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HISTORIA ANTIGUALa aventura del desciframiento de la escritura cuneiforme
2 LOS
PRIMEROS EXPLORADORES DE BABILONIA.
Cuando
cayó la ciudad de Nínive y cuando Babilonia fue finalmente entregada al
destructor, una profunda oscuridad de ignorancia se cernió sobre sus ruinas. El
emplazamiento mismo de Nínive cayó en el olvido y, aunque perduró una tradición
que señalaba el lugar donde había estado Babilonia, se sabía casi tan poco de
aquella gran capital como de su vecina del norte. En la Edad Media, el mundo
olvidó muchas cosas y, después, con un vigor asombroso, comenzó a aprenderlas
de nuevo. En el hechizo general del olvido, se desprendió de todo recuerdo de
estas dos grandes ciudades. Incluso el monje en su celda, a cuya laboriosidad
como copista el mundo tiene una deuda que nunca podrá saldar, apenas sabía nada
de aquellas ciudades bárbaras, cuyos pecados las habían destruido. Conocía
Jerusalén y Belén, pues estas desprendían una fragancia imperecedera en su
nariz. Eran ciudades sagradas en una tierra sagrada, y suspiraba al pensar que
ahora estaban en manos de infieles. Pero Nínive y Babilonia, se mencionaban, es
cierto, en los profetas; pero Nahúm había maldecido a una e Isaías predijo la
destrucción de la otra, y habían recibido su merecido. No sabía dónde podían
estar, ni le importaba. Pero al cabo de un tiempo llegó la época en que Europa
comenzó a reaprender, y lo hizo con una avidez maravillosa. Las Cruzadas
despertaron en toda Europa un interés apasionado por Oriente. Palestina, Siria
y Egipto fueron recorridos uno tras otro por viajeros que visitaban los lugares
sagrados y regresaban a Europa para contar historias maravillosas. Casi todos
ellos eran cristianos, que conocían en mayor o menor medida el Nuevo
Testamento, pero que, en su mayor parte, ignoraban por completo el Antiguo
Testamento. Anhelaban ver la tierra del Señor, pero les importaban poco las
referencias a los profetas, héroes o reyes del Antiguo Testamento.
Pero al
fin apareció un hombre cuyos intereses iban más allá incluso de los
relacionados con la tierra de Palestina. Se trataba de un rabino judío de
Tudela, en el reino de Navarra. El rabino Benjamín, hijo de Jonás, partió de su
hogar hacia el año 1160 d. C. y viajó por tierra a través de España y Francia,
y de allí a Italia. A lo largo del camino tomó notas minuciosas de todo lo que
veía, y prestó mucha atención a los hombres eruditos y piadosos de su propia fe
con los que se encontró. Desde Italia pasó a Grecia y, de allí, a
Constantinopla, ciudad que le causó una profunda impresión. Tras visitar los
lugares sagrados de Palestina, atravesó el desierto pasando por Tadmor, cruzó
el Éufrates y luego siguió hacia el este hasta el Tigris, donde visitó a los judíos
de Mosul. Sobre Mosul y sus alrededores escribió esto que contar:
«Esta
ciudad, situada en los confines de Persia, es de gran extensión y muy antigua;
se alza a orillas del Tigris y está unida a Nínive por un puente. Aunque esta
última yace en ruinas, hay numerosas aldeas y pequeñas localidades habitadas en
su emplazamiento. Nínive se encuentra a orillas del Tigris, a una parasang de distancia de la ciudad de Arbil ».
Desde
Nínive, Benjamín de Tudela siguió río abajo y visitó Bagdad, por entonces un
gran centro cultural tanto musulmán como judío, y esto significó para él más
incluso que su riqueza; y es como un punto culminante como se presenta su
última frase sobre esta ciudad:
«La
ciudad de Bagdad tiene tres millas de circunferencia; la región en la que se
encuentra es rica en palmeras, jardines y huertos, de modo que nada la iguala
en Mesopotamia. Mercaderes de todos los países acuden allí con fines
comerciales, y cuenta con muchos filósofos sabios, muy versados en las
ciencias, y magos expertos en todo tipo de encantamientos».
Desde
Bagdad, Benjamín se dirigió a Gihiagin o Ras-al-Ain,
que identificó erróneamente con Resen (Génesis 10:12), y luego continúa su
relato así:
«Desde
aquí hay un día de camino hasta Babilonia. Esta es la antigua Babel, y ahora
yace en ruinas; pero las calles aún se extienden a lo largo de treinta millas.
Aún se pueden ver las ruinas del palacio de Nabucodonosor, pero la gente teme
aventurarse entre ellas debido a las serpientes y los escorpiones que las
infestan. Viven veinte mil judíos a unas veinte millas de este lugar, y
practican su culto en la sinagoga de Daniel, quien descansa en paz. Esta
sinagoga es de una antigüedad remota, ya que fue construida por el propio
Daniel; está edificada con piedras macizas y ladrillos. Aquí el viajero también
puede contemplar el palacio de Nabucodonosor, con el horno ardiente en el que
fueron arrojados Hananías, Misael y Azarías; es un valle bien conocido por todos. Hillah, que se encuentra a una distancia de cinco
millas, alberga a unos diez mil judíos y cuenta con cuatro sinagogas... A
cuatro millas de aquí se encuentra la torre construida por la Generación
dispersa. Está construida con ladrillos llamados al-ajurr;
la base mide dos millas, la anchura doscientas cuarenta yardas y la altura unas
cien canas. Un pasadizo en espiral, integrado en la torre (en tramos de diez
yardas cada uno), conduce hasta la cima, desde donde se divisa un panorama de
veinte millas, ya que el paisaje es una amplia llanura totalmente llana. El
fuego celestial, que azotó la torre, la partió hasta sus cimientos».
No hay
motivos para dudar de que Benjamín de Tudela visitara efectivamente Mosul y de
que allí viera, al otro lado del río, los grandes montículos que marcaban las
ruinas de Nínive, pero no está tan claro que también viera las ruinas de
Babilonia. Sí que visitó Bagdad, pues describe esa ciudad en términos propios
de un testigo ocular. Sin embargo, no es seguro que hubiera visto realmente las
ruinas de Babilonia, ya que su descripción carece de los pequeños detalles que
acompañaban a la narración anterior. Probablemente, aquí se limita a reproducir
lo que había oído de otros acerca de estas ruinas.
Benjamín
de Tudela escribió su narración en hebreo. Fue conocida por los eruditos
durante los siglos XIII, XIV y XV, pero no se imprimió hasta 1543, cuando
apareció en Constantinopla en escritura rabínica. En 1633 se publicó, con una
traducción al latín, en Leiden. Más tarde se publicó en inglés y francés, y así
se dio a conocer en gran parte de Europa. A pesar de ser tan conocido, el libro
de Benjamín no parece haber llamado la atención sobre las ciudades enterradas
de Nínive y Babilonia.
Al igual
que las primeras y escasas menciones sobre Persépolis que hicieron los primeros
viajeros, estas notas de Benjamín de Tudela darían sus frutos más adelante,
pues incitarían a otros viajeros a visitar esas mismas ruinas misteriosas.
La
siguiente información sobre los yacimientos antiguos llegó a Europa de la mano
de otro judío, el rabino Petajías de Ratisbona, cuyos recuerdos fueron
recopilados por uno de sus discípulos a partir de las escasas notas que él
mismo había tomado durante el viaje.
La época
se acercaba rápidamente al momento en que los europeos comenzaron a viajar
extensamente por Oriente, y muchos de ellos visitaron tanto Mosul como Bagdad.
La mayoría, sin embargo, no prestó atención alguna a las ruinas que se
encontraban cerca de estas ciudades. Muchos, como Sir John Mandeville
(1322-1356), no se desplazaron hasta esos yacimientos, sino que se contentaron
con relatar lo que habían oído sobre ellos. Marco Polo parece no haber prestado
ninguna atención a las ruinas y, aunque visitó tanto Mosul como Bagdad, nunca
hace referencia a ellas. Otros confundían Bagdad con Babilonia y creían de
verdad que la capital musulmana era la misma ciudad que Nabucodonosor había
convertido en una potencia.
En 1583,
John Eldred, un viajero y comerciante inglés, visitó Oriente; su pintoresca
descripción de Babilonia y Nínive fue una de las primeras noticias que llegaron
directamente a Inglaterra sobre estas grandes ciudades. Su relato es el
siguiente:
«Desembarcamos
en Felugia los días 8 y 20 de junio, donde
permanecimos siete días, a falta de camellos para transportar nuestras
mercancías a Babilonia. El calor en esa época del año es tal en aquellas
tierras que los hombres son reacios a prestar sus camellos para viajar. Esta Felugia es un pueblo de unos cien hogares y un lugar
destinado a la descarga de las mercancías que bajan por el río: los habitantes
son ar . Al no encontrar camellos aquí, nos vimos obligados a descargar
nuestras mercancías y alquilamos cien asnos para transportar nuestras
mercancías inglesas únicamente hasta Nueva Babilonia, atravesando un pequeño
desierto; en cuya travesía empleamos dieciocho horas, viajando de noche y parte
de la mañana, para evitar el gran calor.
»En
este lugar que atravesamos se alzaba la antigua y poderosa ciudad de Babilonia,
cuyas numerosas minas antiguas se pueden ver fácilmente a la luz del día, las
cuales yo, John Eldred, he contemplado a menudo con todo mi tiempo libre , tras
haber realizado tres viajes entre la Nueva Babilonia y Alepo a través de este
desierto. Aquí también se conservan aún las ruinas de la antigua torre de
Babel, que, al estar situada en terreno llano, parece enorme desde lejos, pero
cuanto más te acercas a ella, más pequeña y más pequeña se ve: en varias
ocasiones he ido hasta allí para verla y he encontrado los restos aún en pie,
con un perímetro de aproximadamente un cuarto de milla, y casi tan altos como
la piedra tallada del campanario de St. Paul en Londres, aunque parecían mucho
más grandes. Los ladrillos que quedan en este monumental y antiquísimo edificio
tienen media yarda de grosor y tres cuartos de yarda de largo, secados
únicamente al sol, y entre cada hilada de ladrillos hay una hilada de esteras
hechas de cañas, que se conservaban en buen estado y no se habían deteriorado,
como si se hubieran colocado hace menos de un año. La ciudad de Nueva Babilonia
linda con el desierto antes mencionado, donde se encontraba la ciudad antigua,
y el río Tigris discurre muy cerca de la muralla; si quisieran, podrían abrir
una compuerta y dejar que sus aguas rodearan la ciudad. Tiene una
circunferencia de unas dos millas inglesas, y los habitantes suelen hablar tres
idiomas, a saber, el persa, el árabe y el turco: la gente tiene la tez de los
españoles; y las mujeres suelen llevar en uno de los cartílagos de la nariz un
anillo parecido a un anillo de boda, pero algo más grande, con una perla y una
piedra turca engastadas en él, y lo hacen por muy pobres que sean».
La
antigua confusión entre Bagdad y Babilonia existe claramente en la mente de
Eldred, pero, aparte de ese error, sus palabras tienen un tono mágico y bien
podrían inducir a otros a emprender el viaje para contemplar tales vistas.
Parece que no llegó a ver en absoluto las ruinas de Nínive, pero otro inglés,
que zarpó de Venecia en 1599, tuvo más suerte y también fue más romántico.
Hay más
elocuencia en Anthony Shirley (o Sherley), quien escribió así sobre ambas
ciudades:
«Hablaré
—de Babilonia; no con la intención de contar historias, ni de las enormes minas
de la primera ciudad ni del esplendor de la segunda, sino —pues nada impresiona
más a la naturaleza humana que el ejemplo— para mostrar la verdad de la palabra
de Dios, cuyas venganzas, amenazadas por sus profetas, se han cumplido
verdaderamente en todas esas tierras…
Todo el
terreno en el que se extendía Babilonia yace ahora desolado; nada permanece en
esa península entre el Éufrates y el Tigris, salvo una parte —y solo una
pequeña parte— de la gran Torre, que Dios ha permitido que permanezca en pie
(si es que el hombre puede hablar con tanta seguridad de Sus grandes y impenetrables designios) como testimonio eterno de su
obra en medio de la confusión del orgullo humano, y aquel Arca de Nabucodonosor
como recuerdo igualmente perpetuo de su gran idolatría y merecido castigo!
Nínive,
aquella que el propio Dios llamó «la gran ciudad», no tiene ni una sola piedra
en pie que pueda recordar la existencia de una ciudad. A una milla inglesa de
allí se encuentra un lugar llamado Mosul, una localidad insignificante, más
bien para dar testimonio del poderío de la otra y del juicio de Dios que de
cualquier tipo de magnificencia en sí misma».
En estas
palabras resuena por primera vez la nota que atraería a exploradores
entusiastas a estos montículos. Los viajeros anteriores habían mirado con
curiosidad estos montículos y luego habían seguido su camino; este hombre vio
en ellos hechos que ilustraban a los profetas hebreos. Más adelante, partirían
expediciones desde Inglaterra con el propósito específico de buscar en ellos
libros que pudieran confirmar o ilustrar la historia y la profecía del pueblo
hebreo. La verdadera fuerza que impulsaba las cuantiosas aportaciones
económicas para estas exploraciones era este deseo de conocer cualquier cosa
que tuviera alguna relación posible con las Escrituras del Antiguo Testamento.
Anthony Shirley no vivió aquella época, pero en espíritu formaba parte de ella.
En todos
estos relatos de viajeros de paso, la ignorancia se mezclaba con la credulidad,
y se echaba en falta un conocimiento concreto. Lo máximo que se había logrado
era la perpetuación y el fomento del interés por estas ciudades. El escaso
progreso que se había alcanzado queda patente en la publicación en 1596, en
Amberes, del gran «Tesoro Geográfico» de Ortelius, una lista alfabética de
lugares, a la que se añadían los datos geográficos descriptivos que se conocían
en aquel momento. Ortelius afirma que ciertos escritores identificaban Nínive
con Mosul, pero, al no disponer de información concreta, tuvo que dejar el
asunto ahí. De Babilonia se sabía aún menos. Todas las fuentes citadas por
Ortelius, excepto Benjamín de Tudela, identifican Babilonia con Bagdad, y él
acepta esa postura. De ello se desprende claramente que se necesitaban más
viajeros que no solo vieran, sino que también comprendieran lo que veían.
Un primer
paso lo dio un viajero inglés, John Cartwright, cuyo tono es muy similar al de
Sherley, aunque su aportación al conocimiento del tema es mayor:
«Tras
cruzar este río [el Choaspes], nos dirigimos hacia
Mosul, una ciudad muy antigua de este país, a varios días de viaje de Valdac, y acampamos a orillas del río Tigris. Aquí, en
estas llanuras de Asiria y a orillas del Tigris, y en la región del Edén, fue
construida Nínive por Nimrod, aunque la terminó Nino. Todos los escritores
profanos coinciden, y las Escrituras lo confirman, en que esta ciudad superaba
a todas las demás en extensión y en magnificencia. Pues, a juzgar por los
cimientos en ruinas (que examiné minuciosamente), parece que se construyó con
cuatro lados, aunque no iguales ni en forma de cuadrado; pues los dos lados más
largos medían cada uno (según estimamos) ciento cincuenta furlongs,
y los dos más cortos, noventa furlongs, lo que suma
cuatrocientos ochenta furlongs de superficie, lo que
equivale a tres escoras de millas, contando ocho furlongs por cada milla italiana. Las murallas tenían un pie de altura y una anchura tal
que tres carros podían pasar a toda velocidad por delante; estas murallas
estaban adornadas con mil quinientas torres, lo que confería una belleza
extraordinaria al conjunto y una fortaleza no menos admirable para la época».
Tras
estas descripciones del pasado y el presente de Nínive, Cartwright aportó
algunos extractos de su historia y concluyó así:
«Por
último, que esta ciudad era mucho más grande que Babilonia, siendo la Dama de
Oriente, la Reina de las Naciones, y las riquezas del mundo, con más habitantes
dentro de sus murallas de los que hay ahora en algún reino; pero ahora está
destruida (tal y como Dios predijo que la destruirían los caldeos), sin ser más
que (sic) una sepultura de sí misma, una pequeña localidad de escaso comercio,
donde el patriarca de los nestorianos tiene su sede, bajo la tutela de los
turcos. En varias ocasiones mantuvimos conversaciones con este patriarca; y,
entre muchas otras palabras que pronunció, nos recomendó que, antes de partir,
viéramos la mano de Edén, a solo doce millas río arriba, la cual, según afirmó,
era «sin duda alguna, una parte del Paraíso».
Por muy
interesado que estuviera Cartwright en el material histórico y legendario,
siguió cometiendo el error de confundir Bagdad con Babilonia. Sin embargo, sus
descripciones contenían algunos datos nuevos:
«En
aquella región contemplamos detenidamente dos lugares de gran antigüedad: uno
eran las ruinas de la antigua torre de Babel (tal y como sostienen los
habitantes hasta el día de hoy), construida por Nimrod, sobrino de Cam, ...
«Y hoy en
día, lo que queda de ella se llama el vestigio de la torre de Babel: se alza
allí con una extensión de un cuarto de milla en corapasse y una altura equivalente a la obra de piedra del campanario de St. Paul en
Londres. Fue construida con ladrillos cocidos, cementados y unidos con mortero
bituminoso, con el fin de que no presentara ninguna grieta. Los ladrillos miden
tres cuartos de yarda de longitud y un cuarto de grosor, y entre cada hilada de
ladrillos se colocaba una hilada de esteras hechas de cañas y hojas de palmera,
tan frescas como si se hubieran colocado en el último año.
«El otro
lugar digno de mención son las ruinas de la antigua Babilonia, ya que fue la
primera ciudad que se construyó tras el Diluvio… Esta ciudad se erigió a
orillas del río Éufrates, tal y como comprobamos de primera mano, tras pasar
más de dos días de viaje entre sus ruinas.
»Entre
los demás edificios majestuosos se encontraba el templo de Bel, erigido por
Semíramis en el centro de esta ciudad… Hay quien piensa que las ruinas de la
torre de Nimrod no son más que los cimientos de este templo de Bel, y que, por
ello, muchos viajeros se han dejado engañar, al suponer que han visto una parte
de aquella torre que construyó Nimrod. Pero, ¿quién puede decir si se trata de
una cosa o de otra? Puede ser que aquel caos confuso que vimos fueran las
ruinas de ambas, ya que el templo de Bel se erigió sobre el de Nimrod».
No faltan
indicios en este relato de que Cartwright conocía la descripción de Sherley, a
quien casi parece citar en la comparación con la catedral de San Pablo.
La visita
a Babilonia y Nínive se estaba convirtiendo ahora en un asunto tan
internacional como lo fue la observación de las ruinas de Persépolis poco
tiempo después. Gasparo Balbi, un veneciano; Alexander Hamilton, un inglés; y
don García de Silva y Figueroa, un español, siguieron poco después a
Cartwright, pero no avanzaron en sus investigaciones más allá de lo que ya
habían visto sus predecesores. Tras ellos llegó el gran viajero Pietro della Valle, al que ya se ha dedicado tanta atención en un
relato anterior sobre Persépolis. Cometió el mismo error de confundir Bagdad
con la antigua Babilonia, pero visitó Hillah, algo
que probablemente pocos de sus predecesores habían hecho. También visitó el
gran montículo cercano a Hillah, llamado «Babil» por
los nativos. Pietro della Valle creía que se trataba
de las ruinas de la Torre de Babel. Hizo que un artista realizara un boceto de
este montículo y de él recogió algunos ladrillos, que posteriormente se llevó a
Roma. Uno de ellos se lo regaló a Atanasio Kircher, el jesuita, quien escribió
un erudito tratado sobre la Torre de Babel. Kircher creía que este ladrillo
había formado parte de la Torre de Babel original, derribada por la mano de
Dios, un testigo silencioso de la gran época de la dispersión de las lenguas.
Lo colocó en su museo, donde aún se conserva. Probablemente se trate de la
primera antigüedad babilónica que llegó a Europa, por lo que siempre revistirá un gran interés. Aunque no era lo que Pietro della Valle y Kircher suponían, era, no obstante, un ladrillo
procedente del glorioso período de la historia babilónica, y que para el mundo
de las letras tenía un significado de enorme importancia. Era el presagio de
grandes cantidades de tablillas y ladrillos de construcción que pronto
llegarían desde aquella tierra. Mucho más allá de los sueños del estudioso
medieval de la Torre de Babel se encontraban este primer ladrillo y los que le
seguirían, para transmitir los pensamientos de los hombres.
Tras
estos hombres de mundo, otros dedicados a misiones religiosas recorrieron el
valle de un extremo a otro: agustinos, jesuitas, carmelitas y franciscanos—,
algunos de los cuales visitaron los yacimientos cubiertos de ruinas, mientras
que otros se contentaron con relatar lo que habían oído. En general, les
impresionaba la idea de encontrarse en tierras donde Dios había manifestado de
manera notable su descontento con los hijos de los hombres, pero ninguno de
ellos parece haber sentido ningún impulso de imaginación ante el recuerdo de
las grandes hazañas de la historia humana que allí se habían llevado a cabo.
Naturalmente, no sabían más del significado de los montículos que quienes les
habían precedido.
Así llegó
el final del siglo XVII, y nadie sabía más de la historia de Babilonia ilón ni de Nínive de lo que se podía deducir de las páginas
de los griegos o los latinos, o de las conmovedoras palabras del Antiguo
Testamento. La época del viajero que iba y veía, y nada más, estaba ya a punto
de terminar, y la era del explorador científico se acercaba a pasos
agigantados. Antes de que los hombres se sintieran impulsados a desenterrar
esos grandes montículos, había que despertar su interés por ellos, y eso es lo
que el viajero había logrado en cierta medida. Había llegado la era del
explorador y del descifrador, y el avivamiento intelectual de la época se
manifestaba en un estudio exhaustivo de los montículos de Nínive y Babilonia.
EXPLORACIONES
EN ASIRIA Y BABILONIA,
1734-1820
El hombre
que inició la nueva era de la exploración no era él mismo un explorador, ni lo
eran varios de sus sucesores inmediatos. Era, sin embargo, un hombre de
espíritu científico, y en eso se diferenciaba de quienes le habían precedido.
No buscaba maravillas, ni indagaba ansiosamente por pruebas de extraños
acontecimientos ocurridos en tiempos oscuros. Era un estudioso de la geografía
y la historia, y se adentró en Oriente con el encargo específico de
estudiarlas. Jean Otter, miembro de la Academia Francesa de Inscripciones y
Bellas Letras, y posteriormente profesor de árabe en el Collège de France, pasó diez años en Asia occidental, enviado allí con fines de estudio
por el conde de Maurepas. Su descripción de la ciudad
de Nínive es, en efecto, muy diferente de todas las que la precedieron. Su tono
crítico, de separar lo falso de lo verdadero, es el tono de la nueva era que
acababa de comenzar:
«Abulfeda
[el geógrafo árabe] afirma que Nínive se encontraba en la orilla oriental del
Tigris, frente a la actual Mosul; o bien se equivocó, o bien los habitantes de
la región están muy equivocados, pues estos últimos sitúan Nínive en la orilla
occidental del Tigris, en el lugar que llaman Eski -Mosul. Si intentamos
conciliar ambas opiniones suponiendo que Nínive se construyó a ambos lados del
río, no se gana nada, pues Eski-Mosul se encuentra siete u ocho leguas más
arriba por el curso del río. Hay un punto que parece favorecer la creencia de
Abulfeda, y es que, frente a Mosul, hay un lugar llamado Tell-i-Toubah —es decir, la Colina del Arrepentimiento—, donde, según se dice, los ninivitas
se cubrían de cilicio y cenizas para apartar la ira de Dios».
Otter
también visitó los montículos de Hillah y, gracias a
un mejor conocimiento de los geógrafos árabes que cualquiera de sus
predecesores, situó la antigua ciudad de Babilonia cerca de Hillah.
Ni siquiera él logró determinar la ubicación exacta de la ciudad, pero el
emplazamiento quedó casi establecido. Un erudito con formación científica, como
era Otter, no la había encontrado, pero al menos las ideas de la gente se
habían alejado de la identificación con Bagdad.
Después
de Otter, la tierra de Babilonia recibió la visita de un misionero carmelita,
el padre Emmanuel de Saint Albert. Este vio las ruinas de Hillah y elaboró un informe muy importante al respecto para el duque de Orleans. Su
relato no se publicó, pero, en forma de manuscrito, llegó a manos de D’Anville,
quien presentó ante la Academia de Inscripciones de París una ponencia sobre el
emplazamiento de Babilonia. Esta ponencia se basaba, en sus partes concluyentes,
en la descripción del sur de Babilonia ofrecida por Pietro della Valle y, especialmente, en la que ahora ofrecía el misionero carmelita. Las
palabras de este último difieren en aspectos importantes de las descripciones
de cualquier viajero que le hubiera precedido. Dice:
«Antes
de llegar a Hillah se divisa una colina formada por
las ruinas de algún gran edificio. Puede tener entre dos y tres millas de
circunferencia. Me llevé de allí algunos ladrillos cuadrados, en los que había
inscripciones en unos caracteres desconocidos. Frente a esta colina, y a dos
leguas de distancia, se divisa otra colina similar, situada entre dos tramos
del río a igual distancia... Nos dirigimos a la colina opuesta, que ya he
mencionado; esta se encuentra en Arabia, a aproximadamente una hora de distancia
del Éufrates, y la otra está en Mesopotamia, a la misma distancia del Éufrates,
y ambas exactamente una frente a la otra. Me pareció
muy
parecida a la otra, y me llevé algunos ladrillos cuadrados, que tenían las
mismas marcas que los mencionados anteriormente. En esta colina observé un
fragmento de muro grueso, que aún se mantenía en pie en la cima y que, desde la
distancia, parecía una gran torre. Junto a él yacía volcada una masa similar; y
el cemento era tan sólido que resultaba totalmente imposible separar un
ladrillo entero. Ambas masas parecían haber sido vitrificadas, lo que me llevó
a concluir que estas ruinas eran de la más antigua antigüedad. Muchas personas
insisten en que esta última colina son los restos de la verdadera Babilonia;
pero no sé qué pensarán de la otra, que está enfrente y es exactamente igual
que esta. La gente del lugar me contó mil historias absurdas sobre estos dos
montículos; y los judíos llaman a este último «la prisión de Nabucodonosor».
A
diferencia de los viajeros que le habían precedido, a este misionero no le
importaba lo más mínimo lo maravilloso, y no daba crédito a las historias de
los nativos. Sin embargo, había descrito estas ruinas de forma tan completa y
precisa que el trabajo de D’Anville resultó relativamente fácil. Decidió que
aquella era realmente Babilonia, y que Bagdad no era su representante moderno.
La conclusión final de D’Anville es interesante y
abre una nueva era en el estudio de esta parte de Oriente:
«Los
caracteres escritos que, como dice el padre Emmanuel en su informe, están
grabados en los ladrillos que quedan de edificios tan antiguos que podrían
haber formado parte de la Babilonia original, constituirían para los estudiosos
que deseen adentrarse en la antigüedad más remota un tema de reflexión y
estudio totalmente nuevo. «
Estas
palabras fueron escritas en 1755, en pleno siglo XVIII. Muestran cómo el
estudio de la ciudad de Babilonia iba a la zaga de la investigación sobre las
ciudades de Persia. Precisamente en esa época, como ya hemos visto, Europa se
agitaba con interés por la gran dinastía aqueménida, y no solo se conocía bien
el emplazamiento de Persépolis, sino que sus inscripciones se habían copiado en
varias ocasiones y se intentaba con entusiasmo descifrarlas. Aún no había
llegado el momento de pasar del estudio de Persépolis al de Babilonia, pero esa
hora se acercaba rápidamente. El padre Emmanuel y su hábil intérprete ante la
Academia habían contribuido en gran medida a acortar ese plazo.
En
diciembre de 1765, Carsten Niebuhr, cuyo nombre ya ha ocupado un lugar
destacado en esta historia en relación con las ruinas de Persépolis, visitó Hillah. Estaba absolutamente convencido de que aquellas
ruinas pertenecían a la ciudad de Babilonia. Le impresionaron profundamente su
enorme tamaño, pero aún más por las pruebas de un elevado grado de civilización
que estas indicaban. Encontró, esparcidos por el suelo y alrededor de los
grandes montículos, numerosos ladrillos cubiertos de inscripciones. Niebuhr no
pudo leer ni una sola línea de ellas, y ningún hombre vivo habría podido
hacerlo; pero que existían, y que la escritura era la de los antiguos
babilonios, era ya bien sabido en Europa. Europa, sin embargo, no había logrado
comprender en absoluto el significado de estos importantes hechos. Europa creía
que un pueblo que solo podía escribir sobre arcilla debía de haber sido, sin
duda, un pueblo con un bajo nivel de civilización y que debía de haber poseído
una literatura muy escasa. Niebuhr cita estas palabras de Bryant, que eran
bastante representativas de la opinión general que se tenía en Europa: «No
puedo evitar formarme una opinión sobre la cultura de un pueblo a partir de los
materiales con los que se desarrolla y se lleva a cabo, y creo que la literatura
debía de haber sido muy escasa, o inexistente, allí donde se aplicaban los
medios antes mencionados». A Niebuhr ese razonamiento le parecía una locura. En
su opinión, la presencia de esos ladrillos inscritos era prueba de un nivel de
civilización muy elevado. Lamentó no poder permanecer más tiempo en el
yacimiento para estudiar más a fondo sus ruinas, y pidió encarecidamente que
otros continuaran la labor que él había tenido que dejar inconclusa.
Niebuhr
también visitó los montículos cerca del Tigris y frente a la ciudad de Mosul.
También aquí fue tan claro y convincente en su razonamiento como lo había sido
en Hillah. Identificó sin dificultad el emplazamiento
de Nínive, pero parece que le impresionó mucho menos que la más antigua y
grandiosa ciudad madre de Babilonia.
