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CAPÍTULO 23LIBRO TERCERO. EL CALIFATOHAQUEN IIV
A pesar de los grandes servicios que
Abderramán III les había hecho, las cortes de León y de Pamplona no se
afligieron por su muerte; por el contrario, vieron en ella el medio de eludir
los tratados y de librarse de la protección musulmana de que comenzaban a
cansarse, desde que ya no necesitaban. Y en efecto, la ocasión parecía propicia
para no cumplir lo que se habían visto obligados a prometer. El sucesor de
Abderramán, Haquem II, pasaba por pacífico; acaso se pensaba que no insistiría
mucho en la ejecución de un tratado concluido por su padre, y en todo caso era
preciso ver si eran tan dichoso en la guerra como aquel lo había sido.
Haquem pudo bien pronto apercibirse de las
intenciones de sus vecinos. Sancho, a quien había requerido para que entregara
al fin las fortalezas estipuladas en el tratado, hallaba toda especie de
razones para dejar este asunto para más adelante. García, a quien había pedido
que le entregara su prisionero Fernán González, rehusaba acceder a esta
demanda, y lo que es más, le devolvió la libertad, después de haberle hecho
prometer que rompería con su yerno Ordoño IV. Fernán González cumplió su
promesa. Por su orden, Ordoño, que se encontraba todavía en Burgos, fue
separado violentamente de su mujer y de sus dos hijas, y trasladado bajo buena
escolta a territorio musulmán. Después, Fernán González, que no estaba ligado
por ningún tratado como el rey de Navarra y el de León, comenzó de nuevo las
hostilidades contra los árabes de modo, que en el mes de febrero del 962,
Haquem se vio obligado a escribir a sus generales y a sus gobernadores que se
dispusieran a entrar en campaña.
En este entretanto, Ordoño el Malo había
llegado a Medinaceli acompañado de veinte señores, únicos que le habían
permanecido leales; vio en esta ciudad los preparativos que se hacían para la
expedición, y esta circunstancia reanimó sus esperanzas en lo porvenir. Lo
mismo que su primo había recobrado el trono, gracias al apoyo de Abderramán,
esperaba recobrarlo a su vez con el socorro de Haquem. Así que declaró a
Ghalib, gobernador de Medinaceli, su deseo de ir a Córdoba a fin de implorar la
protección del monarca. Ghalib consultó a Haquem sobre lo que debería
responderle. El Califa, a quien no le parecía mal tener en su mano un
pretendiente, pero que no quería comprometerse definitivamente todavía, mandó
responderle que podía llevar a Ordoño a Córdoba, pero que no debía hacerle
promesa alguna. Partió, pues, Galib para Córdoba acompañado de Ordoño y su
comitiva. En el camino se encontró un destacamento de caballería que Haquem
había enviado al encuentro de sus huéspedes y en los alrededores de la capital,
otro más numeroso aún. Ordoño no desperdició nada para ganarse el favor de los
oficiales de la escolta. Prodigó las adulaciones y cuando entró en Córdoba les
preguntó dónde estaba la tumba de Abderramán III. Cuando se la enseñaron se
quitó respetuosamente su gorra, se arrodilló volviendo la cabeza hacia el lugar
indicado, e hizo oración por aquel que antes lo había echado del trono. Su
esperanza de recobrar el cetro le hacía olvidar todo lo demás; para conseguir
este objeto estaba decidido a no retroceder ante bajeza alguna.
Después de pasar dos días en un palacio
soberbiamente amueblado, que se le asignó por habitación, recibió Ordoño el
permiso de ir a Zahara donde el Califa lo recibiría en audiencia. Vistióse
entonces una ropilla y una capa de seda blancas, (era probablemente un nuevo
homenaje que hacía a los Omeyas, pues el blanco era el color de esta casa) y se
cubrió con una gorra adornada de piedras preciosas. Los principales Cristianos
de Andalucía, tales como Walid-ibn-Khaizoran, juez de los cristianos de Córdoba
y Obaidallah-ibn-Casim, metropolitano do Toledo, vinieron a buscarlo para
conducirlo a Zahra e instruirlo en las reglas de la etiqueta, en las que la
corte era muy quisquillosa.
Al pasar por las filas de los soldados que
llenaban la entrada de Zahra, Ordoño y sus compañeros leoneses, fingieron
admirarse y aun asustarse de aquel aparato militar; bajaron los ojos e hicieron
la señal de la cruz. Cuando llegaron a la primera puerta de palacio echaron
todos pie a tierra, menos Ordoño y sus leoneses. A la puerta llamada de
«as-soda,» estos últimos tuvieron que hacer otro tanto, pero Ordoño y el
general Ibn-Tomlos, encargado de presentarlo al Califa, continuaron a caballo
hasta que llegaron a un pórtico donde habían puesto sillas para Ordoño y sus
compañeros y que era el mismo en que Sancho había esperado también el momento
de ser presentado al monarca cuando vino a implorar su socorro. Algún tiempo
después recibieron los leoneses permiso para entrar en la sala de Audiencia.
Ordoño se quitó en la puerta su gorra y su capa en señal de respeto y cuando se
le dijo que entrase y se halló frente al trono en que estaba el Califa, rodeado
de sus hermanos, de sus sobrinos, de los visires, del Cadí y de los faquíes, se
arrodilló muchas veces, adelantando algunos pasos a cada genuflexión y llegó,
en fin, a donde estaba el Califa. Este le dio a besar su mano y Ordoño se
retiró, teniendo cuidado de no volver la espalda al Califa, para sentarse en el
sofá de brocado que se le había destinado y que se encontraba a quince pies del
trono. Entonces se aproximaron al Califa los señores leoneses, guardando la
misma ceremonia y, besándole la mano, fueron a colocarse detrás de su señor,
donde se mantenía también Walid ibn-Khaizoran que debía servir de intérprete en
la conferencia.
