11-10-26.HISTORIA DE CEUTA: TERCERA PARTE. PREPARATIVOS PARA LA CONQUISTA DE CEUTA POR LOS PORTUGUESES
LA LEY DE LA SABIDURÍA. LAS CIENCIAS DE LS VIDA Y LAS TECNOLOGÍAS DE LA PAZ
El siglo XX fue gobernado por una ley general: La ley del bien y del mal. Fue un siglo en el que Mal alcanzó la cumbre absoluta de la Maldad al que un mundo sujeto a la Ley del Fratricidio Universal puede llegar.
La Muerte campeó libremente por la Tierra, desde hace Milenios, buscando la destrucción de toda vida. El libro de la Historia es un cementerio de héroes sangrientos alzando sus glorias sobre montañas de cadáveres; mientras más cadáveres, en menos tiempo almacenados, mayor la gloria del héroe.
Pero ni los Alejandros ni los Napoleones de los milenios pasados levantaron sus glorias a las alturas de Mao tse-tung, Stalin, Hitler, Joneini, Castro… El Terror fue la ley fundamental del Siglo XX. Hombre que no se emborrachaba de sangre, hombre que no llegaba a ninguna parte.
Los herederos de aquel Siglo resisten, y amenazan con hacer realidad el sueño de la Muerte. Hacer de la Tierra un cementerio.
Los herederos del Comunismo y del Socialismo perpetúan en sus cuerpos la conversión de sus seres en castillos donde la Muerte reside y desde la que planea su gloria final: la Tercera Guerra Mundial. Son hombres que ante la Tentación de Satanás, “Arrodíllate y adórame y te daré todos los tesoros del mundo”, se han arrodillado, han despreciado las imagen y semejanza del Hombre en Jesucristo, han elegido ser semejantes de Satanás. Y la mujer, siguiendo la debilidad de aquella Eva, se ha dejado seducir por los tesoros que reparten quienes sirven a los hijos de la Muerte y llevan el fuego del Odio en sus palabras.
A
un a pesar de todo esto, la ley del Bien y del Mal se cumplió a rajatabla en el siglo XX. Frente a aquellos monstruos Dios puso en el campo a hombres y mujeres de la calidad de Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, Gandhi, Martin Luter King, Ronald Reagan, Francisco Franco, y otros muchos hombres y mujeres en quienes la imagen y semejanza de Dios en su Creación se manifestó viva.
Pero la lección verdadera desde la Sabiduría a la inteligencia de todos reside en la Revolución Universal generada por la Comunicación Internacional del Conocimiento Científico.
La revolución de genios solitarios dio paso a la ley de la revolución acelerada de las ciencias por la participación de muchas inteligencias en una mismo espacio de trabajo, creando equipos internacionales de desarrollo de las Ciencias de la Vida y las Tecnologías de la Paz tal cual no se vivió antes y pone su ejemplo al servicio del este Siglo. Este camino es el correcto, marca la dirección que las generaciones seguirán hasta derribar todas los Negocios fundados sobre las ciencias de la Muerte para establecer la Vida del Hombre sobre los fundamentos originales de la creación a imagen y semejanza de su Creador.
No se podía esperar que la Muerte se diese por vencida; desde principio de siglo, 11 de septiembre del 2001, la Muerte regresó al campo de batalla. No tardó en fundar una Alianza entre los Enemigos de la Civilización Cristiana a fin de obtener pacíficamente lo que no pudo militarmente, la destrucción de la Casa de Cristo en la Tierra. Pero a ras de suelo su movimiento básico ha buscado la anulación de la Ley de la Sabiduría cultivada en el Siglo XX, a saber: La Unidad de las inteligencias, más allá de las fronteras, es el origen de una crecimiento cada vez más rápido de las Ciencias de la Vida y de las Tecnologías de la Paz.
La división por Separatismo entre los pueblos de una misma nación produce el efecto de la ruptura de esta ley de crecimiento, por la que el nivel de inteligencia de los pueblos afectados sucumbe al Poder de la demencia ideológica de la superioridad la Raza, propia del Nazismo, sacrificando la inteligencia de sus hijos, sus nietos y sus descendientes, a la ley del “Viva yo y cada cual haga lo mismo”.
De donde se entiende que el Separatismo Nacionalista, una derivada patológica del Nacionalismo Histórico Natural, al romper la Ley de la Sabiduría Universal, que busca el crecimiento de todo el Género Humano en y por la Participación de todos los pueblos en su desarrollo, el Nacionalismo Independentista Separatista comete Delito contra la Humanidad, de un sitio, y del otro: Delito contra sus hijos, a los que al apartarlos de la convivencia pacífica con sus vecinos los transforma en mentes retardadas, pertenecientes a siglos muertos, donde fueron legítimas, pero a las que nadie, excepto un demente, quiere resucitar levantando tumbas, haciendo de su Gobierno una Sociedad de desenterradores de muertos sober cuyos huesos invocar la legitimidad del regreso al día anterior a la Guerra Civil Española, por ejemplo, en la creencia suicida de que donde venció Francisco Franco lo hará en esta “ocasión el Perro Socialista”, sin amo, según sus propias palabras.
Todo hombre debe entender que la Victoria del Género Humano sobre las Ciencias de la Muerte y las Tecnologías de la Guerra como motores de la Economía Mundial reside en la Unidad de todas las inteligencias de todos los seres humanos en una Comunidad Intelectual sin fronteras, contra cuya Realización Vivificadora los Separatismos Regionales buscan la Destrucción de esta Maravillosa Oportunidad que se nos ofrece a la Plenitud de las naciones para alejarnos del Pasado e introducirnos en un Futuro, que debemos legar a nuestros hijos y sus hijos, donde las Ciencias de la Vida y las Tecnologías de la Paz les ofrecerán una Libertad dentro de una Sociedad gobernada por los principios de una Justicia Humana : Incorruptible a la imagen y semejanza de la Justicia Divina.
La Muerte es una Fuerza Ciega Increada que desde la Eternidad tiene un único horizonte, reducir a polvo toda vida. Una vez que entró en la Tierra lo dijo Dios: “Polvo eres y al polvo volverás”. Lo cual una inteligencia animal interpretaría afirmando que, en consecuencia, siendo la Palabra de Dios el Verbo y el Verbo es Dios, nada ni nadie puede detener la Tercera Guerra Mundial Nuclear.
Desde esta interpretación animal se escucha a los falsos profetas dándola por hecho. Pero Dios condenó al mundo Antiguo nacido de Adán. Una vez nacido el Nuevo Hombre, Jesucristo, esta Ley no tuvo parte en su Futuro. Ahora bien, sujeto su crecimiento a la ley de un mundo condenado a su desaparición, la Muerte hizo del Cristianismo su enemigo, como se ve por los Acontecimientos escritos en la Historia de Europa y de la Iglesia.
Tal cual fue Adán el rey de su mundo, y por ser su cabeza, su cuerpo quedó condenado al exterminio, Jesucristo, cabeza del Mundo Cristiano, heredero de la Vida Eterna, por su Espíritu la Ley de la Muerte, como se ve en su Resurrección, no le afecta al Mundo nacido de su Ser, de aquí que la Amenaza del hijo de Satán contra el Mundo Cristiano, escupiendo fuego infernal por su boca, hablando de la Tercera Guerra Mundial como último sistema de supervivencia de su especie maligna, esté condenado a estrellarse contra quien siendo la Cabeza del Mundo Cristiano blindó su Cuerpo con su propia Indestructibilidad.
Esto dicho, las Unidad Intelectual de todos los hombres, reduciendo las fronteras a simples marcas administrativas, es la garantía del crecimiento de las generaciones futuras que viven en nuestras entrañas. Aquellos que seducidos por las riquezas y el Poder siembran el odio entre las regiones son enemigos de la Sabiduría de Dios, nuestro Creador, y del Futuro de la Humanidad.
Mientras más unidos, más fuertes. Mientras más participemos todo en el Bien de Todos más acelerado será el Crecimiento de la Plenitud de las naciones en las Tecnologías de la Paz y las Ciencias de la Vida.
Es pues el Deber de todo Ser Humano, independientemente de su lugar de origen y su lengua de comunicación local, apartarse de todos los que, seducidos por la Muerte, tienen en el Odio la Semilla necesaria para alcanzar la destrucción de este Proceso Maravilloso cuyo Fruto, en su magnificencia, lo gozarán los hijos de nuestros hijos durante los siglos venideros. La Responsabilidad es ante Dios y sus hijos. Quienes se alzan contra la Sabiduría se alzan contra su Señor y Dios, y se exponen a ser juzgados por sus propios hijos.
Las consecuencias de este Enfrentamiento contra la Sabiduría se está viviendo ya en estos días. El nivel intelectual de una generación sometida a un proceso de lobotomía separatista se está manifestando a los ojos de todos de todo el mundo.
Ciertamente sabemos, por la Historia y la Sabiduría que en ella se mueve, que el sueño de todo dictador, de todo tirano, es reducir la mente y la inteligencia de los pueblos al nivel de una bestia racional que se mueve por instintos, a los que alimenta en su beneficio manteniéndolos en la dimensión de la lucha diaria por la supervivencia. Es esta una ley maligna contra la que hemos levantado revoluciones a través de los últimos siglos. Y sin embargo “los perros” no se enteran y creen que donde los luises y los romanovs y sus semejantes fracasaron, ellos van a triunfar… aullándole a la Muerte..
HISTORIA DE CEUTA: TERCERA PARTE. PREPARATIVOS PARA LA CONQUISTA DE CEUTA POR LOS PORTUGUESES
CAPITULO 11. Memorias de Ceuta de la época de los árabes, sus diversas incursiones en España; diferentes batallas navales con suerte tanto favorable como adversa.
Hacia el año 1228, los moros de Ceuta vivían en paz con los catalanes, y los de esta nación comerciaban con ellos, pues las galeras de Mallorca, que se dirigían a Ibiza, capturaron una nave catalana cargada de grandes riquezas que se dirigía a Ceuta. Esta fue una de las causas por las que el rey don Jaime de Aragón emprendió la campaña de Mallorca, pues los barceloneses, al sentir este y otros agravios notables que cada día recibían de los mahometanos de aquella isla, instaron al rey a que se dispusiera a esta conquista, y lo llevó a cabo tal y como relatan las historias de Aragón, y en particular el doctor Juan Dameta, cronista de Mallorca, en su obra general sobre el Reino Balear.
Año 1247.
Ramón Bonifacio, almirante del rey don Fernando el Santo, con una flota de trece navíos y galeras, entabló batalla con una flota de navíos y galeras de los moros de Sevilla, Tanjar y Ceuta, y los venció, capturando tres, hundiendo dos e incendiando uno. La noticia llegó al rey don Fernando mientras se encontraba en Alcalá del Río. Esta victoria precedió a la conquista de Sevilla y fue la causa de que el rey se decidiera a sitiarla y la conquistara, tal y como relatan las historias de España.