La
esperanza y el deseo de Niebuhr de que otros le siguieran pronto para continuar
las investigaciones en Babilonia se vieron pronto satisfechos. El 6 de julio de
1781, M. de Beauchamp zarpó de Marsella para llevar a cabo observaciones
astronómicas en Bagdad y realizar estudios históricos y geográficos en los
alrededores. Visitó Hillah y contribuyó aún más a su
localización exacta. Su conocimiento de las lenguas y de la arqueología, tanto
del pasado como presente de Oriente no estaban a la altura de los de Niebuhr,
por lo que cometió curiosos errores en cuanto a los nombres que los árabes
habían dado a ciertas partes de los montículos; sin embargo, supuso un nuevo
paso adelante. El montículo que los viajeros conocían desde hacía tiempo como
el montículo de Babel lo designó ahora con el nombre de Makloube.
Por primera vez llamó la atención sobre un segundo montículo cercano al
primero, que considera el emplazamiento de Babilonia; se trata del montículo
llamado El-Kasr por los árabes.
Sobre el
montículo de Hillah dice: «Aquí se hallan esos
ladrillos grandes y gruesos, impresos con caracteres desconocidos, cuyos
ejemplares he entregado al abate Bartholomy… El maestro albañil encargado de
excavar en busca de ladrillos me informó de que los lugares de donde los
obtenía eran muros grandes y gruesos y, a veces, cámaras. Ha encontrado con
frecuencia vasijas de barro, mármoles grabados y, hace unos ocho años, una
estatua de tamaño natural, que arrojó entre los escombros. En una pared de una
cámara encontró las figuras de una vaca, del sol y de la luna, formadas con
ladrillos barnizados. Se han hallado algunos ídolos de arcilla que representan
figuras humanas. Encontré un ladrillo en el que había un león y, en otros, una
media luna en relieve. Los ladrillos están unidos con betún, salvo en un lugar,
que está bien conservado, donde están unidos por una capa muy fina de cemento
blanco, que parece estar hecho de cal y arena».
«La
mayoría de los ladrillos hallados en Makloube tienen
inscripciones; pero no parece que estuvieran pensadas para ser leídas, pues son
tan comunes en los ladrillos enterrados en las paredes como en los que están en
el exterior...
«El
maestro albañil me condujo por un valle que él mismo excavó hace mucho tiempo
para acceder a los ladrillos de un muro que, a juzgar por las marcas que me
mostró, supongo que tenía sesenta pies de grosor. Discurría perpendicularmente
al lecho del río y probablemente era la muralla de la ciudad. Encontré en ella
un canal subterráneo que, en lugar de estar abovedado, está cubierto con piezas
de arenisca de seis o siete pies de largo por tres pies de ancho. Estas ruinas
se extienden varias leguas al norte de Hella y marcan de forma incontestable la
ubicación de la antigua Babilonia…
«Además
de los ladrillos con inscripciones, que ya he mencionado, hay cilindros
macizos, de tres pulgadas de diámetro, de una sustancia blanca, cubiertos de
una escritura muy pequeña, parecida a las inscripciones de Persépolis
mencionadas por Chardin. Hace cuatro años vi uno; pero no me apresuré a
conseguirlo, ya que me aseguraron que eran muy comunes. Se lo comenté al
maestro albañil, quien me dijo que a veces encontraba algunos, pero que los
dejaba entre los escombros por considerarlos inútiles. También se encuentran
piedras negras con inscripciones grabadas también se encuentran».
En estas
descripciones y relatos del erudito e inquisitivo abate se encuentran las
primeras noticias de excavaciones y los primeros relatos del hallazgo de
inscripciones más allá de los simples ladrillos de construcción estampados con
nombres y títulos de reyes. Estos se habían visto a menudo antes y varios
habían sido llevados a Europa. El período de descripción de los túmulos ha
llegado ahora a su fin y el período de excavación ha comenzado de pleno. Estas
pequeñas inscripciones que al principio despertaron tan escaso interés en el
abate Beauchamp pronto serían buscadas con avidez con pico y pala. Luego
vendría el esfuerzo por descifrarlas y, más tarde, el conocimiento completo de
la historia pasada del gran valle. Una observación del abate reviste gran importancia
en esta historia. Los cilindros, dice, estaban «cubiertos de una escritura muy
pequeña, parecida a las inscripciones de Persépolis mencionadas por Chardin».
Esto señalaba, como por instinto profético, la línea exacta que se seguiría
para el desciframiento de la literatura de Babilonia.
El
conocimiento definitivo de la ubicación de Nínive, tal y como el abate
Beauchamp había logrado con la de Babilonia, lo obtuvo poco después un médico
francés, Guillaume A. Olivier, que fue enviado a Oriente con el objetivo
principal de realizar estudios científicos. No poseía los mismos conocimientos
sobre el mundo antiguo que el abate y, por lo tanto, no logró aportar ninguna
contribución independiente al avance del conocimiento sobre Nínive. Sus
referencias a la ciudad son bastante escasas y no parece haber visto ninguna
inscripción. En aquella época, el conocimiento de la antigua Babilonia superaba
con creces el de Nínive. No obstante, conviene señalar que ya se habían
descubierto ambos yacimientos y que en Babilonia se habían iniciado
excavaciones a muy pequeña escala. Es cierto que estas excavaciones se llevaron
a cabo principalmente para obtener material de construcción destinado a la
edificación de viviendas para los habitantes de los alrededores. Sin embargo,
de forma incidental se encontraron inscripciones, que se reconocieron como
textos del antiguo pueblo de Babilonia. Las palabras de Beauchamp causaron una
gran impresión en Europa y fueron objeto de gran debate. Especialmente en
Inglaterra, despertaron en muchos un ferviente deseo de contemplar estas
inscripciones —los libros de los babilonios— y de intentar descifrarlas. Tan
pronto como este deseo se concretara, era seguro que daría lugar a un intento
de adquirir algunas de ellas para un museo inglés. La primera iniciativa en
este sentido la tomó la Compañía de las Indias Orientales de Londres, que, el
18 de octubre de 1797, envió una carta al gobernador de Bombay ordenándole que
diera instrucciones al residente de la compañía en Busora para que se buscaran algunos de esos ladrillos con inscripciones. A
continuación, debía hacer que se embalaran cuidadosamente y se enviaran lo
antes posible a Londres. A principios de 1801 llegó la primera caja a la East
India House de Londres. Estas inscripciones eran las primeras que habían
llegado a Londres. Es cierto, en efecto, que nadie podía leerlas. Sin embargo,
se erigían como monumentos silenciosos del pasado, y su mera presencia en
Londres impulsaba a los hombres a intentar descifrarlas. También se había
señalado su parecido con las inscripciones de Persépolis, y de ello ya no cabía
duda. En aquel momento se estaba llevando a cabo el trabajo que dio lugar a la
lectura del persa antiguo. Ahora había inscripciones en babilonio antiguo, y
también debían leerse.
Por fin
había entusiasmo e interés real por Babilonia. Este interés general se centró
en un notable libro de Joseph Hager, que fue el resultado directo de su examen
de las inscripciones babilónicas que se encontraban entonces en la Casa de las
Indias Orientales. El pequeño libro de Hager fue trascendental tanto por sus
sugerencias como por sus conclusiones. En unas pocas páginas repasó la historia
de las observaciones realizadas en Babilonia y, a continuación, relacionó las
piedras con inscripciones allí halladas con las inscripciones de Persépolis.
Sus afirmaciones sobre estos puntos bien merecen ser repetidas:
«Es bien
sabido que, desde hace más de un siglo —época en la que los viajeros europeos
descubrieron por primera vez las inscripciones de Persépolis—, las opiniones
han estado muy divididas con respecto a estos caracteres. Algunos han creído
que eran talismanes, y otros que eran los caracteres de los guebres,
o antiguos habitantes de Persia; otros los consideraban meros jeroglíficos, y
otros, caracteres alfabéticos, como los nuestros. KAEMPFER supuso que
expresaban ideas completas, al igual que los caracteres chinos, pero que se
habían reservado exclusivamente para el palacio de Istakhar...
«Gracias
a los ladrillos babilónicos aquí expuestos, se resuelve toda la dificultad
relativa a su origen; pues es evidente que Babilonia, en cuanto a civilización,
era mucho más antigua que Persépolis, y que los caldeos eran un pueblo célebre
cuando el nombre de los persas apenas se conocía».
Hay que
recordar que este librito de Hager se escribió antes de que se hubieran
descifrado en absoluto las inscripciones de Persépolis, lo que hace aún más
notables las generalizaciones de este hombre dotado, que parecía prever las
mismas conclusiones a las que llegarían los hombres cuando tanto las
inscripciones de Persépolis como estos nuevos textos fueran finalmente
descifrados. Hager llegó incluso más allá de estas deducciones al resumir sus
conclusiones al final de su volumen, pues allí afirmó que incluso los asirios
debían de haber utilizado el mismo método de escritura —y esto antes incluso de
haber visto una sola inscripción asiria de ningún tipo.
El
librito de Hager tuvo una influencia desproporcionada en relación con su
tamaño. Los grandes tomos de muchos viajeros no habían logrado suscitar más que
un interés pasajero. Su libro se tradujo pronto al alemán y causó una gran
impresión en Grotefend, que por entonces estaba profundamente absorto en sus
esfuerzos por descifrar los registros de los reyes aqueménidas. En su versión
inglesa se dio a conocer en Francia, donde inspiró al arqueólogo A. L. Millin a
publicar en facsímil una pequeña piedra con inscripción que el botánico Michaux
había traído varios años antes de las cercanías de Bagdad a París. El artículo
de Millin calificaba esta pequeña inscripción de «monumento de Persépolis»,
aunque sus propias afirmaciones demuestran que no procedía de Persépolis, sino
de Babilonia. Su copia de esta hermosa y pequeña inscripción se sumó a la
creciente lista de objetos que despertaban en la gente la creencia de que bajo
los montículos de Hillah y sus alrededores debían
yacer enterrados grandes tesoros de monumentos del pasado de Babilonia.
Mientras
aparecían estas publicaciones, y mientras la gente seguía examinando con
curiosidad las inscripciones de la Casa de las Indias Orientales, un hombre se
preparaba para una obra que demostraría la veracidad de esas esperanzas y
asombraría al mundo con descubrimientos insospechados.
Claudius
James Rich, que había nacido en Dijon, Francia, en 1787, pero pasó su infancia
en Bristol, Inglaterra, donde recibió su primera educación, se trasladó muy
joven a Bombay al servicio de la Compañía de las Indias Orientales. Dotado de
un extraordinario amor por las lenguas y de una facilidad especial para
aprenderlas, allí se familiarizó con el latín y el griego, y especialmente con
el hebreo, arameo, el persa, el árabe e incluso, en cierta medida, el chino.
Más tarde, gracias a afortunadas circunstancias, tuvo la oportunidad de
continuar sus estudios orientales en Constantinopla y Esmirna, y posteriormente
en Egipto; mientras que una estancia en Italia le permitió dominar la lengua de
aquel pueblo. Antes de cumplir los veinticuatro años ya había sido nombrado
residente de la Compañía de las Indias Orientales en Bagdad. Aunque
probablemente no se hubiera estado preparando conscientemente para este puesto
en concreto, todo lo que había aprendido y gran parte de lo que había vivido le
resultaron ahora de gran utilidad. Al principio de su estancia en Bagdad parece
que lo que más le interesaba era la propia ciudad y sus alrededores más
cercanos, y comenzó a recopilar material para una historia de su pachalato. En 1811, sin embargo, algo le llevó a visitar
las ruinas de la antigua Babilonia, y de inmediato se despertó en él una nueva
pasión. El 10 de diciembre de 1811 vio por primera vez los grandes montículos,
a los que ahora iba a dedicar tanta energía y entusiasmo. Sus primeras
impresiones fueron claramente decepcionantes. Cuando pudo aprovechar la primera
oportunidad para plasmarlas por escrito, dijo:
«Por los
relatos de los viajeros modernos, esperaba haber encontrado en el yacimiento de
Babilonia más, y menos, de lo que realmente encontré. Menos, porque no podía
imaginarme la prodigiosa extensión de las ruinas en su conjunto, ni el tamaño,
la solidez y el perfecto estado de algunas de sus partes concretas; y más,
porque pensaba que habría distinguido algunos vestigios, por imperfectos que
fueran, de muchas de las principales estructuras de Babilonia. Me imaginaba que
habría podido decir: «Aquí estaban las murallas, y tal debía de ser la
extensión del recinto. Allí se alzaba el palacio, y esta era sin duda alguna la
torre de Belus». Me equivoqué por completo; en lugar de unos pocos montículos
aislados, encontré toda la superficie del terreno cubierta de vestigios de
construcciones; en algunos lugares consistían en muros de ladrillo
sorprendentemente bien conservados, en otros simplemente en una vasta sucesión
de montículos de escombros de formas, variedad y extensión tan indeterminadas
que sumirían en una confusión y contradicción inextricables a cualquiera que
intentara formular una teoría».
Esta
primera visita de Rich a Babilonia fue breve, pues ya estaba de vuelta en
Bagdad el 21 de diciembre. En ese corto tiempo, sin embargo, había
cartografiado todos los montículos y los había localizado correctamente
mediante observaciones astronómicas. También examinó los montículos excavando
en varios puntos, lo que las siguientes palabras pueden describir
suficientemente:
«Fui con
diez hombres, provistos de picos y palas, para realizar experimentos en el Mujelibe; excavaron en los montículos de la parte superior
y encontraron capas de ladrillos cocidos, con inscripciones colocadas en
mortero. Parece que una especie de parapeto de ladrillos sin cocer rodeaba el
conjunto. En la cara occidental, los ladrillos de barro no solo estaban
colocados sobre juncos, sino que se mezclaban con ellos. En la cara norte,
donde también se conserva una parte en pie, los ladrillos no están mezclados
con juncos, sino que solo se colocaron sobre capas de estos; aquí encontré
algunas vigas de palmera datilera, de las que me llevé algunos ejemplares. La
parte del muro de barro que se mantiene en pie en la fachada oeste no es
gruesa; la del lado norte lo es más, pero ninguna de ellas tiene un grosor
considerable. En la fachada norte, la altura de todo el montículo hasta la
parte superior del parapeto es de 132 pies. El ángulo sureste es más alto».
De estos
muros extrajo muestras de los ladrillos de construcción con inscripciones y,
asimismo, cuando fue posible, compró a los habitantes diversas inscripciones
más pequeñas, que más tarde pasarían a formar parte de los tesoros del Museo
Británico. El trabajo de Rich en aquel momento parecía escaso en cuanto a
volumen, pero fue el primer estudio serio de todos los montículos y ha
constituido, desde entonces hasta hoy, la base de todos los exámenes
posteriores de los mismos. Su trabajo se había realizado con tal esmero que,
tras un conocimiento posterior , a modificar sus conclusiones solo ligeramente.
Su primer informe se publicó, por extraño que parezca, en Viena, pero se leyó y
debatió con gran interés en Londres. Aunque estaba libre de teorizaciones, suscitó,
no obstante, una reseña y una crítica del mayor Rennell, quien argumentó que
Rich no había tenido debidamente en cuenta las alusiones de los historiadores y
geógrafos clásicos y que, por lo tanto, había identificado erróneamente algunas
ruinas. El artículo de Rennell llevó a Rich a visitar de nuevo las ruinas, para
verificar o corregir sus primeras afirmaciones. En su segunda visita encontró
algunos aspectos que corregir, pero, en general, confirmó y consolidó sus
conclusiones anteriores. Los resultados de esta visita se plasmaron por escrito
en Bagdad en el mes de julio de 1817 y, al igual que la primera publicación de
Rich, impulsaron de manera muy clara la investigación sobre la antigua ciudad.
Rich ya
había logrado lo suficiente para alcanzar la fama, pero aún iba a aportar mucho
más a los estudios orientales, no, en realidad, en Babilonia, sino en el otro
centro principal, la ciudad de Nínive. En abril de 1820 partió de Bagdad para
escapar de su calor mediante un viaje por el Kurdistán, lo que dio lugar a
valiosos resultados en la geografía de una tierra que por entonces apenas había
sido visitada por los europeos. En este viaje, el señor Rich llegó a Mosul el
31 de octubre de 1820 y allí pasó cuatro meses. La experiencia adquirida en su
trabajo en Babilonia se aprovechó ahora de manera espléndida. Visitó y dibujó,
con planos, cada uno de los grandes montículos que podían considerarse parte de
la antigua ciudad de Nínive. El primero de estos montículos en ser explorado
fue el conocido entre los nativos como Neby Yunus,
porque se suponía que contenía la tumba del profeta Jonás. Allí descubrió que
incluso un examen superficial con la pala revelaba inscripciones, y los nativos
le mostraron algunas que habían encontrado. Estaban estaban escritas en caracteres cuneiformes, que Rich, por supuesto, no podía leer, pero
algunas se conservaron para el Museo Británico, donde su influencia pronto se
haría notar. Desde Neby Yunus, Rich trasladó sus
investigaciones a Kuyunjik, donde inspeccionó el
montículo, trazó un plano del mismo, y conversó con los lugareños, de quienes
apenas averiguó que la mayoría de las inscripciones se habían hallado en Neby Yunus.
Tras las
investigaciones en estos dos túmulos, Rich descendió por el río y estudió el
túmulo de Nimrud, donde, según los lugareños, yace enterrado Nimrod. En cada
pueblo árabe que visitó, Rich encontró inscripciones en escritura cuneiforme.
Adquirió para su colección algunas que eran lo suficientemente pequeñas como
para transportarlas fácilmente. Muchas, sin embargo, de carácter monumental,
talladas en piedras que los árabes habían utilizado para construir sus
miserables chozas. Rich no parece haber encontrado oposición alguna entre los
lugareños a su estudio de los montículos, pero sí se topó con diversas
sospechas hacia su persona y sus motivos entre los más ignorantes de ellos. En
uno de sus recorridos por Mosul, se oyó por casualidad el comentario de que
probablemente estaba buscando un lugar adecuado para colocar cañones y tomar la
ciudad. La codicia y el miedo que hacían miserable la vida de los exploradores
posteriores no le preocupaban, en parte porque conocía, por su larga
convivencia, el carácter de los nativos y, por tanto, no hería innecesariamente
sus sensibilidades, y en parte porque no excavaba el suelo, como era necesario
en el trabajo de sus sucesores.
Las
inscripciones que Rich había recabado llegaron pronto a Londres, donde
constituyeron el núcleo de las grandes colecciones asirias y babilónicas del
Museo Británico. Demostraron a primera vista que la audaz conjetura de Hager
era correcta. Estaban escritas, en efecto, con el mismo tipo de caracteres que
los que se habían enviado a Londres desde las ruinas de Babilonia. Ese hecho
por sí solo fue de tal importancia que distinguió toda la labor de Rich en
Nínive. Había sentado las bases para todo el trabajo futuro en aquella ciudad,
tal y como había hecho anteriormente en Babilonia. Sus planos y dibujos debían
ser utilizados por quienquiera que retomara la labor a continuación.
A todo
este trabajo en Babilonia y en Nínive, Rich añadiría una labor fructífera en
Persépolis, que visitó en agosto de 1821. Su llegada a la ciudad quedó descrita
de forma gráfica con estas palabras:
«Ya era
de noche cuando cruzamos el puente del Araks. Mi expectación era enorme.
Chardin, cuando yo no era más que un niño, me había inspirado un gran deseo de
ver estas ruinas, y los deseos que se despiertan en nosotros durante la
infancia son demasiado vívidos como para borrarse jamás. Su satisfacción tiene
un sabor que los motivos sugeridos por la razón y el juicio son incapaces de
igualar posteriormente. Sin embargo, mis recientes investigaciones como
anticuario también habían sumado su interés a mis otros motivos; y mientras
cabalgaba por la llanura bajo la hermosa luz de las estrellas, innumerables
reflexiones sobre los grandes acontecimientos que habían tenido lugar allí se
agolpaban en mi memoria. Me encontraba en el momento de disfrutar de lo que tanto
tiempo había esperado; ¡y qué momento tan delicioso es ese! Por fin, la cima
puntiaguda comenzó a destacar de la línea de las montañas hacia las que
avanzábamos. El señor Tod me la señaló: «Debajo de eso yacen las ruinas». En
ese momento, la luna se alzó con una belleza inusitada detrás de ella. Me
pareció como si siglos enteros se presentaran de golpe ante mi imaginación».
Aquí, en
Persépolis, realizó copias más exactas de las inscripciones que ya habían sido
objeto de tanto debate en Europa, y sus copias resultaron ser de gran valor
para quienes se dedicarían a la crítica y al perfeccionamiento de la obra de
Grotefend. De regreso a Bagdad tras esta visita a Persépolis, Rich murió de
cólera en Shiraz, mientras atendía valientemente a otros que padecían la
enfermedad. El hombre que tanto había hecho por el estudio del mundo antiguo
murió ahora como un héroe, prestando el servicio más humilde a los más pobres
de la humanidad.
El
impulso que Claudius James Rich dio al estudio de Babilonia y Asiria nunca ha
perdido su efecto. Otros habían hecho mucho, es cierto, para despertar el
interés, y el propio testimonio de Rich, citado anteriormente, demuestra que
Chardin lo había hecho por él; otros más habían realizado observaciones de
valor perdurable, mientras que unos muy pocos habían determinado con precisión
yacimientos antiguos, haciendo así posible su trabajo. Todas estas cosas, y
más, las había logrado Rich. Ninguno de los que le precedieron le superó en
poder inspirador, pues incluso su Diario, destinado únicamente a servir de base
para futuros escritos minuciosos, lo poseía, y nadie le igualó en la
recopilación de información concreta sobre las ruinas tanto de Nínive como de Babilonia.
Su
influencia estimulante y enriquecedora obró maravillas en sus sucesores
inmediatos.
Mientras
Rich aún vivía en Bagdad, rodeado de un gran séquito de sirvientes y soldados,
en el estado casi regio que entonces se consideraba necesario para intimidar a
los nativos impresionables, recibió la visita de un compatriota, Sir Robert Ker
Porter. Era el 14 de octubre de 1818, y Rich, como hemos visto, ya había
llevado a cabo sus investigaciones en Babilonia y las había publicado en
Europa. Era natural que las comentara con este recién llegado. Porter ya había
visitado Persépolis y, al copiar las inscripciones, había añadido su nombre a
la larga y digna lista de quienes habían hecho posible la obra de Grotefend. De
todos los que habían estado hasta entonces en Babilonia, ninguno estaba dotado
de la misma manera que este nuevo visitante. Otros poseían mayor experiencia en
viajes, aunque incluso en este aspecto la suya no era poca. Otros contaban con
mejores conocimientos científicos en topografía y en el dominio de las lenguas
orientales. En estos aspectos, Porter estaba muy por detrás de Rich y de los anteriores
viajeros. Pero Porter era un artista, un artista que se había hecho famoso en
Inglaterra gracias a numerosos lienzos que representaban la gloria de
Inglaterra en la guerra, y la historia de su pueblo en la Iglesia y el Estado.
A ello añadía la distinción única de haber sido pintor de la corte en San
Petersburgo. Un hombre de talento, si no incluso un
genio, un hombre con gran influencia social en Gran Bretaña y en Rusia, donde
había entrado en los círculos más elevados e incluso se había casado con una
princesa rusa: tal era Sir Robert Ker Porter. Su destreza como pintor le
capacitaba admirablemente para dibujar las ruinas de Babilonia, y su ojo
entrenado estaba preparado para observar la configuración del terreno y las
condiciones externas del entorno moderno de los yacimientos antiguos. Había
adquirido experiencia en la transcripción de textos en Persépolis, y ahora
podía transcribir en Babilonia con mayor seguridad. Tenía un don para las
descripciones impactantes con las palabras, y su pincel añadía viveza a su
pluma. Rich le prestó su ayuda de buen grado, y el secretario de Rich, Bellino
—admirablemente preparado—, le acompañó a las ruinas de Hillah.
Aunque a Porter le faltaban muchas cosas, sus observaciones resultaron útiles y
sirvieron de gran ayuda para orientar a investigadores posteriores dedicados a
trabajos específicos. A su regreso, el relato de sus viajes se publicó con gran
esplendor, bellamente ilustrado por su propio pincel. El voluminoso libro fue
recibido con gran éxito en Inglaterra y, al parecer, también en el continente.
Un hombre con mayor bagaje científico, pero con menos influencia social, podría
haber escrito una obra de mayor valor científico que, sin embargo, habría
fracasado por completo a la hora de ejercer influencia en su época. La obra de
Porter, en cambio, ofrecía el complemento necesario a la de Rich. Rich había
escrito muy poco, en realidad, y lo que escribió se centraba en detalles y, en
ocasiones, resultaba muy árido. Además, no se publicó en su forma completa hasta
después de la muerte del autor. Porter vio cómo se publicaba su propio libro y
escuchó los elogios del público. Por fin se ofrecía una descripción de
Babilonia tal y como era en aquel momento, debidamente entremezclada con citas
de observadores anteriores y respaldada por las palabras del Sr. Rich y del Sr.
Bellino. Aquí había imágenes de montículos, murallas en ruinas y ladrillos con
inscripciones, y aquí se expresaba la opinión de que aún no se habían explorado
por completo. ¡Qué mejor se podría haber hecho para la recuperación de
Babilonia en aquel momento que la publicación de un libro como este de Sir
Robert Ker Porter! Era imposible que su publicación no fuera seguida de un
resurgimiento del entusiasmo por el estudio de Oriente; o que sus páginas vívidas
e ilustradas no lograran despertar el asombro incluso del lector común, que tal
vez mañana se convirtiera él mismo en explorador o en mecenas de tales
actividades en otros. Al igual que el libro de Chardin había despertado el
entusiasmo juvenil de Rich y lo había llevado, en su temprana madurez, a los
escenarios que describía, este nuevo libro ejercería una influencia similar
sobre otros. Aunque sus aportaciones científicas no pueden compararse con las
de Rich, su influencia popular fue enorme, y debe situarse entre las más
importantes de todas las que contribuyeron al descubrimiento de Nínive y
Babilonia.
Con la
obra de Sir Robert Ker Porter se cierra otro período de exploración en
Babilonia y en Asiria. El progreso había sido, en efecto, muy lento. Toda la
historia es un relato descriptivo, que en ocasiones se eleva a la medición y el
levantamiento topográfico, y muy raramente a la cima del descubrimiento
efectivo de monumentos con inscripciones. Pero todo ello constituía un trabajo
absolutamente indispensable. Era un trabajo de base, preparatorio y quizás poco
más. Sin embargo, representaba un claro paso adelante con respecto a los días
del crédulo buscador de maravillas. Era, además, una era de divulgación, y
antes de que los gobiernos o los pueblos, ya fuera en monarquías o en
democracias, se sumaran de todo corazón a costosas excavaciones, la gente debía
tener alguna esperanza de resultados interesantes, cierto entusiasmo por el
conocimiento de la historia pasada de la humanidad y cierto gusto por el
colorido de Oriente. También en la mayor de las democracias, convenía que el pueblo
llegara a creer que el estudio de los montículos de Babilonia y Nínive podría
aportar resultados valiosos para el estudio de su Biblia, pues el pueblo inglés
estaba entonces dispuesto a aportar mucho si había alguna promesa de tal
resultado. Esa garantía se expresó en numerosas cartas de Shirley a Rich, y
pronto quedó claro que el pueblo las había recibido. En Francia probablemente
había una menor difusión del conocimiento bíblico entre el pueblo; sin embargo,
de Francia darse el primer paso real que demostraría que la vacilación de
Inglaterra había sido imprudente. En Francia, lo que faltaba en interés y
entusiasmo populares se compensaba con el amor por el saber de unos pocos y con
la gran generosidad del gobierno, en una tierra donde los gobiernos siempre han
hecho maravillas en pro del saber. Pero la historia de esta gran obra pertenece
a la nueva era, la que ahora sigue al período cerrado por dos ingleses cuyos
nombres ocupan un lugar destacado en los anales: Claudius James Rich y Sir
Robert Ker Porter.
EXCAVACIONES
EN ASIRIA Y BABILONIA,
1843-1854
Al
período de exploración en Babilonia le siguió la era de las excavaciones, pero
la transición no fue tan rápida como cabría esperar. Toda la historia de los
avances fue lenta, y ahora se produjo una pausa antes de que se iniciara la
labor que realmente supuso el punto álgido. Pero esta pausa estuvo llena de
preparativos.
En 1823,
Julius Mohl llegó desde Tubinga, donde había obtenido el año anterior el título
de doctor, a París, para convertirse en discípulo del mayor arabista de la
época, Silvestre de Sacy, cuyo nombre ya ha aparecido
en la historia del desciframiento. En 1840, Mohl se convirtió en uno de los
secretarios de la Société Asiatique, lo que le
vinculó de forma permanente a la capital francesa. Aunque sus maestros le
habían enseñado los clásicos árabes más que los conocimientos del Oriente
antiguo, estaba, no obstante, lleno de un deseo de conocer su historia, su
lengua y su literatura. Aproximadamente en la época en que se produjo una pausa
en el avance de la exploración babilónica, Mohl visitó Londres y allí vio los
ladrillos babilónicos con inscripciones que la Compañía de las Indias
Orientales había reunido. Le invadió la convicción irrefutable de que esos
pequeños ladrillos eran la promesa de una inmensa literatura que yacía
enterrada, a la espera de la pala del excavador. Regresó a París para leer
sobre los túmulos de Babilonia y Asiria, y para reflexionar sobre los tesoros
incalculables que saldrían a la luz si se buscaran adecuadamente. Mohl no tuvo
oportunidad de viajar él mismo a Asiria o Babilonia para buscar esos monumentos
perdidos hace tiempo, pero pronto llegó el momento en que pudo animar a otra
persona a responder a esa llamada.
