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CAMBRIDGE J. B. BURY - S. A. COOK - F. E. ADCOCK : VOLUME III

 

BABILONIA Y MESOPOTAMIA HASTA LA CAÍDA DE LOS SARGÓNIDAS DE ACAD

 

TERMINOLOGÍA

 

Al-‘Ubaid es un pequeño yacimiento situado a unas 4 millas al oeste de Ur, a orillas de un antiguo canal. Allí, H. R. Hall y Leonard Woolley fueron los primeros en descubrir y documentar una cerámica prehistórica, torneada a mano torneada a mano y decorada con motivos sencillos pintados con un pigmento oscuro sobre un fondo relativamente claro; los colores predominantes eran el negro, el verde, el marrón o el chocolate sobre fondo rosa o beige, y las vasijas a veces estaban recubiertas de engobe y otras veces no. Una característica de estas llamadas «cerámicas de ‘Ubaid» era una pintura carbonizada, de color verde oscuro y altamente vitrificada, que se había incrustado profundamente en la arcilla, como resultado de una cocción excesiva; en las etapas posteriores de su desarrollo, este criterio hace que las cerámicas de ‘Ubaid id singularmente fácil de distinguir. Cuando las excavaciones revelaron que se trataba de una cerámica prehistórica, se le aplicó el término «Ubaid», que también se utilizó para definir el período y la cultura con los que parecía estar claramente asociada.

Una vez concluidas las excavaciones en el yacimiento de «Ubaid», se descubrió el mismo tipo de cerámica en abundancia en el vecino —y mucho más extenso— yacimiento de Ur. Pronto quedó claro que esta cerámica debía de haber perdurado durante un largo período de tiempo, que Woolley subdividió, en consecuencia, en tres períodos. Más tarde, sin embargo, cuando el Departamento de Antigüedades de Irak comenzó a llevar a cabo excavaciones a gran escala en el gran yacimiento de Eridu, se estableció una secuencia aún más larga, que abarcaba cuatro períodos sucesivos, y se hizo posible clasificar esta cerámica en una serie de estilos dominantes que se habían desarrollado a lo largo de muchos siglos.

 

MAPA DE MESOPOTAMIA

 

En las profundidades de Eridu, a la cerámica decorada se le dio el nombre de cerámica de Eridu (o «Ubaid 1»), a la que sucedió otra variedad, la de Qal’at Hajji Muhammad (o «Ubaid 2»), llamada así por un yacimiento tipo situado cerca de Warka, y a esta le siguieron a su vez dos variedades de cerámica «Ubaid» («Ubaid 3» y «Ubaid 4»), cuyo estilo se acercaba mucho al que se había hallado en abundancia en Ur. Si debemos denominar a toda la serie con el nombre genérico de «Ubaid» es objeto de debate, pero, en general, esta cerámica distintiva y llamativa muestra un desarrollo homogéneo, por lo que podemos aceptar la aparente continuidad como indicativa de un único período cultural coherente. Por lo tanto, aplicaremos el término «Ubaid» a toda aquella serie de cerámica que, en el sur —y en gran medida también en el norte— de Mesopotamia, e incluso en Siria, aparece secuencialmente tras las cerámicas anteriores de Samarra y Halaf, y se interpone entre estas y la cerámica posterior del período que a menudo se define como Uruk. Para apreciar plenamente la importancia de esta etapa en el desarrollo prehistórico, debemos examinar el yacimiento de Eridu, donde los hallazgos más abundantes —tanto en cerámica como en arquitectura y pequeños artefactos— han ilustrado esta etapa del desarrollo en la prehistoria del hombre.

Antes de analizar Eridu en detalle, sin embargo, es necesario definir la terminología que nos proponemos utilizar para los períodos que se sitúan entre el final del «Ubaid» y el comienzo de la Época Dinástica Temprana, es decir, a grandes rasgos, para el período comprendido entre el 3500 y el 3000 a.C.

En una conferencia de las principales expediciones que realizaban excavaciones en Irak hacia 1929, se decidió clasificar la cerámica que había sucedido a ‘Ubaid bajo los nombres de Uruk y Jamdat Nasr, en referencia a los yacimientos tipo en los que se habían hallado por primera vez estas cerámicas distintivas en abundancia. Posteriormente, sin embargo, se hizo habitual utilizar estos términos para referirse no solo a la cerámica, sino también a períodos culturales, aunque existían objeciones evidentes a esta nomenclatura. Una de las principales razones en contra de la adopción de esta terminología era que la cerámica policromada, tan característica de Jamdat Nasr, solo se halló en unos pocos yacimientos de Babilonia, por lo que el término se correspondía con un tipo de cerámica muy especializada, cuya distribución no era muy amplia. Además, el yacimiento de Jamdat Nasr solo se excavó a pequeña escala y nunca se examinó por completo la extensión de las secuencias dentro de ese montículo.

No obstante, el término «Jamdat Nasr» sigue pareciendo una denominación conveniente, ya que podemos asociarlo no solo a una cerámica distintiva, sino también a una etapa temprana de la historia de la escritura, en la que las tablillas se escribían en lengua sumeria. Esta etapa, bien definida en Jamdat Nasr, se corresponde con lo que en el yacimiento de Warka se conoce como Uruk 3, y allí va precedida de un estrato anterior, el Uruk 4, que contiene una serie aún más antigua de tablillas, algunas de las cuales están más estrechamente relacionadas con los inicios pictográficos de la escritura. Antes del Uruk 4, que fue un período arquitectónico floreciente, cabe suponer que debió de haber una o varias etapas en las que se produjo la invención de la escritura. Por ese motivo, Delougaz, en el marco del extenso trabajo realizado por la Universidad de Chicago en el Diyala, introdujo un nuevo término, a saber, «protoliterario», que pretendía abarcar estos desarrollos tempranos e incluir Uruk 4—3 y Jamdat Nasr.

El término «protoliterario», sin embargo, se utiliza de forma inconsistente. Delougaz pretendía que abarcara Uruk 7—3, pero A. L. Perkins no ve razón alguna para no ampliarlo hasta Uruk 8. Las dos subfases más tempranas (a)-(b) nunca se han definido con precisión, y hasta que no se hayan excavado más a fondo los niveles profundos de Warka y se haya publicado de forma más completa el trabajo sobre el Diyala, no podremos juzgar hasta qué punto el esquema «protoliterario» es válido para el sur de Mesopotamia en su conjunto. Lo que se ha propuesto hasta ahora es lo siguiente: «protoliterario» iterado (a) incluye o bien Uruk 8-6 (Perkins) o bien 7-6 (Delougaz); la fase (b) incluye las tablillas de Uruk 4, la glíptica de estilo Uruk y las secuencias del templo E-anna V-IV (aún no estratificadas de forma del todo satisfactoria); (c) incluye el material más antiguo de los templos I-III de Khafaji Sin; (d) incluye el templo IV de Khafaji Sin y parte del V —todo ello subyacente al material de la época dinástica temprana—.

Además, en el yacimiento de Warka, en cuanto a las etapas anteriores a Uruk 4, la arquitectura —uno de nuestros criterios más importantes— sigue siendo incompleta; el desarrollo cerámico suele presentar contaminaciones y, por lo tanto, las líneas de demarcación resultan insatisfactorias.

De hecho, habría habido un mayor margen de maniobra si se hubiera decidido hace tiempo utilizar el término «Uruk» para definir todo el desarrollo de la cultura mesopotámica que siguió al final de ‘Ubaid hasta el comienzo de la Dinástica Temprana I. No obstante, en nuestra opinión, sigue siendo conveniente utilizar el término Jamdat Nasr para definir la etapa final de lo que podríamos llamar el período de Uruk, ya que, como ya hemos mencionado, Jamdat Nasr se corresponde con una fase marcada en el desarrollo de la escritura, cuando el elemento sumerio era lingüística y culturalmente dominante en el país. Por lo tanto, utilizaremos el término «Uruk» para abarcar las etapas de Mesopotamia correspondientes a Uruk 12 —4, y «Jamdat Nasr» o «Uruk—Jamdat Nasr» para referirnos a Uruk 3. En cualquier caso, debemos reconocer que no pueden existir líneas de demarcación rígidas entre un período y otro. Al menos, la terminología tradicional es relativamente sencilla y no recurre a un engorroso compuesto de latín y griego.

Por último, una objeción no menos contundente al término «protoliterario» es que nos deja sin una denominación que abarque las etapas Uruk II-8 que, en el estado actual de nuestros conocimientos, se encajan mucho mejor dentro del período de Uruk en su conjunto, ya que en estas etapas nos encontramos con desarrollos que son claramente posteriores a Ubaid, aunque estrechamente comparables con los conjuntos que aparecen incluso en una etapa tan tardía como Uruk 4. El material cerámico básico que justifica este esquema quedó claramente ilustrado y descrito en 1932.

El quid de la cuestión es que el término «protoliterario» es torpe y está mal definido, y aún no ha demostrado su validez. Este término presupone etapas de escritura anteriores a Uruk 4, para las que todavía no hay pruebas estratigráficas en Babilonia, aunque es ciertamente concebible que una tablilla puramente pictográfica, como la célebre hallada en Kish, pueda ser anterior a Uruk 4. Por estas razones, hemos decidido mantener la terminología anterior, que debería mantenerse hasta que se disponga de un volumen mucho mayor de pruebas arquitectónicas para los períodos posteriores a «Ubaid».

La notable serie de avances que abarcan los períodos de Uruk y Jamdat Nasr en Babilonia ofrece numerosos puntos de referencia para definir el progreso de la civilización en centros muy alejados de los ríos Tigris y Éufrates. Por esta razón, nuestro estudio debe comenzar por Babilonia, que sirve de denominador común a la hora de evaluar gran parte del progreso tecnológico que la arqueología ha revelado en la Asiria, Siria e Irán prehistóricos.

 

ERIDU

ENKI

Eridú, donde la raza humana ha sido bendecida por el dios de los cielos Anú y propiciados en el verdor de la vida por Enki, señor de la aguas profundas, cuyo templo “La casa del buen consejo” fué allí levantado y en su jardín se guarda el sagrado árbol Kiskanu “El árbol de la vida” (posteriormente se asimiló al pino negro del Paraíso babilónico…) de donde mana un agua vitalizadora y cuya vitalidad se materializa en sus frutos.

