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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO. LA BIBLIA DEL SIGLO XXI

 

 

EL EVANGELIKOM -DOCTRINA DEL REINO DE LOS CIELOS

 

LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL DE LA PLENITUD DE LAS NACIONES DEL GÉNERO HUMANO.

 

I

Acción de gracias

 

Bendito sea Dios, porque el amor no le detuvo y puso la Justicia sobre el amor, fundando de esta manera, a los ojos de toda su Creación, su Reino en una Justicia Universal cuyos principios no hace acepción de persona y cuya Ley no conoce la excepción.

La Inmunidad para sus actos que una parte de los hijos de Dios venía, de un tiempo atrás, antes de la Creación de nuestros Cielos y de nuestra Tierra, pidiéndole al Dios de la Eternidad y del Infinito, reclamación que devino pública cuando con una sola voz usaron a Eva como beso de Judas, y a Adán como lanza contra el pecho de Dios, a voces limpias reclamándole al Señor del Cosmos y los espacios infinitos que la Casa de Yavé y Sión, dioses e hijos de Dios, todos príncipes del Imperio de su Creador, formasen la excepción a la Ley, la acepción obligatoria ante la cual la Justicia Divina se plegase y concediese libertad eterna y todopoderosa para obrar a voluntad sin responder ante ninguna Justicia por sus pensamientos, palabras y obras; esa Inmunidad infernal, demoníaca y maligna que pretendía hacer de las Naciones del Universo ejércitos de soldaditos de plomo para diversión de dioses, y porque Dios ama sobre todas las cosas la Justicia, Dios, sobre el cadáver de su hijo pequeño, nuestro Adán, la negó de una vez y para siempre por la eternidad de las eternidades, jurando por su Cabeza Omnisciente y Gloriosa que todos los enemigos de la Justicia serían desterrados de su Reino y Creación para siempre.

Grande y profundo fue el dolor de aquel Padre a quien, mientras disfrutaba del Descanso, le mataron a su hijo pequeño sin darle ocasión de defenderle. Y terrible el grito de dolor que contra la casa rebelde se dejó oír a lo largo y ancho de los Cielos. Pero aun estando traspasado su pecho por la lanza de la Traición, el Todopoderoso y Omnisciente Creador del Cosmos fijó sus manos y sus pies clavados a la Cruz de su Justicia; porque si se bajaba sería el Espíritu Santo de la Justicia quien bajaría al Infierno, y no cabiéndole en su Cabeza semejante Futuro para su Reino, Dios Padre abandonó a la Muerte a su hijo pequeño, y con él a todos nosotros, la Plenitud de las naciones del Género Humano, las que eran y las que habíamos de nacer.

 Terrible fue la acusación de quienes se levantaron entre los hombres contra Su Justicia, afirmando haber condenado a un mundo entero por el pecado de un sólo hombre, haciendo así Dios un ejercicio de Crueldad sin límites. Ignorantes, legalizando sus crímenes en la concepción de un dios maligno que crea a unos hombres para ser depredadores y a los otros para ser sus víctimas, esos fiscales ejercieron de Abogado de aquel hijo de Dios que levanto ese mismo Discurso, buscando su  absolución, ante el tribunal del Cielo.

La defensa de su Hijo, hallando Templo en sus Discípulos, manifestó la Bondad de Su Padre en su Juicio contra el mundo del Primer Hombre, porque haciéndolo puso la Justicia sobre el Amor a fin de que, por siempre jamás, la Verdad reine.

Bendito sea Dios Todopoderoso, porque pudiendo resucitar a su hijo Adán, al precio de quedar expuesta la creación entera a la corrupción que nace de la Inmunidad Absoluta a favor de quienes la gobiernan, arrojó lejos de sí una felicidad pasajera y eligió un dolor presente, cuna de la gloria futura, arrojando lejos de sí aquél anfierno que tras el perdón escondía su fuego.

 

II

La Ley: Universal y Eterna

 

El Caso era simple. Por una parte estaba Dios, Creador de toda vida, la que ha florecido en la Tierra como la que antes floreciera en otras partes de su Creación, y florecerá por su Voluntad durante la Eternidad por todo el Cosmos, su Creación.

Mirando a la existencia pacífica de todos los Pueblos de su Reino estableció Dios una Ley Eterna, que impera sobre las leyes particulares y es el núcleo desde el que surgen esas leyes particulares cual las ramas de un mismo tronco. Esta Ley no tiene excepción, no concede Inmunidad a ninguna criatura.

Ya Hermano, Hijo, o Siervo de Dios, todo viviente, desde el que se sienta a la Derecha del Trono de Dios hasta el ser más humilde del Paraíso, todos estamos sujetos a esta Ley por la que cada cual es responsable de sus actos ante una Justicia Universal que no hace acepción de Hermano, Hijo o Siervo, y ante su Tribunal todas las criaturas se presentan desnudas para ser juzgadas según sus pensamientos, palabras y obras. No ha lugar a invocación a la Paternidad Divina. La raíz de esta Justicia es la Verdad; su fruto, es la Paz.

Del otro lado tenemos una parte de los hijos de Dios, que no podían aceptar esta desnudez ad eternum y reclamaban la inmunidad de dioses nacidos de un Dios Todopoderoso y Eterno a quien nadie puede juzgar. Y como hijos de ese Dios reclamaron el Todopoder que le era natural al Dios de dioses, por este Poder dando luz a la excepción, que no concede la Ley, porque no tiene lugar en el cuerpo de la Justicia.

