| cristoraul.org |
![]() |
![]() |
![]() |
CAPITULO 25LIBRO TERCERO . EL CALIFATO.HIXEM II
VII
Haquem había expirado en los brazos de sus
dos principales eunucos Fayic y Djaudhar. Excepto ellos, todo el mundo ignoraba
todavía que hubiera muerto. Ellos resolvieron tenerlo secreto, y trataron sobre
el partido que habían de tomar.
Aunque esclavos, estos dos eunucos, de los
que uno tenía el título de maestro guardarropas y el otro el de gran halconero,
eran grandes señores, hombres poderosos. Tenían a su servicio multitud de
servidores armados que pagaban, y que no eran ni eunucos, ni esclavos. Tenían
además a sus órdenes un cuerpo de mil eunucos eslavos, todos esclavos del
Califa, pero al mismo tiempo muy ricos, pues tenían grandes posesiones y
palacios. Este cuerpo que pasaba por ser el mejor ornato de la corte, gozaba de
enormes privilegios. Sus individuos oprimían y maltrataban a los Cordobeses de
todas maneras y el Califa a pesar de su amor a la justicia, había cerrado
siempre los ojos sobre sus delitos y hasta sobre sus crímenes. A los que
llamaban su atención sobre las violencias que cometían contestaba
invariablemente: «Estos hombres, son los guardas de mi harén, tienen toda su
confianza, y me es imposible estarlos reprendiendo continuamente; pero estoy
convencido de que si mis súbditos, como debían, los trataran con amabilidad y
con respeto, no tendrían de qué quejarse.» Tal exceso de bondad había hecho a
los eslavos vanos y orgullosos. Se consideraban como el cuerpo más poderoso del
Estado, y sus jefes, Tayic y Djaudhar, imaginaban que de ellos solo dependía la
elección del nuevo Califa.
Pero ni uno ni otro querían a Hixem. Si este
niño subía al trono, el ministro Mozhafí, a quien ellos no querían, reinaría de
hecho, y su influencia sería casi nula. Verdad es que la nación había jurado ya
a Hixem, pero los dos eunucos apreciaban en lo que vale un juramento político,
y sabían que la mayor parte de los que habían jurado, lo habían hecho a
regañadientes. Tampoco ignoraban que la opinión pública rechazaba la idea de
una regencia, y que pocos deseaban ver subir al trono un jefe temporal y espiritual,
que todavía no tenía doce años. Por otra parte, esperaban volver a ganarse
fácilmente su popularidad que tenían muy comprometida, si respondiendo al voto
general daban la corona a un príncipe de edad más madura. Únase a esto que el
príncipe que les debiera su elevación, estaría ligado a ellos por los lazos de
la gratitud y que podían lisonjearse con la esperanza de gobernar en su nombre
el Estado.
Resolvieron, pues, en seguida dejar a Hixem A
un lado, y también se pusieron de acuerdo en dar la corona a su tío Moghira que
contaba entonces veintisiete años, a condición de que este había de nombrar por
sucesor a su sobrino, pues no querían que pareciera que olvidaban de todo punto
la última voluntad de su antiguo amo. Convenidos estos puntos, dijo Djandhar:
«Ahora es preciso hacer venir a Mozhafí, le cortamos la cabeza, y después
podemos ejecutar nuestros proyectos.» Mas la idea de este asesinato hizo temblar
a Fayic, que menos previsor que su colega, era en cambio más humano. «¡Dios
mío! exclamó: qué, hermano mío, ¿queréis matar al secretario de nuestro señor,
sin que haya hecho nada porque merezca la muerte? Guardémonos de principiar
derramando sangre inocente. En mi opinión, Mozhafí, no es peligroso, y creo que
no ha de estorbar nuestros proyectos.» No era Djaudhar de esta opinión, pero
como Fayic era su superior, tuvo que ceder. Resolvióse, pues, ganar a Mozhafí
por la buena, y se le mandó venir a palacio. Cuando llegó le informaron los dos
eunucos de la muerte del Califa, y habiéndole comunicado su proyecto, le
pidieron su ayuda.
El plan de los eunucos repugnaba en extremo
al ministro, pero como los conocía y sabía de lo que eran capaces, fingió que
lo aprobaba. «Vuestro proyecto, les dijo, es sin duda el mejor que puede
imaginarse. Ejecutadlo; yo y mis amigos os ayudaremos con todas nuestras
fuerzas. Sin embargo, haríais bien en aseguraros del asentimiento de los
grandes del reino, pues sería el medio mejor de evitar una revuelta. En cuanto
a mí, la línea de mi conducta está trazada; defenderé la puerta de palacio y
esperaré vuestras órdenes»
Habiendo logrado de este modo inspirar a los
eunucos una falsa seguridad, Mozhafí convocó a sus amigos, a saber, a su
sobrino Hixem, a Ibri-Abí-Amir, a Ziyad ibn-Aflah (cliente de Haquem II,) a
Casim ibn-Mohamed, (hijo del general Ibn-Tomlos que había muerto en África
contra ibn-Kennun) y a algunos otros hombres influyentes. Hizo venir también a
los capitanes de las tropas españolas y a los jefes del regimiento africano de
los Beni-Birzer, que era con el que más contaba. Y habiendo reunido a todos sus
partidarios les comunicó la muerte del Califa, y el proyecto de los eunucos, y
continuó en estos términos: «Si Hixem subo al trono nada tendremos que temer, y
podemos hacer lo que queramos; pero si Moghira triunfa perderemos nuestros
empleos, y quizá la vida, pues ese príncipe nos odia»
Toda la asamblea fue de su opinión, y le
aconsejaron hacer abortar el proyecto de los eunucos, haciendo matar a Moghira,
antes que este supiera la muerte de su hermano. Mozhafí aprobó este proyecto,
pero cuando preguntó quién se encarga de ejecutarlo, no recibió respuesta.
