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NUEVA HISTORIA DE LA IGLESIA

REFORMA Y CONTRARREFORMA

 

CAPITULO SEXTO

 

REPERCUSIONES DE LA ESCISION DE LA FE EN LA EPOCA DEL ABSOLUTISMO. AUGE RELIGIOSO Y DESVIACIONES TEOLOGICAS. INTENTOS DE UNION

 

 

A la herencia que la Edad Moderna recibió de la Edad Media se debió el que los movimientos religiosos adoptaran siempre también formas políticas y fueran combatidos o protegidos por fuerzas políticas. La Iglesia estatal corriente en Europa occidental y el sistema de Iglesias territoriales imperante en Alemania conformaron, como ya se ha indicado, de manera decisiva toda la historia de la Reforma protestante y de la defensa y renovación católicas. Pero, en ambos campos, los soberanos y las autoridades civiles intentaron, de forma más o menos consciente, poner a su servicio y aprovechar para sus fines políticos las nuevas energías religiosas que se habían despertado. Aunque la Liga de Esmalcalda había sido constituida originariamente para defender la fe de sus miembros protestantes, representó al mismo tiempo, no obstante, por su alianza militar contra el emperador y por el contacto que estableció con naciones extrañas al Imperio, como Francia, Inglaterra y Dinamarca, una oposición política interna verdaderamente revolucionaria contra el emperador y el Imperio. Para proteger la «libertad alemana» contra la «brutal esclavitud española» Mauricio de Sajonia se separó del emperador. Los motivos religiosos no tuvieron aquí papel alguno. Las fuerzas espirituales se emplearon, a lo sumo, con prudente cálculo, para realizar grandes planes políticos, que fueron impedidos tan sólo por la temprana muerte de Mauricio. La alianza con la católica Francia, que perseguía a los hugonotes en la propia nación, mostró, en ambos bandos, una pura política de poder, que prescindía de todos los ideales y que supo aprovecharse ventajosamente de las diferencias religiosas. Tampoco la lucha contra los calvinistas en Francia tuvo, por lo que a la Corte se refiere, motivos religiosos. Aquí luchaban unos partidos contra otros; lo que se pretendía era aniquilar, con el pretexto religioso, la oposición interior e imponer el absolutismo regio. Vistas las cosas desde aquí, parece comprensible que competentes historiadores franceses no quieran hablar de guerras religiosas, sino de contiendas civiles en Francia. La unión de los deseos de libertad de la burguesía con la innovación religiosa en los Países Bajos dio a esta última la posibilidad de destruir tantos valores católicos en todo el país. La victoria de las fuerzas revolucionarias, incluso contra las tropas y desafueros del duque de Alba, ha sido registrada en la historia, no como paso a la Reforma protestante, sino como «la insurrección de los Países Bajos», por tanto como un hecho político. Incluso la campaña de aniquilamiento de Cromwell contra el catolicismo irlandés sirvió, a pesar de la motivación religiosa, considerada sincera, del «juez de Israel», para someter una oposición iro-gálica, contraria a la hegemonía de Inglaterra.

 

Cuanto más lejos nos encontremos de los orígenes de la Reforma protestante, tanto más indisoluble se hace la mezcla de los intereses políticos y religiosos, y tanto más engañoso también el abuso que de la religión y de la confesión hicieron los poderes y los factores políticos. Así, la formación del absolutismo regio, del absolutismo confesional en España, Francia, Austria y Baviera, es una de las repercusiones de la innovación religiosa, lo mismo que lo es la constitución de los estamentos sociales, sobre todo en Holanda y especialmente en las naciones escandinavas; y lo son las guerras entre Inglaterra y España, así como la de los Treinta Años, en el corazón de Europa.

 

LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS

 