La cuestión devino cómo arrancarle a Dios esta Inmunidad. Pues Dios no sólo no estaba dispuesto a dar luz verde a la transformación de su Casa en un Olimpo de dioses fuera de la Ley, sino que, para zanjar la cuestión, públicamente y delante de toda su Casa, personificada en su hijo menor Adán, dio a conocer su última Palabra: “El que coma de ese fruto, la Guerra; morirá, sin excepción”. Y no quería volver a oír hablar del asunto, ¡jamás!

La Ley es Universal y permanecerá así por la Eternidad.

 

III

La Astucia de la Serpiente

 

El pensamiento de quienes no podían concebir la vida eterna en el seno de una Paz Universal fundada en una Justicia Divina ante cuyo Tribunal todas las criaturas, independientemente de la posición y origen en la Creación, somos iguales ante la Ley; el pensamiento de los tales, digo, y aun habiendo dado Dios su Última Palabra, y precisamente porque la había dado, no sólo no se sujetó a la Necesidad, por no hablar de la Bondad Infinita que el Verbo derramaba sobre el Futuro de la Creación, sino que se dejó arrastrar a Rebelión abierta en base a la Decisión Final manifestada: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”.

En su astucia maligna el cabecilla y príncipe de los Rebeldes puso sobre la mesa de los Conjurados, bajo el Signo de la Serpiente, la respuesta a su problema. Es evidente que la Ley es todopoderosa mientras tiene en el Ser de Dios su Fuerza, ¿pero y si Dios quedase esclavizado a su propia Palabra y por amor a su Libertad Él mismo debiera romperla? En este caso hipotético, ¿no quedaría en entredicho que el Verbo sea Dios? Me explico:

La Ley es Todopoderosa y no hace acepción. Adán come, Adán muere. Por el pecado de un sólo hombre, Cabeza de su Mundo, pues “creó Dios al hombre a su imagen y semejanza”, todo el Mundo muere. Ahora bien, la Ley ata a Dios al Verbo, a su Palabra, esclavizándole a consumar su Proyecto de Formación del Género Humano. De manera que siendo el Verbo y  Dios la misma Realidad, la Ley ata a Dios al Mundo hasta que su Voluntad se cumpla. Pero si esta Voluntad no se realizase jamás y por tanto el Género Humano no alcanzase nunca la condición de los hijos de Dios, Dios se vería obligado a renunciar a su Voluntad, con lo cual la Divinidad de la Ley, a fin de quedar Libre de su Palabra, tendría que ser por El mismo abolida. Obligado por su Palabra, Dios tendría que intentarlo una vez y otra hasta que su Voluntad se cumpliese... pero ¿y si no pudiera cumplirse... por no haber... materia?

Luego todo lo que había que hacer era usar a Adán como lanza contra el Pecho del Verbo, hincarle la lanza en el Costado a Dios, y a partir de ahí entregarse a la Destrucción del Género Humano, de manera que no existiendo materia Dios se viera obligado a reconocer que había sido vencido y en consecuencia tendría que otorgar la Excepcionalidad a la Ley. Es decir, el Monte de Dios, Sión, tendría que evolucionar y transformarse en un Olimpo de dioses más allá del Bien y del Mal. La Creación entera tendría que ajustarse a esta nueva Ley... y todos los Pueblos del Universo... estarían a merced... de los Nuevos Dioses.

 

IV

LA BATALLA FINAL

 

Dios, Padre de Adán, se sintió traspasado hasta lo más profundo de su corazón. Como padre que al regresar de un viaje se encuentra con el cadáver de su hijo aún fresco en el jardín de su casa, Dios, como Señor, entró en cólera infinita a la manera que ese padre descubre que el asesino de su hijo había sido aquél mismo a quien le confiara su custodia mientras él estuvo de viaje.

Dios, Juez incorruptible, dictó sentencia contra todas las partes con la severidad que le reclamaba la Justicia, imponiendo castigo sin mirar el origen y condición social de los delincuentes.

Dios, en tanto que Creador, se quedó maravillado ante la locura infinita que era a sus ojos la declaración de guerra que le lanzaba a pleno rostro una criatura que El mismo había sacado del polvo y cuya existencia la podía borrar El de la faz del Tiempo y del Espacio con un simple soplo.

Dios, en cuanto Dios, no podía dejar de ver tras el movimiento en el Tablero de la Eternidad de estos peones el rostro de su Verdadero Enemigo: la Muerte.

Durante muchas eternidades, desde el mismo Día que Él se lanzó a la conquista de la Inmortalidad, primero, y vida eterna, finalmente, para todos los Vivientes, -como habréis podido leer en la Tercera Parte de la Historia Divina-, la Muerte estuvo siguiéndole a Dios los pasos por todo el Infinito a fin de obligarle a aceptar una Coexistencia sempiterna, como había sido desde el principio sin principio de la Increación, de la Vida y la Muerte en el seno de Su Creación.

Dios se había limitado a ignorar la existencia de la Muerte en tanto en cuanto Ente Increado y la había considerado un fenómeno de carencia inherente a la Vida, que una vez conquistada la Inmortalidad Indestructible que supone la vida eterna, dio por finalizado y desterrado de su Mundo.

