HISTORIA DE ISRAEL.
REYES:
DAVID
(1055-1015 a. C.) Y SALOMÓN (970-931 a. C.)
El rey que fue puesto al
frente del pueblo por su propia insistencia entusiasta, y con el consentimiento
a regañadientes del profeta, demostró, con mayor eficacia que cualquier
objeción, lo poco que una constitución monárquica estaba hecha para cumplir las
expectativas depositadas en ella; pues el rey, que hasta su ascensión al trono
había sido un hombre sencillo y excelente, sin pensamientos de ambición ni de
poder arbitrario, no dudó en recurrir a la crueldad y la inhumanidad para hacer
valer su dignidad.
Con la ayuda de la guía
profética, se veló porque no se pareciera al repulsivo prototipo esbozado por
Samuel, ni se volviera tan independiente como para situarse por encima de todas
las leyes y normas, sino que siempre se mantuviera consciente de su humilde
origen. Samuel no eligió a un rey de la altiva tribu de Efraín, para que no
actuara como Abimelec, quien, en su presunción y ambición, había matado a sus
propios hermanos y arrasado distritos enteros; sino que el rey fue elegido de
entre la más pequeña de las tribus, la tribu de Benjamín. Su familia, la de
Matri, era una de las más humildes de Benjamín. Su padre, Quis, no destacaba en
absoluto; era un simple campesino; y nada se podía decir en su favor, salvo que
era un hombre íntegro. Saúl fue elegido porque se contentaba con trabajar con
el arado y velar por el crecimiento de los rebaños de su padre. No tenía más
pensamientos que los relacionados con el pueblo en el que había nacido, y
apenas una idea de que existieran seres humanos para quienes la posesión del
poder resultara atractiva. En su timidez mostraba los modales de un auténtico
campesino; estas circunstancias, junto con las cualidades personales de Saúl,
parecían ser una garantía contra cualquier presunción u orgullo por parte del
primer rey de Israel.
Las circunstancias que
rodearon la elección de un rey dejaron una profunda y grata impresión. «
«Mirad», dijo Samuel, «este es el hombre que Dios ha elegido como rey; no hay
otro como él en todo Israel». La mayoría de los presentes, embelesados por la
solemnidad de la ceremonia y por el aspecto de Saúl, gritaron: «¡Viva el rey!».
Samuel ungió entonces al rey recién elegido con aceite sagrado, lo que se creía
que lo hacía inviolable. Los ancianos se regocijaron de que su sincero deseo de
tener un rey que los gobernara se hubiera hecho realidad por fin. Esperaban con
ilusión días felices. La elección de un rey supuso un hito importante en la
historia del pueblo judío; determinó todo su futuro. Sin embargo, durante los
actos festivos y solemnes, ya había surgido la discordia. Algunas personas
descontentas, probablemente efraimitas, que habían esperado que se eligiera a
un rey de entre sus propias filas, expresaron en voz alta su decepción: «¡Cómo
va a ayudarnos este hombre!». Mientras todos los demás ancianos, según la
costumbre generalizada, ofrecían al rey ofrendas de homenaje, y algunos de los
más valientes le seguían hasta Gabaa para ayudarle
contra los enemigos de Israel, los descontentos se mantuvieron al margen y se
negaron a prestarle lealtad.
El valor de Saúl, tras su
ascensión al trono, debió de haber aumentado considerablemente, o bien debió de
sentirse guiado por Dios tras su inesperada ascensión. Ahora afrontaba con
audacia la tarea de oponerse a sus poderosos enemigos y de poner orden en los
desorganizados asuntos de la comunidad. La situación del pueblo en el momento
de su ascensión al trono era muy triste y humillante, casi peor que en los días
de los jueces. Sus armas —arcos y flechas, espadas, etc.— habían sido
arrebatadas por los filisteos victoriosos, que no dejaron ningún herrero en la
tierra para fabricar nuevas armas. El rey recién elegido carecía de espada, ese
símbolo de la realeza entre todas las naciones y en todas las épocas.
Probablemente su elección se llevó a cabo de forma tan secreta que los
filisteos no sabían nada al respecto. Los recaudadores de impuestos filisteos
agotaban las fuerzas del país y, al mismo tiempo, reprimían cualquier intento
de revuelta. Tan grande era la humillación de los israelitas que algunos de ellos
tuvieron que acompañar a los filisteos en expediciones contra sus propios
hermanos. Solo un acontecimiento milagroso podría haberlos salvado, y tal
acontecimiento lo provocó Saúl junto con su hijo y sus parientes.
El hijo mayor de Saúl,
Jonatán, era quizás más digno de la dignidad real que su padre. Modesto y
desinteresado, quizás incluso en mayor medida que su padre, valiente ante la
misma muerte, combinaba estas cualidades con una bondad y una dulzura casi
excesivas, —un rasgo que lo hacía querido por todos, pero que habría sido un
grave defecto en un gobernante que debía mostrar cierta firmeza y severidad.
Jonatán estaba, además, dotado de un carácter entusiasta que cautivaba a todos
los corazones. Era sincero y enemigo de todo engaño; expresaba sus opiniones
con libertad, aun a riesgo de desagradar, de perder su cargo o incluso la vida,
todas estas cualidades lo convirtieron en el favorito del pueblo. Abner, primo
de Saúl, tenía un carácter totalmente diferente; era un guerrero de firmeza
inquebrantable y poseía un considerable grado de astucia. También él prestó un
importante servicio al inexperto rey y al pueblo en su angustia. Rodeado de
estos y otros fieles seguidores de su familia, y de la tribu de Benjamín en
general, que se enorgullecían de ganar importancia gracias a él, Saúl se lanzó
a la desigual contienda contra los filisteos. Jonatán inició las hostilidades.
En la ciudad de Geba, o Gabaal de Benjamín, vivían los recaudadores de
impuestos filisteos, rodeados de una multitud de guerreros. Jonatán atacó este
puesto y mató a la guarnición. Esta fue la primera declaración de guerra; se
llevó a cabo por orden de Saúl y con su plena aprobación. El rey ordenó
entonces que resonara por toda la tierra de Benjamín el toque de trompeta que
anunciaba el inicio de la guerra contra los filisteos. Muchos recibieron la
noticia con alegría; otros, con tristeza y consternación.
Todos los que tenían valor
se reunieron para apoyar a su rey, decididos a ayudarle a librar a Israel de la
deshonra o a perecer en el intento. Los cobardes huyeron al otro lado del
Jordán o se escondieron en cavernas, en hendiduras de las rocas o en pasadizos
subterráneos. Un sentimiento de intensa ansiedad invadió a todos ante el
resultado de la contienda. El lugar de reunión de los israelitas era entonces Gilgal, la ciudad más alejada de la tierra de los
filisteos. Este lugar de reunión había sido designado por el profeta Samuel. Él
había ordenado a Saúl que se dirigiera allí y permaneciera siete días a la
espera de su llegada y de nuevas instrucciones. Probablemente, en Gilgal se encontraba el coro de músicos y a los profetas,
cuyos salmos y cánticos debían inspirar a los guerreros israelitas con valor
marcial y con confianza en la liberación de su patria. Mientras tanto, los
filisteos se preparaban para una guerra de exterminio contra los israelitas. La
noticia del ataque de Jonatán contra sus puestos avanzados los había
exasperado; sin embargo, estaban más sorprendidos que aterrorizados. ¿Cómo se
atrevían los israelitas, cobardes, desarmados y sin armas, a atacar a los
filisteos, sus amos? Una numerosa banda de guerreros, apoyada por la
caballería, atravesó los valles de la cordillera meridional de Efraín, y a lo
largo de toda la extensión del territorio hasta Micmás;
desde este campamento desplegaron sus bandas de saqueadores en tres
direcciones, siendo lo más humillante que muchos israelitas se vieron obligados
a ayudar a los filisteos a someter a sus propios compatriotas.
Era un momento crítico
para el pueblo de Israel. Mientras los filisteos avanzaban poco a poco hacia Miqumás, Saúl, rodeado por los valientes de su tribu,
esperaba en Gilgal al profeta que debía dar a los
guerreros sus instrucciones inspiradas y, de este modo, infundirles valor. Pero
pasaban los días y Samuel no aparecía. Cada hora que transcurría en ociosidad
parecía arruinar las posibilidades de un desenlace favorable. Saúl temía que el
enemigo descendiera de las montañas al valle, atacara Gilgal y destruyera o pusiera en fuga al pequeño contingente de israelitas. No eran
pocos los soldados que ya habían desertado, interpretando la ausencia como un
presagio desfavorable. Saúl, impaciente, decidió al séptimo día atacar al
enemigo bajo su propia responsabilidad. Según la antigua costumbre, realizó un
sacrificio para propiciar a la Deidad y asegurarse el éxito en la batalla.
Justo cuando preparaba el holocausto, Samuel apareció de repente y reprendió
severamente al rey por dejarse llevar por la impaciencia. Reprendió este error
con gran severidad, partió de Gilgal y dejó a Saúl a
su suerte —un duro golpe para él, pues había contado con confianza en la ayuda
del profeta en ese momento tan peligroso. Tras la partida de Samuel de Gilgal,
Saúl consideró inútil permanecer allí. Por lo tanto, se dirigió con el resto de
sus tropas a Gabaal Al pasar revista a sus soldados allí, comprobó que no
sumaban más de seiscientos. No es de extrañar que Saúl y Jonatán se desanimaran
al ver aquella escasa fuerza, que estaba desarmada y tenía que enfrentarse a
los bien equipados ejércitos del enemigo. Solo Saúl y Jonatán poseían espadas.
Fue, sin duda, una triste luna de miel para el joven reino. El golpe más
doloroso para Saúl fue que, debido a la ausencia de Samuel, se vio privado de
los medios mediante los cuales el pueblo pudiera conocer la voluntad de Dios.
Jonatán, sin embargo, tuvo
un buen comienzo en Gabaal, donde Saúl y sus tropas tenían su campamento, a
apenas una hora de distancia de Micmas, donde se
encontraba el campamento filisteo. Entre los dos ejércitos se extendía un
valle, pero el camino que conducía de un lugar a otro era intransitable, ya que
el valle estaba bordeado por paredes rocosas empinadas, casi perpendiculares, y
precipicios, que lo cerraban por el este hasta convertirlo en un mero
desfiladero de unos diez pies de ancho. En el lado oeste, donde el valle
formaba un amplio paso, los filisteos habían apostado sus avanzadillas. Así
pues, los filisteos y los israelitas solo podían enfrentarse en el estrecho
sendero. Por fin, Jonatán decidió ascender por la parte más empinada del paso
y, acompañado por su escudero, trepó, a gatas, por las puntas escarpadas y
afiladas de la roca en la ladera de Micmas. Un paso
en falso lo habría precipitado al abismo, pero, afortunadamente, él y su hombre
llegaron sanos y salvos al punto más alto. Cuando los filisteos los vieron, se
sorprendieron no poco de que, por aquel camino rocoso, se hubiera encontrado un
sendero que conducía a su campamento. Engañados por esta artimaña, y temiendo
que otros israelitas les siguieran, gritaron con desdén: «Mirad a los hebreos,
están saliendo a gatas de sus escondites; subid más arriba, queremos conoceros
mejor». Jonatán y su escudero habían
acordado previamente que, en caso de recibir tal desafío, seguirían adelante y
lanzarían valientemente el ataque. Los filisteos que vieron primero a los
audaces escaladores dejaron pronto de burlarse, pues veinte hombres murieron en
el primer ataque con trozos de roca y piedras de honda. Los benjamitas eran muy
hábiles en el uso de la honda, y Jonatán y su escudero avanzaron aún más, y siguieron
lanzando grandes trozos de roca contra los filisteos. Aterrorizados por este
repentino ataque desde un flanco por el que parecía imposible acercarse, solo
podían imaginar que estaban siendo atacados por seres sobrenaturales y, presa
del miedo, lucharon entre ellos o rompieron las filas en la más absoluta
confusión. Saúl, que observaba desde una elevada colina, tan pronto como
percibió que el enemigo comenzaba a huir, se apresuró a acudir al lugar de los
hechos, seguido por sus seiscientos guerreros, y completó la derrota de los
filisteos. Aquellos israelitas que hasta entonces habían sido obligados por los
filisteos a luchar contra sus propios hermanos volvieron sus armas contra sus
opresores. Otros, que se habían escondido en las grietas y grutas de las
montañas de Efraín, se animaron al presenciar la huida de los filisteos y se se unieron a las filas de los agresores. Las tropas de
Saúl, así reforzadas, ascendían a diez mil. En cada pueblo del monte de Efraín
por el que pasaban los filisteos en su huida, eran atacados por los habitantes
y abatidos uno a uno. Aunque cansadas y agotadas, las tropas de Saúl
persiguieron al enemigo en retirada durante ocho horas.
Un suceso de consecuencias
aparentemente insignificantes, pero que resultó ser de gran importancia, puso
fin a la persecución. Saúl había insistido a sus soldados en que la destrucción
de su enemigo no debía interrumpirse ni siquiera para comer o reponer fuerzas,
y pronunció una maldición sobre quien tomara el más mínimo alimento. Jonatán,
que siempre iba en primera línea, no había oído nada de esta maldición. Agotado
por la larga lucha y la persecución, no pudo contenerse, y probó la miel
silvestre en la que había mojado su bastón. Cuando le recordaron la orden
perentoria de su padre, confesó abiertamente su acto. Saúl, sin embargo, se lo
tomó muy en serio y decidió condenar a Jonatán a muerte. Pero el pueblo
protestó vehementemente. «¡¿Qué?!», exclamaron los guerreros, «¿se va a matar a
Jonatán, a quien el pueblo debe su gran victoria? No, ni un pelo de su cabeza
será tocado». El pueblo ofreció un sacrificio expiatorio por Jonatán y así lo
libró de la muerte. A raíz de este episodio, se suspendió la persecución de los
filisteos al oeste de Ajalón. Grande fue el gozo de
los israelitas por la victoria que habían obtenido de forma tan inesperada. La
batalla de Micmas restableció por completo su
reputación. También habían recuperado sus armas y se sentían lo suficientemente
fuertes como para luchar bajo el mando de un rey cuya firmeza de resolución ya
habían comprobado. Pero Saúl regresó con humildad y modestia a su morada en Gabaa y aró, como hasta entonces, los campos de su padre.
Aún no se había dejado cegar por su nueva dignidad. Mientras tanto, las
hostilidades de los amonitas contra las tribus al otro lado del Jordán se
habían intensificado. Nahás, rey de los amonitas,
sitió la fortaleza de Jabes de Galaad. Los habitantes no pudieron resistir
mucho tiempo, y negociaron con Nahash una capitulación. Este impuso una
condición dura e inhumana a los gileaditas de Jabes.
Como afrenta para Israel, todos los hombres debían aceptar perder su ojo
derecho. ¿Qué podían hacer los gileaditas? Negociaron
un plazo de siete días para enviar mensajes a sus compañeros de tribu. Un día,
cuando Saúl regresaba a casa del campo con su yunta de bueyes, se encontró con
los habitantes de Gabaal, muy alterados y bañados en lágrimas. Asombrado por
ello, les preguntó la causa de su aflicción, y los mensajeros de Jabes de
Galaad le relataron lo que le sucedería a su ciudad si no llegaba ayuda
rápidamente. Indignado por la vergonzosa condición impuesta por el rey de los
amonitas, Saúl decidió de inmediato acudir en ayuda de los gileaditas de Jabes. Por primera vez ejerció su prerrogativa real convocando a todo Israel
para que participara en la campaña contra los amonitas.
Samuel respaldó esta
convocatoria declarando que él también se uniría a la expedición. Por orden de
Saúl, todos los guerreros se reunieron en el lugar de encuentro. La anarquía de
la época de los Jueces había llegado a su fin, y reinaba una voluntad firme. Un
numeroso contingente de israelitas cruzó el Jordán; los amonitas, atacados por
el sur, el norte y el oeste, huyeron en todas direcciones, y no quedaron dos de
ellos juntos. El pueblo de Jabes se salvó y, desde entonces, mostró la más
profunda gratitud hacia Saúl y su casa por la ayuda que les prestaron con tanta
rapidez y energía. Al volver a cruzar el Jordán, tras su segunda victoria sobre
el enemigo, Saúl fue recibido con una alegría tumultuosa. Samuel, que fue
testigo de estas muestras de júbilo, consideró prudente recordar al rey y a su
pueblo que su triunfo no debía convertirse en orgullo, y que no debían
considerar la dignidad real como un fin, sino solo como un medio. Por ello,
convocó una gran reunión de los israelitas y decidió llamar la atención del rey
y al pueblo a sus deberes. Samuel volvió a ungir a Saúl como rey; el pueblo
renovó su homenaje y realizó ofrendas de alegría.
En medio de estas
celebraciones, Samuel pronunció un discurso que da testimonio de la agudeza de
su mente y de su grandeza como profeta.
Las dos importantes
victorias de Saúl y la asamblea celebrada en Gilgal,
donde casi todas las tribus le habían rendido homenaje, confirmaron su poder, y
el dominio real se consolidó de forma permanente. Aunque Samuel alabó y ensalzó
los días de los jueces, el pueblo consideraba que podía apreciar más a un rey
que a un juez-héroe. La nación cambió de buen grado su libertad republicana por
el premio de la unidad y el poder que ello le reportaba. La condición real
trajo consigo diversos cambios. Saúl tuvo que contratar a hombres responsables
para la ejecución de sus órdenes; necesitó un número de oficiales y sirvientes.
Se nombraron oficiales de guerra para gobernar sobre cientos y miles,
respectivamente, y consejeros, a quienes se admitía en la mesa del rey. Un
grupo especial de hombres servía como mensajeros, una fuerza armada que se
convirtió en el instrumento obediente de la voluntad del rey. Estos y su jefe
formaban la corte del rey. El jefe de la guardia de Saúl se llamaba Doag,
idumeo de nacimiento. Debido a la presencia del ejército permanente y de los
sirvientes, Gabaa, que hasta entonces no era más que
una pequeña localidad, se convirtió ahora en la capital. Al principio, Saúl se
mostró sumiso ante Samuel. Cuando el profeta, en nombre de Dios, le ordenó
declarar la guerra a muerte contra los amalecitas, Saúl se dispuso
inmediatamente a los preparativos y convocó a sus guerreros. Los amalecitas
eran enemigos implacables y hereditarios de los israelitas, y habían mostrado
la mayor crueldad hacia ellos durante su peregrinaje por el desierto y a su
entrada en la Tierra Santa. Estos enemigos solían aliarse con otras naciones
para aplastar a los israelitas. El rey amalecita Agag parece haber causado
grandes problemas a la tribu de Judá en los días de Saúl.
Sin embargo, no era tarea
fácil emprender hostilidades contra los amalecitas. Agag era considerado un
gran héroe e inspiraba temor a todos los que le rodeaban; pero, aunque los
amalecitas eran famosos por su valor y su poder, Saúl no dudó en prepararse para
esta arriesgada campaña. Parece que llevó a cabo la contienda con habilidad y
valentía, y haber atraído al enemigo a una emboscada, lo que le permitió
obtener una victoria total. Tomó la capital (posiblemente Cades), mató a
hombres, mujeres y niños, y capturó al temido rey Agag. Solo unos pocos de los
que escaparon con vida se refugiaron en el gran desierto vecino que conduce a
Egipto. Los guerreros israelitas se llevaron un rico botín, que incluía rebaños
de ovejas, manadas de ganado y camellos. Según las órdenes de Samuel, este
botín debía ser destruido, para que se perdiera todo rastro del recuerdo de
Amalec. Los soldados, sin embargo, no deseaban que este rico botín fuera
destruido. Saúl, normalmente tan riguroso en su disciplina, permitió que se conservara
el botín, transgrediendo así las instrucciones del profeta. Saúl estaba muy
orgulloso de su victoria sobre los temibles amalecitas, y ordenó que el rey
Agag fuera conducido encadenado como señal viva de triunfo. Su éxito en la
batalla lo embriagó y le hizo olvidar su antigua humildad. A su regreso, erigió
un monumento a su victoria en el oasis del Carmelo. Mientras tanto, Samuel, en
una visión profética, se había enterado de que el rey no había cumplido las
instrucciones que se le habían dado y, por lo tanto, debía ser castigado.
Samuel tuvo que
anunciárselo al rey victorioso; pero la tarea era difícil, y luchó y rezó toda
una noche. Por fin decidió ir al encuentro de Saúl. Pero al enterarse por el
camino de que Saúl estaba tan dominado por el orgullo como para mandar erigir
un monumento, dio media vuelta y se dirigió a Gilgal. Cuando Saúl se enteró de
este viaje, lo siguió hasta allí. Los ancianos de Benjamín y de las tribus
vecinas también se dirigieron a Gilgal para saludar
al rey victorioso. Allí fueron testigos de una disputa que presagiaba tiempos
difíciles.
Como si nada hubiera
ocurrido, el rey se encontró con el profeta y le dijo: «He cumplido los
mandatos de Dios». A lo que Samuel le respondió con severidad: «¿Qué significa
el balido de las ovejas que oigo? ». «Fue el pueblo —respondió Saúl—, que se
quedó con lo mejor de las ovejas y los bueyes para sacrificarlos en el altar de Gilgal». Ante estas palabras, el profeta Samuel ya no
pudo contener su ira y respondió con palabras fulminantes: «¿Acaso el Señor se
complace tanto en los holocaustos y sacrificios como en obedecer su voz? He
aquí que obedecer es mejor que sacrificar, y escuchar, que la grasa de los
carneros. Pues el pecado de la brujería proviene de la rebelión, y la iniquidad
de los terafines, de la obstinación. «Puesto que has
rechazado la palabra del Señor, Él también te ha rechazado como rey».
Saúl se sintió tan
profundamente humillado por estas palabras y por la actitud severa y austera
que adoptó el profeta, que confesó su falta y, en un intento por impedir que se
marchara, agarró el manto de Samuel con tanta fuerza que se rasgó. Samuel dijo
entonces: «Esta es una señal: Dios te arrebatará tu dignidad real y se la dará
a un hombre mejor , aunque Israel se desgarre en el proceso». Una vez más, Saúl
suplicó al profeta: «Al menos hónrame ahora ante los ancianos de mi tribu y de
Israel, y vuelve conmigo».
Atendiendo a esta súplica,
Samuel lo acompañó hasta el altar, donde el rey se humilló ante Dios. Samuel
ordenó entonces que trajeran al rey Agag, que estaba encadenado. El rey
amalecita exclamó, presa del miedo: «¡Oh! ¡qué amarga, qué amarga es la muerte!».
A esta exclamación, Samuel respondió: «Así como tu espada ha dejado sin hijos a
las mujeres, así tu madre quedará sin hijos entre las mujeres», y Samuel
descuartizó a Agag ante el rey en Gilgal.
Tras esta escena en Gilgal, el rey y el profeta se evitaron mutuamente. La
victoria que Saúl obtuvo sobre Amalec fue una derrota para él: su orgullo quedó
aplastado. El anuncio de que Dios lo había abandonado arrojó una sombra oscura
sobre su alma. Su melancolía, que más tarde se convirtió en locura, se debía a
las amenazadoras palabras de Samuel: «Dios entregará el reino de Israel a un
hombre mejor». Esas terribles palabras resonaban sin cesar en los oídos de
Saúl. Al igual que al principio había dudado en aceptar las riendas del
gobierno, ahora se resistía a dejarlas escapar de sus manos. Al mismo tiempo,
se sentía impotente. ¿Qué podía hacer frente a la severidad del profeta? Para
distraerse, se sumergió en la guerra. Había muchos enemigos en las fronteras de
Israel a los que deseaba someter. También siguió otro camino para impresionar
al pueblo y hacerles sentir su importancia.