Ninguno quería mancharse con semejante asesinato.
Ibn-Abí-Amir tomó entonces la palabra: «Temo,
dijo, que nuestro negocio concluya mal. Somos los amigos del jefe que está
presente: lo que mande es preciso hacerlo, y pues que ninguno de vosotros
quiere encargarse de esta empresa, yo me encargo; siempre sin embargo que
nuestro jefe lo apruebe. Nada temáis, y tened confianza en mí.» Estas palabras
produjeron una sorpresa general. No se esperaba que un empleado civil se
presentara a cometer un asesinato, que guerreros acostumbrados a escenas de
sangre y de carnicería, no osaban cometer. Aceptóse sin embargo, su oferta sin
tardanza, y le dijeron: «Después de todo tenéis razón en encargaros de la
ejecución de este proyecto. Como teníais el honor de ser admitido en la
intimidad del Califa Hixem y gozáis también de la estimación de muchos otros
miembros de la familia real, nadie como vos puede cumplir una comisión tan
delicada»
Ibn-Abí-Amir montó a caballo, y acompañado
del general Bedr (pariente de Abderramán III), de cien guardias de corps y de
algunos escuadrones españoles, se dirigió al palacio de Moghira. Cuando llegó,
apostó los guardias de corps en la puerta, hizo cercar el palacio por las otras
tropas y penetrando solo en el salón donde se hallaba el príncipe, le dijo que
el Califa había dejado de existir y que Hixem le había sucedido. «Sin embargo,
añadió: los visires temen que estéis descontento de estas disposiciones, y me
han enviado a vos para preguntaros lo que pensáis»
El príncipe palideció al escuchar estas
palabras. Demasiado comprendía lo que significaban, y viendo ya la espada
suspendida sobre su cuello, contestó con voz trémula: «La muerte de mi hermano
me aflige mucho más de lo que pudiera explicar, pero veo con satisfacción que
le haya sucedido mi sobrino. ¡Ojalá que su reinado sea largo y feliz! Decid a
los que os han enviado, que los obedeceré en todo, y que cumpliré el juramento
que tengo prestado a Hixem. Exigid de mí todas las garantías que queráis, pero
si habéis venido para otra cosa, os suplico que tengáis piedad de mí. ¡Por Dios
os pido que me perdonéis la vida, y penséis maduramente lo que vais a hacer!»
Ibn-Abi-Amir tuvo lástima de la poca edad del
príncipe y dejándose ganar por su aire cándido, creyó en la sinceridad de sus
protestas. No se había detenido ante la idea de un asesinato que juzgaba
provechoso al bien del Estado y de sus propios intereses; pero no quería
manchar sus manos con sangre de un hombre que no le parecía temible. Escribió
pues, a Mozhafí diciéndole que había encontrado al príncipe en las mejores
disposiciones, que por su parte no había nada que temer y que por consiguiente
le pedía autorización para dejarle la vida y encargó a un soldado de llevar
esta carta al ministro. Poco después el soldado vino con la respuesta de
Mozhafí concebida en estos términos: «Tú lo estás echando a perder todo con tus
escrúpulos y comienzo a creer que nos has engañado. Cumple tu deber o
enviaremos otro en tu lugar»
Ibn-Abi-Amir, enseñó al príncipe la carta que
contenía su sentencia de muerte y luego, no queriendo ser testigo del hecho
horrible que iba a ejecutarse, salió de la sala y mandó que entraran a los
soldados. Estos sabiendo ya lo que tenían que hacer estrangularon al príncipe y
habiendo colgado su cadáver en un gabinete contiguo, dijeron a los criados que
el príncipe se había ahorcado cuando querían obligarlo a ir a prestar homenaje
a su sobrino. Poco después, recibieron de Ibn-Abí-Amir la orden de enterrar el
cadáver en la sala y de tapiar las puertas.
Cumplida su comisión, Ibn-Abí-Amir volvió en
busca del ministro y le dijo que estaban ejecutadas sus órdenes. Mozhafí le dio
las gracias con efusión y para mostrarle su reconocimiento le hizo sentar a su
lado.
Fayic y Djaudhar no tardaron en saber que
Mozhafí los había engañado y había desbaratado su proyecto. Uno y otro, pero
Djaudhar sobre todo, estaban furiosos. «Veis ahora, dijo a su colega, como
tenía razón cuando decía que ante todo era preciso desembarazarnos de Mozhafí;
pero no quisisteis creerme.» Sin embargo, se vieron obligados a poner buena
cara a mal juego y yendo a buscar a Mozhafí se excusaron diciendo, que habían
tenido una mala idea y que su plan era mucho mejor que el de ellos. El ministro
que los odiaba tanto como ellos lo odiaban a él, pero que por el momento no
podía pensar en castigarlos, pareció aceptar sus explicaciones, de modo que al
menos en apariencia se restableció la paz entre unos y otros.
A la mañana siguiente (lunes 2 de octubre)
los habitantes de Córdoba recibieron la orden de ir a palacio. Cuando llegaron
encontraron al joven Califa en la sala del trono y cerca de él a Mozhafí que
tenía a Fayic a su derecha y Djaudhar a su izquierda, ocupando también los
demás dignatarios sus respectivos puestos. El Cadí Ibn-as-Salim hizo que
prestaran juramento al monarca, primero sus tíos y sus primos, luego los
visires, los empleados de la corte, los principales Coraichitas y los notables
de la capital. Hecho esto, Ibn-Abí-Amir quedó encargado de hacérselo prestar al
resto de la asamblea. La cosa no era fácil, porque había refractarios, pero
gracias a su elocuencia y a su talento persuasivo, Ibn-Abí-Amir consiguió
llevarla a buen término; de modo que apenas quedaron dos o tres personas que
persistieran en su negativa. Todo el mundo convino pues en alabar el tacto y la
habilidad de que el inspector de moneda había dado pruebas en esta ocasión.
