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CAPÍTULO 27LIBRO TERCERO . EL CALIFATO
ABDERRAMÁN V. MOHAMED II. HIXEM III.
Cuando se refiere la historia de un período
desastroso, desgarrado por guerras civiles, se experimenta a veces la necesidad
de apartar los ojos de las luchas de los partidos, de las convulsiones
sociales, de la sangre vertida, y distraer la imaginación hacia un ideal de
calma, de inocencia y de ilusiones. Detengámonos, pues un instante para fijar
la atención en los poemas que un amor puro y cándido inspiró al joven
Abderramen V y a su visir Ibn-Hazm. Se exhala de ellos como un perfume de
juventud, de sencillez y de dicha, y tienen un atractivo tanto más
irresistible, cuanto menos se esperan oír estos acentos dulces y tranquilos en
medio del trastorno universal, este canto de ruiseñor en medio de la borrasca.
Casi niño todavía, Abderramán amaba
perdidamente a su prima Habiba (Amada) hija del Califa Solimán. Pero suspiraba
en vano. La viuda de Solimán se oponía al matrimonio, y le daba a entender que
por nada cedería. Entonces él compuso estos versos, donde el sentimiento de la
dignidad herida, se manifiesta al lado de un amor profundo:
“¡Siempre pretextos para no concederme mi
demanda, pretextos contra los cuales se rebela mi dignidad! Su ciega familia quiere
obligarla a que se me niegue, ¿pero puede la luna negarse al sol? ¿Cómo la
madre de Habiba que conoce mi mérito, puede no quererme por yerno?
Yo amo mucho, sin embargo, a esta joven
hermosa y cándida de la familia de Abd-Chamz, que lleva una vida tan retirada
en el harén de sus padres; yo la he prometido servirla como esclavo toda mi
vida, y le he ofrecido mi corazón por dote.
Como el gavilán cae sobre la paloma que
despliega sus alas, yo me he lanzado desde que la vi, sobre esta paloma de los
Abd-Chamz; yo que soy de su misma ilustre familia.
¡Cuán bella es! Las pléyades la envidian la
blancura de sus manos, y la Aurora está celosa del brillo de su cuello.
Tú has impuesto a mi amor un ayuno muy largo
¡oh amada mía! ¿qué te había de suceder si me permitieras romperlo?
En tu casa busco remedio a mis males: en tu
casa, sobre la cual quiera Dios repartir sus bendiciones. Allí es donde mi
corazón hallaría alivio a mis penas; allí es donde se extinguiría el fuego que
me devora.
Si me rechazas, prima mía, te juro que
rechazas a un hombre que es tu igual por su nacimiento, y que por el amor que
le has inspirado, tiene un velo delante de sus ojos.
Pero no desespero de poseerla un día y llegar
así al colmo de mi gloria, porque sé manejar la lanza cuando los caballos
negros parecen rojos a fuerza de sangre; honro y respeto al extranjero que se
ha abrigado bajo mi techo, y colmo de beneficios al desdichado que apela a mi
generosidad. Ninguno en su familia merece poseerla más que yo, porque ninguno
me iguala en reputación ni en gloria. Tengo todo lo que es menester para
agradarla: juventud, urbanidad, dulzura y elocuencia.”
Se ignora cuáles eran los sentimientos de
Habiba, respecto al joven, los escritores árabes nos han dejado en la
incertidumbre y en la vaguedad, acerca de esta bella y fugitiva aparición, de
que la fantasía desearía diseñar los rasgos. Ella, sin embargo, no parece haber
sido insensible a los homenajes de Abderramán. Habiéndole encontrado un día,
sus ojos se bajaron ante las miradas de fuego del príncipe, se ruborizó, y en
su turbación se olvidó de devolverle su saludo. Abderramán interpretó
equivocadamente esta falta aparente de urbanidad, que en realidad no era más
que púdica timidez y compuso este poema:
“Salud a la que no se ha dignado dirigirme ni
una sola palabra; salud a la graciosa gacela cuyas miradas son otras tantas
flechas que me traspasan el corazón. Jamás ¡ay! me envía ella su
imagen para calmar la agitación de mis sueños. ¿No sabes tú, cuyo nombre es tan
dulce de pronunciar, que te amo sobre todo encarecimiento, y que sería
para tí el amante más fiel del mundo?”
No parece que obtuvo nunca la mano de Habiba
y en general no fue feliz en sus amores. Verdad es que otra hermosa no fue
esquiva para él; pero más adelante le faltó a la fe prometida; testigo estos
versos que le dirigió:
“¡Ay! ¡Cuan largas son las noches desde que
prefieres a mi rival! ¡Oh hermosa gacela, tú que has faltado a tus juramentos y
que me has hecho traición, ¿has olvidado aquellas noches que hemos pasado
juntos en un lecho de rosas? El mismo chal ceñía entonces nuestras
espaldas, nos entrelazábamos como se entrelazan las perlas de un collar, nos
abrazábamos como se abrazan las ramas de los árboles, nuestros dos cuerpos no
formaban más que uno, mientras que las estrellas parecían puntos de oro que
brillaban en campo azul.”
El joven Abderramán tenía un amigo que se le
parecía en muchas cosas y a quien hizo su primer ministro; Alí-ibn-Hazm. Sus
abuelos que habitaron en el término de Niebla fueron cristianos hasta que su
bisabuelo (Hazm) abrazó el islamismo; pero él avergonzado de su origen y
queriendo borrar la huella, renegaba de sus abuelos. Lo mismo que su padre
(Ahmed) que había sido visir en tiempo de los Amiridas, pretendía
descender de un persa emancipado por Yezid, hermano del
primer Califa Omeya Muawiya, y para la religión de sus padres no tenía más que
un soberano desdén. «Nunca debemos admirarnos de la superstición de los
hombres, dice en algún lugar de su Tratado sobre las Religiones.
