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| LIBRO I. LAS GUERRAS CIVILES.
CAPÍTULO IX
Mientras que los sirios robaban y asesinaban
unos a otros no permanecían más tranquilos los iraquíes, raza incorregible e
indomable, y mucho después los turbulentos nobles de Cufa y de Basora
recordaban, echándola de menos, aquella época anárquica, aquellos felices
tiempos, como ellos los llamaban, en que acompañados de unos cuantos clientes
se pavoneaban por las calles, alta la frente y amenazadora la mirada, siempre
dispuestos a armar camorra, a poco que otro noble les mostrase la cara seria,
seguros de que aunque dejasen tendidos en las calles dos o tres de su enemigos,
el gobernador era demasiado bueno para castigarlos. Y no solo los gobernadores
toleraban esto, sino que por celos y odio hacia Mohallab, dejaban expuesto el
Irak a las incursiones de los no-conformistas, siempre terribles a pesar de sus
numerosas derrotas. Motivos tenían en efecto para esta envidia. No solo veía en
Mohallab cada uno de los iraquíes el mejor de los generales de su país, sino lo
que es más, su propio salvador; ningún nombre había más popular que el suyo, y
como hubiera impuesto condiciones para encargarse del mando, llegó a reunir una
fortuna colosal que derrochaba con soberbia indiferencia, dando cien mil
monedas de plata a uno que vino a recitarle un poema en su alabanza, y otras
cien mil al que le dijo el nombre del autor. Eclipsaba, pues, a todos los
gobernadores, tanto por su lujo, por su regia opulencia, y su ilimitada
generosidad, como por el renombro de su gloria y de su poder. «Los Árabes de
esta ciudad no tienen ojos más que para ese hombre», decía tristemente el Omeya
Khalid, primer gobernador de Basora, después de la restauración, y llamó a
Mohalab del teatro de sus hazañas, condenándolo a la inacción en el gobierno
del Ahwas, mientras que confiaba el mando del ejército compuesto de
treinta mil hombres a su hermano Abdalazis, joven sin experiencia, pero no sin
vanidad, que decía con aire de suficiencia y ademán de triunfo: «Los habitantes
de Basora se figuran que solo Mohalab es capaz de concluir esta guerra, pero ya
verán.» Pero espió su loca presunción con una terrible y sangrienta derrota.
Menospreciando los prudentes consejos de sus capitanes, que le disuadían de
perseguir un escuadrón que aparentaba huir cayó en una emboscada donde perdió
todos sus generales, gran parte de sus soldados y hasta su joven y hermosa
esposa, no escapando él mismo sino por milagro, de las espadas de una treintena
de enemigos que le perseguían en su fuga.
Mohalab tenía previsto este desastre, por lo
que había encargado a uno de sus confidentes que diariamente le comunicase lo
que ocurriera en el ejército. Este hombre vino a buscarle después de la
derrota.
—¿Qué novedades?, le preguntó Mohalab luego
que lo divisó.
—Os traigo una que ha de satisfaceros; el
mozo ha sido batido y su ejército completamente derrotado.
—¡Cómo, desdichado! ¿Crees tú que he de
alegrarme por saber que un Coraichita ha sido abatido y derrotado un
ejército musulmán?
—Importa poco que os alegre o que os aflija,
pero la noticia es cierta.
La irritación contra el gobernador Khalid en
toda la provincia era extrema. «He ahí, dicen, lo que sucede por enviar contra
el enemigo un joven de dudoso valor, en lugar del noble y leal Mohallab, el
héroe, que, gracias a su gran experiencia, sabe prevenir y salir de todos los
peligros.» Se resignaba Khalid a escuchar estos reproches como se
había acostumbrado a pensar en la vergüenza de su hermano; pero si era poco
susceptible en puntos de honor, le importaba mucho en cambio su destino,
y sobre todo, su vida, por lo que esperaba con ansiedad creciente la llegada
del correo de Damasco. Sintiendo, como es propio de los débiles, la necesidad
de que otro más enérgico le confortase, mandó llamar a Mohalab y le preguntó:
—¿Qué pensáis que Abdalmelic hará conmigo?
— Destituiros, le respondió lacónicamente el
general, que le guardaba demasiado rencor para que procurase calmar sus
inquietudes.
—¿Y no tendré que temer otra cosa peor, a
pesar de ser su pariente?, replicó Khalid.
—Seguramente, repuso Mohalab con
indiferencia, porque apenas sepa el Califa que vuestro hermano Abdalazis ha
sido vencido por los no-conformistas de la Persia sabrá también que a vuestro
hermano Omeya lo han derrotado los de Bahréin.
El tan temido correo llegó al cabo con una
carta para Khalid. En ella le reprochaba amargamente Abdalmelic su ridícula y
culpable conducta y concluía diciéndole: «A castigaros como mereces, os haría
experimentar mi resentimiento de un modo más duro, pero quiero acordarme de
nuestro parentesco, y por esta razón me limito a destituiros.»