Los sumerios, que nos han legado las tradiciones literarias más antiguas sobre los orígenes de la civilización en Babilonia, consideraban a Eridu como la primera de las cinco ciudades que existieron antes del Diluvio; la asociaban con el dios Enki, famoso por su sabiduría y erudición, su mecenazgo de las artes y los oficios, y su poder sobre las aguas dulces que fluyen bajo la tierra. La ciudad de Eridu, que yace oculta bajo los montículos ahora conocidos como Abu Shahrain, se encuentra a más de 12 millas al sur al suroeste de Ur; ha sido excavada parcialmente, y sus restos antiguos han confirmado la exactitud de la tradición sumeria en cuanto a su gran antigüedad.

En Babilonia aún no se ha descubierto nada anterior a los primeros asentamientos en Eridu; la arquitectura de los templos prehistóricos está ingeniosamente concebida, y la cerámica, artísticamente adornada. Desde el principio, la agricultura y la pesca debieron de prosperar; pero hubo que superar una serie de graves dificultades naturales por todos los que vivían allí, pues la ciudad se encontraba al borde de un desierto y estaba expuesta a severas tormentas de arena que, al final, hicieron que el lugar resultara inhabitable. Pero es evidente que en la prehistoria debió de haber abundancia de agua dulce —el regalo de Enki, que moraba en el apsu, bajo la ciudad—. Aún queda algo de este legado, pues en las tierras bajas situadas al pie del montículo los beduinos todavía pueden encontrar agua dulce a una profundidad de unos 6 pies por debajo de la superficie; esta zona de agua dulce es conocida por ellos como usaila.

Aunque era vecina cercana de Ur, Eridu se encontraba en un entorno geográfico diferente, pues estaba separada de aquella ciudad por un escarpado acantilado y se alzaba en el extremo sur de una depresión conocida como el Khor en-Nejeif, que se convierte en un lodazal durante el invierno y en un horno durante el verano. Las ruinas son visibles desde lejos en la estepa, tanto de día como de noche, bajo la luz de luna cristalina que ilumina el desierto en estas latitudes. Al amanecer, el zigurat se yergue majestuosa como un castillo de cuento de hadas durante la primera media hora tras la salida del sol, y detrás de ella, la milla de acacias espinosas, quizá el origen de los legendarios árboles sumerios kiskanu, adquiere el aspecto de un bosque. No debe sorprendernos que este lugar, ahora desolado, fuera considerado en su día un lugar sagrado y que los fieles acudieran hasta allí para dejar ofrendas en la arena mucho después de que la ciudad hubiera dejado de existir.

(Las tradiciones babilónicas nos hablan de un árbol en el centro del mundo, el cual ya conocían los sumerios. “En Eridu ha crecido un Kiskanu negro, creado en un lugar sagrado; su brillo es como los rayos de lapislázuli, y se extiende hacia el Apsu. Este es el sitio donde Ea deambulaba en el Eridu exuberante, su domicilio es un lugar de reposo para Bau…”Kiskanu reúne todas las condiciones del Árbol Cósmico: se levanta en el centro, en un lugar sagrado. Eridu era la ciudad sagrada del dios Ea. El brillante azul profundo –como el lapislázuli– indica en todo caso su función cósmica: él representa el espacio cósmico, la noche estrellada. Además de eso, se expande hacia Apsu, el mundo subterráneo, el abismo primordial. Esto significa que es un “arbor inversa”, un árbol invertido, enraizado en el cielo y extendiendo sus ramas sobre la tierra. Además, Kiskanu nos muestra su función como Árbol de la Vida, porque es el domicilio de los dioses de la fecundidad y de la formación (artes, agricultura, escritura, etc.) y el lugar de reposo de la madre de Ea, la diosa Bau, que es una divinidad de la abundancia, de los rebaños y de la agricultura. En las representaciones del viejo Oriente, el Kiskanu es el prototipo de los árboles sagrados babilónicos. Está acompañado siempre de los diferentes símbolos, emblemas o animales heráldicos, lo que señala su papel cosmológico exacto. En algunas representaciones las estrellas también se encuentran agrupadas junto a él. Una imagen del Árbol Primordial fue también hallada en Mohenjo-Daro, la capital de la civilización del gran río Indus. En caso del mito sumerio de “Inanna y su descenso a los infiernos”, Inanna volvió a la vida por intermediación de Enki que para la ocasión moldeó dos criaturas Lugarru y Kalatarru a los que posteriormente envió al “mundo de las tinieblas” con “el agua de la vida” y “los frutos de la vida” para rociarla y frotarla con ellos, para revivírla. En otro mito que tiene como protagonistas a Adapa, Tammuz y Ningishzida, estos dioses son representados como los custodios de las puertas del cielo, y se matiza que Tammuz y Shamash afirman ser los guardianes del árbol de lapislázuli “Kiskanu” en Eridú.)

Aunque Eridu se encuentra ahora a casi 150 millas de distancia del Golfo Pérsico, en el momento de su fundación, y durante muchos siglos después, probablemente estaba conectada directamente con la costa a través de una serie de vastos lagos de marea. De hecho, los propios sumerios, en sus leyendas, se referían a la ciudad de esta manera: «todas las tierras eran mar… entonces se creó Eridu». Asimismo, bajo la Tercera Dinastía de Ur, leemos que Shulgi, hijo de Ur-Nammu, se preocupaba mucho por la ciudad de Eridu, que se encontraba a orillas del mar. Sin embargo, las investigaciones geofísicas han sin embargo, demostrado que estas antiguas afirmaciones históricas no deben interpretarse en el sentido de que Eridu fuera un emplazamiento marítimo, sino más bien que servía de puerto en una laguna con comunicación directa con el golfo. Las pruebas de la estratificación indican que gran parte del terreno de los alrededores era pantanoso. El mar, los lagos, las marismas, las dunas de arena y el río constituían el entorno natural.

Por lo tanto, no es de extrañar que los antiguos pobladores fueran pescadores, que llenaban sus calderos pintados de pescado y los llevaban al templo como ofrenda para que Enki se viera tentado a responder a sus plegarias. Sabemos también, por sus residuos de cocina, que comían moluscos —probablemente algún tipo de caracol— y que había mucha arena en su pan. Tenían los dientes desgastados hasta las encías, lo que probablemente implica una dieta a base de cereales de grano grueso y mal molidos. No sabemos hasta qué punto los primeros pobladores criaban ganado, pero podemos estar seguros de que esta forma de ocupación se intensificó en los períodos de Uruk y Jamdat Nasr y se convirtió en un rasgo destacado del desarrollo económico sumerio. En el cementerio de ‘Ubaid se encontraron los restos de tres perros de caza saluki que podrían haber sido utilizados para perseguir a las liebres y gacelas que siempre han frecuentado el desierto; la representación del mismo animal en un sello hallado en Arpachiyah y Gawra también sugiere que este era otro método de obtener carne para la despensa.

Para ser un yacimiento prehistórico, Eridu era una ciudad inusualmente grande: incluso hoy en día, los restos superficiales de la antigüedad se extienden a lo largo de un diámetro de más de 500 yardas en todas direcciones. Podemos estimar que esta antigua ciudad comercial tenía una superficie de aproximadamente 20—25 acres y que, en el período ‘Ubaid haya tenido una población de no menos de 4.000 habitantes. También es probable que, en una etapa temprana de su prehistoria, estuviera protegida por una muralla, aunque esta aún no se ha excavado en su totalidad.

Se han observado vestigios de antiguos canales en las inmediaciones del yacimiento, que en la prehistoria debió de tener contacto directo con el cauce principal del propio Éufrates, aunque, a diferencia de Ur, no parece haber estado situado a orillas del río.

La cerámica de los tipos «Ubaid» y «Uruk» se encuentra en abundancia en las laderas del montículo y el viajero ocasional aún puede encontrar por el viajero ocasional. El centro del yacimiento, en las proximidades del zigurat, parece haber estado reservado a los templos, y más allá de estos se extendían un cementerio y numerosas viviendas.

Arquitectura: viviendas particulares. El principal interés de las viviendas más antiguas radica en que parecen haber consistido, en parte, en cabañas de juncos y, en parte, en casas de ladrillos de barro. En el nivel 10, por debajo de la superficie, la prospección reveló la mayor parte de una cabaña construida con juncos y enlucida por ambos lados con arcilla; el grosor de las paredes era de solo 15 cm. El suelo de la cabaña consistía en una mezcla de arena y arcilla; la propia cabaña estaba dividida en varias habitaciones, en dos de las cuales había plataformas rectangulares bajas o mesas que parecían haber sido utilizadas para cocinar. Una alforja de arcilla, cuatro patas de arcilla para sostener una olla y un horno de arcilla con una olla en su interior aportaban más pruebas de la disposición doméstica. El contenido de la cabaña consistía principalmente de lastres de arcilla para redes y cerámica; las habitaciones estaban llenas de arena aluvial. Otras viviendas situadas a mayor altura contenían objetos similares y, además, hoces de arcilla, clavos de arcilla doblados y grandes cantidades de moluscos de agua dulce. Las cabañas de los niveles inferiores parecen haber estado estrechamente relacionadas con muros de ladrillo de barro y, al menos una de ellas, había servido como anexo de una casa construida con ladrillos . La misma combinación de cabaña de juncos y casa de ladrillos de barro se encuentra hoy en día en algunos tramos del Éufrates, en el sur de Irak.

En los niveles superiores, las plantas de las casas eran sistemáticamente sencillas. La disposición habitual consistía en un largo pasillo, de no más de 2 pies de ancho, del que partían dos pequeñas habitaciones a ambos lados. Los ladrillos de barro eran inusualmente grandes y pesados; algunos de ellos medían nada menos que 49 x 26 x 8 cm; pero se sabe que en el norte de Mesopotamia también se preferían los ladrillos de barro de gran tamaño en el periodo ‘Ubaid, al que pueden atribuirse la mayoría de las casas de esta excavación. Las paredes, por regla general, no tenían más grosor que el ladrillo más largo y a menudo se componían de hiladas alternas de ladrillos colocados a la cabeza y a la larga. Los ladrillos contenían poca paja; las caras de los muros presentaban un buen acabado de yeso. Algunas casas de ladrillos de barro que fueron excavadas antes de que tuviera lugar la expedición principal a Eridu —primero por Taylor a mediados del siglo pasado y luego por H. R. Hall tras la Primera Guerra Mundial— presentaban restos de pinturas murales en sus paredes: bandas lisas de pintura roja. No se sabe con certeza si estas casas pertenecían a los períodos de Uruk o Jamdat Nasr, pero es al menos posible que puedan atribuirse al período «Ubaid» anterior.