Los pueblos más numerosos y civilizados están sujetos a ella. ¡Ved los
cristianos! Son tan numerosos, que solo su Creador puede contarlos; hay entre
ellos sabios ilustres, y príncipes de rara sagacidad, y, sin embargo, creen que
uno es tres y tres son uno; que uno de los tres es el padre, el otro el hijo, y
el tercero el espíritu; que el padre es el hijo y que no es el hijo; que un
hombre es Dios y que no es Dios; que el Mesías es Dios enteramente, y que, sin
embargo, no es el mismo que Dios; que el que ha existido de toda eternidad ha
sido creado. La secta que se llama de los Jacobitas, y que comprende centenas
de millares, cree también que el Creador ha sido azotado, abofeteado,
crucificado y muerto; en fin, ¡que el universo ha estado privado duramente tres
días de aquel que lo gobierna!»
Estos sarcasmos, por lo demás, no son de un
escéptico, sino de un musulmán muy celoso. Ibn-Hazm, sostenía en religión el
sistema de los Dhahiritas, secta que se atenía estrictamente a los textos,
y que llamaba la decisión por analogía, es decir, a la intervención de la
inteligencia humana en las cuestiones de derecho canónico, una invención del
diablo. En política estaba por la dinastía legítima, de la que había llegado a
ser cliente, gracias a una falsa genealogía, y los Omeyas no tenían servidor más
leal, más adicto, ni más entusiasta.
Cuando su casa parecía perdida
irrevocablemente, cuando Alí-Ibn-Hammud ocupaba el trono, y hasta el
mismo Khairan, jefe del partido eslavo, lo había reconocido, fue de los
pocos que no perdieron el ánimo. Cercado de enemigos y de espías, continuó intrigando
y conspirando, porque como es propio de los espíritus entusiastas, la prudencia
le parecía cobardía. Khairan descubrió sus manejos, y haciéndole
expiar su celo intempestivo con muchos meses de prisión, lo condenó al
destierro.
Ibn-Hazm se fue entonces con el gobernador
del castillo de Aznalcázar, no lejos de Sevilla, y allí estaba todavía
cuando supo que el Omeya Abderramán IV, Mortadha, había sido proclamado
Califa en Valencia. Embarcóse al punto para ir a ofrecerle sus
servicios y combatió heroicamente en la batalla que Mortadha perdió
por la traición de sus pretendidos amigos; pero habiendo caído en manos de los
Berberiscos vencedores, no recobró la libertad, sino muy tarde.
Tiempo llegará en que Ibn-Hazm llegue a ser
el sabio más grande de su época, y el escritor más fecundo que España haya
producido nunca. Pero por lo pronto era ante todo poeta, y uno de los poetas
más graciosos que tuvo la España árabe. Estaba todavía en la edad feliz de las
ilusiones, pues no tenía más que ocho años más que su joven soberano. Había
tenido también su novela de amor; novela muy sencilla por lo demás, pero que
cuenta con tanto candor, delicadeza y gracia, que no podemos resistir a la
tentación de reproducirla con sus propias palabras.
Nos vemos, sin embargo, obligados a suprimir
algunas metáforas atrevidas, algunos adornos, algunas
lantejuelas que en la opinión de un árabe, dan al discurso inimitable
gracia, pero que toleraría difícilmente la sobriedad de nuestro gusto.
«En el palacio de mi padre, dice Ibn-Hazm,
había una joven que recibía allí su educación. Tenía diez y seis años y no
había mujer que la igualara en belleza, en inteligencia, en pudor, en recato,
en modestia y en amabilidad. Las chanzas y los galanteos la enfadaban y hablaba
poco. Nadie se atrevía a elevar sus deseos hasta ella, y sin embargo su belleza
conquistaba todos los corazones; porque, aunque altiva y avara de sus favores,
era más seductora que la coqueta más refinada. Era seria y no gustaba de las diversiones
frívolas, pero tocaba el laúd de un modo admirable.
Yo era entonces muy joven y no pensaba más
que en ella. La oía hablar algunas veces, pero siempre en presencia de otras
personas, y durante dos años había buscado, en vano, la ocasión de hablarla sin
testigos. Un día, había en nuestra casa una de esas fiestas que son frecuentes
en los palacios de los grandes, y a la que habían sido invitadas las mujeres de
la casa, las de la de mi hermano, y en fin las de nuestros clientes y
servidores más considerados. Después de haber pasado parte del día en palacio, las
señoras fueron al berveder, desde donde se disfrutaba una magnífica vista
de Córdoba y de sus alrededores, y se colocaron donde los árboles de nuestro
jardín no quitaban la vista. Yo estaba con ellas y me aproximé al alféizar
donde «ella» se encontraba; pero en cuanto me vio a su lado, corrió con
graciosa rapidez hacia otro alféizar. La sigo, y se me escapa de nuevo. Ella
conocía muy bien mis sentimientos respecto a su persona, porque las mujeres
tienen más sutileza para adivinar el amor que les profesan, que el Beduino que
viaja de noche por el desierto, para reconocer las trazas del camino; pero
felizmente, las otras damas no se apercibieron de nada, porque ocupadas en
buscar el mejor punto de vista, no fijaban su atención en mí.
Habiendo luego bajado las damas al jardín,
rogaron a la señora de mis pensamientos que cantara alguna cosa, y yo apoyé su
demanda. Ella tomó entonces su laúd y se puso a templarlo, con un pudor que
doblaba sus gracias a mis ojos, y luego cantó estos versos de Abbas, hijo
de Almaf:
“Yo no pienso más que en mi sol, en la joven
ligera y flexible que he visto desaparecer tras las sombrías murallas de
palacio. ¿Es una criatura humana? ¿Es un genio? Es más que una criatura humana,
pero si tiene toda la belleza de un genio, no tiene su malicia. Su cara es una
perla, su talle es un narciso, su aliento un perfume, y toda ella una emanación
de luz. Cuando se la ve vestida con su ropa amarilla, marchar con ligereza
inconcebible, se diría que puede poner los pies sobre las cosas más frágiles,
sin romperlas.
Mientras que ella cantaba, no eran las
cuerdas del laúd las que hería con el plectro, sino mi corazón. Jamás este
delicioso día se borrará de mi memoria, y hasta en mi lecho de muerte yo lo
recordaré. Pero desde entonces yo no he escuchado su dulce voz, ni siquiera la
he visto.