Entre los israelitas aún
vivían algunas familias cananeas y pequeños clanes que no habían sido
expulsados cuando se conquistó el país, y a los que ahora no se podía expulsar.
Estos habían llevado a los israelitas a honrar a dioses falsos y a caer en errores
idólatras. Por lo tanto, Saúl pensó que beneficiaría enormemente a la nación y
cumpliría la ley de Israel, si eliminaba a esos vecinos idólatras y todo lo que
fuera extranjero. Entre los forasteros a los que se había permitido quedarse se
encontraban los hombres de Gabaón, que se habían sometido voluntariamente a los
israelitas conquistadores. Saúl no respetó el juramento hecho a los gabaonitas,
sino que ordenó una masacre generalizada entre ellos, de la que solo unos pocos
escaparon.
Junto con las naciones
cananeas extranjeras, también persiguió a los hechiceros que participaban en
prácticas idólatras. Mientras que Saúl, por un lado, se esforzaba por ganarse
la buena voluntad de su pueblo y se mostraba como un severo defensor de las leyes
dadas por Dios, por otro lado intentaba infundir en la nación un temor sumiso
ante el poder real. Llevaba una corona de oro en la cabeza, como signo de
grandeza y exaltación por encima de las masas. Sus contemporáneos, que lo
habían conocido como labrador, y que quizá se hubieran sentido inclinados a
tratarlo como a un igual, debían olvidar su pasado y acostumbrarse a
contemplarlo con reverencia como al ungido portador de la corona sagrada. Saúl
también se entregó al lujo real de la poligamia. Tomó otras esposas además de
su primera mujer, Ahinoam, con quien se había casado cuando aún era un
campesino. Entre ellas se encontraba la bella y valiente Rizpa.
Saúl mostró gran energía
en sus incursiones contra el enemigo y, sin duda para disipar los temores
suscitados por las duras palabras del profeta, hizo gala de gran pompa y
ostentación, hasta entonces ajenas a su naturaleza. Pero antes de lo que había
previsto, el espíritu maligno de su imaginación tomó forma en la figura de un
joven que lo cautivó a su pesar.
Sucedió durante una de las
frecuentes escaramuzas con el enemigo, cuando las tropas de Saúl se alinearon
en formación marcial frente a los filisteos, y los dos ejércitos se encontraban
cara a cara, separados únicamente por un profundo barranco. Ambos temían dar el
primer paso decisivo. Al fin, los filisteos propusieron que la batalla se
decidiera mediante un combate singular, y enviaron como su campeón al
gigantesco guerrero Goliat. Al rey Saúl le habría encantado que uno de los
suyos se presentara al duelo, y prometió al vencedor ricos obsequios, exención
de impuestos, libertad del servicio obligatorio y la mano de una de sus hijas.
Pero ni siquiera a ese precio se atrevió nadie del ejército israelita a
enfrentarse a Goliat. Entonces, como por casualidad, se presentó un joven
pastor de Belén, una localidad cercana al campo de batalla, y dio lugar a un
desenlace decisivo.
Este pastor de Belén,
directa o indirectamente, fue la causa de una revolución en la historia de
Israel y en la historia de la raza humana. David, entonces conocido solo por
los habitantes de la aldea o pueblo de Belén, se ha convertido desde entonces
en un nombre célebre en todo el mundo. Tras su desacuerdo con Saúl, Samuel
había recibido la misión profética de acudir a Belén para ungir al futuro rey
de Israel de entre los ocho hijos del anciano Isaí como sucesor de Saúl. Samuel
partió en secreto, para no ser perseguido por el rey. El profeta eligió a David
como el futuro rey elegido por Dios y lo ungió como rey de Israel en presencia
de sus hermanos. Este acto sencillo pero importante se llevó a cabo, como es
natural, en privado, y fue mantenido en secreto por el padre y los hermanos de
David.
Isai, el padre de David,
no descendía de una familia distinguida de Judá, sino que, al igual que todos
los habitantes de Belén, pertenecía a una familia muy humilde. David tenía unos
dieciocho años cuando fue ungido, y no destacaba ni por su experiencia ni por
ninguna hazaña. Los hermosos pastos que rodeaban Belén habían constituido hasta
entonces su mundo. Pero en él yacían latentes unas facultades que solo
necesitaban ser despertadas para que sobresaliera intelectualmente sobre sus
contemporáneos, del mismo modo que Saúl los superaba físicamente. David estaba
dotado de un talento poético y musical excepcional, y mientras aún cuidaba de
su rebaño, su arpa despertaba los ecos de las montañas. Sin embargo, bastó una
sola circunstancia para convertir a este joven en un hombre.
Samuel regresó a Ramá tan
secretamente como se había marchado; pero no perdió de vista al joven al que
había ungido y lo incorporó al círculo de sus discípulos. Allí se desarrollaron
los talentos poéticos de David. Allí pudo perfeccionarse en el uso de los
instrumentos musicales. Pero aprendió algo más en el entorno de Samuel;
aprendió «a conocer a Dios». Su espíritu se impregnó de la presencia divina y
se llenó instintivamente de esa piedad que remite todas las cosas a Dios y se
somete en todo a la guía divina. Esta confianza en Dios había sido despertada y
fortalecida en él por la influencia de Samuel. David viajaba con frecuencia de
Belén a Ramá, y de la casa de Samuel a los rebaños de su padre. El noble valor,
que le inspiraban su unción y la influencia de Samuel, no le abandonó cuando
cuidaba de sus rebaños en los prados de Belén. Cuando estalló la guerra con los
filisteos, en las cercanías de Belén, David ya no pudo seguir siendo pastor de
sus rebaños, y se ofreció de buen grado a llevar un mensaje a sus hermanos que
servían en el ejército, para tener así una excusa para entrar en el campamento.
Al llegar allí, dijo tímidamente a los presentes que estaba dispuesto a
arriesgarse a enfrentarse al filisteo blasfemo que insultaba al ejército del
Dios vivo. La noticia llegó pronto a oídos del rey: un joven se había ofrecido
para el combate. A medio camino entre la convicción y el desdén, Saúl le dio
permiso para participar en el duelo y le ofreció su propia armadura. La primera
piedra, lanzada con mano experta desde la honda, alcanzó desde lejos al gigante
fuertemente armado; este cayó al suelo. David se abalanzó sobre Goliat, sacó la
espada de la vaina y le cortó la cabeza al gigante. Los filisteos, desde las
cimas de las colinas, habían presenciado la caída de su campeón, a quien habían
creído invencible; se declararon vencidos y, sin intentar ya prolongar la
guerra, huyeron a su fortaleza . Las tropas de Israel, por su parte, animadas
por la victoria de David, persiguieron al enemigo sin tregua.
Con la cabeza
ensangrentada en la mano, el joven vencedor fue llevado ante Saúl, para quien
hasta entonces había sido un desconocido. Este no tenía la más mínima sospecha
de que aquel joven, por quien no podía dejar de sentir admiración, pudiera
convertirse en un temible rival. Sintió gran alegría por la notable victoria.
Su hijo Jonatán, que tenía un corazón abierto, tierno y desinteresado, quedó
encantado con el joven vencedor. Su amor y apego por David se hicieron más
fuertes que el amor de un hombre por una mujer. La fama del nombre de David y
la victoria que había obtenido en Efes-Damim pronto resonaron por todo el valle
de los Terebintos y en los territorios de todas las tribus. David, sin embargo,
regresó a la casa de su padre como si nada hubiera pasado, y se limitó a
llevarse el escudo y la armadura de Goliat como recuerdo. Pero no permaneció
mucho tiempo en casa. El destino de Saúl había comenzado a cumplirse, y David
era su instrumento elegido. La oscuridad del abatimiento, que había
ensombrecido el alma del rey desde su ruptura con el profeta, se volvió aún más
densa. Su mal mal humor se transformó en tristeza y
melancolía, y a veces le invadían paroxismos de locura desenfrenada. «Un
espíritu maligno se ha apoderado del rey», se susurraban entre sí sus
sirvientes. Solo la música instrumental era capaz de animarlo; por ello, sus
fieles sirvientes propusieron que acudiera a la corte un músico y poeta
experto, y le aconsejaron que eligiera al hijo de Isaí, que era apuesto,
valiente, elocuente y arpista. David acudió, y su talento musical, así como su
porte en general, deleitaron al rey. Cada vez que Saúl caía en la melancolía,
David tocaba el arpa, y el rey se liberaba de su depresión. Saúl se sentía
cautivado por David. Empezó a considerarlo como un hijo y, al fin, suplicó a
David a que lo dejara en la corte de forma permanente. Saúl lo nombró su
escudero, asegurándose así la influencia reconfortante de su presencia. Este
fue el primer paso hacia el ascenso de David. Pero no solo el rey se sentía
atraído por él; David ejercía influencia sobre toda la corte, y todos los
corazones se volcaban hacia él. Jonatán, sin embargo, era quien más lo quería.
La segunda hija de Saúl, Mical, también le estaba secretamente enamorada. En la
corte, David aprendió a manejar las armas e intercambió el arpa por la espada.
Como estaba lleno de valor, pronto se distinguió en las pequeñas escaramuzas en
las que participó, y salió victorioso y triunfante. En una ocasión, cuando
David había infligido una derrota notable a los filisteos, y había grandes
festejos en todo el territorio israelita, las mujeres y las doncellas de las
diversas ciudades por las que pasó a su regreso salieron a su encuentro con
canciones, panderetas y címbalos, bailando a su alrededor, y proclamándolo alegremente
vencedor, diciendo: «Saúl ha matado a miles, pero David a decenas de miles».
Estos honores, ofrecidos unánimemente y con entusiasmo al joven héroe, acabaron
por abrirle los ojos a Saúl. Este era «el mejor hombre», aquel a quien Dios
había elegido como rey de Israel; el rival con el que Samuel le había
amenazado, a quien tanto temía, pero que hasta entonces solo se le había
aparecido como un ser visionario, estaba ahora realmente ante él en la persona
de su propio favorito y del pueblo.
Fue una terrible
desilusión para Saúl. «A mí no me dan más que miles, y a él decenas de miles;
lo colocan por encima de mí. ¿Qué falta aún para que sea rey?». Los gritos de
júbilo de los coros de mujeres que cantaban y bailaban resonaban en sus oídos
desde aquel momento, y le trajeron a la mente las palabras del profeta: «Dios
te ha abandonado». El amor de Saúl por David se transformó entonces en un odio
amargo, que pronto se convirtió en locura.
Justo al día siguiente del
regreso de David de su procesión triunfal, Saúl fue presa de un frenesí y lanzó
dos veces una lanza contra David, quien esquivó hábilmente la estocada. Cuando
el ataque de locura abandonó a Saúl, el fracaso de este intento le pareció una
prueba de que Dios protegía a su enemigo. A partir de entonces, trató de
destruir a su rival mediante estratagemas. Fingió honrar a David; lo nombró
jefe de un destacamento de élite de mil hombres, le ordenó dirigir ataques de
gran importancia y peligro, y le ofreció a su hija mayor, Merab, como esposa.
Saúl esperaba llevar a la ruina al hombre al que odiaba mediante estas
aparentes muestras de favor. David, sin embargo, evitó el peligro al negarse a
casarse con Merab y, por otra parte, tuvo la suerte de derrotar a los
filisteos. Se le concedería en matrimonio a la segunda hija del rey si aportaba
pruebas de haber matado a cien filisteos. Presentó pruebas de haber matado al
doble de ese número, y Saúl se vio obligado a cumplir su promesa y darle a su
hija Mical. Ella y Jonatán se pusieron del lado de David en contra de su padre,
lo que enfureció aún más a Saúl. Este intentó acabar con la vida de David, al
principio en secreto y luego abiertamente, dirigiendo sus fuerzas contra él.
David fue declarado fuera de la ley y cayó en la más absoluta desesperación. A
él se unieron entonces jóvenes y hombres tan desamparados como él, ansiosos por
la guerra. El principal de ellos era su pariente Joab, quien, junto con sus dos
hermanos, formó el núcleo del cuerpo de guerreros heroicos (Gibborim),
gracias a cuya ayuda David ascendería paso a paso al trono. Un profeta llamado
Gad, perteneciente a la escuela de Samuel, también se unió a él. Los últimos
representantes de la familia sacerdotal de Elí, el sumo sacerdote, fueron
empujados por Saúl a los brazos de su supuesto enemigo. Saúl, al enterarse de
que los sacerdotes de Nob, parientes y descendientes
de Elí, habían estado ayudando a David, ordenó que fueran cruelmente asesinados
y que se destruyera la ciudad sacerdotal. Solo una familia, la de Abiatar,
escapó de la muerte y huyó hacia David, quien recibió a los fugitivos con los
brazos abiertos. El odio hacia su rival convirtió a Saúl en un hombre cruel y
sanguinario. Todos los intentos de Jonatán, que deseaba mediar entre su padre y
su amigo, resultaron infructuosos y solo sirvieron para agrandar la brecha. Al
estar Saúl claramente en el lado equivocado, una parte de la nación se puso del
lado de David; pero, al no poder ayudarle abiertamente, le prestaron ayuda en secreto,
lo que le permitió escapar de repetidas persecuciones. Es lamentable que David,
en sus andanzas y privaciones, se viera obligado a entablar relaciones
amistosas con los enemigos de su país: con el rey de Moab, con el rey amonita Nahás y con el rey de los filisteos, Aquis.
De este modo, se ganó la sospecha de haberse convertido en un traidor a su
patria, y, al parecer, justificó la enemistad de Saúl hacia él. Los términos de
la alianza de David con Aquis —quien en un primer
momento le había denegado protección, pero con quien, en una segunda ocasión,
había encontrado refugio— parecían especialmente propicios para incriminarlo. Aquis le concedió protección con la condición de que
rompiera por completo con Saúl y su país, de modo que, en caso de guerra, él y
sus tropas, que sumaban seiscientos hombres, pudieran unirse a los filisteos
contra su propia tribu y, en tiempos de paz, realizar incursiones en las zonas
más remotas de Judá y entregar una parte del botín a su señor feudal. David, es
cierto, parece haber decidido eludir estas condiciones y, con el tiempo,
incluso unirse a su propio pueblo contra sus aliados. Pero así se vio obligado
a emprender caminos tortuosos y a renunciar a la honestidad de propósito que
hasta entonces le había distinguido. Es probable que el aspecto salvaje de las
tropas de David no causara una impresión muy agradable entre los habitantes de
Filistea. A los jefes filisteos les disgustaba que su soberano se aliara con un
líder que debía su gloria a las victorias sobre su propio pueblo. El rey Aquis,
sin embargo, esperaba tanto de esta alianza que no hizo caso de las
advertencias de sus consejeros. Pero el propio David sentía incomodidad al
vivir entre la población filistea. Por ello, suplicó a Aquis que les asignara a él y a sus seguidores un lugar donde residir en una de sus
ciudadelas. Como esta propuesta le pareció bien al rey filisteo, le concedió a
David la ciudad de Siclag. Tan pronto como se
difundió la noticia de que se había destinado una ciudad especial para David,
hombres belicosos, tanto forasteros como nativos, se unieron a él, muchos de
los cuales se distinguieron más tarde por su heroísmo. Aquis creía que, en David, se había asegurado un aliado fiel, que estaba empleando
sus conocimientos militares y su valor contra miembros de su propia tribu y
que, en consecuencia, nunca más podría hacer las paces con su propio pueblo.
Así, hábilmente engañado
por David, Aquis se consideró a salvo al emprender
una guerra decisiva contra los israelitas. Saúl estaba sumido en la melancolía
y, desde su disputa con su yerno, había perdido su antigua energía en la
guerra. El brazo fuerte que había luchado por él, y la mente ágil que había
trazado sus estrategias, se habían vuelto ahora en su contra. Los jóvenes y
hombres más valientes de Israel se habían puesto bajo el mando de David. Aquis reunió a todas sus tropas con el fin de asestar un golpe
decisivo a Israel. Marchando por la llanura a lo largo de la costa del
Mediterráneo (que pertenecía a los filisteos desde su victoria sobre los
fenicios), condujo a su ejército directamente al valle de Jezreel. Este
territorio, al margen de consideraciones políticas, ofrecía un terreno más
propicio que las regiones montañosas para el uso de la caballería y los carros.
En virtud de su tratado, Aquis exigió que David le
ayudara en esta gran guerra contra Saúl y uniera sus tropas al ejército
filisteo. Sin duda, el corazón de David debía de estar apesadumbrado cuando se
unió al ejército, pero no tenía otra opción; se había vendido a los enemigos de
su nación. Los nobles filisteos, sin embargo, le liberaron de su situación
ambigua. exigieron en voz alta y con vehemencia que el rey despidiera a David y
a sus soldados, en cuya fidelidad no confiaban. El rey filisteo se vio
obligado, ante su exigencia casi rebelde, a despedir a David. Tras asegurarle
su confianza inquebrantable en su lealtad, lo envió de vuelta a Siclag. Esto fue una suerte para David, ya que así se salvó
del dilema de convertirse en traidor a su propio pueblo o de romper la palabra
dada a su aliado Aquis.
Mientras tanto, los
filisteos salieron al campo de batalla con un ejército de miles de hombres y
acamparon cerca de la ciudad de Sunem. Saúl, que había recibido noticias de los
preparativos de los filisteos, y de su expedición final, reunió a las tropas israelitas,
avanzó en marchas forzadas al encuentro del enemigo y acampó en un primer
momento al pie del monte Gilboa. A continuación, rodeó las alturas opuestas y,
tras dirigirse hacia el norte, acampó en la base noroeste de la cordillera,
cerca de Endor.
Saúl se desanimó al ver el
gran número de filisteos, sobre todo al contemplar su caballería; los días
nefastos que él mismo se había acarreado le habían privado de su antiguo valor.
Se sentía abandonado por Dios, ya que ni los sacerdotes ni los profetas le
daban respuesta a su pregunta sobre el resultado de la guerra. Tras esperar en
vano a que le llegara la inspiración en un sueño, finalmente, desesperado,
acudió a una ventrílocua de Endor, que había escapado de la persecución y
practicaba su brujería en secreto. Resultaba curioso que Saúl tuviera que
recurrir a las artes de la brujería, que anteriormente había deseado desterrar
de sus dominios. Desanimado por las ominosas predicciones de la bruja, Saúl se
lanzó a la batalla con el corazón apesadumbrado y, como si sus temores hubieran
contagiado a sus tropas, el resultado resultó desastroso. Los israelitas, es
cierto, lucharon con valentía y la batalla duró todo el día, pero no pudieron
hacer frente a la caballería y a los carros de guerra en la llanura. Huyeron
hacia las montañas de Gilboa, pero fueron perseguidos y derrotados por los
filisteos. Los tres hijos de Saúl —el amable Jonatán, Abinadab y Malquisúa— cayeron todos, y el padre se encontró de repente
solo, acompañado únicamente por su escudero, mientras los arqueros filisteos se
le echaban encima. No deseaba huir, ni ser hecho prisionero, ni quedar expuesto
al escarnio de los filisteos. Por ello, suplicó a su siervo que le asestara el
golpe mortal, y cuando este se negó a levantar la mano contra el rey, Saúl no
tuvo más remedio que arrojarse sobre su propia espada y morir de una forma
digna de un rey. La destrucción fue terrible. La flor y nata de las tropas
israelitas yacía esparcida por el monte Gilboa y la llanura de Jezreel.
Tras descansar durante la
noche del duro día de combate, los filisteos volvieron al campo de batalla y
despojaron a los caídos de sus ropas y adornos. Allí encontraron los cadáveres
de Saúl y de sus tres hijos. La cabeza y sus armas las enviaron como trofeos a
Filistea; el cráneo lo conservaron en el templo de Dagón,
y las armas, en un templo de Astarté, para conmemorar la gran victoria sobre
Israel. A continuación, irrumpieron en las ciudades de la llanura de Jezreel y
en las del territorio nororiental, cerca del Jordán, y las ocuparon. Los
habitantes, al enterarse de la derrota en Gilboa, habían huido al lado opuesto
del Jordán. Los filisteos, como insulto a los israelitas, colgaron los cuerpos
decapitados de Saúl y de su hijo Jonatán en las murallas de Bet-shán. Al parecer, los filisteos, aprovechando su victoria,
se dirigieron al sur del monte Gilboa y de Bet-shán,
y ocuparon todas las ciudades de importancia. La capital de Saúl, Gabaa-Saúl,
se llenó de terror ante la llegada de los filisteos. Los habitantes huyeron a
las montañas y, al intentar salvar a Mefiboset, el hijo de Jonatán, que
entonces tenía cinco años, su nodriza lo dejó caer y quedó lisiado de por vida.
Al morir, Saúl dejó el
país en una situación deplorable, pues las cosas estaban incluso peor de lo que
habían estado al inicio de su reinado. La derrota fue tan contundente e
inesperada que, en ese momento, ni siquiera se pensó en resistirse, pues todo el
valor se había desvanecido. Se consideró incluso un acto de audacia que algunos
hombres de Jabes de Galaad (al otro lado del Jordán) se atrevieran, por
gratitud hacia Saúl, quien había acudido en ayuda de su ciudad, a rescatar el
cadáver del rey de su vergonzosa exposición. Cruzaron el Jordán, en Bet-seán, de noche, retiraron los cadáveres de Saúl y Jonatán
de las murallas, los enterraron bajo un terebinto y los lloraron durante siete
días. Las tribus de este lado del Jordán no fueron igual de valientes, o tal
vez no sentían gratitud alguna hacia Saúl, quien había traído miseria a la
tierra con su persecución de David. Tal fue el final de un rey cuya elección la
nación había aclamado con tanta esperanza y alegría.
DAVID
E ISH-BOSET. 1055—1035 a. C.
DAVID, en quien el pueblo
había depositado en su día grandes esperanzas, parecía haber caído en el
olvido. ¿Qué había hecho mientras su patria sangraba? Independientemente de si
se conocía o no su expedición con los filisteos, a todos les debió de parecer extraño
que, en aquella triste crisis, se mantuviera al margen de todo peligro,
preocupándose únicamente por su propia seguridad, y que, en lugar de acudir en
ayuda de su pueblo oprimido, se aferrara a su tratado con los fil . Es cierto
que él mismo se encontraba en aquel momento en una situación difícil, pero los
acontecimientos que le afectaban no se dieron a conocer hasta más tarde.
Mientras tanto, debió de resultar humillante para quienes se preocupaban por el
bienestar del reino que David estuviera aliado con el enemigo y que, durante la
ausencia del rey Aquis, en la guerra contra Israel, David pareciera, en cierta
medida, proteger las fronteras del enemigo. Cuando David fue enviado de vuelta
de la expedición que tenía prevista con los filisteos debido a las sospechas de
los nobles, descubrió que su ciudad de Siclag había
sido incendiada, y que las mujeres, los niños y todos aquellos que se habían
unido a él habían desaparecido. Los amalecitas, que habían sufrido las
incursiones de David, habían aprovechado su ausencia para llevar a cabo una
incursión contra él. La angustia de las tropas fue tan grande al descubrir que
sus pertenencias habían desaparecido y que su ciudad había sido destruida, que,
cegados por la ira, se volvieron contra David y lo amenazaron de muerte. Sin
embargo, se sintieron animados por las palabras proféticas del sacerdote
Abiatar y se dejaron apaciguar. A toda prisa, David y sus hombres se lanzaron
entonces en persecución. Descubrieron el campamento de los amalecitas con la
ayuda de un esclavo egipcio que habían encontrado enfermo y abandonado al el
camino. Persiguieron a los amalecitas, y los furiosos soldados de David los
derrotaron tan rotundamente que la mayoría quedaron muertos en el campo de
batalla, y solo unos pocos pudieron escapar en camellos. David y sus tropas
regresaron a Siclag, animados por la victoria.