 

GEOGRAFÍA Y PANORAMA POLÍTICO

Durante el período ‘Ubaid y el período prehistórico inmediatamente posterior, está claro que las ciudades y los pequeños asentamientos se concentraban a lo largo de ciertas líneas más o menos definidas —evidentemente, canales que servían como arterias vitales para dichas comunidades—. Jacobsen ha demostrado claramente que estas ciudades, junto con las aldeas de su entorno, se limitaban esencialmente a puntos situados a lo largo de dos líneas separadas: por un lado, la del Éufrates, con Nippur, Shurrupak, Uruk, Ur; y, por otro, la de Itur ungal-Sirara, con Adab, Zabalam, Umma, Bad-tibirá y la región de Girsu y Lagash. Entre estas dos líneas, que las separaban de hecho, se extendía un desierto abierto, el Edin de los sumerios, y también entre los asentamientos de cada una de las líneas había vastas extensiones de desierto y pantanos. Esta separación de los asentamientos, impuesta por la geografía, es digna de mención, ya que establecía límites estrechos para las unidades políticas en desarrollo y debió de actuar, una vez se alcanzara la frontera inmediata de cada uno de los asentamientos, como un poderoso factor de contención que fomentaba el separatismo y obstaculizaba los intentos de lograr una unificación más efectiva del país en su conjunto. Podemos considerarla como una fuerza de fondo constante en la historia política sumeria, responsable de la —en comparación con Egipto— muy tardía unificación del país y del carácter siempre frágil de dicha unificación; cada vez que se presentaba la oportunidad, Sumer volvía a fragmentarse en las antiguas ciudades-estado.

La hipótesis es, por tanto, que allí donde el desierto y los pantanos interrumpían los asentamientos a lo largo de las vías fluviales, naturales o artificiales, esto daba lugar a una serie de municipios independientes y mutuamente excluyentes —en cualquier caso, políticamente excluyentes—. Pero la arqueología aporta una corrección necesaria a esa teoría; pues en la arquitectura y las artes, en el desarrollo de la cerámica y en la interacción del diseño gráfico, vemos desde los tiempos más remotos pruebas continuas de los contactos más lejanos, lo que demuestra que las vías fluviales eran también vías de vida que transportaban ideas y productos como en una cinta transportadora —de un extremo de la fábrica al otro—.

Partiendo de la mitología sumeria, que describe los cónclaves y las cámaras de debate de los dioses, podemos hacernos una idea del modelo de gobierno en la Tierra. Jacobsen ha sostenido, por tanto, que, al menos desde la época dinástica temprana, existía en Sumer una forma de democracia primitiva o de gobierno por consentimiento obtenido en una asamblea. Falkenstein, por su parte, considera que la asamblea compuesta por ciudadanos libres sumerios o unken no era más que un órgano consultivo convocado de forma puntual. Sea cual sea la verdad, el impresionante nivel de artesanía en la vida urbana de los períodos de Uruk y Ubaid, la apariencia general de orden y la transmisión de la tecnología tradicional —ya sea en la construcción, los métodos agrícolas o la canalización— deben implicar alguna forma de control establecido —a menudo, sin duda, de composición más o menos amplia, dependiendo del carácter y la calidad del jefe de Estado del momento y de sus consejeros, no menos que de un sistema de nepotismo, que siempre ha desempeñado un papel dominante, si no predominante, en las sociedades tribales en las que la unidad familiar se dedicaba colectivamente a las tareas primarias de la agricultura y la pesca.

 

EL ÚLTIMO PERÍODO PREDINÁSTICO EN BABILONIA

Hacia mediados del cuarto milenio a. C., la civilización de la llanura del Éufrates y el Tigris no era muy diferente de la de Asia occidental en general. Por doquier encontramos agricultores y ganaderos, que dominaban todos los oficios necesarios, obtenían algunos productos básicos del exterior y se mostraban poco dados al cambio. Culturas campesinas similares culturas campesinas —sedentarias, estancadas y descentralizadas— existían en la época neolítica por toda Europa y Asia, y continuaron existiendo allí durante siglos después de que el Antiguo Oriente Próximo hubiera desarrollado un modo de vida más complejo y, gracias a la difusión de la metalurgia, hubiera propiciado una mejora en el equipamiento de las poblaciones de Asia y Europa. A juzgar por sus restos, estos pueblos no parecen inferiores a los primeros habitantes del Antiguo Oriente Próximo y de Egipto descritos en los capítulos VII-IX anteriores. No podemos explicar por qué estos últimos emprendieron un camino que condujo a logros que superaron todo lo anterior. En la prehistoria, los futuros centros de alta civilización no mostraban signos de ser excepcionales. Por el contrario, cada uno de ellos formaba parte de una provincia cultural más amplia: Egipto compartía su temprana civilización predinástica con Libia, Nubia y quizás Sudán; el norte de Mesopotamia era al principio indistinguible del norte de Siria; el sur de Mesopotamia estaba íntimamente vinculado con Persia. Fue el desarrollo sin precedentes descrito en este capítulo y en el anterior lo que diferenció a Egipto y Mesopotamia de su entorno, al tiempo que estableció su singular importancia histórica.

La tradición egipcia hizo justicia al carácter trascendental del cambio al reconocer como figura central al primer rey de la primera dinastía. Las peculiares condiciones de Mesopotamia —un país sin fronteras naturales y que, en un principio, no estaba gobernado por reyes— impidieron la clara demarcación de un nuevo comienzo en su historia documentada; en lugar de una única monarquía, encontramos ciudades-estado autónomas, cada una de las cuales vinculaba su presente a un pasado legendario. Pero los restos arqueológicos descubiertos en Irak no dejan lugar a dudas sobre el carácter radical de la transición de la prehistoria a la historia.

En Asia occidental, es la parte más meridional del aluvión mesopotámico la que se señala constantemente como el centro de las innovaciones. Estas tuvieron lugar en Sumer, la parte meridional del país posteriormente denominado Sumer y Akkad, situándose este último, en general, el norte. Es cierto que la relación social y lingüística entre los pueblos denominados sumerios y acadianos (es decir, hablantes de una lengua no semítica y de una semítica, respectivamente) es muy incierta en los primeros tiempos de su aparición en la historia, y cada vez hay más razones para creer que, desde el primer inicio discernible, ya estaban inextricablemente mezclados. Sin embargo, toda la tradición babilónica se remontaba, al menos, a la lengua sumeria como «original» y de mayor dignidad; la escritura que se inventó para ella (o que fue la primera en adoptar) fue la antecesora de la escritura cuneiforme, y la lengua de las primeras inscripciones que pueden interpretarse con certeza es el sumerio, que pronto contaría con una tradición literaria.

El marco para una cronología relativa de este periodo se deriva de una excavación profunda en el recinto de E-anna, en Uruk (Warka), y de los restos superpuestos de templos sucesivos hallados allí.

En Uruk, asimismo, se han encontrado las obras de arte más importantes que se conocen de este periodo y, además, los textos más antiguos. Pero otros yacimientos también han contribuido a nuestro conocimiento. En Ur se han investigado capas paralelas en el tiempo a las de Warka. Sin embargo, dado que consisten en escombros y cementerios, no presentan divisiones tan claras como una sucesión de niveles de construcción. La misma salvedad se aplica a los descubrimientos realizados en Kish y en Tello. Además de estos yacimientos en los que se encontraron restos estratificados de nuestro período, debemos mencionar aquellos en los que dichos restos aparecieron bien como vestigios en capas posteriores, bien como hallazgos más o menos aislados: Al-‘Ubaid, Farah, Tell Asmar y Tell Agrab. En otros yacimientos se han hallado restos importantes y coherentes: un templo bien conservado en Tell ‘Uqair, templos en Eridu y un edificio probablemente laico, aunque poco conocido, en Jamdat Nasr; el primero pertenece a la fase temprana de nuestro período y el segundo, a la fase tardía. Por último, en Khafaji conocemos una sucesión de ruinas de templos que ilustran el desarrollo de la arquitectura sagrada en nuestro período, así como su relación (muy estrecha) con la posterior Edad Dinástica Temprana.

El carácter específico de estos diversos yacimientos nos ocupará en las siguientes secciones; aquí hay que señalar que ya no basta, como ocurría al principio cuando se realizaron los descubrimientos, con describir nuestro período en términos de la secuencia de Warka, ni es del todo adecuada la distinción entre dos períodos que reciben el nombre de yacimientos: Warka y Jamdat Nasr. De hecho, el propio significado de nuestro período queda ahora difuminado por la terminología según la cual el período está representado por dos de los tres « períodos» que preceden a la Edad Dinástica Temprana. Esta terminología cumplió su función cuando se introdujo, a principios de los años treinta, con el fin de coordinar una serie de excavaciones emprendidas específicamente para establecer una secuencia de fases prehistóricas en Mesopotamia. Los restos materiales encajaban bien en la serie de Al-‘Ubaid, Uruk, Jamdat Nasr, y dinástico temprano, y el lector comprobará que estos términos se utilizan ampliamente. Sin embargo, para el historiador resultan poco prácticos, ya que es hacia el final del «período de Uruk» cuando tiene lugar el cambio trascendental que hemos descrito. La primera parte de este período es de carácter puramente prehistórico y se asemeja al período anterior de Al-‘Ubaid, en el sentido de que no se limita al valle del Éufrates y el Tigris, sino que se extiende más hacia el norte. La parte posterior de lo que se ha denominado el «período de Uruk» (es decir, Uruk 5—4) solo se conoce en el sur de Mesopotamia y abarca todas las innovaciones que constituyen el nacimiento de la civilización mesopotámica. Sin embargo, estos estratos se asemejan en muchos aspectos a la fase sucesiva, hasta ahora denominada período de Jamdat Nasr (es decir, Uruk 3): de hecho, la continuidad es tan marcada que estas fases sucesivas se engloban ahora a menudo bajo el término «protoalfabetizado», que se empleará en ocasiones en este capítulo.

Resulta difícil determinar cuáles son exactamente los estratos contemporáneos al inicio de esta fase formativa de la cultura mesopotámica. En la estratificación de E-anna, el emplazamiento del templo de Ishtar-Inanna en Uruk, se distinguen dieciocho estratos arcaicos. Estos se numeran de arriba hacia abajo y el período «protoalfabetizado» termina con el estrato 2; los estratos 3, 4 y 5 pertenecen sin duda a él, pero es probable que los 6, e incluso la 7, también pertenezcan a él; esta última carece de cerámica de «Ubaid» (que perdura hasta el período prehistórico de Uruk) y contiene conos de mosaico, que reconoceremos como un rasgo distintivo de la arquitectura de la época «proto-literaria». Pero la cuestión de dónde comienza exactamente este período, en cualquier secuencia dada de restos, deberá decidirse en cada caso cuando se disponga de material suficiente.