No la censuro, decía yo en mis versos, si me
evita y me huye no son censuras lo que merece. Bella es como la gacela y como
la luna, pero la gacela es tímida, y no es dado a un mortal alcanzar la luna.
Me privas de la dicha de escuchar tu suave
voz, decía yo también, y no quieres que mis ojos contemplen tu belleza. Absorta
en tus piadosas meditaciones, entregada a Dios, no piensas en los mortales.
¡Cuán feliz Abbas, cuyos versos has cantado! Y si te hubiera oído, estaría
triste el gran poeta, envidia te tendría como a su vencedor, porque, cantando
sus versos, les has dado un sentimiento de que nunca tuvo idea.”
Tres días después que Mahdi fue declarado
Califa, dejamos nuestro nuevo palacio, que estaba en el barrio oriental de
Córdoba, esto es, en el arrabal llamado de Zahara, para establecernos en
nuestro antiguo palacio situado en el barrio occidental, en el Balat-Moghith,
pero por razones que es excusado poner aquí, la joven no se vino con nosotros.
Habiendo vuelto luego a subir al trono Hixem II, los que estaban entonces en el
poder nos hicieron caer en desgracia, nos sacaron sumas enormes, nos pusieron
en prisión, y cuando recobramos la libertad tuvimos que escondernos. Vino la
guerra civil. Todo el mundo tuvo que padecer, pero nuestra familia más que
ninguna otra. Mi padre murió entretanto, el sábado 21
de junio de 1012 y nuestra suerte no se mejoró. Pero un día en que yo
asistía a los funerales de uno de mis parientes, conocí a la joven entre las
plañideras. Yo tenía muchos motivos de tristeza aquel día, todas las
desgracias, parecían llover sobre mí, y sin embargo, cuando la volví
a ver, me figuraba que el presente con sus miserias desaparecería como por
encanto: ella me recordaba lo pasado, mi amor de joven, mis hermosos días
marchitos, y por un momento me encontró joven y feliz como otras veces. Pero
¡ay! este instante fue muy corto, y vuelto de nuevo a la triste y sombría
realidad, mi dolor agravado con el sufrimiento que me causaba un amor sin
esperanza se hizo más penetrante y agudo.
Ella llora a un muerto, a quien todo el mundo
honraba y respetaba, decía yo en unos versos compuestos en esta ocasión, pero
el que vive todavía tiene más derecho a sus lágrimas. ¡Cosa admirable! Ella se
duele del que ha muerto natural y dulcemente, y no tiene piedad para el que
hace morir de desesperación.
Poco tiempo después, cuando las tropas berberiscas
se apoderaron de la capital, fuimos sentenciados al destierro y yo dejé Córdoba
a mediados de Julio de 1013. Pasaron cinco años, durante los que no volví a ver
a la joven. En fin, cuando volví a Córdoba, febrero de 1018, fui a
parar a casa de una de mis parientas y la encontré allí. Pero estaba tan
cambiada, que apenas hubiera podido reconocerla, si no me hubieran dicho que
era ella. Aquella flor que antes contemplaba con enajenamiento y que todos
hubieran querido coger, si el respeto no los hubiera detenido, estaba ya
marchita, apenas quedaban en ella algunos rasgos que atestiguaran que había
sido bella. Es que durante aquellos tiempos desastrosos no había podido cuidar
de sí. Educada bajo nuestro techo, en medio del lujo, se había visto obligada
repentinamente a ganarse su vida con un trabajo continuo. ¡Ay! las mujeres son
flores muy frágiles; cuando no se las cuida, se marchitan. Su belleza no
resiste, como la de los hombres, a los ardores del sol, al simún, a la
intemperie de las estaciones, a la falta de comodidades. Sin embargo, tal como
era me hubiera hecho todavía el más feliz de los mortales si hubiera querido
dirigirme una palabra tierna, pero permaneció indiferente y fría, como lo había
sido siempre para mí. Poco a poco esta frialdad comenzó a apartarme de ella; la
pérdida de su belleza acabó de hacerlo.
Nunca le he censurado nada, ni hoy se lo
censuro. No tengo derecho a ello. ¿De qué me puedo quejar? Yo podría quejarme
si ella me hubiera entretenido con alguna esperanza engañadora, pero jamás me
dio la menor esperanza, nunca me prometió nada.”
En el relato que acaba de leerse, se habrán
notado sin duda rasgos de una sensibilidad exquisita y poco común entre
los Árabes que prefieren generalmente las gracias que atraen, los
ojos que agasajan, la sonrisa que anima. El amor que sueña Ibn-Hazm, tiene una
mezcla de atractivo físico sin duda. El objeto deseado cuando ya no es lo que
era, hace que el sentimiento sea menos cruel, pero hay también inclinación
moral, delicada galantería, estimación, entusiasmo y lo que le encanta es una
belleza tranquila, modesta, llena de dulce dignidad. Pero conviene no olvidar
que este poeta, el más casto y estoy tentado por decir el más cristiano entre
los poetas musulmanes, no era árabe de pura sangre. Biznieto de un español
cristiano, no había perdido enteramente la manera de pensar y de sentir propia
de su raza. Podían estos españoles arabizados, renegar de su origen, invocar a
Mahoma en lugar de Cristo y perseguir con sarcasmos a sus antiguos
correligionarios, pero quedaba siempre en el fondo de su alma algo de puro, de
delicado y de espiritual que no era árabe.
XVIII
Apenas habían pasado siete semanas desde que
los Cordobeses habían elegido a Abderramán V y que este había nombrado primer
ministro a Ibn-Hazm, cuando ya el uno había dejado de vivir y el otro
despidiéndose para siempre de la política y de las grandezas mundanas, buscaba
el consuelo y el olvido de lo pasado en el estudio, en el silencio y en la
oración. Y no porque se les puede censurar de que trajeran a los necios serios
la vanidad y los caprichos que el público cree privilegio de los poetas; por el
contrario, se les reconocía de buen grado gran aptitud para el gobierno.
