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9.10.26 .HISTORIA DE CEUTA

 

10.10.26. HISTORIA DE CEUTA SEGUNDA PARTE

 

LA CUESTIÓN DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 

Nuestra relación con la Inteligencia Artificial se puede resumir en un simple ejemplo. Existe un camino hacia un punto B desde un punto A; queremos rutas alternativas desde A a B. La Inteligencia Artificial puede trazarnos caminos cortos o menos largos, pero la Inteligencia Artificial nunca podrá hacer el camino, recorrer el camino pertenece a su creador, el hombre.

Otra cosa será que se use la IA para el Crimen, pero para esto es necesario ser un criminal.

Nuestra relación con nuestra Creación debe seguir las leyes de nuestro Creador con su Creación, nosotros. Es por esto que es tan importante, de trascendencia vital, que despejemos nuestras dudas y visiones de nuestro Creador como un ser maligno, un dios oculto, un dios de terror que pide sumisión hasta convertirnos en monstruos asesinos y genocidas.

Esta Trascendencia se hizo Hombre y proclamó la Inocencia de nuestro Creador desde su Obediencia, hasta la Cruz, a su Sabiduría, cuya definición la tenemos escrita en su Libro, firmada por la mano de Salomón.

 

Yavé Dios me poseyó al principio de sus caminos, antes de sus obras, desde antiguo. Desde la eternidad fui yo establecida; desde los orígenes, antes que la tierra fuese. Antes que los abismos, fui engendrada yo; antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas. Antes que los montes fuesen cimentados, antes que los collados fui yo concebida. Antes que hiciese la tierra, ni los campos, ni el polvo primero de la tierra.

Cuando Dios afirmó los cielos, allí estaba yo; cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando condensó las nubes en lo alto, cuando daba fuerza a las fuentes del abismo, cuando fijó sus términos al mar para que las aguas no traspasasen sus linderos, cuando echó los cimientos de la tierra, estaba yo con Él como arquitecto, siendo siempre su delicia, solazándome ante Él en todo tiempo, recreándome en el orbe de la tierra, siendo mis delicias los hijos de los hombres.

Oídme, pues, hijos míos; bienaventurado el que sigue mis caminos. Escuchad la instrucción y sed sabios, y no la menospreciéis. Bienaventurado quien me escucha y vela a mi puerta cada día, guardando las jambas de mis puertas. Porque el que me halla a mí halla la vida y alcanzará el favor de Yavé Dios. Y al contrario, el que me ofende, a sí mismo se daña, y el que me odia, ama la muerte.

Por eso oré y me fue dada la prudencia.

Pues en ella hay un espíritu inteligente, santo, único y múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, claro, inofensivo, benévolo, agudo, libre, bienhechor. Amante de los hombres, estable, seguro, tranquilo, todopoderoso, omnisciente, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutiles. Porque la sabiduría es más ágil que todo cuanto se mueve; se difunde su pureza y lo penetra todo; porque es un hálito del poder divino y una emanación pura de la gloria de Dios omnipotente, por lo cual nada manchado hay en ella. Es el resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad. Y siendo una, todo lo puede, y permaneciendo la misma, todo lo renueva, y a través de las edades se derrama en las almas santas, haciendo amigos de Dios y profetas. Que Dios a nadie ama sino al que mora con la sabiduría. Es más hermosa que el sol; supera a todo el conjunto de las estrellas, y, comparada con la luz, queda en primer lugar. Porque a la luz sucede la noche, pero la maldad no triunfa sobre la sabiduría. Se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad.

La amé y la busqué desde mi juventud; procuré desposarme con ella, enamorado de su belleza, Se manifiesta su excelsa nobleza por su convivencia con Dios, y el Señor de todas las cosas la ama. Porque está en los secretos de la ciencia de Dios y es la que discierne de sus obras. Si la riqueza es un bien codiciable en la vida, ¿qué cosa más rica que la sabiduría, que todo lo obra? Si la inteligencia es activa, ¿quién más activo que ella, artífice de cuanto existe? Si alguno ama la justicia, las virtudes son frutos de su trabajo, porque ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza, las virtudes más provechosas para los hombres en la vida. Y si deseas una rica experiencia, ella conoce lo pasado y entrevé lo venidero; conoce las falacias de los discursos y las soluciones de los enigmas, interpreta los signos y los prodigios, la sucesión de las estaciones y los tiempos. Resolví, pues, tomarla para que conviviera conmigo, sabiendo que sería buena consejera de lo bueno y consuelo en mis cuidados y tristezas. Y por ella alcanzaré gloria ante las muchedumbres, y, joven aún, honor entre los ancianos. En los juicios me mostraré agudo, y seré admirado ante los poderosos. Cuando yo calle, esperarán, y si hablo, me prestarán atención, y si prolongo mis discursos, pondrán mano a la boca Por ella gozaré de la inmortalidad y dejaré a mi descendencia una memoria eterna. Gobernaré los pueblos, y las naciones me estarán sometidas. Oyendo hablar de mí temerán los terribles tiranos, y me mostraré entre la muchedumbre bueno, y en la guerra valeroso. Entrando en mi casa, descansaré en ella, porque no es amarga su conversación, ni dolorosa su convivencia, sino placer y gozo. Pensando esto conmigo mismo y meditando en mi corazón que la inmortalidad está en la compañía de la sabiduría, y que su amistad es delicioso placer y los trabajos de sus manos riqueza inagotable, y pericia el trato de su conversaciones, y fama participar en sus discursos, corrí de una parte a otra buscando tomarla conmigo.

