LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL DE LA PLENITUD DE LAS NACIONES DEL GÉNERO HUMANO.
I
Acción
de gracias
Bendito sea
Dios, porque el amor no le detuvo y puso la Justicia sobre el amor, fundando de
esta manera, a los ojos de toda su Creación, su Reino en una Justicia Universal
cuyos principios no hace acepción de persona y cuya Ley no conoce la excepción.
La Inmunidad
para sus actos que una parte de los hijos de Dios venía, de un tiempo atrás, antes
de la Creación de nuestros Cielos y de nuestra Tierra, pidiéndole al Dios de la
Eternidad y del Infinito, reclamación que devino pública cuando con una sola
voz usaron a Eva como beso de Judas, y a Adán como lanza contra el pecho de
Dios, a voces limpias reclamándole al Señor del Cosmos y los espacios infinitos
que la Casa de Yavé y Sión, dioses e hijos de Dios, todos
príncipes del Imperio de su Creador, formasen la excepción a la Ley, la
acepción obligatoria ante la cual la Justicia Divina se plegase y concediese
libertad eterna y todopoderosa para obrar a voluntad sin responder ante ninguna
Justicia por sus pensamientos, palabras y obras; esa Inmunidad infernal,
demoníaca y maligna que pretendía hacer de las Naciones del Universo ejércitos
de soldaditos de plomo para diversión de dioses, y porque Dios ama sobre todas
las cosas la Justicia, Dios, sobre el cadáver de su hijo pequeño, nuestro Adán,
la negó de una vez y para siempre por la eternidad de las eternidades, jurando
por su Cabeza Omnisciente y Gloriosa que todos los enemigos de la Justicia
serían desterrados de su Reino y Creación para siempre.
Grande y
profundo fue el dolor de aquel Padre a quien, mientras disfrutaba del Descanso,
le mataron a su hijo pequeño sin darle ocasión de defenderle. Y terrible el
grito de dolor que contra la casa rebelde se dejó oír a lo largo y ancho de los
Cielos. Pero aun estando traspasado su pecho por la lanza de la Traición, el
Todopoderoso y Omnisciente Creador del Cosmos fijó sus manos y sus pies
clavados a la Cruz de su Justicia; porque si se bajaba sería el Espíritu Santo
de la Justicia quien bajaría al Infierno, y no cabiéndole en su Cabeza
semejante Futuro para su Reino, Dios Padre abandonó a la Muerte a su hijo
pequeño, y con él a todos nosotros, la Plenitud de las naciones del Género
Humano, las que eran y las que habíamos de nacer.
Terrible fue la acusación de quienes se
levantaron entre los hombres contra Su Justicia, afirmando haber condenado a un
mundo entero por el pecado de un sólo hombre, haciendo así Dios un ejercicio de
Crueldad sin límites. Ignorantes, legalizando sus crímenes en la concepción de
un dios maligno que crea a unos hombres para ser depredadores y a los otros
para ser sus víctimas, esos fiscales ejercieron de Abogado de aquel hijo de Dios
que levanto ese mismo Discurso, buscando su absolución, ante el tribunal del Cielo.
La defensa
de su Hijo, hallando Templo en sus Discípulos, manifestó la Bondad de Su Padre
en su Juicio contra el mundo del Primer Hombre, porque haciéndolo puso la
Justicia sobre el Amor a fin de que, por siempre jamás, la Verdad reine.
Bendito sea
Dios Todopoderoso, porque pudiendo resucitar a su hijo Adán, al precio de
quedar expuesta la creación entera a la corrupción que nace de la Inmunidad
Absoluta a favor de quienes la gobiernan, arrojó lejos de sí una felicidad
pasajera y eligió un dolor presente, cuna de la gloria futura, arrojando lejos
de sí aquél anfierno que tras el perdón escondía su
fuego.
II
La
Ley: Universal y Eterna
El Caso era
simple. Por una parte estaba Dios, Creador de toda vida, la que ha florecido en
la Tierra como la que antes floreciera en otras partes de su Creación, y
florecerá por su Voluntad durante la Eternidad por todo el Cosmos, su Creación.
Mirando a la
existencia pacífica de todos los Pueblos de su Reino estableció Dios una Ley
Eterna, que impera sobre las leyes particulares y es el núcleo desde el que
surgen esas leyes particulares cual las ramas de un mismo tronco. Esta Ley no
tiene excepción, no concede Inmunidad a ninguna criatura.
Ya Hermano,
Hijo, o Siervo de Dios, todo viviente, desde el que se sienta a la Derecha del
Trono de Dios hasta el ser más humilde del Paraíso, todos estamos sujetos a
esta Ley por la que cada cual es responsable de sus actos ante una Justicia
Universal que no hace acepción de Hermano, Hijo o Siervo, y ante su Tribunal
todas las criaturas se presentan desnudas para ser juzgadas según sus
pensamientos, palabras y obras. No ha lugar a invocación a la Paternidad
Divina. La raíz de esta Justicia es la Verdad; su fruto, es la Paz.
Del otro
lado tenemos una parte de los hijos de Dios, que no podían aceptar esta
desnudez ad eternum y reclamaban la inmunidad de
dioses nacidos de un Dios Todopoderoso y Eterno a quien nadie puede juzgar. Y
como hijos de ese Dios reclamaron el Todopoder que le era natural al Dios de
dioses, por este Poder dando luz a la excepción, que no concede la Ley, porque
no tiene lugar en el cuerpo de la Justicia.
