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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

LUZ VERDAD Y VIDA

 

 

LIBRO QUINTO

DOCTRINA DEL ESPÍRITU SANTO

 

JUAN:

EL EVANGELIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

 Juan escribe su Evangelio no ya como aquel muchacho que escribió el primero suyo, firmando como Marcos, en Testimonio del escrito por Mateo, acorde a la Ley: Sobre dos Testigos basarás tu juicio. Seudónimo, Marcos, bajo el que sería conocido Juan desde que  fue declarado el Querubín de la Madre; como aquel Guardián que puso Dios delante del Árbol de la vida, Juan fue la puerta que nadie cruzaba, el guardián todopoderoso que rodea a la Madre con su Brazo, el Brazo de su Hijo en la Tierra, el Brazo Divino en el que el Amor del Hijo por la Madre vive hasta que la Madre es elevada al Cielo, acorde a la Palabra profetizada por el Padre: “Tu carne no conocerá la corrupción”. Acontecimiento que tuvo lugar en Zaragoza, en España, lejos de la Persecución diabólica de aquel, quien vencido, dirigió su cólera contra la Casa de su Enemigo moviendo a judíos y romanos hasta exterminar la casa del Cristo.

Juan se lleva a la Madre a España, donde la Fe, sembrada por su hermano Santiago, que regresa a Jerusalén para asistir al Primer Concilio Universal del 49, y tras el que es asesinado, dejando en España la Impronta de su Alma, no alcanza el Mandato Neroniano de Exterminio contra todos los cristianos. Es aquí donde Juan-Marcos se lleva a la Madre, y donde vive  la Ascensión de la Madre a su Hijo, tras cuya ASCENSIÓN  comenzó a sembrar en el Campo en el que su hermano trabajó, de donde la Identificación de ambos hermanos en uno solo, el hijo del Trueno, de cuya gloria quedó impregnado el Alma del Español desde entonces hasta nuestros días.

Juan ya no es aquel muchacho que aportó su testimonio al Testimonio de  San Mateo. Juan ha visto más de lo que han visto sus hermanos en el Espíritu Santo. Mateo y Lucas dieron Testimonio de lo que vieron y todo el mundo vio. Juan  elevó ahora su testimonio a la Naturaleza de Dios Hijo, ese mismo que dijo “Haya Luz”, “Haya Firmamento”, “Haya Estrellas que separen la luz de las tinieblas”.

Jesús es el Dios que por obra y gracia del Espíritu Santo se encarna en el ser de esa Madre que ante sus ojos, por el Poder del Padre, se eleva al Cielo al encuentro de su Hijo.

“Dios hijo se hizo Hombre”, así comienza su Testimonio Juan. Su Espíritu  vuela y penetra en el Alma de Dios, su Padre y Creador, porque en él, Juan, como en sus Hermanos los Apóstoles, el Verbo de Vida se ha hecho carne: “Hagamos al Hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza”; ergo, hijo de Dios “a la imagen y semejanza de Aquel Jesús al que le bastaba una Palabra, un Gesto, para que en ellos se manifestase la Gloria de quien yéndose les envió su Espíritu.

Juan es un Hombre, hechura de Jesucristo, en quien vive su Espíritu, y por este Espíritu descubre al Dios de la Eternidad y señor del Infinito quien en la cumbre suprema de la Consciencia de sí mismo reta su Veracidad Divina a engendrar de su Naturaleza Increada a ese Igual, Dios verdadero como Él mismo, cuya Ausencia  condujo a su Alma a aquella Crisis Existencial bajo cuya Fuerza un Cosmos Increado fue reducido a Tinieblas vagando sobre la Superficie del Abismo.  Aquel Dios Verdadero, Único Ser de su Naturaleza, se reta a sí mismo y Vence a la Muerte engendrando de su Ser Increado a Dios Hijo, ese mismo Jesús por cuyo Verbo fue creado nuestro Universo y quien siendo nuestro Creador se hizo Hombre para salvar su Creación de la Muerte y del Infierno.