En el año 1248, el día de San Clemente Papa, 23 de noviembre, el rey don Fernando arrebató a los moros la gran ciudad de Sevilla, devolviéndola al servicio y al culto del verdadero Dios, tras haber estado bajo la opresión de los moros durante 535 años, más o menos, y tras haberla tenido sitiada el Santo Rey durante 16 meses. Esta victoria provocó que entrara en Ceuta una gran multitud de moros rendidos; pues, una vez acordada la rendición, los sitiados entregaron el Alcázar al rey, quien ordenó a don Rodrigo González Girón que entrara en él; a continuación, pidieron un mes de plazo para vender las propiedades que no podían llevarse, y se les concedió, y en ese tiempo lo llevaron a cabo; luego entregaron las llaves de la ciudad y la dejaron libre, tal y como se había estipulado en la capitulación. Cuando se marcharon, el rey ordenó que se les proporcionaran barcos, y galeras para aquellos que quisieran partir por mar: las crónicas dicen que serían cien mil los que optaron por esta opción, y que todos pasaron a Ceuta para, desde allí, dispersarse por Berbería; los que no quisieron pasar a África, que serían trescientos mil, se dirigieron a Jerez, y con ellos el Maestre de Calatrava hasta acompañarlos a esa ciudad. En este hecho quedó bien de manifiesto la magnanimidad del Santo Rey, pues con tanta fidelidad y suavidad trató a enemigos tan viles, que con tanta crueldad habían invadido Hispania, con tanta tiranía la habían poseído y tan obstinadamente la habían defendido. Esta fue una de las empresas más célebres y famosas de nuestros Reyes, tanto por la duración del asedio como por la multitud de enemigos, que fue tal que, tras la ruina de la ciudad y tras dieciséis meses de defensa, quedaron cuatrocientos mil. Estos lucharon como rabiosos y desesperados, por lo que era inevitable que el esfuerzo de los cristianos fuera enorme, continuo y agravado por la incomodidad de encontrarse en tierra ajena y extraña, adonde había que traer todo lo necesario por transporte. Por encima de todo, la dificultad y la dureza del asedio se vieron agravadas por la corrupción del aire, que, con la concentración de tanta gente, se calentó y se alteró de tal manera que corría como llamas de fuego, y era tan insalubre que provocaba diversas enfermedades y fatigas. Todo esto sirvió de crisol al valor y la constancia españolas, pues no solo no se planteó abandonar la empresa, sino que ni siquiera algunos de ellos se vieron tentados a pensar en abandonarla, ni se arrepintieron de haberla emprendido, y así se sirvió Su Divina Majestad de que tan incomparable valor y brío fueran premiados con una victoria tan gloriosa y notable.
En el año 1273, cuenta Jerónimo de Zurita que en los registros de aquella época se encontraba constancia de que se había pactado amistad, y concordia entre el rey don Jaime de Aragón, el Conquistador, y Aben Juseph, rey de Fez, y de que se le hubieran enviado quinientos hombres de guerra para el asedio de Ceuta en diez naves, otras tantas galeras y treinta navíos a sueldo del rey de Fez. No encuentro otra mención de este asedio, salvo que se confunda con la que más adelante referiremos.
En el año 1275, mientras el mismo rey don Jaime se encontraba en la ciudad de Barcelona, el propio Aben Juseph anunció con gran astucia, para disimular la guerra que quería librar contra los reinos de Castilla a favor del rey de Granada, para lo cual reunió un gran ejército, diciendo que quería ir contra un rey moro que se le había rebelado en Ceuta. Envió al rey de Aragón a sus embajadores, pidiéndole ayuda en forma de efectivos, y que le enviara quinientos caballeros de linaje con diez naves, y diez galeras junto con otros barcos, y ofrecía darles cien mil besantes, y otra cantidad igual para que los caballeros se pusieran en marcha de inmediato; y si tardaran en conquistar Ceuta más de un año, y si la conquistaban, se comprometía a entregar cincuenta mil besantes al rey y a pagar una paga generosa a los capitanes y caballeros, prometiendo proporcionarles los caballos y las armas que necesitaran. Así se hizo; pero no pasó mucho tiempo sin que se supiera que la armada iba dirigida contra el rey de Castilla, incitado a ello por el de Granada, temeroso de que, una vez vencida la tregua que había concedido a los de Málaga y Guadix, le declarara la guerra con ellos; se alió con ellos y ofreció al rey de Marruecos entregarle Algeciras y Tarifa, advirtiéndoles de que las fronteras estaban desprotegidas debido a la ausencia del rey don Alonso. Ese mismo año, Aben Juseph —a quien otros llaman Mulei Xec— cruzó a España desde Ceuta con diecisiete mil hombres a caballo y más de cincuenta mil peones; y, tras recibir del rey de Granada las fortalezas de Algeciras y Tarifa, puso guarnición en ellas y se dirigió a Málaga para poner de acuerdo al caudillo de aquella ciudad, llamado Tarax, y al de Guadix con el rey de Granada. Una vez reunida toda esta gente, entró en territorio cristiano y causó grandes estragos en las localidades de las comarcas de Córdoba y Sevilla; y, tras asaltar algunas fortalezas sin poder tomarlas, pues el rey don Alfonso las tenía bien provistas, regresó aquel año a Ceuta, quedándose en su poder Algeciras y Tarifa.
Parece que en el año 1287 el rey moro de Menorca y los vecinos de Ceuta estaban confederados y eran amigos, pues, tras haber conquistado el rey don Alfonso de Aragón aquella isla ese mismo año, el jeque, en el capitulado de la entrega de la isla, exigió que se le concediera paso a Ceuta. El rey le concedió esta condición junto con otras, y tomó posesión de la isla el 17 de enero de aquel año. El moro se embarcó para viajar a Ceuta en un barco genovés, que, debido a la fuerza de las fuertes tormentas, se había refugiado en Mahón. Se embarcaron en el mismo barco hasta cien personas con abundantes provisiones; pero tan pronto como salieron del puerto les sobrevino tal tormenta que perecieron todos. Así terminó el linaje del Almojarife, rey de Menorca, quien, según algunos autores, había gobernado sucesivamente aquella isla durante mil años. Es cierto que, si lo entendemos en referencia a los julianos y a los comunes, se trata de una hipérbole, pues no eran tantos, ya que la isla estaba en manos de los moros. Los demás que se embarcaron —que, según escriben, llegaron a ser hasta diez mil— tampoco completaron el viaje, y desde entonces aquella isla quedó libre de esa abominable secta, abrazando de nuevo el sagrado yugo de la ley de Cristo.
Murió en el año 1302 Abdalá, rey de Granada, y le sucedió su hijo Mulei Mahomet, a quien también llamaban por otro nombre Laami, que significa «el Ciego». Este, sabiendo que Abusayd, rey de Fez, había muerto y que el reino se encontraba en guerra, con la ambición de ganar algún territorio en aquellas partes, al año siguiente, en 1303, envió a Tarax, alcalde de Málaga —que era su cuñado, casado con su hermana—, a la ciudad de Ceuta, la cual conquistó y realizó muchas hazañas notables a su servicio; tras dejar una guarnición, regresó a España. Ceuta permaneció fiel al rey de Granada hasta el año 1310, en el que el rey don Fernando de Castilla y don Jaime de Aragón se aliaron y, tras romper la tregua que el rey don Fernando tenía con Mahomet, rey de Granada, el Papa les concedió la cruzada, y, al entrar en tierras de moros, el rey de Castilla sitió la ciudad de Algeciras, y el de Aragón, Almería. Al morir el rey de Marruecos —que era nieto de Aben Jacob—, le sucedió en el reino su hermano Bocevet, y, queriendo recuperar Ceuta, pidió a don Jaime (que era el segundo rey de Aragón) que le prestara apoyo con su armada. Este, encantado con la ocasión, y dado que el de Fez le prometió que en ningún momento haría tregua con el de Granada, y que, al conquistar aquella ciudad, todo el botín sería para los cristianos, envió en su ayuda a Gilberto, vizconde de Castelnou, con algunas galeras; y, tras ser asediada Ceuta por mar y por tierra, la conquistaron por la fuerza de las armas a finales de julio de 1337. El rey moro pagó al de Aragón, por cada galera que envió a esta expedición, dos mil doblas durante cuatro meses, y pagó la paga a dos mil soldados mientras duró la campaña de Ceuta, que, ganada gracias al gran valor del vizconde, dejó el botín de la tropa al rey de Aragón; y las personas y la plaza, al moro.
La fama de esta victoria granjeó tanto prestigio al vizconde de Castelnou, que el rey de Castilla, con el consentimiento del de Aragón, lo nombró almirante mayor de sus armadas; y aunque poco antes había otorgado este cargo a don Diego García de Toledo, su privado y caballero muy principal en Castilla, fue calumniado por sus enemigos, acusándole de que, por descuido suyo, no había zarpado con la armada y se encontraba en el asedio de Ceuta con las galeras de Aragón. Una vez nombrado almirante el vizconde de Castelnou, el rey le ordenó que acudiera con todas las décimas de sus reinos, que el Papa le había concedido para pagar las galeras. Esto ocurrió a principios de octubre de 1310. El vizconde dejó en Ceuta, como alcalde y capitán, a Bernardo Segui, junto con la gente que allí estaba al servicio del rey de Marruecos; pero no pasaron muchos días antes de que el moro, como ya he dicho, se aliara con el de Granada. Pero mientras las armadas de ambos reyes se encontraban en el Estrecho, el de Castilla hizo sitiar Gibraltar; se dirigieron hacia ella don Juan Manuel y don Juan Núñez de Lara, el arzobispo de Sevilla y el consejo de dicha ciudad, junto con don Alonso Pérez de Guzmán y don García López, maestre de Calatrava, y fue tan reñida la batalla que los moros que la defendían la entregaron al rey don Fernando, capitulando para que los trasladaran a Ceuta, y así se hizo.
Hacia el año 1339, los almirantes de Castilla y Aragón, don Alonso Jofre Tenorio y don Jofre Gillabert Cruillas, custodiaban el Estrecho de Gibraltar, y tenían tan bien controlado aquel paso de África que los moros que en aquella época habían pasado a Algeciras, Ronda y Gibraltar sufrían grandes penurias de provisiones, pues antes se abastecían desde África, y no pasaba ningún barco sin toparse con la armada. El almirante de Aragón zarpó el 6 de septiembre de este año con ocho galeras para explorar el puerto de Ceuta; y al llegar de noche descubrió que había allí trece galeras de moros, siete barcos armados, una galera de genoveses y otros barcos que iban a cruzar el Estrecho aquella noche. El almirante se abalanzó con su armada tan de repente que los desbarató y se hizo con algunas galeras. No pasaron muchos días cuando, al salir el almirante don Jofre Gillabert de Cruillas a tierra con algunas compañías de soldados de sus galeras, junto a Algeciras los moros se enfrentaron con él, y fue herido por una flecha, a causa de la cual murió; y los capitanes, al verse sin caudillo, se dirigieron a la costa del Reino de Valencia.
