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LIBRO SEGUNDO.LOS
CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS.
CAPÍTULO XXI
La guerra en la Serranía duró dos años aún.
Omar-ibn-Hafzun había dejado cuatro hijos; Djafar, Solimán, Abderramán y Hafz,
que casi con una sola excepción habían heredado, si no los talentos, por lo
menos el valor de su padre. Solimán se vio obligado a rendirse (en Marzo de
918), a alistarse en el ejército del Sultán y tomar parte en las campañas
contra los reyes de León y de Navarra. Abderramán que gobernaba en Tolox, y
para el que los libros tenían más atractivo que las armas, se rindió también y
habiendo sido llevado a Córdoba, pasó el resto de su vida en copiar
manuscritos. Pero el poder de Djafar era todavía formidable, por lo menos el
Sultán lo creía así, porque, cuando sitiaba a Bobastro en 919, no rehusó entrar
en tratos con él, y cuando Djafar le ofreció rehenes, y un tributo anual aceptó
la proposición. Sin embargo, poco después Djafar, cometió una falta muy grave,
que debió serle fatal. En su opinión, su padre se había equivocado al
declararse cristiano con toda su familia, y hasta cierto punto tenía razón,
pues es incontestable que Ibn-Hafzun se había enajenado el corazón de los
Andaluces musulmanes, con su cambio religioso, solo que una vez hecho, ni
ibn-Hafzun ni su hijo podían ya retractarse; desde entonces debían apoyarse
únicamente en los cristianos, y triunfar o sucumbir con ellos. Los cristianos
eran los únicos que habían conservado entusiasmo y energía, mientras que los
musulmanes hacían traición en todas partes. Prueba de ello lo que había pasado
poco antes en la fortaleza de Balda, estando sitiada por el Sultán; la parte
musulmana de la guarnición se había pasado toda entera al enemigo, mientras que
los cristianos se dejaron matar hasta el último antes de rendirse. Sin embargo,
Djafar, que no se daba entera cuenta de la situación en que se encontraba,
creía aun en la posibilidad de reconciliarse con los musulmanes andaluces, y
queriendo ganárselos, manifestó claramente su intención de volver al islamismo.
Esto fue lo que le perdió. Horrorizados con la idea de tener por jefe a un
infiel, sus soldados cristianos tramaron un complot, y habiéndose entendido con
su hermano Solimán, lo asesinaron (920) y proclamaron a este que se apresuró a
presentarse entre ellos.
El reinado de Solimán no fue dichoso;
Bobastro era presa de las más furiosas discordias. Estalló una insurrección;
Solimán fue echado, sus prisioneros puestos en libertad y saqueado su palacio.
Pero poco después sus partidarios lograron introducirse en la ciudad; él mismo
entró disfrazado, y habiéndose ganado el populacho, prometiéndole el pillaje,
lo llamó a las armas. Quedó por él dueño, e inexorable en su venganza, hizo
cortar la cabeza a la mayor parte de sus adversarios.
«Alá, dice un historiador de Córdoba, dejaba
que los infieles se degollaran mutuamente, porque quería extirpar de raíz hasta
sus últimos vestigios.»
Solimán no sobrevivió mucho tiempo a su
restablecimiento. Habiendo sido desmontado en una escaramuza (el 6 de febrero
de 927) fue muerto por los realistas, que saciaron su ira en su cadáver, al que
cortaron la cabeza, las manos y pies.