En 1842,
el Gobierno francés creó en Mosul un viceconsulado. El comercio francés con la
región no lo justificaba ni lo exigía, y la nueva iniciativa se puso en marcha,
en realidad, en interés del estudio arqueológico: para establecer en este
lugar, felizmente elegido, una misión arqueológica francesa. El hombre
seleccionado para ocupar el nuevo puesto era admirablemente idóneo para ello.
Paul Émile Botta tenía entonces tan solo treinta y siete años, con todo el
ardor de la juventud y la influencia estabilizadora de la experiencia del
mundo. Había prestado servicio como cónsul francés en Alejandría, y allí debió
de haber aprendido los métodos del estudio arqueológico, con los que los
franceses ya habían obtenido un éxito notable. Antes de que Botta partiera de
París hacia su nuevo destino, MOM le había inculcado firmemente en la mente que
ahora se le presentaba una gran oportunidad para excavar, y no solo para
describir, explorar y cartografiar los montículos situados frente a Mosul. El
trabajo preliminar de cartografiar y examinar estos montículos se había
realizado correctamente, y ya no se necesitaba nada más. Rich había hecho que
resultara totalmente innecesario que cualquiera de sus sucesores repitiera esa
labor. Ahora era deber de Botta excavar bajo la superficie de los montículos
tan a menudo descritos y determinar de una vez por todas si ocultaban algún
vestigio de la antigua ciudad de Nínive. Botta se dejó convencer y partió hacia
Mosul para ocupar su consulado el 25 de mayo de 1842. Aquel fue un día histórico
en los anales de los estudios asirios.
El
diplomático y arqueólogo francés, cuyo rostro mostraba las finas arrugas del
erudito más que los rasgos de un hombre de mundo, se encontró en un lugar poco
adecuado para alguien que había vivido en París, o incluso en la relativa
comodidad de Alejandría. Mosul era una ciudad pequeña y modesta, construida más
de barro que de piedra, situada en la orilla derecha u occidental del Tigris.
En otro tiempo había tenido un extenso comercio con Oriente, del que aún
conservaba algunos vestigios. A Botta parece que le importaban poco la ciudad y
sus fanáticos habitantes, y de no ser por los comentarios de Layard, sabríamos muy poco de cómo era en aquella época.
Las propias cartas de Botta apenas le dedican una mención de pasada. Cuando se
encontraba a orillas del Tigris, podía ver cómo el río Choser vertía sus aguas lentas y turbias en el gran río. La vista podía seguir el
curso del pequeño río a través de una llanura que se fundía con las montañas
del Kurdistán al este y al noreste. En esa llanura había unas pocas aldeas
miserables, hogar de un campesinado que temía más al recaudador de impuestos
que a la muerte. Sobre ellos ejercía su dominio el pachá de Mosul, un dominio
patriarcal solo en su severa autoridad. La tierra había albergado en otro
tiempo una vasta población; algo de lo que no cabía duda alguna según la
historia que dejaron los griegos, los romanos y los hebreos. Además de esas
aldeas miserables, lo más llamativo eran varios montículos enormes. Ya se
habían descrito en numerosas ocasiones, y Botta sabía perfectamente qué se
suponía que eran. Al recorrerlos con la mirada, el primero que le llamó la
atención se encontraba al sur del Choser, a su
derecha al mirar al otro lado del río. A simple vista, para un ojo inexperto
podría parecer simplemente una colina, una obra de la propia naturaleza, pero
la cima era demasiado plana y las laderas, anormalmente regulares y escarpadas.
En su cima se alzaba una mezquita, y alrededor de ella se agrupaban varias
casas humildes que formaban una pequeña aldea. El montículo se llamaba Neby Yunus —es decir, el profeta Jonás— y la mezquita
estaba dedicada a su honor y memoria. Debajo, en el interior del montículo,
yacían los huesos del profeta, según la tradición de los lugareños. Al mirar
más al norte, en la orilla opuesta del Choser, se
divisaba un montículo más grande llamado Kuyunjik,
donde también había algunas viviendas humanas. Este montículo era más grande
que el otro, y más allá de ambos se divisaba una línea elevada que parecía unir
estos dos montículos y que podría marcar los restos de una antigua línea de
muralla que los rodeaba a ambos. Más alejada del Tigris, sobre el terreno
elevado a lo largo del curso superior del Choser y a
unas catorce millas al noreste noreste de Mosul, se
encontraba otro montículo con una aldea llamada Khorsabad.
Otros montículos más pequeños estaban a la vista o se conocían por las
descripciones de los viajeros o de los residentes locales. Botta examinó el
terreno y dudó de por dónde empezar. Su primera experiencia desalentadora se
debió a un minucioso estudio de la propia ciudad de Mosul. Le habían hecho
creer que, al igual que las ciudades situadas en torno a las ruinas de
Babilonia se habían construido con ladrillos extraídos de los restos de la
antigua ciudad , encontraría en Mosul chozas construidas con ladrillos
procedentes de la ciudad antigua. Su plan, por tanto, consistía en recorrer
Mosul en busca de indicios de ladrillos de aspecto antiguo y, sobre todo, de
aquellos que tuvieran inscripciones en escritura cuneiforme. Así podría
determinar de qué montículo procedían. Para su gran sorpresa y consternación,
no encontró tales vestigios del pasado, por lo que se quedó sin esa pista sobre
el lugar adecuado para comenzar las excavaciones. Los montículos eran tan
grandes que desanimaban una búsqueda a ciegas, por lo que comenzó a preguntar a
los lugareños por cualquier hallazgo del que tuvieran noticia. Poco a poco, se
fueron sacando de sus escondites algunas piezas de piedra con inscripciones, y
se las compró a sus propietarios. La sorprendente noticia de que había llegado
a Mosul un hombre dispuesto a comprar piedras antiguas se difundió por todo el
país, y recibió numerosas ofertas de fragmentos de piedra y arcilla. Pero, a
pesar de toda esta publicidad de sus deseos, el número de antigüedades
ofrecidas fue muy inferior al que el viajero de paso había descrito en Bagdad o
en Hillah. Además, resultaba difícil averiguar de
dónde habían obtenido los nativos lo que le ofrecían, pues, naturalmente,
deseaban explotar esas minas para su propio beneficio y no permitir que el
franco descubriera su ubicación exacta. La propia opinión de Botta se fue
decantando poco a poco hacia la idea de que el montículo más prometedor era Neby Yunus, y consideró cuidadosamente la posibilidad de
excavar allí. Finalmente, se vio disuadido de este propósito por el incómodo
hecho de que una aldea ocupaba la mayor parte de la cima del montículo, lo que
haría casi imposible la excavación sin el derrumbe total y la ruina de las
miserables chozas. Además, había tumbas musulmanas en el montículo y, sobre
todo, ¿no estaba enterrado el propio Jonás bajo su superficie? Perturbar un
lugar tan sagrado significaría una revuelta entre los nativos que podría
incendiar toda la región con fanatismo. Por lo tanto, se abandonó este plan y
se eligió el montículo de Kuyunjik para los primeros
trabajos. En el borde occidental de este montículo, cerca del extremo sur, se
podían ver unos cuantos ladrillos grandes unidos con betún. Estos parecían
ofrecer la esperanza de que pertenecieran a algún edificio antiguo. Así pues,
Botta comenzó a excavar allí en diciembre de 1842. Sus fondos eran muy
limitados y solo pudo contratar a unos pocos obreros, cuyos lentos movimientos
prometían escasos resultados. Sin embargo, los obreros descubrieron algunos
fragmentos de bajorrelieves y trozos rotos de inscripciones en arcilla. El
trabajo se prolongó durante tres meses y de las pequeñas zanjas o pozos no
salió nada grande, valioso ni bello. Lo que se encontró fue, sin duda,
interesante, pues ofrecía una prueba fehaciente de que este montículo realmente
cubría uno o varios edificios antiguos. No obstante, resultaba desalentador
encontrar solo piezas rotas y no monumentos completos.
Mientras
se llevaban a cabo estos trabajos, los habitantes se agolpaban alrededor de las
zanjas y observaban con curiosidad el trabajo lento y minucioso. No sabían qué
significaba todo aquello, pero estaba perfectamente claro que aquel hombre
buscaba inscripciones, fueran cuales fueran. Cada pequeño fragmento hallado que
contuviera alguna de esas extrañas marcas en forma de cuña se numeraba
cuidadosamente y se apartaba. Uno de los curiosos, que vivía en Khorsabad, observó este procedimiento y, durante el primer
mes de las excavaciones, trajo desde Khorsabad dos
grandes ladrillos con inscripciones, que se ofreció a vender a Botta. Esto le
dio la pista de que quizá Khorsabad pudiera ser un
yacimiento más provechoso para las excavaciones. Sin embargo, aún albergaba
esperanzas de éxito en Kuyunjik y siguió trabajando.
Por fin, el 20 de marzo de 1843, su fe en este yacimiento se agotó y decidió
enviar a unos cuantos hombres a Khorsabad para
explorar el yacimiento de allí. Fue una decisión acertada. A los tres días le
llegaron noticias a Mosul de que ya se habían encontrado antigüedades e
inscripciones. Sin embargo, se mostró escéptico, temiendo que los registros
pudieran ser simples grafitis árabes de época posterior, y por ello no estaba
dispuesto a acudir él mismo, por miedo a que lo hallado resultara carecer de
valor. Envió a un sirviente con instrucciones de copiar algunas de las
inscripciones y luego informarle. La respuesta demostró sin lugar a dudas que
las antigüedades eran realmente asirias. Acto seguido, Botta se dirigió al
lugar para contemplar un espectáculo que le emocionó.
Sus
obreros habían dado con un muro antiguo muy bien conservado, no de una ciudad,
sino de un edificio. Lo habían seguido a lo largo y así habían descubierto una
gran sala, en la que yacían fragmentos de esculturas, calcinados por el fuego,
junto con varias inscripciones bien conservadas. El significado completo de
esta nueva sala no se determinó hasta mucho más tarde, pero Botta ya se hizo
una idea al asomarse a la tosca excavación. Creyó de inmediato que se trataba
de una sola sala, tal vez de un gran palacio, y demostró esa hipótesis de
inmediato ordenando que se perforaran pozos en varios puntos cercanos, de los
que salieron otros bajorrelieves, conservados casi a la perfección. En ellos,
sus ojos contemplaron un espectáculo que ningún hombre había visto desde que la
gran ciudad real cayera ante sus enemigos hacía más de dos mil cuatrocientos
años. Botta solo pudo permanecer un día en Khorsabad,
tras lo cual tuvo que regresar a Mosul para atender otros asuntos. Desde allí
escribió, el 5 de abril de 1843, una carta serena y digna al autor de su primer
entusiasmo, A. Mohl. Apenas hay una palabra de entusiasmo en la carta, pero
animó a Mohl a contribuir con su modesta fortuna y también le llevó a la
Academia de Inscripciones con la carta de Botta y los diagramas adjuntos.
Mientras tanto, las excavaciones avanzaban lentamente, aunque con cierta
oposición por parte del pachá. Un mes más tarde, una segunda carta, de mayor
importancia, movió al Gobierno francés a retomar su antigua línea de generosa
ayuda a la investigación arqueológica, y se pusieron a disposición de Botta
tres mil francos para nuevas investigaciones.
Con este
apoyo de Francia y animado por el siempre activo Mohl, el camino de Botta
parecía claro y su éxito, seguro. Sin embargo, se vio sometido a grandes
dificultades. El clima era peligroso y estuvo a punto de ser víctima de él. Los
nativos se mostraban recelosos en extremo y le obstaculizaban el trabajo a cada
paso. Algunos suponían que estaba excavando en busca de un tesoro enterrado y
que aquellas inscripciones que copiaba eran talismanes protectores de los que
obtendría la ubicación exacta del tesoro. Otros, en cambio, suponían que
buscaba antiguas escrituras de propiedad con las que demostrar que todas
aquellas tierras habían pertenecido a europeos, quienes, de este modo, podrían
reclamar su restitución. Estas y otras historias similares llegaron a oídos de
Mohammed Pasha, que por entonces gobernaba el pashalic de Mosul, y este fue adoptando progresivamente una política de opresión. En
primer lugar, puso guardias a cargo de los obreros de Botta, cuya tarea
consistía en confiscar cualquier pieza de metal que se encontrara y enviársela
a él, para que pudiera examinarla minuciosamente y determinar si era oro. Esto
causaba tan pocas molestias a Botta que apenas merecía la pena, y pronto se vio
obligado a recurrir a medidas más enérgicas. Había concedido permiso a Botta
para que se construyera una pequeña cabaña donde pudiera descansar cuando
subiera de visita desde Mosul. El astuto pachá fingió entonces que se trataba
en realidad de una fortaleza y que las trincheras constituían sus defensas. Era
evidente que la intención de Botta era intimidar a la región mediante la fuerza
de las armas y separarla de los dominios del sultán. Ante estas alegaciones, la
Sublime Puerta ordenó que todas las excavaciones cesaran de inmediato. Botta
supo hacer frente a esta dolorosa situación de emergencia. El 15 de octubre de
1843, envió un mensajero al embajador francés en Constantinopla, suplicándole
que intercediera ante la Puerta para obtener permiso para continuar con las
excavaciones.
Mientras
estas peticiones quedaban pendientes, en medio de los habituales retrasos de
Constantinopla, el astuto pachá fingía ante Botta que todas sus dificultades se
debían a la gente de Khorsabad, y no a sus propias
maquinaciones. «Un día le dije —cuenta Botta— que las primeras lluvias de la
temporada habían provocado el derrumbe de una parte de la casa construida en Khorsabad. “¿Te imaginas — » —dijo él, riendo de la manera
más natural y volviéndose hacia los numerosos oficiales que lo rodeaban—, «algo
parecido a la descaro de los habitantes de Khorsabad?
Pretenden que el cónsul francés ha construido una fortaleza formidable, y basta
con un poco de lluvia para destruirla. Puedo asegurarle, señor, que, si no
temiera herir sus sentimientos, haría que los azotaran a todos hasta matarlos;
se lo merecerían con creces, por haberse atrevido a acusarle». Así fue como
habló, cuando él mismo era el autor de la mentira, y solo sus amenazas impedían
que los habitantes la desenmascararan».
En
Constantinopla se encontraron innumerables dificultades y retrasos
incalculables, y no fue hasta el 4 de mayo de 1844 cuando los firmans que autorizaban la continuación de las obras
llegaron a manos de Botta en Mosul. Los trajo desde Constantinopla M. E. Flandin, que había sido enviado desde París para copiar y
dibujar todas las antigüedades que resultaban demasiado voluminosas o pesadas
para ser trasladadas. En París ya se había decidido que todo lo demás debía ser
trasladado hasta allí.
Cuando
Botta intentó reanudar las excavaciones, se dio cuenta de que sería necesario
arrasar la pequeña aldea para poder excavar libremente en todo el montículo.
Esto se logró pagando a los habitantes para que se trasladaran a la llanura
situada al pie del montículo y, a continuación, llegando a un acuerdo para
restaurar la superficie del montículo tal y como estaba para que pudieran
reconstruir sus viviendas. Los trabajos avanzaron entonces a buen ritmo. Botta
copió las inscripciones, mientras que Flandin trazó
los planos de todas las estancias y edificios que se hallaron, y trescientos
obreros locales trabajaron con ahínco, con picos y palas, para dejar al
descubierto esta parte de la ciudad en ruinas. Se encontraron entonces decenas
de inscripciones, principalmente en piedra y de carácter monumental. Salieron a
la luz grandes toros alados que en su día habían custodiado las puertas del
palacio. Bajorrelieves de gran belleza que representaban escenas de paz y
guerra surgieron del polvo y la suciedad. El éxito de la obra superó todas las
esperanzas de Botta y todas las predicciones entusiastas de Mohl, y casi
sobrepasó lo que el mundo académico de París se atrevía a creer. En octubre de
1844, Botta detuvo los trabajos y pronto comenzó a organizar el transporte de
las antigüedades a París. Las dificultades fueron grandes y los retrasos
molestos, pero por fin, en diciembre de 1846, toda la masa de material fue
desembarcada con éxito en Le Havre, para ser
transportada desde allí a París y depositada en el Louvre.
Para
coronar la obra, el Gobierno francés publicó todos los dibujos de Flandin,
todas las copias de las inscripciones, y todo el material descriptivo de Botta
en cinco magníficos volúmenes en folio, con un estilo digno de las tradiciones
francesas y de la generosidad francesa hacia la investigación arqueológica.
Así
concluyó, con una digna difusión, la primera gran expedición a Asiria, que
había logrado traer a Europa los primeros monumentos asirios que Occidente
había visto jamás. Fue una obra noble de Botta, de Flandin,
de Mohl y de Francia.
Probablemente,
Botta habría regresado a Khorsabad o a algún otro
yacimiento de la región de Nínive tras la publicación de sus descubrimientos si
no hubiera sido destinado a otro lugar en el servicio del Estado. Su trabajo
bien podría haberle llevado a volver, pero otro pronto la continuaría.
El 5 de
marzo de 1817 nació en París un niño inglés de ascendencia hugonota, cuya
formación inicial, adquirida aquí y allá en Inglaterra, Francia e Italia,
despertó en él el amor por las bellas artes, el interés por la arqueología y la
pasión por los viajes. En la infancia de Austen Henry Layard, su ávida lectura
de Las mil y una noches se entremezclaba con el estudio de los viajes de
Fellowes por Asia Menor y con la lectura de los relatos de Rich sobre los
descubrimientos en Babilonia y Nínive. El diario de Rich le llenó del deseo de
ver esos grandes montículos bajo los cuales yacían antiguos vestigios de un
interés inenarrable. Aquí se aprecia de nuevo, como tantas otras veces, la
continuidad de la investigación en estas tierras, la influencia del entusiasmo
transmitida de hombre a hombre.
Afortunadamente
para la ciencia, la educación de Layard había sido
demasiado irregular como para prepararle para el ejercicio de una profesión, y
el derecho, para el que estaba destinado, no despertó en él un entusiasmo
suficiente como para superar sus defectos iniciales. La fiebre inquieta corría
por sus venas, y los modales tranquilos de Inglaterra resultaban demasiado
apáticos para el espíritu casi galo que llevaba dentro. Decidió, por tanto,
buscar una carrera en Ceilán, y en 1839, cuando era apenas un muchacho en
apariencia y solo tenía veinte y dos años, emprendió el viaje por tierra en
compañía de Edward Ledwich Mitford, quien se había propuesto el mismo objetivo.
Mitford era casi diez años mayor que Layard y tenía experiencia en Marruecos,
donde había aprendido el dialecto árabe que allí se hablaba. Antes de emprender
este viaje, Layard había aprendido un poco de árabe y
persa, y había intentado hacer otros preparativos apresurados para la peligrosa
travesía por tierras casi desconocidas, entre animales salvajes e incluso
hombres aún más salvajes. Al llegar a Hamadán, en Persia, Layard abandonó el plan de buscar fortuna en Ceilán, y así la arqueología triunfó
sobre el comercio. Mitford prosiguió su camino hacia Ceilán, y Layard regresó a Asia occidental.
Fue el 10
de mayo de 1840 cuando Layard y Mitford vieron por primera vez Mosul y
examinaron con cierta curiosidad los montículos de la orilla opuesta, que,
según le había enseñado Rich, Layard sabía que eran
los restos de Nínive. Los montículos de Kuyunjik y Neby Yunus no causaron en Layard una impresión tan grande como la del gran montículo de Nimrud, más al sur. Pero
todos ellos despertaron en él un profundo anhelo por desentrañar sus secretos.
Ya entonces podía afirmar: «Estos enormes montículos de Asiria me causaron una
impresión más profunda, me inspiraron pensamientos más serios y una reflexión
más ferviente que los templos de Baalbec o los
teatros de Jonia». Este fascinación se intensificó a medida que iba
descubriendo más de Nimrud al descender por el Tigris en balsa hacia Bagdad.
Sus palabras son una promesa de la obra que vendría después:
«Era de
atardecer cuando, hacia las cinco, llegamos al lugar. Las lluvias primaverales
habían revestido los montículos de la más exuberante verdor, y las fértiles
praderas que se extendían a su alrededor estaban cubiertas de flores de todos
los colores. En medio de esta exuberante vegetación quedaban parcialmente
ocultos algunos fragmentos de ladrillos, cerámica y alabastro, en los que aún
se podían distinguir las cuñas bien definidas de los caracteres cuneiformes. Si
estos restos no hubieran delatado la naturaleza de las ruinas, se podrían haber
confundido con una elevación natural. Una larga hilera de montículos estrechos
y consecutivos, que aún conservaban el aspecto de muros o murallas, se extendía
desde su base y formaba un vasto cuadrilátero. El río discurría a cierta
distancia de ellos; sus aguas, crecidas por el deshielo de las colinas
armenias, se rompían en mil remolinos espumosos contra una barrera artificial
construida a través del cauce. En la orilla oriental, la corriente había
arrastrado la tierra, pero una sólida masa de mampostería aún resistía su
ímpetu. El árabe que guiaba mi pequeña balsa se entregaba a exclamaciones
religiosas mientras nos acercábamos a esta formidable catarata, por la que
fuimos arrastrados con cierta violencia. Una vez superado el peligro, mi
compañero me explicó que este insólito cambio en el tranquilo curso del río se
debía a una gran presa construida por Nimrod, y que en otoño, antes de las
lluvias invernales, las enormes piedras con las que estaba construida
—cuadradas y unidas por abrazaderas de hierro— solían asomar con frecuencia por
encima de la superficie del río. Se trataba, de hecho, de uno de esos
monumentos de un gran pueblo que se encuentran en todos los ríos de
Mesopotamia, construidos para garantizar un suministro constante de agua a los
innumerables canales, que se extendían como una red por el campo circundante, y
que, incluso en tiempos de Alejandro, se consideraban obras de una nación
antigua. ¡No es de extrañar que las tradiciones de los actuales habitantes de
la tierra las atribuyeran a uno de los fundadores de la raza humana! El árabe
me hablaba de la conexión entre la presa y la ciudad construida por Athur, el
lugarteniente de Nimrod, cuyas vastas ruinas se alzaban ahora ante nosotros; de
su función como calzada para que el poderoso cazador para cruzar hasta el
palacio opuesto, representado ahora por el montículo de Hammum Ali, y de las historias y el destino de los reyes de una raza primitiva —que
siguen siendo el tema favorito de los habitantes de la llanura de Sinar—, cuando se desvaneció el último resplandor del
crepúsculo y me quedé dormido mientras nos deslizábamos hacia Bagdad.
«Mi
curiosidad se había despertado enormemente y, desde ese momento, me propuse
examinar a fondo, siempre que estuviera en mi mano, estas singulares ruinas. »
La
determinación expresada en esta última frase resulta muy llamativa si se tiene
en cuenta que fue formulada en abril de 1840. Esto ocurrió más de dos años
antes de que Botta hubiera visto siquiera los montículos. Al menos en lo que
respecta a la idea de la excavación, Layard se
adelantó a Botta, aunque la buena suerte de este último le otorgó la primacía
sobre el terreno.
En mayo
de 1842, Layard pasó por Mosul de camino a
Constantinopla y se encontró con que Botta se había establecido como agente
consular y ya se dedicaba a llevar a cabo excavaciones en Kuyunjik.
Layard era un hombre de demasiada dignidad, incluso en su juventud, como para
sentir envidia del afortunado francés, que ahora estaba haciendo lo que él
había soñado. En los dos años transcurridos, Layard había intentado conseguir ayuda que le permitiera emprender precisamente un
trabajo como este, pero en vano. Su propio gobierno no se mostraba tan
dispuesto a ayudar a los arqueólogos como siempre lo había estado el gobierno
de Francia, ya fuera monárquico o republicano. Layard entabló entonces una
relación de amistad con Botta y entabló correspondencia con él. Cuando Botta se
desanimó ante sus escasos éxitos, fue Layard quien le
escribió animándole a perseverar.
En el
momento de esta segunda visita a Mosul, Layard se
dirigía a Inglaterra. Sin embargo, en Constantinopla se vio retenido y enviado
desde allí a Salónica en misión para la embajada británica. El embajador
británico en Constantinopla era entonces Sir Stratford Canning, más tarde Lord
Stratford de Redcliffe, quien había conseguido para
el Museo Británico los mármoles de Halicarnaso. La habilidad, la paciencia y el
ardor con los que había llevado a cabo los esfuerzos necesarios para obtenerlos
habían aumentado su propio interés por los monumentos del pasado. A él le contó Layard la historia de los montículos y le describió
su entusiasmo por intentar realizar excavaciones en ellos. Por fin había
encontrado a la persona adecuada, y Sir Stratford le entregó 60 libras, a las
que Layard debía sumar una cantidad igual recaudada
entre sus amigos. Con esta pequeña suma, Layard partió de Constantinopla en octubre de 1845 y viajó a toda prisa a Mosul.
Mohammed Pasha era ahora gobernador de la provincia, y de él Layard no podía esperar ninguna ayuda, sino todo tipo de
trabas. Por ello, ocultó el objetivo de su misión, pero al cabo de unos días
hizo saber que iba a cazar jabalíes, y luego partió de Mosul en una balsa para
descender por el río hasta Nimrud, donde había decidido comenzar las
excavaciones. Allí le acogió una tienda árabe, y corazones más bondadosos que
el del pachá velaron por él. Su relato de la noche anterior a que se clavara la
primera pala en el suelo revela el entusiasmo de aquel hombre y da alguna pista
sobre su gran éxito:
«Había
dormido poco durante la noche. La choza en la que nos habíamos refugiado, y sus
ocupantes, no invitaban al sueño; pero tales escenas y compañeros no eran
nuevos para mí; podrían haberse olvidado si mi mente hubiera estado menos
agitada. Las esperanzas que tanto tiempo había acariciado iban a hacerse
realidad o iban a acabar en decepción. Ante mis ojos flotaban visiones de
palacios subterráneos, de monstruos gigantescos, de figuras esculpidas e
inscripciones interminables. Tras trazar un plan tras otro para retirar la
tierra y desenterrar esos tesoros, me imaginaba vagando por un laberinto de
cámaras del que no encontraba salida. Luego, de nuevo, todo quedaba enterrado y
yo me encontraba de pie sobre el montículo cubierto de hierba. Agotado, por fin
me estaba quedando dormido cuando, al oír la voz de Awad [su anfitrión árabe],
me levanté de mi alfombra y me reuní con él fuera de la choza. Ya había
amanecido; había regresado con seis árabes, que aceptaron, a cambio de una
pequeña suma, trabajar bajo mi dirección».
Las
excavaciones, así iniciadas, se llevaron a cabo hasta diciembre en medio de
constantes dificultades provocadas por el pachá. Los planes que se siguieron
fueron exactamente los mismos que se habían aplicado contra Botta. Cuando se
reanudaron las excavaciones, tras una visita a Bagdad, volvieron a verse
interrumpidas por el fanatismo de los árabes, que influía en el nuevo
gobernador de la provincia, Ismail Pasha. Al reanudarse de nuevo, en febrero de
1846, Layard abandonó el montículo para visitar a un
jeque vecino, y regresaba al yacimiento cuando vio a dos árabes que se
apresuraban a su encuentro con rostros emocionados. El propio Layard narra
mejor lo que sucedió a continuación:
«Al
acercarse a mí, se detuvieron. “¡Date prisa, oh Bey!”, exclamó uno de ellos;
“¡date prisa y ve con los excavadores, pues han encontrado al mismísimo Nimrod! Wallah, es maravilloso, ¡pero es cierto! Lo hemos
visto con nuestros propios ojos. No hay más Dios que Dios»; y, uniendo ambos
sus voces en esta piadosa exclamación, se alejaron al galope, sin decir nada
más, en dirección a sus tiendas.
«Al
llegar a las ruinas, descendí a la nueva zanja y encontré a los obreros, que ya
me habían visto al acercarme, de pie junto a un montón de cestas y mantos.
Mientras Awad se acercaba y pedía un regalo para celebrar la ocasión, los
árabes retiraron el biombo que habían construido apresuradamente y revelaron
una enorme cabeza humana esculpida íntegramente en el alabastro de la región.
Habían descubierto la parte superior de una figura, cuyo resto aún permanecía
enterrado en la tierra. Vi de inmediato que la cabeza debía de pertenecer a un
león o un toro alado, similar a los de Khorsabad y
Persépolis. Se encontraba en un estado de conservación admirable. La expresión
era serena, pero majestuosa, y el contorno de los rasgos revelaba una libertad
y un dominio del arte que difícilmente cabría esperar en las obras de un
período tan remoto. La corona tenía tres cuernos y, a diferencia de la de los
toros con cabeza humana hallados hasta entonces en Asiria, era redondeada y
carecía de adornos en la parte superior.
» No me
sorprendió que los árabes se hubieran quedado asombrados y aterrorizados ante
esta aparición. No hacía falta mucho esfuerzo de imaginación para evocar las
fantasías más extrañas. Esta gigantesca cabeza, blanqueada por el paso del
tiempo, que se alzaba así de las entrañas de la tierra, bien podría haber
pertenecido a uno de esos seres temibles que, según las tradiciones del país,
se aparecen a los mortales, ascendiendo lentamente desde las regiones
inferiores. Uno de los obreros, al vislumbrar por primera vez al monstruo,
había tirado su cesta y había salido corriendo hacia Mosul tan rápido como le
permitían sus piernas. Me enteré de esto con pesar, pues ya anticipaba las
consecuencias.
«Mientras
supervisaba la retirada de la tierra que aún se aferraba a la escultura y daba
instrucciones para continuar con el trabajo, se oyó un ruido de jinetes y, al
poco rato, Abd-ur-rahmar,
seguido de la mitad de su tribu, apareció al borde de la zanja. Tan pronto como
los dos árabes llegaron a las tiendas y contaron las maravillas que habían
visto, todos montaron en sus yeguas y cabalgaron hasta el montículo, para
comprobar por sí mismos la veracidad de aquellos informes inconcebibles. Al
contemplar la cabeza, todos exclamaron al unísono: «¡No hay más dios que Dios,
y Mahoma es su profeta!». Pasó algún tiempo antes de que se lograra convencer
al jeque para que descendiera al foso y se convenciera de que la imagen que
veía era de piedra. «Esto no es obra de manos humanas —exclamó—, sino de esos
gigantes infieles de los que el profeta, ¡la paz sea con él! dijo que eran más
altos que la palmera más alta; este es uno de los ídolos que Noé, ¡la paz sea
con él!, maldijo antes del diluvio. Todos los presentes coincidieron en esta
opinión, fruto de un minucioso examen.