Comenzaron a reconstruir su ciudad y a establecerse. David envió parte del
botín tomado a los amalecitas como obsequios a los ancianos del pueblo y a sus
amigos en muchas pueblos, desde Beerseba hasta Hebrón, con el fin de difundir
la noticia de su victoria y, al mismo tiempo, ganarse partidarios. Apenas había
recuperado una posición firme en Ziklag cuando recibió la mala noticia de la
derrota y la muerte de Saúl.
Los principales de la
tribu de Judá, instigados por aquellos amigos cuyo favor se había ganado con
sus atenciones, eligieron a David como rey. A continuación, se puso en contacto
con las tribus al otro lado del Jordán, con el fin de ganarse también su afecto.
No pudo dirigirse a las tribus de este lado del río, ya que aún se encontraban
bajo el yugo de los filisteos. A los habitantes de Jabes de Galaad les expresó
su satisfacción y su agradecimiento por haber mostrado su fidelidad hacia Saúl
incluso tras su muerte, y por haber rescatado el cadáver del rey de un mal
trato. También les informó de que la tribu de Judá lo había elegido como
sucesor de Saúl.
Sin embargo, su
desafortunada suerte aún lo mantenía aliado con los filisteos, y su prudencia
luchaba contra su patriotismo. Este último lo incitaba a arriesgarlo todo para
liberarse de los grilletes que lo ataban, mientras que la primera, por el
contrario, le advertía que no despertara la ira de su poderoso vecino. Aquis concedió a David pleno permiso para considerarse rey
de Judá y para realizar incursiones en las tierras fronterizas del el desierto,
con la condición de que recibiera su parte del botín. Pero más allá de eso, a
David no se le permitía dar ni un paso más. La liberación de la tierra de los
filisteos, que David —con las manos atadas— no pudo llevar a cabo, la llevó a
cabo Abner, el general de Saúl. Había logrado escapar de la gran derrota de
Gilboa y no perdió el ánimo, sino que salvó lo que pudo de la ruina que se
abatió sobre la casa de Saúl. Acompañado por algunos fugitivos, se refugió al
otro lado del Jordán (fuera del alcance de los filisteos), donde muchos
corazones seguían siendo fieles a Saúl y a su casa. Abner condujo al hijo
superviviente de Saúl, Isboset, y a los miembros
restantes de la indefensa familia real a Mahanaim, e indujo a las tribus que
residían a ese lado del río a reconocer a Isboset como sucesor de Saúl. Tras reunir una poderosa fuerza entre las tribus y los
benjamitas que se unieron a él, inició su lucha contra los filisteos. Abner
tuvo éxito en expulsar a los filisteos de las ciudades fronterizas vecinas,
pero solo tras una lucha de cuatro o cinco años pudo liberar todo el país
(1055-1051), tal era la dureza de la contienda. La tribu de Benjamín fue la más
difícil de reconquistar, ya que a ella los filisteos podían hacer entrar más
fácilmente sus tropas en su territorio. Todas las tribus que Abner liberó se
apresuraron a rendir homenaje al hijo de Saúl. Abner logró grandes resultados:
no solo recuperó la independencia, sino que incluso convenció a tribus que se
habían mostrado rebeldes bajo el gobierno de Saúl para que se unieran a la
comunidad. Fue el verdadero fundador del reino de las Diez Tribus de Israel, y
forjó con firmeza los lazos que las unían entre sí. Pero, a pesar de su
victoria y de sus esfuerzos, la nación se dividió repentinamente en dos reinos:
el de Israel y el de Judá —, y dos reyes las gobernaban. La tribu de Judá, a la
que la energía de Samuel y de Saúl había sacado de su aislamiento y reunido con
las demás tribus, quedó así de nuevo separada del conjunto.
Las victorias de Abner no
despertaron sentimientos de alegría, pues condujeron a la desunión. La pluma
del historiador se apresura a pasar por alto sus hazañas y apenas se detiene en
los logros del héroe. La situación hacía imposible la fusión de las casas de
Judá e Israel. No solo los dos reyes, David e Isboset, se mostraban reacios a
la reunificación de las distintas tribus (puesto que, en este caso, uno de los
dos tendría que renunciar a su dignidad real), sino que sus partidarios, y
especialmente sus respectivos generales, Joab y Abner, mostraban un gran grado
de recelo mutuo. La balanza se inclinó por el hecho de que la casa de Judá
estaba dirigida por un rey valiente y marcial, que había sido consagrado por
Samuel y cuya persona se consideraba, por tanto, sagrada, mientras que Isboset, un rey solo de nombre, no había sido confirmado en
su dignidad por la voz de Dios y, además, al parecer, no tenía en absoluto un
carácter belicoso. Todo el poder descansaba en manos de su general Abner,
mientras que Ishbosheth permanecía en algún rincón remoto de sus posesiones;
por el contrario, David tenía su morada en medio de su tribu y, de este modo,
podía dirigir todo desde su residencia en Hebrón.
Después de que Abner
hubiera conquistado o reconquistado todas las tribus, a excepción de Judá,
estalló una guerra civil entre las casas de Israel y Judá o, para ser más
exactos, entre las casas de Saúl y David. Esta guerra duró dos años (1051-1049)
y se libró con gran ferocidad. Al fin, Abner instó a Joab a poner fin a la
matanza masiva. Exclamó: «¿Debe la espada matar para siempre? ¿No sabes que de
esta guerra solo puede surgir desgracia? ¿Por qué no ordenas a tu pueblo que se
abstenga de atacar a sus hermanos?». Al final, Joab también consideró
conveniente deponer las armas y proclamar un armisticio. Él y su gente llevaron
el cadáver de su hermano Asael —a quien Abner había matado contra su voluntad—
a Belén, para que fuera enterrado en la tumba ancestral, y de allí se
dirigieron a Hebrón. Abner y sus seguidores cruzaron el Jordán, y se dirigieron
a Mahanaim. Pero un destino trágico amenazaba a la casa de Saúl. Abner había
puesto sus ojos codiciosos en Rizpa, la hermosa
esclava de Saúl, que vivía en Mahanaim con sus dos hijos. Aunque Isboset concedía a su general muchas libertades, no podía
permitirle mantener relaciones íntimas con la viuda de su padre, lo que
implicaba la intención de reclamar el trono. Abner, sintiéndose menospreciado
por la reprimenda recibida, reprochó a este falso rey su ingratitud y, dándole
la espalda, entabló negociaciones secretas con David, ofreciéndole asegurarle
el homenaje de todas las tribus. A cambio de este servicio, probablemente
estipuló que conservara su cargo de comandante en jefe de las tribus
israelitas. David acogió con agrado su propuesta, pero exigió, como concesión
preliminar, que le fuera devuelta su esposa favorita, Mical, a quien Saúl le
había arrebatado y casado con un benjamita. Sin duda, el propio Isboset reconoció
la justicia de esta demanda y no percibió en ella ninguna mala intención hacia
su persona. Acto seguido, Abner, dejando al rey con el pretexto de propiciar la
separación de Mical de su marido, entró en el territorio de Benjamín, obligó a
Faltiel, el marido de Mical, a entregarle a su esposa, a quien siguió, entre
muchas lágrimas, hasta que las airadas amenazas de Abner le obligaron a
regresar con tristeza, y David recuperó a la amada esposa de su juventud. Abner
vagó entonces entre las tribus tratando de conseguir partidarios secretos para
David. Sin duda, muchos israelitas deseaban en privado que la desafortunada
guerra civil terminara con la sumisión al rey de Judá; incluso algunos de los
benjamitas no se mostraban reacios a una unión. Acompañado por veinte
seguidores de confianza que había conseguido para David, Abner entró en secreto
en Hebrón; David había logrado enviar a Joab y a sus hermanos (los recelosos y
celosos hijos de Zeraya) a una expedición de saqueo. Durante su ausencia, David
acordó personalmente con Abner y sus veinte seguidores la forma en que se
ganaría a su causa a los ancianos de las tribus y cómo se llevaría a cabo
entonces la destronación de Isboset.
Abner ya había abandonado Hebrón para instar a los ancianos de las tribus a que
siguieran su ejemplo y rindieran homenaje al rey de Judá . Cuando Joab regresó
de su expedición, se enteró de la sorprendente noticia de que Abner, el enemigo
de la casa de David, había sido recibido y se le había permitido partir con
todos los honores, y que el rey había firmado un tratado secreto a sus
espaldas. Como le parecía inevitable que él fuera la víctima de tal pacto,
decidió rápidamente qué hacer y envió mensajeros tras Abner, quienes lo
convencieron para que regresara. Joab y Abisai le tendieron una emboscada a las
puertas de Hebrón, y Abner, sin saberlo ni haber sido advertido, cayó abatido
por sus espadas. David sintió profundamente la muerte de Abner. El hombre que,
por sí solo, era capaz y estaba dispuesto a conseguirle la adhesión de todas las
tribus mediante medidas pacíficas fue así vilmente asesinado, justo en vísperas
de que su plan se hiciera realidad. David se vio en una situación delicada.
Para disipar cualquier sospecha que pudiera surgir contra él, David expresó
solemnemente su sincero dolor por la pérdida de Abner . Ordenó que se celebrara
en Hebrón un funeral grandioso e imponente para el héroe caído de Israel,
ordenó a todos sus seguidores que asistieran al cortejo fúnebre y lo acompañó
él mismo. Expresó su dolor entre lágrimas en un poema elegíaco, cuyo comienzo
se ha conservado y que causó una profunda impresión en todos los que lo
escucharon. Todos prorrumpieron en llanto y quedaron convencidos de la
sinceridad de su dolor por la forma en que recitó su elegía. Por otra parte, David
temía pedir cuentas a los hijos de Zeraya, o incluso reprocharles su conducta;
no podía prescindir de su ayuda. Solo en el círculo de sus íntimos, expresando
amargas quejas contra ellos, dijo: «Sabed que hoy ha caído un gran príncipe en
Israel».
La noticia del asesinato
de Abner causó una profunda impresión en Isboset. No
tenía conocimiento de la traicionera alianza de su general caído con David y,
por lo tanto, lamentó profundamente la muerte de un héroe al que suponía fiel y
cuya pérdida parecía irreparable, pues consideraba a Abner como el principal
pilar de su trono.
Tras la muerte de Isboset,
el reino de las diez tribus recayó naturalmente en David. Entre ellas también
contaba con partidarios de larga data, que recordaban sus hazañas bélicas
contra los filisteos en tiempos de Saúl y que lo honraban como el elegido de
Dios a través de su profeta Samuel. A otros los había ganado para su causa
Abner. Incluso aquellos que se sintieron ofendidos por la alianza de David con
los enemigos de Israel, no podían negarse a sí mismos la idea de que no les
quedaba más remedio que rendirle homenaje. También los benjamitas lo
reconocieron, pero con un rencor secreto que apenas podían ocultar. El deseo
más anhelado de David se había hecho realidad; de haber sido el gobernante de
una tribu pequeña e insignificante, se había convertido, tras muchos obstáculos
y tribulaciones, en el rey de todo Israel. La brecha entre las casas de Judá e
Israel parecía haberse sanado, y todo parecía favorecerle. El sacerdocio y los
profetas no adoptaron una actitud hostil hacia él, como habían hecho con Saúl,
sino que se unieron en cuerpo y alma a su causa. Un descendiente de la casa de
Elí, llamado Abiatar, que había compartido las tribulaciones de David, formaba
parte de su corte; y los profetas acogieron en él al hombre que había sido
ungido por Samuel y que había pertenecido al círculo de discípulos de aquel
gran hombre . El profeta Gad también formaba parte de la corte; y otro profeta
de la época, llamado Natán, era, en cierta medida, el guardián de la conciencia
de David. Así, animado en todas sus empresas por sus consejeros espirituales,
todo tendía a allanarle el camino, en lo que se refería al gobierno interno.
Pero sus relaciones exteriores le acarrearon grandes dificultades, que tuvo que
superar antes de poder gobernar como rey independiente.
En primer lugar, David se
vio obligado a romper con los filisteos si quería ser independiente y recuperar
el amor de su pueblo. Tuvo que prepararse para una guerra encarnizada contra
sus antiguos aliados. Pero no inició de inmediato las hostilidades contra
ellos; eran demasiado poderosos para él. Primero deseaba liberarse de otros
ataduras. En medio del territorio de Benjamín había un recinto que había
permanecido en manos de los jebuseos, ya que los israelitas, al entrar en la
tierra, no lo habían conquistado. La alta colina de SIÓN resultaba inaccesible
por tres lados debido a estrechos valles y fortificaciones artificiales. El
punto más inexpugnable era el lado sur, donde la pared rocosa de la colina se
elevaba casi en línea vertical desde un abismo situado más abajo. Desde esta
fortaleza montañosa, los jebuseos dominaban todo el territorio circundante y se
sentían a salvo de cualquier intruso. Al parecer, vivían en paz con los
benjamitas y los judíos de los alrededores, ya que ni siquiera Saúl les perturbaba
en la posesión de su territorio. David, sin embargo, consideró que le convenía
hacerse con el control de esta ciudadela de Sión antes de iniciar las hostilidades con los filisteos. Por lo tanto, decidió
asaltar la ciudadela y someter a sus defensores. Tan pronto como los jebuseos
se dieron cuenta de que toda resistencia era inútil, solicitaron la paz, que
David les concedió. Se les permitió permanecer en su ciudad, pero no en la
fortaleza; les autorizó a establecerse al este de la ciudad, en el monte Moriah.
Esta victoria, que había parecido tan difícil y que, de hecho, se había
obtenido con facilidad, había venido precedida por la fanfarronada de los
jebuseos sobre los ciegos y los cojos, lo que dio lugar a un proverbio.
Tras su conquista, David
trasladó su capital de Hebrón al monte Sión, y a
partir de entonces se la conoció como la ciudad de David. La ciudad en sí
perdió su antiguo nombre de Jebus y recibió el nuevo nombre de Jerusalén, cuyo
significado se desconoce. Allí se trasladó David con sus guerreros y sus
familias, y a sus cortesanos. El lugar donde los soldados más valientes tenían
sus viviendas recibió el nombre de «la casa de los valientes», en su honor. Tal
fue el comienzo del lugar que, desde entonces y durante siglos, se conocería
como la «Ciudad Santa». La elección de este lugar como capital fue un acierto,
como pronto demostraron las circunstancias. Es cierto que Siquem habría sido una mejor metrópoli, debido a su ubicación en medio de las tribus,
y del fértil territorio que la rodeaba. Pero a David le resultó imposible
trasladar su residencia a la ciudad de los efraimitas. Los habitantes no le
tenían especial simpatía y se mostraban bastante reacios a que el rey
semisalvaje, descendiente de Judá, les impusiera leyes. Además, necesitaba el
apoyo de su propia tribu, y eso lo podía obtener en Jerusalén, situada en los
límites de Benjamín y Judá, lo que le serviría de protección en caso de
rebeldía por parte de las demás tribus. El territorio en el que se erigió la
nueva capital no era estéril, aunque no podía compararse con la zona del país
en la que se encontraba Siquem. Por los valles fluyen
manantiales perennes: los de Siloé y En-Rogel al sur, y el de Gihón al oeste; de modo que, en la estación seca, la ciudad
y los campos siempre pueden abastecerse de agua. Por tres lados, Jerusalén está
rodeada por una cadena de colinas que la protegen y embellecen. Al este se
encuentra una alta cresta (2724 pies), el Monte de los Olivos, llamado así por
los olivos que lo cubren. Al sur, las colinas no son tan elevadas, y el valle
que las separa de la ciudad es más estrecho. Se trata del valle de Henna
(Gehenna), que recibió su nombre de una persona o una familia, y que estaba
destinado a adquirir una triste fama y a dar nombre al infierno (Gehenna). Al oeste, las cimas también son bajas y apenas
pueden llamarse colinas. Al norte, las colinas descienden suavemente hacia la
llanura. Gracias a estas colinas y valles, que forman murallas y fosos
naturales, Jerusalén queda protegida por tres lados. Dentro de Jerusalén, en la
meseta elevada y entre los tres valles al este, sur y oeste, hay tres cadenas
de colinas que se elevan por encima de la llanura. Al oeste se encuentra Sión, la cima más alta. Al norte hay una colina de escasa altura;
y frente a la tercera se encuentra el monte Moriah, que tiene una ramificación
hacia el sur, llamada «Ofel». Moriah, aunque mucho
menos elevado que Sión, estaba destinado a eclipsarla
a ella y a las mayores alturas de la tierra en importancia.
Los filisteos no podían
ignorar el hecho de que la elección de David como rey de toda la nación
israelita no solo había aflojado en gran medida el vínculo que lo unía a ellos,
sino que, en el futuro, le obligaría a adoptar una actitud hostil hacia ellos.
Sin embargo, no deseaban romper con él. Pero cuando tuvo lugar la conquista de Jebús (Jerusalén), consideraron el hecho de que trasladara
allí su residencia como una señal premonitoria. Se apresuraron a enfrentarse a
él en batalla, antes de que tuviera tiempo de armar a las tropas disponibles de
las diversas tribus. Una banda de filisteos avanzó a través de la llanura hacia
las montañas y se acercó a Jerusalén. Se desconoce si David fue sorprendido por
su ataque o si deseaba evitar una batalla cerca de su capital, pero abandonó la
ciudad con sus tropas y se dirigió hacia el sur, a Adulam.
Animados por esta retirada, los filisteos avanzaron hacia Belén, el lugar de
nacimiento, donde acamparon y desde donde enviaron expediciones de saqueo para
devastar la tierra de Judá. David retrasó el ataque contra los filisteos;
probablemente su ejército era demasiado débil y esperaba refuerzos de las
tribus. Con el fin de estimular a sus guerreros a demostrar su fuerza durante
la pausa previa a la contienda decisiva, David expresó su deseo de beber agua
de un pozo de Belén, que estaba en manos de los filisteos. Tres de los
principales guerreros, Jesheboam, Eleazar y Shammah, partieron de inmediato
contra los filisteos, sacaron agua del pozo con gran audacia y se la llevaron a
David en Adulam. David, sin embargo, no quiso beber
el agua por la que sus guerreros habían arriesgado la vida. Solo los había puesto a prueba. Por fin, las
tropas israelitas salieron al encuentro de los filisteos y los derrotaron por
completo en el monte Baal-Perazim. Esta victoria fue tan decisiva que se
comparó con la de Josué en Gabaón. En su huida precipitada, los filisteos
dejaron atrás sus ídolos, que fueron quemados por los israelitas. El enemigo,
sin embargo, no renunció a su intención de someter a David y a su pueblo.
Lanzaron repetidos ataques, una vez en el valle de Refaim,
otra cerca de Efes-Dammim en Terebinthea; las tropas y los guerreros de David realizaron
hazañas de valentía, derrotaron a sus enemigos y los persiguieron hasta Gaza.
David no se conformó con la mera defensa, sino que decidió atacar a los
filisteos. Si deseaba proteger a su pueblo, era necesario o bien hostigar
constantemente, o bien someter a aquella pequeña pero poderosa nación que
dependía de las incursiones y la guerra para su subsistencia. Por lo tanto,
avanzó con sus soldados hasta Gat, la antigua capital de los filisteos, situada
más cerca de la tierra de Judea. Los filisteos opusieron una resistencia muy
obstinada, y se desataron violentos enfrentamientos, en los que los héroes de
David tuvieron amplias oportunidades de distinguirse. Al parecer, los filisteos
propusieron, según su costumbre, que se celebraran combates con los gigantes refaítas que les quedaban. Sin embargo, los tiempos habían
cambiado y, mientras que en la juventud de David las tropas israelitas no
habían contado entre sus filas con un solo soldado dispuesto a aceptar el
desafío de Goliat, ahora había más de treinta que ardían en deseos de
participar en los duelos. En esta ocasión, los guerreros suplicaron al rey que
no se expusiera en batalla y, de hecho, que no fuera él mismo a la guerra, para
que «la luz de Israel» no se extinguiera.
Al fin, los israelitas
lograron derrotar por completo a los filisteos, de modo que estos se vieron
obligados a entregar su capital, Gat, junto con sus aldeas y el territorio
circundante. La ciudad en la que el hijo de Isaí había aparecido por primera
vez, suplicando ayuda bajo la apariencia de un imbécil, cayó así ante él. Uno
de los treinta guerreros, Sibecai de Husa, mató al
gigante Sippai de Gat; otro hombre de Belén llamado Elhanán mató al hermano de Goliat, llamado Lahmi, que había salido a la contienda como
Goliat, cargado con la armadura. Jonatán, sobrino de David, mató a un gigante
que tenía un dedo de más en cada mano y un dedo de más en cada pie. El propio
David, en una ocasión, agotado por la larga lucha, corrió un peligro inminente
de ser vencido por el gigante Ishbi de Gat; Abisai, sin embargo, hermano de
Joab, acudió rápidamente en su ayuda, derrotó al gigante y mató a trescientos
filisteos con su lanza. La derrota de los filisteos fue un acontecimiento de la
mayor importancia; garantizó una paz duradera y libertad de acción al pueblo,
pues ninguno de los demás enemigos de Israel lo acosaba con tanta persistencia.
David no llevó su victoria más allá; dejó intactas las importantes ciudades de
Gaza, Askelón, Asdod y Ecrón,
e incluso parece que más tarde devolvió la ciudad de Gat a su rey. Sin duda
tenía razones para no tomar medidas extremas con los filisteos. Le pareció
mejor gobernarlos como un poder tributario que empujarlos a una guerra
desesperada.
Gracias a su victoria
sobre los filisteos, David alcanzó gran importancia y respeto a los ojos de los
pueblos vecinos. Hiram, el rey que había trasladado el poder fenicio de Sidón a
Tiro, envió embajadores a David, ofreciéndole forjar una alianza con él. También
se ofreció a enviar suministros de madera de cedro y materiales de construcción
para adornar la nueva capital, Jerusalén, de manera adecuada. Se regocijó por
la sometición de los filisteos, probablemente porque
ya no podrían lanzar miradas codiciosas hacia las tierras costeras fenicias.
Para el rey de Tiro era de gran interés asegurar una alianza con David, a fin
de que las caravanas fenicias pudieran circular libremente y encontraran
protección para sus mercancías al desplazarse de un lado a otro entre Fenicia y
Egipto. David aceptó de buen grado sus propuestas, y así surgió una especie de
amistad entre él e Hiram. Aceptó la oferta de Hiram para fortificar la capital
que él mismo había fundado y para obtener materiales con los que adornarla con
obras arquitectónicas, de modo que Jerusalén pudiera rivalizar en apariencia
con las demás capitales de la época. En primer lugar, se fortificó Jerusalén,
especialmente por el norte, donde era más vulnerable a los ataques. La colina
de Sión, o Ciudad de David, no era, de hecho, lo
suficientemente extensa como para albergar a todos los habitantes que ya se
habían establecido allí, y se había hecho necesario tomar medidas para dar
cabida a la creciente población. Por esta razón, la colina situada al norte de
la ciudad se incluyó dentro de sus límites. Entre Sión y esta loma se extendía un estrecho valle. La elevación norte de la ciudad se
llamaba Millo (frontera); se consideraba el barrio más nuevo de la ciudad, en
comparación con la más antigua Ciudad de David. El monte Moriah y su
ramificación, el Ofel, quedaban fuera del perímetro
de la ciudad, y en aquella época no se consideraba que pertenecieran a
Jerusalén, sino que estaban habitados por el remanente superviviente de los
jebuseos. David también construyó un palacio de cedro, cuya madera se traía del
Líbano. A Joab y a los demás personajes importantes de la corte de David se les
asignaron casas espaciosas y bien construidas, que no estaban construidas con
madera de cedro, sino de ciprés.