Educados en la ruda escuela del infortunio y del destierro habían aprendido
bien pronto a conocer a los hombres y a comprender y a juzgar los hechos, pero
estaban rodeados de todo género de peligros. Abderramán no se apoyaba más que
en la joven nobleza. Además de Alí ibn-Hazm, un primo de este llamado
Abd-al-wahhab ibn-Hazm, y Abu-Amir ibn-Chohaid eran sus habituales
consejeros. Eran hombres de ingenio y de talento, pero que chocaban a los musulmanes
rígidos por la libertad de sus opiniones religiosas. En cuanto a los patricios
de más edad, habían querido votar a Solimán y habiendo sido desechado este
candidato por la mayoría, habían intrigado tan abiertamente en su favor que
Abderramán se había visto obligado a prenderlos. Las personas sensatas
aprobaban esta medida, porque la creían necesaria, pero la aristocracia estaba
descontenta. Se le censuraba además al monarca que retuviera prisioneros a sus
dos competidores. Los trataba amigablemente, es verdad, pero no les permitía
salir de palacio. Por otra parte, como las desgracias públicas habían agotado
casi todas las fuentes del trabajo, había una multitud de obreros sin ocupación
que estaban siempre prontos a echar abajo con su hacha todo el edificio de la
antigua sociedad. Y desgraciadamente estas cohortes de destrucción tenían un
jefe. Era un Omeya que se llamaba Mohamed. Cuando se constituyeron las juntas
para elegir monarca había esperado que la elección cayera en él. Sin embargo,
su nombre no fue siquiera pronunciado, lo que no tiene nada de extraño pues que
era un hombre sin instrucción, sin talento, sin cultura y que no conocía más
placeres que los de la mesa y los del libertinaje. Pero él no se juzgaba así y
cuando supo que nadie se había acordado de él y que se había dado el trono a un
hombre muy joven, su furor no tuvo límites. Se sirvió entonces de la
influencia que tenía sobre los obreros, que tomaban su grosería por bondad y
con los que vivía en una intimidad tan estrecha que, un tejedor llamado
Ahmed ibn-Khalid era su mejor amigo. Fuerte y hábilmente secundado por
este hombre, Mohamed estimuló en los obreros la pasión del robo y de la
rebeldía y lo preparó todo para una insurrección formidable.
Una coalición del populacho con los patricios
que habían sido presos, no parecía al principio de temer, puesto que
cada uno tenía un candidato diferente; pero habiendo muerto Solimán, los
patricios consintieron en aliarse con los demagogos. Uno de
aquellos, Ibn-Imran, les sirvió de intermediario. En su imprevisora bondad
le había devuelto la libertad Abderramán V, aunque uno de sus amigos se hubiera
opuesto a ello diciéndole: «Si este Ibn-Imran da un paso fuera de la
prisión, acortará todo un año vuestra vida.» En efecto, era un hombre muy
peligroso. Trató de ganarse a los jefes de la guardia y lo consiguió tanto más
fácilmente cuanto que la guardia estaba descontenta del Califa. Dos días antes
había llegado a Córdoba un escuadrón berberisco para ofrecer sus servicios al
monarca y este que veía que, rodeado de peligros de toda especie, tenía
necesidad de soldados, había aceptado su oferta. Esto fue lo que excitó los
celos de la guardia que estimulada por Ibn-Imran, se dirigió entonces al
pueblo. «Nosotros somos los que hemos vencido a los Berberiscos, decían los
soldados, nosotros los que los hemos echado y ahora este hombre que nosotros
hemos colocado en el trono, trata de traerlos de nuevo a la ciudad y someternos
otra vez a su detestable yugo.» El pueblo que no esperaba más que una ocasión
para insurreccionarse se dejó fácilmente seducir con estas instigaciones y
cuando Abderramán no se había apercibido todavía de nada ya la multitud había
invadido su palacio y libertado a los nobles que había hecho prender. El
infeliz monarca comprendió al punto que era su vida lo que querían. Pidió
consejo a sus visires, pero estos que temían por su propia existencia,
deliberaban aun acerca del partido que debía tomarse, cuando les gritaron los
guardias que nada tenían que temer siempre que dejasen abandonado a Abderramán
a su suerte. Entonces triunfó el egoísmo en la mayor parte y abandonaron
furtivamente al monarca uno tras otro. Pronto conocieron que eran falaces las
promesas de los guardias, porque muchos de ellos, como el prefecto de la
ciudad, fueron muertos cuando salían de palacio por la puerta de la sala del
baño.
También Abderramán, que había montado a
caballo, quiso salir por esta misma puerta, pero se lo impidieron los guardias
presentándole la punta de sus lanzas y llenándolo de injurias. Volvió entonces
pie atrás y habiéndose bajado del caballo entró en la sala del baño, donde se
quitó sus vestidos á excepción de su túnica y se ocultó en la estufa.
Mientras tanto el pueblo y los guardias
ojeaban a los Berberiscos como si fueran fieras. Estos infelices fueron
asesinados donde quiera que buscasen refugio, en palacio, en la sala del baño y
en la mezquita. Las mujeres del serrallo de Abderramán cayeron en suerte a los
guardias que se las llevaron a sus casas.
Mohamed triunfaba. Proclamado Califa en la
sala en que el Califa destronado estaba oculto, fue al salón y se sentó sobre
el trono, rodeado de los guardias y del populacho. Sin embargo, su posición era
precaria mientras que viniera su predecesor. Mandó pues, que lo buscaran por
todas partes y cuando lo encontraron lo hizo matar, (18 de enero de
1024)
Mohamed, tomó el título
de Mostacfi y trató de hacerse popular repartiendo dinero y títulos a
todos los que los pedían; pero la cólera de la clase media y de la nobleza,
llegó al extremo cuando nombró primer ministro a su amigo el tejedor. Por lo
demás, su reinado no fue de larga duración. Como se comprende gobernó mal.