La Alegría de la Transfiguración de Dios en el Padre y el Hijo, la Alegría de la Creación del Universo y sus primeros Mundos, la Alegría del crecimiento de su Paraíso en un Imperio Maravilloso lleno de vitalidad, fueron alegrías que se vieron empañadas por las Guerras entre los reyes de su Imperio; habiendo conocido la Ciencia del Bien y del Mal, Dios Padre se dispuso a extirpar de su Creación este Árbol maldito mediante la Ley, a fin de que la Guerra, su Fruto, no extendiera su fuego sobre el Universo y el Infierno se llevara su Obra a las tinieblas del olvido.

De pronto, con el Espíritu en vilo y porque sabía que “aquel toro ya había acorneado antes”, le pone Dios a todos sus hijos, sin excepción, la Ley como yugo a fin de sujetarlos a todos a Obediencia.  Pero “aquel toro” se suelta y se lanza contra un Adán sin conocimiento ninguno del Mal, y de aquí la Ignorancia como Fundamento de la Redención, un Adán sin ningún conocimiento -decía- del instinto asesino de la Bestia, al que la Bestia acorneó hasta matarlo.

Dios, se dijo a sí mismo, “Imposible”; y alzando la mirada vio a su verdadero enemigo, la Muerte. Y en su Dolor le plantó cara, aceptó la declaración de guerra y se lanzó a la Batalla Final contra su verdadero Enemigo: La Muerte.

 

V

Fundamentos de la Batalla Final

 

Hubo Redención porque hubo Ignorancia; de manera que si por la Ignorancia vino la maldición: por esa misma Ignorancia, porque la hubo, y de no haberla habido la Redención no hubiera sido posible por Ley, tuvo lugar la Redención recogida en la ley del Sacrificio Expiatorio del Cordero de Dios en Cristo Jesús De Yavé y Sión, el hijo del Hombre.

Ahora bien, la Ley de Moisés miraba al individuo y en su faceta más abierta al sacrificio por los pecados del pueblo hebreo y judío. Mas habiendo pecado todo el mundo y viviendo en el pecado a causa de la Ignorancia de Adán, cuyo pecado lo sufrimos en nuestras carnes la Plenitud de las Naciones del Género Humano, esta Ley era símbolo y anuncio del Sacrificio Expiatorio de todos los pecados del Mundo que preparaba Dios. La respuesta a la cuestión ¿qué Cordero podía valer a los ojos de Dios tanto como para quedar lavados en su Sangre los pecados de todo un Mundo?, y sus derivadas, forman parte de la Doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica desde los días de los Apóstoles.

Lo importante para nosotros es que Dios asumió nuestra Causa por propia y se responsabilizó Él mismo de la Caída en tanto en cuanto “sabiendo que aquél toro acorneaba” expuso nuestro Futuro y el de la Creación entera a la Libertad, haciendo de cuyo uso los Enemigos del Espíritu Santo hicieron de la Ignorancia de Adán el talón de Aquiles contra el que lanzar la flecha de la Traición.

Asumida nuestra Causa, el Dilema en el que los discípulos del Maligno quisieron atrapar a Dios y entre los nudos de cuyo imposible laberinto gordiano quisieron despojarle de su Espíritu Santo, y así reducir la Divinidad al Poder, en virtud de cuya nueva Realidad quedarían marginadas la Verdad, la Justicia y la Paz de la estructura del Cosmos, aquel Dilema de aquella generación rebelde de hijos de Dios, pasó por el Cómo separar Espíritu Santo y Dios.

¡Era solo natural! Es esta Propiedad del Ser Divino la que se oponía a un salto de una naturaleza que, dejando atrás la Verdad como raíz de la Justicia, expondría el Futuro de la Creación entera a un estado de Guerra Perpetua, cuya conclusión final sería la Destrucción Absoluta de toda vida por  su propio Creador. Y de aquí que Dios se negase en rotundo a acceder a la transformación de su reino en un Olimpo de dioses todos más allá del Bien y del Mal.

Pero desde la óptica de la escuela maligna que defendió ese nuevo status y negó la Sabiduría de Dios afirmando que el Dilema podría ser resuelto renunciando Dios a su Espíritu, la estrategia parecía clara. Incluso en el Acontecimiento de la Creación del Hombre manifestó Dios su voluntad de dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal en cuanto Ciencia, pero no en tanto que experiencia. Y de aquí que simbolizara este Conocimiento en la forma de un Árbol. Es por la Ciencia que viene de la Inteligencia, no de la Experiencia que Dios le quiso dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal. Pues, en efecto, el Conocimiento tiene dos vías de acceso: por el de la Experiencia se llega a la Ciencia, pero pro la Ciencia que viene de la Sabiduría se llega a la verdad que reina  y gobierna todas y cada una de las leyes por las que existe la Creación, a la que se sujetan tanto las estrellas como las galaxias, la vida animal como la vida racional.  La Ciencia que viene de la Sabiduría procede de la Palabra del Creador de la Vida, por lo cual leemos en su Libro: “Formó Yavé Dios al hombre del polvo de la tierra y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado”.

