (África) para fijarnos en el hecho probadamente cierto de su común origen con la colonia Fenicia de Gades; es decir, su procedencia de las grandes ciudades marítimas de la Fenicia, que a cada revolución o acontecimiento que trastornaba su orden interior, lanzaban enjambres de emigrados que fundaban colonias en las costas que bañan las aguas del Mediterráneo.

Partiendo, pues, de este dato, comenzaremos por fijar su situación geográfica, dada la importancia que tuvo para nuestro país, y a la que debió el renombre que ha dejado en los anales del mundo.

Al norte de la Libia, en frente y a unas cien millas de Sicilia, en un dilatado golfo formado por los cabos Bueno y Zibib, y en una península entre Túnez y Utica, se fundó la memorable República de Cartago, que poseía un vasto territorio, rodeado de pequeñas monarquías africanas con las cuales se fundó, en época posterior, el gran reino de Numidia.

La República africana no solo precedió de unos cien años a la Romana, sino que se hizo mucho más poderosa, adelantándola en las artes del comercio, de la industria y sobre todo en la navegación. Política y constitucionalmente considerados ambos países, su forma de gobierno venía a ser la misma salvo la división de los poderes, que en Cartago era más perfecta, dado que la autoridad se repartía entre los Suffetes, el Senado y el Pueblo que se contrabalanceaban unos a otros y se auxiliaban mutuamente; lo que hizo decir a Aristóteles, que el gobierno de Cartago era el modelo de las Repúblicas.

Los Cartagineses tuvieron durante largos años el imperio del mar; su situación les favorecía extraordinariamente. A cien millas de Sicilia y en frente de Italia; a siete días de navegación, con viento favorable, de España, y a menor distancia de Grecia, llegaron a monopolizar el comercio marítimo con los extranjeros y con sus propias colonias, en términos, que hubieran dado celos a la misma Inglaterra del tiempo de Cromwell, cuya famosa Acta de navegación, parece haber sido calcada sobre los reglamentos marítimos de Cartago.

Si no consiguieron ser los únicos comerciantes en el Mediterráneo Occidental, fueron sin disputa los más poderosos. Su marina mercante frecuentaba todos los puertos y mercados marítimos conocidos a la sazón; su comercio terrestre se hacía en grandes caravanas que, según Herodoto, recorría los mismos caminos que hoy todavía mantienen las comunicaciones entre el alto Egipto y el Fezan, y entre Cartago y los países del otro lado del Níger; en suma, su marina militar fue tan poderosa que en el combate naval que abrió a Régulo las puertas del África, pusieron en línea 350 galeras en las que iban embarcados 150.000 hombres.

Tal era, en resumen, Cartago, cuando en hora menguada para ellos, los Fenicios de Cádiz recurrieron a sus hermanos de África para salvarse de la ruina con que los amenazaban los Turdetanos.

Hemos dicho en un párrafo anterior, que el Senado de la República africana respondió ejecutivamente al llamamiento de los fenicios de Cádiz, enviando en su auxilio una poderosa armada. No podía obrar de otra manera, un pueblo que aspiraba a abrirse mercados y a establecer factorías en todas las regiones del mundo conocido a la sazón. Los Cartagineses habían establecido en la costa de África una línea de colonias paralela a la gran cordillera del Atlas, desde donde pudieron apreciar la prodigiosa riqueza que atesoraba España, y calcular los inagotables recursos que en hombres aptos para la guerra y en metales preciosos podían obtener de aquel suelo, que había hecho ricos hasta la opulencia y prósperos hasta dar celos a la soberbia Cartago, a unos cuantos mercaderes fenicios. En su vista, los cartagineses debieron concebir más de una vez el pensamiento de extender su dominación a un país de tan privilegiadas condiciones, fácil de explotar y no difícil de avasallar, dada la natural sencillez de sus habitantes.

Acudieron pues en alas de su insaciable sed de lucro; y como eran a la vez pueblo comerciante, guerreros y conquistadores, lograron en poco tiempo, después de salvar a Cádiz, hacerse dueños de varios puntos importantes en las riberas de la Bética, venciendo unas veces a los naturales y otras haciéndoselos amigos por medio de las artes de su fementida política.

Durante aquella primera correría por el territorio de Andalucía hubieron de ver confirmado lo que su imaginación soñaba, lo que la tradición repetía, y lo que las relaciones de los navegantes y viajeros contaban de la riqueza de aquel suelo. En su virtud resolverían convertirlo en un gran feudo de Cartago. Mas ya fuese que su política no estimase todavía oportunos aquellos momentos, o que empeñados en otras empresas arduas no quisiesen dividir sus fuerzas, es lo cierto que por entonces no fundaron ningún establecimiento formal, y se limitaron a quedar, como vulgarmente se dice, con un pie en el país.

Sin duda que los habitantes de Cádiz adivinaron sus intenciones, o que cumplido el objeto de su expedición, presentarían unas cuentas galanas de los gastos de la guerra, o que, y esto es lo más probable en el terreno conjetural en que nos encontramos, faltos de datos verdaderamente históricos, los Fenicios de España y los Cartagineses a título de pueblos marinos y comerciantes, aspirasen cada uno en su particular provecho, a ejercer sin rival la soberanía del mar, y el monopolio de los mercados; siendo en aquellas remotas edades lo que en el siglo XVI fueron Inglaterra y Holanda, es decir, dos pueblos enemigos irreconciliables por instinto de conservación, que no cabían juntos en el mar ni en los mercados, en idénticas condiciones de primeras potencias marítimas y de primeros pueblos comerciantes; fuera cualquiera de estos tres estímulos lo que moviera su ánimo, es lo cierto, que apenas finalizada la campaña contra los turdetanos, comenzaron a enfriarse las relaciones entre los fenicios y cartagineses, en términos que muy luego apelaron a las armas para hacer buena cada uno su razón.

Sin tener en cuenta los vínculos de su parentesco, olvidando su común origen y atentos solo a su particular y exclusivo provecho, que es la condición de toda política que se funda principalmente en los intereses comerciales, cambiaron una declaración de guerra, y los cartagineses pusieron sitio a Cádiz.

Largo y porfiado debió ser el empeño de sitiadores y sitiados; brioso el ataque y tenaz la defensa; recias hasta la inexpugnabilidad debieron ser las fortificaciones de la plaza, cuando el cerco se prolongó algunos meses, viéndose al fin los cartagineses obligados a inventar, para abrirse brecha, la formidable máquina de batir llamada por los antiguos, ariete, la cual, dice la historia, se usó por primera vez en el asedio de una ciudad de Andalucía.

Posesionados, al fin, los cartagineses de la plaza, y lanzados para siempre de ella los Fenicios, los primeros hicieron de ella la base de sus futuras operaciones militares en Andalucía, su primer puerto comercial en España y la metrópoli de las numerosas colonias que establecieron en sustitución de las fenicias en todo el litoral de la Bética desde Cádiz hasta Málaga.

Los primeros años de su establecimiento fueron para los naturales del país una continuación de los tiempos prósperos y bonancibles de la dominación fenicia. La comunidad de origen, de religión y de costumbres; una misma forma de gobierno y el carácter esencialmente comercial de los dos pueblos hizo que los naturales de la Bética no echasen de ver el cambio de dominadores, tanto más, cuanto que los cartagineses no se mostraron, a la sazón, en ánimos de conquistar el país por la fuerza de las armas, sino de seguir una política que les granjease el aprecio de sus moradores por los medios insinuantes del comercio de buena fe.

Engreídos con aquel triunfo, estimulados con los tesoros que les ofrecía el suelo de la Bética, y cediendo a los impulsos de su política fría y calculadamente previsora, los cartagineses pensaron formalmente en dilatar y asegurar su imperio marítimo, a cuyo fin volvieron los ojos airados hacia las colonias griegas establecidas en el Mediterráneo, cuya prosperidad irritaba su orgullosa codicia.

Así pues, vémoslos, en la serie de años comprendidos entre 550 y 480 antes de J. C., apoderarse de la Cerdeña; formar alianza con los tirrenos de Italia para arrojar de Córcega a los griegos focenses, y apenas terminadas ambas conquistas, revolverse contra sus mismos aliados a quienes arrebatan casi todas sus posesiones insulares del Mediterráneo, y a quienes vejan incesantemente en el mismo continente, terminando aquella larga lista de venturosas empresas con la conquista de las islas Gimnesias (Mallorca y Menorca.)

Tanta fortuna y tan inmenso y avasallador poderío alarmó las colonias griegas de España, que temiendo para sí la misma suerte que cupo a las Fenicias de Andalucía, a los tirrenos y a sus hermanas mediterráneas, buscaron un aliado poderoso que las protegiese contra la insaciable ambición y la crueldad de Cartago. Este aliado fue el pueblo de Roma, que ya poderoso a la sazón, miraba con envidioso recelo la supremacía adquirida en el mar por la república africana.

Por entonces aparece, según refiere Polibio, el primer tratado que celebraron ambas repúblicas, en el cual no se hace mención de España, por más que figurasen en él pueblos mucho menos importantes.

En 480, antes de J. C. tuvo lugar la segunda guerra médica, o sea la famosa expedición de Jerjes contra Grecia. Estimando los cartagineses oportuna la ocasión para destruir el poderío de los griegos tanto en el Asia como en Europa, hicieron alianza con el gran rey de Persia, le suministraron tropas y naves, y llevaron a cabo una expedición, en nombre de Jerjes, en Sicilia, cuya posesión codiciaban, y en cuyo suelo dieron comienzo a aquellas largas y sangrientas guerras Sicilianas, en las que los españoles sirviendo a sueldo de Cartago, se dieron a conocer como los mejores soldados de Europa.

Por los años de 360 antes de J. C., época del mayor esplendor de la República africana, su Senado decretó los dos largos y memorables viajes de descubrimiento, conocidos por los Periplos (derroteros o diarios de navegación) de Himilcón y Hanón. Estos dos célebres navegantes emprendieron sus expediciones marítimas desde Cádiz, en buques construidos en aquellos arsenales, partiendo ambos al mismo tiempo del puerto de Gades, el primero hacia el norte para explorar las costas de Europa occidental y septentrional, y el segundo hacia el sur navegando las de África, desconocidas hasta entonces.