En reemplazo de Khalid nombró el Califa para
el gobierno de Basora a su propio hermano Bichr, ya Gobernador de Cufa,
ordenándole que entregase el mando de las tropas a Mohalab y que lo reforzara
con ocho mil hombres de Cufa. Era imposible en aquellas circunstancias una
elección más infeliz. Caisita exagerado y violento, como se ha visto
por lo anteriormente referido, Bichr odiaba igualmente a todas las tribus
yemenitas, y detestaba a Mohalab, jefe natural de esta raza en el Irak. Por
eso, al recibir la orden del Califa, tuvo un acceso de furor y juró que
exterminaría a Mohalab. Su primer ministro Muza-ibn-Nozair, el futuro
conquistador de España, tuvo no poco que trabajar para calmarlo, y se apresuró
a escribir al general aconsejándole suma prudencia, que se confundiera con la
multitud para saludar a Bichr cuando entrara en Basora; pero que no se
presentara en la audiencia. Mohallab siguió sus consejos.
Llegado al palacio de Basora, Bichr dio
audiencia a los principales de la ciudad, y notando la falta de Mohalab,
preguntó la causa. «El general os ha saludado en el camino, confundido con la
multitud, le respondieron, pero se siente indispuesto y no ha podido venir a
presentaros sus respetos.» Bichr creyó entonces haber hallado en la
indisposición del general un excelente pretexto para escusarse de ponerlo al
frente de las tropas. Sus aduladores no dejaron de decirle que siendo
gobernador a él correspondía el derecho de nombrar general, pero no osando
desobedecer la orden terminante del Califa tomó el partido de enviarle algunas
personas encargadas de entregarle una carta en que le manifestaba que Mohallab
estaba enfermo, pero que había en el Irak otros generales capaces de ocupar su
puesto.
Cuando esta delegación llegó a Damasco,
Abdalmelic tuvo una entrevista privada con Ibn-Hakim, que era su líder, y le
dijo:
—Sé que eres de una gran probidad y de una
inteligencia poco común; así que dime francamente quién es, en tu opinión, el
general que posee los talentos y las cualidades necesarias para llevar esta
guerra a buen término.
Aunque no era yemenita, Ibn-Hakim respondió
sin vacilar que era Mohalab.
—Pero está enfermo, dijo el Califa.
—No es su enfermedad, respondió Ibn-Hakim con
una sonrisa maligna, lo que le impedirá tomar el mando.
—Ah, comprendo, dijo el Califa; Bichr quiere
seguir los pasos de Khalid.
E inmediatamente le escribió para ordenarle,
en tono imperioso y absoluto, que pusiera a Mohalab, y a ningún otro, al frente
de las tropas.
Bichr obedeció, pero de muy mala gana.
Mohalab le entregó la lista de los soldados que deseaba alistar, tachó los
nombres de los más valientes; luego, antes de convocar a Ibn-Mikhnaf, general
de las tropas auxiliares de Cufa, le dijo: “Sabes que te estimo y que confío en
ti. Pues bien, si quieres conservar mi amistad, haz lo que te digo: desobedece
todas las órdenes que te dé este bárbaro de Omán y haz que todas sus medidas
acaben en un miserable fiasco”. Ibn-Mikhnaf hizo una reverencia, que Bichr tomó
como señal de asentimiento; pero se había dirigido a sí mismo equivocadamente.
De la misma raza y, lo que, es más, de la misma tribu que Mohallab, Ibn-Mikhnaf
no deseaba desempeñar con él el odioso papel que el gobernador le había
destinado, y cuando hubo abandonado el palacio: “Seguramente ha perdido la
cabeza, este chiquillo -dijo a sus amigos-, ya que me cree
capaz de traicionar al jefe más ilustre de mi tribu”.
El ejército entró en campaña, y Mohallab,
aunque privado de sus mejores oficiales y de sus soldados más valientes,
consiguió sin embargo hacer retroceder a los inconformistas primero del
Éufrates, luego del Ahwaz y después de Ram-Hormoz; pero entonces
la brillante serie de sus victorias se vio bruscamente interrumpida por la
noticia de la muerte de Bichr. Su muerte hizo por él lo que había sido incapaz
de hacer en vida. Causó un desorden espantoso durante todo el año. Al
considerar egoístamente que la guerra sólo concernía a los árabes de Bacra, los
soldados de Cufa se rebelaron contra su general Ibn-Mikhnaf y desertaron en
masa para regresar a sus hogares. La mayoría de los soldados de Bacra siguieron
su ejemplo. Nunca en una guerra tan larga y tenaz el peligro había sido más
inminente. Irak estaba sumido en la más completa anarquía; no existía la menor
sombra de autoridad o disciplina. El lugarteniente de Bichr en Cufa había
amenazado a los desertores con la muerte si no regresaban a sus puestos: lo único
que hacían era volver a sus ciudades, y no se trataba de castigarlos. Pronto
los inconformistas aplastarían al puñado de valientes que habían permanecido
fieles a las banderas de Mohallab, romperían todas las viejas barreras e
inundarían Irak. Los desgraciados que habían caído en sus manos durante la
derrota de Abdulaziz habían sido encerrados en una bodega subterránea y dejados
morir de hambre, y quién sabe si no estaban preparando un destino similar para
todos los paganos de la provincia.
