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MIS DIARIOS. FE DE VIDA. TESTIMONIO DE FE

 

9-10-26. HISTORIA DE CEUTA, PRIMERA PARTE

10-10-26 HISTORIA DE CEUTA, SEGUNDA PARTE

11-10-26 HISTORIA DE CEUTA, TERCERA PARTE

14-10-26 HISTORIA DE CEUTA, PRIMERA PARTE

16-10-26 QUINTA PARTE

 

CAPÍTULO 21

 

El Rey resuelve que se mantenga la plaza; esto es lo que ocurrió al respecto: la entrega al conde don Pedro de Meneses

 

Una vez conquistada con tanta gloria la ciudad de Ceuta, el Rey convocó a los miembros de su Consejo para saber qué convenía más: si destruirla o conservarla. Se dividieron en opiniones contrarias: unos opinaban que se dejara, alegando que no sería justo imponer al Reino cargas mayores que aquellas con las que podían sus fuerzas. Que de conservar aquella plaza se podría derivar para la Corona fama y gloria, pero ninguna comodidad, sino más bien inmensos gastos, pues en cuanto a la guarnición era necesario dejar una tan numerosa y bien equipada que pudiera resistir bien los ímpetus de los moros, de cuyos ánimos no se borraría tan fácilmente la reciente herida. Y en cuanto a las provisiones y los suministros, que fueran tan abundantes que no se necesitaran, durante muchos días, en caso de que fuera sitiada (como sucedería más tarde), los refuerzos de Portugal, siendo siempre tan inciertos los que han de transportarse por mar, cuando se presente la oportunidad. Que era cierto que no solo los recién despojados de su patria, sino toda África se unirían para devolver esta ciudad a su dominio, pues no solo habían perdido con ella las esperanzas de conservar lo que poseían en España, sino que se había abierto la puerta principal para su conquista. Que la paz en Castilla solo podía garantizarse mientras durara la minoría de edad de su rey, sobre todo ahora que se podía reforzar su posición, tanto en la conquista de Granada —cuya suerte se vería inevitablemente mermada con la pérdida de Ceuta— como, mucho más aún, al contar Portugal con una fuerza tan conveniente para su socorro. En cuanto se produjera un paso que hiciera declinar la suerte de los moros en España, se vería favorecida la de Castilla, pues, al verse liberada de un obstáculo tan importante, uniría sus fuerzas contra Portugal, provocando así a los portugueses sus propias inquietudes. Que, dado que se había logrado una victoria tan importante con tanta gloria para el nombre portugués, se conservara la reputación adquirida, sin exponerse a perderla en el primer asedio; pues ante cualquier contratiempo se perdería la estima de la que, en ese momento, se había asegurado gracias a tan gloriosa victoria, y que su última resolución era que la ciudad debía ser destruida y que el rey se retirara a Portugal.

Los que se oponían opinaban que convenía conservar la plaza, pues de lo contrario resultarían infructuosas tantas precauciones y gastos, y su efecto no sería más que su desolación, empresa más propia de un corsario que de un rey poderoso. Que, al abandonar una plaza tan importante y permitir que los moros volvieran a ella, estos quedarían enfurecidos y ansiosos de venganza, cuyos efectos ya amenazaban las costas del Algarve y de Portugal, que sufrirían en lo sucesivo daños irremediables. Que esto no sucedería si se conservaba Ceuta, pues sería en todo momento el freno más seguro contra sus osadías. Que ya se había desterrado el culto a Mahoma de aquellas mezquitas y se había restablecido el católico; y sería una pérdida para la nación portuguesa, y motivo de efectos contrarios a sus armas, el hecho de que no se mantuviera a costa de su sangre y de su vida. Que, para la conservación de Portugal ante el respeto de las naciones extranjeras, nada convenía más que mantener aquel presidio como escuela para su nobleza; pues el continuo ejercicio militar proporcionaría siempre al Reino súbditos para su conservación y maestros eminentes para su defensa. Que estos no se forjaban en los placeres y la ociosidad de la paz, sino en los enfrentamientos y las penurias de la guerra; y que en todo momento se encontrarían en aquella escuela para sus ejércitos, en caso de que se alterara la tranquilidad del Reino. Que, mientras se conservara esta, sería mejor que los nobles de Portugal adquirieran conocimientos militares en las conquistas de sus propios reyes, en lugar de buscarlos al servicio de extranjeros, como ya empezaban a intentarlo en Francia e Inglaterra tras las paces con Castilla; y que sería más justo recompensarles por los servicios prestados a la corona que por los realizados al servicio de otros reyes. Que Dios, a quien pertenecía la presente causa, así como ayudó tan vivamente a la conquista, sería sin duda propicio a la defensa. Que de la defensa de esta ciudad dependería la tranquilidad y la seguridad de España, al ser la más importante de sus puertas. Que el valor de la nación no solo defendería aquellas murallas, sino que obligaría a los bárbaros a contribuir a su sustento, y que, cuando este faltara, Portugal no dejaría de brindar su solicitud y sus socorros; ni era justo prever las desgracias, pues podían esperar repetidos favores de Dios, por una causa tan propia de su Iglesia y de un Reino que Él mismo fundó con las sacrosantas insignias de su Pasión y nuestro remedio.

Esta fue siempre la opinión de aquel rey invicto, y así la abrazó con determinación sin dar lugar a nuevas réplicas, ocupándose únicamente de elegir a una persona con las cualidades adecuadas, a cuyo valor y disposición encomendara la defensa de aquella plaza. Al ordenar que se votara sobre este punto, fue aclamado el valiente condestable don Nuño Alvares Pereira, quien, por su experiencia y valor, y por lo mucho que había merecido en las guerras pasadas, era quien en aquella ocasión debía ser elegido para un cargo de tanta importancia. Sus muchos años le sirvieron de excusa, aunque se resignó a la voluntad del rey, quien, además, sabía que el condestable estaba decidido a retirarse al convento del Carmen de Lisboa, que había fundado con la intención de terminar allí su vida dedicándose a Dios, tal y como luego llevó a cabo. Fue una resolución prudente la del condestable, pues, habiendo sido colmado por nuestro Señor de tantos honores y riquezas, parece que lo único que le faltaba a su prosperidad era saber moderarla y despedirse de los halagos del mundo antes de que su fortuna se deteriorara y de que la debilidad y la impotencia causadas por los años la convirtieran en algo desgraciado y penoso. En segundo lugar fue nombrado Gonzalo Vaz Coutino, ilustre caballero, de amplia experiencia militar y prudente capitán, quien, debido a su edad y a otras causas justas, se excusó de ocupar dicho cargo, para disgusto del rey. El rey llamó en tercer lugar a Martín Alonso de Melo; y, tras manifestarle el agrado que le supondría que se quedara al frente de aquel puesto, se remitió a la voluntad de quienes le acompañaban y, tras consultarlo con ellos; ni ellos deseaban quedarse con él, ni él quedarse sin tan buenos compañeros; y anteponiendo el gusto de los suyos al del Rey, se excusó, no sin gran nota, aunque no en cuanto a su valor, en el que se le podrían haber confiado las responsabilidades. El rey aceptó la excusa, aunque no la de los compañeros, pues los dejó como guarnición en la plaza a modo de castigo. Se reservó este gobierno para gloria del conde don Pedro de Meneses, quien, al conocer la primera excusa del condestable, se valió del favor del Maestre de Cristo, su tío, y del prior del Hospital. Estos, al ver que todos se excusaban de la tarea, propusieron al rey la figura del conde. Les apoyaron los infantes, y al comprender el rey que se trataba de una iniciativa voluntaria, acudió a entregarle el gobierno y se ofreció a honrarle, ya que deseaba servirle. Le entregó el bastón que tenía en la mano y el gobierno de aquella plaza, no sin la envidia de sus rivales y con numerosas murmuraciones de sus amigos, que se extrañaban de que se encargara de una empresa tan difícil. Cuenta la tradición popular que, al preguntarle el rey si se atrevía a defender Ceuta, él respondió con gran confianza: «Yo solo, con esta espada (tenía una en la mano), la defenderé de todo el poder de África»; y al ver el rey esta valiente resolución y esta oferta, se la entregó; y con ese bastón, que aún se conserva, juran fidelidad todos los generales de Ceuta al asumir su mando, pues, dado que don Pedro demostró con hazañas heroicas que aquellas palabras no parecían arrogancia, fue oportuno que el bastón quedara como testigo de las mismas y mereciera ser el bastón de aquella valiente mano, para honrar a quienes le sucedieron.

Una vez elegido el general, el rey trató el asunto de la guarnición que debía permanecer allí y, tras decidir que bastaban dos mil quinientos soldados, los seleccionó de entre todo su ejército, con capitanes de calidad, experiencia y valor. López Vaz de Castelbranco, Montero Mayor del Reino, se quedó con trescientos escuderos, todos al servicio y de la casa del rey. El infante don Duarte dejó otros trescientos, sin capitán, alegando que no deseaba que fueran gobernados sino directamente por el conde. Con doscientos cincuenta del infante don Pedro, se quedó Gonzalo Núñez Barreto, caballero del Reino del Algarve y pariente cercano del conde don Pedro, a quien entregó la torre de Fez para que la defendiera. Trescientos hombres del infante don Enrique quedaron a cargo de un caballero llamado Juan Pereira, a quien se le encomendó el puesto de Santa María de África. La torre de la Almadraba se entregó, junto con la gente de Évora y de Beja, a su capitán Álvaro Méndez Serveira, cuyo hombre permaneció al mando de dicha torre por las valerosas hazañas que había realizado al defenderla. A Alvaro Anes de Sarnache, jefe mayor de los ballesteros, se le encomendó la coraza con seiscientos hombres a pie y a caballo; a Bartolomé Alonso se le asignó la guardia del Rey, y a Fernando Barreto la de la Almina; a otros capitanes se les asignaron otros puestos guarnecidos con tropa, y quedaron otros ilustres caballeros, en particular Rui Gomes da Silva, quien más tarde fue yerno del conde don Pedro; Luis Vázquez de Acuña, Lope Vázquez de Acuña, su hermano, Pedro González Malafaya, quien más tarde fue veedor de Hacienda, Luis Álvarez de Acuña, Pedro López de Acevedo y Ruiz de Sosa, alcaide —quien más tarde fue del castillo— de Moural. Al conde don Pedro le quedó reservada la defensa del castillo con mil hombres de guarnición, que le entregó el rey sin exigirle juramento de lealtad ni a él ni a la ciudad, tal era la confianza en su valor y lealtad: le dijo en presencia de todos que confiaba en su nobleza para el cargo del que dependía su reputación y la de todo el reino, y que, además, era él quien debía cumplir con la defensa y conservación de aquella plaza, con las obligaciones que le correspondían. Le aseguró que siempre le prestaría especial atención a sus intereses: que dejaría la plaza, antes de su regreso de Portugal, abundantemente abastecida, y que desde aquel reino le enviaría siempre repetidos socorros. Que él personalmente acudiría en su ayuda cuando fuera necesario, y que le dejaba a su disposición a los soldados más selectos de su ejército, y a los capitanes de mayor valor; le encargó que su principal objetivo fuera el servicio a Dios y la exaltación de la fe católica, pues, partiendo de este principio, él, a quien tanto le importaba aquella causa, le ayudaría en todas sus acciones, con lo que haría eterna su memoria y conservaría la reputación adquirida por la nación portuguesa en aquella guerra.

 

 

CAPÍTULO 22

Ascendencia del conde don Pedro de Meneses. Comienza a ejercer su cargo de general en Ceuta. Los moros intentan en varias ocasiones recuperar la ciudad

 

 

Antes de pasar a relatar los gloriosos acontecimientos que vivió la ciudad de Ceuta en la época en que la gobernó el conde don Pedro de Meneses, conviene dar a conocer su origen, y, aunque debo seguir el mismo estilo con los generales de esta plaza, referiré con mayor detalle su ascendencia, tal y como hice al principio, antes de que la gobernara, y a cuyos descendientes quedó la propiedad de su generalato. El conde don Pedro, en el libro que escribió sobre las familias ilustres de España, hace remontar el origen de los Meneses a don Pedro Bernardes, llamado «el de Sahagún», que sirvió al rey don Alonso VII, llamado «el Emperador». Este, hijo de doña María Mendes de Amaya, hija de don Sueiro Mendes de Amaya, tuvo por hijo a Tel Pérez de Sahagún, y posteriormente de Meneses, por ser señor de la villa de ese nombre, que le concedió el rey don Alonso en las ocasiones de su época con valor y ostentación, al ser uno de los señores más ricos de aquel siglo. Su esposa fue doña Gotroda, y de ambos nació don Alonso Téllez de Meneses, a quien llamaron de Albuquerque, pues fundó aquella villa y fue señor de ella, así como de Meneses, Montalegre, Fuentempudia, San Cebrián, Albadeliste, Castro Verde, Carvajales, Castro Nuño, Cea, Iedra, Garajal, y otras, sin contar las que heredó de su padre, con lo que fue uno de los señores más poderosos de su época. De doña Teresa Sánchez, hija del rey don Sancho I de Portugal, tuvo a don Juan Alonso Telles de Menezes, segundo señor de Albuquerque, quien, además de los dominios que heredó de su padre, fue señor de Medellín, Alconchel y otros lugares. Floreció en tiempos del rey don Fernando el Santo y se casó con doña Leonor González Girón, hija de don Gonzalo Ruiz Girón y de su segunda esposa, doña Margarita. De este matrimonio nació don Gonzalo Lanes de Menezes, de Alcuña Raposo —llamado así por las numerosas artimañas que empleaba en la guerra contra los moros—, de quien, junto con su esposa doña Urraca Fernández de Lima (hija de don Fernando Láñez de Lima y de su esposa doña Teresa Láñez de Amaya), nació don Alonso Téllez de Meneses. Este sirvió a los reyes de Castilla: don Sancho el Bravo, don Fernando IV, don Alonso XI y don Pedro, llamado el Cruel, de quien se ganó el odio por sus virtudes; y, con la violencia con la que ejecutó otras muertes, mató también a Martín Alfonso Tello, su hijo. Temiendo que la crueldad del rey fuera en aumento, se retiró con su casa y su familia a Portugal, donde el rey don Alfonso IV, impresionado por su gran calidad y sus dotes, le otorgó el cargo de mayordomo mayor. También lo fue del rey don Fernando, quien le concedió el condado de Ourén. De él y de su esposa, doña Guiomar López de Villalobos, hija de López Fernández Pacheco, señor de Ferreira, y de su segunda esposa, doña María de Villalobos, nació don Juan Alonso Téllez de Meneses, primer conde de Viana, señor de Alvito, Villa-Nueva y Penela, donde fue asesinado por sus vasallos por seguir la voz de la reina de Castilla, doña Beatriz, princesa de Portugal, contra el maestre de Aviz. Por este motivo, perdieron todos sus bienes y su hogar en aquel reino, trasladándose a Castilla su esposa, la condesa, doña Mayor Porto Carrero, señora del Estado de Villa Real, hija de Juan Rodríguez Porto Carrero, señor de Villa Real y Panoyas. De este matrimonio nació don Pedro de Menezes, quien, tras pasar muchos años en Castilla con su madre, fue en este reino conde de Aguilar y de Aillon; pero, al unirse posteriormente ambos reinos, se le concedió a ella el título de condesa, y a su hijo, por parte del rey don Juan I, la restitución de todos sus bienes maternos. Perseveró en su servicio hasta acompañarle en la conquista de Ceuta y convertirse en el primer general de aquella plaza.

Los moros, expulsados de la ciudad el mismo día en que la perdieron, se dispersaron por los valles vecinos, donde tenían sus fincas y casas de recreo, con la esperanza de que el rey se contentara con destruir Ceuta y volviera con todas sus fuerzas a Portugal sin dejarla guarnecida. Pasaron aquella noche entre lamentos lastimeros y gemidos en medio de aquellos bosques; las madres buscaban a sus hijos; los maridos a sus esposas, y viceversa; los parientes a sus parientes; los amigos a sus amigos; a unos les faltaba una cosa, a otros otra, y a otros todo. Las tinieblas aumentaban enormemente la confusión; unos relataban los antiguos vaticinios o presagios. Unos animaban a los desmayados con la esperanza de que iban a recuperar la ciudad, y otros, desesperados de verlo, se entregaban a aquellas deliciosas diversiones. Así permanecieron hasta que la partida de la armada victoriosa les notificó la última sentencia de su expolio, lo que a aquellos que se encontraban sin fuerzas para vengar sus injurias les causó una desesperación aguda, mientras que a los jóvenes les infundió mayor ímpetu, pues confiaban en que su valor les permitiría revertir su adversa suerte. Estos, dejando a los ancianos y a los incapacitados al cuidado de sus mujeres e hijos, se unieron en un solo cuerpo y, liderados por un valiente jefe de sangre noble y presencia singular, deseosos de entrar en la ciudad y al ver por la muralla a poca gente, con increíble audacia y valor se lanzaron contra la puerta que después se llamó de Álvaro Méndez. Al ver nuestros hombres tal osadía, sin orden del general, tomaron las armas y salieron en tropel a hacerles frente. Se libró una escaramuza tan encarnizada que podría haber sido una sangrienta batalla, pero cesó casi al principio con la muerte de su caudillo, a quien ejecutó un soldado del infante don Enrique llamado Martín del Algarve, quien regresó con algunas heridas infligidas por los nuestros. Cuando la refriega estaba en su punto álgido, acudió el conde en su ayuda con refuerzos, para impedir que se alejaran de las murallas. Los moros flaquearon ante los numerosos heridos y ante el gran valor de nuestra gente, entre los cuales también hubo algunos, y al fin se vieron obligados a retirarse sin la ganancia que deseaban, convencidos de que sería más difícil expulsar de allí tan pronto a los portugueses.

No obstante, no cesaron en sus emboscadas y, tras haber comprobado la resistencia de los nuestros y la audacia con la que salieron de la ciudad, intentaron llevar a cabo con astucia lo que no pudieron lograr con la fuerza, provocando cada día a los portugueses con amenazas y escaramuzas, para que, al alejarse cada vez más de la plaza, cayeran en alguna emboscada. Al enterarse de ello, el conde no consentía tales salidas, mientras no tuviera la ciudad tan bien organizada que pudiera llevarlas a cabo con mayor seguridad, y dado que los caballeros soportaban mal tales retiradas, una vez ordenados sus asuntos, permitió que saliera una compañía de setenta ballesteros, al mando de Juan Pereira, capitán de los que el infante don Enrique había dejado en la plaza. Estos se lanzaron contra los moros, que, debido al daño recibido de las ballestas de la muralla, se habían alejado un poco de ella, y los nuestros se acercaban tomándola por amiga. Ya eran mil los moros, y trescientos los nuestros, cuando salieron de entre ellos dos valientes árabes que, haciendo señal de seguridad, desafiaron a dos cristianos; estos, apartándose de su escuadrón, se abalanzaron sobre ellos con gran valor, y al desarrollarse bien aquel desafío, acudieron los moros y también los nuestros, y entre todos se desató una sangrienta escaramuza a la que acudió el conde con el resto de su gente. Cerca de la ciudad se alzaba un hermoso palacio en el que se alojaban los reyes de Fez cuando venían a Ceuta, y a su alrededor había un espeso bosque, en el que los moros habían tendido una gran emboscada; y al ver a nuestra gente enzarzada en la escaramuza, mostraron signos de flaquear y se retiraron hacia ella. Los portugueses los persiguieron hasta más allá: los que estaban emboscados asaltaron una puerta de la ciudad, con la intención de tomarla, donde fueron repelidos con singular valor, y con igual daño por parte de los moros; y al ver que su intento resultaba vano, dieron la vuelta para atrapar en medio a los que luchaban, cargaron contra ellos por un lado mientras los que se retiraban lo hacían por el otro, entablándose una sangrienta batalla; al ver el conde que el número de moros crecía por momentos, intentó retirarse, para que no aumentara el enfrentamiento. Animó a su gente y, situándose al frente, embistió contra los que tenía a sus espaldas, los desbarató causando gran estrago, con treinta y cinco muertos y muchos heridos, de los cuales no pocos fallecieron posteriormente; por nuestra parte murió un judío, al apartarse descontroladamente de los demás, y resultó herido Juan Ferreira, criado del infante don Pedro, con una azagaya en el cuello; posteriormente cambió de estado y llegó a ser tesorero de la Santa Iglesia de Coímbra. Esta emboscada no causó daño alguno a nuestra gente, sino que más bien sirvió de advertencia para evitar otras. Habían llegado de Castilla algunos caballos, que el conde ordenó traer, y así se decidió talar el bosque vecino y derribar algunas casas y fincas que pudieran causar daño a la ciudad. Lo llevó a cabo y, al salir un día acompañado de un gran número de oficiales, arrasó bosques antiquísimos y encantadores, derribó excelentes casas de recreo y todas las vallas que pudieran servir de impedimento para nuestras retiradas o de refugio para las emboscadas de los moros. La compañía quedó algo más despejada, y el conde pudo llevar a cabo con facilidad las salidas, así como desengañar a los moros, para quienes la restauración de su patria avanzaba más lentamente.

Durante veinte días seguidos permanecieron sin separarse, y en todos ellos hubo incursiones de poca importancia, pero siempre con perjuicio para ellos; así, a su costa, llegaron a convencerse de que este asunto requería más tiempo del que habían imaginado al principio, por lo que fueron retirándose poco a poco, al darse cuenta de lo poco que podían lograr en aquella guerra sin un líder con experiencia y valor.