Hasta aquí todo había salido bien a Mozhafí y
a sus partidarios, y el porvenir parecía sereno. El pueblo, a juzgar por su
actitud tranquila y resignada, se había acostumbrado a la idea de una regencia,
que antes le inspiraba tanto miedo y aversión. Pero estas apariencias eran
engañosas; el fuego se ocultaba bajo las cenizas. Maldecíase en secreto a los
grandes señores, ávidos y ambiciosos que se habían apoderado del poder y que
habían inaugurado su reinado con el asesinato del infeliz Moghira. Los eunucos
eslavos tuvieron buen cuidado de fomentar el descontento de la capital, y en
poco tiempo llegó a ser tal, que de un momento a otro podía convertirse en
rebelión. Ibn-Abí-Amir que no se hacía ilusiones sobre el estado de los ánimos,
aconsejó entonces a Mozhafí intimidar al pueblo con un paseo militar, despertar
el amor que siempre había tenido a sus monarcas, enseñándole al joven Califa y
contentarlo con la abolición de algún impuesto. Habiendo aprobado el ministro
estas proposiciones, se resolvió que el Califa se presentara al pueblo el
sábado 7 de octubre. En la mañana de este día, Mozhafí, que hasta entonces no
había llevado más que el título de visir, fue nombrado, o más bien, se nombró a
sí mismo hadjib o primer ministro, mientras que Ibn-Abí-Amir por
voluntad expresa de Aurora fue promovido a la dignidad de visir con encargo de
gobernar juntamente el Estado con Mozhafí. En seguida Hixem II recorrió a
caballo las calles de la capital, rodeado de un número inmenso de soldados, y
acompañado de Ibn-Abí-Amir. Al mismo tiempo se publicó un decreto por el cual
fue abolido el impuesto sobre el aceite, uno de los más odiosos, y que pesaba
principalmente sobre las clases inferiores. Estas medidas, y sobre todo la
última, produjeron el efecto que se habían propuesto, y como Ibn-Abí-Amir, tuvo
buen cuidado de que se supiera por sus amigos que él era quien había aconsejado
la abolición del impuesto sobre el aceite; el pueblo de las calles le proclamó
un verdadero amigo de los pobres.
Todavía, sin embargo, los eunucos continuaron
urdiendo complots, y Mozhafí fue informado por sus espías de que personas muy
sospechosas y que parecían servir de intermediarias entre los eunucos y sus
amigos de fuera, entraban y salían sin cesar por la puerta de Hierro. A fin de
hacer más fácil la vigilancia, el primer ministro hizo tapiar esta puerta, de
modo que ya no se podía entrar en palacio más que por la de la Sodda. Además
suplicó a Ibn-Abí- Amir, que hiciera todos los esfuerzos posibles para quitar a
Fayic y a Djauhar todos sus servidores armados que no eran ni eunucos ni
esclavos. Ibn-Abí-Amir se lo prometió, y lo cumplió tan bien, que a fuerza de
dinero y de promesas, quinientos hombres dejaron el servicio de los eunucos por
el suyo. Como podía contar además con el apoyo del regimiento africano, de los
Beni-Birzer, su poder era mucho mayor que el de sus adversarios. Djauhar lo
conoció, y muy descontento de lo que sabía, presentó su dimisión de gran
halconero, y pidió permiso para retirarse del palacio del Califa. Esto no era
más que una astucia. Creyendo que no podían pasarse sin sus servicios, estaba
seguro de que su dimisión no sería aceptada, y que entonces tendría ocasión de
dictar a sus adversarios las condiciones con que consentía permanecer en su
puesto. Pero se engañó. Contra lo que esperaba, le aceptaron la dimisión. Sus
partidarios se exasperaron atrozmente, y se deshicieron en invectivas y en
amenazas contra Mozhafí, e Ibn-Abí- Amir. Dorrí, mayordomo segundo, uno de sus
jefes, se señaló sobre todos por la violencia de sus discursos. entonces
Mozhafí encargó a Ibn-Abí-Amir que buscara un medio cualquiera para deshacerse
de este hombre. El medio no era difícil de encontrar. Dorrí era señor de Baeza,
y los habitantes de este distrito tenían mucho que sufrir con la tiranía y la
rapacidad de los intendentes de su amo. Ibn-Abí-Amir, se aprovechó de esta
circunstancia. Mandó decir secretamente a los habitantes de Baeza que si
querían presentar querella contra su señor y sus empleados, podían estar seguros
de que el gobierno les daría la razón. No dejaron de hacerlo, y Dorrí fue
requerido por orden del Califa de ir al visirato, a fin de carearlo con sus
súbditos. Obedeció, pero habiendo llegado a la casa, y viendo que se había
desplegado grande aparato militar quiso retroceder, pero Ibn-Abí-Amir lo
impidió cogiéndolo por el cuello. Siguióse una lucha, en la que Dorrí cogió a
su adversario por la barba. Entonces Ibn-Abí-Amir, llamó a los soldados en su
auxilio. Sus tropas españolas no se movieron, porque respetaban demasiado a
Dorrí para atreverse a poner las manos sobre él, pero los Beni-Birzel, que no
tenían estos escrúpulos, acudieron en seguida, arrestaron a Dorrí y comenzaron
a maltratarlo. Un sablazo de plano lo dejó sin sentido, y así lo llevaron a su
casa, donde lo acabaron durante la noche.
Conociendo que con este asesinato se habían
malquistado irreparablemente con los eslavos, ambos ministros tomaron al punto
una medida decisiva. Fayic y sus amigos recibieron orden del Califa para salir
en seguida de palacio; luego se les formó causa por malversación y fueron
condenados a multas muy considerables, que empobreciéndolos los dejaron en
estado de no poder dañar a los ministros. Respecto de Fayic, que se creyó el
más peligroso de todos, se procedió todavía con más rigor: fue desterrado a una
de las Baleares, donde murió poco después. En cuanto a los eunucos menos
comprometidos, se les dejaron sus empleos, y Socr, uno de ellos, fue nombrado
jefe de palacio y de los guardias de corps.