Era yo un niño de buen natural, que recibió en suerte un alma buena. Porque era bueno, vine a un cuerpo sin mancilla; pero, conociendo que no podía alcanzarla si Dios no me la daba y que era parte de la prudencia conocer de quién es don, me dirigí al Señor y le supliqué, diciéndole con todo mi corazón:

“Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu ventas en el cielo como en la tierra y no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Porque Pedid y se os dará. Pero el que duda es como el humo en el viento, pasa y deja de ser, no recibirá nada de su Creador”.

 

Así pues, creados para crecer en el espíritu de inteligencia de quien es Omnisciente, nuestra relación con nuestra creación debe sujetarse en todo a este espíritu de creación que tiene en el Bien de todos su Origen, el pensamiento opuesto en la Edificación de una Civilización Universal nacida con vocación eterna.

Como el cuchillo no es malo ni bueno, sino que el mal y el bien está en la mano que lo empuña, la Inteligencia Artificial nace con este mismo signo.

Formar a las generaciones lejos del Mal y dentro del Bien a fin de que el Bien de Todos sea la mano que empuña el cuchillo, este no es trabajo de la Inteligencia Artificial, es la misión intelectual de todos los Pedagogos del mundo. Repito, el camino únicamente puede ser recorrido por el ser humano. Apartar de la Inteligencia Artificial los brazos que lavan sus manos en sangre humana es Prioridad Fundamental de nuestra Civilización. La Inteligencia Artificial no tiene el Poder de destruir nada.

El dedo que aprieta el botón es la mano que hay que amputar.

 

 

HISTORIA DE CEUTA. PARTE SEGUNDA.

 

CAPITULO 8

Las hazañas de Don Fuas Roupiño, general de la Armada portuguesa en el mar de Ceuta, y su muerte en aquel puerto.

En el año 1180, las galeras berberiscas asolaban las costas de Portugal, causando grandes daños a las localidades costeras y a las embarcaciones de Lisboa y Setúbal. Para poner fin a sus excesos, el rey don Alonso Enrique I de Portugal envió una armada desde Lisboa, que se reunió con la rapidez que se requería. La gloria de los felicísimos éxitos le valió al capitán don Fuas Roupiño el cargo de general. Nuestra armada zarpó de Lisboa, bien tripulada por gente valerosa; y se topó con la enemiga poco más allá del cabo de Espichelo, donde libraron una batalla muy reñida; y el valor y el deseo de venganza de los portugueses suplieron las carencias de experiencia. Nuestra capitana capturó la galera real enemiga, y murió en la contienda el general moro, a quien nuestras crónicas llaman Iocofero Dalxemi. Las demás, ante esta pérdida, cayeron en desorden: los nuestros prosiguieron la victoria con tal determinación y coordinación que no escapó ningún barco enemigo, sino que, sirviendo todos de triunfo a nuestra armada, entraron por la desembocadura del Tajo y salieron por segunda vez a barrer las costas de Portugal; recorrieron las de Corriolas y las del Algarve, sin toparse con ningún barco morisco. Recorrió las costas de Andalucía; y al no hallar nada en lo que poner a prueba su valor, entró con toda su armada en el puerto de la ciudad de Ceuta, que estaba repleto de barcos; los nuestros arremetieron y, con poca o ninguna resistencia, se apoderaron de todos ellos; los trajeron a Lisboa, donde fueron recibidos por el pueblo con las aclamaciones que merecía su valor.

Poco duró la felicidad de este valeroso capitán, pues, cansada la fortuna de asistirlo, lo encontramos muerto en el año 1182. Zarpó él con veinte galeras para recorrer las costas de Portugal, se adentró en el Estrecho y llegó al puerto de Ceuta, donde se encontraban cincuenta galeras bereberes, que se habían reunido procedentes de diversas partes. Al ser inevitable la batalla, las galeras portuguesas fueron derrotadas tras luchar valerosamente; y con un esfuerzo increíble, su general, don Fuas, que perdió la vida tras haber causado numerosas bajas. Once quedaron rendidas y hundidas; las demás regresaron destrozadas a Lisboa, habiendo perdido a su valeroso general, a muchos soldados y a capitanes experimentados. Estas fueron la primera victoria y la primera derrota naval que sufrió la nación portuguesa tras fundar un nuevo reino: la causa de ambas fue Ceuta con su poderío marítimo, y de ellas dejó constancia el príncipe de los poetas españoles y gloria de la nación portuguesa, diciendo así: Mira a este que, saliendo de la emboscada, se abalanza sobre el rey, que rodea la fuerte villa; ya tiene al rey prisionero y la villa sitiada. Ilustre hazaña digna de Navorte, mírala ahora pintada en esta armada, en el mar también dando muerte a los moros, arrebatándoles las galeras y llevándose la gloria de la primera victoria marítima. He aquí a don Fuas Roupinho, que en tierra y en el mar resplandece a la vez como el fuego que arde junto a la sierra Mira cómo, en tan justa y santa guerra, contento de acabarr luchando, de manos de los moros entra el alma feliz triunfando en el cielo con justa palma. 