Para ello eligieron a Abu Señor de Morequeri, de la estirpe de los Merines, un hombre experto y de corazón valiente, quien valoró el cargo por el prestigio que podía ganarse entre ambos bandos de su secta. Este mejoró la situación y comenzó a actuar con mayor prudencia; y aunque al principio llevó a cabo algunas incursiones, en ninguna hubo un resultado que merezca nuestra atención, hasta que, unos días más tarde, cuando los moros intentaron tomar una atalaya, acudió el conde y la salvó. Aunque algunos le aconsejaron que no persiguiera al enemigo, lo hizo, para que este no cobrara ímpetu, y en la primera embestida cayeron cuatro muertos, con lo que los demás se dieron a la fuga. Prosiguió la persecución y apretó tanto a los adversarios que estos se vieron obligados a retirarse luchando con ardor, que les duró poco, pues al ser cargados de nuevo, pusieron sus esperanzas en la ligereza de sus pies, dejando en el campo treinta muertos y llevando muchos heridos. Ante esto, el general detuvo la marcha e intentó reagrupar a sus hombres en orden para evitar caer en alguna emboscada, y así lo hizo, regresando victorioso al campamento.

Poco después, Abu tendió una emboscada y, al aparecer un día cerca de la ciudad, fue atacado por algunos portugueses, por lo que se retiró para atraerlos hacia ella, y lo consiguió. A continuación, cargó contra ellos con tal furia que aquellos pocos intentaron atrincherarse en un punto elevado; pero, antes de que pudieran vencerlo, perdieron en la retirada a Martín Gómez, Juan de Soure y otros dos soldados; los demás alcanzaron la altura, donde se defendieron con gran valor hasta que recibieron el socorro de la gente del conde, que ya había salido al rebato. Los moros no quisieron esperar su llegada, sino que, retirándose, satisfechos con aquella pequeña victoria, regresaron a sus cuarteles. Nuestra gente los persiguió y, durante la retirada, hirió a algunos y mató a un caballero de avanzada edad, señor principal y caudillo de muchos moros que se encontraban allí; muerte que compensó con creces la pérdida anterior, según el sentimiento que mostraron, particularmente un hijo suyo que se encontraba allí, quien acudió al alcaide de Alcazar, y regresó acompañado de mucha gente para vengar en aquella guerra la muerte de su padre. De los nuestros quedaron algunos heridos, con lo que cesó la refriega.

 

CAPÍTULO 23

El conde se adentra en las aldeas de los alrededores. Destruye algunas; libra varios enfrentamientos, de los cuales sale victorioso, aunque herido en el último.

 

Abu no descansó muchos días tras este suceso, sino que, deseando agotar y cansar a nuestra gente, tendió al día siguiente dos emboscadas, de las que se avisó al conde, por lo que este actuó con mayor cautela aquel día, en el que la emboscada de los moros no pudo surtir efecto. Hubo, sin embargo, una escaramuza en la que murió Almanzor, sobrino de Abu, y otros cuatro; Don Pedro se retiró sin más daños que algunos heridos. Tantos y tan repetidos daños hicieron ver a los moros que les convenía abandonar la ciudad de Ceuta, dada la imposibilidad de recuperarla sin un mayor poder; y aunque algunos de mayor ímpetu se opusieron a esta resolución, otros, más prudentes, la aceptaron, y opinaban que debían retirarse por completo hasta disponer de poder para el asedio. El término medio entre ambas opiniones fue ni abandonarla del todo ni permanecer tan cerca, sino retirarse y dividirse en las aldeas vecinas, fortificándose, y quedando Abu como capitán de aquella guerra. El conde no dejaba de realizar continuas incursiones y, al cobrar nueva confianza ante el temor de los adversarios, llevó a cabo una incursión por mar y tierra con pocos hombres. Esta incursión la llevaron a cabo los almogávares, por lo que tuvo escaso éxito: quedó prisionero un moro, murieron dos, y Abu corrió el riesgo de ser asesinado o hecho cautivo. Este suceso tuvo lugar a finales de noviembre de aquel año de 1415, día que quedó en la memoria de los habitantes de Ceuta, por ser aquel en el que se mató al primer jabalí de aquellos campos, que encontraron durante la retirada.

El ánimo del conde no se calmaba, pues de un buen éxito tomaba motivo para otros mejores; y así dispuso la primera incursión de gente escogida con la intención de mantener despiertos a los moros, de modo que se alejaran más y dejaran libre el campo. Decidió destruir una aldea vecina, llamada Valle del Naranjo, que contaba con pocos moros de guerra: una noche, hizo salir a un número y calidad de hombres suficientes para poder enfrentarse a los que acudieran desde las aldeas vecinas. Los nuestros atacaron al amanecer aquella aldea y, aunque no sorprendieron a los moros desprevenidos, mataron a algunos, capturaron a otros, y la mayoría huyó luchando hacia todos los demás lugares, que se unieron con ahínco para oponerse; nuestra gente saqueó el lugar y comenzó a retirarse por la zona de la Ribera, cuando ya rompía el alba, y los moros la acosaron de tal manera que la obligaron a avanzar luchando con gran riesgo, pues eran menos de los que convenía para aquella incursión, y la multitud de los adversarios crecía por momentos. En ese momento, el conde había salido en su ayuda y, al ver la difícil situación en la que se encontraba su gente, hizo que Gil de Eivas adelantara algunos caballos para que le ayudaran, mientras él se acercaba. Su mera presencia bastó para que los moros no prosiguieran la persecución, al suponer que el conde se encontraba cerca con todo su ejército. Los de la incursión lucharon ese día con gran valor, pues, tras cruzar la Ribera, la defendieron de los moros; desde allí pidieron socorro al general, quien los encontró en ese lugar cuando llegó con sus hombres, y los rescató con la presa de treinta cautivos y algo de ganado. En la aldea murieron ocho moros, y en la persecución hubo muchos heridos; de los nuestros, cinco resultaron heridos, pero ninguno murió.

Con este buen comienzo en las incursiones, el conde decidió continuarlas, para obligar a los moros a que se alejaran de Ceuta. A dos leguas de la ciudad se encuentra un valle llamado de Boullones, que separa el llamado de Barbeche de una ladera de la Jimera, y, al ser un lugar fértil y apacible, en él se alojaron muchos moros de entre los expulsados. En un lugar de este valle, el conde dispuso enviar a la gente adecuada para destruirlo. Lo custodiaban ciento cincuenta hombres de guerra, y, tras recabar información, ordenó que una noche lo asaltaran doscientos soldados; sin embargo, a la hora de partir no se reunieron más que ciento nueve, lo que hizo que algunos dudaran de continuar la expedición; pero, animados por los demás, la prosiguieron, llegando tan de noche que se vieron obligados a esperar hasta el amanecer, para que no se confundieran unos con otros en la refriega. Al romper el alba, irrumpieron en el lugar tan repentinamente y con tales gritos que los moros, aunque eran más numerosos, cayeron en gran confusión, preocupados únicamente por ponerse a salvo; y, aun así, quedaron treinta y siete muertos y cinco cautivos, tras lo cual los nuestros se retiraron con algo de ganado. Los que se quedaron avisaron a los lugares vecinos, que acudieron con prontitud al rebato. Abu apareció poco después en la sierra con unos trescientos hombres y algunos caballos, y se lanzaron a atacar a los portugueses; la multitud de los moros crecía, pero el ánimo de los nuestros no decayó. En ese momento, el conde acudió en su ayuda con el grueso de sus hombres y, para animarlos, hizo que Gonzalo Nuñes Barreto se adelantara con una parte de ellos, que llegó a unirse a ellos justo cuando más necesitaban su ayuda. Llegó el general, quien los encontró a salvo y con el botín, aunque en un lugar poco adecuado para la batalla. Aun así, se produjo una seria escaramuza en la que murieron nueve enemigos y quedaron muchos heridos, tras lo cual nuestra gente se retiró —con algunos heridos— recogiendo el botín.

Con los acontecimientos mencionados, y otros de menor importancia, transcurrió lo que restaba del año 1415, y aunque a principios del 1416 hubo algunos enfrentamientos, no ocurrió nada que merezca un lugar en esta historia, salvo que, al verse los moros acosados por tantas incursiones y pérdidas, se alejaban cada día más de la ciudad. Los habitantes del valle de Barbeche lo abandonaron por completo, y al ver el conde lo bien que le salían las incursiones para aliviar la presión sobre la ciudad, intentó una en el valle de Castillejo, donde había cuatro o cinco aldeas y una gran cantidad de ganado. El ocho de febrero de este año, partió con seiscientos hombres y, al llegar al valle antes del amanecer, esperó hasta la madrugada para evitar la confusión. Allí dispuso la incursión en las localidades, dividiendo a sus hombres en tres grupos. Él se quedó con uno para prestar apoyo, y a los otros les ordenó que atacaran dos aldeas diferentes; lo ejecutaron con tal rapidez que en breve sumieron a los moros en la confusión, con la muerte de muchos. Abu, que se encontraba cerca y fue avisado, acudió a tiempo, pues los nuestros se demoraron mucho en el saqueo. Todos se enzarzaron en el mismo lugar donde habían luchado hasta que llegó el conde con el resto de sus hombres; ante su llegada, y habiendo perdido a siete en la entrada de nuestro refuerzo, los moros se retiraron, sin atreverse a perseguir a nuestra gente, que, una vez reunida, marchó con el botín. El botín constaba de ochenta cautivos, hombres y mujeres, gran cantidad de ganado y ropa; en el campo quedaron ciento veinte muertos, sin más pérdidas por nuestra parte que tres caballos.

Para vengarse de tantos daños, los moros reunieron a un grupo de hombres con la intención de causar entre los nuestros tal matanza que les sirviera de escarmiento en lo sucesivo, y para ello tendieron diversas emboscadas. Al ser avisado, el conde organizó otra emboscada, aunque con menos gente de la que convenía, pues no había comprendido que la del enemigo era tan numerosa. Al día siguiente de recibir el aviso, salieron nuestros exploradores, y al correr algunos moros hacia ellos, intentaron rodearlos y atrapar a quienes les daban la espalda para meterlos en su emboscada. Ellos pretendían lo mismo con los moros, hasta que se dieron cuenta de su error al salir una gran cantidad de gente, y los acorralaron de tal manera que nuestros hombres se vieron obligados a socorrerlos; salieron de su emboscada para enfrentarse al enemigo, quien, al encontrarse con más adversarios de los que imaginaba, hizo señales para que saliera el resto de su gente; los cronistas elevan el número a veinte mil, lo cual no parecerá mucho a quienes saben con qué facilidad se reúnen aquellos bárbaros para permanecer uno o dos días en el campo de batalla. Cargaron contra nuestra gente de tal manera que tuvieron que retirarse luchando. En ese momento llegaron cuatrocientos ballesteros en ayuda, y poco después el conde con más gente; y, atrincherándose en unas vallas, lucharon de tal forma que, al no poder los moros soportar su resistencia, ni el gran daño que recibían, se vieron obligados a retirarse, recogiendo primero a los muertos, que, según se supo después por sus alfaques, junto con los que murieron tras resultar heridos, superaron los ochocientos; una gran victoria, si tenemos en cuenta el escaso número de portugueses que defendían aquella plaza, tan lejos de los refuerzos de su patria y frente a tantos enemigos tan enfurecidos.

Los moros no se calmaban; al contrario, los sucesivos reveses que sufrían constituían continuos incentivos para su venganza. El conde permaneció algunos días sin salir de la plaza, tras la entrada del Castillejo, y así eran perseguidos por los moros. Estos se lanzaron contra los que realizaban la «yerra» en el mes de abril, el día de San Ambrosio, con quinientos hombres procedentes de un lugar llamado «el Ramal», y en el primer encuentro con los nuestros, les mataron dos caballos, con lo que se pusieron en retirada, luchando sin cesar y dando la espalda al enemigo con valentía. Al oír el rebato, salió el conde y, adelantándose con los pocos caballos que tenía, tomando la delantera con un solo soldado que le acompañaba más de cerca, se adentró entre los moros con más valor que prudencia; siete enemigos cayeron a los primeros golpes; pero, a cambio, el conde recibió dos golpes de azagaya en una pierna y la muerte de su caballo, con lo que cayó entre los moros. Allí habrían terminado sus hazañas, de no haber sido socorrido por Luis Vázquez de Acuña, por su hermano y por Ruy Gómez da Silva, quienes se adentraron entre los moros y los apartaron, hasta que el conde fue socorrido con otro caballo. Con el valor que le infundieron las heridas, y junto a los que se le unieron de nuevo, lanzó una contraataque tan enérgica contra los moros que, causando la muerte de muchos, los puso en fuga, impidiéndoles seguir la persecución debido a las dificultades del terreno y a la proximidad de la sierra que los adversarios tenían a sus espaldas, en la que se refugiaron a continuación. El conde se retiró con su gente, herido, pero con gran prestigio, y se le advirtió de su temeridad. Gonçalo Núñez Barreto, su primo y de mayor edad, tuvo más confianza para reprenderle tras haberse recuperado de las heridas. Escuchó la advertencia con respeto y se disculpó con prudencia, pues los errores que provoca el valor siempre encuentran una buena salida.

 

CAPÍTULO 24

Continúa la guerra, en el interior de la aldea de Dalbegal. El enemigo intenta escalar la muralla y es repelido.

 

En ese momento se acercó a los moros un soldado que, según relatan las historias antiguas, era catalán, y les informó de que el conde se encontraba herido; exagerando el peligro que corría su vida y facilitándoles, con este nuevo percance, la reconquista de Ceuta, la noticia fue bien recibida. Sin demora avisaron a Abu y a otro moro poderoso, quienes, reuniendo las fuerzas de aquellos alrededores —que se componían de mil quinientos caballos y quince mil soldados de a pie—se emboscaron en cuatro grupos junto a Ceuta. Aquella noche habían enviado exploradores para inspeccionar el campo y asegurarlo al día siguiente para la leña. Estos le avisaron esa misma noche y, aprovechando la ocasión, salió antes del amanecer con un número considerable de hombres, divididos en grupos, y tendió otras tantas contraemboscadas a los moros. Al amanecer, salieron nuestras atalayas, con la orden de no entablar combate, sino de atraerlos hacia las emboscadas; y, al haberse empeñado ya en explorar el campo, los enemigos huyeron tan deprisa que por poco no se les capturó. Los alcanzaron en la emboscada del conde, quien los embistió con gran determinación; al verlo en este empeño, las demás tropas salieron con igual prontitud y, enzarzándose todos con los enemigos, a pesar de que el número era desigual, fueron muchos los que cayeron muertos, y en los primeros enfrentamientos, y al no poder soportar el ímpetu de nuestra gente, dieron media vuelta, y ellos los persiguieron durante un buen trecho. Esto ocurrió entre una y otra caballería; y cuando el conde quiso continuar la persecución, en el momento en que se disponía a ello, la infantería se había unido a los caballos bereberes, que, reunidos en buen orden, embistieron con gran valor. Al conde le pareció más prudente la retirada, y la dispuso con singular acierto, y con tal orden que los enemigos no pudieron causarle daño, ya que él siempre iba en última posición. No fue durante la retirada, sino que, desbocados en el saqueo de los muertos, perecieron en venganza por tantas muertes cinco cristianos, de los cuales solo se recuerda a uno llamado Pedro Gil, que vivía con López Vázquez de Castellobranco. Una vez que los portugueses se refugiaron tras las murallas, fueron provocados por los moros en numerosas ocasiones, pero, desesperados por vengarse aquel día, regresaron llorando junto a los muertos que habían retirado.

En el ámbito marítimo, la fortuna no le fue menos favorable al conde. El rey había dejado en Ceuta como capitán de dos galeras para la guardia del estrecho a don Carlos, hermano del almirante don Laçarote, quien no llevó a cabo ninguna acción en aquellos primeros tiempos, pues se necesitaban naves ligeras. El conde dispuso que se construyera una barca de diez bancos por banda y, al otorgarle el mando de la misma a Alonso García de Queirós, un valeroso hidalgo, le hizo zarpar para que llevara a cabo algunas incursiones. En su primera salida llegó al anochecer a Cádiz y, al día siguiente, al amanecer, se topó con un barco enemigo, a la deriva con catorce moros a bordo, quienes, aunque al principio se resistieron, consideraron que perder sus libertades era un mal menor que perder la vida. El botín consistió en gran cantidad de trigo, cebada y legumbres, así como seis caballos, con lo que se dio inicio a las hazañas marítimas. Alonso García se reunió con el botín, y ante tan buenos comienzos, el conde no quiso que se desperdiciaran las oportunidades que se presentaran; más bien, tras recompensar a los soldados, hizo zarpar por segunda vez a la «Fusta», que al día siguiente se topó con una «Albetoca», que, cargada de mercancías, navegaba desde Málaga a Tánger; la persiguieron hasta hacerla encallar en la costa de Berbería; solo capturaron a dos moros; los demás lograron escapar, y se apoderaron del barco, cargado de numerosas y valiosas mercancías: telas de oro, seda y otras prendas, que, al venderse a precios muy bajos, el botín ascendió a más de diez mil coronas.

Tras este suceso, Alonso García descansó unos días, pero al saber que en Gibraltar se encontraba un barco cargado de ricas mercancías, que partía hacia la ciudad de Anafe para intercambiarlas por trigo —del que Gibraltar se hallaba necesitado—, armó bien su fusta y se dirigió a Gibraltar. Al caer la noche, embistió con gran valor contra el barco, que no se encontraba desprevenido debido a los temores que le inspiraba Ceuta. Acudieron a las bordas para defender la entrada con piedras, lo que causó un daño considerable. La contienda duró una larga hora, con gran ventaja para los moros, tanto por contar con más gente como por luchar desde un lugar más elevado; pero al fin flaquearon en la resistencia, y los portugueses entraron en el navío, arrojándose al mar los moros, de los cuales capturaron a cuatro vivos; cinco murieron en la defensa; algunos se ahogaron; y otros perdieron la vida a causa de las heridas. Por nuestra parte, falleció Payo Gonzales, un joven noble que el conde había criado. Un soldado vizcaíno resultó atravesado por una lanza en la espalda, y Alonso García sufrió numerosas heridas, aunque no graves. Recogió las armas y el botín, y, tras cortar las amarras del navío, entró al día siguiente en Ceuta. Este botín tuvo gran valor, pues consistía en seda fina, ropa, mucha moneda de oro y plata, y otras mercancías. Con estos acontecimientos marítimos, y otros que se sucedieron después, se fue reconociendo la importancia de aquella plaza, y lo mucho que los moros habían perdido con ella.

Hacía diez meses que Ceuta se encontraba bajo dominio portugués cuando, siguiendo el consejo y a petición de algunos hidalgos, se decidió destruir una aldea llamada Dalbegal, rica y bien provista de ganado, aunque de difícil acceso, especialmente para la caballería. Partió una noche con este propósito con ciento cincuenta hombres a caballo y doscientos a pie, y al amanecer se encontraba frente a la aldea. Antes de llegar, nuestra caballería se topó con cien moros a pie, que montaban guardia en aquel lugar, y aunque estaban armados, se valieron de la espesura de un monte vecino, donde se atrincheraron; los rodearon y lucharon durante un buen rato, hasta que decidieron adentrarse en el bosque sin esperar a los que iban a pie, que aún no habían llegado. El primero en entrar fue Pedro López de Acevedo, caballero de gran valor y merecedor de gran fortuna, quien, a pocos pasos del bosque, se hundió con su caballo en un pantano; los moros lo atacaron y, tras tantos golpes, perdió la vida en breve tiempo; lo mismo le sucedió a Pedro Gómez de Abreu, a quien llamaban Vasco de Río Caldo. Al enterarse el conde de esta pérdida, y una vez que llegó la tropa a pie, dio orden de que se irrumpiera en el bosque y se degollara a los bárbaros. Así se llevó a cabo, y de cada cien perdieron la vida noventa y ocho; se perdonó la vida a dos para que guiaran a nuestra gente en la destrucción de la aldea que buscaban. Estos afirmaron que llevaba cuatro días desierta, y se confirmó la información al ver a unos jinetes que entraron a reconocerla. Con esta noticia regresó el conde, trayendo los cuerpos de aquellos dos caballeros, que, aunque costaron muchas vidas, no fueron recompensa suficiente por tanta pérdida.

El conde no descuidaba enviar continuamente espías entre los moros para que le avisaran de sus movimientos. A principios de abril recibió noticias de que se estaba reuniendo una gran multitud para atacar Ceuta, y que sería el Viernes Santo, día tan sagrado para los cristianos por sus santas ceremonias. Tomó todas las medidas necesarias para la defensa y, ese mismo día, mientras la gente asistía al sermón, aparecieron los enemigos en gran número; se afirma que se reunieron veintisiete mil hombres, de los cuales dos mil iban a caballo, aunque no se revelaron todos de inmediato para que la gente se comprometiera aún más. Reforzó las murallas y, tras colocar al conde en una disposición prudente, y al ver que todo estaba preparado, hizo salir a algunos soldados para que entablaran una escaramuza. Estos se enfrentaron a una multitud desproporcionada, pues había cincuenta moros por cada cristiano. De su parte cayeron enseguida cuatro muertos y algunos heridos; de los nuestros perdió la vida un soldado, cuya muerte fue lamentada por el conde. La escaramuza se prolongó durante un buen rato, hasta que los moros dieron señales de reunirse en un solo cuerpo y de lanzarse al asalto de la ciudad. Avanzaron con ese propósito, y al frente iba Abu, montado en un hermoso caballo blanco, armado con todas las armas al estilo bereber. Se arriesgó demasiado al intentar llegar a la puerta de Fez, pues al dispararle dos flechas desde la muralla, una le hirió en una pierna y la otra lo derribó del caballo. Los moros acudieron a rescatarlo, y lo hicieron a costa de muchas vidas. La artillería les causó un daño considerable, pues la multitud era numerosa y los artilleros, diestros: esto se prolongó hasta la hora de las vísperas, momento en el que se reunió una gran tropa de moros, y se dirigieron en bloque hacia la puerta de Machamaxabeçon con gran ímpetu, que pronto cesó, pues el alférez, que iba al frente, cayó muerto atravesado por una flecha en el pecho; y muchos otros que se le unieron perdieron con él la vida. Este suceso no solo obligó a detener a quienes le seguían, sino también a alejarse de la muralla, con lo que cesaron los intentos aquel día; y el conde pasó la noche con poca tranquilidad y gran vigilancia en los preparativos necesarios.