El año 264, antes de J. C., sobrevino en Sicilia una guerra que tuvo, andando el tiempo, los más desastrosos resultados para España. Nos referimos a la primera guerra púnica, que duró 24 años y que costó a Cartago un mar de sangre, inmensos tesoros, y la pérdida de Sicilia y Cerdeña.

Humillada, pero no abatida, la soberbia República pensó en indemnizarse ejecutivamente de la pérdida de Sicilia y vengarse de los romanos. Desgraciadamente España le brindaba una y otra cosa, y en su virtud dispuso abrir en seguida la campaña.

Un suceso horrible, baldón eterno para aquella sanguinaria y despiadada República, le obligó a aplazar hasta el año 238 sus proyectos. Aquel suceso fue la guerra llamada de los mercenarios, en la que Cartago, por vía de represalias, arrojó a las fieras todos sus prisioneros, mandó crucificar diez jefes que habían acudido en demanda de perdón, y degollar cuarenta mil rebeldes que se le habían entregado.

Desde el siglo VI hasta el año 238 de nuestra Era Cartago se había limitado en sus relaciones con España a comerciar y a tomar a sueldo numerosas tropas españolas, a las que debió sus más grandes y memorables triunfos; mas a partir de la última fecha pensó seriamente en la conquista de la Península para resarcirse de la pérdida de Sicilia y vengarse de Roma.

Decretada la guerra, el Senado no recurrió a pretextos, ni adujo más razón para llevarla a cabo que la elástica y acomodaticia razón de Estado. Cartago era fuerte, España estaba desunida; Cartago se veía al borde de su ruina, España brindaba con los ricos tesoros de su suelo; Cartago era un pueblo civilizado, España era un conjunto de pueblos sencillos, ignorantes, y semi-bárbaros; ¿qué más se necesitaba para intentar el cumplimiento de una misión providencial?

La fuerza, la codicia y el deber de propagar la civilización, he aquí los mismos pretextos que habían de invocar, andando los siglos, los españoles para conquistar la América, los portugueses para conquistar el África y los ingleses para apoderarse de la India.

Los cartagineses han expiado su crimen.

Decretada, repetimos, la guerra de España, el Senado, conociendo toda su importancia y las inmensas dificultades que habría que vencer, envió a Cádiz sus mejores tropas al mando de Amílcar Barca, general que se había labrado una gran reputación, primero en las guerras de Sicilia, y luego en la de África, conocida por la de los mercenarios.

Otra vez Andalucía tuvo el triste privilegio de ser la primer región de España, que sufriera el peso y el rigor de las armas extranjeras.

Amílcar correspondiendo a las esperanzas que el Senado había puesto en él, realizó en una sola campaña la conquista de la Bética, e hizo tributaria de Cartago todo el país que forma hoy día, las provincias de Sevilla, Córdoba y Málaga.

Al año siguiente llevó sus armas por la costa oriental, y sujetó a los batestanos y contestanos, (pueblos de Almería, Murcia, y Valencia). En esta campaña dio oídos a una embajada que le enviaron los saguntinos, antes de que pisara su territorio, recordándole que eran aliados de Roma; y la terminó echando los cimientos de una ciudad que llamó Barcino, Barcelona, nombre patronímico de su linaje.

Atajóle en su proyecto de llevar la guerra a Italia, la noticia que recibió de haberse sublevado aprovechando su ausencia, los pueblos de la Bética, tartesios y célticos del cuneo, celosos de su libertad e independencia. Acudió diligente Amílcar; derrotólos en el primer encuentro, hizo morir en el suplicio de la cruz a su caudillo Istolacio, taló su territorio y dispersó toda la nación.

Vencidos los tartesios y célticos del cuneo, Amílcar dispuso una expedición contra los pueblos del interior que, rebeldes a todo yugo, rechazaban la alianza de Cartago. Recorrió la tierra de los lusitanos y vetones, hasta que le salió al encuentro un ejército fuerte de 50.000 hombres, con el que empeñó una sangrienta batalla en la que la ciencia militar y la disciplina de los soldados cartagineses triunfó, a duras penas, del valor y feroz desesperación de los bárbaros.

Cubierto todavía con el polvo del campo de batalla, Amílcar retrocedió aceleradamente hacia la costa oriental, mermado y atemorizado su ejército; pero arrastrando un riquísimo botín, arrebatado principalmente del país de los tartesios, cuyas riquezas eran tantas, al decir de los historiadores que consultó Estrabón, que todos los utensilios del menaje de sus casas eran de plata.

Desde la pacificación—palabra que han usado en todos tiempos los tiranos o conquistadores favorecidos por la fortuna—del país de los tartesios, célticos, lusitanos y vetones, hasta los principios del siglo II antes de J. C la historia general de España no hace mención de acontecimiento alguno digno de nota, acaecido en la Bética.

Sin embargo; el orden que nos hemos propuesto seguir en el curso de la narración, nos obliga a distraer la atención de nuestros lectores del asunto principal, enumerando, sea sumariamente, aquellos sucesos de más bulto que trajeron fatalmente los grandes resultados históricos que señalaron un lugar preferente a nuestra patria en los fastos de la historia de Europa, desde aquellos remotos siglos hasta los primeros años de la edad contemporánea. Enciérranse en ellos lecciones harto elocuentes para que nos sea lícito pasarlos por alto; lecciones, que tenemos constantemente a la vista, pero que, desgraciadamente no sabemos aprovechar.... Cartagineses, Romanos, Godos, Musulmanes, razas todas diametralmente opuestas a la raza española dominaron una después de otra y durante largos siglos, un suelo que las aborrecía y las repelía tenazmente. ¿Por qué? Porque la indisciplina y el espíritu selváticamente independiente de los españoles, hizo siempre imposible la unidad, y dificultó obstinadamente la formación de una nacionalidad, que hoy después de tantos siglos, contrariando hasta las mismas leyes de la naturaleza, todavía está lejos de haberse realizado.

Después de sus costosísimos triunfos sobre los tartesios, lusitanos, y vetones, Amílcar se retiró a la fortaleza de Acra-Leuka (Peñíscola), ciudadela edificada sobre un peñón tajado a la vista del mar, y frente a la más pequeña de las Pityusas, donde tenía establecido la base de sus operaciones militares, sus cuarteles, sus almacenes, y donde crecía educándose en el odio a los romanos y amaestrándose en el arte de la guerra, su hijo Aníbal.

El año noveno de su mando en España, Amílcar puso sitio a una ciudad próxima a Acra-Leuka, nombrada Hélice.

Bloqueaba el cartaginés la ciudad de Hélice o Vélice, la antigua Bellia, que se cree con fundamento fuese Belchite. Llamaron los beliones en su socorro a otros celtíberos. Uno de sus caudillos o régulos, llamado Orissón, fingió amigo y auxiliar de Amílcar, y pasó a su campo con un cuerpo de tropas, con la intención de volverse contra él en ocasión y momento oportunos. Notable y extraña fue la estratagema de que los españoles entonces se valieron. Delante de sus filas colocaron gran número de carros tirados por novillos, a cuyas astas ataron haces embreados de paja o leña, que encendieron al comenzar la refriega. Acuciados por el fuego, los novillos embisten furiosos las filas enemigas, causando horrible espanto a los elefantes y caballos y desordenándolo todo. Cargan los confederados sobre los cartagineses, y aprovechando Orissón la oportunidad del momento, únese a los celtíberos y hace en las filas enemigas horrible matanza y estrago. El mismo Amílcar pereció, y los restos de su ejército se refugiaron en Acra-Leuka. El ardid de que se valió Orissón para derrotar a los cartaginenses debía constituir una diversión pública entre los celtíberos, y de ella se cree son reminiscencia: el toro júbilo, que se corre en algunos pueblos de la provincia de Soria; el toro de la pólvora, usado en la Mancha; el zetcenzusko, en las Vascongadas, y otros varios toros de fuego, que forman parte de muchas fiestas españolas.

Muerto Amílcar, el ejército eligió por general a Asdrúbal, su yerno, quien vengó cruelmente la muerte de su suegro, después que el Senado de Cartago confirmó su elección.

En su tiempo las colonias griegas establecidas en España, temerosas de los azares a que las exponía la peligrosa vecindad de los cartagineses, solicitaron el protectorado de Roma. Admitiólas el Senado bajo su amparo y envió una embajada a Cartago para celebrar un tratado en el cual se estipuló: 1º., que los cartagineses limitarían sus conquistas hasta el Ebro; 2.º, que respetarían el territorio y ciudad de Sagunto, y demás colonias griegas.

Asdrúbal, según Polibio, echó los cimientos de una ciudad que se llamó Cartago nova (Cartagena). Duró su mando en España unos ocho años, y murió a manos de un esclavo, cosido a puñaladas en venganza de la muerte que hizo dar a un caudillo español.

Sucedióle en el mando del ejército, por elección de los soldados, que fue confirmado por el Senado y pueblo de Cartago, Aníbal, hijo de Amílcar, joven a la sazón de 25 años, que desde su más tierna infancia hubiera jurado odio mortal al nombre romano. Inauguró su mando con una expedición al interior de España, llevando sus armas victoriosas hasta el país que hoy día se conoce con el nombre de Castilla la Nueva. Al año siguiente, despreciando los tratados, se apoderó de Sagunto, o por mejor decir, de las ruinas calcinadas de aquella heroica ciudad, admiración del mundo, que después de un sitio memorable, que duró nueve meses, entregó al vencedor solo cadáveres y escombros humeantes.

Indignada Roma, y encendido el rostro por el rubor de la vergüenza que le causaba la insigne cobardía con que había pagado la inmortal lealtad de aquellos mártires de su fe, declaró la guerra a Cartago.