Sucedióle su hermano Hafz, pero iba a sonar
la última hora. En el mes de junio del año 927, el Sultán fue a sitiar Bobastro
decidido a no levantar el sitio hasta que no fuera tomada la ciudad. Habiendo
ordenado levantar por todas partes obras formidables y reconstruir una antigua
fortaleza romana semi arruinada, que había en las cercanías, cercó la plaza por
todas partes y le cortó los víveres. Durante seis meses Hafz resistió los
esfuerzos del enemigo, pero se rindió al fin, y el viernes 21 de Junio del 928,
las tropas del Sultán tomaron posesión de la ciudad. Hafz fue trasladado a
Córdoba con todos los demás habitantes y más adelante sirvió en el ejército de
su vencedor. Su hermana Argentea se retiró a un convento, donde probablemente
la hubieran dejado en paz, si hubiera consentido en vivir ignorada; pero
entusiasta, fanática, y aspirando desde mucho tiempo antes a la palma del
martirio, irritó a la autoridad, declarando que era cristiana, y como a los
ojos de la ley era musulmana, por serlo su padre en la época en que nació, fue
condenada a muerte como culpable de apostasía. Ella sufrió la sentencia con un
valor heroico, mostrándose así digna hija del indomable Omar-ibn-Hafzun (931.)
Dos meses después de la rendición de
Bobastro, el Sultán visitó en persona esta ciudad. Quería ver con sus propios
ojos aquella orgullosa fortaleza que durante medio siglo había desafiado los
ataques incesantes de cuatro Sultanes. Cuando estuvo allí, cuando desde lo alto
de las murallas dirigió su vista a sus almenados bastiones, y a sus colosales
torres, cuando midió con sus ojos la altura de la montaña cortada a pico, en
que se asentaba, y la profundidad de los precipicios que la rodeaban, entonces
exclamó, que no había otra semejante en el mundo; y lleno de gratitud hacia
Dios que se la había entregado, se deshizo en acciones de gracia, y mientras
permaneció en ella observó un ayuno rigoroso. Desgraciadamente para su gloria,
tuvo la debilidad de dejarse arrancar una concesión a que no hubiera debido
acceder; queriendo ver también la temible ciudad que había sido el baluarte de
una religión que odiaban, habían ido en su seguimiento los faquíes, y en
Bobastro no le dejaron descansar, hasta que les permitió abrir las tumbas de
Omar-ibn-Hafzun y de Djafar su hijo. Luego, viéndolos enterrado a la manera
cristiana, no se avergonzaron de turbar el descanso de los que ya dormían el
sueño eterno, y habiendo sacado sus cuerpos de la sepultura, los enviaron a
Córdoba, con orden de clavarlos en postes. «Estos cuerpos, exclama un cronista
de la época, con bárbara alegría, estos cuerpos fueron así advertencia
saludable para las gentes mal intencionadas, y dulce espectáculo para los ojos
de los verdaderos creyentes.»
Las plazas que se hallaban en poder de los
cristianos, no tardaron en entregarse. El Sultán las hizo arrasar todas, a
excepción de algunas que juzgó conveniente conservar para mantener al país en
la obediencia, e hizo trasladar a Córdoba a los hombres más influyentes y
peligrosos.
Estaba pues, pacificada la Serranía, mas
antes que lo estuviera, el Sultán había vencido la insurrección en muchos otros
lugares. En las montañas de Priego, los hijos de Ibn-Mastana habían tenido que
cederle sus castillos; en la provincia de Elvira, los Bereberes de la familia
de los Beni-Mohallab se habían visto obligados a deponer las armas. Monte-Rubio
en las fronteras de Jaén y Elvira había sido tomado. Edificado en una montaña
colosal y escarpadísima, había inspirado por mucho tiempo al gobierno serios
temores. Allí se habían albergado gran número de cristianos que bajaban a cada
instante de su nido, para saquear los cortijos próximos o para robar y asesinar
a los caminantes. En 992, había sido sitiada esta madriguera, sin resultado por
el Sultán durante todo un mes, no siendo tomada sino cuatro años más tarde. En
924, fueron obligados a someterse muchos rebeldes del país valenciano. En el
mismo año, el Sultán fue a quitar la frontera superior a todos los Beni-Casi
que se habían debilitado con las guerras que habían sostenido entre sí y con
las que habían tenido que mantener contra el rey de Navarra y los obligó a
alistarse en su ejército. Dos años después, el general Abd-al-hamid-ibn-Basil,
hizo una campaña felicísima contra los Beni-Dhi-‘n-nun.