La segunda mitad de este período conclusivo, aunque posee un carácter reconocible, continúa, en casi todos los aspectos, las tradiciones de la fase anterior. A menudo resulta difícil decidir si un artefacto debe asignarse a Uruk 4 o a Uruk 3 (fase de Jamdat Nasr). La cerámica policromada, que constituye el rasgo más distintivo de la fase de Jamdat Nasr, ya existía en la fase anterior de Uruk 4. La indecisión de la situación queda ilustrada, por ejemplo, por el Riemchengebaude de Uruk. Los excavadores atribuyen la estructura a la fase Uruk 4, pero describen la cerámica hallada en su interior como típica de la fase Jamdat Nasr. De hecho, en Warka suele resultar difícil, si no imposible, discernir si determinados edificios deben atribuirse a Uruk 4 o a Uruk 3; las opiniones de los propios excavadores parecen reflejar a menudo esta incertidumbre. No obstante, existe una diferencia entre los restos más antiguos y los más recientes. Al principio, sobre todo en los estratos 5 y 4 de Uruk, nos encontramos ante la aparición inesperada de importantes inventos: la cultura mesopotámica parece cristalizarse de repente. En los estratos posteriores, tanto en Uruk como en Jamdat Nasr, Khafaji y otros yacimientos donde se hallan restos similares, observamos una disminución de la creatividad y, por lo tanto, en el ámbito del arte, una pérdida de calidad. Pero también observamos una consolidación de los descubrimientos anteriores y su aplicación práctica a una escala más amplia que antes. Esta fase representa un período de expansión que extendió la influencia mesopotámica a lo largo y ancho del antiguo Oriente Próximo.

 

EL SEGUNDO Y TERCER PERÍODOS DINÁSTICOS TEMPRANOS

Desde el punto de vista material, los cambios entre el primer período dinástico temprano y las generaciones sucesivas que conformaron el segundo y el tercero no fueron grandes. El más notable fue la evolución del estilo de los sellos cilíndricos, que pasaron de los motivos abstractos a un conjunto de diseños más figurativos y comenzaron a llevar inscripciones; estas últimas constituyen la característica principal de la época. Con ellas entramos, en efecto, en el ámbito de la historia, de los registros redactados por los hombres con el objetivo consciente de perpetuar sus actos para la posteridad, y muy pronto se añade la idea de influir en el presente mediante la referencia al pasado. La escritura, inventada en una época anterior , y empleada desde entonces de forma constante (aunque apareciera de manera esporádica) con el propósito de dejar constancia de asuntos materiales, fue adoptada ahora por los reyes y aplicada a fines religiosos y políticos. Aquí comienza, por tanto, en Babilonia un proceso que ya estaba en marcha aproximadamente al mismo tiempo en Egipto.

La primera aparición de la escritura en la llanura aluvial del sur de Irak pertenece a un período considerablemente anterior al que trata este capítulo, aunque la diferencia temporal apenas puede medirse en años. Debido a la carácter disperso de las pruebas, su desarrollo solo puede observarse en grupos separados, y los dos primeros de ellos —las tablillas halladas en Uruk y en el yacimiento denominado Jamdat Nasr— pertenecen al tema del capítulo anterior. A estas les siguen, en orden cronológico, las tablillas arcaicas de Ur, que yacían en dos estratos ya existentes cuando se excavaron en el suelo las célebres «tumbas reales»; y dado que estas últimas pertenecían visiblemente a la plena madurez de la civilización dinástica temprana, las tablillas arcaicas se han asignado al comienzo de este período. Algo más tardías que las tablillas de Ur pueden situarse las de Farah (Shuruppak), cuya antigüedad se puede demostrar que es posterior a los primeros reinados que han dejado monumentos propios. La ordenación de la serie anterior se basa en diversos argumentos, principalmente de la epigrafía y la arqueología, y solo en una ocasión en las posiciones relativas dentro de un mismo yacimiento; pero, aunque es seguro que futuros descubrimientos ampliarán las pruebas, difícilmente cambiarán el orden de lo que ya se conoce.

Con una excepción, estas tablillas son listas de mercancías, cantidades y personas; la excepción la constituyen las listas que se elaboraron no con fines administrativos, sino didácticos; estas carecen de números y contienen elementos de la misma clase, como signos de escritura (o, más bien, los pictogramas a partir de los cuales se desarrollaron), animales o peces. Estos textos no utilitarios aparecen incluso en las tablillas más antiguas de Uruk y, a partir de ahí, se mantuvieron a lo largo de todas las épocas de la escritura babilónica, constituyendo un método estándar de instrucción para los escribas, que anotaban los nombres de las cosas pertenecientes a clases definidas, según su tipo o material. Además, se han descubierto recientemente pruebas de que las tablillas del período de Farah contienen ejemplos tempranos de textos literarios y léxicos sumerios conocidos, lo que confirma, lo que ya resulta evidente por otras razones: que las tablillas de Farah son las últimas de la serie arcaica. La cuestión más importante que afecta a todos estos primeros registros escritos es la de la lengua que intentaban reproducir. Las tablillas de Uruk carecen de indicios visibles al respecto, pero las de Jamdat Nasr presentan pistas leves, aunque suficientes, de que su lengua era el sumerio, y esto no ofrece ninguna duda en los dos grupos posteriores. Un descubrimiento extraordinario de los últimos años ha sido el de unas tablillas con inscripciones halladas un lugar de Rumanía. Una autoridad destacada en la escritura sumeria primitiva no tuvo dificultad en reconocer que la mayoría de estos signos eran muy similares a los signos mesopotámicos del período de Jamdat Nasr, y el debate ha continuado. La principal dificultad sigue siendo, al parecer, que los yacimientos en los que se encontraron estas tablillas se consideran, en general, de una fecha mucho más antigua.

Si los sumerios fueron, de hecho, tal y como parecen, los primeros habitantes del territorio babilónico y los inventores de su cultura característica es una cuestión que se ha debatido activamente, con argumentos tanto arqueológicos como lingüísticos; se ha dado en llamar «el problema sumerio», aunque ciertamente no es el problema más prometedor de solución relacionado con ese pueblo y su lengua. Si bien el debate general no forma parte del presente capítulo, al referirse al período prehistórico, no puede pasarse por alto por completo, pues implica un desafío al derecho de los sumerios a reclamar (aunque nunca lo hicieran explícitamente) este logro tan importante que es la escritura. El aspecto lingüístico del argumento en contra de la primacía sumeria en la región ha consistido en el ingenioso —y, de hecho, eficaz— intento de demostrar que muchos topónimos antiguos y palabras básicas para referirse a materiales y profesiones son, de hecho, de origen no sumerio, y deben considerarse legados de una población anterior, ciertamente indefinible. Independientemente de si existió o no, esto difícilmente puede afectar a la invención de la escritura como un honor supremo de los sumerios, pues no hay razón para creer que ninguna lengua más antigua que pudiera haberse hablado en la región llegara a plasmarse por escrito antes de ser sustituida por el sumerio. Las tablillas de Uruk pertenecen al período arqueológico iniciado por la llegada de los sumerios (según los defensores de la teoría de la inmigración), y, en sí mismas, no contradicen en absoluto la creencia de que sus autores fueran hombres de lengua sumeria; algo que queda demostrado en los grupos posteriores de tablillas arcaicas. No hay por qué negar que hubiera otros, aproximadamente en la misma época, capaces de la misma invención, pues, incluso dejando de lado a Egipto, se sabe que se utilizó otra escritura casi en la misma región que la que dio origen a la cuneiforme, ya que en Susa se encontraron numerosas tablillas inscritas con signos de un repertorio de palabras-imagen totalmente diferente. Este sistema, que se ha denominado protoelamita y pertenece al período de Jamdat Nasr, parece mostrar una etapa más desarrollada en la representación de las imágenes que los signos contemporáneos de lo que se convertiría en la escritura cuneiforme , y cabría conjeturar que sus orígenes fueran incluso más remotos. No obstante, estaba condenado a una breve existencia provincial y cedió el paso antes de que tuviera tiempo de dejar monumentos que pudieran resultar inteligibles para una época posterior, permaneciendo así, como es probable que siga siendo, indescifrable. Sin embargo, su área de distribución podría haber rivalizado en algún momento con la de su competidor, ya que se han hallado ejemplares muy al norte al noreste de Susa, cerca de la frontera del gran desierto persa. Aún más lejos, hacia el este, floreció una tercera escritura completamente independiente, hallada en las ruinas de dos grandes ciudades del valle del Indo. Los objetos en los que está inscrita pertenecen, es cierto, a una época considerablemente posterior a la prehistoria de Babilonia, pero futuros descubrimientos bien podrían aportar una historia más antigua de la que ahora carece. Por lo tanto, aunque por el momento pueda seguir siendo objeto de debate si la escritura que conquistaría toda Asia Occidental fue inventada por los sumerios, es cierto que todo su desarrollo fue obra de este pueblo, y fueron ellos quienes iban a ponerla al servicio de la historia.

EXTENSIÓN Y COMPONENTES DE LA CIVILIZACIÓN DINÁSTICA TEMPRANA

Antes de pasar a relatar la historia así conservada, será necesario examinar el escenario en el que se desarrollaría y observar en qué consistía la unidad que confería límites e individualidad a una tierra para la que la geografía no ha establecido fronteras naturales muy definidas. La civilización babilónica surgió en suelo aluvial depositado por el Tigris y el Éufrates en sus tramos inferiores. Anteriormente se suponía que, al igual que Egipto era un «regalo del Nilo», Babilonia era una creación de los Dos Ríos, que llenaban de sedimentos la cabecera del golfo Pérsico, el cual se suponía que se había extendido mucho más hacia el noroeste en la antigüedad remota. Estudios geológicos muy recientes, e incluso arqueológicos, han puesto en duda esta concepción; ahora se sugiere que la sedimentación se veía compensada en general por el hundimiento del terreno, de modo que los límites meridionales de la tierra quizá no fueran muy diferentes, ni siquiera en la prehistoria, de lo que son hoy en día. Este interesante problema, que aún espera pruebas concluyentes, solo reviste importancia aquí en la medida en que necesitamos saber si todo el escenario de la historia babilónica está abierto a nuestra investigación, o si parte de ella se desarrolló en un escenario inaccesible o inexplorado; por el momento no hay nada que lo sugiera.