El Califa guardó algunos momentos de
silencio, para dejar al exrey tiempo de reponerse de la emoción que la vista de
esta augusta asamblea no podía menos de haber producido en su ánimo y luego le
habló en estos términos: «Congratulaos de haber venido y esperad mucho de
nuestra bondad, pues tenemos intención de concederos más de lo que os atrevéis
a imaginar.»
Cuando explicó el intérprete a Ordoño la
significación de estas benignas palabras, se pintó en su cara la alegría, se
levantó y besando el tapiz que cubría las gradas del trono: «Soy, dijo, esclavo
del jefe de los creyentes. Confío en su magnanimidad; en su alta virtud busco
mi apoyo, le doy pleno poder sobre mí y los míos, iré donde me ordenare y le
serviré fiel y lealmente.
—Nosotros os creemos dignos de nuestras
bondades, le respondió el Califa; quedareis satisfecho cuando veáis hasta qué
punto os preferimos a todos vuestros correligionarios y os alegrareis de
haberos guarecido a la sombra de nuestro poder.
Habiendo hablado el Califa de este modo,
Ordoño se arrodilló de nuevo y habiendo pedido la bendición de Dios para el
Califa, expuso su petición en estos términos: «En otro tiempo vino aquí mi
primo Sancho a demandar ayuda contra mí al Califa difunto. Consiguió su demanda
y fue socorrido como no se puede serlo sino por los mayores soberanos del
universo. Yo también vengo a pedir socorro, pero entre mi primo y yo hay una
gran diferencia. Si él vino aquí fue obligado por la necesidad, sus súbditos
censuraban su conducta y lo odiaban y me habían elegido en su lugar, sin que
yo, Dios me es testigo, hubiera ambicionado este honor. A fuerza de súplica
obtuvo del difunto Califa un ejército que lo restableció, pero no se ha
mostrado reconocido por este servicio, y no ha cumplido ni a su bienhechor ni a
vos, ¡oh emir de los creyentes, mi señor! aquello a que se había obligado; yo
he dejado mi reino por mi propia voluntad, y he venido al emir de los creyentes
para poner a su disposición mi persona, mis gentes y mis fortalezas. Tengo,
pues, motivo para decir que hay gran diferencia entre mi primo y yo, y me
atrevo a añadir que he dado pruebas de más confianza y generosidad.
—Hemos escuchado vuestro discurso, y hemos
comprendido vuestro pensamiento, dijo entonces al Califa. Ya veréis de qué modo
recompensamos vuestras buenas intenciones. De una vez había de recibir tantos
beneficios de nosotros, como recibió vuestro competidor de nuestro padre de
feliz memoria, y aunque vuestro adversario tenga el mérito de haber sido el
primero que ha implorado nuestra protección, no es motivo para que os estimemos
menos, ni para que os rehusemos daros lo que le dimos antes. Os volveremos a vuestro
país, os llenamos de júbilo, afirmaremos las bases de vuestro poder real, os
haremos reinar sobre todos los que quieran reconoceros por rey y os enviamos un
tratado, en el que fijaremos los límites de vuestro reino y los del de vuestro
primo. Además, impediremos que este último os inquiete en el territorio que
tenga que cederos. En una palabra, los beneficios que habréis de recibir de
nosotros han de exceder a vuestras esperanzas; Dios sabe que lo que decimos es
lo que pensamos.
Cuando el Califa hablaba de este modo, Ordoño
se arrodilló de nuevo, y habiéndose desecho en acciones de gracias, se levantó
y salió de la sala andando hacia atrás. Habiendo llegado a otra sala dijo a los
eunucos que lo seguían, que estaba asombrado y estupefacto del majestuoso
espectáculo de que habían sido testigo y viendo una silla en la que el Califa
tenía costumbre de sentarse, se arrodilló ante ella. En seguida lo llevaron
ante Djafar, hadjib o primer ministro. Desde que lo vio a lo lejos, le
hizo una profunda reverencia, quiso también besarle la mano, pero el hajib se lo impidió, lo abrazó y haciéndole sentar a su lado, le aseguró que el
Califa le cumpliría las promesas que le había hecho. Luego le mandó dar los
vestidos de honor que el Califa le había destinado, y sus compañeros los
recibieron también, cada uno según su rango, y habiendo saludado al hajib con el más profundo respeto, volvieron con su rey al pórtico, donde Ordoño
encontró un soberbio caballo ricamente enjaezado de las caballerizas del Califa.
Cabalgó en él y con el corazón lleno de esperanza, volvió con sus leoneses y el
general Ibn-Tomlos al palacio que habitaba.
Poco tiempo después se le envió para que lo
firmara un tratado en que se comprometía a vivir siempre en paz con el Califa,
a entregarle su hijo García en rehenes y a no aliarse con Fernán González. Lo
firmó y Haquem puso entonces a su disposición un cuerpo de ejército mandado por
Ghalib. Diéronle además por consejeros a Walid, juez de los cristianos de
Córdoba, Az-bag ibn-Abdalah ibn-Nabil obispo de esta ciudad y Obaidalah
ibn-Casim, metropolitano de Toledo, después de haber ordenado a estos
personajes, a los que debía ser entregado García, que hicieran todos los
esfuerzos posibles para volver los leoneses a la obediencia de Ordoño.
Se hizo gran ruido con estos preparativos
porque esperaban que Sancho se había de intimidar. Este cálculo no era
engañoso. Sancho conocía que su posición era todavía precaria y mal segura.
Galicia rehusaba reconocerle y era de proveer que si volvía Ordoño con un
ejército musulmán podría contar con el apoyo de esta provincia. En cuanto a las
demás del reino, que habían sufrido a Sancho, pero que no lo quieren, todo
inclinaba a creer que lo echarían por segunda vez, antes de exponerse a una
invasión. Sancho tomó pues, bien pronto su partido. En el mes de mayo envió a
Córdoba condes y obispos que dijeran al Califa en su nombre que estaba pronto a
ejecutar todas las cláusulas del tratado. Desde entonces, Haquem que había
obtenido todo lo que quería, no pensó más en cumplir las promesas que había
hecho a Ordoño, de modo, que este desgraciado pretendiente se abatió sin
provecho alguno a las más vergonzosas adulaciones. Parece que no sobrevivió
mucho tiempo a la pérdida de sus esperanzas, la historia por lo menos no habla
más de él, refiriendo tan solo que murió en Córdoba, y todo inclina a creer que
había muerto antes de fines del 965.
