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EL VENCEDOR EDICIONES¡ DIOS VIVE ! |

9.10.26..El mundo se ve dependiendo del punto desde el que uno lo mire. No es lo mismo ver el mundo desde un país esclavizado a un sistema teocrático, o a una dictadura socialista, que ver el mundo desde una nación en crisis, o desde una en plena euforia, o desde una sujeta a guerra civil que a nadie le importa. Depende de la visión, también, de las gafas ideológicas, sean religiosas, científicas o políticas, desde la que contemples el mundo. Más allá de todas las visiones existe una que nadie debe borrar de los ojos: La visión que se tiene de uno mismo. El Ser es todo. Sin el Ser no se existe. Tener una visión consciente del Ser y del mundo en el que se vive es la base de la inteligencia y del comportamiento que tu Ser pone en activo. Obviamente no existimos solos. Si existiésemos como seres independientes cuya vida no depende de nadie ni de nada, estaríamos muertos.Toda independencia en este sentido es una vía al cementerio de un pueblo. Incluso nuestro Creador vive en su Ser esta Necesidad de un Mundo en el que encuentra su Realización Plena, de una Casa en la que su Alma Social halla su Felicidad y su Alegría Manifiesta. Todos, absolutamente todos, participamos de este Ser en el que el Alma tiene una Naturaleza Social y su Plenitud se realiza en Sociedad Abierta y Libre, en la que la Independencia de los demás es una vía a la locura que conduce al suicidio.Aquella declaración alucinante cretina de no tener Dios ninguna necesidad de nada ni de nadie fue una bendición al genocidio del prójimo, al homicidio legal de unos contra otros. Sin este Necesidad Social del Ser no existiría Sociedad, lo que existiere en su lugar serpia una organización criminal legalizando el crimen en la Nacionalidad. La Independencia del Ser, sea de individuo o pueblo, en tanto que exclusión del Alma Social Universal es la legalización de una locura maligna que se abre a la bendición del Crimen hacia el prójimo en su forma satánica de terror heroico.Todo Ser humano debe entender que la Unidad Universal de las naciones en un Único Cuerpo : “El Hombre” es el Horizonte hacia el que camina la Vida en la Tierra desde su Principio. La Plenitud de las Naciones en tanto Ser Universal es el Fin Metafísico Divino en el Origen de la Creación del Género Humano. La lucha contra este Fin Divino es un acto de locura criminal dirigido hacia la destrucción de la Vida en la Tierra.No es el Alma Social del Ser Humano el núcleo, la semilla, la tierra en la que nace y surge esta planta criminal separatista, es en el interés personal de grupos de animales sapiens en los que la imposición de su ego se declara raza superior, impone la ley de la necesidad de la muerte del débil en pro de su supervivencia y bendice el Terror como arma legítima, el Odio como vía hacia la elevación de su raza sobre la de sus vecinos.Esta Legitimidad y Odio la lleva sufriendo el Género Humano demasiados miles de años para volver la cabeza, darle la espalda y reírle la gracia a un pueblo con vocación asesina que no quiere desprenderse de la piel de guerreros indomables que en tiempos muertos fueron una necesidad de supervivencia, pero que hoy en dia transforma a semejantes guerreros en bestias asesinas la respuesta a cuya sed de sangre de héroes no puede ser otra que la ruina de su propio pueblo.Tanto desde el punto de vista divino como el del humano semejante exclusión en base al terror y el odio es un acto de declaración de exclusión del Género Humano del Ser Humano, e integración en el mundo de las bestias, única ley que reconoce como propia. De donde se entiende que delante de Dios y del Hombre una participación directa en la legitimación del Odio y el Terror como esencia y sustancia de un pueblo, venga de la religión o desde la política, es ante los ojos de Dios y del Hombre una acto de Odio y de Terror
Palabra de Sabino Arana, «el genio de la raza», Fundador y Padre del PNV, pronunciada años antes de la Guerra Civil del 1936-1939 tras la Amnistía a los Crímenes de los Progresistas ( PSOE, ERC, PNV, IU...)«La existencia de Euzkadi, nación con plenitud de derecho a su independencia, SE FUNDA en un odio salvaje y repulsivo a España. Odio a España, odio a los españoles» «España y Euzkeria son dos naciones tan distintas como Euzkeria y Alemania.» «Ya lo sabéis, euzkaldunes; para amar el euzkera tenéis que odiar a España.» «Vuestra raza constituía vuestra patria, Bizkaya, y vosotros, sin pizca de dignidad y sin respeto a vuestros padres, habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa; os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa.» «Hacer de Euzkeria y España una sola patria, eso no es posible. El españolismo es un mortífero virus.» «Tanto nosotros podremos ver más cerca nuestro triunfo cuanto España se encuentre más postrada y arruinada.» «Para amar la libertad de la patria es preciso odiar a muerte a quien la esclaviza. Nosotros odiamos a España con toda nuestra alma mientras tenga oprimida a nuestra patria con cadenas de esta esclavitud.»HISTORIA DE LA CIUDAD DE CEUTA , ESCRITA EN 1648, EN EL PORTUGUÉS DEL SIGLO XVII PERO PERFECTAMENTE INTELIGIBLE, POR SU CERCANIA AL ESPAÑOL DEL MISMO SIGLOS, DONDE SE VE QUE AUN CUANDO NO EXISTIA MARRUECOS YA EXISTÍA CEUTA DE LOS ESPAÑOLES, Y SE CONCLUYE QUE CUALQUIER RECLAMACIÒN POR PARTE DE MARRUECOS Y SU CESIÓN POR PARTE DEL GOBIERNO SOCIALISTA ES UN DELITO CRIMINAL CONTRA LOS ESPAÑOLES DE CEUTA
HISTORIA
DE CEUTA
CAPITULO PRIMERODe su origen y antigüedad no se encuentra ningún rastro en los escritos, al igual que ocurre con muchas otras ciudades de África, que, a pesar de ser muy antiguas, nos ocultan las noticias sobre sus orígenes. No falta ningún escritor africano (según refiere Luis de Mármol) que atribuya su fundación a un nieto de Noé, doscientos treinta años después del diluvio universal, llamado Ceit; lo que en caldeo significa «principio de la belleza», por ser la primera fundación de toda África. En una lápida de sus cimientos se encuentra esta inscripción: «Yo, descendiente de mi linaje, poblaré esta ciudad: sus habitantes serán famosos; llegará un tiempo en que sobre su dominio se derramará mucha sangre de diversas naciones; y hasta el último siglo perdurará su nombre». Juan de León atribuye su fundación a los romanos y afirma que fue tan habitada y populosa en su época que la llamaron «cabeza de Mauritania». Si no tuviéramos noticias de Ceuta de la época de los cartagineses, que precedieron en siglos a los romanos, no sería fácil aceptar la opinión de este autor; más adelante las veremos, por lo que hay que concederle una mayor antigüedad.Su primer nombre fue Esilisa, según lo menciona Ptolomeo en su Geografía, situándola a siete treinta minutos de longitud; y de latitud a treinta y cinco grados, cincuenta y seis minutos. Perdido este nombre por algún accidente del tiempo —que basta para borrarlo todo—, adoptó el de Septa; según algunos, por significar «ciudad bien amurallada»; y según otros, del término numérico «septem», por estar situada junto a los siete montes, a los que los antiguos llamaban «siete hermanos», de lo cual dan cuenta Plinio y muchos otros geógrafos. A estos siete montes los antiguos los llamaban «Gemelos», y existía un lugar con este nombre; y aunque ni Zurita, ni Hortelio, ni Ferrario dicen de qué lugar se trata, deduzco que tomó el nombre de la vecindad de Septemfratres (Siete Hermanos); pues se decía así por lo parecidos que eran estos montes; pues «Gemellus», en latín, significa lo mismo, y nosotros llamamos «gemelos» a los hermanos de un mismo vientre, que por lo general se parecen mucho. Esta conjetura no está muy lejos de la realidad, pues encontramos que en tiempos de San Cipriano era un obispado, como consta en el concilio de Cartago, donde entre los obispos que acudieron desde África se encontraba Litteo, obispo de Gemellas.Los romanos la dominaron, la ennoblecieron y la gobernaron; de ahí que Juan de León, y con él Marmol, afirmaran erróneamente que ellos la llamaban «Civitas». En su época creció tanto en grandeza y riquezas que fue metrópoli de toda la Mauritania Tingitana. No se nos escapa que el emperador Justiniano tenía en Ceuta un tribuno, con muchos soldados y naves ligeras para la vigilancia del Estrecho, y para dar aviso al capitán de la ciudad de Cesárea, tal y como este se lo daba al maestre de la milicia de Oriente, quien, al parecer, era el generalísimo de los capitanes de las demás provincias. Tampoco ignoramos el testimonio que nos dejó Procopio en sus libros sobre las obras del mismo Justiniano, de quien fue secretario, acerca de la suntuosa iglesia que este emperador mandó construir en Ceuta, dedicada a Nuestra Señora. A algunos les ha parecido que esta es la que hoy se llama Nuestra Señora de África, pero sin mucho fundamento, pues no se asemeja en grandeza a los edificios que este príncipe mandaba construir, que eran de gran majestad. La de Nuestra Señora de África es obra de arquitectura moderada, y edificio del valeroso infante don Enrique, hijo del rey don Juan I de Portugal. . En la época de prosperidad que los romanos tuvieron en Ceuta, los godos se la ganaron con igual renombre, gobernándola bajo el título de conde, siendo esta dignidad no especial en el sentido en que se usa hoy, sino general para todos los que gobernaban alguna provincia. Era lo mismo que un capitán general o gobernador supremo en materia de guerra, e igual en poder al vicario, a quien correspondía el juzgado en los asuntos civiles. Así fue el conde don Julián, quien la entregó a los árabes, bajo cuyo dominio permaneció, aunque con suerte variable y distintos señores. La poseyeron diferentes linajes: el de los árabes, que fueron los primeros; el de los almorávides; y el de los almohades. Estos la asolaron y no permitieron que se poblase ni se habitase durante muchos años, hasta que Almanzor la reconstruyó. También la poseyó el rey de Granada, Alahamet Aben Alhamar, quien la redujo a escombros; posteriormente la poblaron los beneméritos reyes de Fez. Estaba en manos de estos, y bajo el mando de su alcaide Zala Benzala, cuando el rey don Juan I de Portugal, de inmortal memoria, la incorporó a su corona real. Permaneció bajo el dominio de los reyes portugueses desde entonces hasta hoy, siendo en todo momento uno de los mayores escenarios de sus glorias, tal y como lo ha demostrado ampliamente nuestra historia. |