Inspiración que se reproduce, para la salvación de todos, en el Evangelio, donde vemos que  aquella Inspiración se refiere a la Palabra de Dios, que al Principio nos vino por los hijos de Dios, y al llegar el Fin de aquel mundo nos vino por la Bova del Unigénito de su Padre, nuestro Rey y Señor, Padre y Maestro, Jesucristo.

A quienes inquieren si hubo contacto entre los primeros y vida no creada en nuestra Tierra, le diremos que sí, y que fue de esa Vida Extraterrestre, por emplear términos comunes en nuestro siglo, que vino la Rebelión contra la Ley y la Traición  a la Voluntad Divina de quien dijo, “Hagamos al Hombre a nuestra imagen y semejanza”, ergo, un hijo de Dios. Cual leemos en la genealogía de Jesús: Hijo de David, hijo de Abraham, hijo de Adán, hijo de Dios.  

Así pues, la estrategia de la Muerte y sus hijos malignos centró su astucia en darle a probar al Hijo de Dios la fruta del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, es decir, la Guerra, no por el Conocimiento que viene de la Sabiduría de su Padre, sino por el conocimiento que viene de la Experiencia.

Creyó aquella generación malvada, de la que Dios escribió en su Libro, de mano de su Siero Moisés:

 

“Escuchad, cielos, y hablaré, y oiga la tierra las palabras de mi boca.

Caiga a gotas, como la lluvia, mi doctrina.

Destile como el rocío mi discurso,

como la llovizna sobre la hierba,

como las gotas de la lluvia sobre el césped.

Porque voy a celebrar el nombre de Yavé.

¡Dad gloria a nuestro Dios!

¡Él es la Roca! Sus obras son perfectas,

todos sus caminos son justísimos;

es fidelísimo y no hay en Él iniquidad.

Es justo, es recto.

Indignamente se portaron con Él sus hijos,

generación malvada y perversa.

¿Así pagas a Yavé,

pueblo loco y necio?

¿No es Él el padre que te crió,

el que por sí mismo te hizo y te formó?

Trae a la memoria los tiempos pasados,

atiende a los años de todas las generaciones;

pregunta a tu padre, y te enseñará;

Cuando distribuyó el Altísimo su heredad entre las gentes,

cuando dividió a los hijos de los hombres,

estableció los términos de los pueblos

según el número de los hijos de Dios

Pues la porción propia de Yavé es su pueblo,

su lote hereditario es Jacob.

Le halló en tierra desierta,

en región inculta, entre aullidos de soledad;

le rodeó y le enseñó,

le guardó como la niña de sus ojos.

Como el águila, que incita a su nidada,

revolotea sobre sus polluelos,

así El extendió sus alas y los cogió,

y los llevó sobre sus plumas.

Sólo Yavé le guiaba;

no estaba con El ningún dios ajeno.

Le subió a las alturas de la tierra,

le nutrió de los frutos de los campos,

le dio a chupar miel de las rocas,

y aceite del durísimo sílice.

La nata de las vacas y la leche de las ovejas,

con la grosura de los corderos y los carneros,

de los toros de Basan y de los machos cabríos.

Con la flor de trigo;

bebiste la sangre de la uva, la espumosa bebida.

Comió Jacob y se hartó,

y engordó el Jesurún, y tiró coces

Y despreció al Dios de su salvación

Provocáronle con dioses ajenos,

irritándole con abominaciones;

inmolaron a demonios, a no-dioses,

a dioses que no habían conocido,

nuevos, de ha poco advenedizos,

a los que no sirvieron sus padres.

De la Roca que te crió te olvidaste,

diste al olvido a Dios, tu Hacedor.

Lo vio Yavé, y se irritó,

hastiado por sus hijos y sus hijas.

Dijo: Esconderé de ellos mi rostro,

veré cuál será su fin,

porque es una generación perversa,

hijos sin fidelidad alguna.

Ellos me han provocado con no-dioses,

me han irritado con vanidades;

yo los provocaré a ellos con no-pueblo

y los irritaré con gente insensata.

Ya se ha encendido el fuego de mi ira,

y arderá hasta lo profundo del infierno,

y devorará la tierra con sus frutos

y abrasará los fundamentos de los montes.

Amontonaré sobre ellos males y más males,

lanzaré contra ellos todas mis saetas.

Los consumirá el hambre y los devorará la fiebre

y la nauseabunda pestilencia.

Mandaré contra ellos los dientes de las fieras,

y el veneno de los reptiles que se arrastran por el polvo.

A los que fuera estén los matará la espada,

y a los de dentro, el espanto.

Lo mismo a mancebos que a doncellas,

lo mismo al que mama que al encanecido.

Ya hubiera yo dicho: Voy a exterminarlos del todo,

voy a borrar de entre los hombres su memoria,

si no hubiera sido por la arrogancia de los enemigos,

porque se envanecerían sus perseguidores

y dirían: Ha vencido nuestra mano,

no es Yavé quien ha hecho todo esto.

Es gente sin consejo,

no tienen conocimiento.

Si fueran sabios, comprenderían esto

y atenderían a lo que les espera.

¿Cómo puede uno solo perseguir a mil,

y dos poner en fuga a diez mil,

sino porque su Roca se los vendió

y Yavé los ha entregado?

Porque no es como nuestra Roca la roca suya,

son jueces nuestros mismos enemigos.