Al día siguiente, al amanecer, los moros, divididos en varios grupos, se acercaron a las murallas con escaleras, mantas y material para rellenar el foso. No se atrevieron a llevarlo a cabo hasta la hora de tercia, y durante ese tiempo se produjeron algunas escaramuzas en las que murieron algunos moros y un soldado cristiano resultó levemente herido. Continuaron acercándose a las murallas, pero las numerosas bajas que les infligieron desde ellas los ballesteros y la artillería les hicieron detenerse, hasta que, por un descuido de un artillero, se incendió una gran cantidad de pólvora que se encontraba sobre la muralla, lo que habría causado un gran daño de no haberse actuado con prontitud para remediarlo. Los moros pensaron que el peligro era mayor y, sin detenerse, embistieron con gran furia y muchos gritos contra las murallas; pero una tal cantidad de saetas cayó sobre ellos que el campo quedó sembrado de muertos, y los que escaparon de este peligro dieron media vuelta sin orden, sin que por ello dejaran de llegar otros por las flancos. La artillería también causó entre ellos grandes estragos; y las saetas continuaron con ello: fueron muchos los moros que murieron en esta ocasión, y en particular perdieron la vida dos caballeros merines de Vizcaya, de los cuatro que cabalgaban juntos en la batalla, y durante la retirada de sus cuerpos se produjeron muchas otras muertes. Los moros se retiraron para llorar a los difuntos, y en particular a uno de estos dos caballeros, que era el principal caudillo de esta empresa. El conde aprovechó la retirada e hizo una enérgica salida, en la que quemó la leña, retiró las escaleras y desmontó las mantas. Fue tan grande la consternación que causó aquella muerte entre los moros, que no intentaron vengarse en ese momento, sino que dispusieron la retirada ese mismo día, dividiéndose en tropas y dejando a los nuestros victoriosos y satisfechos. Al día siguiente, que fue el de Pascua de Resurrección, el conde ofreció un espléndido banquete a todos los hidalgos y capitanes, y por la tarde realizó una salida con numerosas tropas a pie y a caballo, y recogió todo lo que los moros habían dejado; y para que no encontraran en otra ocasión las oportunidades que en esta para atacar la ciudad, derribó algunas de las casas que habían quedado en pie y tapó todos los pozos para que les faltara agua en tales ocasiones.

 

CAPÍTULO 25.

El conde prosigue sus empresas por mar y tierra con buena suerte.

 

Pocos días después, el conde decidió destruir dos aldeas bastante alejadas de la ciudad, llamadas Almarca y Guaderrarel. Para ello, seleccionó a trescientos treinta hombres a pie y once caballos; y encomendó la ejecución a Álvaro Mendes Cerveira, un capitán valeroso y experimentado, mientras que él se quedó con el resto de la caballería para partir más tarde y cubrir la retaguardia de los primeros. Estos irrumpieron en las aldeas, las destruyeron y prendieron fuego a las fincas que no podían llevarse; mataron a veinte moros, capturaron a algunos y se llevaron ochocientas cabezas de ganado y algunas yeguas. Aunque los moros opusieron resistencia al principio, pronto flaquearon, con lo que se pudo llevar a cabo lo mencionado sin pérdidas y la gente pudo retirarse sin obstáculos. Poco después envió a otras dos aldeas, en lo alto de la sierra frente al valle del Negrón, a Luis de Ataide, su tío, con la mayor parte de la caballería y trescientos de a pie. Le acompañaron, entre otros hidalgos, Rui de Souza y dos caballeros catalanes, llamados Mosen de Plumar y Mosen Gil Albate de Ritieca, quienes, atraídos por la fama de esta conquista, deseaban ganarse un nombre en ella, tal y como sucedió con muchos de España y otras naciones. Llegaron antes del amanecer a la primera aldea, llamada Cinde Carrean: la encontraron desierta de sus habitantes, que se habían llevado consigo todas las pertenencias que poseían; se dirigieron luego a la segunda, que se llamaba Benabeidam; pero, al ser descubiertos, los vecinos se refugiaron en la sierra con su ganado; los interceptaron Gil Vázquez Puerto Carrero, Lope Vázquez y Diego Vázquez, sus hermanos, Gonzalo Vázquez de Ferreira, Juan de Beça, Men Suárez, Pedro Alonso y Lorenceanes de Moraes, quienes se apoderaron del ganado tras matar a muchos moros, saquearon la aldea y capturaron allí a una mora con su hijo pequeño, así como a otros tres muchachos. Recogieron cuatrocientas y diez cabezas de ganado, así como los enseres que pudieron llevarse, y con ello se retiraron; y aunque en el camino se encontraba una tropa de trescientos moros, que parecían querer salir al paso, ya en ese momento apareció el conde con el resto de la caballería, con lo que, al avistar al enemigo, se hicieron con el botín.

El 9 de mayo, los enemigos, al mando de un infante moro, vinieron a asaltar Ceuta, y aunque prepararon emboscadas para atrapar a los nuestros desprevenidos, fueron detectados la noche anterior por los vigías, que avisaron al conde, quien se preparó para la batalla. Al día siguiente, al salir los moros, los nuestros entablaron la escaramuza, que, al recrudecerse entre ambas partes, se tornó sangrienta; su caudillo cayó muerto, para gran pesar de sus soldados, y de nuestra parte murieron cinco: tres en combate y dos que se descontrolaron al saquear a los muertos, que fueron muchos. La batalla duró hasta el mediodía, momento en el que los moros cesaron y se retiraron. Ese mismo día, nueve soldados, que se dirigían a un puesto llamado Bullones, fueron capturados por dos bergantines bereberes; asimismo, en esa ocasión se pasó a Ceuta un caballero moro, que había ido desde Granada a Belemenin con Muley Jacob, a quien los principales de aquel reino llamaron para coronarlo. Los del bando contrario mataron a Muley Jacob y se salieron con la suya al otorgar la corona a otro; este, que le acompañaba, se trasladó a Ceuta con un criado para continuar la guerra contra sus enemigos y vengarse por esta vía de los agravios sufridos. Permaneció poco tiempo, pues enseguida fue llamado por los de su bando y regresó con el beneplácito y las gracias del conde.

En el mismo mes de mayo, el conde quiso informarse sobre la situación y la disposición de un campamento que se encontraba en tierras de Benazaide. Envió a Diego Vázquez Puerto Carrero en un bergantín bien armado para que lo reconociera y recabara información, y así lo hizo; capturó a uno y, como no pudo capturar a otros, cuando se disponía a regresar, avistó una vela latina que reconoció y, tras darle caza, la sometió, haciendo ocho esclavos y una buena presa de mercancías. Dos días después, los moros armaron tres fustas, comandadas por un valiente corsario, al que llamaban «el Desnarigado», y llegaron a La Almina una noche en una de ellas, de quince bancos por banda, otra de trece y la más pequeña de doce; y al amanecer desembarcaron en una cala que La Almina tiene en la parte de levante. Las centinelas dormían, y pudieron llevar a cabo lo que pretendían sin ser descubiertos, capturándolos por la mañana, junto con otros cuatro hombres que iban a llevar unas redes; y habrían cautivado a mucha más gente desprevenida si las voces de los primeros y de los segundos no hubieran alertado a otros que se dirigían a pescar o a realizar otras actividades. Estos dieron la voz de alarma en la ciudad, y acudió con mucha gente Fernán Barreto, a quien aquel día le tocaba la guardia de la Almina, pero llegó a tiempo de que las fustas ya se hubieran alejado con el botín.

El conde, que no perdía ocasión alguna para conservar la reputación adquirida, hizo que Diego Vázquez Puerto Carrero saliera de inmediato en una fusta para entretener a los enemigos, mientras se preparaban otras para la batalla. Este valiente caballero salió sin demora y en breve se topó con las lanchas enemigas, procurando únicamente entretenerlas y no llegar a las manos, mientras no pudiera hacerlo con mayor seguridad. Tras el envío por parte del conde de otras dos galeras de Juan Pereira, con una tripulación de gran valía, entre la que se encontraban Fernán González del Arca y Martín de Castro; a continuación salió el padre Martín con la suya, y tras él el padre Juan, y Juan de Vega con su bergantín, así como otras cuatro barcas pequeñas y soldados muy valientes, ansiosos de venganza. Diego Vázquez no cesaba de entretener a las naves enemigas, llegando con ellas a una ensenada situada en el lado de Berbería, hasta que las demás embarcaciones llegaron por sorpresa. Nuestra superioridad numérica ya era evidente, y al darse cuenta de ello, los moros huyeron si el corsario que los gobernaba no los hubiera animado a la lucha, con lo que plantaron cara, aunque solo fuera por un breve instante, pues dos de las fustas, acorraladas por las de Ceuta, embistieron contra la playa, salvándose la gente, y en una de ellas los moros mataron a los cautivos antes de salir; los de la otra tuvieron mejor suerte, pues no hubo tiempo para que se les hiciera lo mismo. La tercera se adentró en el río Benamáden, donde fue protegida por una multitud de moros que habían bajado en su auxilio. Los nuestros se retiraron con honor y se hicieron con las dos embarcaciones que resultaron útiles en otras ocasiones.

Pocos días después, el conde armó las embarcaciones de que disponía para surcar las costas de Berbería y Andalucía, cuya mayor parte se encontraba en poder de los moros. Los capitanes fueron Juan Pereira, Gonzalo Vázquez, Juan de Vega, Diego Vázquez Puerto Carrero, Benito Sánchez, Martín de Castro, Lorenzo Anes de Padua y Juan Martínez; este último partió primero y, en el monte de Gibraltar, capturó un pequeño barco que opuso poca resistencia, y se hizo con quince esclavos, que transportaban no pocas mercancías de valor. Los demás, al llegar a la costa de España, una parte se quedó en el mismo monte de Gibraltar, y otra parte se dirigió a la costa de Málaga, donde capturaron un cárabo (barco) cargado de vidriero que navegaba hacia Málaga; aunque la tripulación logró escapar, ya que el barco encalló en tierra, perdiendo la carga, y el barco; y aunque fueron perseguidos, se vieron amparados por algo de caballería e infantería que salió de Málaga, por lo que se libró una batalla durante algún tiempo sin que ninguna de las partes sufriera más pérdidas que algunos heridos. Con este botín, los nuestros se disponían ya a dirigirse hacia las costas de Berbería cuando se toparon en aquel paraje del Estrecho con las galeras de Venecia que se dirigían a Flandes, y mostraron notable alegría al ver la gallardía con la que los portugueses se erigían en árbitros del Estrecho, librando una guerra continua contra los moros por mar, y por tierra, obsequiaron a los capitanes de nuestras fustas, prodigando elogios al rey don Juan y a sus vasallos, pues con tal celo y valor perseguían a los infieles, enemigos mortales de la cristiandad. De allí se dirigieron los nuestros al puerto de Tánger, donde no encontraron más que un cárabo que, al huir, encalló entre las rocas y se hundió con todo lo que transportaba, salvándose los moros. Recorrieron la costa hasta Alcázar y, al no hallar nada que capturar, regresaron con el botín mencionado, siendo recibidos por el conde y por todo aquel pueblo con notables aplausos.

Los moros no cesaban de realizar incursiones para agotar a nuestra gente; pues, tras los sucesos mencionados, se emboscaron junto a la ciudad en diferentes lugares, y al salir una atalaya para explorar, la capturaron; salieron algunos en su auxilio, y se vieron tan acorralados que los persiguieron hasta las puertas de la ciudad. Álvaro Mendes, que se encontraba entre ellos y se disponía a retirarse, les gritó que volvieran contra los moros y, con la ayuda de otros que ya habían acudido, dieron la vuelta con gran valor. A los primeros golpes cayeron cuatro enemigos muertos y quedaron dos prisioneros; los demás dieron media vuelta, muriendo en la refriega treinta a pie y dos a caballo, sin contar a los que se encontraron después en lugares más apartados; por nuestra parte, solo murieron cuatro jinetes. En ese momento había salido el conde con su gente y, pensando que los moros querrían continuar la refriega, se puso en orden para atacarlos; pero ellos tomaron una mejor decisión al retirarse y, vengándose de tanta pérdida, mataron y descuartizaron a la vista de los nuestros al centinela que habían capturado; Mem Suárez también resultó herido por un moro al que hizo prisionero: se supuso después que eran quince mil a pie y trescientos a caballo, capitaneados por Abu, y que se trataba de gente de Arcila, Tánger y de la Sierra de Macemude.

Unos días después, el conde envió a Pedro Bugallo con ciento veintiocho hombres a arrasar una aldea que se encontraba al otro lado de la Jimera. Cuando llegaron, la encontraron despoblada, por lo que despidió a su gente hacia Ceuta, quedándose con cincuenta hombres para retirarse por otro camino. Se retiraba al día siguiente, cuando fue visto desde la ciudad en apuros con algunos moros que le perseguían; el conde acudió sin demora en su ayuda y llegó tan a tiempo que pudo enzarzarse en combate con los moros, en el que cayeron inmediatamente dos muertos; a estos les siguieron otros dos, que murieron luchando con gran valor, y el conde se empleó a fondo hasta tal punto que su caballo resultó herido por tres azagayas, aunque no cayó a las puertas de la ciudad. El propio conde resultó herido en una pierna, dejando a sus pies muerto al moro que le había herido; nuestros hombres mataron a otros dos y capturaron a uno, y al ver el conde que no podía llevar a cabo ninguna acción de importancia debido al bosque en el que tuvo lugar la refriega, se retiró con la pérdida de tres o cuatro caballos. Ese mismo día, tras haber zarpado Lorenzo Anes de Padua con una galera bien armada, capturó un carabo de moros que venía de Tánger a España, y luego otras dos barcas, y regresó sin sufrir ningún daño.

 

CAPÍTULO 26.

Continúan los acontecimientos similares a los del capítulo anterior. Los reyes moros de Berbería y de España intentan sitiar esta plaza.

 

Llegó a Ceuta una galera procedente de Cartagena, y su capitán, que se llamaba Juan Riquelme, pidió ayuda al conde para patrullar la costa de Berbería. Le asignó como escolta a Diego Vázquez con su bergantín bien armado, y la expedición resultó fructífera, pues en breve Diego Vázquez regresó con algunos botines. Mientras se encontraba en la costa de Berbería, en una cala, se topó con un barco árabe; lo embistió, y, aunque este opuso resistencia —por lo que quedaron algunos moros heridos—, se rindió junto con los catorce que traía, además de una considerable hacienda; y, mientras repartían el botín, avistaron en el mar un bergantín que vigilaba la costa para proteger a una caravana de mercaderes de posibles enemigos. Le persiguieron, pero el bergantín moro se alejó, pues antes de que pudieran llegar a las manos, se dirigió hacia la costa, salvándose la tripulación, salvo un moro, una mora y una hija suya de corta edad, así como algunas mercancías que sacaron del barco; poco después llegó el carabo al que guiaba el bergantín, el cual fue capturado sin resistencia con seis mercaderes y gran cantidad de hacienda. Con este botín se dirigieron a Túnez, donde vendieron los barcos y rescataron a los moros heridos; y, tras repartir la hacienda a partes iguales, regresaron a la costa de España, quedándose Juan Riquelme en Cartagena y volviendo Diego Vázquez a Ceuta.

El 14 de junio de este año, los moros saquearon el campo y fueron descubiertos antes de llevar a cabo nada de importancia: los nuestros acudieron en su defensa y algunos se adelantaron; enzarzados en una escaramuza, dieron pie a que el conde acudiera en su ayuda con un contingente considerable de hombres. Embistieron a los moros con tal determinación que, en poco tiempo, les hicieron dar media vuelta y adentrarse en el monte; fueron perseguidos por nuestra gente, que capturó a cincuenta y siete, y los muertos fueron muchos más, sin que por nuestra parte se produjera otra pérdida que la de siete caballos, que quedaron muertos; los moros que corrieron ese día por orden de Abu eran gazules, y la mayor parte de esta victoria se la debe atribuir a Ruiz Gómez da Silva, quien fue el primero en embestirlos con pocos compañeros.

El 20 de agosto tuvo lugar una escaramuza de poca importancia en la que murieron dos de los enemigos, y Martín López de Azevedo mató a uno en combate cuerpo a cuerpo. En este mismo mes, Benito Sánchez partió para llevar a cabo algunas incursiones en una fusta hacia la costa de Berbería, que no surtieron efecto, pues no encontró los campamentos que buscaba, ya que, por miedo, se habían adentrado en el interior; pero la expedición no resultó infructuosa, pues persiguió a un «cárabo» que salía de Targa, lo obligó a varar en tierra y se apoderó de la embarcación. Lo mismo ocurrió con dos zarras de pescadores, a cuya defensa acudió la gente de tierra, con quienes lucharon desde la fusta durante un buen rato; mataron a siete moros e hirieron a veintitrés; por nuestra parte, solo resultó herido un soldado, sin peligro. Por otra parte, dos bergantines de esta plaza capturaron un cárabo cargado de trigo, que navegaba desde Gibraltar hacia Tánger, y cautivaron a dieciséis moros. Otro bergantín, ese mismo mes de agosto, hundió un cárabo cargado de trigo; cautivaron a cinco moros y uno se ahogó.

A principios de septiembre, Pedro Vázquez Pinto y Juan Rodríguez Godino, con pocos compañeros, realizaron una incursión en una aldea vecina; en ella capturaron a un moro y se llevaron algo de ganado; y, aunque fueron atacados, se llevaron el botín sin llegar a las manos. El día 9 del mismo mes, el conde partió para arrasar unas aldeas de las que había obtenido información de este cautivo; pero cayó tal lluvia la noche de la jornada que tuvo que dar media vuelta; iban al frente algunos a pie, y a caballo Rui Gómez de Silva, Luis Vázquez de Acuña y Lopo Vázquez de Castelbranco, quienes, al desconocer la decisión del conde, se adentraron en una de las aldeas y, al ser descubiertos, la encontraron ya desierta: capturaron a dos hombres, mataron a tres y a una mora, y, tras recoger el ganado que encontraron por el campo, regresaron.

Desde entonces hasta el dos de febrero del año siguiente, parece que la situación en Ceuta permaneció tranquila, pues no hallo constancia de ningún suceso. El día mencionado, salieron Rui Vázquez de Castelbranco y Estevan Suárez de Melo, con cincuenta hombres a caballo, para arrasar una aldea llamada Albergar, más allá de la sierra del Negro, casi en la lengua del agua, y para ayudarles se envió por mar un refuerzo de sesenta soldados en seis barcas. Partieron, pero, al perderse por el camino, llegaron muy tarde a la aldea y fueron descubiertos: los moros se pusieron a salvo, salvo seis que prefirieron perder la vida antes que la libertad, además de ciento ochenta cabezas de ganado y más. Era invierno, y había tanta agua que, a la vuelta, al querer cruzar la orilla —que poco antes habían vadeado sin dificultad—, no pudieron hacerlo sin gran peligro; el primero en despreciar el peligro para animar a los demás fue López Vázquez de Puerto Carrero, y siguiendo su ejemplo, los demás cruzaron con el botín, ya acosados por los moros, que acudieron a arrebatárselo y a vengarse. Una vez cruzados al otro lado de la orilla, causaron gran daño a los moros con las ballestas, de tal manera que allí sufrieron mayores pérdidas que las que pretendían vengar; pero tan pronto como los nuestros se alejaron un poco de la orilla, mientras conducían el botín, los moros vadeó el río junto con otros que llegaron en su ayuda; y, una vez reunidos, intentaron atacarlos; pero fueron atacados primero y puestos en fuga; de esta escaramuza quedaron seis en el campo de batalla y muchos resultaron heridos; y ante este desenlace se retiraron sin intentar nada más, mientras que los nuestros se replegaron con el botín. Una suerte diferente corrió, pocos días después, Alfonso Alunos, el Adalid de la Plaza; se dirigió con otros compañeros a reconocer unas aldeas, pero al ser descubiertos, la mayoría se perdió, quedando cautivo el Adalid junto con cinco compañeros; los demás se salvaron en la sierra y, al cabo de muchos días, entraron en la ciudad de Ceuta. Al ser reconocido el Adalid, quisieron matarlo en venganza por tantas muertes, pero fue defendido por el alcaide del Alcázar, que se llamaba Hazen; y aunque le ofrecieron mil quinientas doblas —a razón de una dobla por cada vecino— para que lo hiciera, la razón prevaleció sobre el interés, por lo que defendió al Adalid de la furia del pueblo y, poco después, lo entregó a cambio de un rescate.