CAPÍTULO 2.Memorias antiguas de la ciudad de Ceuta; noticias sobre la universidad que tuvo en tiempos de los moros.Los africanos nativos, los romanos, los godos, los musulmanes y los portugueses dominaron Ceuta desde que se remontan las memorias que se conservan de esta ciudad. De los primeros (salvo las que mencionan los escritores hasta hace poco) no se hallan otros vestigios, como ocurre con todas las demás de África y España. De las que pudieran haber quedado de los romanos —pueblo más político, que enriqueció a los pueblos que dominó—, nos privó sin duda la crueldad bárbara de los godos y los moros, que les sucedieron; cuya furia en sus conquistas no perdonaba ni siquiera a las propias piedras. Los godos no las dejaron. De la época de los moros encontramos algunas de poca importancia, e incluso muchas se perderían durante el dominio portugués, pues sus habitantes siempre se interesaron más por el ejercicio de las armas que por conservar las memorias antiguas de su patria. El cambio que provocaron los sarracenos mahometanos en todas las cosas con su entrada en las provincias fue tan grande como los gravísimos daños que sufrimos en España. El mismo, e incluso mayor, se produjo en África; con él cambiaron y alteraron todos los nombres de ciudades, pueblos, pueblos, montañas y ríos, de los que apenas quedan vestigios en algunas partes. Luis de Mármol se dio cuenta de esto y dice que los árabes, para borrar los recuerdos antiguos, eliminaron los nombres de los mismos y, aunque dejaron algunos, a otros los cambiaron a su antojo.Los árabes eran políticos y curiosos, y, dedicándose al estudio de las letras, procuraron fomentarlo; para ello traducían libros a su lengua, pero fueron pocos los que sacaron provecho de ello, sobre todo debido a la maldad de la mayoría, que, llevados por la ceguera de su apetito bestial, se rindieron y se entregaron a la secta más perniciosa que pudo forjarse en el infierno. Ha habido entre ellos, en diversas partes y épocas, gente docta y eminente en las ciencias. De ellos fue Averroes, comentarista de Aristóteles, a quien (según la opinión de Francisco Patrício) se debe la noticia de que se empezó a enseñar a Aristóteles en las escuelas, después de que sus comentarios se llevaran a Francia e Italia. También estuvieron los Avicenas, Abensoares, Razis y otros. No fue tanto el provecho que aportaron estos pocos como el daño que causaron los muchos, al librar una guerra cruel contra las propias letras y los libros, pues podían impedir el crecimiento de su bestial secta; y con ello se privaron a sí mismos y a muchas naciones del conocimiento de las antigüedades de África. De tan gran intercambio y cambio se deriva que con gran dificultad se conozca lo antiguo, pues bastaría el tiempo, sin otros accidentes, para borrarlo, y mucho más habiéndolos habido tan violentos. Así, más por vislumbres y conjeturas se va prosiguiendo que por un camino claro y abierto, pues incluso los libros que trataban de ello los quitaron los mahometanos. De lo que se encuentra en nuestros libros, que es muy poco, se va descubriendo y reconociendo, en mayor medida, lo que hubo.Confieso que, cuando emprendí esta obra, supuse que se hallarían muchos datos de los tiempos antiguos; pero no solo me faltaron estos cuando los busqué, sino también los de nuestros propios tiempos, con lo que este trabajo se me hizo difícil. En Ceuta siempre se ha tratado del ejercicio militar; esta ciudad sufrió, y sus fortificaciones se modificaron y reformaron en no pocas ocasiones: los edificios antiguos se vieron afectados por estos cambios, y sus materiales sirvieron para la construcción de los modernos, y con estos cambios nada sufre más que las piedras insensibles. Sin duda, muchas estarán enterradas en los mismos edificios y murallas, lo que hoy me proporcionaría abundante material. Esta es una queja habitual de quienes escriben y un sentimiento común entre los curiosos, y en lo que solo podemos atribuir la culpa a los bárbaros; y, en esta ocasión, también a mi desgracia, pues habiendo sufrido los mismos percances en la ciudad de Tánger, tan cercana a esta, recuerdo bien haber visto en ella, durante los años que pasé allí, muchos recuerdos e inscripciones antiguas, a cuya lectura me inclinaba con la curiosidad propia de mi corta edad.Comenzaré las memorias de Ceuta con una que bastaría para dar cuenta de esta parte, pues fue un pronóstico certero de su gloriosa conquista. La relata Gómez Eanes de Zurara y tuvo lugar cuando el Miramolin cruzó por primera vez a España. Un moro que cavaba en una huerta junto a la ciudad, al sacar piedras de unas cajas antiguas, encontró un mármol en el que estaba esculpida la figura de un moro llamado Brafome, considerado entre ellos como profeta y santo, natural de Marruecos, y a los pies de su imagen había talladas unas letras en cuatro líneas que decían así: — «De la casa de España saldrá un león con tres cachorros, hijos suyos, acompañado de una gran armada cargada de mucha gente, y conquistará esta ciudad; y de su descendencia vendrá el destructor de las tierras de África. Moros, huid, huid, y no querréis esperar las amenazas de su espada». En verdad, este relato es notable por el pronóstico que incluye, y no fue el único que se conservó de la campaña de Ceuta; muchos otros autores de aquella época escribieron sobre ello, aunque no los menciono porque me parecen de menor importancia.En Ceuta se conserva la torre del homenaje de cinco ángulos, como las que comúnmente se atribuyen a Hércules. No dejaron de atribuirle la fundación de esta ciudad, basándose únicamente en este fundamento; pero en mi historia de Coimbra muestro que la que aquella ciudad tiene de la misma factura es obra de nuestros reyes; y así tengo por indudable que esta que hoy se conserva en Ceuta es obra de la época de los moros, y la tradición de sus vecinos contribuye en no poca medida a mi opinión. De la época en que los romanos dominaron Ceuta no hay vestigios, pues tampoco de aquel templo, obra del emperador Justiniano, dedicado a Nuestra Señora la Virgen, del que hace mención Procopio en los libros sobre las construcciones de este príncipe, se conserva memoria cierta de sus cimientos; esta pérdida fue causada por los cambios que sufrió esta ciudad y por el continuo dominio de naciones bárbaras.En el convento de la Santísima Trinidad se conserva la Capilla Real de Santiago, obra de los moros; se sustenta sobre doce columnas de mármol blanco con pedestales de mármol negro, y asientos del mismo material. Es una obra de yeso y madera pulidamente labrada, en la que se conserva un gran patio labrado con piedras blancas y grandes, y todo el recinto es una cisterna que se utiliza en dicho convento. A la entrada de la capilla hay dos piedras de jaspe con dos letreros en lengua árabe; traducidos a la nuestra, uno dice: «Bendito sea Dios, y alabado sea por haber concluido esta obra para que en ella se enseñe el Corán, por gracia a todos». La mandó construir el fuerte guerrero contra los cristianos Beneab el Jali, hijo del Rep. Mulep Buenan. En lengua árabe, esta casa se llama «Almadraza», que es lo mismo que «universidad», donde se imparte enseñanza; y de la misma construcción hay una en Fez y otra en Salé. No es poco mérito para Ceuta haber sido antiguamente una universidad, mientras la tranquilidad de la paz daba lugar al ejercicio de las letras, pues de esta antigüedad se deduce sin duda lo poblada que estaba esta ciudad en tiempos de los moros.Estos la enaltecieron mucho más de lo que lo estaba en tiempos de los romanos y los godos, pues en ella residían los principales caballeros, muchos mercaderes y artesanos de materias primas, como oro, plata, cobre, latón y otros metales, y lo hacían todo con tal perfección que, en arte y calidad, superaban a las obras de la ciudad de Damasco. Aquí se fabricaban alfombras muy finas, telas de lino y lana de todo tipo, las mejores de aquella época, y de aquí se abastecían las provincias de África y de Europa a través de mercaderes que acudían de todas partes, por lo que la ciudad era una de las más pobladas de África. La otra inscripción dice: «Bendito sea Dios, que esta obra se terminó en el mes de la Gran Pascua, en el año setecientos cuarenta y siete». Y por toda la casa, a su alrededor, hay inscripciones del mismo yeso en lengua árabe, que no dicen otra cosa sino: «Reinaré, defenderé esta ciudad para siempre». En toda Ceuta no encontramos ninguna otra inscripción ni monumento antiguo.En una playa de la Almina permanecen unas piedras, donde en tiempos de los moros un morabito —que entre ellos gozaba de reputación de santo—, llamado Cid Belabes Ceitil, realizaba la salá. Son tan veneradas por aquellos bárbaros que todos los barcos moros que cruzan el estrecho encienden luminarias y ofrecen aceite en cuanto avistan este lugar.También es una antigua tradición que en la Almina se halló una piedra con una inscripción que decía: «Por aquí pasó Joab, capitán del rey David». Ni de la historia de estas letras, ni siquiera de la propia piedra, queda hoy memoria alguna en Ceuta, pero es cierto que, donde se hallaron las mencionadas, habría muchas otras, de las que nos han privado los avatares del tiempo.En una antigua crónica manuscrita de los reyes de Marruecos, traducida del árabe al castellano y que se conserva entre los manuscritos de mi estudio, encuentro que Joseph Aben—Jacob, rey de Marruecos, construyó la casa de las Atarazanas (que, según este autor, se conservaba en su época) y que realizó esta obra en el año árabe 572, el mismo en que comenzó a fundar la mezquita mayor de Sevilla. A qué año de Cristo corresponde aquel de los árabes no es fácil de determinar con certeza; pues hay diversas opiniones entre los escritores sobre cuándo comenzó el año de la Hihad, y aunque entre todos la diferencia es pequeña, considero más probable lo que afirma el arzobispo don Rodrigo, y es que sea el año de nuestra redención de 618. Según esto, la construcción de las atarazanas tuvo lugar en el año de Cristo 1190. |