Estas medidas, aunque tomadas por los
dumviros en su propio interés, los hacían sin embargo populares. El odio que
los Cordobeses profesaban a los Eslavos, de quien tanto habían tenido que
sufrir, era inmenso y se regocijaron mucho de su ruina.
Por otra parte, se murmuraba mucho del
gobierno por su inacción con los Cristianos del Norte. Estos que, como ya hemos
dicho, habían vuelto a comenzar sus hostilidades cuando Haquem II cayó enfermo,
se hacían cada día más audaces, y llevaban sus atrevidas expediciones hasta las
mismas puertas de Córdoba. Mozhafí no carecía para rechazarlos ni de dinero, ni
de tropas, pero no entendiendo nada de guerra, no hacía casi nada en defensa
del país. La sultana Aurora se alarmaba con razón, tanto de los progresos de
los Cristianos, como del descontento de los Andaluces, que era su consecuencia.
Comunicó sus temores a Ibn-Abí-Amir a quien hacía mucho tiempo que indignaban
la debilidad y la incapacidad de su colega, pero que tranquilizó a la Sultana
diciéndole que, si conseguía obtener dinero y el mando del ejército estaba
seguro de vencer al enemigo. Después de esta conversación, dijo expresamente a
su colega que, si persistía en su inactividad pronto se les escaparía el poder
y que no solo era su deber sino también su interés tomar sin demoras medidas
enérgicas. Mozhafí, que conocía tenía razón, reunió entonces a los visires y
les propuso enviar un ejército contra los Cristianos. Esta proposición
combatida por alguno, fue aprobada por la mayoría y se trataba solo de saber
quién mandaría el ejército, pero la responsabilidad en aquellas circunstancias
parecía tan grande a los visires, que ninguno de ellos quiso tomarla sobre sí.
«Yo me encargo de mandar las tropas, dijo entonces Ibn-Abí-Amir, pero a
condición de que he de tener libertad de elegirlas por mí mismo y de que se me
ha de dar un subsidio de cien mil monedas de oro.» Esta suma pareció
exorbitante a un visir y lo dijo. «Pues bien, exclamó entonces Ibn-Abí-Amir,
tomad vos doscientas mil y poneos a la cabeza del ejército si os atrevéis» El
otro no se atrevió y se resolvió confiar el mando a Ibn-Abí-Amir y darle el
dinero que pedía.
Habiendo elegido para acompañarle las mejores
tropas del Imperio, el visir salió a campaña hacia fines de febrero del 977.
Pasó la frontera y puso sitio delante de la fortaleza de los Baños, una de las
que Ramiro II, había hecho reedificar después de la gloriosa victoria de
Simanca. Habiéndose hecho dueño del arrabal, recogió un considerable botín y
hacia mediados de abril volvió a Córdoba con gran número de prisioneros.
El resultado de esta campaña, bien que en el
fondo poco importante causó sin embargo gran alegría en la capital, lo que era muy
natural en aquellas circunstancias. Por primera vez desde el principio de la
guerra, el ejército musulmán había vuelto a tomar la ofensiva y dado una
lección al enemigo, lección de que este se acordó tanto, que en adelante no se
atrevió ya a venir a turbar el sueño de los Cordobeses. Esto era mucho a los
ojos de estos últimos y por el pronto no pedían más, pero si acaso exageraban
los triunfos obtenidos, es imposible desconocer la gran importancia de esta
campaña para el mismo Ibn-Abí-Amir. Queriendo ganarse el afecto del ejército,
que acaso tenía aun cierta desconfianza de este ex-cadí, transformado en
general, prodigó el oro que había recibido a título de subsidio y durante toda
la duración de la campaña tuvo mesa franca. Consiguió plenamente su proyecto.
Oficiales y soldados se extasiaban con la afabilidad del visir, con su
liberalidad y hasta con los talentos de sus cocineros. En adelante podía contar
con su adhesión; siempre que continuara recompensando con largueza sus
servicios, eran suyos en cuerpo y alma.
VIII
A medida que aumentaba el poder de
Ibn-Abí-Amir, Mozhafí perdía su influencia. Era hombre de escaso mérito y de
humilde cuna, pero como su padre, berberisco valenciano, había sido el
preceptor de Haquem, pronto este príncipe trasladó al hijo el afecto y la
estimación que había tenido para el padre. Mozhafí tenía por otra parte las
prendas que Haquem más estimaba; era literato y poeta. Su fortuna había sido
maravillosa. De secretarlo íntimo de Haquem había llegado a ser sucesivamente
coronel del segundo regimiento de la «Chorta», gobernador de Mallorca, y primer
secretario de Estado. Pero no había sabido hacerse amigos. Tenía toda la
vanidad de un advenedizo, y su insoportable orgullo mortificaba a los nobles,
que lo menospreciaban a causa de su baja extracción. Cuando llegó a primer
ministro, parece que quiso al principio corregirse de este defecto, pero no
tardó en volver a tomar su modo altanero. Su probidad era más que sospechosa.
Verdad es que pocos funcionarios estaban entonces al abrigo de esta censura,
así es que acaso se le hubieran perdonado sus manifiestas concusiones, si
hubiera consentido en partirlas con otros, pero él lo guardaba todo para sí, y
esto era lo que no le perdonaban. Se le acusaba además de nepotismo; casi todos
los empleos importantes estaban en manos de sus hijos y de sus sobrinos. De los
talentos que se requieren en un hombre de Estado no poseía ninguno. En
cualquier circunstancia que salía de lo ordinario, no sabía nunca qué decir, ni
qué hacer; necesitaba de otras personas que pensaran y obraran por él, y por lo
común era a Ibn-Abí-Amir a quien se dirigía. Pero ¿se contentaría mucho tiempo
con el papel de confidente y consejero que Mozhafí le hacía representar? Los
espíritus previsores dudaban de ello; creían que no estaba lejano el momento en
que Ibn-Abí-Amir querría ser primer ministro de nombre, como lo era de hecho.