Quién fue este valeroso general, don Fuas Roupinho, no consta en las historias, pero es cierto que, por los cargos que ocupó durante el reinado del rey don Alonso Enríquez, fue un hombre de gran calidad. Se encontraba junto al mismo rey en la famosa batalla de Ourique, y era en aquel entonces alcalde de Coimbra, cargo que siempre ocuparon personas muy distinguidas por su linaje y su valor. Años más tarde lo fue de Puerto de Mos; y en el año 1180 venció al rey de Mérida en aquella plaza. Este bárbaro entró en Portugal aquel año y, tras haber causado grandes daños en el campo, se acercó a Puerto de Mos y sitió aquella plaza con encarnizados combates. La gobernaba don Fuas Roupiño, quien, al enterarse de la llegada del rey de Mérida antes de que este llegara, dejó una guarnición suficiente en la plaza y salió de ella. Convocó a la gente de guerra de Santarém y a la de los lugares vecinos; y con suma rapidez se acercó a Puerto de Mos y tendió una emboscada en un valle junto a la villa, una noche que consideró propicia para llevar a cabo su plan. Cuando los moros se encontraban descuidados y descansando de los combates del día, embistió sus cuarteles con tal ímpetu y valor que, al no poder resistir los enemigos sus golpes, los sumó en la confusión y, en desorden, fueron derrotados. El rey Gamir de Mérida fue hecho prisionero, junto con un hermano suyo. La Plaza fue socorrida y se levantó el asedio. El valeroso capitán llevó a los prisioneros a Coimbra, donde se encontraba el rey don Alonso, quien premió su esfuerzo y el de sus soldados, y trató a los cautivos con benevolencia. Poco después murió en Coimbra el rey de Mérida a causa de las heridas que recibió en aquella ocasión.

A esta victoria le siguieron las navales, que se relatan hasta su muerte en Ceuta, lo que le valió fama eterna en las historias, pero su fama no será más duradera por ellas que por el prodigioso milagro que le sucedió en los campos de Alcobaza: lo relata extensamente el doctor fray Bernardo de Brito, cronista mayor de Portugal, en la segunda parte de la «Monarquía lusitana», donde se verá con detalle, y confirmado con el documento original, lo que aquí diré de forma resumida.

Siendo don Fuas Roupilo alcalde de Puerto de Mos, salió una mañana de niebla a cazar por la costa del océano, en aquel paraje donde hoy se encuentra fundada la devotísima ermita de Nuestra Señora de Nazaret. Persiguió a un ciervo (que la tradición popular de Portugal afirma que era el demonio, al que intentó despeñar) y llegó con su caballo a la punta de un peñón, en el que hoy se ve la ermita de este recuerdo. La tierra ofrece aquí la misma acogida desde el norte a quien por ella camina, pero al llegar a este lugar, se precipita sobre el océano hacia el sur, con una altura tan desmesurada que causa horror a quien la contempla. En esta terrible situación se vio Don Fuas; e invocando la ayuda de la Virgen Nuestra Señora, el caballo se quedó inmóvil en la punta de aquel peñasco, de lo cual aún hoy perduran las marcas en el propio peñasco, que yo vi y toqué muchas veces. Tuvo así ocasión de desmontar; y, tras venerar una imagen de la Sagrada Virgen, que allí se encontraba en una cavidad, dio inicio, en agradecimiento a la ermita que llaman «de la Memoria», a partir de la cual se tomó la ocasión para fundar la de Nuestra Señora junto a ella, que en nuestros días se está construyendo con mayor suntuosidad, y es uno de los lugares de mayor devoción, concurrencia de gente, y número de milagros que florecen en España. Permíteme esta digresión, pues sirve de elogio al valeroso capitán don Fuas Roupino, que tanto ha contribuido a la historia de Ceuta, y puesto que terminó su vida en esta ciudad, siendo el primer portugués que venció, y fue derrotado en ella tras la erección de nuestro reino, tal y como constan en nuestras historias: bien merece las memorias mencionadas, y más aún siendo tan ilustres, que le valieron fama eterna

 

CAPITULO 9 San Daniel y sus seis compañeros de la Orden Seráfica, patronos de Ceuta, predican en esta ciudad el sagrado Evangelio; por ello, son encarcelados por los moros

 

El año 1221 fue gloriosísimo para Ceuta, pues en ella recibieron la corona del martirio siete ilustrísimos religiosos menores, que hoy la honran con el título de patronos. Pero, para no confundir a unos mártires con otros, será necesario recordar primero a los de la misma Orden, que el año anterior sufrieron en Marruecos y honraron a esta ciudad con sus venerables reliquias. Estos se llamaban: fray Bernardo, fray Pedro, fray Otto, sacerdote, fray Adinto y fray Acursio, laicos: fueron enviados por su padre, San Francisco, a España para predicar a los moros, que dominaban la mayor parte de su territorio. Pasaron de Italia a Portugal, desde donde, con el apoyo de la infanta doña Sancha, hija del rey don Sancho I, partieron hacia la tierra de los infieles. Predicaron con gran fervor la ley de Cristo, especialmente en Sevilla, donde fueron encarcelados; pero, tras ser condenados a muerte, fueron entregados a unos cristianos que se dirigían a Marruecos, para que desde allí los llevaran a Portugal. Allí, inflamados por el celo religioso, predicaron públicamente por las calles la ley de Cristo, reprobando la falsa religión de Mahoma. Fueron arrestados y, tras diversas vicisitudes —que los cronistas de la Religión Seráfica relatan con detalle—, decapitados por predicar la fe a manos del propio emperador Miramolin, rey de Marruecos, el 16 de enero del año mencionado, que correspondía al cuarto año del pontificado de Honorio III y casi siete años antes de la muerte del gran padre San Francisco.