Todo dependía del nuevo gobernador. Si la
elección del califa era errónea, como lo habían sido todas las suyas hasta
entonces, Irak estaba perdido.
Abdalmelic nombró a Haddjadj.
Éste, que se encontraba entonces en Medina,
no bien recibió su nombramiento partió hacia Cufa, acompañado por sólo doce
personas (diciembre de 694). Cuando llegó allí, se dirigió directamente a la
mezquita, donde la gente, ya advertida de su llegada, se había reunido. Entró
con la espada al cinto, el arco en la mano, la cabeza semioculta por la ancha
línea de musgo de su turbante, subió al púlpito y durante largo rato dirigió su
mirada débil e insegura (pues era miope) al público, sin pronunciar palabra. Tomando
este prolongado silencio por timidez, los iraquíes se indignaron, y como eran,
si no valientes en la acción, al menos muy insolentes en las palabras, sobre
todo cuando se trataba de insultar a un gobernador, ya se decían: “¡Que Dios
confunda a los Omeyas, ya que han confiado el gobierno de la provincia negra a
semejante imbécil!”. Uno de los más
audaces ya se ofrecía a tirarle una piedra a la cabeza cuando Haddjadj rompió
de repente el silencio que tan obstinadamente había mantenido hasta entonces. Audaz
innovador tanto en elocuencia como en poesía, no comenzó con las fórmulas
habituales en honor de Dios y del Profeta. Levantándose el turbante que le
cubría el rostro, empezó a recitar este verso de un poeta antiguo:
—Yo soy el sol naciente. Rompo todos los
obstáculos. Para que la gente me conozca, sólo tengo que revelarme.
Luego continuó con voz lenta y solemne:
—Veo muchas cabezas maduras para la
cosecha... y el cosechador seré yo... Entre los turbantes y las barbas que
cubren los pechos, veo sangre... sangre...
Y, poco a poco, volviendo a la vida:
—Por Dios, iraquíes, dijo, no dejo que las
miradas amenazadoras me ahuyenten. No soy como esos camellos a los que hacen
galopar panza abajo, asustados por el ruido de un odre vacío y seco. Igual que
se examina la boca de un caballo para determinar su edad y si es apto para el
trabajo, se examinó la mía y se descubrió que tenía las muelas del juicio.
—El Comandante de los Creyentes sacó las
flechas de su carcaj, las extendió ante él y las examinó cuidadosamente, una
por una. Cuando las hubo probado todas, juzgó que la más dura y difícil de
quebrar era yo. Por eso me envió a ti .... Hace ya mucho tiempo que sigues el
camino de la anarquía y de la rebelión; pero te juro que te haré lo que se hace
con los arbustos espinosos que se quieren utilizar como leña, y que se enrollan
en una cuerda y luego se cortan; te golpearé de la misma manera que los pastores
golpean a los camellos que se han quedado en los pastos cuando los demás ya han
regresado. Y sabedlo bien: lo que digo, lo hago; los planes que he hecho, los
llevo a cabo; una vez que he trazado la forma de una sandalia sobre el cuero,
corto con audacia.
—El Comandante de los Creyentes me ha
ordenado que te pague tu salario y te envíe al teatro de la guerra, donde
lucharás bajo las órdenes de Mohalab. Os daré tres días para hacer los
preparativos, y juro por todo lo más sagrado que, cuando expire este plazo,
cortaré la cabeza a todos los que no abandonen.
—Y ahora, joven, léeles la carta del
comandante de los Creyentes.
El joven leyó estas palabras: “En nombre de
Abdelmelic, el Comandante de los Creyentes, a todos los musulmanes de Cufa;
¡saludos a vosotros!”.
Era costumbre que el pueblo respondiera a
esta forma de dirigirse con las palabras: “y saludos al comandante de los
Creyentes”. Pero esta vez el pueblo guardó un hosco silencio. Aunque
instintivamente sentían que habían encontrado un maestro en este orador cuyo
discurso era brusco y entrecortado, pero vistoso y nervioso, seguían sin querer
ponerse de acuerdo consigo mismos.
“¡Alto!”, dijo Haddjadj al lector. Luego,
dirigiéndose de nuevo al pueblo: “¿Cómo es, gritó, que el comandante de los
Creyentes os saluda y no le respondéis nada? Por Dios, os daré una lección de
cortesía.... Empieza de nuevo, joven”.
Al pronunciar estas sencillas palabras,
Haddjadj había puesto en su gesto, en los rasgos de su rostro, en el sonido de
su voz, una expresión tan amenazadora y terrible, que, cuando el lector volvió
a pronunciar las palabras salud a todos, toda la asamblea gritó a
una sola voz: “Salud al comandante de los Creyentes”.
Los mismos medios, el mismo éxito en Bacra.
Varios habitantes de esta ciudad, informados de lo que había ocurrido en Cufa,
ni siquiera esperaron la llegada del nuevo gobernador para ir a unirse al
ejército de Mohallab, y este general, gratamente sorprendido por el celo tan
inusitado de los iraquíes, exclamó en el arrebato de su alegría: “¡Dios sea
alabado! Por fin ha llegado un hombre a Irak”. Pero ¡ay de quien se atreviera a
mostrar alguna vacilación o el menor atisbo de resistencia, pues Haddjadj contaba
muy poco la vida de un hombre! Dos o tres personas lo demostraron a su costa.