De cierto su vid es de la vid de Sodoma,

de los campos de Gomorra sus sarmientos,

sus uvas son uvas ponzoñosas,

sus racimos son racimos amarguísimos,

Veneno de dragones es su vino,

veneno mortal de áspides.

Acaso no tengo yo esto guardado,

encerrado en mis archivos,

para el día de la venganza y la retribución,

para el tiempo en que resbalarán sus pies?

Pues cerca está el día de su perdición

y ya lo que les espera se aproxima.

De cierto Yavé hará justicia a su pueblo

y tendrá misericordia de sus siervos

cuando vea que desapareció ya toda su fuerza

Y dirá entonces: ¿Dónde están ahora sus dioses,

la roca a que ellos se acogían?

¿Los que comían las grasas de sus víctimas

y bebían el vino de sus libaciones?

Que se levanten ahora y os socorran

y sean vuestros protectores.

Ved, pues, que yo soy yo, yo solo,

y que no hay Dios alguno más que yo.

Yo doy la vida, yo doy la muerte;

yo hiero y yo sano;

no hay nadie que se libre de mi mano.

4Ciertamente yo alzo al cielo mi mano

y juro por mi eterna vida:

Cuando yo afile el rayo de mi espada

y tome en mis manos el juicio,

yo retribuiré con mi venganza a mis enemigos

y daré su merecido a los que me aborrecen.

Emborracharé de sangre mis saetas,

y mi espada se hartará de carne;

de la sangre de los muertos y de los cautivos,

de las cabezas de los jefes enemigos.

Regocijaos, gentes, por su pueblo,

porque ha sido vengada la sangre de sus siervos,

le ha vengado de sus enemigos

y hará la expiación de la tierra y de su pueblo.”

 Donde se ve que la Justicia que viene del Dolor causado a su Espíritu por aquella generación de hijos de Dios en cuyas manos YAVÉ Dios puso el Futuro de la Vida en la Tierra, elevó su Herida hasta su Ser más íntimo: El Ser del Dios Verdadero y Único que la Increación conoció y tuvo, ante el que las propias galaxias temblaron y en su Desesperación un día  vieron sus luces apagarse y sus cuerpos devenir polvo  de  cementerio, tinieblas vagando por el Abismo. La lanza de la Traición habiéndole abierto Su pecho alza su Voz y jura por su Gloria que la Justicia conta la que se levantaron se levantara contra ellos para enterrarlos en las profundidades del Cementerio en el que yace el Cosmos Antiguo.

Generación malvada y maldita Quisieron darle jaque mate al Espíritu Santo. Dios respondió al jaque con un jaque mate invencible: Encarnando el Espíritu que vive en Él y su Hijo. Por esto dice el siervo de Dios: “ Te nacerá un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo”.

Tentaron a Dios, cuando quisieron tentar a su Hijo Amado, y Dios nos mostró a todos, a fin de que nadie en la eternidad vuelva a cometer ese error, que en las Dos Personas Divinas vive el mismo Espíritu, ese Espíritu contra el que se alzaron exponiendo sus vidas a Destierro Eterno de las Fronteras de la Creación.

Las cuestiones malignas: ¿Qué pasaría si el Hijo de Dios encontrase satisfacción en la Guerra? ¿Cómo podía saber Dios si a su Unigénito Hijo no le gustaba la Ciencia del Bien y del Mal si no le permitía comer  de su fruto?  ¿Ante una supuesta elección terminal del Hijo de Dios a favor de la escuela del Diablo ... no perdería el Espíritu Santo la Batalla?

Este era el esquema para locos por el Infierno que alzó el Maligno como sabiduría propia mediante la cual separar Dios y Espíritu Santo.

Cuando Dios descubrió su efecto y se vio ante los hechos consumados, le vio por primera vez la cara a su Verdadero Enemigo, la Muerte. Entendió en su Creación había estado actuando una Fuerza no Creada, y no podía Dios seguir excusando el comportamiento de sus hijos en esto y aquello otro, ni culpándose a sí mismo por haber minusvalorado el valor de su propia Victoria contra la Muerte.

La Muerte, esa realidad que en su día El definiera por la ausencia de vida eterna, en la locura de la escuela de la Serpiente, cuya cabeza era Satán, se le descubrió a Dios en toda su Realidad Increada, la Muerte pretendía destruir a Dios enfrentando al Hijo contra el Padre.

Desde aquel Día, triste para el Género Humano, glorioso para la Creación entera, la Batalla Final entre el Creador de la Vida a la imagen y semejanza de Dios,  y la Muerte pasó a ser Cósmica. La Creación entera se veía amenazada por aquella Fuerza Increada contra la que se alzó Dios con su Nuevo Cosmos, un Universo en el que la Vida tiene su Origen en Dios, hereda su Inmortalidad y se hace un Árbol cuyas ramas cubren la Eternidad y el Infinito de Mundos.  Era este Nuevo Universo el que la Muerte quiso  echar abajo.

Y sólo Dios en persona podía alzarse contra esa Fuerza y Desterrarla de su Creación. ¡Era la Hora de la Batalla Final de aquella Guerra que le declarara Dios a la Muerte cuando por su Voluntad la Vida devino Inmortal! Si hasta entonces Dios no había visto cara a cara al verdadero enemigo de su Creación, una vez que la locura desplegada en el Edén se consumó, abrió Dios los ojos y le vio el Rostro a su Enemigo.