En la época sumeria, Eridu (Abu Shahrain) constituía el límite meridional y se encontraba «a orillas del mar» . En un arco de unas 250 millas de radio hacia el noroeste de ese punto se alzaban los grandes centros de la cultura y el poder sumerios. Las condiciones geográficas y climáticas de este territorio ejercieron su inevitable influencia en la configuración del modo de vida que allí se llevaba, pero no es exagerado afirmar que un acervo común de ideas y de equipamiento material definió la geografía, más que al revés. Mientras que las primeras culturas prehistóricas, que Babilonia solo compartía, tienen extensiones diversas, aunque siempre amplias, la primera época de la historia, la dinástica temprana, transcurre dentro de límites que son casi estrechos. Su centro se situaba inequívocamente entre las grandes ciudades de la parte meridional del aluvión. Se ha supuesto que los nombres de estas eran en su mayoría no sumerios, y es posible que fueran antiguas antes de recibir el sello distintivo sumerio; sin embargo, si tuvieron alguna importancia o historia antes de esa época, es probable que siga siendo desconocida. La tradición sumeria reivindicaba su fundación y era capaz de ofrecer un relato exacto de los medios y el sistema de gobierno mediante los cuales alcanzaron la grandeza y la prosperidad, y los registros sumerios les han dotado de una historia; resulta difícilmente concebible que se pueda llegar a saber algo significativo sobre ellas que no sea de origen sumerio o que no se base en fundamentos sumerios.

Los miembros más destacados de este compacto grupo se identifican por su presencia en la lista de ciudades que fueron sedes de la soberanía antes y después del Diluvio, según la lista dinástica sumeria que se describirá más adelante: Eridu , Kish, Uruk, Ur, Adab, Larak, Sippar, Shuruppak, junto con varias otras de menor importancia y, en ocasiones, de ubicación incierta. Lugares tan famosos como Nippur y Babilonia no se incluyen, por razones específicas, en este recuento. Otros, de gran importancia, se han añadido gracias a descubrimientos modernos, siendo los más destacados Lagash y Eshnunna. Queda aún por mencionar uno más, Mari, debido a su antigua fama y su posición especial. En los últimos años, tras un período de incertidumbre, ha sido excavada y se ha confirmado plenamente como un centro principal de la civilización dinástica temprana, de acuerdo con la citada lista dinástica, que la convierte en la sede de un reino del que se dice que en su día ostentó la supremacía sobre todo el país. Esta ciudad, a diferencia de todas las demás, se encuentra totalmente fuera del círculo del sur de Babilonia, ya que está situada muy lejos, al noroeste, en el curso medio del Éufrates. Mari debe considerarse uno de los bastiones de la antigua cultura sumeria, aunque es posible que allí nunca se haya hablado la lengua sumeria.

Un límite similar, aún más distante, se encuentra a orillas del Tigris, en la ciudad de Ashur, donde, en uno de los niveles más bajos hasta los que se llevó a cabo la excavación, se halló un edificio dedicado al culto de una diosa con todo el aparato de la vida sumeria, y figuras de los fieles que apenas se diferenciaban en ningún aspecto de las que podrían encontrarse en el sur. A pesar de uno o dos elementos posiblemente intrusos, el «templo arcaico de Ishtar» de Ashur era sumerio, y sus usuarios eran, si no sumerios propiamente dichos, al menos un pueblo —o quizá solo una clase social— totalmente impregnado de las costumbres e ideas sumerias. Ashur fue, tal vez, una colonia o una conquista, pues parece haber permanecido aislada no solo de la patria sumeria, sino también de sus propios vecinos, ya que no se encontraron rastros de tales habitantes exóticos en las ruinas, minuciosamente exploradas, de asentamientos igualmente antiguos en Nínive o en el yacimiento que hoy se denomina Tepe Gawra. Sin embargo, salvo estas excepciones, el horizonte de la época dinástica temprana se situaba en la región donde los grandes ríos se acercan ahora entre sí, en las cercanías de Bagdad y Faluya. Quizá quede reservado a futuros descubrimientos el hallar vínculos entre esta frontera y los asentamientos periféricos de Mari y Ashur. Hasta el momento, la única conexión en la ribera del Tigris es la presencia fortuita de una figura sumeria en un lugar cercano a Samarra. Entre Sippar y Mari, el Éufrates no ha revelado nada que llene el vacío de unas doscientas millas. Otra ciudad famosa, fuera del círculo babilónico, ocupaba un lugar único en sus asuntos. Susa, sin ningún obstáculo natural que la separara de la llanura, no era una ciudad sumeria, sino más bien elamita, y no figura en la lista dinástica. No obstante, estuvo en todas las épocas tan íntimamente ligada a las vicisitudes de Babilonia —ya fuera como dependencia, socio comercial o rival— que los edificios y las antigüedades halladas allí están tan inspirados en las ideas de Babilonia como en las de los propios elamitas; incluso la lengua de las inscripciones es con frecuencia sumeria o, posteriormente, acadia. Por lo tanto, Susa no era una desconocida y, a pesar de las disputas intermitentes, nunca se alejó mucho del círculo de las grandes ciudades babilónicas, cuya civilización había absorbido tan profundamente. Se ha descubierto ahora una extensión aún mayor de la estatuaria «sumeria» en Tell Khuaira, en el noreste de Siria. Se informa, una vez más, de que entre las tablillas halladas en Gasur (Nuzi) se encuentran textos literarios sumerios.

Las ideas unificadoras y el equipamiento material de esta civilización se denominan sumerios, y para ello existe plena justificación; sin embargo, no por ello resulta menos difícil definir quiénes eran los sumerios. Aparte de la cuestión de su origen último y su afinidad racial —sobre los que poco o nada se puede determinar—, la dificultad radica en distinguirlos de los demás pueblos cuya influencia está claramente marcada desde el principio mismo de la historia documentada en el territorio delimitado anteriormente, aquellos a los que ahora se denomina semitas. Es imprescindible comprender desde el principio que ambas denominaciones se refieren exclusivamente a la lengua; la base de la afirmación de que los semitas fueron influyentes desde el principio es la presencia de nombres semíticos en la dinastía más antigua que reclamaba el dominio sobre todo el territorio. Se tiene constancia de que estos reyes se mezclaron con otros que tenían nombres sumerios, y esta mezcla caracteriza la relación entre ambos en su conjunto. Se ha estudiado una cantidad bastante considerable de material óseo hallado en excavaciones con con el fin de establecer una distinción racial entre estos dos pueblos. Aunque este tema se ha debatido ampliamente, quizá no sea demasiado atrevido afirmar que dicho examen no solo no ha proporcionado ningún criterio fiable para distinguir entre sumerios y semitas, sino que, de hecho, ha planteado otros problemas relativos a la representación de la forma humana en la época dinástica temprana. En lo que respecta al tipo físico, no existe una división visible en la población ni fundamento alguno para una doctrina simplista según la cual los sumerios tuvieran la cabeza corta y los semitas, larga.

La distinción deseada se ha buscado de nuevo en el atuendo y en la forma en que de tratar el cabello de la cabeza y el rostro de las figuras representadas en los monumentos; hace cincuenta años esto parecía una observación aguda. Pero ahora está bastante claro que tales diferencias no eran más que modas, o más precisamente estilos de vestimenta que el mismo pueblo lucía en diversas ocasiones, debido en parte al paso del tiempo, pero aún más al carácter y la ocupación del individuo representado. Los dioses, en particular, se representaban con un atuendo que, en la mayoría de los aspectos, había sido en su día el de los hombres, y que se conservó para estas imponentes figuras después de que hubiera quedado en desuso para sus fieles. Tampoco, por otra parte, se encuentra la distinción entre sumerios y semitas en rastros claros de conciencia racial en este período temprano. Es cierto que un poema heroico, escrito en una fecha posterior, muestra al antiquísimo rey Lugalbanda rezando por la expulsión del «amorreo que no conoce el grano» (es decir, el nómada bárbaro), y este término es sin duda una aproximación cercana, en la concepción babilónica, al «semita» moderno. Pero la expresión es probablemente anacrónica para el período histórico más temprano, aunque refleja un sentimiento perdurable; la enemistad hacia los «occidentales» » se sintió a lo largo de muchos siglos, no porque fueran de una raza diferente, sino porque eran extranjeros, intrusos que ni comprendían ni respetaban las formas de pensamiento y de vida babilónicas. Nunca hay rastro alguno de guerra u odio contra los semitas que habitaban en la tierra. Lo máximo que se puede aducir a modo de distinción es que la parte septentrional del país, que en épocas posteriores (y quizá antes de lo que ahora se puede rastrear) llevaba el nombre de Akkad, era el hogar de quienes hablaban una lengua semítica. Los primeros nombres semíticos se encuentran en las dinastías tradicionales de Kish, donde predominan. Sin embargo, también se hallan nombres sumerios en Kish y, a la inversa, es probable que los nombres semíticos no estén ausentes —aunque ocultos— en las dinastías meridionales de Ur y Uruk. En cuanto a la población de Mari , ya mencionada como un lejano puesto avanzado en lo más profundo de territorio «extranjero», nunca hay ninguna duda, pues todas las primeras inscripciones de sus gobernantes y funcionarios están inequívocamente en lengua semítica.

IDEAS E INSTITUCIONES

Tanto los babilonios antiguos como los posteriores poseían una concepción inusualmente clara del orden del mundo. Su mitología, por muy imperfectamente que la conozcamos, implica un conjunto bastante completo y coherente de nociones sobre la génesis de las cosas y el sistema por el que se rigen el mundo y sus múltiples mecanismos. El principio fue un caos acuoso al que llamaban Apsu; este no presentaba rastro alguno de aquello que, para las generaciones posteriores, representaba el orden y la inteligibilidad en el mundo. En medio de ello surgieron una pareja de dioses, seres sombríos cuya estatura no hacía más que aumentar a medida que pasaban las épocas, y tal vez ni siquiera dieron origen a sus sucesores: «Todo lo que está Arriba» y «Todo lo que está Abajo». Las generaciones se hicieron entonces más diferenciadas y nacieron dioses individuales, entre los que destaca el dios Enki (Ea), dotado de sabiduría suprema y, por ello, decidido a poner fin al reinado de la informe y el caos. A partir de este punto se desarrolla, en la mayoría de los mitos babilónicos de la creación, la construcción de un mundo como molde para, y, sin embargo, moldeado a su vez por los hábitos de vida y pensamiento afines a sus habitantes; es decir, el universo tal y como lo concebían los antiguos pueblos del sur de Irak. No es objetivo de una obra histórica describir con mayor detalle las cosmologías babilónicas, sino únicamente señalar cómo constituyen un preludio inteligible al surgimiento de la propia civilización en aquella tierra. De las aguas primordiales, un creador había separado los cielos y luego construido la tierra, o bien había establecido una separación entre el cielo y la tierra, bajo la cual se encontraba el Abismo; estas tres divisiones eran los reinos, respectivamente, de los dioses Anu, Enlil y Enki (Ea) . A continuación tuvieron lugar diversos actos de creación —la tierra, los ríos, las bestias del campo—, pero aún no había templos y, por consiguiente, ningún lugar donde los dioses pudieran habitar y disfrutar de la vida de comodidad que sus reinos debían proporcionarles.