La Guerra de los Treinta Años tiene una pequeña prehistoria. La pulverización territorial, sobre todo en el suroeste de Alemania, tuvo como consecuencia en algunos lugares una más estrecha convivencia entre las diversas confesiones. En la colina situada entre el Danubio y Wórnitz se levantó no sólo la ciudad libre protestante llamada Donauworth, sino también, en un recodo del río, la abadía de la Santa Cruz, dependiente del Imperio. Los pueblos del contorno eran todos católicos y sus procesiones debían pasar a través de la ciudad protestante. En 1606, el día de san Marcos fue molestada una procesión que salía de la abadía. Esto dio motivo a que el emperador confiase a Maximiliano de Baviera la protección de los católicos. Se lanzó la proscripción contra la ciudad. Y como ésta se negaba a dar una satisfacción, la ocupó el archiduque bávaro (1607) y la recibió más tarde del emperador como feudo. De estos sucesos se habló en la Dieta de Ratisbona de 1608. No fue posible ponerse de acuerdo sobre el asunto, y los asistentes se dispersaron sin que hubiera Despedida. Ello dio lugar a que pocas semanas después el elector calvinista del Palatinado, Federico IV, concertara una alianza, la llamada «Unión», con los soberanos de Wurttenberg, Baden, Ansbach, Kulmbach y Palatinado-Neuburgo. Rápidamente se unieron a éstos Brandeburgo, Hessen-Kassel y otras ciudades del Imperio.

 

La Unión, como poderoso órgano del partido calvinista revolucionario, provocó una contraalianza católica. Así, al año siguiente se concertó en Munich, bajo el mando del archiduque bávaro, una «Liga» con los obispos y prelados del sur de Alemania para defender la paz de la nación y proteger la religión católica, a la cual se añadieron también otros aliados. Del mismo modo se llevó a cabo un tratado de ayuda con España. En el Bajo Rin, donde apenas una generación antes Baviera y España habían derrotado, en la guerra de Colonia, al entonces elector Gebardo, con sus tropas auxiliares del condado palatino y de los Estados Generales, estuvo a punto de producirse el primer choque militar entre ambos bandos. Pero un acuerdo en la contienda sobre la herencia de Juliers-Cleve restableció de nuevo el silencio de las armas. El peso de la Liga consiguió que se dividiera la herencia y con ello se erigiese otro territorio católico, el Palatinado-Neuburgo, en Düsseldorf. Pero la peligrosa tensión persistía. El motivo para la ruptura de hostilidades se ofreció pocos años más tarde.

 

Los comienzos de la Guerra de los Treinta años se iniciaron en Bohemia, tierra muy sacudida en todo tiempo por ideas político-religiosas. El emperador Rodolfo II, que había concedido aquella amplia cédula de libertad a los protestantes bohemios, se había retirado ya. Su hermano Matías (1612-1619) no estaba dispuesto a mantener las concesiones de Rodolfo. La ocasión para limitarlas la ofreció la construcción de iglesias protestantes en terrenos de conventos, lo que iba en contra del texto del convenio de 1609. El emperador ordenó cerrar las iglesias de Braunau y Klostergrab y mandó derruir esta última, a pesar de la reclamación de los protestantes. Con esto estalló la rebelión de Praga, en 1618. El gobernador del palacio imperial de Praga fue defenestrado, juntamente con su secretario, y se estableció un gobierno provisional corporativo, bajo la dirección del conde Thurn. Ahora parecía repetirse la insurrección de los Países Bajos. El conde marchó contra Viena a la cabeza de un ejército de Bohemia y Moravia y se alió con los Estados protestantes de la Alta Austria, así como con el príncipe de Transilvania. Matías había muerto entre tanto. El cardenal Klesl fue reducido a prisión por el partido de acción vienés, a causa de su postura de espera frente a los rebeldes y fue elegido emperador, con el nombre de Fernando II, el archiduque Fernando de Austria, quien, a su vuelta de Francfort, se aseguró la ayuda de Baviera. Los rebeldes no quisieron reconocer a Fernando, y confiando en el apoyo de la Unión, proclamaron como rey suyo al elector calvinista Federico V del Palatinado.

 

El poder de los Habsburgo amenazaba derrumbarse de un golpe no sólo en Bohemia y Moravia, sino también en Silesia y Lusana, en Hungría e incluso en Austria. Pero Fernando, que permanecía animoso en Viena, ganó otros aliados: España, la Liga y, sobre todo, al elector luterano de Sajonia. Con esta cobertura el duque bávaro consiguió rápidamente el vasallaje de los Estados de la Alta Austria, y en la Baja Austria el emperador logró que los protestantes abandonasen el pacto con Bohemia. La batalla de la Montaña Blanca, junto a Praga (1620), en que salió victoriosa la Liga, decidió el destino de la rebelión bohemia y principalmente del protestantismo bohemio y austríaco. El «rey del invierno» había huido a Holanda. Fue declarado proscrito. Su dignidad electoral pasó a Maximiliano de Baviera. La Unión se deshizo.