«Ordené
entonces que se cavara una zanja en dirección sur desde la cabeza, con la
esperanza de encontrar una figura correspondiente, y, antes del anochecer,
alcancé el objeto de mi búsqueda, a unos doce pies de distancia. Tras encargar
a dos o tres hombres que durmieran cerca de las esculturas, regresé al pueblo y
celebré el descubrimiento del día con un sacrificio de ovejas, del que
participaron todos los árabes de los alrededores. Como por casualidad había
unos músicos errantes en Selamiyah, mandé llamarlos,
y se bailó durante la mayor parte de la noche. A la mañana siguiente, árabes
del otro lado del Tigris y los habitantes de los pueblos de los alrededores se
congregaron en el montículo. Ni siquiera las mujeres pudieron reprimir su
curiosidad y acudieron en masa, con sus hijos, desde lejos. Mi cawass permaneció durante el día en la zanja, a la
que no permití que descendiera la multitud.
«Tal y
como había esperado, la noticia del descubrimiento de la gigantesca cabeza,
llevada por el árabe aterrorizado a Mosul, había sumido a la ciudad en la
conmoción. Apenas había frenado su paso antes de llegar al puente. Al entrar
sin aliento en los bazares, anunció a todo el que se encontraba que Nimrod
había aparecido. La noticia pronto llegó a oídos del cadi,
quien, ansioso por encontrar una nueva oportunidad para molestarme, convocó al
muftí y a los ulemas para deliberar sobre este suceso inesperado. Sus
deliberaciones culminaron en una procesión hasta el gobernador y en una
protesta formal por parte de los musulmanes de la ciudad contra unos actos tan
directamente contrarios a las leyes del Corán. El cadí no tenía muy claro si se
habían desenterrado los huesos del poderoso cazador o solo su imagen; tampoco
Ismail Pasha recordaba con mucha claridad si Nimrod era un profeta de fe
auténtica o un infiel. En consecuencia, recibí un mensaje algo ininteligible de
su excelencia en el que se indicaba que los restos debían ser tratados con
respeto y no ser perturbados en modo alguno, y que deseaba que se detuvieran
las excavaciones de inmediato y quería consultar conmigo el asunto .
«Acudí a
verle, como me había indicado, y me costó algo hacerle comprender la naturaleza
de mi descubrimiento. Como me pidió que suspendiera mis trabajos hasta que el
revuelo en la ciudad se hubiera calmado un poco, regresé a Nimrud y despedí a
los obreros, reteniendo solo a dos hombres para que excavaran sin prisas a lo
largo de las murallas sin dar motivo para nuevas interferencias. A finales de
marzo confirmé la existencia de un segundo par de leones alados con cabeza
humana, que diferían de los descubiertos anteriormente en su forma, ya que la
figura humana se prolongaba hasta la cintura y terminaba en brazos. En una
mano, cada figura sostenía una cabra o un ciervo, y en la otra, que colgaba a
un lado, una rama con tres flores. Formaban la entrada norte de la cámara, cuyo
portal sur constituían los leones descritos anteriormente. Desenterré por
completo estos últimos y comprobé que estaban intactos. Medían unos doce pies
de altura y la misma medida de longitud. El cuerpo y las extremidades estaban
admirablemente representados; los músculos y los huesos, aunque muy
desarrollados para mostrar la fuerza del animal, revelaban al mismo tiempo un
conocimiento preciso de su anatomía y forma. Las alas extendidas brotaban de
los hombros y se extendían sobre el lomo; un cinturón trenzado, rematado en
borlas, rodeaba los lomos. Estas esculturas, que formaban una entrada, estaban
en parte a tamaño real y en parte en relieve. La cabeza y la parte delantera,
orientadas hacia la cámara, estaban a tamaño real; pero solo un lado del resto
de la losa estaba esculpido, ya que la parte posterior estaba apoyada contra la
pared de ladrillos secados al sol. Para que el espectador pudiera tener una
vista perfecta tanto frontal como lateral de las figuras, estas estaban dotadas
de cinco patas; dos estaban talladas en el extremo de la losa que daba a la
cámara, y tres en el lateral. El relieve del cuerpo y de las tres extremidades
era alto y marcado, y la losa estaba cubierta, en todas las partes no ocupadas
por la imagen, con inscripciones en escritura cuneiforme. Estos magníficos
ejemplares del arte asirio se conservaban en perfecto estado; las líneas más
minuciosas de los detalles de las alas y de los adornos se habían conservado
con su frescura original. No faltaba ni un solo carácter en las ins .
«Solía
contemplar durante horas estos misteriosos emblemas, y reflexionaba sobre su
significado y su historia. ¿Qué formas más nobles podrían haber guiado al
pueblo hacia el templo de sus dioses? ¿Qué imágenes más sublimes podrían haber
tomado prestadas de la naturaleza unos hombres que, sin la ayuda de la luz de
la religión revelada, buscaban plasmar su concepción de la sabiduría, el poder
y la ubicuidad de un Ser Supremo? No podían encontrar mejor símbolo del
intelecto y el conocimiento que la cabeza del hombre; de la fuerza, que el
cuerpo del león; de la rapidez de movimiento , que las alas del pájaro. Estos
leones alados con cabeza humana no eran creaciones ociosas, fruto de la mera
fantasía; su significado estaba inscrito en ellos. Habían impresionado e
instruido a pueblos que florecieron hace tres mil años. A través de los
portales que custodiaban, reyes, sacerdotes y guerreros habían llevado ofrendas
a sus altares mucho antes de que la sabiduría de Oriente hubiera penetrado en
Grecia, y hubiera dotado a su mitología de símbolos reconocidos desde hacía
tiempo por los devotos asirios. Es posible que hubieran sido enterrados y que
su existencia fuera desconocida antes de la fundación de la Ciudad Eterna.
Durante veinticinco siglos habían permanecido ocultos a la vista del hombre, y
ahora se erigían una vez más en su antigua majestad. ¡Pero cuán cambiado estaba
el panorama a su alrededor! El lujo y la civilización de una nación poderosa
habían dado paso a la miseria y la ignorancia de unas pocas tribus semibárbaras. A la opulencia de los templos y a las
riquezas de las grandes ciudades les habían sucedido ruinas y montones de
tierra sin forma. Por encima de la espaciosa sala en la que se alzaban había
pasado el arado y ahora el trigo se mecía al viento. Egipto cuenta con
monumentos no menos antiguos ni menos maravillosos, pero estos han permanecido
en pie durante siglos para dar testimonio de su antiguo poder y renombre,
mientras que los que tenía ante mí acababan de aparecer para dar testimonio, en
palabras del profeta, de que en otro tiempo «el asirio era un cedro del Líbano,
de ramas hermosas y de sombra frondosa, de gran estatura; y su copa se
encontraba entre las ramas espesas… su altura se elevaba por encima de todos
los árboles del campo, y sus ramas se multiplicaban, y sus ramitas se
alargaban, a causa de la abundancia de aguas cuando brotaba. Todas las aves del
cielo anidaban en sus ramas, y bajo sus ramitas todas las bestias del campo
criaban a sus crías, y bajo su sombra habitaban todas las grandes naciones»;
pues ahora «Nínive es una desolación y está seca como un desierto, y los
rebaños se acuestan en medio de ella; todas las bestias de las naciones, tanto
el cormorán como el avetoro, anidan en los dinteles superiores de la ciudad; su
voz resuena en las ventanas; y la desolación reina en los umbrales».
En cierto
sentido, este relato de Layard supera con creces todo
lo que habían escrito los hombres que, antes que él, habían visto, medido o
trabajado en estos montículos. Nadie antes había contado la historia de sus
experiencias o de sus descubrimientos con palabras tan llenas de color, vida y
movimiento; nadie había mostrado jamás tanto entusiasmo ni una capacidad
descriptiva tan grande. En otro sentido, Layard se
convierte en sucesor de uno de los primeros viajeros y exploradores ingleses.
Al igual que Shirley, sabía cómo relacionar todo lo que veía con las palabras
de la Biblia. Era capaz de citar las mismas palabras de las Escrituras y hacer
que el monumento cubierto de polvo las iluminara con una luz resplandeciente.
Estas dos facultades —la capacidad de describir con viveza y la de establecer
comparaciones bíblicas— le valieron el apoyo de toda Inglaterra. Aquellos a
quienes no les importaba en absoluto la Biblia se sentían conmovidos por el
fervor y la belleza de su descripción; los que amaban la Biblia veían en él a
un hombre que estaba haciendo descubrimientos que prometían ilustrar o
confirmar los relatos que más les importaban. Con el tiempo, además, estas
influencias se hicieron tan potentes que el Gobierno británico se vio impulsado
a echar una mano a esta labor, y así lo que se había iniciado con escasos
medios privados se convirtió en una gran empresa nacional.
Las
figuras colosales que tanto conmovieron a Layard eran, sin duda, un espectáculo
noble, pero no eran tan importantes como las inscripciones más pequeñas que más
tarde se desenterrarían de sus lugares de descanso. Layard había supuesto que
los leones alados habían custodiado la entrada de algún gran templo; la pala
revelaría más tarde que se habían erigido en los portales del palacio de
Salmanasar II.
El
trabajo que puso al descubierto estos monumentos se había llevado a cabo entre
muchas dificultades y con el temor constante a que lo interrumpieran los
recelosos nativos o sus gobernantes. Por ello, fue un gran alivio para las
inquietudes de Layard cuando recibió desde
Constantinopla una «carta del visir, conseguida por sir Stratford Canning, que
autorizaba la continuación de las excavaciones y la retirada de los objetos que
pudieran descubrirse». Esto dio un nuevo giro al trabajo de Layard y le permitió
llevar a cabo abiertamente una labor que hasta entonces se había realizado con
el mayor sigilo posible. A partir de entonces realizó algunos pequeños intentos
en el montículo de Kuyunjik, pero sus fondos eran
extremadamente limitados y los resultados no resultaron alentadores. Por ello,
reanudó con renovado vigor el trabajo en Nimrud, desde donde al poco tiempo
pudo enviar un gran cargamento de monumentos en una balsa a Bagdad y, de allí,
a Basora, para su transporte a Inglaterra. Poco después, su salud, ya minada
por el clima agotador, le obligó a cesar en su labor y a emprender un viaje a
las montañas para recuperarse.
A su
regreso a Mosul, encontró cartas de Inglaterra en las que se le informaba de
que Sir Stratford Canning había donado al Museo Británico las antigüedades que
se habían hallado y que, además, el Museo había recibido del Gobierno una
subvención para continuar los trabajos. Se trataba sin duda de una buena
noticia, aunque Layard tuvo que lamentar que fuera
mucho menor de lo que Botta había disfrutado, y que, por lo tanto, debía
ajustarse al presupuesto, ahorrar y esforzarse por aprovechar hasta el último
penique.
Con los
recursos de que disponía, los trabajos se reanudaron en octubre de 1846 y se
planificó cuidadosamente una campaña de invierno. Se levantaron chozas para
protegerse de las tormentas; se convenció a los árabes nómadas para que
montaran sus tiendas en las cercanías y, en lugar de vivir del saqueo, cobraran
un salario por trabajar en las zanjas. Se probó más de un nuevo plan para
lidiar con los nativos problemáticos y se adoptó el que mejor funcionaba. En
todo esto, Layard contó con la valiosa ayuda del
señor Hormuzd Rassam, cuyo hermano, Charles Rassam, era vicecónsul británico en
Mosul. Hormuzd Rassam era nativo del lugar y comprendía a la gente como ningún
europeo podría aspirar a hacerlo. Él se encargó de la mayor parte de las
negociaciones con ellos y mantuvo la paz sin recurrir a la fuerza.
Las
excavaciones llevadas a cabo bajo estos auspicios, y con los medios de que
Layard disponía entonces, tuvieron un éxito que superó sus sueños más
ambiciosos. A medida que las zanjas rodeaban las paredes de una sala tras otra,
se descubrieron grandes losas de alabastro, con las que estaban revestidas las
paredes de las cámaras, y se descubrió que estaban ricamente talladas en
relieve con escenas de caza, de guerra y de ceremonias solemnes. La vida misma
del palacio, el campamento, y el campo en la época asiria resurgía ante los
ojos asombrados del explorador, y esta imagen ganaba en verosimilitud gracias
al descubrimiento, en algunas de las ruinas, de piezas de hierro que en su día
habían formado parte del mismo tipo de armadura que la representada en los
relieves, junto con yelmos de hierro y bronce, mientras que en otras se
hallaron vasijas y piezas de marfil talladas de forma ornamental. Aquí estaban
las imágenes y allí los objetos que representaban. A medida que a medida que
las zanjas se excavaban más profundamente o se ampliaban, a diario se hallaban
monumentos tallados o con inscripciones. Una zanja a diez pies bajo la
superficie dejó al descubierto el borde de una pieza de mármol negro. Era la
esquina de «un obelisco de unos siete pies de altura, tumbado de costado».
Estaba cubierto por tres lados con inscripciones y con veinte pequeños
bajorrelieves. Las inscripciones registraban y los relieves ilustraban diversas
formas de obsequios y tributos que había recibido Salmanasar II, aunque, cuando
se hallaron, estos hechos eran, por supuesto, desconocidos. En Asiria aún no se
había encontrado ninguna inscripción que igualara en belleza y en la promesa de
valioso material histórico. Por ello, Layard estaba
especialmente ansioso por sacarlo de allí, por si acaso le ocurriera algún
percance. Así pues, encargó a unos árabes que durmieran y lo vigilaran durante
la noche y lo hizo embalar rápidamente para su envío. Día tras día continuaba
el trabajo con el descubrimiento regular y constante de losas de piedra similares
a las que se habían hallado antes, y con el hallazgo de ladrillos con
inscripciones que, aunque no tan bellos como la piedra, contenían mucho más
material histórico.
Cuando
las zanjas comenzaron a arrojar menos material, Layard decidió probar en otro
lugar. Si sus fondos no hubieran estado tan severamente limitados, habría
continuado aún más las excavaciones en Nimrud, aunque no parecieran dar
resultados inmediatos. Este habría sido el mejor método de proceder, pero los
medios no lo permitían, y Layard tuvo que buscar un
terreno nuevo.
Para su
siguiente aventura eligió el montículo de Kalah Shergat, donde ya había deseado
anteriormente realizar excavaciones. De estas ruinas se extrajeron una
interesante figura sentada y muchos ladrillos pequeños con inscripciones,
algunas de las cuales pertenecen al primero de los grandes conquistadores
asirios, Tiglat-Pileser I. Pero Layard no pudo
determinar de qué ciudad antigua se trataba. Que no era otra que la ciudad de
Asshur, primera capital del reino, fue un descubrimiento que se hizo
posteriormente.
También
se dedicaron unos días a excavaciones en el montículo de Kuyunjik,
con igual éxito, tras lo cual hubo que interrumpir los trabajos debido al
agotamiento de los recursos necesarios para su continuación. El 24 de junio de
1847, Layard partió de Mosul para emprender el viaje
por tierra a Constantinopla, tras haber enviado sus últimos hallazgos río abajo
por el Tigris.
Tras unos
meses de descanso en Inglaterra, dedicados en gran medida a la preparación del
relato de su expedición y de las copias de los monumentos que había hallado, Layard recibió la orden de trasladarse a Constantinopla
para prestar servicio en la embajada británica. No había podido terminar para
su publicación la obra que había escrito, y partió a cumplir con su deber sin
saber si su relato despertaría algún interés o no. Ni siquiera parece que
hubiera soñado con que le llegara alguna llamada especial para reanudar las
excavaciones. Pero los libros se publicaron tras su partida y, de inmediato,
toda Inglaterra resonó con elogios hacia él y con el ferviente deseo de que
aquella labor continuara. El Museo Británico consiguió más fondos para el
proyecto y se le ordenó que partiera de nuevo hacia Asiria. Desde Inglaterra,
se convenció a Hormuzd Rassam, el Sr. F. Cooper, un artista, y el Dr. Sandwith,
un médico, se vieron animados a acompañarle. Zarparon del Bósforo el 28 de
agosto de 1849 con destino a Trebisonda, donde desembarcaron el día 31 y
comenzaron el viaje hacia Mosul.
En esta
expedición centró su atención principalmente en los yacimientos de Kuyunjik y Neby Yunus. En el
primero descubrió el gran palacio de Senaquerib, y tal era ya su pericia en el
estudio de inscripciones y tablas genealógicas que reconoció que este edificio
pertenecía al rey cuyo hijo fue el constructor del palacio de Nimrud y cuyo
padre construyó el palacio descubierto por Botta en Khorsabad.
Cabe recordar que formuló esta conjetura sin saber leer en absoluto el asirio.
Estudios posteriores han confirmado que había determinado correctamente los
hechos. Sargón construyó el palacio de Khorsabad; su
hijo Senaquerib construyó el palacio de Kuyunjik,
mientras que su hijo Esarhadón erigió el palacio de
Nimrud. Sus descubrimientos en Kuyunjik fueron aún
más importantes que los de la primera expedición, tanto para la historia como
para la literatura y el arte de la antigua Asiria. Pero también llevó a cabo
excavaciones en Kalah Shergat, Nimrud y en Khorsabad. Desde Mosul realizó excursiones a diversos
yacimientos del norte y del sur de Babilonia. En estas excursiones visitó y
describió por primera vez el gran montículo de Niffer,
donde una expedición posterior lograría éxitos sin precedentes. En Hillah llevó a cabo algunas excavaciones, pero con escaso
éxito.
Tras otra
temporada, regresó en abril de 1852 a Inglaterra. Su primera tarea fue redactar
su relato y preparar sus inscripciones para su publicación. Se dio cuenta de
que sus libros anteriores le habían hecho famoso, mientras que los nuevos
descubrimientos sin duda aumentarían aún más su reputación. Esto le aseguró
honrosos cargos diplomáticos, sobre todo en Constantinopla, donde pudo
contribuir al estudio de Asiria al negociar con el Gobierno turco en interés de
los exploradores, tal y como ya lo había hecho en su día con su propio trabajo.
Las dos
expediciones de Layard a Asiria habían sido, sin
duda, mucho más fructíferas que las de Botta, y su influencia perduró mucho más
allá incluso de la propia vida de Layard propia vida. Sus libros, como ya hemos
visto, habían calado hondo en el corazón del público en muchos aspectos y,
aunque dejó de lado su obra para dedicarse al servicio diplomático —en el que,
al parecer, no fue tan feliz—, se encontraron otras personas dispuestas a
continuarla.
Incluso
mientras Layard aún trabajaba en Nínive, el Gobierno
francés envió a Victor Place, un arquitecto de gran
pericia, para ocupar el cargo de agente consular en Mosul y continuar la labor
de Botta. No había logrado gran cosa cuando la labor de Layard concluyó, pero permaneció allí e hizo importantes descubrimientos en el ámbito
del arte asirio, colaborando posteriormente con una expedición francesa, a la
que habrá que prestar atención más adelante.
Mientras
tanto, en Inglaterra crecía rápidamente el interés por toda Babilonia y Asiria,
manifestándose de muchas formas. El Gobierno se había visto impulsado a apoyar
las investigaciones de Layard y ahora se sumaba a la
labor de otra manera más. Durante mucho tiempo, la frontera entre Turquía y
Persia había sido motivo de discordia, cada uno de los países ganaba o perdía
terreno según lo dictara la suerte de la guerra, mientras que bandas de saqueadores
que no pertenecían ni a uno ni a otro llevaban a cabo represalias contra ambos.
En 1839 y 1840 estuvo a punto de estallar la guerra entre las dos naciones,
tras lo cual intervinieron Inglaterra y Rusia, y se nombró una comisión con
sede en Erzerum para llevar a cabo negociaciones con
vistas a una solución pacífica de las dificultades. Esta comisión, tras una
sesión que duró cuatro años, acordó un tratado, cuya base un levantamiento
topográfico del territorio en disputa entre ambos Estados y una delimitación
adecuada de la frontera. Esta labor fue llevada a cabo por representantes de
Inglaterra, Rusia, Turquía y Persia. El más destacado de ellos fue el coronel
W. F. Williams. En enero de 1849, el señor William Kennett Loftus fue enviado
desde Inglaterra para desempeñar el cargo de geólogo en su equipo. Loftus
encontró tiempo, entre otras obligaciones, para visitar un gran número de
montículos de Babilonia, y la mera visión de ellos le llenó de entusiasmo. De
uno de ellos, el montículo de Hammam, dice:
«No
conozco nada más emocionante ni impresionante que la primera visión de uno de
estos grandes montículos caldeos que se alzan con solitaria grandeza sobre las
llanuras y marismas circundantes. Mil pensamientos y conjeturas sobre su
agitada historia pasada y su origen —su gradual auge y su rápida caída— se
presentan naturalmente en la mente del espectador. La atmósfera brumosa de la
madrugada es especialmente propicia para reflexiones e impresiones de este
carácter, y la niebla gris que se interpone entre el observador y el objeto de
sus reflexiones le confiere una existencia onírica. Este efecto de cuento de
hadas se ve aún más acentuado por el espejismo, que magnifica de forma extraña
y fantástica su forma, elevándola del suelo y haciendo que baile y tiemble en
el aire enrarecido. No es de extrañar, por tanto, que el observador se pierda
en una agradable duda sobre la realidad efectiva de la aparición que tiene ante
sí».
En la
primavera de 1850, Loftus llevó a cabo pequeñas excavaciones en Warka, la antigua ciudad de Erech, pero, aunque se
encontraron muchas antigüedades interesantes, estas no eran comparables a los
resultados del trabajo de Layard. Esto se debió, en gran medida, a los medios
extremadamente escasos de que disponía Loftus y, además, a las grandes
dificultades que entrañaba excavar en Babilonia. En esta primera expedición,
Loftus prestó servicios destacados gracias a sus largos y, a menudo, peligrosos
viajes por el sur de Babilonia. Durante estos viajes visitó Niffer, Mukayyar (Mugbeir) y varios
yacimientos menores, la mayoría de los cuales nunca antes habían sido visitados
por europeos. Los describió con detalle y los localizó minuciosamente,
facilitando así el acceso a otros investigadores. Incluso en la actualidad,
parte del trabajo de Loftus sigue siendo útil. También tenía un buen ojo para
detectar las peculiaridades de los túmulos y expresó su deseo de excavar en
algunos lugares que, desde entonces, han resultado ser sumamente productivos.
Pronto se le presentó la oportunidad de llevar a cabo parte del trabajo que
había planeado gracias a una iniciativa privada en Inglaterra.
Mientras
los viajeros y exploradores se afanaban entre pueblos casi salvajes, el interés
inglés por los túmulos continuó y, finalmente, se materializó en la creación de
un Fondo de Excavaciones Asirias, que se encargó de recaudar donaciones
populares y de dirigir excavaciones en Asiria y Babilonia con los medios así
obtenidos. En aquella época, Sir Henry C. Rawlinson era residente británico y
cónsul general en Bagdad, y a él se le confió la supervisión general de las
excavaciones que se planificaran y llevaran a cabo. Esta dirección difícilmente
podría haber recaído en mejores manos. Sus extensos viajes y su larga estancia
en Oriente, así como sus notables logros en el desciframiento del persa
antiguo, lo habían capacitado al máximo para hacerse cargo de los esfuerzos
destinados a hacer accesibles al mundo los registros enterrados del gran valle.
Loftus
fue enviado por el fondo para dirigir excavaciones y llevar a cabo
exploraciones en la parte sur del país. Su trabajo logró traer a Londres un
número considerable de tablillas con inscripciones, junto con muchos vasos y
una cantidad considerable de restos funerarios. Sin embargo, esto atrajo poca
atención del público, no porque careciera de importancia —aunque fuera de menor
envergadura que la de Layard—, sino principalmente
porque Loftus no poseía el carisma de Layard y era
incapaz de presentar sus descubrimientos de una manera tan atractiva. De no ser
por las notas que Rawlinson envió a su país, habría permanecido prácticamente
en el anonimato.
La
siguiente iniciativa de Rawlinson fue enviar a J. E. Taylor, vicecónsul
británico en Basora, a Mugheir, probablemente la antigua ciudad babilónica de
Ur. Taylor excavó directamente en el centro del montículo, sin encontrar
prácticamente nada como recompensa por sus esfuerzos. Fue más bien en la
esquina suroeste donde se produciría su gran descubrimiento. Sobre ello cuenta
lo siguiente:
«Empecé a
excavar en la esquina suroeste, retirando grandes masas de escombros formadas
por restos de ladrillos quemados, mezclados con otros secados al sol. Trabajé a
una profundidad de 10 pies y una anchura de 6 sin encontrar nada. Entonces
volví sobre mis pasos y trabajé unos pocos pies más al norte, a lo largo del
revestimiento de ladrillo del muro occidental; allí, a 6 pies por debajo de la
superficie, encontré un cilindro perfecto con una inscripción. Esta reliquia se
encontraba en la mampostería maciza; había sido colocada en un nicho formado
por la omisión de uno de los ladrillos de la capa, y se encontraba de pie sobre
uno de sus extremos. Excavé un poco más allá sin éxito alguno y, a
continuación, dejé esta esquina para pasar a la noroeste. Aquí, también,
encontré un segundo cilindro similar al mencionado anteriormente, pero a 12
pies de la superficie. En esta esquina cavé un pozo de 21 pies de profundidad
por 12 de ancho. Los ladrillos secados al sol que componían esta masa maciza en
su interior presentaban aquí un grosor asombroso; medían 16 pulgadas de lado y
7 pulgadas de grosor. Justo debajo del cilindro había dos troncos de madera en
bruto, aparentemente de teca, que se extendían a lo ancho de todo el pozo.
«Habiendo
encontrado así dos cilindros en la sólida mampostería de dos esquinas, llegué
naturalmente a la conclusión de que se hallarían los mismos objetos en las dos
esquinas que aún quedaban. Excavé un pozo en cada una de ellas y encontré otros
dos cilindros exactamente en la misma posición y en el mismo tipo de
estructura, uno a 6 pies y el otro a 2 pies de la superficie. Esto se explica
fácilmente al observar la superficie irregular de la ruina, que, en la esquina
sureste y en el lado sur en general, ha sufrido mayores estragos por la lluvia
que los demás lados, debido a la mayor depresión de la superficie hacia estos
puntos».
Taylor
también llevó a cabo excavaciones en Abu Sharein y
Tel-el-Lahm, pero sin resultados importantes.
En
aquella época, las expediciones eran tan numerosas y el trabajo de diferentes
personas en diversos lugares avanzaba de forma tan constante que resulta
imposible seguirlas en detalle y casi imposible ordenarlas cronológicamente.
Mientras
Loftus aún seguía trabajando y Taylor ni siquiera había comenzado sus labores,
el Gobierno francés ya estaba tomando medidas para reanudar las excavaciones a
gran escala. Fue el incansable Mohl quien mantuvo al Gobierno y al pueblo de
Francia siempre motivados para realizar buenas obras en este ámbito. Por fin,
convenció al Sr. Léon Faucher, ministro del Interior, a solicitar a la Asamblea
una partida presupuestaria de 70 000 francos, y el 9 de octubre de 1851 partió
de Marsella una expedición con destino a Hillah, a donde llegó el 7 de julio de
1852. Los miembros de esta expedición eran los señores Fulgence Fresnel,
antiguo cónsul en Yeda, Jules Oppert, profesor de alemán en el Liceo de Reims,
y F. Thomas, arquitecto.
Oppert ya
había realizado importantes trabajos sobre el persa antiguo y era un
orientalista de formación. Llevó a cabo importantes investigaciones en
Babilonia y visitó un gran número de túmulos, algunos de los cuales ya había
visto Loftus. Esta expedición excavó en Birs Nimrud y
encontró ricos tesoros artísticos y de inscripciones. Al mismo tiempo, Place
continuaba con las excavaciones en Khorsabad. Los
materiales hallados tanto por Place como por la expedición en Birs Nimroud se cargaron en
balsas para transportarlos río abajo hasta Basora. Desgraciadamente, y tal y
como se afirma, por «puro descuido y mala gestión», las balsas volcaron y toda
la colección se perdió en el río. A pesar de este grave percance, Oppert trajo
de vuelta a Europa muchos conocimientos nuevos, y los resultados publicados de
la expedición fueron notables.
En el
mismo año en que se planificaba la expedición francesa, que terminó de forma
tan desafortunada, los patronos del Museo Británico obtuvieron una subvención
del Parlamento para reiniciar los trabajos en Nínive. Layard se encontraba
entonces inmerso en el servicio diplomático y no estaba dispuesto a retomar el
trabajo. Sin embargo, su antiguo asistente estudiaba entonces en Oxford, y las
autoridades recurrieron a él. Para su eterno honor, el señor Hormuzd Rassam
aceptó el puesto y partió a finales de 1852 para iniciar las excavaciones en Kuyunjik, bajo la dirección general de sir Henry Rawlinson.
Rassam estaba tan preparado para el trabajo de excavador como pocos de los que
habían excavado en esos montículos. conocía el país y a su gente desde que
nació; había realizado un largo y provechoso aprendizaje con Layard; se
dedicaba en cuerpo y alma a la tarea que tenía entre manos y estaba deseoso de
poner toda su energía en llevarla a buen término. En un aspecto, por desgracia,
no estaba tan bien preparado como el brillante Oppert, que en aquel momento se
encontraba ocupado entre los montículos de Babilonia. Oppert sabía todo lo que
se sabía entonces sobre la escritura cuneiforme, mientras que Rassam no sabía
nada del idioma en el que se escribieron los antiguos documentos de su país.