Toda cuestión quedó desde ese momento en suspense.

 

VI

La expectación de la “creación entera”

 

Es evidente que Aquel que una vez abriera en el Espacio la Fuente de la que manó toda la energía creadora del Cosmos, Ese mismo Ser podía destruir todo lo creado, abrir un agujero negro en el Infinito y arrojar a su Enemigo dentro, sellando esa fosa por la Eternidad.

Pero esto se supone para un Dios que está solo y actúa acorde a sí mismo. Mas Dios no está solo. Lo que como Dios Único Verdadero no tuvo nunca jamás que hacer, explicarse, desde que es Padre, Dios no puede sencillamente actuar siguiendo su voluntad inmediata. ¡Cómo explicarle a su Hijo la destrucción masiva de todo un Cosmos sin fundar su Poder en el capricho de un Dios que se puede permitir hacer y deshacer a su antojo!

La Muerte había atacado por donde creyó que su flecha pondría de rodillas a Dios.

No se crea un Cosmos y se decide de la noche a la mañana borrarlo del mapa. Esto lo hacen los matemáticos y los locos. Nadie trabaja de sol a sol durante un verano entero para dejar que la fruta se caiga al suelo una vez que la fruta madura.

Su Hijo es ser de su ser, Dios Verdadero de Dios verdadero. Lo primero que haría es preguntarse ¿por qué? Dios no podía limitarse a coger del cuello a su Enemigo y arrojarlo a las profundidades del Abismo cubierto por las Tinieblas que Él mismo creó.  ¡Cómo iba a explicarle a su Hijo semejante respuesta a un Homicidio contra el que le bastaba una Palabra para devolverle la vida al muerto!

Y lo que es más importante: ¿Cómo darle a conocer a su Hijo el porqué de su Respuesta a la Rebelión contra la Ley si no vivía en su propio ser la raíz de ese Homicidio? Era la Envidia a su Trono y su Gloria esa raíz. Por esto, porque don Dos Personas y un mismo Espíritu, y ambas son Dios, la Victoria del Redentor, el hijo del Hombre, fue celebrada desde el principio y saludada por el Patriarca de los patriarcas sin detener el cuchillo contra sus propio hijo. Glorias a Abraham, porque por su Obediencia la Invencibilidad le fue prometida a su Descendencia, quien muriendo, hizo Testamento a favor de dicha Invencibilidad a su Descendencia, según está escrito: “Tu Descendencia se apoderara de las puertas de sus enemigos”.

La Creación entera permaneció en suspense desde Adán hasta Cristo. Pues es evidente así como la Inmortalidad para todo Viviente y la Ciencia del Bien y del Mal son incompatibles, no menos cierto es que expuesto el Creador a  elegir entre el Universo y su Hijo, si llevado al extremo de elegir entre su Hijo y el Universo, Yavé Dios Padre destruiría todo la Obra de sus manos, reduciría el Cosmos a polvo, y, como ya lo hiciera antes, volvería a empezarlo todo de nuevo, cuidando ésa próxima vez, de no dejar ninguna puerta abierta a la Semilla del Infierno.

El Futuro de la Creación entera, tal cual existe, estuvo, pues, en las manos del Hijo de Dios. Y únicamente había una forma de cerrar la Duda: que el Hijo de Dios hablase por sí mismo.

Para Dios la cuestión estuvo siempre fuera de toda Duda, pero pues que la Duda encontró su camino y exigía oír del Hijo de Dios su Palabra Final: “Su No a la excepción a la Ley para todos los Ciudadanos de su Reino”, la creación entera oiría Su Voz desde la Cruz de quien siendo Invencible se despojó de su gloria y se presentó Desnudo ante el mundo, reproduciendo en su Desnudez la Desnudez  en la que fue creado el Primer Hombre.

En efecto, todo el Antiguo Testamento no es más que la Preparación del Escenario desde el que el Hijo de Dios daría a conocer su respuesta “a la creación entera” sobre su Posición respecto a la Ciencia del Bien y del Mal: ¿Excepción en la Ley para los Gobernantes, o Reino de la Justicia sobre todo Ciudadano sin acepción de persona?

Los hijos de Dios que se hicieron cuerpo de la Serpiente Antigua, haciendo de Satán su cabeza suprema, dieron a conocer su decisión sobre la sangre de Adán, demostrando que por nada del mundo estaban dispuestos a vivir bajo el Imperio de una Ley que no diferencia entre Gobernante y Gobernado, entre Rey y Pueblo.

Firmada la Declaración de Guerra contra el Espíritu Santo sobre la sangre de Adán, la creación entera, escandalizada por el Fin que se dibujaba en su horizonte, permaneció con el pecho en vilo, el corazón en un puño, a la espera de la Decisión del Único que podía obtener de Dios semejante transformación de su Imperio en un Olimpo de dioses, todos más allá del Bien y del Mal.

 

VII

Imperio o Cruz

 

Hay dos cosas con las que no se juega: la sangre y el fuego. ¿Pero y cuándo sangre y fuego se hacen una sola cosa?

Se llamaba Jesús. Tal era el Nombre del Hijo de Dios de cuyos labios dependió el Futuro de la Creación entera. Por amor a su Hijo no hubiera dudado Dios en borrar las galaxias del mapa del cosmos, borrar el mismo cosmos y empezar una Creación Nueva. De Jesús era la Decisión.