David se propuso además
convertir Jerusalén en el centro de la vida religiosa, para que los ojos de
toda la nación se volvieran hacia ella. Por ello, tomó medidas para trasladar
el arca del santuario desde la casa de Abinadab en Quiriat-Jearim, donde había
permanecido desde que fue recuperada de manos de los filisteos. Se construyó
una espléndida tienda para acogerla en la ciudad de David. David había hecho
voto de no permanecer en su casa, ni descansar en su lecho, ni cerrar los ojos
para dormir hasta que hubiera encontrado un lugar de reposo para el arca de la
alianza. Acompañado por una gran multitud, el rey se dirigió a Quiriat-Jearim
(que se encontraba a aproximadamente una hora de camino al noroeste de
Jerusalén), y muchos levitas le siguieron en la comitiva. El arca del santuario
se colocó sobre un carro nuevo tirado por bueyes, que eran guiados por dos
hijos de Abinadab. Coros de levitas cantaban himnos y se acompañaban con
instrumentos de cuerda, y David también les acompañaba con todas sus fuerzas. Sin
embargo, se produjo un accidente en el camino. Uza, que caminaba junto al
carro, cayó muerto de repente. David quedó tan conmocionado por esta catástrofe
que dudó en llevar el arca de la alianza a Jerusalén. Temía que pudiera
acarrear desgracias al pueblo, como había ocurrido en el caso de los filisteos.
Por lo tanto, se depositó en una casa durante tres meses y, al ver que no
sucedió nada malo, David decidió hacer un segundo intento para llevarla al
monte Sión. En esta ocasión, sin embargo, no se colocó
en un carro, sino que la llevaron los levitas. Seguida por una multitud y en
medio de gritos de alegría, toques de trompeta y bailes, la arca fue trasladada
a la tienda destinada a ella. El propio rey, olvidándose de su dignidad, cantó
y bailó exultante ante el arca. Su conducta provocó una reprimenda de su esposa
Mical, quien, con tono burlón, le acusó de comportarse como un payaso público.
Al igual que había
ocurrido en el caso de Silo, la llegada del arca elevó a Jerusalén a la
dignidad de ciudad santa. En un lugar de culto público como aquel, era
necesario contar con un sacerdote, o más bien con un sacerdocio. Abiatar, el
fiel seguidor de David en todas sus andanzas, fue, como era de esperar, elevado
al cargo de sumo sacerdote del santuario de Sión. Sin
embargo, había otro sumo sacerdote en Gabaón, a quien Saúl había colocado allí
tras la destrucción de la familia de Elí en Nob.
David no podía destituirlo por completo, pues tal medida habría provocado
disensiones. Por lo tanto, confirmó el nombramiento de su predecesor y, de este
modo, mantuvo a dos sumos sacerdotes en el cargo al mismo tiempo: Abiatar en
Jerusalén y Sadoc en Gabaón. Como antiguo alumno de los coros levíticos, él
mismo poeta y músico, David siguió naturalmente el ejemplo de Samuel e
introdujo el canto coral en los solemnes servicios religiosos. También componía
himnos de alabanza en ocasiones, cuando una victoria sobre el enemigo o algún
otro éxito le llenaba el corazón de gratitud y le animaba con fervor poético.
Se puede decir que sus cantos se han convertido en los prototipos de este
estilo de verso elevado e inspirador. Además del salmista real, había otros
poetas y músicos, como Asaf, Hemán —un nieto de
Samuel— y Jedutún. Sus descendientes fueron los asafitas y los coracitas (Bene Korach), a quienes se
menciona junto a David como los compositores de salmos más famosos. David
dispuso que Asaf y su coro dirigieran el servicio coral en el santuario de
Jerusalén, mientras que sus compañeros músicos, Heman y Jedutún,
desempeñaran las mismas funciones en el altar de Gabaón. La creación por parte
de Samuel de un culto divino espiritual quedó así firmemente consolidada por
David; y aunque era un defensor de los ritos sacrificiales, valoraba demasiado
la influencia elevadora y refinadora de la salmodia como para no convertirla en
un elemento integral del culto público. En una época en la que la poesía como
arte apenas había despertado entre las demás naciones, ésta ya ocupaba un lugar
destacado en el culto de Israel.
Al ser David el verdadero
fundador de un culto santificador, fue también el creador de un sistema de
gobierno basado en la justicia. Presidía el tribunal, escuchaba incansablemente
las disputas de individuos o de tribus y administraba justicia con estricta
imparcialidad. Su trono no solo era la sede suprema del gobierno y el poder,
sino también la del orden y la justicia. Las generaciones posteriores
proclamaron a David el rey ideal. Su trono era considerado el pilar de la
justicia, y su cetro, el estandarte de la paz cívica. Jerusalén se convirtió,
gracias a él, en una ciudad ideal, donde se había establecido un culto puro a
Dios y donde la justicia, en su forma más exaltada, había encontrado su morada
terrenal. Un salmista posterior dice:
«Jerusalén, que estás
edificada como una ciudad unida en su conjunto,
adonde suben las tribus,
las tribus del Señor;
como testimonio para
Israel,
para dar gracias al nombre
del Señor.
Porque allí están puestos
los tronos para el juicio,
los tronos de la casa de
David».
SALMO CXXII. 3-5.
Jerusalén era considerada
«una ciudadela fiel —llena de rectitud— donde la justicia tenía su morada».
Estas circunstancias —la liberación del yugo de los filisteos, la seguridad
general y el establecimiento de la justicia bajo el reinado de David— le convirtieron
de nuevo en el favorito del pueblo, tal y como lo había sido en su juventud.
Prevaleció un sentimiento de lealtad hacia él, que surgió de forma espontánea y
en el que la fuerza no tuvo parte alguna.
David modificó en parte la
organización interna del país. La constitución de las tribus permaneció
intacta. Los ancianos representaban a las familias, y el cabeza de familia de
la más antigua era también el príncipe de su tribu (Naszi-Beth-Ab).
Los príncipes eran los representantes de las tribus ante el rey. Pero era necesario limitar la libertad —o
más bien la arbitrariedad— de las tribus en lo que respecta a las disposiciones
militares. Cada tribu, en caso de guerra, estaba obligada a aportar un número de
soldados aptos (mayores de veinte años) como contingente para el ejército
nacional (Zaba). Se nombraba a un oficial especial al frente de este
contingente, al que se llamaba «recensor» (Sopher) o «guardián de las listas».
Este anotaba en una lista los nombres de los hombres aptos para el servicio
activo, velaba por su alistamiento y obligaba a acudir a todos los que faltaban
a la llamada. David delegó esta tarea a un hombre llamado Shavsha, de quien
pasó a sus herederos. Tan pronto como se reunía el ejército, este quedaba bajo
el mando del oficial de campo (Sar-ha-Zaba), que en
aquel momento era Joab. David también contaba con una tropa de mercenarios que
reclutaba entre la soldadesca pagana: los queretitas,
procedentes de un territorio perteneciente a los dominios filisteos, y los peletitas, cuyo origen se desconoce. Benaía,
hijo de Joiada, uno de los soldados más valientes de David, era su comandante.
David también nombró a un oficial especial al que le correspondía la tarea de
informar al rey de todos los acontecimientos importantes, o aparentemente
importantes. Se le llamaba el cronista (Maskkir) . Como el favoritismo es inseparable de la
voluntad real, David también tenía un favorito (llamado Husai el arqui) en quien podía confiar en cualquier circunstancia,
especialmente en los casos que requerían discreción. También tuvo la suerte de
contar con un consejero a su lado, capaz de ofrecerle el consejo adecuado en
diversas situaciones de emergencia; se llamaba Ahitofel y era natural de la ciudad judía de Gilo. En aquella época se decía que sus
consejos eran tan infalibles como los oráculos pronunciados por los labios del
sumo sacerdote. Este sabio y más que sabio consejero de David estaba destinado
a ejercer una gran influencia sobre su señor real. En una ocasión, la
conciencia judicial de David se vio sometida a una dura prueba. Una hambruna de
larga duración se extendió por el país a causa de una sequía que duró dos años
de sequía. La angustia no hizo más que aumentar cuando, al comienzo del tercer
año, aún no había llovido, y el pueblo acudió al rey en busca de ayuda. Esta
desgracia, que afectaba a todo el país, se interpretó como un castigo de Dios
por algún pecado secreto y sin vengar. Por ello, David preguntó al sacerdote
Abiatar qué pecado requería expiación, y la respuesta fue: «a causa de Saúl y
de su despiadada persecución a los gabaonitas». David envió entonces a buscar a
los gabaonitas que quedaban y les preguntó qué expiación deseaban. No
satisfechos con una suma de dinero a modo de expiación, exigieron que siete
descendientes de Saúl fueran ahorcados en Gabaa-Saúl.
La exigencia de los gabaonitas parecía justa, pues, según las creencias de la
época, solo la sangre podía expiar el derramamiento de sangre y la traición.
Con gran pesar, David tuvo que acceder a la exigencia de los gabaonitas y
satisfacer el deseo del pueblo. Se localizó a los dos hijos de Rizpa, la
concubina de Saúl, y a su nieto, hijo de su hija Merab; se los entregó a los
gabaonitas, quienes los mataron a sangre fría en Gabaa de Saúl, la ciudad en la que su padre había conquistado la corona.
David solo perdonó la vida
a Mefiboset, el hijo de Jonatán, pues recordaba el juramento que le había hecho
a su amigo de que siempre protegería a sus descendientes. Los cadáveres de las
siete víctimas debían permanecer en la horca hasta que cayera la lluvia del
cielo, pero pasó mucho tiempo antes de que llegara el aguacero. Fue en aquellos
días terribles cuando la bella Rizpa, por cuya causa
Abner se había enzarzado en una disputa con Isboset,
demostró de lo que es capaz el amor de una madre es capaz de sentir el amor de
una madre. Para evitar que los cadáveres de sus hijos fueran devorados por
águilas y chacales, se acostó sobre las rocas en las que yacían los cuerpos, y
los vigiló con mirada atenta durante el calor del día. Tampoco relajó su
vigilancia por la noche, sino que continuó con su labor de ahuyentar a las
bestias de presa de los muertos. Cuando por fin, en otoño, cayó la lluvia, se
bajaron los siete cuerpos y, por orden de David, se les rindieron los últimos
honores. Él también aprovechó esta oportunidad para trasladar los restos de
Saúl y Jonatán desde Jabes de Galaad, y para enterrarlos, junto con los restos
de sus parientes, en la tumba familiar de la casa de Quis, en Zela. Al parecer,
en esta ocasión, David hizo que se reprodujera su conmovedor lamento por la
muerte de Saúl y Jonatán, con el fin de expresar públicamente lo profundamente
que le había afectado la destrucción de la casa real de Benjamín. Ordenó que
los jóvenes del país se aprendieran de memoria la elegía. El hijo superviviente
de Jonatán, Mefiboset (que había estado viviendo en la casa de un hombre muy
respetado al otro lado del Jordán), fue llevado a Jerusalén, y David lo recibió
en su propia casa, lo sentó a su propia mesa y lo trató como a uno de sus
propios hijos. David también le devolvió las tierras de Saúl en la tribu de
Benjamín y confió su administración a uno de los esclavos de Saúl, llamado
Ziba. A pesar de ello, los benjamitas acusaron a David de destruir la casa de
Saúl y de haber salvado a Mefiboset porque era cojo e incapaz de gobernar.
Cuando la suerte de David comenzó a decaer, los amargados benjamitas le
lanzaron piedras.
DAVID. 1035—1015 a. C.
Cuando David había
cumplido dos décadas de reinado, se vio envuelto en varias guerras, lo que le
apartó de las pacíficas tareas de regular los asuntos internos del país y de
ocuparse de la administración de justicia. Estas guerras con naciones lejanas,
que le fueron impuestas en contra de su voluntad, le proporcionaron un inmenso
aumento de poder y elevaron el prestigio del pueblo en un grado sorprendente.
David inició primero una feroz guerra contra los moabitas, que habitaban al
otro lado del Mar Muerto. Con ellos había mantenido relaciones amistosas
durante sus andanzas, y entre ellos había recibido una acogida hospitalaria. Es
probable que los moabitas hubieran expulsado de sus tierras a los vecinos rubenitas, y que David se apresurara a acudir en su ayuda.
En cualquier caso, debió de ser una guerra de represalia, pues, tras su
victoria, David trató a los prisioneros con una severidad que no mostró hacia
ninguna de las otras naciones a las que conquistó. Los cautivos moabitas fueron
encadenados y arrojados uno junto a otro al suelo; a continuación, se les midió
con una cuerda, y se mató a dos grupos, mientras que a un grupo se le perdonó
la vida. Toda la tierra de Moab fue sometida, y se estableció el envío de un
tributo anual a Jerusalén.
Algún tiempo después,
cuando Nahás, rey de los amonitas, falleció, David,
que había mantenido relaciones amistosas con él, envió una embajada a su hijo Hanún con mensajes de condolencia. Esta cortesía no hizo
más que despertar sospechas en Rabá de Amón, la
capital de los amonitas. Los consejeros del nuevo rey le hicieron creer que
David había enviado a sus embajadores como espías a Rabá,
con el fin de descubrir sus puntos débiles, conquistarlos y condenarlos al
mismo destino que había sufrido a los moabitas. Hanún se dejó llevar tanto por sus sospechas que infligió al rey de Israel un insulto
que no podía pasar desapercibido. Obligó a los embajadores —cuya persona, según
las leyes de las naciones, era inviolable— a que se afeitaran la barba por un
lado, y que les cortaran las túnicas, y así, deshonrados, los expulsó del país.
Los embajadores se avergonzaban de presentarse en Jerusalén con ese aspecto,
pero informaron a David de lo ocurrido. Este se preparó inmediatamente para la
batalla y se movilizó a la milicia; los viejos guerreros se ciñeron los lomos,
y los mercenarios queretitas y peletitas salieron al campo de batalla con su heroico líder Benaía a la cabeza. Hanún, que temía el valor de los
israelitas, buscó ayuda a su alrededor y contrató tropas mercenarias de entre
los arameos, que vivían en las regiones situadas entre las montañas del Hermón
y las orillas del Éufrates. Hadad-ezer, rey de Zoba,
a orillas del Éufrates, aportó el mayor número: 20 .000 hombres. David no
dirigió personalmente esta guerra, sino que dejó el mando supremo en manos del
prudente y fiable Joab. Tras haber guiado al ejército israelita a través del
Jordán, Joab lo dividió en dos cuerpos. Con uno de ellos atacó a los arameos, y
el otro lo dejó bajo el mando de su hermano Abisai. Despertó el entusiasmo de
su ejército con palabras inspiradoras: «Luchemos con valentía por nuestro
pueblo y por la ciudad de nuestro Dios, y que el Señor Dios haga lo que le
parezca bien». Joab se abalanzó entonces sobre los arameos y los puso en fuga.
Ante esto, los amonitas se vieron presa de tal temor que se retiraron del campo
de batalla y se refugiaron tras las murallas de su capital. Fue una victoria
rotunda. Joab se apresuró a ir a Jerusalén para informar al rey y presentarle
un plan con el que se pudiera aniquilar por completo a los arameos, y evitar
cualquier futura intromisión por su parte. El ejército victorioso, tras ser
llamado de vuelta de los territorios arameos, recibió refuerzos y, con el
propio rey a la cabeza, persiguió al enemigo arameo al otro lado del Jordán. El
rey Hadad-ezer, por su parte, también envió tropas
frescas en ayuda de sus fuerzas derrotadas, pero en una batalla en Helam, el
ejército arameo volvió a ser derrotado y su general, Shobach, cayó en el
enfrentamiento. Los vasallos del poderoso Hadadezer se apresuraron entonces a
hacer las paces con David.
Toi (o Tou), rey de Hamat,
que había estado en guerra con Hadadezer, envió ahora a su hijo Joram a David
con regalos, felicitándole por la victoria sobre su enemigo común. David siguió
avanzando tras sus éxitos hasta llegar a la capital del rey Hadadezer, situada
a orillas del Éufrates. Los arameos fueron derrotados por tercera vez; sus
carros y soldados no pudieron resistir el ataque del ejército israelita. El
extenso distrito de Zoba, al que varios príncipes habían pagado tributos, fue
dividido en varias partes.
El rey de Damasco, aliado
del rey de Zoba, también fue derrotado por David, y la antigua ciudad de
Damasco pasó a pertenecer desde entonces al rey de Israel. David nombró
administradores de tierras en todos los territorios arameos, desde el Hermón
hasta el Éufrates, con el fin de garantizar el pago del tributo. El propio
David y su ejército debieron de quedar asombrados ante el maravilloso resultado
que habían logrado. Esto convirtió al rey y a su ejército en objetos de temor
por todas partes. Mientras tanto, el rey de los amonitas había escapado al
castigo por sus insultos a los embajadores de Israel. Como consecuencia de la
campaña contra los arameos, que duró casi un año, el ejército israelita no
había podido reanudar la guerra contra Hanún. Solo
tras los grandes acontecimientos narrados anteriormente pudo David volver a
enviar sus fuerzas, al mando de Joab, contra Amón. Sin embargo, de las
hostilidades contra esta nación surgió otra guerra más. Los idumeos, al sur del
Mar Muerto, también habían ayudado a los amonitas enviándoles tropas en su
auxilio, y ahora había que humillarlos. David encargó a su segundo general,
Abisai, hermano de Joab, para dirigir la campaña contra los idumeos. Joab,
mientras tanto, se encontraba enfrascado en una larga contienda con los
amonitas, que se habían atrincherado tras las sólidas murallas de su capital
fortificada y lanzaban continuamente incursiones contra sus enemigos. El
ejército israelita no disponía ni de arietes ni de otros instrumentos de
asedio. Su única alternativa era asaltar las alturas de la ciudad, y en sus
intentos por llevar a cabo este plan solían ser repelidos por los arqueros
apostados en las murallas. Por fin, tras repetidos ataques, Joab logró tomar
posesión de una parte de la ciudad: la Ciudad del Agua ; comunicó esta victoria
a David de inmediato y le instó a que se dirigiera al campamento para dirigir
en persona el ataque contra los demás barrios, de modo que el honor de la
conquista fuera enteramente suyo. Cuando David llegó a Rabá con tropas frescas, logró someter toda la ciudad y obtener un rico botín. El
propio David se colocó en la cabeza la diadema de oro, ricamente adornada con
piedras preciosas, que hasta entonces había coronado al ídolo amonita Malcom
(Milcom). Al parecer, David no destruyó la ciudad de Rabá,
como había pretendido. Se limitó a condenar a los habitantes varones —o tal vez
solo a los prisioneros— a realizar trabajos forzados, como pulir piedras,
trillar con rodillos de hierro, talar madera con hachas y fabricar ladrillos.
Trató de manera similar a los demás prisioneros procedentes de las distintas
ciudades. Hanún, la causa original de la guerra,
quien había insultado tan profundamente a David, fue asesinado o expulsado del
reino. En su lugar, David nombró rey a su hermano Shobi. Mientras tanto, Abisai
se había enzarzado en una guerra contra el rey idumeo y lo había derrotado por
completo en el Valle de la Sal —probablemente en las proximidades de la montaña
de sal gema, cerca del Mar Muerto. Se dice que allí cayeron dieciocho mil idumeos.
Es probable que el resto se sometiera; y por esta razón, David se contentó con
colocar sobre ellos recaudadores de impuestos y una guarnición, tal y como
había hecho en Damasco y en las demás provincias arameas. Sin embargo, parece
que más tarde los idumeos se rebelaron contra la guarnición israelita y los
recaudadores de impuestos, y los masacraron. Por ello, Joab se dirigió a
Idumea, ordenó que se enterrara a los israelitas asesinados y que se ejecutara
a todos los varones idumeos. Se dedicó a esta guerra de destrucción durante
medio año, y la tarea se llevó a cabo con tal rigor que solo unos pocos varones
pudieron salvarse huyendo. Entre ellos se encontraba un hijo o un nieto del rey
idumeo.
Gracias a estas victorias
decisivas —en el oeste sobre los filisteos, en el sur sobre los idumeos, en el
este (al otro lado del Jordán) sobre los moabitas y los amonitas, y en el norte
sobre los arameos, David había elevado el poder de Israel a un nivel insospechado.
Mientras que, al comienzo de su reinado, cuando fue reconocido por primera vez
como rey de todo Israel, las fronteras del país se limitaban a Dan y Beerseba,
ahora gobernaba sobre un vasto territorio que se extendía desde el río de
Egipto (Rhinokolura, El-Arish) hasta el Éufrates, o
desde Gaza hasta Thapsacus (a orillas del Éufrates).
Las naciones así sometidas se veían obligadas a rendirle homenaje anualmente
mediante ofrendas, pagar tributos y, tal vez, también enviar siervos para
ayudar en la construcción y otros trabajos penosos.
Estas guerras y victorias
pusieron de manifiesto, más que sus primeras penurias, las grandes cualidades
del espíritu de David. Aunque se mostraba firme y decidido en toda empresa en
la que estuvieran en juego el honor y la seguridad de su pueblo, se mantenía
modesto y humilde, sin una pizca de presunción, una vez alcanzado el éxito. No
erigió ningún monumento para conmemorar sus victorias, como había hecho Saúl;
al igual que su general, Joab, estaba imbuido de la idea de que la victoria
debía atribuirse únicamente a Dios. La fe en Dios, a la que David había dado
voz cuando se preparaba para el duelo con el refaita Goliat (1 Samuel XVII, 47), la conservó en todas las grandes contiendas. David
desarrolló este pensamiento rector en un salmo, que probablemente entonó ante
el arca al término de la guerra, y en el que ofrece una retrospectiva de toda
su vida pasada.
A raíz de sus grandes
victorias, se grabaron en la mente del pueblo dos firmes convicciones, que lo
impulsaron y dominaron en todos los tiempos venideros. Una de esas ideas
aparece en diversas formas: «Un rey no puede salvarse por la multitud de su
ejército, ni un guerrero por su poder; en vano se busca seguridad en el
caballo». Solo Dios decide el destino de la guerra, le pone fin, otorga la
victoria o la derrota, y «para Él es igualmente fácil vencer con pocos o con
muchos». La otra idea, estrechamente relacionada con la anterior, es que Dios
conduce a los ejércitos de Israel a la victoria si estos marchan para
glorificar Su nombre o para salvar a Su pueblo. El Dios de Israel era, de
acuerdo con esta idea, designado con un nombre especial que expresa plenamente
este pensamiento; se le llamaba el Dios de los ejércitos (Adonai Zebaoth), el Dios que da la victoria a Israel en sus
conflictos. Se invocaba al Rey Zebaoth antes de cada batalla, y las tropas
israelitas partían con la firme convicción de que nunca podrían ser derrotadas.