Lo anunció Dios Padre: “Una Virgen da a Luz y su hijo se llamará Dios con Nosotros”.  Pero Dios no puede ser creado. Ni Dios puede llamar “Dios” a quien ha sido creado de la Materia. Dios Padre anuncia la Encarnación de su Hijo, este Hijo en el que el Único Dios Verdadero Señor del Infinito y de la Eternidad, vence a la Muerte, y encurentra a su Igual, su Familiar: Dios Hijo Jesús, rpor quien renace Yavé como Dios Padre. Fue de la Boca de este Hijo, de la Naturaleza de su Padre, que las estrellas se hicieron una Muralla rodeando la Tierra. Su Verbo es Dios, como lo es el Verbo de su Padre.

Le hubiese bastado a Dios Hijo una sola palabra, un solo gesto, parra que el imperio romano hubiese caído de rodillas ante su Presencia. Pero su Padre  no había consumado su Obra: Hacer al Hombre a Su Imagen y Semejanza; y no  teniendo los hombres delante de sus ojos el Prototipo Divino a cuya imagen y semejanza iba a ser creado el Hombre, Dios Padre nos da a Dios Hijo, en vivo, en Persona. De aquí que yéndose el Maestro, Doce Discípulos, engendrados a Imagen y Semejanza del Hijo, en treinta años inundasen el Imperio de la Gloria de su Maestro. Doce copias vivas del Hombre Divino que fue encarnado por Dios Hijo extendieron su Gloria por todas las provincias del Imperio Romano.

Doce Hombre engendrados en el Espíritu del Hijo para sentarse alrededor del Trono de Dios y  Gobernar el Alma de su Reino en tanto en cuanto el Espíritu hecho Hombre que vive en el Padre y en el Hijo. El Espíritu Santo que vive en Dios se hace Hombre, hereda todo el Poder del Hijo que vino a la Tierra, ante cuya mirada todo corazón, todo pensamiento queda al descubierto, al sonido de cuya voz todos los elementos corren obedientes a hacer su voluntad.

Creyó la Muerte que destruyendo al Primer Hombre, creado a la imagen y semejanza de los hijos de Dios, pondría de rodillas al Creador. Yavé Dios, Creador del Nuevo Cosmos, respondió o dándonos por Prototipo, el Espejo en el que el Nuevo Hombre contempla su Rostro, a su Unigénito, el Primogénito de toda su casa, un Hombre que no cae de rodillas ante el Conocimiento del Poder Infinito del Creador del Universo sino que corre a su encuentro diciendo  “Padre Nuestro”.

Una vez más el Dios y Señor de la Eternidad y del Infinito vence a la Muerte y esta vez  esta Victoria es para siempre jamás. Dios ha engendrado a una Tercera Persona Divina, el Espíritu Santo que vive en el Hijo y el Padre se encarna en el Hombre para permanecer en el Paraíso de Dios como “Dios con Nosotros”, cuya Presencia llena todas las almas de la Presencia de su Creador, y en tanto que Ministros Todopoderosos del Rey, imagen y semejanza suya en cuerpo y alma, se levanta como Muralla Indestructible e Incorruptible entre cuyas fronteras la Semilla del Árbol de la ciencia del bien y del mal no volverá a encontrar campo donde  alzar su fruto: La Guerra.

Juan escribe su Evangelio con el espíritu del hombre que está maravillado porque no sólo ha creído en el Relato de la Concepción de Jesús en la Madre, sino que es Testigo Vivo de su Verdad, que se  cumple en la Ascensión de la Madre  al Mundo de su Hijo. El Verbo del Dios en su siervo: “Mi carne no conocerá la Corrupción” se materializa delante sus ojos. Quien creyó que ya no podría unir una Maravilla más a las maravillas que vivió  caminando con Jesús, se maravilla de nuevo, y nos maravilla abriendo su Evangelio con las Palabras para la Eternidad que marcaron, nos marcan y marcarám por la Eternidad el Futuro de la Creaciòn entera : Al principio era el Verbo, y el Verbo se hizo Hombre.