Sabiendo que se conspiraba contra él, hizo meter en la cárcel a muchos
individuos de su familia y hasta mandó estrangular a uno de ellos, lo que causó
gran indignación en Córdoba. Hizo también prender a los principales consejeros
de su predecesor tales, como los dos Ibn-Hazm, y a fin de no participar de
la misma suerte, Abu-Abu-Amir ibn-Chohaid y muchos otros
abandonaron la capital y se fueron a Málaga con el Hammudita Yahya, a
quien excitaron a poner término a la anarquía que reinaba en Córdoba. Las
tentativas que hicieron con este fin no fueron enteramente infructuosas. Se
supo por lo menos en Córdoba que Yahya se preparaba a venir a atacar la ciudad,
y estalló un motín (mayo, 1025). El visir de Mohamed II, el antiguo tejedor,
fue asesinado a puñaladas por el pueblo, que en su ira brutal no dejó da
herirlo hasta que su cadáver estuvo enteramente frío. En cuanto a Mohamed II,
su palacio fue cercado y los guardias vinieron a decirle: «Bien sabe Dios que
hemos hecho todo lo que podíamos por mantener vuestro poder, pero ahora vemos
que hemos intentado lo imposible. Tenemos que salir a combatir a Yahya que nos
amenaza y tememos no os pase algo malo en cuanto nos hayamos ido. Os
aconsejamos, pues, que salgáis en secreto de la ciudad.» Viendo que todo estaba
perdido para él, Mohamed resolvió seguir sus consejos, y poniéndose el traje de
una cantadora, y cubriéndose el rostro con un velo, salió de palacio y de la
ciudad, acompañado de dos mujeres, yendo a ocultar su vergüenza a un oscuro
lugar de la frontera, donde fue envenenado por un oficial demasiado
comprometido para no haberse visto obligado a seguirlo, pero a quien fastidiaba
estar encadenado a un proscripto.
Durante seis meses, no hubo monarca en
Córdoba. La ciudad fue gobernada mal que bien, por el consejo de Estado, pero
semejante situación no podía prolongarse mucho tiempo. Un día será preciso
llegar ahí, pero el momento no había llegado todavía; lo antiguo se hundía,
pero lo nuevo no estaba más que en ensayo. A los hombres sensatos les parecía
aún la monarquía la única forma de gobierno que fuera compatible con el orden,
¿pero en quién restablecerla? ¿En un Omeya? Se quiso, se intentó, se eligió el
mejor príncipe que había en esta casa, cuando se dio el trono a Abderramán
V, y sin embargo, la empresa se había frustrado por completo. Para
mantener el orden, para contener al populacho, siempre inquieto, siempre
agitado, y pronto siempre a la sedición, al pillaje y al asesinato, era preciso
un príncipe que dispusiera de tropas extranjeras, y los Omeyas no las tenía.
Entonces se pensó en volver el trono al Hammudita Yahya, del que no
tenían mucho de qué quejarse, y esta idea no la tuvieron, a nuestro parecer
algunas personas mal intencionadas, como da a entender un autor arábigo, sino
todo el partido de orden que no veía otro medio de salvación. Se entró en
negociaciones con Yahya, que residía en Málaga. Este aceptó la oferta de los
Cordobeses, sin entusiasmo, casi con indiferencia y desconfiando de la
movilidad habitual de los que la hacían, y sabiendo además que para ellos no
era más que una mala andanza, se quedó donde estaba y se limitó a
enviar a Córdoba a un general berberisco con algunas tropas. (noviembre, 1025).
Los sucesos mostraron que había obrado con
prudencia. Los habitantes de la capital no tardaron en disgustarse de la
dominación africana, y prestaron atento oído a los emisarios de los señores
Eslavos del Este, Khairan de Almería, y Modjehid de Denia,
que les decían que, si querían emanciparse de ella, sus señores les
ayudarían. No fue vana esta promesa. En el mes de mayo del año 1026,
cuando los ánimos les parecieron estar suficientemente preparados, marcharon
ambos príncipes hacia la capital con numerosas tropas, y los Cordobeses se
insurreccionaron, echando al gobernador que Yahya les había puesto, después de
matarle gran número de soldados. Hecho esto, abrieron las puertas
a Khairan y Modjehid, pero cuando se trató de constituir
gobierno, los príncipes se desavinieron y como Khairan temía que su
aliado le hiciera traición, se apresuró a volverse a Almería (12
de junio). Modjehid se quedó todavía algún tiempo en la capital,
pero también la abandonó sin haber restablecido la monarquía. Después de su
partida, los del consejo de Estado resolvieron hacerlo, aunque una triste
experiencia debió haberles enseñado que iban a intentar un imposible. Un
príncipe Omeya, lanzado sin el apoyo de tropas extranjeras en medio de dos
clases irreconciliables, estaba condenado de antemano a sucumbir, ya por una
insurrección popular, ya por una conspiración de los patricios. Para
restablecer un gobierno estable, el llamamiento de los Omeyas no era, pues, más
que un medio engañoso, pero era el único que los más hábiles sabían imaginar.
Abul-Hazm ibn-Djahwar que era entonces el más influyente en el consejo,
acariciaba sobre todo esta idea. Concertóse pues, con los jefes de
las fronteras que pasaban por pertenecer al partido Omeya o Eslavo, pero que a
decir verdad no tenían entre sí de común más que un odio profundo a los
Berberiscos, y después de largas negociaciones, algunos de estos señores dieron
al fin su asentimiento al proyecto, probablemente porque estaban convencidos de
que no había ninguna probabilidad de que se lograra, y se resolvió dar el trono
a Hixem, el hermano primogénito de Abderramán IV, Mortadha. Este príncipe
vivía en Alpuente, donde se había refugiado después de la muerte de su
hermano. En abril del 1027 los habitantes de Córdoba le prestaron juramento,
pero todavía se pasaron cerca de tres años antes que se allanaran todas las
dificultades, durante cuyo tiempo Hixem III, apellidado Motadí, andaba
errante de ciudad en ciudad, porque muchos jefes se oponían a que entrara en
Córdoba. Los Cordobeses supieron al fin que iba a llegar. Los miembros del
consejo de Estado hicieron enseguida los preparativos necesarios para recibirlo
con pompa, pero antes de que se hubieran acabado se tuvo noticia (18
de diciembre de 1029) de que Hixem iba a entrar en la ciudad.