Su muerte disipó los temores que Sancho había
concebido. Contando con el apoyo de sus aliados el conde de Castilla, el rey de
Navarra y los condes catalanes Borrel y Mirón, tomó de nuevo un tono más
atrevido y no cumplió mejor que antes las cláusulas del tratado. Vióse pues
obligado Haquem a declarar la guerra a los Cristianos. Dirigió primero sus
armas contra Castilla, tomó San Esteban de Gormaz (963) y obligó a Fernán
González a pedir la paz, que fue rota casi antes que concluida. En seguida
Ghalib ganó la batalla de Atienza. Yhaya ibn-Mohamed Todjibi gobernador de
Zaragoza venció a García, que perdió además la ciudad importante de Calahorra,
la que Haquem hizo rodear de nuevas fortificaciones, al mismo tiempo que hacía
reedificar en Castilla la arruinada fortaleza de Gormaz. En una palabra, aunque
no era amante de la guerra y la hizo contra su voluntad, la hizo tan bien, que
obligó a sus enemigos a pedir la paz. Sancho de León, la solicitó en el 966.
Los condes Borrel y Mirón, que habían sufrido también muchos descalabros,
siguieron su ejemplo, comprometiéndose a desmantelar las fortalezas que tenían
más próximas a las fronteras musulmanas. García de Navarra envió también condes
y obispos a Córdoba y el poderoso conde gallego Rodrigo Velazquez, hizo pedir
la paz por medio de su madre, a quien Haquem recibió con las mayores
deferencias y a quien hizo soberbios regalos.
La paz que el Califa había concluido con casi
todos sus vecinos fue duradera. Haquem era demasiado pacífico para romperla y
los Cristianos se vieron poco después sumidos en tal anarquía, que no pudieron
pensar en volver de nuevo sus armas contra los musulmanes. Mientras que aun
negociaba con el Califa, Sancho atacó a Galicia que hasta entonces le había
permanecido rebelde y ya había logrado someter todo el país que se halla al
Norte del Duero, cuando el conde Gonzalvo, que había reunido contra él un gran
ejército al Sur de este rio, le pidió una entrevista. Tuvo lugar, pero el
pérfido Gonsalvo hizo servir al rey un fruto envenenado, que apenas probó éste,
cuando se sintió desfallecer. El veneno le atacó al corazón, pero sin matarlo
inmediatamente. Parte por gestos, parte por palabras entrecortadas, manifestó
Sancho el deseo de que lo llevaran al punto a León, pero al tercer día murió en
el camino.
Sucedióle su hijo Ramiro, tercero de este
nombre, que no contaba aún más que cinco años, bajo la tutela de su tía Elvira,
monja en el convento de S. Salvador de León; pero los grandes del reino, que no
querían obedecer a una mujer y a un niño, se apresuraron a declararse
independientes. El Estado se halló pues, dividido entre una multitud de
pequeños príncipes y reducido a una completa impotencia. Un ejército de ocho
mil daneses, que habían servido antes bajo Ricardo I de Normandía y que este
duque envió a España, cuando ya no los necesitó, devastaron impunemente Galicia
durante tres años. La regente Elvira, no podía pensar pues en renovar la guerra
contra los árabes.
Las razias contra Castilla, continuaron por
algún tiempo, (pero la muerte de Fernán González en 970, procuró al Califa la
paz con este condado. Desde entonces pudo entregarse enteramente a su afición a
las letras y al desarrollo de la prosperidad pública.
Nunca había reinado en España príncipe tan
sabio, y aunque todos sus predecesores habían sido hombres cultos, aficionados
a enriquecer sus bibliotecas, ninguno buscó con tal ansia libros preciosos y
raros. En el Cairo en Bagdad, en Damasco y en Alejandría, tenía agentes
encargados de copiarle o de comprarle a cualquier precio libros antiguos y
modernos. Su palacio estaba lleno, era un taller donde no se encontraban más
que copistas, encuadernadores y miniaturistas. Solo el catálogo de su
biblioteca se componía de cuarenta y cuatro cuadernos, de veinte hojas, según
unos, de cincuenta según otros, y no contenía más que el título de los libros,
y no su descripción. Cuentan algunos escritores, que el número de volúmenes
subía a cuatrocientos mil. Y Haquem los había leído todos, y, lo que es más,
había anotado la mayor parte. Escribía al principio o al fin de cada libro, el
nombre, el sobrenombre, el nombre patronímico del autor, su familia, su tribu,
el año de su nacimiento y de su muerte y las anécdotas que corrían acerca de
él. Estas noticias eran preciosas. Haquem conocía mejor que nadie la historia
literaria, así, que sus notas han hecho siempre autoridad entre los sabios
andaluces. Libros compuestos en Persia y en Siria, le eran conocidos muchas
veces antes que nadie los hubiera leído en el Oriente. Sabiendo que un sabio
del Iraq, Abul-Faradj Isfahani se ocupaba en reunir noticias de los poetas y
cantores árabes, le envió mil monedas de oro, suplicándole que le mandara un
ejemplar de su obra en cuanto la hubiera terminado. Lleno de reconocimiento se
apresuró Abul-Faradj a satisfacer su deseo. Antes de publicar su magnífica
colección, que es todavía la admiración de los sabios, envió al Califa español
un ejemplar corregido, acompañado de un poema con su alabanza, y de una obra
sobre la genealogía de los Omeyas. Un nuevo presente lo recompensa. En general
la liberalidad de Haquem para con los sabios españoles, y extranjeros, no
conocía límites: así afluían ellos a su corte. El monarca los alentaba y
protegía a todos, hasta a los filósofos, que pudieron al fin entregarse a sus
estudios sin temor de que los mataran los beatos….