Aceptada por el Senado, las dos repúblicas se dispusieron a emprenderla ejecutivamente. Viendo Aníbal llegado el momento de poner en ejecución el atrevido plan que meditaba desde muchos años, esto es, de combatir a los romanos en Roma, púsose en marcha con un ejército fuerte de 80.000 hombres de infantería y 12.000 caballos. Cruzó el Ebro y llegó sin encontrar resistencia hasta los Pirineos, donde tuvo que combatir con los naturales del país. De los Pirineos pasó a las márgenes del Ródano, mermado su ejército que ya solo contaba 59.000 infantes, 9.000 jinetes y 37 elefantes. Con ellos salvó los Alpes, (218 antes de J. C.) desde cuya cima mostró a sus soldados las ricas comarcas regadas por las aguas del . Entre este río y el Tesino, derrotó al Cónsul Escipión; en las márgenes del Trebia batió con pérdida de 30.000 hombres al Cónsul Sempronio; a orillas del lago Trasimeno venció un nuevo ejército romano, acaudillado por el Cónsul Flaminio, por último, en las márgenes del Aufídos cerca de Cannas, pasó al filo de la espada el cuarto ejército, mandado por el Cónsul Varrón.

Según Polibio, los romanos perdieron 70.000 hombres en esta memorable batalla; entre ellos los dos cónsules del año anterior, 80 senadores, 2 cuestores, 29 tribunos de legiones, y más de 6,000 caballeros, con cuyos anillos, arrancados a los cadáveres, se llenaron tres modios que fueron enviados a Cartago.

Sagunto quedaba vengada.

Aníbal, que sabía vencer, mas no aprovecharse de la victoria, en lugar de marchar sobre Roma después de la victoria de Cannas, fue a establecer sus cuarteles de invierno en Capua, cuyas delicias fueron fatales a su estrella.

Roma en medio de sus desastres no desfallece, ni se abandona a un cobarde temor; reúne tres ejércitos, uno para resistir a Aníbal, otro para sitiar Siracusa y el tercero para combatir en España.

El año 556 de Roma, 218 antes de J. C., llegó Cayo Escipión, hermano de Publio, a Ampurias, primer pueblo español que pisaron los ejércitos romanos. Salióle al encuentro el general cartaginés Hannón, a quien Aníbal dejara confiado el gobierno de España: mas fue completamente derrotado en una batalla campal que se dio entre Lérida y Fraga. Asdrúbal intentó reparar el desastre, y perdió otra batalla en las cercanías de Tarragona y un combate naval cerca de las bocas del Ebro.

Aquellos primeros triunfos y la sabia política de los romanos les granjeó la admiración y el respeto de los naturales, que por primera vez veían en su suelo un extranjero, cuyos levantados pensamientos aspiraban a otra cosa que a explotarle y esquilmarle con sórdida avaricia. Así que más de 120 pueblos y particularmente los celtíberos, se confederaron con ellos para expulsar a los cartagineses.

Pocos meses después llegó con refuerzos a Tarragona Publio Escipión hermano de Cayo. Los cartagineses se reconcentraron en las regiones de Valencia y Murcia donde se abrió el teatro de la guerra, que muy luego debía trasladarse a la Bética.

Sería larga y difusa, y por lo tanto ajena al plan de nuestra obra, la enumeración de las batallas, sitios, acciones de guerra y encuentros parciales que se sucedieron sin interrupción, durante los años que duró la contienda que trabaron los romanos y cartagineses en el suelo de la península para conquistar el imperio del mundo. Pasarémosla, pues, en silencio, remitiendo a aquellos de nuestros lectores que deseen saber más amplios pormenores, a la historia general de España; limitándonos, por lo tanto, a continuar narrando lo que se refiere más inmediatamente a Andalucía.

No bien Publio hubo desembarcado en Tarragona, dispuso apoderarse de Cartagena, metrópoli de la España cartaginesa, y primer puerto militar y comercial del Mediterráneo. Venida la primavera atacó la plaza, aprovechando la ocasión de encontrarse lejos de ella los generales y el grueso del ejército enemigo. Tomóla por asalto, y pasó al filo de la espada la guarnición, exceptuando los españoles al servicio de los cartagineses, a quienes puso en libertad.

Asdrúbal quiso vengar el desastre de Cartagena y al efecto salió de nuevo a campaña. En Bécula no lejos de Castulom, (ruinas de Cazlona, provincia de Jaén) encontró el ejército romano mandado por Escipión. Empeñóse la batalla, y de nuevo la suerte de la guerra fue adversa a los cartagineses.

Una serie no interrumpida de reveses y de señaladas derrotas, unida a la animadversión del país, redujo a los cartagineses a tal extremo, que el año 206 antes de J. C. solo quedaban en España dos generales de la república africana, Asdrúbal y Magón, que con las reliquias de sus grandes ejércitos tuvieron que replegarse al país de los Rurdetanos donde primero se establecieron después de haber lanzado a los Fenicios de España, en tanto que las costas del Mediterráneo, y toda la parte oriental de la Bética, se encontraban ya en poder de los Romanos,

Allí fue a buscarlos Escipión; pero los cartagineses no osaron esperarlo en campo abierto y se encerraron dentro de los muros de Cádiz.

No juzgando el romano la ocasión oportuna para emprender una campaña formal en la Bética; provincia a la sazón enteramente sometida a los Cartagineses, regresó a Cartagena, dejando a su hermano Lucio Escipión con un cuerpo considerable de tropas sobre Orinjis (hoy Jaén). La plaza se defendió bizarramente, mas al fin fue tomada por asalto.

Los cartagineses de Cádiz, viéndose próximos a ser bloqueados en sus últimos atrincheramientos, auxiliaron generosamente a Asdrúbal, Gisgón y Magón, quienes reunieron un poderoso ejército con el que tomaron inmediatamente la ofensiva, yendo a poner sitio a Silipa (ciudad que se cree estuvo situada entre Córdoba y Sevilla). Esta campaña, como las anteriores, fue desgraciada para los Cartagineses.

La siguiente en la Bética no les fue menos adversa. Lucio Marcio, general romano que debió su elevación a las grandes dotes militares que le adornaban, se apoderó una en pos de otra y ejecutivamente de las últimas plazas que ocupaban todavía los cartagineses en la Bética. Córdova, Ilípula, Sevilla con todos sus territorios, cayeron en poder del afortunado general. Solo la memorable Astapa, (cerca de Estepa) dentro de cuyos muros no se abrigaba a la sazón un solo soldado cartaginés, fiel a su alianza con ellos, se preparó a la resistencia, dispuestos sus habitantes a perecer a ejemplo de los saguntinos antes que rendirse. Estrechamente cercados por Marcio, agotados todos los medios de defensa, y desesperanzados de ser socorridos, sus heroicos moradores resolvieron morir antes que ser esclavos. Al efecto levantaron una inmensa pira en medio de la plaza pública de su ciudad; pusieron sobre ella sus ancianos, sus hijos, sus mujeres y todas sus alhajas; rodeáronla con cincuenta hombres determinados, armada la diestra de la espada, y la siniestra con una tea encendida, y después de hacerles jurar que en el caso de asomar las cohortes romanas sobre el muro de la ciudad, darían muerte a las prendas queridas de su corazón y fuego a la leña, a fin de salvar sus cadáveres de la profanación extranjera, salieron al campo y acometieron gallardamente las trincheras del enemigo. La refriega fue porfiada; el valor sucumbió ante el número, y los héroes de Astapa murieron todos cubriendo con sus cuerpos los cadáveres romanos que sus espadas habían amontonado.

Cuando los soldados de Marcio penetraron en la ciudad, solo encontraron ruinas, huesos calcinados y cenizas para erigir un trofeo a su bárbara victoria

El heroísmo de Astapa ha sido menos ensalzado que el de Sagunto; y, sin embargo, es una gloria más pura de la historia de España. Sagunto fue una colonia griega; Astapa una ciudad española; Sagunto luchó con virtud inmortal y sucumbió como solo en España se sabe sucumbir; pero tenía por aliado al Senado y al pueblo romano, y en este aliado veía un socorro o un vengador. Astapa luchó y sucumbió de la misma manera por conservarse fiel a un aliado reducido a la impotencia, próximo a desaparecer de la faz de la tierra, y que no podía darles ni siquiera un historiador o un poeta, que grabara su nombre en las páginas de oro de la historia de los héroes.

Destruida Astapa y sin enemigos que en parte alguna distrajese su atención, los Romanos volvieron los ojos a Cádiz, último baluarte de los cartagineses en España, y fueron a plantar sus reales en frente de la plaza con ánimo resuelto de tomarla. Mas hubieron de desistir de su empeño, vistas las inmensas dificultades que a su empresa oponía la ventajosa situación de la plaza y los cuantiosos recursos con que contaban los sitiados para defenderla; levantaron, pues, el sitio, y ejército y escuadra romana se dirigieron a Cartagena.

Repuesto Escipión de una enfermedad que en aquel tiempo le acometió y le puso a las puertas del sepulcro, y vencida la insurrección de la Celtiberia, que estuvo a punto de destruir el poderío romano en España, el victorioso general decidió expulsar de una vez a los Cartagineses, a cuyo efecto envió sobre Cádiz una parte de su ejército al mando de Marcio, yendo él mismo en persona poco tiempo después para activar las operaciones del sitio de la plaza.

Llegado el procónsul con un ejército sobre Cádiz, tuvo una entrevista secreta diestramente preparada con Masinisa, soberano de una parte de la Numidia, que se encontraba, a la sazón en la plaza en calidad de aliado de los Cartagineses y al frente de una numerosa hueste de caballería númida; y en ella se convino la entrega de la ciudad.

Afortunadamente no fue necesario consumar la traición, por haber dispuesto el Senado de Cartago, preocupado con la guerra de Italia, que el gobernador Magón abandonase con la escuadra la plaza y pasase a Génova para coaligarse con los Galos y los Ligurios, a fin de marchar sobre Roma. El general cartaginés se dio prisa a cumplimentar la orden del Senado, y salió de Cádiz después de haber saqueado a los habitantes, y apoderándose del tesoro público, y del de los templos sin respetar el famoso de Hércules.

Dueños de Cádiz los Romanos, lo fueron muy luego de todas las ciudades de la Bética, que se apresuraron a aliarse a la gran República, no solo en odio a los Cartagineses, cuya dominación quedó por siempre aniquilada, sino por gratitud hacia Roma que declaró ciudad franca a Cádiz, y se manifestó más bien amiga que conquistadora en aquella región de la Península.