Las tropas salieron a su encuentro y por toda
la ciudad resonaron gritos de alegría. La multitud llenaba las calles por que
el príncipe iba a pasar, y se esperaba verle desplegar un aparato magnifico y
verdaderamente regio. Esta esperanza se desvaneció: Hixem venía montado en un
mal caballo pobremente equipado, y traía sencillos vestidos, poco en armonía
con la dignidad califal. No tuvo, pues, ningún prestigio; sin embargo, el
pueblo le saludó con ardientes aclamaciones de júbilo, porque se esperaba que
ya se habían acabado los desórdenes y que iba a renacer un gobierno equitativo
y vigoroso.
Hixem III no había sido hecho para realizar
tales esperanzas. Bueno y dulce, era al mismo tiempo débil, irresoluto,
indolente, y no sabía apreciar más que los placeres de la mesa. Desde el día
siguiente, pudieron convencerse los patricios de que no habían hecho una feliz
elección. Hubo entonces una gran audiencia en la sala del trono, y todos los
empleados fueron presentados al Califa, pero no acostumbrado a las recepciones,
ni a las arengas, apenas pudo este anciano balbucear algunas palabras y uno de los
grandes dignatarios tuvo que contestar en su nombre. Luego cuando los poetas
recitaron las odas que habían compuesto con ocasión de su advenimiento al
trono, no supo dirigirles ninguna frase gratulatoria y hasta pareció que no
entendía lo que se le recitaba.
El estreno del Califa había ya disipado toda
ilusión, pero todavía fue peor cuando poco después nombró
a Haquem ibn-Said su primer ministro.
Cliente de
los Amiridas, Haquem había trabajado primero en el oficio de
tejedor, en la capital, y esta fue la causa de haber hecho conocimiento con
Hixem, porque los príncipes Omeyas entablaban muchas veces relaciones con las
clases bajas, cuyo apoyo buscaban. Más tarde, durante la guerra
civil, Haquem se había hecho soldado, y como no parece que carecía de
bravura ni de talentos militares, había subido rápidamente en graduación, y se
había ganado el afecto de los señores de las fronteras con quienes servía.
Habiendo sido Hixem proclamado Califa, fue a verlo y recordándole su antigua
amistad, supo insinuarse tan bien que no tardó en dominarlo enteramente.
Nombrado primer ministro, tuvo buen cuidado de que la mesa del monarca tuviera
todos los días los manjares más exquisitos y los mejores vinos; lo rodeó de
cantadoras y de bailarines; trató en una palabra de hacerle la vida lo más
dulce posible, y al débil Hixem, indiferente a todo lo demás, y hasta
considerándose dichoso con no tener que mezclarse en negocios que le
fastidiaban, le abandonaba de buen grado el gobierno del Estado.
Haquem se encontró el tesoro vacío. Para
subvenir a los gastos, era preciso hallar ingresos más considerables y más
pronto que los que la ley le otorgaba, ¿pero de donde sacarlos? No había que
pensar en pedir nuevas contribuciones, hubiera sido el medio más seguro de
hacerse impopular. El ministro tuvo que recurrir a diversos expedientes, pocos
honrosos en verdad, pero que la necesidad exigía. Habiendo descubierto algunos
objetos preciosos que los hijos de Mudhaffar el Amirita, habían
depositado en casa de sus amigos, se apoderó de ellos y obligó a los
principales negociantes a tomarlos a un precio
elevadísimo. Forzóles también a comprar el plomo y el hierro que
provenía de los palacios reales, demolidos durante la guerra civil. Pero el
dinero adquirido de este modo no bastaba y concedió su confianza a un faquí
odiado y desacreditado llamado Ibn-al-Djaijar que ya antes había indicado
al Califa Alí ibn-Hammud medios eficaces, pero vergonzosos, para llenar el
tesoro. Todavía esta vez supo proporcionar a Haquem ingresos
considerables a expensas de las mezquitas. Este hecho fraudulento no permaneció
oculto y los Cordobeses y sobre todo los faquíes murmuraron. No hacía mucho
tiempo que los faquíes que tenían asiento en el tribunal, habían dejado que les
aumentaran los sueldos, aunque no ignoraban que el dinero que se les daba
provenía de contribuciones ilegales y que por consiguiente no les era licito
aceptarlo. Así, que Haquem se indignó de la hipocresía de los faquíes
y les respondió lanzándoles un manifiesto fulminante. Abu-Amir ibn-Chohaid
que lo había compuesto lo leyó en público primero en palacio y en seguida en la
mezquita (junio, 1030.) Vivamente ofendidos trataron los faquíes de hacer
participante de su cólera al pueblo, pero como las masas no parece que tuvieran
graves motivos de queja no lo consiguieron. Por su parte el gobierno redobló el
rigor. Un visir que había entrado en un complot fue ejecutado, e Ibn-Chohaid
quería que se tratara sin misericordia a los «grandes bonetes» como los
llamaba. «No prestéis atención a las declamaciones de esa gavilla de avaros que
bien merecen que se les robe, decía en una composición en verso dirigida al
Califa, y dejad a mi lengua de basilisco el cuidado de decirles lo que son.»
Si Haquem no hubiera tenido contra
sí más que los teólogos, se hubiera mantenido en el poder, porque en este
tiempo tenían poco crédito para perjudicarle, pero tenía enemigos mucho más
poderosos: casi toda la nobleza le era hostil. Lo bajo de su nacimiento era a
los ojos de los patricios una mancha indeleble. Ellos veían en él no un soldado
de fortuna, sino un tejedor y lo colocaban casi en la misma línea que al primer
ministro de Mohamed II, aun cuando hubiera gran diferencia entre ambos, no habiendo
sido nunca el uno más que un obrero y habiendo pasado el otro los mejores años
de su vida en los campamentos o en la corte de los príncipes de la frontera.
Poco escrupulosos en los medios de llenar el tesoro, fácilmente hubieran
perdonado a un hombre de su casta, las operaciones financieras a que el
ministro se había visto obligado a recurrir, pero como era un plebeyo quien las
había hecho, las denunciaron al pueblo y las explotaron en provecho de su odio.