Se hizo hombre a fin de que la creación entera escuchase con palabras connaturales a su cuerpo la Respuesta del Hijo de Dios a la cuestión en pugna: Sí o No al Espíritu Santo de una Ley que no admite acepción y se expone como Roca sobre la que el Edificio de la Justicia se mantiene indestructible contra el paso del Tiempo.

Suya es la Última Palabra. Si su respuesta hubiese sido un No a la Igualdad de todas las personas ante la Ley, Jesús sólo hubiese tenido que escribir su No encarnando la visión del Mesías que el Judaísmo se había formado partiendo de las Escrituras. Él era el Hijo de David, suyo era el Poder. Una vez esa decisión final tomada nada ni nadie hubiese podido cortarle el paso hacia el Imperio Universal de Jerusalén. Roma sucedió a Atenas, Atenas a Susa, Susa a Babilonia, Babilonia a Nínive, Nínive a ... el viaje del “testigo del imperio” acabaría en Jerusalén ... si la decisión final del Hijo de David hubiese sido un No a la Ley del Espíritu Santo.

Si la Respuesta de Jesús era un Sí a la Ley del Espíritu Santo, el Hijo de Dios sólo tenía que doblar las rodillas y subir a la Cruz, firmando así su Declaración Final sobre la sangre de Cristo.

Dos puertas. La una daba a la gloria efímera del imperio; la otra... a la Gloria sempiterna del Reino de Dios. La Decisión fue suya. El Futuro de la Creación entera lo puso Dios a sus pies. El Decreto fue escrito y sellado de la mano de David.

Si el Hijo de Dios quería ver con sus propios ojos en qué experiencia tuvo origen la Ley del Padre contra la Ciencia del Bien y del Mal, esta experiencia nos llevaría a todos, a la creación entera a la destrucción total.

Tendríamos alegría para Hoy y Tristeza de muerte para Mañana...

 

VIII

La doctrina del Diablo

 

El Hijo es Dios, se podía permitir el lujo de vivir un Apocalipsis cósmico al otro lado del libro de la Historia de un Imperio propio. ¿Y qué? ¿No es todo viviente mero barro sobre el que Dios sopla su aliento de vida y si lo retira expira y vuelve al polvo? ¿Por qué no vivir la experiencia? Al fin y al cabo una criatura no puede soportar la existencia eterna. Tarde o temprano necesita a la Muerte, la pide, la suplica, es el sueño del descanso eterno, el sueño de la paz final, polvo al polvo, cenizas a las cenizas. ¿Por qué no hacer de ese tiempo entre el Hoy y el Mañana una Aventura Olímpica, un paseo por los campos de la Guerra de los dioses?

Dios no tiene nada que perder, pues que es indestructible, y siendo el Hijo de la misma Naturaleza que el Padre ¿dónde está el miedo? ¿No es la Creación un Espectáculo? Unas veces tragedia, otras comedia, ahora un circo, luego una guerra, una boda, un funeral, una lágrima, una risa...¿dónde está el mal en divertirse? ¿Qué bien hay en una Ley que no admite excepciones y se parece a una máquina siguiendo las pautas de un programa irracional?

Al fin y al cabo la Divinidad es todopoderosa y le basta querer para convertir las piedras en pan, abrir la boca para apagar el fuego y resucitar peones caídos durante la escena de una Guerra de Mundos. ¿Qué hay de malo en la gloria de un dios que pasea su Poder por las estrellas movilizando mundos como rebaños que corren al matadero para alimentar las bocas de un universo?

¡La Libertad, la Paz, ¿qué es todo eso?, si no existe el Poder de liberar esclavos y acabar guerras!

 

IX

La doctrina del reino de los cielos

 

Se llama Jesús, y es el Cristo: “Apártate de mí, Satanás”. Ese fue el momento en que el corazón de la creación entera se soltó, el pecho que estaba encogido se ensanchó, las lágrimas se le saltaron a todos los hijos de Dios. De sus almas irrumpió como un volcán todopoderoso una sola Palabra: ¡Victoria!

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, una sola Realidad Eterna.

Ahora a firmar la Respuesta ahogando la pluma en la sangre del Cordero de Dios. Ahora a ser el Primero en certificar el No a la Excepción a la Ley.

Por Ley, Cristo Jesús debía morir, pues, siendo judío de nacimiento se alzaba contra la Ley de exclusión de todas las naciones del reino de Dios, imponiendo como condición sine qua non para el goce de la salvación: la obediencia al templo de Jerusalén. Pero Cristo Jesús era el Hijo de David, estaba en su mano invocar la Excepción o doblar sus rodillas ante la Ley.

La Decisión del Hijo de Dios está escrita. En su Sí a la Ley del Espíritu Santo encontró la Creación a su Salvador.

Dios, exaltado ante su Casa entera por la Obediencia de su Hijo Amado, abolió el Imperio de los hijos de Dios y elevó la Corona de su Unigénito al Reino Universal. No hay reyes, sólo príncipes, sujetos a la Corona Universal y sempiterna del Hijo de Dios. Un solo Rey, un solo Señor y Salvador.