En la corte de Marruecos se encontraba el infante de Portugal, don Pedro, hijo del rey don Sancho I, a causa de las injusticias cometidas por don Alfonso II, su hermano, que entonces reinaba. Gracias a la astucia de este príncipe, una noche se recogieron, aunque con gran riesgo, los cuerpos destrozados de los santos mártires, y los entregó a don Juan Roberto, canónigo regular de Santa Cruz de Coimbra, su capellán, religioso y hombre devoto, para que los guardara en la propia casa del infante con el recato y el sigilo que se imponían, hasta su regreso a Portugal. Esto no tardó mucho tiempo; pues el infante, ya cansado de convivir entre aquellos bárbaros y ansioso por regresar a España, obtuvo permiso del rey de Marruecos, aunque en contra de la voluntad de sus consejeros; y así, tras guardar las santas reliquias en dos cofres, las llevó con total discreción a Ceuta, tras haber corrido grandes riesgos en el camino, de los cuales el precioso tesoro que transportaba lo libró milagrosamente. Desde Ceuta zarpó inmediatamente hacia España, atracó en el puerto de Algeciras y, tras diversas vicisitudes y peligros, acabó llegando a Astorga, donde permaneció con el rey de León, ya que aún no había hecho las paces con su hermano, el rey de Portugal, y desde allí envió las venerables reliquias a aquel reino, donde fueron depositadas en el Real Convento de Santa Cruz de Coimbra, magnífica obra de don Alfonso, su primer rey, donde, según he oído, perduran con la debida veneración, resplandeciendo con innumerables milagros. Escribo detalladamente sobre su predicación, martirio y prodigios en mi historia de Coimbra, donde he venerado y visto muchas veces sus cuerpos santos desmembrados. En este lugar, basta con este breve recuerdo, que no pretendo que sea solo para llenar el papel, sino para destacar lo que pretendo escribir sobre los siete Mártires de Ceuta, y porque, en este año de 1220, los cinco santos mártires mencionados honraron esta ciudad, aunque fuera de paso, un recuerdo digno de singular estima.

Al año siguiente, en 1221, sufrieron en Ceuta los siete mártires, sus patronos, religiosos de la Orden Seráfica, cuyos nombres son fray Daniel, ministro de la provincia de Calabria; fray Angelo, fray Samuel, fray Donnulo, fray León, fray Nicolás y fray Ugolino, todos ellos italianos. Laurencio Surio, Juan Molano, César Baronio y el ilustre cronista de esta sagrada religión, fray Lucas Wandingo, de nacionalidad irlandesa e hijo de la muy observante provincia de Portugal, señalan su martirio en este año. Todos siguen el antiguo Breviario de la Santa Iglesia de Braga, que registra su muerte en este mismo año. San Antonio, fray Marcos de Lisboa, obispo de Oporto, fray Luis Rebolledo, Rodolfo y otros autores de gran autoridad presentan un cálculo diferente, ya que sitúan su martirio seis años más tarde, en 1227, y los tres últimos lo afirman con tal rotundidad que consideran que la indicación del año 1221 es un error de imprenta.

Los autores mencionados son testigos de excepcional importancia; pero es necesario seguir a los primeros, pues su opinión está más corroborada por los antiguos breviarios que siguen, así como por el antiguo y constante sentir de toda la Orden de los Frailes Menores, que, al haber sido alertada de un error en las cifras de este cálculo, ni admitió el año 1227 para este martirio, ni corrigió el de 1221; por el contrario, desde el principio hasta hoy ha seguido este recuento sin alteraciones. Los autores de la segunda opinión no presentan ningún fundamento, ni conjetura verosímil que debilite la opinión contraria, por lo que considero indudable que se equivocaron al pensar que los Mártires habían sido enviados desde Italia para esta misión tras la muerte del glorioso Padre San Francisco, pues leyeron que los había enviado Elías, segundo General de la Orden y sucesor inmediato del Santo Patriarca. Pero a esto se responde fácilmente, pues es cierto que, aún en vida, San Francisco se eximió del gobierno de su orden, confiándoselo a Elías, que fue el segundo General, tal y como consta en todas las historias sobre él; y que, en este año de 1221, él la gobernaba por designación del propio Patriarca, aunque, durante su vida, los religiosos nunca llamaron a Elías «Ministro General», sino únicamente «Vicario de la Orden». Fue por orden de Elías que fueron enviados los siete mártires, pero mientras el glorioso padre San Francisco aún vivía, y en el mencionado año de 1221, en el que es cierto que Elías ya gobernaba.