Todos los ramos de la enseñanza debían
florecer bajo príncipe tan esclarecido. Las escuelas primarias eran ya buenas y
numerosas. En Andalucía casi todo el mundo sabía leer y escribir, mientras que
en la Europa cristiana a menos que no perteneciera al clero no sabían. También
se enseñaba en las escuelas, Gramática y Retórica. Y, sin embargo, Haquem opinó
que la instrucción no estaba bastante extendida aun, y en su benévola solicitud
por las clases pobres, fundó en la capital veinticinco escuelas, cuyos maestros
eran pagados por él, para que los hijos de padres desvalidos recibieran
educación gratuita. La universidad de Córdoba era entonces una de las más
famosas del mundo. En la mezquita principal (pues aquí era donde se daban las
lecciones,) Abu-Becr-ibn-Moawia, el Coraichita, explicaba las tradiciones
relativas a Mahoma. Abu-Alí-Kalí de Bagdad, alistaba una grande y hermosa
compilación, que contenía una inmensa suma de curiosas noticias, acerca de los
antiguos árabes, sus proverbios, su lengua y su poesía, compilación que publicó
más adelante con el título de «Amali» o «Dictados.» La Gramática era enseñada
por Ibn-Alcutia, que a juicio de Abu-Alí-Khalib, era el gramático más sabio de
España. Otras ciencias tenían representantes no menos ilustres, así es que los
estudiantes que seguían sus cursos se contaban a millares. La mayor parte de
ellos estudiaban lo que se llamaba «el fikh,» es decir, la Teología y el
Derecho, porque esta ciencia llevaba entonces a los puestos más lucrativos.
Del seno de esta juventud universitaria salió
un hombre cuya fama ha de llenar bien pronto, no solo a España, sino al mundo
entero, y que debemos ahora dar a conocer a nuestros lectores.
VI
En uno de los primeros años del reinado de
Haquem II, comían cinco estudiantes en un jardín de las cercanías de Córdoba. A
los postres reinaba gran alegría entre los convidados, uno solo estaba
silencioso y pensativo. Este joven era alto y bien formado, la expresión de su
fisonomía era noble, digna, casi altiva, y su actitud anunciaba un hombre
nacido para el poder. Saliendo al fin de su meditación dijo de pronto:
—No lo dudéis, yo seré un día el señor del
país.
Sus amigos se echaron a reír de esta
exclamación; pero él prosiguió sin desconcertarse.
—Decidme cada uno de vosotros el puesto que
desea, que yo se lo daré cuando reine.
—Pues bien, dijo entonces uno de los
estudiantes; yo encuentro estos buñuelos deliciosos, y pues quo os es igual
desearía ser nombrado inspector del mercado, porque entonces yo tendría
buñuelos a pasto, sin que me costara nada.
—Yo, dijo otro, soy muy aficionado a estos
higos que vienen de Málaga, mi país natal, nombradme Cadí de esta provincia.
—La vista de estos soberbios jardines me
agrada en extremo, dijo el tercero, quisiera ser nombrado prefecto de la
capital.
Pero el cuarto, guardaba silencio, indignado
de los presuntuosos pensamientos de su condiscípulo.
—A tu vez, le dijo este último, pide lo que
quieras.
Y aquel a quien había dirigido la palabra, le
contestó tirándole de la barba:
—Cuando gobiernes España, miserable
fanfarrón, manda que después de haberme frotado con miel, a fin de que las
moscas y las abejas vengan a picarme, me monten sobre un asno mirando hacia la
cola, y que así me paseen por las calles de Córdoba.
Lanzóle el otro una mirada furiosa, pero
tratando de dominar su cólera, dijo:
—Pues bien; cada uno de vosotros será tratado
como desea. Algún día me acordaré de lo que me habéis dicho.
Concluida la comida se separaron, y el
estudiante de los singulares y extravagantes pensamientos, volvió a casa de uno
de sus parientes por parte de madre, donde habitaba. Su huésped le condujo a su
cuartito que estaba en el último piso, y trató de trabar conversación con él,
pero el joven, absorto en sus reflexiones, no le respondió más que por
monosílabos. Viendo que no había medio de sacarle nada, le dejó dándole las
buenas noches. A la mañana siguiente, viendo que no parecía al desayuno, y
creyendo que estaría todavía dormido, subió a su cuarto para despertarlo, pero
con gran sorpresa suya encontró la cama intacta, y al estudiante sentado en el
sofá con la cabeza inclinada sobre el pecho.
—Parece que no te has acostado esta noche, le
dijo.
—Es verdad, le respondió el estudiante.
—¿Y por qué has velado?
—Tenía una idea rara.
—¿En qué pensabas?
—En quién había de nombrar cadi, cuando
gobierne España y haya muerto el que tenemos ahora. He pasado revista con mi
pensamiento a toda España y no conozco más que un hombre solo que merezca tener
este empleo.
—¿Es acaso a Mohamed-ibn-as-Salim a quien
tenías presente?
—Si ¡Dios mío! ese es, ¿veis cómo convenimos?
Como se ve, este joven tenía una idea fija en
que soñaba de día y que no le permitía dormir de noche. ¿Quién era pues, este,
que perdido en la multitud que llena una capital sentía fermentar en sí tan
grandes esperanzas, y a quien sin ninguna relación con la corte se le había
puesto en la cabeza que llegaría a ser ministro? Se llamaba Abu-Amir-Mohamed.
