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HISTORIA DE LOS PAPAS EN LA ÉPOCA MODERNA

Leopold von Ranke

 

LIBRO PRIMERO

INTRODUCCIÓN

I

ÉPOCAS DEL PAPADO

 

1) El cristianismo en el Imperio remano

 

Si contemplamos el ámbito del mundo antiguo en los primeros siglos nos encontramos con un gran número de pueblos independientes. Viven al borde del Mediterráneo, allí hasta donde llegan las noticias del mar: diferenciados, en límites angostos, formando Estados libres y muy particularizados. La independencia de que gozan no es sólo política, pues en todos ellos se ha originado una religión local; las ideas de Dios y de las cosas divinas tienen fuerte sabor local; se reparten el mundo divinidades nacionales con los atributos más dispares; la ley a que obedecen los creyentes se halla unida indisolublemente a la ley del Estado. Se puede decir que a esta íntima unión del Estado y la religión, a esta libertad doble, apenas limitada por leves obligaciones que dimanan del parentesco de las estirpes, corresponde la parte mayor en la formación de la Antigüedad. Se hallaba encerrada en limites estrechos pero, dentro de ellos, podía desenvolverse plenamente, abandonada a sus impulsos, una existencia despreocupada y juvenil.

Todo esto cambió profundamente al surgir el poderío de Roma. Todas las autonomías que llenan el mundo se van doblegando y desaparecen una tras otra. De pronto la tierra se desnuda de pueblos libres.

En otras épocas los Estados se derrumban porque se deja de creer en la religión, mas esta vez el sojuzgamiento de los Estados es el que acarrea la decadencia de la religión. Fatalmente, a consecuencia del dominio político, confluyen todas las religiones en Roma; pero ¿qué significación podían guardar una vez arrancadas al suelo que les dio vida? La adoración de Isis tuvo acaso un sentido en Egipto porque divinizaba las fuerzas naturales tal como aparecían en la tierra, pero en Roma se convirtió en un culto idolátrico desprovisto de sentido. Además, al entrar en contacto las diferentes mitologías, el resultado no podía ser otro que la lucha y liquidación mutua. No es posible imaginar un filósofo que hubiera podido allanar sus contradicciones. Pero tampoco, en este caso inverosímil, se habría dado satisfacción a lo que el mundo necesitaba.

Por mucho que sintamos la desaparición de tantos Estados libres, no podemos negar que de sus escombros surgió una nueva vida Al ceder la libertad cayeron también los límites de las angostas nacionalidades. Las naciones habían sido sojuzgadas, conquistadas, pero, a la vez, reunidas y fundidas. El ámbito del Imperio coincidía con el supuesto perfil de la tierra, y sus habitantes se sentían como una sola raza. El género humano empezó a darse cuenta de su unidad.

En este momento del mundo nace Jesucristo.

Su vida transcurrió callada y escondida. Curaba enfermos, conversaba con unos pescadores, que no siempre le entendían, hablándoles en parábolas acerca de Dios. No tenía donde reclinar su cabeza. Pero desde el punto de vista secular, que es el nuestro, podemos decir que nada más inocente y poderoso, sublime y santo se ha dado en la tierra que su vida y su muerte; en cada palabra que sale de sus labios aletea el espíritu de Dios; palabras, como dice Pedro, de vida eterna. El género humano no guarda en su memoria nada que, ni de lejos, se le pueda comparar.

Puede ser verdad que los cultos nacionales albergaran un elemento religioso efectivo, pero lo cierto es que, por entonces, se había perdido por completo; no conservaban ya sentido alguno y, así, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios se presentaba frente a ellos como la relación eterna y universal de Dios con el mundo y de los hombres con Dios.

Cristo había nacido de un pueblo que se había distinguido como ninguno por el rigor exclusivista de su ley ritual, pero al que cupo el mérito incomparable de haber mantenido enérgicamente desde un principio el monoteísmo. Claro que no dejaba de ser una religión nacional pero en este momento recibe una significación muy distinta. Cristo acaba con la ley dándole cumplimiento; el Hijo del Hombre se presenta también como señor del sábado; Dios descubre el contenido eterno de unas formas que un entendimiento tosco no había comprendido bien. De ese pueblo, que hasta entonces se había apartado de los demás por una insuperable limitación de creencias y de costumbres, surge, con toda la fuerza de la verdad, una fe que llama a todos y a todos acoge. Se anuncia el Dios de todos, el que, como dice Pablo a los atenienses, ha hecho de una misma sangre a todas las gentes que pueblan la tierra. Como hemos dicho, los tiempos estaban maduros para tan sublime enseñanza: existía un género humano que podía recibirla. Como un rayo de luz, dice Eusebio, iluminó toda la tierra. En poco tiempo se expande desde el Eufrates hasta el Océano Atlántico, por el Rin y por el Danubio, hasta los confines del Imperio.

Aunque era una doctrina inocente y bondadosa, es natural que encontrara fuerte resistencia en los cultos existentes, apegados a las costumbres y necesidades de la vida, a todos los viejos recuerdos, y que ahora trataban de adaptarse a la constitución del Imperio.

El espíritu político de las viejas religiones tantea en busca de una nueva forma. El conjunto de todas aquellas autonomías que poblaron el mundo, su riqueza total se había dado en galardón a uno solo. No había quedado más que un solo poder, que no dependía sino de sí mismo y la religión reconocía este hecho al tributar al emperador honores divinos. Se le levantaron templos, se le ofrecieron sacrificios, se juró en su nombre, se celebraron sus fiestas y sus estatuas ofrecían asilo. El culto rendido al genio del emperador fue acaso el único de carácter universal en todo el Imperio. Todas las idolatrías coincidían en esto, que era su apoyo.

Este culto del emperador y la doctrina de Cristo ofrecían cierta semejanza frente al conglomerado de las religiones locales; pero también se enfrentaban en términos antagónicos.

El emperador concebía la religión en el aspecto mundano, vinculada a la tierra y a sus bienes, que le habían sido donados, como dice Celso; todo lo que se posee a él se debe. El cristianismo concibe la religión en la plenitud del espíritu y en la verdad ultra terrena.

El emperador junta Estado y religión; el cristianismo separa lo que es de Dios de lo que es del César.

Cuando se sacrifica en honor del emperador, se confiesa la servidumbre más profunda. Aquella unión de religión y Estado, que en otros tiempos había representado la independencia, significaba ahora el remate de la servidumbre. Fue un acto de liberación que el cristianismo prohibiera a sus fieles sacrificar en honor del César.

El culto del emperador llegaba tan sólo a los confines del Imperio, supuestos confines de la tierra; el cristianismo estaba destinado a abarcar de verdad la tierra, todo el género humano.

La nueva fe trataba de despertar en todas las naciones aquella primitiva conciencia religiosa que se supone ha precedido a las diferentes idolatrías, de evocar, por lo menos, una conciencia pura, no enturbiada por ninguna relación con el Estado, y se enfrentó así con este poder universal que, no contento con lo terrenal, quería también someter lo divino. De este modo el hombre se convirtió en un elemento espiritual, haciéndose de nuevo independiente, libre y personalmente insojuzgable; el mundo recibió nueva vida y fue fecundado para nuevas creaciones.

Era la oposición de lo terreno y lo espiritual, de la servidumbre y la libertad, de un morir paulatino y de un vivo rejuvenecimiento.

No es lugar aquí para que describamos la larga lucha de estos principios. Todos los elementos vivos del Imperio romano fueron arrastrados por la nueva corriente, empapados con la esencia cristiana y llevados por el gran camino del espíritu. Por sí solo, dice Crisóstomo, se extinguió el error de los ídolos. El paganismo se le figura como una ciudad conquistada cuyos muros se han desplomado, cuyos mercados, teatros y edificios públicos son presa de las llamas y cuyos defensores acaban de sucumbir. Sobre los escombros se yerguen todavía unos pocos viejos y unos niños.

Pronto desaparecen también estas figuras postreras y comienza una transformación sin ejemplo.

En las catacumbas surge el culto de los mártires. En los mismos emplazamientos en que fueren adorados los dioses olímpicos, con las mismas columnas que sostuvieron sus templos, se levantan los santuarios en honor de aquellos que habían ultrajado a los ídolos y habían sido castigados con la muerte. El culto, que tuvo sus principios en los yermos y en las prisiones, conquistó el mundo. A veces nos asombra que el edificio mundano de los paganos, la basílica, se haya convertido en el lugar del culto cristiano. Acontecimiento que encierra algo muy significativo. El ábside de la basílica contenía un augusteo donde se guardaban las imágenes de los Césares que habían recibido honores divinos. En su lugar, como podemos verlo todavía hoy, se colocó la imagen de Cristo y de los apóstoles; donde estuvo el emperador del mundo, con atributos de Dios, se encuentra ahora el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, Las divinidades locales se disipan y desaparecen. En todos los caminos, en las abruptas alturas, en les puertos y gargantas, en las techumbres de las casas, en el mosaico de los suelos se contempla la cruz. Victoria decisiva y completa. Como en las monedas de Constantino vemos el lábaro con el monograma de Cristo sobre el dragón derribado, así sobre la paganía derrotada se levanta el nombre venerado de Cristo.

También en este aspecto se nos ofrece la ilimitada significación del Imperio romano. En los siglos de su apogeo quebrantó la independencia de las nacieres y aniquiló aquel sentimiento de suficiencia que la particularidad significaba, Pero en sus últimos tiempos ha visto salir de su regazo la verdadera religión, la expresión más pura de una conciencia común, que excede con holgura los límites de su Imperio, la conciencia de la comunidad en un solo Dios verdadero. Podemos decir que, en virtud de este acontecimiento, el Imperio justificó su propia necesidad. El género humano se había percatado de sí mismo y había encontrado su unidad en la religión.

Esta religión recibió de! Imperio romano su forma externa.

Los sacerdocios paganos tenían carácter de oficios civiles; en el judaísmo incumbía a una tribu la misión espiritual. El cristianismo se diferencia porque constituye el sacerdocio una clase especial, formada de miembros que ingresan en ella libremente, consagrados por la imposición de manos, apartados de todos los afanes del mundo para entregarse a los negocios espirituales y divinos. La Iglesia se desenvolvió al principio en formas republicanas que van desapareciendo a medida que la nueva fe va dominando. El clero se destacará cada vez más frente a los laicos.

Según me parece, esto ocurrió no sin cierta necesidad interna. La llegada del cristianismo vino a liberar la religión de los elementos políticos. Esto implica el establecimiento frente al Estado de una clase sacerdotal separada, con una constitución propia. Separación de la Iglesia y el Estado, que representa, acaso, el acontecimiento mayor y de mayores consecuencias de los tiempos cristianos. El poder espiritual y el temporal pueden encontrarse muy juntos y hasta constituirse en estrecha comunidad, pero su coincidencia total sólo excepcionalmente y por breve tiempo puede darse. Las relaciones mutuas entre estos dos poderes constituyen uno de los factores más importantes de toda la historia.

Pero este estamento sacro tenía que copiar en su constitución la del Imperio. En correspondencia con la jerarquía de la administración civil, se constituyó la de los obispos, metropolitanos y patriarcas. No pasó mucho tiempo sin que los obispos romanos se arrogaran la supremacía. Es una suposición inocente pensar que han gozado de un primado indiscutible en los primeros siglos o en cualesquiera otros, si es que pensamos en un reconocimiento universal de Este a Oeste. Pero es cierto que ganaron muy pronto un prestigio que les hizo destacarse sobre las demás potestades eclesiásticas. Muchas circunstancias favorecieron el hecho. Si por todas partes la importancia de la capital de provincia repercute en la autoridad del obispo de la misma, en mucho mayor grado habría de ser éste el caso en la capital de todo el Imperio, cuyo obispo llevaba su nombre. Roma era una de las sedes apostólicas más veneradas; en ella había corrido la sangre de la mayoría de los mártires; durante las persecuciones, los obispos de Roma se habían conducido con especial bravura y, a menudo, se sucedieron en el puesto, en la persecución y en la muerte. Por otra parte, los emperadores consideraron conveniente favorecer la formación de una gran autoridad patriarcal. En una ley que ha sido decisiva para el dominio ejercido por el cristianismo, Teodosio el Grande ordena a todas los pueblos que de él dependen se sometan a la fe que San Pedro predicó a los romanos. Valentiniano III prohibió a los obispos de la Galia y de otras provincias que se apartaran de las costumbres seguidas sin el consentimiento del obispo de la Ciudad Santa. Bajo los auspicios del César surgió así el poder del obispo de Roma. Pero esta circunstancia polí­tica significó, a la vez, un limitación para ese poder. Si no hubiera habido más que un solo emperador, el primado universal podría Haberse mantenido. Pero la división del Imperio lo hizo imposible. Mal podían los emperadores de Oriente, tan celosos de sus derechos eclesiásticos, favorecer la expansión del poder del patriarca de Occidente dentro del ámbito de sus dominios. También en este caso la constitución de la Iglesia correspondió a la del Imperio.

 

2) El Papado se alía con el reino franco

Apenas tuvo lugar este gran cambio, apenas sembrada la religión cristiana y establecida la Iglesia, ocurren nuevos acontecimientos universales: el Imperio romano, que durante tanto tiempo venció y conquistó, se veía a su vez atacado, invadido y vencido por sus vecinos.

En el cataclismo general también el cristianismo resultó conmovido. En los grandes peligros los romanos se acordaban todavía de los misterios etruscos y los atenienses pensaban que Aquiles y Minerva podrían salvarlos; los cartagineses impetraban al genio celeste; pero se trataba de perturbaciones pasajeras. El edificio de la Iglesia se mantiene firme mientras el Imperio se derrumba en las provincias occidentales.

Pero, como es natural, también la Iglesia conoció momentos de angustia y se vió ante una situación totalmente nueva. Una nación pagana se apoderó de Bretaña; los reyes arrianos conquistaron la mayor parte del Occidente; en Italia, y ante las puertas de Roma, los longobardos, viejos arrianos, siempre vecinos peligrosos, fundaron un poderoso reino.

Mientras los obispos de Roma, acosados por todas partes, se esforzaban —y, en verdad, con toda la sagacidad y tenacidad que desde entonces les es peculiar— en conservar su señorío cuando menos en su demarcación, ocurre un desastre todavía mayor. No sólo conquistadores, como los germanos, sino poseídos por una fe fanática y orgullosa, contraria radicalmente al cristianismo, los árabes se desparraman por Oriente y Occidente, conquistan en sucesivos ataques el Africa y en uno solo España, y Muza proclama su intención de marchar hasta Italia a través de los Pirineos y de los Alpes, para plantar el estandarte del profeta en el Vaticano.

La situación en que se encontró el cristianismo occidental era tanto más peligrosa cuanto que en ese momento se agitaban furiosas las disputas de los iconoclastas. El emperador de Constantinopla se había adherido a un partido distinto que el Papa de Roma; más de una vez trató de asesinarlo. Los longobardos se percataron pronto de cuán favorable les era esta situación. Su rey Astulfo se apoderó de provincias que hasta entonces habían estado sometidas al emperador, se aproximó a Roma y exigió de la Ciudad Eterna el pago del tributo en señal de sometimiento bajo terribles amenazas.

No era posible encontrar ayuda alguna en todo el mundo romano contra los longobardos y mucho menos contra los árabes salvajes que en aquella época empezaban a dominar el Mediterráneo y amenazaban al cristianismo con una guerra a muerte.

Por fortuna, el cristianismo no se encerraba ya en los confines del mundo romano. Hacía tiempo que había traspasado las fronteras siguiendo su destino original. Por el Oeste había entrado en los puebles germánicos y se había constituido ya en medio de ellos un poder al que no tenía más que acudir el Papa para encontrar aliados dispuestos contra toda clase de enemigos.

Entre todos los pueblos germánicos, el franco, ya en su primer levantamiento en las provincias del Imperio romano, se había hecho católico. Esta conversión le había madurado para grandes progresos. Los francos encontraron aliados naturales en los súbditos católicos de sus enemigos arrianos, los burgundios y visigodos. Muchos milagros, nos dice la leyenda, favorecieron a Clodoveo: San Martín le señaló el camino a través de Vienne por medio de una perra; San Hilario le precedía en su marcha asumido por una columna de fuego. No es demasiado atrevido suponer que estas leyendas representan las ayudas que los indígenas prestaban a un compañero en la fe, cuando aquéllos “anhelaban su victoria”, como dice Gregorio de Tours.

Así fortalecido en sus comienzos con éxitos tan grandes, este sentir católico fue reforzado por otra circunstancia especial.

El Papa Gregorio el Grande vio una vez en el mercado de esclavos de Roma a los anglosajones, que le llamaron la atención y le hicieron pensar en la conveniencia de evangelizar la nación a que pertenecían. Jamás un Papa tomó decisión de resultado más fecundo. Con la doctrina cristiana se promovió en la Bretaña germánica una veneración por Roma y la Santa Sede como no se encontraba en parte alguna. Los anglosajones iniciaron sus peregrinaciones a Roma; mandaban a los jóvenes para que se instruyeran en las cosas divinas; el rey Offa introdujo el dinero de San Pedro para ayuda de los peregrinos; la gente de rango marchaba a Roma para morir en la Ciudad Santa y poder ser recibida mejor por los santos del cielo. Parece como si esta nación hubiera traspasado a Roma y a los santos cristianos la vieja superstición germánica de que los dioses se hallan más cerca de un determinado lugar que de otro,

A esto se añadió algo más importante, pues los anglosajones contagiaron de esta manera de pensar la tierra firme y los dominios francos. El apóstol de los germanos fue un anglosajón. Lleno del fervor de su nación por San Pedro y sus sucesores, Bonifacio prometió al comienzo de su apostolado someterse fielmente a los mandatos de la Santa Sede, promesa que cumplió con el mayor rigor. La Iglesia germánica fundada por él recibió así un extraordinario sentido de obediencia. Los obispes tenían que prometer solemnemente mantenerse sometidos hasta el fin de sus días a la Iglesia romana, a San Pedro y a sus sucesores. Pero no sólo convenció a los germanos. Los obispos de la Galia habían estado manifestando cierta independencia de Roma. Bonifacio, que llegó a presidir algunas veces sus sínodos, encontró ocasión para marcar también con sus ideas esta porción occidental de !a Iglesia franca; a partir de él, los arzobispos galos recibieron el palio de Roma. Y el sometimiento de estilo anglosajón se extendió así por todo el ámbito del reino franco.