Al llegar
a Mosul, descubrió que sir Henry Rawlinson había trazado una línea a través del
montículo de Kuyunjik, asignando la mitad norte del
mismo a los franceses y reservándose el resto para la «esfera de influencia
inglesa». Place, sin embargo, aún no había excavado nada en ese montículo, sino
que se encontraba ocupado continuando las excavaciones en Khorsabad.
Rassam poseía, más que Place, una gran sensibilidad por las investigaciones
arqueológicas, y creía que la parte norte del montículo era, con mucho, la más
prometedora. Desde el primer momento deseó sobre todo intentar excavar allí,
pero se sintió impedido por el acuerdo que había establecido Sir Henry
Rawlinson. Ocultó a Place sus sentimientos y se puso a trabajar con ahínco en
otras partes del montículo. Su labor se prolongó durante casi un año y medio, y
de sus zanjas y pozos se sacaban constantemente registros inscritos del pasado:
unas veces fragmentos de tablillas, otras obeliscos, otras cilindros de arcilla
y otras tablillas magníficamente conservadas, con la escritura fina y pulcra de
los antiguos asirios. Durante todo ese tiempo, el Sr. Place no hizo ningún
movimiento ni siquiera para iniciar la excavación en Kuyun jik, y Rassam llegó finalmente a la conclusión de
que, al fin y al cabo, sir Henry Rawlinson se había extralimitado en su
autoridad al ceder una parte del montículo a los franceses, por lo que decidió
que, «pasara lo que pasara », trasladarse a la cima del montículo para ver qué
se podía encontrar. Sus primeros intentos se llevarían a cabo de noche para
evitar cualquier posible interferencia por parte de Place, en caso de que lo
intentara. La historia es romántica, y las propias frases lacónicas de Rassam
la describen a la perfección:
«Tras
esperar unos días a que llegara una noche de luna llena, seleccioné a varios de
mis antiguos y fieles obreros árabes, en quienes podía confiar para mantener el
secreto, junto con un capataz de confianza, y les di órdenes de reunirse en un
lugar concreto del montículo unas dos horas después de la puesta de sol. Cuando
todo estuvo listo, fui y les marqué tres puntos diferentes en los que excavar.
Ya se habían cavado varias zanjas allí en una ocasión anterior, pero en esta
ocasión ordené a los obreros que cavaran transversalmente a ellas y
profundizaran más; y tras supervisar yo mismo el trabajo hasta medianoche, los
dejé trabajando (tras indicarles que dejaran de trabajar al amanecer) y me fui
a dormir.
»A la
mañana siguiente examiné las zanjas y, al ver indicios claros de restos
asirios, duplicé el número de obreros la segunda
noche y los hice trabajar duro toda la noche. Como de costumbre, supervisé el
trabajo hasta medianoche, y luego me fui a dormir, pero no llevaba ni dos horas
dormido cuando mi fiel capataz albanés vino corriendo a darme la buena noticia
del descubrimiento de unas esculturas rotas. Me apresuré inmediatamente al
lugar y, al descender por una de las zanjas, pude vislumbrar a la luz de la
luna la parte inferior de dos bajorrelieves, cuya parte superior había sido
destruida por los sasánidas u otras naciones bárbaras que ocuparon el montículo
tras la destrucción del imperio asirio . Solo pude deducirlo por experiencia,
al examinar los cimientos y el muro de ladrillo que sostenía los bajorrelieves;
así que ordené a los obreros que despejaran la parte inferior de las
esculturas, lo que mostraba claramente que las losas pertenecían a un nuevo
palacio; pero al excavar a su alrededor nos topamos con huesos, cenizas y otros
escombros, y no quedaba rastro alguno de otras esculturas. Al tercer día se
filtró en la ciudad de Mosul el hecho de que excavaba por la noche, lo cual no
me sorprendió, puesto que todas las familias de los obreros que participaban en
el trabajo nocturno sabían que estaban excavando clandestinamente en algún
lugar; y, además, los obreros que no trabajaban por la noche debían de haber
visto a sus compañeros salir de sus tiendas y no acudir al trabajo al día
siguiente. No solo temía que el cónsul francés se enterara y viniera a
impedirme excavar en lo que él consideraría su propio terreno, sino, lo peor de
todo, que se pensara que estaba excavando en busca de un tesoro por parte de
las autoridades turcas y de la gente de Mosul, que siempre habían imaginado que
nos estábamos enriqueciendo gracias al descubrimiento de fabulosos tesoros; por
consiguiente, la tercera noche aumenté el número de
obreros y decidí permanecer en las zanjas hasta la mañana, supervisando el
trabajo. Es fácil imaginar cuánto anhelaba que acabara el día, ya que no me
cabía duda de que existía alguna estructura asiria cerca de aquellas losas
rotas que se habían encontrado la noche anterior. Mis conjeturas no se vieron
defraudadas, pues los hombres llevaban menos de tres horas trabajando la
tercera noche cuando un terraplén bajo el que estaban excavando se derrumbó y
dejó al descubierto un bajorrelieve de una perfección y belleza incomparables,
en el que se representaba a un rey asirio (que más tarde resultó ser Asurbanipal
o Sardanápalo) en su carro cazando leones. El entusiasmo de los obreros no
tenía límites; todos se reunieron y comenzaron a bailar y a cantar desde lo más
profundo de su corazón, y ninguna de mis súplicas o amenazas surtió efecto
alguno en ellos. De hecho, no sabía qué me complacía más: el descubrimiento de
este nuevo palacio o ser testigo de la alegría de mis fieles y agradecidos
obreros. Seguimos trabajando hasta la mañana, y al ver que para entonces se
habían descubierto tres esculturas perfectas, no me cabía ninguna duda de que
se trataba de un palacio completamente nuevo. Se cambió al personal de noche y
se incorporaron nuevos trabajadores durante el día, ya que ahora no temía que
mis rivales me lo estropearan, porque, según todas las normas, me había
asegurado este palacio para la nación británica. Durante el día despejamos toda
la sala de caza de leones de Asurbanipal, que ahora se encuentra en el sótano
del Museo Británico. En el centro de esta larga sala o pasillo había montones
de terracotas con inscripciones, entre las que creo que se descubrió la famosa
tablilla del Diluvio. Sin duda, esta era la cámara de registros de
Asurbanipal».
El
descubrimiento así realizado fue el más importante que se había hecho hasta
entonces, tanto en Asiria como en Babilonia. Rassam, gracias a su hábil
criterio y a una afortunada combinación de circunstancias, había desenterrado
de hecho la larga enterrada de la ciudad real de Nínive —la biblioteca que
Asurbanipal había reunido o mandado copiar para el aprendizaje de sus sabios—.
Se trataba de un tesoro real de literatura, ciencia, historia y religión, lista
para ser estudiada en Occidente, una vez que se hubiera desentrañado por
completo el método para su lectura. No es de extrañar que Rawlinson se uniera a Layard para aplaudir este feliz y afortunado
descubrimiento, que había vinculado para siempre el nombre de Rassam a la
historia de la investigación asiria.
En marzo
de 1854, Rassam regresó a Inglaterra, y Loftus, que había concluido sus
investigaciones en el sur, fue enviado a Kuyunjik para completar la labor de Rassam. Cumplió esta tarea con gran éxito,
recuperando muchas más tablillas, que se enviarían, al igual que las de Rassam,
al Museo Británico.
Mientras
se llevaban a cabo estos trabajos, la Compañía de las Indias Orientales volvió
a participar, de manera sumamente valiosa, en la labor de estudio asirio. A
petición de los patronos del Museo Británico, la compañía envió al comandante
Félix Jones, asistido por el Dr. J. M. Hyslop, desde Bagdad a Mosul para
inspeccionar todo el distrito de Nínive. Esta tarea se llevó a cabo de manera
magistral durante el mes de marzo de 1862, y se publicaron tres grandes mapas,
que siguen siendo las referencias estándar hasta hoy.
Y ahora,
la larga y brillante serie de excavaciones se acercaba a otro período de
descanso. Pero, justo al final, sir Henry Rawlinson fue autor de un
descubrimiento notable. Durante los meses de agosto y septiembre de 1854, había
puesto «a un joven inteligente, de nombre M. Joseph Tonetti», a cargo de las
excavaciones en Birs Nimroud,
donde la desafortunada expedición francesa había llevado a cabo su trabajo.
Durante dos meses, el trabajo no tuvo mucho éxito, hasta que Sir Henry
Rawlinson visitó las excavaciones en persona y, tras un examen preliminar,
decidió abrir brechas en las esquinas de los muros, con la esperanza de
encontrar cilindros conmemorativos, como los que Taylor había hallado en Mugheir. En primer lugar, ordenó la retirada de los
ladrillos hasta la décima capa por encima del zócalo de la base y, mientras se
llevaba a cabo esta tarea, se ocupó en otras cosas. Una vez finalizada, le
llamaron para que regresara y así describe la feliz suerte que siguió:
«Al
llegar al lugar, me ocupé primero durante unos minutos en ajustar un compás
prismático sobre el ladrillo más bajo que quedaba del ángulo original, que
afortunadamente sobresalía un poco, de modo que ofrecía un buen punto para
obtener la orientación magnética exacta de los dos lados, y luego ordené que se
reanudara el trabajo. Apenas se había retirado la siguiente capa de ladrillos
cuando los obreros gritaron que había un Ahazeneh, o
“agujero del tesoro”; es decir, en la esquina, a una distancia de dos ladrillos
de la superficie exterior, había un espacio vacío relleno de arena suelta de
color rojizo. “Quiten la arena”, dije, “y saquen el cilindro”; y, mientras
pronunciaba esas palabras, el árabe, que, hurgando con la mano entre los
escombros del agujero, agarró y levantó triunfalmente un hermoso cilindro de
arcilla cocida, en un estado tan perfecto como cuando fue depositado en la
cavidad artificial hace más de veinticuatro siglos. Los obreros estaban
completamente desconcertados. Se les oía susurrarse entre sí que se trataba de sihr, o «magia», mientras que el anciano del grupo
comentaba significativamente a su compañero que el compás —que, como he
mencionado, acababa de utilizar y que, por accidente, había colocado justo
encima del cilindro— era sin duda «un instrumento maravilloso».
El
cilindro así recuperado era uno de los cuatro colocados originalmente en las
cuatro esquinas del edificio, y poco después se encontró un segundo. Los dos
restantes no se recuperaron, ya que las esquinas en las que presumiblemente se
habían colocado habían sido derribadas hacía mucho tiempo. Nabucodonosor se
había esmerado mucho en conservar los registros de sus grandes obras de
construcción y restauración.
Y ahora
la larga serie de excavaciones había llegado a su fin. Los estudiosos de la
historia del Antiguo Oriente se habían visto abrumados tanto por la magnitud
como por el carácter sorprendente de los grandes descubrimientos. La pala y el
pico podrían ahora quedarse inactivos y oxidarse durante varios años. Quedaba
una gran labor por delante: la lectura de esos libros perdidos desde hacía
mucho tiempo. Europa esperaba los resultados antes de iniciar nuevas
excavaciones.
EL
DESCIFRAMIENTO DEL ASIRIO
CUANDO
los maestros del desciframiento, Grotefend, Rawlinson y Hincks, habían llevado
a buen término la lectura de las antiguas inscripciones persas que se habían
copiado en Persépolis, Behistún y otros yacimientos menos importantes, aún se
enfrentaban a una gran serie de problemas.
Muchas de
estas inscripciones tenían una estructura tripartita y, como ya se ha señalado,
por entonces se creía generalmente que representaban tres lenguas distintas. La
primera ya se había descifrado y resultaba ser persa antiguo. La segunda
requería intentos de desciframiento. Nadie sabía qué pueblo era aquel cuya
lengua aparecía junto al persa antiguo, y las opiniones oscilaban entre
llamarlos escitas o medos. Pero, independientemente del nombre que se le diera
a su lengua, alguien debía intentar descifrarla. En realidad, varios hombres en
distintos lugares trabajaban simultáneamente en este fascinante problema. Era
de esperar que Grotefend intentara la tarea, y así lo hizo, pero, por
desgracia, sin éxito total. De hecho, su formación no le preparaba para un
trabajo de este tipo. El gran logro de iniciar realmente este desciframiento
quedó reservado a Niels Louis Westergaard, cuyo primer artículo sentó las bases
para la lectura satisfactoria de la segunda clase de escritura de Persépolis.
Su método era muy similar al utilizado por Grotefend en el desciframiento del
persa. Seleccionó los nombres de Darío, de Histaspes,
de los persas y de otras nacionalidades, y los comparó con sus equivalentes en
los textos persas. De este modo, aprendió varios de los signos y, mediante su
uso en otras palabras, trató de deletrear sílabas o palabras, cuyos
significados se determinaban luego mediante conjeturas y comparaciones. Estimó
el número de caracteres distintos en ochenta y dos u ochenta y siete, y
consideró que la escritura era en parte alfabética y en parte silábica. A la
lengua la denominó «meda» y la clasificó dentro de la familia «escita», en
lugar de la «jafética». Pero los resultados de Westergaard eran, en el mejor de
los casos, provisionales, y necesitaban la crítica rigurosa de otra mente. Esta
la obtuvieron en dos artículos del Dr. Hincks, leídos ante la Real Academia de
Irlanda. Hincks superó claramente a Westergaard y, de nuevo, como antes,
demostró ser un maestro en todos los procesos de desciframiento de la escritura
cuneiforme.
Tras
Westergaard y Hincks, el trabajo fue retomado por un erudito francés, F. de Saulcy, que fue capaz de ver más allá que cualquiera de
ellos. De Saulcy echó la vista atrás al
desciframiento del persa antiguo y comparó los signos de la lengua meda, pues
así es como él también denominó a esta segunda lengua. Observó que eran
similares; a continuación, miró hacia adelante y vio que parecían casi
idénticos a los caracteres de la tercera lengua, a la que dio el nombre de
asirio. De Saulcy no fue el primero en dar este
nombre a la tercera forma de escritura hallada en Persépolis —esa denominación
ya se estaba generalizando—, pero sí fue el primero en señalar el notable
parecido entre los signos o caracteres de los grupos segundo y tercero de los
textos. Ahora estaba más claro que nunca que, si la segunda lengua, fuera cual
fuera —ya fuera medo o escita—, pudiera descifrarse, se abriría el camino para
la lectura del asirio. A este gran objetivo contribuyó De Saulcy con sus crecientes avances en el estudio del medo.
Los tres
—Westergaard, Hincks y De Saulcy— habían realizado su
trabajo con materiales muy deficientes. Era muy improbable que el estudio del
medo o del escita avanzara más allá de los intentos de de Saulcy sin la publicación de material nuevo. Este no
tardó en llegar, gracias a la generosidad de Sir Henry Rawlinson. Con un gran
coste personal en dinero, tiempo y trabajo peligroso, había completado la copia
de la inscripción de Behistún. La primera columna estaba en persa antiguo, y
con su desciframiento se había ganado una fama imperecedera. No tuvo tiempo de
publicar él mismo la segunda columna de inmediato, por lo que se la entregó al
Sr. Edwin Norris, con pleno permiso para utilizarla como quisiera. Norris,
apoyándose al principio en gran medida en Westergaard, logró descifrarla casi
en su totalidad. Su ponencia, leída ante la Real Sociedad Asiática de Londres
el 3 de julio de 1852, supuso un hito en la historia de este estudio, y pasó
mucho tiempo antes de que fuera superada.
El
trabajo de Norris volvió a sacar a Westergaard a la palestra con críticas,
nuevas conjeturas y varias mejoras notables. Mordtmann le siguió con un
artículo que se basaba muy poco en el trabajo de sus predecesores y que, por lo
tanto, contenía combinaciones y repeticiones inútiles; sin embargo, aportó
algunos avances a los problemas. Denominó a la lengua «susiana»,
y el nombre fue una acertada elección. A. H. Sayce abordó a continuación el
problema en dos brillantes artículos, el primero de los cuales llegó incluso a
presentar una transcripción y una traducción parcial de dos pequeñas
inscripciones. La traducción era necesariamente fragmentaria, pero ninguno de
los investigadores anteriores la había igualado. Defendió con erudición el
nombre de «amardiano» para la lengua y volvió a
abordar este tema en un segundo artículo, que asimismo supuso un avance en el
desciframiento. Oppert, que dedicó la mayor parte de su gran talento a otras
cuestiones, también estudió estos textos poco después de Sayce y realizó importantes
aportaciones al problema. Se resolvió el enigma de la segunda forma de
escritura en Persépolis y en Behistún, y en 1890 Weissbach fue capaz de atar
todos los cabos sueltos y presentar traducciones claras y convincentes de las
inscripciones que tanto tiempo habían sido un enigma.
Si ahora
nos detenemos un momento y echamos la vista atrás, no podemos dejar de
sentirnos conmovidos por la paciencia, la habilidad y el saber que se habían
empleado para desentrañar estos enredados hilos de la escritura antigua. Fue un
camino largo y arduo, y más de un viajero agotado tuvo que subir con esfuerzo
su pendiente. Por fin se leían el persa y el susiano.
El progreso, lento al principio, se había acelerado mucho. Sin embargo, hasta
entonces los resultados históricos habían sido relativamente escasos. Las
inscripciones no eran numerosas y sus palabras, pocas. Pero qué diferente sería
todo si tan solo se pudiera descifrar la tercera lengua. Esa tercera lengua en
Persépolis y en Behistún era, sin duda, el asirio o el babilónico. Aquí, en susiano y en persa, se encontraban las claves para su
desciframiento. Si se pudiera leer, los hombres tendrían ante sí toda la
literatura de Asiria y Babilonia. Lo que eso significaba se hacía cada día más
claro. Mientras Norris trabajaba tranquilamente en Inglaterra, B otta y Layard desenterraban inscripciones a montones en Asiria, y
los primeros frutos del descubrimiento babilónico también llegaban a Europa.
Con semejante tesoro, no era de extrañar que los hombres casi se empujaran unos
a otros en su apasionado afán por descifrar el significado de aquellos signos
extraños y complicados que ocupaban un tercer lugar en Persépolis y en
Behistún.
Grotefend
había identificado, entre las transcripciones asirias de las inscripciones de Persépolis,
los nombres de los reyes, tal y como había hecho en los antiguos textos persas,
pero no pudo ir mucho más allá. Se necesitaba imperativamente más material
antes de que fuera posible realizar avances significativos. Tan pronto como se
publicaron las cartas de Botta a Mohl en las que se anunciaban los
descubrimientos en Khorsabad, se encontró a un hombre
que se lanzó con audacia al intento de descifrar el asirio. Isidore de
Loewenstein tomó como punto de partida principal la comparación entre las
inscripciones asirias y egipcias del jarrón de Caylus. No era precisamente un
buen punto de partida, por lo que resulta sorprendente que su éxito fuera tan
grande como lo fue en realidad. Loewenstein dio en el clavo al sugerir que la
lengua asiria pertenecía a la familia semítica y que, por lo tanto, era hermana
del hebreo, el árabe y el arameo. Esta sugerencia bastaría por sí sola para dar
prestigio a su obra, ya que resultó sumamente fructífera en manos de
investigadores posteriores. Sin embargo, no tuvo mucho éxito a la hora de
determinar los valores de los signos, y era precisamente ahí donde más se
necesitaba el éxito. En la segunda memoria, Loewenstein tuvo mucho más éxito,
pues su punto de partida fue elegido con mayor acierto. Ahora eligió para la
comparación los nombres propios de los persas, que aparecían transcritos en los
textos asirios. Con tales comparaciones se podía dar un buen paso inicial, y
Loewenstein lo hizo de manera acertada. Sin embargo, no le fue dado leer un
texto asirio; eso resultó ser una tarea mucho más difícil de lo que nadie había
imaginado.
Pero el
número de investigadores iba en aumento, y todos tenían la esperanza de que, al
fin, se encontraría el camino hacia la luz.
De todos
ellos, ninguno estaba dotado de una habilidad tan prodigiosa para el
desciframiento como Edward Hincks. Ya había contribuido de manera notable al
desciframiento de la primera forma de las inscripciones de Persépolis y, como
acabamos de ver, su trabajo sobre la segunda fue sumamente importante. Ahora
iba a superar ambos logros, y, al parecer, con facilidad. El 30 de noviembre y
de nuevo el 14 de diciembre de 1846, leyó ante la Real Academia Irlandesa dos
ponencias, posteriormente publicadas como una sola, en las que se adentró con
audacia en el desciframiento del babilonio. En una tercera ponencia, leída el
11 de enero de 1847, modificó en cierta medida las opiniones expresadas en las
dos anteriores y dio un paso más allá. En la elaboración de estas ponencias
parece bastante claro que Hincks no había recibido ayuda alguna de ningún otro
investigador. No había visto la primera ponencia de Loewenstein, y la segunda
aún no se había publicado. El trabajo de Hincks fue independiente en todos los
sentidos. Sería difícil exagerar lo que logró en esos tres artículos. Se
determinó con certeza el significado de varios signos babilónicos, y los
significados asignados entonces siguen siendo la norma hasta el día de hoy.
Incluso logró en ese momento determinar correctamente una gran parte de los
números. Se encontraba en el camino correcto hacia la lectura de los textos,
pero era demasiado prudente como para atreverse a traducirlos. Su método,
incluso bajo la presión del entusiasmo que sin duda le bullía en las venas, se
mantuvo rigurosamente científico.
Y
entonces comenzaron a llegar a París las inscripciones que Botta había
desenterrado en Khorsabad. De las pesadas cajas de
madera salían losas de piedra, cubiertas de polvo, pero con extraños caracteres
en forma de cuña. Henri Adrien de Longperier se encargó de ordenarlas en el
Museo del Louvre. No podía realizar este trabajo sin sentir el deseo de leer
esos caracteres desconocidos, por lo que, al igual que otros en otros lugares,
comenzó a reflexionar sobre el difícil problema. Conocía bien la obra de Loewenstein,
por lo que inició sus propios esfuerzos apoyándose en los hombros de
Loewenstein. Es cierto que Loewenstein no pudo ayudarle mucho con los signos
individuales, pero al menos había seleccionado un grupo de signos, tras
compararlos con el persa antiguo, que creía que representaban la palabra
«grande» y que probablemente se pronunciaba «rabou».
Loewenstein había extraído esto de las inscripciones de Persépolis. Longperier encontró el mismo grupo en las inscripciones de Khorsabad. Dio por buena esa interpretación y siguió
avanzando un poco más. En estos textos de Botta se repetía a menudo una pequeña
inscripción y, tras una larga comparación, A. de Longperier tradujo toda la inscripción de la siguiente manera:
«
«Glorioso es Sargón, el gran rey, el [... ] rey, rey de reyes, rey de la tierra
de Asiria». Pero lo extraño de esta traducción era que no podía nombrar ni
pronunciar ni una sola palabra de toda ella, salvo la palabra «rabou» « grande». Sin embargo, las investigaciones
posteriores demostraron que la traducción era una representación casi completa
y correcta del original. Si de Longperier hubiera
tenido ante sí la lista de signos y significados que Hincks ya había propuesto,
podría haber llegado más lejos. Tal y como fueron las cosas, descifró el nombre
de Sargón y allí se detuvo. Cuando uno echa la vista atrás a todo este trabajo
en Francia, Inglaterra e Irlanda, y ve los pequeños avances aquí y allá, no
puede sino pensar que la lentitud de los progresos se debió principalmente a la
falta de comunicación. Si, de alguna manera, cada investigador hubiera podido
conocer de inmediato los avances de su rival amistoso, el progreso habría sido,
inevitablemente, más rápido. Es cierto, en efecto, que los hombres que trabajaban
en Francia lograban mantenerse bastante bien en contacto a través de artículos
publicados, cartas o reuniones de sociedades. Pero el irlandés, mucho más
brillante, al otro lado de dos canales tempestuosos, no encontraba forma de
enterarse rápidamente de lo que pensaban, y, lo que es peor aún, no podía
darles a conocer fácilmente su trabajo. Este último hecho era tan dolorosamente
cierto que los entusiastas franceses siguieron trabajando sin descanso sin su
inestimable ayuda. Esta falta de comunicación fluida de hipótesis y resultados
persiste aún en cierta medida, a pesar de todas las mejoras en la imprenta y en
la difusión de documentos, y parece aumentar más que disminuir debido al gran
número de sociedades y revistas dedicadas a la investigación científica.
Botta
había regresado ya a París y estaba publicando por entregas una memoria sobre
la lengua de las inscripciones que había dado a conocer al mundo. Apenas hizo
esfuerzo alguno por descifrarlas o traducirlas, pero recopiló todas las
inscripciones que había encontrado, y elaboró listas detalladas de los signos
que halló en ellas. Diferenció nada menos que 642 signos distintos, suficientes
para hacer temblar incluso al más valiente de los descifradores. Para cada uno
de estos signos había que encontrar un valor, un significado o ambos. Esto
zanjó de una vez por todas toda controversia sobre la existencia de un
alfabeto. Si había 642 caracteres, algunos de ellos sin duda debían representar
sílabas. Pero, ¿cómo podía haber tantas sílabas? Botta examinó las inscripciones
de Persépolis, comparando la inscripción n.º 1, que es persa, con la
inscripción n.º 3, que es babilónica. En la n.º 1 encontraba a veces el nombre
de un país representado por varios signos, mientras que en la n.º 3, en el
lugar correspondiente, halló el mismo país representado por un solo signo.
Quedó entonces claro que esta lengua babilónica se escribía, al menos en parte,
mediante ideogramas. Aquí se planteaba otra dificultad añadida, pues incluso si
se llegara a conocer el significado de estos ideogramas, ¿cómo sería posible
aprender la palabra en sí misma o, por decirlo de manera aproximada por el
momento, su pronunciación? Sin duda, eso era un problema, y los medios para
resolverlo no se vislumbraban en aquel momento, ni durante muchos días. El
trabajo de Botta continuó, sin embargo, sin ese conocimiento tan deseable, y
finalmente identificó las palabras para «rey», «tierra», «pueblo» y algunas
otras de menor importancia, pero aún así no podía
transcribir las palabras en caracteres latinos. Podía anotar un signo y decir:
«Ahí, eso significa “tierra”, pero no tengo ni idea de cómo lo leían los
asirios». Con un conocimiento tan deficiente como este, Botta, naturalmente, no
intentó ninguna traducción completa. Sin embargo, había hecho una contribución
útil en el sentido positivo, y otra aún más útil en el sentido negativo, al
demostrar lo insostenibles que eran algunas de las antiguas teorías
alfabéticas.
Mientras
tanto, De Saulcy continuó con sus esfuerzos por
descifrar las inscripciones de Persépolis y otras de los reyes aqueménidas.
Publicó algunos artículos que, por desgracia, no dieron ningún resultado
satisfactorio. Esto le ha valido cierto rechazo por parte de los irreflexivos,
que nunca se atreven a cometer un error, y, por lo tanto, nunca logran nada. De Saulcy cometió los errores, se percató pronto de
ellos y se dispuso alegremente a subsanarlos. También había estado trabajando
en egipcio y había aprendido mucho en esa escuela sobre los procesos de
desciframiento. En esto se parecía a Hincks, y parece que de Longperier también obtuvo indicaciones útiles en la misma
escuela. Ahora, de Saulcy estaba listo para dar el
paso audaz de intentar descifrar y traducir una inscripción completa. Se
trataba de la primera publicación de una inscripción asiria completa, con un
comentario que justificaba y explicaba el método palabra por palabra. En este artículo,
De Saulcy recogió ciento veinte signos cuyo significado
creía conocer, pero la incertidumbre era grande, e incluso él apenas podía
afirmar que hubiera resuelto satisfactoriamente las dificultades que planteaba
la repetición de signos para la misma consonante.
Lo que De Saulcy no pudo lograr lo consiguió Hincks. En un
notable artículo sobre las inscripciones de Khorsabad,
leído el 25 de junio de 1849, Hincks demostró cómo se expresaban las vocales
junto con sus consonantes en el mismo signo. Había, por ejemplo, un signo para
RA, otro para RI y otro más para RU. También había un signo para AR y,
presumiblemente, para UR e IR, aunque no definió de forma completa y perfecta
estos dos últimos. Esto supuso un avance enorme, ya que a todos estos signos
separados De Saulcy les había asignado el significado
«R». Esta ponencia no se completó del todo hasta el 19 de enero de 1850, fecha
hasta la cual Hincks siguió realizando añadidos y correcciones en ella. Al
final del mismo añadió unas pocas líneas de traducción del asirio. Se trataba,
en efecto, de una traducción en un sentido que ningún otro intérprete había
logrado. Presentaba primero los caracteres asirios, luego un intento de
transcripción a caracteres latinos y, por último, la traducción casi completa y
prácticamente correcta. Es imposible leer este artículo hoy en día sin
sorprenderse por su comprensión de los principios fundamentales, su aguda
percepción de la forma y la vida lingüísticas, y su asombrosa demostración de
capacidad de combinación.
El año
1849 había terminado bien, y el año 1850 había comenzado con todos los indicios
de esperanza. Ahora se avecinaban cosas aún más grandiosas. Los descubrimientos
de Layard en Nínive habían comenzado a llegar a
Londres, donde no podían dejar de reavivar el estudio de la lengua asiria, tal
y como habían hecho los de Botta en Francia. Era natural que el primero en
aprovechar el nuevo material así puesto a su alcance fuera sir Henry Rawlinson.
Ningún hombre había sufrido tanto en sus esfuerzos por conseguir copias de las
inscripciones, y ahora que se encontraba de nuevo en Londres no es de extrañar
que se hiciera de inmediato con el hermoso obelisco que Layard había traído del
yacimiento de Nimrud. En dos ponencias leídas el 19 de enero y el 16 de febrero,
Rawlinson ofreció un análisis minucioso y agudo de esta gran inscripción,
concluyendo con una traducción provisional de aquellas partes que, según su
estudio, parecían tener un sentido razonable. Si comparamos este trabajo de
Rawlinson con el de Hincks, sale considerablemente mal parado. Es cierto que
Rawlinson a menudo ha dado en el clavo con el verdadero sentido de un pasaje;
es más, en muchas ocasiones ha presentado incluso una traducción fluida que
estudios posteriores han justificado en gran medida. Por otro lado, no presentó
el texto, la transcripción ni la traducción juntos, como había hecho Hincks,
por lo que resultaba imposible para los estudiosos que no pudieran examinar el
original criticar, verificar o refutar los valores que él asignaba a los caracteres.