Y no se engañaban. Ibn-Abí-Amir, había
resuelto ya derribar a Mozhafí y trabajaba en ello activa, pero sordamente. En
nada cambió su conducta con respecto a su colega; continuó tratándolo con el
mismo respeto que antes, pero secretamente lo contrariaba en todo y no perdía
ocasión de llamar la atención de Aurora sobre su incapacidad y las faltas que
cometía.
Mozhafí no se apercibía de nada; no era a
Ibn-Abí-Amir a quien temía, lo creía por el contrario su mejor amigo, a quien
temía era a Galib, gobernador de la Frontera inferior que tenía sobre las
tropas una influencia ilimitada. En efecto, Galib odiaba y despreciaba a
Mozhafí y no hacía de ello un secreto. Justamente orgulloso con los laureles
que había recogido en no sé cuántos campos de batalla, se indignaba de que un
hombre salido del polvo y que no había sacado nunca la espada, fuera primer
ministro. Decía a voces, que le pertenecía este puesto. En apariencia obedecía
todavía a Mozhafí, pero su conducta, al menos ambigua, mostraba suficientemente
que el gobierno no podía contar con él. Desde la muerte de Haquem, hacía la
guerra a los Cristianos con una desidia que formaba extraño contraste con la
conocida energía de su carácter. Él no era todavía traidor, ni se había puesto
todavía en abierta rebelión, aún no había llamado a los Cristianos en su ayuda,
pero su conducta daba a entender que haría todo esto antes de poco y si lo
hacía, la caída del primer ministro era inevitable. ¿Cómo hubiera este de
resistir al mejor general y a los mejores soldados del imperio secundados por
Leoneses y Castellanos? Por otra parte, al menor descalabro que experimentara,
sus numerosos enemigos cogerían la ocasión por los cabellos, para hacerle
perder su puesto, sus riquezas y su cabeza quizá.
Mozhafí era bastante perspicaz para no
desconocer el peligro que le amenazaba y en su apuro pidió consejo a sus
visires y sobre todo a Ibn-Abí-Amir. Le respondieron que debía procurarse la
amistad de Galib a toda costa y entonces Ibn-Abí-Amir se ofreció como mediador.
La campaña que se iba a abrir le ofrecería ocasión de abocarse con el
gobernador de la Frontera inferior y cuando esto sucediera, él se prometía
lograr la reconciliación que Mozhafí deseaba. Tales eran sus palabras, pero
meditaba un objeto muy distinto. Esperando llegar a un brillante resultado no
repugnaban a su ambición las vías tortuosas y en vez de tratar de conciliar a
ambos rivales, pensaba por el contrario en el medio de malquistarlos más. Así
lo hizo. Asegurando siempre a Mozhafí de su entera adhesión a sus intereses,
alababa a Aurora el gran talento de Galib, repetía a cada instante que no podía
pasarse sin los grandes servicios de este general y que era preciso atraérselo,
dándole un título más elevado que el que tenía. Sus manejos produjeron fruto.
Gracias a la influencia de Aurora, Galib fue promovido a la dignidad de
Dzhul-vizaratain, (jefe de la administración militar y civil) y generalísimo de
todo el ejército de la Frontera; pero Mozhafí no se había opuesto a esta
medida; antes, por el contrario, había convenido en ella porque Ibn Abí-Amir le
había dicho que sería el primer paso hacia la reconciliación.
El 23 de mayo, un mes solo después de su
vuelta a Córdoba, Ibn-Abí-Amir, que acababa de ser nombrado generalísimo del
ejército de la capital, emprendió su segunda expedición. En Madrid tuvo una
entrevista con Galib. Se mostró hacia él lleno de consideraciones y deferencias
y se ganó su efecto diciéndole que consideraba a Mozhafí enteramente indigno
del elevado puesto que ocupaba. Pronto se trabó una estrecha alianza entre los
dos generales que convinieron en trabajar de concierto en la caída de Mozhafí.
Luego habiendo pasado la Frontera, tomaron la fortaleza de Mola, donde
recogieron mucho botín y prisioneros. Concluida la campaña se despidieron uno
de otro, pero en el momento de separarse Galib dijo a su nuevo amigo. «Esta
expedición ha tenido pleno éxito; ella os procurará gran fama y la corte ha de
regocijarse tanto que no pensará en investigar vuestras intenciones ulteriores.
Aprovechad esta circunstancia y no salgáis de palacio sin haber sido nombrado
prefecto de la capital en lugar del hijo de Mozhafí.» Habiendo prometido
Ibn-Abí-Amir no olvidarse de este consejo, volvió a tomar el camino de Córdoba
mientras que Galib se volvía a su gobierno.
A decir verdad, el honor de la campaña
correspondía a Galib. Él era quien todo lo había dirigido y ordenado, e
Ibn-Abí-Amir, que estaba haciendo aun su aprendizaje en expediciones militares,
se había guardado muy bien de contradecir en nada a este general experimentado
y envejecido en el ejercicio de las armas. Pero el mismo Galib que quería
elevar a su joven aliado, presentó las cosas bajo otro punto de vista.