El poder franco se había convertido en el centro de todo el mundo germánico-occidental. En nada le perjudicó que la vieja casa real, la dinastía merovingia, se hundiera por los crímenes más atroces; su lugar fue ocupado por otro linaje de hombres, de voluntad poderosa y de fuerza terrible. Mientras los otros reinos se desmoronaban y el mundo estaba a punto de convertirse en una propiedad de la espada musulmana, esta dinastía, la de Pipino de Heristal, que después recibió el nombre de carolingia, presentó la primera y decisiva resistencia.

Al mismo tiempo favoreció la evolución religiosa que iba teniendo lugar. Desde muy temprano encontramos a la dinastía en muy buenas relaciones con Roma, y Bonifacio trabaja bajo la protección de Carlos Martel y Pipino el Breve.

Piénsese un momento en la posición del poder papal en el mundo. Por un lado, el Imperio de Oriente, en decadencia, débil, incapaz de defender el cristianismo contra el Islam y de asegurar sus propios dominios italianos contra los longobardos y, sin embargo, con pretensiones de intervención soberana en las asuntos eclesiásticos. Por otro, las naciones germánicas, llenas de vida, poderosas, vencedoras del Islam, sometidas a la autoridad de que tenían menester con toda la frescura de su entusiasmo juvenil y llenas de fervor generoso.

Gregorio II se daba cuenta de lo que había ganado. “Todos los países de Occidente —escribe lleno de seguridad al emperador iconoclasta León Isáurico— dirigen sus miradas a nuestra humildad y nos tienen por un Dios sobre la tierra”. Sus sucesores se iban percatando cada vez con mayor claridad de la necesidad de apartarse de un poder que no les ofrecía protección alguna y que sólo les imponía obligaciones: la sucesión del nombre y del imperio de Roma no podía atarlos. Así, pues, volvían su mirada al lugar de donde únicamente podían esperar alguna ayuda. Entablaron una alianza con los Señores de Occidente, con los príncipes francos, alianza que se fue haciendo más estrecha con el tiempo, aportó a ambas partes ventajas considerables y se desenvolvió de tal modo que llegó a revestir una significación de primer orden en la historia universal.

Cuando el joven Pipino, no satisfecho con la realidad del poder monárquico, quiso también poseer el título, sintió que le era menester un refrendo superior, y el Papa se lo ofreció. A cambio, el nuevo rey prometió defender “la Santa Iglesia y la República de Dios” contra los longobardos. Pero a su celo no le bastaba la mera defensa. Muy pronto obligó a los longobardos a entregar los territorios italianos arrebatados al Imperio de Oriente, el Exarcado. Parece que la justicia reclamaba que los hubiera devuelto a su dueño el emperador, y en este sentido recibió Pipino alguna indicación. La contestación suya fue que “no había salido a combatir por el bien de un hombre, sino movido por su veneración a San Pedro, para ganar así el perdón de sus pecados”. Depositó las llaves de las ciudades conquistadas sobre el altar de San Pedro. Este fue el fundamento de todo el poder temporal de los Papas.

Con tan animosa colaboración se fue desenvolviendo la alianza. Carlomagno alivió por fin al Papa de la vecindad de los príncipes longobardos, desde largo tiempo fastidiosa. Él en persona dio muestras de la más profunda sumisión: llegó a Roma, subió de hinojos los escalones de San Pedro, hasta llegar al patio donde le aguardaba el Papa, a quien confirmó la donación de Pipino. Por su lado, el Papa se mostró el amigo más fiel; las relaciones del obispo de Roma con los obispos italianos facilitaron a Carlomagno el sometimiento de los longobardos y la adscripción de este reino al suyo.

Pronto el curso de los acontecimientos conduciría a éxitos mayores.

En su propia ciudad, donde las facciones se combatían con furia, no podía el Papa sostenerse sin la protección de fuera, y Carlomagno volvió a la Ciudad Santa con este fin. El viejo príncipe aparecía nimbado de gloriosas victorias. En largas guerras había sometido uno tras otro a todos sus vecinos y casi había llegado a agrupar a todas las naciones cristianas romano-germánicas; las había conducido a la victoria contra el enemigo común; se había hecho dueño de todas las comarcas sometidas a los emperadores de Occidente en Italia, en la Galia y en Germania, y disponía de todo su poder. Es cierto que estos países se habían convertido desde entonces en un mundo diferente, pero ¿excluía ello la dignidad suprema? Pipino había recibido la diadema real porque a quien tiene el poder corresponde el honor. También esta vez el Papa se decidió en favor del rey. Lleno de reconocimiento y necesitado de una protección permanente, coronó a Carlos con la corona del Imperio de Occidente en aquel día de Navidad del año 800.

Así tuvieron cumplimiento los acontecimientos iniciados con la invasión de los germanos en el Imperio romano.

El lugar de los emperadores romanos de Occidente lo ocupa ahora un príncipe franco y ejerce todos los derechos correspondientes. En la donación de los territorios al sucesor de San Pedro vemos la ejecución de un acto de suprema autoridad por parte de Carlomagno. Su sobrino Lotario nombra a los jueces y anula las confiscaciones llevadas a cabo por el Papa. El Papa, jefe supremo de la jerarquía eclesiástica en el Occidente romano, se ha convertido en un miembro del Imperio franco. Se aparta del Oriente y poco a poco cesa de recibir acatamiento. Hacía tiempo que los emperadores griegos le habían arrebatado su base patriarcal en Oriente. En cambio, las iglesias de Occidente —sin exceptuar la longobarda, a la que se llevaron las instituciones de la franca— le prestaban una audiencia que nunca había conocido. Al acoger en Roma las escuelas de los frisones, sajones y francos, con lo que la ciudad comenzó a germanizarse, entró en la combinación de elementos germánicos y románicos que ha constituido desde entonces el carácter del Occidente. Su poder echa raíces en un suelo virgen en los momentos más angustiosos, y cuando parecía abocado a la ruina se afirma por largo tiempo. La jerarquía creada dentro del Imperio romano se vierte en la nación germánica; aquí encuentra un campo infinito para una actividad siempre creciente, en cuyo curso se desarrolla hasta la plenitud el núcleo de su propia substancia.

 

3) Relación con los emperadores germánicos. Formación independiente de la jerarquía

Dejemos transcurrir varios siglos para detenemos en el punto a que nos conducen y, desde él, proyectar una mirada de conjunto.

El Imperio franco ha caído y el germánico surge poderoso.

Nunca el nombre alemán ha tenido mayor valimiento en Europa que en los siglos X y XI, bajo los emperadores sajones y los primeros emperadores sálicos. Vemos a Conrado II dirigirse desde las fronteras orientales —donde el rey de Polonia ha tenido que sometérsele y entregarle una fracción de su reino, y donde el duque de Bohemia ha sido condenado a prisión— hacia el Oeste, para asegurarse la Borgoña frente a las pretensiones de los señores Franceses. Los vence en los llanos de Champagne; a través del San Bernardo acuden en su auxilio sus vasallos italianos; se hace coronar en Ginebra y congrega su dieta en Solothurn. En seguida le encontramos en la Italia meridional. “En la frontera de su imperio —dice su cronista Wippo—, en Capua y Benevento, ha resuelto las discusiones con su palabra.” Enrique III reinó con no menos poder. Pronto lo encontramos en el Escalda y el Lys, vencedor de los condes de Flandes, y en Hungría, a la que obliga durante cierto tiempo a prestarle pleito homenaje, más allá del Raab, hasta que le dan el alto los elementos. El rey de Dinamarca le visita en Merseburgo. Uno de los más poderosos señores de Francia, el conde de Tours, se le ofrece como vasallo, y las crónicas españolas cuentan que exigió a Femando I de Castilla, príncipe victorioso y lleno de poder, que le rindiese acatamiento como supremo señor feudal de todos los reyes cristianos.

Si preguntamos ahora qué fuerza interior sostenía este poder expansivo que pretendía la supremacía europea, nos encontramos con que encerraba un importante elemento religioso. También los germanos conquistaban mientras convertían. Con la Iglesia, marchaban sus Fronteras a través del Elba hacia el Oder y a lo largo del Danubio; los monjes y los sacerdotes precedieran al influjo germano en Bohemia y en Hungría. Por esta razón las autoridades eclesiásticas disfrutaron de un gran poder. Los obispos y abades obtuvieron en Germania derechos condales y a veces ducales más allá de sus propios dominios, y no se describen las posesiones eclesiásticas como radicadas en les condados sino que, por el contrario, son los condados los que radican en los obispados. En la Italia alta casi todas las ciudades estaban sometidas a los vicecondados de sus obispos. Sería un error creer que las autoridades eclesiásticas han ganado con esto una auténtica independencia. Como la promoción para las dignidades eclesiásticas correspondía al rey —las fundaciones solían enviar el anillo y el cetro del dignatario fallecido a la corte, que los volvía a ceder de nuevo—, era hasta una ventaja para los príncipes conceder atribuciones temporales al hombre de su elección, con cuya fidelidad debían contar. A pesar de la resistencia de la nobleza, Enrique III colocó en la sede de Milán a un plebeyo, de cuya fidelidad estaba seguro; la obediencia que más tarde encontró en la Italia del Norte se debió en gran parte a esta manera de proceder. Así se explica que, entre todos los emperadores, fuera Enrique III el más generoso con la Iglesia y, al mismo tiempo, quien defendiera con mayor vigor el derecho de promover los obispos. También se tenía cuidado en que las donaciones no se sustrajeran al poder del Estado. Los bienes eclesiásticos no estaban exentos de los gravámenes públicos, ni siquiera del deber de vasallaje. A menudo encontramos obispos que conducen a sus hombres a la guerra. Y se puede comprender la ventaja que suponía poder nombrar obispos como el arzobispo de Bremen, quien ejercía la máxima autoridad espiritual en los reinos escandinavos y sobre las diversas estirpes de los vendos.

Siendo el elemento eclesiástico tan importante en la organización del Imperio germánico, se comprende la importancia que había de revestir la relación que el emperador mantuviera con el jefe supremo, con el Papa de Roma.

Lo mismo que en el caso de los emperadores romanos y los sucesores de Carlomagno, el Papado guardó estrecha relación con el emperador germánico. No se puede dudar de su situación política subalterna. Es verdad que antes de que el Imperio cayera de manera definitiva en manos germánicas, cuando era gobernado por jefes débiles y vacilantes, los Papas ejercieron actos de suprema autoridad. Pero desde el momento en que los poderosos príncipes germanos se arrogaron la dignidad imperial fueron de hecho, aunque no sin resistencia, tan señores del Papado como los carolingios. Otón el Grande protegió con mano de hierro al Papa que había elevado a la Sede, y sus hijos siguieren su ejemplo. Como las facciones romanas se levantaron de nuevo y se apropiaron la dignidad papal, manejándola como un interés de familia, comprándola y vendiéndola, se hizo necesaria una intervención superior. Es sabido con qué energía la llevó a cabo Enrique III. Su sínodo de Sutri depuso a los Papas intrusos. Luego de colocarse el anillo patriarcal en el dedo y haber recibido la corona imperial, señaló a su discreción quién había de ocupar la Sede. Se sucedieron cuatro Papas germanos, todos nombrados por él; al vacar la Sede, los delegados de Roma, así como los enviados de los otros obispados, se presentaban en la corte para recibir el nombramiento del sucesor.

En esta situación le convenía al emperador mantener el prestigio del Papado. Enrique III fomentó las reformas que emprendieron los Papas nombrados por él, y el aumento consiguiente de autoridad no provocó su recelo. El hecho de que León IX, contrariando la voluntad del rey de Francia, convocara a un sínodo en Reims, nombrando y deponiendo obispos franceses y recibiendo la declaración solemne de que el Papa era el único primado de la Iglesia entera, no podía sino satisfacer al emperador mientras él pudiera disponer de poder sobre el Papado. Era congruente con la pretensión de primacía que trataba de afirmar en Europa. La misma relación que se aseguraba con respecto a los nórdicos a través del arzobispo de Bremen, podía asegurársela sobre las otras potencias de la cristiandad a través del Papa.

Pero en esto se encerraba un gran peligro.

La organización del estamento eclesiástico en los dominios germánicos y germanizados se había convertido en algo muy diferente a la que presentaba en los románicos. Se le había atribuido una gran parte del poder político; disponía de poder principesco. Hemos visto que dependía del emperador, de la suprema autoridad secular, pero ¿qué podía ocurrir cuando esta autoridad cayera en manos débiles, si el jefe de la Iglesia, triplemente poderoso: por su dignidad» objeto de la veneración general, por la obediencia de los fieles y por su influencia sobre otros Estados, aprovechara el momento oportuno para enfrentarse con el poder real?

La situación se mostraba propicia en varios aspectos. El poder eclesiástico albergaba en sí un principio propio, antagonista de ese gran influjo secular, principio que debía manifestarse en cuanto se sintiera con fuerzas suficientes. Según creo, había también una contradicción en el hecho de que el Papa, que ejercía el máximo poder espiritual, tuviera que estar sometido por todas partes al emperador. Otra cosa hubiese ocurrido si Enrique III se hubiera decidido a proclamarse cabeza de toda la cristiandad. Como no sucedió esto, es natural que en un momento de confusión política el Papa se viera impedido, per su sumisión al emperador, de aparecer plenamente como el padre de todos los fieles, como correspondía a su dignidad.

En esta situación sube a la Silla de San Pedro Gregorio VII. Gregorio es un espíritu osado, tenaz y de largo alcance; sistemático, podríamos decir, como una construcción escolástica; imperturbable en las consecuencias lógicas y muy diestro al mismo tiempo en eludir con la mejor apariencia contradicciones verdaderas y fundadas. Vió el camino que llevaban las cosas, captó en el trajín de la vida cotidiana sus posibilidades históricas, y decidió emancipar al poder papal de la tutela imperial. Una vez que se propuso este fin, echó mano sin contemplaciones de todos los medios necesarios. La resolución que inspiró a los concilios de que en el futuro jamás ninguna dignidad eclesiástica podría ser atribuida por una autoridad secular, tenía que chocar con la esencia misma de la constitución imperial, porque ésta descansaba sobre la unión de la organización eclesiástica y la secular el vínculo lo representaba la investidura y significó tanto como una revolución que se arrebatara este derecho al emperador.

Es claro que Gregorio VII no hubiera pensado en tal cosa de no haberse dado cuenta de la descomposición del Imperio germánico durante la minoridad de Enrique IV y del levantamiento de los pueblos y príncipes germanos contra este emperador. Encontró aliados en los grandes vasallos. También ellos se sentían oprimidos por la supremacía del poder imperial y trataban de liberarse de él. En cierto sentido el mismo Papa era uno de los grandes vasallos del Imperio. Así se comprende que el Papa declarara a Alemania imperio electivo —el poder de los príncipes crecía de este modo en gran manera —y que los príncipes no se opusieran cuando el Papa se libró del poder imperial. En la misma lucha de las investiduras sus ventajas iban a la par. El Papa estaba muy lejos de querer designar por sí mismo a los obispos y dejó el nombramiento a cargo de los cabildos, en los que la gran nobleza germánica ejercía el máximo influjo. En una palabra: el Papa tenía a su lado los intereses de la aristocracia.

Pero, a pesar de estos aliados de marca, ¡qué guerras más largas y sangrientas costó a los Papas la conquista de su libertad! Desde Dinamarca hasta la Apulia, dice el salmo del Año Santo, desde la Carolingia hasta Hungría, el Imperio ha vuelto sus armas contra sus entrañas. La lucha entre el principio espiritual y el temporal, que antes se entendieron tan bien, enzarzó a la cristiandad en fatales altercados. Los Papas tuvieron que abandonar a menudo la Ciudad Eterna y contemplar cómo ocupaban la Sede los Antipapas.

Por fin consiguieron el triunfo. Después de muchos siglos de sumisión y otros más de lucha indecisa, se había logrado de manera definitiva la independencia de la Santa Sede y su principio. De hecho los Papas gozaban de una posición magnifica. La clerecía estaba completamente en sus manos. Es digno de notar que los Papas más enérgicos de este período fueron todos benedictinos al igual que Gregorio VII. Al introducir el celibato convirtieron a todo el sacerdocio en una especie de orden monástica. El obispado universal que se arrogaban guardaba cierto parecido con el poder de un abad cluniacense, que era la única autoridad abacial en su orden. Y así estos Papas pretendían ser únicos obispos de la Iglesia. No sintieron escrúpulo alguno para intervenir en la administración de todas las diócesis. Sus legados fueron equiparados por ellos con los viejos procónsules romanos. Las potencias estatales iban decayendo mientras se constituía este orden que obedecía a una sola cabeza, que estaba organizado apretadamente y se extendía por todos los países, poderoso por sus riquezas territoriales y dominador de todos los aspectos de la vida. Ya a comienzos del siglo XII el preboste Gerohus pudo decir: “Llegarán las cosas al extremo de que los ídolos de oro del Imperio se derrumbarán y todo reino mayor se romperá en cuatro principados: entonces la Iglesia estará libre y no oprimida, bajo la protección del Sumo Sacerdote coronado”. Poco faltó para que no se cumpliera la profecía. Porque en realidad, ¿quién era más poderoso en Inglaterra en el siglo XIII, Enrique III o aquellos veinticuatro señores que tuvieron durante cierto tiempo el gobierno en sus manos? ¿Y quién es más poderoso en Castilla, el rey o los “barones?” No parecía necesario el poder de un emperador después que Federico había otorgado a los príncipes del Imperio los atributos esenciales de la soberanía territorial. Se puede decir que sólo el Papa disfrutaba de un poder amplísimo y unitario. Así ocurrió que la independencia del principio espiritual se trasmutó muy pronto en una nueva especie de supremacía. Llevaban a ello el carácter temporal-espiritual que dominó la vida toda y el curso de les acontecimientos. Cuando países durante tanto tiempo perdidos, como España, habían sido recobrados del mahometismo y ganadas al paganismo y pobladas con pueblos cristianos provincias como Prusia; cuando las mismas capitales de la religión griega se sometieron al rito latino y cientos de miles se alistaban para la reconquista de los santos lugares, nada tiene de extraño que gozara de un prestigio inmenso el sumo sacerdote, que intervenía en todas estas empresas y recibía la obediencia de los sometidos. Bajo su dirección y en su nombre se expandían las naciones occidentales en innumerables colonias como si fueran un solo pueblo y trataban de adueñarse del mundo. Por lo tanto, no puede extrañarnos que también en el interior ejerciera una autoridad indiscutible y que un rey de Inglaterra recibiera del Papa su reino como feudo, que un rey de Aragón lo pusiera a disposición del apóstol Pedro y que Nápoles fuera cedido por el Papa a una dinastía extranjera. Asombrosa fisonomía ofrece esa época, que nadie todavía nos ha presentado en su plena verdad. Es una combinación extraordinaria de disensión interior y de brillante expansión hada fuera, de autonomía y obediencia, de mundo espiritual y secular. Sorprende el carácter contradictorio del fervor religioso. A veces se recoge en la abrupta montaña, en el bosque solitario para entregarse por completo a la contemplación divina, renunciando a todos los goces de la vida en espera de la muerte; o, en medio de los hombres, se empeña con entusiasmo juvenil en acuñar en formas penetrantes y magníficos los misterios vislumbrados, las ideas que le alimentan. Pero junto a esto encontramos esa otra fuerza que ha inventado la Inquisición y que blande la terrible espada de la justicia contra los herejes: “A nadie —dice el caudillo contra los albigenses— de cualquier sexo, edad o rango hemos perdonado, sino destrozado a todos con el filo de la espada”. A veces ambos aspectos se concentran en un solo momento. A la vista de Jerusalén los cruzados se apean de sus caballos y se descalzan para llegar como verdaderos peregrinos a las Santas Murallas; en medio de los combates más fieros, se creen asistidos del auxilio de los santos y de los ángeles. Pero apenas escaladas las murallas se entregan al saqueo y la matanza: en el emplazamiento del Templo de Salomón degollaron cuatro mil sarracenos, quemaron a los ju­díos en sus sinagogas y mancharon de sangre los santos lugares que venían a adoran Contradicción inseparable de todo Estado religioso y que constituye su propia esencia.