Esta confianza, sin duda, obró maravillas con el paso del tiempo.
Por muy severamente que
David tratara a los ídolos de las naciones que había conquistado, se comportó
con relativa indulgencia hacia los idólatras conquistados. Solo los moabitas
fueron castigados cruelmente y los amonitas fueron esclavizados, pero las demás
razas conquistadas se vieron simplemente obligadas a pagar tributo. Las ofensas
de los primeros debieron de ser muy graves para merecer un castigo tan severo.
Las razas extranjeras que residían en el país no fueron molestadas; así,
encontramos a los jebuseos en Jerusalén, y a los cananeos y hititas en otras partes del país. De ahí que encontremos a muchos extranjeros y
nativos que no eran de ascendencia israelita alistados en su cuerpo de
guerreros, o al frente de sus propias tropas a su servicio. El hitita Urías,
uno de los treinta héroes de David, que estaba destinado a desempeñar un papel
melancólico en la carrera de David, estaba profundamente apegado a la nación
israelita.
Sin embargo, la alegría
por estos grandes logros no permaneció intacta más que por poco tiempo. La
felicidad de un Estado, al igual que la de los individuos, rara vez es
duradera, y a los días de sol deben seguirles períodos de oscuridad, para
evitar que se debilite el vigor nacional. Con un solo paso en falso, David no
solo perdió su propia paz y satisfacción interior, sino que sacudió los
cimientos mismos de aquel Estado que tanto le había costado tanto esfuerzo
establecer. Cuando David regresó a casa tras la guerra contra los arameos y
descansaba de las fatigas de la batalla —que Joab y su ejército aún soportaban
en la tierra de Amón—, contempló desde la azotea de su palacio a una hermosa
mujer que se bañaba. Era la esposa de uno de sus guerreros más fieles (el
hitita Urías), y se llamaba Betsabé. Las casas de los guerreros estaban
construidas en Sión, en las inmediaciones del palacio
del rey, y así fue como vio a Betsabé. Llevado por su pasión, envió mensajeros
para ordenarle que acudiera al palacio, y Betsabé obedeció. Cuando David, algún
tiempo después, se dio cuenta de que esta violación del vínculo matrimonial no
había quedado sin consecuencias, su único pensamiento fue salvar su honor, y
así se vio envuelto en un pecado aún mayor: ordenó a Urías que regresara a
Jerusalén desde el campamento de Rabá. Lo recibió de
manera amistosa y le dio permiso para descansar y disfrutar de la compañía de
su esposa. Urías, sin embargo, no hizo uso de ese permiso, sino que permaneció
con la guardia, que dormía a la entrada del palacio del rey y protegía su
persona. David se sintió decepcionado. Buscó una salida al dilema, y esto le
llevó a cometer un crimen atroz. Como no podía salvar su honor, decidió que
Urías debía perder la vida. Por ello, David lo envió al campamento con una
carta para Joab, en la que indicaba que el mensajero debía ser asignado a un
puesto de extremo peligro —es más, de muerte segura— durante una de las salidas
de los amonitas. Esta orden se cumplió, y Urías cayó, alcanzado por una flecha
amonita. Betsabé cumplió el período habitual de luto por su marido y, a
continuación, fue recibida en el palacio por David como su esposa.
En cualquier otro Estado,
la corte habría comentado el capricho del rey con gran expectación;
difícilmente se le habría culpado por ello y, sin duda, pronto se habría
olvidado. Pero en Israel había un ojo capaz de atravesar esa oscuridad
artificial, y una conciencia que clamaba en voz alta contra los crímenes
incluso de un malhechor real. El profetismo poseía esa visión clara que nunca
fallaba y esa conciencia que nunca dormía. Su deber primordial no era permitir
que el pecado se convirtiera en un hábito silenciándolo y ocultándolo, sino
exponerlo con toda su crudeza y marcarlo con el sello de la condena pública.
Sin duda, David creía que
solo Betsabé estaba al corriente de su pecado y que Joab era el único cómplice
de la conspiración contra la vida de Urías vida. Pero este error se disipó de
forma repentina y brusca. Un día, el profeta Natán acudió a David y le pidió
permiso para poner en su conocimiento un asunto concreto. A continuación, le
relató la siguiente parábola: «En una gran ciudad vivía un hombre rico, que
poseía grandes rebaños y manadas; y cerca de él vivía un hombre pobre que solo
poseía un corderito, al que había criado para sí mismo. Un día, cuando un
invitado llegó a casa del hombre rico, este fue demasiado tacaño para
sacrificar uno de sus rebaños para la comida, pero se llevó el corderito del
hombre pobre para agasajar a su amigo. Al oír esta queja, se despertó el
sentido de la justicia de David, y dijo indignado que el hombre rico sin
corazón merecía morir y debía pagar al pobre cuatro veces el valor del cordero.
Entonces el profeta respondió: «¡Tú eres ese hombre!»
Cualquier otro rey habría
castigado al moralista que se hubiera atrevido a decir la verdad a una cabeza
coronada, al representante de Dios en la tierra. David, sin embargo, discípulo
del profeta Samuel, cuando se le presentó así el panorama de sus fechorías,
respondió arrepentido: «Sí, he pecado». Ciertamente, no dejó de elevar
oraciones sinceras y de hacer expiación para obtener el perdón de Dios. El niño
que había nacido murió en la primera infancia, aunque David se había consumido
en ayunos y oraciones por su vida. Betsabé tuvo después un segundo hijo llamado
Jedidías, o Salomón (1033), quien se convirtió en el favorito de su padre.
Pero, aunque Dios perdonó
al rey por sus atroces pecados, la gente no los perdonó, y resultaron fatales
para la paz familiar. Betsabé, la esposa de Urías, era hija de Eliam (uno de
los guerreros de David) y nieta de su consejero Ahitofel.
El padre y el abuelo sintieron que su honor había quedado mancillado por la
seducción de su hija, algo que nunca pudieron perdonar, aunque guardaron
silencio y no revelaron su odio. Ahitofel, en
particular, alimentaba su venganza en secreto y solo esperaba una oportunidad
para desquitarse del rey. David hizo todo lo que estuvo en su mano para
apaciguarlos. Elevó a Betsabé al rango de primera reina, le prometió en secreto
que su hijo sería su sucesor y juró solemnemente cumplir esa promesa. Deseaba a
toda costa hacer las paces con Ahitofel, cuyo consejo
le resultaba muy valioso. Ahitofel, sin embargo, se
mantuvo inflexible. Un suceso escandaloso en la casa de David complicó aún más
las cosas y privó a sus últimos años de toda tranquilidad. Su hijo mayor,
Amnón, sedujo a su hermanastra hermana Tamar, lo que despertó la furiosa ira de
su hermano Absalón, quien decidió vengarla. Cada uno de los hijos del rey —seis
de los cuales habían nacido en Hebrón y once en Jerusalén— tenía, al alcanzar
la edad adulta, su propia casa, su servicio y sus tierras. Las tierras y los
rebaños de Absalón se encontraban en Baal-Hazor, no
muy lejos de la capital. Allí invitó a todos los hijos del rey a la fiesta de
la esquila de las ovejas. Mientras ellos y sus invitados disfrutaban del
banquete y bebían sin mesura, los sirvientes de Absalón, por orden de su señor,
atacaron a Amnón y le asestaron el golpe mortal. Con este asesinato, Absalón
persiguió un doble objetivo. Vengó el insulto infligido a su hermana y esperaba
asegurarse su propia sucesión al trono deshaciéndose de su hermano mayor. El
hijo de Abigail, el segundo en la línea de sucesión, ya había fallecido, por lo
que parecía inevitable que él, como tercer hijo, fuera el sucesor. ¡Un hijo de
David, fratricida! —¿Cuáles serán las consecuencias de este acto sangriento?
Solo su fe en Dios le salvó de convertirse, como su predecesor, en víctima de
la locura, aunque el terrible destino que le había sobrevenido era demasiado
real, y no meramente fruto de una imaginación desconfiada.
El primer impulso de David
fue buscar al asesino, que se había refugiado con su abuelo, el rey Talmai de
Geshur, en la frontera suroeste de Judea, para castigarle como se merecía,
incluso a riesgo de entrar en guerra por su causa. Pero había diversas influencias
que se oponían a tal política. De hecho, desde el asunto con Betsabé, las
intrigas habían abundado en la corte de David. Joab se oponía a la sucesión del
benjamín, Salomón, y, naturalmente, estaba del lado de Absalón, el hijo mayor
superviviente. Ahitofel, el consejero infalible de
David, también favorecía el derecho de Absalón al trono, porque podía
utilizarlo como herramienta contra su padre. Por otro lado, Adonías, el cuarto
hijo de David, abogaba por infligir un castigo merecido a Absalón. Adonías consideraba
que sus perspectivas de desplazar al pequeño Salomón eran más favorables que
sus posibilidades frente al implacable Absalón. Si este último fuera castigado
por fratricidio, Adonías sería el siguiente en la línea de sucesión. Por lo
tanto, es posible que él y su madre, Hagít, hubieran incitado a David contra
Absalón, pero Joab y Ahitofel fueron más prudentes y
supieron ejercer su influencia a favor de abandonar cualquier intento bélico
contra él o contra su abuelo, cuya protección gozaba.
Cuando David se decidió
por fin a capturar o exigir la rendición de su hijo culpable (aunque llevaba
tres años ausente), Joab recurrió a una artimaña para disuadir al rey de su
propósito. Mandó llamar a una mujer que vivía en la ciudad vecina de Tecoa, que
tenía fama de ser hábil y elocuente. Con ella ideó un plan para hacer
comprender al rey lo horrible que era para un padre estar dispuesto a dar
muerte a un hijo por el asesinato —no del todo injustificable— de su hermano.
La sabia mujer de Tecoa se presentó, pues, ante el rey con ropas de luto y,
como si invocara su misericordia, exclamó con voz suplicante y postrándose
profundamente: «¡Ayuda! ¡Oh, rey, ayuda!». Cuando expuso su caso ficticio, el
rey reconoció de inmediato el sentido oculto de su historia y la alusión a su
propio caso, y le exigió una respuesta sincera sobre si Joab la había ayudado
con su disfraz y su invención. Cuando la mujer de Tecoa confesó la verdad, el
rey mandó llamar a Joab, le aseguró que ya no albergaba malas intenciones
contra Absalón y le encomendó la tarea de llevar a su hijo a Jerusalén. La
mujer de Tecoa, con su ingenio, le había dejado claro que la venganza de sangre
contra su propio hijo sería una contradicción en sí misma.
El propio Joab trajo a
Absalón desde Gesur a Jerusalén. Al hijo, sin
embargo, no se le permitió presentarse ante su padre, sino que se vio obligado
a permanecer en su propia casa. De este modo, Joab sembró inconscientemente las
semillas de la discordia en la casa de David. Día y noche, Absalón, en su
aislamiento y deshonra, rumiaba el vil plan de destronar a su padre. Pero
fingía para calmar las sospechas de este último. Para ello era absolutamente
necesario que se llevara a cabo una reconciliación. Joab, que deseaba
fervientemente la paz entre padre e hijo, se convirtió en mediador, y David
decidió que, tras dos años de exilio lejos de su presencia, ya se le podía
permitir a su hijo regresar. En ese encuentro, Absalón interpretó a la
perfección el papel del hijo arrepentido y obediente; David le dio entonces un
abrazo paternal y la reconciliación quedó completa. Habían pasado siete años
desde la muerte de Amnón. Pero ahora comenzaban las intrigas de Absalón. Sin
duda se reunía con frecuencia con Ahitofel y seguía
sus consejos. Obtuvo carros y caballos de Egipto, se procuró una guardia de
cincuenta hombres, y hacía gala de grandeza real. Se levantaba temprano por la
mañana, escuchaba las disputas y consideraba justas las reclamaciones de todos,
pero lamentaba que el rey no escuchara a todos ni hiciera justicia a todos.
Insinuaba que, de ser él el juez, nadie tendría que quejarse de dificultades
para obtener lo que le correspondía. Absalón siguió este rumbo durante cuatro
años tras la reconciliación con su padre. Era el hombre más apuesto de su
época. Tenía entonces unos treinta años, y en pleno apogeo de su fuerza. Su
hermoso y espeso cabello le caía en ondas sobre el cuello y los hombros, como
la melena de un león. Su afabilidad le ganaba el corazón de todos los que se le
acercaban. David estaba tan cegado que no se daba cuenta de cómo su astuto hijo
estaba alejando el afecto del pueblo hacia su soberano, mientras que Absalón
solo esperaba una oportunidad favorable para actuar contra su padre,
destronarlo y tal vez atentar contra su vida. Esta oportunidad no tardó en
presentarse.
Parece ser que David
estaba ocupado, en la última década de su reinado, con un plan de gran
envergadura, al parecer el de una gran guerra que requeriría un numeroso
contingente de soldados. Ya había reclutado grupos de mercenarios, seiscientos
hititas, que, junto con su general Ittai —cuya admiración por David le
garantizaba una lealtad inquebrantable—, habían llegado desde Gat. El rey
también deseaba conocer el número de hombres aptos para el servicio militar
mayores de veinte años en todas las tribus israelitas, con el fin de determinar
si, con su ayuda, podría emprender una campaña que probablemente resultaría
dura y tediosa. El rey delegó la tarea de censar a los hombres aptos para las
armas en su comandante en jefe, Joab, y a los demás generales. La labor de
recuento duró nueve meses y veinte días. A partir de las cifras que se
presentaron, suponiendo que fueran correctas, parece que, de una población
total de 4 000 000, había 1 300 000 hombres y jóvenes aptos para portar armas.
Sin embargo, este censo de
la nación resultó ser un error por el que David tuvo que pagar un alto precio.
El pueblo se indignó profundamente contra él. El acto en sí mismo les resultaba
desagradable, ya que veían en él los preparativos para el reclutamiento con
vistas a una guerra de larga duración; a esto se sumaba el temor de que el
propio censo trajera consigo malas consecuencias, pues tal era la opinión que
se tenía en aquellos días. Estalló una terrible pestilencia, que se llevó por
delante a un gran número de personas y confirmó en todas las mentes la creencia
de que había surgido como consecuencia del censo del pueblo. La capital, al
estar densamente poblada, sufrió naturalmente las mayores pérdidas a causa de
la pestilencia. Al ver los montones de cadáveres o, por decirlo en el lenguaje
metafórico de aquellos días, ante la visión del « el ángel de la Destrucción»
que se había llevado a tantos, David exclamó: «He pecado y he actuado mal, pero
¿qué ha hecho mi pobre rebaño? Que tu mano me golpee a mí y a la casa de mis
padres». Como la plaga había respetado el monte Moriah, donde se habían
establecido los jebuseos, el profeta Gad ordenó al rey que erigiera un altar y
ofreciera sacrificios en aquella montaña, y anunció que así se apartaría la
pestilencia de Jerusalén. Sin dudarlo, David y toda su corte se dirigieron
allí. Cuando el jefe de los jebuseos, Orna (Arauna),
vio acercarse a David, se apresuró a salir a su encuentro, lo saludó
humildemente y le preguntó qué deseaba. David le comunicó entonces que deseaba
comprar la montaña para construir un altar en ella. Orna le ofreció amablemente
el lugar y todo lo que pertenecía a él como regalo, pero David se negó a
aceptarlo. Tan pronto como se erigió allí apresuradamente un altar y se ofreció
un sacrificio, la pestilencia cesó en Jerusalén. Desde entonces, el monte
Moriah se consideró un lugar sagrado, al que la destrucción no podía acercarse;
era también la montaña en la que se suponía que Abraham había ofrecido a su
hijo Isaac como sacrificio.
A raíz de esta plaga, el
pueblo concibió un resentimiento hacia David; lo condenó por la pérdida de los
miles de seres humanos que el Ángel de la Muerte se había llevado. Ahitofel se valió de ese resentimiento para vengarse de
David, y utilizó a Absalón como su instrumento; junto con él, urdió una
conspiración que no podía dejar de tener éxito.
Absalón envió en secreto
mensajeros en todas direcciones para dar la señal necesaria a aquellos
partidarios que ya le eran leales. La insurrección debía ponerse en marcha en
Hebrón, un bastión de la tribu de Judá, cuyos ancianos ya se habían ganado para
la causa de Absalón. Este último ideó subterfugios para engañar a David sobre
el verdadero propósito de su visita a Hebrón, y el rey le permitió partir sin
sospechar nada.
Absalón llegó a Hebrón,
acompañado de sus amigos y guardias, y de doscientos hombres destacados de
Jerusalén, a quienes había invitado bajo algún pretexto y que no sospechaban
sus verdaderos objetivos. Estos doscientos hombres, precisamente por su ignorancia
de los hechos, contribuyeron al éxito del proyecto. El pueblo de Hebrón, al ver
que incluso hombres destacados se habían unido al bando de Absalón, dio por
perdida la causa de David. Ahitofel, que también
había inventado un pretexto para ausentarse de la corte, se declaró
abiertamente a favor de Absalón, lo que supuso un inmenso refuerzo para su
causa, ya que se le conocía como la mano derecha de David.
El plan traicionero tuvo
un éxito desmesurado. Los habitantes de Hebrón y otros presentes aclamaron a
Absalón como rey, renegaron de su lealtad a David y ofrecieron holocaustos. La
ambición impulsó también a varios miembros de la familia de David a unirse a
Absalón. Este fue especialmente el caso de Amasa, su primo, que se consideraba
un gran comandante y pensaba que Joab había sido injustamente preferido a él.
Los mensajeros dieron entonces la señal acordada previamente, y los
conspiradores que se habían puesto del lado de Absalón se reunieron y gritaron:
«¡Viva el rey Absalón!». Se llevaron consigo a todos los que se habían
indignado contra David por haber realizado un censo del pueblo y, de hecho, a
todos los que esperaban obtener alguna ventaja de los cambios y la discordia.
Los benjamitas, a quienes la ascensión al trono de David había privado de la
supremacía, y los siempre insatisfechos efraimitas, se alegraron especialmente
de la caída de David y rindieron de buen grado homenaje al usurpador; esperaban
recuperar su antigua libertad gracias a las desgracias de David . Tenían más
posibilidades de alcanzar el poder bajo el mandato de Absalón —que era muy
vanidoso y difícilmente conservaría el favor de la nación durante mucho tiempo—
que bajo el gobierno de David. Las principales ciudades de todas las tribus
enviaron embajadores a Hebrón para saludar al nuevo rey, y el número de sus
partidarios aumentaba día a día. Al principio, la conspiración se mantuvo en
secreto ante las autoridades; no se permitía a nadie viajar a Jerusalén, para
que no se difundiera la noticia. David recibió la información de su propia destronación y de la ascensión al trono de su hijo al mismo
tiempo que la noticia de que las casas de Judá e Israel habían renunciado a su
lealtad hacia él.
Fue un golpe terrible para
el rey. Pero pronto tomó una decisión: no recurriría a una guerra civil, como
probablemente le instaban a hacer los hijos de Zeruía y muchos otros seguidores fieles probablemente le instaban a hacer. Abandonado
por todas las tribus, se vería obligado a encerrarse en su capital. La ciudad
no podría resistir el ataque de un ejército tan numeroso; y vio, ahora que ya
no se hacía ilusiones, que Absalón no tendría ningún reparo en convertir
Jerusalén en un mar de sangre. David se sintió profundamente herido por la
alianza de Ahitofel con su hijo usurpador, y esto le
desanimó enormemente. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que la conspiración
llevaba tiempo gestándose, de que el plan había sido meditado a fondo y de que
cualquier resistencia por su parte solo conduciría a su propia destrucción. Por
lo tanto, anunció a su pueblo que partiría de Jerusalén a toda prisa, antes de
que Absalón pudiera salir de Hebrón con sus numerosos seguidores.
Esta medida fue decisiva
para demostrar a David que aún contaba con amigos fieles, que le serían leales
hasta la muerte. Cuando, al salir de su palacio, pasó por la Plaza de los
Vendedores de Ungüentos, observó, para su gran alegría, que una gran multitud
le seguía. No solo su general, Joab, junto con su hermano Abisai y sus
seguidores; no solo un gran número de los cuerpos de guerreros (Gibborim), las tropas mercenarias, los queretitas y los peletitas, con Benaía a la cabeza, sino también los hititas, con seiscientos hombres, a quienes David
había reclutado hacía muy poco tiempo. Toda la población lloraba en voz alta,
mientras David se retiraba al valle del Cedrón, donde reunió a sus seguidores
antes de emprender el camino por el Monte de los Olivos hacia el desierto
cercano al Jordán. No se atrevió a refugiarse en una ciudad por temor a la
traición.
Más tarde, los dos sumos
sacerdotes, Sadoc y Abiatar, junto con todos los levitas, se apresuraron tras
él, llevando consigo el arca de la alianza. David, sin embargo, instó a los
sacerdotes a que regresaran a Sión con el arca,
diciendo: «Si por la misericordia de Dios se me permite volver a Jerusalén,
entonces volveré a contemplar el arca de la alianza y el santuario; si no, si
Dios me rechaza, estoy dispuesto a soportar lo que a Él le parezca bien».
También le pareció que los sacerdotes podrían serle de mayor utilidad si
permanecían en Jerusalén que si se unían a él en el exilio. Así pues, mientras
los sacerdotes se apresuraban llevaron rápidamente el arca de vuelta a
Jerusalén, David subió al Monte de los Olivos descalzo, con la cabeza cubierta
y el rostro bañado en lágrimas. Todos sus acompañantes lloraban amargamente.
Pero cuando su dolor y su desesperación habían alcanzado su punto álgido, un
amigo, que iba a prestarle ayuda, llegó desde el otro lado del Monte de los
Olivos, y se encontró con él en su punto más alto. Husai, de la ciudad de Erec, era un confidente de David y un consejero de una
sabiduría no menor que la de Ahitofel. Se acercó
ataviado de luto, con las vestiduras rasgadas y tierra sobre la cabeza,
dispuesto a compartir la huida del rey. David, sin embargo, se negó a
permitirlo, pues, al ser un hombre anciano, solo sería una carga. Cerca de
Absalón podría prestar un valeroso servicio contrarrestando los consejos de Ahitofel y manteniendo a David informado de todo lo que
ocurriera. Por lo tanto, Husai se dirigió a Jerusalén.
La primera localidad por
la que pasó David en su huida fue la ciudad benjamita de Bahurim. Lejos de
recibir una acogida amistosa allí, fue recibido con insultos y desprecio. Un
benjamita llamado Simei, de la casa de Gera, lo injurió y maldijo, diciendo: « «¡Pícaro
y hombre sanguinario! Dios te pagará por lo que has hecho a la casa de Saúl, a
quien le has robado la corona». Siguió la marcha de David durante un largo
trecho, lanzándole piedras y tierra, de modo que los soldados tuvieron que
proteger al rey. David, sin embargo, también tenía algunos amigos en Bahurim.
Humillado y agotado, el rey completó por fin el viaje a través del desierto y
llegó a las cercanías de Jericó con sus fuerzas.
Allí pudo recuperar
fuerzas tras sus recientes esfuerzos físicos y mentales, mientras esperaba las
noticias que sus fieles seguidores le transmitirían desde Jerusalén.