Su familia, la de los Beni-Abí-Amir, que pertenecía a la tribu yemenita de
Moafir, era noble, pero no ilustre. Su séptimo abuelo Abdelmelic, uno de los
pocos árabes que había en el ejército berberisco con que Taric desembarcó en
España, se había distinguido, mandando la división que tomó Carteya, primera
ciudad española que cayó en poder de los musulmanes. En premio de sus servicios
recibió el castillo de Torrox, situado a orillas del Guadiaro, en la provincia
de Algeciras, con las tierras que le pertenecían. Sus descendientes, sin
embargo, no lo habitaron sino a raros intervalos. Por lo común pasaban su
juventud en Córdoba, para buscar empleos en la corte o en la magistratura. Esto
fue lo que hicieron, por ejemplo, Abu-Amir-Mohamed-ibn-al-Walid, biznieto de
Abdelmelic y su hijo Amir. Este último, que desempeñó muchos empleos, era
favorito del Sultán Mohamed a punto que este hizo inscribir su nombre en las
monedas y en los estandartes. Abdallah, padre de nuestro estudiante, fue un
teólogo-jurisconsulto, distinguido y muy piadoso que había hecho la
peregrinación a la Meca. Además, en todo tiempo, esta familia pudo aspirar a
ilustres alianzas: el abuelo de Mohamed, se casó con la hija del renegado
Yahya, hijo del cristiano Isaac, que después de haber sido módico de Abderramán
III, fue nombrado visir y gobernador de Badajoz y su misma madre Boraiba era
hija del magistrado Ibn-Bartal de la tribu de Temim. Pero aunque antigua y
respetable la familia de Beni-Abi-Anizr, no pertenecía a la alta nobleza, era,
si se nos permite la palabra, una buena nobleza de toga, pero no, una nobleza
de espada. Ningún Amirita, si se exceptúa al compañero de Taric, Abdelmelic,
había seguido la carrera de las armas, la más noble entonces; todos habían sido
magistrados o empleados en la corte. Mohamed había sido también destinado a la
judicatura, y el mejor día se despidió de las carcomidas torres, de su casa
hereditaria, para ir a estudiar en la capital, donde ahora seguía los cursos de
Abu-Becr ibn-Moawia el Coraichita, de Abu-Alí-Cali y de Inb-al-Cutia. En cuanto
a su carácter, era un joven de inteligencia y de corazón, pero de natural
exaltado, de imaginación ardiente, de fogoso temperamento, dominado por una
pasión única, pero de violencia singular. Los libros que leía con preferencia
eran las antiguas crónicas nacionales, y lo que más le cautivaba en sus
polvorientas páginas, eran las aventuras de los que saliendo de condición
inferior a la suya, se habían elevado sucesivamente a las primeras dignidades
del Estado. A estos era a los que tomaba por modelos y como no ocultaba sus
ambiciosos pensamientos, sus camaradas lo miraban muchas veces como una cabeza
dislocada. No lo era, sin embargo. Cierto es, que una idea única parecía absorber
todas las facultades de su inteligencia, pero esto no era una especie de
enajenación mental, sino la adivinación del genio. Dotado de gran talento,
fecundo en recursos, firme y audaz cuando convenía, flexible, prudente y mañero
cuando lo exigían las circunstancias, poco escrupuloso por lo demás sobre los
medios que podían llevarlo a un glorioso fin, podía sin presunción aspirar a
todo. Ninguno tenía energía en el mismo grado, ni la acción lenta y continua de
la idea fija; una vez determinado el objeto, su voluntad se erguía, se afirmaba
y marchaba derecha a él.
Sin embargo, sus principios no fueron
brillantes. Acabados sus estudios se vio obligado para ganar su vida, a abrir
un bufete cerca de la puerta de palacio, para escribir las exposiciones de los
que tenían algo que pedir al califa. Más adelante, obtuvo un empleo subalterno
en el Tribunal de Córdoba, pero no supo conciliarse el favor de su jefe el
Cadí. El que ocupaba entonces este cargo, era sin embargo aquel Ibn-as-Salim
que Mohamed estimaba tanto, y no sin motivo, pues era un hombre muy sabio y
honrado, uno de los mejores cadís que hubo en Córdoba, pero era al mismo tiempo
un espíritu frío, positivo, y que tenía una antipatía innata para todos
aquellos, cuyo carácter no se asemejaba al suyo. Las ideas singulares del joven
empleado, y sus habituales distracciones, le disgustaban en el más alto grado;
nada deseaba más que verse libre de él, y por una singular coincidencia la
aversión del Cadí contra Mohamed, procuró a este lo que más anhelaba, un empleo
en la corte. El cadí se había quejado de él al visir Mozafí, suplicándole que
le diera otro empleo. Mozafí le prometió buscárselo, y poco después, buscando
Haquem II un intendente capaz de administrar les bienes de su primogénito
Abderramán, que tenía entonces cinco años, le recomendó a Mohamed ibn-Abí-Amir.
Sin embargo, la elección da este intendente no dependía del Califa solo,
dependía sobre todo de la Sultana favorita Aurora, vascongada de nacimiento,
que tenía gran imperio en el ánimo da su esposo. Muchos le fueron presentados,
pero Ibn-Abí-Amir le encantó por su buena presencia y la distinción de sus
maneras. Fue preferido a todos sus competidores, y el sábado 23 de Febrero del
976 fue nombrado intendente de los bienes de Abderramán, con un sueldo de
quince monedas de oro mensuales. Tenía entonces veintiséis años.