 

4) Contraste entre los siglos XIV y XV

 

En algunos momentos se siente uno tentado a indagar los planes del gobierno divino del mundo, las fases de la educación del género humano.

Con todos sus defectos, el desarrollo que acabamos de delinear fue necesario para que arraigara bien el cristianismo en Occidente. Era muy difícil hacer que se empaparan con las ideas del cristianismo aquellas almas nórdicas, ariscas, dominadas por antiquísimas supersticiones. Era menester que lo espiritual tuviera durante cierto tiempo el predominio para que la levadura prendiera por completo en el alma germánica. A la vez se verifica entre el elemento germánico y el románico la unión sobre la que descansa el carácter de la Europa posterior. Existe una comunidad del mundo moderno, que se ha considerado siempre como fundamento principal de toda su formación, en la Iglesia y en el Estado, en las costumbres, en la vida y en la literatura. Para que esto se produjera, las naciones occidentales tuvieron que componer alguna vez un solo Estado universal.

Pero en el inmenso curso de los acontecimientos no pasó de ser un momento. Una vez logrado el cambio, necesidades nuevas operan otra vez.

Anuncia una nueva época el hecho de que los idiomas nacionales cuajaran casi por el mismo tiempo. Poco a poco, pero de manera incontenible, se filtran en todos los campos de la actividad espiritual y paso a paso le disputan el terreno al idioma de la Iglesia, La universalidad se retrae y en el campo abandonado por ella crece una nueva particularidad de sentido superior. El elemento eclesiástico había domeñado las nacionalidades y ahora, transformadas, éstas discurren por un camino nuevo.

No parece sino que todo el afán de los hombres, que transcurre insignificante y que escapa a la observación, se halla sometido al curso poderoso e incontenible de los acontecimientos. El poder papal fue cosa que las anteriores circunstancias reclamaban, pero las nuevas le eran contrarias. Como las naciones no habían tanto menester del impulso del poder eclesiástico, pronto le ofrecieron resistencia. Sentían en sí la fuerza de su independencia.

Vale la pena de traer a la memoria los hechos más importantes en que se manifiesta este nuevo sesgo.

Como es sabido, fueron los franceses los primeros que hicieron frente de manera decidida a las pretensiones del Papa. Con unanimidad nacional se opusieron a las bulas de excomunión de Bonifacio VIII y en cientos de documentos todas las clases declararon su adhesión a la actitud de Felipe el Hermoso.

Les siguen los alemanes. Cuando los Papas atacan el Imperio con el mismo coraje de antes, aunque éste ni de lejos mantenía el antiguo poder, los príncipes electores se allegaron a orillas del Rin, reuniéndose en sus sitiales de piedra del campo de Rense, con el propósito de acordar una medida general para reafirmar “el honor y la dignidad del Imperio”. Pretendían declarar solemne­mente la independencia del Imperio contra toda intervención del Papa. Pronto les siguió la misma resolución de todas las fuerzas, emperador, príncipes y príncipes eclesiásticos, y se enfrentaron unánimemente al poder temporal del Papa.

Inglaterra no se hizo esperar mucho. En ninguna otra parte gozaron los Papas de mayor influencia ni administraron más arbitrariamente los beneficios; cuando Eduardo III se negó a pagar el tributo prometido por reyes anteriores, el Parlamento se adhirió a él y le aseguró su apoyo. El rey tomó sus medidas para precaverse contra otros abusos del poder papal.

Vemos cómo una nación tras otra se afirman en su independencia y unidad; el poder público nada quiere saber de otra autoridad superior; tampoco en el pueblo encuentran aliados los Papas, Príncipes y estamentos rechazan resueltamente sus intervenciones.

Mientras tanto ocurrió que el Papado cayó en confusión y debilidad, lo que permitió a las potencias occidentales, que hasta entonces no habían buscado más que afirmarse, influir a su vez sobre él.

Apareció el cisma. Obsérvense sus consecuencias. Durante largo tiempo dependió de los príncipes nombrar uno u otro Papa según su conveniencia política, y el poder espiritual no disponía de medio alguno para acabar con la confusión que sólo el poder temporal podía dominar. Cuando se celebró una reunión con este objeto en Constanza, no se votó por cabezas como antes, sino por las cuatro naciones y a cada una de ellas le fue posible decidir en reuniones previas a quién había de dar su voto; juntas destituyeron un Papa y el recién elegido tuvo que celebrar concordatos con cada una de las naciones, concordatos cuyo contenido ya venía anticipado por la conducta seguida. Durante el concilio de Basilea y la nueva disensión, algunos reinos se mantuvieron neutrales y sólo el esfuerzo de los príncipes consiguió impedir el nuevo cisma. Nada podía ocurrir que fuera más favorable al predominio del poder temporal y a la independencia de cada reino.

De nuevo el Papa goza de gran prestigio y dispone de la obediencia de todos. El emperador le servía de escudero; hubo obispos, no sólo en Hungría sino también en Alemania, que se decían por la gracia de la Sede apostólica; en el Norte se seguía recogiendo el dinero de San Pedro; afluían peregrinos de todos los países en el jubileo del año 1450 y un testigo compara su llegada con enjambres de abejas y con bandadas de pájaros. Pero, a pesar de todo, no habían vuelto los tiempos pasados.

Para convencerse de esto basta con recordar el celo de los cruzados y compararlo a la frialdad con que se recibió en el siglo XV el llamamiento para una resistencia común contra los turcos. Era mucho más urgente defender la propia tierra contra un peligro que avanzaba irresistible, que rescatar el Santo Sepulcro. Con la mayor elocuencia habló Eneas Silvio en la Dieta y el monje Capistrano en las plazas de las ciudades, y los cronistas nos cuentan la impresión producida en el ánimo de los oyentes, pero no sabemos que nadie acudiera a las armas. Los Papas hicieron los mayores esfuerzos. Uno equipó una flota; otro, Pío II, aquel elocuente Eneas Silvio, acudió, sobreponiéndose a su enfermedad, al puerto donde debían reunirse los que estaban en mayor peligro. Quería estar presente, según sus palabras, para hacer lo único que le era posible: elevar sus brazos al cielo como Moisés. Pero ni los ruegos, ni las advertencias, ni los ejemplos sirvieron de nada. Había pasado la época de aquella juvenil cristiandad caballeresca y a ningún Papa le fue posible resucitarla de nuevo.

Eran otros les intereses que por entonces movían al mundo. Después de largas luchas intestinas los reinos de Europa se consolidan. El poder central domina las facciones que hasta entonces habían puesto en peligro el trono y cobija a todos los súbditos en única obediencia. Muy pronto se empezó a minar el poder estatal del Papado, que lo quería dominar todo y que en todo inter­venía. El principado se alzó con mayores pretensiones.

Muchas veces se figura uno al Papado gozando de un poder casi ilimitado hasta la Reforma, pero la realidad es que los Estados se habían arrogado no pequeñas atribuciones en los negocios eclesiásticas durante el siglo XV y comienzos del XVI.

En Francia, las intervenciones de la Santa Sede fueron esquivadas en su mayor parte con la Pragmática Sanción, que estuvo vigente más de medio siglo. Es verdad que Luis XI, poseído de una falsa piedad, que tanto más le podía cuanto más le faltaba la verdadera, hizo concesiones, pero sus sucesores recuperaron con ventaja lo perdido. Se dice que la corte de Roma alcanza de nuevo aquel poder antiguo cuando Francisco I celebra su concordato con León X. Es verdad que el Papa recibió de nuevo las annatas. Pero, en cambio, tuvo que renunciar a otras muchas cosas, entre las principales al derecho, en favor del rey, de promover los obispados y otros altos beneficios. Es innegable que la Iglesia galicana perdió sus derechos, pero no tanto en favor del Papa como del rey. El principio que Gregorio VII quiso imponer al mundo fue abandonado sin gran dificultad por León X.

En Alemania las cosas no podían ir tan lejos. Los acuerdos de Basilea, que en Francia se convirtieron en la Pragmática Sanción. En Alemania, donde también se aceptaron en un principio, resultaron moderados por el Concordato de Viena. Pero tampoco esta moderación ocurrió sin alguna contrapartida de la Santa Sede. En Alemania no bastaba entenderse con el jefe del Estado; era menester ganarse a los diversos estamentos. Los arzobispos de Maguncia y Tréveris obtuvieron el derecho de disponer de los beneficios vacantes que corres­pondían al Papa; el elector de Brandeburgo adquirió la facultad de promover a los tres obispos del país; otros estamentos menos Importantes, las ciudades de Estrasburgo, Salzburgo y Metz, consiguieron también ciertas ventajas. Sin embargo, no se acalló con esto la oposición general. En el año 1487 todo el Imperio se opuso a un diezmo que el Papa quiso introducir. En el año 1500 la autoridad secular le retuvo al legado del Papa dos tercios de la cantidad aportada por la venta de indulgencias, cantidad que dedicó a la guerra contra los turcos.

Sin necesidad de concordato alguno, ni de Pragmática Sanción, se llegó en Inglaterra a resultados mayores que los derivados de Constanza. Enrique VII tenía el derecho de nombrar un candidato para las sedes episcopales vacantes. No le bastó con tomar en sus manos el fomento de los intereses eclesiásticos, sino que dispuso de la mitad de las annatas. Cuando, después de esto, a comienzos del reinado de Enrique VIII, Wolsey adjuntó a sus otros cargos oficiales la dignidad de legado, el poder espiritual y el temporal aparecieron conciliados en cierto modo, pero antes de que asomara el protestantismo se acometió una violenta confiscación de gran número de monasterios.

Tampoco los países meridionales se quedaron atrás. También el rey de España podía nombrar los obispos. A la Corona estaban vinculados los grandes maestres de las órdenes militares; y ella, que había establecido la Inquisición y la dominaba, disfrutó de muchas atribuciones y derechos de orden eclesiásti­co. Femando el Católico se opuso no pocas veces a las autoridades papales.

En no menor grado que las órdenes militares españolas, eran patrimonio de la Corona las portuguesas de Santiago, de Avis, de Cristo, a la que habían correspondido los bienes de la orden del Temple. El rey Manuel consiguió de León X no sólo la tercera parte de la cruciata, sino también el diezmo de los bienes eclesiásticos, con el derecho expreso de distribuirlos a su buen placer.

Por todas partes, tanto en el norte como en el sur, se trataba de limitar los derechos del Papa. El poder estatal buscaba la participación en las rentas eclesiásticas y la distribución de las dignidades y beneficios. Los Papas no ofrecieron una resistencia seria. Trataron de conservar todo lo que pudieron, pero fueron cediendo. Lorenzo de Médicis, en ocasión de un altercado entre Femando, rey de Nápoles, y el Papa, dice que aquél no pondrá ninguna dificultad en pro­meter lo que sea, pero que luego, en el momento del cumplimiento, se verá lo que siempre se ha visto en estas contiendas entre Papas y reyes. Hasta la misma Italia había llegado este espíritu de oposición. Se nos cuenta de Lorenzo de Médicis que siguió en estos asuntos el ejemplo de los grandes príncipes y no cumplía de los mandatos papales más que aquello que le venía en gana.

Sería un error no ver en estos empeños más que actos de pura arbitrariedad. La inspiración religiosa había cesado de dominar la vida de las naciones europeas en la medida de antes; el desarrollo de las nacionalidades y la formación de los Estados marcaban poderosamente su fuerza. Por lo tanto, era necesario que la relación entre el poder temporal y el espiritual sufriera un cambio profundo. Y hasta en los mismos Papas se notaba una gran Mudanza.

II. LA IGLESIA Y EL ESTADO PONTIFICIO A COMIENZOS DEL SIGLO XVI

 

1) Engrandecimiento del Estado de la Iglesia

 

Piénsese lo que se quiera de los Papas de los primeros tiempos, lo cierto es que siempre tuvieron a la vista grandes intereses. Tuvieron que cuidar de una religión perseguida, tuvieron que luchar con el paganismo, propagar el cristianismo en los pueblos nórdicos y establecer una jerarquía eclesiástica independiente. Constituye uno de los títulos de la dignidad humana el afanarse por ejecutar algo grande y este ímpetu animó también con fuerza a ¡os Papas. Pero los nuevos tiempos habían amortiguado aquellos entusiasmos. Se había dominado el cisma y había que avenirse a la imposibilidad de provocar una empresa colectiva contra los turcos. En esta coyuntura, ocurrió que el Papa persiguió con más decisión que nunca los fines de su principado temporal, dedicándole toda la tenacidad de que era capaz.

Desde largo tiempo el siglo estaba poseído por este espíritu. “Antes, declaraba un orador en el Concilio de Basilea, era de opinión que sería bueno separar por completo el poder secular del poder espiritual. Pero he aprendido que la virtud sin poder es algo ridículo y que el Papa de Roma sin el patrimonio de la Iglesia no sería más que un siervo de los reyes y los príncipes.” Este orador, que gozó de tanta influencia en la asamblea que decidió la elección de Papa a favor de Félix, considera que no es nada malo que un Papa tenga hijos que le puedan prestar ayuda contra los tiranos.

Un poco más tarde, se ocuparon en Italia de otro aspecto de la cuestión. Parecía muy bien que un Papa sacara adelante su familia: más bien se tendría sospecha del que así no lo hiciera, “Otros —escribió Lorenzo de Médicis a Inocencio VIII— no han esperado tanto para querer ser Papas y tampoco se han preocupado mucho por el honor y la buena conducta que Su Santidad ha mantenido tanto tiempo. Ahora Su Santidad no sólo tiene excusa delante de Dios y de los hombres, sino que esa conducta honorable pudiera serle reprochada y atribuida a otros motivos. El celo y la obligación fuerzan mí conciencia a recordar a Su Santidad que ningún hombre es inmortal y que un Papa tiene tanta importancia como él quiera dársela: no puede hacer objeto de herencia la dignidad que posee, y sólo a los honores y los favores que distribuya a su gente podrá llamar propiedad suya”. Estos eran los consejos del hombre considerado como el más sensato de Italia. Estaba interesado en el asunto, pues había casado a su hija con el hijo del Papa, pero jamás podría haberse expresado de manera tan desenfadada si no fuera algo corriente en el gran mundo una opinión semejante.

Concuerda con esto que por el mismo tiempo los estados europeos arrebataron al Papa una parte de sus atribuciones y que él comenzó a enredarse en empresas estrictamente seculares. Se sentía príncipe italiano antes que nada.

No hacía mucho tiempo que los florentinos habían vencido a su vecino y que la familia de los Médicís había fundado su poder sobre ambos; el de los Sforza en Milán, el de la casa de Aragón en Nápoles y el de los venecianos en Lombardía habían sido logrados y consolidados violentamente, en tiempos no borrados todavía de la memoria de los hombres; ¿por qué no había de abrigar el Papa la esperanza de establecer también un gran poder en aquellos dominios considerados como patrimonio de la Iglesia pero que se hallaban sometidos a toda una serie de jefes independientes?

Con deliberada intención y efectivos resultados comenzó el Papa Sixto IV a caminar en esta dirección; Alejandro VI la prosiguió de manera poderosa y con éxito extraordinario; Julio II orientó esta política de forma inesperada y permanente.

Sixto IV (1471-1484) concibió el plan de fundar en los bellos y ricos llanos de la Romaña un principado a favor de su sobrino Girolamo Riario. Las demás potencias aliadas italianas se disputaban ya la supremacía, cuando no la posesión, de estos territorios y, en cuestión de derechos, sin duda que el Papa podía hacer valer uno mejor. Pero ni en fuerzas estatales ni en recursos bélicos estaba todavía a la altura de la empresa. No le preocupó demasiado poner al servicio de sus propósitos todo su poder espiritual que se hallaba por encima de todo lo terreno por naturaleza y destino, rebajándolo así al plano de las con­fusas contiendas del momento. Como eran los Médicis, sobre todo, los que se le cruzaban en el camino, se vió comprometido en las pugnas florentinas, despertó la sospecha de que estaba enterado de la conjuración de los Pazzi y del asesinato ejecutado por éstos ante el altar de una catedral, y se habló de la complicidad del Padre de los creyentes. Cuando los venecianos cesaron de apoyar la causa del sobrino, al Papa no le bastó con abandonarlos en una guerra a la que él mismo les había empujado, sino que llegó al extremo de excomulgarlos mientras seguían en ella. Su estilo dentro de Roma no fue distinto. Los enemigos de Riario, los Colonna, fueron perseguidos por él encarnizadamente; les arrebató Marino; mandó prender al protonotario Colonna en su propia casa, para llevarlo prisionero y ejecutarlo. La madre acudió a San Celso en Banchi, donde se hallaba el cadáver; alzó por los cabellos la cercenada cabeza y gritó: “Esta es la cabeza de mi hijo; esta es la lealtad del Papa. Prometió que si le entregábamos Marino dejaría en libertad a mi hijo; ya tiene Marino, y en mis manos está también mi hijo, pero muerto. ¡Mirad, así cumple el Papa con su palabra!”