CAPÍTULO 3Ceuta, confederada con Cartago; los africanos se liberan del pesado yugo de esta República; reyes particulares de las Mauritanias; dominio romano sobre ellas; Ceuta sometida a la de España en la Cancillería de Cádiz; posteriormente, a la de la Mauritania Cesariense.Cuando nos faltan testimonios de inscripciones y edificios en Ceuta debido al continuo descuido de sus hijos, veamos las luces que nos dejaron las historias de aquellos siglos antiguos, que tal vez no se olvidaron de dejar constancia de esta célebre ciudad, aunque todas son tan breves que en pocos capítulos me bastará para exponer lo que dijeron.Doscientos cuatro años antes del nacimiento de Nuestro Redentor aparece la primera mención de Ceuta en las historias; se la debemos a aquella sangrienta batalla naval que libraron romanos y cartagineses en el Estrecho de Gibraltar. Se enfrentaron Lelio, capitán romano, y Aderbal, general de la armada cartaginesa, en el estrecho del mar Mediterráneo; libraron una peligrosa batalla, en la que los cartagineses (aunque no totalmente derrotados) quedaron muy mermados, y con solo cinco galeras de las que llevaban; y al ver Aderbal esta ventaja de los romanos, decidió huir con las cinco galeras y refugiarse en Ceuta, donde Lelio no se atrevería a seguirle por temor a la tierra, al acogimiento y a la buena ayuda que su enemigo encontraría allí. No relato los detalles del suceso, pues ya lo hacen algunos de nuestros escritores; me limito a lo general, para que se comprenda que ya en siglos tan anteriores Ceuta era un puerto, y una ciudad ilustre, y que florecía en tiempos de la guerra púnica, lo que excluye claramente la opinión de quienes atribuyen su fundación a los romanos, pues muchos años antes de que estos llegaran a dominar África, se conservaba bajo el dominio de sus propios habitantes, que estaban confederados con los cartagineses, por lo que estos nunca llegaron a ser señores de aquella parte de África. En las Mauritanias y Numidia, que se encuentran entre las Columnas de Hércules y la Tingitana (Provincia de Tánger), Cartago no llegó a ejercer dominio: sus reyes solían ser amigos y aliados, y a veces enemigos, y muy crueles. Sus límites se reducían, fuera de África Menor, a lo poco que ocupaban en las costas de la otra parte del Estrecho; fingían que tenían trescientas ciudades, y una mayor que Cartago; y como era humo y niebla lo que echaban para que la fábula fuera creciendo; con el soplo que los precipitó desde su altura, todo esto se desvaneció como algo vano y sin sustancia. Lo poco que entonces se sabía de África les daba amplia libertad para que tanto los cartagineses como los griegos pudieran inventar tantas fábulas, creyendo que no llegaría el momento en que se descubriera la verdad; y, como si así fuera, había muchos que las acogían con aplauso.La amistad que estas naciones mantenían era violenta y no podía durar mucho. Solo se sustentaban de los beneficios que obtenían de la confederación púnica, envidiando siempre sus ganancias y su poder; y así no perdían ocasión de buscar la forma de oprimir. No hay nación tan bárbara que tolere que otra la supere y quiera ser superior a las demás. Este es el odio y el desdén con que todas las monarquías son aborrecidas, y por el que las demás se unen para derribarlas de la cima a la que Dios y los hombres las han elevado; y así, aunque los africanos fueran pastores y campesinos, deseaban liberarse de la fuerza y la opresión con que los cartagineses tiranizaban al mundo; por lo cual ellos fueron el medio más eficaz con el que los romanos pudieron contrarrestarlos. Pero trajeron a sus hogares otro enemigo más poderoso, no menos pesado e incluso más perjudicial para su libertad; disposición y providencia divina para fines más elevados y ocultos. No me corresponde a mí relatar cómo transcurrieron la primera y la segunda guerra púnica: los escritores antiguos lo tratan ampliamente.Por aquellos tiempos, tanto en Numidia como en las Mauritanias, había reyes superiores, a quienes obedecían los jeques y los filarcos. Las provincias del interior de Libia tenían un modo de gobierno diferente, del que hay pocas noticias; el dominio de las dos Mauritanias recayó, el de la Cesariense en Bocco y el de la Tingitana en Bogud, de quienes tomaron sus reinos los nombres que les duraron algún tiempo, llamándose una Mauritania de Bocco y otra Bugudiana, como dice Plinio. Estos dos reyes, aunque con diferentes vicisitudes, siguieron los pasos de Julio César: Bogud se trasladó a Hispania con sus tropas y participó en las guerras que tuvieron lugar en Córdoba, y su provincia estuvo bajo el mando de Marcelo, Lépido y Casio, según escribió Aulo Hircio. Más tarde, cuando César pasó a África y venció a Cipión y al rey Juba, Bogud le ayudó y contribuyó en gran medida a su feliz éxito. Lo mismo hizo en las guerras que César libró contra los hijos de Pompeyo, habiéndose apartado Bocco de la amistad de César; pero ambos reyes perdieron sus reinos y, con ellos, la vida por su inconstancia. Con la muerte del dictador César y la división del Triunvirato, se alteró enormemente la República Romana y todas las provincias dependientes de ella. Bogud, aprovechando la ocasión y confiando en los trastornos de la República, invadió Hispania y causó en ella grandes estragos; pero no sufrió daños menores, sino más graves aún, pues al no conseguir lo que deseaba, acabó perdiendo el reino que poseía, y tras vivir algún tiempo en el exilio, Agripa lo mató en Metona, ciudad de la provincia de Mesenia, en Grecia. En su ausencia, Bocco ocupó la Mauritania Tingitana, y Augusto le confirmó el dominio; además, a los tingitanos que le ayudaron les concedió el privilegio de ser ciudadanos romanos, un gran favor en aquellos tiempos; pero Bocco no se mantuvo firme por mucho tiempo en la amistad con Octaviano, ya fuera porque esperaba más, ya fuera porque quiso lograr por sí mismo algo de lo que Bogud había intentado; pero al final perseveró como rey de las dos Mauritanias hasta su muerte, y al sobrevenirle esta, Augusto no quiso entregar sus reinos a otro; más bien los convirtió en provincias del Imperio. Con ello, el África Menor, o Tingitana, con todo lo que los cartagineses habían añadido, así como la Numidia y las Mauritanias, quedaron durante este tiempo —que fue breve— como provincias del Imperio Romano, en cuyo dominio se incluía Ceuta, que hasta entonces había estado gobernada por sus reyes africanos nativos.Así permanecieron las dos Mauritanias sometidas al Imperio Romano durante algunos años; aunque poco después con reyes particulares dependientes de Juba, hijo del otro rey de Numidia del mismo nombre, quien, siendo muy joven, fue llevado en triunfo a Roma por César. Plutarco dijo que este niño había destacado ya durante su cautiverio, pues la política romana hizo que fuera considerado uno de los escritores más ilustres del mundo; y Plinio afirma que fue más memorable por sus estudios que por su reinado, y según lo cita habitualmente en sus obras, se aprecia su gran curiosidad y diligencia; con lo que escribió, tras haber recopilado la historia griega, latina, púnica y africana, así como la de otras naciones, de las que extrajo lo más notable y digno de ser conocido. Este se casó con Cleopatra, hija de la otra célebre del mismo nombre. Augusto, de quien gozaba de buena estima, no le concedió los reinos paternos de Numidia, sino parte de Getulia y las dos Mauritanias. Las gobernó durante algunos años y, a su muerte, le sucedió en el reino Ptolomeo, hijo suyo y de Cleopatra, quien, tras haber gobernado algún tiempo, fue llamado a Roma por el emperador Cayo, donde, ya fuera desterrado (como dicen algunos) o muerto violentamente (como escriben la mayoría), perdió tanto el reino como la vida.Tras su muerte, Cayo dividió las dos Mauritanias, pero no con tal paz y tranquilidad que faltara quien tomara las armas en venganza por la atroz muerte de Ptolomeo. Este fue Aedemon, su liberto, quien emprendió esa guerra contra el Imperio. La inició Cayo y la prosiguió Claudio, que le sucedió poco después en el cargo, hasta que, por las armas, sometió las dos Mauritanias, parte de Numidia y Getulia, que habían sido poseídas por diferentes reyes y quedaron convertidas en provincias del Imperio, gobernadas por romanos. Esto debemos entenderlo en lo que respecta a las zonas más conocidas de las Mauritanias, y no a las tierras del interior, donde había pueblos tan numerosos y tan bárbaros que nunca pudieron someterse al orden político, y aunque en general reconocían al Imperio, negociando a través de sus jeques y líderes lo que era necesario, en cuanto podían volvían a sus robos, y cuando se les presionaba se