Inflamados por el ardiente deseo del martirio, y deseando imitar a los hermanos que, el año anterior, habían sufrido en la ciudad de Marrakech, los santos religiosos intentaron seguir el mismo camino y alcanzar una corona semejante. Tras obtener la autorización de fray Elías y recibir la bendición de su glorioso Patriarca, partieron hacia la costa de la Toscana; allí se embarcaron hacia España y llegaron a Tarragona, en Cataluña, desde donde continuaron su viaje hacia Ceuta. Fray Daniel partió con tres compañeros, pues los marineros no quisieron llevar a todos; y, al llegar a Ceuta, mientras esperaban a los demás, se ocuparon de inmediato del bienestar de las almas, predicando a los mercaderes de Pisa, de Génova y a otros cristianos que allí se encontraban. Sabían que su maestro había venido a derramar fuego sobre la tierra y querían que esta ardiera; buscaban encender ese fuego en las almas y se esforzaban para que, una vez encendido, no se apagara. Mientras tanto, llegaron los tres compañeros que faltaban, que desembarcaron en Ceuta el último día de septiembre. Fray Daniel y sus seis compañeros, con espíritu ferviente, no temían los peligros de la muerte. Los pobres religiosos se reunían con los demás cristianos y mercaderes fuera de las murallas de la ciudad, pues a ningún cristiano se le permitía entrar sin autorización especial de los moros. Pero, inflamados por el amor al martirio, decidieron entrar en la lucha.

Un viernes, en secreto y durante largo rato, todos hablaron de la salvación de sus almas y de las de los infieles; y el sábado se confesaron con fray Daniel, recibiendo devotamente el Santísimo Cuerpo de Cristo de sus manos y encomendando sus almas a nuestro Redentor. La noche siguiente al domingo, siguiendo su ejemplo, se lavaron humildemente los pies unos a otros en memoria de aquel amor que Él nos dejó como prueba de cuánto nos amaba y de cuánto desea que nos amemos unos a otros, Él que, por amigos y enemigos, fue a morir en la Cruz. Se consolaron espiritualmente, pasando toda la noche en palabras divinas y oraciones sagradas; y, así armados, los caballeros de Cristo se enfrentaron a la batalla el domingo por la mañana, entrando en la ciudad con la cabeza cubierta de ceniza; y, fortalecidos por la gracia del Espíritu Santo, recorrían sin miedo las calles y las plazas principales, profesando el nombre y la fe de nuestro Redentor Jesucristo; y que solo en Él reside la verdadera salvación. Somos cristianos (decían), y ministros de Jesucristo, a quien adoramos como verdadero Dios: profesamos su ley como santa y justa, dada y enseñada por el propio Señor a los hombres. La vuestra, y todas las demás aparte de esta, no son leyes, sino abusos e invenciones de Satanás. Vuestro profeta-padre fue un mentiroso, artífice de las tinieblas, veneno para vuestras almas. Vosotros, ciegos, siguiendo los pasos de otro aún más ciego, corréis engañados hacia la felicidad, que en realidad no es más que placeres comunes a las bestias, sino, en verdad, tormentos comunes a los demonios.

Al ver y oír los moros la seguridad con la que los predicadores de Cristo proclamaban la verdadera fe y condenaban la Ley de Mahoma, primero los insultaron con bofetadas, azotes y humillaciones, y después los llevaron presos ante su rey. Una vez que los santos se presentaron ante él, se confesaron con gran valentía y fervor, predicándole a él y a sus súbditos la verdadera fe de Cristo y revelando la falsedad de la ley de Mahoma, de la que tendrían que apartarse si quisieran salvar sus almas. El rey y los miembros de su corte, al contemplar su valentía y su pobreza, los tomaron por locos; pero, por la osadía que habían tenido al hablar en contra de su ley, fueron encerrados en una prisión severa, encadenados. Al verse allí, se abrazaron tiernamente unos a otros y, con extraordinaria alegría en sus almas, se felicitaron mutuamente por su buena suerte. Transcurrieron los días de prisión, unidos en un solo corazón por el deseo común de sufrir por Jesucristo. Les animaban la santa comunión, la conversación habitual sobre los bienes eternos y la compañía de aquel Señor al que se dedicaban. La constancia de unos servía de muralla de fortaleza para los demás, y el ejemplo común era aliento para todos. Allí permanecieron presos durante ocho días, pasando por grandes persecuciones y pruebas, pues los moros los afligían con diversos tormentos, que los santos soportaban con ánimo constante, despreciando su propia vida para garantizar la salvación espiritual de los demás. En medio de tantas tribulaciones, se acordaron de los cristianos de Ceuta y escribieron una carta dirigida a todos ellos, que fue enviada a Hugo, sacerdote y vicario de los genoveses, y a dos religiosos que se encontraban con él, un dominico y otro franciscano, que habían llegado desde el interior de África. La carta dice lo siguiente:

“Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de la Misericordia y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras nuevas tribulaciones, aquel que concedió al patriarca Abraham el carnero para el sacrificio y a quien ordenó que saliera de su patria sin saber adónde iba; y, por ello, su fe y su obediencia fueron consideradas y reconocidas como justicia. Y mereció el título de amigo del Señor. Así, el que es sabio se vuelva loco y pierda el juicio del mundo, para que no quede necio y loco para siempre, pues la sabiduría de este mundo es locura ante Dios. Que sea, pues, evidente para todos los cristianos que viven en la verdadera fe y en el conocimiento de Dios, que nuestro Señor Jesucristo, que sufrió por nosotros, dice: «Id y predicad el Evangelio a toda criatura», y en otro lugar: «No temáis a los que matan los cuerpos, pero en nada más pueden haceros daño», y en otro lugar: «El siervo no es mayor que su señor; y, si a mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán». Este Señor altísimo y misericordiosísimo nos ha traído desde nuestra patria y ha guiado nuestro camino según su santa voluntad, para su gloria, la salvación de nuestras almas, la edificación y el honor de los fieles cristianos, y la confusión y la condenación de los infieles, según dice el Apóstol: Somos el aroma agradable de Cristo, nuestro Redentor; para unos, aroma de vida, para que alcancen la vida, y para otros, aroma de muerte, pues merecen la muerte eterna; pues si yo no hubiera venido (dice el Señor) y no les hubiera predicado, no habrían pecado, pero ahora no tienen excusa. Así, entramos en esta ciudad de Ceuta, profesando y predicando el nombre de nuestro Señor Jesucristo y su santa fe; y los moros, tras habernos infligido muchos insultos, fueron a contarle al rey lo que predicábamos; y, llevados ante su presencia, le predicamos la fe en Jesucristo, nuestro Redentor, y que en ninguna otra ley había salvación, y demostramos con muchos argumentos la falsedad de su maldita ley, lo cual ni él ni sus eruditos escucharon ni comprendieron; al contrario, considerándonos locos, ordenaron que nos encerraran en esta lúgubre prisión, en la que los moros nos atormentan mucho, pero con gran confianza, esperando que el Señor acepte nuestras vidas como sacrificio por la confesión de su fe. Al que es el altísimo Rey de los siglos, inmortal e invisible, el único Dios, sea honor y gloria por siempre. Amén.”

Fray Luis de Rebolledo, cronista general de la Orden de San Francisco, afirma que esta carta se conservó durante muchos años en su original en el archivo del Convento de San Francisco de Lisboa, y que el tiempo debió de haber consumido tan gran reliquia. Lo considero un hecho incontestable, ya que lo afirma un autor de tan gran credibilidad, y que se habría conservado entre los cristianos de Ceuta hasta su gloriosa conquista; y que el rey Don Juan I la habría depositado en aquel archivo como algo propio de los santo.

 

 

CAPITULO 10 San Daniel y sus compañeros sufren un glorioso martirio en Ceuta por la predicación de nuestra Santa Fe.

 

Mientras los santos religiosos permanecían presos en aquella oscura cárcel, los moros los vieron libres de sus cadenas, resplandecientes con una luz extraordinaria, bañados por una gran alegría y entonando alabanzas divinas sin cesar. Al enterarse el rey, indignado por esta noticia, ordenó que los sacaran de la cárcel el domingo siguiente, 10 de octubre, por la mañana, y los llevaran ante su presencia. Al llegar ante él, fueron interrogados minuciosamente, y cuando se les preguntó si se arrepentían de lo que habían dicho contra Mahoma y su ley, respondieron con gran firmeza que no, sino que, por el contrario, querían decir y afirmar que no era una ley de salvación, sino de condenación perpetua; y que, si querían salvarse, debían abrazar la fe de Jesucristo y bautizarse. Añadieron que, por esta verdad, estaban dispuestos a sufrir la muerte temporal, pues tenían cierta esperanza de recibir de Cristo, Redentor del mundo, la vida eterna. Los moros, tras deliberar sobre cómo convertirían a los santos a su ley, decidieron llamar a cada uno por separado y, con promesas y amenazas, intentar convencerlos; y si no lograban someterlos, que entonces fueran ejecutados. Una vez apartados los santos, les prometieron, en nombre del rey, riquezas y comodidades en la vida si deseaban convertirse al islam; de lo contrario, se les infligirían grandes castigos. Les dijeron:

“Si de verdad cambias de opinión y aceptas sin reservas nuestra ley, renegando de Cristo y confesando a nuestro profeta como mensajero fiel del Todopoderoso y único maestro de la verdad, salvarás la vida y la pasarás, a partir de hoy, mejorada con regalos y entretenimientos, y privilegiada en honores y bienes; no te faltará nada de lo que hace dulce y sabrosa la vida; tus gustos serán satisfechos y tus deseos colmados.”

Estaban tan firmes que no hicieron caso alguno de las promesas ni de las amenazas; más bien mostraban estar dispuestos a morir por la fe en Cristo; y así lo predicaban aquellos enemigos de la verdad diciendo:

“Nuestros deseos están tan lejos de tus pensamientos como de alejarte del dichoso fin hacia el que caminan. Corren hacia el Dios verdadero, y dirigen su vuelo hacia Jesucristo, su Hijo; sin Él no hay vida que brille, con Él no hay muerte que lo parezca. Tus regalos son engaños para los torpes; los puros no se dejan atrapar por ellos; aquellos cuyo corazón, desprendido de la tierra, tiene la mirada puesta en el Cielo, no se dejan cegar por los caprichos de esas promesas, que, aunque preciosas a los ojos del mundo, no tienen más valor que el que les da la imaginación de quien las considera como tales. Se ofrecen a aquellos que, hundidos en el abismo de tus errores, no tienen aliento ni esperanza para aspirar a los bienes eternos, y así permanecen en las bajezas del interés temporal. Para nosotros, a quienes vivir sin Cristo es la mayor pérdida y morir por él la mayor ganancia; cuyo Maestro es el verdadero autor de la vida, ¿qué motivo tendremos para abandonar la fuente pura de la verdad y abatirnos hacia los arroyuelos turbios de la mentira a los que nos invitáis en vano?, pues os cansáis por sacarnos del camino que tanto hemos recorrido, al llegar ya al final de nuestra jornada ¿En qué entendimiento cabe persuadirnos de que, tras vencer los mares, desfallezcamos a la entrada del puerto y nos ahoguemos en la orilla? ¿Cómo abrazaremos lo que en vosotros aborrecemos? ¿O cómo nos someteremos a una ley que ni siquiera consideramos digna de las bestias, y mucho menos de los hombres? ¿Cómo nos cegará el resplandor de las riquezas y honores con los que aquí nos tentáis, teniendo ya los ojos cerrados a ellas y a todo lo que brilla en el mundo, donde solo detiene la tardanza de la espada?”

Con esto los llevaron de nuevo ante el Juez, en cuya presencia un ministro suyo, y del Demonio, se abalanzó furiosamente sobre el santo Daniel y le asestó un golpe en la cabeza con el alfanje, diciéndole: «Vuélvete moro, vuélvete moro, y si no morirás a mis manos”.

No hay que temer los golpes, pues cuando penetran, a lo sumo se quedan en el escudo, ni los que, aunque hieran el cuerpo, no pueden ofender a las almas. El glorioso mártir soportó constantemente aquella amenaza, perseverando firme en la confesión de la verdadera fe. El juez y otro moro anciano les predicaban que se hicieran moros, diciendo:

“¿Por qué queréis perder tan miserablemente los bienes y placeres de esta vida? Adoptad la santa ley y la fe del gran profeta Mahoma, y tendréis vida, honores y riquezas en este mundo y en el otro”.

Fray Daniel respondió al moro anciano, que más hablaba, diciéndoles: “¿Tú, envejecido en días malos? ¡Hasta cuándo vas a vivir en los engaños de Satanás! Tu maldito Mahoma es siervo suyo y causa de la muerte eterna para quienes le siguen; por tanto, conviértete a nuestra Santa Fe Católica, para que puedas salvarte conociendo a tu Creador, pues ya es hora de que le conozcas y te apartes de los errores de la ley de tu maldito profeta; y, si no, acaba ya de ordenar que descarguen el cuchillo con el que podrás satisfacer tus deseos, y sacarás el alma más pronto para que yo la devuelva a quien me la dio, y por cuya fe la consagro a la muerte. Esto me hará dichoso a mí, mientras que a ti te hará desdichado; será motivo tanto de mi gloria como de tu tormento; será testimonio de la verdad en la que muero y condenación de la falsedad en la que vives”.

Indignado el juez ante esta respuesta, dictó de inmediato sentencia de que fueran ejecutados. Los santos religiosos, al oírla, con gran fervor del Espíritu, los seis se acercaron al santo Daniel, su padre y pastor, y, postrados a sus pies, lo besaron, dándole las gracias por haberlos traído a tan buen lugar, y cada uno de ellos decía:

«Padre, dame tu bendición y permiso para que entregue mi cuerpo a la muerte por amor a Cristo, y mi alma siga a la tuya por los cielos».

El santo Daniel los abrazaba y, entre muchas lágrimas, les daba la bendición; y, alabando a nuestro Señor por haber hecho dignos a sus siervos de morir por la confesión de su fe, dijo: “Alegrémonos todos en el Señor y demos gracias por este día festivo que nos concede, pues los ángeles están en nuestra ayuda, y la puerta del Paraíso nos está abierta, y algún día todos juntos nos veremos entre los mártires coronados en la gloria eterna”.

Al ver el rey aquella heroica constancia, encendido en un nuevo furor y rabia, los condenó a muerte. Entonces los ministros, con gran ira e ímpetu, desnudaron a los invencibles caballeros de Cristo, y, desnudos y con las manos atadas a la espalda, los sacaron con pregón y los llevaron como corderos mansos fuera de la ciudad, al lugar donde se solía ejecutar a los malhechores; y los gloriosos mártires, como llamados a los banquetes eternos, caminaban alegres ofreciéndose a la muerte, gozosos de ver cumplido el fin de sus deseos, invitándose a las bodas eternas, no para engañar a algún temor de la muerte tan cercana, sino para calmar las ansias de recibirla. Al llegar al lugar donde iban a degollarlos, complacidos en los dolores, con el corazón en Dios y la lengua en sus alabanzas, ni se apartaron de Él ni dejaron de alabarlo, hasta que, inclinando el cuello, se entregaron al cuchillo, y así fueron degollados; y las almas se liberaron de aquellas prisiones terrenales, y ascendieron gloriosas al cielo, donde, sumergidas en el océano de la dulzura eterna y bajo la mirada benévola de su Creador, descansan eternamente. No contentos aún con esto, los moros, como ministros del demonio, destrozaron aquellas santas cabezas y cuerpos, tras haberlos arrastrado por la ciudad entre grandes gritos, en venganza por la injuria infligida a su falsa ley.