Sin embargo, si Haddjadj pensaba que había
ganado la partida, se equivocaba. Un poco recuperados del susto inicial, los
iraquíes se sonrojaron por haberse dejado intimidar y aturdir como niños por el
maestro de escuela, y justo cuando Haddjadj dirigía una división de tropas
hacia Mohallab, una disputa por la paga se convirtió en la señal de un motín
que pronto adquirió el formidable aspecto de una revuelta. Los rebeldes
exigieron la destitución de Abdalmelic y amenazaron con derrocarlo ellos mismos
si se negaba. Abandonado por todos, excepto por sus padres, sus amigos íntimos
y los sirvientes de su casa, Haddjadj vio cómo los rebeldes saqueaban a sus
esclavos y secuestraban a sus esposas; si no los hubiera contenido el miedo al
califa, lo habrían matado. Sin embargo, no vaciló ni un instante. Rechazando
con indignación el consejo de sus amigos que querían que entablara
negociaciones con los rebeldes, dijo con orgullo y como si controlara la
situación: “No lo haré hasta que me entreguen a sus jefes”. Con toda probabilidad,
habría pagado con su vida su inflexible obstinación si, en ese momento crítico,
los caisitas le hubieran abandonado a su suerte; pero ya habían encontrado en
él su esperanza, su apoyo, su líder; habían comprendido que, siguiendo el curso
de acción que él les había trazado, se levantarían de su humillación y
volverían al poder. Tres jefes caisitas, entre ellos el valiente
Cotaiba ibn-Moslim, acudieron en su ayuda; una contribución de Mohalab y
un jefe teminita descontento con los rebeldes siguieron su ejemplo, y
en cuanto Haddjadj vio a seis mil hombres reunidos a su alrededor, obligó a los
rebeldes a aceptar la batalla. Por un momento estuvo a punto de perderla, pero
tras conseguir reunir a sus tropas y matar de un flechazo al jefe de los rebeldes,
obtuvo la victoria, que hizo completa y decisiva gracias a su clemencia con los
vencidos: Les prohibió ser perseguidos, les concedió la amnistía y se contentó
con enviar al campamento de Mohallab las cabezas de diecinueve jefes rebeldes,
muertos en la batalla, para que sirvieran de advertencia a aquellos que
pudieran sentir en su corazón el deseo de sublevarse. Por primera vez, los
caisitas, que solían ser los instigadores de todas las rebeliones, habían
apoyado al gobierno, y una vez que emprendieron este camino, lo siguieron con
determinación; sabían que era la única manera de rehabilitarse en la mente del
califa.
Tras restablecer el orden, a Haddjadj sólo le
quedaba un pensamiento: excitar y estimular a Mohallab, de quien sospechaba que
prolongaba la guerra en beneficio propio. En su natural impetuosidad, mezclando
las malas medidas con las buenas, le escribió carta tras carta, le reprochó
duramente lo que él llamaba su lentitud, su inacción y su cobardía, amenazó con
hacerlo ejecutar o al menos destituirlo, y envió al campamento un empleado tras
otro. Pertenecientes a la raza del gobernador y poseídos de un furor por dar
consejos, sobre todo cuando no se los pedían, estos comisarios creaban a veces
desorden en el ejército y huían a la batalla. Pero el objetivo estaba cumplido.
Aún no habían pasado dos años desde que Haddjadj había sido nombrado para
gobernar Irak, cuando los inconformistas depusieron las armas (hacia finales de
696).
Nombrado virrey de todas las provincias
orientales, como recompensa por sus fieles y útiles servicios, Haddjadj tenía
aún muchas revueltas que sofocar; pero las sofocó todas; y a medida que
fortalecía la corona sobre la cabeza de su soberano, levantaba a su raza del
estado de abajamiento en que había caído, e intentaba reconciliarla con el
califa. Lo consiguió sin demasiadas dificultades. Obligado a confiar en los
kelbitas o en los caisitas, la elección del califa no podía ser dudosa. Los
reyes suelen tener poco gusto por aquellos que, habiendo contribuido a su
encumbramiento, pueden reclamar su gratitud. Los servicios que habían prestado
habían inspirado en los kelbitas un orgullo que llegó a ser inoportuno; en cada
oportunidad recordaban al califa que, sin ellos, ni él ni su padre habrían
ascendido al trono; lo consideraban como su obligado, es decir, como su
criatura y su propiedad. Por su parte, los caisitas, deseosos de hacerle
olvidar a toda costa que habían sido enemigos de su padre además de los suyos
propios, solicitaron sus favores de rodillas y obedecieron ciegamente cada una
de sus palabras y gestos. Se impusieron y suplantaron a sus rivales.