retiraban a los desiertos y a los arenales secos, que para ellos eran murallas más que de bronce, inexpugnables.Las Mauritanias perseveraron en la obediencia al Imperio (no sin inquietudes) hasta los tiempos del emperador Otón, en los que se tiene constancia de que Ceuta dependía del gobierno de España. Este emperador sucedió a Galba y, ya fuera por el cargo que ocupó durante tantos años al frente del gobierno de Lusitania y Andalucía, o por contar con el favor de toda aquella tierra, le concedió muchos favores en el breve tiempo que reinó (que fueron tres meses). A Andalucía le concedió jurisdicción sobre algunas ciudades de África, que se encontraban junto al Estrecho; y tengo por cierto que este fue el origen de que la Cancillería de Cádiz tuviera jurisdicción y se extendiera hasta Ceuta, Tánger y Arcila, y sus comarcas, pues hasta ese momento no he leído que la hubiera tenido, y después hay mucha referencia a ella en los escritores. En los años siguientes, la provincia de la Bética ya se había dividido en cuatro cancillerías, que entonces se denominaban «conventos jurídicos», y eran ciudades principales, donde residían en invierno los pretores que gobernaban, conociendo de los litigios de las jurisdicciones y distritos que las cancillerías tenían asignados. Estas cuatro cancillerías de la Bética eran Cádiz, a la que acudían también los de Ceuta y Tánger en África, Sevilla, Écija y Córdoba, que, como capital de toda la provincia, tenía mucha más jurisdicción que las demás.La primera mención de la Cancillería de Cádiz en tiempos del emperador Otón se remonta a los años setenta de Cristo, y así, por aquella época, Ceuta pertenecía a la jurisdicción de los romanos, ya que estaba sujeta a la Cancillería de Cádiz. Al visitarla César, y mientras se encontraba en esta ciudad por orden del pueblo romano, le sucedieron aquellos dos casos notables que le animaron a convertirse en señor de Roma, tal y como escribe Suetonio: uno, el sueño indecente; y el otro, la visión de la estatua de Alejandro Magno. Posteriormente, la Tingitana se dividió, quedando fuera la ciudad de Ceuta, que pasó a formar parte de la Mauritania Cesariense, y la Tingitana, dependiente de Hispania, tomó el nombre de Hispania Transfretana; pues quienes gobernaban nuestras Españas también lo hacían sobre aquella, de modo que todo el reino de Anteo —tanto Tingis ( Tánger) como el fondo, así como Lixus y Larache, donde tenía su palacio real y donde se encontraban aquellos huertos de las Hespérides, tan venerados en la Antigüedad— recibió el nombre de España. Sexto Rufo escribió su compendio al emperador Valentiniano hacia el año 364 d. C., que fue el primero de su ascensión al Imperio, informándole de lo que había en África: menciona seis provincias, y no incluye entre ellas la Mauritania Tingitana; posteriormente, al referirse a España, la menciona como ya separada del gobierno de África y dependiente en todo del dominio de Hispania. |

CAPÍTULO 4. Ceuta permaneció bajo el dominio del Imperio Romano durante varios siglos: el emperador Lucio Septimio Severo Pertinaz era natural de esta ciudad.
Así permanecieron las dos Mauritanias; y así permaneció la ciudad de Ceuta bajo el dominio del Imperio, sin que ocurriera nada digno de mención, hasta la época del emperador Marco Antonino el Filósofo, cuando los habitantes de las Mauritanias llevaron a cabo aquella poderosa incursión en España, que se remonta al año 170 d. C., de la que no procede ahora dar cuenta. Se sucedieron unos tras otros diversos emperadores romanos, y los escritores pasan por alto sus vidas con notable silencio en lo que respecta a las Mauritanias; y aunque algunos lo mencionan, lo omito, pues solo busco lo que pertenece a Ceuta, y así me contento con señalar, y recordar de manera general cómo durante todos esos años esta ciudad estuvo sometida al Imperio Romano; pero no conviene pasar por alto la objeción que se plantea cuando llegamos a los tiempos de Lucio Septimio Severo, quien, hacia el año 195 de nuestra era, ascendió a la dignidad imperial tras la muerte de Dido Juliano.Todos los escritores que narran su vida coinciden en que era de nación africana, y muchos afirman que era natural de Leptis, ciudad de África; otros, contentándose con la generalidad de la provincia, no señalan el lugar concreto de su nacimiento; y solo uno de los que he leído le atribuye como patria a Ceuta. Alejandro Geraldino, obispo de Santo Domingo, en el itinerario que escribió sobre su viaje —y que publicó su sobrino Ornuplio Geraldino en Roma en el año 1631—, al hablar de las plazas que los portugueses conquistaron y mantuvieron en la costa de África, menciona Ceuta. «Septim urbem Sillius, Lucii Septimii Seneri Imperatoris Romani patriam, quem Parthicum, Arabicum, Adiabenicum nominanere». Lo dice con bastante claridad, y no es algo que se pueda menospreciar, en un asunto del que hay tan poca información, que un hijo de Ceuta fuera emperador romano. Veamos si a esta autoridad, carente de otro fundamento, se le pueden añadir algunos, con los que se confirme lo que dice este autor; él expone el motivo de la objeción; a mí me corresponderá el trabajo y el estudio para dar fuerza a lo que dice. Lo primero que puede afirmarse es que este autor no dio la razón de su opinión debido a lo conciso que escribió aquel itinerario, particularmente en lo relativo a Mauritania Tingitana, sobre la que pasa por alto; pero no puedo convencerme de que lo dijera sin haberlo leído en autores antiguos, que no hayan llegado a mi conocimiento, ni de que lo escribiera por ignorancia, confundiendo los nombres de Leptis. Septimio, porque, además de que habla en la placa de los portugueses, que está a la boca del estrecho; no hay duda de que fue un eruditísimo en todo género de letras, y particularmente estudioso de las antigüedades romanas, sobre las que escribió mucho, como nos indica el catálogo de sus obras, que acompaña a su biografía en el itinerario legado.Considero que los cuatro nombres que encontramos en este emperador deben entenderse de la siguiente manera: que «Lucio» sea su nombre propio; «Septimio», el de su patria; «Severo», el de su familia; y «Pertinaz», el de su linaje. En cuanto al primero, no hay por qué detenernos, pues es cierto que el nombre siempre precede a los apellidos, y que este era muy utilizado entre los romanos. También el cuarto está claro, pues sabemos que el sobrenombre de Pertinaz, según señalan quienes escribieron su biografía, lo adoptó este príncipe, ya fuera por haber sido bueno y virtuoso el emperador Publio Helvio Pertinaz, su predecesor, o porque, como obra suya, comenzó a crecer en su época y a ocupar los cargos que tuvo, y, en reconocimiento a su buena memoria, adoptó el mismo apodo, si es que no se lo había otorgado ya el pueblo romano, al ver que con sus virtudes resucitaba el justo gobierno de su predecesor. En tercer lugar, que «Severo» fuera el apellido de su familia parece cierto, pues entre los nobles romanos, o entre la plebe, no se encuentra el de los Severos; y de las noticias que se hallan en los historiadores sobre este renombre o apellido en África, se deduce que fuera una familia de aquella región y que desde allí se extendieran a otras. San Jerónimo, en el Catálogo de los escritores ilustres, menciona a Aquilio Severo, español que vivió en tiempos del emperador Valentiniano. Aquilius Severus (dice) en Hispania, del género de aquel Severo, a quien, siendo aún lactante, se le escribieron dos libros de epístolas: repito lo que he dicho, del género de aquel Severo; con lo cual parece que la de los Severos era una familia, y no un nombre propio; y que, por la proximidad de España con África, estaría más extendida en ella. Omito todo lo que podría decir al respecto, pues basta con lo dicho para comprender que el nombre Severo era un apellido de familia particular.La mayor dificultad radica en lo segundo, y es que el nombre Septimio lo tomó de su patria, Ceuta, ciudad a la que los romanos llamaban Septim, por lo que el de allí se llamó Septimio. Analicémoslo a la luz de la historia, a lo que me obligan conjeturas probables, respaldadas por la autoridad del obispo Geraldino. Por diferentes causas, los antiguos adoptaban sobrenombres y agnominaciones para que, en la confusión de las numerosas familias que procedían de una misma, se pudieran distinguir. Estos se adoptaban por alguna acción, o por la forma, la fortuna o la virtud, como refiere Plutarco: Catón significa «el hombre experto en muchas cosas»; y por esta causa, el gran Catón se llamó Marco Porcio Catón; por el contrario, debido a la ignorancia que Lucio Junio fingía, le llamaron Lucio Junio Bruto, como atestiguan Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso. Nerón, en la lengua de los sabinos, significaba «esforzado»; y así Tiberio Claudio adoptó este nombre, dejando el de su familia, tal y como relata Suetonio en su biografía; a Lucio Targuino lo llamaron «el Soberbio», porque prohibió el entierro de su suegro, según Dionisio. Por su elegancia y gracia al hablar, los Emilios se ganaron el sobrenombre de «Lépidos», pues Mamercio, cabeza de esta familia, destacó en ello; y así, por la «lepore orationis», se le llamó Lépido; y Pompeyo se llamó Ático, porque hablaba bien la lengua ática, como relata Cornelio Nepote en su biografía; Quinto Fabio tuvo el sobrenombre de Pictor, porque fue el primero que pintó el templo de la Salud, tal y como relatan Plinio, Cicerón y muchos otros que no menciono, y que se encuentran en los escritores antiguos.También se les atribuían apodos por la región o ciudad que conquistaban, y por los acontecimientos de la guerra, como C. Marco Coriolano, por el lugar de Corioles; y Valerio Mesala, por