Él no excusó nada para insinuarse todavía más
en el favor de Aurora y lo logró tan completamente que, ella le nombró también
intendente de sus bienes propios y siete meses después de su entrada en la
corte fue nombrado inspector de moneda. Gracias a este último empleo, tenía
siempre sumas considerables a su disposición que aprovechó para procurarse
amigos entre los grandes. Siempre que cualquiera de ellos, se hallaba escaso de
recursos (lo que con el tren que gastaban no podía dejar de sucederle con frecuencia)
se hallaba dispuesto a sacarlos del apuro. Se refiere por ejemplo que Mohamed
ibn-Aflah, cliente del Califa y empleado en la corte que estaba lleno de
deudas, por los enormes dispendios que había hecho con ocasión del matrimonio
de su hija, le llevó a la casa de la moneda una brida adornada de pedrería,
suplicándole le prestara algún dinero sobre esta prenda que, según decía, era
lo único de valor que le quedaba. Apenas acabó de hablar, cuando Ibn-Abi-Amir,
mandó a uno de sus empleados que pesara la brida y dieran a Ibn-Aflah su peso
en monedas de oro. Asombrado de semejante generosidad, (por que el hierro y el
cuero de la brida tenían mucho peso) apenas quería creer a sus oídos cuando oyó
al inspector dar esta orden, pero debió rendirse a la evidencia, cuando al cabo
de pocos instantes le dijeron que pusiera su capa en la cual vertieron un
verdadero rio de monedas de plata, de modo que no solo pudo pagar sus deudas,
sino que le quedó todavía una suma considerable. Así que tenía costumbre de
decir: «Yo quiero a Ibn-Alí-Amir con toda mi alma y aunque me ordenara
rebelarme contra mi soberano, no vacilaría en obedecerle»
De esta manera Ibn-Alí-Amir, se creó un
partido ligado a sus intereses, pero lo que consideraba como su principal deber
era satisfacer los caprichos de la Sultana y colmarla de regalos tales como
jamás los había recibido. Sus invenciones eran muchas veces ingeniosas. Por
ejemplo, una vez mandó fabricar con gran coste un pequeño palacio de plata, y
cuando se acabó este magnífico juguete, hizo que lo llevaran sus esclavos al
palacio del Califa con gran admiración de los habitantes de la capital, que no
habían visto jamás obra tan soberbia de platería. Era un regalo para Aurora.
Ella no dejó de admirarlo y desde entonces no desperdició ocasión de alabar el
mérito de su protegido y de adelantarlo en su fortuna. La intimidad que reinaba
entre ambos llegó a ser tal, que dio que murmurar a los maldicientes. Las demás
damas del harem recibían también regalos de Ibn-Abí-Amir. Todas se enajenaban
con su generosidad, la dulzura de su lenguaje y la suprema distinción de sus
maneras. El viejo Califa, no comprendía nada. «Yo no sé, decía un día a uno de
sus más íntimos amigos, qué medios emplea ese joven para reinar en el corazón
de las damas de mi harén. Yo les doy todo lo que pueden desear, pero nada les
agrada si no proviene de él. Yo no sé si debo mirarlo solamente, como un
servidor de singular inteligencia o como un gran mago. Así es que no estoy sin
recelo por el dinero público que está en sus manos»
En efecto, el joven inspector corrida gran
peligro por esta parte. Había sido muy generoso con sus amigos, pero lo había
sido a expensas del tesoro y como su rápida fortuna, no había dejado de crearle
envidiosos, llegó un día en que sus enemigos le acusaron al Califa de
malversación. Obligado a ir sin dilación a palacio, a fin de presentar sus
cuentas y el dinero que le había sido confiado, prometió hacerlo, pero se
apresuró a buscar a su amigo el visir ibn-Hodair y habiéndole expuesto
francamente, la difícil y peligrosa situación en que se encontraba, le pidió
que le prestara el dinero que le faltaba para llenar el déficit. Ibn-Hodair le
dio al momento la suma pedida. Entonces Ibn- Abí-Amir, se presentó al Califa y
presentándole sus cuentas, así como el dinero que debía tener, confundió a sus
acusadores. Estos, creyendo hacerlo caer en desgracia, le proporcionaron, por
el contrario, un brillante triunfo. El Califa los trató de calumniadores y se
deshizo en elogios de la capacidad y probidad del inspector de moneda. Colmóle
de nuevas dignidades. A principios de diciembre del 969, le dio el cargo de
curador de sucesiones vacantes y once meses después el de Cadí de Sevilla y
Niebla; luego, habiendo muerto el joven Abderramán, lo nombró intendente de los
bienes de Hixem, que era desde entonces el presunto heredero de la corona,
(Julio del 970.) Ni acabó aquí. En febrero del 972 fue nombrado Ibn-Abí-Amir,
comandante del segundo regimiento del cuerpo que llevaba el nombre de «Chorta»
y que estaba encargado de la policía de la capital. A le edad de treinta y un
años, acumulaba pues, cinco o seis destinos importantes y muy lucrativos. Así,
que vivía con un lujo fastuoso y casi regio. El palacio que había hecho
edificar en la Ruzafa era de incomparable magnificencia. Un ejército de
secretarios y de otros empleados, elegidos en las clases más elevadas de la
sociedad, hacían circular allí el movimiento y la vida. Había mesa franca, la
puerta estaba siempre llena de pretendientes. Por lo demás, Ibn-Abí-Amir,
aprovechaba todas las ocasiones de hacerse popular y lo lograba completamente.
Todo el mundo alababa su agrado, su cortesía, su generosidad; no había sobre
esto más que una opinión.
El estudiante de Torrox había llegado ya a
una elevada fortuna, pero quería subir más y para alcanzar este objeto, pensaba
que le era preciso sobre todo hacerse amigos entre los generales. Los asuntos
de la Mauritania le suministraron los medios. Aquí, la guerra entre los
Fatimitas y los Omeyas, no había cesado un sólo instante, pero había tomado un
carácter nuevo. Abderramán III había combatido a los Fatimitas para preservar
su patria de la invasión extranjera. En la época de que nos ocupamos este peligro
había dejado de existir. Los Fatimitas habían vuelto sus armas contra Egipto.
En el año 966 lo conquistaron y tres años después, su Califa Moezz, abandonó
Manzuria, capital de su imperio, para fijar su residencia en las orillas del
Nilo, después de haber confiado el Virreinato de Ifrikia y de la Mauritania, al
príncipe Cinhedjita Abul-Fotuh Yusuf ibn-Ziri. Desde entonces España no tenía
nada que temer de los pretendidos descendientes de Alí y como las posesiones
africanas le costaban mucho más de lo que producían, quizá Haquem hubiera
obrado prudentemente abandonándolas. Pero haciéndolo, hubiera creído
deshonrarse, así que, en lugar de renunciar a estos dominios, trataba por el
contrario de adelantar sus fronteras. Hacía pues, una guerra de conquista contra
los príncipes de la dinastía de Edris que estaban por los Fatimitas.