La cuestión devino
cómo arrancarle a Dios esta Inmunidad. Pues Dios no sólo no estaba dispuesto a
dar luz verde a la transformación de su Casa en un Olimpo de dioses fuera de la
Ley, sino que, para zanjar la cuestión, públicamente y delante de toda su Casa,
personificada en su hijo menor Adán, dio a conocer su última Palabra: “El que
coma de ese fruto, la Guerra; morirá, sin excepción”. Y no quería volver a oír
hablar del asunto, ¡jamás!
La Ley es
Universal y permanecerá así por la Eternidad.
III
La
Astucia de la Serpiente
El
pensamiento de quienes no podían concebir la vida eterna en el seno de una Paz
Universal fundada en una Justicia Divina ante cuyo Tribunal todas las
criaturas, independientemente de la posición y origen en la Creación, somos
iguales ante la Ley; el pensamiento de los tales, digo, y aun habiendo dado
Dios su Última Palabra, y precisamente porque la había dado, no sólo no se
sujetó a la Necesidad, por no hablar de la Bondad Infinita que el Verbo
derramaba sobre el Futuro de la Creación, sino que se dejó arrastrar a Rebelión
abierta en base a la Decisión Final manifestada: “El día que de él comieres,
ciertamente morirás”.
En su
astucia maligna el cabecilla y príncipe de los Rebeldes puso sobre la mesa de
los Conjurados, bajo el Signo de la Serpiente, la respuesta a su problema. Es
evidente que la Ley es todopoderosa mientras tiene en el Ser de Dios su Fuerza,
¿pero y si Dios quedase esclavizado a su propia Palabra y por amor a su
Libertad Él mismo debiera romperla? En este caso hipotético, ¿no quedaría en
entredicho que el Verbo sea Dios? Me explico:
La Ley es
Todopoderosa y no hace acepción. Adán come, Adán muere. Por el pecado de un
sólo hombre, Cabeza de su Mundo, pues “creó Dios al hombre a su imagen y
semejanza”, todo el Mundo muere. Ahora bien, la Ley ata a Dios al Verbo, a su
Palabra, esclavizándole a consumar su Proyecto de Formación del Género Humano.
De manera que siendo el Verbo y Dios la
misma Realidad, la Ley ata a Dios al Mundo hasta que su Voluntad se cumpla.
Pero si esta Voluntad no se realizase jamás y por tanto el Género Humano no
alcanzase nunca la condición de los hijos de Dios, Dios se vería obligado a
renunciar a su Voluntad, con lo cual la Divinidad de la Ley, a fin de quedar
Libre de su Palabra, tendría que ser por El mismo abolida. Obligado por su
Palabra, Dios tendría que intentarlo una vez y otra hasta que su Voluntad se
cumpliese... pero ¿y si no pudiera cumplirse... por no haber... materia?
Luego todo
lo que había que hacer era usar a Adán como lanza contra el Pecho del Verbo,
hincarle la lanza en el Costado a Dios, y a partir de ahí entregarse a la
Destrucción del Género Humano, de manera que no existiendo materia Dios se
viera obligado a reconocer que había sido vencido y en consecuencia tendría que
otorgar la Excepcionalidad a la Ley. Es decir, el Monte de Dios, Sión, tendría que evolucionar y transformarse en un Olimpo
de dioses más allá del Bien y del Mal. La Creación entera tendría que ajustarse
a esta nueva Ley... y todos los Pueblos del Universo... estarían a merced... de
los Nuevos Dioses.
IV
LA
BATALLA FINAL
Dios, Padre
de Adán, se sintió traspasado hasta lo más profundo de su corazón. Como padre
que al regresar de un viaje se encuentra con el cadáver de su hijo aún fresco
en el jardín de su casa, Dios, como Señor, entró en cólera infinita a la manera
que ese padre descubre que el asesino de su hijo había sido aquél mismo a quien
le confiara su custodia mientras él estuvo de viaje.
Dios, Juez
incorruptible, dictó sentencia contra todas las partes con la severidad que le
reclamaba la Justicia, imponiendo castigo sin mirar el origen y condición
social de los delincuentes.
Dios, en
tanto que Creador, se quedó maravillado ante la locura infinita que era a sus
ojos la declaración de guerra que le lanzaba a pleno rostro una criatura que El
mismo había sacado del polvo y cuya existencia la podía borrar El de la faz del
Tiempo y del Espacio con un simple soplo.
Dios, en
cuanto Dios, no podía dejar de ver tras el movimiento en el Tablero de la
Eternidad de estos peones el rostro de su Verdadero Enemigo: la Muerte.
Durante
muchas eternidades, desde el mismo Día que Él se lanzó a la conquista de la
Inmortalidad, primero, y vida eterna, finalmente, para todos los Vivientes,
-como habréis podido leer en la Tercera Parte de la Historia Divina-, la Muerte
estuvo siguiéndole a Dios los pasos por todo el Infinito a fin de obligarle a
aceptar una Coexistencia sempiterna, como había sido desde el principio sin
principio de la Increación, de la Vida y la Muerte en el seno de Su Creación.
Dios se
había limitado a ignorar la existencia de la Muerte en tanto en cuanto Ente
Increado y la había considerado un fenómeno de carencia inherente a la Vida,
que una vez conquistada la Inmortalidad Indestructible que supone la vida
eterna, dio por finalizado y desterrado de su Mundo.