Mesana, que tomó en la primera guerra púnica; y P. Cipión Numantino, por la ciudad de Numancia que conquistó; a Lucio Léntulo lo llamaron Caudino por el ignominioso suceso de las hormigas caudinas; a T. Maulio, lo llamaron Torcato, por haberle quitado a un francés un collar. También muchos tomaron el nombre de las partes y defectos del cuerpo, como los Capitones, los Calvos, los Crispos y otros; y del nacimiento, como los Sernilios, a quienes llamaron Géminos, y a los Horacios y Curacios, Tergeminos; y lo que más nos interesa para nuestro propósito fue que se solía tomar el nombre de las ciudades o lugares donde nacieron o de donde procedían. Apio Claudio, según relata Libio, fue llamado Sabino Regilense, porque procedía de Regilo, lugar de los sabinos; Valerio de Antias, porque era natural de Antias; Sexto Roscio de Amerino, como atestigua Cicerón, porque era de Ameria; y muchos otros, que no menciono por brevedad. Siendo, pues, tan habitual entre los antiguos tomar los sobrenombres por estos motivos, ¿quién dudaría de que Severo, cuyo nombre era Lucio, como consta en el Crónicón Alexandrino, en los Fastos y en muchas inscripciones y monedas que se hallan, tomara el sobrenombre de Septimio por el lugar de África en el que nació? Y si hubiera sido en Leptis, se habría llamado Leptimio, y no Septimio, como parece que se llamó por ser natural de Septim. Además, fue un sobrenombre de muchos africanos, que por la misma razón lo adoptaron, como cabe suponer; tal fue el caso de Septimio Afer, de quien hace mención Mauro Terenciano, y de Pedro Crinito; y en tiempos de Diocleciano floreció Septimio Africano, que escribió la vida de Alejandro Severo, y G. Septimio Tertuliano, que vivió en tiempos del mismo Septimio Severo, y aunque se le llamaba cartaginés, sería originario de Ceuta, y habría nacido o vivido en Cartago, por lo que tendría ambos apellidos: por su origen y por su patria. No obstante, había muchos romanos, como encontramos en monumentos antiguos e inscripciones, que llevaban el nombre de Septimio; pues estos podrían descender de africanos, que lo adoptaron por la causa mencionada; y después del emperador Lucio Septimio Severo, por adulación o vanidad, ya que ninguna de las familias nobles de los romanos se llamaba Septimia, como puede verse en Fulino Vrsino y Antonio Augustino; y del mismo emperador Septimio Severo, dice Aurelio Víctor en su biografía, según la corrección de Claudio Salmacio y Causobono, que era de origen bastante humilde. Con esto parece quedar suficientemente conjeturado que el emperador Lucio Septimio Severo era natural de Septim, que hoy es Ceuta, y que las diversas traducciones con las que se copiaron los historiadores antiguos ocasionaron el error de escribir en sus escritos, cuando hablaban de la patria de este príncipe, «Septis» en lugar de «Septim», un descuido que se fue transmitiendo de unos ejemplares a otros, hasta llegar a los autores de nuestros tiempos, que copiaron lo que leyeron en las copias antiguas, sin averiguar la verdadera patria de este emperador, pues no les importaba que fuera más de este lugar que de otro de África; ni yo me habría atrevido a escribirlo, basándome únicamente en el sonido de su renombre, de no ser por la autoridad mencionada del obispo Geraldino, quien sin duda lo afirmó con suficientes fundamentos, y habiéndolo leído en autores antiguos, como experto y versado en las antigüedades romanas. Algún otro ingenio, ávido de darse a conocer, referiría en esta ocasión la vida y las hazañas de Septimio Severo como natural de Ceuta, pero yo, que procuro con todo cuidado hablar únicamente de lo preciso para mi tema, lo omito para continuar con el hilo de la historia. |

CAPÍTULO 5Los romanos son expulsados de España y África; Ceuta permanece fiel; notable asedio de la ciudad y otras memorias.Hasta el año 337, los historiadores guardan silencio sobre los acontecimientos de Ceuta. En este año falleció el gran emperador Constantino, quien dividió el Imperio entre sus tres hijos; dejando de lado a los dos; al segundo, que llevaba el mismo nombre que su padre, le correspondió en esta partición desde los Pirineos hasta la Mauritania del Océano, como dice Zonaras, lo cual debemos entender como la Tingitana, y la otra, la Cesariense, que conservó el nombre. Posteriormente se separó de ella otra nueva provincia, a la que, por la ciudad de Sitifis, llamaron Sitifense; aunque algunos no aceptan que hubiera tres Mauritanias, pues cuentan la Cesariense y la Sitifense como una sola, siendo cierto que eran dos y que cada una llevaba el nombre de Mauritania. Con la Mauritania Cesariense quedó en esta división Ceuta, tal y como afirman los historiadores; y, en particular, San Isidoro, al señalar los límites de las Mauritanias, dice que los de la Tingitania eran los siete montes, de los que tomó el nombre Ceuta, con lo que se ve cómo esta ciudad quedó en la Mauritania Cesariense.España respiró con el gobierno católico de los emperadores romanos; pero esta paz duró poco, pues diversos pueblos bárbaros por su condición, y más aún por su religión (pues, aunque profesaban ser cristianos, se encontraban mancillados por la herejía de Arrio), aborrecían a la República Romana con odio ancestral y con natural audacia. En aquella época habían ocupado las Galias, donde ya no se sentían seguros, pero, firmes en su odio y ferocidad, abandonaron Francia y, en tiempos del emperador Teodosio, entraron los godos y los vándalos, devastando esta provincia. Hunos, suevos y alanos, acompañados de otras naciones septentrionales, infligieron a los romanos y a los nativos muertes miserables e incendios voraces. No es importante conocer el origen de estos pueblos en esta historia. Son diversas las opiniones a la hora de señalar las provincias de donde procedían; aunque todas sitúan su origen en el norte.Sobre esto, así como sobre sus reyes y sus hazañas bélicas, han escrito extensamente los antiguos, y las historias romanas nos han dejado un testimonio clarísimo de su valor. Se dice que el gran Alejandro les temía; y tanto Oriente como Occidente han sido testigos de la gloria de sus hazañas. Hacia el año 424, los godos iniciaron definitivamente su imperio en Hispania, y no es mi intención relatar en detalle los progresos de sus reyes, ni la forma en que se apoderaron de nuestra provincia; baste saber que en pocos años expulsaron de ella al gobierno romano y se convirtieron en dueños absolutos de Hispania. Los delitos y los ultrajes contra el pueblo romano fueron desmesurados en tiempos de guerra, que es la madre de ellos; pero la paz, que trae consigo todos los bienes y el buen gobierno, en aquellos tiempos infelices en que el Imperio Romano se encontraba eclipsado y agonizaba a punto de expirar, provocó ultrajes aún mayores. Fueron tantas las maldades que invadieron toda la tierra, que hicieron imposible la rectitud de la justicia, y convirtieron la paz en algo odioso y la guerra en un deseo para liberarse de un nuevo cautiverio, ya que la libertad romana los tenía tan oprimidos y asfixiados que no aspiraban ni pedían otra cosa que un cambio de gobierno. Este miserable estado se fue agravando cada vez más y cayendo en un extremo aún mayor debido a las necesidades de los príncipes, ya fuera por las guerras, por su avaricia o por sus vicios, sumidos en un sueño muy profundo de descuido y negligencia, mientras se mantenía con gran cuidado a ministros perniciosísimos, en gran detrimento de la República, hasta que la llevaron a la ruina.Ceuta perseveró siempre en el dominio y la sujeción del Imperio Romano. En el año 427, los vándalos, ayudados y favorecidos por los bárbaros autóctonos, se apoderaron de la mayor parte de África, infligiendo a los cristianos y católicos las crueldades que Víctor Santísimo, obispo de Útica, relató en tres libros sobre la persecución vándala; y aunque se apoderaron de la mayor parte de África, Ceuta conservó la obediencia al Imperio; parece que la fidelidad brota de su suelo; y es algo ciertamente digno de especial atención ver lo poco que la alteraron a lo largo de los tiempos los cambios de sus vecinos. Siendo así que los vándalos se hicieron señores de África en el año de Cristo 427, en el 546 Ceuta aún mantenía la voz y la obediencia al Imperio; y no la perdió en todo el tiempo del dominio de los vándalos en África, pues este duró poco más de 100 años.Del año 546 se nos ofrece un ilustre recuerdo de Ceuta, que relatan Juan de Mariana, Ambrosio de Morales y otros. Tras la muerte de Amalarico, rey de Hispania, se interrumpió en ella la línea de los reyes visigodos, y el reino pasó a manos de Teudis, de nación ostrogoda, un hombre excelente en lo militar y en lo político. Este, tras muchas guerras que libró en España, deseando extender su fama y su nombre —o, lo que es más cierto, para ayudar a los vándalos, que ya desde hacía tiempo corrían peligro de perder el Imperio africano—, cruzó el Estrecho y sitió Ceuta, que aún conservaba la obediencia a los romanos, y, tras intentarlo por la fuerza de las armas, esta se resistió con gran valor, aunque se vio en gran apuro hasta el domingo siguiente, en el que Teudis ordenó cesar el combate por ser día de fiesta y consagrado a Dios, pues, aunque eran arrianos, tenían el respeto de no derramar sangre en un día tan especialmente dedicado a nuestro Redentor, que la derramó por nosotros. Los sitiados aprovecharon la ocasión y, con una salida repentina, al sorprender a los enemigos desprevenidos y desarmados, causaron tal mortandad entre ellos que, según dice San Isidoro, arzobispo de Sevilla, no escapó ninguno de los que estaban en tierra que pudiera llevar a España la noticia de tanta desgracia y estragos. El rey se salvó en la flota con