Abul Hassen, rey de Fez, hizo grandes preparativos en África y, tras reunir doscientos setenta navíos partió de la ciudad de Fez en el año 1340 y se dirigió a Ceuta, amenazando con destruir a todos los príncipes que adoraban a Cristo. Comenzó a hacer pasar gente, armas, caballos, provisiones y municiones a España, sin que don Alonso Jofre Tenorio, almirante del rey don Alonso de Castilla, pudiera impedírselo, pues solo disponía de unas veintisiete galeras. Pero al enterarse de que el rey don Alfonso había sido informado de que, por negligencia suya, los moros habían cruzado, decidió luchar; y, siendo los enemigos superiores —pues contaban con setenta galeras reales, además de muchos otros barcos—, el almirante murió y se perdieron veinticinco de sus galeras. A partir de entonces, los moros avanzaron con mayor seguridad, como si se dirigieran a una tierra pacífica y segura, confiados en que no había fuerzas que les resistieran. Con este motivo, el rey de Fez hizo pasar a España a una gran cantidad de gente, que ascendía a más de setenta mil jinetes y cuatrocientos mil soldados de a pie, y, por último, pasó el propio rey con su corte y su familia. Tras otros avances que realizó en España, y que los historiadores relatan ampliamente, tuvo lugar la famosa batalla del Salado, en la que los dos Alfonsos de Castilla y Portugal vencieron a aquella innumerable multitud de moros, junto a la ciudad de Tarifa, lo que provocó que el rey de Fez huyera y entrara en Ceuta derrotado; y deshecho de tan gran aparato.
En el año 1342, el rey don Alfonso recibió aviso de su almirante Micer Gil Boca Negra de que el de Fez reunía una poderosa armada en compañía del rey de Granada, y de que había vencido, capturado y hundido algunas galeras de los moros; contó en esta ocasión con el socorro de diez galeras del reino de Portugal, y para dar impulso a las operaciones por mar y por tierra se dirigió a Sevilla; al ser informado de que la armada de los moros, que se encontraba fondeada en el río Guadamil, había sido bloqueada por los almirantes de Castilla y Portugal de tal manera que no podían huir, convocó a los pueblos y a los caballeros de la frontera para que ayudaran por tierra a su armada. Mientras el rey avanzaba con gran diligencia, recibió dos noticias en el camino: la primera, que de las trece galeras que habían salido de Algeciras en socorro de la Armada de los moros, dos habían sido capturadas y cuatro hundidas, y que las siete restantes habían desembarcado; el segundo, que, tras el enfrentamiento con la armada que se encontraba en el río, los cristianos habían combatido y, tras numerosas bajas, habían capturado y hundido veinticinco galeras de los moros, mientras que las demás habían huido a Ceuta, destrozadas y con muchas bajas, en medio de un gran caos. El almirante de Portugal que participó en esta victoria fue Cario Pezano, quien, tras el éxito, se dirigió a Jerez para ver al rey don Alfonso, quien, tras haberle concedido muchas mercedes, lo despidió.
El rey de Fez, Abul Hascen, procurando vengarse de la derrota sufrida, tan pronto como llegó a Berbería mandó pregonar la yihad e hizo grandes preparativos de gente, armas y municiones para volver a España. Mientras se encontraba en la ciudad de Ceuta organizando su expedición, en el año 1343, su hijo Abderramán se rebeló en la ciudad de Mequínez y en otros pueblos. Abul Hascen envió a un alfaqui principal para que lo apaciguara por la vía de la paz, y le concedió todo lo que pedía del reino. Pero después, una vez que lo hubo sometido, lo mandó matar en secreto. Estando, pues, Abul Hascen en Ceuta, con la intención de socorrer a la ciudad de Algeciras, que el rey don Alfonso XI de Castilla sitiaba, envió a otro hijo llamado Abu Ali con sesenta galeras y gran número de soldados para que, al desembarcar en España, se uniera al rey de Granada y acudiera en su ayuda. Tras diversas vicisitudes militares, que relatan las crónicas de España, no logró lo que deseaba, pues el rey don Alfonso, tras un largo asedio, conquistó la ciudad de Algeciras, y el rey de Fez no salió de Ceuta para esta expedición, pues otro hijo suyo, llamado Abun Henun, se hizo con el reino de Fez; después le hizo la guerra hasta que le despojó de todo lo que tenía en África y en España, lo cual hizo el rey de Fez desde Ceuta cuando intentaba prestar este socorro, según relatan Esteban de Garibay y Belda.
Año 1346.
Abu Henun, rey de Fez, tras haber despojado a su padre del reino, y al parecer que para su estabilidad le convenía emprender alguna expedición contra los cristianos, decidió pasar a España, y para ello ordenó reunir un gran número de gente en Ceuta y en las ciudades marítimas de Berbería. Su designio no surtió efecto, pues Abul Hascen, su padre, que se había retirado a la provincia de Sugulmesa con el apoyo de los pueblos de Numidia, volvió a ocupar muchos lugares del reino de Fez, y fue necesario que acudiera a aquella zona. El rey don Alfonso, que había reunido a sus tropas para resistir a aquel enemigo, al ser avisado de todo ello se dirigió a la ciudad de Gibraltar y la sitió en el año 1347, donde murió de peste, que se propagó por su ejército. Con su muerte, los españoles levantaron el asedio. Las noticias mencionadas son las que se encuentran en Ceuta en las historias anteriores. Todas ellas revelan lo antiguo y lo ilustre de esta ciudad a lo largo de los tiempos, así como la fidelidad con la que siempre se mantuvo en la obediencia a sus reyes. El paso del tiempo nos ha ocultado las demás, que sin duda serían dignas de recuerdo, como se desprende de lo dicho en los capítulos anteriores. De aquí en adelante avanzaremos con mayor claridad, después de que la nación portuguesa sometiera valerosamente a su gloriosa corona esta ilustre ciudad.
CAPITULO 12. Motivos y medidas preventivas que se adoptaron en Portugal para la conquista de Ceuta.
Don Juan, el primero en llevar este nombre y décimo en el orden de los reyes de Portugal, príncipe digno de eterna memoria, tras haberse asegurado para sí y para sus gloriosos descendientes aquella corona gracias a las paces que estableció con Castilla, tras afortunados acontecimientos, y habiéndose liberado de las guerras internas que durante tantos años agotaron a los reinos de Portugal y Castilla, y sabiendo, como rey sumamente prudente, que lo que en tantas ocasiones no había podido lograr el valor de los adversarios, podía lograrlo en sus vasallos el ocio, deseoso de dedicarse más al servicio de Dios que a las guerras, decidió entrar con sus victoriosos estandartes en Berbería y conquistar las principales fortalezas de aquella costa, que tanto daño habían causado a España. Los Reyes Portugueses, sus antecesores, expulsaron a los moros de todo el Reino de Portugal, cuando aún los demás reyes vecinos se encontraban enzarzados en guerras contra ellos. Todo el reino disfrutaba de una paz tranquila y, como es natural que los hombres, tras largas penurias, busquen algún alivio, al ver el rey que sus hijos habían crecido y poseían ánimos militares, herederos del valor de un padre tan valiente, intentó otorgarles la Orden de Caballería, organizando para ello justas y torneos reales en los que se ejercitaran y demostraran su valía. A los generosos espíritus de los infantes no les agradaba este medio, ni les parecía que el honor consistiera en pompas y gastos, indicadores más bien de las riquezas que del valor del ánimo. Deseaban demostrar con las armas que merecían vestirlas, no en el palacio entre los regalos, sino en el campo de batalla entre los enemigos. Dudaban de en qué ámbito emplearían mejor su valor, y entre los discursos y los consejos se les presentó, como fuente de gran reputación, la conquista de Ceuta, llave entonces de los bárbaros mahometanos en la conquista de Hispania, y duro freno de los católicos en las navegaciones del Estrecho. Convencidos de que aquella sería la expedición más acertada y el mejor empleo de su valor, propusieron la empresa a su padre, el rey, quien al principio desestimó la propuesta, ya fuera porque le parecía difícil, ya fuera para cerciorarse del ánimo de sus hijos. Pero, tras pensarlo y considerar las razones que se esgrimían para no emprender esta empresa —la falta de dinero en sus arcas a raíz de las disputas pasadas con Castilla; la que se derivaba del secreto (siendo lo principal en este asunto) si se solicitara al Reino; el descontento de los pueblos, al verse sometidos a nuevos tributos, y donativos, habiendo contribuido con tantos en las guerras anteriores; la falta de gente y de una armada poderosa, de las que necesitaba para lograr el objetivo; la facilidad con la que el rey de Castilla, tras la conquista de Ceuta, se había convertido en señor de Granada; quedando con ello más poderoso y libre de obstáculos para tomar medidas tras los acontecimientos pasados. Sobre todo sopesaron la imposibilidad de conservar una plaza tan importante en una provincia tan remota y de ultramar, y el descrédito que supondría perderla una vez ganada, siendo cierto que los moros, tanto en la defensa como después en la conquista, pondrían todo su empeño ante las consecuencias que les podría acarrear su pérdida. Propuso estas razones a los Infantes, pero, más deseoso de satisfacer sus propios intereses que de desbaratar sus intentos, los despidió por entonces sin tomar una resolución, y llamando después a don Enrique, que era quien más insistía en la expedición, y el que más la deseaba, como a quien Dios había elegido no solo para la ejecución de esta empresa, sino de otras muchas de gran renombre y gloria para su Iglesia y para la nación portuguesa, quiso escucharle solo a él, y le dijo: Que, puesto que en la última reunión había hablado más que sus hermanos e insistido con más fuerza en que se llevara a cabo esta expedición, quería escuchar con más detenimiento sus razones, y que así disipara las objeciones que él le había planteado, en particular la de la reconquista de Granada por parte del rey de Castilla, y los inconvenientes que ello pudiera acarrear a Portugal.
El Infante se excusó al principio, diciendo que había hablado a la sombra de sus hermanos, y que para razonar a solas y dar consejos le faltaban edad y experiencia, pero que, por obediencia, diría lo que pensaba: dijo entonces que no veía ningún inconveniente en intentar esta empresa, pues, viendo que Dios le había hecho rey de Portugal; encontrándose únicamente señor de Lisboa; no solo contra un príncipe tan poderoso como el rey de Castilla, sino contra la mayor parte de la nobleza de su reino; y que, habiéndose logrado esto con tanta felicidad como se había experimentado, era justo que esperara que el mismo Señor continuara los buenos éxitos en una conquista tan al servicio de su causa, en la que no se luchaba contra católicos, sino contra mahometanos, enemigos tan declarados de su Iglesia, y aunque se facilitara al rey de Castilla la conquista de Granada, en los portugueses se conservaba aún el mismo valor con el que le hicieron rey, para sostener y hacer perpetua su corona. Que no era justo dejar de hacer la guerra a los infieles porque de ello se derivara un aumento de los católicos, aunque fueran adversarios, ya que los moros son enemigos suyos por naturaleza, y los castellanos por accidente. Que no era creíble que, por conquistar Ceuta, pudiera disminuir la amistad de un rey católico; más bien era cierto que esta se afianzaría aún más gracias a la reputación que los portugueses se ganarían con una acción tan gloriosa. Que era cierto que el rey de Castilla, una vez ganada Ceuta, se daría cuenta de cuánto se adelantaba la conquista de Granada, y de lo necesario que sería que los portugueses mantuvieran esa alianza, para que él pudiera continuar con los buenos éxitos; y que, si le faltara este conocimiento, y no sirvieran de nada las razones mencionadas, la empresa de Granada no duraría cuatro días, por lo que de inmediato podrían reanudarse las guerras entre Castilla y Portugal: pues no debía dejar de lado el beneficio presente por el temor incierto a la guerra, ya que en asuntos graves e importantes no todo se disponía sin peligro, y era necesario dejar parte en manos de la fortuna. Que, sobre todo, Dios, a quien tanto correspondía aquella empresa, no solo proporcionaría los medios para lograrla, sino que también conservaría todo lo que fuera útil para ello. Que esta acción supondría gloria inmortal para los portugueses y un feliz comienzo para que él y sus descendientes pusieran un freno firme a África, liberando de una vez a Hispania y protegiéndola de las invasiones de los bárbaros.