Hasan ibn-Kennun que reinaba en Tánger,
Arcilla y otras ciudades del litoral era uno de estos. Él, se había declarado
unas veces por los Omeyas, otras por los Fatimitas, según que unos u otros eran
más poderosos, pero tenía más inclinación a estos últimos que le parecían menos
de temer que los Omeyas, cuyas posesiones tocaban a las suyas. Así que fue el
primero que se declaró en favor de Abul-Fotuh cuando este virrey llegó a
Mauritania, que recorrió triunfante. Haquem le guardaba rencor por su defección
y a la partida de Abul-Fotuh, ordenó al general Ibn-Tomlos ir a castigar a
Ibn-Kennun y reducirlo a la obediencia. A principios de Agosto del 972,
Ibn-Tomlos se embarcó con un numeroso ejército y habiéndose llevado consigo
gran parte de la guarnición de Ceuta, marchó contra Tánger. Ibn-Kennun, que
estaba en esta ciudad, salió a su encuentro, pero sufrió tan completa derrota
que no pudo ni siquiera pensar en volver a Tánger. Abandonada así esta ciudad
así misma, pronto se vio obligada a capitular con el almirante Omeya que
bloqueaba el puerto, y el ejército por su parte se apoderó de Delúl y Arcilla.
Hasta aquí las tropas omeyas habían ido
triunfantes, pero la fortuna les volvió la espalda. Habiendo llenado sus filas
con nuevas levas, Ibn-Kennun tomó de nuevo la ofensiva y marchó sobre Tánger,
batiendo a Ibn-Tomlos que había salido a su encuentro y que encontró la muerte
en el campo de batalla. Entonces todos los otros príncipes Edrisitas levantaron
el estandarte de la rebelión y los capitanes de Haquem, que se habían retirado
a Tánger, le escribieron, que si no recibían inmediatos refuerzos había acabado
la dominación omeya en Mauritania.
Conociendo la gravedad del peligro, Haquem,
resolvió enviar a África a sus mejores tropas y a su mejor general, al valiente
Galib. Habiéndole hecho venir a Córdoba, le dijo: «Parte, Galib, cuida de no
volver sino vencedor, y sabe que me podrás hacerte perdonar una derrota, sino
muriendo en el campo de batalla. No economices dinero, repártelo a manos llenas
entre los partidarios de los rebeldes. Destrona a todos los Edrisitas y
envíalos a España.»
Galib atravesó el estrecho con lo mejor de
las tropas españolas. Desembarcó en Cázar-Mazmuda entre Ceuta y Tánger, y
marchó en seguida hacia adelante. Ibn-Khennun trató de detenerlo; sin embargo,
no hubo batalla propiamente dicha, sino escaramuzas que duraron muchos días,
durante los que Galib trató de corromper a los jefes del ejército enemigo. Y lo
consiguió. Seducidos por el oro que les ofrecía, así como por los soberbios
vestidos y las espadas llenas de pedrería, que se hacían brillar ante sus ojos,
casi todos los oficiales de Ibn-Kennun se pasaron a la bandera omeya. El
Edrisita no tuvo más remedio que meterse en una fortaleza que se hallaba en la
cresta de una montaña y que llevaba el nombre bien elegido de «Roca de las
águilas.»
El Califa recibió con mucha alegría la
noticia de este primer triunfo; pero cuando supo cuánto dinero había gastado
Galib para comprar a los jeques berberiscos, le pareció que este general, había
tomado demasiado a la letra, la recomendación que le había hecho. En efecto, ya
sea que se derrocharan en la Mauritania los tesoros del Estado, sea que los
robaran, los gastos cuya cuenta se presentó al Califa se pasaban de la raya.
Para poner término a estas prodigalidades o a estos latrocinios, resolvió Haquem
enviar a Mauritania como interventor general de hacienda a un hombre de
reconocida probidad. La elección recayó en Ibn-abi-Amir, que fue nombrado cadí
supremo de Mauritania con orden de intervenir todos los hechos de los
generales, y especialmente sus operaciones financieras. Y al mismo tiempo se
mandó a los empleados militares y civiles, la orden de no hacer nada sin
consultarlo previamente con Ibn-Abí-Amir y obtener su consentimiento.
Por primera vez de su vida se encontró
Ibn-Abí-Amir en contacto con el ejército y sus caudillos. Era precisamente lo
que deseaba, aunque sin duda hubiera preferido que hubiese tenido lugar en
otras circunstancias y condiciones. La tarea que se le había impuesto era
sumamente difícil y delicada. Su interés le aconsejaba atraerse a los
generales, y, sin embargo, había sido enviado al campamento para ejercer sobre
ellos una vigilancia siempre odiosa. Gracias a la singular destreza, cuyo
secreto él solo poseía, supo salir del apuro y conciliar su interés con su
deber. Cumplió su misión a la entera satisfacción del Califa, pero lo hizo con
tantas consideraciones para con los oficiales, que estos en lugar de tomarle
odio, como hubiera podido temerse, no le regateaban sus elogios. Al mismo
tiempo se concilió la amistad de los príncipes africanos y de los jeques de las
tribus berberiscas, que le fue muy útil en adelante. Acostumbróse también a la
vida del campamento, y se ganó el afecto de los soldados, a quienes acaso un
instinto secreto decía que en ese cadí había la madera de un guerrero.