Hazañas como ésta eran necesarias para que Sixto IV lograra la victoria sobre sus enemigos de dentro y fuera del Estado. De hecho consiguió que su sobrino fuera señor de Imola y Forli; pero no cabe duda que, si su prestigio secular ganó mucho en la ocasión, perdió mucho más su dignidad espiritual. Hubo un intento de convocar un concilio contra él.

Pero pronto Sixto IV sería superado. En el año 1492 sube a la Silla de Pedro Alejandro VI.

Alejandro no había pensado en todos los días de su vida más que en gozar del mundo, vivir alegremente y dar satisfacción a todos sus deseos y ambicio­nes. Fue para él el colmo de la felicidad poseer, por fin, la suprema dignidad eclesiástica. Esta satisfacción parecía rejuvenecerle por días, a pesar de lo viejo que era. Ninguna idea molesta duraba de un día a otro. Lo único que le preocupaba era lo que pudiera serle útil, la manera de enriquecer a su hijo con dignidades y Estados; jamás ningún otro pensamiento le entretuvo demasiado.

Sólo este propósito se hallaba en la base de todas sus alianzas políticas, que tan gran influencia ejercieron en los acontecimientos históricos; un factor importantísimo de la política europea era la cuestión de cómo el Papa habría de casar a su hijo y cómo lo dotaría y enriquecería.

César Borgia, el hijo de Alejandro, siguió la carrera de Riario. Comenzó en el mismo tramo: su primera hazaña consistió en expulsar de Imola y Forli a la viuda de Riario. Con cordial desenfado prosiguió su tarea, y lo que aquél no había hecho más que intentar o iniciar, él lo llevó a cumplimiento. Considérese el camino escogido. Lo podemos trazar en pocas palabras. El Estado pontificio era presa de la disensión a causa de los güelfos y de los gibelinos, de los Orsini y les Colonna. Como los otros Papas, como el mismo Sixto IV, Ale­jandro y su hijo se aliaron al principio con uno de los dos partidos: el güelfo de los Orsini. En virtud de esta alianza pronto pudieron con sus enemigos. Expulsaron a los Sforza de Pesaro, a los Mala testa de Rimini, a los Manfreddi de Faenza y se apoderaron de estas ciudades poderosas y bien amuralladas, Fundando en ellas un importante poder. Pero apenas lograron todo esto y acabaron con sus enemigos, se volvieron contra sus amigos. En esto se distinguió el poder de los Borgia de los anteriores, que siempre habían quedado prisioneros de la facción a la que se habían adherido. César Borgia, sin empacho ni vacilación, atacó a sus aliados. El duque de Urbino, que le había apoyado hasta entonces, fue rodeado por una red sin que se diera cuenta, y apenas pudo escapar de ella, convirtiéndose en un Fugitivo en su propio país. Vitelli, Baglioni, capitanes de los Orsini, quisieren mostrar que eran capaces de resistencia. Decía César: “Está bien engañar a los que son maestros de todas las traiciones.” Con una crueldad bien calculada, los atrajo a su trampa y sin piedad alguna se deshizo de ellos. Luego de haber domeñado así a los dos partidos, ocupó su puesto: a los partidarios, nobles de rango inferior, los atrajo y los colocó a sueldo; mantuvo en orden los territorios conquistados apelando al terror.

De este modo vio satisfecho Alejandro su deseo más vivo, los barones del país aniquilados y su casa en camino de establecer en Italia una gran dinastía hereditaria. Pero tuvo que sentir, a su vez, el poder de las pasiones desatadas. César no quería compartir con ningún familiar ni favorito su poder. Asesinó a su hermano, que se cruzaba en su camino, haciéndolo arrojar al Tíber; en las escaleras de palacio fue acometido por orden suya su cuñado. La mujer y la hermana cuidaban del herido; la hermana le preparaba la comida para tener seguridad de que no sería envenenado, El Papa puso vigilancia en la casa para proteger del hijo al yerno. Precauciones de las que se reía César, Solía decir: “Lo que no ha pasado al mediodía puede pasar por la noche”. Cuando el príncipe se encontraba convaleciente entró en su cuarto, hizo salir a la mujer y a la hermana, y llamó a su verdugo, que estranguló al desgraciado. No le interesaba demasiado la persona del Papa, en el que no veía más que un instrumento de su propio poder. Mató al favorito de Alejandro; Peroto, cuando éste se guarecía bajo el manto pontifical; la sangre le saltó al Papa en la cara.

César tenía Roma y el Estado pontificio bajo su poder. De bella figura, de fuerzas que le permitían en las fiestas de toros cercenar de un golpe la cabeza del bruto, generoso hasta la magnificencia, voluptuoso, manchado de sangre, Roma temblaba ante su nombre. César necesitaba dinero y tenía enemigos; todas las noches aparecía gente asesinada. Todo el mundo callaba y nadie había que no temiera le llegara su vez. Al que no le alcanzaba el poder le destruía el veneno.

Sólo un punto había en la tierra donde todo esto fuera posible. Este punto era aquel donde coincidían la plenitud del poder secular y la suprema instancia espiritual. Este es el centro ocupado por César. También la degeneración tiene su perfección. Muchos familiares de los Papas habían intentado cosas semejantes, pero nadie llegó tan lejos. César es un virtuoso del crimen.

¿No fue acaso una de las tendencias fundamentales del cristianismo en sus orígenes hacer imposible un poder semejante? La suprema dignidad eclesiástica debía servir ahora para hacerlo viable.

No era menester la prédica de un Lutero para ver en todas estas historias la más perfecta contradicción del cristianismo. Pronto se empezó a decir que el Papa preparaba el camino al Anticristo y que cuidaba de la instauración del reino satánico y no del reino de Dios.

No intentamos describir en sus detalles la historia de Alejandro. Como consta por testimonio cierto, se propuso una vez eliminar por medio del veneno a uno de los cardenales más ricos, quien pudo sobornar con regalos, promesas y ruegos al jefe de cocina del Papa. La pócima destinada al cardenal fue ofrecida al Papa y así murió del veneno que él había preparado para otro. Después de su muerte, los resultados de todas sus empresas fueron muy otros de los que se había imaginado.

Los familiares de los Papas esperaban siempre hacerse con principados hereditarios, pero, en general, con la vida del Papa acababa también el poder de sus parientes, que desaparecía en la forma que había venido. Si los venecianos dejaron hacer a César Borgia, ello tenía sus motivas, y uno de los más admisibles nos lo revela el juicio que expresaron sobre los acontecimientos: “Todo esto es humo de pajas; a la muerte de Alejandro volverán las cosas como estaban.”

Pero esta vez se engañaron. Sucedió un Papa de apariencia muy contraría a los Borgia, pero que prosiguió sus empresas, aunque en otro sentido. El Papa Julio II (1503-1513) tuvo la enorme ventaja de encontrar ocasión de poder satisfacer por vías pacíficas las ambiciones de su linaje: le proporcionó la herencia de Urbino. De este modo, sin ser perturbado por sus familiares, pudo entregarse a su pasión guerrera, conquistadora, innata en él, que las circunstancias del momento y el sentimiento de su dignidad encendieran violentamente; pero fue en provecho de la Iglesia, de la Sede apostólica. Otros Papas habían tratado de procurar principados a sus sobrinos e hijos, pero Julio II concentró toda su ambición en el engrandecimiento del Estado de la Iglesia. Hay que considerarlo como fundador del mismo.

Comenzó a actuar en medio de la confusión más extremada. Habían regresado todos los que pudieron escapar de César: los Qrsini y los Colonna, los Vitelli y los Baglioni, los Varani, los Malatesta y los Montefeltri; por todas partes surgían los antiguos partidos, que se combatían hasta en el Burgo de Roma. Se ha comparado a Julio con el Neptuno virgiliano que emerge con rostro sereno sobre las ondas y aplaca su tumulto. Fue lo bastante artero para deshacerse de César Borgia y quedarse con sus castillos, arrogándose el ducado. Supo meter en cintura a los barones que entorpecían sus proyectos y cuidó muy bien de que no pudieran echar mano de los cardenales en calidad de jefes, pues en la ambición de éstos podría haber semilla para las viejas disensiones. Arremetió sin más contra los que le negaban obediencia. Sus artes llegaban al punto de hacer que un Baglione, que se había vuelto a apoderar de Perugia, se sometiera a los límites de una subordinación legal; sin prestar la menor resis­tencia, Juan Bentivoglio, ya viejo, tuvo que retirar del magnífico palacio que erigió en Bolonia aquella inscripción de que tanto se había vanagloriado. Dos ciudades que habían sido siempre tan poderosas conocieron el poder directo de la Sede apostólica.

Sin embargo, Julio II estaba todavía lejos de su meta. La mayor parte de las costas del Estado pontificio se hallaba en poder de los venecianos. No estaban dispuestos a devolverlas de buen grado y las fuerzas bélicas del Papa eran inferiores. Es de comprender que el ataque a estos territorios produjera conmoción en Europa, ¿Podía su osadía llegar a tanto?

Con sus muchos años, con el desgaste acarreado por los avalares de su larga vida, por los rigores de la guerra y de la huida, por todos sus excesos, este anciano no conocía, sin embargo, el miedo ni la vacilación. A su edad, conservaba la gran cualidad varonil: un valor indomable. No le preocupaban mucho los príncipes de su tiempo porque se sentía superior a todos ellos y esperaba alzarse con la ganancia en el alboroto de una lucha general. Cuidaba siempre de tener dinero, para poder aprovechar el momento favorable con toda su fuerza. Como dijo un veneciano acertadamente, quería ser amo y señor en el juego del mundo. Con impaciencia esperó el cumplimiento de sus deseos, pero mantuvo la mayor cautela. Si se busca la clave de su conducta, se encuentra que sentía la necesidad de proclamar su propósito, de prohijarlo y gloriarse de él. El restablecimiento del Estado de la Iglesia se consideraba por entonces como una empresa famosa y hasta religiosa. Todos los pasos del Papa se encaminaban a esta meta y todos sus pensamientos estaban animados de esta idea y templados por ella. Acudió a las combinaciones más atrevidas, poniendo en ello toda su voluntad y presentándose hasta en el Campo de batalla; en Mirandola, conquistada por él, entró por la brecha a través de las heladas trincheras y, como no había desgracia que le arredrara, sino que, por el contrario, parecía darle nuevas fuerzas, consiguió lo que quería: no sólo arrebató sus territorios a los venecianos, sino que en la lucha necesaria conquistó Parma, Plasencia y Reggio, fundando un poder como nunca había poseído Papa alguno. La hermosa región desde Plasencia hasta Terrafina le rendía pleno acatamiento. Quiso aparecer siempre como un libertador y así trató a sus súbditos con bondad y prudencia, granjeándose su simpatía y sumisión. No sin temor contemplaba el mundo tanta población, militarmente dispuesta, obediente al Papa. “Antes, dice Maquiavelo, ningún barón había, por modesto que fuera, que no despreciara el poderío papal; ahora hasta el rey de Francia lo respeta.”

 

2)

Secularización de la Iglesia

Es natural que toda la organización eclesiástica tuviera su parte, colaborara y se dejara arrebatar en la nueva dirección emprendida por los Papas.

  No sólo la dignidad suprema sino también las demás fueron consideradas como patrimonios seculares. El Papa nombraba cardenales a su antojo, ya para agradar a un príncipe ya —cosa no rara— por dinero. En estas circunstancias no era de esperar que estuviera a la altura de su misión espiritual, Sixto IV otorgó a uno de sus sobrinos uno de los cargos principales: la penitenziaria, a la que incumbía una gran parte de la concesión de dispensas. Amplió sus facultades y las reforzó con una bula especial, declarando que cualquiera que dudara de la legitimidad de tales disposiciones pertenecía al grupo de los hijos del mal. El resultado fue que su sobrino consideró el cargo como un beneficio cuyos ingresos trató de aumentar en lo posible.

Por esta época, los obispados se otorgaban por todas partes con una gran intervención de las autoridades civiles, tomando en consideración intereses de familia o la voluntad de la corte, y distribuyéndolos en concepto de sinecuras. La curia romana trataba de sacar el mayor provecho posible de toda clase de nombramientos. Alejandro recibió annatas dobles y estipulaba dos o tres diezmos, lo que representaba algo parecido a una venta. Las tasas de la cancillería crecían de día en día; su cúmulo provocó protestas, pero la revisión se encomendaba generalmente a los mismos que las habían fijado. Por cualquier certificado expedido por la dataria había que entregar una determinada suma. Los altercados entre los príncipes y la curia no se referían, por lo general, más que a estas cuestiones de dinero. La curia trataba de sacarles el mayor jugo y en cada país procuraba defenderse de la mejor manera.

Fatalmente este carácter dominó todos los grados de la jerarquía. Se solía renunciar al obispado pero reteniendo la mayor parte, por lo menos, de los ingresos y, a veces, la colación de los párrocos diocesanos. Se burlaba la ley que prohibía que el hijo de un clérigo recibiera el cargo del padre ni que nadie pudiera disponer de aquél por testamento. Como cualquiera podía llegar a ser coadjutor si no ponía, reparo en la suma, se produjo de hecho una efectiva herencia de este cargo.

Es natural que con este sistema padeciera el cumplimiento de las funciones espirituales. Me atengo en esta breve descripción a las observaciones hechas por prelados bien intencionados de la curia romana. “¡Qué espectáculo para un cristiano que se pasee por el mundo cristiano: desolación de la Iglesia; los pastores han abandonado a sus rebaños y los han entregado a mercenarios!”

En todas partes eran los incapaces, las gentes sin vocación, no sometidas a prueba alguna, las que escalaban los puestos de la administración eclesiástica. Como los titulares de los beneficies no pensaban sino en encontrar los gestores más baratos, pudieron disponer de candidatos entre los frailes mendicantes. Con el título desacostumbrada de sufragáneos los tuvieron los obispados y con el título de vicarios las parroquias.

Ya de por sí las órdenes mendicantes gozaban de privilegios extraordinarios. Sixto IV, franciscano, los aumentó de buen grado. Les fueron concedidas licencias para confesar, dar la comunión y los óleos y enterrar en los conventos con el hábito de la orden. Licencias éstas que aportaban prestigio y provecho, y los desobedientes, es decir, los párrocos que pudieran molestar a las órdenes por la cuestión de las herencias, fueran amenazados con la pérdida de sus cargos.

Como llegaron a gobernar los obispados y hasta las parroquias, se comprende la enorme influencia de que disponían. Todos los altos cargos y dignidades, el disfrute de sus rentas, estaban en manos de las grandes familias y de sus partidarios, de los favoritos de la corte y de la curia, pero la gestión efectiva corría a cargo de los mendicantes. Los Papas les protegieron en esta tarea. Fueron ellos los que manejaron el asunto de las indulgencias, que tal empuje recibió en esta época; fue Alejandro VI quien declaró oficialmente que las indulgencias libraban del fuego del infierno. Pero también las órdenes se habían mundanizado. Apenas se puede imaginar la intriga dentro de ellas para alcanzar los altos cargos. ¡Qué celo, en épocas de elecciones, para deshacerse de los contrarios! Cada cual procuraba ser enviado como predicador o como vicario y a este propósito no se escatimaba el puñal ni la espada y tampoco el veneno en ocasiones. Por otra parte, se traficaba con las gracias espirituales. Alquilados por poco dinero, los mendicantes se hallaban al avío de lo que saliera.

“¡Ay, exclama un prelado, quién me hace llorar! También los firmes han caído y la viña del Señor está devastada. Si sólo ellos se hubieran hundido sería un mal, pero soportable; mas como atraviesan toda la cristiandad como las venas al cuerpo, su hundimiento traerá la ruina del mundo”.

3

Dirección espiritual

Si pudiéramos abrir los libros de la historia tal como ha tenido lugar, y si el pasado pudiera hablarnos como la naturaleza, ¡cuántas veces percibiríamos en estas decadencias que tanto lamentamos la nueva semilla escondida, y veríamos surgir la vida de la muerte!

Si lamentamos esta mundanidad de las cosas religiosas, esta corrupción de la organización eclesiástica, también tenemos que pensar que difícilmente el espíritu humano hubiera podido emprender sin este desorden una de esas direcciones gloriosas que le son peculiares.

Por muy llenas de sentido, ricas y profundas que sean las creaciones de la Edad Medía, no podemos negar que encontramos en su base una concepción del mundo fantástica y alejada de la realidad de las cosas. Si la Iglesia se hubiera sostenido en su fuerza íntegra también hubiera mantenido aquel sentir. Pero su postración dio lugar a la libertad de los espíritus, que iban a orientar los acontecimientos en una dirección completamente nueva.

El horizonte que durante aquellos siglos medios encerró sin salida a los espíritus era angosto y limitado y sólo el conocimiento renovado de la Antigüedad hizo posible su ruptura, para que apareciera una perspectiva más ancha, alta y profunda.

No es que los siglos medios no hayan conocido la Antigüedad. La avidez con que los árabes, a los que el Occidente debe importantes aportaciones en el campo científico, reunían y asimilaban las obras de los antiguos, no tiene mucho que envidiar al fervor de los italianos del siglo XV, y el califa Al Mamun bien se puede comparar con Cósimo Médicis. Pero notemos la diferencia que, a mí parecer, es decisiva aunque parezca pequeña. Los árabes solían traducir y a menudo destruían los originales y, como mezclaban en las traducciones sus propias ideas, ocurrió que Aristóteles, por ejemplo, fue teosofizado, que la astronomía se convirtió en astrología, que ésta se aplicó a la medicina. De este modo, contribuyeron no poco a la formación de aquella fantástica visión del mundo de que hemos hablado. Los italianos, por el contrario, leyeron y aprendieron. De los romanos pasaren a los griegos y la imprenta propagó los originales por el mundo en ejemplares innumerables. El Aristóteles auténtico desplazó al arabizado y de los textos no corrompidos de los antiguos se aprendieron las ciencias, la geografía de Ptolomeo, la botánica de Dioscórides, la medicina de Gale­no e Hipócrates. Pronto se disiparon las fantasías que hasta entonces habían poblado el mundo.

Exageraríamos si dijéramos que en este tiempo existía un espíritu científico independiente y que se descubrieron grandes verdades y se crearon grandes pensamientos. Se trataba de comprender a los antiguos y no se pensaba en superar­los; su influjo no se debió tanto a la herencia de su actividad científica cuanto a la imitación.