 

Con esto no se terminó aún la guerra. Algunos partidarios de Federico prosiguieron la lucha por su cuenta. Cuando fueron aniquilados por las victorias de Tilly, general de la Liga —entonces se conquistó Heidelberg y se regaló al papa la célebre biblioteca denominada palatina—, la política francesa, bajo su nuevo jefe Richelieu, intentó contener el firme poderío imperial y consiguió que el rey de Dinamarca y duque de Holstein, que encontró apoyo en Inglaterra y en los Estados Generales, interviniese militarmente. Pero Tilly derrotó al rey de Dinamarca, y el general imperial Alberto de Wallenstein, a su aliado, el conde de Mansfeld; Schleswig-Holstein y Jutlandia fueron ocupadas, por lo que Dinamarca hubo de aceptar la paz de Lübeck (1629) en la que hubo de entregar las colegiatas de la Baja Sajonia y renunciar a inmiscuirse en adelante en los asuntos del Imperio.

 

CONTRARREFORMA BAJO FERNANDO II

 

Este momento parecía ofrecer al emperador Fernando II, hombre profundamente religioso y de amplia visión, no siempre independiente en su política, una oportunidad de conseguir, junto a ventajas para su casa, una posición más desahogada y próspera para el oprimido catolicismo. Convencido de la justicia de su causa había iniciado con toda rapidez la contrarreforma política en sus territorios hereditarios, inmediatamente después de la victoria de la Montaña Blanca. En Bohemia fueron expulsados los predicantes, y los estudiantes retirados de las universidades luteranas; los no católicos fueron excluidos de todas las dignidades y se ofreció al arzobispo de Praga la ayuda del gobernador para recuperar las propiedades eclesiásticas.

 

En la Alta Austria (1624), primeramente se forzó a emigrar a los predicadores y maestros protestantes; al año siguiente se amenazó con el destierro al resto de los habitantes que no quisieran ser católicos. Cuando una rebelión campesina, apoyada por la nobleza, fue sofocada cruentamente, se desposeyó a los nobles, como a rebeldes, del privilegio de libertad religiosa. En Viena y en la Baja Austria (1627) fueron expulsados todos los predicantes y maestros. En Estiria y Carintia la nobleza protestante fue forzada a emigrar en 1628. Más de setecientos nobles abandonaron el país. Los que quedaban eran frecuentemente católicos sólo de nombre.

 

El emperador creyó que ahora debía reducir al protestantismo, también en el Imperio, a los límites del derecho formal, de los contratos y convenios existentes. Desde las victorias imperiales, varios obispos habían iniciado expedientes para recuperar los perdidos bienes de la Iglesia. En esto eran apoyados por la Curia y los nuncios. En la Dieta de príncipes electores de 1627 se concedió al emperador el derecho de decidir sobre los procesos pendientes de restitución. Los príncipes electores católicos pidieron «principalmente la restitución... de todos los monasterios, fundaciones y cabildos profanados y quitados a los católicos después del tratado de Passau y de la Paz religiosa establecida». Esta petición fue también enérgicamente apoyada por el confesor imperial, el jesuíta P. Lamormaini. El 6 de marzo de 1629 el emperador promulgó el llamado Edicto de Restitución, como interpretación auténtica de la Paz religiosa de Augsburgo. Según éste, los católicos podían exigir todos los bienes de la Iglesia que no dependieran directamente del Imperio y que les hubieran sido arrebatados después del tratado de Passau. Todos los obispados, cabildos y abadías imperiales, administrados o conquistados por los protestantes desde la Paz religiosa de Augsburgo, debían ser devueltos a sus dueños católicos; a los Estados católicos del Imperio se les debía garantizar el ilimitado ius reformandi, bajo renuncia a la Declaratio Ferdinandea, y los calvinistas debían ser excluidos una vez más, de forma expresa, de la Paz religiosa. Fueron enviados comisarios imperiales, apoyados por una escolta militar, para la puesta en práctica del edicto. En el otoño de 1631 habían sido restituidos los dos arzobispados de Magdeburgo y Brema, cinco obispados, más de ciento cincuenta iglesias y monasterios y unas doscientas parroquias situadas en ciudades y pueblos entonces protestantes. El poderío del protestantismo alemán parecía haber sido destruido.