Desde entonces nuestra Concepción del Ser de aquel Hombre a quien le bastaba una palabra para que las tormentas se calmasen, a quien acercarse y tocar su manto era suficiente para recobrar una salud imperecedera, ante cuya sola voz y gesto la multitud que lo arrastraba al precipicio en un instante se quedaba paralizada y veía pasar incrédula a Dios con Nosotros sin poder mover una pestaña, y ante cuya voluntad una barca que se hallaba mar adentro en un abrir y cerrar de ojo se encuentra en la playa, a cuyo deseo responde la Materia viva o inerte, vino o pez y pan se multiplica según su voluntad, ante aquel Hombre Todopoderoso nuestra Visión del Ser de Dios abandona  la dimensión del pensamiento humano, y es alzada del polvo para encontrarse en los Brazos de Nuestro Padre que está en los Cielos.

Dios no es Terror, un Ser ante cuyo Poder caer de rodillas  huyendo, por  la sumisión, del miedo a su Gloria. Dios es Amor de Padre, Amor de Creador a su Creación, Amor de Hermano, Amor de amigo verdadero.

Dios no entra en na relación de Terror con su Creación. La naturaleza de la relación del Creador con su Creación se hace Hombre, la vemos, la tocamos, la sentimos, la amamos, la adoramos. Y para que  por la Eternidad esta Naturaleza permanezca viva entre Nosotros, su Creación, el Creador  engendra en el Hombre a la Tercera Persona Divina.  

El Espíritu que vive en el Padre y en el Hijo se hace Materia, se hace Creación, se hace Criatura, se sienta como hermanos del Hijo, e Hijos del Padre. Una Nueva Victoria eleva la Gloria Del Dios verdadero a su Cima Final. Lo que le fue imposible a Dios en cuanto Dios Único, cobra  Vida por el Padre y el Hijo, “Dios con Nosotros” es engendrado en la Materia de la Creación. La Criatura ya nunca nos sentiremos solos, abandonados a nuestra suerte durante los Días de la Creación; el Espíritu Santo hecho Hombre, la Presencia viva de Dios, permanecerá por la Eternidad con Nosotros.

San Mateo y San Lucas centraron sus Evangelios en el Hijo de David e hijo del Hombre. San Juan delimita desde el Principio el campo revolucionario sobre el que el Pensamiento Cristiano se elevará al Misterio y Dogma de la Santísima Trinidad. Tanto en San Mateo como en San Lucas Jesús permanece en la órbita del Mesías, hijo de David. Desde ellos se ve al Hijo de Dios pero no al Dios Hijo Unigénito, “Engendrado de la misma Naturaleza Increada  del Padre, Dios Verdadero de Dios Verdadero”.

No que los Apóstoles no conocieran esta Verdad, o que San Juan se inventase este Misterio. En absoluto. San Pablo fue muy claro en este terreno cuando dijo que entre ellos se hablaba una sabiduría apta sólo para los Perfectos, aquéllos Testigos que Dios se había elegido para dar Testimonio de la Encarnación y Resurrección de su Hijo.

En el seno de esa Sabiduría para los santos, habiendo sido llamados por Dios para dar Testimonio de lo que habían visto, tocado y oído, de cara al exterior los Apóstoles se ciñeron a ser Testigos Fieles del Cumplimiento de las Profecías que habían tenido en Jesucristo su Consumación. Pero entre Ellos y en Ellos vivía  el Conocimiento Verdadero y perfecto del Hijo de Dios, que sólo más tarde en el Concilio de Nicea se haría Universal en el Dogma de la Santísima Trinidad.

Los Discursos de Dios Hijo que descubre San Juan revolucionaron la Imagen que los Cristianos de la generación posterior a las Persecuciones, en las que murieron todos los Discípulos, heredó de los nuevos obispos. Así se cumplió la Promesa de Jesús a Juan: “Este permanecerá”. Y esa Permanencia tuvo puestos los ojos en el Evangelio del Verbo que  emergería de sus manos una vez que todos los Apóstoles se hubiesen ido.

Aquella Sabiduría que se habló ente los Perfectos debería ser puesta en escrito, a su tiempo, para Maravilla de  todas las generaciones cristianas hasta el fin de los tiempos, y ser inscrita en nuestras almas por la Eternidad. Fue en este Evangelio el que vino al mundo con el Español Osio, el hombre que le dio vida al Credo Católico que la Creación entera confiesa, en el Cielo como en la Tierra: “El Hijo es Dios Verdadero de Dios Verdadero”; quien niega esta Verdad no conocerá la Vida eterna en el Paraíso, sino que pesa sobre él el Juicio contra el Enemigo del Reino de Dios.