El rey escuchó con atención las razones del infante, y la alegría de verle seguro en su primer intento le llevó a abrazarle y a alabar encarecidamente su prudencia y su valor. Le impartió muchas bendiciones diciéndole: que aquel había sido siempre su principal propósito, y que estas mismas eran las razones que había considerado para facilitárselo; que decidiera intentarlo y proseguir aquella empresa hasta que la lograra; y que, puesto que se lo acababa de declarar a él, quería que fuera él quien diera la primera noticia a sus hermanos, manifestándoles su voluntad. El Infante, que en el deseo de conquistar África era sin duda el que más se entusiasmaba de todos, besó de rodillas la mano de su padre en nombre de todos, dándole las gracias por hacer realidad sus deseos, y sin demora se lo comunicó a sus hermanos, quienes enseguida acudieron a agradecer al Rey la resolución que había tomado, con la que esperaban alcanzar tanta gloria en el mundo y tanto mérito ante Dios. Fueron notables las muestras de alegría que hubo entre todos ante esta resolución, presagios del éxito que, sin duda, fue uno de los más gloriosos que alcanzaron los Príncipes Católicos en España.
Una vez que el Rey se decidió por la empresa, como medio principal para llevarla a cabo era conocer la bahía, las entradas y salidas de su puerto, su profundidad y las fortificaciones de sus murallas, a fin de preparar los instrumentos y las máquinas militares; por ello, se esforzó por informarse detalladamente de todo para ejecutarla mejor. Puesto que el secreto es lo que, en lo humano, más asegura el éxito de las empresas, eligió para lograrlo uno muy acorde con su prudencia. Doña Blanca, reina de Sicilia (que más tarde se casó con el infante don Juan de Aragón, y por ella llegó a ser rey de Navarra a falta de sus hermanos), era viuda del rey don Martín (hijo de don Martín, rey de Aragón), y estaba decidida a casarse por segunda vez, por lo que pidió al rey don Juan de Portugal la mano de su hijo primogénito, don Duarte, como esposo. En este, como sucesor de la Corona, se reconocían los inconvenientes notorios; y en el segundo hijo, don Pedro, otros, que consideraba la reina doña Blanca. Sin embargo, el rey decidió ofrecerle al segundo hijo, sin esperar a que ella aceptara la oferta, sino con la intención de que, con este pretexto, los embajadores —que debían cruzar el Estrecho— evaluaran la campaña de Ceuta. Eligió a Álvaro González Camelo, que había sido prior del hospital, y a Alfonso Furtado, capitán mayor de la mar, ambos caballeros de reconocida calidad y capitanes de experiencia y valor. Les confió el secreto de la conquista de Ceuta y les proporcionó dos galeras bien armadas y equipadas, así como las instrucciones necesarias para recabar las noticias que pretendía.
Partieron los embajadores de Lisboa con el pretexto público de las bodas del infante don Pedro y con la intención oculta de recabar información sobre Ceuta. Llegaron a aquella ciudad, donde por entonces atracaban libremente los barcos que navegaban por el Estrecho para pagar cierto tributo (tal fue la importancia de esta aduana a lo largo de los siglos); allí fondearon aquel día, aprovechando la ocasión para descansar un poco, y refrescarse, y, llevando a cabo lo que se les había encomendado, observaron con atención la ubicación de la ciudad y las comodidades de los embarcaderos. Pero tan pronto como cayó la noche, sondeó secretamente todo el puerto, y al día siguiente izaron velas y partieron hacia Sicilia, donde fueron recibidos con muchos honores y agasajos por parte de la reina Doña Blanca. Pero en lo principal y más destacado de la embajada no obtuvieron una respuesta concluyente, y como de ello no se había sacado más que para disimular lo pretendido sobre Ceuta, sin llegar a una respuesta definitiva, viraron las proas y, por segunda vez, fondearon frente a aquella ciudad, donde permanecieron más tiempo que la primera vez. Al llegar a Lisboa, se dirigieron a Cintra, residencia real donde se encontraba el rey con los infantes, sus hijos. Le expusieron todo al rey y a sus consejeros (que aún ignoraban el asunto), pues pensaban que solo les había llevado a Sicilia la noticia del matrimonio. El rey mostró un semblante triste ante la respuesta, aunque se reservó la réplica para otro momento más propicio. Después escuchó en privado a los embajadores en lo relativo a la causa principal de su viaje, quedando satisfecho de la buena diligencia que habían mostrado y de las esperanzas que le daban de que se pudiera llevar a cabo aquella empresa. No pasaré por alto en este lugar el pronóstico anticipado que tuvo del feliz éxito de la misma mucho antes de que se lograra. Lo relata Gomes Eannes de Zurara y quiero copiarlo aquí con sus propias palabras, para que se conserve con la misma autoridad y antigüedad con que fue escrito. Describe el informe que Alonso Furtado de Mendoza presentó al rey Juan sobre este viaje.
«Además —dijo el capitán—, señor, podéis partir, como ya he dicho, pues todo os va bien y según vuestra voluntad; y aún más, señor, entiendo que no solo conquistaréis aquella ciudad, sino también muchos otros lugares que, por su naturaleza, pasarán a vuestro poder y a el de vuestra descendencia. Esto, señor, lo sé por un acontecimiento maravilloso que ocurrió cuando era joven, del que siempre he guardado un gran recuerdo por las maravillosas circunstancias que siempre vi que le seguían, y como viene al caso, no está de más que lo sepáis, tal y como me sucedió a mí, y fue así que el rey don Pedro, vuestro padre —que Dios tenga en su gloria—, envió a mi padre fuera de este reino con una de sus embajadas, y como yo era un niño de pocos días, mi padre me llevó consigo para ver tierras y aprender; y, continuando así nuestro viaje, llegamos a un puerto cerca de un lugar de África llamado Ceita, donde me dediqué a observar algunas de aquellas cosas que me parecían más singulares; y, mientras caminaba así, llegué a una fuente que había allí, con un noble abrevadero, junto al cual me detuve un rato, entretenido al contemplar la belleza de los caballos que llevaban allí a beber, los cuales eran muchos y buenos. Mientras estaba así, llegó un hombre de avanzada edad, cuyos ropajes y barba eran un claro signo de su vejez; al acercarse a mí, comenzó a mirarme y me preguntó de dónde era. Yo le dije que era español.«No os pregunto eso —dijo él—, sino de qué lugar de España sois».Le respondí que era natural de la ciudad de Lisboa.«Esa ciudad —dijo el anciano—, ¿en qué reino se encuentra?».Le respondí que era del reino de Portugal, y él preguntó:«¿Quién es el rey que ahora reina en ese reino vuestro?».«Es un rey muy bueno», le dije, «se llama don Pedro, hijo del muy noble rey don Alfonso, que cayó en la batalla del Salado; y don Pedro es un rey muy justo y amante de su pueblo».«Me alegro», dijo el anciano, «dime, ¿cuántos hijos varones tiene ese rey vuestro?».Le dije que tenía tres: el primero se llamaba Don Fernando, el segundo Don Juan y el tercero Don Deniz.«¿Y no tiene más?», preguntó el moro.«Ciertamente no», respondí, «que yo sepa».Entonces comenzó a rogarme que pensara bien si tenía algún otro hijo, y, dada tu muy corta edad, no me viene a la memoria tu nacimiento; pero como aquel anciano se me insistía muchas veces, pidiéndome siempre que recordara bien si, además de esos tres hijos, el rey tenía algún otro —lo cual no le venía a la memoria más allá de lo que yo siempre le decía—, sin embargo, al quedarme con él, empecé a reflexionar con detenimiento, hasta que me vino a la mente el verdadero recuerdo de vuestro nacimiento; entonces le dije:«Amigo, es muy cierto que el rey tiene aún un hijo pequeño, que se llama don Juan, pero yo ni siquiera me acordaba de él, pues entre nosotros, los hijos bastardos no gozan de tanto honor como los legítimos»; «por eso os preguntaba», dijo él, y al pronunciar estas palabras dio un gran suspiro y bajó la cabeza llorando, lo cual me sorprendió mucho; y como él continuaba así en su llanto y tristeza, le rogué encarecidamente que me dijera la causa, pues no debía morir llorando, aunque me lo negara muchas veces; finalmente, conmovido por mis súplicas, me lo contó.«Amigo, mi llanto no se debe tanto a lo que tengo, ni penséis que lloro por nada que sea presente, sino por la certeza que tengo de la pérdida que sufrirán mis parientes y amigos; y puesto que la suerte te ha traído aquí, toma buena nota de lo que ahora te diré: Sabed que ese rey don Pedro, a quien ahora tenéis por rey en ese reino, no le queda mucho tiempo de vida, y tras su muerte reinará en su lugar el infante don Fernando, su primogénito, quien se casará con una mujer por cuya causa el reino, tras la muerte de su marido, quedará en gran descrédito; y los otros dos hijos, por engaño de su cuñada, serán desterrados a Castilla, donde terminarán sus días. Por último, ese hijo menor al que has menospreciado, en comparación con sus hermanos, será en ese reino como una pequeña chispa de la que surge una gran hoguera; llegarán días en que él vengará primero la deshonra de su hermano y, después, por elección del pueblo, será proclamado rey: el cual tendrá grandes contiendas con el reino de Castilla, de las que siempre saldrá victorioso, y será el primer rey de España que tendrá posesiones en África, y será el primer paso hacia la destrucción de los moros, y aún ellos, o los de su generación, vendrán a esta fuente a dar de beber a sus caballos. Ahora bien, señor, ¿quién envía estas cosas y las ha visto suceder según esa misma ordenanza, si se cree que la ciudad de Ceuta ha quedado en vuestro poder? Y, volviendo a lo que dije, podéis partir con buena suerte cuando queráis, pues lo tenéis todo a vuestra disposición, tanto la playa como las anclas.»
CAPITULO 13 El rey comunica la expedición a la reina y al condestable: desafía al duque de Holanda para entretener a los habitantes de África.