En el mes de junio, salió sin permiso del conde Álvaro Alfonso de Negrelos junto con otros compañeros para recoger heno en un lugar adecuado para embarcarlo, para lo cual llevaron también dos barcas. Le sucedió, como merecía por su desorden, que, cuando se encontraban más descuidados, salieron los moros, quienes, en número superior, los embistieron, matando a Álvaro Alfonso y a seis compañeros, mientras que la mayoría se salvó en las embarcaciones, salvo otros que se adentraron en la sierra y entraron en la ciudad más tarde. Poco tiempo después salieron nuestras fustas con algunos cautivos moros, con la intención de rescatarlos a cambio de otros nuestros que se encontraban en Berbería. Destruyeron en la costa un campamento, donde se enfrentaron a los moros y mataron a dos; persiguieron a una zarra cargada de cebada, y los mismos que la navegaban, al ponerse a salvo en tierra, la hundieron sin que los nuestros se aprovecharan de nada. Asimismo, en el cabo de Esparte persiguieron a un cárabo que navegaba de Arzila a Tánger, y lo hicieron encallar en tierra, apoderándose del barco y de las mercancías. Cerca de Tánger se toparon con otras dos embarcaciones, que desde aquella ciudad llevaban a España a unos embajadores que el rey de Granada había enviado a África; a una de ellas, que transportaba muchos caballos (pues la otra escapó al caer la noche), le dieron la estiba y la hicieron encallar en tierra; los moros se salvaron, aunque dejaron muchos muertos y sufrieron no pocos heridos, y murió un soldado de nuestras filas. Se apoderaron de todo el botín, salvo las personas, y, lo que fue de mayor importancia, las cartas, por las que el conde se certificó de que los moros de España y Berbería se habían aliado para sitiar Ceuta; aunque este aviso se repetía por diferentes partes, con estas cartas se supo con certeza y se pudo tomar el remedio, poniendo la plaza a salvo y avisando a Portugal.

Pocos días después, mientras Fernán Barreto, hijo de Gonzales Nuño Barreto, se encontraba de caza junto con otros, se alejó demasiado, a pesar de que estaba protegido por las atalayas; cayó en manos de los moros y, aunque pudo haber salvado la vida, prefirió morir como correspondía a su rango, y tras luchar valerosamente fue dado de baja; y aunque algunos de los nuestros intentaron socorrerlo, no llegaron a tiempo. Uno de los que más se adelantó fue Rui Gómez da Silva, quien quedó cautivo y se comportó en la prisión con tal dignidad que no se supo si, en realidad, ya fuera por su condición o por estar ya comprometido para casarse con la hija del conde, sufriría un largo cautiverio; pero, al desarrollarse felizmente el asunto, fue rescatado en breve, para gran consternación de su amo, quien, al acompañarle hasta Ceuta, se enteró de la verdad. Posteriormente, al pasar a ser cautivo de su propio esclavo, vivió siempre como un hombre libre y gozó de muchos favores por parte de Ruiz Gómez.

Juan Pereira, Diego Vázquez Puerto Carrero y Lorenzo Anes de Padua zarparon con tres fustas para realizar capturas en la costa de Gibraltar. En el puerto de dicha ciudad capturaron un careno; murió uno de los moros, tres resultaron heridos y estos, junto con los demás, se salvaron en el agua. En este careno, entre otras muchas cosas, hallaron tres hermosos caballos y diez podencos que el rey de Fez enviaba como regalo al de Granada, y no llevaba otra hacienda de importancia. Al día siguiente, Diego Vázquez capturó una fusta en el mismo puerto de Gibraltar; aunque los moros se arrojaron al agua y se salvaron, el botín fue considerable, pues el barco iba cargado de ropa, así como de una gran cantidad de plomo como lastre y otras mercancías de gran valor.

 

CAPÍTULO 27

Continúan los acontecimientos de Ceuta: nuestros barcos toman Larache y la arrasan. Se rinden algunos barcos enemigos. Los moros inician el asedio de esta plaza.

 

El 25 de junio, el conde intentó destruir un lugar situado junto a la costa, llamado Almarza, y para ello envió por tierra a doscientos hombres y por mar tres fustas, capitaneadas por Juan Álvarez Pereira, Nuño de Goes y un vecino de Cartagena, subordinado al primero. Llegaron cerca del lugar antes del amanecer, y sucedió que aquella noche se había quedado allí una tropa de moros que venían a saquear el campo; algunos de los nuestros se adelantaron, mientras que los demás permanecieron en dos emboscadas, y al ser descubiertos, aquellos guerreros salieron a combatir. Ya se había iniciado la escaramuza cuando salió nuestra primera emboscada; a los primeros golpes puso en fuga a los moros, que se volvieron hacia la segunda, con lo que quedaron acorralados; de los que iban a caballo murieron tres y fueron capturados siete; de los que iban a pie, veinticinco; y el botín de armas y caballos no fue escaso. Gonzalo Vázquez, que se encontraba al mando de la tropa de a pie, y otros opinaron que debían retirarse a las fustas; pero el resto de la tropa quiso volver por tierra, tal y como habían salido, y, descuidados por la victoria, prosiguieron el camino a un ritmo considerable.

Los moros que escaparon avisaron a los pueblos vecinos, que en breve reunieron a gente para obstaculizar el paso a nuestra tropa, y lo consiguieron. Al verlos Gonzalo Vázquez tan cerca, hizo que algunos de sus compañeros se adelantaran con el botín hasta un punto determinado; y, tras haberlo alejado una gran distancia, dio la vuelta con el resto de la gente hacia los enemigos, con lo que cayeron algunos muertos más; al aumentar el número de los que acudían precipitadamente, se abalanzaron sobre nuestra gente con tanta furia, que en breve la mayoría se dio a la fuga, quedando cuarenta y seis muertos y cautivos; Gonzalo Vázquez, con solo veintiséis compañeros, al verse ya perdido, degolló a todos los prisioneros que llevaba y cortó las patas a los caballos. Juan Alvares Pereira, al ver desde su barcaza que los nuestros luchaban, intentó socorrerles y, sin demora, desembarcó con su gente y reunió a todos los que se encontraban dispersos por el campo. Gonzalo Vázquez se atrincheró en una colina con sus compañeros, donde fue atacado en tres ocasiones por quienes le perseguían; pero siempre se les hizo frente con grandes pérdidas de muertos y heridos, hasta que finalmente cayó muerto un renegado que les persuadía de que se rindieran; con cuya muerte, y con el nuevo socorro que ya llegaba desde el mar, los moros desistieron de su intento de someterles y regresaron satisfechos del éxito, que les costó no poca sangre. Gonzalo Vázquez se unió a la gente de la fusta, y todos juntos regresaron a Ceuta con un resultado distinto del que podrían haber obtenido si se hubiera seguido su consejo.

Hacia el mes de julio, el conde emprendió una empresa de mayor envergadura que las anteriores, que consistió en tomar por sorpresa Larache y quemar aquella villa, como puerto principal de Berbería. Para lograrlo, recabó abundantes noticias de personas que habían estado allí. Larache era entonces un puerto de gran actividad comercial, tanto de las regiones de Berbería como de España, y por ello rico y poblado de mercaderes. Los africanos llaman a esta ciudad «Elaraiz de Beniaroz», y es una población antigua, formada por la propia naturaleza del terreno en la costa del mar Océano Hércules; está rodeada por un lado por el mar, donde desemboca el río Lucus, o Lisso, y por el otro lado por este mismo río; la barra presenta una entrada peligrosa, y junto a ella se encuentra un castillo, obra de Muley Nacer. La ciudad está completamente rodeada de murallas, y junto a ella hay muchos prados y grandes lagunas, donde se crían infinidad de peces y aves acuáticas; en las riberas del río hay densos bosques, donde habitan muchos leones y otras fieras. El conde ordenó que Diego Vázquez de Puerto Carrero, con tres bergantines, se dirigiera a esta empresa y se reuniera con Juan Barreto, Álvaro Pérez y Lorenzo Anes de Padua, que hasta aquel momento navegaban en sus embarcaciones, y que todos juntos atacaran Larache, la saquearan y la incendiaran. Así se llevó a cabo; pues, una vez que partió Diego Vázquez, se reunió con los demás y les comunicó la orden del conde, y todos juntos pasaron la noche en la barra de Larache. La gente desembarcó y fue avistada desde una atalaya; ante sus gritos se despertaron los vecinos, y aunque esto pudo hacer que los nuestros dudaran de la empresa, la prosiguieron con el mismo ímpetu. Guiados hacia la parte más débil de la muralla, la embistieron, pero hallaron que estaba mejor defendida; lucharon durante un largo rato, hasta que entraron en la muralla causando una gran mortandad entre el enemigo, que fue aún mayor una vez que todos estuvieron dentro y se hicieron con el control de las calles; sin embargo, muchos escaparon por la puerta de la traición y otros se refugiaron en el castillo, y de todos ellos quedaron cautivos unos cuatrocientos. Una vez superado este obstáculo, se dedicaron al saqueo de la villa, que resultó riquísimo; no cabía todo en las embarcaciones, que eran pocas, por lo que las llamas consumieron gran parte del botín. Una vez cargadas las embarcaciones con el botín, Diego Vázquez atacó el castillo; pero, al tener las puertas fuertes, no pudo derribarlas, por lo que se vio obligado a socavar la muralla, y entrar con otros compañeros, corriendo un gran riesgo; al fin entraron y, aunque con mucha resistencia, abrieron la otra puerta a la gente, que puso en fuga a los moros, obligándolos a abandonar el castillo. En él fue el saqueo de mayor provecho que el de la villa, pues allí habían reunido lo más precioso de sus haciendas. Se embarcó entonces todo lo que se pudo, y al resto, así como a toda la población, se le prendió fuego, que en breve la consumió por completo; y aunque ya habían acudido moros en socorro desde Arcila, los nuestros pudieron embarcarse sin pérdidas y regresar a Ceuta.

Uno de los capitanes de los tres bergantines que participaron en esta incursión era un tal Pedro Jiménez, quien, al salir de la plaza, se apartó de los demás en busca de algún botín. Capturó un cárabo que iba de Cádiz a Azamor con cuatro moros y dos judíos, y en una incursión que realizó en tierra mató a tres, cautivó a cinco y, en otras muchas acciones que llevó a cabo en aquella costa, causó grandes daños, tanto en muertes como en cautivos. Pero el regocijo por estos éxitos duró poco, pues, tras haberse detenido unos días en estos Robos, acabó luchando contra un grupo de moros de a pie y de a caballo, que acudieron a plantarle cara; y aunque podía haberse salvado en su embarcación y en otra que le acompañaba, prefirió luchar y morir como un valiente. Así sucedió, y él, junto con cinco de sus compañeros, pagaron con la vida tras causar una gran mortandad entre los adversarios; los demás se refugiaron en las fustas y regresaron a Ceuta. En ese momento, dos bergantines de esta plaza capturaron un barco de Gibraltar cargado de trigo, haciendo prisioneros a ocho moros; los demás se ahogaron al intentar ponerse a salvo en la costa.

Por estos días hallo en las memorias que sigo que un duque alemán, tío del emperador Segismundo, rey de Bohemia, llegó a Ceuta; fue agasajado por el conde con las honras que correspondían a quien era, y lo acompañó al campo con los hidalgos; y aunque se alejaron mucho, no hubo encuentro con los moros. En aquella campaña de Berbería, el duque nombró caballeros a algunos parientes que le acompañaban; elogió profusamente al Reino de Portugal por haber logrado una empresa tan santa como la de aquella conquista, y no menos a los caballeros, que la sostuvieron a costa de tanta sangre; se detuvo poco tiempo y, tras despedirse del conde con grandes muestras de afecto y de honrada envidia, prosiguió su viaje.

No cesaban las victorias marítimas, mientras Berbería se preparaba para un gran asedio. Gonzalo Vázquez de Ferreira, que se dedicaba a la piratería a bordo de una galera de la que era capitán, luchó valerosamente contra un barco de moros, en el que había setenta y siete hombres; y aunque fue rechazado y herido, embistió por segunda vez en contra de la opinión de sus compañeros, que habían experimentado la primera resistencia y la desigualdad de fuerzas de los adversarios; tras una tenaz lucha, los nuestros abordaron el barco bereber; lo sometieron con la muerte de quince de ellos, la captura de los demás y un botín nada desdeñable, siendo esta hazaña de mayor importancia que la que se llevó a cabo con los barcos de Ceuta, pues los moros lucharon con valor y la diferencia numérica era muy desproporcionada. Hubo muchos otros acontecimientos en el mar que no menciono para no alargar la historia con hechos de poca importancia y muy habituales en los presidios de África. A través de los prisioneros de todos estos barcos se supo de los intentos que tenían los moros de sitiar Ceuta, y de que se estaba reuniendo un poderoso ejército procedente de toda Berbería; y, de acuerdo con estos avisos, el conde se disponía a la defensa.

Todo lo mencionado sucedió cerca de tres años después de la conquista de Ceuta, y, aunque durante todo ese tiempo no fue sitiada, sino que solo sufrió incursiones, a los moros no les faltaba voluntad para recuperar tan importante plaza; sin embargo, las guerras internas lo suspendieron durante tres años, pues Mulei Bucaide se enfrentó a su hermano, Mulei Jacob, por el señorío del reino de Fez, y en el de Marruecos hubo en aquella época no pocas disputas por la corona. Pero, una vez calmadas las inquietudes, el rey de Granada negoció con los africanos esta empresa, tanto en lo que respecta a la ley en general como a los daños particulares que sufrían sus costas. No cesó de enviar a sus embajadores a los reyes de Fez y Marruecos para que se unieran a este asedio, hasta que finalmente lo consiguió: se acordó que Ceuta quedaría perpetuamente bajo el dominio de los reyes de Granada, y que él enviaría toda la fuerza naval que fuera necesaria para esta empresa. Una vez acordado todo de esta manera, se dio inicio al asedio el domingo 12 de agosto del año 1418. Ese día salieron las atalayas, vieron que se acercaba gente, aunque escasa, y dieron aviso, tras lo cual salió el conde con algunos caballos para averiguar sus intenciones. Cuando llegó a un lugar adecuado, vio que el número era elevado, tanto de infantería como de caballería, y que por todas partes iban entrando tropas; con esto se convenció de que su intención era sitiar la plaza, de acuerdo con los repetidos avisos que le habían llegado de todas partes. Dio orden de que se retiraran las atalayas y, tras observar detenidamente la formación en la que avanzaban los enemigos, se retiró a la ciudad para prepararse para la defensa. A continuación, guarneció todos los puestos de la muralla como mejor le pareció. A Diego Vázquez Puerto Carrero le encargó que saliera con un bergantín para observar los movimientos del enemigo, lo cual hizo con rapidez y causando no poco daño a quienes se encontraban en la playa. Una vez dispuestas así las cosas, y tras asegurarse el conde del asedio, envió a algunos jinetes y a gente a pie a escaramuzar, y lo hicieron con gran valor hasta la tarde, momento en el que salió Juan López de Acevedo a recogerlos; pero ya se encontraban tan acosados que fue necesario que saliera el conde a recogerlos. Cuando terminaron, ya caía la noche, por lo que los moros se dirigieron a sus alojamientos y los nuestros a la ciudad, quedando en el campo algunos almogavares para avisar de sus movimientos, lo que hizo que, por este motivo, fueran detectados e impedidos cuando, de noche, intentaron reconocer las murallas. Se colocaron guardias en todas las calas de la Almina y, una vez dispuesto todo lo demás como mejor convenía, transcurrió aquella noche sin incidentes de importancia.

 

CAPÍTULO 28.

Los moros continúan el asedio y lanzan diversos asaltos contra la plaza. Se producen algunas salidas desde ella y son repelidos en la última.

 

Del segundo día tampoco hay mucho que relatar, pues los moros, a la espera de la armada del rey de Granada, no intentaron nada nuevo, dedicándose únicamente a organizar sus campamentos para el asedio. El conde envió tropas de caballería e infantería a la Almina para custodiarla e impedir el desembarco de los moros, en caso de que llegaran sus barcos, y a la parte del campo hizo salir a algunos para que entablaran una escaramuza, con la orden de que se retiraran hasta atraerlos hacia las murallas, y así lo hicieron, lo que permitió actuar a los ballesteros que las ocupaban. La escaramuza duró todo el día, y nuestros hombres se iban relevando de vez en cuando con nuevas tropas, que salían continuamente, en lo que los moros sufrieron doce muertos y algunos heridos. La noche siguiente transcurrió sin sucesos destacables, aunque con continuas inquietudes. Al tercer día, los moros comenzaron a actuar con mayor ímpetu y se hicieron con la torre de Bullones: el rey había cedido el valle de ese nombre a Juan Pereira, por los numerosos servicios que le había prestado en esta plaza, y para proteger mejor el valle, que era fértil, mantenía la torre a su costa con gente y provisiones. Él la gobernaba y se ocupaba de ella mientras se encontraba en Ceuta, pero en esta ocasión se hallaba en Portugal, por lo que había dejado a Fernán González a cargo de su gobierno. Los moros asaltaron la torre y la conquistaron, capturando a quienes se encontraban en su interior; no se pudo llegar a un acuerdo, por lo que se rindió, ya que quienes la defendían afirmaban que, tras combates encarnizados y tenaces, la entregaron agotados, salvando así sus vidas; los moros, por el contrario, afirmaban que se había rendido mediante engaño, debido a un rumor que difundieron de que el conde había muerto y su gente se había desbandado, y mostrando como suya una cabeza que llevaban en la punta de una lanza, y algunas banderas que habían capturado en el mar: la primera versión se consideró siempre más verosímil, pues a Fernán González del Arca le caracterizaban el valor y el brío con que se había comportado en ocasiones anteriores, por lo que, para que todos lo creyeran, no fallaría en esta ocasión ni se dejaría llevar por una ligereza como la que referían los moros.

Esto sucedió en la torre de Bullones, mientras que, a primera hora de la mañana del tercer día, los moros se enzarzaron en diversas escaramuzas, que el conde alimentaba constantemente con nuevas tropas, en las que el enemigo sufrió grandes pérdidas, pues, como los nuestros luchaban al amparo de las murallas sin desbandarse, los ballesteros y la artillería podían actuar con eficacia, con lo que los enemigos sufrieron considerables bajas entre muertos y heridos. Este día destacó grandemente Diego Vázquez Puerto Carrero, que mató a moros en combate cuerpo a cuerpo y resultó herido; también actuaron con valor Álvaro Méndez y su hermano, uno desde una torre y el otro desde la coraza. Por la tarde salieron las barcas desde una ensenada, en la que se encontraban ocultas para desembarcar en la Almina; fueron avistadas, y se alertó con diligencia a los puestos de aquella zona, a cargo de Rui Vázquez, Juan López de Acevedo y Martín de Castro. Una vez incorporadas las fustas, llegaron cerca de la playa y, al intentar desembarcar, encontraron tal resistencia que se vieron obligados a retirarse. Se reunieron en consejo e intentaron el desembarco por segunda vez; les sucedió lo mismo que la primera vez, y a costa de muchas vidas tuvieron que retirarse a la ensenada sin lograr nada provechoso.

Mientras las galeras intentaban desembarcar a su gente, los del ejército, divididos en tropas, lanzaron un asalto general contra la ciudad por todas partes: tanto los del campo contra las murallas como los de la playa contra las fortificaciones; y la mayor fuerza se abalanzó contra la Torre de Fez. Fue grande la mortandad que sufrieron en la primera embestida, pues los nuestros estaban bien preparados y muy bien ordenados, y como la multitud de los adversarios era numerosa y se acercaron tanto, no fallaron ni un solo tiro. En la Torre de Fez, un soldado —cuyo nombre no debería caer en el olvido— realizó algunas hazañas dignas de elogio, pues, cuando dos moros se abalanzaron con una escalera contra la torre, derribó al primero de un disparo de ballesta; y cuando el otro intentó levantar al muerto, le clavó la adarga en el pecho y lo dejó sin vida; sus muertes causaron tal espanto entre los demás, que no se atrevieron a intentar por segunda vez acercar la escalera por aquel lado. Murieron en este asalto dos valerosos caudillos; a uno de ellos lo mató Fernán Rodríguez de Buarcos, y al otro, Abu, a quien él mismo le clavó una flecha en un brazo. El mayor ímpetu se centró en la coraza, y así acudió el conde a esa zona con pronta ayuda, con lo que la mortandad de los moros fue mayor en ella. En este puesto se encontraba Gonzalo Vello, criado del infante don Enrique, quien más tarde fue comendador de Santa María de las Azores y alcaide del castillo de Almourol; defendía la parte de la muralla que se extiende hasta Barbaçote, y mantuvo su posición junto a quienes le acompañaban con gran esfuerzo, hasta que el valor de los nuestros cedió ante la multitud de los enemigos, quienes, a costa de muchas vidas, entraron en aquella zona. Aunque el conde fue avisado de inmediato, no pudo acudir en su ayuda con tal rapidez que no encontrara dentro a treinta moros apoderados de la muralla, que se encontraba desprotegida, salvo Gonzalo Vello, quien, junto con otro caballero, defendió valerosamente su posición; y aunque intentaron impedir la entrada, no lo consiguieron hasta que se retiraron luchando. Ya para entonces habían llegado portugueses en ayuda a aquel lugar, quienes, al unirse a la lucha, embistieron con tal ferocidad contra los moros que les obligaron a abandonar lo que habían conquistado, siendo siempre Gonzalo Vello quien iba al frente, quien mató al último moro que quedó sobre la muralla y resultó herido en esta ocasión. Muchos otros perdieron la vida en ella, tanto en la refriega como al precipitarse por los acantilados o ahogarse; y, habiendo sufrido daños considerables por todas partes, al ver lo poco que habían logrado las fustas, se retiraron a sus cuarteles, sin que al conde le quedara otra preocupación que prevenir, aquella noche, la llegada de nuevos refuerzos de gente y víveres a los puestos de mayor peligro. Gran parte del éxito se debe a las mujeres, pues prestaron tal servicio que no fue necesario que ningún soldado se alejara de las murallas; y no solo ayudaron de esta manera, sino que muchas, tras cambiarse de ropa y bien armadas, hicieron más de lo que cabía esperar de su frágil sexo.