Apresuróse a escribir al Califa que Ibn-Abí-Amir había hecho maravillas, que a
él solo se le debían los triunfos obtenidos y que era acreedor a una brillante
recompensa. Esta carta que la corte había recibido antes de la vuelta de
Ibn-Abí-Amir, la había dispuesto en su favor, así que obtuvo sin gran trabajo
el ser nombrado prefecto de la capital en reemplazo del hijo de Mozhafí. ¿Cómo
había de rehusarse nada a un general que venía triunfante por segunda vez y del
que el mayor guerrero de la época alababa la pericia y el valor? Y luego se
salía a poca costa del hijo de Mozhafí que no debía su elevación más que a la
influencia de su padre y que lejos de justificarla con su conducta, se había
mostrado completamente indigno de ella. En efecto, su avidez era tal que por
poco dinero que le dieran cerraba los ojos aun sobre los crímenes más
abominables. Se decía con razón, que ya no había policía en Córdoba, que los
ladrones de alta y baja estofa campaban por sus respetos, que era preciso velar
toda la noche para no ser robado o muerto en su misma casa, en una palabra, que
los habitantes de una ciudad fronteriza estaban más seguros que los que moraban
en la residencia del Califa. Provisto da su diploma de prefecto, y vestido con
la pelliza de honor con que se le había remunerado, Ibn-Abí-Amir fue al punto
al palacio de la Prefectura. Mohamed-Mozhafí estaba allí sentado con toda la
pompa propia de su rango. Su sucesor le enseñó la orden del Califa y le dijo
que podía retirarse. Él obedeció suspirando.
Instalado apenas en su nuevo empleo, tomó
Ibn-Abí-Amir las medidas más enérgicas para restablecer la seguridad en la
capital, Dijo a los agentes de la policía, que tenía la firme intención de
castigar severamente a todos los malhechores, sin acepción de personas, y los
amenazó con las más graves penas, si se dejaban sobornar. Intimidados por su
firmeza, y sabiendo además que ejercía sobre ellos la más exquisita vigilancia,
los agentes cumplieron desde entonces con su deber. Pronto se conoció en la
capital. Los robos y asesinatos eran más raros cada día; el orden y la
seguridad renacían; las gentes honradas podían dormir tranquilas; la policía
estaba allí y velaba. Por lo demás, el prefecto mostró con un notable ejemplo,
que hablaba seriamente, cuando dijo que a nadie había de perdonar. Habiendo
cometido su propio hijo una fechoría, y habiendo caído en manos de la policía,
le mandó dar tantos correazos, que el joven expiró poco después de sufrir el
castigo.
Sin embargo, Mozhafí, había abierto al fin
los ojos. La destitución de su hijo resuelta en su ausencia, y a escondidas
suyas, no le permitía dudar de la duplicidad de Ibn-Abí-Amir. ¿Pero qué podía
contra él? Su rival era ya mucho más potente. Se apoyaba en la Sultana, de
quien se creía el amante, y en las principales familias, que ligadas a los
Omeyas por el lazo de la clientela se trasmitían de padres a hijos los empleos
de la corte, y que preferían ver al frente de los negocios un sujeto de buena
casa como Ibn-Abí-Amir, a un advenedizo que los había mortificado con un
orgullo ridículo que nada justificaba. Podía contar además con el ejército, que
cada día le era más adicto, y con la población de la capital que le estaba
profundamente reconocida a causa de la seguridad que le había devuelto. ¿Qué
podía oponer Mozhafí a todo esto? Nada, si no es el apoyo de algunos individuos
aislados, que le debían su fortuna, pero con cuya gratitud no había mucho que
contar. En esta lucha de la medianía contra el genio, las fuerzas eran
demasiado desiguales. Mozhafí lo comprendió, conoció que no le quedaba más que
un medio de salvación, y resolvió ganarse a Galib a cualquiera costa.
Escribióle haciéndole las promesas más
brillantes y seductoras, y para sellar su alianza le pidió la mano de su hija
Asma para su hijo Otmán. El general se dejó alucinar, y olvidando su odio,
respondió al ministro que aceptaba sus ofertas, y consentía en el matrimonio
propuesto. Mozhafí se apresuró a cogerle la palabra, y ya estaba el contrato de
matrimonio redactado y firmado, cuando Ibn-Abí-Amir se olió estos manejos que
contrariaban todos sus proyectos. Sin perder momento hizo jugar, para
desbaratar los planes de su colega, todos los resortes que podía mover. A
petición suya escribieron a Galib los personajes más influyentes de la corte, y
él también le escribió para decirle que Mozhafí le tendía un lazo, para
recordarle todas las quejas que tenía contra el ministro, y para conjurarle que
permaneciera fiel a las promesas que le había hecho durante la última campaña.
En cuanto al matrimonio proyectado, le decía, que si Galib deseaba para su hija
una ilustre alianza, no debía entregarla al hijo de un advenedizo, sino a él, a
Ibn-Abí-Amir.
Galib se dejó persuadir de que se había
equivocado. Mandó decir a Mozhafí que el matrimonio de que se había hablado no
podía verificarse, y en el mes de agosto o setiembre se redactó y firmó un
nuevo contrato, en virtud del cual Asma debía ser esposa de Ibn-Abí-Amir.
Poco después, el 18 de setiembre salió este
último de nuevo de campaña. Tomó el camino de Toledo, y habiendo reunido sus
fuerzas a las de su futuro suegro, quitó a los Cristianos dos castillos, así
como también los arrabales de Salamanca. A su vuelta, recibió el título de
Dhul-vizaratain con un sueldo de ochenta monedas de oro mensuales. El mismo
hadjib no tenía más.
Entretanto se aproximaba el tiempo fijado
para el matrimonio, y el Califa, o más bien su madre, la que si realmente era
querida de Ibn-Abí-Amir no era celosa, invitó a Galib a venir a Córdoba con su
hija. Cuando llegó fue colmado de honores; se le dio el título de hadjib,
y como ya era Dhul-vizaratain y Mozhafí no lo era, fue desde entonces el primer
dignatario del imperio, y por tanto, ocupaba el primer lugar en las sesiones
solemnes, teniendo entonces a Mozhafí a la derecha y a Ibn-Abí-Amir a la
izquierda.