Su respuesta a esta necesidad fue la creación del hombre, a quien todos los mitos babilónicos consideran una mera herramienta al servicio de sus creadores. Lo más significativo es que esta criatura debía poseer poderes especiales; fue formado a partir de la sangre de los dioses, a veces denominados dioses artesanos, y Ea, el artífice divino, añadió a la creación a otros dioses como maestros de habilidades especiales. Hubo un tiempo en el que aún no existían las ciudades, pero con la creación del hombre y su asentamiento estas comenzaron a surgir; las primeras en aparecer se nombran en un poema sumerio como Eridu, Bad-tibirá, Larak, Sippar y Shuruppak, a las que un texto posterior añade Nippur, Uruk y la propia Babilonia. Todas ellas (y otras omitidas) fueron asignadas por el dios supremo a uno de sus descendientes divinos o seguidores, quienes se vieron entonces ante la necesidad de mejorar sus dominios. Cómo al menos uno de ellos resolvió este problema y obtuvo los beneficios de la civilización es el tema de un curioso mito sumerio, según el cual Inanna, la divina dueña de Uruk, consiguió mediante una artimaña, bajo la custodia celosa de su padre Enki todos los conceptos y poderes que posteriormente aparecen como omnipresentes en la forma de pensar sumeria. Pero esta historia quizá se salga de la línea del desarrollo lógico.

Para que el plan de utilizar a los hombres con el fin de proporcionar una vida de abundancia y comodidad a los dioses funcionara, era esencial que estas criaturas estuvieran disciplinadas y dirigidas. Debía haber un administrador o capataz, ya que los dioses vivían apartados y no podían rebajarse a ser sus propios capataces. Por consiguiente, antes incluso de que pudiera comenzar la civilización, debía existir la institución de la realeza y la jerarquía. Todo estaba preparado para ello; el propio Anu era rey de los dioses, y un mito relata que «el cetro, la corona, la tiara y el cayado (de pastor) yacían depositados ante Anu en el cielo. Al no haber consejo para el pueblo (de la Tierra), la realeza descendió del cielo. » Se estableció primero en Eridu, luego en las demás ciudades antediluvianas. Con esto, el escenario quedó completamente preparado: los dioses tenían sus dominios, sus esclavos para trabajar en ellos y sus representantes en la tierra, que debían dirigir el trabajo, asegurar sus frutos a los propietarios divinos y proteger las propiedades contra los ataques.

Aunque solo ahora se han encontrado con sus atuendos tradicionales, las conocidas historias relatadas por Beroso pueden situarse aquí como una expresión de la idea babilónica de la civilización, finalmente concedida y llegada a su madurez en las condiciones previas tan cuidadosamente preparadas: «En Babilonia había una vasta multitud de hombres, de todas las tribus, los que habitaban en Caldea. Pero vivían sin orden, como las bestias». A continuación viene la historia de Oannes y sus hermanos, monstruos fabulosos que surgían cada día del mar e «instruían a la humanidad en la escritura y en diversos procesos de las artes, la formación de ciudades y la fundación de templos. También les enseñó el uso de las leyes, de los límites y de las divisiones, así como la cosecha de cereales y frutos; en definitiva, todo lo que atañe al bienestar de la vida se lo transmitió a los hombres; y desde entonces nadie ha inventado nada más. » En el momento en que esto ocurrió, los hombres ya poseían la primera necesidad para el progreso, según las ideas sumerias, pues se decía que Oannes había aparecido bajo el reinado del cuarto rey antes del Diluvio, aquel a quien Beroso llamaba Ammenon y que ahora se conoce por su nombre nativo de Enmengalanna; esto, al menos, según una de las tradiciones de lo que escribió Beroso, pero una versión más verosímil sostiene que el portador de toda la civilización llegó en los albores de esta era prediluviana, cuando los hombres aún tenían todo por aprender. En cualquier caso, esta leyenda sitúa la primera organización civil en Eridu, donde comenzó el reino, sin cuya fundación era imposible que se produjera ningún progreso.

Lo que enseñaron los anfibios tal vez pueda deducirse del curioso mito sumerio ya mencionado,¹ que ofrece una lista detallada de los elementos culturales que una diosa se llevó de Eridu porque los necesitaba para hacer florecer su propia ciudad. Se enumeran más de un centenar de instituciones (me, la palabra es polifacética); parecen una extraña mezcolanza, pero pueden describirse brevemente como un conjunto de diversas nociones que abundan en la literatura como expresión de las formas de pensar sumerias, y que en ese pensamiento se asumen como el bagaje mental del hombre civilizado. Entre las que pueden entenderse destacan las formas de gobierno (la realeza y la jerarquía) y los términos tecnológicos (artes y oficios), con una fuerte mezcla de concepciones sociales y morales diversas. Una lista de este tipo, aunque fuera totalmente inteligible, no puede, por supuesto, ofrecer más que una visión superficial de la vida de un pueblo; pero si el curso del desarrollo humano se presentaba a la mente sumeria tal y como se ha esbozado en estas páginas, los dones otorgados por los monstruos marinos —monstruos o sustraídos por la diosa— eran verdaderamente característicos de esta antigua civilización.

Hasta ahora, por lo tanto, se ha trazado el curso estrictamente paralelo de las ideas e instituciones sumerias hasta la propiedad de las ciudades por parte de dioses individuales, el nombramiento de un rey para gobernar a las masas y la concesión de habilidades para que los súbditos humanos estuvieran capacitados para atender las necesidades de los amos divinos. Pero solo podía haber un rey con supremacía, al igual que solo había un dios con el «poder de Anu (o de Enlil)», mientras que había muchas ciudades, cada una perteneciente a un dios, cada uno de los cuales, a su vez, debía tener un administrador que gestionara y rentabilizara sus dominios. La idea de la soberanía es fundamental en la lista de reyes, al menos desde el comienzo del período diluviano, si no antes, y sin duda está presente, aunque no se exprese claramente, en el reducido conjunto de las primeras inscripciones que se conservan. El más antiguo de todos, Enmebaragesi, ya es «gran hombre» (lugal), es decir, «rey», y a pesar de algunas variaciones en los títulos que ostentaban los gobernantes del sur, lugal siguió siendo la designación general de un «rey», y siempre tendía a conllevar la implicación de un señor supremo. En subordinación lógica al lugal se encontraban los gobernadores de las ciudades, con el título de ensi, que ocupa un lugar destacado en las primeras inscripciones. Estos dos títulos tienen una complicada historia de relación, pero su uso sugiere que el ensi recibía ese nombre en referencia principalmente a su administración al servicio del dios, y que, como tal, podía ser él mismo un señor supremo o estar subordinado a un lugal en otra ciudad, al tiempo que conservaba su cargo sagrado a nivel local.

En el período más antiguo no está claro qué consecuencias se derivaban de la supremacía de un lugal sobre una ciudad sometida; se sabe, al menos, que tenía el deber de delimitar los límites de los dominios de los dioses vecinos, es decir, en términos seculares, de resolver disputas fronterizas entre ciudades. Esto plantea la cuestión de cómo, cuando una ciudad era desplazada por otra, se explicaban las relaciones entre sus respectivos dioses. En la última frase de la protesta de un patriota por la profanación de su ciudad a manos de un gobernador rival, reza para que la diosa del profanador haga recaer este acto sobre su cuello como una carga, dando a entender así que ningún dios debe ser considerado responsable de los pecados de su agente, a quien se espera que castigue, preservando así la armonía entre los dioses. Pero los dioses conocían bien las disputas entre ellos, y tal idea probablemente no resultaba tan ofensiva para los sumerios como parece ahora. A pesar de su humildad formal ante los dioses y el rey, los gobernadores locales (ensi) eran, de hecho, gobernantes, y el grado de su ascendencia venía determinado, sin duda, por los factores habituales de la oportunidad y el carácter personal. Su cargo era hereditario, al menos en la práctica, tal y como demuestran tanto la lista de reyes como la historia de Lagash y sus vecinos; normalmente, el hijo sucedía al padre, con las habituales interrupciones debidas al fracaso y la usurpación. En esta situación, los gobernadores se veían impulsados por las ambiciones propias de los líderes y aspiraban a extender su dominio, primero sobre sus vecinos y luego, a medida que llegaban los éxitos, sobre un círculo más amplio, hasta que la propia supremacía parecía estar a su alcance. La última gran figura de esta época ofrece un ejemplo típico: Lugalzagesi, que comenzó como gobernador de Umma, conquistó el reino de Uruk, se convirtió en lugal de la tierra tras un exitoso desafío a Kish y, finalmente, pudo emprender una carrera de conquistas —o, al menos, una demostración de poder en el exterior— antes de sucumbir a su vez ante un rival más fuerte.

Hay dos cuestiones relativas a la situación de los gobernantes sumerios en sus propios dominios que resultan difíciles de responder por falta de pruebas. En primer lugar, ¿cuál era la relación entre la realeza y el sacerdocio? Algunas inscripciones antiguas pertenecen a potentados que se autodenominan en (es decir, en sentido amplio, « señor») de las ciudades, pero al mismo tiempo se atestigua que «en» significa «sumo sacerdote» de ciertos dioses. Los títulos temporales y sacerdotales no se encuentran reunidos en una misma persona, por lo que el uso del título en sí mismo sugiere una paridad que podría resultar peligrosa para una u otra de las partes. Que tal rivalidad, siempre latente, llegó a materializarse, se pone de manifiesto en los últimos días de la historia sumeria en Lagash, la única ciudad de la que tenemos registros de ese período. Bajo el reinado de Entemena (hacia el 2450 a. C.), un tal Dudu, sumo sacerdote del dios de la ciudad, no solo dedicó objetos que llevaban sus propias inscripciones, sino que hizo que su nombre se incluyera en los textos del propio gobernante; y, de nuevo, en las descripciones que dejó Urukagina sobre sus reformas sociales y económicas se aprecia claramente una división de intereses entre el príncipe y el clero.

En segundo lugar, se admite que el gobernante parece ejercer (bajo la sola autoridad de su dios) un poder absoluto en las primeras ciudades sumerias, y que, según las concepciones sumerias, la realeza era el don primigenio de la civilización. Sin embargo, el interés moderno por los problemas del gobierno y la sociedad ha dado lugar a diversas hipótesis que sugieren que la realeza sumeria no era primitiva, sino evolutiva, y que su actuación estaba, al menos en ocasiones, controlada por una asamblea de ancianos y jefes comunitarios, e incluso por la masa de hombres libres. Debido a la escasez de información directa, estas creencias se basan principalmente en inferencias, ya sea a partir de mitos religiosos y relatos épicos, o de condiciones de tenencia de la tierra interpretadas de diversas maneras y de las causas subyacentes a las reformas de Urukagina, en el único momento en que se observan claramente tensiones sociales en una ciudad sumeria. Las cuestiones aquí apenas esbozadas aquí se han debatido con gran detalle e ingenio, pero solo un aumento notable de las pruebas contemporáneas podría elevar las conclusiones hasta el punto de que afectaran de manera significativa a nuestra concepción del gobierno sumerio.