Cuando David se acercaba a
las orillas del Jordán, Absalón llegó a Jerusalén con sus seguidores traidores,
entre ellos Ahitofel, el consejero infiel. Ahitofel instó al usurpador a cometer crímenes cada vez
mayores para ampliar la brecha entre él y su padre, y hacer imposible cualquier
reconciliación; le aconsejó que se apoderara del harén de su padre. A Ahitofel le importaba poco que Absalón se ganara el odio
del pueblo con esta nueva fechoría. Su único objetivo era vengarse de David y
arruinarlo. El pecador de mente débil que se autoproclamaba rey, y que era
incapaz de emprender nada a menos que otros lo incitaran a ello, se dejó
convencer para cometer este crimen. Pero, mientras Absalón se deleitaba en el
pecado, el hombre destinado a frustrar todos sus despiadados planes estaba muy
cerca. Al parecer, Husai se había sometido al nuevo rey y le había asegurado
que le serviría con la misma fidelidad con la que había servido a su padre, y
Absalón confió en esa promesa. Convocó un consejo para deliberar sobre el plan
más conveniente para derrotar y arruinar a su padre. Los ancianos de las
tribus, que se encontraban en la ciudad, fueron invitados a asistir. Ahitofel dio el consejo diabólico de atacar a David esa
misma noche con un ejército poderoso, para dispersar a sus seguidores en una
embestida repentina llevada a cabo por una fuerza superior en número, y para
capturar y matar al rey, a quien imaginaba completamente agotado y desanimado.
Pero Absalón también consultó a Hushai con respecto a la campaña contra su
padre, y el consejo de Ahitofel fue rechazado por él
por considerarlo inviable. Husai planteó objeciones tan plausibles que Absalón
se dejó engañar por ellas; aconsejó que no se atacara a David con una fuerza
reducida, sino que Absalón reuniera de toda la nación —desde Dan hasta
Beerseba— un ejército cuyo número lo hiciera irresistible. El consejo de Husai
fue mejor recibido que el de Ahitofel, y se tomaron
medidas de inmediato para ponerlo en práctica. El ataque se pospuso y la
campaña se aplazó hasta que se pudieran reunir las numerosas fuerzas. Husai
comunicó inmediatamente los resultados de la reunión a David por medio de
Jonatán y Ahimaaz, los hijos del sumo sacerdote.
El primer resultado de
estos acontecimientos fue favorable a la causa de David, pues Ahitofel partió de Jerusalén y se ahorcó en su ciudad
natal, Gilo. Le llevó a ello bien el disgusto por la conducta de Absalón al
hacer caso omiso de su consejo, bien la convicción de que la causa de Absalón
se perdería por la demora y de que él mismo recibiría el castigo inmerecido.
Este suicidio supuso un duro golpe para el usurpador, pues no contaba con
ningún hombre capaz entre sus seguidores, y él mismo no era ni belicoso ni
prudente. Su general, Amasa, poseía muy poco genio militar. De hecho, ya se
había iniciado el reclutamiento de soldados, pero antes de que pudiera
completarse, David había obtenido una ventaja importante. Se dirigió a
Mahanaim, cuyos habitantes lo recibieron con una bienvenida tan cordial como la
que en tiempos pasados habían brindado al hijo fugitivo de Saúl. Todos los
israelitas del otro lado del Jordán le ofrecieron su ayuda y se pusieron bajo
su mando. Dos hombres de Galaad se superaban mutuamente en atenciones hacia el
desdichado rey y padre, y le proporcionaban a él y a sus seguidores todo lo
necesario. Eran ancianos: Barzilai, de Rogelim, y Maquir, de Lodebar—, y también
llegó ayuda de Shobi, rey de Amón, hijo de Nahás. Cuando por fin Absalón o
Amasa lograron reunir una gran fuerza, cruzaron el Jordán en balsas y se
acercaron a Mahanaim. Los partidarios de Absalón acamparon frente al bosque sin
ningún plan ni orden concretos. David, por su parte, dividió su ejército en
tres divisiones, comandadas respectivamente por Joab, Abisai e Ittai, todos
ellos soldados experimentados y competentes. Al propio David no se le permitió
acompañarlos, ya que sus generales conocían demasiado bien el amor que sentía
por su hijo malvado. La contienda se cobró muchas vidas humanas. Aunque las
fuerzas de Absalón superaban en número a las de David, fueron derrotadas, pues
carecían de disciplina y no sabían orientarse en el bosque. Las tropas de David
, por su parte, lucharon valientemente. El bosque resultó más destructivo que
la espada. Se dice que allí cayeron veinte mil guerreros. El bosque de Refaim fue también la causa de la destrucción personal de
Absalón. Su larga melena, de la que se enorgullecía mucho, se enredó en las
ramas de un roble, y la mula que montaba se alejó al galope. Parece
providencial que el golpe mortal lo asestara Joab, quien anteriormente
favorecido a Absalón y que, sin saberlo, le había ayudado en su conspiración.
Joab hizo entonces sonar el cuerno como señal para que el ejército de David
cesara en la contienda, y los partidarios de Absalón huyeron y cruzaron el
Jordán.
Así terminó la segunda
guerra civil del reinado de David, una guerra que resultaba aún más antinatural
debido a la estrecha relación entre los combatientes rivales y a las tristes
causas que la provocaron. La primera tarea de los vencedores fue transmitir la
noticia de su triunfo a David. Se trataba de una misión dolorosa en sí misma,
pues todos sabían lo profundamente que David sentiría la muerte de su hijo
malvado. David se horrorizó ante la noticia, lloró y sollozó, y exclamó
repetidamente: «¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera caído yo en tu
lugar!». Las profundidades del corazón de un padre son insondables. Quizá
consideraba a Absalón como una víctima a la que Ahitofel había engañado e incitado a la rebelión. Los guerreros no se atrevieron a entrar
en Mahanaim como vencedores, sino que regresaron a casa a hurtadillas, como si
se sintieran humillados tras una derrota. David no quería ver ni hablar con
nadie, sino que lloraba sin cesar la pérdida de su hijo. Al fin, Joab se armó
de valor y le reprochó con duras palabras por entregarse a un duelo prolongado
y, con ello, mostrar ingratitud hacia sus soldados. Para animar al rey, Joab le
amenazó además con que, si no se mostraba inmediatamente ante sus soldados y se
dirigía a ellos con amabilidad, sus fieles seguidores se marcharían esa misma
noche y él se quedaría solo e indefenso. Estas duras palabras del rudo pero
fiel Joab indujeron a David a recomponerse y a presentarse ante el pueblo. El
cadáver de Absalón fue arrojado a una cueva, y cubierto con un montón de
piedras. Dejó una hermosa hija, pero la muerte se había llevado a sus tres
hijos antes de su rebelión, como si estuviera destinado que ninguno de sus
hijos fuera testigo del atentado contra la vida de su padre. Durante su breve
reinado en Jerusalén, había erigido un espléndido monumento en el «Valle de los
Reyes» para perpetuar su propio nombre. Destinado a su glorificación, se
convirtió en la conmemoración de su desgracia. Tras el fin de la guerra, David
contempló la posibilidad de regresar a Jerusalén. Sin embargo, no deseaba
obligar a las tribus a someterse, sino que prefería esperar a que volvieran
arrepentidas a él y renovaran sus juramentos de lealtad. Resultó curioso que
las tribus del norte fueran las primeras en seguir ese camino. La voz del
pueblo instó a los ancianos a que los condujeran de vuelta a su rey. Clamaron:
«El rey que nos liberó de nuestros enemigos y nos liberó del yugo de los
filisteos se vio obligado por Absalón a huir de su propio país. Absalón ya está
muerto. ¿Por qué no os apresuráis a traer de vuelta a nuestro rey? Venid,
llevémoslo a casa» . Acto seguido, los ancianos de las tribus invitaron a David
a regresar a su capital; y así, por segunda vez, lo reconocieron como rey.
Contrariamente a todas las expectativas, la tribu de Judá y, naturalmente, la
tribu de Benjamín seguían mostrándose reticentes. No dieron ni un paso para
recibir a su rey. Probablemente los hombres de Judá se sentían profundamente
avergonzados de la revuelta que habían iniciado en Hebrón y no se atrevían a
suplicar el perdón de David. Quizás, también, el descontento que los había
incitado a renegar de su lealtad seguía presente entre ellos. Parece que A
Masa, que había huido a Jerusalén tras la derrota en el bosque de Galaad,
seguía ejerciendo una gran influencia sobre los hombres de Judá.
Cuando David vio que la
tribu de Judá seguía manteniéndose al margen, ordenó a los dos sacerdotes,
Sadoc y Abiatar, que se habían quedado en Jerusalén, que exhortaran a los
ancianos de Judá a invitar a su rey a regresar. Les dijo a los sacerdotes que
le aseguraran a Amasa que no solo recibiría un perdón incondicional, sino que
incluso conservaría su rango de general. Ante esta perspectiva, Amasa decidió
aceptar las ofertas de David y convenció a los ancianos para que accedieran a
la propuesta del rey. Los hombres de Judá enviaron entonces una invitación a
David, y una embajada partió al encuentro del rey para recibirlo en Gilgal. Los hombres de Benjamín estaban profundamente
desconcertados por esta conducta. ¿Qué debían hacer? Los benjamitas se habían
mostrado públicamente hostiles hacia David cuando este huyó de Jerusalén
atravesando su territorio; no habían creído posible que volviera jamás a
reclamar su trono. Ahora la situación había cambiado, y no solo las tribus del
norte, sino incluso Judá se preparaban para rendirle homenaje. Los benjamitas
no sentían ningún apego por David, pero no podían aislarse, pues entonces la
ira del rey recaería con toda su fuerza sobre ellos. Simei, cuyos insultos
habían causado a David un dolor tan amargo durante su huida y quien, en
consecuencia, tenía más motivos que nadie para temer la ira del rey, aconsejó
que mostraran un entusiasmo intenso por la causa de David, superior al de las
demás tribus, ya que, apelando a su generosidad, podrían inclinarle
favorablemente hacia ellos. Obedeciendo este consejo, mil benjamitas salieron
al encuentro de David, se unieron a la embajada de Judá y, al llegar a la
orilla del Jordán, tendieron un puente sobre el río para facilitar el paso del
rey. Mientras tanto, el rey había partido de Mahanaim y se acercaba al Jordán,
acompañado por su corte, sus sirvientes y los fieles seguidores que se habían
unido a él en la orilla opuesta. Simei se adelantó a todos los demás, se postró
a los pies del rey cuando este estaba a punto de cruzar el río, reconoció su
falta y suplicó el perdón de David. David regresaba ahora con una comitiva más
numerosa que la que le había acompañado en su huida a través del Jordán: le
acompañaban la embajada de Judá, mil benjamitas y los amigos fieles que
formaban su guardia de honor. La primera ciudad a la que llegaron tras cruzar
el Jordán fue Gilgal. Allí se habían reunido los embajadores de las distintas
tribus de esta orilla del río para renovar su homenaje; se sintieron
sorprendidos y molestos porque los judíos se les habían adelantado al recibir
al rey a orillas del Jordán. Vieron en esta ansiosa muestra de lealtad, que no
podían considerar sincera, un esfuerzo por parte de la casa de Judá por
recuperar el favor del rey, en detrimento de la casa de Israel.
Los ancianos de Israel no
ocultaron su descontento y lo manifestaron abiertamente en presencia de David;
los judíos, sin embargo, les respondieron con dureza. La cuestión de la
precedencia degeneró en una violenta disputa, en la que los judíos lanzaron réplicas
airadas, ofendiendo así aún más a las tribus del norte. Surgió una amarga
animosidad entre las partes enfrentadas; parece que David se inclinó del lado
de los judíos. Sebá, un benjamita de la familia de
Bichri, aprovechando la confusión general, hizo sonar la trompeta y gritó: « No
tenemos parte en David, ni participación en el hijo de Isaí; que cada israelita
regrese a su tienda». Atendiendo a este grito, los ancianos de las tribus del
norte se retiraron y siguieron a Seba el bichrita.
Solo los hombres de Judá permanecieron fieles a David y lo acompañaron a
Jerusalén. La alegría de su regreso se mezclaba con la irritación: había
surgido una nueva ruptura, una guerra civil era inminente. En esta triste
coyuntura, David recurrió a una medida que puede considerarse o bien muy sabia
o bien muy insensata. Joab se había
ganado su antipatía desde que el rey se enteró de que había matado a Absalón, y
David no deseaba que siguiera ocupando el cargo de general. Además, deseaba
cumplir su palabra con Amasa y nombrarlo comandante en jefe. David, que ahora
dependía de la tribu de Judá, sentía la necesidad de conservar la buena
voluntad de Amasa, ya que la influencia de este último tenía un peso inmenso
entre los judíos. Sin consultar a Joab, ordenó a Amasa que reuniera las fuerzas
de la tribu de Judá en un plazo de tres días, con el fin de actuar contra los
rebeldes. Transcurrió el plazo y Amasa no regresó. David comenzó a inquietarse;
pensó que Amasa podría haberle engañado y haberse aliado con los insurgentes. Era
necesario actuar con rapidez, para evitar que los seguidores de Seba aumentaran
de número, y también para ganar tiempo y poder ocupar las ciudades
fortificadas. David no tuvo más remedio que recurrir a los hijos de Zeraya,
quienes, en su inquebrantable fidelidad, le habían permanecido leales a pesar
de los frecuentes desaires, y cuya destreza en asuntos de guerra había puesto a
prueba ampliamente. Sin embargo, David no quiso otorgar el mando supremo a
Joab, sino que se lo confió a su hermano Abisai. Partió con los queretitas y los peletitas, que
iban a constituir el núcleo del ejército que esperaba reunir por el camino.
Joab pasó por alto el insulto que se le había infligido y se unió a las tropas,
o más bien se convirtió en su líder. Al parecer, hizo un llamamiento al pueblo
para que se reuniera a su alrededor. Cuando Amasa se unió a ellos en Gabaón,
Joab lo mató de un solo golpe de espada, y los judíos, a quienes Amasa había
reunido, se unieron a los hijos de Zeraya. En todas las ciudades, nuevos
partidarios y seguidores se sumaron a la causa de David. Seba solo encontró
unos pocos partidarios, ya que las tribus del norte no estaban dispuestas a
iniciar una guerra civil por un hombre que era poco conocido, y a quien solo
seguía un pequeño grupo de soldados. Se había refugiado en la ciudad
fortificada de Abel, y una parte de sus seguidores ocupó la ciudad de Dan,
situada a una hora de distancia de las faldas del monte Hermón, no lejos del
nacimiento del Jordán. Joab ordenó rápidamente que se cavara una zanja
alrededor de la ciudad de Abel y, sin pedir a los habitantes que se rindieran,
comenzó a socavar las murallas. Los habitantes se alarmaron enormemente.
Entonces, una mujer sabia llamó desde la muralla a los zapadores que estaban
abajo para que hicieran venir a Joab. Cuando este se acercó, ella se dirigió a
él con tono de reproche: «Deberías haber preguntado primero en Abel y en Dan
para saber si todos aquellos que son fieles y amantes de la paz se han marchado
de Israel. ¿Por qué vas a masacrar a las madres y a los niños de Israel? ¿Por
qué vas a destruir la herencia de Jacob?». Joab respondió que no deseaba hacer
eso, que solo quería capturar al hombre que había alzado la mano contra el rey.
Ante esto, la mujer prometió que la cabeza del rebelde sería arrojada pronto
por encima de la muralla. Cumplió su palabra, pues convenció en secreto a sus
conciudadanos para que separaran a Seba de sus pocos seguidores y lo mataran.
Su cabeza ensangrentada fue arrojada por encima de la muralla, y Joab levantó
el asedio, despidió a sus soldados y regresó a Jerusalén con la noticia de su
victoria. El rey se vio obligado, en contra de su voluntad, a dejarlo al mando
del ejército.
David regresó a su capital
con el alma purificada. Había sufrido y expiado duramente por sus pecados. Le
había quitado la esposa a su fiel siervo, y su hijo le había quitado a él sus
esposas. Había derramado la sangre de Urías , y los ríos de sangre derramada en
su propia casa casi lo habían abrumado. Había descubierto por amarga
experiencia que ni siquiera el mejor rey puede basarse en el amor de su pueblo.
Su plan de emprender una gran guerra contra sus enemigos paganos se había hecho
añicos. Por lo tanto, en su vejez, durante los últimos años de su reinado,
centró su atención en los asuntos internos de su reino. Deseaba llevar a cabo,
antes de que la muerte lo alcanzara, una idea que llevaba mucho tiempo
acariciando. Deseaba construir un magnífico templo para el Dios de Israel, que
lo había rescatado de sus numerosas tribulaciones. Antes de comenzar, David
consultó a Natán, el profeta; pues en aquellos días el profeta tenía mayor
rango que el sacerdote. Le dijo: «Yo vivo en un palacio de madera de cedro, mientras
que el Arca de Dios se encuentra solo en una tienda provisional. ¡Construiré un
templo de cedro para ella!». Natán aprobó el plan y dijo: «¡Haz todo lo que hay
en tu corazón, pues Dios está contigo! ». Al día siguiente, sin embargo, el
profeta acudió a él y le reveló a David que no estaba destinado a construir un
templo, porque había derramado sangre, sino que esa tarea estaría reservada
para su hijo. Al mismo tiempo, se le informó a David que su trono estaría
afianzado durante muchos años por venir, que una larga sucesión de reyes
descendería de él y ocuparía su trono, siempre y cuando caminaran por los
caminos de Dios. Por mucho que David hubiera deseado construir un templo
majestuoso en Jerusalén, se sometió humildemente al decreto divino que le había
revelado Natán y abandonó su proyecto. Ante el arca de la alianza, dio gracias
a Dios en una sincera oración por las misericordias que le había concedido a
él, que había sido levantado del polvo. Su corazón se llenó de gratitud al
saber que su casa real y su trono se mantendrían durante muchos años. David
expresó este sentimiento en un salmo que, sin embargo, no tiene el mismo brío
que sus cantos anteriores; fue, tal vez, su última oración poética.
Aunque David no comenzó él
mismo la construcción del templo, sí inició los preparativos necesarios. Dedicó
al santuario una parte del botín que había obtenido de las naciones
conquistadas. También reguló el orden en que debían celebrarse los servicios divinos,
disponiendo, según el método de Samuel, que coros de levitas tocaran el arpa y
cantaran salmos, además de los ritos sacrificiales habituales. Se le considera
asimismo el inventor de los diversos instrumentos musicales que más tarde se
introdujeron en el culto.
La energía vital de David
comenzó a disminuir antes de que cumpliera los setenta y un años. Las
inquietudes de su juventud, las constantes guerras, los acontecimientos
agitados en su propia familia, la pecaminosidad de Amnón y la rebelión de Absalón le hicieron envejecer a una edad relativamente
temprana. No sentía calor en su cuerpo; sentía frío a pesar del calor tórrido
de Jerusalén, y toda la ropa que podía conseguir no parecía proporcionarle el
calor vital necesario.
Adonías, el cuarto hijo
del rey, se esforzó por asegurarse la sucesión aprovechando el declive de las
fuerzas de David. Era el siguiente heredero después de Amnón y Absalón, pero temía que lo pasaran por alto si esperaba la muerte de su
padre, y probablemente se había enterado del acuerdo secreto según el cual el
hijo de Betsabé, su hermano menor, iba a suceder al trono. Adonías no deseaba
rebelarse contra su padre como había hecho Absalón, sino que simplemente quería
que los principales dignatarios del reino reconocieran su derecho a la
sucesión. Por ello, se aconsejó con aquellos miembros de la corte de David de
la corte de David que se oponían a la sucesión de Salomón. El principal de
ellos era Joab, quien lo apoyaba como antes había apoyado a Absalón. El otro
confidente de Adonías era Abiatar, el segundo de los sumos sacerdotes, a quien
David parece haber relegado a un puesto inferior. Sadoc, cuya familia había
sido nombrada sumos sacerdotes hereditarios por Saúl en Gabaón, había sido
mantenido en ese cargo por David, quien deseaba asegurarse su apoyo y, por
ello, le había otorgado el rango más alto en el santuario. Es posible que
Abiatar se sintiera ofendido por este desdén y que, tal vez, se pusiera del
lado de Adonías para asegurarse el cargo que no podía esperar obtener bajo el
reinado de Salomón. Los demás hijos del rey también deseaban que el trono
quedara asegurado para Adonías, por lo que las intrigas en la corte se
reanudaron. Adonías era tan apuesto y popular como lo había sido Absalón , y
también, al parecer, tan imprudente e tan poco apto para gobernar. Al igual que
Absalón, comenzó a atraer la atención del pueblo con una ostentación
verdaderamente real; se procuró carros y escoltas a caballo, y mantenía una
guardia de cincuenta corredores, que le precedían allá donde iba. David se
mostró débil en su actitud hacia él, tal y como lo había sido con Absalón: le
permitió salirse con la suya y, de este modo, lo reconoció tácitamente como su
sucesor. Un día, Adonías invitó a una reunión a sus confidentes: Joab, Abiatar
y todos los hijos del rey, excepto Salomón. Ofrecieron sacrificios cerca de un
pozo y, durante el banquete, sus seguidores exclamaron: «¡Viva el rey
Adonías!».
El primero en mostrar su
desacuerdo con las acciones de Adonías fue el profeta Natán. Él conocía la
promesa secreta que David había hecho a su esposa Betsabé: que Salomón
heredaría la corona. También le había revelado a David que Salomón había sido
designado por Dios para ser su sucesor. Parece que tenía confianza en el
carácter de Salomón y que esperaba mejores cosas de él que de Adonías. Por lo
tanto, Natán acudió a Betsabé y juntos idearon un plan con el que se pudiera
frustrar la intriga de Adonías. Betsabé acudió entonces al rey, le recordó su
juramento y le hizo ver que, en caso de que Adonías sucediera al trono, tanto
ella como su hijo quedarían perdidos, y su matrimonio quedaría mancillado por
la ignominia.
Apenas había terminado de
describir el triste destino que le esperaba si se dejaban de lado los derechos
de Salomón, cuando anunciaron la llegada del profeta Natán, quien confirmó sus
afirmaciones. David tomó rápidamente una decisión y la llevó a cabo ese mismo
día, pues estaba muy ansioso por cumplir su juramento de dejar el cetro a
Salomón. Convocó a los dignatarios que no habían conspirado con Adonías, a
Sadoc, a Benaya y a los guerreros, y les anunció su decisión de que Salomón
fuera ungido rey mientras él aún viviera, y todos prometieron solemnemente
reconocer a Salomón. Acto seguido, David convocó a los queretitas y a los peletitas para que asistieran a su hijo.
Salomón montó entonces en una de las mulas reales y se dirigió al valle de Gihón, al oeste de la ciudad. Una multitud de gente se unió
a la procesión, y cuando el sumo sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo ungieron
con aceite de la tienda del santuario, los soldados tocaron sus trompetas, y
todo el pueblo gritó: «¡Viva el rey Salomón!»
En Jerusalén reinaba ahora
una gran agitación. Mientras las montañas del este resonaban con el grito de
«¡Viva el rey Adonías!», la cordillera del oeste retumbaba con los gritos de
«¡Viva el rey Salomón!». Si los y sus partidarios se hubieran mantenido obstinados,
se habría desatado una guerra civil. Pero Adonías no era como Absalón: no
deseaba provocar una rebelión. Tampoco sus principales partidarios, Joab y
Abiatar, le habrían ayudado en tal intento. Tan pronto como Adonías se enteró
de que Salomón había sido ungido rey por orden de su padre, se le quebró el
ánimo. Se apresuró a acudir al santuario de Sión para
buscar refugio en el Santo de los Santos. Sin embargo, Salomón, que había
tomado inmediatamente las riendas del gobierno, envió a comunicarle que podía
abandonar el santuario, que ni un pelo de su cabeza sería tocado siempre y
cuando no intentara ninguna nueva revuelta. Adonías acudió entonces ante el
joven rey, le rindió el debido homenaje y fue despedido con obsequios. Así
terminó la contienda por la sucesión.