 

X

La Esperanza de Salvación Universal

 

Pero Dios hizo más. Lo puso todo en los labios de su Hijo, lo mismo el Trono del Reino ante el que responde todo Poder, como el Trono del Juicio Universal, ante cuyo Tribunal responde toda criatura. Y poniendo en sus manos el Juicio Final, invistió Dios a su Hijo de la Gloria que Dios se había reservado para sí mismo: la Gloria de quien tiene el Poder de Firmar Absolución Universal o Sentencia Condenatoria ad eternum, siendo su Sentencia Inapelable y Final.

Por esto en su exaltación, dijo Dios: “Lo glorifiqué y lo volveré a glorificar”  

Recogiendo, pues, la Justicia a que la ignorancia de nuestros padres nos hizo dignos de Redención, quiso Dios darnos por Juez al mismo que al Principio dijera: “Haya Luz”, de manera que encontrásemos en el Juez a nuestro mismo Salvador, Aquel que sufrió en su ser la Muerte, y nos juzgue de acuerdo a nuestra naturaleza y no en relación a de Dios, la Suya.

Desde la más tierna Adolescencia entregados al Imperio de la Muerte, monstruo todopoderoso que le puso la mesa del banquete a sus príncipes, sirviendo nuestra carne como manjar de reyes y nuestra sangre como ambrosía para dioses, tuvimos el odio y la venganza por tutores y maestros, la crueldad y el terror fueron nuestra escuela y academia, hicimos el camino por los milenios, como las bestias que reptan a cuatro patas, por desiertos inhóspitos en los que la ley es devorar o ser devorados. ¡La Ciencia del bien y del mal fue nuestra suerte! ¿Quién se apiadará de crímenes cometidos en las tinieblas de una batalla en la que la tregua y el cuartel fue para los muertos?

¿Cómo iba el Dios del Amor a entregarnos desnudos a un Tribunal forjado entre nubes de ingrávidos sueños felices?

¿Iba el Dios de todos los amores a permitir que un Juez que no conoció nunca la fragilidad de la carne encadenada al muro de los infiernos crueles del hambre y sed de justicia levantara su puño contra nosotros?

¿Cómo juzgar al barro por no resistir el ímpetu de la corriente que baja de las montañas arrastrando piedras y troncos?

¿Por qué ley puede ser juzgado el bocado, que el cachorro abandonado en la selva, da contra la pierna del que duerme en su tienda?

¿Qué Derecho ha de ser abandonado para juzgarnos por nuestros actos sin tener en cuenta la fuerza todopoderosa que desde los núcleos incógnitos lanza sus rayos contra mentes que fueron sorprendidas en plena fiesta?

¿Aquel que soñó nuestra Liberación en el espacio no había de llevarse consigo nuestra liberación en el tiempo?

Dios amantísimo de su creación entera, quiso abrirle horizontes al Poder de su Hijo y mostrarle cómo con una sola Palabra puede hacer que un Mundo entero nazca de nuevo y su Alma no se acuerde del dolor y la pena sino que como quien tiene un mal sueño, se levantó y se olvidó para siempre.

He aquí la Gloria de nuestro Juez, no está en nuestra Condena, sino en nuestra Absolución.

Y como en el espíritu de la profecía está la Absolución para el que se convierte, fue en este Espíritu que nos vino la Doctrina del reino de los cielos, a fin de que por la Conversión nuestra alcanzásemos Gracia para todas las naciones de nuestro Género, de manera que si por un hombre todos fuimos hechos pecadores, y por otro solo muchos fueron hechos justos, por los que creemos sean justificados los que no conocieron ni vieron al Hijo de Dios.

Alzad vuestras banderas, bajad las armas, deponed todo odio, la Paz es el Pan del Futuro,  la Justicia el horno donde se cocina la Felicidad de todas las naciones, la verdad es la Semilla que se recoge en los campos de la Inteligencia y la fe y hace crecer a las generaciones en toda Ciencia que viene de la Sabiduría.

Manipulados para ser el hacha de guerra con la que declararle la Guerra al Espíritu de nuestro Creador, recojamos ese hacha y echemos abajo el Árbol Maldito, un tajo, dos tajos, tres tajos, los que hagan falta, hasta que el tronco caiga. ¿Qué le diremos a nuestro Salvador y Rey: Quemaremos las ramas, las reduciremos a cenizas, serán como tinieblas en ese abismo imposible de ser alcanzadas por viviente alguno. Las generaciones crecerán  por los siglos alimentadas por el Fruto del Árbol de la Vida, caminarán al Encuentro del hijo del Hombre, que halle Fe Viva  a su regreso y su Alma se conmuevas  ante el sufrimiento sin  límites que el Género Humano hubo de soportar por la Maldad de seres  no creados en nuestro Mundo.

Por esta Esperanza vivieron y entregaron sus vidas la Primera Generación de Cristianos que dio luz la Sabiduría en la Tierra. Por esta Esperanza vivimos nosotros, hijos de un Testamento que nos ha legado el espíritu de Inteligencia a imagen y semejanza del Testador, nuestro Padre que está en los Cielos, y la Promesa de Invencibilidad a nuestras almas, ramas de su Tronco, vides de la Viña de su Padre, cultivadas para dar mucho fruto, abundante y bueno.

Quiera la Sabiduría no apartarse de nosotros nunca y ser nuestra herencia a nuestros hijos, y los hijos de sus hijos.