Está claro que, sin esto, nunca puede haber un progreso definitivo y seguro en
ninguna labor de interpretación. No obstante, aunque Rawlinson no había
proporcionado los medios para ello en su traducción, sí había analizado varias
palabras, imprimiendo el signo junto con su transcripción y traducción, y
proporcionando así material completo para el uso de los investigadores
posteriores.
Pero
incluso después de esto, la gran contribución de Rawlinson al desciframiento
aún estaba por llegar. Mientras los estudiosos en Europa se debatían con las
inscripciones de Persépolis, él vivía solo en Bagdad, buscando cualquier
oportunidad para estudiar las rocas de Behistún y obtener así una copia
completa de la gran inscripción trilingüe de Darío. Ya había publicado la parte
persa de este texto; y Edwin Norris, con su permiso, había publicado la segunda
parte (entonces denominada «meda»). La parte más importante era la babilónica,
y Rawlinson aún conservaba en su poder la copia de la misma, revisándola
minuciosamente e intentando desentrañar hasta el último secreto de los
complejos signos antes de atreverse a darla a conocer al mundo. Rawlinson ha sido
injustamente culpado y criticado por la duración de este retraso. Que estaba
celoso de su fama queda bastante claro por las polémicas cartas de años
posteriores, pero en esto tenía motivos más que suficientes. Otros trabajaban
en el esfuerzo por descifrar estos registros, perdidos desde hacía mucho
tiempo, de los pueblos del mundo antiguo. Estaban ansiosos por alcanzar el
fantasma de la fama para sí mismos, y era poco probable que muchos se tomaran
la molestia de conservar para Rawlinson la fama que, con toda justicia, le
correspondía por sus logros , como una pequeña compensación por la pérdida de
comodidades y por las privaciones y penurias que había soportado.
Por fin,
en 1851 apareció la tan esperada y ansiosamente aguardada «Memoria». Rawlinson
publicó ciento doce líneas de inscripción en escritura cuneiforme, acompañadas
de una transcripción interlineal en caracteres latinos y una traducción al
latín. A ello se añadía un conjunto de notas en las que se analizaban muchos
principios gramaticales y de interpretación, junto con breves listas de signos.
Esta
«Memoria» de Rawlinson debe considerarse, con toda justicia, una obra que marcó
una época. Por fin se presentaba una inscripción larga y difícil traducida casi
en su totalidad, y se llevaba el estudio de la lengua asiria hasta el punto de
entablar un debate minucioso sobre sutilezas gramaticales . Se trataba, sin
duda, de la culminación de una tarea gigantesca llevada a cabo en medio de
grandes dificultades, con un único objetivo. La ciencia y la sociedad han
honrado muy poco al hombre que se atrevió a emprender y llevó a cabo esta gran
tarea.
Pero, por
muy grande que fuera el resultado del trabajo de Rawlinson, en cierto sentido
trajo consigo nuevas dificultades y pruebas para los pacientes intérpretes de
los textos. De sus estudios se desprendía con total claridad que, en asirio o
babilonio, un mismo signo no siempre poseía el mismo significado . A signos
como estos, Rawlinson los denominó «polifónicos». Esto supuso una dificultad
añadida a las ya existentes. He aquí, por ejemplo, un signo que tenía los
valores silábicos Kal, Rib, Dan, etc. Este principio
les pareció a algunos de los críticos de Rawlinson totalmente absurdo. Además,
en la opinión pública contribuyó en gran medida a destruir toda la confianza en
la interpretación propuesta de las inscripciones babilónicas. «¿Cómo —diría
alguien— «¿cómo sabes cuándo hay que leer este signo como Kal, o cuándo como Rib, o cómo sabes que no significa Dan?» «Sí», añade otro,
«¿cómo esperas que creamos que un gran pueblo como los asirios y los babilonios
pudiera haber llevado registros con un lenguaje así, o con un sistema de
escritura como ese? Todo ello es imposible a primera vista». Por supuesto,
tales críticas no podían impresionar a Rawl inson;
sus conocimientos los había adquirido a base de pasos laboriosos y lentos, y no
eran tan fáciles de refutar. Sin embargo, sí tenían peso en la opinión pública,
y la opinión pública no puede ser menospreciada ni descartada ni siquiera por
los estudiosos. Había que tenerla en cuenta, como Rawlinson sabía muy bien. Con
el tiempo sería fácil demostrar que su interpretación era correcta; para ese
día, él podía esperar pacientemente. Sin embargo, fue una lástima que Rawlinson
no pudiera exponer todas sus razones y todos sus razonamientos, junto con todo
el aparato crítico. En este aspecto concreto, uno no puede evitar sentir cierta
decepción ante la gran «Memoria»; al menos en esto, no estaba a la altura de
los artículos de Hincks.
Aunque
muchos consideraban ya que Rawlinson había resuelto el problema en sus puntos
principales, Hincks nunca relajó ni por un momento su enérgica búsqueda de una
interpretación.
En julio
y agosto de 1850, parece que asistió a la reunión de la Asociación Británica en
Edimburgo, donde distribuyó entre los miembros una lámina litografiada que
contenía una serie de signos que registraban formas verbales. Este trabajo, del
que solo se publicó un breve resumen, ha pasado casi desapercibido en la
historia de los avances de la investigación asiria. Sin embargo, reviste gran
importancia. Demuestra que Hincks había ido más allá de limitarse a adivinar el
significado de las frases y había llegado a estudiar la gramática de la lengua
que tenía entre manos. En este campo no tardaría en destacar por encima de
todos los demás y sentaría unas bases profundas y sólidas para la gramática
asiria.
Durante
el año 1851, Hincks parece no haber publicado nada y probablemente se dedicó
entonces a estudiar todo el material al que tenía acceso. Al año siguiente
publicó una lista de doscientos cincuenta y dos caracteres asirios, cuyas
reglas analizó por separado. Este artículo supone un avance extraordinario con
respecto a todo lo anterior. Ya no se limita a aplicar únicamente los antiguos
métodos de desciframiento, sino que añade a este método uno nuevo y mucho más
minucioso. Analiza las formas gramaticales y muestra cómo una raíz aparece en
diferentes formas según su uso en distintas conjugaciones. De este modo, es
capaz de comprobar los valores propuestos y verificarlos. En este artículo,
además, demostró que el asirio poseía un sistema de escritura sumamente
elaborado. En primer lugar, existían signos para las vocales simples, como a,
i, u. En segundo lugar, había caracteres silábicos simples, como ab, ib, ub, ba, bi, bu; en tercer lugar, había caracteres silábicos
complejos, como bar, ban, rab, etc.
Mientras
tanto, Jules Oppert había regresado de Babilonia y, poco después, visitó
Inglaterra para ver las colecciones del Museo Británico. Asistió a la reunión
de la Asociación Británica celebrada en Glasgow en 1855, donde escuchó el
relato de Sir Henry Rawlinson sobre las excavaciones en Birs Nimroud y él mismo habló sobre los resultados de su
propio trabajo en Babilonia.
El número
de investigadores iba en aumento, pues Oppert supuso una gran incorporación en
París, tras sus dos años de ausencia, y en Inglaterra se produjo una nueva
incorporación en la persona de Fox Talbot, un hombre de extraordinario talento.
Pero, a pesar de todos los nuevos investigadores en Irlanda, Francia e
Inglaterra, que se sumaron a los principios y a los resultados del
desciframiento, había muchos que se burlaban o que ponían en duda todo el
asunto. Ya se habían expresado dudas sobre las traducciones en numerosas
ocasiones, y los investigadores las habían pasado por alto sin prestarles
atención. H. Fox Talbot, sin embargo, en pleno entusiasmo por su vida
académica, no estaba dispuesto a seguir escuchando esas dudas sin hacer algún
esfuerzo por disiparlas. Por ello, ideó un plan novedoso y llamativo. Rawlinson
estaba a punto de publicar, por encargo de los administradores del Museo
Británico, copias litográficas de una selección de inscripciones asirias. Ya
había copiado y litografiado el contenido de un cilindro que, según afirmaba,
contenía el nombre de Tiglat-pileser. Se envió una
copia anticipada de esta litografía a Fox Talbot, quien de inmediato tradujo
las partes que pudo descifrar sin dificultad. Metió esta traducción en un
sobre, lo selló cuidadosamente y lo envió a la Real Sociedad Asiática,
acompañado de una carta cuyo propósito queda claramente reflejado en los
siguientes extractos
«Habiendo
tenido el honor de recibir una copia anticipada de la litografía de esta
inscripción gracias a la generosidad de los patronos del Museo Británico y de
Sir H. Rawlinson, he realizado a partir de ella la traducción que ahora
presento a la sociedad. Unas pocas palabras explicarán mi propósito al hacerlo:
«Muchas
personas se han negado hasta ahora a creer en la veracidad del sistema mediante
el cual el Dr. Hincks y Sir H. Rawlinson han interpretado los escritos asirios,
porque contiene muchas cosas totalmente contrarias a sus opiniones
preconcebidas. Por ejemplo, cada grupo cuneiforme representa una sílaba, pero
no siempre la misma sílaba; a veces una y otras veces otra. A lo que se
responde que tal libertad abriría la puerta a todo tipo de incertidumbre; que
los propios asirios antiguos, los nativos del país, nunca habrían podido leer
ese tipo de escritura y que, por lo tanto, el sistema no puede ser cierto y las
interpretaciones basadas en él deben de ser erróneas. «
Así era
como Talbot percibía la situación, y sugirió que su traducción se mantuviera
bajo llave hasta que se publicara la de Sir Henry Rawlinson, para luego
comparar ambas versiones. Si entonces se comprobara que ambas coincidían en lo
esencial, ello contribuiría en gran medida a convencer a los escépticos, ya que
cada traducción se habría realizado de forma totalmente independiente de la
otra. Cuando esta comunicación se leyó ante la Sociedad, Sir Henry Rawlinson
propuso que se tomaran medidas para llevar a cabo el plan del Sr. Tal a una
escala aún mayor de la que él había previsto. Se decidió solicitar a Sir Henry
Rawlinson, Edward Hincks y Jules Oppert que enviaran a la Sociedad, en sobres
sellados, traducciones de esta misma inscripción. A continuación, estas
traducciones se abrirían y compararían en presencia del siguiente comité: el
Muy Reverendo Decano de St. Paul’s (Dr. Milman) , el
Dr. Whewell, Sir Gardner Wilkinson, el Sr. Grote, el reverendo W. Cureton y el
profesor H. H. Wilson.
Sir Henry
Rawlinson proporcionó una versión casi completa, pero ni el Dr. Hincks ni el
Dr. Oppert habían tenido tiempo de completar las suyas. Sin embargo, enviaron
material suficiente para una comparación efectiva. Se comprobó, en efecto, que
las versiones presentaban una correspondencia muy estrecha, y el comité informó
de que:
«Las
coincidencias entre las traducciones, tanto en cuanto al sentido general como a
la reproducción verbal, eran muy notables. En la mayoría de los pasajes había
una fuerte correspondencia en el significado asignado, y, en ocasiones, una
curiosa identidad de expresión en cuanto a palabras concretas. Cuando las
versiones diferían de manera muy sustancial, cada traductor había señalado en
muchos casos el pasaje como de significado dudoso o incierto. En la
interpretación de los números se observó en todo momento una correspondencia
singular».
A
continuación, los examinadores elaboraron tablas de coincidencias y
variaciones, y la Real Sociedad Asiática publicó las cuatro traducciones una al
lado de la otra.
El
impacto de esta demostración en Gran Bretaña fue enorme y generalizado. Poco a
poco quedó claro para la opinión pública que las inscripciones asirias se
habían leído realmente, y la opinión pública en Gran Bretaña es una fuerza
tanto en la ciencia como en la política. Los resultados de su influencia no
tardarían en aparecer .
Con esta
demostración popular, puede considerarse que la tarea de interpretar las
inscripciones asirias y babilónicas ha alcanzado una posición consolidada. De
hecho, era necesario que todo el trabajo, desde los primeros intentos de
Grotefend por descifrar las inscripciones de Persépolis, fuera sometido a
examen por mentes frescas. Este examen se garantizó a medida que, uno tras
otro, fueron surgiendo nuevos estudiosos de la asiriología. El terreno estaba,
sin embargo, totalmente conquistado y firmemente afianzado. El estudio de la
asiria pudo ocupar su lugar junto a sus hermanas mayores en las universidades
de todo el mundo. El material que Botta había enviado a París se estaba
analizando rápidamente, y casi cada semana aparecían artículos que trataban sus
resultados históricos. En Inglaterra, las inscripciones que habían sido
enviadas desde las excavaciones de Layard, Loftus,
Taylor y, especialmente, Rassam, estaban revelando sus secretos. No tardaría
mucho en que la opinión pública exigiera que se reanudaran las excavaciones. En
aquel momento, sin embargo, los investigadores se afanaban en consolidar los
resultados de las expediciones anteriores.
En medio
de todos estos esfuerzos de desciframiento, surgió un movimiento destinado a
influir enormemente en el progreso de los estudios asirios en Inglaterra. El 18
de noviembre de 1870 se reunió en las oficinas del señor Joseph Bonomi, en Lincoln’s Inn Fields, un grupo de hombres convocados por él
y por el doctor Samuel Birch, del Museo Británico. Se les pidió «que examinaran
el estado actual de la investigación arqueológica y, si lo consideraban
conveniente, crear una asociación para orientar el curso de las futuras
investigaciones y conservar un registro de los materiales ya obtenidos, una
asociación cuyos objetivos especiales fueran recopilar, a partir de los
monumentos en rápido deterioro de las razas semíticas y afines, ilustraciones
de su historia y peculiaridades; investigar y sistematizar las antigüedades de
los antiguos y poderosos imperios y pueblos primitivos, cuyos registros se
centran en torno a las venerables páginas de la Biblia». Como resultado de esta
conferencia preliminar, se convocó una reunión pública en las salas de la Real
Sociedad de Literatura el 9 de diciembre de 1870, momento en el que se fundó la
Sociedad de Arqueología Bíblica. El Dr. Samuel Birch fue elegido presidente y
el Sr. W. R. Cooper, secretario, mientras que Sir Henry Rawlinson, el Muy
Honorable W. E. Gladstone y el decano R. Payne Smith fueron nombrados
vicepresidentes. Entre los primeros miembros figuraban Edwin Norris, Hormuzd Rassam,
W. H. Fox Talbot, el reverendo A. H. Sayce y George Smith. La sociedad tuvo
éxito desde el primer momento de su existencia, siendo especialmente notable su
influencia en los estudios asirios y babilónicos. El primer volumen de Transactions se publicó en diciembre de 1871, y en
él Fox Talbot escribió sobre «Un eclipse antiguo» (en Asiria), y George Smith
aportó un extenso artículo sobre «La historia temprana de Babilonia». En poco
tiempo, las publicaciones de la sociedad se convirtieron en el principal
repositorio de las investigaciones realizadas por los estudiosos ingleses sobre
los textos de los asirios y los babilonios.
EL
DESCIFRAMIENTO DEL SUMERIO Y DEL VANNICO
Los
primeros estudiosos que intentaron descifrar las antiguas inscripciones persas
hicieron hincapié en la dificultad de los caracteres cuneiformes. Eran tan
totalmente diferentes de cualquier otra forma de escritura que, incluso
mientras se esforzaban por descubrir su significado, comenzaron las disputas
sobre su origen. Si los signos se hubieran parecido a representaciones
rudimentarias de objetos, como los jeroglíficos egipcios, habría habido alguna
pista sobre su origen, pero durante el proceso de desciframiento nadie pudo
discernir tal parecido. Cuando comenzó el desciframiento del asirio, los
estudiosos se preguntaron aún más acerca de los inventores o descubridores de
aquellos signos extrañamente complicados. Cuando por fin se logró leer el
asirio, varios investigadores comprendieron casi simultáneamente que pertenecía
a la familia de lenguas semíticas. Ese descubrimiento intensificó la dificultad
relativa a su método de escritura. En 1850, Edward Hincks llamó la atención
sobre el hecho de que, aunque el asirio fuera una lengua semítica, su escritura
era totalmente diferente a la utilizada por cualquiera de las lenguas
emparentadas. Sugirió que la escritura estaba relacionada con la egipcia y
planteó la hipótesis de que había sido inventada por un pueblo indoeuropeo que
había estado en contacto con los egipcios y había tomado prestado algo de su
método de escritura.
Poco
después (1853) Rawlinson escribió a la Real Sociedad Asiática anunciando el
descubrimiento de varias inscripciones «en lengua escita», que, en su opinión,
guardaban relación con los textos medos de las inscripciones de Persépolis.
Afirmó que estas nuevas inscripciones eran más antiguas que las de Persépolis,
y también más antiguas que la dinastía de Nabucodonosor, y argumentó que los
escitas ya ocupaban el territorio occidental antes de que aparecieran los
semitas. Tenía claramente la opinión de que había encontrado inscripciones
escritas en caracteres cuneiformes, pero en una lengua no semítica. En
definitiva, parece que se inclinaba por la idea de que estos escitas habían
inventado el método de escritura cuneiforme. Esta opinión fue expuesta al año siguiente
por Oppert, quien intentó demostrar cómo esta supuesta escritura escita había
pasado a manos de los asirios.
Rawlinson
se encontraba entonces inmerso en la investigación de este nuevo problema, y el
1 de diciembre de 1855 pudo informar de avances sustanciales a la Real Sociedad
Asiática. Había estado estudiando las llamadas inscripciones «escitas», que
databan del siglo XIII a. C., y encontró la misma lengua en las columnas
izquierdas de los silabarios asirios. Estos silabarios podían explicarse como
conjuntos de alfabetos comparables, gramáticas y vocabularios de las lenguas
escita y asiria. Su teoría era ahora que estos escitas babilónicos eran
conocidos como acadianos. Eran el pueblo que había construido las ciudades y
fundado la civilización de Babilonia. Los semitas se habían limitado a sumarse
a sus esfuerzos y habían adoptado de ellos el sistema de escritura cuneiforme.
Consideraba que la lengua de los acadianos estaba más estrechamente relacionada
con el mongol y manchú que con cualquier otra de las lenguas turánicas.
Mientras
tanto, Hincks había estado estudiando algunos pequeños textos bilingües y
estaba preparado para señalar algunas de las peculiaridades de la lengua acadia
recién descubierta. Observó, en primer lugar, que los verbos permanecían
totalmente inalterados en todas las personas y números, mientras que los
sustantivos formaban el plural mediante la adición de «ua»
o «wa». También encontró posposiciones donde nosotros
usaríamos preposiciones, lo que constituía un parecido con las lenguas turánicas, aunque no llegó tan lejos como Rawlinson a la
hora de afirmar con cuál de ellas el acadio parecía estar más estrechamente
relacionado. Un año más tarde, Hincks abandonó el nombre de «acadio»,
prefiriendo denominarlo con un nombre como «caldeo antiguo». Esta fue su última
contribución a la investigación de las inscripciones y las lenguas que estas
expresaban. El 3 de diciembre de 1866, falleció, dejando tras de sí un legado
imperecedero de trabajo minucioso, erudición rigurosa, y una asombrosa
fertilidad e ingenio mental. A la nueva ciencia de la asiriología había
aportado más contribuciones de valor perdurable que, quizás, cualquier otro de
los primeros descifradores. La muerte de Hincks dejó a Jules Oppert como líder
en la labor de desentrañar los enredados hilos de la nueva lengua.
En 1869,
Oppert presentó una ponencia académica sobre el origen de los caldeos, en la
que dio el nombre de «caldeo» o «sumerio» como nombre de la lengua que
Rawlinson había denominado «acadio». Muchos consideraron que el nombre
«sumerio» era más adecuado y poco a poco se fue imponiendo, aunque algunos
estudiosos siguen utilizando «acadio» hasta hoy, mientras que durante un breve
periodo de tiempo estuvo en boga la expresión «sumero-acadio».
Hasta ese
momento, el estudio del acadio o sumerio se había llevado a cabo en gran medida
desde una perspectiva histórica y geográfica. No se había estudiado, comentado
ni traducido ningún texto concreto hasta 1870, cuando el profesor A. H. Sayce
dedicó a una pequeña inscripción de Dungi la exégesis
filológica más elaborada. En ella se compararon una a una las palabras en
acadio con palabras de valor fonético similar en más de una veintena de lenguas
y dialectos, y por primera vez se reconocieron préstamos del acadio en el
asirio. Este artículo supuso un avance notable en el estudio del sumerio, al
tiempo que ponía de manifiesto el nivel alcanzado por sus predecesores en esta
nueva disciplina. Sayce había demostrado ser un digno sucesor de Hincks en
cuanto a perspicacia filológica y había contribuido en gran medida al estudio
gramatical del sumerio. Le siguió rápidamente Oppert, quien aportó más material
gramatical en dos excelentes artículos.
Hasta ese
momento, nadie se había atrevido a elaborar una gramática sumeria, aunque el
material se acumulaba rápidamente. Pero en 1873 Lenormant comenzó a publicar la segunda serie de sus Lemires assyriologiques, cuya primera parte contenía una
gramática completa y sistemática del sumerio. En la sección dedicada a la
fonética, Lenormant señaló la correspondencia entre
ng y m, e identificó Sumer (= Sungiri) con Sennar, Shinar (Génesis x, 10) y
Samarrah (Abu 'l-Farag, Hist. dyn., ed. Pococke, p.
18) y Sumere (Amm. Marc.
25, 6). La segunda parte de este libro se dedicó íntegramente a los paradigmas,
mientras que la tercera contenía una extensa lista de signos cuneiformes. La
cuarta y última parte se dedicó a una larga discusión sobre el nombre de la
lengua, en la que Lenormant se opuso con erudición al
nombre de «sumerio» propuesto por Oppert y defendió el nombre más antiguo de
«acadio». El libro en su conjunto le valió ya de por sí una considerable
reputación académica, y fue seguido por otro en un plazo de tiempo sorprendentemente
breve. En este, Lenormant no se ocupó directamente de
la lengua sumeria, pero en dos capítulos, titulados «El pueblo de Accad» y «Los turanios en Caldea y en Asia occidental»,
volvió a abordar este difícil tema. Había llegado ya a la conclusión de que la
lengua acadia —como seguía insistiendo en llamarla— debía clasificarse en la
familia ural-altaica y considerarse como el tipo de
un grupo especial. En ciertos aspectos, consideraba que tenía mayor afinidad
con las lenguas ugro-finesas, y en otros, con las
lenguas turcas.
A pesar
de todos los logros de los investigadores ingleses y franceses, el tema seguía
planteando numerosas dificultades, y cuando Eberhard Schrader —a quien más
tarde se denominó con razón «el padre de la asiriología en Alemania»— escribió
su importante libro sobre las inscripciones asirio-babilónicas, prácticamente
lo eludió. En este libro se vio obligado a referirse a la lengua que aparecía
en la columna izquierda de los silabarios, pero no se adentró en las
controvertidas cuestiones que enfrentaban a Lenormant y Oppert. Sin embargo, dos años más tarde, en una reseña sobre Lenormant se posicionó definitivamente de su lado frente a
Oppert y adoptó el acadio en lugar del sumerio. En esto le siguió su
distinguido discípulo, Friedrich Delitzsch, quien aportó algunas explicaciones
adicionales sobre los silabarios.
Cuando el
año 1873 llegaba a su fin, los estudiosos tenían motivos para considerar
zanjada la cuestión que había desconcertado a Hincks en 1850. Podían afirmar
que todos los estudiosos coincidían en dos proposiciones, a saber: 1. El método
de escritura cuneiforme no fue inventado por los babilonios ni los asirios, de
origen semítico. 2. Fue inventada por un pueblo que hablaba una lengua
perteneciente a las formas aglutinantes del lenguaje humano. Es cierto que aún
existía una controversia sobre el nombre de la nueva lengua —si debía llamarse
acadio o sumerio— y que había numerosas cuestiones relativas a su carácter,
antigüedad, literatura e historia que podrían ocupar la pericia y la paciencia
de los investigadores durante mucho tiempo, pero la cuestión principal ya
estaba zanjada.
¡Ay, del
peligro de la excesiva seguridad! Mientras Oppert y Lenormant discutían sobre el nombre de esta lengua antigua, vivía en París un
orientalista, Joseph Halevy, que gozaba de un rango distinguido como erudito en
el difícil campo de la epigrafía semítica. Halevy no era conocido en absoluto
como asiriólogo, pero había seguido al detalle todo el proceso de
desciframiento del sumerio, había seguido todas las discusiones sobre sus
peculiaridades gramaticales y, desde el principio, ¡nunca había creído en su
existencia! El 10 de julio de 1874, la Académie des Inscriptions escuchó la primera de una serie
de ponencias suyas sobre la cuestión sumeria. Le siguieron otras ponencias el
24 de julio y el 14 de agosto. En ellas, Halevy abordó tres cuestiones: 1.
Admitiendo su existencia, ¿pertenece la lengua acadia a la familia turánica? 2. ¿Cabe admitir la existencia de un pueblo turánico en Babilonia? 3. ¿Presentan estos llamados textos
acadianos una lengua real distinta del asirio, o simplemente un sistema de
escritura ideográfico inventado por los asirios? Como ha señalado Weissbach, el
orden de estas cuestiones resulta extraño y poco metódico. Halevy debería haber
comenzado por la tercera cuestión y, a continuación, haber pasado a las otras
dos. Pero, se diga lo que se diga del método, no puede haber dos opiniones en
cuanto a la consumada destreza del debate. La mente de Halevy rebosaba de
conocimientos filológicos, históricos y etnológicos; era un dialéctico superior
a Lenormant u Oppert; tenía la agudeza de un
polemista nato a la hora de descubrir los puntos más débiles en los argumentos
de sus oponentes y la destreza de un espadachín experto para desmontarlos. Fue
un acto de gran audacia por parte de un hombre que aún no era conocido como
asiriólogo oponerse en solitario a las fuerzas unidas de la comunidad académica
del departamento. Halevy había intentado demostrar nada menos que la tesis de
que todos los estudiosos, desde el inicio de la investigación de Hincks y
Rawlinson, habían estado equivocados. Los signos que ellos habían supuesto que
representaban las sílabas o palabras de una lengua hablada en Babilonia en los
albores de la historia documentada no eran para él más que el producto
fantasioso de las mentes fértiles de los sacerdotes asirios. La escritura
cuneiforme era una invención de los semitas, utilizada por ellos desde hacía
mucho tiempo, y las llamadas palabras sumerias no eran más que signos
crípticos, inventados para despistar y utilizados especialmente en conjuros o
fórmulas religiosas.
Cuando se
publicaron los artículos de Halevy, ni un solo asiriólogo quedó convencido por
ellos, y solo un autor anónimo se atrevió a aceptar sus conclusiones. Por el
contrario, todos los asiriólogos de renombre que habían participado en las
debates anteriores, no tardó en salir al ruedo con artículos que atacaban las
posturas de Halevy o defendían una posición que, hasta hacía poco, había
parecido tan segura que no requería defensa alguna. En pocos meses, Lenormant había escrito un extenso volumen en contra,
mientras que Schrader se contentó con un artículo competente y mucho más breve.
Delitzsch, en una reseña del libro de Lenormant,
también se alineó con ellos, mientras que Oppert, aunque se oponía a Halevy con
toda su erudición y perspicacia, siguió defendiendo sus propios principios
particulares frente a Lenormant, Schrader y
Delitzsch.
La
cuestión estaba ahora plenamente planteada y, por muy serias y competentes que
hubieran sido sin duda las respuestas a Halevy, hay que reconocer, para ser
justos, que no lo habían expulsado del terreno de batalla. Halevy había
respondido con prontitud a Lenormant y había contribuido
en gran medida a atenuar el efecto del ataque de aquel erudito contra su
postura. Los defensores de la existencia de la lengua sumeria no se ponían de
acuerdo entre sí en muchos puntos, y allí donde discrepaban, Halevy los
enfrentaba hábilmente unos contra otros en su argumentación. En 1876 leyó ante
la Académie des Inscriptions,
y posteriormente publicó, un artículo sobre el origen asirio de la escritura
cuneiforme , en el que modificó ligeramente sus opiniones, aunque insistió
enérgicamente en que todo el sistema era semítico. Este artículo se reimprimió
entonces, junto con la publicación anterior de 1874, en forma de libro, y con
ello comenzó a ganar algunos adeptos a sus opiniones, siendo los primeros W. Deecke y Moritz Grunwald. Eso supuso al menos un pequeño
avance, y se sintió animado a seguir adelante con nuevos argumentos.
Mientras
tanto, las filas de quienes aún creían en la existencia de la lengua antigua se
estaban cerrando. Poco a poco, el nombre de Oppert, «sumerio» , fue aceptado
por los estudiosos, entre los que destacaban los discípulos de Delitzsch, Fritz
Hommel y Paul Haupt, mientras que Lenormant cedió en
un punto y lo denominó «la lengua de Sumer y Acad». En 1879 apareció un pequeño
libro de Paul Haupt del que se puede decir, sin lugar a dudas, que abrió una
nueva era en todo el debate. Haupt era entonces un joven de extraordinarias
dotes, y su análisis de las leyes familiares sumerias demostró cómo tratar un
texto bilingüe de manera rigurosamente científica. No cabe duda de que Haupt
había contribuido en gran medida a frenar la corriente que amenazaba hacia la postura
de Halevy. No obstante, en 1880, Stanislas Guyard se pasó al bando de Halevy, y
en 1884 lo hizo Henri Pognon, siendo estos los primeros asiriólogos en adoptar
sus puntos de vista. Entre ambas fechas, De Sarzec había estado llevando a cabo sus excavaciones en Tello, en el sur de Babilonia,
y había estado enviando al Louvre los ejemplares más interesantes de sus
descubrimientos. En 1884 apareció la primera parte de su libro, que contenía
copias de las inscripciones recién descubiertas. Para los estudiosos del
sumerio no cabía la menor duda de que estas inscripciones estaban escritas en
lengua sumeria. Halevy comenzó de inmediato a explicar que aquellas palabras de
sonido extraño eran, en realidad, semíticas, y en 1883, en el Congreso
Internacional de Orientalistas celebrado en Leiden, presentó una ponencia muy
elaborada en la que expuso su teoría en su forma más completa y científica .