En esta imitación reside uno de los factores más importantes en el desarrollo de aquella época.

Se competía con los antiguos en la bella expresión. El Papa León X fue uno de los grandes fomentadores de esta tendencia. Leía a su séquito la bien escrita introducción a la Historia de Jovio, pensando que nada semejante se había escrito después de Tito Livio. Si recordamos que favoreció a improvisadores latinos, podremos imaginar cómo le arrebataría el talento de un Vida, que era capaz de describir el juego de ajedrez en sonoros hexámetros latinos. Mandó llamar de Portugal un matemático que dictaba sus lecciones en elegante latín y quería que se enseñara en esa lengua la jurisprudencia y la teología lo mismo que la historia eclesiástica.

Pero no era posible permanecer en este estadio. Por mucho que se tratara de imitar la dicción de los antiguos, no por eso se abarcaba todo el ámbito del espíritu. Había algo de insuficiente, y muchos se daban cuenta de ello. Así se vino a la idea de imitar a los antiguos en la lengua materna, considerándose con respecto a ellos como los romanos con los griegos. No se quiso competir ahora en detalles, sino en todo el vasto campo de la literatura y se puso manos a la obra con osadía juvenil.

Por fortuna, el lenguaje llegaba a tomar por entonces bastante cuerpo. Los méritos de Bembo no residen sólo en su latín estilizado ni en sus muestras de poesía italiana, sino en sus esfuerzos, coronados por el éxito, de prestar a la lengua materna corrección y prestancia y de someterla a reglas fijas. Esto es lo que en él celebra Arioste : era el momento oportuno y sus ensayos sirvieron de ejemplo de su doctrina.

Consideremos ahora el grupo de los que recibieron este material, preparado con tan sabia imitación de los antiguos y que había lograda una incomparable flexibilidad y elegancia, y podremos observar lo siguiente.

No se daban por contentos con una imitación demasiado estrecha. Ningún efecto producían tragedias como la Rosamunda, de Rucellai, que había sido escrita según el modelo de los antiguos, al decir de los editores, ni poesías didácticas como las Abejas, del mismo autor, que desde un principio remitían a Virgilio y se servían de él de mil maneras. La comedia se mueve ya con más desembarazo, pues tenía que vestirse con los colores y los caracteres de la actualidad por la naturaleza del asunto. Sin embargo, casi siempre le servía de base una fábula antigua o una pieza de Plauto, y ni escritores tan dotados como Babbiena y Maquiavelo han podido legrar para sus comedias el reconocimiento pleno de la posteridad. En obras de otro género tropezamos a veces con cierta contradicción en sus partes constitutivas. Así, produce extraño efecto en la Arcadia, de Sannazzaro, la prosa prolija y latinizante junto a la sencillez, inti­midad y musicalidad del verso.

No hay que extrañar que el propósito no se lograra por completo a pesar de todo el empeño. Se ofreció un gran ejemplo y se llevó a cabo un intento de una fecundidad sin límites, pero el elemento moderno no se desenvolvía con completa libertad dentro de las formas clásicas. El espíritu fue dominado por una regla extrínseca y no por el canon de su propia naturaleza.

Pero ¿era posible el logro a base de imitación? Existe el efecto del modelo, de las grandes obras, pero es un efecto del espíritu sobre el espíritu, y hoy estamos todos de acuerdo en que la forma bella debe educar, formar, despertar, peto nunca sofocar.

La obra sorprendente había de venir cuando un genio partícipe en los esfuerzos de la época tanteara una obra en que la materia y la forma se apartaran en la Antigüedad y en la que se diera campo libre a la fuerza interna.

La épica está en este caso y a ello debe su originalidad. Como materia, se disponía de una fábula cristiana, de contenido espiritual heroico. Los caracteres más nobles se presentaban con trazos grandes y fuertes y se disponía de situaciones, aunque no fueran muy desarrolladas. También existía la forma poética, surgida inmediatamente en el habla popular. A todo se añadió la tendencia de la época a apoyarse en la Antigüedad y el efecto fue conformador, humanizador ¡Cuán diferente el Ribaldo de Boyardo, noble, modesto y lleno de una alegre actividad, del hijo de Haymon de la vieja leyenda! Lo fabuloso y gigantesco se había transformado en algo comprensible, gracioso, atractivo. También las viejas leyendas sin afeite poseen atractivo en su sencillez, pero cuán otro el placer de sentirse arrebatado por la música de las stanzas de Ariosto y caminar de aventura en aventura conducida par un espíritu sereno. Lo feo y lo deforme se ha transformado en algo con perfil, forma y música

Pocas épocas suelen estar preparadas para la recepción de la pura belleza de la forma y sólo unos cuantos períodos afortunados poseen este don singular. Tal el período que cofre desde fines del XV a principios del XVI. No me sería fusible describir ni a grandes rasgos aquel cúmulo de hazañas artísticas. Me atrevería a sostener que lo más bello que la época moderna nos ha traído en arquitectura, escultura y pintura pertenece a ese breve período. Su tendencia fio es el razonamiento, sino la práctica y el ejercicio. La fortaleza que erige el príncipe, las notas marginales del filólogo tienen algo de común. Debajo de todas las creaciones de esta época encontramos el mismo fundamento bello y sólido.

No hay que olvidar que cuando el arte y la poesía trabajan con asuntos religiosos no dejan de influir en el contenido. La epopeya que actualiza una leyenda sagrada tiene que elaborarla de algún modo. Ariosto se vio obligado a despojar a sus fábulas del trasfondo que les acompañaba en la leyenda.

En otros tiempos la religión tomaba tanta parte como el arte mismo en las obras de los pintores y los escritores. Pero desde el momento en que el arte sintió el hálito de la Antigüedad se desligó de las ataduras de las representaciones religiosas. Podemos darnos cuenta de este fenómeno siguiendo a Rafael año por año. Si se quiere, se puede reprochar esto, pero parece que era necesario que interviniera el elemento profano para que el desarrollo iniciado alcanzara su esplendor.

¿Y no es significativo que un Papa se decidiera a derruir la vieja basílica de San Pedro, metrópoli del orbe cristiano, cada una de cuyas piedras estaba santificada y en la que los siglos habían ido acumulando los monumentos venerables, para levantar en Su lugar un templo al estilo de la Antigüedad? El propósito era puramente artístico. Las dos facciones en que se dividía por entonces el mundo artístico, tan predispuesto a la disensión, se pusieron de acuerdo pura convencer a Julio II de que acometiera la empresa. Miguel Ángel desea un digno emplazamiento para el sepulcro del Papa que ha proyectado magníficamente, de manera grandiosa, como el Moisés que acaba de cincelar. Bramante todavía urge más. Quería realizar su atrevido pensamiento de erigir una imitación del Panteón montado sobre columnas colosales. Muchos cardenales se opusieron y hasta parece que la oposición era bastante general, pues todo templo antiguo es centro donde convergen muchos sentimientos personales, y, en grado extremo, éste era el caso en el santuario supremo de la cristiandad. Pero Julio II no estaba acostumbrado a tomar en cuenta objeciones; sin más contemplaciones, mandó derribar la mitad de la vieja iglesia y él mismo colocó la primera piedra de la nueva.

De este modo se yerguen en el centro del culto cristiano las mismas formas en que se había expresado tan adecuadamente el espíritu del culto antiguo. Sobre la sangre de los mártires, en San Pietro de Montorio, construyó Bramante una capilla con todo el estilo sereno y alado de un períptero,

Esta contradicción se manifiesta en toda la vida. Se iba al Vaticano no tanto para rezar en el santuario del Apóstol, como para poder admirar en el palacio de los Papas las grandes obras del arte antiguo, el Apolo de Belvedere, el Laoconte.

También por entonces se le propuso al Papa provocar una guerra contra los infieles, según nos cuenta en un prólogo Navagero; pero no piensa en el interés cristiano de rescatar el Santo Sepulcro, sino que espera que el Papa podrá encontrar los manuscritos griegos, y acaso también los romanos, que se habían perdido.

León X vive en medio de toda esta plenitud de esfuerzos y creaciones, de espíritu y de arte, gozando en el esplendor mundano de las dignidades eclesiásticas. Se le ha querido disputar el honor de que su nombre presida la época y es posible que sus méritos no alcancen a tanto. Pero lo cierto es que fue él quien tuvo más éxito. Creció en medio de los elementos que constituían aquel mundo y su espíritu estaba dotado de libertad y sensibilidad bastantes para fomentar su florecimiento y gozarlo. Si se complacía tanto en los trabajos latinos de los imitadores directos, menos podría dejar de participar en las obras independientes de sus coetáneos. En presencia suya se representaron la primera tragedia y las primeras comedias en idioma italiano, a pesar de las resistencias provocadas por la escabrosidad de los asuntos, procedentes de Plauto. Apenas hubo una que no fuese el primero en verla. Ariosto era un conocido de la juventud; Maquiavelo ha escrito expresamente para él más de una vez; Rafael cubrió sus habitaciones, galerías y capillas con los ideales de la belleza humana y de una existencia exquisita. Sentía pasión per la música, que por entonces era cultivada con fervor en Italia, y todos los días resonaban en las paredes del palacio los ecos musicales. El Papa acompañaba en voz baja las melodías. Quizá todo esto no sea más que una especie de voluptuosidad espiritual, en todo caso la única digna del hombre. Por otra parte, León X era un hombre bondadoso y de simpatía personal; jamás —y para ello se valía de las expresiones más indulgentes— negaba algo, aunque era imposible concederlo todo. “Es un buen hombre, muy generoso y de buen natural, dice de él uno de esos embajadores perspicaces; si no le empujaran sus familiares, evitaría las equivocaciones.” “Es un nombre docto, dice otro, amigo de los doctos, y también religioso aunque le gusta vivir”. Es verdad que no siempre mantuvo el decoro papal. En ocasiones abandonaba Roma, con pesar del maestro de ceremonias, no sólo sin las vestiduras, “sino, lo que es peor, calzando botas”, como anota ese maestro en su diario. Pasaba el otoño en diversiones rústicas: la cetrería en Viterbo, la caza del ciervo en Corneto; en el lago de Bolsena se entregaba al entretenimiento de la pesca; luego pasaba una temporada en Mallana, que era su residencia favorita. Le acompañaban para animar el séquito talentos fáciles e improvisadores. A la entrada del invierno volvía a la ciudad. Esta crecía por entonces y en pocos años la población había aumentado en un tercio. El artesanado sacaba su provecho, el artista su gloria y cada quien su seguridad. Nunca la corte estuvo más animada, más agradable y espiritual. Ninguna suma era bastante grande para las fiestas religiosas o mundanas, para los juegos y el teatro, para regalos y dona­ciones: no se reparaba en gastos. Se recibió con alegría la noticia de que Juliano de Médicis y su joven esposa iban a residir en Roma. “Alabado sea Dios, le escribió el cardenal Bibbiena, porque aquí no nos falta más que una corte de damas.”

Hay que condenar los vicios de Alejandro VI, pero no hay reparo que oponer a la vida cortesana de León X. Sin embargo, hay que admitir que no estaba muy a tono con las exigencias de un jefe de la Iglesia. La vida encubre fácilmente las contradicciones, pero cuando se reflexionara y se fijara la mirada sosegada sobre ellas, no tenían más remedio que hacerse prudentes. No se podía hablar en estas circunstancias de un sentido y de una convicción netamente cristianos. Más bien se produjo un ánimo contrario.

Las escuelas filosóficas comenzaron a disputar sobre si el alma racional, inmaterial e inmortal, era la misma en todos los hombres, o si no sería también mortal. Esto último afirmaba el más famoso filósofo de entonces, Pietro Pomponazzo. Se comparaba a sí mismo con Prometeo, cuyo corazón devoró el buitre por haber robado el fuego a Júpiter. Pero con todos sus dolorosos esfuerzos no llegó a otro resultado que a afirmar: “Cuando el legislador declara que el alma es inmortal lo hace sin preocuparse mucho de la verdad.” No hay que pensar que este sentir fuera exclusivo de pocos o se mantuviera en secreto. Erasmo se asombra de la cantidad de blasfemias que oye; entre otras cosas se le quiso demostrar, apoyándose en Plinio, que no hay ninguna diferencia entre el alma de los hombres y la de los animales.

Mientras el pueblo caía en una superstición casi pagana, que buscaba la salvación en los actos del culto, las clases superiores se orientaban por el camino de la incredulidad.

Grande fue el asombro de Lutero cuando llegó a Italia. Una vez acabada la misa los sacerdotes proferían blasfemias que eran su mayor negación.

Era de buen tono en la alta sociedad discutir los fundamentos del cristianismo. No se pasaba por un hombre distinguido, dice el padre Antonio Bandino, si no se tenían opiniones absurdas sobre el cristianismo. En la corte se hablaba todavía en broma de los principios de la Iglesia católica y de los pasajes de la Sagrada Escritura, se sentía menosprecio por los misterios.

Se ve cómo todo está condicionado y cómo una cosa trae otra: las pretensiones eclesiásticas de los príncipes, las seculares de los Papas; la decadencia de la institución eclesiástica, el desenvolvimiento de una nueva dirección espiritual. Hasta que, por último, se halla minado en la opinión pública el fundamento mismo de la fe.

 

4) La oposición en Alemania

Es muy notable la posición que Alemania adopta en este desarrollo espiritual. Tomó parte en él, pero desviándose.

Mientras en Italia había poetas como Boccaccio y Petrarca que fomentaron el estudio de las humanidades y animaron a la nación en este sentido, en Alemania el movimiento surgió de una hermandad espiritual, los hermanos de la vida en común, hermandad unida en el trabajo y el retiro. Uno de sus miembros era el profundo místico Tomás de Kempis, y en su escuela se formaron todos los hombres que, atraídos a Italia por la luz de la literatura clásica, volvieron luego para expandirla por Alemania.

No sólo los comienzos fueron diferentes en ambos países, sino también el desarrollo.

En Italia se estudiaron las obras de !os antiguos para instruirse en las ciencias; en Alemania se fundaron escuelas. Allí se buscaba la solución de los grandes problemas del espíritu humano, ya que no en forma independiente, por lo menos a la zaga de los antiguos; aquí los mejores libros se dedicaron a la enseñanza de la juventud.

A los italianos les encantaba la belleza de la forma; se comenzó por imitar a los antiguos y, como dijimos, se llegó a producir una literatura nacional. En Alemania estos estudios tomaron un sesgo religioso. Conocida es la fama de Reuchlin y de Erasmo. Si preguntamos cuál es el mérito principal del primero encontraremos que escribió la primera gramática hebrea, un monumento del que espera, lo mismo que los poetas italianos, “que será más duradero que el bronce”. Con esto hizo posible el estudio del Viejo Testamento; pero Erasmo se aplicó al Nuevo: lo hizo imprimir en griego, y sus paráfrasis, sus notas, tuvieron una influencia mucho mayor de la que él mismo esperaba,

En Italia la dirección emprendida se iba apartando de la Iglesia y hasta oponiéndose a ella, y algo parecido ocurrió en Alemania. Allí se filtró el libre pensamiento en la literatura, libre pensamiento que no puede ser reprimido de manera completa, y desembocó en algunas ocasiones en la más resuelta incredulidad. También una teología profunda, surgida de fuentes desconocidas, había sido puesta de lado por la Iglesia, pero nunca pudo ser sofocada. Esta teología se sumó en Alemania a los esfuerzos literarios. Bs digno de destacar en este aspecto que, ya en el año 1513, los hermanos bohemios iniciaron una aproximación a Erasmo, aun cuando éste llevaba una dirección completamente distinta.

Y de este modo las cosas marchaban en el siglo a un lado y otro de los Alpes en oposición a la Iglesia. Abajo de los Alpes la ocupación eran la ciencia y la literatura y arriba los estudios religiosos y la teología profunda. Allí el movimiento era negativo e incrédulo, aquí positivo y creyente. En un lugar desaparecía el fundamento de la Iglesia, en el otro se restablecía. En una parte reinaban la burla y la sátira y el sometimiento a la autoridad; en la otra, la gravedad y el resentimiento, y se llegó al ataque más osado que jamás había sufrido la Iglesia.

Se considera como una cosa accidental que este ataque comenzara con el tráfico de indulgencias, pero hay que comprender que el tráfico con la cosa más íntima, representada por la indulgencia, ponía de relieve de la manera más tajante el punto doloroso de la mundanización de lo espiritual y por esto aquel negocio se presentaba en la más aguda oposición con los conceptos que se habían ido formando en la teología alemana. De viva religión interior, empapado de los conceptos de pecado y justificación tal como habían sido expresados en los libros de la teología alemana, reforzado con la lectura árida de la Biblia, un hombre como Lutero por nada pudo haber sido removido tan profundamente como por el asunto de las indulgencias. El tráfico con la remisión de los pecados tenía que revolver precisamente a quien, partiendo de la idea del pecado, había cobrado conciencia íntima de la relación eterna entre Dios y el hombre y había podido, de ese modo, comprender mejor los Libros Sagrados.

Al principio se opuso a cada abuso en particular, pero las resistencias mal fundadas y puntillosas con que tropezó le fueron llevando más lejos; no tardó en descubrir la conexión que aquel abuso guardaba con toda la decadencia de la Iglesia. Era un temperamento al que nada amilanaba. Atacó al Papa con temeraria osadía. El contradictor más valioso salió de las filas de los más decididos defensores del Papado, los mendicantes. Como Lutero puso de manifiesto con la mayor energía y claridad la distancia a que se hallaba de su esencia el poder de Roma, como dio expresión a la convicción de todos, como su oposición —que no había desarrollado aún sus elementos positivos— complacía también a los incrédulos, y como, por otra parte, al contener aquellos elementos, daba satisfacción al anhelo de los creyentes, sus escritos ejercieron una influencia enorme; en un momento cundieron por Alemania y por el mundo entero.

 

III COMPLICACIONES POLÍTICAS. RELACIÓN DE LA REFORMA CON ELLAS

 

La tendencia secularizadora del Papado había provocado un doble movimiento: uno, preñado de un futuro sin límites, dentro del mismo campo eclesiástico, que iba camino de la decadencia; otro, de naturaleza política. Los elementos cuya pugna habían conjurado los Papas se hallaban todavía en estado de fermentación y requerían un desarrollo posterior de las circunstancias. Estos dos movimientos, su acción recíproca, las contradicciones que despertaron, han domina­do durante siglos la historia del Papado.