El Hijo es la Victoria de Dios sobre la Muerte; el Espíritu Santo, Cristo, la Cabeza espiritual de los Apóstoles, cuyo Cuerpo es la Iglesia, Nuestra Santa Madre Católica, es la Victoria del Padre y del Hijo sobre el Infierno con el que la Muerte amenazó al Paraíso de Dios. ¡Cómo caer de rodillas cuando el alma nos levanta con sus alas y nos hace correr al encuentro de nuestro Creador! Lo que no  sabíamos, y los Antiguos nunca comprendieron, que Dios es Amor, se hizo Hombre para que viésemos el Corazón de Dios en vivo. Nos ha sido dado vivir la Paternidad para que en nuestra experiencia entendamos la Fuerza de la Paternidad en Dios. Sin la Encarnación de su Corazón en su Hijo nunca habríamos abandonado el terreno de la invención de dioses a la imagen y semejanza de aquellos hijos sacrílegos de la Muerte que llenaron la Tierra con sus sacrificios humanos y sus violencias en aras de la obtención de la inmortalidad en recompensa a sus guerras santas.

El Deseo de la Inmortalidad vino a ser superado por la Fuerza de esta Vida Eterna, Vida Indestructible, que no conoce la Muerte de los que duermen, sino que cerrando los ojos a este Mundo lo abrimos al Mundo de nuestro Rey y Dios. “Locura” decían los Romanos. Y sin embargo una locura establecida sobre Hechos Invencibles, en Confirmación de cuya Veracidad los Apóstoles y todos los que vivieron el Acontecimiento de la Vida del Hijo de Dios en la Tierra pusieron como Testimonio sus vidas.

En efecto, de no haber escrito San Juan su Evangelio los fundamentos de la Santísima Trinidad no hubiesen podido ser alzados y, a falta de este Discurso del Verbo hecho Hombre, el Arrianismo hubiese triunfado, y la Historia del Jesús de los Evangelios de San Mateo y San Lucas hubiese quedado reducida a la de un Hombre que, amado como ninguno por Dios, fue alzado hasta la gloria más alta a que criatura alguna podía llegar, sentarse a Su Diestra como Rey y Señor de su Creación.

Los Evangelistas y los Apóstoles ya habían pasado cuando San Juan se sienta y escribe su Evangelio. Juan ya no es el muchacho adolescente al que desde la Cruz le dice el Hijo de Dios, “hijo, he ahí a tu Madre”. El Juan que se sienta a escribir el Evangelio es ya un Hombre criado y formado a la imagen y semejanza de Aquel quien, llamando a sus Hermanos, no de esta Creación, dijo: “Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza”. Pasado lo que pasó, Él mismo se hizo hombre para decirnos a todos : “He aquí al Nuevo Hombre”.

Y este Hombre a Imagen y Semejanza del Hijo de Dios es quien expone al Público de los Siglos el Dogma de aquella Sabiduría hablada entre los perfectos, que ninguno de los príncipes de aquel siglo conoció, porque de haberla conocido no hubiesen tocado jamás al Hijo de Dios.

Hasta entonces la Voluntad de Dios había sido que sus Hijos, de la Casa de Abraham, se ciñesen a los Hechos. Cuando el tiempo llegase, en su Sabiduría Él mismo cogería la pluma y escribiría los Discursos que puso en palabras de su Hijo para ser escritos y sellados en Testamento.  El Escritor elegido para escribir este Evangelio Final fue Juan. Cuando lo escribe, Juan había visto pasar a todos sus Hermanos en Cristo. Él era el Último. A él le tocaba revelar el Dogma de la Santísima Trinidad contenido en los Discursos de Jesús, dados a conocer por los Discípulos a los Primeros Cristianos, aquellos que habrían de seguirles al Tribunal ante el que deberían dar Testimonio  con sus vidas. Esta es la Sabiduría de la que Pablo escribió que se hablaba entre los perfectos, es decir, entre los santos.