Este odio por lo demás dañaba a sus propios intereses. Haquem, al
principio no había sentido repugnancia para ellos y no los había excluido
intencionadamente; prueba, que había hecho del patricio Ibn-Chohaid su amigo y
su confidente, pero como veía que no correspondían a estos preliminares más que
con el desdén y con el desprecio, como no encontraba entre ellos más que mala
voluntad, repulsión y hostilidad abierta, su susceptibilidad fue herida y buscó
sus empleados entre los plebeyos. Aquellos a quienes confiaba los empleos,
tenían anticipadamente la reprobación de la nobleza que no dejaba de decir que
el ministro no colocaba sino a jóvenes tejedores sin experiencia, a libertinos
sin religión, que no se ocupaban más que de vino, de flores y de trajes, que
lucían sus agudezas a expensas de las gentes más respetables y se burlaban de
los infelices que venían a pedirles justicia.» A Haquem lo declaraban
un intrigante sin capacidad, un capitán sin valor, un buen jinete y nada más.
Acaso los cegaba el odio, pero lo cierto es, que para hacer caer al que odiaban
recurrieron a los medios más odiosos.
Trataron primero de lanzar al pueblo a la
rebelión diciéndole que la paralización del comercio (cuya verdadera causa eran
las calamidades públicas,) no debía ser imputada más que a los derechos que el
ministro había impuesto sobre muchas mercancías. Estos discursos produjeron sus
frutos y algunos hombres del pueblo prometieron a los nobles ir a atacar la
casa del ministro, pero este avisado a tiempo por uno de sus amigos, dejó su
palacio y, habiéndose instalado en el del Califa abolló los impuestos de que se
quejaban y dirigió al pueblo un largo manifiesto en el que le decía que no
había establecido estos derechos sino para satisfacer necesidades apremiantes
del tesoro, pero que adelante trataría de componerse sin ellos. Habiendo cesado
el pueblo de murmurar, recurrieron los nobles a otro medio.
Como Haquem tenía poca confianza en los soldados andaluces, que
estaban a devoción de los patricios, trató de formar compañías berberiscas.
Los Andaluces murmuraron y los nobles no
dejaron de fomentar su descontento, pero apercibiéndose Haquem de lo
que se tramaba contra él, tomó medidas eficaces para mantener a los soldados en
la obediencia y castigó a los cizañeros reteniéndoles la paga. Entonces
intentaron los patricios hacerlo caer en desgracia de Hixem.
Tampoco lo
consiguieron: Haquem tenía más influencia que ellos en el ánimo del
débil monarca y les fue prohibida la entrada en palacio. Solo el presidente del
consejo de Estado, Ibn-Djahwar, conservaba cierta influencia sobre el Califa,
que le miraba con un sentimiento de respeto mezclado de gratitud, pues, a él
era a quien debía su trono o más bien su dorada ociosidad. Todos los esfuerzos
de Haquem para hacer destituir a Ibn-Djahwar fueron inútiles; sin
embargo, el ministro no se desanimaba, insistía sin cesar y se prometía vencer
al fin los escrúpulos del monarca. Ibn-Djahwar lo sabía, acaso se apercibía de
que iba perdiendo terreno y desde entonces tomó su partido: era preciso acabar
no solo con el ministro, sino también con la monarquía y entonces el consejo de
Estado reinaría solo. No necesitó trabajar mucho para convencer a sus colegas
de este proyecto. ¿Pero qué hacer para ganarse partidarios? Ahí estaba la
dificultad; había muchos dispuestos a hacer todo lo necesario para destronar a
Hixem III, pero en cuanto a sustituir una oligarquía al gobierno de uno solo,
nadie, excepto los miembros del consejo parecen haberlo imaginado siquiera, tan
monárquicas eran aun las ideas y los sentimientos. Los consejeros creyeron,
pues, prudente ocultar su juego y fingiendo querer solamente sustituir otro
monarca a Hixem, entraron en negociaciones con un pariente del Califa, que se
llamaba Omeya. Era este un joven temerario y ambicioso, pero poco discreto. Los
consejeros le dieron a entender que, si quería ponerse a la cabeza de la
insurrección, podría conquistar el trono. Sin sospechar que no era para ellos
más que un instrumento que tirarían en cuanto se hubieran servido de
él, el joven príncipe acogió ávidamente sus insinuaciones y como no economizaba
el dinero, se ganó fácilmente a los soldados a quienes el ministro había
retenido la paga.
En diciembre de 1031 estos hombres
se emboscaron y cayendo sobre Haquem cuando salía de palacio, lo
tiraron al suelo y lo asesinaron antes que hubiera tenido tiempo de sacar la
espada; luego le cortaron la cabeza y habiéndola lavado en el colador de la
pescadería, porque la sangre y el barro la habían puesto desconocida, la
pasearon clavada en la punta de una pica. Omeya vino entonces a dirigir el
movimiento de los soldados y de la multitud que se había unido a ellos,
mientras que Hixem aterrorizado por los horribles gritos que oía alrededor de
su estancia, se subía a una alta torre acompañado de las mujeres de su harem y
de cuatro esclavos.
—¿Qué me queréis?, gritó a los insurrectos
que se apoderaban ya de palacio; yo no os hecho nada, si tenéis algo de que
quejaros, id a mi visir y os hará justicia.
—¿A tu visir?, respondieron de abajo, vamos a
enseñártelo.
Y entonces Hixem vio en la punta de una lanza
una cabeza horriblemente mutilada.
—¡Mira la cabeza de tu visir, le gritaron, de
ese infame a quien tú has entregado el pueblo, miserable holgazán!
Mientras que Hixem trataba aún de apaciguar a
estos hombres feroces que no le respondían sino con injurias y ultrajes, otra
banda penetró hasta los departamentos de las mujeres, donde cogieron todo lo
que valía la pena y donde se encontraron unas cadenas acabadas de hacer que se
decía que Haquem había hecho fabricar para los nobles. Omeya
estimulaba a los saqueadores con el ademán y la palabra. «Tomad, amigos míos,
les decía, todas esas riquezas son vuestras; pero tratad también de subir a la torre
y matad a ese infame.» Intentaron escalarla, pero en vano, porque la torre
era muy alta. Hixem llamaba en su auxilio a los habitantes de la ciudad que no
habían tomado parte en el saqueo, pero ninguno respondió a su llamamiento.
Entretanto, convencido Omeya de que los
visires iban a reconocerlo por Califa, se había situado en el salón. Sentado en
el sofá de Hixem, y rodeado de los principales de aquellos bribones, a quienes
ya había conferido empleos, les daba sus órdenes, como si fuera ya Califa.