El matrimonio de este último con Asma, fue
celebrado el primer día del año, fiesta cristiana, pero en la que también los
musulmanes tomaban parte. Habiéndose encargado el Califa de todos los gastos,
los festines fueron de incomparable magnificencia, y los Cordobeses no se
acordaban de haber visto jamás una comitiva tan soberbia como la que rodeaba a
Asma cuando salió del palacio del Califa para ir al de su prometido.
Añadamos que, aunque este matrimonio se hizo
por interés, fue sin embargo dichoso. Asma juntaba un espíritu muy cultivado a
una belleza atractiva, y supo cautivar el corazón de su esposo, que le dio
siempre la preferencia sobre sus demás mujeres.
En cuanto a Mozhafí, desde que Galib rechazó
su alianza, se consideró perdido. Sus hechuras le abandonaban para incensar a
su rival. Antes, cuando iba a palacio, se disputaban el honor de acompañarle;
ahora iba solo. Su poder era nulo. Las medidas más importantes se tomaban sin
su conocimiento. El infortunado viejo veía aproximarse la tormenta, y la
esperaba con melancólica resignación. La horrible catástrofe llegó antes aun de
lo que creyera. El lunes 26 de marzo del 978 él, sus hijos y sus sobrinos quedaron
destituidos de todas sus funciones y dignidades, y se dio la orden de
prenderlos y secuestrar sus bienes hasta que se les reconocieran inocentes del
crimen de malversación de que se le acusaba.
Aunque semejante suceso no pudiera
sorprenderlo, conmovió profundamente a Mozhafí. Su conciencia no estaba
tranquila. Alguna injusticia que había cometido durante su larga carrera, se
presentaba a su conciencia y la remordía. Cuando se despidió de su familia, la
dijo: «No volveréis a verme vivo; la terrible oración ha sido escuchada; hace
cuarenta años que espero esto.» Preguntado por el sentido de estas palabras
enigmáticas, dijo: «Cuando todavía reinaba Abderramán, fui encargado de
informar contra un acusado, y de juzgarlo. Yo lo encontré inocente, pero tenía
mis razones para decir que no lo era, de modo que tuvo que sufrir una pena
infamante; perdió sus bienes y estuvo en la cárcel mucho tiempo. Una noche que
dormía, oí una voz que me gritaba: ¡Devuelve la libertad a ese hombre! Su
oración ha sido escuchada, y llegará un día en que la suerte que le ha herido
te hiera a tí también.» En efecto, me levanté sobresaltado y lleno de terror.
Mandé llamar a aquel hombre, y le rogué que me perdonara. No quiso. Entonces le
supliqué que al menos me dijera si había dirigido a Dios una plegaria que me
concernía.
—Sí, me respondió; he pedido a Dios que te
haga morir en un calabozo tan estrecho como aquel en que tú me has hecho gemir
por tanto tiempo. Entonces me arrepentí de mi injusticia y devolví la libertad
al que había sido víctima de ella. Pero el arrepentimiento venía demasiado
tarde.
Los acusados fueron llevados a Azahara donde
estaba la prisión de Estado. El general Hixem-Mozhafí, sobrino del ministro,
que había ofendido a Ibn-Abí-Amir, atribuyéndose la gloria de los triunfos
obtenidos en la última campaña, fue la primera víctima del resentimiento de
este hombre poderoso. Apenas hubo llegado a la prisión, cuando lo ejecutaron.
El consejo de Estado fue el encargado de
instruir la causa de Mozhafí. Duró mucho tiempo. No faltaban pruebas para
declarar que durante su ministerio Mozhafí se había hecho reo de malversación,
y por consiguiente, sus bienes fueron en parte confiscados, y su magnífico
palacio, del barrio de la Ruzafa, vendido en subasta pública. Pero nuevas
acusaciones surgían sin cesar contra él, y los visires que querían complacer a
Ibn-Abí-Amir, se apresuraban a acogerlas. Condenado así, en diferentes
ocasiones, y por diversos delitos Mozhafí fue despojado poco a poco de todo lo
que poseía, y sin embargo los visires que creían que le quedaba todavía algo
que pudieran arrebatarle, continuaban vejándolo y ultrajándolo. La última vez
que fue citado a comparecer delante de sus jueces, estaba tan debilitado por la
edad, la cautividad y la pena, que le costaba trabajo hacer el largo trayecto
desde Azahara al palacio del visirato, y su implacable guardián no cesaba de
repetirle con tono áspero que era preciso andar más de prisa y no hacer esperar
al Consejo. «Poco a poco, hijo mío, le dijo entonces el anciano; deseas que
muera y conseguirás tu deseo. ¡Ay, si yo pudiera comprar la muerte, pero Dios
le ha puesto un precio tan grande!» Luego improvisó estos versos.
«No te fíes jamás de la fortuna porque es
mudable ¡Antes, hasta los leones me temían, ahora tiemblo a la vista de un
zorro! ¡Ay, qué vergüenza para un hombre de corazón, verse obligado a implorar
la clemencia de un malvado!»
Cuando llegó ante la presencia de sus jueces,
se sentó en un rincón de la sala sin saludar a nadie, y, viendo esto, el visir
Ibn-jabir, un adulador de Ibn-Abí-Amir, le gritó:
—¿Has tenido tan mala educación, que ignoras
hasta las leyes más elementales de la urbanidad?
Mozhafí guardó silencio; pero como Ibn-Djabir
continuara dirigiéndole injurias, le dijo al fin.
—Tú, sí que faltas a consideraciones que me debes;
pagas mis beneficios con ingratitud y todavía te atreves a decirme que falto a
las leyes de la urbanidad.»
Un poco desconcertado con estas palabras,
pero recobrando al punto su audacia, le contestó Ibn-Djabir:
—¡Mientes! ¿Yo deberte beneficios? Muy por el
contrario» y se puso a enumerar las quejas que tenía contra él.