En lo que se refiere a los Hechos de Juan, están escritos en el Misterio del Rostro de la Madre de Jesús.

En Obediencia a Dios, Juan, Testigo Vivo de la Ascensión de la Madre, en la que la Encarnación se le manifiesta en toda su Divinidad, abre su Evangelio diciendo:

“Al Principio era el Verbo,

y el Verbo era Dios,

y el Verbo se hizo Hombre.

Todas las cosas fueron hechas por Él, Jesús,

De Su Plenitud Divina recibimos todos dones sobre dones.

La Ley fue dada por Moisés, pero la Verdad y la Salvación vienen de Jesús.

A Dios Padre nadie le ha visto jamás.

Dios Hijo Unigénito nos lo ha dado a conocer, porque en Jesús vive el Padre.”

 

Esta es la Semilla que creció contra vientos y terremotos, persecuciones y  diluvios y haciéndose un árbol, que en Promesa Divina ya extendía sus ramas hasta los confines del mundo, entregó su Fruto Maravilloso en el Concilio de Nicea, el 20 de Mayo del Año 325 de nuestra Era.

Como se recoge el Fruto del Árbol de la Vida eterna y se reparte gratuitamente a todas los hombres que quieren vivir eternamente, porque creen que Dios es Amor, según hemos visto en su Hijo, la Fe Cristiana se ha expandido por las Cinco Regiones de la Tierra.

Contra la Caída de la Estrella del Evangelio en la fosa natural a la que Arrio la descendió escribió Juan su Evangelio de la Santísima Trinidad. 

Difícil de lectura, y por difícil su interpretación abierto al error de los ignorantes Jesús reunió a su Cuerpo en Nicea y le dio a su Iglesia  esta Ley Divina de la Unidad en Dios, escrita en una Piedra que jamás se rompe porque ha sido extraída de la Cantera del Ser del propio Dios Eterno e Indestructible.

Pues sabemos que la Piedra en la que se escribió el Decálogo, siendo rota por el propio Moisés, anunciaba en esa ruptura el fin de aquella Alianza Temporal, a la vez que anunciaba una Nueva firmada por el propio Dios Hijo Unigénito para ser eterna e Inviolable, que en el Concilio de Nicea fue  hablada en voz alta para que los siglos repitan por la Eternidad el Dogma de la Unidad en Dios.

Pero ignorantes como aquel Arrio que quiso corregir a Dios, y que saldrían del propio cristianismo, no habrían de faltarle a las iglesias. Con el paso de los siglos muchos se levantarían a resucitar de la tumba a Arrio.

Atreverse a corregir a Dios, poniendo en Duda la Palabra del Evangelio de la Santísima Trinidad recibido por la Iglesia Católica en Nicea, Unidad Divina reflejada para la Salvación de la Plenitud las naciones en la Unidad de las iglesias cristianas esparcidas por todo el mundo, fue el Delito de Rebelión cometido por la Reforma del Protestantismo Europeo. El Muro que levantaron entre los Cristianos es Enemigo de la Salvación de la Plenitud de las naciones del Género Humano. El enemigo de esta Salvación en la Unidad de las iglesias, reflejo vivo de la Unidad en Dios, es enemigo de Jesús.

Pues todo lo que existe, existe por Él, y sin Él no se existiría nada de cuanto existe, de manera que siendo Dios su Padre, ha querido este Padre que su Hijo lo sea todo para todos los hombres: “nuestro Padre que está en los Cielos, Rey y Señor de la Plenitud de las naciones, Cabeza Suprema Universal de todo Poder Humano, quien con su Espíritu de Sabiduría gobierna todas las cosas para el Bien de todas las naciones”.

 Pero atrapados en las leyes de la Ciencia del bien y del Mal los pueblos aprendieron a sobrevivir en el infierno.  Fueron cuatro largos milenios arrastrándose por los campos de la Guerra, sujetos al imperio de la Muerte, entregados como corderos para engordar el banquete de los reyes y sus dioses malignos, cuyas imágenes monstruosas y demoníacas desplazaron del corazón de las naciones el Dios que su Hijo vino a mostrarnos.