 

La Curia, que nunca había reconocido los tratados de 1552 y 1555, no dio nunca una aprobación explícita al edicto de 1629. Prescindiendo por completo de la actitud poco amistosa para con los Habsburgo de Urbano VIII (1623-1644), se abrigaban grandes reparos contra todas las medidas estatales en favor de la Iglesia. Tales reparos se habían hecho ya manifiestos con motivo de la Contrarreforma llevada a cabo en los territorios hereditarios de los Habsburgo. Más importantes aun que la extradición de los protestantes, que el nuncio en Viena intentó hacer comprender a los cardenales opuestos a ella, aludiendo al comportamiento observado en los principados eclesiásticos alemanes, le parecieron a la Congregación de Propaganda, en marzo de 1629, las medidas para que se nombrasen obispos, conforme a derecho, en todas las sedes episcopales, y se prohibieran los libros peligrosos. Si se pensó en enviar un nuncio especial, no fue a causa de la restitución de los bienes de la Iglesia, sino para el restablecimiento de la religión católica en un tan extenso territorio.

El edicto de 1629 era ciertamente defendible desde el punto de vista del derecho del Imperio, mas políticamente fue un gran error. Y no sólo porque debilitó el frente de los católicos. La ocupación de los obispados del norte de Alemania suscitó una concurrencia poco amistosa entre Fernando y Maximiliano; y la devolución de los monasterios dio lugar a una enojosa disputa entre los benedictinos, sus primitivos poseedores, y los jesuítas, que querían financiar con estos bienes la urgente necesidad de nuevos colegios y escuelas. Fue un error sobre todo porque hizo que se crease un frente unido de los protestantes. Incluso Sajonia, hasta ahora fiel al Imperio, se sintió amenazada en sus intereses. Y esto en un momento en que la Liga obligaba a deponer a Wallenstein, y el rey Gustavo Adolfo de Suecia, tras sus guerras victoriosas contra Polonia y Rusia, desembarcaba con 12.000 solados en la desembocadura del Oder y era presentado, por su muy activa propaganda, como salvador de la causa protestante en Alemania. Sin embargo, los príncipes protestantes alemanes se retrajeron. Sospechaban, no sin razón, que el rey de Suecia había atravesado el Báltico no sólo por motivos religiosos, sino que le habían impulsado más bien razones políticas y económicas. La hegemonía de Suecia en el Báltico no podía permanecer constantemente amenazada por las victorias imperiales, y con una cabeza de puente en Alemania el imperio nórdico no sólo debía extender su comercio, sino también lograr un derecho a intervenir en la política de Centroeuropa. En el tratado de Bárwalde, concertado a comienzos de 1631, el rey sueco consiguió ya que Francia le asegurase una subvención anual, como ayuda en la guerra contra el emperador. También los Estados Generales contribuyeron con su parte. Pero al mismo tiempo Tilly, contra el consejo de varios entendidos, intentó proseguir la restitución por la fuerza de las armas en la Alemania central. La sitiada Magdeburgo esperaba los auxilios suecos, pero fue asaltada por Tilly y arrasada por completo contra su voluntad. Ahora también Sajonia y Brandeburgo se unieron a Gustavo Adolfo, que derrotó a Tilly en Breitenfeld. La campaña victoriosa de los suecos hacia el sur terminó naturalmente con la obra de restitución. Los éxitos obtenidos hasta ahora en el norte de Alemania quedaron reducidos a la nada. Los territorios de la Liga quedaron abiertos al rey de Suecia. Tilly fue herido mortalmente; Baviera, arrasada; Munich, ocupada. La Curia no consiguió apartar a Francia de su política protestante. Wallenstein, llamado de nuevo por el emperador en tan apurada situación, evitó ciertamente la entrada de los suecos en Austria, pero no pudo lograr una victoria decisiva contra ellos en Lützen, aunque aquí Gustavo Adolfo murió en el campo de batalla. El duque Bernardo de Weimar asumió la dirección militar de los suecos, y el canciller Oxenstjerna, la política. Este logró, en la liga de Heilbronn, que losprotestantes alemanes reconocieran la dirección sueca. Después del asesinato de Wallenstein volvieron a unirse las tropas imperiales, bávaras y españolas y derrotaron a los suecos junto a Nordlingen (1634). En mayo de 1635 se firmaba la paz separada de Praga con el príncipe elector de Sajonia. Según ésta, el estado de los bienes de la Iglesia en 1627 debía mantenerse, y el edicto de restitución ser retrasado cuarenta años. La mayoría de los Estados protestantes aceptaron la paz. Lo que ésta reportó a la causa católica fue a lo sumo el reconocimiento de la dignidad electoral de Baviera, y así el logro de una clara mayoría católica para la próxima elección imperial, además de seguridades para la Contrarreforma imperial en los territorios hereditarios de los Habsburgo.