Nunca un príncipe o un Estado deben figurarse que les venga algo de pro­vecho que no se lo deban a sí mismos, que no se lo hayan conquistado con sus propias fuerzas.

Mientras las potencias italianas trataron de vencerse las unas a las otras con ayuda de naciones extranjeras, habían comprometido la independencia de que gozaron durante el siglo XV y habían ofrecido el propio país a los extranjeros como trofeo de victoria. Es menester reconocer la gran parte que en este asunto corresponde a los Papas. Habían conquistado un poderío como nunca lo poseyó la Sede apostólica, pero no lo habían conseguido por sí mismos: se lo debían a los franceses, a los españoles, a los alemanes y a los suizos. Sin su alianza con Luis XII, César Borgia no hubiese logrado mucho. Y, por muy grandes que fueran las intenciones de Julio II y heroicos sus esfuerzos, sin la ayuda de españoles y suizos no hubiera alcanzado gran cosa. Por otra parte, no era verosímil que los que decidieron la victoria no trataran de disfrutar del predominio que ella traía consigo.

Ya Julio II se dio cuenta del peligro y tuvo el propósito de mantener a los muy fuertes en una especie de equilibrio y de servirse de los menos poderosos, los suizos, a los que pensaba manejar. Pero las cosas sucedieron de muy otra manera.

Se formaron dos grandes potencias que, si bien no se disputaban el dominio mundial, sí por lo menos el rango supremo en Europa; eran potencias a las que ningún Papa podía hacer frente, y que lucharon por la hegemonía en tierra italiana

Comenzaron los franceses. Poco después de ocupar la Sede León X atravesaron los Alpes con más poder que nunca, para conquistar de nuevo a Milán acaudillados por el juvenil y caballeresco Francisco I. Todo dependía de si los suizos le harían resistencia o no. Por esto la batalla de Marinan es tan importante, pues los suizos fueron derrotados por completo y no volvieron a ejercer en Italia ninguna influencia independiente desde ese momento.

El primer día la batalla quedó indecisa y en Roma se encendieron fogatas de victoria al recibir la noticia prematura del triunfo de los suizos. La primera noticia del éxito de los franceses al día siguiente la recibió la embajada de Venecia, que mantenía relaciones con el rey y ayudó no poco a la victoria. Muy de mañana se dirigió el embajador al Vaticano para comunicar la noticia al Papa. Sin acabar de vestirse se presentó éste en la audiencia, “Su Santidad, dijo el embajador, me dio ayer una mala y a la vez falsa noticia; hoy, en cambio, le traigo una buena y verdadera. Los suizos han sido derrotados?’ Leyó las notas que acababa de recibir, que procedían de personas que el Papa conocía de las que no podía dudar. El Papa no ocultó su espanto: “¿Qué va a ser de nosotros y hasta de vosotros?” “Señor embajador, replicó el Papa, debíamos arrojarnos a los brazos del rey y pedir misericordia”

Con esta victoria los franceses ganaron el predominio en Italia. De haber aprovechado la coyuntura ni la Toscana ni el Estado Pontificio, tan fáciles a mover a rebelión, les hubieran puesto mucha resistencia y habrían sido difícil para los españoles mantenerse en Nápoles. “El rey, dice a este propósito, Francisco Vettori, podría ser señor de Italia?’ ¡Cuántas cosas dependían en este momento de León X!

Lorenzo de Médicis solía decir de sus tres hijos, Juliano, Pedro y Juan: “El primero es bueno, el segundo un atolondrado y el tercero, Juan, es listo”. Este era el Papa León X, y se mostró en esta terrible situación a la altura de las circunstancias.

Contra el consejo de sus cardenales, se dirigió a Bolonia para hablar con el rey. Allí celebraron el concordato por el que se repartieron los derechos de la iglesia galicana. También tuvo que entregar Parma y Plasencia, pero pudo conjurar la tormenta, convencer al rey de que se retirara y mantenerse en la posesión de sus dominios.

Se comprende la gran suerte que esto significaba para el Papa si consideramos las consecuencias que la mera proximidad de los franceses trajo consigo. Es admirable que León X, después de la derrota de sus aliados y de haber tenido que ceder porciones de territorio, fuera capaz de asegurarse dos provincias recién conquistadas, acostumbradas a la independencia y con mil motivos de descontento.

Siempre se le echó en cara su ataque a Urbino, un principado en el que su propia familia había encontrado refugio durante el destierro. El motivo fue que el duque de Urbino había tomado dinero del Papa y le traicionó en el momento decisivo. León decía que “si no le castigaba por ello apenas habría en los Estados de la Iglesia barón de poco más o menos que no le hiciera frente. Había recibido el pontificado con prestigio y así lo quería mantener”. Pero como el duque tenía un apoyo secreto en los franceses y aliados en el Estado y en el mismo colegio de cardenales, la lucha era peligrosa. No era tan fácil expulsar al aguerrido príncipe; hubo momentos en que el Papa se vio desesperado por las malas noticias, y parece que hubo un complot para envenenarlo aprovechando el tratamiento que llevaba de una enfermedad. Pudo el Papa defenderse de sus enemigos, pero ya se ve cuán difícil era su situación. El hecho de que su partido hubiera sido derrotado por los franceses repercutió en la ciudad y hasta en palacio.

Entretanto se había consolidado la segunda gran potencia. Por muy asombroso que parezca que un mismo príncipe mande en Viena, en Bruselas, en Valladolid, en Zaragoza y en Nápoles e incluso en otra continente, el caso es que uno llegó a esta posición por un entresijo de intereses familiares apenas notado. Este apogeo de la casa de Austria, que agrupaba naciones tan diferentes, constituye uno de los mayores y más trascendentales cambios que ha expe­rimentado jamás Europa. Desde el momento en que las naciones se distanciaron de su punto central, sus circunstancias políticas las imbricaron en un nuevo sistema. El poderío de Austria se enfrentó al predominio de Francia. Mediante la dignidad imperial, Carlos V gozó de derechos legales de soberanía por lo menos en Lombardía. A propósito de este asunto italiano se abrieron las hostilidades sin más tardar.

Como hemos dicho, los Papas creyeron que conseguirían la plena independencia con el engrandecimiento de su Estado. Ahora se veían situados en medio de dos potencias muy superiores. Un Papa no era cosa tan poco importante como para poder permanecer neutral en la lucha de las dos, ni tampoco lo bastante poderoso como para decidir con su apoyo la suerte de la pelea, así que tenía que buscar un remedio en el hábil aprovechamiento de las circunstancias. Parece que León X se expresó una vez en el sentido de que no era menester, una vez llegado a un acuerdo con un partido, abandonar las negocia­ciones con el otro. Una política tan equívoca nacía de la posición que ocupaba el Papa.

Pero, en serio, difícilmente podría dudar León X qué partido le era más conveniente. Aunque no le hubiera interesado demasiado la reconquista de Parma y Plasencia ni halagado la promesa de Carlos V de colocar a un italiano en el gobierno de Milán, todavía había otro motivo, a mi entender, de carácter decisivo. Tenía que ver con la religión.

En todo el período considerado por nosotros nada había más deseable para los príncipes enredados con la Santa Sede que provocar una oposición religiosa. Carlos VIII de Francia no tuvo mejor ayuda contra Alejandro VI que el dominicano Savonarola en Florencia. Cuando Luis XII perdió toda esperanza de llegar a un arreglo con Julio II convocó un concilio en Pisa y, aunque no tuvo gran éxito, parecióle a Roma asunto muy peligroso. Pero ¿cuándo tropezó el Papa con un enemigo más atrevido que Lutero? Su mera existencia tenía ya una gran significación política. Este aspecto tuvo en cuenta Maximiliano y no permitió que se hiciera violencia a Lutero y lo recomendó especialmente al príncipe elector de Sajonia: “Alguna vez lo podemos necesitar?’ Por momentos temía la influencia de Lutero. El Papa no pudo convencerle, ni intimidarle, ni poner las manos sobre él. No se crea que León X ignorara el peligro. ¡Cuántas veces intentó atraer a los talentos que le rodeaban a este campo de la lucha! Pero había también otro medio. Así como tenía que temer que tan peligrosa oposición fuera protegida y fomentada si se ponía frente al emperador, caso de aliarse con él podía esperar su ayuda para impedir la renovación religiosa.

En la Dieta de Worms del año 1521 se trató de la situación política y religiosa León concertó con Carlos V una alianza para la reconquista de Milán. En el mismo día en que se celebró el acuerdo se fechó también la interdicción contra Lutero. Es posible que este acto estuviera inspirado, además, por otros motivos, pero nadie podrá creer que no guardara estrecha relación con aquel acto político.

No se hizo esperar mucho tiempo la doble victoria de esta alianza.

Lutero fue encerrado en el castillo de Wartburgo. Los italianos no querían creer que Carlos lo había dejado marchar por cumplir con su palabra: “Como se dio cuenta, decían, de que el Papa tenía miedo a las enseñanzas de Lutero, quería mantenerlo amagado con esta amenaza”. Sea de ello lo que quiera, el caso es que por un momento Lutero desapareció de la escena: de este modo estaba fuera de la ley y, en todo caso, el Papa había hecho fulminar contra él una medida contundente.

Mientras tanto las armas imperiales y pontificias obtenían éxitos en Italia. El cardenal Julio de Médicis, hijo de un tío del Papa, andaba en la guerra y entró en Milán conquistada. Se decía en Roma que el Papa pensaba otorgarle el ducado. No encuentro prueba suficiente de esto y creo difícil que el empe­rador se aviniera fácilmente. De todos modos, las ventajas conseguidas eran grandes. Habían sido recobradas Parma y Plasencia, habían sido alejados los franceses, y era inevitable qué el Papa ejerciera una gran influencia sobre el nuevo duque de Milán.

Nos encontramos en un momento importantísimo. Comienza un nuevo desarrollo político y también un gran movimiento religioso. Un momento en el que el Papa podía imaginarse dirigir el primero y contener el segundo. Era todavía lo bastante joven como para poder confiar en un aprovechamiento de las circunstancias.

¡Sorprendente y falaz destino de los hombres! León X se hallaba en su villa Malliana cuando le llegó la noticia de la entrada de los suyos en Milán. Se entregó a los sentimientos correspondientes al término feliz de una empresa. Complacido, asistió a las fiestas organizadas por su gente con tal motivo y hasta muy entrada la noche de aquel día de noviembre anduvo paseando de un lado a otro de su habitación, entre la ventana y la chimenea. Un poco fatigado, pero animoso, llegó a Roma. No habían terminado todavía las celebraciones de la victoria cuando fue atacado por mortal enfermedad. “Rogad por mí, decía a sus servidores, que todavía os puedo hacer dichosos”. Amante de la vida, le había llegado también su hora y no tuvo tiempo de recibir la comunión ni los santos óleos. Así, de repente, en plena juventud, en medio de las mayores esperanzas, murió “como se marchita la amapola”.

El pueblo de Roma no podía perdonarle que se hubiera marchado sin los últimos sacramentos ni que dejara todavía deudas después de haber gastado tanto dinero. Acompañó su cadáver con insultos. “Como un zorro, decían, te has deslizado; has gobernado como un león y te has marchado como un perro” Por el contrario, la posteridad ha bautizado un siglo y una gran época de la humanidad con su nombre.

Hemos dicho de él que fue una criatura feliz. Después de haber resistido la primera desgracia, que no tanto le tocó a él como a otros miembros de su familia, la suerte le fue llevando de placer en placer y de éxito en éxito. Las contrariedades le ayudaron a seguir avante. La vida se deslizó en una especie de embriaguez espiritual y de perpetua satisfacción de sus deseos. A ello contribuía el que fuera de buen natural y generoso, capaz de instruirse y muy agradecido. Estas cualidades son los dones más bellos de la naturaleza y de la fortuna, que pocas veces se alcanzan por el esfuerzo y que condicionan el goce de la vida. Los negocios no le perturbaron mucho. Como no se preocupaba por los detalles, sino que los abarcaba en grande, no tuvieron para él pesadumbre y sólo contribuían a poner en actividad las más nobles facultades de su espíritu. Por lo mismo que no les dedicaba todas las horas del día, fue posible acaso que los manejara con más desparpajo y que, en todos los momentos de confusión, supiera captar la idea directriz y salvadora. La orientación más acertada proce­día de él. En sus últimos momentos todos los empeños de su política desembocaban en el triunfo. Hasta podemos considerar como una suerte que muriera entonces. Se preparaban otros tiempos y es difícil presumir que hubiera podido ofrecer una resistencia afortunada al disfavor de los mismos. Sus sucesores sin­tieron toda la gravedad del cambio.

El cónclave se alargaba. “Señores —advierte el cardenal Médicis, a quien había puesto en espanto el regreso de los enemigos de su familia a Urbino y a Perugia, hasta el punto que temía también por la suerte de Florencia—, veo que de todos los aquí reunidos ninguno puede ser Papa. Os he propuesto tres de cuatro nombres y habéis rechazado todos, y el que vosotros me proponéis tampoco yo lo puedo aceptar. Tenemos que buscar alguno que no esté presente”. Asintiendo, se le preguntó en quién pensaba. “Nombrad, exclamó, al cardenal de Tortosa, hombre honorable, entrado en años, a quien todos tienen por tonto”. Se trataba de Adriano de Utrecht, antiguo profesor de Lovaina, maestro de Carlos V, cuya simpatía le había valido el nombramiento de gobernador y el capelo cardenalicio. El cardenal Cayetano, que por lo demás no per­tenecía al partido de los Médicis, se levantó para aprobar la propuesta. ¿Quién hubiera creído que los cardenales, acostumbrados desde siempre a tener en cuenta su provecho personal en la elección, se iban a poner de acuerdo sobre una persona extraña, un holandés que pocos conocían y del que nadie podía esperar ventaja alguna? Se dejaron convencer por la recomendación. Una vez hecha la cosa, no sabían muy bien cómo había sucedido. Estaban muertos de miedo, dice uno de nuestros informadores. Se dice también que habían pensado que Adriano no aceptaría. Pasquino se burlaba de ellos: lo presentaba como preceptor y a los cardenales como colegiales que había que meter en cintura.

La elección no pudo recaer en persona más digna. Adriano gozaba de una fuma intachable: justiciero, piadoso, activo, nunca se le vio más que con una ligera sonrisa en la boca, siempre de intenciones limpias, un verdadero sacerdote. ¡Qué contraste al entrar en el escenario en que León X había llevado una vida tan magnífica y pródiga! Se conserva una carta de él en que dice que prefería servir a Dios en Lovaína que ser Papa. En el Vaticano continuó su vida de profesor. Le caracteriza muy bien (y por esto lo contamos) que trajera consigo a su vieja sirvienta, que siguió como antes ocupándose de los trabajos de la casa. Tampoco cambió nada en otros aspectos de la vida. Se levantaba muy temprano, decía su misa y se ponía a trabajar en sus asuntos o en sus estudios, que interrumpía con la sobria comida del mediodía. No se puede decir que le fuera ajena la educación del siglo; era aficionado al arte holandés y apreciaba en la erudición el timbre de la elegancia. Erasmo confiesa que fue el primero que le defendió contra los ataques de fanáticos escolásticos. Pero las inclinaciones casi paganas que dominaban en Roma le desagradaban y nada quería saber de la secta de los poetas.

Nadie con más empeño que Adriano VI —que conservó su nombre— podía desear la corrección de los abusos de que adolecía la cristiandad.

El avance de los turcos y la caída de Belgrado y de Rodas le animaron especialmente en el propósito de restablecer la paz entre las potencias cristianas. Aunque había sido preceptor del emperador, adoptó en seguida una posición neutral. El embajador imperial, que esperaba arrancarle una declaración favorable para la nueva guerra, tuvo que abandonar Roma sin haber conseguido nada. Cuando se le comunicó la noticia de la pérdida de Rodas, miró al suelo, no dijo una palabra y suspiró profundamente. El peligro de Hungría advertía de mucho. Temió por Italia y por Roma. Todo su empeño se centraba en conseguir, si no una paz inmediata, por lo menos un armisticio por tres años, para entretanto llevar a cabo una campaña general contra los turcos.

También estaba dispuesto a tomar en consideración las reclamaciones de los alemanes. Nadie pudo haberse expresado con mayor rigor contra los abusos que reinaban en la organización eclesiástica. ‘‘Sabemos —dice en su ‘instrucción’ al nuncio Chieregato, enviado por él a la Dieta— que desde hace tiempo han ocurrido muchas indignidades en la Santa Sede: abusos en materia espiritual, excesos de poder: todo se ha convertido en maldad. Desde la cabeza el mal se ha corrido a los miembros; desde el Papa a los prelados; todos nos hemos desviado y no hay nadie que haya hecho el bien, ni uno solo.” Y prometía cumplir como un buen Papa: favorecer a los virtuosos y a los capaces, acabar con los abusos, sí no de una vez, sí poco a poco; despertaba la esperanza de una reforma tantas veces pedida de la cabeza a los pies.

Pero no es tan fácil hacer retornar el mundo a los carriles. Por muy grande que sea la buena voluntad de uno solo, no alcanza ni con mucho. El abuso tiene raíces demasiado profundas y crece con la vida misma.

Lejos de que la caída de Rodas incitara a los franceses a buscar la paz, pensaron, por el contrario, que esta pérdida proporcionaría al emperador un nuevo quehacer y concentraron sus intenciones contra él. No sin que lo supieran aquellos cardenales en quienes más confiaba Adriano, establecieron algunos contactos en Sicilia y atacaron la isla. El Papa se vio entonces obligado a celebrar una alianza con el emperador, dirigida principalmente contra Francia.

Tampoco a los alemanes se les remediaba mucho con lo que se llamaba una reforma de la cabeza a los pies. Y esta misma reforma era ya muy difícil, por no decir imposible.

Si el Papa pretendía invalidar decretos de la curia en los que notaba cier­to aire de simonía, tampoco podía hacerlo sin lesionar los derechos bien adquiridos de aquellos cuyos cargos se apoyaban en los decretos y que, por lo general, habían sido comprados por ellos.

Si intentaba un cambio en materia de dispensas matrimoniales y trataba de anular algunos impedimentos, se le hacía ver que la disciplina eclesiástica no podía sino padecer y debilitarse con ello.

Para corregir el abuso de las indulgencias a gusto hubiera restablecido las Viejas penitencias, pero la Penitenziaria le hizo observar que, en su intento de ganar a Alemania, corría el riesgo de perder a Italia.

Como vemos, a cada paso que daba se veía rodeado de mil dificultades.