Cuando hubo concluido:
—No es por eso por lo que te exijo
reconocimiento, le replicó Mozhafí, pero no es menos cierto que cuando te
apropiaste las sumas que te habían confiado y que el difunto Califa (Dios tenga
su alma) quería hacerte cortar la mano derecha, yo pedí y obtuvo tu perdón.
Ibn-Djabir negó el hecho y juró que era una
calumnia infame.
—Yo conjuro a todos los que saben algo de
esto, exclamó entonces el anciano indignado, que declaren si yo he dicho la
verdad o no.
—Sí, hay algo de verdad en lo que decís, le
replicó el visir Ibn-Iyach; sin embargo, en las circunstancias en que os
encontráis, hubieras hecho mejor en no referir esa antigua historia.
—Acaso tengáis razón, le respondió Mozhafí,
pero ese hombre me ha hecho perder la paciencia y he tenido que decir lo que
sentía mi corazón.
El visir Ibn-Djahwar, había escuchado esta
discusión con creciente repugnancia. Aunque no quisiera a Mozhafí y hubiera
contribuido a su caída, sabía que se deben consideraciones hasta a los enemigos
y, sobre todo, a los enemigos vencidos. Tomando entonces la palabra, dijo a
Ibn-Djabir con un tono de autoridad que justificaban largos servicios y un
apellido tan antiguo y casi tan ilustre como el de la misma dinastía. «¿No
sabéis Ibn-Djabir, que el que ha tenido la desdicha de incurrir en la desgracia
del monarca, no debe saludar a los grandes dignatarios del Estado? La razón es
evidente; si esos dignatarios le devuelven su saludo, faltan a sus deberes para
con el Sultán; si no se los devuelven faltan a sus deberes para con Dios. Un
hombre que ha caído en desgracia, no debe pues saludar y Mozhafí lo sabe»
Completamente avergonzado con la lección que
acababa de recibir, Ibn-Djabir guardó silencio, mientras que un fugitivo rayo
de alegría brilló en los ojos casi apagados del desdichado viejo.
Procedióse en seguida al interrogatorio. Como
se producían contra Mozhafí nuevos cargos a fin de sacarle dinero una vez más:
—Juro por lo más sagrado, exclamó, ¡que ya no
tengo nada! Aunque me hagan pedazos no podría daros un solo dirhem.
Lo creyeron y dieron la orden de volverlo a
la cárcel.
A partir de esta época estuvo unas veces
libre, otras preso pero siempre miserable. Ibn-Abí-Amir, parecía tener un
bárbaro placer en atormentarlo y difícilmente se explica el odio implacable que
profesaba a esta medianía que no se hallaba en estado de perjudicarle. Todo lo
que puede conjeturarse sobre esto es, que no podía perdonarle el crimen inútil
que le había obligado a cometer, cuando le obligó a matar a Moghira. Sea de
esto lo que quiera, él lo llevaba tras sí donde quiera que iba, sin suministrarle
siquiera con qué proveer a sus necesidades. Un secretario del ministro cuenta
que, durante una campaña, vio una noche a Mozhafí al lado de la tienda de su
señor, mientras que su hijo Othman le daba de beber, falto de otra cosa mejor,
una mala mezcla de agua y harina. La pena y la desesperación lo consumían y lo
gastaban y exhalaba su dolor en poemas tan armoniosos como conmovedores. Mas,
aunque hubiera dicho un día a su guarda que deseaba la muerte, se agarraba a la
vida con extraña tenacidad; y lo mismo que le faltaron perspicacia y energía
cuando estaba en el poder careció también de dignidad en la desgracia. Para
ablandar al «zorro» descendía a las peticiones más humillantes. Una vez le
suplicó que le confiriera la educación de sus hijos. Ibn-Abí-Amir que no
concebía que se pudiera perder hasta este punto la propia dignidad, no vio más
que una astucia en esta súplica. «Quiere quitarme la reputación y hacerme pasar
por un badulaque, dijo. Muchos me han visto en otro tiempo a la puerta de su
palacio y para recordárselo quiere que se le vea ahora en el patio del mío.
Durante cinco años, Mozhafí arrastró de este
modo su triste y penosa existencia y como parecía obstinarse en no morirse a
despecho de su mucha edad y de los numerosos disgustos, de que lo hartaban, le
quitaron al fin la vida ya sea estrangulándolo, ya emponzoñándolo que en esto
no están de acuerdo los autores árabes. Cuando supo que su antiguo rival había
dejado de vivir, encargó Ibn-Abí-Amir dos de sus empleados para que cuidaran de
su inhumación. Uno de ellos, el secretario Mohamed ibn-Ismael, refiere así la
escena de que había sido testigo: «Encontré que el cadáver no presentaba señal
alguna de violencia. Estaba cubierto solamente con una capa vieja que
pertenecía a un llavero. Un fregón, que mi colega Mohamed ibn-Maslama había
hecho venir, lavó el cuerpo (no exagero nada) sobre la hoja de tina puerta
vieja que había sido arrancada de sus goznes. En seguida llevamos la camilla a
la tumba acompañados solamente del imán de la mezquita, a quien habíamos
encargado de recitar las oraciones de los muertos. Ninguno de los que pasaban
se atrevió a fijar los ojos en el cadáver. Fue para mí una elocuente lección.
Me figuraba que, en la época en que Mozhafí era todavía omnipotente, tenía que
entregarle una exposición destinada a él solo. Me había colocado a su paso,
pero su séquito era tan numeroso y las calles además estaban tan llenas de
gente, que deseaba verlo y saludarlo, que me fue imposible aproximarme a él por
más esfuerzos que hice y me vi obligado a confiar mi memorial a uno de los
secretarios que cabalgaban al lado de la escolta y que eran los encargados de
recibir este género de escritos. Yo comparaba esta escena a aquella de que
acababa de ser testigo, reflexionando en la inconstancia de la fortuna sentía
algo que me oprimía y que me impedía respirar.»
|
![]() |
![]() |