Aquí empieza una nueva era para España, desde cuyos alborea vemos aparecer, principalmente en Andalucía, los signos inequívocos que anuncian la sustitución de una civilización bárbara, con otra civilización más perfecta, que andando el tiempo ha de llamarse Latina.

En el corto periodo de nuestra historia, que comprende la Dominación Cartaginesa, se encierra una elocuente enseñanza para todas las naciones que aspiran a ser conquistadoras, y que se arrogan la misión de civilizar los pueblos que conceptúan más débiles o más atrasados que ellas.

Cartago, la potencia militar más importante en aquellos siglos, la República modelo que citó con envidia Aristóteles, el gran pueblo que monopolizó durante largos años el imperio y el comercio de los mares entonces conocidos, pasó casi como un relámpago por nuestro suelo, entre los doce siglos que duró la dominación fenicia y los siete que se conservó la romana. ¿A qué fue debido tan rápido tránsito? Pregúntese a los monumentos literarios o de piedra, pregúntese a la tradición y a la verdad históricas que conservamos de aquellas edades, y ellos dirán cómo los Cartagineses no dejaron otro recuerdo de su dominación en España, que la insigne deslealtad con que trataron a sus hermanos los Fenicios de Cádiz; las ruinas de Sagunto; los pozos de Aníbal abiertos para extraer las riquezas que encerraba el suelo español, y las lágrimas de innumerables familias cuyos hijos y deudos llevaron a morir a Italia, al África y a Sicilia; sin dejar como grata memoria que atenúe los excesos de su codicia y de su fría crueldad, ni un dogma religioso, ni un dogma político, ni una institución social, ni un código, ni más monumento que algunas ciudades en nuestro litoral del Mediterráneo, no fundadas para civilizar al país o vivir de los intereses morales y materiales del mismo, sino para ser otros tantos depósitos de sus depredaciones en España, otras tantas bases de operaciones militares y marítimas, otras tantas colonias dependientes en absoluto de Cartago.

Cartago, pues, gobernada por un Senado de mercaderes, República codiciosa y egoísta, sin , o con una fe de recuerdos imperecederos en la historia, fue más extranjera en España que otro alguno de los pueblos que han dominado la Península.

A diferencia de los fenicios, pueblo religioso, leal, pacífico y comerciante de buena fe, que enseñó a los Españoles el alfabeto que inventó; la ciencia del cálculo y de la navegación; sus prácticas religiosas, y hasta sus costumbres, que llegaron a arraigarse de tal manera, que el poeta Cayo Silio Itálico, que murió a fines del siglo primero después de J. C. asegura que en su tiempo existían en España muchas costumbres de origen fenicio: a diferencia de los romanos cuya hábil política, cuyos grandes vicios y virtudes y cuya relevante cultura, moral y material, logró asimilarse el Español en términos que este cambió su nombre por el de Romano, que conservó hasta el siglo octavo después de J. C.; a diferencia, repetimos, de estos dos pueblos, que pueden considerarse como el alfa y el omega del primer periodo de la historia de España, el Cartaginés desapareció sin dejar rastro ni señal de su paso por la península Ibérica.

Pueblo de mercaderes, solo supo comprar, vender, cambiar, monopolizar el comercio, explotar minas y convertir en oro todo cuanto tocaba. En política fue egoísta; su aspiración la de lucrarse a toda costa; y si es verdad que tuvo grandes generales, debiólo a que sus masas de infantería se formaban con soldados españoles, y sus escuadrones con jinetes númidas. De su literatura, barómetro el más seguro para medir el grado de cultura intelectual de un pueblo, solo nos ha quedado una muestra: el Periplo de Hannon; y este es un diario de navegación por costas desconocidas, en busca de puntos para establecer factorías y colonias comerciales.

No es posible perpetuar una dominación con semejantes elementos. No hay pueblo que consienta en enajenar su libertad a cambio sólo de productos de la industria. Ofreced al más refractario a todo progreso los de la inteligencia mezclados con los de las artes, de la industria y del comercio; respetad en él todo aquello que debe ser respetado, hasta sus preocupaciones; mejorar su condición moral y material; fiad en la acción lenta pero irresistible del tiempo, y la conquista medio brutal llegará a ser próvido elemento de civilización que venza todas las resistencia y acabe por fundir en uno el pueblo conquistado y el conquistador.

No fue esta, ciertamente, la conducta de los cartagineses en la península Ibérica.

No hay que preguntar, pues, por qué de aquel pueblo solo el nombre nos ha quedado en España.

Su primer establecimiento formal en Andalucía, fue debido a un acto de fe púnica; su total expulsión de ese mismo establecimiento fue debido a un acto de mala fe. Los Fenicios de Cádiz tuvieron por vengadores a los bárbaros africanos. El periodo de traiciones que abrió Amílcar Barca en España, lo cerró Masinisa. El África ayudó a los Romanos a vencer al África en la península Ibérica, 204 años antes de J. C, como trece siglos después debía ayudar a los españoles a vencer a los descendientes de Ismael, hijo de Abraham, que de esa misma África sacaron la mayor parte de los recursos materiales que emplearon para dominar a España.

 

IV.

DOMINACION ROMANA.

Desde la expulsión de los Cartagineses, 201 años a. de J. C. hasta la muerte de Viriato y la destrucción de Numancia, 133 años a. de J. C.

Llegada la época en que los sucesos más memorables de la historia de España, desde la total expulsión de los Cartagineses hasta la paz de Augusto tuvieron lugar en la Celtiberia y en la Bética, región la primera que se componía a la sazón de todos los pueblos del Nordeste y centro de la Península, que lucharon sin tregua ni descanso durante una larga serie de años por la libertad e independencia de España, y la segunda donde, después de terminada la contienda por conquistar el imperio del mundo entre las dos grandes repúblicas de la antigüedad, se empeñaron porfiadas y sangrientas luchas por el señorío de la España Ulterior entre Lusitanos y Romanos, y por el de la misma Roma entre los partidarios de Sila y Mario, y más tarde entre César y los hijos de Pompeyo; llegada esta época, repetimos, creemos conveniente para mayor claridad de nuestro asunto, hacer una breve reseña geográfica del país cuyos hechos venimos historiando, dado que, como dijo Bacon, la historia camina a tientas cuando le faltan los ojos de la cronología y de la geografía.

La España romana, pues, según el naturalista e historiador Plinio, y los geógrafos Estrabón y Tolomeo, comprendía toda la Península, y se dividía, en la época de la primera dominación romana, en Citerior y Ulterior, provincias que tenían por línea de demarcación el Ebro. Corrigióse muy luego tan monstruosa división; así es que en la época de que nos ocupamos, la Ulterior comprendía la Lusitania y la Bética. Formábase la primera con Portugal, Extremadura y León hasta las orillas septentrionales del Duero y del Guadiana, y la segunda con las provincias que hoy llamamos de Andalucía, una pequeña porción de la de Almería y otra de la Extremadura.

La Bética confinaba al Oriente con la provincia Cartaginense, desde el promontorio Charidemis (cabo de Gata) pasando sus límites por Iliturgis, (Úbeda) montes Marianos hasta el Guadiana; por el Norte con la Cartaginense y la Lusitania, siguiendo la corriente del citado río; por Poniente con la Lusitania, y por el Sur con el Océano y el Mediterráneo. Dividíale en dos partes iguales el Betis, (Guadalquivir), y la poblaban los Beturios, los Turdetanos, los Túrdulos y los Bástulos.

La Turdetania ocupaba la región comprendida desde el Guadiana hasta el mediodía del Estrecho, exceptuando un reducido territorio poblado por los Célticos.

La Turdulia, estaba habitada por un pueblo originario de la Lusitania, que pasó el Guadiana y se fijó en la parte oriental de la Bética, es decir, en las Alpujarras, corriéndose hacia el Norte desde el Guadajoz hasta el Guadiana.

La Beturia, era, según Plinio, el país que mediaba entre el Bétis y el Guadiana; dividíase en dos porciones pobladas por los célticos que lindaban con la Lusitania y correspondían al partido de Hispalis, y los túrdulos confinantes con la Lusitania y la Cartaginense, cuya capital era Córdoba.

La Bastulia, se extendía por la costa del mar interior, desde el estrecho de Gades, hasta el promontorio Charidemi.

Sus golfos eran el Calpetanus, y el Gaditanus, (golfos de Gibraltar y de Cádiz.)

Sus montes el Calpe, (Gibraltar), y el Mons Marianus, (Sierra Morena.)

Sus rios, el Bétis, el Singilis, (Genil), el Anas (Guadiana), el Luxia, (Odiel), Menoba, (Guadiamar), Chisus, (Guadalete), Barbesina, (Guadiaro), Malaca, (Guadalmedina), Salsum, (Guadajoz), Urins, (Rio-Tinto), Menoba, (Velez), Belon, (Barbate), y Silici, (Algámitas.)

Sus promontorios, el Junoni, (cabo de Trafalgar), y el Charidemi, (cabo de Gata.)

Sus ciudades principales además de Córduba (Córdoba), Hispalis, (Sevilla), Gades, (Cádiz), eran muchas. Casi todas han llegado hasta nuestros días, así como no pocas de segundo y tercer orden, lo cual da lugar a suponer, no sólo que esta región de España estuvo muy poblada, sino que fueron merecidos los elogios que a su civilización tributaron los historiadores griegos y romanos.

Terminada esta breve reseña geográfica, reanudemos el hilo de nuestra interrumpida narración.

Expulsados definitivamente los cartagineses de la Península, el Senado llamó a Roma al vencedor Publio Cornelio Escipión, para concederle los honores del triunfo. Con deseo de premiar a sus valientes veteranos, antes de separarse de ellos, el afortunado general los reunió, y dióles tierras en un lugar muy ameno en las cercanías de Sevilla, al cual puso por nombre Itálica. Esta fue la primera ciudad que fundaron los Romanos en España.