A esto se añade que en Roma se encontraba en un ambiente extraño, que le era imposible dominar por lo mismo que no lo conocía ni comprendía sus Impulsos internos. Había sido recibido con alegría; se contaba que iba a repartir unos 5,000 beneficios vacantes y todo el mundo esperaba algo. Pero jamás un Papa escatimó más en esta materia. Adriano quería saber a quién confiaba el puesto y administró el negocio con la mayor escrupulosidad defraudando muchas esperanzas. El primer decreto de su pontificado consistió en suprimir derechos a dignidades eclesiásticas que habían sido concedidos y hasta retiró cargos ya atribuidos. Es natural que al publicarse en Roma el decreto se hiciera con muchos enemigos. Hasta su llegada se había gozado en la corte de una cierta libertad de palabra y de escritura que él no estaba dispuesto a tolerar. Dada la exhausta situación de la caja pontificia y las necesidades crecientes, se vio obligado a establecer algunos nuevos impuestos, lo cual se consideró intolerable. Ni él, que tan poco gastaba. Todo el mundo estaba descontento. Se dió cuenta y esto no dejó de influir en él. Empezó a desconfiar un poco más de los italianos; los dos holandeses, a quienes permitía asomarse a los asuntos, Enkefort y Hezius, el primero datario suyo y el segundo secretario, no los comprendían ni entendían a la corte, y él mismo tampoco podía abarcarlo todo; además, quería seguir estudiando, y no sólo leer sino escribir; no era muy accesible y los asuntos fueron demorándose y se trataron con torpeza.

Así ocurrió que en los asuntos generales más importantes no se hizo nada. Comenzó de nuevo la guerra en la Italia superior. En Alemania volvió a agitarse Lutero. En Roma, que por lo demás fue víctima de la peste, el descontento se apoderó de las gentes.

Dijo una vez Adriano: “¡Cuán importante es, aun para el mejor hombre, el tiempo en que nace!” Todo el dolor de su situación está contenido en esta sentencia. Con razón ha sido inscrita en su sepulcro en la iglesia alemana de Roma.

  No es posible atribuir únicamente a la personalidad de Adriano que el tiempo de su pontificado no conociera el éxito. El Papado se hallaba envuelto por grandes Fatalidades mundiales que hubiesen dado mucho que hacer también a persona más templada para los negocios y más conocedora de hombres y de medios.

Entre los cardenales, ninguno había que pareciera más a la altura de las circunstancias que Julio de Médicis. Bajo el pontificado de León X había llevado la mayor parte de los asuntos, en especial la pesadumbre del detalle. Tam­bién con Adriano había conservado cierta influencia. Esta vez no dejó escapar la oportunidad y adoptó el nombre de Clemente VII.

Con mucho cuidado evitó los inconvenientes que se habían producido con sus dos antecesores: la irresponsabilidad, el despilfarro y las costumbres frívolas de León X, así como la oposición en que se colocó Adriano con respecto a las tendencias de la corte. Todo se deslizó razonablemente; por lo menos su acción era intachable y llena de moderación; las ceremonias pontificales se llevaban a efecto con sumo cuidado, las audiencias se atendían incansablemente a lo largo del día y la ciencia y el arte eran fomentados en la dirección que habían emprendido, Clemente VII estaba muy enterado. Con la misma pericia que sobre cuestiones filosóficas y teológicas, se podía ocupar de asuntos de mecánica y de construcciones hidráulicas. En todo manifestaba extraordinaria agudeza, penetraba en las cuestiones más embrolladas hasta el fondo y a nadie se podía oír que hablara con mayor tino. Ya durante León X se había mostrado Julio de Médicis insuperable en el buen consejo y en la realización prudente.

El buen piloto se prueba en la tormenta. Se hizo cargo del Papado en una situación escabrosa aun si sólo tomamos en cuenta los problemas del principado italiano.

Los españoles eran los que más habían coadyuvado al engrandecimiento y consolidación del Estado pontificio y habían vuelto a colocar a los Médicis en Florencia. En esta alianza con los Papas, con la casa de los Médicis, fueron progresando en los asuntos italianos. Alejandro VI les había abierto las puertas de la Italia inferior; Julio II les había introducido en la Italia central; con el ataque a Milán, llevado a cabo conjuntamente con León X, se habían hecho dueños de la Italia superior. El mismo Clemente les había ayudado en esta ocasión. Existe una instrucción dirigida por él a un enviado suyo en la corte española, en la que cuenta los servicios prestados a Carlos V y su casa. A él se debe, sobre todo, que Francisco I no hubiera seguido hasta Nápoles en su primera entrada; a él que León X no se opusiera al nombramiento de emperador de Carlos V y que derogara la vieja constitución que prohibía que ningún rey de Nápoles fuera al mismo tiempo emperador; a pesar de todas las prome­sas de los franceses, favoreció la alianza de León X con Carlos V para la reconquista de Milán, y en esta empresa arriesgó la fortuna de su familia, la de sus amigas y su propia persona; había puesto el Papado en manos de Adriano VI y entonces no había casi diferencia en que fuera nombrado Papa Adriano o el mismo emperador. No quiero examinar en la política de León X cuánto fue obra de los consejeros y cuánto del Papa, pero lo cierto es que el cardenal Médicis estuvo siempre de parte del emperador. Una vez llegado a Papa ayudó también a las tropas imperiales con dinero, víveres y concesión de gracias espirituales, y una vez más debieron la victoria a su ayuda.

Tan íntima era la relación entre Clemente y los españoles, pero, como ocurre no pocas veces, con los éxitos de su alianza se produjeron abuses extraordinarios.

Los Papas habían ocasionado el orto del poderío español pero nunca se lo propusieron deliberadamente. Habían arrebatado Milán a los franceses, pero no quisieron entregarla a los españoles. Más de una guerra había tenido lugar por causa de que Milán y Nápoles no estuvieran en la misma mano; y como entonces los españoles, dueños de la Italia meridional desde hacía tiempo, se afirmaban cada día más en la Lombardía y demoraban el reconocimiento de Sforza, se produjo en Roma cierto descontento e impaciencia.

Clemente se sentía personalmente defraudado y ya en aquella instrucción vemos que no siempre se había considerado bien pagado por sus servicios como Cardenal: se le seguía haciendo poco caso. Contra su consejo expreso, se emprendió el ataque a Marsella en el año 1524. Sus ministros —lo dicen ellos mismos—temían cada vez mayores desconsideraciones con la Santa Sede y no veían en los españoles más que afán de dominio e insolencia.

El curso de los acontecimientos y su propia posición personal parecieron ligar a Clemente a los españoles con los vínculos de la necesidad y de la voluntad. Pero ahora se le presentaban mil motivos para menoscabar el poder a cuyo establecimiento había coadyuvado y oponerse a él.

De todas las empresas políticas quizás sea la más difícil la de abandonar una línea seguida hasta el momento y hacer ineficaces éxitos en cuyo logro se ha tomado parte.

Esta actitud importaba mucho. Los italianos se daban muy bien cuenta de que se trataba de una cuestión con trascendencia de siglos. En la nación había cuajado un gran sentimiento común. Creo que influyó en ello sobremanera la educación artística y literaria, en la que Italia se adelantaba tanto a las demás naciones. También la política y la ambición de los españoles se hacían insoportables tanto para los dirigentes como para el común del pueblo. Con mezcla de desprecio y cólera se miraba a estos extranjeros semibárbaros, dueños del país. Todavía las cosas estaban en un punto que podía permitir el desentenderse de ellos. Pero no había que perder de vista que, de no oponerse con todas las fuerzas de la nación, la derrota supondría la perdición para siempre.

Me gustaría trazar la descripción completa de los acontecimientos de este período, de la lucha entera de las fuerzas soliviantadas. Pero tengo que contentarme con destacar los momentos más importantes.

Se comenzó en 1525, y parecía cosa bien pensada, con un intento de atraerse al mejor general del emperador, que se hallaba muy descontento. No se podía esperar cosa mejor que arrebatar al emperador, con su general, el ejército que le servía para dominar a Italia. No se quedaron cortos en promesas, entre las que no faltó la de una corona. Pero se había calculado mal y la fina astucia, tan segura de sí misma, fracasó de modo rotundo al tropezar con una materia ruda. El general, Pescara, era italiano de nacimiento pero de sangre española, no hablaba más que español ni tampoco quería ser otra cosa; no había participado de la cultura italiana, sino que toda su formación se la debía a los libros de caballería españoles, que no respiraban más que lealtad y fidelidad. Por naturaleza se oponía a una empresa nacional italiana. Apenas se le hizo la propuesta se la mostró a sus camaradas y al emperador, y el intento sirvió tan sólo para que Femando de Pescara inquiriese entre los italianos e inutilizase todos sus planes.

Por esto mismo —pues la confianza mutua se había quebrantado de manera definitiva—, se hizo inevitable una lucha decisiva con el emperador.

Por fin en el verano de 1526 vemos a los italianos poner sus propias fuerzas a la obra. Los milaneses se han levantado contra los imperiales y un ejército veneciano y otro pontificio corren en su ayuda. Se hendía promesa de un auxilio suizo y se está en inteligencia con Francia e Inglaterra, “Esta vez —dice el confiado ministro de Clemente VII. Gilberto— no está en juego una pequeña venganza, un puntillo de honra o una ciudad; esta guerra decide Ja libertad o la eterna esclavitud de Italia.” No duda del éxito. “Las generaciones venideras tendrán envidia de no haber vivido en nuestro tiempo y no haber podido participar en una dicha tan grande”. Espera que no sea necesaria la ayuda de los príncipes y los soldados extranjeros. “Sólo para nosotros será la gloria, y el fruto tanto más dulce.”

Con estos pensamientos y esperanzas emprendió Clemente la guerra contra los españoles. Fue su idea más osada y grandiosa, pero también la más desdichada y catastrófica.

Los asuntos del Estado y los de la Iglesia se hallaban mezclados inextricablemente. El Papa parecía descuidar por completo la cuestión alemana. Y ésta fue una de las primeras repercusione.

En el momento en que las tropas de Clemente VII se adentraron por la Italia superior en julio de 1526, se reunía la Dieta en Espira para adoptar una resolución definitiva sobre los abusos eclesiásticos. No era muy natural que al partido imperial, a Fernando de Austria, que representaba al emperador, le importara mucho sostener el poder papal arriba de los Alpes cuando abajo era Atacado peligrosamente por los ejércitos del Papa. No olvidemos que el mismo Femando tenía sus ojos puestos en Milán. Por mucho que se hubiera pregonado antes, sólo la guerra abierta con el Papa hizo que desaparecieran todas las consideraciones que se pudieran tener por él. Jamás las ciudades se expresaron con mayor libertad ni los príncipes instaron con mayor vigor a que se tomara una resolución; se presentó la proposición de quemar los libros en que contenían los nuevos principios y de tomar como regla única la Biblia; pero no se llegó a un acuerdo. Fernando dirigió una comunicación a la Dieta en cuya virtud se dejaba a la libre disposición de los estamentos el comportarse en materia de religión tal y como cada uno pudiera responder ante Dios y el emperador, es decir, según su albedrío. Comunicación en la que el Papa no es nombrado ni una sola vez y que puede ser considerada como el comienzo de la verdadera Reforma, como la institución de una nueva iglesia en Alemania. En Sajonia, en Hesse y los países vecinos se llegó a dar este paso sin gran vacilación. La existencia legal del partido protestante se basa sobre todo en el acuerdo de Espira del año 1526.

Hay que reconocer que este estado de ánimo de Alemania fue también decisivo para Italia. Faltaba mucho para que todos los italianos estuvieran entusiasmados con la obra común y para que estuvieran unidos tan siquiera los que tomaban parte en ella. El Papa, tan espiritual y tan italiano de sentimientos, no era hombre para ser arrebatado por una causa, como exigía la situación. Su sagacidad pareció perjudicarle a veces. Sabía, más de lo que era conveniente, que era el más débil, y todos los peligros se anunciaban a su ánimo y le confundían. Existen unas dotes inventivas en la vida práctica que captan lo sencillo en los asuntos intrincados y se deciden con seguridad por lo hacedero y conveniente. Estas dotes te faltaban. En los momentos más decisivos se le veía titubear, vacilar y pensar en ahorros de dinero, Y como los aliados no cumplie­ran con su palabra, ni de lejos logró los éxitos que se prometía. Las tropas imperiales se mantenían todavía en Lombardía cuando en noviembre de 1526 Jorge Frundsberg atravesó los Alpes con un ejército de lansquenetes para decidir la lucha. Todos eran luteranos, empegando por el caudillo. Llegaron para vengar al emperador en el Papa. A su deslealtad se había atribuido la causa de todas las desgracias, la guerra inacabable entre cristianos y las victorias de los turcos, que por entonces andaban por Hungría. “Si llego a Roma —decía Frundsberg— colgaré al Papa.”

La tormenta arrecia y el horizonte se angosta. La gran Roma, que si está llena de pecados, también resplandece por sus nobles empeños, por su espíritu y por su cultura, por sus obras de arte insuperables, que el mundo jamás había contemplado, tesoro ennoblecido por la impronta de un espíritu que irradia por todas partes, se ve amagada por la catástrofe. Una vez reunidas las tropas alemanas con las imperiales, las bandas italianas se dispersan ante ellas y el único ejército que todavía subsiste les sigue de lejos. Como el emperador hace tiempo que no paga a su ejército, tampoco puede, si es que quiere, imponerle otra dirección. Marcha bajo las banderas imperiales, pero es empujado por su propio ímpetu devastador. El Papa espera negociar todavía y trata de someterse, de llegar a un arreglo, pero el único medio que le pudiera salvar —entregar al ejército el dinero que reclama— o no quiere o no puede emplearlo. ¿Tratará de oponerse seriamente por las armas? Hubieran bastado 4,000 hombres para cerrar el paso de la Toscana, pero ni siquiera se hizo el intento. Roma contaba acaso con 300,000 hombres aptos para llevar las armas; muchos de ellos conocían la guerra; con sus espadas habían peleado en las facciones y se vanagloriaban de grandes hazañas. Pero para hacer frente al enemigo, que representaba una verdadera calamidad, nunca se pudo conseguir sacar de la ciudad más de 500 hombres juntos. El primer ataque acabó con el poder del Papa. Dos horas después de la puesta del sol del 6 de mayo de 1527 entran los imperiales a la ciudad. El viejo Frundsberg no estaba ya con ellos: cuando no encontró la debida obediencia tuvo un ataque de apoplejía y quedó enfermo; Borbón, que condujo el ejército después, había caído en los primeros intentos de escalo; y una muchedumbre de soldados indisciplinados, desprovista de jefes, sedienta de sangre, endurecida por largas privaciones y enfurecida por su mismo oficio, cayó sobre la ciudad. Jamás presa más rica estuvo en manos de tropas más violentas y nunca se conoció un saco más continuado y espantoso. El esplendor de Roma ilumina los comienzos del siglo xvi: representa un período admi­rable del espíritu humano. En estos días se apagó su brillo.

El Papa, que quería libertar a Italia, se vía sitiado en Sant-Angelo y hecho prisionero. Se puede afirmar que con esta gran victoria se estableció de manera indiscutible el predominio de España en Italia.

Un nuevo ataque de los franceses, muy prometedor en sus comienzos, fracasó tan por completo que se dispusieron a renunciar a todas sus pretensiones sobre Italia.

No menos importante fue otro acontecimiento. Todavía no había sido conquistada Roma, pero bastó que se viera el camino emprendido en su dirección por el condestable de Borbón, para que en Florencia los enemigos de los Médicis se aprovecharan de la confusión del momento y arrojaran de nuevo a la familia del Papa. Casi le dolió más a Clemente la pérdida de su ciudad que la de Roma. Con asombro se observó que volvía a reanudar relaciones con los imperiales después de tan duros agravios. Se avino a esto porque veía en los españoles el único medio de hacer volver a Florencia a sus familiares y partidarios. Le pareció más tolerable soportar el predominio del emperador que el triunfo de los rebeldes. Cuanto peor les iba a los franceses, tanto más se acercaba a los españoles, y cuando aquéllos fueron totalmente derrotados celebró con éstos el acuerdo de Barcelona. Cambió de tal modo su política que se sirvió del mismo ejército que había conquistado a Roma y le había tenido sitiado tan largo tiempo pura rescatar su ciudad paterna.

Carlos V era más poderoso en Italia que cualquiera otro emperador desde teda muchos siglos. La corona que recibió en Bolonia volvía a cobrar su plena lignificación. Milán le obedecía no menos que Nápoles y, por el hecho de haber establecido a los Médicis en Florencia, pudo ejercer influencia sobre la Toscana durante toda su vida; el resto se le alió o se le sometió. Tuvo reducida a Italia de una punta a otra con las fuerzas conjuntas de España y Alemania, con sus armas victoriosas y con sus prerrogativas de emperador.

Así acabó la guerra italiana y, desde entonces, las naciones extranjeras no cesaron de mandar en Italia. Veamos ahora cómo se desenvolvieron las cuestiones religiosas, en tan íntima conexión con las políticas.

Cuando el Papa se avino a la supremacía española esperaba cuando menos que este emperador poderoso, tenido por católico y devota, le ayudaría al restablecimiento de su autoridad en Alemania. En uno de los artículos de la paz de Barcelona se hablaba de esto. El emperador prometía trabajar con todas sus fuerzas para reducir a los protestantes y parecía decidido a ello. Los enviados protestantes que le visitaron en Italia recibieron de él una respuesta poco halagüeña. En su viaje a Alemania, en el año de 1530, algunos miembros de la Curia que le acompañaban, y especialmente el legado, cardenal Campeggi, plantearon unos proyectos atrevidos y muy peligrosos para Alemania.

Existe una comunicación del legado al emperador, en tiempos de la Dieta de Augsburgo, en que pone de manifiesto aquellos planes. En honor a la verdad, y aunque a desgana, diré algunas palabras.

El cardenal Campeggi no se contentaba con lamentarse de los desórdenes religiosos sino que se fijaba especialmente en las consecuencias políticas, en cómo nobleza había decaído con la Reforma en las ciudades, cómo los prín­cipes eclesiásticos o seculares no encontraban debida obediencia y cómo la falta de respeto rozaba ya la majestad del emperador. Después expone la manera de hacer frente a la situación.