Halevy no estaba convencido de que sus opiniones fueran erróneas a la luz de
ninguno de los argumentos ya esgrimidos, ni tampoco le hizo cambiar de opinión
la aparición de los monumentos e inscripciones de De Sarzec. Sus esfuerzos se hicieron más enérgicos, y el apoyo
de Guyard fue igualmente vigoroso. Sin embargo, la causa no avanzaba, sino que,
en una perspectiva más amplia, en realidad estaba perdiendo terreno. Resultaba
significativo que la escuela más joven de asiriólogos apoyara firmemente la
teoría sumeria. Jensen, que más tarde sería conocido como uno de los
asiriólogos más eminentes de su época, se opuso a la opinión de Halevy en su
primer trabajo, al igual que Henrich Zimmern, cuyo primer artículo fue de aún
mayor importancia. Carl Bezold también se unió a la escuela más antigua. Pero
el apoyo de la más alta categoría estaba ya casi al alcance de Halevy. En unas
notas añadidas al primer libro de Zimmern, Delitzsch
aprovechó la ocasión para hablar en términos elogiosos de las importantísimas
contribuciones de Halevy al tema y, aunque aún no se había alineado a su lado,
declaró que su punto de vista merecía un examen muy minucioso. No en vano el
gran orientalista francés se regocijaba ante tal promesa de adhesión. Cuando
apareció la primera parte del diccionario asirio de Delitzsch, cada página
contenía una prueba de que, en su caso, la larga y valiente lucha de Halevy había
triunfado. Delitzsch se había sumado a las aún escasas filas de los antiacadianos, y cuando se publicó su gramática asiria, se
dedicó un párrafo entero a un ataque de lo más incisivo contra la teoría
sumeria. La incorporación de Delitzsch supone el punto álgido de la teoría de
Halevy. El día siguiente traería un gran cambio.
La
gramática de Delitzsch fue acogida con entusiasmo, como bien merecía, pero el
párrafo antisumerio fue duramente criticado por sus
detractores. Del mismo modo, la postura antisumeria del diccionario se topó con una crítica que indicaba que ni siquiera el gran
nombre de Delitzsch bastaba para reforzar la confianza en la causa de Halevy.
Sayce, en una reseña tan notable por la amplitud de su erudición como por su
espíritu científico, protestó contra el método de Delitzsch. Lehmann, en un
extenso libro dedicado a las inscripciones de un rey asirio tardío, dedicó un
capítulo entero a la cuestión sumeria. En él, todo el tema se trató con una
frescura y una destreza que dejaban poco que desear. Aunque se le hicieron
algunas críticas menores, nadie salvo Halevy se atrevió a negar que supusiera
un paso adelante en el proceso de desmontar sus elaboradas teorías.
En el
mismo año en que apareció la gramática de Delitzsch, Bezold hizo un brillante
descubrimiento al hallar en una tablilla asiria la lengua sumeria mencionada.
En su anuncio de este nuevo hallazgo, Bezold escribe en tono jocoso, pidiendo a
Halevy que permita que la lengua viva, puesto que los asirios la habían
mencionado por su nombre. Sin embargo, tras esta frase humorística se esconde
una discreta nota de reconocimiento de que la mención era importante, aunque no
concluyente en cuanto a la cuestión principal.
Casi
todos los meses a partir de 1892 aportaron algún material nuevo que debía
tenerse en cuenta y que guardaba relación con la cuestión siempre debatida. Los
nuevos descubrimientos de De Sarzec,
los maravillosos resultados de la expedición estadounidense a Nippur, la
edición de textos hallados por exploradores anteriores… todo ello guardaba
algún vínculo con la cuestión sumeria. En 1897, el profesor Delitzsch, abrumado
por el peso de las nuevas pruebas, abandonó el bando de Halevy y se alió una
vez más con los sumerólogos. Así como había sido una
gran ganancia, ahora era una pérdida aún mayor. Halevy, es cierto, consiguió
que otros se unieran a su bando, pero ninguno tenía un nombre tan famoso. La
escuela que había fundado estaba en declive. Aunque el debate aún continúa, ya
no tiene la misma intensidad. Año tras año, la pregunta «¿Existió una lengua
sumeria? ¿Existieron los sumerios?» se hace cada vez menos frecuente, y en su
lugar se plantea cada vez más: «¿Cuál era la lengua sumeria? ¿Quiénes eran los
sumerios?». Cada año parece dar la razón a Hincks, Rawlinson y Oppert, los
grandes maestros que sentaron las bases en este campo cada vez más fructífero.
La
historia del estudio de las inscripciones cuneiformes se complica por la
cantidad de lenguas diferentes que utilizaban los caracteres en forma de cuña.
Ya hemos demostrado que las inscripciones cuneiformes de Persépolis y Behistún
estaban en las lenguas persa, susiana y asiria, y
también hemos expuesto con detalle el largo debate sobre la cuestión del
sumerio, otra lengua que igualmente se escribía con caracteres cuneiformes. El
hecho de que cuatro pueblos diferentes utilizaran caracteres en forma de cuña
puede muy bien predisponer a la mente a aceptar la afirmación de que otro
pueblo más escribía su lengua de manera similar.
Los
armenios nos han conservado, entre sus tradiciones sobre Semíramis, la
afirmación de que ella había decidido en su momento construir una nueva ciudad
en Armenia como lugar de residencia de verano. «Cuando vio la belleza del país,
la pureza del aire, la claridad de las fuentes de agua y el murmullo de los
ríos de corriente rápida, dijo: “En un aire tan templado, en medio de tal
belleza del agua y de la tierra, debemos construir una ciudad y una residencia
real para que podamos pasar la cuarta parte del año, que es el verano, en la
comodidad de Armenia, y las otras tres cuartas partes, durante el tiempo frío,
en Asiria”». Incluso ya en este mismo siglo, los estudiosos consideraban que el
nombre de Semíramis estaba lleno de misterio y atractivo, y estaban ansiosos
por saber más sobre sus grandes hazañas. A finales de junio de 1827, el padre
Ed. Schulz partió de Erzorum decidido a soportar
cualquier sacrificio con tal de encontrar la ciudad de verano de Semíramis. No
hace falta decir que no la encontró, pero, al igual que muchos otros
exploradores, halló algo mucho más importante. Mientras avanzaba por las
orillas del lago de Van, entonces casi desconocido para los europeos, se
adentró por las puertas de la fascinante ciudad de Van y comenzó a explorar
entre los restos de su antigua grandeza. Bajo la gran ciudadela de Van se halló
una pequeña cámara a la que se accedía por una escalera de veinte peldaños. Por
encima de estos peldaños encontró inscripciones en escritura cuneiforme
talladas en la superficie de la roca maciza. Una vez que las hubo copiado
cuidadosamente, siguió buscando en otros lugares y - se vio recompensado con el
descubrimiento de otras más. En otros lugares de los alrededores encontró más,
hasta que llegó a copiar nada menos que cuarenta y dos inscripciones. Schulz
fue asesinado, y cuando se recuperaron sus documentos y se llevaron a París,
las inscripciones se reprodujeron magníficamente mediante litografía y se
publicaron en 1840. En aquella época, el desciframiento del persa ya estaba muy
avanzado, al igual que el asirio, pero nadie fue capaz de leer las nuevas
inscripciones por las que Schulz había dado su vida . Estaban copiadas de forma
excepcional, teniendo en cuenta las dificultades, pero tan pronto como se
intentó descifrarlas surgieron dudas sobre su exactitud. Pronto se descubrió
que tres de las inscripciones habían sido escritas por Jerjes y estaban en
persa, susiano y babilonio, pero las treinta y nueve
restantes estaban en una lengua desconocida. En 1840, el capitán von Muhlbach encontró una inscripción en esta misma lengua
cerca de Isoglu, a orillas del Éufrates, a doscientas
cincuenta millas al oeste de Van. Tanto las copias de Schulz como este nuevo
texto llegaron a manos de Grotefend a su debido tiempo, y este no tardó en
darse cuenta de que no pertenecían a reyes asirios. Esta conclusión negativa
resultó de cierta importancia como punto de referencia, pero Grotefend no pudo
ir más allá. En 1847, Sir A. H. Layard encontró otra inscripción del mismo tipo
en Palu, en la orilla oriental del Éufrates, a unas ciento ochenta millas de
Van. Ahora estaba lo suficientemente claro que esta nueva lengua pertenecía a
un pueblo de cierta importancia en el mundo antiguo, cuya civilización o
dominio se extendía por un territorio considerable.
Estos
hechos exigían con urgencia la intervención de alguien capaz de descifrar y
traducir los registros y elaborar una gramática de la lengua en la que estaban
escritos. ¿Quién mejor para abordar este nuevo problema que aquel maravilloso
descifrador de lenguas extrañas, el Dr. Edward Hincks? Y se leyeron dos
ponencias suyas ante la Real Sociedad Asiática, el 4 de diciembre de 1847 y el
4 de marzo de 1848.
En estas
ponencias, Hincks determinó correctamente el significado de un gran número de
caracteres; descubrió el significado de ideogramas como «pueblo» y «ciudad»,
así como el de varias palabras. Además, pudo demostrar que la terminación del
nominativo singular y plural de los sustantivos era «s», mientras que el
acusativo terminaba en «n». De este modo, había percibido que la lengua era
flexiva y llegó a argumentar erróneamente que era indoeuropea, o aria, como él
la llamaba. Leyó los nombres de los reyes como Niriduris, Skuina, Kinuas y Arrasnis, pero muy poco después los corrigió por Milidduris, Ishpuinish, Minuas, y Argistis, en los que el
error, sobre todo en el primer nombre, es muy leve. Es difícil exagerar la
importancia de esta obra, pero podemos hacernos una idea de su valor
comparándola con la nota de Rawlinson sobre el tema, publicada dos años más
tarde. «Existen», dice Rawlinson, «es bien sabido que existe una serie de
inscripciones halladas en Van y sus alrededores. A estas inscripciones las denomino
armenias. Están escritas en el mismo alfabeto que se utilizaba en Asiria, pero
están redactadas en una lengua diferente; una lengua que, de hecho, aunque ha
adoptado numerosas palabras del asirio, creo que pertenece en esencia a otra
familia, la escita. Hay seis reyes de la dinastía armenia que se suceden en una
línea de descendencia directa. Leo sus nombres así: 1. Alti-bari;
2. Ari-mena; 3. Isbuin; 4. Manua; 5. Artsen; 6. Ariduri (?)». En la
interpretación de estos nombres, Rawlinson se queda claramente por detrás de
Hincks, ya que siempre se mostró menos riguroso en el tratamiento de las
sutilezas filológicas.
Durante
muchos años, Hincks no tuvo sucesor en la labor de desciframiento. Pero cada
pocos años se hallaban nuevas inscripciones escritas en la misma lengua, y cada
una de ellas aumentaba, como es natural, la probabilidad de que los esfuerzos
por descifrarlas tuvieran un resultado satisfactorio.
En 1871, Lenormant retomó la tarea donde Hincks y Rawlinson la
habían dejado. Su método era científico y, como toda su obra, erudito y
minucioso. En primer lugar, esbozó la historia temprana de Armenia, tal y como
había aprendido sus contornos a partir de las inscripciones asirias. Esa iba a
ser la base histórica de su trabajo, y de ella esperaba extraer material
geográfico útil que pudiera ayudar a identificar los nombres de las
inscripciones de Vannic. Propuso llamar a la lengua «alarodiana» (Heródoto, III, 94; VII, 79), y argumentó que
no era ario y que su representante moderno más cercano era el georgiano. Señaló
que «bi» era la terminación de la primera persona del
singular del verbo, y que «parubi» significaba «yo
llevé».
Al año
siguiente, el Dr. A. D. Mordtmann abordó la cuestión y, cinco años más tarde,
volvió a ocuparse de ella. Determinó el significado de doce palabras nuevas y
aportó un valioso análisis de todas las inscripciones, pero no logró traducir
ni una sola de ellas. No obstante, había logrado un avance.
El
siguiente descifrador fue el Dr. Louis de Robert (1876), quien descartó
deliberadamente todo lo que habían aportado Hincks, Rawlinson, Lenormant y Mordtmann, y emprendió de nuevo un camino
totalmente erróneo. Intentó demostrar que las inscripciones estaban escritas en
la lengua de Asiria. El resultado fue nulo, y el siguiente investigador tuvo
que volver a los métodos de los antiguos maestros.
Mientras
tanto, no dejaban de salir a la luz nuevas inscripciones. Sir A. H. Layard
encontró escudos de bronce con el nombre de Rusas, y las excavaciones cerca del
lago Van realizadas por Hormuzd Rassam sacaron a la luz aún más objetos de
bronce con inscripciones. Layard también sentó unas bases más sólidas para el
trabajo futuro al transcribir con mayor precisión todas las inscripciones por
las que Schulz había dedicado su vida.
El 9 de
abril de 1880, M. Stanislas Guyard presentó ante la Société Asiatique de París «algunas observaciones sobre las inscripciones cuneiformes de Van».
Había observado
al final
de muchas de las inscripciones una frase en la que aparecía la palabra «tabla».
Recordó que las inscripciones asirias solían terminar con una fórmula
imprecatoria, en la que se lanzaban maldiciones contra quienquiera que
destruyera dicha tabla, y sugirió que se trataba de una fórmula exactamente
igual. Al comprobar esta nueva pista, descubrió que las palabras así obtenidas
parecían encajar a la perfección en otros pasajes, lo que parecía confirmar su
hipótesis.
Resulta
curioso que la misma pista que siguió Guyard también la hubiera descubierto de
forma independiente el profesor A. H. Sayce, quien llevaba varios años
trabajando en estos textos. Afortunadamente, había descubierto algunas palabras
más que Guyard y pudo avanzar más lejos y con mayor rapidez. Las palabras con
las que comenzó a explicar su método ante la Real Sociedad Asiática fueron
contundentes, pero el resultado justificó a todos. Dice: «Los ideogramas que
los escribas de Vann empleaban con tanta libertad ya me habían demostrado que
no solo los caracteres, sino también el estilo y la fraseología de las
inscripciones eran los de los textos asirios de la época de Asshur-natsir-pal y Salmanasar II. Creo, por lo tanto, que por fin
he resuelto el problema de las inscripciones vánnicas y he logrado descifrarlas, elaborando así tanto una gramática como un
vocabulario de la lengua en la que están escritas. Debido al número de textos,
a su estrecha adherencia a los modelos asirios y al uso abundante de
ideogramas, se comprobará que los pasajes y palabras que aún se resisten a la
traducción son muy pocos, y que, en algunos casos, su oscuridad se debe en
realidad a la falta de fiabilidad de las copias de las mismas que poseemos».
El
extenso artículo que seguía a estas líneas comenzaba con un repaso de la
geografía, la historia y la teología del pueblo vannico,
basado en gran medida en fuentes asirias, pero contrastado y ampliado a partir
de las fuentes autóctonas que acababa de descifrar. A continuación, se ofrecía
una descripción del método de escritura, un esbozo de la gramática, un análisis
y una traducción de las inscripciones. Se trataba de una obra extraordinaria,
tan sorprendente por su erudición como por la demostración de un genio perfecto
para la combinación lingüística. Recuerda continuamente al lector al mejor
Hincks. El efecto de su publicación fue inmediato. Guyard la reseñó
extensamente, aportando correcciones y añadidos, pero dejando bastante claro
que la obra era un éxito. El profesor D. H. Miller, de Viena, que había estado
estudiando los textos de forma independiente tanto de Sayce como de Guyard,
realizó nuevas aportaciones al tema. También salieron a la luz más
inscripciones, y en 1888 el profesor Sayce pudo revisar todo el tema, aceptando
de buen grado algunas de las numerosas correcciones de su obra que se habían
propuesto, rechazando otras, y poniendo así la guinda a su obra. El misterio de
las inscripciones de Van quedó resuelto. Cuando aparecieran nuevos textos en la
misma lengua, se podría discutir, sin duda, sobre el nombre de la misma —si
llamarla vánica, alarodiana, urartiana o caldea—, pero al menos se podría leer.
Así quedó
zanjada la cuestión de la lengua de Van hasta 1892, cuando el Dr. C. F. Lehmann
inició una serie de estudios sobre las inscripciones que Sayce había
descifrado, con el fin de determinar con mayor precisión una serie de
cuestiones históricas y geográficas que se derivaban de ellas. En primer lugar,
demostró que el pueblo que había escrito muchos de esos textos era el mismo que
los «chaldianos» —y no los «caldeos», que son de
origen griego—. Por lo tanto, la lengua debía denominarse caldeo, con lo que se
resolvió otra dificultad. A partir de 1895, el Dr. Waldemar Belck y el Dr. C.
F. Lehmann publicaron una serie de artículos de gran perspicacia, en los que
reconstruían la historia de este antiguo pueblo, que había sido así recuperado
para el conocimiento actual, aclarando muchos puntos que Sayce había expuesto
anteriormente de forma oscura o incorrecta.
Para
continuar con los estudios así iniciados, los doctores
Belck y
Lehmann partieron de Berlín en el verano de 1898 para realizar un viaje por la
Armenia persa y rusa. Visitaron Van y cotejaron minuciosamente todas las
inscripciones halladas anteriormente por Schulz y otros, y descubrieron nuevos
textos que habían pasado desapercibidos para todos sus predecesores. Se
encontraron nuevas inscripciones de reyes asirios, especialmente de Tiglat-Pileser I y Salmanasar II, y gracias a ellas,
asimismo, se amplió nuestro conocimiento de la historia caldea. Los resultados
de esta valiosa expedición se están dando a conocer ahora, y pueden
considerarse como el episodio culminante en la historia del desciframiento de
las inscripciones de Van.
EXPLORACIONES
EN ASIRIA Y BABILONIA, 1872-1900
El primer
impulso para las excavaciones en Asiria lo dio un erudito alemán que se había
establecido en París. Julius Mohl animó a Botta a emprender el trabajo de
excavación y le mantuvo animado mientras este se prolongaba. Durante todo el
tiempo que Layard, Loftus y sus colaboradores trabajaron sobre el terreno, Mohl
los observó desde lejos y tomó nota cuidadosamente de sus éxitos. Por entonces
era secretario de la Société Asiatique de París,
y en sus informes anuales informaba a la sociedad de todo lo que había sucedido
en el gran valle, entre las tumbas de ciudades antiguas. En su informe
correspondiente al año 1855, su tono era claramente triste. Consignó el hecho
de que todas y cada una de las expediciones que se habían enviado a excavar
habían abandonado el trabajo o habían sido retiradas. Aquello le parecía una
circunstancia lamentable, pues a su ojo perspicaz el suelo estaba repleto de
monumentos que atestiguaban toda la vida de los vastos imperios que habían
reinado en Nínive o en Babilonia. Estaba impaciente por que se reanudaran las
excavaciones, y instó a los gobiernos a tomar medidas
con ese fin.
El futuro
confirmaría plenamente la opinión de Mohl —e incluso más allá de eso— sobre los
inmensos tesoros que yacían enterrados. Sin embargo, en el año 1855 aún no
había llegado el momento de su excavación. Ni los gobiernos ni los pueblos
libres llevarían a cabo excavaciones en busca de antigüedades que, al ser
halladas, no eran más que curiosidades sin sentido. Esa labor debía esperar
hasta que el desciframiento hubiera alcanzado un resultado seguro , y hasta que
la labor de traducción se hubiera popularizado lo suficiente como para que los
resultados fueran de dominio público. Como se ha mostrado en un capítulo
anterior, el período de traducciones dudosas terminó y el de resultados
fehacientes comenzó en 1857. Solo era necesario que estos asuntos se popularizaran,
y eso requeriría algo de tiempo. Esta popularización fue llevada a cabo,
afortunadamente, principalmente, al menos en Inglaterra, por los propios
grandes maestros. Rawlinson, Hincks, Talbot, Norris: una lista notable de
nombres; sin duda, estos fueron los hombres que dieron a conocer, en
publicaciones populares o mediante conferencias y discursos, los grandes
descubrimientos en Asiria. Algunos de estos artículos retomaban la vieja idea
de Shirley y revelaban la importancia de los estudios asirios por la luz que
sin duda arrojarían sobre la Biblia. Eso despertaría sin duda el interés en
Gran Bretaña y, como antes, podría dar lugar al inicio de nuevas excavaciones.
La continuación mostrará cómo este mismo celo por el estudio bíblico contribuyó
de manera maravillosa a estimular la investigación asiria.
Un joven,
llamado George Smith, destinado a la profesión de grabador, leía en los breves
ratos libres de sus ajetreados días las palabras mágicas de Rawlinson y los
demás pioneros, y se sintió impulsado a iniciar él mismo el estudio de Asiria.
Tal y
como él mismo atestigua, lo que le impulsó inicialmente a dedicarse de lleno al
estudio fue el interés por la historia bíblica y, con el propósito de aportar
algo a ella, solicitó en 1866 a Sir Henry Rawlinson permiso para estudiar los
originales, los moldes o los fragmentos de inscripciones pertenecientes al
reinado de Tiglat-Pileser. Rawlinson le concedió
gustosamente el permiso, y Smith se puso a trabajar con ahínco. No obtuvo
grandes éxitos con estos materiales, pero su laboriosidad se vio recompensada
con el descubrimiento de una nueva inscripción de Salmanasar en la que figuraba
el nombre de Jehú, gracias a la cual determinó el año del reinado de Salmanasar
en el que Jehú había pagado su tributo. En este descubrimiento, el primer
trabajo original que Smith había realizado, había un pequeño indicio de
utilidad para el estudioso del Antiguo Testamento. Smith había comenzado tal y
como iba a continuar. Tras este descubrimiento, sir Henry Rawlinson quedó tan
impresionado por el éxito del joven que sugirió su contratación por parte del
Museo Británico para trabajar en el nuevo departamento asirio. Allí se
incorporó a principios de 1867, y su éxito fue inmediato. Al repasar su labor
en el museo, Smith recordaba con especial viveza los descubrimientos bíblicos,
y fueron estos los que le valieron su primera reputación popular y las
oportunidades de su vida. En los textos encontró nombres y menciones de
Azarías, rey de Judá; Peca, rey de Israel; y Oseas, rey de Israel. Estos
hallazgos le aceleraron el pulso y le impulsaron a seguir adelante incluso a
costa de su salud. El agotamiento de sus fuerzas vitales debido al trabajo
constante y arduo fue probablemente la causa última de su prematura muerte,
tras la brillante serie de descubrimientos y exploraciones que tenía ahora ante
sí. Smith poseía, en grado inusual, un don para el desciframiento. Mientras aún
avanzaba a tientas por los intrincados laberintos del desciframiento de la
escritura cuneiforme, llegaron al Museo Británico algunas copias de los textos
chipriotas, por entonces aún sin descifrar. El Dr. Birch le llamó la atención
sobre ellos y pronto se dedicó a intentar descifrarlos. El 7 de noviembre de
1871, presentó una ponencia ante la Sociedad de Arqueología Bíblica titulada «
Sobre la lectura de las inscripciones chipriotas». El método que utilizó era
similar al plan de Grotefend, y lo aplicó con una habilidad extraordinaria y
con resultados sorprendentes. Había identificado la palabra que significaba
«rey», aunque no sabía griego para hacer comparaciones, y había identificado
cuarenta de los cincuenta y tantos caracteres. Un hombre dotado de un genio de
tal calibre estaba destinado a alcanzar la fama en el nuevo campo de la
asiriología.
Entre
1867 y 1871 se sucedieron los descubrimientos hasta que apareció la edición de
Smith de las inscripciones de Asurbanipal. Este volumen dejó patente la inmensa
aportación a la historia que supuso el descubrimiento y el desciframiento de
las inscripciones asirias, ya que contenía los relatos de las campañas y de las
obras de construcción de Asurbanipal. Sin embargo, por muy importante que fuera
todo ello, su influencia quedó muy por debajo a la de un descubrimiento que
Smith realizó en 1872. En ese año, mientras examinaba algunos fragmentos que
Rassam había traído a casa, Smith seleccionó una tablilla de arcilla rota, en
la que pronto leyó paralelismos inconfundibles con el relato bíblico del
diluvio. A la pieza así hallada le siguieron pronto tres duplicados y otros
fragmentos menores. A partir de ellos, determinó que la parte encontrada en
primer lugar era la undécima de una serie de doce tablillas, y que relataba la
historia de un gran héroe al que Smith llamó Izdubar.
Publicó el anuncio de su descubrimiento, y Asurbanipal cayó en el olvido;
probablemente pocos pensaran en el gran rey que había creado la biblioteca de
la que procedían estas tablillas recién halladas. Pero Inglaterra no supo
mantener la calma ante un descubrimiento como este. Cuando Smith hubo traducido
suficientes tablillas como para componer una narración más o menos coherente
del diluvio, tal y como lo contaban los babilonios, leyó una ponencia sobre el
tema ante la Sociedad de Arqueología Bíblica el 3 de diciembre de 1872. La
reunión contó con una gran asistencia y un ambiente entusiasta. Presidió la
sesión Sir Henry C.
Rawlinson
presidió la sesión, Smith presentó su traducción y, a continuación, el
entusiasmo se desató cuando el Dr. Birch señaló que esto revestía una
importancia inmensa para el estudio de la Biblia. De nuevo resonó la vieja nota
de Shirley, y de nuevo el público respondió. A continuación, intervino el señor
Gladstone, señalando lo valiosos que eran todos estos descubrimientos para el
estudio de los orígenes de la cultura griega, que, según él, había llegado
desde Oriente pasando por Fenicia. Esto fue bien recibido, pero no era
exactamente lo que la audiencia más deseaba oír, y a ese tema volvió la última
frase del señor Gladstone, que concluyó con la palabra mágica «religión». Los
vítores estallaron entonces con entusiasmo, y a altas horas de la noche los
asistentes se marcharon para difundir esta maravillosa historia del
descubrimiento de un relato antiguo que todos consideraban que ilustraba —y
muchos creían que confirmaba y corroboraba— la historia bíblica del Génesis.
Se instó
al Gobierno a reanudar de inmediato las excavaciones en el yacimiento de Nínive
para hallar más material que pudiera ilustrar o confirmar el relato bíblico.
Este no actuó —o no pudo hacerlo— de inmediato, y el público no estaba
dispuesto a esperar. Los propietarios del Daily Telegraph,
un periódico de gran tirada, impulsados por el redactor jefe, Edwin Arnold,
percibieron la oportunidad y la aprovecharon. Ofrecieron mil guineas para
sufragar los gastos de una expedición a Nínive con la condición de que Smith la
dirigiera, y que enviara cartas al periódico describiendo su experiencia y sus
descubrimientos. El 20 de enero de 1873, un mes después de la muerte de Norris,
Smith emprendió su aventura y, el 2 de marzo, llegó a Mosul, listo para
comenzar las excavaciones. Pronto se dio cuenta de que los retrasos estaban a
la orden del día y de que el firman no había llegado. Por lo tanto, realizó un
viaje a Babilonia y, a su regreso, comenzó pequeñas excavaciones en Nimrud, el
9 de abril. Los descubrimientos realizados fueron escasos y relativamente
insignificantes, por lo que se abandonó aquel yacimiento y se iniciaron las
excavaciones en Kuyunjik el 7 de mayo. El 14 de mayo,
Smith halló en la misma sala en la que Rassam había encontrado la biblioteca de
Asurbanipal un nuevo fragmento de la historia del Diluvio que encajaba con los
hallados anteriormente. Este hecho se consideró lo suficientemente importante
como para enviar un telegrama a Londres con el fin de que se publicara en el
periódico. Smith estaba, como es natural, muy satisfecho con el descubrimiento,
pero también se sintió sumamente gratificado por el hallazgo de inscripciones
de Esarhadón, Asurbanipal, y Senaquerib. Poco después
se encontraron dos fragmentos más de la tablilla del Diluvio y, el 9 de junio,
se detuvieron las excavaciones, ya que los propietarios del Daily Telegraph estaban satisfechos con el hallazgo de los
fragmentos del Diluvio y no deseaban continuar con el trabajo. Smith quedó muy
decepcionado por esta decisión y, a regañadientes, partió de inmediato hacia
Inglaterra con sus tesoros.
Sin
embargo, fue enviado de nuevo desde Londres el 25 de noviembre de 187 3, por
los administradores del Museo Británico, que habían destinado mil libras para
nuevas excavaciones en Nínive. Smith llegó a Mosul el 1 de enero de 1874 y
comenzó de inmediato las excavaciones en Kuyunjik.
Estas dieron como resultado numerosas inscripciones y materiales arqueológicos
interesantes, pero no se encontró nada de importancia sorprendente en lo que
respecta a la Biblia.
Smith
cesó en su labor y partió de Mosul el 4 de abril.