Solo faltaba el consentimiento de la reina doña Felipa para esta expedición, en la que se arriesgaban tantos de sus hijos. Era una princesa de ánimo viril y, como tal, tan deseosa de gloria, que no solo aprobó la propuesta, sino que suplicó al rey con gran insistencia que no retrasara una expedición de la que podía derivarse tanta reputación para sus armas, y tanta fama y gloria para sus hijos. El rey no solo accedió a sus súplicas, sino que le pidió permiso para participar personalmente en aquella empresa. Esta segunda propuesta le resultó delicada, y entre otras razones con las que intentó disuadirlo, dijo que el intento de sus hijos estaba justificado, pues no habían ganado honor en hechos de guerra, y que era lógico que arriesgaran sus vidas y las ofrecieran a la lucha para alcanzarlo. Que esto no le concernía, pues podía considerarse el rey más glorioso de aquellos tiempos, habiendo, gracias a su valor y sin otra ayuda que la de los suyos, y frente al poder de un adversario tan valeroso, asegurado la corona para sí y para sus descendientes. Que no era justo arriesgar en un instante la reputación adquirida a lo largo de tantos años, pues los avatares de la fortuna, siempre inciertos en la guerra, eran siempre dudosos. Que su edad exigía más la tranquilidad y la dedicación al gobierno político de su reino que emprender nuevas guerras en persona. Que si a sus hijos les sobreviniera alguna desgracia, era mejor disponer de medios para vengarlos, que verse él mismo arrastrado por su suerte, pues no quedaría en el reino nadie de importancia que no le acompañara, ya fuera por el deseo de la gloria o por el temor a la deshonra. Aunque los argumentos de la Reina eran sólidos, el Rey respondió que tendrían sentido para quien se moviera únicamente por la gloria temporal al emprender esta empresa, pero que a él le movía otra más elevada, y el deseo de lavarse las manos en la sangre de los infieles, ya que las había mancillado tantas veces con la de los católicos; pues, aunque su causa estuviera justificada, quería purgar en algo sus pecados, convirtiendo al verdadero culto alguna de las casas en las que se veneraba el nombre de Mahoma, dedicándola a Cristo, nuestro Redentor. La Reina, tan piadosa y tan católica, respondió que, dado que esta empresa era tanto al servicio de Dios, no pretendía obstaculizarla, sino que le suplicaba que la ayudase en sus buenos propósitos y le diera un éxito muy feliz para mayor exaltación de su santa religión.
Una vez resuelta esta dificultad, al Rey le pareció que quedaba otra de no menor importancia, que era la opinión del condestable don Nuño Álvarez Pereira, principal caudillo de todas sus empresas, y en cuya aprobación consistía, no solo el acierto, sino también el consentimiento de todo el reino y del séquito de los soldados, con quienes se había ganado tanto crédito. Le comunicó su pensamiento en Alentejo, adonde había acudido con sus hijos a una cacería, y al parecerle aquella determinación no solo acertada, sino inspirada por Dios, le dio muchas gracias por habérsela comunicado, instándole a que la llevara a cabo cuanto antes. El rey convocó a los miembros de su Consejo en Torres Vedras y, antes de comunicarles su intención, expresó al Condestable su temor de que algunos, por miedo al peligro, se mostraran en contra. Le advirtió que no pidiera consejo, sino que les informara de su decisión y que se las arreglara para que él fuera el primero en votar, pues lo haría de tal manera que los demás no tuvieran más remedio que estar de acuerdo. Juntos, pues, el rey les expuso un largo razonamiento para que no se extrañaran del juramento de secreto, con lo que les advirtió; y tras haberles dado cuenta de lo que pretendía emprender, les dijo: que hasta entonces no lo había hecho porque quería informarse primero de si existía algún impedimento que pudiera obstaculizarlo, sino que se mostraba seguro de que no lo había, sino más bien muchas ventajas para llevarlo a cabo, y que, por tanto, les ponía al corriente de su resolución, sin pedirles consejo al respecto, sino solo en cuanto a la forma en que se debía actuar y a las precauciones necesarias para lograr su propósito. Le tocaba a don Duarte, como principal del Reino, hablar después de su padre, pero el rey ordenó al condestable que lo hiciera, y aunque este se negó fingidamente, al final el rey le obligó a hablar primero. Cuando los demás esperaban algún discurso prolijo, no dijo más que no había motivo para extenderse en charlas: que solo había que dar gracias a Dios por haberle concedido la vida para poder encontrarse en tan santa y católica empresa, en la que le serviría con el mismo ánimo, y celo con que hasta entonces lo había hecho; y, levantándose de su asiento, besó la mano del rey. Le siguió el príncipe don Duarte, quien dijo que, puesto que un caballero de tanta experiencia y valor era de esa opinión, él no tenía nada que añadir, salvo dar también infinitas gracias a Dios por que se le ofreciera ocasión de tan gran honor para él. Besó la mano a su padre, e hicieron lo mismo sus hermanos, con lo que no hubo lugar para réplica por parte de los demás, sino para seguir el voto y las muestras de alegría de los primeros.
El éxito de esta empresa radicaba principalmente en el secreto, pues si se llegara a hacer público el intento, los moros se prepararían de tal manera que el rey no solo no saldría victorioso, sino que se vería desairado; por ello, resolvió dar otro matiz a las medidas preventivas, que necesariamente debían hacerse públicas en toda Europa; y consideraron que el medio más acertado era desafiar a Guillermo, duque de Holanda, por haber ofendido sus vasallos en varias ocasiones a los portugueses en el mar. Nombró embajador a Fernando Fogaza, mayordomo del príncipe don Duarte, quien, tras partir de Lisboa bien instruido, llegó a Holanda y, tras entregar la carta de credenciales al duque, le pidió una cita para presentarle la embajada, advirtiéndole en secreto que necesitaba hablar con él a solas antes de que se la recibiera en público. Así lo hizo, y en la audiencia secreta le informó del propósito del rey, que era reunir aquel gran poder contra los musulmanes de la frontera de África y conquistar la ciudad de Ceuta, llave de España; y para que los moros no lo sospecharan, decidió en su Consejo desafiarle, a fin de que se pensara que era en contra de sus previsiones. Que considerara oportuno no solo aceptar públicamente el desafío, sino también tomar algunas medidas públicas para la defensa. El duque valoró la confianza que el rey depositaba en él, ya que solo a él le confiaba un secreto tan importante, y prometió realizar todas las demostraciones públicas necesarias para el buen resultado de sus intentos.
Consecuentemente, convocó a los miembros de su consejo para, en el día señalado, escuchar la embajada; y, estando reunidos, Fernando Fogaza la expuso con gran prudencia, haciendo un detallado recuento de las quejas que los portugueses tenían contra sus vasallos, por los robos y daños que les habían causado, tanto en los mares de Holanda como en otros. Que, habiéndose quejado varias veces el rey al duque, este no le dio satisfacción por lo ocurrido ni hubo enmienda en lo sucesivo. Que las quejas de sus súbditos aumentaban; y, dado que los holandeses continuaban con sus robos, era creíble que él lo consentía; por lo que le exigía, en nombre del rey su señor, que ordenara la restitución íntegra de todo lo que los portugueses habían perdido a manos de sus vasallos; de lo contrario, le desafiaba a él y a todas sus tierras a librar una guerra a sangre y fuego, por mar y por tierra, en la que le avisaba de antemano para que quedara exento de culpa ante el mundo por los acontecimientos que cabía esperar. El duque, como era de esperar, se mostró aún más enfadado con la embajada y, tras hacer despedir a Fernando Fogaza, se mostró impaciente con los miembros de su Consejo, diciéndoles, no obstante, para dar mejor color al asunto, que el rey de Portugal tenía razón, pues era cierto el relato de los numerosos robos que sus vasallos habían cometido contra los de aquel reino, y al pedirles consejo para la respuesta, todos coincidieron en que debía ser mesurada, ya que se trataba de un rey valeroso y afortunado, cuyos vasallos se sentían orgullosos por las recientes victorias; y que, habiendo tenido tanto tiempo para darse cuenta de la existencia de una flota tan grande, podía atacar de improviso a Holanda y vengarse de los agravios recibidos y expuestos. El conde llamó a Fernando Fogaza y le dijo que le dijera al rey que no confiara en los favores de la fortuna; y que, puesto que era tan prudente, debía comprender que esta no siempre se mostraba del mismo modo, que sus vasallos no eran menos valientes que los portugueses, ni tenían menos voluntad de servirle que los suyos a él. Que se alegraba enormemente de su llegada a Holanda y prometía, sin dudarlo, ir a recibirle a cualquier lugar donde atracara su armada. Tras dar esta respuesta, despidió al embajador, y aquella misma noche habló en secreto con él, revelándole el propósito principal que le convenía, y tras mostrarle grandes muestras de amor y benevolencia, así como las mercedes que cabía esperar de su grandeza, lo despidió.
Fernando Fogaza llegó a Portugal y fue bien recibido por el rey por la prudencia y sagacidad con que había tratado el asunto. Una vez dispuestas las cosas, el rey ordenó de inmediato fletar en todas las costas de Galicia, Vizcaya, Inglaterra y Alemania los grandes barcos que se pudieran encontrar, lo que dio lugar a que por toda Europa corriera la voz del gran poder marítimo que estaba preparando, y se decía incluso mucho más de lo que era; y como la fama de este príncipe era tan grande por la opinión que se había ganado como valeroso, se hacían diferentes juicios sobre su expedición, pues, aunque se anunciaba que iba contra el conde de Holanda, no dejaba de causar grandes recelos a otros príncipes, particularmente a los de España, al ver que el rey se embarcaba y que los principales capitanes de aquella armada eran sus propios hijos. A estos les encomendó diversas misiones de reclutamiento, pues envió al infante don Enrique a reclutar gente en la comarca de la Beira, y al conde de Barcelos, su hijo bastardo (posteriormente primer duque de Berganca), a la de entre el Duero y el Miño, y ambos debían embarcarse en la ciudad de Oporto. Asignó las provincias de Extremadura, entre el Tajo y el Guadiana, y el Reino del Algarve al infante don Pedro, y, al encargarse él mismo de preparar la flota, dejó el gobierno de la justicia y la hacienda a don Duarte, su primogénito, que en aquel momento cumplía 22 años. Escribió al mismo tiempo a los señores y hidalgos de Portugal, y a toda la nobleza, ordenándoles que le acompañaran con el mayor número de personas que pudieran. Esta noticia causó un gran revuelo en todo el reino y dio lugar a diversas opiniones sobre el rumbo de aquella expedición. Unos decían que, sin duda, el rey enviaba a sus hijos a Nápoles y a Sicilia para casarlos con aquellas reinas, que por entonces se encontraban viudas; otros, que a Roma y a Jerusalén para cumplir el voto que había hecho por sí mismo cuando libró la batalla de Aljubarrota; otros, que llevaban a la infanta doña Isabel a casarse en Inglaterra; otros que a Aviñón, contra el antipapa Clemente y a favor de Urbano XII; y la mayoría que contra Guillermo, conde de Holanda, opinión mejor fundada, a raíz del desafío que fue tan público.
CAPITULO 14
Los Reyes de Castilla, Aragón y Granada, recelosos ante los preparativos, enviaron a sus embajadores a Portugal, y esto es lo que se les respondió.