La debilidad de David fue
aumentando gradualmente, hasta que, tras un reinado de cuarenta años y seis
meses (1015), falleció pacíficamente. Fue el primero en ocupar un lugar en el
mausoleo real que él mismo había construido en una cueva rocosa en la ladera
sur del monte Sión.
La muerte de David fue
profundamente lamentada. Había hecho grande, independiente y feliz a la nación,
y la muerte lo transfiguró. Cuando falleció, la nación comenzó a darse cuenta
del verdadero valor de su obra y de lo que había significado para ellos. Había
reunificado a las diversas tribus, cada una de las cuales antes había
perseguido sus propios intereses particulares, y las había convertido en una
sola nación. Las revueltas de Absalón y de Seba demostraron con creces cuán
fuerte se había vuelto el vínculo que unía a las tribus. La casa de Israel no
aprovechó la oportunidad que le brindó su muerte para separarse de la casa de
Judá, y por muy grande que fuera la envidia entre sí, se mantuvieron unidas.
David había eliminado todo motivo de división entre facciones y las había unido
con mano bondadosa pero firme. Durante su reinado, el sacerdocio y los profetas
colaboraron en armonía. Así, Salomón fue ungido por el sumo sacerdote Sadoc
junto con el profeta Natán. David mantuvo relaciones amistosas entre las casas
sacerdotales de Eleazar e Itamar, representadas por Sadoc y Abiatar,
respectivamente. La nación no tenía motivos para quejarse de opresión, pues
gobernaba con justicia en la medida de sus posibilidades. Al destruir el poder
de los filisteos, que durante tanto tiempo habían mantenido sometidas a las
tribus vecinas, y al conquistar a las naciones que habitaban a orillas del
Éufrates, no solo había establecido la prosperidad interna, sino que también
había fundado un gran imperio capaz de rivalizar en poder con Egipto, y había
eclipsado a los reinos caldeos y asirios del Éufrates y el Tigris. De este
modo, había despertado en el pueblo la orgullosa conciencia de que constituía
una poderosa nación del Señor, poseedora de la ley de Dios y superior a las naciones
vecinas. Los pecados de David fueron olvidándose poco a poco, pues su expiación
había sido tanto penosa como múltiple. La posteridad dictó sobre él un juicio
más indulgente que el de sus contemporáneos. El recuerdo de sus grandes
hazañas, su bondad y su obediencia a Dios hicieron que se le viera revestido de
los rasgos de un rey ideal, que sirvió de modelo para todos los gobernantes
posteriores: alguien que siempre había caminado por los caminos de Dios y nunca
se había apartado de ellos. Los reyes de su dinastía que le sucedieron fueron
medidos según su vara de medir y juzgados por el grado de semejanza que
mostraban con él.
El brilló a lo largo de
los siglos como perfecto, como uno en el que se unían el poder y la humildad,
el temor de Dios y la paz. Cada siglo sucesivo aportó su tributo al carácter de
David, hasta que se convirtió en el ideal de un rey virtuoso y un poeta sagrado.
SALOMÓN
(970-931 a. C.)
DAVID había dejado los
asuntos de Israel en un orden tan perfecto que su sucesor, a menos que fuera un
necio o un sinvergüenza, o víctima de malos consejos, tendría pocas
dificultades para gobernar. Sin embargo, Salomón llevó la obra de David aún más
lejos. Dio tal esplendor a Israel que incluso las generaciones más lejanas se
deleitaron en la luz que emanaba de su sabio gobierno. En efecto, un rey que
consolida y aumenta —si no es que funda— la grandeza del Estado; que permite a
su pueblo disfrutar de la paz; que derrama las bendiciones de la abundancia
sobre su tierra, alejando la pobreza incluso de la choza más humilde ; que abre
nuevas vías para el desarrollo de las capacidades de su pueblo y, de este modo,
las aumenta y fortalece; un rey que tiene la inteligencia necesaria para animar
a sus súbditos a ejercer sus dotes intelectuales y a cultivar su amor por lo
bello; que, mediante sus creaciones materiales y espirituales, eleva a su país
a la dignidad de un Estado modelo, como nunca antes se había visto y apenas se
ha vuelto a ver después de él; —un monarca así merece sin duda el gran elogio
que la posteridad le ha otorgado. Dejándose llevar por la grandeza de sus
hazañas —pues todas estas magníficas características eran notablemente
prominentes en Salomón—, los hombres hicieron la vista gorda ante sus
debilidades y las consideraron el resultado inevitable de la imperfección
humana. En primer lugar, se esforzó por preservar la paz en su país, aunque su
padre le hubiera dejado amplios medios para emprender nuevas conquistas. Se le
llamaba el rey de la paz: « Shelomo». Al proporcionar
a su pueblo las comodidades de la prosperidad, amplió sus horizontes y elevó su
autoestima. Lo gobernó con sabiduría y justicia, y resolvió con estricta
imparcialidad todas las disputas tanto entre individuos como entre tribus.
Aumentó el número de ciudades y garantizó la seguridad de los caminos y de las
caravanas. Llenó la ciudad de Jerusalén de esplendor y construyó en ella un
magnífico templo en honor a Dios. Él mismo cultivó las bellas artes y la
poesía, dotándolas así de nuevos atractivos a los ojos del pueblo. Por último,
fijó grandes objetivos para la nación y fue llamado, con razón, el rey sabio.
La Historia, árbitra
imparcial, no puede, sin embargo, dejarse cegar por sus deslumbrantes virtudes
ante las imperfecciones que se atribuyen a su gobierno, y que deben
considerarse la causa de la desafortunada ruptura que se inició cuando apenas
se había cerrado su tumba. El comienzo del reinado de Salomón no estuvo exento
de manchas de sangre, y su final se vio empañado por una niebla que atenuó su
esplendor; su amor por el esplendor se volvió perjudicial para la moral; lo
convirtió en un déspota, e impuso una carga al pueblo, que este soportó durante
un tiempo considerable, pero de la que se liberó a la primera oportunidad
favorable. Salomón convirtió el poder real en una autocracia, bajo la cual toda
voluntad debía someterse a la suya. Pero estas imperfecciones quedaron
totalmente ocultas por la grandeza de los logros alcanzados bajo su reinado. Es
imposible determinar ahora hasta qué punto se extiende la responsabilidad de
Salomón por estos males, cuánta culpa recae en sus sirvientes demasiado
entrometidos, y en qué medida su existencia debe atribuirse a la fuerza
irresistible de las circunstancias, a las que tanto los exaltados como los
humildes deben someterse. Es la maldición de las cabezas coronadas que incluso
el más digno portador de una corona, para consolidar su poder, se vea inducido
a tomar medidas que su conciencia condenaría en otras circunstancias, y que las
fechorías de sus siervos se le imputen también a él.
Salomón era joven —apenas
tenía veinte años— cuando ascendió al trono. Tras su ascensión, mientras
visitaba el altar de Gabaón, según se nos cuenta, tuvo una visión en la que
Dios le pidió que expresara el deseo más íntimo de su corazón, con la promesa de
que se cumpliría. No eligió una larga vida, ni riquezas, ni honores, ni la
muerte de sus enemigos; sino que eligió la sabiduría, para poder gobernar a su
pueblo con justicia. De hecho, esta sabiduría, esta capacidad de comprender los
sentimientos y las mentes de las partes en conflicto que se presentaban ante
él, de captar la verdadera naturaleza del asunto a pesar de las exageraciones y
los argumentos sutiles, Salomón la poseía en un grado extraordinario. El juicio
de Salomón es bien conocido. Al dictar un veredicto que se adaptaba
perfectamente para revelar el verdadero sentimiento de una madre, reconoció, en
una disputa entre dos mujeres por la custodia de un niño, de qué lado estaba la
verdad y de qué lado la mentira. « «Partid al niño por la mitad», dijo. Pero su
verdadera madre no pudo aceptar esta decisión y prefirió renunciar a su hijo.
Estaba decidido a que nadie en su reino sufriera una injusticia. Aunque quizá
no fuera el primero en pronunciar el dicho «por la justicia se establece el
trono», sí era una máxima muy acorde con su forma de pensar.
La sabiduría de Salomón
también se manifiesta con gran brillantez en otro ámbito, a saber, en sus obras
poéticas. Se trataba principalmente de poemas alegóricos (Mashal); en ellos
hacía que los altivos cedros del Líbano y las humildes plantas trepadoras de
los muros aparecieran como emblemas de lo más elevado y lo más humilde; a los
cuadrúpedos, las aves del cielo, los reptiles e incluso a los peces mudos se
les da voz y palabra. Probablemente, cada una de estas fábulas terminaba con
una lección moral adecuada. Se ha relatado que Salomón compuso tres mil fábulas
de este tipo y cinco mil canciones o proverbios.
Pero Salomón no fue en
absoluto el creador de este estilo de ficción. Mucho antes que él, tales
composiciones ya eran habituales entre los israelitas. Desde el monte Gerizim, Jotam, hijo del juez Gedeón, se dirigió al pueblo
descarriado de Siquem mediante una ingeniosa
parábola. El profeta Natán había disfrazado su exhortación a David respecto a
su pecado con Betsabé en forma de parábola. Pero, aunque no fue el inventor de
esta rama de la poesía, Salomón sigue mereciendo elogios por dedicar el tiempo
que le quedaba libre de las preocupaciones del gobierno a su mayor desarrollo.
Sus excepcionales cualidades intelectuales se manifestaron también en otra
dirección. En algunas de sus composiciones describe tipos de personas y cosas
mediante alusiones, cuyo significado oculto se deja a la interpretación del
lector. Tales enigmas, presentados en forma poética, eran en aquellos tiempos
los pasatiempos favoritos de las reuniones sociales y las fiestas, y Salomón
poseía un ingenio notable a la hora de idear estas diversiones de la mente
humana.
Sin embargo, fue cometió
errores, la mayor parte de los cuales surgieron de una idea exagerada de su
dignidad real y de imitar a los reyes de los estados vecinos de Tiro y Egipto,
con quienes mantenía un contacto constante. Reivindicó para sí mismo una prerrogativa
casi impía en un mortal, a saber, la de ser considerado idéntico al Estado:
todos los intereses debían centrarse en él, y todo lo demás debía tener una
importancia relativamente menor. La sabiduría de Salomón encalló en esta roca.
La veracidad de la predicción de Samuel, en el momento de la elección de un
gobernante, quedó mejor demostrada por el sabio rey que por sus predecesores.
Por desgracia, Salomón era
un hijo menor, a quien se le había asignado el trono en contra de las leyes
habituales de sucesión, mientras que Adonías, a quien una parte del pueblo
había reconocido como rey, era considerado el heredero legítimo. Mientras este
último viviera, el gobierno de Salomón no podría tener una base firme, y él
nunca podría sentirse seguro. Por lo tanto, había que eliminar a Adonías; el
jefe de la guardia personal, Benayaa, irrumpió por la
fuerza en su casa y lo mató. Como excusa para este acto de violencia, se afirmó
que Adonías había intentado conquistar la mano de Abisag, la joven viuda de
David, y que, de ese modo, había revelado su intención traicionera de disputar
a su hermano el derecho al trono. Apenas había caído cuando Joab, el antiguo
partidario de Adonías, temió que le sobreviniera un destino similar. Este
general ejemplar, que había contribuido de manera tan notable al
engrandecimiento del pueblo de Israel y al poder de la casa de David, huyó al
altar del monte Sión y se aferró a él, con la
esperanza de escapar de la muerte. Benayaa, sin
embargo, se negó a respetar su lugar de refugio y derramó su sangre junto al
altar. Para justificar este crimen, se difundió la noticia de que el propio
David, en su lecho de muerte, había insistido a su sucesor en el deber de
vengar la muerte de Abner y Amasa. A Joab, que los había matado en tiempos de
paz, no se le permitiría, a pesar de su venerable edad, morir en paz.
No está claro si Benayaa era el malvado o simplemente su instrumento. La
muerte de Joab fue motivo de gran alegría entre los enemigos de Israel y les
infundió el valor para planear una rebelión. Abiatar, el partidario sacerdotal
de Adonías, a quien Salomón no se atrevió a tocar, fue destituido de su cargo
de sumo sacerdote, y Sadoc fue nombrado único jefe del sacerdocio; sus
descendientes, investidos de esa dignidad, la mantuvieron durante más de mil
años, mientras que los descendientes de Abiatar quedaron relegados.—El
benjamita Simei, que había perseguido a David con maldiciones durante su huida
de Jerusalén, también fue ejecutado, y solo gracias a este triple acto
sangriento el parece haber conseguido la estabilidad de su trono.
Salomón dirigió entonces
su atención a la formación de una corte de la mayor magnificencia, como
correspondía al poderoso rey cuyas órdenes se obedecían desde las fronteras de
Egipto hasta las orillas del Éufrates. En aquellos días, tener muchas esposas se
consideraba un complemento necesario de la dignidad del rey; David tenía unas
dieciséis esposas, pero era un número insignificante en comparación con el de
los reyes de Egipto y Fenicia, a quienes Salomón había tomado como modelo. Fue
únicamente para cumplir con esta práctica común, aunque corrupta, por lo que
Salomón formó un inmenso harén. Su primera esposa fue Naama (la bella), una
princesa amonita; también tuvo otras esposas procedentes de las cortes moabitas
y arameas, e incluso de las de los reyes hititas y cananeos; pero lo que más
satisfizo su orgullo fue que el rey egipcio Psusennes le diera a su hija en matrimonio. Salomón pensó que, al actuar así, había dado
un paso acertado y que su país y su dinastía se beneficiarían de la alianza.
Pero el resultado demostró lo contrario. La hija de Psusennes fue, como era natural, recibida con todos los honores en la capital israelita;
se convirtió en la primera reina del harén de Salomón, pero le parecía una
deshonra no poder poner un magnífico palacio a disposición de esta reina. ¿Qué
era el palacio de cedro construido por David en el monte Sión,
comparado con los gigantescos edificios y los laberínticos palacios de los
reyes de Egipto? Salomón, por lo tanto, decidió construir un palacio digno de
ella.
Gracias a la alianza con
Egipto, se introdujeron en Israel innovaciones de gran trascendencia, entre
ellas la llegada de los caballos y los carros.
Salomón también entabló
una estrecha y amistosa relación con Hiram, rey de Tiro, con quien David ya
había establecido una relación de buena vecindad. Al parecer, también se casó
con una hija de Hiram, y este estrecho vínculo entre Salomón e Hiram parece haber
dado lugar a importantes y amplias iniciativas.
La creación de un gran
harén exigía un inmenso número de sirvientes. Salomón mantenía una corte de lo
más brillante. Los embajadores de potencias tributarias y amigas debían ser
recibidos con gran pompa, pues Salomón concedía gran importancia a la exhibición
de esplendor, y el mantenimiento de su corte exigía el gasto de grandes sumas
de dinero. Como no podía obtener medios de otra manera, puesto que la casa real
no poseía extensas propiedades por derecho propio, el pueblo tuvo que sufragar
sus enormes gastos. Todo el territorio se dividió en doce partes, y se nombró a
un gobernador para cada división con el fin de velar por que los habitantes
aportaran provisiones para un mes cada año; el propósito de esta división
parece haber sido poner fin al antiguo sistema de organización tribal. Se
nombró a un superior, o visir, cuyo deber era velar por que el tributo de
productos naturales se enviara con regularidad, al frente de estos doce
funcionarios. Salomón hizo gala de una grandeza sin igual en sus construcciones.
Su principal preocupación era erigir un espléndido templo al Dios de Israel en
la capital de su país. No podía serle indiferente que en las tierras vecinas de
Egipto y Fenicia, cuyos gobernantes conocía íntimamente, se erigieran templos
gigantescos para los diversos dioses, mientras que en su país el santuario no
era más que una tienda. Por lo tanto, Salomón, inmediatamente después de su
ascensión al trono, hizo los preparativos para comenzar la construcción de un
edificio sagrado; el emplazamiento ya estaba elegido. Iba a ser en el monte
Moriah, al noreste de la ciudad, donde David había erigido un altar tras el
cese de la pestilencia. Se habían recaudado plata y oro para tal fin, pero aún
había que conseguir los materiales de construcción: piedras y madera de cedro.
Las piedras de cantera y los bloques debían tallarse de las rocas en las
canteras al norte de Jerusalén, donde se encajaban a la perfección para poder
unirlas fácilmente una vez llegadas al lugar. Pero, ¿de dónde conseguir obreros
para esta laboriosa tarea de tallar, preparar y transportar las piedras?
Salomón había aprendido del faraón Psusennes, su
suegro, la forma de obtener obreros sin incurrir en grandes gastos. Recurrió al
remanente de la población cananea que aún vivía en el país. Aunque Saúl había
comenzado a reducir su número, no pudo actuar contra ellos con toda su fuerza
debido a su continua contienda con David. David los había dejado en paz, de
modo que vivían tranquilamente, se mezclaban pacíficamente con los israelitas y
servían fielmente al rey en sus guerras contra los filisteos y otras naciones.
Salomón, por el contrario, declaró esclavos a los restos de los amonitas,
hititas, perizitas y heveos,
así como a los jebuseos (a quienes David había permitido vivir en las afueras
de Jerusalén), y los obligó a realizar los trabajos más duros. Eran 150 000
jóvenes y hombres sanos, y constituían la clase trabajadora. Más de 3 000
capataces israelitas se encargaban de que los nativos esclavizados realizaran
su trabajo. Un oficial superior, Adoniram, supervisaba a los capataces y a los
obreros. Ochenta mil de estos desdichados trabajaban en las canteras día y
noche a la luz de las lámparas. Estaban bajo la dirección de un hombre de
Biblos (Giblim), que dominaba el arte de extraer
pesados bloques de las rocas y de dar a los bordes la forma necesaria para
encajarlos a cola de milano. Veinte mil esclavos sacaban los pesados bloques de
la boca de la cantera y los transportaban hasta la obra.
Hiram, rey de Tiro y amigo
de Salomón, suministraba madera de cedro y de ciprés. Los árboles se talaban en
el Líbano, para lo cual Hiram ponía a disposición de Salomón a obreros
expertos. Los troncos se transportaban desde el Líbano hasta Tiro o a otros puertos,
desde donde se llevaban en balsas hasta el puerto de Jaffa y, de allí, con gran
esfuerzo, a través de colinas y valles hasta Jerusalén, una distancia de al
menos diez horas de viaje. Como los esclavos cananeos no eran lo
suficientemente numerosos para talar los cedros y los cipreses y transportarlos
a su destino, Salomón empleó a israelitas para que le ayudaran en la tarea,
reclutando a treinta mil para tal tarea. Cada grupo de diez mil era enviado
durante un mes a trabajar en los bosques, para talar los árboles y
transportarlos a su destino. Transcurrido un mes, los trabajadores eran
relevados por otro grupo de diez mil. Estos treinta mil israelitas no eran
esclavos —permanecían libres e incluso recibían un salario—, pero no se les
permitía abandonar voluntariamente el trabajo.
No cabía esperar que Hiram
talara sus bosques de cedros y cipreses, ni que pusiera carpinteros y
constructores a disposición de Salomón sin recibir a cambio alguna
contraprestación. Mientras las obras estuvieran en curso, Salomón le enviaba
anualmente una cierta cantidad de trigo, vino y aceite, y probablemente se
gravaba al pueblo con impuestos para recaudar dicho tributo. Pero Hiram también
se vio obligado a adelantar oro para el adorno del interior del templo. La
flota aún no había importado el metal precioso. A cambio del suministro de oro,
Salomón cedió a Hiram veinte ciudades de la zona fronteriza, en la tribu de
Aser, entre Fenicia y el territorio de Israel. Aunque estas no eran importantes
y no complacían a Hiram, se trataba, no obstante, de una transferencia de
territorio israelita a los fenicios. Hiram permitió que diversas etnias
colonizaran las ciudades, de quienes el territorio recibió el nombre de «Gelil Haggoyim» (el distrito de las naciones), más tarde
Galilea. Tan pronto como se trasladaron las piedras y los bloques de madera al
lugar de construcción del templo —cuya edificación iba a durar tres años—, se
iniciaron las obras.
El templo se construyó con
piedra de cantera, y las paredes se revistieron con tablones de cedro en el
interior. Sobre estos se trazaron motivos de palmeras, cálices de flores
abiertos y querubines (cabezas aladas con rostros humanos), y estos motivos se
incrustaron con oro. El templo medía sesenta codos de largo, veinte codos de
ancho y treinta codos de alto. Se dividía en el Santo de los Santos (Debir, la
cámara interior, un cuadrado de veinte codos) y el Lugar Santo (Hechal, que medía cuarenta codos de largo). El Santo de los
Santos parece haber estado situado en un terreno más elevado que el santuario.
A los lados había dos querubines de madera de olivo dorada, cada uno de diez
codos de altura, cuyas alas medían cinco codos de ancho. A la entrada del santuario
había un vestíbulo abierto (Ulam) , que tenía la misma anchura que el santuario
y diez codos de longitud, y frente a esta sala había columnas de bronce
artísticamente labradas. El artista, Hiram, era medio judío, ya que su padre
era sirio y su madre, de la tribu de Neftalí. El Lugar Santísimo debía estar
orientado hacia el oeste, contrariamente a la costumbre de los gentiles, cuyos
templos miraban hacia el sol naciente; las puertas eran de madera de olivo,
adornadas con querubines dorados, así como con palmas y cálices florales. Las
puertas plegables del santuario, hechas de madera de ciprés, estaban
ornamentadas de manera similar, y el suelo era de madera de ciprés con
incrustaciones de oro. En el Santo de los Santos no se veía nada más que los querubines,
destinados a custodiar el arca de la alianza, en la que se guardaban las tablas
de la ley. En el santuario había un altar de madera de cedro dorado por todos
los lados, con cinco candelabros dorados a cada lado, y una gran mesa dorada
para doce panes. El templo estaba rodeado por un amplio patio. En el interior
del vestíbulo se alzaba un gran altar de hierro y un espacioso depósito de
agua, llamado el «mar de hierro », adornado con un borde de cálices de flores
abiertos y capullos de lirio, y en la parte inferior con coloquintos.
Este depósito estaba sostenido por doce toros de hierro, tres de los cuales
miraban en cada dirección. El agua estaba destinada al lavado de las manos y
los pies de los sacerdotes oficiantes cada vez que entraban en el santuario, y
es probable que el flujo de agua se regulase mediante un grifo. Diez pequeñas
palanganas con ruedas, artísticamente grabadas, podían desplazarse a cualquier
lugar donde se necesitaran. Se fundieron grandes cantidades de vasijas para los
ritos sacrificiales por orden del rey. Todo el edificio, tanto por dentro como
por fuera, rezumaba riqueza y grandeza. Una vez finalizada la construcción, se
consagró (1007) con ritos solemnes. La construcción del templo había durado
siete años, y el mes elegido para la consagración fue aquel en el que concluían
la cosecha y la vendimia. Se invitó a los jefes de todas las tribus y a los
ancianos de las familias, y la gente acudió en masa desde todos los rincones
para contemplar con asombro los esplendores del templo y presenciar aquel
espectáculo insólito.