En
comparación con las exploraciones de Lay y Rassam, la labor de Smith fue
relativamente modesta en cuanto a volumen, pero resultó valiosa por la
recuperación de abundante material histórico, y su influencia sobre la opinión
pública en Inglaterra fue muy grande. Su espíritu, al igual que sus palabras y
sus obras, conmovió a la gente hasta el punto de que deseaban que se
emprendieran nuevas excavaciones. Sin esa inspiración, conviene recordar que el
trabajo podría haber cesado por completo. El Museo Británico decidió de nuevo
recurrir a los servicios de Smith y, en octubre de 1875, este partió hacia
Constantinopla para intentar obtener un firman que permitiera la reanudación de
sus excavaciones. Se vio acosado por pequeñas molestias por parte de la burocracia
turca, pero al fin consiguió el ansiado permiso y regresó a Inglaterra para
preparar su tercera expedición. En marzo de 1876 , partió de nuevo hacia
Oriente y se dirigió a Bagdad para inspeccionar algunas antigüedades que se
ofrecían a la venta. Su intención era entonces comenzar las excavaciones, pero
había surgido la peste, el país estaba convulso y se produjeron todo tipo de
interferencias por parte de los nativos y de los funcionarios turcos. En
expediciones anteriores no había aprendido a tratar con los orientales, y se
ganó su antipatía sin llegar a impresionarlos con su autoridad. Además, le
preocupaba, en mayor o menor medida, una disputa con Rassam y su familia.
Desconocedor de las normas sanitarias, a las que los europeos deben atenerse
estrictamente en Oriente, trabajaba demasiado, descansaba muy poco y descuidaba
la alimentación adecuada para el clima. A veces cabalgaba durante días
alimentándose únicamente de cortezas de pan. Acosado por dificultades por todas
partes y sin permiso para excavar, tuvo que conformarse con visitar numerosos
túmulos, de los que realizaba bocetos o planos. En su camino de vuelta cayó
enfermo de fiebre y falleció en Alepo el 19 de agosto de 1876. La muerte de
Smith cayó como un trueno en un cielo despejado sobre el pequeño mundo de los
estudiosos de la asiria. En Inglaterra era considerado, tanto por los eruditos
como por el pueblo en general, casi como un profeta; en Alemania, donde una
nueva y vigorosa escuela de asiriólogos había iniciado su labor, la gravedad de
la pérdida que sentían sumó a los hombres en la confusión. Fue, sin duda, un
duro golpe para la nueva disciplina; pero la ciencia no puede permitirse
detenerse. En el Museo Británico se cubrió la vacante con el nombramiento del
Sr. W. St. Chad Boscawen, y los patronos buscaron a alguien que reanudara las
excavaciones que Smith había dejado en suspenso.
Era
natural que recurrieran de inmediato a Rassam. Hacía ya mucho tiempo que no
trabajaba sobre el terreno, pues se había dedicado por completo al servicio
diplomático. Ahora vivía retirado en Inglaterra, pero respondió de inmediato a
la llamada para prestar servicio en el mismo campo en el que se había ganado su
primera fama.
En
noviembre de 1876, Rassam partió hacia Constantinopla para solicitar un firman—
—el mismo encargo que tanto había costado a Smith. Tras una espera infructuosa
de cuatro meses, regresó a Inglaterra, pero volvió a partir cuando Sir Austen
Henry Layard fue nombrado embajador británico en Constantinopla. Este fue, sin
duda, un nombramiento afortunado para los estudios asirios. Era de esperar que
Layard se esforzara por conseguir oportunidades para nuevas excavaciones, si
ello era posible. Sus gestiones ante la Sublime Puerta tuvieron éxito y, en
noviembre de 1877, Rassam estaba de vuelta en Mosul, donde recibió por
telégrafo la noticia de que se había concedido el firman. Su elección del
yacimiento para las excavaciones fue muy acertada. Los lugareños habían estado
encontrando, en el montículo hasta entonces inexplorado de Balawat, a unas
quince millas al este de Mos
ul,
fragmentos de placas de bronce, algunos de los cuales le habían sido enviados a
Inglaterra. Se los había mostrado al profesor Sayce, quien encontró en ellos el
nombre de Salmanasar, se percató de su importancia y aconsejó a Rassam que
comenzara las excavaciones en ese yacimiento. Sayce había establecido así con
Rassam una relación similar a la que Mohl había mantenido en épocas anteriores
con Botta. El resultado fue un gran éxito. Rassam descubrió en este montículo,
del que procedían los fragmentos, las placas de bronce bellamente inscritas y
adornadas que en su día habían cubierto las puertas del palacio de Salmanasar.
Sin
embargo, también inició excavaciones en Kuyunjik y en
Nimrud, donde se halló un pequeño número de inscripciones interesantes. Además,
Rassam realizó extensos viajes por diversas zonas de Babilonia y, entre otros
resultados, identificó el yacimiento de Sippara.
Visitó Babilonia y realizó allí algunas pequeñas excavaciones, regresando
después a Inglaterra pasando por Van. Aunque no fue tan fructífera como su
expedición anterior, esta última aventura de Rassam contribuyó a las
colecciones nacionales del Museo Británico y, con ello, amplió el conocimiento
de la historia antigua.
Mientras
Rassam estaba ocupado, apareció en Oriente un nuevo explorador que comenzó su
trabajo con gran discreción. El Sr. Ernest de Sarzec fue nombrado cónsul
francés en Basora, en el Golfo Pérsico, y asumió sus funciones en enero de
1877. Había estado en Abisinia y había prestado servicio en Egipto. Conocía el
desierto y a su gente, y llegó a su nuevo destino con un gran entusiasmo por el
trabajo arqueológico. Dos meses después de su llegada a Basora, de Sarzec había iniciado las excavaciones en el montículo de Telloha, de cuatro millas de longitud, situado en la gran
llanura aluvial del sur de Babilonia, a unas cinco millas de las orillas del
Schatt-el-Hai y a sesenta millas al norte de Mugheir.
En este montículo, de Sarzec trabajó del 5 de marzo
al 11 de junio de 1877, y de nuevo del 18 de febrero al 9 de junio de 1 878. En
julio de 1878 regresó a París y se encontró con que se había hecho famoso.
Volvió y trabajó en el montículo de enero a marzo de 1880, y también del 12 de
noviembre de 1880 al 15 de marzo de 1881. Su trabajo se prolongó así durante un
período considerable y, en lugar de limitarse a abrir zanjas aquí y allá,
excavó sistemáticamente en gran parte del montículo. Los resultados fueron una
fuente de sorpresas para la comunidad de estudiosos asirios y resultaron, de
hecho, casi revolucionarios. Desenterró un magnífico templo, cuyas paredes
exteriores medían ciento setenta y cinco pies de largo y cien pies de ancho,
erigido sobre un vasto montículo de entre dieciséis y veinte pies de altura. El
muro exterior tenía cinco pies de grosor, estaba construido con grandes
ladrillos cocidos de un pie cuadrado y llevaba el nombre de Gudea. Estos
ladrillos estaban firmemente unidos entre sí mediante betún. En el interior
encontró treinta y seis salas, en su mayoría de tamaño reducido, aunque una
medía cincuenta y cinco por sesenta y cinco pies. En casi todas las salas se
hallaron objetos de interés o de gran valor para el estudio de la historia de
la antigua Babilonia. Solo en una de las estancias se hallaron nada menos que
ocho estatuas de diorita, pertenecientes a un período temprano del arte
babilónico, que, por desgracia, habían sido mutiladas por algún pueblo bárbaro
posterior, ya que todas carecían de cabeza. Las valiosas inscripciones, sin
embargo, se conservaban en perfecto estado. En otra parte del montículo,
durante la primera campaña, se encontraron dos hermosos cilindros de terracota,
cada uno de veinticuatro pulgadas de longitud por doce de diámetro. Cada uno de
ellos contenía nada menos que dos mil líneas de inscripción, lo que las
convertía en las inscripciones más largas de un período temprano conocidas
hasta entonces. El trabajo de De Sarzec se llevó a cabo de manera magistral, y cuando las inscripciones y los objetos
de arte fueron trasladados a París y depositados en el Louvre, se tuvo la
sensación de que, efectivamente, se había abierto una nueva era para los
estudios arqueológicos franceses.
Se
habilitaron salas en el Louvre, y estos objetos encontraron su lugar bajo el
gran techo, junto con los descubrimientos de Botta, el pionero. No recibieron
la misma aclamación que habían tenido los descubrimientos de Botta en Francia,
o los de Layard en Inglaterra, pero su valor
científico era incluso mayor. A partir de las inscripciones se llegó a conocer
con mayor precisión la lengua primitiva de los sumerios, y a partir de las
estatuas y los relieves se concibió por primera vez una vaga idea del aspecto
de ese gran pueblo que había sentado las bases de la civilización en el sur de
Babilonia. Ese fue un servicio distinguido el que de Sarzec había prestado. Eso bastaba por sí solo para otorgarle un lugar destacado en la
lista de quienes habían devuelto la vida a Babilonia.
Una y
otra vez, desde 1881, De Sarzec ha reanudado su
trabajo en Telloh, y cada año ha sacado de los mismos
montículos nuevos descubrimientos de gran interés. En 1894, las palas de sus
obreros dieron con una cámara de la que se extrajeron nada menos que treinta
mil tablillas, un vasto tesoro de archivos, en su mayoría de carácter mercantil
y relacionados con el comercio, la agricultura y la industria, junto con un
buen número de documentos de templos y anotaciones religiosas. La cantidad de
tablillas era tan grande que no fue posible protegerlas de la propensión al
robo de los nativos, y muchos miles fueron sustraídas para ser vendidas y
dispersadas por todo el mundo, tanto en museos públicos como en manos privadas.
Aunque esto es lamentable, quizá sea razonable esperar que, al final, muy pocas
de ellas se perderán para la ciencia. Salvo esta excepción, de Sarzec ha logrado asegurar para el Louvre una parte
importante de los brillantes resultados de sus exploraciones, y su labor aún no
ha concluido.
Durante
todo este largo período de exploración y excavación, llevado a cabo por casi
todas las naciones de Europa, se han ido desarrollando en América escuelas de
estudiosos de las lenguas, la historia y las religiones del antiguo Oriente.
Era natural que también en América se empezara a hablar de iniciativas para
colaborar en la gran labor de recuperar los vestigios de la civilización
babilónica y asiria. En 1884, en las reuniones de la Sociedad Oriental
Americana y de la Sociedad de Literatura y Exégesis Bíblicas, se celebraron
conferencias sobre este tema en las que participaron el profesor John P.
Peters, de Filadelfia; el reverendo Dr. William Hayes Ward; el profesor Francis
Brown y el profesor Isaac H. Hall, de Nueva York; y los profesores C. H. Toy y
D. G. Lyon, de la Universidad de Harvard, participaron en ellas. Estos y otros
caballeros formaron finalmente una organización, posteriormente vinculada al
Instituto Arqueológico de América, con el fin de recaudar fondos para enviar a
Babilonia una expedición destinada a explorar el país y determinar dónde
podrían llevarse a cabo excavaciones con resultados provechosos. La señorita
Catherine Lorillard Wolfe, de Nueva York, donó cinco mil dólares para sufragar
los gastos de esta exploración preliminar, y el 6 de septiembre de 1884 partió
de Nueva York la expedición Wolfe a Babilonia. El personal de esta expedición
estaba compuesto por el Dr. William Hayes Ward, el Sr. J. H. Haynes, por
entonces profesor en el Robert College de Constantinopla, y el Dr. J. R. S.
Sterrett. Recorrieron gran parte del territorio de Babilonia, visitando
yacimientos donde ya se habían realizado excavaciones anteriormente, así como
decenas de montículos que aún no habían sido examinados por los arqueólogos. A
su regreso, en junio de 1885, el Dr. Ward recomendó encarecidamente que se
enviara una expedición sobre el terreno para llevar a cabo el trabajo
propiamente dicho de excavación. Aconsejó que se eligiera Anbar como
emplazamiento para este propósito, pero habló con entusiasmo de las
oportunidades que ofrecían otros lugares, entre ellos Niffer,
identificado entonces erróneamente con la antigua Calneh, de la que dijo: «Allí
no se ha hecho nada; es un yacimiento muy prometedor de una ciudad famosísima».
El
informe del Dr. Ward no dio frutos inmediatos, pero la semilla iba germinando
poco a poco, y se estaban realizando esfuerzos en varias direcciones para
conseguir fondos con los que llevar a cabo las excavaciones. Los esfuerzos del
Dr. John P. Peters dieron por fin sus frutos, y la Universidad de Pensilvania
envió una expedición que partió de Nueva York el 23 de junio de 1888. El Dr.
Peters era el director de esta expedición, y los catedráticos Hermann V. Hilprecht, de la Universidad de Pensilvania, y Robert F.
Harper, de la Universidad de Chicago, como asiriólogos; el Sr. Pérez Hastings
Field, arquitecto; y J. H. Haynes, director administrativo, intendente y
fotógrafo. Sin embargo, pasó mucho tiempo antes de que la expedición pudiera
ponerse manos a la obra. Hubo los retrasos habituales para obtener el permiso
del Gobierno Imperial Otomano; surgieron dificultades a la hora de reunir el
equipo y convocar al personal; se produjo un naufragio de parte de la
expedición en la isla de Samos, y se enfrentaron a peligros para la salud y la
vida durante el largo viaje por tierra hasta el sur de Babilonia.
Por fin,
el 6 de febrero de 1889, comenzaron las excavaciones en el monte de Nuffar, o Niffer, emplazamiento
de la antigua Nippur, y continuaron hasta el 15 de abril, con una plantilla
máxima de doscientos árabes. Las dificultades fueron enormes, pues hubo
enfrentamientos constantes con algunas de las tribus nativas, con muchos
individuos de entre ellas y con diversos funcionarios turcos. Pero, a pesar de
todo ello, la expedición realizó un levantamiento trigonométrico de todos los
montículos y obtuvo de ellos más de «dos mil tablillas y fragmentos cuneiformes
(entre ellas tres fechadas en el reinado del rey Ashuretililani de Asiria), varios ladrillos con inscripciones, un sello de terracota de
Naram-Sin, un fragmento de un cilindro de barril de Sargón de Asiria, una
tablilla de piedra con inscripciones, varios fragmentos de vasijas con
inscripciones (entre ellas dos del rey Lugalzaggisi de Erech), un marco de puerta de Kurigalzu, unos
veinticinco cuencos hebreos, un gran número de vasijas de piedra y terracota de
diversos tamaños y formas, imágenes de dioses en terracota y sus moldes
antiguos, relieves, figurillas y juguetes de terracota, armas y utensilios de
piedra y metal, joyas de oro, plata, cobre, bronce y diversas piedras
preciosas, así como una serie de pesas, sellos y cilindros de sello». Se trata
de un excelente balance; sin embargo, al Dr. Peters le pareció que el trabajo
del primer año «fue más o menos un fracaso, al menos en lo que respecta a
Nippur». Probablemente, este juicio esté influido por las grandes dificultades
con los árabes que amargaron los últimos días de la excavación. Fue un éxito,
aunque su importancia quedó muy por detrás de la de lo que vendría después.
Del 14 de
enero al 3 de mayo de 1890, la expedición de la Universidad de Pensilvania
volvió a trabajar en Nippur, con el Dr. Peters como director, el Sr. Haynes
como administrador y una plantilla máxima de cuatrocientos árabes. Durante esta
temporada se recuperaron de las ruinas unas ocho mil tablillas con
inscripciones, así como un gran número de antigüedades de otro tipo. Fue un año
de brillante éxito en todos los aspectos, y además se vio menos afectado por
los problemas con los árabes que el anterior. Todas estas antigüedades se
enviaron a Constantinopla para
el Museo
Imperial, aunque posteriormente una parte considerable de ellas fue donada al
museo de la Universidad de Pensilvania como obsequio personal del sultán. Este
gesto generoso fue consecuencia directa de la conducta digna y generosa
adoptada por las autoridades de la Universidad de Pensilvania. Estas habían
entregado honestamente las antigüedades a las autoridades de Constantinopla,
tal y como, de hecho, habían prometido hacer, pero habían ido mucho más allá.
Se envió al profesor Hilprecht a Constantinopla para catalogar estas mismas
colecciones para el Museo Imperial. Este trabajo se llevó a cabo con gran
pericia, pero también con tal tacto que suscitó expresiones de gratitud por
parte de todos los vinculados al museo. Mediante donaciones de antigüedades al
museo de Filadelfia, del que el propio profesor Hilprecht era conservador, el
sultán pretendía recompensar a la Universidad de Pensilvania por esta
prestación gratuita de sus servicios.
Durante
un tiempo se interrumpieron las excavaciones en Nippur, pero el 11 de abril de
1893, la Universidad de Pensilvania puso en marcha otra expedición sobre el
terreno bajo la dirección del Sr. J. H. Haynes. Entonces comenzó una de las más
importantes de toda la larga serie de expediciones en Babilonia o en Asiria.
Haynes permaneció sin interrupción en el terreno trabajando hasta el 15 de
febrero de 1896, con un breve parón del 4 de abril al 4 de junio de 1894. Nunca
antes un europeo se había atrevido a llevar a cabo excavaciones durante la
estación cálida. El profesor Hilprecht no se ha
excedido al afirmar que «el éxito supremo se debió a la dedicación
desinteresada y a los esfuerzos incansables de Haynes, el explorador babilónico
ideal». Antes de que llevara a cabo su memorable tarea, incluso hombres que
tenían derecho a una opinión independiente —y que ellos mismos habían
demostrado un valor y una energía inusuales— consideraban prácticamente
imposible excavar de forma continua en las regiones más bajas de Mesopotamia.
En las mismas ruinas de Nippur, situadas en las proximidades de extensos
pantanos palúdicos, y entre los árabes más salvajes e ignorantes que se pueden
encontrar en esta parte de Asia —donde el propio Layard estuvo a punto de
sacrificar su vida al excavar durante varias semanas sin éxito—, Haynes ha
pasado casi tres años de forma ininterrumpida, aislado de toda persona civilizada,
y la mayor parte del tiempo sin el consuelo de un solo compañero. De hecho, no
fue tarea fácil para ningún europeo o estadounidense permanecer treinta y
cuatro meses cerca de estos pantanos de Affej,
criaderos de insectos y pestíferos, donde la temperatura, incluso a plena
sombra, alcanza la enorme cifra de 120 ° Fahrenheit (=39 °C), donde las
sofocantes tormentas de arena del desierto privan a la tienda de su sombra y
resecan la piel humana con el calor de un horno; mientras los insectos, siempre
presentes, pican, punzan y zumban día y noche; mientras el cólera acecha en el
umbral del campamento y los traicioneros árabes planean robos y asesinatos, y,
sin embargo, durante todas esas agotadoras horas, cumplir con los deberes de
tres hombres corrientes. Verdaderamente una victoria espléndida, lograda a
costa de innumerables sacrificios y bajo una carga de trabajo suficiente para
un gigante; en el pleno sentido de la palabra, un «monumentum aere perennius ».
Durante
la tercera campaña de la Universidad de Pensilvania se extrajeron del montículo
unas veintiún mil tablillas y fragmentos cuneiformes, y además de estos se
halló un gran número de antigüedades de otro tipo, todas ellas de gran
importancia para la reconstrucción de la historia pasada de Babilonia. Entre
ellas había un gran número de vasijas y fragmentos de vasijas del período más
temprano de la historia, baldosas de drenaje, grifos de agua, sellos de
ladrillo, hermosos ataúdes de arcilla esmaltados a modo de azulejo y en
excelente estado de conservación, así como estatuas y fragmentos de diorita.
Tras una
breve e inevitable interrupción, la expedición de Filadelfia reanudó los
trabajos en febrero de 1899, con el Dr. J. H. Haynes como director y los Sres. Geere y Fisher como arquitectos. En enero de 1900, el
profesor Hilprecht llegó a Nippur y asumió el cargo
de director científico. Bajo su dirección « se excavó sistemáticamente un
extenso grupo de colinas al suroeste del templo de Bel». De ese mismo
yacimiento se recuperaron unas 2.500 tablillas en la primera campaña, y las excavaciones
posteriores aumentaron el número a unas 15.000. En seis semanas «se puso al
descubierto una serie de salas que proporcionaron no menos de 16.000 documentos
cuneiformes, que formaban parte de la biblioteca del templo durante la segunda
mitad del tercer milenio a. C.»
De estas
cuatro campañas se había obtenido un vasto acervo de literatura de todo tipo;
había cartas y despachos, listas cronológicas, fragmentos históricos,
silabarios, inscripciones de edificios y comerciales, textos astronómicos y
religiosos, tablillas votivas, inventarios, listas de impuestos y planos de
fincas. Ninguna expedición había tenido jamás más éxito y ninguna había contado
con un apoyo tan entusiasta en su país. Afortunada en cuanto a sus responsables
en la patria, y dotada de la rica dirección científica del profesor Hilprecht,
los resultados obtenidos han merecido todo el gasto de energía, vida y
recursos.
Alemania,
única entre las grandes naciones modernas, había hecho muy poco en el campo de
la exploración mientras otros pueblos se habían mostrado tan activos. La
erudición alemana había realizado las mayores contribuciones al desciframiento
y al tratamiento científico de los textos desenterrados por los pacientes
exploradores enviados por otros. Sería extraño que Alemania no intentara
también encontrar nuevas tablillas, además de leerlas. El profesor Friedrich
Delitzsch, durante mucho tiempo exponente de la ciencia de la asiriología y uno
de los eruditos más eminentes de la época moderna, impulsó la creación de la
Sociedad Alemana de Oriente, que finalmente se constituyó a principios de 18
98.
Incluso
antes de que se organizara la sociedad propuesta, una «comisión para la
investigación arqueológica de las tierras del Éufrates y el Tigris» se dispuso
a recabar información directa sobre los diversos yacimientos que parecían
prometer los mejores resultados en caso de ser excavados. Con este fin, el
profesor Eduard Sachau, de la Universidad de Berlín, acompañado por el Dr.
Robert Koldewey, partió hacia Oriente el 23 de octubre de 1897. Exploraron a
fondo Babilonia y Asiria, y trajeron consigo abundante información para uso de
la nueva sociedad, que ya había comenzado a funcionar con buen pie. Los
eruditos le prestaron su ayuda, el emperador alemán concedió una subvención y,
a finales de año, se envió una expedición a Oriente con el Dr. Koldewey como director y el Dr. Bruno Meissner, de Halle,
como asiriólogo. Este último, tras prestar un servicio muy útil, se jubiló y
fue sustituido por el Dr. E. Lindl, de Múnich. En la primavera de 1899 se
iniciaron los trabajos en el gran montículo de El -Kasr,
en Babilonia, bajo el cual se encontraban los restos del palacio de
Nabucodonosor. Desde el principio se obtuvieron éxitos considerables con el
descubrimiento de una nueva inscripción hitita y de numerosas tablillas del
período neobabilónico. El trabajo futuro, que deberá
prolongarse durante varios años, está en buenas manos, pues la paciencia y la
perseverancia alemanas lo llevarán sin duda hasta el final.
En 1888
se realizó en Egipto un descubrimiento de lo más sorprendente: cartas y
despachos escritos en su mayor parte en escritura y lengua babilónicas. Una
campesina, que vivía en la miserable y pequeña aldea de adobe de
Tell-el-Amarna, a orillas del Nilo, a unas ciento ochenta millas al sur de
Menfis, buscaba antigüedades entre la arena y las piedras junto a la ladera de
la montaña, a cierta distancia del río. Poco podía imaginar que bajo aquellos
escombros yacía todo lo que quedaba del templo y
palacio
del gran rey hereje de Egipto, Amenofis IV, o, como él mismo se hacía llamar, Akhenatón. Su único interés era encontrar algunos trocitos
de «anteeka», que pudiera vender a esa gente extraña
de Europa y América, que compra cosas simplemente porque son antiguas. Del
montículo extrajo más de trescientas tablillas con inscripciones, algunas de
ellas de tan solo 2x1/8 pulgadas por 1x11/16 pulgadas , mientras que otras
miden 8 x 3/4 pulgadas por 4 x 7/8 pulgadas e incluso más. Ciento sesenta de
ellas, muchas en forma de fragmentos, fueron adquiridas por el señor Theodore
Graf, de Viena, y posteriormente compradas por el señor J. Simon,
de Berlín, quien las donó al Museo Real de dicha ciudad. Ochenta y dos fueron
adquiridas para los fideicomisarios del Museo Británico por el Dr. E. A. Wallis
Budge; sesenta pasaron a manos del Museo de Giza, en El Cairo, y unos pocos a
manos privadas.
Los
documentos así devueltos al mundo deben considerarse entre los descubrimientos
cuneiformes más importantes. Consisten en cartas y despachos que se
intercambiaron entre Amenofis III y Amenofis IV, por un lado, y, por otro,
diversos monarcas, príncipes y gobernadores de Asia occidental, entre los que
se encontraban Kadashman-Bel de Babilonia, Asshur-uballit de Asiria, Dushratta de
Mitanni, Rib-Adds de Biblos, Abimilki de Tiro, Abdi-Kheba de Jerusalén y muchos otros. Su valor histórico es enorme,
no solo por la información cronológica que se puede deducir de ellos, sino
también porque arrojan una luz lateral digna de mención sobre el conjunto de
las relaciones sociales de la época. Durante la larga serie de años en que
Europa y América llevaron a cabo excavaciones en Oriente, apenas se despertó
interés por el tema en Turquía, en cuyo gran imperio se realizaron todos estos
hallazgos. Sin embargo, durante la última parte de ese período se produjo un
gran resurgimiento del entusiasmo por la antigüedad en la propia Turquía,
debido casi por completo a la sabiduría, la paciencia y la erudición de un solo
hombre. Formado en Europa, un hombre de refinado gusto natural y gran
entusiasmo personal, Hamdy Bey estaba admirablemente preparado para el cargo de
director general del Museo Imperial Otomano. Lo ha transformado por completo,
junto con toda su organización, y le ha asegurado un gran futuro. Con el
competente apoyo de su hermano, Halil Bey, prestó una ayuda considerable y
constante a la expedición de Filadelfia, y su museo se ha beneficiado
magníficamente de ello. Solo faltaba que este museo, el mejor situado de todo
el mundo para sacar provecho de ello, emprendiera él mismo las excavaciones.
Hamdy Bey logró despertar el interés del propio sultán por el asunto y
convencerlo de que aportara una suma de dinero de su propio bolsillo para llevar
a cabo excavaciones en Abu-Habba, el yacimiento de la antigua Sippar. El
director de la expedición fue el dominico francés padre Scheil, un distinguido
asiriólogo, que estuvo acompañado por Bedry Bey, quien había sido comisionado
turco en la expedición de Filadelfia y, por lo tanto, conocía por experiencia
el mejor método de exploración. La expedición fue un éxito rotundo y, en el
breve plazo de dos meses, con un coste de tan solo tres mil francos, se reunió
una magnífica colección de más de seiscientas setenta y nueve tablillas y
fragmentos, en su mayoría cartas y contratos fechados en el reinado de
Samsuiluna, hijo y sucesor de Hammurabi, así como numerosos vasos y otros
objetos similares a los hallados por la expedición en Nippur. Scheil contó,
como es natural, con el apoyo más leal de todos los funcionarios del Gobierno,
y su éxito supone una prometedora perspectiva para el futuro. El Gobierno turco
es capaz de controlar a sus propios representantes en las inmediaciones de los
túmulos, y si una vez se despierta plenamente su interés por la importancia de
excavar sus incalculables tesoros enterrados de arte, ciencia y literatura,
apenas habrá límites a los grandes resultados que cabe esperar para nuestro
conocimiento de la antigua Babilonia. Además de estas grandes expediciones, con
frecuencia se han llevado a cabo otras iniciativas más modestas y menos
llamativas para asegurar los tesoros arqueológicos de Babilonia y Asiria. Las
más exitosas de ellas son, sin duda, las repetidas visitas a Oriente del Dr. E.
A. Wallis Budge, del Museo Británico. Se ha adentrado discretamente en diversas
partes de Oriente y, gracias a su profundo conocimiento de los nativos, ha
logrado aumentar año tras año las colecciones del museo. No se ha hecho público
ningún informe sobre su trabajo y, por lo tanto, no es posible ofrecer aquí una
narración de sus esfuerzos. Aquí queda, por el momento, la historia de las
expediciones para desenterrar las ciudades sepultadas de Babilonia y Asiria.
Por un breve tiempo , según toda probabilidad, pues la ganancia ha sido tan
grande y las recompensas tan abundantes, que las nuevas expediciones siempre
buscarán una oportunidad para trabajar en los mismos yacimientos. Aunque las
grandes expediciones tienen sus períodos de trabajo y sus períodos de descanso,
hay una forma de exploración que continúa sin cesar a pesar de los numerosos
esfuerzos por impedirla. Los lugareños de la zona han aprendido que las
antigüedades pueden venderse a europeos y estadounidenses a cambio de oro. Su
tráfico en Turquía está prohibido por ley, y su exportación fuera del país está
prohibida. Pero los nativos siguen excavando a escondidas y pasan de
contrabando los hallazgos a manos de comerciantes, que los comercializan en
Bagdad, Londres y otros lugares. Esta práctica hace que los museos, y por tanto
los estudiosos, adquieran cientos de tablillas que, de otro modo, podrían
permanecer ocultas durante mucho tiempo. Sin embargo, es algo muy lamentable,
ya que muchas de ellas se rompen debido a una manipulación descuidada e
ignorante, y la fuente u origen —un aspecto de gran importancia— se desconoce o
se oculta por temor al gobierno. Por ello, por muchas razones, cabe esperar que
el Gobierno turco consiga finalmente impedirlo y pueda asegurar para su propio
museo —en rápido crecimiento— un mayor número de los objetos que se encuentran
por casualidad. Todo lo que se ha hallado hasta ahora no es más que una pequeña
parte de lo que sin duda yace enterrado bajo los montículos. En ello radica un
llamamiento urgente a los hombres acaudalados, a las sociedades científicas y a
los gobiernos para que continúen la labor que ya ha tenido un éxito tan
maravilloso. Las lagunas que aún persisten en nuestro conocimiento de la
antigua Asiria y Babilonia pueden, en gran medida, colmarse fácilmente mediante
los mismos métodos que nos han proporcionado nuestro actual conocimiento de ese
poderoso pasado.
LA TIERRA
Y LOS PUEBLOS DE ASIRIA Y BABILONIA
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