Si en Portugal se mantenían diversos debates, lo mismo ocurría en los demás reinos de España. Castilla, que aún tenía abierta la herida de los disturbios anteriores, tenía más motivos para estas previsiones, y los castellanos se convencieron aún más con un aviso que llegó a Sevilla de unos mercaderes de Lisboa a sus contactos, en el que les decían que sacaran sus haciendas de aquella ciudad, pues era cierto que el rey se preparaba para actuar contra ella. Esto dio lugar a que se reunieran los veinticuatro del consejo y escribieran al rey de Castilla y a la reina, su madre, informándoles del aviso. Los Reyes se encontraban en Plasencia, donde celebraron un consejo, y aunque a todos les pareció imposible que el rey don Juan tuviera tal intención, puesto que en aquel momento se encontraba en paz con Castilla, el obispo de Ávila, que formaba parte del consejo, y era natural de Sevilla, quiso persuadirles de que tal era su determinación, y así propuso que se prepararan para la defensa, reuniendo a la nobleza de su comarca y preparando las naves que se encontraran en los puertos de Andalucía para defenderse de los portugueses. Se opuso a esto el adelantado de Cazorla, un joven caballero, pero dotado de más que mediana prudencia y valor, y dijo: «¿Acaso sería justo que a los castellanos les correspondiera mayor temor que a los demás reinos vecinos? Que cualquier movimiento de Castilla sería una afrenta para la nación y motivo de no menor desconfianza para Portugal. Que, estando establecidas las paces en ambos reinos, y siendo tan estrecho el parentesco del rey su señor con los infantes de Portugal, y siendo el rey su padre un príncipe tan magnánimo y leal, no era posible que quebrantara su palabra ni la fe de su juramento; ni era justo que la nobleza de Castilla, y en particular su consejo, se dejara llevar por el temor de los mercaderes de Sevilla, cuyo honor, como el de todos los de su profesión, consistía en el dinero y en su seguridad. Que no parecía conveniente realizar ningún cambio que diera a entender que las paces eran dudosas; y que, para asegurarse, convenía más bien enviar embajadores a Portugal para pedir a aquel rey un juramento sobre su confirmación, tal y como se había acordado con sus embajadores: que, si el rey juraba, se disiparían los temores; y, de no hacerlo, tendrían motivo y causa para las prevenciones. Asistían al consejo el duque de Arjona, el maestre de Calatrava, el prior de San Juan, el conde de Benavente, el arzobispo de Toledo, don Pablo, obispo de Burgos, y don Alonso de Cartagena, deán de Santiago, su hijo, hombre de gran erudición, que había sucedido a su padre en el obispado, y muchos otros letrados y caballeros, que unánimemente siguieron el voto del Adelantado, y así se llevó a cabo.
La Reina, que era tutora de su hijo, envió como embajadores a Portugal al obispo de Mondonedo y a Díaz Sánchez de Bernamides con gran pompa, como los primeros embajadores que se dirigían a aquel reino en nombre del rey, su hijo; y aunque partieron recelosos de la acogida de los portugueses, debido al rumor de que se avecinaba la guerra, pronto se desengañaron, pues en la frontera de Portugal encontraron a un criado del rey don Juan que, por orden suya, había ido a recibirlos para acompañarlos y agasajarlos hasta Lisboa, de lo cual avisaron inmediatamente a la reina de Castilla, lo que bastó para disipar las nubes de desconfianza que se cernían. El rey les recibió en Lisboa con grandes muestras de benevolencia y, tras haberles presentado su embajada, no retrasó más que un día la confirmación del juramento, y así lo hicieron ante los miembros de su consejo y los grandes del reino, junto con los infantes, de la misma manera que se había hecho en Castilla; con lo cual los embajadores quedaron suficientemente satisfechos y no menos agradecidos por las mercedes que, con mano generosa, les concedió el rey. El obispo de Mondonedo partió con la respuesta, pues Díaz Sánchez de Bernamides, tras haber caído enfermo, falleció en Lisboa con gran pesar de los portugueses, habiendo precedido por su parte una notable asistencia en todo lo relativo a su enfermedad, y no fue menor la pompa de su entierro, al que asistió toda la Corte, y del que resultaron nuevas alabanzas al rey de Portugal.
Si bien eran grandes los recelos de Castilla ante los preparativos que se llevaban a cabo en todas las partes del reino, no eran menores los de los aragoneses, a quienes sin duda amenazaba esta campaña; y aunque ya lo temían antes, ahora, con la nueva confirmación de la paz con Castilla, crecieron las sospechas, y mucho más cuando el rey Fernando de Aragón tuvo noticia de que el conde de Urgel, su rival, se había aliado con el portugués para recuperar su señorío, casando a dos de sus hijas con dos infantes de Portugal, de modo que el mayor sería rey de Aragón y el otro, conde de Urgel, además de las tierras que ya poseía, lo que conformaba un gran señorío.
Los temores de don Fernando se intensificaron al ver que los aragoneses lo consideraban un rey extranjero, prestándole una obediencia más forzada que voluntaria, algo que los reyes deben considerar siempre sospechoso. Ante esto, decidió enviar una embajada a Portugal, que en esencia se reducía a decirle a don Juan que, aunque tenía noticia de sus preparativos, hasta entonces le había parecido que se trataba de algo de menor importancia de lo que él imaginaba, al ver que no solo movilizaba a toda la nobleza de su reino, sino que además se valía de muchos grandes barcos extranjeros; y que un príncipe de tan elevados ánimos no se movería sino para una gran empresa. Que cuanto menos certeza había sobre sus intenciones, tanto más se recelaba de él, y que entre lo que se especulaba en España estaba que se armaba contra dos cosas que le afectaban: o bien contra el Reino de Aragón, en confederación con el conde de Urgel, quien le hacía grandes promesas de lo ajeno; o bien contra el Reino de Sicilia, en el que tenía tanta parte. Que se tuviera en cuenta la buena voluntad que siempre había mostrado hacia sus asuntos, y el derecho que tenía sobre el Reino de Aragón, no solo juzgado por sentencia de los más destacados juristas, sino confirmado por el Sumo Pontífice; en el que se encontraba en pacífica posesión, obedecido y jurado como su verdadero rey, y que no quisiera actuar en contra de la justicia, ni lo que, como príncipe dotado de tantas virtudes, debía hacer para oponerse a él. El rey escuchó a la embajada y, sin demora, respondió asegurando a los embajadores: que no se alzaba en armas contra el rey don Fernando ni contra nada que le perteneciera, y que con mayor gusto le ayudaría a conquistar otros reinos sobre los que tuviera algún derecho, que a despojarlo de aquel que gobernaba con tanta diligencia. Que sentía un profundo pesar por no poder revelarle su intención en aquella empresa; y que, si tuviera que manifestársela a algún príncipe, a ninguno se la habría revelado primero, pero que, al considerar que el buen éxito dependía principalmente del secreto, no se la había confiado a nadie hasta entonces. Con esta respuesta, los embajadores se despidieron bastante satisfechos, y no menos con las concesiones que les hizo el portugués. Al llegar a Aragón, fueron bien recibidos por su rey, quien siempre se ocupaba de alabar a don Juan por su gran espíritu y valor incomparable.
Grandes fueron los temores de los reyes de Castilla y Aragón, pero mucho mayores los del rey moro de Granada, sobre todo al saber que Castilla y Aragón se habían asegurado mediante sus embajadores; y lo que más le aumentaba el temor de que esta tormenta amenazara a él y a su reino: era la consideración de que el rey don Juan nunca había aceptado las numerosas ofertas que le había hecho contra Castilla, tanto de hombres como de dinero, cuando las guerras con aquel reino estaban en su punto álgido en Portugal, y no solo esto, sino que tampoco había hecho con él paces ni treguas; y al ver que el portugués no tenía enemistad declarada con ningún otro príncipe, suponía que, por la diferencia de religión y por el celo que demostraba por extender la fe católica, intentaba hacerse señor del reino de Granada, por sus puertos marítimos. Con esta consideración, se resolvió a enviar sus embajadores a Portugal; y lo que contenía la embajada era que bien sabía que nunca había habido discordia entre los reinos de Portugal y Granada, sino que los vasallos de uno y otro reino mantenían relaciones amistosas. Que siempre lo había considerado un príncipe de grandes virtudes; y que esto le había obligado a ganarse su favor en numerosas ocasiones con sus obsequios, algo que no había hecho con ningún otro rey cristiano. Que en su reino era de dominio público que todo el poder que se estaba reuniendo en Portugal iba dirigido contra él, y que, al no haber nuevos motivos para temerlo, le pedía que, para que tanto él como y a sus vasallos libres de tal sospecha, le enviara garantías, para que no cesaran los acuerdos entre ambos reinos, como empezaba a suceder según informaban los mercaderes, por las noticias que tenían de Portugal. Respondió el rey: Que no había motivo alguno para que se tuviera tal sospecha de él; pues, aunque preparaba a sus hombres y armadas para enviar a sus hijos a asuntos que atañían a su servicio, su intención estaba muy lejos de lo que en Granada se pensaba. Que no veía motivo para dar la garantía que se le pedía, y que así se lo dijeran a su rey, pues, al no haber tenido nunca enemistad ni guerras con él, era innecesario provocar ningún tipo de altercado.
Los embajadores quedaron poco satisfechos con la respuesta y, como traían órdenes de hablar con la reina doña Felipa si no encontraban en el rey la acogida que deseaban, la visitaron en nombre de la de Granada —a quien ellos llamaban «la rica fiera» y que era la principal mujer del moro— y le transmitieron su mensaje. Que, puesto que las mujeres podían hacer lo que quisieran con sus maridos, intercediera ante el rey en su favor, y que, dado que tenía que casar a la infanta, su hija, le prometía para su boda el más rico ajuar que jamás se hubiera dado a una princesa mora o cristiana. Respondió la reina: Que entre los Príncipes Católicos las mujeres no se entrometían en el gobierno de sus maridos, particularmente en asuntos públicos y de sus reinos, para lo cual contaban con sus Consejos. Que insistieran ante el Rey y que, si su petición estaba justificada, tuvieran por seguro que sería bien recibida. Los moros, al ver que ni con el rey ni con la reina podían zanjar el punto principal de su embajada, intentaron convencer a don Duarte con promesas y dádivas para que les concediera esa garantía, y la respuesta que obtuvieron fue: Que los Príncipes de Portugal no vendían su buena voluntad a cambio de dinero, ni les movía el interés por los beneficios que obtenían, ni se podían proponer al Rey cosas que no estuvieran justificadas. Que no había nueva causa para otorgar la garantía que pedía el Rey de Granada, ni motivo alguno para sus desconfianzas, y que, por tanto, sus temores parecían injustos.
Así se despidieron los embajadores granadinos, insatisfechos.
CAPITULO 15 Continúan los preparativos. El infante don Enrique entra en Lisboa con su flota; fallece la reina y el rey parte.