La Alegría
de la Transfiguración de Dios en el Padre y el Hijo, la Alegría de la Creación
del Universo y sus primeros Mundos, la Alegría del crecimiento de su Paraíso en
un Imperio Maravilloso lleno de vitalidad, fueron alegrías que se vieron
empañadas por las Guerras entre los reyes de su Imperio; habiendo conocido la
Ciencia del Bien y del Mal, Dios Padre se dispuso a extirpar de su Creación
este Árbol maldito mediante la Ley, a fin de que la Guerra, su Fruto, no
extendiera su fuego sobre el Universo y el Infierno se llevara su Obra a las
tinieblas del olvido.
De pronto,
con el Espíritu en vilo y porque sabía que “aquel toro ya había acorneado
antes”, le pone Dios a todos sus hijos, sin excepción, la Ley como yugo a fin
de sujetarlos a todos a Obediencia. Pero
“aquel toro” se suelta y se lanza contra un Adán sin conocimiento ninguno del
Mal, y de aquí la Ignorancia como Fundamento de la Redención, un Adán sin
ningún conocimiento -decía- del instinto asesino de la Bestia, al que la Bestia
acorneó hasta matarlo.
Dios, se dijo
a sí mismo, “Imposible”; y alzando la mirada vio a su verdadero enemigo, la
Muerte. Y en su Dolor le plantó cara, aceptó la declaración de guerra y se lanzó
a la Batalla Final contra su verdadero Enemigo: La Muerte.
V
Fundamentos
de la Batalla Final
Hubo
Redención porque hubo Ignorancia; de manera que si por la Ignorancia vino la
maldición: por esa misma Ignorancia, porque la hubo, y de no haberla habido la Redención
no hubiera sido posible por Ley, tuvo lugar la Redención recogida en la ley del
Sacrificio Expiatorio del Cordero de Dios en Cristo Jesús De Yavé y Sión, el hijo del Hombre.
Ahora bien,
la Ley de Moisés miraba al individuo y en su faceta más abierta al sacrificio
por los pecados del pueblo hebreo y judío. Mas habiendo pecado todo el mundo y
viviendo en el pecado a causa de la Ignorancia de Adán, cuyo pecado lo sufrimos
en nuestras carnes la Plenitud de las Naciones del Género Humano, esta Ley era
símbolo y anuncio del Sacrificio Expiatorio de todos los pecados del Mundo que
preparaba Dios. La respuesta a la cuestión ¿qué Cordero podía valer a los ojos
de Dios tanto como para quedar lavados en su Sangre los pecados de todo un
Mundo?, y sus derivadas, forman parte de la Doctrina de la Santa Madre Iglesia
Católica desde los días de los Apóstoles.
Lo
importante para nosotros es que Dios asumió nuestra Causa por propia y se
responsabilizó Él mismo de la Caída en tanto en cuanto “sabiendo que aquél toro
acorneaba” expuso nuestro Futuro y el de la Creación entera a la Libertad,
haciendo de cuyo uso los Enemigos del Espíritu Santo hicieron de la Ignorancia
de Adán el talón de Aquiles contra el que lanzar la flecha de la Traición.
Asumida
nuestra Causa, el Dilema en el que los discípulos del Maligno quisieron atrapar
a Dios y entre los nudos de cuyo imposible laberinto gordiano quisieron despojarle
de su Espíritu Santo, y así reducir la Divinidad al Poder, en virtud de cuya
nueva Realidad quedarían marginadas la Verdad, la Justicia y la Paz de la
estructura del Cosmos, aquel Dilema de aquella generación rebelde de hijos de
Dios, pasó por el Cómo separar Espíritu Santo y Dios.
¡Era solo
natural! Es esta Propiedad del Ser Divino la que se oponía a un salto de una
naturaleza que, dejando atrás la Verdad como raíz de la Justicia, expondría el
Futuro de la Creación entera a un estado de Guerra Perpetua, cuya conclusión
final sería la Destrucción Absoluta de toda vida por su propio Creador. Y de aquí que Dios se
negase en rotundo a acceder a la transformación de su reino en un Olimpo de
dioses todos más allá del Bien y del Mal.
Pero desde
la óptica de la escuela maligna que defendió ese nuevo status y negó la
Sabiduría de Dios afirmando que el Dilema podría ser resuelto renunciando Dios
a su Espíritu, la estrategia parecía clara. Incluso en el Acontecimiento de la
Creación del Hombre manifestó Dios su voluntad de dar a conocer a su Hijo la
existencia del Bien y del Mal en cuanto Ciencia, pero no en tanto que
experiencia. Y de aquí que simbolizara este Conocimiento en la forma de un
Árbol. Es por la Ciencia que viene de la Inteligencia, no de la Experiencia que
Dios le quiso dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal. Pues,
en efecto, el Conocimiento tiene dos vías de acceso: por el de la Experiencia se
llega a la Ciencia, pero pro la Ciencia que viene de la Sabiduría se llega a la
verdad que reina y gobierna todas y cada
una de las leyes por las que existe la Creación, a la que se sujetan tanto las
estrellas como las galaxias, la vida animal como la vida racional. La Ciencia que viene de la Sabiduría procede
de la Palabra del Creador de la Vida, por lo cual leemos en su Libro: “Formó
Yavé Dios al hombre del polvo de la tierra y le inspiró en el rostro aliento de
vida, y fue así el hombre ser animado”.