Al día siguiente, miércoles, nada más amanecer, el conde envió a algunos almogávares a entablar una escaramuza con los moros; y aunque estos tardaron algún tiempo en aparecer, al fin se enzarzaron en combate y los hicieron retroceder hasta las murallas, donde sufrieron grandes pérdidas y se vieron obligados a retirarse, dejando muchos muertos. No ocurrió nada más digno de mención ese día, salvo que llegó a la ciudad un hombre de Elche, quien proporcionó información importante sobre los planes del enemigo y advirtió de que al día siguiente se llevaría a cabo un segundo asalto. El conde dedicó la noche a reparar algunas partes de la muralla que habían resultado dañadas, obra que se realizó con gran rapidez y resultó de gran utilidad para la resistencia. Al amanecer del día siguiente, los moros intentaron el asalto y, al salir de la ensenada las fustas bien reforzadas con hombres, embistieron la playa. El conde envió de inmediato repetidos refuerzos para impedir el desembarco. Al ver el ejército que las fustas arremetían por la Almina, acudieron con valentía a las murallas provistos de numerosas escaleras, y fueron resistidos de tal manera en todas partes que pronto cedieron ante aquel ímpetu, quedando muchos muertos y retirándose no pocos heridos. Por el lado del mar, el combate fue más encarnizado, aunque se resistió con igual valor: los moros se acercaron tanto a la muralla que muchos perdieron la vida a causa de las losas que les arrojaban; insistieron durante algún tiempo por todas partes, pero encontraron tal resistencia que, con numerosas bajas, se vieron obligados a retirarse.

Las fustas de la Almina se comportaron de tal manera que lograron llegar a la playa, aunque con gran resistencia: saltaron los primeros doscientos moros, valientes y bien armados, y, dividiéndose en dos grupos, uno embistió la puerta y el otro un albanar, que desde la Almina, por debajo de la muralla, salía a la playa tan alto que cabía gente de pie por él, y tan ancha que podían entrar de dos en dos: los moros eran gente selecta y valiente, y se empeñaron de tal manera que los nuestros, abandonando las armas, la desampararon vergonzosamente, pues se trataba de gente del pueblo y, en su casi totalidad, sin experiencia, quienes defendían aquel puesto; pero llegó tan pronto el socorro de soldados veteranos que no se perdió; más bien, unidos opusieron tal resistencia que, a costa de la muerte de muchos, obligaron a los enemigos a retirarse para reorganizarse con la intención de volver pronto al combate. Los que cargaron por el albanar penetraron tan profundamente que uno salió por el otro lado, y ya le seguían otros, cuando Alfonso Pérez, desmontando del caballo, le atravesó el pecho con la lanza, dejándole muerto; y a él le habría ocurrido lo mismo de no ser por el socorro de otros, que, tras la muerte de un segundo moro, le obligaron a retirarse. Una vez que se reagruparon los combatientes, embistieron por segunda vez con el mismo valor que antes y habrían escalado la muralla de no ser por la valerosa resistencia que se les opuso. En lo más encarnizado del combate, y con los portugueses casi sin esperanzas de poder defender las murallas de la Almina, el conde hizo salir por la zona de la playa una tropa selecta de caballería, en la que se encontraban Rui Vaz Pereira, Juan López de Azevedo, Gonçalo Vázquez y otros caballeros; y aunque la marea estaba alta, se vieron obligados a cruzar casi a nado y con gran peligro; al fin llegaron de improviso al lugar donde los moros atacaban la muralla, y los embistieron con tal valor que los desbarataron, causando la muerte de muchos. Esto les sucedió en el primer ímpetu, pero cuando los adversarios quisieron valerse de las embarcaciones para salvarse, la mortandad fue mayor, pues unas estaban apartadas y otras en seco. Los enemigos, asustados y desordenados, y los nuestros, atentos a aprovechar la ocasión —lo cual se logró con éxito—, impidieron al mismo tiempo que los moros entraran en la muralla y los desbarataron de tal manera que fueron pocos los que pudieron salvarse. Todos merecieron gran elogio por lo que hicieron ese día, y en particular Gil Alonso Almoxarife y otro oficial del Rey, pues murieron muchos moros a manos de ellos; pero el valor con el que actuaron las mujeres merece que no caigan en el olvido ni los nombres de algunas de ellas, ni lo que hicieron. Leonor Alonso, esposa de un tal Lope Martínez, mató a un moro desde la muralla; otra mujer soltera llamada Catalina de Santiago mató a otro y hirió a varios; la esposa de un tal Rui Gómez, que junto a él ayudaba a defender la puerta, resultó herida junto con su marido mientras luchaba y le ayudaba con gran valor. Hubo muchos otros heridos; pero no sabemos si en este asalto muriera alguno de los nuestros. La galera mayor de los moros se vio en apuros al encontrarse en aguas poco profundas, pero salió del peligro, aunque a costa de muchas bajas; las demás quedaron tan destrozadas que algunas, de veintiséis bancos, ya no podían ser gobernadas con más de ocho remos.

 

CAPÍTULO 29.

Se levanta el asedio y llega en socorro don Alonso de Norona. Se unen los moros de España y de África para asaltar por segunda vez la plaza. Los granadinos defienden la Almina.

 

Al ver los miembros del ejército el mal resultado de los ataques, se desanimaron en el combate, y muchos comenzaron a abandonar el campamento; en menos de media hora faltaba la mayor parte, sobre todo por falta de provisiones, ya que no podían abastecer a una multitud tan grande como la que suele concurrir en África a asedios de este tipo. Esta situación se prolongó durante cinco días, en los que cada uno consumió lo que pudo sacar de su aldea, tras lo cual la mayor parte abandonó el campamento. Quedó junto a la muralla una gran cantidad de escaleras, que intentaron retirar, pero se lo impidieron con una salida en la que murieron muchos; y para que el día fuera plenamente dichoso, Diego Vázquez, con un bergantín, capturó tres barcazas de moros (aunque se le escapó la gente) cargadas de trigo, sin sufrir ningún daño.

Al ver los principales caudillos de los moros que les faltaba tanta gente y que ganar la batalla parecía entonces imposible, decidieron levantar el asedio y lo llevaron a cabo, dejando a los nuestros libres de esa preocupación, aunque no por ello el conde bajó la guardia, pues, aunque se hubieran marchado, no dejó de prepararse como si se encontrara en lo más intenso del asedio. A pesar de que la gente estaba cansada, mandó reparar los daños que habían sufrido las murallas con tal rapidez como si supiera que al día siguiente volvería el enemigo. Su discurso no fue en vano, pues el martes siguiente le llegaron cartas de Tánger, en las que se le avisaba de que había estado en aquella ciudad un vecino de Málaga, quien certificaba que el rey de Granada estaba preparando su flota para dirigirse a Ceuta. Tras este aviso llegaron muchos otros de diferentes lugares, que confirmaban lo mismo; y así lo escribió en particular Rui Gómez de Silva, que se encontraba cautivo, y la verdad se confirmó posteriormente gracias a muchos moros que fueron capturados y a las cartas que se incautaron. Con estos avisos, el conde se preparó de nuevo para la defensa, tras haber salido de un asedio de tal peligro que, según afirman las memorias de aquellos tiempos, en él concurrían ciento veintidós mil bárbaros.

Tan pronto como los moros iniciaron el asedio mencionado, el conde envió a Portugal, a través de Tarifa, a dos sirvientes con cartas, advirtiendo de la difícil situación en la que se encontraba. El rey tenía entonces noticias de que los castellanos pretendían entrar en Portugal, por lo que el infante don Pedro se encontraba en la frontera en Villa Real, el infante don Enrique en Viseu y el conde de Barcelos en Berganza. Pero estas sospechas se disiparon, pues los castellanos no intentaron nada nuevo; y el rey cayó gravemente enfermo, mientras se encontraba en el palacio de la Sierra, de lo cual fueron avisados sus hijos; y las antiguas memorias, que sigo, señalan que el infante don Enrique, en un día y una noche, llegó hasta donde se encontraba su padre; lo cual supuso cuarenta lenguas. Una vez que los infantes se encontraron con el rey, llegaron las primeras noticias del asedio de Ceuta, incluso antes que las cartas del conde; y, aunque la enfermedad le agobiaba, se ocupó sin demora del socorro. Hizo que su hijo mayor, don Duarte, partiera de inmediato hacia Lisboa para preparar la armada, con la orden de que se difundieran las noticias y se prestara socorro con la mayor brevedad. El infante don Enrique, como quien había tenido tanta participación en la empresa de Ceuta, pidió permiso a su padre para unirse al socorro. Este le respondió que, por el momento, no se necesitaba su presencia; pero que, si llegaban nuevas noticias de que la situación se agravara, se lo concedería; que, mientras tanto, partiera con don Duarte hacia Lisboa para preparar la Armada y esperara nuevas instrucciones. Los infantes partieron aquella noche y, tras viajar toda la noche, llegaron a Lisboa poco después de la salida del sol —un trayecto de 13 leguas— y, sin demora, comenzaron a cumplir las órdenes de su padre; allí encontraron las primeras cartas del conde, que avisaban del asedio y pedían socorro, escritas el segundo día tras la llegada de los moros a Ceuta. El infante don Enrique, tras recibir este aviso, sin más demora, partió a pedir permiso a su padre para acudir en socorro, y este se lo concedió de buen grado, como quien había comprobado de sobra su valor y su celo; y en el trayecto de ida a Lisboa y en el de vuelta desde la sierra, recorrió 26 leguas en 15 horas. Regresó luego a Lisboa acompañado del conde de Barcelos y de otros señores y hidalgos; y, al llegar, encontró segundas cartas del conde, en las que avisaba de que los moros habían levantado el asedio y relataba los acontecimientos de los cinco días que este duró. Este aviso no bastó para que don Duarte descuidara socorrerlo, si bien no con todo el grueso de las tropas que antes se necesitaba, al menos con algunos hombres que suplieran a los que pudieran faltar en la guarnición a causa del asedio; y así envió de inmediato a don Juan de Norona como gobernador de seiscientos hombres; y como capitanes a don Fernando de Norona, que más tarde fue conde de Villareal y general de Ceuta; a Pedro Vázquez de Almada, a Juan Pereira de la Mano, a Rui Borges de Souza, a Luis González, que más tarde fue interventor de la Hacienda de Lisboa; a Vasco Martínez de Albergaria y a Juan de Almeida. Se trataba de gente selecta, y tuvieron un viaje tan rápido que en tres días llegaron al puerto de Ceuta. Además de esta gente que don Duarte envió desde Lisboa, partieron de la ciudad de Oporto Hernán de Saa, su alcaide mayor, y Diego Suárez de Padua, que estaban a punto de partir desterrados a Ceuta. Del Reino del Algarve partieron, tras recibir el primer aviso, el señor Carlos, hijo del almirante, y Alonso Vaz de Acosta, con toda la gente que pudieron reunir.

Cuando llegaron a Ceuta, los moros ya habían levantado el asedio; y como el conde tenía diversos avisos de que volverían con más gente y una flota mayor, permanecieron un mes a la espera sin que se produjera ninguna novedad. Esto provocó entre los recién llegados no pocas murmuraciones contra el conde, atreviéndose a decir que, ante los primeros moros que habían visto, el miedo le había llevado a perturbar el reino, pidiendo socorros poco necesarios; y así se decidió la mayor parte de ellos a decirle a don Fernando de Norona que querían volver a Portugal; al ver su resolución, y dado que, por otra parte, los moros no regresaban, les concedió permiso y les permitió embarcarse para esperar el momento adecuado para el viaje; y aunque entonces el tiempo era favorable, Dios quiso que cambiara pronto, lo que provocó que se retrasara la expedición. Esperaban un cambio de tiempo, cuando un domingo por la noche se avistó un fuego en lo más alto de la cima, que duró unas cuatro horas, y confirmó al conde, a los demás señores y a los capitanes las sospechas que tenían, y en que, mediante él, se avisaba a las costas de Granada de que era el momento de que zarpara la armada, por lo que enseguida se dispusieron a organizar la defensa. Pero no cesaron, sino que aumentaron los rumores de quienes se encontraban embarcados, quienes decían públicamente que ahora experimentaban las dificultades que el Reino tenía con el general de Ceuta, pues bastaba un fuego —que tal vez encendían los pastores— para perturbar a todo el Reino; y que se había quedado tan temeroso de las amenazas pasadas, que las sombras de los árboles le asustaban. El conde, tan pronto como amaneció, ordenó colocar centinelas en puestos adecuados para que le avisaran cuando salieran los barcos de Gibraltar; reforzó y preparó las murallas; y, siendo ya la hora de tercia, comenzaron a salir de Gibraltar las fustas, así como las galeras y el resto de embarcaciones menores, y en breve llegaron todas juntas al puerto de Ceuta. Eran en total sesenta y cuatro velas, y las galeras remaron desde la punta de la Almina, frente a la ciudad, y se dirigieron a Bullones. Navegaban en ellas toda la nobleza y la fuerza principal de los moros, cuyas esperanzas se fundaban en desembarcar en la Almina, pues creían que esto bastaba para conquistar la ciudad. Como toda aquella gente del Reino de Granada era valiente y estaba curtida por las continuas guerras que habían librado en Castilla, hubo entre ellos algunas discusiones sobre el lugar por donde debía realizarse el desembarco. Los gobernaba un valiente moro, aunque joven, llamado Muley Zaide, sobrino del rey de Granada. Este dijo que todo el grueso de las tropas se dirigiera hacia la Almina y que dieran a entender que querían desembarcar por un lado; y que, una vez que los cristianos hubieran acudido allí, él, junto con otros, saldría a la playa por el otro lado de Barbazote.

Cuando el conde vio que los moros se dirigían hacia la Almina, comenzó a distribuir sus guardias por la ciudad para defenderse de los asaltos por tierra; y dado que el puerto de la Almina era el de mayor importancia, tuvo que encargar su defensa a don Juan de Norona, quien era la persona de mayor rango que se encontraba entonces en Ceuta, como nieto de dos reyes: don Enrique de Castilla, por parte paterna, y don Fernando de Portugal por parte materna; y, gracias a tan ilustre linaje, poseía todas las mejores cualidades naturales de valor, seriedad, amabilidad y cortesía en grado superior. Don Juan aceptó el cargo de buen grado, al ver que se le encomendaba el de mayor riesgo y que los moros tendrían que esforzarse más por conquistarlo, ya que era el de mayor importancia para entrar en la ciudad, y, tras reunir a toda su gente, se dirigió a la Almina, acompañado de Pedro Vázquez Almada, su hermano Luis Vázquez de Almada, Alonso Pereira, Juan Pereira, Luis González Malafaya, el señor Carlos, Álvaro Barreto, Martín de Castro, Pedro Lopes Azevedo y otros caballeros y capitanes; llegó y guarneció todos los puestos convenientemente. Ya en ese momento las galeras del enemigo se acercaban a la plaza, y enviaron a los barcos pequeños a que capturaran nuestras embarcaciones, que se encontraban junto a las corazas; y aunque hicieron todo lo posible, no lo consiguieron, retirándose con muchos muertos y heridos. Las galeras, siguiendo el consejo que habían recibido en Bullones, embistieron por un flanco con gran ímpetu, y los nuestros les impidieron la salida con igual valor. Cuando la refriega estaba más encarnizada, Mulei Zaide se separó de su grupo principal y, rodeando la plaza con algunas embarcaciones, llegó a tierra sin encontrar resistencia; y cuando se avisó a los nuestros, ya había mil quinientos moros en la Almina, de los cuales la mayor parte ocupó enseguida la montaña principal. Luis González de Albergaria, Juan de las Águias, Alonso Pereira y Nuño de Barros, que se encontraban a caballo, se apartaron y los embistieron con gran valor; tras haber matado a cuatro de la multitud enemiga; pues ya Don Juan, desesperado por seguir resistiendo, se había retirado con toda su gente hacia la puerta de la ciudad, al verse los cuatro en tan evidente peligro, procuraron salvar la vida y lo hicieron con tal valor que cada uno derribó a un moro a sus pies, aunque no sin gran esfuerzo, pues Juan de las Águias quedó allí muerto, Alonso Pereira resultó herido y a Nuño de Barros le mataron el caballo, aunque él se salvó. Acudió en su ayuda don Juan con toda su gente, y murieron siete moros en la refriega, uno de los nuestros, y de ambas partes hubo muchos heridos, en particular don Juan de Norona, quien recibió en esta ocasión una herida, a causa de la cual murió poco tiempo después en Portugal, en la villa de Almodóvar. Dado que la multitud era tan numerosa, y se hacía cada vez mayor con los que desembarcaban por todas partes, los nuestros no pudieron resistir su furia, por lo que tuvieron que retirarse a la ciudad, luchando en buen orden; y en ese momento había en la Almina más de cinco mil moros.

 

CAPÍTULO 30.

Los moros inician los asaltos a la ciudad. Parten los infantes don Enrique y don Juan en su ayuda: huye la armada enemiga, dejando en tierra al ejército granadino.

 

La campaña, en la zona de Berbería, estaba ocupada por una multitud innumerable de bárbaros, que acudieron de todas partes a este asedio. Hebor y Mohamed Angelin eran los principales caudillos; quienes, al ver el buen éxito de los granadinos y andaluces que se habían apoderado de la Almina, iniciaron por su parte el asalto a la ciudad; y aunque la resistencia fue tenaz y la defensa sólida, y entre ellos hubo numerosas bajas, a muchos de los nuestros les faltó el ánimo; pero no así al Gonde, que se encargó de animarles y disponer lo que convenía, socorriendo con efectivos y municiones a los puestos que lo necesitaban. Por nuestra parte, sin contar a los de la Almina, murieron otros tres soldados; estos perdieron la vida, aunque más bien por los errores de las saetas, que debieron de ser heridas mortales; se reconoció el daño, pero se previno de inmediato con el remedio, y así se evitaron muchas muertes en los días siguientes.

Al conde le pareció que la salida que los moros hicieron por tierra por la zona de la Almina no sería tan perjudicial como si la hubieran emprendido en alguna otra parte de la costa; y, por tanto, impedirla fue su mayor preocupación, ordenando que cincuenta caballos y cien infantes vigilaran la playa. Esta medida resultó tan importante que, aunque se esforzaron por superarla, no pudieron lograrlo, pues en todas partes se les impedía el desembarco, hasta que desistieron; al ver que por aquel lado se les impedía el paso, intentaron derribar algún tramo de la muralla para asaltar la ciudad; ya entonces se utilizaba el violento invento de las bombardas, como vimos en la conquista de esta plaza, y los moros traían en su ejército dos, lo cual era una gran cantidad para aquellos tiempos, pues esta diabólica ofensiva se encontraba aún en sus inicios. Apuntaron contra la muralla, pero con infructuoso resultado, pues al ver nuestros hombres que por allí se les podía infligir el mayor daño, intentaron contrarrestarlo con el mismo medio; y aunque las bombardas del enemigo estaban bien preparadas, un ingeniero experto realizó un disparo tan acertado con una pieza que destrozó la principal del enemigo, mató al artillero, y a tres ayudantes, con lo que no quedó nadie capaz de poner a salvo la otra, y se quedaron, desde luego, sin artillería, que era su principal fuerza. Los moros quedaron desanimados ante este suceso; y continuaron los combates por todas partes, siempre con gran perjuicio para ellos: en la Almina fue más reñida la contienda, y aunque los moros que la libraban se retiraban con grandes pérdidas, no cejaban en el combate, pues se trataba de la élite y la principal nobleza del Reino de Granada.

Tan pronto como se supo en Tarifa los preparativos que los moros estaban realizando para tomar Ceuta, el alcaide de aquella fortaleza avisó con toda celeridad al rey don Juan, para que buscara socorro. Este se encontraba aún en el Palacio de la Sierra, y tan pronto como este aviso llegó a Lisboa, los infantes partieron para pedir permiso a su padre a fin de participar en esta campaña. Don Enrique la obtuvo, y al enterarse Don Pedro —que en aquel momento se encontraba en sus tierras, a treinta leguas de Lisboa—, temiendo que, si la solicitara, no se la concedieran, y deseando participar de cualquier forma, se trasladó de incógnito a Lisboa con la intención de embarcarse sin ser reconocido, haciéndose pasar por criado de alguno de los capitanes que se preparaban para la expedición. Pero, al descubrir incluso un religioso su propósito, este lo hizo público poco después en un sermón, pues, para concluir el mismo, pidió que encomendaran a Dios la situación actual del reino, a sus infantes y, en particular, a don Pedro, de quien sabía muy bien que se encontraba oculto en Lisboa, y que se encontrarían en esta expedición; con lo cual se hizo pública su decisión y se supo que se encontraba en Lisboa, por lo que se decidió solicitar permiso a su padre, que no concedió, ni tampoco el príncipe don Duarte. Pero, tras ordenar que ambos partieran hacia el Algarve para esperar noticias y ocuparse de los preparativos, dispuso que partiera de inmediato el infante don Enrique con el refuerzo, y que le acompañara el infante don Juan, que en aquel momento tenía diez y ocho, o diez y nueve años, y aún no había salido del Reino. Don Enrique partió con gran celeridad del puerto de Lisboa y, al llegar al cabo de San Vicente, se topó con algunos barcos moros cargados de trigo y vino, que se rindieron, lo cual supuso un socorro de gran importancia y un gran beneficio en aquella ocasión. La Armada llegó a Lagos y, aunque los capitanes persuadían al infante de que partiera sin demora, al no encontrar a sus hermanos —que viajaban por tierra—, quiso esperarlos. Llegaron a la ciudad de Faro, adonde también se dirigió don Enrique por ese motivo, y tras la orden del rey de que prosiguiera su camino sin detenerse; y de que los infantes permanecieran allí a la espera de noticias, y que, si la situación se agravara hasta tal punto que se requiriera su presencia, se les concedía permiso, y que él mismo acudiría personalmente si fuera necesario.