Declarada Cádiz ciudad franca, y aliada del pueblo romano, a solicitud de sus habitantes, que hicieron presente no haber sido conquistados, sino convenidos en aceptar la alianza y amistad de Roma, fue fácil a los vencedores de los Cartagineses extenderse por toda la Bética que los recibió como amigos; dado que a la sazón, o más bien diremos, en todos tiempos, los Romanos miraron con particular predilección esta provincia de la España Ulterior, en donde dejaron más grandiosos y memorables testimonios de su secular estancia. Verdad es que los recuerdos, el contraste entre la raza acababa de ser expulsada, y la que la había sustituido sobre el suelo de Andalucía, abonaba en favor de esta última.

La civilización turdetana debía acomodarse mejor y ser más fácil de asimilar a la civilización científico-legístico-artístico-guerrera de Roma, que a la civilización del tanto por ciento de Cartago.

Así que en tanto que los pueblos de la Celtiberia, varoniles, rudos e independientes, enemigos de la cultura en cuanto pudiera enervar sus robustos cuerpos, comprendían que el triunfo de los Romanos sobre los Cartagineses sólo había cambiado el nombre de los dominadores de España, y en tal virtud se negaban a admitir ningún género de alianza que no estuviera basada en el reconocimiento de su autonomía, y daban comienzo a nuevas hostilidades que produjeron una sangrienta guerra de independencia, la Bética, satisfecha con la situación en que se encontraba, se abandonó confiada a la merced de sus nuevos aliados que le ofrecían largos años de paz y prosperidad.

Sin embargo, no fue de larga duración. Unos dos años más tarde, en tanto que el cónsul Marco Porcio Catón, conocido por Catón el censor, enviado a España por el Senado, a quien produjo vivo sobresalto el sesgo que tomaban los asuntos de la Citerior, guerreaba con fortuna contra los indómitos Celtiberos, los Turdetanos que habitaban las márgenes del Betis, en las cercanías de Sevilla, se alzaron en armas, (los historiadores romanos no dicen la causa).

Acudió contra ellos el pretor de la Bética, Apio Claudio Nerón, con sus legiones. Los turdetanos le presentaron batalla en campo abierto, y combatieron tan bizarramente contra los soldados de Roma, que la victoria quedó indecisa, al decir de los escritores romanos. A pesar de su testimonio, creemos que debió coronar el valor de los andaluces, puesto que el pretor pidió inmediatamente refuerzos al Cónsul, quien, vencida ya por aquel año la insurrección celtíbera, se trasladó con su ejército a la Turdetania.

A poco de empezada la campaña en la Bética, el cónsul tuvo que regresar a marchas forzadas hacia la Celtiberia, algunos de cuyos pueblos se habían sublevado durante su ausencia.

El inflexible y severo Catón ahogó en sangre el heroísmo de los celtíberos, y regresó triunfante a Roma.

El año 559 de Roma, 194 antes de J. C., tuvo comienzo aquella sangrienta e implacable guerra, que durante una larga serie de años los Lusitanos hicieron a los Tomanos, siendo la Bética el principal teatro donde se representó la memorable epopeya guerrera que lleva el nombre de Viriato.

Según Tito-Livio, los lusitanos fueron los agresores, puesto que, sin causa justificada, pasaron el Guadiana, atravesaron toda la Bética de Poniente a Sur, y llegaron hasta las cercanías de Ilípula, (Loja), en la región de los Túrdulos, poniendo a saco las poblaciones romanas que encontraron a su paso.

Publio Cornelio Escipión, Násica, pretor de la Bética, reunió el mayor número posible de tropas, y se dirigió a marchas forzadas sobre los Lusitanos, a quienes alcanzó cerca de Ilípula y derrotó en una sangrienta batalla, sufriendo él, por su parte, pérdidas tan considerables que no bastaron a subsanarlas los laureles de la victoria.

Retiráronse los vencidos a su tierra perdiendo el rico botín que habían hecho en las pingües provincias de Andalucía. Mas dos años después, el pretor Lucio Emilio Paulo, que había sucedido a Marco Fulvio Nobilior, queriendo enfrenar la audacia de los lusitanos, cuyas frecuentes y atrevidas excursiones por la Bética mantenían en continua alarma al país, realizó una expedición a la Lusitania resuelto a encerrar en sus enriscadas sierrasa aquellos temerarios merodeadores. Empero fuéle adversa la suerte de la guerra, puesto que en el primer encuentro que tuvo con los lusitanos sufrió una completa derrota, en la que perdió 6.000 hombres, y salvó los restos de su ejército retirándose aceleradamente. La derrota de Ilípula quedó vengada.

Siguiéronle los lusitanos más acá del Guadiana. Rehízose Lucio Emilio, y con refuerzos que le llegaron a tiempo, empeñó una segunda batalla en los campos de la Beturia en donde alcanzó una completa victoria.

Refiere Tito Livio, a este propósito, que en aquellas primeras guerras de los Romanos con los Lusitanos, cuantas veces estos penetraban en la Bética quedaban vencidos, lo cual acontecía a lsa águilas romanas siempre que extendían su vuelo más allá del Guadiana.

Larga seria e impertinente a nuestro asunto la narración de la serie de triunfos y reveses, de los actos de levantado heroísmo que acometieron los Españoles, y de repugnante avaricia que caracterizaron a los Romanos durante los 23 años que mediaron entre los 134 y 171 antes de J. C. época en que las guerras de Lusitania y Celtiberia comenzaron a tomar ese carácter que había de inmortalizarlas para siempre. Bastará a nuestro propósito decir, que la dominación romana, fuera de Andalucía, llegó a hacerse tan odiosa como la de Cartago; hasta el extremo, que en el Senado Romano se formó un partido dirigido por Escipión el Africano y Catón el Censor, en defensa de los españoles vejados y saqueados sin piedad por los pretores, cuyo gobierno bienal, más bien que gobierno fue un sistema organizado de saqueo y depredaciones, que hizo asomar el rubor a la frente de aquella misma Roma de quien dijo Yugurta: “ciudad venal ¡cuán pronto perecerías si existiese un hombre bastante rico para comprarte!”

En su virtud, el Senado acordó desagraviar a España nombrando un Procónsul para que la gobernase, y mandando procesar a cuantos pretores habían provocado, con su punible conducta, las sublevaciones de la Península Ibérica. No limitó a esto su obra de justa reparación, sino que también suprimió el derecho que se había concedido a los magistrados romanos para tasar el trigo que compraban a los Españoles, y concedió a estos el de fijar por sí mismos las cuotas de los impuestos que habían de pagar.

Es verdaderamente digna de admiración la conducta del Senado romano, otorgando a sus colonias y provincias de España, en el siglo segundo antes de Cristo, lo mismo que negó a las suyas de América, el Parlamento inglés de 1774. Y no es menos honroso para la humanidad el poder registrar las páginas de oro de su historia, al lado de los nombres de Escisión y de Catón, jefes de la oposición en el Senado romano, en una cuestión de derecho y de justicia, los de lord Chatham, lord Camden y Burke, jefes también de la oposición en Parlamento inglés, en otra cuestión análoga en que el derecho y la justicia estaban de parte de las colonias de la América del Norte.

Esto prueba una vez más que los principios de la sana moral y de la justicia son de todos los tiempos, de todas las edades, de todas las sociedades, y forman la religión de los hombres verdaderamente grandes.

En aquel año (171 a.C.) fundóse en España la primera colonia romana, eligiendo para su asiento en el suelo de Andalucía un lugar junto al Estrecho de Gibraltar. Llamóse Cartaya, y por la clase de sus habitadores, Colonia de los Libertinos. Sus hijos fueron los primeros que en la Península gozaron de la protección de las leyes de la República.

En el de 169 antes de C. en el consulado de Marco Claudio Marcelo, establecióse la segunda colonia romana, y como la primera en la región de la Bética. A diferencia de aquella que tuvo un carácter semi-militar, esta se llamó Patricia, por haberse avecindado en ella, con sus familias, varios nobles patricios romanos. Su clima delicioso, fértiles comarcas y pintoresca situación a orillas del Guadalquivir, al pie de los montes Marianos, granjeáronle desde luego tal reputación que se hizo moda entre los romanos acaudalados el poseer una quinta en Córdoba.

Itálica, Carteya, Córdoba, lozanas flores nacidas en el jardín de la Bética, en tanto que la guerra asolaba sin tregua las provincias que las cercaban por Oriente, Norte y Occidente, ¿no son el más elocuente testimonio que viene a deponer en favor de Huella cultura turdetana, que asoma en tiempo de los fenicios, progresa con los cartagineses y alcanza con los romanos un grado de esplendor que despierta los celos de todos los pueblos civilizados de Europa?

Aquella civilización, aislada, por decirlo así, en medio de España, si no fue fatal a Andalucía al menos le originó grandes quebrantos, puesto que dio motivo a que su suelo se convirtiese en teatro donde la ambición y la codicia de muchos pueblos extranjeros se disputasen el señorío y la riqueza de España.

En efecto, ya hemos visto como en la región más occidental de la Bética, los cartagineses arrebataron a los fenicios el dominio de la Península; cómo los romanos combatieron en ella con la República africana por el imperio del mundo, y como en la época que venimos historiando, una de las dos razas más belicosas que a la sazón pugnaban por romper el yugo romano, los lusitanos, la eligieron por campo de batalla en su guerra de independencia. Más adelante veremos aparecer el mismo suceso histórico con las guerras de Sertorio y de César contra los hijos de Pompeyo. Veremos, o hablando más apropiadamente, continuaremos, viendo como la sangre y los tesoros de Andalucía se gastan en contiendas extrañas al interés de la independencia del suelo andaluz.

¿A qué podemos atribuir este hecho particular; hecho constante que aparece con la misma intensidad en todos los tiempos de la historia de Andalucía? ¿Son los andaluces, menos belicosos, menos amantes de su independencia y menos entusiastas por conservar su libertad? Si se nos prueba que sí, renunciaremos a toda discusión por ociosa acerca de este punto. Si se nos dice que no, preguntaremos ¿cómo se explica, pues, esa facilidad que encontraron todos los pueblos extranjeros algunos de raza, origen, carácter y costumbres opuestas constante y obstinadamente al carácter andaluz, para establecerse, permanecer, desarrollarse y fundar un imperio de largos siglos de duración en su suelo? ¿Fue porque aquellos pueblos extranjeros tuvieron una fuerza irresistible asimilativa, o porque los andaluces son naturalmente asimilables?