Inspiración que
se reproduce, para la salvación de todos, en el Evangelio, donde vemos que aquella Inspiración se refiere a la Palabra de
Dios, que al Principio nos vino por los hijos de Dios, y al llegar el Fin de
aquel mundo nos vino por la Bova del Unigénito de su Padre, nuestro Rey y
Señor, Padre y Maestro, Jesucristo.
A quienes
inquieren si hubo contacto entre los primeros y vida no creada en nuestra Tierra,
le diremos que sí, y que fue de esa Vida Extraterrestre, por emplear términos comunes
en nuestro siglo, que vino la Rebelión contra la Ley y la Traición a la Voluntad Divina de quien dijo, “Hagamos
al Hombre a nuestra imagen y semejanza”, ergo, un hijo de Dios. Cual leemos en la
genealogía de Jesús: Hijo de David, hijo de Abraham, hijo de Adán, hijo de Dios.
Así pues, la
estrategia de la Muerte y sus hijos malignos centró su astucia en darle a
probar al Hijo de Dios la fruta del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, es
decir, la Guerra, no por el Conocimiento que viene de la Sabiduría de su Padre,
sino por el conocimiento que viene de la Experiencia.
Creyó aquella
generación malvada, de la que Dios escribió en su Libro, de mano de su Siero Moisés:
“Escuchad,
cielos, y hablaré, y oiga la tierra las palabras de mi boca.
Caiga a
gotas, como la lluvia, mi doctrina.
Destile como
el rocío mi discurso,
como la
llovizna sobre la hierba,
como las
gotas de la lluvia sobre el césped.
Porque voy a
celebrar el nombre de Yavé.
¡Dad gloria
a nuestro Dios!
¡Él es la
Roca! Sus obras son perfectas,
todos sus
caminos son justísimos;
es
fidelísimo y no hay en Él iniquidad.
Es justo, es
recto.
Indignamente
se portaron con Él sus hijos,
generación
malvada y perversa.
¿Así pagas a
Yavé,
pueblo loco
y necio?
¿No es Él el
padre que te crió,
el que por
sí mismo te hizo y te formó?
Trae a la
memoria los tiempos pasados,
atiende a
los años de todas las generaciones;
pregunta a
tu padre, y te enseñará;
Cuando
distribuyó el Altísimo su heredad entre las gentes,
cuando
dividió a los hijos de los hombres,
estableció
los términos de los pueblos
según el
número de los hijos de Dios
Pues la
porción propia de Yavé es su pueblo,
su lote
hereditario es Jacob.
Le halló en
tierra desierta,
en región
inculta, entre aullidos de soledad;
le rodeó y
le enseñó,
le guardó
como la niña de sus ojos.
Como el
águila, que incita a su nidada,
revolotea
sobre sus polluelos,
así El
extendió sus alas y los cogió,
y los llevó
sobre sus plumas.
Sólo Yavé le
guiaba;
no estaba
con El ningún dios ajeno.
Le subió a
las alturas de la tierra,
le nutrió de
los frutos de los campos,
le dio a
chupar miel de las rocas,
y aceite del
durísimo sílice.
La nata de
las vacas y la leche de las ovejas,
con la
grosura de los corderos y los carneros,
de los toros
de Basan y de los machos cabríos.
Con la flor
de trigo;
bebiste la
sangre de la uva, la espumosa bebida.
Comió Jacob
y se hartó,
y engordó el Jesurún, y tiró coces
Y despreció
al Dios de su salvación
Provocáronle con dioses ajenos,
irritándole
con abominaciones;
inmolaron a
demonios, a no-dioses,
a dioses que
no habían conocido,
nuevos, de ha poco advenedizos,
a los que no
sirvieron sus padres.
De la Roca
que te crió te olvidaste,
diste al
olvido a Dios, tu Hacedor.
Lo vio Yavé,
y se irritó,
hastiado por
sus hijos y sus hijas.
Dijo:
Esconderé de ellos mi rostro,
veré cuál
será su fin,
porque es
una generación perversa,
hijos sin
fidelidad alguna.
Ellos me han
provocado con no-dioses,
me han
irritado con vanidades;
yo los
provocaré a ellos con no-pueblo
y los
irritaré con gente insensata.
Ya se ha
encendido el fuego de mi ira,
y arderá
hasta lo profundo del infierno,
y devorará
la tierra con sus frutos
y abrasará
los fundamentos de los montes.
Amontonaré
sobre ellos males y más males,
lanzaré
contra ellos todas mis saetas.
Los
consumirá el hambre y los devorará la fiebre
y la
nauseabunda pestilencia.
Mandaré
contra ellos los dientes de las fieras,
y el veneno
de los reptiles que se arrastran por el polvo.
A los que
fuera estén los matará la espada,
y a los de
dentro, el espanto.
Lo mismo a
mancebos que a doncellas,
lo mismo al
que mama que al encanecido.
Ya hubiera
yo dicho: Voy a exterminarlos del todo,
voy a borrar
de entre los hombres su memoria,
si no
hubiera sido por la arrogancia de los enemigos,
porque se
envanecerían sus perseguidores
y dirían: Ha
vencido nuestra mano,
no es Yavé
quien ha hecho todo esto.
Es gente sin
consejo,
no tienen
conocimiento.
Si fueran
sabios, comprenderían esto
y atenderían
a lo que les espera.
¿Cómo puede
uno solo perseguir a mil,
y dos poner
en fuga a diez mil,
sino porque
su Roca se los vendió
y Yavé los
ha entregado?
Porque no es
como nuestra Roca la roca suya,
son jueces
nuestros mismos enemigos.