La fama de esta campaña atrajo a muchos señores extranjeros para luchar bajo los estandartes victoriosos del rey don Juan, cuyo valor era conocido en toda Europa. De Alemania vinieron, entre otros, un duque y un barón (cuyos nombres no han quedado registrados por los escritores) para ofrecerse a acompañarle en aquella expedición, aunque el duque le pidió que le dijera adónde se dirigía, pues, si se trataba de un príncipe contra el que pudiera emprender la campaña, le resultaría imposible seguirle. Pero no pudo lograr lo que pretendía, pues tan pronto como se comunicó el intento a los miembros del Consejo, regresó a su patria. El barón se quedó en Portugal, al servicio con cuarenta hombres, e hicieron lo mismo otros caballeros de Francia y de otros reinos.
Mientras tanto, el infante don Enrique y el conde de Barcelos no descuidaban lo que les correspondía en cuanto a los reclutamientos, y se apresuraron en las provincias comprendidas entre el Duero y el Miño, y en la Beira; y al saber el rey que todo estaba listo para poder emprender el viaje a Lisboa, les ordenó que partieran sin demora. Así lo hicieron con una flota resplandeciente y bien armada, entrando en Lisboa con notable ostentación y esplendor, acompañados por la mayor parte de la nobleza de aquellas dos provincias. Eran los capitanes de las galeras: el Infante, su hermano el conde de Barcelos, don Fernando de Berganza, hijo del infante don Juan; Gonzalo Vázquez Coutino, mariscal de Portugal; Juan Gómez da Silva, alférez mayor del rey; Vasco Fernández de Ataide, gobernador de la Casa del Infante; Gómez Martínez de Lemos, que había sido ayo del conde de Barcelos. Los capitanes de navíos, de los que se conserva memoria, eran: Don Pedro de Castro; Gil Vázquez de Acuña; Pedro Lorenzo de Tauora; Diego Gómez da Silva, Juan Álvarez Pereira, Gonzalo Eanes de Sousa, Martín Lopes de Azevedo, Luis Álvarez Cabral, Fernando Álvarez Cabral, su hijo, Estevan Suárez de Melo, García Moniz, Men Rodríguez de Refoyos, Álvaro da Cuna, Vasco Martínez de Albergaria, Álvaro Fernández Mascarenas, Aires Gonzalo de Feigueredo, quien, a pesar de tener 90 años, quiso participar en esta expedición, sin haber sido convocado, con un gran séquito; Juan Rodríguez de Saa, Payo Rodríguez de Saujo, García Moniz, Fernán López de Azeuedo, Martín Alonso de Souza y Fernán López de Azevedo. Con esta brillante flota entró el infante don Enrique en Lisboa.
Por aquel mismo tiempo había peste en Portugal, y se propagaba con gran vehemencia entre la innumerable población de Lisboa, y aunque los Reyes intentaron escapar de su furia trasladándose a Odiuelas, allí falleció la Reina Doña Felipa, quien, el 19 de junio de 1415, saldó la deuda común con un sentimiento general y bien merecido de todos sus vasallos, por ser una de las reinas más heroicas que tuvo España. Con este nuevo suceso, las previsiones tomaron otro cariz, pues la mayor parte del reino ya desaconsejaba la expedición, y esta opinión cobró tal fuerza que, aunque el rey se encontraba abrumado por el justo dolor de tal pérdida y no podía ocuparse de recabar las opiniones de cada uno, ordenó a su hijo don Duarte que convocara a los miembros del Consejo, y les pidiera su opinión, y que se le informara a él de la resolución que se tomara. Así lo hizo, reuniéndolos en un lugar llamado Rasteio, donde hoy se erige el insigne y real convento de Belén, de la Orden de San Jerónimo. Los que votaron fueron catorce, y se dividieron en partes iguales; pues los tres infantes, don Duarte, don Pedro y don Enrique, junto con otros cuatro, opinaron que la expedición debía proseguir, y los otros siete, que no. Aquellos argumentaban que, dado el gran esfuerzo que habían supuesto los preparativos y los enormes gastos realizados, no era razonable que todo quedara en nada, siendo la empresa tan al servicio de Dios. Que la muerte de la reina no podía ser un obstáculo, pues solo ocasionaba la tristeza del momento, que se mitigaría con el entretenimiento del viaje y con el logro de la victoria. Que sería un gran descrédito para la nación portuguesa que se supiera en el mundo, estando tan difundida aquella expedición, que cesaba por falta de una reina que era mortal, siendo algo en lo que tanto estaba en juego la reputación del rey y de todo el reino.
Los de opinión contraria decían que, si aquella expedición se dirigía al servicio de Dios, este había demostrado claramente que no se daba por bien servido, pues no solo había enviado al reino la cruel peste que padecía, sino que también había amenazado con el espantoso eclipse con motivo de la muerte de la reina, el mayor que había visto aquel siglo, pues durante dos horas enteras sumó al mundo entero en tinieblas. Que, siendo la peste en Lisboa tan grave, sin duda se avivaría con mayor vehemencia tras el embarque del ejército, con el hacinamiento de la gente, y no quedaría nadie con vida. Que el mejor remedio era dejar que se propagara, no solo para evitar la pérdida del pueblo, sino para que no se corriera el riesgo de que muriera por el contagio una persona cuya ausencia fuera mayor que la de la reina. Que si hasta ahora se habían basado las esperanzas de victoria en la virtud y las oraciones de esta señora, ahora ya faltaba ella, y con ella lo mismo en lo que se apoyaban sus esperanzas. Que parecía que se mostraba poco o ningún sentimiento por tal pérdida, pues acababa de enterarse y, sin perder tiempo, se emprendía una guerra voluntaria. Que, ante tan nuevo contratiempo, el rey necesitaba disponer algunas cosas, para lo cual convenía al menos un mes de tiempo, y que, al encontrarse a finales de julio, no podían partir antes que en agosto, que era el comienzo del invierno, época en la que no se podía emprender ninguna acción de importancia en la boca del estrecho sin un riesgo notable.
Así razonaban unos y otros, con lo que se decidió informar al rey de lo que se debatía, para lo cual se nombró a los infantes y a otros tres de la parte contraria, quienes expusieron los argumentos de cada postura ante el asombro del rey de que hubiera quien opinara que se aplazara la expedición; y, como resolución final, les dijo: Que esto no había más que deliberar, pues él debía embarcar el miércoles siguiente, que era dentro de cuatro días, y que así estuviera todo listo. Y como en ocasiones tales la tristeza supone un estorbo nada desdeñable, ordenó que cesaran los lutos y que todos se vistieran con sus galas, dejando para otro momento las muestras de dolor debidas a tal pérdida. Los primeros fueron los Infantes; a estos les siguieron los señores y caballeros, y, siguiendo su ejemplo, todo el ejército. Los barcos y las galeras se engalanaron e izaron las velas; por todas partes sonaban las trompetas y los tambores; todo eran muestras de alegría, y el pueblo y los soldados se animaban, aunque entre los más locuaces no faltaban muchos que reprobaban la expedición en aquel momento, y en particular el hecho de que el rey participara en ella.
Llegó el miércoles y, cumpliendo su palabra, el rey se embarcó en una galera, cuyo capitán era su hijo bastardo don Alonso, adonde le acompañaron los infantes y otros muchos señores. Pasó aquella en Restelo, y al día siguiente, que era la víspera de Santiago, avistó Santa Catalina de Ribamar, para que con ello se reuniera la gente en la flota con mayor rapidez. Desde allí dio señal de zarpar, y lo mismo hicieron todas las demás naves y galeras, y al izar las velas comenzó aquella feliz travesía. El rey era el capitán de las galeras, y el infante don Pedro, el de las naves; los demás capitanes que quedaron en la memoria fueron: el príncipe don Duarte, el infante don Enrique, el conde de Barcelos, primer duque de Berganca, don Fernando, señor de Berganza, hijo del infante don Juan, don Alonso de Cascais, hijo del mismo infante, don Nuno Álvarez Pereira, condestable de Portugal; don Lope Díaz de Sosa, maestre de Cristo; don Álvaro González Camelo, prior del Hospital de la Orden de San Juan; Gonzalo Vázquez Coutinno, mariscal de Portugal; misser Carlos Pessano, almirante del reino; don Pedro de Meneses, conde de Viana, alférez del infante don Duarte; Alfonso Furtado de Mendoza, capitán mayor de la mar; Don Juan de Norona, Don Henrique de Norona, su hermano; Don Juan de Castro, Don Fernando de Castro, su hermano, Lope Álvarez de Moura, Gonzalo Yanes de Sousa, Don Álvaro Pérez de Castro, Don Pedro de Castro, su hijo, Martín Alfonso de Melo, Guarda Mayor del Rey, Nuño Vaz de Castelblanco, Lope Vaz de Castelblanco, Pedro Vaz de Castelblanco, Gil Vázquez de Castelblanco, Juan Suárez de Castelblanco, Diego Suárez de Castelblanco, todos hermanos, hijos de Gonzalo Suárez de Castelblanco, señor de la honra de Sobrado; Juan Vázquez de Almada, Pedro Vaz de Almada y Álvaro Vaz de Almada, sus hijos, Núñez Martínez de Silveira, Diego Gómez de Silva, Juan Gómez de Silva, alférez mayor del rey, Gil Vaz de Acuña, Vasco Martínez de Acuña, Diego Suárez de Alvergaria, Pedro Lorenço de Tavora, Juan Álvarez Pereira, Gonçalo Lorenzo de Gomide, secretario de la pureza, Juan Alonso de Santarém, Gonzalo Nuñes Barreto, Álvaro Méndez Cerveira, Alendo Alonso Cerveira, su hermano, Diego López de Sousa, Vasco Fernández Coutinno, Álvaro González de Ataide, posteriormente primer conde de Atouguía, Vasco Fernández de Ataide, su hermano, gobernador de la casa del infante don Enrique, Gonçalo Pereira de Bousela, Ruy Vaz Pereira, su hermano, Álvaro Pereira, sobrino del condestable, Juan Rodríguez Saa, Martín Vaz de Acuña, el doctor Martín Docem, Alfonso Vaz de Souza, Martín Alonso de Souza, Juan Méndez de Vasconcellos, Airez Gonzales de Figueredo, Gonçal Eanes de Abreu, Gómez Martínez de Lemos, ayo que fue del conde de Barcelos, Juan Alonso de Brito, Diego Álvarez, maestre de la Sala del Rey, hijo de Álvaro Páez, Luis Álvarez Cabral, Fernando Álvarez Cabral, su hijo, Diego Fernández de Almeida, Álvaro Fernández Mascarenas, Álvaro de Acuña, Juan Alonso de Alenquer, Ruy de Sousa, Estevan Suárez de Melo, Fernán Lope de Aceuedo, Rui Gómez da Silva, Juan Fraile de Andrada, Gonçalo Pereira de las Armas, López Díaz de Aceuedo, Martín López de Aceuedo, Gonçalo López de Aceuedo, alcaide mayor de Alenquer, García Moniz, Diego López Lobo, Pedro González Malafaya, Luis González Malafaya, su hermano, Pedro Peixoto, Juan de Ataide, Juan Pereira, Ruy Vázquez Ribeiro, Álvaro Ferreira, que más tarde fue obispo de Coimbra, Gómez Ferreira, su hermano, Alvar Yanes Sarnache, Juan Rodríguez Taborda, Álvaro Peixoto, Pedreanes Lobato, Pedro González Curutelo, Gil Vázquez de Barbuda, Bernandino de Barbuda, Rodríguez de Refoyos, Álvaro Nogueira, Payo Rodríguez de Araújo, Juan Fogaça, Vasco Martínez de Carvallal, Fernán Vázquez de Sequeira y Fernán González del Arca. Todos ellos eran capitanes en activo, y había muchos otros caballeros portugueses y extranjeros procedentes de Alemania, Francia e Inglaterra; además, de este reino llegó un señor con cinco barcos bien armados y muchos soldados. En Portugal quedaron muchos hidalgos repartidos en la guardia de las fronteras; y como gobernador del reino y guardián de los infantes, los niños, Fernando Rodríguez de Sequeira, maestre de Avis.