Las solemnidades
comenzaron con el traslado del arca desde el monte Sión,
la ciudad de David, al monte Moriah. Las barras unidas al arca eran las mismas
que se habían utilizado durante el peregrinaje por el desierto. Estaban
colocadas de tal manera que todos los presentes pudieran ver aquella reliquia
sagrada de épocas pasadas: las dos tablas de piedra en las que estaban
inscritos los diez mandamientos. Durante el traslado del arca de la alianza y
durante la consagración, se ofrecieron muchos miles de sacrificios y también se
entonaron salmos. Tan pronto como el arca de la alianza fue introducida en el
Lugar Santísimo, una densa nube llenó el interior del templo, de modo que los
aaronitas se vieron obligados a interrumpir su servicio. Esto se consideró un
signo de la misericordia de Dios y una señal de que la consagración se había
llevado a cabo de acuerdo con Su voluntad. La vasta asamblea se vio así
embargada por sentimientos de alegría, piedad y devoción. El rey expresó los
sentimientos generales con unas pocas palabras solemnes: «Dios ha prometido
morar en una nube. Te he construido una morada, oh Dios, una morada en la que
habitarás para siempre». El monte Moriah se asemejaba así al monte Sinaí, donde
la voz de Dios había hablado desde el interior de una densa nube. El templo se
convirtió en objeto de veneración para el pueblo, que creía que, desde entre
los dos querubines, Dios les daría a conocer los caminos por los que debían
andar. Un profeta que se encontraba presente (quizá Ahías de Silo) anunció al
rey Salomón en nombre de Dios: «Si caminas según mi ley, obedeces mis
mandamientos y cumples mis prescripciones, entonces cumpliré contigo la promesa
que le hice a David, tu padre : habitaré en medio de los hijos de Israel y no
abandonaré a mi pueblo».
La nación celebró con gran
alegría las fiestas de otoño, que coincidieron con la consagración. Profunda y
duradera fue la impresión que causó este templo, resplandeciente de oro y
bronce, suntuoso e imponente en su estructura, sin contener ninguna imagen
visible de la Deidad, pero llena de su presencia invisible. La casa de Dios
ofrecía algo tangible a aquellos cuya imaginación no podía concebir lo
espiritual, desprovisto de forma material. El templo era el orgullo y la
fortaleza de Israel, y el deleite de sus ojos. En el momento de la consagración
se inauguró un servicio religioso, como el que había sido imposible dentro de
los estrechos límites del santuario de Silo o, durante el período de
transición, en la tienda de Sión. Ciertamente, ya
había existido un sacerdocio en épocas anteriores, y pertenecía exclusivamente
a los descendientes de Aarón. Sin embargo, no fue hasta el reinado de Salomón
cuando se colocó a un sumo sacerdote al frente de los demás y se introdujeron grados
jerárquicos. Azarías, hijo de Sadoc, ascendió al cargo de sumo sacerdote tras
la muerte de su padre, y contaba con la ayuda de los sacerdotes de rango
inferior. Se estableció un nuevo orden de servicio para los levitas, que
estaban subordinados a los sacerdotes: una parte de ellos colaboraba en los
servicios de sacrificio; otra parte montaba guardia en los cuatro lados del
templo y se encargaba del cuidado de los vasos sagrados, así como de todos los
preparativos para el servicio del templo. Por último, ciertas familias
participaban en el canto y la música instrumental que acompañaba a los
servicios. Fueron el templo y el nuevo orden de culto introducido en él los
que, de hecho, elevaron a Jerusalén a la posición de capital del país.
Peregrinos de todas las tribus acudían allí a las fiestas otoñales para
presenciar los solemnes servicios divinos, como los que no podían celebrarse en
ningún altar tribal. Jerusalén se fue convirtiendo poco a poco en una
importante ciudad comercial, en la que se exhibían mercancías y curiosidades
extranjeras, lo que atraía a un número cada vez mayor de visitantes de todas
las tribus. Así, la más joven de las ciudades de la tierra de Israel superó y
eclipsó a todas las ciudades más antiguas. Salomón ordenó que la capital fuera
fortificada por todos los lados y que el templo también quedara incluido dentro
de la línea de fortificaciones.
La construcción del
palacio real se prolongó durante más trece años. Consistía en una serie de
edificios que se extendían por una gran superficie en la colina norte, en el
barrio llamado Millo. Junto a la entrada se encontraba la Casa del Bosque del
Líbano, que tomaba su nombre de las numerosas columnas de cedro, dispuestas en
filas de quince cada una. Esta casa servía de armería para la protección del
rey. Allí montaban guardia mil trescientos guardias; estaban equipados con
lanzas y escudos de oro, y actuaban como acompañantes cuando se dirigía al
templo. Salomón prestó gran atención al acondicionamiento de la Sala del Juicio
o del Trono. Las paredes, desde el suelo hasta el techo, estaban revestidas de
madera de cedro y adornadas con calados de oro. En esta sala se colocó el trono
de Salomón, considerado una maravilla de la artesanía. Estaba adornado con
marfil e incrustado con oro. Seis escalones conducían hasta él, y en cada uno
había dos leones artísticamente tallados, símbolos del poder y de la dignidad
real. El asiento estaba sostenido a cada lado por reposabrazos, y en él también
había dos leones. En la sala de justicia pública, Salomón escuchaba a las
partes en litigio y dictaba sentencia: consideraba que su cargo de juez era uno
de los más sagrados e importantes relacionados con su dignidad real. Aquí
también recibía a los embajadores de los distintos países, que acudían a su
corte para ofrecerle homenaje o para negociar nuevos tratados. Se construyó un
palacio especial para el rey, sus sirvientes y sus esposas, reservándose una
casa separada para la princesa egipcia. Al parecer, su traslado de la casa de
David a su propia residencia se llevó a cabo con gran pompa. Probablemente
Salomón también mandó construir un acueducto para abastecer de agua a la ciudad
de Jerusalén y al templo desde el caudaloso manantial de Etam, que se
encontraba a dos horas de camino de Jerusalén.
La costumbre de construir
espléndidos edificios de cedro no se limitaba a Salomón; los grandes nobles y
príncipes que vivían en Jerusalén, los altos funcionarios y sus favoritos,
todos seguían su ejemplo. Con la riqueza que afluía al país gracias a la apertura
de tres importantes canales, el afán de ostentación, que se extendió desde el
rey hasta las clases más altas, podía satisfacerse libremente. Comerciantes
fenicios de alto rango, que llevaban a cabo un importante comercio al por
mayor, cambistas y hombres acaudalados que prestaban dinero a interés, se
establecieron entonces en Jerusalén. Constituían una corporación o gremio
especial, y estaban bajo la protección del tratado entre Salomón e Hiram. Se
les permitía vivir según sus propias leyes, e incluso se les autorizaba a
practicar sus ritos religiosos o, más bien, idólatras. Las tres grandes fuentes
de riqueza eran la poderosa posición del Estado, la alianza con Egipto y el
comercio con la India. Los príncipes que habían firmado tratados con David los
ratificaron con su sucesor, y otros potentados buscaron su amistad. Al jurar
lealtad, todos estos príncipes y naciones enviaban el tributo habitual y ricos
obsequios, tales como vasijas de oro y plata, vestimentas valiosas, especias,
caballos y mulas. La alianza con Egipto también supuso un aumento considerable
de la riqueza nacional, ya que aquel reino suministraba caballos a las regiones
montañosas, así como carros de guerra, que tenían una gran demanda en el
extranjero. Los príncipes de Aram y de los territorios del Éufrates, que
anteriormente habían adquirido sus caballos y carros en Egipto, debían comprar
estos materiales de guerra a la cofradía de comerciantes de Salomón. Este
último estableció una estación para sus propios jinetes y caballos en la llanura,
no muy lejos del mar. Tenía doce mil caballos y mil cuatrocientos carros de
guerra (cada uno tirado por dos caballos), y para ellos erigió amplios
edificios que contaban con cuatro mil cuadras. Sin embargo, las mayores
ganancias de Salomón procedían del comercio con la India. Para los fenicios, el
viaje a este país lejano entrañaba dificultades insuperables, mientras la
región cercana al mar Rojo fuera insegura debido a las bandas incivilizadas y
depredadoras que habitaban allí. Gracias a su alianza con Hiram, Salomón había
abierto una ruta más segura y cercana hacia la India. La franja de tierra que
se extendía desde la frontera sur de Judá hasta la costa oriental del mar Rojo,
los cabos de Elat y Ezion-geber,
se había hecho accesible. Las caravanas, con sus camellos cargados, podían
avanzar con seguridad desde Jerusalén y desde la costa hasta el extremo norte
del mar Rojo. A sugerencia de Hiram, Salomón mandó construir una flota de
barcos grandes y robustos (barcos de Tarsis) y los equipó en la costa de Ezion-geber. Hiram envió a sus marineros más expertos, que
conocían a la perfección la ruta, para tripular las embarcaciones. También se
contrató a israelitas de las tribus de Aser y Zabulón, que vivían en la costa y
estaban familiarizados con el mar.
Cuando la flota israelita
estuvo lista, zarpó del puerto de Ezión-geber hacia
el mar Rojo, que separa Palestina de Egipto, Nubia y Abisinia, y siguió la
costa hasta el golfo que baña las costas del sur de Arabia, hasta la
desembocadura del Indo, en la tierra de Ofir (hoy llamada Sind) . Tras un
período de dos años, la flota de Salomón regresó cargada de riquezas, fruto de
esta primera expedición. Enormes caravanas de camellos transportaron los
tesoros a Jerusalén, para gran asombro de toda la población. Se transportaron
así más de cuatrocientos talentos (kikhar) de oro,
grandes cantidades de plata, marfil, ébano, monos y pavos reales de exquisitos
colores, madera de sándalo y plantas aromáticas fueron así transportados.
Salomón mandó fabricar un trono con el marfil, y la madera de sándalo se
utilizó para adornar las arpas y los laúdes de los músicos que tocaban en el
templo. Las barandillas del puente que conducía del palacio al templo también
se hicieron con esta madera rara y costosa. Salomón envió su flota varias veces
a Ofir o a la India, y cada vez se traían nuevas riquezas y curiosidades al
país. El puerto de Elat se convirtió en un lugar de
gran importancia. Los judíos se establecieron allí, y la tierra de Israel se
extendió así desde el extremo más alejado del mar Rojo hasta el Éufrates. Para
transportar caballos y carros desde Aramea hasta el Éufrates, así como las
diversas importaciones procedentes de Fenicia, hubo que construir caminos y
tomar medidas para garantizar la seguridad de las caravanas. En un país
montañoso no es fácil que las bestias de carga, y desde luego tampoco los
caballos y los carros, recorran grandes distancias, puesto que el camino está
obstruido por escarpados acantilados, precipicios abruptos y montones de
piedras rodantes. Sin embargo, Salomón mandó construir caminos que conducían
desde Jerusalén hacia el norte; estos eran los caminos reales del rey.
Probablemente recurrió a
los servicios de los nativos cananeos, que, como siervos, estaban obligados a
participar en esta obra. Se nivelaron las elevaciones, se rellenaron los
desniveles y se retiraron las piedras. Las carreteras eran transitables para los
carruajes, que podían avanzar sin obstáculos del sur al norte, y las caravanas
que pasaban del Jordán al mar podían viajar sin dificultad. Una cadena de
fortalezas protegía las vías y servía como lugar de descanso. Además de estas
estaciones para jinetes y carruajes, Salomón también fundó ciudades para
almacenar mercancías; estas se utilizaban asimismo para guardar cereales para
futuros años de escasez.
Así, Salomón puso orden en
los asuntos de Israel y garantizó su seguridad futura. No contaba con un
consejero perspicaz, como el que David había tenido en Ahitofel,
que le ayudara a establecer el orden; su propia sabiduría era su único
consejero. Pero tuvo que elegir a oficiales responsables que dieran
cumplimiento a sus instrucciones y llevaran a cabo los planes que él ideaba. La
gran extensión de su reino y de su corte exigía la creación de nuevos cargos.
Para una mejor acogida de los forasteros, había puesto al frente de su vasta
casa a un mayordomo (al-hab-Baith). Ahishar era el
nombre de este funcionario. Los doce funcionarios que se ocupaban de las
necesidades de la casa estaban supervisados por un jefe llamado Azarías ben
Natán. También se nombró a un alto funcionario, Adoniram, hijo de Abda, (al-ham-Mas) al frente de los muchos miles de siervos que
trabajaban en las carreteras y en las fortalezas. Así, Salomón creó tres altos
cargos.
Su gran extensión y las
riquezas que Salomón había amasado permitieron al reino de Israel mantener su
lugar entre las naciones más grandes del mundo antiguo. Príncipes y naciones
que vivían en conflicto entre sí buscaban la ayuda del gobernante de este poderoso
dominio y le pedían que actuara como árbitro, pues su sabiduría era famosa por
todas partes. La mayor bendición del reinado de Salomón fue la paz y la
tranquilidad que reinaban en toda la tierra. Desde Dan hasta Beerseba, los
israelitas podían disfrutar pacíficamente de sus hogares, «cada uno bajo su
propia vid y bajo su propia higuera».
Los tratados comerciales,
la prosperidad del país y la seguridad de vida derivada de la larga paz
mantenida durante el reinado de Salomón contribuyeron a atraer al país a las
tribus vecinas de los moabitas, amonitas, idumeos e incluso egipcios al país. Es
probable, además, que la elevada cultura religiosa de los israelitas, tan
superior a la idolatría, y su espléndida manifestación en el templo de
Jerusalén influyeran en los extranjeros ilustrados para que buscaran refugio
bajo las «alas del Dios de Israel ». El país, el pueblo y el Dios de Israel
adquirieron un renombre generalizado en la época de Salomón. Los marineros
israelitas, que visitaban tantos puertos, costas y mercados, y los comerciantes
israelitas que establecían relaciones con tierras extranjeras, llevaban
noticias de su patria a los climas y naciones más remotos. La alabanza al
sabio, poderoso y brillante rey Salomón resonaba por todas partes en su época.
A los ojos del mundo, él exaltó el nombre del Dios a quien honraba y para cuya
gloria había erigido un magnífico templo. Los marineros y comerciantes
israelitas se convirtieron, sin saberlo, en los primeros mensajeros y pioneros
de la religión de Israel entre las naciones idólatras.
Un día, Jerusalén se vio
sorprendida por una embajada extraordinaria. Una sabia reina, procedente de la
tierra de las especias de Sabia (Saba), situada en la costa árabe del Mar Rojo,
vino a visitar Jerusalén. Como había oído hablar tanto de la grandeza de
Salomón y de las alabanzas al Dios de Israel, deseaba comprobar con sus propios
ojos cuánta verdad o falsedad había en los relatos que habían llegado a sus
oídos. Salomón la recibió con gran atención, y mantuvo numerosas conversaciones
con él. La reina (a quien la tradición llama Belkis) admiró enormemente su
sabiduría y quedó muy impresionada por el templo que él había erigido en honor
a Dios, así como por el esplendor de su corte. Se dice que ella le planteó
acertijos enigmáticos para poner a prueba sus facultades, y él los resolvió de
una manera que la dejó asombrada.
El brillante reinado de
Salomón, sin embargo, se convirtió en la fuente de una grave división entre las
tribus , que él se había esforzado en vano por consolidar en un todo
indisoluble. A pesar de que el templo constituía un vínculo de unión para todo
el pueblo, y de que Salomón intentó abolir el aislamiento tribal que
prevalecía, solo lo consiguió en el caso de Benjamín, que se unió más
estrechamente a Judá. Esto se debió a que el templo se construyó en territorio
benjamita, y, en consecuencia, varias familias benjamitas se establecieron en
la capital. Probablemente Salomón también prefería a la tribu de Benjamín y a
su propia tribu ancestral frente a las demás tribus. El mutuo rechazo entre las
casas de Israel y Judá, o entre las tribus del norte y del sur, no había
cesado. Entre las tribus del norte prevalecía un profundo sentimiento de
descontento hacia Salomón, a pesar de la prosperidad a la que las había
elevado; resentían la presión a la que se les sometía para que enviaran
suministros regulares a la corte y prestar servicio obligatorio en la
construcción de edificios públicos. Su descontento no se expresaba
abiertamente, pero solo hacía falta una ocasión para que se desahogara. Por muy
sabio que fuera Salomón, no tuvo la suficiente previsión para darse cuenta de
que sus errores debilitarían sin duda la seguridad futura del Estado. Entre los
funcionarios que Salomón empleó para supervisar las obras se encontraba un
efraimita, que era inteligente, valiente y ambicioso. Se trataba de Jeroboam,
hijo de Nebat, de la ciudad de Zereda o Zorathan, al
otro lado del Jordán. Era hijo de una viuda; por lo tanto, libre de la
restricción paterna, podía seguir sus propios impulsos sin control alguno.
Jeroboam había supervisado la construcción de las murallas de Jerusalén y había
demostrado gran habilidad y firmeza en la gestión de los siervos. Salomón
estaba, de hecho, tan complacido con él que le concedió un alto cargo en el
territorio de Efraín y Manasés. Allí, Jeroboam tuvo la oportunidad de conocer
el descontento del pueblo, que probablemente era más intenso entre los
efraimitas, siempre descontentos. El sentir popular encajaba bien con sus
ambiciosos planes, y decidió aprovecharlo cuando se presentara una oportunidad
favorable.
Salomón cometió la
imprudencia de permitir que se construyeran altares de sacrificio para diversos
ídolos. Puede que fueran sus esposas extranjeras quienes le indujeran a hacer
esta concesión, o tal vez se debiera a los extranjeros, los fenicios y otras razas,
que se habían establecido en Jerusalén y habían recibido permiso para adorar a
sus dioses en la tierra de Israel según sus costumbres. Fuera como fuera, se
erigieron altares en la cima norte del Monte de los Olivos, en honor a Astarté
de los sidonios, a Milcom de los amonitas, a Quemos de los moabitas y a otros ídolos. Las convicciones religiosas de la nación no
estaban tan profundamente arraigadas como para que el pueblo pudiera presenciar
todo tipo de prácticas idólatras sin caer él mismo en los errores de la
adoración de ídolos. Un profeta, Ahías de Silo, tuvo el valor de reprender al
rey y de advertirle del peligro que su conducta hacía inminente. Sin embargo,
Salomón parece haber prestado poca atención a sus advertencias, y el profeta,
indignado por la torpeza del rey, decidió utilizar a Jeroboam (cuyos ambiciosos
planes probablemente había adivinado) como instrumento de la destrucción de
Salomón. Cuando Jeroboam salió de Jerusalén, el profeta se le acercó, le agarró
la túnica, la rasgó en doce pedazos y, entregándole diez de ellos, le dijo:
«Toma estos diez pedazos; representan a las diez tribus que se separarán de la
casa de David y te reconocerán te reconocerán como su rey». Jeroboam no
necesitaba más estímulo para llevar a buen término sus planes, ya que un
profeta los había respaldado. Se apresuró a dirigirse a los territorios de
Efraín y exhortó a los efraimitas a separarse de la casa de David. Mientras
tanto, Salomón había recibido noticias del suceso y, antes de que la revuelta
pudiera extenderse, envió a sus guardias a matar al rebelde. Jeroboam huyó
entonces a Egipto, donde una nueva dinastía ocupaba ahora el trono. Sisac (Sheshenk, Sesonchosis, 980-959) fue el primer rey de la nueva
dinastía. Bajo su reinado se rompió el vínculo que había unido a Israel y
Egipto desde el matrimonio de Salomón con la princesa egipcia. De hecho, Sisac era hostil hacia la nación israelita, que se había
vuelto más poderosa de lo que le resultaba aceptable. Por ello, recibió a
Jeroboam con amabilidad, con la intención de utilizarlo contra Salomón. Sisak
también brindó una acogida amistosa y protección a un príncipe idumeo, que
tenía motivos especiales para vengarse de la nación israelita. Hadad (o Adad)
era pariente del rey idumeo al que David había vencido. De niño, de niño, había
escapado de la masacre ordenada por Joab a raíz de una revolución en Idumea.
Cuando Shishak ascendió al trono, el príncipe edomita se apresuró a ir a
Egipto, donde fue recibido con amabilidad. Sisac le
entregó en matrimonio a la hermana de la reina, y su hijo primogénito
(Genubath) creció entre los príncipes egipcios. Hadad también adquirió
propiedades en Egipto y fue honrado en todos los sentidos; a pesar de ello,
anhelaba regresar a Edom y recuperar los territorios que le habían sido
arrebatados. Llevó a cabo este deseo con la ayuda de Shishak, quien era
plenamente consciente de que el espíritu guerrero que había prevalecido bajo
David y Joab había disminuido bajo el pacífico reinado de Salomón, y de que las
pequeñas escaramuzas en las zonas montañosas entrañarían poco peligro, al
tiempo que podrían reportarle grandes beneficios a él mismo. Hadad y las tropas
que había reunido en Idumea causaron grandes daños a las caravanas de Salomón ,
que transportaban mercancías entre la bahía de Elat y
las fronteras israelitas; y los guerreros de Salomón se vieron impotentes para
impedir estos ataques.
Sin que Salomón se diera
cuenta, otra nube, que amenazaba a Israel con la destrucción, se cernía en el
norte. Rezon (de Zoba), uno de los siervos del rey Hadad-ezer,
a quien David había derrocado, había huido tras la derrota de su soberano;
reunió una tropa de saqueadores y llevó a cabo incursiones en los distritos
situados entre el Éufrates y las cordilleras septentrionales del Líbano. Las
tropas de Rezon aumentaron gradualmente de número, y con su número crecieron su
valor y su poder. Por fin se atrevió a marchar contra la antigua ciudad de
Damasco. Consiguió conquistarla y ser proclamado rey. Avanzando desde el norte,
Rezon también emprendió hostilidades contra los israelitas y sus aliados, sin
encontrar oposición alguna por parte de Salomón, quien o bien sentía aversión
por la guerra, o bien no disponía de tropas para repeler los ataques
procedentes del norte y del sur. Así surgieron, a partir de pequeños comienzos,
potencias hostiles a Israel, que fácilmente podrían haberse cortado de raíz.
Además de esto, a Israel le esperaba una ruptura interna.
Salomón, sin embargo, no
vivió para ver el desarrollo de los males inminentes y la decadencia de su
reino. Murió en paz a la edad de unos sesenta años (en el año 977). Su cuerpo
fue enterrado, sin duda con gran pompa, en el mausoleo rocoso de los reyes que
David había construido al sur del monte Sión. Más
tarde se dijo que Salomón, al igual que su padre, había acumulado tesoros y
riquezas incalculables en esas bóvedas y cámaras, que fueron descubiertas
muchos siglos después por los posteriores reyes judíos.
Aunque Salomón tuvo
numerosas esposas, parece que dejó pocos hijos: un hijo llamado Roboam y dos
hijas, Tafat y Basmat, a quienes su padre casó con dos de sus oficiales. La
posteridad, que ha exagerado enormemente la sabiduría y la capacidad de
Salomón, también le ha atribuido poder sobre espíritus místicos y demonios,
quienes, obedeciendo a su voluntad, podían ser invocados o despachados según él
decidiera. Se suponía incluso que un anillo en el que estaba grabado su nombre
ejercía un poderoso hechizo sobre los demonios y los mantenía sometidos.
El poder al que Salomón
había elevado a Israel se asemejaba al de un mundo mágico construido por
espíritus. El hechizo se rompió con su muerte.
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