No teniendo ya nada que temer por la parte
del Mediodía, el Sultán se halló en disposición de dirigir todas sus fuerzas
contra los rebeldes de las demás provincias, y obtuvo triunfos tan rápidos como
decisivos. En 928 envió tropas contra el jeque Aslamí, señor de Alicante y
Callosa, en la provincia de Todmir. Este Árabe, que era un bandido y un perdido
del peor género, había afectado siempre una gran devoción; cuando empezó a
hacerse viejo abdicó en su hijo Abderramán, no queriendo, según decía, ocuparse
ya más que de su salvación; y en efecto, asistía con la mayor exactitud a todos
los sermones y a todas las oraciones públicas, pero esta aparente piedad no le
impedía ir de tiempo en tiempo a merodear en las tierras de sus vecinos, y
habiendo muerto su hijo peleando con los realistas, tomó de nuevo el mando. No
lo conservó mucho; el general Ahmed-ibn-Ishac tomó una en pos de otra sus
fortalezas, y habiéndole obligado a someterse, lo hizo llevar a Córdoba con
toda su familia. Hacia la misma época se rindieron Mérida y Santarém, sin que
las tropas que el Sultán había enviado contra ellas tuvieran necesidad de
desenvainar la espada. Al año siguiente Beja volvió también a la obediencia,
después de haber hecho durante quince días una valerosa resistencia. Luego volvió
sus armas el Sultán contra Khalaf-ibn-Becr, príncipe de Ocsonoba; pero este
renegado le envió a decir que estaba pronto a pagar tributo, y que, si no lo
había hecho antes, lo distante de la provincia debía servirle de excusa. Era
este Príncipe muy amado de sus súbditos, para los que él y sus predecesores
habían sido siempre muy buenos, y el monarca comprendió que, si persistía en su
designio de reducirlo, obligaría a los habitantes del Algarbe a tomar una
resolución desesperada. Así que, contra su costumbre, hizo una transacción.
Consintió en que Khalaf-ibn-Becr, fuera no su súbdito, sino un vasallo
tributario, debiendo solo comprometerse el Príncipe de Ocsonoba a pagar un
tributo anual y a no dar asilo a los insurrectos.
La reducción de Badajoz, donde aún reinaba un
descendiente de Ibn-Merwan, el Gallego, exigió mayores esfuerzos. La ciudad no
se rindió sino después de haber sostenido un sitio durante todo un año (930.)
Para ser dueño de toda la herencia de sus
abuelos no le restaba a Abderramán más que reducir Toledo.