la que regresaba a España, tras haber perdido su ejército y su reputación. Así de sucintamente relatan los historiadores este ilustre episodio de Ceuta, en el que sin duda sucedieron hechos particulares y dignos de ser contados; pero, aun así, estamos en gran deuda con quienes nos dejaron esta noticia, que, aunque breve, revela un asedio poderosísimo, defendido con valentía y éxito; y una fidelidad incontestable y una perseverancia en la obediencia al Imperio.La justicia divina no tardó mucho en castigar a la perniciosa nación de los suevos, pues si bien con ella fue castigada África, no por ello dejaron sus delitos de sufrir la venganza divina, ya que despertó el ánimo del emperador Justiniano para que emprendiera esta empresa, que llegó a buen puerto (tras muchos días y diversas dificultades que se interpusieron) gracias al esfuerzo, en primer lugar, del valeroso capitán Belisario y de Narcés, quien le sucedió en el cargo de general del Imperio. El reino de los suevos quedó totalmente deshecho en África y sus capitanes más valerosos fueron vencidos en diversas batallas, con lo que la República Romana (como si todos sus miembros, antes destrozados, se unieran en un solo cuerpo) tras un largo tiempo, comenzaba a recuperar su antigua dignidad gracias al valor del emperador Justiniano, en cuyo Imperio las armas tuvieron fuerza contra los extranjeros, al igual que el consejo y la prudencia contra los propios. De la época de este buen emperador se conservan las memorias de Ceuta, donde tenía un tribuno con muchos soldados y naves ligeras para la guardia del estrecho; y para avisar al capitán que se encontraba en la ciudad de Cesarea, tal y como este avisaba al maestre de la milicia de Oriente, que era generalísimo de las demás provincias.Tras la expulsión de los vándalos, las provincias de África nunca volvieron a alcanzar el nivel que habían tenido bajo la obediencia del Imperio. Para devolverlas a su antiguo estado, el emperador Justiniano dio instrucciones, ordenando lo que debían hacer los soldados de las fronteras de sus provincias, no solo defendiendo la entrada de los bárbaros, sino ampliando también los límites. Justiniano se preocupó de que las guarniciones de África no solo defendieran los límites y fronteras del Imperio, sino que los ampliaran tal y como solían estar. Para ello, en la ley siguiente, además de los soldados comitatenses, quiso que contara con los limitaneos —que eran los de las fronteras— y los presidios, que custodiaban los límites, impidiendo la entrada del enemigo; y, habiéndolo dispuesto así por ley, señala los lugares en los que debían estar las residencias habituales de la gente de guerra y tener sus cuarteles. Permítanme esta vez utilizar sus propias palabras contra las leyes de la historia, que prohíben las alegaciones.« El dux de la provincia de Bycacenae se asiente en Capsa y en otra de las ciudades de Leptis. El dux de Numidia tenga su sede provisional en la ciudad de Constantia. El dux de la provincia de Mauritania, por su parte, se asiente provisionalmente en la ciudad de Cesarea».Se refiere a la Mauritania Cesariense, ya que la Tingitana pertenecía a España, como ya se ha dicho; y habiendo dispuesto lo necesario para las capitales de las provincias, considerando la importancia del puerto de Ceuta, como llave de Hispania y del estrecho, aplica a esta ciudad disposiciones notables, ordenando que en ella se establezca toda la guarnición que parezca conveniente, y un tribuno (que en este caso significa lo mismo que gobernador de las armas), hombre prudente, y con experiencia, para que siempre esté bien custodiada y defendida, y que disponga, para la vigilancia del Estrecho, de los barcos largos y ligeros que le parezcan convenientes (lo que significa dromones), de modo que, de todo lo que suceda en Hispania y Francia, pueda recibir aviso a través del general de dichos barcos.Ya he mencionado el relato que nos dejó Procopio, secretario de este príncipe, en los libros que escribió sobre sus edificios, entre los que se encontraba un suntuoso templo dedicado a Nuestra Señora la Virgen. Lo menciona en las últimas palabras del libro 6, el último, y exagera al describirlo como un templo bellísimo. Dice que, muchos años antes, esta plaza había sido fortificada por los romanos, pero que, debido al descuido de los godos, había quedado en ruinas, por lo que Justiniano la fortificó de nuevo con gran solidez, dotándola de soldados muy valientes; y la reforzó tanto que, según dice, era una fortificación que ninguna nación del mundo podía asaltar. Murió el emperador Justiniano, gran benefactor de Ceuta, en el año de Cristo 565, aunque Nicéforo ofrece una versión diferente. |
CAPÍTULO 6Ceuta pasa a manos de los godos, que son expulsados de África por los musulmanes: Ceuta se mantiene siempre fiel a su antigua lealtad. La miserable derrota de España tuvo su origen en esta ciudad: y fue un presagio de la conquista de África por parte de esta.El poder romano en África entró en declive, como suele ocurrir con las grandes monarquías; y, tras muchos años y diversas vicisitudes militares, el Imperio Romano acabó por extinguirse en una parte de esta provincia, habiéndose apoderado los godos de las mejores tierras de las Mauritanias. No he podido averiguar en las historias hasta qué momento Ceuta perseveró en su obediencia a los romanos; lo único cierto es que estuvo sometida durante muchos años, en los que España avanzó hacia la conquista de la Mauritania Tingitana; pero no consta cómo ni cuándo conquistaron Ceuta. Ya hacia el año 666, el poder de los musulmanes en África estaba en pleno auge, debido a que Abdalá, duque de Moavia y cuarto sucesor de Mahoma, derrotó en batalla a Gregorio, capitán y gobernador de África por parte de los romanos, convirtiéndose así en señor de aquella vasta provincia. La devastación del ejército romano fue enorme, y ninguna otra fue mayor en aquella época. Los godos poseían, ya desde hacía algunos años en África, parte de la Mauritania Tingitana y, en particular, la ciudad de Ceuta con su territorio. Los musulmanes se apoderaron de casi todo tras aquella victoria y, desde entonces, tan arrogantes y orgullosos que fundaron en África un nuevo imperio, cuyos reyes, que, según la costumbre de aquel pueblo, ostentaban poder no solo sobre el gobierno secular, sino también sobre los asuntos relacionados con la religión, se llamaban Miramolines, lo que equivale a «Príncipes de los creyentes», del mismo modo que, en Asia, a los príncipes supremos y emperadores de aquella nación se les llama califas.A muchos les pareció que estos príncipes suponían una gran amenaza para España en aquella región; y, en particular, el temor aumentó a raíz de un extraordinario eclipse de Sol, que convirtió el día en una noche muy oscura en tiempos del rey Recesvinto, tal y como relata el arzobispo don Rodrigo, presagio (según entendían) de muchos males, tal y como más tarde se verificaron. Ambrosio de Morales, al hablar de esta conquista que Abdalá llevó a cabo en África, añade estas palabras: «En cuanto a la ciudad de Ceuta, no tenemos certeza absoluta de que, por entonces, nuestros reyes la poseyeran, ni sabemos más sobre el asunto que lo poco que hemos mencionado anteriormente; pero, dado que es cierto que la poseían pocos años después, parece verosímil que también la tuvieran en aquel momento; siendo así, la fortificaron de tal manera que los moros no lograron tomarla, a pesar de ser señores de todo lo que se encontraba en las proximidades y en la región». Hasta aquí Morales.Aunque los árabes se apoderaron de toda África, Ceuta permaneció, a pesar de todo, bajo la obediencia de los godos, pues los disturbios generales nunca afectaron a esta ciudad. Se conservaron igualmente otros puertos marítimos de Mauritania, cuya capital era Ceuta en aquellos siglos calamitosos. Los reyes godos de España tenían allí un conde que la gobernaba, así como los demás cargos vecinos, cuyo título no era personal, como se usa hoy en día, sino propio de quien ocupaba el cargo. Entre ellos se encontraba el conde Julián, origen y principio de todos nuestros males y desgracias. El rey don Rodrigo, último de los godos, vivía en la ociosidad; y de la paz de la que habían disfrutado estos reinos surgió en los valientes corazones de los españoles una tranquilidad descuidada; la generosidad con la que la bravura gótica había subyugado tantas provincias y domado tantas naciones, ahora ocupada en deliciosos entretenimientos, abrió las puertas a su ruina total. El rey don Rodrigo debía velar por el honor de Florinda —a quien los autores llamaron Cava—, hija del conde Julián, tanto por la nobleza de sus padres como por la reputación de su casa, donde, como si fuera el mejor refugio, la pusieron bajo la protección real; pero, ignorando el rey obligaciones de tan gran peso y entregado a su desorden, se aprovechó de Florinda, lo que supuso el principio del miserable fin de Rodrigo y de estos reinos, cuya belleza no fue menos perjudicial para España que la de Helena para Troya. Florinda informó a su padre, que en aquel momento se encontraba en España, de su desgracia y deshonra; este, sagaz y valiente, disimuló la afrenta durante unos días; y, aprovechando como pretexto la guerra contra los árabes en África, pidió al rey autorización para ir a poner fin a la situación en aquellas ciudades que estaban bajo su responsabilidad; se la concedió, al entender que, con su presencia y su valor, resistiría mejor el ímpetu del enemigo, y, embarcándose con su esposa y todos sus bienes, partió hacia la ciudad de Ceuta. Poco tiempo después, fingiendo que la condesa estaba enferma, envió a alguien a suplicar al rey que concediera permiso a su hija para ir