 

LA HISTORIA EN LOS REGISTROS CONTEMPORÁNEOS Y LA TRADICIÓN POSTERIOR

Para obtener la información más antigua sobre la historia de las ciudades sumerias no dependemos total ni principalmente de las escasas, breves y formales inscripciones de los contemporáneos. Al igual que en Egipto, el orden de las dinastías y los nombres de sus miembros se conservan en listas autóctonas y gracias a los fragmentos de un historiador helenístico perdido, lo mismo ocurre en Babilonia. Aquí la evidencia autóctona es más compacta, ya que se transmite a través de varias copias de una única recopilación, ya mencionada con el nombre de «lista de reyes», denominada por los escribas «Realeza» , por su primera palabra. Esta recibió su forma definitiva —como lo demuestran las fechas expresas, así como el punto en el que termina— al final de la dinastía de Isín, en el año 1794 a. C., sus autores trabajaron a partir de una tradición conservada con mayor o menor esmero por unas media docena de las ciudades más antiguas y importantes. La información proporcionada es regular y uniforme: se nombra una ciudad, la realeza residía allí, A reinó x años, B reinó y años; si B era hijo de A, se añade, y así hasta el final de la dinastía, seguido de un resumen: tantos reyes reinaron tantos años. De vez en cuando, una breve nota recoge algún incidente o detalle por el que un rey fue célebre, pero esta es la única digresión. Una vez concluida esa dinastía, la fórmula continúa: «(esta ciudad) fue derrotada por las armas, la realeza pasó a (su sucesora)». De esta manera se enumeran veinte dinastías «después del Diluvio», que suman casi ciento cuarenta reyes y abarcan un total de muchos miles de años.

Este importante documento, cuyo valor es incuestionable, no fue redactado para beneficio de los estudiosos modernos y, desde el punto de vista actual, presenta defectos evidentes. Se basa en su totalidad en dos supuestos: que el territorio era una entidad formada por varias ciudades principales y que, en un momento dado, solo una de ellas era suprema sobre las demás. Ambos se plasman en la afirmación de que la realeza permaneció en una ciudad hasta que, por la fuerza de las armas, fue trasladada a su sede anterior, quizás, o a otra. Ambas proposiciones tienen su grado de verdad. Es cierto que el país constituía una unidad, plenamente en sentido geográfico y cultural, pero también, en parte, en el sentido ideal. Aunque las ciudades luchaban ferozmente entre sí tanto por la supremacía como en disputas territoriales, existía un claro sentimiento de solidaridad con «el país», que, como es habitual, tendía a acentuarse en momentos de «emergencia nacional », al igual que los irreconciliables ciudadanos de Grecia recordaban, con distintos grados de conciencia, que todos eran helenos. La segunda suposición, la de un gobierno único ejercido por diversas ciudades, pero solo una a la vez, se destaca mucho más y, de hecho, es el principio sobre el que se construye la lista; sin embargo, está tan lejos de la verdad que ha viciado todo el documento como historia, considerado desde la perspectiva de la crítica moderna. Ha sido fácil demostrar que el esquema de reinos sucesivos falsea la perspectiva al ocultar el hecho —revelado de forma inequívoca por otras fuentes— de que muchos de estos reyes reinaban en sus respectivas ciudades al mismo tiempo, sin que les importara ni se atrevieran a disputarse la soberanía. Esto ha tenido el inconveniente adicional de exagerar enormemente la duración de este período histórico, incluso tras descartar los legendarios miles de años atribuidos a los primeros reinados. En este sentido, la lista de reyes incluye demasiado, pero en otro sentido, demasiado poco, pues hay pruebas relativas a ciudades y gobernantes de la mayor importancia en la Sumeria primitiva que, sin embargo, no aparecen mencionados en absoluto en la lista. Por muy graves que deban considerarse estos defectos, tienen poco peso en comparación con la riqueza de información que ofrece este compendio de la historia más antigua de su país, tal y como la conocían los escribas más eruditos de una posteridad posterior, aunque aún no muy remota.2 Sin entrar en las numerosas cuestiones que plantea la lista, podemos considerarla aquí simplemente como la fuente de referencia por excelencia para la historia más antigua de Babilonia, ya que se remonta incluso más allá de los monumentos reales más antiguos que se conservan, pues el primer rey del que se tiene constancia tanto en la lista como en sus propias inscripciones es Enmebaragesi de Kish, que figura en la lista como el penúltimo de la primera dinastía «después del Diluvio», teniendo ante sí veintiún predecesores de reinados fabulosos, el propio Diluvio y, más allá de este, los milenios de los reyes prediluvianos.

De este período legendario, del que los venerables patriarcas transmitieron sus nombres —extrañamente distorsionados— a los textos modernos de los últimos transcriptores de Beroso, no queda hoy ningún rastro material identificable. Tanto las pruebas internas como la probabilidad sugieren que la lista de reyes prediluvianos tiene su origen en Eridu, pero cualquier intento de situarlos en el contexto arqueológico del sur de Babilonia no puede ser, por el momento, más que una conjetura. Observaciones recientes en los yacimientos de varias ciudades —Ur, Kish y Shuruppak— han revelado estratos estériles entre períodos de ocupación, que parecen haber sido depositados por la acción del agua. El más impresionante se encontró en Ur, y el excavador lo sitúa estratigráficamente en el período de Al-‘Ubaid, habiendo aportado razones, nada desdeñables, que respaldan su creencia de que la enorme capa de limo fuera dejada por el Diluvio famoso en la tradición sumeria. Si esto pudiera aceptarse con certeza, no solo quedaría demostrado que los sumerios poseían la tierra desde la más remota antigüedad, sino que la sucesión de reinos posdiluvianos podría comenzar a partir de ese momento.

Sin embargo, aunque resulta arriesgado hablar siquiera de probabilidad histórica en este contexto, cabe afirmar que la identificación es difícilmente aceptable, a la luz de la propia tradición y de las primeras pruebas epigráficas. Un fragmento que lleva el nombre de Enmebaragesi, el primer gobernante del que se conserva hasta ahora un vestigio material, fue hallado en un nivel del segundo período dinástico temprano. En la propia Ur, las primeras inscripciones, las de Mesannipada (de quien ahora se sabe que no está separado de Enmebaragesi más que por una generación), se encontraron en los estratos que se sitúan inmediatamente por encima de las tumbas reales, y estas, a su vez, pertenecen inequívocamente al tercer período dinástico temprano. En el intervalo entre estos niveles y el «depósito del diluvio» se encuentran cuatro «períodos» completos de la prehistoria mesopotámica, de duración indefinida. Si el «depósito del diluvio» es el vestigio del diluvio sumerio, entonces todo el tiempo transcurrido entre el período Al-‘Ubaid y el tercer período dinástico temprano queda representado en la tradición por la Primera Dinastía de Kish, hasta sus dos últimos miembros. Es cierto, en efecto, que la propia lista de reyes ofrece un margen más que suficiente para todo ello en los 22 985 años que asigna a esa dinastía, restando los dos últimos reinados, pero esto apenas sirve para aumentar el desconcierto. Se ha intentado realizar una evaluación más objetiva de la época que podría haber transcurrido entre el período Al-‘Ubaid y las primeras inscripciones reales mediante dos métodos modernos. En primer lugar, un cálculo minucioso de la tasa de acumulación en un yacimiento en uso continuo en Khafaji ha dado como resultado una estimación que sitúa el inicio de la escritura entre los siglos XL y XXVIII, lo cual es en sí misma considerablemente posterior al final del período Al-‘Ubaid. En segundo lugar, un análisis mediante el método radiológico denominado «carbono 14» de las cenizas halladas en el estrato Al-‘Ubaid temprano del yacimiento septentrional de Tepe Gawra no ha arrojado más que una media de 3.400 años a. C. para el propio período Al-‘Ubaid, lo cual es inferior a lo que se había conjeturado en diversas ocasiones. Debe seguir siendo una cuestión de opinión dudosa si alguno de estos intervalos de tiempo podría colmarse razonablemente con una sola dinastía de Kish.

Si no es posible distinguir qué época (si es que hay alguna) de la prehistoria de Babilonia debería atribuirse a los «reyes anteriores al Diluvio», tampoco es mucho más posible relatar nada de su historia (de nuevo, si es que la hubo). De ella no quedó nada más que la información que figura en la lista de reyes y unos pocos relatos sobre fundadores antediluvianos que circulaban en las escuelas de adivinación y magia. El único acontecimiento registrado es el propio Diluvio, que «arrasó» la tierra tras 241 200 años de gobierno real en cinco ciudades. La lista de reyes sitúa este acontecimiento tras el reinado de Ubar-Tutu en la ciudad de Shuruppak, pero la tradición principal omite a Ziusudra, su hijo, quien, no obstante, reaparece en Beroso y es famoso, gracias a la Epopeya de Gilgamesh, como el hombre que , por el favor de un dios, sobrevivió al Diluvio, preservó la semilla de los seres vivos y fue dotado de inmortalidad. Es inútil indagar de qué realidad deriva esta famosa historia; las inundaciones, endémicas en Mesopotamia, están atestiguadas desde tiempos remotos, como ya se ha señalado, por los «depósitos aluviales» de Kish y, lo que es más significativo, en la propia Shuruppak. Del mismo modo, durante el reinado de Ibbi-Sin, un rey sumerio posterior de Ur, uno de sus años recibió el nombre de un diluvio «que borró los límites del cielo y la tierra», pero la ciudad sobrevivió a él y el desastre no quedó registrado de ningún otro modo.