 

LA PAZ DE WESTFALIA

 

Once días antes de la conclusión de la paz Francia había declarado la guerra a España. Entre las grandes potencias católicas comenzó la lucha abierta que pensaba dirigir Francia, aliada secretamente con Suecia y algunos príncipes protestantes alemanes. Richelieu envió a Bernardo de Weimar para defender Alsacia, a los holandeses les lanzó contra Bruselas, y al hugonote Rohan, contra Milán. Durante trece años se prolongó la guerra, que degeneró más y más en asesinatos sin sentido, incendios y violaciones. Los imperiales fueron forzados a tomar la defensiva. Los esfuerzos de paz del pontífice estuvieron condenados al fracaso durante largos años, por exageradas cuestiones de etiqueta. Desde 1644 el emperador y el Imperio entablaron conversaciones de paz en Münster, con los franceses y, desde 1646, en Osnabrück con los suecos. El 24 de octubre de 1648 se puso fin a tan sangrientas guerras con la Paz de Westfalia, firmada en las dos ciudades citadas. La contienda europea se dio por concluida.

 

Por el lado católico sólo había ganado Francia, que había apoyado precisamente al partido protestante. Los obispados de Lorena, Metz, Tour y Verdun quedaron en poder de Francia. Su adversario, el Imperio, se había debilitado enormemente en unos decenios. Los Estados Generales obtuvieron el reconocimiento internacional de su independencia, así como una zona del territorio del sur, desde la desembocadura del Escalda hasta el Mosa, los llamados Países de la Generalidad, de población católica. La parte del león se la llevó Suecia: no sólo consiguió la Antepomeramia, sino también los cabildos de Brema y Verden y con ello también su puesto en la Dieta. Mecklemburgo y Brandeburgo fueron indemnizados con territorios eclesiásticos secularizados. El príncipe elector del Palatinado recobró el Palatinado renano y la dignidad electoral. Sin embargo, Baviera conservó el Palatinado superior, que entre tanto había recatolizado, y el electorado. Por lo demás, hubo amnistía general y la restitución al estado de cosas de 1618.

 

El Edicto de Restitución fue derogado y en su lugar se volvió al año normal, esto es, al estado de 1624 (para el Palatinado, el de 1618), como criterio para la posesión de los bienes de la Iglesia y para el ejercicio de la religión en las ciudades del Imperio. A esto se añadieron las cláusulas puramente político-religiosas. A instancias del príncipe elector de Brandeburgo la paz religiosa se hizo también extensiva a los calvinistas. El derecho de reforma de los soberanos territoriales fue ciertamente ratificado, pero limitado tanto por el año normal como por la condición de que no podía prohibirse ya a los creyentes de otras confesiones el ejercicio de sus devociones privadas y la asistencia a iglesias extranjeras. Además, el paso de un príncipe luterano a la religión calvinista, o viceversa, no debía ser motivo alguno para el cambio de Iglesia en su territorio. Cuando, medio siglo más tarde, se produjo una serie de conversiones de príncipes a la fe católica, hubo que hacer extensiva esta norma, análogamente, a las relaciones entre católicos y protestantes. Así no tuvieron grandes consecuencias las conversiones de Hannover, Sajonia, Württenberg, Hesse y otros Estados, y sólo dieron lugar a la formación de pequeñas comunidades católicas en la diáspora, que, a menudo, sólo con dificultad pudieron mantenerse en un mundo de incomprensión e intolerancia. Del año establecido como normal sólo quedaron exceptuados los territorios imperiales. En el Imperio las cuestiones religiosas ya no podían decidirse por lo que determinara la mayoría de los Estados imperiales, sino por el convenio válido de los corpora, que deliberaban por separado: el Corpus Catholicorum y el Corpus Evangelicorum.