De cierto su vid es de la vid de Sodoma,
de los
campos de Gomorra sus sarmientos,
sus uvas son
uvas ponzoñosas,
sus racimos
son racimos amarguísimos,
Veneno de
dragones es su vino,
veneno
mortal de áspides.
Acaso no
tengo yo esto guardado,
encerrado en
mis archivos,
para el día
de la venganza y la retribución,
para el
tiempo en que resbalarán sus pies?
Pues cerca
está el día de su perdición
y ya lo que
les espera se aproxima.
De cierto
Yavé hará justicia a su pueblo
y tendrá
misericordia de sus siervos
cuando vea
que desapareció ya toda su fuerza
Y dirá
entonces: ¿Dónde están ahora sus dioses,
la roca a
que ellos se acogían?
¿Los que
comían las grasas de sus víctimas
y bebían el
vino de sus libaciones?
Que se
levanten ahora y os socorran
y sean
vuestros protectores.
Ved, pues,
que yo soy yo, yo solo,
y que no hay
Dios alguno más que yo.
Yo doy la
vida, yo doy la muerte;
yo hiero y
yo sano;
no hay nadie
que se libre de mi mano.
4Ciertamente yo alzo al
cielo mi mano
y juro por
mi eterna vida:
Cuando yo
afile el rayo de mi espada
y tome en
mis manos el juicio,
yo
retribuiré con mi venganza a mis enemigos
y daré su
merecido a los que me aborrecen.
Emborracharé
de sangre mis saetas,
y mi espada
se hartará de carne;
de la sangre
de los muertos y de los cautivos,
de las
cabezas de los jefes enemigos.
Regocijaos,
gentes, por su pueblo,
porque ha
sido vengada la sangre de sus siervos,
le ha
vengado de sus enemigos
y hará la
expiación de la tierra y de su pueblo.”
Donde se ve que la Justicia que viene del Dolor
causado a su Espíritu por aquella generación de hijos de Dios en cuyas manos YAVÉ
Dios puso el Futuro de la Vida en la Tierra, elevó su Herida hasta su Ser más íntimo:
El Ser del Dios Verdadero y Único que la Increación conoció y tuvo, ante el que
las propias galaxias temblaron y en su Desesperación un día vieron sus luces apagarse y sus cuerpos devenir
polvo de cementerio, tinieblas vagando por el Abismo. La lanza de la Traición habiéndole
abierto Su pecho alza su Voz y jura por su Gloria que la Justicia conta la que
se levantaron se levantara contra ellos para enterrarlos en las profundidades
del Cementerio en el que yace el Cosmos Antiguo.
Generación
malvada y maldita Quisieron darle jaque mate al Espíritu Santo. Dios respondió al
jaque con un jaque mate invencible: Encarnando el Espíritu que vive en Él y su
Hijo. Por esto dice el siervo de Dios: “ Te nacerá un hijo por obra y gracia
del Espíritu Santo”.
Tentaron a
Dios, cuando quisieron tentar a su Hijo Amado, y Dios nos mostró a todos, a fin
de que nadie en la eternidad vuelva a cometer ese error, que en las Dos Personas
Divinas vive el mismo Espíritu, ese Espíritu contra el que se alzaron exponiendo
sus vidas a Destierro Eterno de las Fronteras de la Creación.
Las
cuestiones malignas: ¿Qué pasaría si el Hijo de Dios encontrase satisfacción en
la Guerra? ¿Cómo podía saber Dios si a su Unigénito Hijo no le gustaba la
Ciencia del Bien y del Mal si no le permitía comer de su fruto? ¿Ante una supuesta elección terminal del Hijo
de Dios a favor de la escuela del Diablo ... no perdería el Espíritu Santo la
Batalla?
Este era el
esquema para locos por el Infierno que alzó el Maligno como sabiduría propia
mediante la cual separar Dios y Espíritu Santo.
Cuando Dios
descubrió su efecto y se vio ante los hechos consumados, le vio por primera vez
la cara a su Verdadero Enemigo, la Muerte. Entendió en su Creación había estado
actuando una Fuerza no Creada, y no podía Dios seguir excusando el
comportamiento de sus hijos en esto y aquello otro, ni culpándose a sí mismo
por haber minusvalorado el valor de su propia Victoria contra la Muerte.
La Muerte,
esa realidad que en su día El definiera por la ausencia de vida eterna, en la locura
de la escuela de la Serpiente, cuya cabeza era Satán, se le descubrió a Dios en
toda su Realidad Increada, la Muerte pretendía destruir a Dios enfrentando al
Hijo contra el Padre.
Desde aquel
Día, triste para el Género Humano, glorioso para la Creación entera, la Batalla
Final entre el Creador de la Vida a la imagen y semejanza de Dios, y la Muerte pasó a ser Cósmica. La Creación
entera se veía amenazada por aquella Fuerza Increada contra la que se alzó Dios
con su Nuevo Cosmos, un Universo en el que la Vida tiene su Origen en Dios,
hereda su Inmortalidad y se hace un Árbol cuyas ramas cubren la Eternidad y el
Infinito de Mundos. Era este Nuevo
Universo el que la Muerte quiso echar
abajo.
Y sólo Dios
en persona podía alzarse contra esa Fuerza y Desterrarla de su Creación. ¡Era
la Hora de la Batalla Final de aquella Guerra que le declarara Dios a la Muerte
cuando por su Voluntad la Vida devino Inmortal! Si hasta entonces Dios no había
visto cara a cara al verdadero enemigo de su Creación, una vez que la locura
desplegada en el Edén se consumó, abrió Dios los ojos y le vio el Rostro a su
Enemigo.