Nosotros creemos en el segundo extremo de la proposición; es decir, que su carácter es esencialmente asimilable; pero no a la barbarie sino a la civilización; no a las razas que pueden despojarle de sus tesoros de inteligencia e imaginación, sino a los que pueden aumentar el caudal de esa misma inteligencia.

Hemos visto a los turdetanos y tartesios vivir largos siglos en fraternal armonía con los fenicios, raza de hombres ilustrados que mejoraban la condición moral y material de los pueblos con quienes se aliaban; mirar con ojeriza e instintiva repulsión a los cartagineses, mercaderes sin entrañas, cuya política egoísta no tenía más fin que la explotación del suelo donde asentaban la planta; unirse a los romanos, raza de carácter levantado, para expulsar a los cartagineses, y ahora los estamos viendo convertirse lentamente en romanos, porque los romanos llevan al frente de sus legiones, y bajo las alas de sus águilas vencedoras, tesoros de cultura y civilización, gérmenes de prosperidad y de grandeza que han de hacer de la Bética un fiel remedo de la Roma de los cónsules y de los buenos emperadores.

Más adelante veremos a los pueblos andaluces asistir, cruzados de brazos, a la gran catástrofe que sepultó en la corriente del Guadalete a los bárbaros, que desde Ataúlfo hasta Rodrigo, vegetaron en Andalucía entre las ruinas de los monumentos romanos, y enseguida vivir tranquilos y resignados bajo la dominación de los árabes, ese pueblo refinadamente culto, sabio, humano, industrioso, agricultor, navegante y guerrero, que brilló con luz propia y la irradió en medio de la caliginosa oscuridad de los primeros siglos feudales. Más adelante todavía, los veremos despertar de su letargo, estirar sus entumecidos miembros y desnudar la espada, al oír el grito de guerra lanzado por las hordas de la Mauritania, que vinieron a España a sustituir la civilización de Bagdad, Damasco y Córdoba con la barbarie de la cordillera del Atlas, y no volverla a envainar hasta que la gran trasformación operada por la civilización cristiana se hubo completado en España, plantando el estandarte de la cruz sobre la torre de la Vela de la Alhambra de Granada.

Mas no anticipemos los sucesos, y volvamos nuestra narración.

El año 135 antes de J. C. los pretores de la Bética que habían sido restablecidos en 167, cuatro años después de haber sido abolidas las preturas, cansados de oír los clamores que levantaban en el territorio de su gobierno las frecuentes correrías de los lusitanos, verificaron algunas expediciones allende el Guadiana, para intimidar a aquellos audaces salteadores cuyas poblaciones y campos incendiaron y talaron.

Irritados los lusitanos, juraron tomar ejecutiva y ejemplar venganza. Al efecto reunidos en crecido número cruzaron el Guadiana y se derramaron como un torrente asolador por las fértiles comarcas de la Bética bañadas por las aguas de aquel río. Salióles al encuentro el pretor Manlio Calpurnio, mas fue completamente derrotado. Vencido este primer obstáculo y alentado con su reciente victoria, Púnico, caudillo del ejército vencedor, atravesó la Turdetania y llegó, sin que los romanos se atreviesen a interceptarle el paso, hasta los muros de Jerez de la Frontera, cuyo sitio emprendió ejecutivamente. Desgraciadamente para los lusitanos, el precursor de Viriato fue herido mortalmente, y el ejército falto de caudillo, levantó el cerco y repasó el Guadiana.

El año 154 antes de J. C. tuvo principio la guerra de Numancia, originada por la indignación que causó a muchos pueblos de la Celtiberia la infracción por los romanos de un tratado celebrado poco tiempo antes con el pretor Graco. Muchos pueblos del interior y los inmediatos al Pirineo, hacia el Norte, formaron alianza para combatir a los romanos.

El año siguiente, Quinto Fulvio Nobilior, uno de los cónsules nombrados para el gobierno de España, puso el primer sitio a Numancia. Mas tuvo que levantarlo atropelladamente antes de formalizarlo, por haber perdido una batalla campal en la que dejó 4,000 hombres muertos sobre el campo.

Fulvio se retiró a pocas millas de la plaza, y se encerró en un campo atrincherado, esperando refuerzos y la buena estación para abrir una nueva campaña.

El año 152 antes de J. C. el Senado envió a la España citerior el cónsul Claudio Marcelo con crecidos refuerzos y poderes para ajustar un tratado de paz con los numantinos. Celebróse el tratado a satisfacción de las partes; mas no tardó en ser quebrantado a resultas de la general indignación que produjeron la vandálica conducta del cónsul Lucio Licinio Lúculo, que saqueó los campos y ciudades españolas para enriquecer el tesoro público romano, y principalmente el suyo, y por la pérfida alevosía del pretor de la España citerior, Sergio Sulpicio Galba, que mandó pasar a cuchillo 9,000 lusitanos que se habían rendido fiados en la palabra de un general romano.

Roto el tratado, renovóse aquella formidable alianza de los pueblos celtíberos, que pocos años antes hicieron temblar a Roma.

En tanto que por el centro y hacia el norte de la península, se formaba aquella tempestad que había de amenazar con un naufragio la grandeza y el poderío romano; hacia el poniente brillaban los relámpagos de otra no menos asombrosa tempestad, que a unirse con la primera hubiera anticipado algunos siglos la destrucción de la que se llamó la Señora del mundo.

Entre los pocos prisioneros que se salvaron de la cobarde carnicería decretada por Galba, encontróse Viriato, a la sazón oscuro soldado de la independencia española, que comenzó a darse a conocer pregonando por todos los cantones de la Lusitania la negra perfidia de los romanos y predicando la guerra santa de la emancipación.

Así tuvieron comienzo aquellas dos memorables guerras, llamada la una de los Salteadores, y la otra de Numancia, por los historiadores romanos: guerras sin ejemplo en los fastos de la historia del mundo, que hicieron necesario el empleo de todas las fuerzas de la gran república, y que fueron las más costosas en hombres y en dinero de cuantas sostuvo en el discurso de los siglos.

Lo más admirable del suceso, lo que le distingue entre todos cuantos acontecimientos análogos registran los anales del mundo, es que la primera fue sostenida por espacio de doce años, por un hombre oscuro, montaraz que a fuerza de genio y perseverancia logró trocar su nombre de jefe de bandoleros, por el título de gran general, en un siglo que se envanecía de haber visto nacer a Escipión y Aníbal; y la segunda mantenida durante veinte años, sin el auxilio de los dioses, semidioses y héroes homéricos, por 10.000 guerreros encerrados en una ciudad, cuyos sitios, forman una epopeya real, mil veces más resplandeciente que la fábula seductora del sitio de Troya.

Los límites en que debemos permanecer encerrados nos obligan a condensar los detalles de tan memorables acontecimientos, tocando como de pasada el suceso de la guerra de Numancia, y extendiéndonos un poco más sobre los de la de Viriato, dado que la Bética fue el principal teatro de las grandes hazañas del héroe perfectamente histórico que inmortalizó el nombre lusitano.

Al grito de venganza lanzado por el pastor salvado providencialmente de las garras de la hiena romana, respondieron 10.000 hombres, resueltos a dar cumplida satisfacción a los manes de sus hermanos. Con ellos penetró Viriato en la Turdetania, (año 147 antes de J. C.) de donde fueron rechazados por el pretor Vetilio, que los persiguió hasta dejarlos encerrados en Tríbola (hacia Aguier de Beira). Disponiendo estaba el pretor el sitio de la plaza, cuando Viriato, rehecho y reforzado su ejército le presentó batalla. Larga y porfiada fue la refriega; mas al fin los romanos quedaron completamente vencidos, dejando 4.000 hombres tendidos en el campo, y mayor número de prisioneros en poder del enemigo. El pretor Vetilio quedó entre los primeros.

Los restos del ejército romano, en número de unos 6.000 hombres, se refugiaron en desorden en Tarteso (cerca del estrecho de Gibraltar) donde se fortificaron temiendo verse acometidos de nuevo por los lusitanos.

El año siguiente, el pretor Cayo Plancio, sucesor de Vetilio, buscó y acometió a Viriato, que se encontraba guerreando en la Carpetania. Vencióle el caudillo lusitano en un encuentro parcial. Satisfecho con este nuevo triunfo, y no juzgando, acaso, el país a propósito para sostener la campaña con éxito Viriato repasó el Tajo, y llegó a cortas jornadas sobre Ebora en cuyas cercanías tomó posiciones, sabedor que el pretor le seguía deseoso de vengar su reciente descalabro.

A los pocos días avistáronse ambos ejércitos, y empeñaron, en una espaciosa llanura, una verdadera batalla campal; la primera en que Viriato puso de manifiesto sus dotes de consumado general. A lo acertado de sus disposiciones, a la inteligencia con que supo aprovechar las faltas de su enemigo, a la buena elección de sus posiciones, a su denuedo, y a la confianza que supo inspirar a sus sol­dados, debió la señalada victoria de Ebora, que pu­so su nombre a la altura de los grandes capitanes de la República romana.

Vencidos, y más que vencidos desmoralizados, los Romanos repasaron en desorden el Guadiana, y se encerraron en las plazas fuertes de la Beturia, fronteriza a la Lusitania, dando por terminada la campaña de aquel año, sin embargo de encontrarse mediado el verano.

Desde la batalla de Évora, la guerra entró en condiciones más ajustadas al arte militar de aquellos tiempos. Cesó el sistema de las sorpresas, emboscadas, rápidas irrupciones ya en la Bética ya en la Lusitania, y los romanos no volvieron a llamarla de los salteadores, visto que tenían a su frente un verdadero general. Viriato introdujo en su ejército una organización y disciplina tan perfecta, que pudo medirse de poder a poder y en campo abierto con los capitanes romanos, a quienes ya no esperó en sus atrincheramientos y reparos naturales, sino que los buscó y venció cuantas veces llegó a las manos con ellos.