El secreto de su política no es muy hondo. No sería necesaria más que una alianza entre el emperador y los príncipes bien dispuestos, se intentaría luego ganarse a los adversos mediante promesas o amenazas; pero ¿qué hacer con los obstinados? Se tiene el derecho “de extirpar esta planta venenosa con el hierro y el fuego” Lo más importante es confiscar sus bienes seculares y eclesiásticos, en Alemania tanto como en Hungría y en Bohemia, Porque con los herejes se puede hacer esto. Una vez aplicada esta medida, se establece la Santa Inquisición para que siga indagando y proceda contra los rebeldes como en España se ha procedido contra los marranos. Además, se pondrá en entredicho la universidad de Wittenberg y se declarará por indigno de la gracia imperial y pontificia a quienquiera estudie en ella. Se quemarán los libros de los herejes, se devolverán a los claustros los monjes que los abandonaron y en ninguna corte se tolerará ningún hereje. Pero lo primero es una demostración de mano fuerte, “Aunque Su Majestad se limite a los jefes principales —dice el legado— podrá arrebatarles una gran suma de dinero que, por otra parte, es muy necesaria para luchar contra el turco”

Este es el sentido del proyecto, éstos sus principios básicos. En cada pa­labra alientan la opresión, la sangre y el despojo, No hay que extrañarse de que en Alemania se esperara lo peor de un emperador que tenía tal séquito y de que los protestantes deliberaran sobre el estado de necesidad en que se les colocaba.

Por fortuna, la situación no bacía temible tal intento.

El emperador no era, ni con mucho, tan poderoso como para poder llevar a cabo el proyecto. Erasmo lo puso de manifiesto de manera convincente. Y, aun de haberle sido posible, difícilmente hubiera tenido voluntad para ello.

Por naturaleza era bien intencionado, reflexivo y lento, más bien que lo contrario. Y cuanto más de cerca los veía, los acontecimientos le tocaban más la fibra sensible de su alma. Su declaración a la Dirta decía que quería oír las diferentes opiniones, ponderarlas y tratar de llegar a una verdad cristiana. Estaba, pues, muy lejos de aquellas intenciones violentas.

Ni aquel que tienda a sospechar de la pureza de las intenciones humanas puede poner en duda lo siguiente: que no era ventajoso para Carlos apelar a la violencia.

  ¿Es que el emperador se iba a convertir en un ejecutor de los decretos pontificios? ¿Iba a ser él quien sometiera a los enemigos que los Papas —éste y los venideros— se creasen? Además, no estaba muy seguro de la amistad del poder papal.

Las circunstancias presentaban una oportunidad favorable y no tenía más que echar mano de ella para que su supremacía se robusteciera todavía más.

No voy a discutir aquí si con razón o sin ella, pero el caso es que se pensaba generalmente que sólo un concilio eclesiástico podría resolver la cuestión. Los concilios gozaban de crédito por lo mismo que los Papas no se mostraban muy propicios y todas las oposiciones tuvieron la pretensión de que se convocaran. En el año de 1530 Carlos V lo pensó seriamente y prometió un concilio a breve plazo.

Los príncipes en disputa con Roma nada podían desear mejor que un apoyo eclesiástico, de suerte que en estas circunstancias la propuesta de Carlos contaría con las más poderosas asistencias. Se hubiera convocado a su instancia, celebrada bajo su influencia y las conclusiones serían aprobadas por él. Estas conclusiones marcarían una doble dirección, pues se referirían tanto al Papa como a sus enemigos y la vieja idea de una reforma en la cabeza y en los miembros hubiese tenido realización. ¡Qué predominio hubiera acarreado tal suceso, el poder temporal y sobre todo al emperador en persona!

Era algo razonable e inevitable sí se quiere, pero además en armonía con el interés del emperador,

Pero nada más peligroso podía ocurrirles al Papa y a su corte. Tengo la prueba de que cuando se empezó a pensar en serio en el concilio bajaron considerablemente de precio todos los cargos enajenables de la corte pontificia. Por este detalle se puede comprender lo que significaba para el estado de cosas habitual.

Pero Clemente VII tenía también en contra del proyecto consideraciones de tipo personal. Como no era hijo legítimo, como no había llegado a la suprema dignidad por caminos completamente limpios y como había emprendido una guerra movido de fines personales, utilizando las fuerzas de la Iglesia —contra la patria—cosas todas de las que bien se podía pedir cuentas a un Papa —, es natural que sintiera un temor justificado, y así, como dice Soriano, el Papa eludía en lo posible hasta la mención misma del nombre de concilio.

Y aunque no rechazó de manera tajante la propuesta, cosa que no podía hacer si quería preservar el honor de la Sede apostólica, no podemos hacemos ilusiones acerca de los sentimientos que abrigaba.

Cedió, se sometió, pero manifestó con energía las razones que desaconsejaron aquella iniciativa; expone de la manera más viva todas las dificultades y peligros que van vinculados a un concilio y, por otra parte, más que duda del éxito. Pone como condiciones la colaboración de todos los demás príncipes el sometimiento provisional de los protestantes, condiciones que parecen últimas dentro del sistema papal, pero que las circunstancias hacen ya imposibles. ¿Cómo se podía esperar que se pusiera a la obra en el plazo fijado por el emperador, no de una manera aparente y con meras demostraciones, sino en forma decisiva y sería? Muchas veces el emperador le ha reprochado que su vacilación fue la responsable de todas las calamidades posteriores. Sin duda alguna presumía poder esquivar la fatalidad que se le venía encima.

Pero ésta le sujetó como suele. Cuando Carlos V volvió en el año 1533 a Italia, todavía lleno de las impresiones y de los proyectos de su estancia en Alemania, le instó de palabra —se reunió con el Papa en Bolonia— y con gran vehemencia a que convocara el concilio que tantas veces había reclamado por escrito. Las opiniones contrarias chocaron: el Papa se mantuvo firme en sus condiciones y el emperador le hizo ver la imposibilidad de las mismas. No había manera de ponerse de acuerdo. En los Breves decretados en esta ocasión se pueden percibir ciertas diferencias. En unos el Papa se aproxima más que en otros a la opinión del emperador. Pero, de todos modos, tendría que volver a anunciar el concilio. Si no quería cegarse, no podía dudar que, al. retorno del emperador, que había ido a España, ya no podría defenderse con meras palabras y que el temible peligro que representaba para la Sede apostólica un concilio celebrado en aquellas circunstancias, caería todo sobre él.

Era una situación en que el titular de un poder, cualquiera que sea, puede ser excusado muy bien cuando adopta una resolución equivocada para sentirse más seguro. El emperador era políticamente prepotente y aunque el Papa estaba resignado, muchas veces tenía que resentir a qué situación había llegado. Le ofendió en extremo que Carlos V decidiera las viejas disputas de la Iglesia con Ferrara en favor de esta última; hizo como que lo aceptaba, pero se quejó ante sus amigos. Más seria se puso la cosa cuando este monarca, del que se había esperado la sujeción rápida de los protestantes, se elevaba, por el contrario, con motivo de los desórdenes surgidos, a un predominio sobre la Iglesia no conocido desde siglos y ponía en peligro el prestigio espiritual de la Santa Sede. ¿Tendría que abandonarse por completo en manos del emperador, entregándose a su merced? 

En Bolonia mismo tomó la resolución. En ocasiones diversas Francisco I había ofrecido al Papa alianzas políticas y familiares. Clemente las había rechazado siempre, pero en el apuro de ahora se acordó de ellas. Expresamente se nos asegura que el motivo verdadero por el cual Clemente escuchó esta vez al rey de Francia fue la cuestión del concilio.

En consideración a los peligros eclesiásticos a que tenía que hacer frente, se veía obligado ahora a lo que, con toda seguridad, no se hubiese decidido por miras puramente políticas, a saber: a restaurar el equilibrio de las dos grandes potencias y a mostrarse igualmente amable con ellas,

  Al poco tiempo Clemente celebraba una entrevista con Francisco I. Tuvo Jugar en Marsella y se llegó a la más estrecha alianza. Lo mismo que en aquellos peligros florentinos el Papa consolidó su amistad con el emperador casando a un hijo natural de éste con una de sus sobrinas, así ahora desposó a su joven sobrina Catalina de Médicis con el segundo hijo del rey. En aquella ocasión temía a los franceses y a su influencia directa en Florencia; ahora lo que temía era al emperador y sus intenciones de celebrar un concilio.

Tampoco se esforzó por disimular sus propósitos. Poseemos una carta suya a Fernando I en la que le confiesa no haber tenido éxito en su empeño de hacer participar a todos los príncipes cristianos en la idea del concilio; el rey Francisco I, con el que habló, no consideraba oportuno el momento para tal reunión y no quería tomar parte en ella; él, por su lado, albergaba todavía la esperanza conseguir en otra ocasión una acogida mejor de los príncipes cristianos. No me explico cómo se puede dudar de las intenciones de Clemente VII. Todavía en su último escrito dirigido a los príncipes católicos de Alemania repite la condición de una participación general y, como declara que tal participación es imposible, deja ver sus verdaderas intenciones de no cumplir con lo prometido. Su alianza en Francia le dio ánimo y pretexto para ello. No puedo convencerme de que el concilio hubiera llegado jamás a celebrarse bajo su égida.

Pero no fue sólo ésta la consecuencia de aquella alianza. Otra más se desentendió inmediatamente, inesperada pero de gran importancia, en especial para los alemanes.

La combinación que se produjo en esta confusión de intereses temporales y espirituales era muy extraña. Francisco I se hallaba entonces en las mejores relaciones con los protestantes y al ponerse ahora tan cerca del Papa lograba Incluir en cierto modo a los protestantes y al Papa en el mismo sistema.

Nos damos cuenta de la fuerza política que correspondía a la posición tomada por los protestantes. El emperador no podía pensar en someterlos al Papa sin más; antes bien, se sirvió del movimiento para tener a aquél en razón. Poco a poco se puso de manifiesto que tampoco el Papa deseaba verlos entregados a la discreción del emperador y, por esto, su alianza con los mismos no fue impremeditada, pues esperaba valerse de su oposición contra el emperador, dándole a éste nuevo quebradero.

Ya entonces se observó que el rey de Francia hizo creer al Papa que los más notables príncipes protestantes dependían completamente de él y le dio a entender cómo les convencería para que renunciaran a la idea del concilio. Pero, si no nos equivocamos, estas connivencias fueron todavía más estrechas. Poco después de su entrevista con el Papa, Francisco I celebró una reunión con el landgrave Felipe de Hesse. Se pusieron de acuerdo para restaurar al duque de Württemberg, que había sido depuesto por la casa de Austria. Francisco I prometió entregar dinero. En una campaña corta, con sorprendente rapidez, el landgrave puso manos a la obra. cierto que debía penetrar en los territorios austríacos: en general, se sospechaba que el rey pretendía atacar de nuevo Milán por el lado alemán. Una nueva pista nos ofrece Marino Giustiniani, por entonces embajador veneciano en Francia. Asegura que este movimiento alemán fue convenida por Clemente y Francisca en la reunión de Marsella; añade que no estaba fuera del plan hacer llegar estas tropas a Italia, para lo que trabajaría secretamente el Papa. Seria un poco ligero tomar esta afirmación como fidedigna, a pesar de la seguridad con que se expresa, pues son menester otras pruebas. Pero aunque no la aceptemos a ojos cerrados, pone de manifiesto un extraño fenómeno. ¿Quién lo hubiera sospechado? En el momento en que el Papa y los protestantes se combaten con un odio acerbo, y se hacen una guerra religiosa que parte al mundo en dos los encontramos unidos por la fuerza de intereses políticos idénticos.

Así como en la confusión de las disputas italianas nada le fue tan perni­cioso al Papa romo la doblez de su política, demasiado sutil, en los asuntos propiamente religiosos le trajo frutos todavía más amargos.

Amenazado en sus territorios, el rey Fernando se apresuró a celebrar la paz de Kadan, entregando a Württenberg y entrando en alianza con el landgrave. Eran los días más felices de Felipe de Hesse. Como había restablecido en sus derechos a un príncipe alemán despojado, la hazaña le convirtió en uno de los jefes más prestigiosos del. Imperio, Pero había logrado, a la vez, otro éxito decisivo. Esta paz contenía una cláusula muy importante para las cuestio­nes religiosas: el tribunal del Imperio no aceptaría ninguna demanda sobre los bienes eclesiásticos confiscados.

No sé de ningún otro acontecimiento que haya tenido tanta influencia pura el triunfo del nombre protestante como la hazaña del landgrave. Esa cláusula referente al tribunal representa la garantía jurídica del nuevo partido y reviste extraordinaria importancia. Sus efectos no se hicieron esperar. Creo que podemos considerar la paz de Kadan como la segunda gran época en el levantamiento de una fuerza protestante en Alemania. Después de apenas haber hecho progresos durante cierto tiempo, comenzó a expandirse de manera pujante. Württemberg, rescatada, se reformó sin más. Le siguieron en seguida las provincias alemanas de Dinamarca, Pomerania, la marca de Brandenburgo, la segunda rama de Sajónia, una rama de Braunschweig, el Palatinado. En e1 término de pocos años la Reforma se extendió por toda la alta Alemania y se afirmó para siempre en la baja.

El Papa Clemente estaba enterado y hasta había consentido quizás en una impresa que llevó tan lejos y apresuró la separación.

El Papado se encontraba en una posición falsa, insostenible. Sus tendencias seculares habían provocado el apartamiento que fue ocasión de tantas rebeldes y apostatas; pero la continuación en la misma línea y la insistente confusión de intereses espirituales y temporales llevaron las cosas al extremo.

También el cisma de Inglaterra depende de esta circunstancia. A pesar de la declarada enemistad por Lutero y de su íntima unión con la Sede apostólica, es notable que Enrique VIII amenace a la Santa Sede con innovaciones eclesiásticas, ya en las primeras diferencias, en asuntes puramente políticos, que surgen a comienzos del año 1525. Por el momento se dejó todo a un lado y el rey entendió con el Papa en contra del emperador, y cuando Clemente se encontraba sitiado en Sant-Angelo y abandonado de todo el mundo, Enrique VIII halló la manera de hacerle llegar un socorro. Por esta razón, Clemente sentía acaso por él más afición que por ningún otro príncipe. Después salió a relucir el asunto del divorcio del rey. No se puede negar que, todavía en el año 1528, el Papa, si no le aseguró una solución favorable, se la hizo ver como posible “tan pronto como los alemanes y los españoles sean expulsados de Italia”. Ya sabemos que ocurrió todo lo contrario. Los imperiales so afianzaron de verdad y vimos cómo se entendió Clemente con ellos. En estas circunstancial tan diferentes no podía dar satisfacción a una esperanza que, por lo demás, no había sido más que ligeramente sugerida. Apenas celebrada la paz de Barcelona llegó el proceso a Roma. La mujer de la cual se quería divorciar era tía del emperador y un Papa anterior había declarado expresamente válido el matrimonio. Tan pronto el asunto entrara en la jurisdicción correspondiente de la curia y habida cuenta del influjo del emperador, no se podía dudar de cuál iba a ser la sentencia. Así las cosas, Enrique VIII se encaminó, sin más, por la vía en que antes había pensado. Se mantuvo tan católico como antes en lo fundamental, pero su asunto, que en Roma se enredó tan claramente con consideraciones políticas, despertó en él una oposición cada vez más viva contra el poder temporal del Papado. Cada paso que se daba en Roma en perjuicio suyo era contestado por él con una medida contra la curia y se iba emancipando cada vez más de ella. Cuando en el año 1534 se pronunció la sentencia defi­nitiva, no lo pensó mucho tiempo y declaró la separación, completa de su reino y el Papado. Los vínculos que ataban todavía a la Sede apostólica a las diversas Iglesias nacionales eran tan débiles ya, que bastaba la decisión de un príncipe para que su reino, se separara de aquélla.

Estos acontecimientos llenan los últimos años de Clemente VII. Le fueron tanto más amargos porque no estaba exento de culpa y sus desgracias revelaban una dolorosa conexión con sus cualidades personales. Las cosas se ensombrecían día por día. Francisco I amenazaba de nuevo con caer sobre Italia y afirmaba que había recibido la anuencia verbal, ya que no escrita, del Papa. El emperador, no aguantando más palabras demoradoras, urgía con la mayor energía la convocatoria del concilio. Se añadieron desgracias familiares: luego de todos los esfuerzos que había costado el sometimiento de Florencia, tuvo que ver el Papa cómo sus dos sobrinos se disputaban el señorío de la ciudad y se combatían acerbamente. Las preocupaciones, el temor a lo que había de venir —dolor y tortura secretos, dice Soriano— le llevaron al sepulcro.

Hemos dicho de León X que fue afortunado. Clemente, acaso mejor que él —por lo menos más libre de faltas, más activo y hasta más sagaz— fue, si consideramos todo el conjunto de su acción y omisión, menos afortunado. Seguramente, el más fatal de todos los Papas que se han sentado en la Silla de Pedro, hizo frente a la superioridad de fuerzas enemigas, que le acosaban por todas partes, con una política vacilante, pendiente de las probabilidades del momento, política que acabó por hundirle. Vió cómo se tomaban en todo lo contrario aquellos propósitos de crear un poder político independiente a que se entregaron sus antecesores más ilustres. Tuvo que contemplar cómo aquellos mismos a quienes quería arrebatar Italia aseguraban por siempre su dominio sobre ella. La separación de los protestantes fue ensanchándose ante sus ojos y todos los medios que empleó tuvieron el efecto contrario. A su muerte, la Sede apostólica quedó con el prestigio disminuido y sin ninguna autoridad espiritual o temporal. Aquella Alemania del Norte, que había sido tan importante para el Papado, cuya conversión en tiempos lejanos había ayudado a fundar el poder de los Papas en Occidente, y cuya revuelta contra el emperador Enrique IV le prestó tan grandes servicios para el establecimiento de la jerarquía, se había rebelado ahora contra él. Alemania ha prestado el servicio imperecedero de haber restaurado el cristianismo en la forma pura de los primeros siglos, de haber re­descubierto la verdadera religión. Con esta arma era invencible. Sus convicciones se abrieron pasa entre los países vecinos. Llegaron a Escandinavia; contra la intención del rey, pero al amparo de las medidas tomadas por él, se extendieron por Inglaterra; en Suiza, con pocas modificaciones, se labraron una exis­tencia segura; penetraron en Francia, y hasta en Italia y en la misma España encontramos huellas suyas en tiempos de Clemente. Se expanden cada vez más. En estas convicciones vive una fuerza que a todos arrebata. La lucha de los intereses espirituales y temporales en que se colocó el Papado parece haber sido puesta para procurar a aquellas convicciones su perfecto señorío.