Toda
cuestión quedó desde ese momento en suspense.
VI
La
expectación de la “creación entera”
Es evidente
que Aquel que una vez abriera en el Espacio la Fuente de la que manó toda la
energía creadora del Cosmos, Ese mismo Ser podía destruir todo lo creado, abrir
un agujero negro en el Infinito y arrojar a su Enemigo dentro, sellando esa
fosa por la Eternidad.
Pero esto se
supone para un Dios que está solo y actúa acorde a sí mismo. Mas Dios no está
solo. Lo que como Dios Único Verdadero no tuvo nunca jamás que hacer,
explicarse, desde que es Padre, Dios no puede sencillamente actuar siguiendo su
voluntad inmediata. ¡Cómo explicarle a su Hijo la destrucción masiva de todo un
Cosmos sin fundar su Poder en el capricho de un Dios que se puede permitir
hacer y deshacer a su antojo!
La Muerte
había atacado por donde creyó que su flecha pondría de rodillas a Dios.
No se crea
un Cosmos y se decide de la noche a la mañana borrarlo del mapa. Esto lo hacen
los matemáticos y los locos. Nadie trabaja de sol a sol durante un verano
entero para dejar que la fruta se caiga al suelo una vez que la fruta madura.
Su Hijo es ser
de su ser, Dios Verdadero de Dios verdadero. Lo primero que haría es
preguntarse ¿por qué? Dios no podía limitarse a coger del cuello a su Enemigo y
arrojarlo a las profundidades del Abismo cubierto por las Tinieblas que Él mismo
creó. ¡Cómo iba a explicarle a su Hijo
semejante respuesta a un Homicidio contra el que le bastaba una Palabra para devolverle
la vida al muerto!
Y lo que es
más importante: ¿Cómo darle a conocer a su Hijo el porqué de su Respuesta a la Rebelión
contra la Ley si no vivía en su propio ser la raíz de ese Homicidio? Era la
Envidia a su Trono y su Gloria esa raíz. Por esto, porque don Dos Personas y un
mismo Espíritu, y ambas son Dios, la Victoria del Redentor, el hijo del Hombre,
fue celebrada desde el principio y saludada por el Patriarca de los patriarcas sin
detener el cuchillo contra sus propio hijo. Glorias a Abraham, porque por su
Obediencia la Invencibilidad le fue prometida a su Descendencia, quien muriendo,
hizo Testamento a favor de dicha Invencibilidad a su Descendencia, según está
escrito: “Tu Descendencia se apoderara de las puertas de sus enemigos”.
La Creación
entera permaneció en suspense desde Adán hasta Cristo. Pues es evidente así
como la Inmortalidad para todo Viviente y la Ciencia del Bien y del Mal son
incompatibles, no menos cierto es que expuesto el Creador a elegir entre el Universo y su Hijo, si
llevado al extremo de elegir entre su Hijo y el Universo, Yavé Dios Padre destruiría
todo la Obra de sus manos, reduciría el Cosmos a polvo, y, como ya lo hiciera
antes, volvería a empezarlo todo de nuevo, cuidando ésa próxima vez, de no
dejar ninguna puerta abierta a la Semilla del Infierno.
El Futuro de
la Creación entera, tal cual existe, estuvo, pues, en las manos del Hijo de
Dios. Y únicamente había una forma de cerrar la Duda: que el Hijo de Dios hablase
por sí mismo.
Para Dios la
cuestión estuvo siempre fuera de toda Duda, pero pues que la Duda encontró su
camino y exigía oír del Hijo de Dios su Palabra Final: “Su No a la excepción a
la Ley para todos los Ciudadanos de su Reino”, la creación entera oiría Su Voz desde
la Cruz de quien siendo Invencible se despojó de su gloria y se presentó Desnudo
ante el mundo, reproduciendo en su Desnudez la Desnudez en la que fue creado el Primer Hombre.
En efecto, todo
el Antiguo Testamento no es más que la Preparación del Escenario desde el que
el Hijo de Dios daría a conocer su respuesta “a la creación entera” sobre su
Posición respecto a la Ciencia del Bien y del Mal: ¿Excepción en la Ley para
los Gobernantes, o Reino de la Justicia sobre todo Ciudadano sin acepción de
persona?
Los hijos de
Dios que se hicieron cuerpo de la Serpiente Antigua, haciendo de Satán su
cabeza suprema, dieron a conocer su decisión sobre la sangre de Adán,
demostrando que por nada del mundo estaban dispuestos a vivir bajo el Imperio
de una Ley que no diferencia entre Gobernante y Gobernado, entre Rey y Pueblo.
Firmada la
Declaración de Guerra contra el Espíritu Santo sobre la sangre de Adán, la
creación entera, escandalizada por el Fin que se dibujaba en su horizonte,
permaneció con el pecho en vilo, el corazón en un puño, a la espera de la
Decisión del Único que podía obtener de Dios semejante transformación de su
Imperio en un Olimpo de dioses, todos más allá del Bien y del Mal.
VII
Imperio
o Cruz
Hay dos
cosas con las que no se juega: la sangre y el fuego. ¿Pero y cuándo sangre y
fuego se hacen una sola cosa?
Se llamaba
Jesús. Tal era el Nombre del Hijo de Dios de cuyos labios dependió el Futuro de
la Creación entera. Por amor a su Hijo no hubiera dudado Dios en borrar las
galaxias del mapa del cosmos, borrar el mismo cosmos y empezar una Creación
Nueva. De Jesús era la Decisión.