El conde, como capitán prudente y experimentado, al ver que los moros aumentaban por momentos y que la presión del frente era mayor, y al recibir, por otra parte, avisos continuos de que el rey de Granada se disponía a participar personalmente en esta empresa, se dispuso a escribir al rey informándole de la situación en la que se encontraba. Envió a Alonso García de Queirós en una galera bien equipada y dotada de gente selecta, para que se dirigiera directamente a Portugal con el aviso, preparándose lo más pronto que pudo; partió una noche con gran cautela, por temor a ser detectado por la flota enemiga; pasó afortunadamente por ella y, en cuanto se vio algo alejado de ella, hizo remar con diligencia y cuidado; y, tras pasar por Tarifa, a siete leguas de Ceuta, amaneció en el cabo de la Plata, continuando su viaje hasta llegar a la Peña Oradada, junto al cabo de Trafalgar. Al ver a la gente agotada, se detuvo allí hasta el cuarto del alba, momento en el que comenzó a doblar el cabo. Al amanecer se percataron de que nuestra armada se encontraba en calma: recibieron con gran alegría tan buen resultado y, al acercarse rápidamente a los barcos, se enteraron por el primero —que era el General— de que el Infante don Enrique había acudido en su ayuda, cuyo barco era entonces la fusta; y al enterarse los Infantes, por Alonso García, de la difícil situación en la que se encontraba la ciudad, de la tenacidad con la que los moros se empeñaban en conquistarla y de que, dada la situación en la que se encontraba, podían sufrir un gran daño gracias a nuestro socorro, se mostraron complacidos. Don Enrique reunió a los capitanes y deliberó sobre lo que debía hacerse. Acordaron que convenía entrar de día en el puerto, y así lo ordenó, y que nadie se adelantara, y dispuso las órdenes para el desembarco; avanzando la armada con escaso apoyo del viento, pasaron aquel día por Tarifa, fueron avistados desde Gibraltar, donde se encontraba el rey de Granada, enviando continuos refuerzos a su ejército, y preparándose con diligencia para cruzar a África. Al ver esto, dado que la armada era grande y presentaba un magnífico despliegue, el Bárbaro se desmayó, al considerar no solo que la plaza estaba socorrida, sino también al presagiar una gran desgracia para su gente, en la que tenía mucho en juego, pues tenía comprometida a la más valiente y noble del Reino. Hizo avisar de inmediato a los sitiadores mediante diversas señales desde Gibraltar, para que advirtieran del peligro; pero, como estos no tenían vista de la armada, pensaban que se trataba de infundirles ánimo y esperanzas de nuevos refuerzos. Así, avivaban aún más los combates y proseguían el asedio con mayor esfuerzo.

Algunos moros, que en la Almina se afanaban en enterrar a los muertos, vieron las señales de Gibraltar y de otras partes de su costa, y, sospechando que no podía ser sin una causa de gran importancia, avisaron a los cabos, y estos enviaron a un hombre al castillo de la Almina para que comprobara si había velas en el estrecho. Llegó y, al ver que un barco se acercaba a la punta de Bullones, encendió una hoguera; vio un segundo barco y encendió una segunda hoguera, con lo que los moros comprendieron que había llegado socorro de Portugal, y tal fue la confusión entre todos que comenzaron a flaquear en el combate; y lo hicieron aún más cuando el moro encendió doce fuegos seguidos y, poco después, esparció el fuego por todas partes como señal de que los barcos eran tantos que ya no se podían contar; tal fue la confusión entre los moros, especialmente entre los que se encontraban en la Almina, que no sabían qué consejo seguir ante un éxito tan repentino. Las galeras se encontraban todas del lado de Barbazote, y Mulei Zaide, como hombre experto y valiente, ordenó que ellas, y los barcos que se encontraban al otro lado de la montaña, se dirigieran de inmediato a la Almina por todas partes para embarcar a la gente; pero de todas ellas, solo una obedeció, pues las demás, ya fuera porque se sentían menos libres de actuar o porque consideraron que les convenía más ponerse a salvo, no solo no llegaron a embarcar a la gente, sino que al instante se dispusieron a partir hacia Gibraltar.

El conde, al ver tan desconcertado al enemigo, comprendió que contaba con refuerzos y, como capitán prudente, se preparó mejor para la defensa y puso en orden a su gente; ordenando a los que custodiaban las murallas que en ningún caso salieran de ellas, pues temía —como quien conoce el carácter de los portugueses— que, al ver a los moros en desorden, salieran confusamente contra ellos, lo cual habría sido un gran inconveniente, dado que nuestra gente era tan escasa y la de los moros, tan superior en número. Para evitarlo, duplicó las guardias de la muralla, colocando a personas de prestigio y en puestos que inspiraran respeto a los demás. Envió orden a don Juan de Norona para que le esperara firme en su puesto, pues estaba disponiendo lo necesario para el socorro y que en breve estaría con él; pero las cosas ya no se encontraban en esos términos, pues la nación portuguesa nunca dejó de aprovechar las ocasiones, aun en contra de los preceptos militares, aun en contra de las órdenes de sus superiores; circunstancia que le ha reportado éxitos sumamente felices y fracasos sumamente lamentables en sus conquistas.

 

CAPÍTULO 31.

Nuestros hombres salen hacia la Almina y son rechazados. El conde acude en su ayuda y sale victorioso. Los infantes desembarcan para prestar socorro.

 

Don Juan de Norona quiso retener a sus hombres, tanto para obedecer a su general como porque le pareció que, si esperaban, aprovecharían mejor la ocasión; pero los caballeros y capitanes que le acompañaban, sin miramientos y sin recibir orden alguna, se lanzaron al campo de batalla para luchar contra los moros e impedir su embarque. Don Juan decidió seguirles con el resto de sus hombres, para que el peligro y el desorden fueran menores, y así, al salir por la puerta de la Almina, se enfrentaron a los moros. Aquí se mostró valeroso su general, pues al ver a los nuestros decididos a impedirles el embarque, con gran valor y ardor, montado en un valiente caballo, gritando a los suyos —que avanzaban desordenados—, los reunió rápidamente en un solo cuerpo; y no solo esperó a los nuestros, sino que salió a recibirlos y les dirigió estas breves palabras. “Esta es, valerosos granadinos, la ocasión más propicia para que los cristianos vuelvan a comprobar vuestro valor, que tantas veces han reconocido; nuestro peligro es grande, pues por mar se acerca su armada y por tierra los sitiados para impedir nuestra embarque: ya no nos queda otra opción que morir como valientes o perecer como cobardes: a lo primero deben aspirar más sus valerosos corazones; y puesto que así es, embistan con ánimo, y que la muerte sea la última corona de su valor, para memoria eterna de nuestra belicosa nación.” Así habló y, empuñando la espada, embistió a los portugueses con tal valor que, aunque en ambos bandos se luchó valerosamente, al fin el ardor lusitano cedió ante la multitud granadina; y aunque no dieron la espalda, se retiraron en orden al amparo de las murallas. Entre ellos se encontraba su valeroso capitán, don Juan de Norona, luchando como correspondía a quien era, y, tras reunirlos de nuevo, lanzó una segunda embestida; pero, con igual resultado, por segunda vez se retiraron sin poder hacer frente a la multitud de aquellos bárbaros, quienes, con este buen resultado, se pusieron en orden de retirada para tomar las embarcaciones. Ya para entonces había dispuesto el conde todo lo necesario al otro lado de la ciudad; y, volviendo sin demora a la Almina, encontró a nuestra gente en apuros. Olvidando el enfado por la desobediencia, y solo preocupado por aprovechar plenamente la ocasión, con el resto de la gente que le acompañaba salió hacia la Almina, y al unirla con la que ya se encontraba allí formó su escuadrón, y les dijo: “Hoy es el día, señores, en el que más presente debe estar en sus memorias el valor y la virtud de sus antepasados: bien han visto lo que estos bárbaros pretendían en este asedio; pues de haber tenido éxito en sus intentos, en muy poco tiempo habríamos perdido todos la vida o, como mínimo, la libertad. Ha llegado la ocasión en la que podemos vengarnos de su soberbia; si ahora la dejan pasar, nunca volverán a encontrarla tan propicia para asegurar su tranquilidad; no queda más que encomendarse a Cristo, armar los corazones con su santísima Cruz y atacar por todas partes sin perdonar a nadie; pues hoy es el día en que debemos inmortalizar nuestra fama, y en el que debéis saciar el hambre de honor que siempre habéis tenido.” Dijo esto y, espoleando al caballo y empuñando la lanza, se adentró el primero entre los moros, que se retiraban en orden hacia la playa; al ver ellos la determinación de nuestra gente, muy pronto les dieron la espalda y esperaron; y, una vez entablada la batalla, se luchó por ambas partes con valor y determinación. Se distinguió con gran valentía Muley Zayde, sobrino del rey de Granada, luchando con gran esfuerzo y animando a los suyos con igual esmero. Pero no bastó para que, en un instante, su ejército se viera mermado, tanto por los muertos, que eran muchos, como por los que se refugiaban en las playas con la esperanza de salvar la vida. El conde se encontraba en ese momento con la lanza rota y el caballo muerto, y en gran peligro; pero pronto fue socorrido con otro, y al montarlo, comenzó a llamar a los suyos y a decirles que conquistaran el monte de la Almina; y aunque costó mucha sangre a ambos bandos, al fin los moros lo abandonaron. En esta subida, el conde —que, como siempre, se encontraba entre los primeros— recibió un golpe de piedra en la cabeza que le dejó inconsciente durante un largo rato; perecieron Fernán Rodríguez de Buarcos, valeroso soldado que había prestado grandes servicios a la Corona en este frente, y Diego Vázquez Puerto Carrero, quien había realizado tantas hazañas en su defensa. Fernán Rodríguez del Cadaval recibió una herida mortal, a causa de la cual perdió la vida en pocas horas; también resultó herido Vasco Martínez de Albergaria, que luchó valerosamente, y aunque murió años después de haber presenciado aquellos hechos, falleció a causa de la misma herida. Sueiro da Costa, criado del infante don Duarte, merece grandes elogios por lo que hizo en esta ocasión, pues, al quedarse solo frente a tres valientes moros con los que luchó durante un largo rato, mató a dos de ellos, hirió gravemente al tercero y, de este, recibió una puñalada que le costó una mano. Posteriormente fue alcaide de Lagos y, con la mano que le quedó, realizó después no pocas hazañas en Guinea, lo que le valió otros premios bien merecidos por su valor. Muchos otros portugueses resultaron heridos en esta refriega, de los cuales la mayoría sobrevivió, y los que fallecieron posteriormente lo hicieron más por el veneno de las armas que por la gravedad de los golpes.

Las galeras y fustas de los moros, al ver a nuestra armada tan cerca, intentaron ponerse a salvo; y de las once naves de gran tamaño que allí se encontraban, solo una no zozobró en el cabo de la Almina, pues fueron tantos los moros que acudieron a ella para salvar sus vidas y su libertad, que se hundía sin remedio. El capitán y los oficiales, para que no perecieran todos, ya no se dedicaban más que a cortar manos, brazos y piernas, infligiendo heridas inhumanas; y, tras haber puesto gran diligencia en ello, se alejaron de la playa y navegaron hacia Gibraltar. Las demás galeras y navíos que se encontraban al otro lado del Barbazote, al ver lo que ocurría en tierra y que, de quedarse, su perdición era segura, recogieron a los moros que habían llegado a nado mientras se preparaban para escapar y se dieron a la fuga. La mayor parte de los moros se quedó en la playa; muchos se ahogaron al intentar salvar la vida en las embarcaciones; otros les llamaban con palabras lastimeras, recordando a los que estaban en ellas que todos eran vasallos de un mismo rey, naturales de una misma tierra y compañeros bajo una misma ley, y les pedían que no los abandonaran, pues ellos mismos los habían traído hasta allí. Pero ellos no hicieron caso de estas peticiones y quejas, sino que se apresuraron a ponerse a salvo, pues nuestra armada ya se acercaba. Muchos de los barcos tomaron sin gran dificultad diversos puertos de Berbería, pues toda aquella costa abundaba en asentamientos de moros; y aunque todas las embarcaciones procedían de las costas de España, recurrieron a este recurso para cruzar después el estrecho con mayor seguridad; estrategia que engañó a la mayor parte de los barcos pequeños, que cayeron en nuestras manos cuando intentaban cruzar. Mulei Zaide, valeroso general del pueblo de Granada, luchó ese día hasta perder la vida sin dar la espalda; le acompañaron en la muerte casi todos los mejores de su ejército, con lo que se perdió la mayor y mejor parte de la nobleza de Granada.

En estas circunstancias, nuestra armada llegó al puerto del Rey, y al ser avisado el conde de que los infantes deseaban desembarcar, hizo reunir con gran celeridad a toda la caballería y, tomando otros caballos de la derecha para sus personas y para los caballeros que los acompañaban, salió a recibirlos. Tan pronto como los infantes pisaron tierra, vieron a sus pies a aquel valeroso Marte lusitano, el conde don Pedro Meneses, bañado en sangre musulmana y con la espada en la mano; con evidentes señales de los golpes mortales que había asestado aquel día, procuró besarles las manos, pero no se lo permitieron, por mucho que insistiera en la debida sumisión. Llegaron a besársela don Juan y don Fernando de Norona, hermanos, junto con todos los hidalgos y capitanes que allí se encontraban, en una escena que habrían envidiado los príncipes más poderosos del mundo. Los infantes montaron a caballo y, acompañados por toda la nobleza, se dirigieron al lugar de la refriega principal; por allí ya se movían las mujeres y los judíos, junto con mucha otra gente de la ciudad, despojando a los muertos, de los que obtuvieron no pocos botines. Allí yacía el cuerpo del valiente Muley Zaide, digno de los más altos elogios. Era de complexión robusta, con miembros acordes a su estatura; de tez blanca y melena rubia y larga; y, aunque algo desfigurado por los golpes mortales, incluso en tal estado reflejaba claramente la nobleza de su linaje y el valor de su persona. Los infantes y quienes los acompañaban no cesaban de ensalzar con los debidos elogios al conde y a quienes habían participado en tan notable victoria. Este era el campo de batalla, sembrado de cadáveres de bárbaros, y aunque en otras batallas se había visto muchas veces una mayor cantidad de muertos, es cierto que en pocas se perdería tanta gente selecta y noble, ni tan ávida de fama y gloria. La opinión general afirmaba constantemente que, si en esta ocasión el rey de Castilla hubiera contado con las fuerzas y la edad necesarias para emprender la conquista del reino de Granada, la habría logrado, pues aquel reino sufrió la mayor parte de las bajas en esta derrota.

Muchos de los nuestros no pudieron evitar compadecerse ante aquel desastre, aunque se tratara de enemigos, pues, dejando a un lado la gran multitud de cadáveres que ocupaba la playa, yacían infinitos en las orillas: unos sin brazos, otros sin manos —que les habían cortado sus propios compañeros cuando intentaban embarcarse—; unos se movían sobre las olas, ahogados en su intento por salvarse; otros, aún con vida, nadaban, pero con tal desorientación que no se decidían hacia dónde dirigirse: unos, con los brazos cruzados, se arrojaban a los pies de los cristianos; otros, con alguna esperanza de salvarse, se adentraban en los bosques de la Almina, pero cuando se veían sitiados por todas partes, y sin remedio, se maldecían a sí mismos y entregaban su libertad a cualquier persona con la que se topaban, por frágil que fuera, con miserable humildad. Sucedió que tres moros juntos se entregaron a una mujer y le permitieron que les atara las manos, unos a otros, y que los llevara a la ciudad. Los judíos supusieron también un alivio nada desdeñable para el cansancio y la fatiga de los soldados, pues, como sus ánimos se elevan mucho cuando se ven del bando victorioso, se mostraban tan feroces y valientes tras alcanzar la victoria, que fue motivo de gran satisfacción para los infantes, los señores y los soldados verlos con aquel ardor, en contra de la inclinación natural a la que los había reducido el mayor de los pecados. Entraron como cautivos en la ciudad ese primer día novecientos ochenta y seis moros, y, sin contar estos, los soldados ocultaron a muchos otros para quedarse con ellos, sin que se contaran en el quinto. Mayor fue el número de los que se adentraron en los bosques de la Almina, que o bien fueron hallados en los días siguientes, o bien, obligados por el hambre, se rendían, pues en aquel lugar se veían por completo aislados y sin esperanza de salvarse. El número no parecerá elevado si se tiene en cuenta la gran cantidad de gente que desembarcaron las galeras y que, en esos breves días, llegaron tres veces refuerzos desde España: del número exacto de muertos no quedó constancia, pues fueron tantos y en tantos lugares distintos que no se pudo hacer una estimación precisa de cuántos eran.

 

CAPÍTULO 32

Los moros levantan el asedio. Los infantes entran en la ciudad y regresan a Portugal tras una navegación muy adversa. El rey de Granada intenta sitiar la plaza personalmente

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Los moros que sitiaban desde el campo, informados de lo que ocurría en la Almina y de que las galeras y los barcos habían huido, levantaron el asedio, y cada uno se retiró a su tierra con la tristeza y la confusión que merecía un suceso tan repentino y desafortunado, llevando consigo a sus principales caudillos muertos; solo Xeber, que se había pasado a la Almina, quedó cautivo en aquella zona por un criado de Juan Pereira, quien se lo entregó a su amo a cambio de otro moro. Juan Pereira descubrió quién era, y este le pidió libertad, advirtiéndole de que, en lo sucesivo, podría granjearse no pocas amistades, pues, tras la muerte de Abu y de los demás capitanes veteranos, sin duda él dirigiría la guerra de allí en adelante, en lo cual no faltarían ocasiones para agradecerle su libertad. Juan Pereira respondió que no podía liberarlo a un infiel sin un rescate, y se quedó con el cautivo, que más tarde murió en Ceuta, tras haber ofrecido dos mil doblones por su libertad; lo que impidió que esto se llevara a cabo fue la ausencia de Juan Pereira de esta plaza, que se había marchado a Portugal: también murió en esta guerra el señor de Beneigen, poderoso en Berbería, a manos de Gonçalo

Los infantes entraron en la ciudad con aquel espléndido acompañamiento; y, junto con aquellos príncipes católicos, se dirigieron a la catedral para dar a Nuestro Señor las debidas gracias por tan afortunado éxito. Al salir de la iglesia, el conde se arrodilló ante don Enrique y, besando las llaves del castillo, se las entregó; pero este no quiso aceptarlas, considerando que estaban bien empleadas en él y que las poseía por orden del rey, su padre. Al ver que no lo conseguía, pidió a los infantes que quisieran ser sus huéspedes durante los pocos días que se demoraran; estos se lo concedieron, entendiendo que se quedarían poco tiempo, dado que ya había concluido el motivo que los había llevado hasta allí, y que el conde se lo suplicaba con insistencia. Fueron alojados con la magnificencia propia de su grandeza y acorde con el generoso corazón del conde, pues en los tres meses que permanecieron allí a causa de las tormentas, se comprobó posteriormente, según los libros de la casa del conde, que gastó en este alojamiento seis mil setecientas cincuenta y seis doblas, lo cual, para aquella época, la economía en las viandas ya suponía una suma considerable, y la despedida fue tan generosa que todos alabaron enormemente la grandeza con la que se comportó. Es cierto que, así como Dios quiso coronar los méritos y esfuerzos del rey don Juan, príncipe gloriosísimo y digno de gloria eterna, otorgándole como colofón una ciudad tan importante y que tanto honor aportaba a su ilustre nombre; así dispuso que quedara como su primer general, y para resistir aquellos primeros embates de Berbería, uno de los más excelentes capitanes que dio España en muchos siglos, como fue el conde don Pedro de Meneses. Los infantes no solo fueron sus huéspedes durante el tiempo que permaneció allí la armada, sino que era grande el número de caballeros y capitanes que comían con él todos los días. El conde quiso que el botín se repartiera entre los soldados a partes iguales, pero el infante don Enrique no lo consintió, ordenando que cada uno se quedara con lo que hubiera ganado; y como este gran y excelente príncipe era magnánimo y valeroso, y deseoso de adquirir nueva gloria por las armas, le pareció que, al haber sido derrotados los moros antes de su llegada, no había realizado nada digno de alabanza, por lo que intentó la conquista de Gibraltar y ordenó disponer la artillería y otros ingenios militares; y, una vez todo dispuesto de la mejor manera que permitía la brevedad del tiempo, quiso dar inicio a la empresa. Pero se topó con la oposición generalizada de los más experimentados y prudentes, tanto por la proximidad del invierno como por la falta de lo necesario para una empresa de tal envergadura. Quiso informarse personalmente de la dificultad y zarpó en las galeras para reconocer Gibraltar, pero aquella noche se desató tal tempestad que los arrojó al Cabo de Gata, donde permanecieron quince días. Al volver a calmarse el tiempo, se refugiaron en Ceuta, donde encontraron cartas de su padre con la orden de que regresaran al Reino, pues él, conociendo bien la grandeza de sus corazones, suponía que no dejarían de intentar alguna empresa grandiosa, para la que ni el tiempo ni el número de hombres les eran favorables. Eran sumamente obedientes a su padre, una de las mayores alegrías de este príncipe, y decidieron regresar a Portugal. No hubo otra demora que la del tiempo, pues durante muchos días soplaron vientos contrarios; pero, al llegar por fin el tiempo que deseaban, tras despedirse del conde con las muestras de amor y benevolencia que merecían su valor y su generosidad, partieron. Poco después les sobrevino una tempestad tan violenta que muchos de los barcos se refugiaron en Algeciras, donde Rui Gómez de Azevedo, alcaide mayor de Alenquer, al ver que su barco estaba a punto de zozobrar, saltó a su bote para salvarse, y, movido por la compasión que sintió hacia los que quedaban en el barco, dejó entrar a tantos que, debido al gran peso, este se hundió primero, pereciendo allí mucha y muy noble gente. Álvaro Vaz de Almada se encontraba en su barco con otros hidalgos, en el mismo peligro; pero, escarmentado por lo que había visto, saltó él al bote y, junto con otros que, con sus espadas, defendieron la entrada, permitieron el paso únicamente a las personas más distinguidas, y aun así se salvaron con gran peligro; era lamentable oír las voces y el llanto de los que quedaban, quienes, al ver la muerte tan cerca, pedían lastimosamente que les socorrieran, pero fue imposible, pues la barca, debido a la fuerza del tiempo, no pudo dar la vuelta, y mientras tanto el barco chocó contra unos escollos donde se hundió con toda la tripulación. El capitán Diego Suárez de Albergaria y otros se salvaron afortunadamente. Álvaro Vázquez y otros hidalgos lo pasaron con gran dificultad, pues desembarcaron en territorio morisco, y el frío era tan intenso que uno de los miembros de la compañía murió congelado, ya que, al no sentir el frío, no encendieron fuego. Al caer la noche, se dirigieron hacia Tarifa, y en este camino les socorrió la divina Providencia, pues al encontrarse con los almogávares de aquella plaza fueron conducidos hasta allí y acogidos por el portugués Puerto Carrero, su alcaide, con la generosidad que debía a sus compatriotas, amigos y parientes. Los «infantes» y otros barcos se vieron arrastrados por la tormenta a lo largo de aquellas costas; unos entraron en los puertos de Andalucía, que estaban bajo dominio de Castilla, y otros en los del Algarve, por lo que durante algunos días corrió en Portugal un rumor muy creíble de que se habían perdido. De toda la armada, solo llegó a Lisboa el barco de Bernardin de Barbuda, a quien el rey preguntó por sus hijos; y al responder él que no sabía nada de ellos, pues la tormenta le había separado de su compañía, el rey le reprendió severamente por haber entrado en Lisboa, y su enfado se prolongó durante bastante tiempo; unos días después entraron los infantes, y fueron recibidos con alegría general en todo el reino.