Entretanto Galib, después de haber sometido a los demás Edrisitas había ido a
sitiar a Ibn-Khennun en su Roca de las Águilas, y como este castillo era, si no
inexpugnable, por lo menos muy difícil de tomar, el Califa envió a Mauritania
nuevas tropas, sacadas de las guarniciones que defendían las fronteras
septentrionales del imperio, mandadas por el Visir Yahya-ibn-Mohamed Todjibi,
virrey de la Frontera superior. Habiendo llegado este refuerzo en octubre de
973, se estrechó el sitio con tal vigor, que Ibn-Khennun tuvo que capitular
(fin de febrero del 974.) Pidió y obtuvo para él, su familia y sus soldados
libertad de vidas y haciendas, pero se obligó a entregar la fortaleza e ir a
Córdoba.
Pacificada la Mauritania, Galib repasó el
Estrecho acompañado de todos los príncipes Edrisitas. El Califa y las personas
notables de Córdoba salieron al encuentro del vencedor, cuya entrada triunfal
fue una de las más notables que presenciara nunca la capital de los Omeyas (21
de setiembre del 974.) Por lo demás, el Califa se mostró generosísimo con los
vencidos, y sobre todo, con Ibn-Kennun a quien prodigó regalos de toda especie,
y como sus soldados, que eran setecientos, fueran famosos por su bravura, los
tomó a su servicio haciéndolos inscribir en el registro del ejército.
La entrada de Galib en la capital fue el
último día bueno de la vida del Califa. Poco tiempo después, hacia el mes de
diciembre, tuvo un grave ataque de apoplejía. Conociendo él mismo que su fin se
aproximaba, ya no se ocupó más que de buenas obras. Emancipó un centenar de
esclavos, rebajó en una sexta parte las contribuciones reales en las provincias
españolas, y mandó que el arrendamiento de las tiendas de los guarnicioneros de
Córdoba, fuera entregado periódicamente y a perpetuidad a los maestros encargados
de la instrucción de los niños pobres. En cuanto a los negocios del Estado de
que no podía ocuparse sino a raros intervalos, abandonó su dirección al visir
Mozhafí, y pronto pudo conocerse que otra mano dirigía el timón. Más económico
que su amo, Mozhafí observó que la administración de las provincias africanas y
la manutención de los príncipes Edrisitas costaba demasiado al erario. Por
consiguiente, después de haber hecho que estos se comprometieran a no volver a
Mauritania, los hizo marchar a Túnez, de donde se fueron a Alejandría y
habiendo llamado a España al visir Yahya-ibn-Mohamed-el-Todjibita, que desde la
venida de Galib era virrey de las posesiones africanas, confió el gobierno de
estas a dos príncipes indígenas Djafar y Yahya hijos de Al-ibn-Hamdun. Esta
última medida le había sido dictada no solo por una prudente economía, sino por
el temor que le inspiraban los cristianos del Norte. Enardecidos con las
enfermedades del Califa y con la ausencia de sus mejores tropas, estos habían
vuelto a comenzar las hostilidades en la primavera del 975 y ayudados por
Abul-Ahwaz Man, de la familia de los Todjibitas de Zaragoza, habían puesto
sitio a muchas fortalezas musulmanas. Mozhafí juzgó con razón que en aquellas
circunstancias, debía proveer ante todo a la defensa del país y en cuanto
estuvo de vuelta el bravo Yahya ibn-Mohamed se apresuró a nombrarlo de nuevo
virrey de la Frontera superior.
En cuanto al Califa solo un pensamiento le
ocupaba en los últimos meses de su vida, el de asegurar el trono a su hijo,
niño todavía. Antes de su advenimiento al trono, no había visto realizarse su
mayor deseo, el de tener hijos, y como era ya de edad bastante avanzada casi
desesperaba de lo porvenir, cuando en el año 972, Aurora le dio uno que recibió
el nombre de Abderramán y tres años más tarde otro, Hixem. Inmensa fue la
alegría que el nacimiento de estos dos hijos produjo al Califa y desde esta
época databa la influencia casi ilimitada que Aurora ejercía en el ánimo de su
esposo. Pero nublóse pronto su alegría. Su primogénito, la esperanza de su
vejez, murió pequeño. No le quedaba ya más que Hixem y se preguntaba con
ansiedad si sus súbditos en vez de reconocer a este niño por soberano no darían
más bien la corona a uno de sus tíos. Esta inquietud era muy natural. Nunca se
había sentado hasta entonces un menor en el trono de Córdoba y la idea de una
regencia repugnaba a los árabes en extremo. Y sin embargo, Haquem no quería por
nada en el mundo que le sucediera nadie más que su hijo, y, además, había una
antigua profecía que decía que la dinastía omeya había de caer, en cuanto
saliera la sucesión de la línea recta.
Para asegurar el trono a su hijo, el Califa
no veía más medio que hacerlo jurar lo antes posible. Por consiguiente, convocó
a los grandes del reino a una sesión solemne, que debía tener lugar el 5 de
febrero del 976. En el día prefijado declaró su intención a la asamblea
invitando a todos los que la componían a firmar un acta en la que Hixem era
declarado heredero del trono. Ninguno se atrevió a negarse y entonces el Califa
encargó a Ibn-Abí-Amir y al secretario de Estado Maisur liberto de Aurora de
mandar sacar muchas copias de esta acta, de enviarlas a las provincias
españolas y africanas y de invitar, no solo a los notables sino hasta los
hombres del pueblo, a que la firmasen. Esta orden fue ejecutada inmediatamente
y como se temía demasiado al Califa, para atreverse a desobedecerlo, no
faltaron las firmas en ninguna parte. Además, el nombre de Hixem fue
pronunciado desde entonces en las oraciones públicas, y cuando Haquem murió, (1
de octubre del 976, llevaba a la tumba la firme convicción de que su hijo había
de sucederle y que en caso de necesidad Mozhafí e Ibti-abi-Amir, que acababa de
ser nombrado mayordomo, sabrían hacer respetar a los Andaluces el juramento que
habían prestado.
LIBRO TERCERO. EL CALIFATO. CAPITULO 24. HIXEM II
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