Se hizo
hombre a fin de que la creación entera escuchase con palabras connaturales a su
cuerpo la Respuesta del Hijo de Dios a la cuestión en pugna: Sí o No al
Espíritu Santo de una Ley que no admite acepción y se expone como Roca sobre la
que el Edificio de la Justicia se mantiene indestructible contra el paso del
Tiempo.
Suya es la
Última Palabra. Si su respuesta hubiese sido un No a la Igualdad de todas las
personas ante la Ley, Jesús sólo hubiese tenido que escribir su No encarnando
la visión del Mesías que el Judaísmo se había formado partiendo de las
Escrituras. Él era el Hijo de David, suyo era el Poder. Una vez esa decisión
final tomada nada ni nadie hubiese podido cortarle el paso hacia el Imperio
Universal de Jerusalén. Roma sucedió a Atenas, Atenas a Susa, Susa a Babilonia,
Babilonia a Nínive, Nínive a ... el viaje del “testigo del imperio” acabaría en
Jerusalén ... si la decisión final del Hijo de David hubiese sido un No a la
Ley del Espíritu Santo.
Si la
Respuesta de Jesús era un Sí a la Ley del Espíritu Santo, el Hijo de Dios sólo
tenía que doblar las rodillas y subir a la Cruz, firmando así su Declaración
Final sobre la sangre de Cristo.
Dos puertas.
La una daba a la gloria efímera del imperio; la otra... a la Gloria sempiterna
del Reino de Dios. La Decisión fue suya. El Futuro de la Creación entera lo
puso Dios a sus pies. El Decreto fue escrito y sellado de la mano de David.
Si el Hijo de
Dios quería ver con sus propios ojos en qué experiencia tuvo origen la Ley del
Padre contra la Ciencia del Bien y del Mal, esta experiencia nos llevaría a
todos, a la creación entera a la destrucción total.
Tendríamos
alegría para Hoy y Tristeza de muerte para Mañana...
VIII
La
doctrina del Diablo
El Hijo es
Dios, se podía permitir el lujo de vivir un Apocalipsis cósmico al otro lado
del libro de la Historia de un Imperio propio. ¿Y qué? ¿No es todo viviente
mero barro sobre el que Dios sopla su aliento de vida y si lo retira expira y
vuelve al polvo? ¿Por qué no vivir la experiencia? Al fin y al cabo una
criatura no puede soportar la existencia eterna. Tarde o temprano necesita a la
Muerte, la pide, la suplica, es el sueño del descanso eterno, el sueño de la
paz final, polvo al polvo, cenizas a las cenizas. ¿Por qué no hacer de ese
tiempo entre el Hoy y el Mañana una Aventura Olímpica, un paseo por los campos
de la Guerra de los dioses?
Dios no
tiene nada que perder, pues que es indestructible, y siendo el Hijo de la misma
Naturaleza que el Padre ¿dónde está el miedo? ¿No es la Creación un
Espectáculo? Unas veces tragedia, otras comedia, ahora un circo, luego una
guerra, una boda, un funeral, una lágrima, una risa...¿dónde está el mal en
divertirse? ¿Qué bien hay en una Ley que no admite excepciones y se parece a
una máquina siguiendo las pautas de un programa irracional?
Al fin y al
cabo la Divinidad es todopoderosa y le basta querer para convertir las piedras
en pan, abrir la boca para apagar el fuego y resucitar peones caídos durante la
escena de una Guerra de Mundos. ¿Qué hay de malo en la gloria de un dios que
pasea su Poder por las estrellas movilizando mundos como rebaños que corren al
matadero para alimentar las bocas de un universo?
¡La
Libertad, la Paz, ¿qué es todo eso?, si no existe el Poder de liberar esclavos
y acabar guerras!
IX
La
doctrina del reino de los cielos
Se llama
Jesús, y es el Cristo: “Apártate de mí, Satanás”. Ese fue el momento en que el
corazón de la creación entera se soltó, el pecho que estaba encogido se
ensanchó, las lágrimas se le saltaron a todos los hijos de Dios. De sus almas irrumpió
como un volcán todopoderoso una sola Palabra: ¡Victoria!
El Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, una sola Realidad Eterna.
Ahora a
firmar la Respuesta ahogando la pluma en la sangre del Cordero de Dios. Ahora a
ser el Primero en certificar el No a la Excepción a la Ley.
Por Ley,
Cristo Jesús debía morir, pues, siendo judío de nacimiento se alzaba contra la
Ley de exclusión de todas las naciones del reino de Dios, imponiendo como
condición sine qua non para el goce de la salvación: la obediencia al templo de
Jerusalén. Pero Cristo Jesús era el Hijo de David, estaba en su mano invocar la
Excepción o doblar sus rodillas ante la Ley.
La Decisión
del Hijo de Dios está escrita. En su Sí a la Ley del Espíritu Santo encontró la
Creación a su Salvador.
Dios,
exaltado ante su Casa entera por la Obediencia de su Hijo Amado, abolió el
Imperio de los hijos de Dios y elevó la Corona de su Unigénito al Reino
Universal. No hay reyes, sólo príncipes, sujetos a la Corona Universal y
sempiterna del Hijo de Dios. Un solo Rey, un solo Señor y Salvador.