Así que dos años después (144) aterrado el Senado y sobresaltada Roma al ver vencidos uno después del otro a los tres Pretores que se sucedieron en el gobierno de la España Ulterior, después de la derrota de Plancio, resolvió hacer un supremo esfuerzo para lavar la afrenta que a su gran nombre infería un oscuro jefe de salteadores. Al efecto envió a España, con 15,000 infantes y 2,000 caballos, a Fabio Emiliano, hermano de Escipión el Africano, que acababa de ser nombrado cónsul.

Llegado a la Bética Fabio puso sus reales en Urso (Osuna), punto perfectamente elegido puesto que desde él podía acudir en el mismo espacio de tiempo a la defensa de cualquiera de las regiones importantes de la Bética, que se viera amenazada por las armas de Viriato. En tanto que se reunían en Urso al ejército que trajo de Roma, las legiones existentes en la Ulterior, y que se allegaban formidables recursos para abrir una campaña decisiva, Fabio se dirigió a Cádiz para implorar la protección de Hércules, en su templo, en favor de las armas romanas.

En tanto que el cónsul ofrecía sacrificios sobre el ara de la divinidad fenicia, Viriato, noticioso de los proyectos del romano, y juzgando humillante para su fama esperar el ataque del enemigo, tomó la ofensiva y penetró en la Bética al frente de un numeroso ejército con el que atacó briosamente al lugarteniente de Fabio en su mismo campamento de Urso. Una completa victoria coronó la atrevida maniobra del caudillo lusitano. Sin embargo, su resultado no fue decisivo, puesto que Fabio regresó aceleradamente de Cádiz, reorganizó su ejército y emprendió una campaña que fue una serie continuada de triunfos para las águilas romanas. Viriato, derrotado por primera vez, abandonó el suelo de la Bética, y fuese a atrincherar en las inmediaciones de Évora, donde reunió un nuevo y formidable ejército para vengar la pasada derrota.

Terminados los preparativos, el año siguiente abrió la campaña por la Beturia, y llegó arrollando todos los obstáculos hasta la Turdulia, cerca de cuya capital, Córdoba, encontró al ejército de Fabio, a quien derrotó en batalla campal; los fugitivos se encerraron en la ciudad, donde el caudillo lusitano los tuvo estrechamente bloqueados.

La proximidad del invierno le obligó a retirarse a sus cuarteles en la Lusitania. Llegada la primavera del año 142, Viriato vino a buscar a los romanos en la Bética, y dio comienzo a la campaña apoderándose de cuatro ciudades llamadas por los historiadores romanos, Jesuela, Escadia, Obolcula y Buccia, cuya situación geográfica no se ha podido fijar, si bien el sabio Masdeu las supone en la par­te oriental de la Turdulia, y supone sean las conocidas hoy por Martos, Porcuna y Baeza. Nos sentimos inclinados a ser de la opinión del erudito jesuita, fundándonos en que la región de la Bética poblada por los turdulos fue donde en todos tiempos los lusitanos llevaron más frecuentemente sus armas, ya fuese por la mancomunidad de origen, ya porque la riqueza y fertilidad del suelo y lo escabroso del terreno les ayudase a hacer la guerra con éxito.

En el mismo año el cónsul Serviliano, sucesor de Fabio Emiliano, puso sitio a la ciudad de Erisana, cuya situación es completamente desconocida de los geógrafos modernos; Viriato acudió aceleradamente en socorro de la plaza, atacó a los romanos en su campamento, les obligó a levantar el cerco, y a retirarse poco menos que a la desbandada. Púsose en persecución de los fugitivos, y maniobró con tanto acierto y conocimiento del terreno, que los acorraló en un estrecho desfiladero, donde cortada la retirada, y envueltos por todas partes, los romanos tuvieron que capitular bajo las condiciones que les impuso el vencedor. Condiciones que se redujeron, en sustancia, a que se mantendrían en sus posesiones anteriores, cuyos límites no habrían de salvar sino en el caso de ser atacados.

Este convenio parece revelar, que Viriato fatigado ya de tan prolongada guerra, y conceptuándose suficientemente fuerte para tener asegurada la independencia de su país, pensaba en organizarlo para disfrutar de los beneficios de la paz, después de haberlo organizado para vencer todos los trances de la guerra.

Según afirma Apiano, el Senado de Roma ratificó el tratado.

Pero la romana tuvo en España no poco de fe púnica, según lo demostraron varios otros hechos posteriores. Así fue, que en el año 140, Q. Servilio Cepión, sucesor de Serviliano, autorizado por el Senado, se apresuró a romper el tratado, pretextando que era humillante para su patria. En su virtud, penetró en la Lusitania al frente de un numeroso ejército y sorprendiendo a Viriato, que descansaba en la fe de los tratados, taló los campos, saqueó las poblaciones y lo llevó todo a sangre y fuego. Por uno de esos azares de la fortuna bastante frecuente en la guerra, Viriato, hasta entonces vencedor, no pudo contrarrestar en aquella ocasión el empuje de las águilas romanas, y pidió la paz al cónsul. Cepión recibió los enviados del caudillo lusitano y estipuló con ellos las condiciones de un infame asesinato.

De regreso a su campamento, ya muy entrada la noche, los vendidos pidieron ser introducidos en la tienda del general, y hallándolo dormido, le despedazaron el corazón a puñaladas.

Con la muerte de Viriato, terminó aquella memorable guerra llamada por algunos historiadores romanos, de los Salteadores, y por otros, el primer terror de Roma. A merecer la primera calificación, la vergüenza sería para la gran República que se humilló a los pies de un bandido. Creemos más exacta la segunda, puesto que la que aspiraba a dar leyes al Universo, tuvo que enviar, para ahuyentar su terror, el único general que podía terminar la guerra y salvarla del oprobio de la derrota : el ASESINATO.

Roma respiró, y con Roma también respiró la Bética, cuyo suelo fue, como dejamos dicho anteriormente, el principal teatro de las hazañas del héroe cuyo nombre es una de las más espléndidas glorias militares de España.

Es verdaderamente lamentable, y sobre todo para el asunto que traemos entre manos, que la historia no nos haya conservado una relación fiel, extensa y detallada de las campañas de Viriato en Andalucía. Descritas estas a grandes rasgos por los romanos, más atentos a ensalzar las glorias de su propio país, que las de aquellos que sometieron por la fuerza de sus armas, se limitan a narrar los hechos militares más importantes, descuidando con injustificable abandono todos aquellos que se refieren a la organización religiosa, social y política de los pueblos de la Bética; de tal manera, que solo por conjeturas se puede rastrear tal cual hecho que arroja una tenue luz sobre puntos cuyo conocimiento lato es indispensable, para escribir la historia crítico-filosófica de un pueblo.

Así es que la observación se confunde, y la atención crítica se desvanece, cuando sin tener a la vista otros datos que aquellos que suministran los escritores de aquellos tiempos, el historiador de los nuestros se empeña en buscar las causas, o explicar el fenómeno que presenta un pueblo altivo e independiente de suyo, haciendo causa común con sus dominadores para rechazar la libertad que le ofrece otro pueblo de su mismo origen, de su misma raza, habitante del mismo territorio y unido a él por los lazos de la sangre, de la fraternidad y de la mancomunidad de intereses de una idéntica nacionalidad.

En efecto, basta un poco de atención en el estudio de la historia de aquel periodo de la española, para sentirse herido por la siguiente observación: ¿Cómo se explica que una región vastísima de la Península habitada en parte por un pueblo de origen lusitano, no se haya unido a estos para rechazar la dominación romana? ¿Fue temor de la derrota, o el de remachar las cadenas con que el extranjero la tenía aprisionada? No, porque la victoria coronó todas las empresas de Viriato en la Bética. ¿Fue conciencia de su debilidad y flaqueza? Tampoco, puesto que podía contar con un poderoso aliado que le diera suficiente aliento para conquistar su independencia. ¿Fue miedo, debilidad, afeminación, falta de energía y hábitos guerreros? Menos, puesto que contra tan humillante suposición alzan la voz Astapa, los campos de Bécala, la defensa de Oringis (Jaén), las ruinas de Cazlona, la destrucción de Illiturgo, y cien memorables sitios y batallas en las cuales mostraron los turdetanos, túrdulos y Beturios, en lucha con los fenicios, cartagineses y romanos un heroísmo que en nada cedía al de los lusitanos y celtiberos. ¿Qué fue, pues, si no fue temor, flaqueza ni falta de hábitos militares?

Esto es un secreto que guarda todavía la historia, porque lo guardaron los escritores romanos. Solo nos queda el hecho seco, árido y descarnado, sobre el cual sería temerario hacer conjeturas con la pretensión de hacerlas pasar por verdades: el hecho de haber sido la Bética hostil sistemáticamente a la Lusitania. Vemos a Viriato formar alianzas con los carpetanos y con los celtíberos, para lanzar a los romanos de la Península, pero ni una sola vez entran los pueblos de la Bética en aquella alianza. Las campañas del pastor general tienen todo el carácter de correrías en este suelo; son a maneras de un torrente cuyas aguas se desbordan todos los años por los campos de la Bética durante la primavera y el estío, y que retroceden hacia su origen cuando se aproxima el invierno. No conserva un palmo de terreno aquende el Guadiana después de sus espléndidas victorias, ni funda nada estable, sino el recuerdo de su glorioso nombre.

¿Quién duda que si a la alianza lusitano-celtíbera se hubiese unido la Bética, la dominación romana en España hubiera terminado por los años 140 antes de J. C.?

¿Por qué no se efectuó esta alianza reclamada por el interés de la patria común y por el irresistible sentimiento de la independencia?

A juicio nuestro, porque en aquellos tiempos en que no existía espíritu de nacionalidad, sino de localidad, los andaluces, viéndose obligados a elegir entre la dominación de los lusitanos, pueblo semi­bárbaro a la sazón, y la de los romanos, pueblo sabio e ilustrado, cuya cultura se acomodaba a la civilización de la Bética, optaron necesaria y fatalmente por esta última, obedeciendo, si se nos permite la frase, a la ley de la atracción molecular.