Reinaba por entonces en Granada aquel bárbaro al que llamaban «el Zurdo», de corazón valeroso y honrado. Este, al enterarse de la derrota que habían sufrido sus vasallos, sintió el dolor que merecía tal pérdida. Se encontraba en Gibraltar en esa ocasión, y pocos días después se trasladó a Málaga, donde reunió a todas las personas nobles de su reino; tras informarles del suceso, les pidió consejo para vengar esta afrenta, y dijo: Que no era justo que una injuria como la que había sufrido el belicoso reino de Granada quedara sin venganza con la vida misma, pues esta causa era tan suya como de todo el reino, ya que él había perdido a sus mejores vasallos y ellos a la flor y nata de sus amigos, parientes y súbditos, en quienes se basaba la seguridad y la tranquilidad de todos. Que era necesario buscar medios para vengar la reciente herida, cuyo efecto fuera tal que diera satisfacción al mundo. Que los infantes de Portugal, toda su armada y la gente de esta expedición ya habían regresado al reino, y no solo ellos, sino también muchos otros soldados que se encontraban en la plaza. Que esta ciudad, sin duda, se encontraba falta de provisiones, ya que se encontraban a principios de invierno, y que este era prolongado, lo que impedía o retrasaba los socorros, y le parecía una ocasión para ganar la plaza a bajo coste. Que contaba con una flota y personal suficiente para intentar la empresa, y que si el rey de Fez se dispusiera a ayudarle, la emprendería en persona, pues, aunque su sobrino era un príncipe valeroso, se había perdido por temerario, confiando más en su valor que en las disposiciones reales, y disposiciones militares, pues, a pesar de haberle ofrecido artillería suficiente —que tanto se necesitaba para esta expedición—, no había querido llevarla, ni había organizado la armada de manera que pudiera reunir a la gente en el momento de mayor necesidad. Que, al encontrarse personalmente en esta empresa, subsanaría los errores del pasado y solicitaría al rey de Túnez que incorporara a su armada las galeras, que siempre tenía bien preparadas; y que haría que se vigilara el estrecho de tal manera que no pudieran pasar mensajes de Ceuta a Tarifa, ni a Portugal, para que la plaza pudiera ser conquistada antes de que recibiera socorro.

Esto lo propuso a los miembros del consejo para que dieran su opinión sobre lo que debía hacer: le tocó hablar primero a un alcaide anciano, gobernador en nombre del rey en Almería; este, al no estar de acuerdo con sus intenciones, dijo que no era cierto que la plaza de Ceuta careciera de provisiones, sino que era creíble que estuviera bien abastecida gracias a los socorros que le habían llegado en repetidas ocasiones desde Portugal: que, además, aunque alguna gente se hubiera vuelto al Reino para descansar, la guarnición quedaría suplida con otra igual de la tropa de socorro, pues, así como el rey de Portugal tuvo la disposición para conquistarla, no le faltarían mano y juicio para defenderla, sobre todo teniendo en Ceuta a un general de tanto valor y dotes, y de quien se podían esperar mayores disposiciones. Que, aunque faltaran los refuerzos de Portugal, siempre les aseguraba la proximidad de Castilla, donde el conde tenía tantos amigos y parientes, y que, cuando estos no acudieran, como era de esperar, le bastaban los cautivos moros, con los que disponía para obtener, vendiéndolos en los puertos marítimos de Andalucía, todos los víveres necesarios para sustentar un largo asedio. Que era creíble que los Infantes no regresaran al Reino sin dejar aquella plaza tan bien abastecida de todo, que no necesitara durante muchos días nuevos refuerzos, pues era necesario que pensaran entonces en lo que ahora tramaban sus adversarios. Que el invierno causaría tanto daño a los sitiadores como a los sitiados, o quizá mayor, pues estos se encontrarían en tierra firme, mientras que el principal poder de Granada residía en el mar y en la impetuosa desembocadura del Estrecho; y que, si se desatara una gran tormenta —que en épocas semejantes nunca faltan—, o bien los barcos encallarían en la costa, o bien se alejarían de tal manera, que no sería fácil volver a reunirlos; y que, en este caso, el Reino de Granada sufriría un segundo daño, más grave que el primero, pues quedaría lo mejor de su gente, las fuerzas de todo el reino y, lo que es más importante, la persona real, en la Almina de Ceuta, como en una fortaleza en poder de los cristianos. Que los barcos situados en la boca del Estrecho para impedir que llegaran avisos desde la plaza a España no podían surtir efecto alguno, pues, aunque se perdieran unos, otros pasarían sin obstáculos. Que, además, el alcaide de Tarifa era pariente cercano del conde, cristiano como él y de su misma nación, y no solo estaba sujeto a estas obligaciones, sino que también estaba en deuda con el rey de Portugal por grandes favores y beneficios; y, como tal, solía enviar por orden suya a muchos espías entre los moros, que le informaban de todos sus movimientos; que, además de esto, tenía en Tarifa a un residente, y algunos mensajeros que le ayudaban a mantenerle informado continuamente de lo que se le presentara; y que, por estas razones, los fundamentos en los que el rey basaba su decisión estaban sujetos a error: pues su opinión era que la empresa de Ceuta se volviera a intentar poco a poco, y con mejores preparativos, escribiendo a todos los señores de África que habían participado en la ocasión anterior, y a aquellos que no habían acudido para que se prepararan, manifestándoles el Rey su intención y pidiéndoles consejo y ayuda para que, una vez decididas las cosas con más tiempo y con preparativos más seguros, todo saliera más felizmente que en la ocasión anterior.

Este fue el parecer de aquel anciano alcaide, al que se adhirió la mayor parte del Consejo; otros, ya fuera porque opinaban lo contrario, ya porque percibían que el rey se inclinaba por una venganza inmediata, aprobaron su decisión, añadiendo a las suyas otras razones para refutar las del alcaide. El rey comenzó entonces a prepararse con el mayor sigilo posible, pero le sirvió de poco su discreción, pues el conde no dejaba de informarse por todos los medios de sus intenciones a través de los espías que tenía en Berbería, y en España; y, sin conformarse con sus avisos, envió un bergantín para que recabara información en las costas de Andalucía, que regresó rápidamente, y por medio de él supo, con detalle, los intentos y las previsiones del rey de Granada. Al ver que se disponía a sitiar en persona Ceuta con todo su poderío, y el de Berbería, no cesaba de prepararse para su defensa trabajando físicamente como cualquiera de sus soldados, y animándolos con su ejemplo, de modo que en breve no solo reparó las murallas, sino que realizó otras obras nuevas de gran importancia. A pesar de todas las previsiones del rey de Granada, su determinación no llegó a surtir efecto, pues al mismo tiempo que África se preparaba para desterrar el nombre lusitano de su puerta más importante, se desataron nuevas guerras civiles en el reino de Fez por la sucesión, que perturbaron la paz común de Berbería, y fueron la causa de que, al ocuparse los moros de sus propios daños, se olvidaran de los ajenos; con esta ocasión, Ceuta se libró de las amenazas previstas, aunque fuera por poco tiempo.

 

CAPÍTULO 33

Continúan los éxitos militares y marítimos con buena suerte. Matrimonios tramados por el conde.

 

Tras tantos éxitos gloriosos de los portugueses, los moros se calmaron notablemente respecto a aquella furia inicial con la que intentaron  recuperar esta plaza, pues los nuestros, al verse tantas veces vencedores, cobraron nuevas fuerzas en su defensa. En ese momento se encontraban en Ceuta la mayoría de los portugueses con experiencia en la guerra de Berbería; y así, tras este asedio, aunque los moros realizaron continuas incursiones en el campo y diversas entradas por mar, no fue con el poderío que acabamos de mencionar, pues nunca más, ya fuera por las guerras internas de Berbería o por las que tenían en España, pudieron dedicarse a esta empresa que tanto les convenía. A esto se sumó que, en la ocasión anterior, falleció aquel valeroso capitán Abu, que tanto fomentaba esta guerra, junto con otros valientes caudillos de su séquito en Berbería, que se unían a él, por lo que durante muchos días se encontraron sin líderes, y así, aunque continuaron las incursiones, fue más bien porque pensaban que con ello prestaban servicio a su falso profeta, a quien, al dejarse persuadir, creían que podrían llevar a cabo algo importante en nuestro perjuicio.

Durante muchos días lloraron los moros la pérdida sufrida sin intentar nada nuevo, pues a la mayor parte de Berbería le tocó sufrir en gran medida aquel infeliz suceso. Sus caciques, y aquellos a quienes consideraban santos, les predicaban animándoles a la venganza, y no cesaban de instarles a que dejaran a un lado la tristeza y trataran de recuperarse, pues no era posible que el rigor del cielo se prolongara tanto contra su pueblo. Aunque las persuasiones eran continuas, durante muchos días no se encontró ningún capitán que quisiera hacerse cargo de una empresa tan ardua, hasta que uno llamado Abderramán, considerado entre ellos un hombre de gran virtud y valor, se encargó de llevar a cabo la guerra. Con esta determinación se dirigió a las tierras de los gazules para reclutar gente; predicó por todos aquellos lugares, incitando a los bárbaros a esta guerra, y aunque era una persona de prestigio, esta vez no pudo reunir más que cien caballos y mil peones. Con ellos se dispuso a invadir el campo de Ceuta. Entraron justo cuando el conde había enviado a sus exploradores a recabar información con la intención de proporcionar leña a los vecinos al día siguiente; y mientras unas se encontraban en la curva de Ramal y otras en el puerto de los Álamos, al cuarto de la alba avistaron a moros a caballo y a mucha otra gente a pie, y, al intentar llevar las noticias de su llegada al conde, se toparon con las patrullas enemigas; y como estas eran más numerosas, las tres se pusieron en fuga, y al ver que no podían llegar a la ciudad sin caer en manos de los moros, ya que el camino era largo, se refugiaron en una torre que se conservaba, aunque sin guarnición, entre las quintas, donde luego fueron sitiados. Se defendieron con gran valor hasta el día siguiente, en el que los moros prendieron fuego a las puertas para entrar en la torre. Ya para entonces habían salido las atalayas de la plaza y, al ver la situación en la que se encontraban los nuestros, avisaron rápidamente al conde, quien hizo salir treinta y cinco caballos —que eran todos los que quedaban en la plaza— y cien soldados a pie, y él mismo los acompañó. Al llegar en breve tiempo a las quintas, al ver que los moros continuaban el combate desde la torre, ordenó a los jinetes que entablaran la escaramuza, para que los moros no salieran victoriosos; más bien, como gente deseosa de vengarse de tantos daños, lucharon valerosamente durante un largo rato sin que se apreciara ventaja por ninguna de las partes. Se produjeron cinco rondas en las que murieron cinco moros a caballo y, de nuestra parte, Álvaro Pinto el joven; pero los nuestros, en la cuarta ronda, embistieron con tal ímpetu que los expulsaron del campo, y los pusieron en fuga; y, siguiendo la persecución por la sierra, matando y derribando a muchos otros, al ver el conde que los jinetes habían huido, dio órdenes rápidamente a otra tropa que había llegado en socorro y cargó contra los infantes, que eran en número mucho más numerosos que los nuestros. Por ambos bandos se luchó valerosamente durante cuatro horas, hasta que el valor de los moros cedió ante el esfuerzo de nuestra gente y se declaró la victoria a su favor. Murieron en ella más de doscientos y quedaron cautivos cuarenta y cinco; por nuestra parte, murieron dos soldados y un Álvaro Pinto. Con esta victoria, el conde recogió la lanza manchada de sangre enemiga, y con el regocijo que cabe esperar por el éxito obtenido. Todos se distinguieron mucho, pero quedó un recuerdo especial del esfuerzo de Rui Gómez de Silva, quien se encontraba libre del cautiverio y procuró vengarse de todo lo que había padecido en Berbería.

Por aquel entonces llegaron al conde cartas del rey de Castilla, en las que le rogaba que concediera un campo de batalla a dos caballeros para que se enfrentaran; uno era castellano y se llamaba Lope Alonso de Montemolín, y el otro, catalán, que servía en la casa del rey de Aragón y se llamaba Mosen Felipe Buil; el motivo de su desafío era tan insignificante (aunque no ha quedado en la memoria) que el conde se esforzó mucho por conciliarlos para que no llegaran a la ruptura, pero no fue posible, por lo que tuvo que concederles un campo seguro para su combate. Ambos lucharon con gran valor, y aunque el castellano resultó herido, salieron con igual reputación; el conde, sin permitir que llegaran a las últimas estocadas, hizo que los separaran y se dieran la mano como amigos, y los tuvo como huéspedes durante muchos días, despidiéndolos después con importantes obsequios, que recibieron tanto de él como de los caballeros portugueses.

Unos meses después, le tocó un día a Rui Gómez de Silva la guardia del campo, y salió con varios caballos para vigilarlos mientras los vecinos recogían hierba. En cuanto salió, descubrió la emboscada del Cañaveral, que se hallaba desierta, y, pensando que el campo estaba a salvo, se retiró hasta el monte de los Gazules; mientras se encontraba en aquel puesto montando guardia a los que trabajaban, salieron cien moros a caballo de la curva del Ramal, y con ellos mil a pie, que no fueron vistos hasta que se encontraron sobre el puerto de los Álamos, con lo que Rui Gómez quedó aislado sin poder replegarse. Pero, como hombre valiente y sereno, decidió atrincherarse con su gente en una torre, que un tal Juan Preto había solicitado al rey con la intención de mantenerla y avisar desde allí a la ciudad de cualquier novedad que surgiera, a lo que asistía continuamente. Allí se refugió Rui Gómez con sus valientes compañeros y, tras meter los caballos en un establo de la torre, trató de defenderse con las armas que había en ella. Los moros combatieron con gran furia, pero, por mucho que se esforzaran, los nuestros no sufrieron mayor daño que la pérdida de cuatro caballos. Le llegaron al conde las noticias sobre la situación apremiante en la que se encontraba Rui Gómez, y trató de socorrerlo; pero, temeroso de alguna emboscada debido a la distancia del camino, hizo primero que se explorara el campo por un lado y por otro, y, al saber que estaba seguro, salió con el resto de la caballería —que era escasa— y con quinientos soldados escogidos, se dirigió hacia la torre sitiada. Pero, al ser descubiertos por los moros —aunque estos eran mucho más numerosos—, no se atrevieron a esperarle, sino que desistieron del combate y se retiraron sin luchar, dejando muchos muertos y llevando a otros muchos heridos, pues Rui Gómez y sus compañeros se defendieron valerosamente hasta que recibieron refuerzos, infligiendo grandes daños a los enemigos.

En la zona costera se produjeron al mismo tiempo algunos enfrentamientos de poca importancia, en los que los nuestros salieron victoriosos; solo se tiene constancia de tres fustas que partieron de Ceuta, capitaneadas por Andrés Martínez, Alonso García y Gomes Fernández: estos se encontraron en la boca del Estrecho con cuatro navíos, con los que lucharon valerosamente hasta derrotarlos: dos quedaron rendidos con treinta tripulantes y cinco cautivos; fueron muchos los muertos entre los cuatro, y sin duda todos habrían quedado rendidos de no ser porque cayó la noche, con lo que pudieron escapar. Los nuestros quedaron casi todos heridos, pero ninguno murió, y se retiraron apresuradamente.

El conde se había casado en primeras nupcias con doña Margarita de Miranda, hija de don Martín Alfonso de Miranda, quien fue arzobispo de Braga, matrimonio con el que obtuvo una dote considerable. Esta señora estaba dotada de virtudes heroicas y, debido a sus continuas enfermedades, no pudo trasladarse a Ceuta; permaneció en el Reino durante el tiempo que el conde gobernó esta provincia, viviendo con notable ejemplo, hasta que nuestro Señor, en recompensa por sus virtudes y esfuerzos, la llamó a su lado. Tras este último asedio, que el conde defendió con tanta valentía, el rey trató de casarlo, pues no tenía ningún hijo varón legítimo que heredara su casa y sus servicios, sino solo dos hijas que le habían quedado de doña Margarita de Miranda; y así concertó su matrimonio con la hija de Gonçalo Vázquez Coutino, mariscal de Portugal. Una vez dispuestas las cosas para que esta señora se trasladara a Ceuta, el conde solicitó al rey permiso para que le acompañaran sus hijos ilegítimos, y se le concedió; y al partir todos, una vez que los barcos se habían alejado de la costa del Algarve, durante la travesía falleció en el mar la esposa del conde, para gran pesar de todos, y también el suyo al enterarse de la triste noticia. Al mando de los barcos se encontraba Vasco Fernández Coutino, quien más tarde fue conde de Marialva, y, a pesar de lo ocurrido, se dirigió a Ceuta y entregó a sus hijos al conde. De entre las hijas, una de las ilegítimas se llamaba doña Isabel, que estaba prometida para casarse en Ceuta con Rui Gómez de Silva. Se celebraron las bodas poco después de su llegada, para gran satisfacción del conde, quien conocía bien los méritos del yerno que había elegido.

 

CAPÍTULO 34.

Los gazules atacan por tercera vez, libran batalla y son derrotados. Don Fernando de Norona libera el estrecho de unos corsarios. El rey de Fez sitia Arcila y la conquista con gran éxito.