X
La
Esperanza de Salvación Universal
Pero Dios
hizo más. Lo puso todo en los labios de su Hijo, lo mismo el Trono del Reino
ante el que responde todo Poder, como el Trono del Juicio Universal, ante cuyo
Tribunal responde toda criatura. Y poniendo en sus manos el Juicio Final,
invistió Dios a su Hijo de la Gloria que Dios se había reservado para sí mismo:
la Gloria de quien tiene el Poder de Firmar Absolución Universal o Sentencia
Condenatoria ad eternum, siendo su Sentencia
Inapelable y Final.
Por esto en
su exaltación, dijo Dios: “Lo glorifiqué y lo volveré a glorificar”
Recogiendo,
pues, la Justicia a que la ignorancia de nuestros padres nos hizo dignos de
Redención, quiso Dios darnos por Juez al mismo que al Principio dijera: “Haya
Luz”, de manera que encontrásemos en el Juez a nuestro mismo Salvador, Aquel
que sufrió en su ser la Muerte, y nos juzgue de acuerdo a nuestra naturaleza y
no en relación a de Dios, la Suya.
Desde la más
tierna Adolescencia entregados al Imperio de la Muerte, monstruo todopoderoso
que le puso la mesa del banquete a sus príncipes, sirviendo nuestra carne como
manjar de reyes y nuestra sangre como ambrosía para dioses, tuvimos el odio y
la venganza por tutores y maestros, la crueldad y el terror fueron nuestra
escuela y academia, hicimos el camino por los milenios, como las bestias que
reptan a cuatro patas, por desiertos inhóspitos en los que la ley es devorar o
ser devorados. ¡La Ciencia del bien y del mal fue nuestra suerte! ¿Quién se
apiadará de crímenes cometidos en las tinieblas de una batalla en la que la
tregua y el cuartel fue para los muertos?
¿Cómo iba el
Dios del Amor a entregarnos desnudos a un Tribunal forjado entre nubes de ingrávidos
sueños felices?
¿Iba el Dios
de todos los amores a permitir que un Juez que no conoció nunca la fragilidad
de la carne encadenada al muro de los infiernos crueles del hambre y sed de
justicia levantara su puño contra nosotros?
¿Cómo juzgar
al barro por no resistir el ímpetu de la corriente que baja de las montañas
arrastrando piedras y troncos?
¿Por qué ley
puede ser juzgado el bocado, que el cachorro abandonado en la selva, da contra
la pierna del que duerme en su tienda?
¿Qué Derecho
ha de ser abandonado para juzgarnos por nuestros actos sin tener en cuenta la
fuerza todopoderosa que desde los núcleos incógnitos lanza sus rayos contra
mentes que fueron sorprendidas en plena fiesta?
¿Aquel que
soñó nuestra Liberación en el espacio no había de llevarse consigo nuestra
liberación en el tiempo?
Dios
amantísimo de su creación entera, quiso abrirle horizontes al Poder de su Hijo
y mostrarle cómo con una sola Palabra puede hacer que un Mundo entero nazca de
nuevo y su Alma no se acuerde del dolor y la pena sino que como quien tiene un
mal sueño, se levantó y se olvidó para siempre.
He aquí la
Gloria de nuestro Juez, no está en nuestra Condena, sino en nuestra Absolución.
Y como en el
espíritu de la profecía está la Absolución para el que se convierte, fue en
este Espíritu que nos vino la Doctrina del reino de los cielos, a fin de que
por la Conversión nuestra alcanzásemos Gracia para todas las naciones de
nuestro Género, de manera que si por un hombre todos fuimos hechos pecadores, y
por otro solo muchos fueron hechos justos, por los que creemos sean
justificados los que no conocieron ni vieron al Hijo de Dios.
Alzad vuestras
banderas, bajad las armas, deponed todo odio, la Paz es el Pan del Futuro, la Justicia el horno donde se cocina la Felicidad
de todas las naciones, la verdad es la Semilla que se recoge en los campos de
la Inteligencia y la fe y hace crecer a las generaciones en toda Ciencia que
viene de la Sabiduría.
Manipulados
para ser el hacha de guerra con la que declararle la Guerra al Espíritu de
nuestro Creador, recojamos ese hacha y echemos abajo el Árbol Maldito, un tajo,
dos tajos, tres tajos, los que hagan falta, hasta que el tronco caiga. ¿Qué le
diremos a nuestro Salvador y Rey: Quemaremos las ramas, las reduciremos a cenizas,
serán como tinieblas en ese abismo imposible de ser alcanzadas por viviente
alguno. Las generaciones crecerán por
los siglos alimentadas por el Fruto del Árbol de la Vida, caminarán al Encuentro
del hijo del Hombre, que halle Fe Viva a
su regreso y su Alma se conmuevas ante
el sufrimiento sin límites que el Género
Humano hubo de soportar por la Maldad de seres no creados en nuestro Mundo.
Por esta
Esperanza vivieron y entregaron sus vidas la Primera Generación de Cristianos
que dio luz la Sabiduría en la Tierra. Por esta Esperanza vivimos nosotros, hijos
de un Testamento que nos ha legado el espíritu de Inteligencia a imagen y
semejanza del Testador, nuestro Padre que está en los Cielos, y la Promesa de Invencibilidad
a nuestras almas, ramas de su Tronco, vides de la Viña de su Padre, cultivadas para
dar mucho fruto, abundante y bueno.
Quiera la Sabiduría
no apartarse de nosotros nunca y ser nuestra herencia a nuestros hijos, y los
hijos de sus hijos.