Los kelbitas deshonrados gritaron. El poder
del Califa estaba entonces demasiado firmemente establecido para que se
rebelaran contra él; pero sus poetas le reprocharon amargamente su ingratitud y
no le ahorraron las amenazas. Esto es lo que dijo Djauwas, el padre
de Sad a quien más tarde veremos perecer en España, víctima del odio
de los caisitas:
—¡Abdelmelic! No nos has recompensado, a
nosotros que hemos combatido bravamente por tí, y que te hemos procurado
el goce de los bienes de este mundo. ¿Te acuerdas de lo que pasó
en Djabia en el Djaulan? Si Ibn-Bahdal no hubiera asistido
a la reunión que allí se tuvo, tú vivirías ignorado y ninguno de tu familia
recitaría en la mezquita las oraciones públicas. Y, sin embargo, así que has
obtenido el poder supremo, y te encuentras sin competidor, nos has vuelto las
espaldas y poco falta para que nos trates como a enemigos. ¡No se diría que
ignoras que los tiempos pueden traer extrañas revoluciones!
Y en otro poema:
—¡La familia de Omeyas nos ha hecho teñir
nuestras lanzas en la sangre de sus enemigos, y ahora no quiere que
participemos de su fortuna! ¡Familia de los Omeyas! Nosotros hemos combatido
con nuestras lanzas y nuestras espadas, de escuadrones innumerables de fieros
guerreros que lanzaban un grito de guerra que no era el vuestro, hemos apartado
el peligro que os amenazaba. Acaso Dios recompense nuestros servicios y el
haber afirmado ese trono; pero ciertamente la familia de los Omeyas no nos
recompensará. Extranjeros, vosotros venís del Hidjaz, de un país que el
Desierto separa enteramente del nuestro, y la Siria no os conocía a ninguno. Al
mismo tiempo los Caisitas marchaban contra vosotros, el odio brillaba en sus
pupilas y su bandera flotaba en los vientos....
Otro poeta kelbita, uno de los que
habían cantado antes la victoria de la Pradera, dirigió estos versos a los
Omeyas:
— En un tiempo en que no tenías trono,
arrojamos del trono de Damasco a quienes se habían atrevido a sentarse en él, y
te lo dimos. En muchas batallas te hemos dado pruebas de nuestra devoción, y en
la de la Pradera sólo debiste tu victoria a nuestra poderosa ayuda. Así que no
paguéis nuestros buenos y alegres servicios con ingratitud; antes, fuisteis
buenos con nosotros: guardaos de convertiros en tiranos con nosotros. Incluso
ante Merwan, cuando los ojos de un emir omeya estaban cubiertos
de preocupaciones como con un tupido velo, rasgamos ese velo, de modo que vio
la luz; cuando ya estaba a punto de sucumbir y rechinaba los dientes, le
salvamos, y todo gozoso gritó entonces: ¡Dios es grande! Cuando
el Caisita se jacte, recuérdale la valentía que demostró en el campo
de Dhahhac, al este de Djaubar. Allí ningún caisita se
comportó como un hombre de buen corazón: ¡todos, montados en sus caballos
alazanes, buscaron su salvación en la huida!
Quejas, murmullos, amenazas, nada ayudaba a
los kelbitas. La época de su grandeza había pasado, y había pasado para
siempre. Es cierto que la política de la corte podía cambiar, y que más tarde
cambió, y que los kelbitas siguieron desempeñando un papel importante,
especialmente en África y España; pero nunca volvieron a ser lo que habían sido
bajo Merwan, la más poderosa de las tribus yemeníes. Este rango pertenecía
ahora a los Azd; la familia de Mohalab había suplantado a la de
Ibn-Bahdal. Al mismo tiempo, la lucha, sin perder un ápice de su vivacidad,
adquirió proporciones más amplias: a partir de entonces, los caisitas tuvieron
como enemigos a todos los yemeníes.
El reinado de Walid, que sucedió a su padre
Abdelmelic en 705, puso fin al poder de los caisitas. “Hijo mío”, le dijo
Abdelmelic en su lecho de muerte, “ten siempre el más profundo respeto por
Haddjadj; es a él a quien debes el trono, es tu espada, es tu mano derecha, y
le necesitas más que él a ti”. Walid nunca olvidó esta recomendación. “Mi padre
solía decir: Haddjadj es la piel de mi frente; pero yo digo: Haddjadj es la
piel de mi cara”. Estas palabras resumen todo su reinado, que fue más fértil
que ningún otro en conquistas y gloria militar, pues fue entonces cuando
el caisita Cotaiba plantó estandartes musulmanes en las murallas de
Samarcanda, cuando Mohammed ibn-Casim, primo de Haddjadj, conquistó la India
hasta los pies del Himalaya, y en el otro extremo del imperio, los yemenitas,
tras completar la conquista del norte de África, anexionaron España al vasto
Estado fundado por el Profeta de La Meca. Pero fue una época desastrosa para
los yemeníes, especialmente para los dos hombres más destacados, aunque no los
más respetables, de este partido: Yazid, hijo de Mohalab, y Musa, hijo
de Nozair. Para su desgracia, Yazid, jefe de su casa desde la muerte de su
padre, había proporcionado pretextos muy plausibles para el odio de Haddjadj.