Comenzó por enviar allá una diputación de
faquíes, encargados de hacer presente a los vecinos que, habiéndose sometido
todo el reino, sería una locura de su parte continuar dándose aire de
república. Esta tentativa fue inútil. Llenos de amor a la libertad de que
habían gozado durante ochenta años, ya bajo la protección de los Beni-Casis, ya
bajo la de los reyes de León, los Toledanos dieron una respuesta, si no
altanera, por lo menos evasiva. Viéndose, pues, obligados a apelar a los medios
extremos, el monarca tomó sus medidas con la presteza y energía que le
caracterizaban. Desde el mes de Mayo del 930, y antes que se acabara de reunir
el gran ejército que pensaba oponer a los rebeldes, envió contra Toledo a uno
de sus generales, al visir Said-ibn-Mondhir, ordenándole que comenzara el
sitio. En el mes de Junio marchó él mismo contra la ciudad con todo el grueso
de sus fuerzas, y habiendo establecido sus reales en las orillas del Algodor,
cerca del castillo de Mora, intimidó al renegado toledano que allí mandaba, que
lo evacuase. Bastó esta simple intimación. Conociendo la imposibilidad de
defenderse contra el numeroso ejército del Sultán, se apresuró el renegado a
evacuar la fortaleza. Abderramán puso en ella una guarnición y fue a establecer
su campo cerca de Toledo, en una montaña que llevaba entonces el nombre de
Djarancas. Dejando vagar sus miradas sobre los jardines y las viñas, encontró
que el cementerio que estaba cerca de la puerta era el lugar que mejor convenía
para cuartel general. Hizo, pues, avanzar sus tropas hacia el cementerio; mandó
segar los trigos, cortar los árboles frutales de los alrededores e incendiar
las aldeas, y atacó a los Toledanos con el mayor vigor. El sitio duró a pesar
de esto más de dos años. Pero el Sultán, a quien nada desanimaba, hizo edificar
una ciudad en el monte de Djarancas y la ciudad de al-Tath (la Victoria)
levantada en algunos días, mostró a los Toledanos que el sitio no sería
levantado nunca. Contaban aun, con el auxilio del rey de León, pero su ejército
fue rechazado por los realistas. En fin, apremiados por el hambre tuvieron que
abrir las puertas. El gozo que experimenta Abderramán, cuando tomó posesión de
la ciudad, casi igualó al que había sentido cuando se hizo dueño de Bobastro,
mostrándolo con las fervientes acciones de gracias que dirigió al Omnipotente.
Árabes, Españoles, Berberiscos, todos habían
sido vencidos; todos se habían visto obligados a doblar la rodilla ante el
poder real, y el principio de la monarquía ilimitada fue proclamado más
rudamente que nunca, en medio de un silencio universal. Pero las pérdidas
sufridas por los diferentes partidos en esta prolongada lucha no eran iguales.
El más maltratado era incontestablemente el que representaba la independencia
individual, como la representaban los Germanos en Francia y en Italia, es
decir, la aristocracia árabe. Obligada a sufrir un gobierno más absoluto y
mucho más fuerte que el que había tratado de echar abajo, un gobierno que le
era hostil por naturaleza, y que se dedicaba sistemáticamente a quitarle toda
influencia en los negocios, estaba condenada a abatir el rumbo dulcemente,
perdiendo en cada reinado algo de su brillo y su fortuna. Y he aquí, justamente
lo que era un consuelo para los Españoles y los que ellos miraban como una
especie de victoria. Habiendo tomado las armas, menos por odio al Sultán, que
por odio a la nobleza, podían decir hasta cierto punto que habían triunfado,
pues a falta de otra satisfacción, tenían al menos la de hallarse en adelante
al abrigo de sus desdenes, de sus insultos y de su opresión. Ya no formarían un
pueblo aparte, un pueblo de parias desterrado de la sociedad. El objeto que
Abderramán III se había propuesto conseguir, y que por cierto plazo en efecto
consiguió, era la fusión de todas las razas de la península en una nación
verdaderamente una. Habían, pues, desaparecido las antiguas distinciones, o por
lo menos tendían a desaparecer cada vez más, para hacer lugar a las de rangos,
clases y estados. Cierto es que esta igualdad, no era más que la igualdad en la
sujeción, pero a los ojos de los Españoles era un bien inmenso, y por lo pronto
apenas pedían otra cosa. En el fondo, sus ideas acerca de la libertad, eran
todavía muy vagas; la monarquía absoluta y el despotismo administrativo no les
eran antipáticos; al contrario, esta forma de gobierno era para ellos una antigua
tradición; no habían conocido otra, ni bajo el dominio de los reyes visigodos,
ni bajo el de los emperadores romanos, y la prueba de que ni imaginaban todavía
otra mejor, es que ni aun durante la guerra que habían sostenido para
reconquistar su independencia, habían hecho en general más que débiles
esfuerzos para fundar la libertad.
LIBRO SEGUNDO. LOS CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS. CAPITULO 22
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