No fue fenómeno extraño que aquel Pueblo Europeo Latino en cuyo corazón la imagen de los dioses fue la de un hombre Divino, encontrase abierta la puerta, y aunque hizo falta forzarla mediante el Martirio, una vez abierta la Imagen de Dios en Jesús encontró en el Pueblo Latino un Alma rendida a su Adoración.

No es tampoco un fenómeno extraño que en los pueblos en los que la imagen de Dios es la de un monstruo de muchas cabezas, piernas, incluso la de dragones inmundos, serpientes horrorosas, el Dios de Jesús, Ser en el que el Hombre tiene su Vida Eterna, encontrase muy limitadamente la entrada.

En el caso del pueblo de Israel la Historia de su relación con Dios, aunque no tuviese una imagen predefinida, sí que estaba psicológicamente establecida.  El Dios de Jerusalén fue un Juez que no perdonaba sino después de masacrar al transgresor. En ese Juez el Dios Amor que Jesús trae es el producto de un loco. ¡Cómo creer que ese Dios es Padre y es Amor cuando por una manzana, teniendo el Poder de sanar cuerpo y alma, condenó a todo el mundo a  vivir en el infierno! Después de cuatro mil años en este infierno ¡qué más natural que tener el corazón duro como una piedra!

La Verdad estuvo lejos de todos los hombres. De Judíos y Gentiles. La Creación entera estaba en pie de Guerra. La Tierra por campo de batalla. El Hombre atrapado en el campo de batalla, hasta que no fuese proclamado un Vencedor, o Dios o la Muerte, Cristo o el Diablo, seguiría siendo el cadáver bajo las ruedas. Ya lo decía el propio Cristo “Si hablándoos de las cosas terrenas no entendéis ¡cómo comprenderéis las cosas de los cielos!”.

Muchos siglos habrían de pasar hasta que los hombres pudiésemos comprender las cosas de esta Batalla Final cuya Guerra remonta su Origen a la Eternidad.

Sin Este Evangelio de la Santísima Trinidad la Luz que nos  conduce a esta Comprensión  no sería posible. Y esta Luz es la declaración del Nicea en la que Dios declaró a su Hijo de su Misma Naturaleza, Dios Verdadero de Dios Verdadero, su Igual, su Familia: Tú-Dios, Jesús, su Hijo Amado. Quien ama a este Hijo, ama a Dios; quien no lo ama, no ama a Dios.

No hay División en Dios. Padre e Hijo tienen el mismo Espíritu. Son un mismo Espíritu. Dos Personas, un único Espíritu Eterno. Este Espíritu se hizo Hombre por Obra y Gracia de Dios en el seno de una Virgen para que pudiésemos tocarlo, vivirlo, sentirlo, comprender por qué el Amor es Dios.

Dios es Amor, pero Dios es también Ley:

“No tendrás más Rey que Dios, mi Hijo.

No le declararás la Guerra a tus hermanos.  

Cuidarás de tus padres y los protegerás en su ancianidad como ellos te cuidaron y te protegieron durante tu niñez.

La Verdad será la ley de tu alma y la amarás con todas las fuerzas de tu ser.

La Libertad es sagrada, no se la robarás a ningún Ciudadano del Reino de Dios.

Todo el oro y toda la plata, todos los recursos de la Creación le pertenecen al Señor, tu Rey, y los distribuiréis entre vosotros acorde a las necesidades de todos.  

No levantarás falso testimonio ni corromperás a la Justicia levantándote contra la Ley de la Creación.

En la Palabra está el Hombre, el que ama la Mentira se declara enemigo del Hombre.

No busques el Poder por el Poder, porque la corrupción será tu aliado y la Muerte tu recompensa.

Sed santos, porque Dios, vuestro Creador, es Santo.

Ama a tu prójimo como a ti mismo, porque aquí vive la Santidad de Dios, a cuya Imagen y semejanza habéis sido creados”.

Difícil lenguaje de entender para quien tiene un corazón de piedra y un alma corrompida por el Poder que viene de la espada y del Oro. Pero este es Dios y este es su Evangelio