Como todos los miembros de su familia, la más liberal de todas bajo el reinado
de los Omeyas, al igual que los Barmecidas lo habían sido bajo el de
los Abasíes, sembró el dinero tras sus pasos y, deseoso de ser feliz y de que
todos lo fueran con él, derrochó su fortuna en placeres, en su amor por las
artes y en la imprudente largueza de su munificencia aristocrática. Se cuenta
que una vez, cuando iba a peregrinar a La Meca, dio mil monedas de plata a un
barbero que acababa de afeitarle. Asombrado por haber recibido una recompensa
tan considerable, el barbero exclamó en su alegría: “Me voy ahora mismo a
rescatar a mi madre de la esclavitud”. Conmovido por su amor filial, Yezid le
dio otras mil monedas. “Me condeno a repudiar a mi mujer”, dijo enseguida el
barbero, “si en mi vida afeito a otra persona”. Y Yazid le dio otras dos mil
monedas. Se cuentan de él multitud de historias semejantes, todas las cuales
demuestran que el oro fluía como el agua entre sus dedos pródigos; pero como no
hay fortuna, por enorme que sea, que resista a la prodigalidad llevada hasta la
locura, Yazid se había visto obligado, para escapar de la ruina, a usurpar la
parte del Califa. Condenado por Haddjadj a devolver seis millones al tesoro, y
sólo capaz de pagar la mitad de esa suma, fue arrojado a una mazmorra y
cruelmente torturado. Al cabo de cuatro años, logró escapar con dos de sus
hermanos que compartían su cautiverio, y mientras Haddjadj, creyendo que habían
ido a iniciar una revolución en Jorasán, enviaba cartas a Cotaiba ordenándole
que se mantuviera en guardia y sofocara la revuelta en sus inicios. Guiados por
un kelbita, atravesaron el desierto de Samawa para implorar la
protección de Solimán, hermano del califa, heredero del trono en virtud de los
arreglos hechos por Abdelmelic, y líder del partido yemení. Solimán juró que
mientras él viviera, los hijos de Mohallab no tendrían nada que temer, se
ofreció a pagar al tesoro los tres millones que Yazid no había podido pagar,
pidió el perdón de Yazid y sólo lo obtuvo con gran dificultad y mediante una especie
de golpe teatral. Desde entonces, Yazid ha permanecido en el palacio de su
protector, esperando el momento en que su partido volviera al poder; y cuando
le preguntaron por qué no compraba una casa: “¿Qué haré con ella?”, respondió;
“Pronto tendré una que no abandonaré jamás: un palacio de gobernador si Solimán
se convierte en califa, una prisión si no lo hace.”
El otro yemenita, el conquistador de España,
no era, como se conocía a Yazid, de ilustre linaje. Era un liberto, y si
pertenecía a la facción entonces en desgracia, era porque su patrón, el
príncipe Abdalazis, hermano del califa Abdelmelic y gobernador de Egipto,
estaba calurosamente unido, como hemos visto, a la causa de los kelbitas,
porque su madre era de esa tribu. Ya durante el reinado de Abdelmelic, cuando
aún era recaudador de impuestos en Bacra, Musa era culpable de malversación de
fondos. El califa se percató de ello y ordenó a Haddjadj que lo arrestara.
Advertido a tiempo, Musa huyó a Egipto, donde imploró la protección de su
mecenas. Éste lo acogió bajo su protección y acudió a los tribunales para
zanjar el asunto. El califa exigió cien mil monedas de oro como
indemnización, Abdalaziz pagó la mitad de esa suma y, posteriormente,
nombró a Musa para el gobierno de África, ya que en aquella época el gobernador
de esa provincia era nombrado por el gobernador de Egipto. Una vez conquistada
España, Musa, atiborrado de riquezas y en la cima de la gloria y el poder,
continuó usurpando la parte del Califa con la misma audacia que antes. Es
cierto que todo el mundo en las finanzas hacía negocios en aquella época; la
culpa de Musa era que hacía más negocios que nadie y que no pertenecía al
partido dominante. Desde hacía algún tiempo, Walid no perdía de vista sus
procedimientos, por lo que le ordenó que acudiera a Siria para dar cuenta de su
gestión. Durante todo el tiempo que pudo, Musa eludió esta orden; pero,
obligado al fin a obedecerla, abandonó España y, al llegar a la corte, trató de
aplacar la cólera del califa ofreciéndole magníficos regalos. Todo fue en vano.
El odio, largamente acumulado, de sus compañeros, de Taric, Moghith y
otros, se desbordó; le abrumaron con acusaciones que fueron demasiado bien
recibidas, y el gobernador infiel fue vergonzosamente expulsado de la sala de
audiencias. El Califa no pensó en otra cosa que en condenarlo a muerte; pero,
como algunas personas de consideración, que Musa se había ganado a fuerza de
dinero, pidieron y obtuvieron que se le permitiera vivir, se contentó con
imponerle una multa muy considerable.
Poco después, Walid expiró, dejando el trono
a su hermano Solimán. La caída de los Caisitas fue inmediata y terrible.