 

Había por aquel tiempo en las costas de Andalucía dos corsarios, valerosos castellanos; uno se llamaba Gonzalo Correa y el otro Bartolomé. Estos, de origen humilde, llegaron a tener sus propios barcos y, dedicándose al oficio de piratas, ganaron otros, y al sumar a su banda a mucha gente más, se apoderaron del mar, y eran los señores del paso del Estrecho. Ceuta sufrió mucho a causa de estos corsarios, pues le privaban de la comunicación y el comercio con Portugal y Andalucía, capturando tanto sus propios barcos como los que llegaban a ella con los socorros habituales. Esto le pareció al rey un gran inconveniente y un obstáculo considerable para mantener aquella plaza; por lo que armó algunos barcos que dotó de gente escogida tanto por su linaje como por su valor. Nombró general a don Fernando de Norona, y en esta armada iba también don Fernando de Castro, gobernador de la casa del infante don Enrique, caballero muy noble y de gran renombre y prestigio. Partieron de Lisboa y, tras pasar el cabo de San Vicente, recorrieron las costas de Andalucía, sin encontrar en ninguna parte a los corsarios; embocaron el estrecho y entraron en Ceuta, donde fueron bien recibidos por el conde. Habiendo entrado el día 18, el 24 de junio llegó un moro llamado Yusuf, que era uno de los espías a los que el conde pagaba en Berbería; este le confirmó que habían llegado muchos gazules y que al día siguiente entrarían en el campamento. El Conde informó entonces a los señores que allí se encontraban, quienes, disgustados por no haber combatido en el mar, se alegraron especialmente ante tal noticia. Al día siguiente, el Conde envió a Fernán Suárez de Albergaria y a Fernán Camelo a realizar la guardia ordinaria; pero, al estar al tanto de la llegada de los moros, no se alejaron demasiado de la playa ni de las atalayas. Poco después se les avistó en gran número, pues no solo venían los «gazules», sino todos los de aquellos alrededores, que se encontraban preparados. En cuanto los nuestros los percibieron, comenzaron a replegarse en buen orden y avisaron al conde, quien, como estaba prevenido, salió con mucha gente y se situó en la colina, donde se reunió con los de la guardia y esperó a don Fernando de Norona, que aún no había llegado. Una vez reunidos, se dirigieron hacia un monte en el que se encontraban los moros, que sumaban mil seiscientos a pie y ochenta y cinco a caballo, y ambos bandos se reunieron en el mismo lugar en el que los gazules habían sido derrotados la vez anterior. Entre los hidalgos que el conde llevaba consigo se encontraba Gileanes de Freitas, un caballero de gran valor; este, al llegar junto a los moros sin recibir orden alguna, embistió el primero y se adentró entre ellos, enzarzándose tanto en la lucha que, de no haberle socorrido un criado, lo habrían matado. Este, al ver a su señor en tan gran peligro, con rostro sereno y dispuesto a salvar la vida de quien le había criado o a acompañarle en la muerte, apretó la lanza y embistió con fuerza a los adversarios, y tal fue la embestida, y tal la confusión de los moros, que le permitió a Gileanes de Freitas zafarse de los muchos que antes le rodeaban. El conde no dejó de percibir la temeridad de este caballero y el hecho de que hubiera iniciado la refriega sin orden, pero, olvidando su falta, trató de socorrerle en tan gran apuro. El primero cargó, y tras él, noventa y cinco caballos; y aunque los moros lucharon bien al principio, después, al carecer de suficientes jinetes, se debilitaron notablemente, pues a los primeros golpes murieron catorce, por lo que se pusieron en retirada y, poco después, huyeron. Los nuestros prosiguieron la victoria, degollando y hiriendo, y cada uno procuraba adelantarse a sus compañeros. Fernán Suárez de Albergaria resultó herido en una mano; los moros, al ver que en cuestión de instantes perdían más hombres, se lanzaron a la huida desordenadamente, y los que iban a pie se apartaron huyendo hacia las fincas, donde el conde, al ser el terreno accidentado y escarpado, los atacó por la parte de la sierra, arremetiendo contra ellos por dos frentes. Lope de Albuquerque, un joven y valeroso caballero, siguió a los moros sin compañía, y estos le rodearon de tal manera que le mataron el caballo y lo derribaron; habría perdido la vida de no ser porque Rui Gómez de Silva, junto con otros dos compañeros, logró llegar a su ayuda y, luchando valerosamente y causando la muerte de algunos adversarios, lo liberaron, y lo sacaron herido en una pierna. Rui Gómez prosiguió con la victoria, y por otra parte el conde mató e hirió a muchos enemigos hasta que le pareció que se exponía a un gran peligro al avanzar más, por lo que hizo una señal para que cesara la persecución, y se dispuso a retirar a los heridos, que eran numerosos; capturaron a cinco moros, y quedaron muertos en el campo de batalla doscientos, ochenta y cuatro, además de muchos otros heridos, y los que perecieron durante la retirada. Entre todos destacó Pedro González, y para recompensarle por su valor, el conde le llamó ante todos y le dirigió estas palabras: «Honrado caballero, aunque todos los aquí presentes lucharon hoy con valentía, sin duda su valor se distinguió entre todos; y aunque no es nuevo para mí saber cómo se comporta usted ante los peligros, y en situaciones difíciles como aquella en la que os ha visto realizar hazañas dignas de gran alabanza, con todo ello, como testimonio eterno de vuestra virtud, os distingo entre todos y deseo armaros caballero; y ruego a estos señores que, además de lo que yo escriba, transmitan a nuestro señor el rey las palabras que aquí me han oído. Este caballero, tanto en esta ciudad como en los reinos de Castilla, realizó hazañas dignas de gran alabanza, tal y como vemos a cada paso en la historia de Portugal. Esta fue la única ocasión en que los «gazules» atacaron bajo el mando del conde, habiendo sufrido en las tres ocasiones en que le provocaron los daños mencionados. Don Fernando de Norona, tras este suceso, emprendió un viaje a Portugal y, para que la travesía se completara en su totalidad, se topó en las costas de Castilla con una carraca del corsario castellano llamado Bartolomé, con quien luchó, y, aunque con gran esfuerzo, al fin lo sometió, junto con otros barcos que lo acompañaban, hazaña por la que mereció grandes elogios y que fue la causa de que el estrecho quedara despejado y de que los barcos de Ceuta pudieran navegar con seguridad.

Mientras Don Fernando de Norona aún se encontraba en esta plaza, el conde recibió noticia de que el rey de Fez tenía sitiado en Arcila a Zalabenzalá, aquel poderoso marinero que había perdido Ceuta y era señor de muchos otros lugares de la costa de Berbería. Al enterarse de ello y queriendo aprovechar la ocasión, procuró entablar conversaciones con Zalabenzalá para asegurarle que le socorrería en aquella ocasión y le ayudaría en todas las que se le presentaran contra el rey de Fez, si cedía el dominio de aquella villa a Portugal. Eligió para esta embajada a Pedro González, a su hermano, y a Rui Gómez de Silva, y los envió en una galera con carta de credenciales; los embajadores prosiguieron su viaje y llegaron al día siguiente a Arcila; y, al ser avistados y comprobarse que venían en son de paz, salió una zarra a hablar con ellos y a averiguar qué deseaban. Le entregaron la carta y se enteraron de que el rey de Fez, dos días antes, había levantado el asedio, desengañado de poder conquistar la plaza, pues la halló más fuerte y mejor defendida de lo que pensaba; y así, no solo no consiguió lo que deseaba, sino que sufrió daños considerables. Zalabenzalá, al saber de quiénes eran los embajadores, los recibió con gran hospitalidad y les pidió que se quedaran hasta el día siguiente, a lo que ellos accedieron. Al día siguiente, les mandó visitar con un sobrino, rogándoles que salieran a tierra, o al menos Rui Gómez de Silva, a quien deseaba mucho ver; y, tras deliberar, decidieron que Pedro González se quedara en la galera, y que salieran su hermano y Rui Gómez a visitar a Zalabenzalá. Este les esperaba junto a la puerta de La Tarazana, acompañado de gente distinguida, y al ver que la galera llegaba a la playa, salió a recibirles en la lengua de tierra y, acompañándoles hasta el lugar donde se encontraba antes, les hizo sentarse; y, quedándose solo con sus consejeros, escuchó a los embajadores. Rui Gómez expuso el motivo de la embajada y, dirigiéndose a él en nombre del conde, le dijo que este se había enterado de la injusta guerra que le libraba el rey de Fez, y de que tenía sitiada aquella plaza; y que, teniendo en cuenta su gran bondad y nobleza, había decidido acudir en su ayuda personalmente, y que, por orden suya, iba a averiguar qué necesitaba. Zalabenzalá, agradecido por las ofertas del conde, respondió que estaba convencido de la voluntad que le mostraba, que, por lo que siempre había oído de los moros, le tenía simpatía, pero que ahora se sentía sumamente agradecido por el plan que tenía para su defensa frente a un enemigo tan poderoso. Que, del mismo modo, le encontraría dispuesto a todo lo que necesitara la plaza de Ceuta contra el rey de Fez, tanto en provisiones como en soldados, pues ya se había librado del asedio, y el rey de Fez se había arrepentido de haberlo intentado debido a la gran cantidad de hombres que perdió en vano; y que la plaza se encontraba preparada de tal manera que bien podría soportar combates aún más encarnizados, si el rey de Fez la atacara por segunda vez, cosa que no creía. Hablaron después de otros asuntos y, colmados de los regalos que les hizo Zalabenzalá, se despidieron de él y regresaron.

 

CAPÍTULO 35

Gonzalo Vello obtiene notables victorias por mar y por tierra, en las costas de Gibraltar: las fustas de Ceuta combaten y vencen a las de Tánger y Arcila; se relatan otros acontecimientos marítimos de esta plaza.

 

Ceuta padecía escasez de provisiones cuando llegó al puerto una galera, que Gonzalo Vello había armado a sus expensas, deseoso de servir a Dios y a su rey en las costas de Berbería. Antes de entrar, se encontraba en Belez rescatando a algunos cautivos que habían sido capturados en un cárabo. En aquel entonces, el señor de aquella ciudad era Almanzor, quien le dispensó honores extraordinarios, tanto por la fama que tenía de su gran valor, como porque Gonzalo Vello, durante el asedio de esta plaza, había dado muerte a Beinegen, gran enemigo suyo, con quien mantenía guerras continuas y a quien reconocía como superior en poder. Intentó que desembarcara para verle, pero no lo consiguió; tras enviarle provisiones y permiso para cargar víveres, se dirigió a Ceuta, donde fue bien recibido con el socorro que no esperaba. Partió de aquí para recorrer las costas de Andalucía, y junto a Cádiz capturó un cárabo, y otro en la bahía de Gibraltar con trece caballos y abundantes provisiones, aunque sin gran resistencia. Se encontraban en aquel momento en Castellar dos hermanos, Juan y Gonzalo de Saavedra, quienes, al saber que Gonzalo Vello se encontraba en aquellas costas, le enviaron un mensaje pidiéndole que bajara a tierra, pues deseaban informarle de algunas cuestiones importantes al servicio de Dios y para el aumento de sus honores. Él accedió a ello y, tras desembarcar al día siguiente, le informaron de cómo intentaban tomar Gibraltar por sorpresa; para lo cual contaban con dos barcos armados con el fin de desembarcar a la gente una noche, que debía atacar por la parte de la montaña, mientras ellos lo harían por la otra, y le pedían que quisiera ayudarles en una empresa tan al servicio de Dios; y para convencerle aún más, le mostraron firmas en blanco del rey de Castilla, que tenían para otorgar mercedes a quienes les ayudasen. Gonçalo Vello respondió que, por supuesto, les acompañaría sin otra intención que la del servicio a Dios y el aumento de su honor, pues no aceptaba mercedes de ningún otro príncipe que no fuera el rey de Portugal, de quien era vasallo, ni del infante don Enrique, a quien servía. La incursión en Gibraltar, aunque se intentó, no tuvo éxito, pues el adalid castellano que guiaba a nuestra gente se extravió aquella noche, y al ser descubiertos, no lograron lo que deseaban, ni lo intentaron por segunda vez, ya que los de Gibraltar se encontraban preparados. Desesperados ante el fracaso de esta empresa, se reunieron en consejo y acordaron ir a saquear y quemar una aldea rica de trescientos vecinos, situada junto a Marbella; dispusieron que Gonzalo Vello la atacara por un lado con los portugueses, y los Saavedras por otro con los castellanos; y aunque esta empresa fue rechazada por algunos debido a la fortaleza del lugar, y por la proximidad de refuerzos procedentes de otros lugares, formados por gente belicosa; y lo respaldaban con un precedente en el que los castellanos habían sido totalmente derrotados al intentar lo mismo; sin embargo, la mayoría decidió que se llevara a cabo. Gonzalo Vello partió por mar con su gente y desembarcó en la playa, a una legua de la población; poco después fue descubierto: se alegró de ello, al comprender que los castellanos llegarían por tierra a tiempo para atacar a los enemigos por la retaguardia; pero, al tardar demasiado, tuvo que soportar todo el peso de la contienda sin otra ayuda que la de los suyos. Llevaba solo a noventa y siete compañeros, y avanzaron en buen orden hasta cerca de la aldea, guiados por un guía moro que se había convertido; ya, como he dicho, se les había detectado, y los vecinos de la aldea procuraron poner a salvo a sus mujeres e hijos para poder actuar con mayor libertad en la batalla. El lugar se encontraba en una llanura y, a un tiro de mosquete, había un monte frondoso, llano en la cima, cuya entrada solo contaba con unos pasos estrechos y de difícil acceso, en los que los moros se apostaron para defenderlo. Gonzalo Vello dispuso a su gente y, tras pronunciar una breve exhortación y dar las órdenes oportunas —embarcando el escudo y apretando la espada—, fue el primero en lanzarse contra una de esas entradas. Los moros salieron a la defensa con igual rapidez, y en la primera embestida cayeron seis con golpes mortales, y muchos de los nuestros resultaron heridos. Los moros lanzaron un segundo ataque con mayor ímpetu que el primero; pero encontraron tal resistencia por parte de los nuestros que tuvieron que retirarse con mayores pérdidas que las anteriores; pero al volver de nuevo con mayor furia, se enzarzaron unos contra otros en un amplio espacio, hasta que, al ver que les habíamos matado a veinticinco, se pusieron en retirada dando la espalda a la montaña. En ese momento, sus familias ya se encontraban en la cima, adonde ellos también se retiraron para defender las entradas. Gonçalo Vello, acompañado de algunos, quiso subir; pero recibió una peligrosa herida en la frente, a causa de la cual quedó ciego de un ojo para siempre, y lo derribaron desde un peñasco, donde habría perecido de no ser porque su escudo lo protegió de las saetas y las piedras que le lanzaban. Aquí mató Juan de Almeida a un valeroso joven moro, tras una singular y valiente batalla. Gonzalo Vello se levantó como pudo y, al considerar que era imposible penetrar en la espesura del bosque con una defensa tan fuerte y que tenía muchos heridos, intentó retirarse al campo, tal y como hizo. Pero los moros, pensando que esta acción se debía al miedo y que los nuestros huían, unieron sus fuerzas y salieron con gran ímpetu hacia la llanura. Se enzarzaron unos contra otros con valentía, y cuando la victoria estaba de nuestro lado —con la muerte de otros diecisiete moros—, los portugueses se desanimaron al ver que a los enemigos les llegaban refuerzos cada vez más numerosos; y que, cuanto más avanzara el día, mayores serían. En ese momento vieron hacia la zona de Marvella a una tropa de caballería, con lo que no solo se desanimaron, sino que emprendieron una vergonzosa huida sin que Gonzalo Vello pudiera impedírselo; pero al ver que esto provocaba su total destrucción, volvió la espada contra sus soldados y, hiriendo sin piedad, les decía: «¡Cobardes, vergüenza de vuestra nación! ¿De quién huís? ¿No ven que, si esa caballería es enemiga, no podrán escapar a pie, y cansados de luchar en retirada durante una legua? ¿Quieren morir vilmente huyendo, y no como valientes luchando? ¡Vuelvan, portugueses, pues se pierden sin remedio, y mueran como valientes!». Gonzalo Vello puso en ello tal diligencia que, temiendo ya los portugueses más los golpes de su capitán que las heridas de los moros, tuvieron que volver a reagruparse y resistirles; el valeroso caudillo los puso en orden y se retiró, tras reagruparse, a unas vallas para defenderse, y, tras animarlos, salió de nuevo; y con gran determinación cargaron, animados ya porque reconocieron, por los estandartes de la caballería, que se dirigía hacia ellos la otra tropa de caballería de los Saavedra, que, al ser reconocida por los moros, se retiró a la montaña, dejando otros quince muertos. En ese momento llegaron los castellanos, quienes, al ver la matanza de los moros, alabaron enormemente el valor de Gonçalo Vello y de sus compañeros, y se dispusieron a atender a los heridos, que eran muchos, desnudando a algunos y rasgando sus propias camisas para limpiarles la sangre y vendarles las heridas, y, aunque la mayoría de los portugueses resultaron heridos, solo uno de ellos falleció. Estando así reunidos, dijo Gonzalo Vello que aprovecharan aquella ocasión y arremetieran contra los moros, que se encontraban cansados antes de que llegaran los refuerzos; los castellanos respondieron que dejaran descansar un poco a los caballos, pues habían caminado diez leguas sin parar, y que después podrían actuar mejor; esto le pareció bien a Gonzalo Vello, y tras dividir a su gente, colocó a la mitad entre los moros y los caballos castellanos, que estaban comiendo, y la otra mitad se fue a saquear y quemar el lugar. Era una aldea muy noble, de trescientos vecinos y con buenos edificios; en las casas había gran cantidad de lino, que era su principal actividad comercial, por lo que el incendio fue más rápido y menos remediable. Aquí se quemó una mezquita principal, considerada más importante que las de los alrededores, y tras haber recogido, a la vista de los moros, lo más precioso y menos engorroso del botín, regresaron junto a sus compañeros, con quienes lo repartieron a partes iguales. A todos les pareció que no convenía detenerse más, pues el número de moros no dejaba de crecer, y así se despidieron unos de otros con lo que cada uno pudo llevarse. Gonzalo Vello se retiró a su galera con el botín sin ser atacado, y se embarcó con toda su gente para hacer el viaje a Ceuta; y en el camino capturó una carraza de moros cargada de trigo, lo cual supuso un socorro de suma importancia para la plaza, pues repartió generosamente su parte entre los vecinos, y el conde compró el resto, con lo que pudo mantener a Ceuta hasta que llegó el socorro de Portugal.

Debido a estos y a otros muchos daños que los moros sufrían continuamente en sus costas por la proximidad de Ceuta, intentaron en diferentes lugares armar barcos para el asalto; en particular, en Tánger, al ser una ciudad tan cercana, se armaron tres grandes fustas con la mejor y más valiente gente de la zona. Uno de sus capitanes era aquel valeroso corsario al que llamaban «el Desnarigado»; otro, Abenzagao, y otro, Bucar Candil. En ese momento, el conde recibió aviso de que en Málaga estaban cargando una fusta y algunas barcazas con gran cantidad de mercancías, por lo que envió tres de sus fustas para que intentaran capturar este botín, nombrando como capitanes a un sirviente suyo llamado Martín Vázquez Pestana, hombre valeroso y audaz ante los peligros, y a Álvaro Fernández Palenzo, experimentado en las guerras marítimas; y Álvaro Fernández do Cavacai; a estos tres les encomendó la expedición. Partieron una noche y, al encontrarse ya tan adelante como la punta de Bullones, se topó inesperadamente con las tres fustas mencionadas, a las que acompañaban otras tres que se unieron a ellas: dos de la misma ciudad y una de Arcila; una de las nuestras, a la que llamaban «El Raposo», se había adelantado un poco, y las fustas enemigas, al percibir la presencia de nuestros barcos, los embistieron con gran valor, repitiéndose la acción de tal manera que cada dos cargaban contra uno. «Raposo» abordó una fusta enemiga con tal tenacidad que, al clavar todo el espolón, arrojó al mar a parte de los moros, quienes, debido al tumulto de la refriega, no pudieron ser socorridos y se ahogaron. Al prolongarse esta embestida por segunda vez contra una fusta cristiana, luchó con ella durante un largo rato, hasta que llegaron a reconocerse, tras haber sufrido numerosas bajas en ambos bandos, y la otra fusta se habría perdido por completo de no haberse reconocido a tiempo. Una gran fusta de los moros atacó a Raposo por un lado, y otra por el otro; pero, al reconocerla, se apartaron sin atreverse a embestirla. A continuación, se abalanzó contra Raposo otra fusta, y Abensigan, quien realizó dos arpeos para que no se soltara, tras lo cual se entabló una dura refriega: parte de nuestra gente se unió a la que se encontraba más cerca y acorraló a los moros con tal valor que todos ellos, o murieron o se arrojaron al agua, salvo tres, que se escondieron bajo la cubierta, y fueron hallados posteriormente. Con este buen resultado quedó la contienda, igual en embarcaciones, aunque desigual en número de hombres; si bien las dos barcazas enemigas que luchaban contaban con los mejores y más valientes de toda la compañía. Se reanudó la refriega con gran valor por ambas partes, y se prolongó durante un largo rato, hasta que algunos portugueses, decididos, saltaron a otra fusta y, embistiendo con determinación, obtuvieron el mismo éxito en esta, obligando a los moros, que huían de sus golpes, a arrojarse al agua. Con esto ya se declaró la victoria de nuestra parte, y al verlo, una de las fustas enemigas embistió a la «Raposo» con gran determinación, y se reanudó la lucha; y como estaban abordadas, saltó a la fusta enemiga un valeroso soldado, que se llamaba Pedro Alfonso, y otro tras él cuyo nombre no quedó en la memoria; que se encontraba en la popa, y de tal manera lucharon contra los moros una vez que se encontraron en su interior, que la despejaron hasta el mástil; pero, al no recibir socorro, los moros se abalanzaron sobre ellos y mataron a Pedro Alfonso, quien perdió la vida realizando hazañas prodigiosas, mientras que su compañero, tras seguir luchando, se salvó en nuestra fusta. Con esto, la nave enemiga fue retirándose de la refriega y escapó junto con las demás aprovechando la oscuridad de la noche, así como el descuido y la escasa experiencia de algunos de los nuestros. Así terminó la batalla, y nuestras fustas regresaron a Ceuta sin que quedara nadie que no saliera herido, aunque de todos ellos no murió más que Pedro Alfonso; de los moros murieron más de sesenta, y entre ellos cuatro corsarios de gran renombre. Esta fue una de las batallas de mayor renombre que libraron los barcos de Ceuta, aunque no quedaron grabadas en la memoria todas las circunstancias de la misma, que sin duda merecerían ser relatadas. A estas les siguieron otras capturas, no tan célebres, pero de mayor provecho; pues las fustas del Conde tomaron una de Alcazar sin apenas resistencia, y Luis González, que más tarde fue veedor de la Hacienda de Lisboa, capturó una poderosa carraca de los moros cargada de mercancías, cuyo botín fue de tan gran importancia para este caballero que desde entonces vivió en la opulencia.

 

 

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