 

La Paz de Westfalia había salvado ciertamente la existencia del Imperio, si bien la posición institucional del emperador había quedado debilitada sensiblemente por el derecho de los Estados imperiales a aliarse con extranjeros. Pero la paz privaba definitivamente al Imperio de su carácter católico. Lo trasformó en una institución paritaria, ya que el desangramiento de todas las fuerzas en ambos bandos había forzado a un mínimo de tolerancia. Para la Iglesia se perdieron definitivamente los obispados del norte y centro de Alemania y numerosos monasterios y fundaciones, sobre todo en Württenberg. Se comprende el que cinco semanas después de la firma de este tratado de paz el papa Inocencio X protestara contra sus decisiones político-religiosas, con el Breve Zelus domus Dei y que lo declarara no válido. Desde el punto de vista del derecho canónico vigente hasta entonces en el Imperio, esta protesta era evidente, aunque la Curia debió prever su total ineficacia. En última instancia, ni el emperador, ni Maximiliano de Baviera, ni los Estados protestantes de Alemania dejaron la lucha por convencimiento ni renunciaron a querer imponer su forma de fe por consideración al bien común. La insoportable calamidad de la guerra y el total debilitamiento fue lo que les obligó finalmente a ello. Así, la Curia no protestó contra la terminación del asesinato y la muerte, sino sólo contra aquellas disposiciones que perjudicaban grandemente a la causa política. El historiador de hoy se extraña solamente de que la protesta surgiera ahora, y no a raíz de la conclusión de la Paz religiosa de Augsburgo, que había reconocido por primera vez el principio de paridad de las confesiones en los Estados imperiales. Inocencio XI renovó la protesta en 1679, con motivo de la Paz de Nimega, ya que en su tratado se confirmaban las resoluciones de la de Westfalia.

 

RECATOLIZACION EN POLONIA Y HUNGRIA

 

La Guerra de los Treinta Años ocupó de tal forma la atención internacional y las fuerzas y energías disponibles, que detrás de la cortina de la lucha se pudo continuar la recatolización de Polonia, sin ser molestada desde el exterior. El seminario pontificio fundado por Hosio en Braunsberg y los numerosos colegios de jesuítas lograron formar no sólo un magnífico clero, sino también una nobleza de convicciones católicas. Sobre esta base espiritual produjo grandes frutos la labor misional del célebre predicador jesuíta Skara. Bajo su influjo también el rey se entregó a restaurar la unidad de la fe en la nación. Se logró que retornara a la Iglesia católica una gran parte de la nobleza. Finalmente, en 1658 fue expulsada la secta antitrinitaria de los socinianos, que desde 1579 había sido extendida en Polonia por el italiano Fausto Sozzini. La Polonia occidental se convirtió de nuevo en una nación católica, separada del gran bloque de las tierras habsburguesas sólo por los ducados de Silesia.

 

Por el contrario, en Hungría la sacrificada actividad del converso Pázmány (f 1637), luego cardenal y arzobispo de Gran, y de sus sucesores, sólo consiguió un éxito parcial. En esta nación, en la que en 1618 se había elegido rey a Fernando II, el protestantismo de sello calvinista, que, como en Polonia, era una «Iglesia de la nobleza», era muy combativo contra los Habsburgo y contra los alemanes, que en las ciudades húngaras profesaban en su mayor parte el luteranismo. Se alió de buen grado con los príncipes protestantes de Transilvania, que apoyados en los turcos y aliados con Suecia, se rebelaron repetidas veces contra el soberano de Viena. Así, en los tratados de paz hubo que asegurar regularmente a los protestantes la libertad religiosa. Pero la destreza del culto primado de Gran logró recobrar en gran parte para la Iglesia católica a las familias de los magnates del oeste de esta nación. Ya en 1618 los Estados poseían de nuevo una mayoría católica. Imitando a los jesuítas, Pázmány fundó escuelas y seminarios, entre otros el Vazmaneum de Viena, seminario húngaro para sacerdotes, y la universidad de Tyrnau, trasladada más tarde a Budapest. A esto se añadió la hábil actividad literaria del cardenal en lengua húngara, y la celebración de numerosos sínodos. Aun cuando en las ciudades y pueblos todavía existía una vida protestante, los magnates llevaron a cabo la recatolización en sus dominios. Por el contrario, en el este de la nación la nobleza protestante, que amaba la independencia, desplegaba una enconada resistencia contra los Habsburgo y sus partidarios. En esta nación, constantemente amenazada por los turcos y más de una vez arrasada por ellos, la mayor parte de la población vivía en el abandono espiritual y la ignorancia religiosa.

 

SUPRESION DEL EDICTO DE NANTES