Haddjadj ya no existía. “Alah, concédeme morir ante el comandante de los
creyentes, y no me des como gobernante a un príncipe que no me muestre piedad”;
tal había sido su plegaria y Dios la había atendido; pero sus clientes, sus
criaturas, sus amigos seguían teniendo todos los puestos: fueron depuestos
inmediatamente y sustituidos por yemenitas. Yazid ibn-abi-Moslim, liberto
y secretario de Haddjadj, perdió el gobierno de Irak y fue arrojado a una
mazmorra, de la que no salió hasta cinco años más tarde, al advenimiento del
califa caisita Yazid II, para convertirse inmediatamente en
gobernador de África, tales eran los rápidos reveses de la fortuna en aquella
época. Más desafortunado que él, el intrépido Cotaiba fue decapitado, y el
ilustre conquistador de la India, Mohammed ibn-Casim, primo de Haddjadj, murió
torturado, mientras que Yazid, hijo de Mohallab, que bajo el reinado anterior
había estado a punto de sufrir la misma suerte, disfrutaba de un poder
ilimitado como favorito de Solimán.
Sólo Musa no se benefició del triunfo del
partido al que pertenecía. Con la vana esperanza de ganarse el favor de Walid,
había ofendido gravemente a Solimán. Cuando Musa llegó a Siria, Walid estaba ya
tan peligrosamente enfermo que su muerte parecía inminente, y Solimán, que
codiciaba él mismo los ricos regalos que Musa iba seguramente a ofrecer a
Walid, había pedido al gobernador que retrasara su viaje para que no llegara a
Damasco hasta que su hermano hubiera muerto y él mismo hubiera sido instalado en
el trono. Como Musa no había accedido a esta petición y, en consecuencia, los
hijos de Walid habían heredado los regalos que éste había hecho a su padre,
Solimán le guardó rencor; por ello no le pagó la multa a la que había sido
condenado y que, además, podía pagar fácilmente con la ayuda de sus numerosos
clientes en España y de los miembros de la tribu de Lakhm, a la que
pertenecía su esposa. Solimán no llevó su venganza más lejos. Existe, en
efecto, un reguero de leyendas sobre el destino de Musa, algunas más
conmovedoras que otras, pero fueron inventadas por novelistas en un momento en
que la posición de las partes en el siglo VIII había sido completamente
olvidada, y cuando ya no se recordaba que Musa gozaba, como atestigua un autor
tan antiguo como digno de confianza, de la protección y la amistad de Yazid,
hijo de Mohallab, el todopoderoso favorito de Solimán. Ninguna razón, ni
siquiera especiosa, puede autorizar estos rumores indignos, que no se basan en
ninguna autoridad respetable y que se oponen directamente al relato detallado
de un autor contemporáneo.
Por una excepción única en la historia de los
Omeyas, el sucesor de Solimán, Omar II, no era un hombre de partido: era un
pontífice respetable, un hombre santo que aborrecía los gritos de discordia y
de odio, que daba gracias a Dios por no haberle hecho vivir en la época en que
los santos del Islam, cuando Alí, Aisha y Muawiya luchaban contra él, y que no
quería ni oír hablar de estas luchas desastrosas. Preocupado sólo por los
intereses religiosos y la propagación de la fe, recuerda a aquel excelente y
venerable pontífice que dijo a los florentinos: “¡No seáis ni gibelinos ni
güelfos, sed sólo cristianos y conciudadanos!”. Omar II no tuvo más éxito que
Gregorio X en la realización de su generoso sueño. Yazid II, que le sucedió y
que se había casado con una sobrina de Haddjadj, era caisita. Después
subió al trono Hicham. Al principio favoreció a los yemenitas y, habiendo
sustituido a varios gobernadores que su predecesor había nombrado por hombres
de esta facción, permitió que los que habían ascendido al poder persiguieran
cruelmente a los que acababan de perderlo; pero cuando, por razones que
explicaremos más adelante, se declaró partidario de la otra parte, los caisitas
se vengaron, sobre todo en África y España.
Como la población árabe de estos dos países
era casi exclusivamente yemenita, solían ser bastante pacíficos cuando estaban
gobernados por hombres de esta facción; pero bajo los gobernadores caisitas, se
convirtieron en el escenario de la violencia más atroz. Así sucedió tras la
muerte de Bichr el Kelbita, gobernador de África. Antes de exhalar su
último suspiro, este Bichr había confiado el gobierno de la provincia a uno de
sus colaboradores, quien se lisonjeó, al parecer, de que el califa Hicham le
nombraría gobernador de una vez por todas. Sus esperanzas se vieron
defraudadas: Hicham nombró gobernador al caisita Obaida, de la tribu
de Solaim. El kelbita fue informado de ello; pero se creyó lo
bastante poderoso como para poder sostenerse con las armas en la mano.
Era una mañana de viernes de junio o julio
del año 728. El kelbita acababa de vestirse y se disponía a ir a la
mezquita para dirigir la oración pública, cuando, de repente, sus amigos
entraron corriendo en su habitación, gritando: “¡El emir Obaida acaba
de entrar en la ciudad!”. Aturdido por el golpe, el kelbita, sumido al
principio en un estupor mudo, sólo recobró el habla para exclamar:
“¡Sólo Dios es poderoso! La hora del Juicio
Final también llegará inesperadamente”. Sus piernas se negaron a sostenerle;
helado de miedo, cayó al suelo.