«Tememos que os maten, le dijo uno de los que estaban allí, porque la fortuna
parece haber abandonado a vuestra familia.
—No importa, le respondió Omeya, que me
presten hoy juramento, y que me maten mañana.
El joven ambicioso, no sabía lo que pasaba
entonces en casa de Ibn-Djahwar.
Desde el principio de la sedición, el
presidente del consejo había estado deliberando con sus colegas, a quienes
había convocado a su casa, sobre las medidas que convenía tomar, y habiéndolo
arreglado todo entre ellos, fueron a palacio, los consejeros, acompañados de
sus clientes y de sus criados, todos bien armados. “¡Que cese el saqueo!
gritaron: Hixem abdicará, nosotros os respondemos.”
Sea que la presencia de estos altos
dignatarios impusiera a la muchedumbre, sea que temiera venir a las manos con
su escolta, o sea por último que no hubiera ya gran cosa que robar, el orden se
restableció poco a poco. «Rendíos y bajad de la torre, gritaron entonces los
visires a Hixem; abdicaréis, pero se os perdonará la vida.» A pesar
suyo, Hixem tuvo que ponerse en sus manos, porque en la torre carecía de
víveres. Bajó pues, los visires lo hicieron llevar con sus mujeres a una
especie de pasadizo que formaba parte de la mezquita mayor. «Mejor quisiera ser
arrojado al mar que pasar por tantas tribulaciones; exclamó durante el
trayecto. Haced de mí lo que queráis, pero os suplico que perdonéis a mis
mujeres.»
A la caída de la noche, convocaron los
visires a los principales habitantes de Córdoba, y consultaron con ellos lo que
había de hacerse con Hixem. Resolvieron hacerlo encerrar en una fortaleza que
designaron y hacerlo partir sin demora. Algunos quedaron encargados de ir a
comunicar esta decisión al prisionero.
Cuando llegaron al corredor, un triste
espectáculo apareció a sus ojos. Encontraron a Hixem sentado en las losas y
rodeado de sus mujeres que lloraban con los cabellos sueltos y casi desnudas.
Con mirada triste y sombría trataba de abrigar en su seno a su hija única a
quien amaba apasionadamente hasta el delirio. La pobre niña, demasiado joven
aun para comprender la terrible desgracia que había caído sobre su padre,
tiritaba en aquel sitio mal oreado y húmedo, que el penetrante frío de la noche
hacía más glacial todavía, y se moría de hambre, porque ya por olvido, ya por
un refinamiento de crueldad, nadie se había cuidado de traer ningún
alimento á esta desdichada familia.
Uno de los caciques tomó la palabra y dijo:
—Venimos a comunicaros, señor, que los
visires y los notables reunidos en la Mezquita han decidido que vos...
—Bueno, bueno, le interrumpió Hixem; yo me
someto a su decisión, cualquiera que ella sea, pero os suplico que mandéis dar
un pedazo de pan a esta pobre niña, que se está muriendo de hambre.
Profundamente conmovidos los caciques no
pudieron contener sus lágrimas. Hicieron traer pan, y entonces el que llevaba
la palabra continuó en estos términos:
—Señor, se ha decidido que al apuntar el día
seáis trasportado a una fortaleza, donde quedareis preso.
—Sea, respondió Hixem con aire triste, pero
resignado. No tengo más que una gracia que pediros; dadnos una luz porque la
oscuridad que reina en este triste sitio nos da miedo.
A la mañana siguiente, en cuanto Hixem hubo
salido de la ciudad, los visires anunciaron en un manifiesto a los Cordobeses
que el Califato quedaba abolido para siempre, y que el Concejo de Estado había
tomado en sus manos las riendas del gobierno, y enseguida fueron a palacio.
Allí estaba Omeya todavía, que había creído firmemente hasta entonces en las
promesas secretas de los visires, y que había convocado ya a los empleados para
que les prestaran juramento. Iba a quedar desengañado. Los visires reprendieron
a jefes y a soldados la precipitación con que iban a reconocer a un aventurero
sin haber esperado la decisión de los notables. «Los notables, prosiguió
Ibn-Djahwar, han abolido la monarquía, y esta medida ha sido aplaudida por el
pueblo. Guardaos, pues, ¡oh soldados! de encender la guerra civil, acordaos de
los beneficios que os hemos hecho, y esperadlos mayores si os mostráis
dispuestos a obedecer.» Y luego dirigiéndose a los oficiales, les dijo: «Os
mando que prendáis a Omeya, y que lo saquéis primero de palacio, luego fuera
del término de la ciudad.»
Esta orden fue ejecutada al punto; Omeya, en
el colmo de su furor pedía venganza contra los pérfidos visires, que después de
haberlo mecido con esperanzas engañosas, lo arrojaban como un vil criminal, y
trataba de interesar en su causa a los capitanes. Pero como estos estaban
acostumbrados á obedecer a los individuos del Concejo, tan vanas
fueron las promesas que les prodigó, como sus amenazas y sus injurias. No se
sabe de cierto cuál fue su suerte. Pasó algún tiempo sin que se oyera
hablar de él. Mas tarde trató de volver a Córdoba, y hay quien dice que en esta
ocasión lo hicieron asesinar secretamente los patricios.
En cuanto al desdichado Hixem, huyó del
castillo en que lo habían encerrado, y se fue a la ciudad de Lérida, que estaba
entonces en poder de Solimán ibn-Hud. Ya sea por olvido, ya por desdén,
dice un autor contemporáneo, que el Senado, porque ya podemos dar en adelante
este nombre al Concejo de Estado, no le hizo nunca firmar un acta de
abdicación; nunca le hizo declarar en presencia de testigos que era incapaz de
reinar, y que el pueblo quedaba desligado de su juramento, como se hacía de
ordinario cuando se destronaba a un príncipe. Nadie se ocupó más de él, quedó
olvidado, y cuando murió cinco años después, (en Diciembre de 1036)
su muerte apenas fue notada en Córdoba; el resto de España se cuidó de ella
menos aún.
LIBRO IV.
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