CAPITULO 16. Lo que ocurrió durante el viaje hasta la formación del ejército en el mar de Ceuta.
Esta armada fue la mayor que se había visto hasta entonces en los mares de España. Cuántas naves la componían y cuántos hombres de guerra la integraban, no lo dijo Gómez Eanes de Zurara, quien escribió esta crónica, un descuido culposo, tratándose de un relato tan sustancial y siendo él un escritor de aquellos tiempos, en los que no faltaban noticias para quien mostrara un mínimo de diligencia. Jerónimo de Zurita dijo que constaba de treinta y tres navíos, cincuenta y nueve galeras y ciento setenta navíos menores. El epitafio del rey don Juan, que se encuentra en el convento de la Batalla (y a cuya autoridad se debe mayor crédito, al haber sido escrito en el reino y poco después del suceso), dice que constaba de más de doscientas veintiocho velas en total. Ni uno ni otro hace mención del número de tripulantes, pero, por lo general, se puede conjeturar cuál sería a partir del número de embarcaciones. Partió, pues, aquella espléndida Armada con tristeza por los que se quedaban en Portugal, al ver embarcados en una travesía cuyo fin se desconocía, no solo a tantos príncipes tan queridos, sino también a su propio rey, tan amado, lo que provocó muchas lágrimas en el reino. Igual que el sentimiento de los que se quedaban era la alegría de los que partían, juzgando segura la victoria bajo la bandera y la disciplina de tan valiente y dichoso capitán. El sábado siguiente llegaron al cabo de San Vicente, y cuando lo doblaron en veneración de las reliquias de aquel sagrado promontorio, la Armada arrió sus velas y aquella noche fondeó en la bahía de Lagos. El domingo, el rey desembarcó y, tras reunir a su consejo, decidió que se proclamara la cruzada, tal y como lo hizo fray Juan de Xira, su confesor, en un sermón; además, hizo pública la bula de la cruzada, que el Sumo Pontífice había concedido a quienes fueran a servir a Dios en aquella santa empresa. El rey permaneció allí hasta el miércoles siguiente, cuando partió hacia la ciudad de Faro; y, como el viento había amainado, se detuvo hasta otro miércoles, 7 de agosto, día en que puso proa hacia el Estrecho y, antes de entrar en él, se detuvo en el paraje de Tanjar hasta que anocheció, para atravesarlo sin ser visto, tal y como se hizo.
El sábado siguiente, el rey pasó entre Algeciras, causando gran espanto y temor a los moros de Gibraltar y a todos los de aquella costa. Los de Gibraltar le enviaron un gran obsequio, que remitieron en nombre de los vecinos. Disculpándose por enviar algo tan modesto a un príncipe tan grande, y asegurándole que no se le ofrecían con menos voluntad y agrado del que tendrían si se lo hicieran al rey de Granada, de estar presente; pues entendían que cualquier servicio que le prestaran sería tan grato a su rey como si se lo hubieran prestado a su propia persona. Que no les extrañara ver que cerraban las puertas y se preparaban para la defensa, pues sabían que no había querido dar garantías al rey, su señor, a pesar de que se las habían pedido a través de sus embajadores. Por último, le pedían que les declarara su intención en lo que a ellos respectaba. Él respondió: que, puesto que no se lo había declarado al rey de Granada, no tenía razón para declarárselo a ellos; que aceptaba la presencia para complacerles y hacerles algún favor. Los moros quedaron tristes y desconcertados ante la respuesta, y al ver que la Armada estaba fondeada frente a ellos, se convencieron de que todas aquellas precauciones habían sido contra ellos. En Tarifa había como alcalde un ilustre portugués llamado Martín Fernandes Puerto Carrero, quien, al ver la ostentación y la belleza de la Armada, dijo que no podía ser de otro príncipe que del rey don Juan de Portugal, cuyas obras eran en todo grandiosas. Se dispuso entonces a visitar a su hijo, Pedro Fernández Puerto Carrero, con abundantes provisiones, disculpándose por no acompañarle en el viaje al tener a su cargo aquella fortaleza del rey de Castilla, su señor; el rey, agradecido por la atención, y tras partir hacia Portugal, le concedió numerosas recompensas en forma de joyas y dinero, y lo mismo hicieron los infantes.
El lunes siguiente, cuando el rey quería proseguir su viaje hacia Ceuta, se levantó una niebla que impedía navegar en línea recta. Todos los barcos de gran calado se encontraron después en las proximidades de Málaga; solo el de Esteban Suárez de Melo, las galeras «Fustas» y los barcos pequeños pasaron aquel día frente a Ceuta, una visión que causó inquietud a sus vecinos, y habría sido mayor si hubieran visto toda la escuadra en la bahía. Cerraron las puertas y llenaron las murallas de gente, pero más por contemplar la belleza y el esplendor de la flota que por intentar defenderse. Çalabençala, señor de Ceuta, y otros moros prudentes, se alarmaron aún más y escribieron sin demora a los lugares vecinos para que acudieran con armas a aquella ciudad con el fin de defenderla, hasta que se conociera la intención del rey de Portugal. Los moros, desde las murallas, comenzaron a causar algún daño con las ballestas, aunque escaso, pues las galeras se encontraban alejadas de la muralla, salvo la del almirante, que, al haber fondeado muy cerca de la playa, era la más expuesta al peligro. Aunque se le advirtió que se apartara, respondió que su suerte le había llevado a aquel puesto y que debía perseverar en él mientras pudiera. Salieron algunos moros de la plaza para escaramuzar en la playa, y otros moros hicieron lo mismo en barcas, en lo que perseveraron, con escaso daño por una y otra parte, hasta que los moros se apoderaron de un peñón: que se encontraba junto a la costa, desde donde podían causar mayor daño; este fue conquistado enseguida por Esteban Suárez de Melo, con la muerte de algunos moros, y los demás se retiraron a la plaza. Otro día, la víspera de la Asunción de Nuestra Señora, el rey se trasladó al otro lado de la ciudad, llamado Barbacote, con la intención de esperar a los barcos que se habían separado en Málaga; y, una vez tomado aquel puesto, como tardaban en llegar, envió allí al infante don Enrique en su galera para avisar a su hermano don Pedro de que viniera con toda la flota a reunirse con él, como se hizo al día siguiente. Cuando el Rey se disponía a desembarcar, algunos indisciplinados lo hicieron sin orden, y al enzarzarse con los moros, escaramuzando en la playa, se embarcaron de tal manera que cayó muerto un portugués, lo que provocó tal alboroto entre los de la flota que, sin orden alguna, saltaron a tierra para vengar su muerte; si el Rey no hubiera acudido a tierra para defenderlos, y su salida habría sido motivo de que todos se perdieran, dada la ventaja numérica y la posición en la que se encontraban los moros.
Una vez que los nuestros se habían retirado a los barcos, se desató una tempestad tan fuerte que obligó a toda la Armada a abandonar aquel lugar, en el que no podía permanecer sin gran peligro, y a dirigirse a la otra parte de la ciudad, lo cual fue una intervención divina, pues sin duda todos se habrían perdido allí si hubieran desembarcado. Las galeras doblaron la punta de Almina y se dirigieron por segunda vez a Algeciras; los barcos no pudieron hacer lo mismo con tanta rapidez, por lo que aguantaron la tormenta hasta que cesó, lo cual ocurrió muy pronto. Los moros se sintieron algo aliviados al no tener cerca a nuestra Armada, sin comprender que esa fue la razón principal por la que se perdió la ciudad, pues, dado que el rey estaba decidido a desembarcar por la zona de Barbacote, habría sido su perdición si lo hubiera intentado, ya que era un terreno escarpado, y accidentada, y era enorme la multitud de moros que la defendía, pues, además de la gente de la ciudad, habían acudido más de cien mil bárbaros de los lugares circundantes, y pensando ellos que la tormenta ya les había librado de la preocupación presente; pues los que habían acudido en defensa causaban grandes daños en la ciudad y en sus campos; tras pedirles permiso a los vecinos, Çalabençalá los despidió, agradeciéndoles la buena voluntad con la que le habían socorrido y asegurándoles que ya apenas necesitaba su presencia.
Al ver que los de nuestra Armada se alejaban de Ceuta con la tormenta, pensaron en general que el rey, sin intentar nada más, regresaba a Portugal. Hubo diversas opiniones sobre la expedición y los escasos fundamentos con los que se había emprendido una empresa tan importante, y el pueblo, como si se sintiera defraudado, echaba la culpa a Álvaro González Camelo, el que había ido a Sicilia y, de paso, se había informado de lo ocurrido en Ceuta. Decían que los había traído allí a cambio de dinero que le había dado Çalabençalá cuando estuvo en aquella ciudad; y que, sin duda, todos habrían perecido si el ejército hubiera desembarcado; y no solo lo decía el pueblo, sino también la mayor parte de los nobles. El rey, en medio de tantas confusiones, convocó a los miembros de su Consejo y les expuso el gasto y el esfuerzo que le había supuesto aquella Armada, la situación en la que se encontraba y lo que se había logrado hasta entonces; ordenándoles que dijeran qué se debía hacer. Los miembros del Consejo se mostraron divididos, pues unos decían que se insistiera en la conquista de Ceuta; otros, que se dejara de lado para centrarse en la de Gibraltar; y los últimos, que se regresara a Portugal sin intentar nada más. Entre los primeros destacaban los infantes, quienes decían que se sopesara cuánto tiempo hacía que el rey había iniciado esta empresa, los gastos que había supuesto una Armada tan poderosa, lo que se había invertido hasta llegar a aquel estado; lo mucho que se había difundido por el mundo, pues, aunque al principio se había mantenido en secreto la expedición a Ceuta, ya se había hecho pública; y que sería señal de gran ligereza desistir de lo intentado. Que levantar el asedio, una vez establecido, no sería motivo de gran desprestigio, pues podrían suceder accidentes que lo ocasionaran; pero salir de allí tras haber demostrado a los de Ceuta que los perseguían, parecería al mundo que la multitud de los moros los había acobardado; y se quedarían orgullosos y soberbios para asolar las costas del Algarve y Portugal con mayor osadía y atrevimiento que hasta entonces. Que su opinión era que volvieran a la ciudad, que la sitiaran y la combatieran, y que, puesto que aquella empresa era tan al servicio de Dios, no faltarían sus auxilios para la victoria. Así razonaban los infantes, el conde de Barcelos y los pocos que los seguían.
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