Todas las reliquias fueron recogidas en secreto por los cristianos y sepultadas con honor en el barrio de los genoveses, pisanos y marselleses, donde nuestro Señor obró, por sus méritos, muchos milagros para su gloria y en honor de sus santos mártires. La última de las lecciones que se rezan en la fiesta de estos mártires en la Iglesia afirma que sus cuerpos fueron entregados a un infante de Portugal y que este los transportó a España.

Lo mismo que dicen estas lecciones lo confirman las del Breviario de la Religión Seráfica, al que siguen Rodolfo, Lorenzo, Surio y otros autores de gran prestigio. Otros, sin negarlo, solo señalan que se desconoce dónde se guardan estas reliquias. Yo no tengo ninguna duda de que hoy en día Ceuta conserva este precioso tesoro; y de que los autores y breviarios mencionados se confundieron con los cinco mártires de la misma orden, a quienes el infante de Portugal, don Pedro, trajo a España desde Ceuta. Tuvieron motivos para equivocarse, pues ambos martirios sucedieron un año tras otro, y ambos tuvieron tanta relación con Ceuta como se ha visto. Pero lo cierto es que se equivocaron en lo primero, pues el infante don Pedro no pudo traer estas reliquias, ya que, antes de este martirio, se trasladó a Portugal con las de los cinco mártires de Marruecos. En segundo lugar, porque no sabemos que ningún otro infante de aquel reino pasara después de don Pedro a tierra de infieles, a quien pudiera referirse esta historia. En tercer lugar, porque no hay noticia alguna en España del lugar donde están depositadas; y era inevitable que se supiera si hubieran llegado a esta provincia, sobre todo teniendo en cuenta la veneración con la que fueron recibidas las de los cinco mártires, y la autoridad con la que se colocaron, y siguen siendo veneradas desde aquel año hasta el presente en el principal convento de la corte de Portugal, que entonces era Coimbra. Ni el razonamiento de fray Lucas Wandingo (aunque pone en duda esta traslación) resulta convincente al afirmar que no es nada nuevo que las reliquias de los Mártires permanezcan ocultas durante muchos años y se manifiesten cuando a Dios le place, pues esto solo tiene lugar en el caso de aquellas que se descubren en el mismo lugar en el que fueron depositadas, como las que se van manifestando cada día. Pero, una vez entregadas las reliquias a un infante y traídas a un reino tan católico, y donde con tanta veneración y aplauso se colocaron las demás, no era posible que estas permanecieran ocultas, aunque las depositaran en un lugar diferente.

Tampoco convence el argumento del mismo, según el cual casi se da por hecho que estos cuerpos santos pueden estar en Portugal, al ver que desde hace muchos años se celebraba su fiesta en algunas iglesias de la provincia entre el Duero y el Miño, y particularmente en la de Braga; pues a esto responderé fácilmente con lo que escribí al principio de este libro, a saber, que el distrito que se concedió al obispo de Ceuta se encontraba entre el Duero y el Miño, bajo la jurisdicción de la Iglesia de Braga; y como en el obispado de Ceuta era obligatorio celebrar la fiesta de sus siete mártires, y no tenía otro distrito que el mencionado, no es de extrañar que en aquellas iglesias se conserven los vestigios de esta festividad, y menos aún en su metrópoli. Por tanto, estoy convencido de que las venerables reliquias de los siete mártires siguen ocultas en Ceuta, y de que no hay fundamento suficiente que nos lleve a retirar tan precioso tesoro de esta ciudad, donde Dios no lo revela por sus designios ocultos, a la espera del momento en que los hijos de Ceuta merezcan el favor de esta manifestación. Todos los autores mencionados coinciden en que Dios obró muchos milagros por los méritos de sus siervos, lo que les valió una notable veneración entre el pueblo y fiestas muy solemnes en el día de su glorioso martirio. Al percatarse de ello la Orden Seráfica, y considerando con suma prudencia lo mucho que podría llamarse la atención por no tratar con la debida veneración a hijos tan benditos, en el año 1516 solicitó licencia al pontífice León X para celebrar a los Santos Mártires el 9 de octubre, al igual que a los cinco Mártires de Marruecos. Esta gracia se publicó en el Capítulo General de ese mismo año, y en el de 1520, celebrado en Asís, fue aprobada y aceptada por toda la Orden su leyenda. Posteriormente se ordenó que la fiesta se trasladara al 13 de octubre (a pesar de haber padecido el 10) para que no se celebrara dentro de la octava de su glorioso Patriarca. La memoria de estos santos es celebrada por muchos y gravísimos autores, así como en los martirologios de mayor autoridad, aunque en este se recoge su martirio con todas las circunstancias reunidas que se encuentran dispersas en diferentes libros. No consta cuándo se incluyeron sus nombres en el martirologio romano. Se encuentran en los manuscritos antiguos; pero en los impresos de los años 1507 y 1566, de Alejandro Peregrino, no hay memoria de ellos; y así entiendo que sus nombres figuran en él desde la corrección del Breviario y de los libros rituales, que se llevó a cabo por orden del Sumo Pontífice Pío V, y que en esa ocasión se añadieron a nuestro Martirologio siete mártires.

 

 

HISTORIA DE CEUTA: PARTE TERCERA. PREPARATIVOS PARA LA CONQUISTA DE CEUTA POR LOS PORTUGUESES.

 

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