Mas dejemos la forma crítica, faltos de datos suficientes para explicar un hecho envuelto todavía en la oscuridad de los primeros siglos históricos de Andalucía, y volvamos a la narrativa, visto que esta es la que adoptaron los escritores romanos que nos hablan de las cosas de España en aquellos tiempos.

Hemos dicho anteriormente, que con la muerte de Viriato, Roma respiró; y ahora habremos de agregar que fue por poco tiempo.

En efecto; alzóse muy luego hacia el norte de la península Ibérica, un tremendo vengador del cobarde asesinato del héroe lusitano. Este vengador no fue un pueblo numeroso, ni un Estado prepotente, ni un ejército formidable, ni un general que tuviera encadenada la victoria a su bandera; fue una pequeña ciudad abierta a todos los vientos, franca para todas las embestidas, sola, aislada en medio de pueblos postrados y desangrados por un conquistador siempre victorioso, huérfana, en fin, y sin otro escudo ni más defensa que el gran corazón de sus escasos habitantes para resistir el incontrastable empuje de la nación más temida y respetada de la tierra.

Bosquejemos rápidamente este hecho sin ejemplo en los fastos de la historia universal; reavivemos con su recuerdo la llama nunca apagada del patriotismo español, y conmemoremos una vez más el simpar heroísmo de un puñado de hombres, que luchando por su libertad sembraron tal terror en la gran república de los tiempos antiguos, que su Senado, árbitro del mundo, tuvo que sortear las legiones que formaron los últimos ejércitos enviados a combatir contra seis u ocho mil ciudadanos armados para la defensa de su libertad.

El mismo año de la muerte de Viriato, los ecos del Duero, del Ter y de las enriscadas escabrosidades que forman el término del pequeño pueblo de Garay, en nuestros días, repitieron asombrados el grito de independencia lanzado al viento como una provocación, por los habitantes de Numancia, amenazados por las águilas romanas que acababan de avasallar toda la Celtiberia a excepción de aquella ciudad y de la de Termintia.

El cónsul Q. Pompello Rufo recogió el guante, y fue a acampar con 32,000 infantes y 2,000 caballos delante de la ciudad. Numancia no solo resistió gallardamente el ataque, sino que le obligó a levantar el sitio, y a retirarse a invernar a sus cuarteles después de ajustar una paz que fue una pérfida asechanza puesta a la generosidad de los numantinos, que sin duda no esperaban ver revivir entre los romanos la fe púnica de los cartagineses.

El año 138 antes de J. C. el cónsul Popilio Senas sucesor de Pompeyo, vino a España con poderes del Senado para romper el tratado celebrado el año anterior. Puso nuevo sitio a la ciudad, mas fue completamente derrotado.

En 137, C. Hostilio Mancino fue vencido en batalla campal por los numantinos, y tuvo que retirarse en desorden. Perseguido sin tregua por los vencedores que en número de 4,000 salieran de la plaza, acabó por encontrarse en situación tan comprometida que tuvo que capitular bajo las condiciones que plugo al vencedor imponerle. La capitulación de Mancino tuvo la misma suerte que el tratado ajustado por Pompeyo Rufo; es decir, fue desaprobada por el Senado Romano, después que sus ejércitos hubieron obtenido los beneficios de la capitulación.

Seis meses más tarde vino en reemplazo de Mancino el cónsul Emilio Lépido, que no logró conseguir, a pesar de sus esfuerzos, ventaja alguna sobre los numantinos.

En 136, Lucio Furio Filón se acercó con un numeroso ejército a la plaza; mas se retiró sin atreverse a embestirla. En 135, Calpurino Pisón tomó ejemplo de la prudencia del cónsul su antecesor, y retrocedió a tomar cuarteles de invierno en la Carpetania.

El año 134 antes de J. C. la pequeña ciudad de Numancia, defendida ya solo por unos 4,000 hombres, aparecía mas grande que Roma. Seis cónsules habían tenido que inclinar las águilas romanas delante de las tapias que defendían la plaza, y seis ejércitos habían vuelto las espaldas flagelados por un puñado de numantinos.

A la vergüenza de tan repetidas derrotas, sucedió el terror; el segundo terror de Roma... ¡De Roma vencedora de Antíoco el Grande, de Cartago, de Corinto, de Macedonia, de la Grecia toda, y del Asia menor! ¡De Roma, árbitro a la sazón de las grandes monarquías del Egipto y de la Siria!

El Senado, pues, comprendiendo la suprema necesidad de cegar la estrecha boca de aquella profunda cima donde durante tantos años se venían sepultando fatalmente sus legiones, sus tesoros, su dignidad, su orgullo y su grandeza, fijóse ansioso de encontrar quien levantase su honra yacente a los pies de los numantinos, en Escipión Emilio, el vencedor de Cartago; y encomendó a este gran capitán, que había tardado cuatro años en apoderarse de la rival de Roma, poblada con 700,000 habitantes, la ardua empresa, de someter una población que contaba 4,000 defensores.

Un año invirtió Escipión en restablecer la disciplina en los soldados romanos, desmoralizados por las frecuentes derrotas que habían sufrido delante de los muros de Numancia, y por los hábitos de lujo, molicie y desenfreno que habían contraído en un país que les ofrecía para su regalo, si no las seductoras maravillas del arte, los ricos dones de una naturaleza privilegiada; al mismo tiempo se afanó en allegar los formidables recursos que conceptuaba necesarios para formalizar el sitio de un pueblo abierto, que debía poner a prueba su genio militar.

Llegada la primavera del año 133 antes de J. C. segundo de su consulado en la España Citerior, Escipión acampó delante la plaza con un ejército de 60,000 hombres, compuesto de soldados veteranos. A pesar de la inmensa superioridad en todos los medios de ataque, el prudente capitán no quiso fiar el éxito de la empresa al trance de una batalla ni a las contingencias de un asalto, y apeló para rendir a Numancia, a un medio que si no debía manchar su memoria como manchó la de Cepión el asesinato de Viriato, debía oscurecer los laureles de Cartago.

Recurrió al hambre.

Al efecto, bloqueó tan estrechamente la ciudad, y la incomunicó de tal manera con el estertor que no le fue humanamente posible recibir socorros de ninguna especie por tierra ni por el rio; en tanto que un formidable tren de batir, compuesto de balistas catapultas y todos cuantos ingenios de esta especie conocía el arte militar antiguo, combatían la plaza sin cesar. En vano intentaron los numantinos romper con furiosas salidas las inquebrantables cadenas que los oprimía; las defensas de la línea de circunvalación hicieron inútiles sus heroicos y desesperados esfuerzos. Al fin debilitados por el hambre, diezmados por las espadas y armas arrojadizas de los enemigos y sin esperanza de socorro próximo o remoto, se resolvieron a pedir capitulación. Al efecto, enviaron diputados al general romano para proponerle las dictase cual cumplía al valor de aquellos héroes, y a la fama del capitán a quien cabía la gloria de haberlos sojuzgado. El romano contestó que no recibía ni imponía más condiciones que la entrega a discreción.

Sabida tan fría e inhumana respuesta, los numantinos, viéndose en la ineludible necesidad de elegir entre una muerte inmortal y una esclavitud afrentosa, no vacilaron un momento en hacer la elección. Reuniéronse en el centro de las ruinas de la ciudad que fue Numancia, y después de incendiar los pocos edificios que todavía permanecían en pie, diéronse muerte los unos a los otros con la espada y con el veneno. Ni uno solo sobrevivió a la pérdida de su libertad...

Cuando el cruel vencedor penetró en la plaza su planta solo profanó cadáveres. Medio sepultados entre los escombros y las cenizas de la ciudad que fue durante nueve años el terror de Roma.

El Senado concedió a Escipión los honores de triunfo, y agregó a su título de Africano el de Numantino.

Y, sin embargo, Escipión no tomó Numancia, sino un inmenso sepulcro; grandioso panteón labrado por las manos de los mismos héroes que se sepultaron en él.

Así terminó a los 20 años aquella maravillosa epopeya que se llamó, La guerra de Numancia. Drama heroico cuyas palpitantes escenas no han cesado un momento de conmover a la humanidad durante los cuarenta siglos que van trascurridos desde el día en que se verificó su desenlace; poema inmortal, en fin, cuyas primeras estrofas fueron Sagunto, en la Tarraconense, Astapa, en la Bética, y que España continuó escribiendo en Calahorra, en Gerona y en Zaragoza.

Sin el testimonio de Polibio, contemporáneo de los sucesos y amigo de Escipión el Africano, y del de Apiano, historiadores ambos de merecido crédito, tomaríamos el sitio de Numancia, por una asombrosa y conmovedora fábula inventada para oscurecer el sitio de Troya.

En efecto, no es necesario un examen muy profundo, para conocer que Numancia fue a Roma en aquellos tiempos, lo que la república de Andorra es al imperio francés en nuestros días. Ahora bien, ¿cabe en cerebro humano que este microscópico Estado pudiera resistir durante nueve años, qué decimos, durante nueve minutos, a los conquistadores de Sebastopol y vencedores de Magenta y Solferino? Y, sin embargo, esto es lo que hizo en la misma desproporción de poder y de recursos, hace cerca de 2000 años, Numancia, resistiendo a la orgullosa y prepotente República que aspiraba a avasallar el mundo, y venciéndola moralmente, puesto que la superó en heroísmo, lealtad y pundonor.

Numancia viva, fue el espanto de Roma; destruida fue su afrenta. Los que dejaron reducir a escombros la inolvidable Sagunto, no debieron pausar el arado sobre la inmortal Numancia. Los romanos dieron comienzo a su dominación en España, arrasando Astapa y Illuturgo en Andalucía, y la establecieron definitivamente destruyendo Numancia en la Celtiberia. Afortunadamente para la memoria de aquél gran pueblo, vemos aparecer a través del humo de las hogueras que redujeron a ceniza las ciudades más heroicas del mundo, cien y cien soberbios monumentos literarios de piedra con los cuales la grandeza romana enriqueció a España, su provincia predilecta.

 

 

 

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ANDALUCÍA PRE-ROMANA