a ver a su madre, que deseaba verla antes de morir. Una vez obtenidas estas garantías, Julián reveló a Muça la justa causa de la ira que albergaba contra el rey Rodrigo, ofreciéndole que, si él le favorecía contra él, no solo entregaría a los árabes los territorios de África, sino que, si estos cruzaban a Hispania, haría que se convirtieran en señores de toda la región. [Muza] se lo comunicó a Galid, su señor, y con ello se selló la ruina del Imperio godo en España, que se materializó tal y como la relatan ampliamente nuestros historiadores y los árabes, sobre lo cual no escribo para no alargar la historia; por lo que solo me corresponde mencionar, a grandes rasgos, este acontecimiento por el papel que desempeñó en él la ciudad de Ceuta, en la que se consumó una de las mayores atrocidades que han conocido los siglos. En aquella ocasión, Ceuta cayó, a causa de la traición del conde, en manos de los árabes, perdiendo de un solo golpe la libertad y la religión, y pasando de ser amiga y súbdita a enemiga y rival de España; y fue por su culpa que se le infligieron sus mayores ruinas, pues fue el paso por donde entraron tantos ejércitos para su destrucción total.De este modo, la grandeza y el prestigio de los godos se derrumbaron en un instante; se perdió la gloria alcanzada con tantas victorias en las provincias más poderosas de Europa. Las riquezas conquistadas en diversas guerras por las armas se convirtieron en botín y despojo de los moros. Una vez que esta desgracia puso fin a la monarquía que los godos poseían en España, surgieron en ella diferentes reinos con una nueva forma de principados, leyes y gobiernos. Estos se han conservado siempre para gloria de Dios y exaltación de su Iglesia, pues, para difundir la religión, sus estandartes victoriosos llegan hoy hasta los confines de la tierra.La desgracia que recayó sobre Ceuta, al haberse forjado en ella la lamentable pérdida de España, se cumplió en parte, ya que, a lo largo de tantos años, la más firme oposición a los moros en su defensa; y si, de tantas profecías que se han cumplido del santo hombre fray Juan Escuder, ermitaño valenciano, se cumple también la de la conquista de África y la recuperación de Tierra Santa por parte de los Reyes de España, Ceuta compensará con creces la antigua afrenta, siendo la puerta por la que se iniciará esta gloriosa empresa. Así nos lo dice claramente aquella profecía, de la que Gaspar Escolano hizo mención en su historia de Valencia, y que reproduce con las mismas palabras de fray Juan Escuder.Una vez destruida la secta mahometana en España y expulsados los moros, se abordará a continuación la recuperación de Tierra Santa de Jerusalén, y se proclamará la guerra; para esa expedición, marcharán numerosas compañías de soldados, y los labradores, que estarán trabajando en sus campos y, al oír que se trata de una expedición a Tierra Santa, se llenarán tanto de devoción que seguirán el mismo camino, sin pensar en volver a sus casas para dar explicaciones, ni en cuidar de sus familias y propiedades; y la mayor parte de este ejército estará compuesto por frailes y clérigos. En ese contexto, surgirá en la Iglesia el espíritu de un nuevo David, que será un Pontífice Romano, elegido por la mano de Dios, el cual reconstruirá su Iglesia Católica en un momento en que esta se encuentre en tal apuro, que solo un tercio de aquellos que se denominen cristianos serán católicos y fieles. Este nuevo Pontífice restaurará la Iglesia a su antiguo estado y someterá a los herejes; y, una vez sometidos, se unirán al Rey cubierto por la gracia de Dios, y ambos se apoderarán de todo el tesoro de las Iglesias; y, tras acuñar monedas, reunirán a personas de toda la cristiandad y, con un poderoso ejército, marcharán hacia Jerusalén.Este ejército cruzará el Estrecho de Gibraltar, en África, y avanzará para sitiar la ciudad de Libia, o Fez, y allí el gran León de España desenvainará una Espada de la Virtud, que le está reservada, y proseguirá su jornada por Berbería, matando y convirtiendo a aquellos que no pidan el Sagrado Bautismo ni profesen el nombre de Cristo; y serán tantas las victorias que obtendrá sobre los moros, que, desde una distancia de cien leguas, vendrán a postrarse a sus pies con las llaves de las ciudades y las fortalezas. De este modo, llegará con su ejército a Túnez, donde reunirá una poderosa flota, y el ejército seguirá todo el camino por tierra; y cuando lleguen las noticias al Gran Turco de que el Rey de León se acerca con tanta fuerza, este reunirá un ejército incontable, que pondrá en apuros al León de España. Pero Dios, por medio de un ángel, lo consolará, diciéndole que no tema, pues estará de su lado. Con esta ayuda, la flota cristiana, que enviará por mar, tomará en combate la ciudad de Alejandría, en Egipto; y cuando la noticia llegue al Turco, lo que sucederá al amanecer, este se asustará tanto que, desorganizando el ejército, se retirará hacia el interior, dejando el campo libre al Rey León, que continuará con sus victorias y viajará hasta Jerusalén; y, al llegar allí, se postrará con el pecho en el suelo y dará gracias a Dios por tantas victorias, bendiciones y misericordias.Para entonces, España quedará en manos de las mujeres, pues, al haberse ido todos a la Guerra Santa, casi no quedarán hombres mayores de catorce años, sino solo los ancianos y los incapacitados para la guerra; y cuando algunos regresen de la conquista, se cumplirá la profecía de que siete mujeres irán tras un hombre, preguntando: una por su marido, otra por sus hijos; y cuando dos hombres se encuentren por casualidad en las calles, se felicitarán mutuamente por haber llegado a verse juntos tras tantas tribulaciones. Que todo hombre esté atento, pues el tiempo vuela y no sabemos la hora.Esta es la profecía de la que tanto se habla entre los valencianos, del ermitaño fray Juan Escuder, de buena memoria, que, aunque no debe interpretarse al pie de la letra ni merece ese nombre, al menos merece ser tenida en cuenta por curiosidad; y si, de las cinco predicciones que se cumplieron sobre este santo varón, según escribe el autor citado, también se cumpliera la mencionada, pocas dudas suscitan sus palabras de que tal cosa sucederá en España por la ciudad de Ceuta: dice que este ejército cruzará el Estrecho de Gibraltar; y dará inicio a la gloriosa conquista del Reino de Fez, en el que se encuentra Ceuta. Está claro, por tanto, que será por esta ciudad por donde se realizará la entrada, tal y como lo fue por ella la de los moros en España, pues es el único puerto cristiano que se encuentra en la desembocadura del Estrecho y el más adecuado para regresar al Reino de Túnez, una vez conquistado el de Fez. Que el Señor, en cuyas poderosas manos está el poder de transferir las monarquías de un pueblo a otro, permita que se cumpla esta profecía, pues la causa es Suya y tan grande es la exaltación de Su Santa Iglesia. |

CAPITULO 7 Tras aquella lamentable derrota, se sucedieron las milagrosas victorias que el Infante don Pelayo, ese rayo de guerra que Dios había reservado para liberar al pueblo español —que a lo largo de los siglos iba a ser el pilar más firme de su Santa Iglesia—, obtuvo sobre los bárbaros en Hispania.Su victoria más gloriosa fue cuando mató a Alcaman y a Munuza, y derrotó por completo a sus ejércitos, lo cual, al llegar a oídos de Muza y Tarif —pues el pesar siempre inclina a albergar malas sospechas y a dejarse llevar por ellas—, les llevó a creer que el conde Julián y los hijos del rey Witiza habían sido la causa de aquellas grandes pérdidas por algún consejo secreto que habían mantenido con don Pelayo, y que algunos de ellos no habían cumplido los pactos que con él habían hecho, ordenaron degollarlos y confiscarles todo lo que tenían; y así Dios se vengó de la traición a manos de quienes más estaban obligados a favorecerse. Así lo relatan el arzobispo don Rodrigo y el obispo de Tuy. Diego Rodríguez de Almella añade que los moros hicieron que los cristianos de Ceuta apedrearan a la mujer del conde y que despeñaran a uno de sus hijos desde la torre de aquella ciudad; pero no dice que mataran al conde, sino que le quitaron todas sus tierras y que murió miserablemente tras huir a Aragón. Los prelados gozan de mayor autoridad que el arcipreste, pues relatan la fabulosa historia de la destrucción de Hispania, a la que se debe dar poco crédito; sin embargo, Jerónimo Blancas la siguió al principio de sus comentarios sobre Aragón, diciendo que, en el año de la toma de Zaragoza, mientras el conde Julián perseguía a los moros por el campo, estos, recelosos de él, lo detuvieron en tierras de Huesca y lo encerraron en prisiones muy duras, donde le infligieron una muerte tan cruel como merecían las muchas que él había causado.Los escritores pasan por alto las noticias sobre Ceuta hasta el año 916 de nuestra Redención, reinando el rey don Ordoño. En aquel momento, Mahoma el Notaraz era señor de Ceuta tras aquella batalla en la que el rey don Ordoño venció a Abderramán junto a Talavera, conquistando a continuación la propia villa; y al verse derrotado, ante el gran daño que el rey don Ordoño causaba en sus tierras y las victorias obtenidas, y que cada día se hacía más poderoso, envió a su alfaquí a los señores del linaje de Hidris y de Mequinenza, que gobernaban las Mauritanias, pidiéndoles socorro. Acudió en su ayuda Mahoma el Motaraz, señor que era en aquel momento de Ceuta, y otros señores y jeques de la Tingitana, reuniendo en Córdoba a más de ochenta mil hombres de combate; y en el año 916 marchó contra Osma, que pocos días antes había hecho poblar y fortificar el rey don Ordoño, y en la que había establecido su frontera contra los árabes. Al enterarse de que