Obaida se había dado cuenta de que, si
quería que se reconociera su autoridad, tendría que tomar la capital por
sorpresa. Por suerte para él, Cairawan no tenía murallas y, caminando
con sus caisitas por rutas tortuosas y en el más profundo silencio, había
entrado de improviso, mientras los habitantes de la ciudad seguían pensando que
estaba en Egipto o en Siria.
Dueño de la capital, reprimió a los kelbitas
con una crueldad sin igual. Tras hacerlos encerrar en las mazmorras, los
torturó y, para satisfacer la codicia de su soberano, les arrancó sumas
inauditas.
Luego llegó el turno de España, país cuyo
gobernador era nombrado entonces por el gobernador de África, pero que hasta
entonces sólo había obedecido una vez a un Caisita. Tras fracasar en sus
primeros intentos, Obaida envió allí en abril de 729
al caisita Haitham, de la tribu de Kilab, amenazando a los
árabes de España con los castigos más severos si se atrevían a oponerse a las
órdenes de su nuevo gobernador. Los yemeníes murmuraron, tal vez incluso
conspiraron contra el Caisita; al menos éste así lo creyó y, siguiendo
instrucciones secretas de Obaida, hizo encarcelar a los líderes de este
partido, les arrancó la confesión de un complot mediante horribles torturas e
hizo que les cortaran la cabeza. Entre sus víctimas había
un kelbita que, por su ilustre origen, su riqueza y su elocuencia,
gozaba de gran estima; era Sad, hijo de aquel Djauwas que, en
sus versos, había reprochado con tanta energía al califa Abdelmelic su
ingratitud hacia los kelbitas, cuya valentía en la batalla de la Pradera había
decidido el destino del imperio y procurado el trono a Merwan. El suplicio
de Sad hizo estremecerse de indignación a los kelbitas, y algunos de
ellos, como Abrach, secretario de Hicham, que no había perdido toda
influencia en la corte, lo aprovecharon tan bien que el califa accedió a enviar
a España a un tal Mohammed, con órdenes de castigar a Haitham y dar
el gobierno de la provincia al yemenita Abderramán al-Ghafiki, que gozaba de
una gran popularidad. Cuando Mahoma llegó a Córdoba, no encontró a Abderramán,
que se había escondido para huir de las persecuciones del tirano; pero cuando
hizo detener a Haitham, mandó que lo golpearan con una correa y le
afeitaran la cabeza, lo que equivalía entonces al castigo del destierro; luego,
tras hacerlo cargar con hierros y colocarlo en un asno, con la cabeza hacia
atrás y las manos atadas a la espalda, ordenó que lo pasearan por la capital.
Una vez cumplida esta orden, hizo que lo llevaran a África para que el
gobernador de esa provincia decidiera su destino. Pero no se podía esperar
que Obaida castigara a su vez a un hombre que sólo había actuado
siguiendo las órdenes que él mismo le había dado. Por su parte, el califa creía
haber dado suficiente satisfacción a los kelbitas, aunque éstos insistieran aún
más en sus exigencias, ya que la muerte de Sad sólo podía expiarse,
según las ideas árabes, con la de su asesino. Por ello, Hicham envió
a Obaida una orden tan ambigua que pudo interpretarla en beneficio
de Haitham. Esto supuso una gran decepción para los kelbitas, pero no se
dejaron desanimar, y uno de sus jefes más ilustres, Abul-Jattar, que había sido
íntimo amigo de Sad y que, en la prisión donde Obaida lo
había arrojado, había acumulado tesoros de odio contra este tirano, y contra
los caisitas en general, compuso este poema destinado a ser entregado al
Califa:
—Permites que los Caisitas derramen nuestra
sangre, hijo de Merwan; pero si persistes en negarte a hacernos justicia,
apelaremos al juicio de Dios, que será más justo con nosotros. Parece que has
olvidado la batalla de la Pradera y que no sabes quién te dio entonces la
victoria; sin embargo, fueron nuestros pechos los que usaste como escudos
contra las lanzas enemigas, y entonces sólo nos tenías a nosotros por jinetes y
fantasmas. Pero desde que has alcanzado la meta de tus deseos, y gracias a nosotros
nadas en delicias, finges no reparar en nosotros; así es como, desde que te
conocemos, has actuado constantemente con nosotros. Pero también, cuidado con
entregarte a una seguridad engañosa cuando la guerra se reaviva y sientes que
tu pie resbala en tu escalera de cuerda; puede ser entonces que las cuerdas que
creías sólidamente retorcidas, se desenrosquen.... Esto ha ocurrido muchas
veces....
Fue el kelbita Abrach, secretario
de Hicham, quien se encargó de recitarle estos versos; y la amenaza de guerra
civil tuvo tal efecto en el califa que inmediatamente pronunció la destitución
de Obaida, gritando con ira fingida o real: “¡Que Dios maldiga a este hijo
de mujer cristiana, que no ha cumplido mis órdenes!”
LIBRO I. LAS GUERRAS CIVILES. CAPÍTULO X.
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