Abderramán había reunido a tanta gente, preparó su ejército, estuvo atento a los movimientos del enemigo y, sabiendo que tenía sitiada a Osma, marchó contra él y le dio batalla; y aunque Abderramán fue derrotado, era tal el poderío de la gente que traía, que enseguida volvió a reorganizar el ejército, y, tras asegurar las fronteras, ya que se acercaba el invierno, regresó a Córdoba, y los africanos se dirigieron aquel año a Berbería con grandes pérdidas de hombres.Tras la muerte del rey don Ordoño y tras haber obtenido numerosas victorias, Abderramán pidió nuevo socorro a los reyes de África, ya que le parecía que, aprovechando el cambio en el reino, mejoraría su situación. En el año 925, Mahoma el Notaraz, señor de Ceuta, cruzó con quince mil jinetes y cuarenta mil soldados de a pie, junto con otros caudillos y jeques de las Mauritanias, en apoyo de Abderramán, quien reunió un poderoso ejército y, entrando por Castilla, arrasando y saqueando los campos y localidades, llegó a la villa de Santistevan de Gormaz; la sitió y, tras numerosos combates, la conquistó por la fuerza de las armas. Desde allí cruzó el río Duero, se dirigió a Pamplona y la conquistó; y regresó aquel año victorioso a Córdoba sin encontrar a nadie que se atreviera a oponerse a él, pues los príncipes cristianos estaban ocupados en sus pretensiones y guerras particulares. Había entrado en el reino el infante don Alfonso, hijo mayor del rey don Ordoño; en Asturias se levantó su hijo Ramiro y tomó el título de rey, al considerar que, habiendo reinado sucesivamente sus tres hermanos García, Ordoño y Fruela, él, que era el cuarto, debía reinar ahora; pero su reinado duró poco tiempo. Esta crónica de Ceuta se la debemos a Luis de Mármol, aunque Ambrosio de Morales no menciona que en esta ocasión se perdiera Pamplona, y añade que el general de este poderoso ejército era un famoso moro llamado Alhabid Almanzor (que significa «el amado de Dios y victorioso»), quien, antes de esto, desde África hasta Italia y Grecia, había obtenido gloriosísimas victorias.Hacia el año 934, un impostor que se hacía pasar por santo, llamado Moahedin Xeay, se apoderó de la ciudad de Ceuta. Este hombre llegó desde Arabia vestido de peregrino y proclamándose profeta, además de descendiente de Abrahám, de donde procedían los califas de Arabia y los señores de la dinastía de los Agleb; en poco tiempo se ganó la confianza de las provincias del reino de Fez y llegó a ser tan estimado por aquellas gentes que lo veneraban como a un hombre santo. Abdalá, señor de aquella casa de los Agleb, lo respetaba, lo consideraba como un padre y no hacía nada sin su consejo. Este tirano hizo que lo llamaran el Limenel Mohaedin (que significa «la tórtola restauradora de la ley»), alegando que ese nombre le correspondía por la sinceridad de su vida y sus costumbres, y por la doctrina que enseñaba. Pero quienes escriben su historia (especialmente en Túnez) dicen que era de origen indio, y le llamaban el Moahedin Xeay, quien, al afirmar que los de Idris, señores de Fez, eran herejes según su ley, marchó contra ellos en favor de los Zenetas y destruyó las ciudades de Haresgol, Mecemme, y otras muchas de las Mauritanias; y conquistó toda la provincia del Habat, donde se encuentran las ciudades de Ceuta, Tánger y Arcila. Las provincias de la Tingitana estaban en aquella época divididas en diez partes, pues Idris, segundo rey de Fez, había dejado diez hijos y las había repartido entre ellos. Estos, al no estar muy de acuerdo entre sí, no tenían fuerza suficiente para enfrentarse a un enemigo tan poderoso. Había en Fez dos señores que se habían repartido la ciudad y pidieron ayuda a Abderramán, rey de Córdoba, a quien tantas veces habían socorrido contra los cristianos; y mientras se preparaba una flota en España para acudir en su ayuda, el Moahedin y los Mequinecis se apresuraron tanto que, cuando llegaron los abderramanes, las provincias de los Idris ya habían sido destruidas y ellos habían muerto sometidos a extrañas crueldades. Con estas victorias, el mohamedino se hizo llamar califa y, tras organizar su casa y su corte a semejanza de los califas de Bagdad, eligió a un sultán para que gobernara los ejércitos; y, volviendo por la parte meridional de la sierra del Gran Atlas, fue recaudando tributos y apoderándose de todos los puertos de Numidia, como señor supremo de África. En cuanto al resto de su vida, me limito a las historias, ya que esta memoria que hice de él solo se refiere a lo que nos cuenta sobre Ceuta, que en el año mencionado redujo a su dominio junto con el resto de la provincia del Habat y la mayor parte de África.Hacia el año 1010, Ali Abenhamit gobernaba Ceuta por orden de Hissem, rey de España, quien —tras haber huido a África a causa de las pérdidas que sufrió— fue llamado por Haytan, el primero en rango, autoridad y poder junto a Hissem, con la esperanza de que este lo nombrara rey. Ali Abenhamit se trasladó a Hispania y, unido a Haytan, vencieron cerca de Córdoba a Zulema, quien fue asesinado a manos del propio Ali entre palabras afrentosas e ultrajes, reprochándole haber sido el primero en tomar las armas contra el rey Hissem, su legítimo señor. Pero como no hay fidelidad entre los compañeros del reino, se quejaba Haytán de que Ali, el nuevo rey, no cumplía lo acordado con él, por lo que conspiró y se alió con Mundar, hijo de Hyaya, rey de Zaragoza; reunieron sus ejércitos de cada parte y se libró la batalla cerca de Córdoba, en la que Haytán fue derrotado. Ali salió en su persecución; llegó a Guadix, donde sus propios eunucos lo mataron en un baño, mientras se lavaba, en el año 408 de los árabes. Así acabó Ali Abenhamit, gobernador de Ceuta, tras haber disfrutado del título y del cargo de rey durante algunos años.Había reinado poco menos de cuatro años, hasta el año 1016 en Córdoba, Cacim, y murió a manos de los suyos envenenado para arrebatarle sus riquezas. Tras su muerte, los cordobeses entregaron el reino a Yaya, su sobrino, hijo de su hermano Ali Abenhamit, quien reinó tres meses y veinte días. Este, nada más recibir la corona, se marchó de Córdoba, temiendo a algunos moros poderosos que allí vivían; y fueron ellos quienes dieron muerte a su tío. Se trasladó a Málaga, y desde allí pidió ayuda al rey Aben Habuz de Granada, quien, para mantenerlo en el reino y castigar a quienes no le obedecían, envió a dos moros destacados, vasallos suyos, acompañados de una gran y brillante gente, que intervino en la elección de Yaya, y con su ayuda mataron hasta mil bereberes, de los que se valían los enemigos de este rey, quien a los pocos días acabaría muriendo también a manos de uno de ellos, llamado Usamel, hijo de Obed. Se encontraba entonces en Ceuta Hidris, tío de Yaya y hermano de su padre, Ali Abenhamit, y cuando se enteró de la muerte de su sobrino, cruzó el mar y vino a Málaga, y tras apoderarse del Alcázar se proclamó rey de Córdoba. Le favoreció el rey de Granada, Aben Habuz, antiguo amigo de su casa, y para honrarle aún más, le reconoció vasallaje, ya que este reino no había reconocido hasta entonces a los reyes de Córdoba. Aben Habuz se hizo cargo de los asuntos del rey Hidris como si fueran propios, y trató de hacer que le obedecieran en todo aquel reino. Con este fin, reunió numerosas compañías de jinetes y se dirigió personalmente a Carmona y Sevilla, que se habían rebelado, y las sometió por la fuerza de las armas. Lo mismo hizo con Alcalá del Río, localidad de aquella comarca, más importante entonces que ahora. Pasó a Triana, arrabal de Sevilla, y la incendió junto con el alcázar de la ciudad; cuyos vecinos, temiendo su furia y viéndose sin fuerzas para resistirlo, acordaron con él ciertas capitulaciones. La principal fue que recibirían a Hidris como rey y señor, tras lo cual regresó a Granada cargado de botín y de reputación, como hombre que no solo tenía valor para defenderse, sino también autoridad para defender a otros y mantenerlos en sus reinos. Murió Hidris en el año 1017. Rey y, posteriormente, señor de Ceuta, aunque la dignidad le duró poco tiempo.En el año 1099, Juseph Aben Texefien, segundo rey de África del linaje de los almorávides, volviendo las armas contra los propios caudillos moros de Hispania —que se habían arrepentido de haberlo traído a esta provincia—, se apoderó de parte del reino de Valencia, y de los reinos de Murcia, Granada, Córdoba y Jaén, que todos eran moros. Dejó como gobernador en Hispania a Mahomet, su sobrino, con parte del ejército, y él y su hijo regresaron aquel año a Berbería. Al llegar a África, ordenó que se pregonara la yihad por todo su reino y, tras reunir a mucha gente, se embarcó con todo su poderío en el puerto de Ceuta. Tras pasar por Málaga, se dirigió a la ciudad de Granada, y de allí pasó a Andalucía; y, tras reunirse con Mahomet, su capitán, fueron a sitiar Toledo, sembrando el fuego y la sangre por los lugares por donde pasaban. En aquel momento, el rey don Alfonso se encontraba en Nájera; ordenó reunir a sus tropas con la mayor rapidez posible y acudió en ayuda de Toledo. El rey José no quiso esperarle y, dirigiéndose a Consuegra, la tomó por la fuerza y la fortificó; y, al llegar a Córdoba, envió a Mahomet con parte de su ejército contra la ciudad de Valencia, que conquistó capturando a Yaya, hijo de Almemon, y lo mató. El rey don Alonso llegó con su ejército a Toledo y, al ver que los enemigos se habían retirado, pasó a Úbeda, Baeza y Jaén, arrasando aquellas tierras. Creyó que José vendría a darle batalla, pero el moro la rechazó y regresó aquel año a Ceuta, dejando acuartelada la mayor parte de su ejército en las fronteras
SEGUNDA PARTE. ROMANOS. BARBAROS Y MOROS |

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