Cuando la realeza se restableció en la tierra tras el Diluvio —lo cual, según la concepción sumeria, era imprescindible para que la vida civilizada pudiera continuar—, se estableció primero en la ciudad de Kish, y es posible que el prestigio de esta sede original influyera en la costumbre de los reyes posteriores de asumir el título de «rey de Kish» para expresar un dominio que lo abarcaba todo. Esta primera dinastía, compuesta por veintitrés reyes y que duró «24 510 años, 3 meses, 3 días y medio día», además de contar ahora con una atestación original, está documentada con demasiados detalles significativos como para ser descartada. Uno de ellos es la presencia dentro de la dinastía de un grupo que llevaba nombres de animales: Perro, Cordero, Escorpión, Ciervo hijo de la Gacela; estos nombres son semíticos, mientras que otros son sumerios. La primera aparición de los semitas en la historia escrita es la de una familia real que sucedió y pasó sin alterar el curso de la dinastía, o al menos de los registros, si es que eran intrusos. La lista no recoge ningún detalle sobre estos parientes foráneos: no hicieron más que reinar durante sus cientos de años. Solo se conserva información sobre un rey de la etapa inicial de la dinastía. Se trata del célebre Etana, «un pastor que subió al cielo, que sometió todas las tierras», y que reinó durante un milenio y medio. Su ascenso al cielo a lomos de un águila fue uno de los mitos representados en los sellos cilíndricos, y probablemente se reflejó en la historia de Ganímedes en la literatura y el arte clásicos. De sus conquistas extranjeras, descritas de forma vaga, no sabemos nada.

Más sustanciales son las figuras de Enmebaragesi, quien «despojó de sus armas a la tierra de Elam» durante los «900 años» de su reinado, y de su hijo Agga, que gobernó «625 años» y al que la lista pasa por alto, con solo ese modesto logro en su haber. Pero la inscripción del padre se encontró en la ciudad algo remota de Tutub (Khafaji), y, según otra tradición, tanto el padre como el hijo eran conocidos como los primeros constructores de ciertos santuarios en Nippur, especialmente el llamado Tummal, lo que los sitúa en una relación cronológica con otras dinastías tempranas que ya se ha tratado ampliamente en un capítulo anterior. Más interesante resulta la historia épica sumeria de una guerra entre Agga y el famoso Gilgamesh de Uruk; el primero, haciendo valer su derecho como rey de Kish, exigió a Gilgamesh que se sometiera y entregara su ciudad. Pero él, haciendo caso omiso de la oposición de un «partido pacifista» en el senado y apoyándose en el respaldo popular, decidió luchar. El enemigo inició un asedio, para consternación de los habitantes, pero tras algunos episodios inciertos entre los rivales, parece que Gilgamesh llegó a un acuerdo con Agga y se restableció la amistad. La historia, aparte de su importancia política, reviste gran interés por ser nuestro primer atisbo de la lucha real por la supremacía entre las ciudades, que es el motivo principal de la lista de reyes. Quizás su final deba interpretarse como una sumisión por parte de Agga, ya que la victoria definitiva recayó en manos de Gilgamesh, a cuya ciudad pasó ahora el liderazgo.

Los cuatro predecesores de este gigante en el trono de Uruk, que ahora asumía la soberanía, eran figuras no menos portentosas. Todos eran en parte divinos y todos héroes de leyenda; pero, aunque es poco probable que alguno de ellos fuera puramente imaginario, son figuras demasiado difusas como para ser consideradas personajes históricos. Del primero no se sabe nada más que una breve nota en la lista en la que se afirma que «se adentró en el mar y se dirigió subió a la montaña», frases que podrían interpretarse de cualquier manera. Su hijo Enmerkar, del que se dice en la lista que fue el constructor de Uruk, fue el protagonista de relatos compuestos, o al menos transcritas, mucho más tarde y de las que aún solo se ha recuperado una parte. Estas nunca se tradujeron al acadio y, por lo tanto, nunca alcanzaron la fama de la epopeya de Gilgamesh. La mejor conservada de ellas no parece, en la medida en que es inteligible, poseer mucha variedad o profundidad, pues relata en un estilo prolijo el curso de una negociación con la ciudad de Aratta, separada de Uruk por siete montañas, sobre las que los mensajeros van y vienen con conversaciones oscuras, tal vez enigmáticas , entre los reyes, aparentemente centrados, en los hechos concretos, en el comercio de los respectivos productos locales. Enmerkar apenas aparece en generaciones posteriores y, sin embargo, su nombre perduró hasta ser escrito en griego como (S)euechoros, el abuelo de Gilgamesh.

Los siguientes en ocupar el trono de Uruk fueron dos dioses, Lugalbanda y Dumuzi. El primero fue celebrado en relatos de aventuras, en parte relacionados con los de su padre; al segundo se le denomina aparentemente «pescador» y resistió un ataque de los elamitas. No hay nada que indique si se creía que era el mismo que el dios Dumuzi (Tammuz), pues otro «Dumuzi el pastor» figura entre los reyes anteriores al Diluvio. De Gilgamesh, el siguiente gobernante de Uruk, se contaron más historias que de cualquier otro personaje de la historia babilónica. Hoy en día está claro que las doce tablillas sobre sus hazañas, conocidas por los asirios, no son más que extractos —en su mayoría fusionados en un todo coherente— de un corpus mucho más amplio de leyendas en sumerio, aparentemente disperso y mal articulado, pero tan imperfectamente recuperado en la actualidad que resulta imposible seguir el hilo de su trayectoria tal y como se relataba en composiciones escritas hacia el siglo XVIII a. C. Que Gilgamesh fuera un personaje real de la historia más antigua no fue, como ya se ha dicho, puesto en duda por la tradición autóctona posterior y no debe ponerse en duda ahora, por mucho que haya que restar de su leyenda. Sin embargo, el episodio de su guerra contra Agga de Kish, que tiene buenos motivos para considerarse histórico, podría sugerir que ni siquiera la leyenda carece por completo de un fundamento en una realidad más sobria.

Las tradiciones relativas a Gilgamesh no se agotan en sus aventuras más románticas, pues, al igual que todos los reyes babilónicos importantes, su nombre se asocia a construcciones. Solo se atestigua mediante un informe escrito la «segunda ruina» de un santuario llamado Tummal en Nippur, que Gilgamesh reparó. El lugar aún no se ha descubierto, por lo que no se puede obtener ninguna confirmación local, y, por el momento, el principal interés de este informe es cronológico; esto ya se ha tratado en un capítulo anterior.1 Pero también era el motivo de orgullo y el consuelo que le quedaba al héroe en la epopeya que hubiera construido la muralla de Uruk, y en esto la memoria coincidía con él. En cierta medida, los hechos materiales también coinciden con él, pues esta muralla de Uruk ha sido explorada en parte por los excavadores alemanes, y se ha descubierto que está compuesta principalmente por ladrillos «plano-convexos», que se limitan al período en el que se supone, según todas las probabilidades, que vivió Gilgamesh.

Varios reyes reinaron en Uruk después de Gilgamesh. Su hijo también estuvo vinculado a la reconstrucción del Tum , pero, por lo demás, los sucesores no hicieron más que sumarse a los miles de años convencionales que transcurrieron bajo cada reino en esa época lejana. Con el traspaso de la supremacía a Ur se produce un gran cambio en el registro de la lista de reyes, ya que tanto los reinados individuales como la duración total de la dinastía se reducen de repente a proporciones humanas. Aún más tranquilizador es el contacto mucho más sólido que ahora puede establecerse con pruebas externas y contemporáneas, pues las inscripciones originales de la Primera Dinastía de Ur confirman la veracidad sustancial de la lista de reyes en este punto, e incluso permiten sospechar que haya un error material en la lista, ya que los «80 años» » atribuidos a Mesannipada probablemente incluyan los de su hijo homónimo A’annipada —un típico par de nombres reales adoptados por padre e hijo al uso de este período y del sargónico—. Pero, en contraste con la satisfactoria concordancia entre la lista y los monumentos contemporáneos en este punto, hay que reconocer que las excavaciones han sacado a la luz una grave dificultad en relación con los espléndidos ocupantes del «cementerio real », quienes sin duda alguna prosperaron por esta época y tienen motivos para ser considerados reyes, aunque no se les mencione en la lista de reyes. Su interés radica en los ámbitos del arte, posiblemente de la religión, más que en la historia, pues no se sabe absolutamente nada sobre sus actos, y sus nombres no aparecen en ninguna tradición. Se sabe muy poco más sobre los dos reyes «auténticos» que fundaron la Primera Dinastía de Ur. Sus propias breves inscripciones no relatan nada de sus hazañas, salvo la construcción del pequeño templo de Ninkhursag en Al-‘Ubaid por parte de A’annipada, y las tradiciones posteriores añaden obras de construcción similares, especialmente en Tummal, cuya «primera ruina» fue reparada por Meskiagnunna, tercer (?) rey de esta dinastía. Una inscripción más, de Elulu, el cuarto rey, pone fin a este intervalo de historia documentada, mientras que la lista de reyes recae por un tiempo en la exageración y enumera muchas dinastías que son o bien totalmente desconocidas o bien están iluminadas de forma dudosa en su desarrollo, solo por vislumbres inciertos y momentáneos de tales realidades que el azar del descubrimiento ha concedido.

Una inscripción hallada en Mari menciona a Mesannipada de Ur como el contemporáneo de otro nombre (?), que el editor cree que es el del fundador de la dinastía de Mari, la décima tras el Diluvio, mientras que la Primera Dinastía de Ur fue la tercera. Si así fuera, la lista de reyes —de la que ya se sabe que es errónea en su suposición sobre las dinastías sucesivas— habría sufrido otro ataque muy grave a su fiabilidad. Pero esta interpretación no ha sido aceptada de forma generalizada.

Entre la Primera Dinastía de Ur y la ascensión al trono de Sargón, la lista de reyes contabiliza nada menos que once reinos y casi 5.000 años. Incluso restando una cifra característicamente exagerada de 3.000 años para los ocho reyes que reinaron en Kish, aún quedan unos 1.500 para este intervalo, una duración que sin duda tiene muy poco que ver con la realidad. El hecho de que estas once dinastías, al margen de posibles o ciertas exageraciones en cuanto a su duración, fueran en su mayoría contemporáneas queda prácticamente fuera de toda duda gracias a las pruebas objetivas que existen actualmente, y podría demostrarse formalmente si el texto de la lista de reyes no fuera tan defectuoso en este punto. Se han encontrado dos o tres sincronismos de gobernantes de diferentes dinastías durante este período, y se han sugerido otros; estos también son plausibles, aunque los nombres necesarios no pueden encontrarse en la lista sin un cierto grado de especulación. El más importante de estos sincronismos es el que de Rimush, sucesor de Sargón, con «Kaku, rey de Ur», quien lideró una revuelta contra Rimush y fue sometido por él, tal y como afirman explícitamente sus inscripciones. Si el título de rey debe tomarse al pie de la letra, entonces Kaku debió de pertenecer a una dinastía de Ur, que solo podría ser la segunda, aunque esta ha desaparecido casi por completo de las copias actuales de la lista. Si, pues, es cierto que Rimush luchó contra la Segunda Dinastía de Ur y, sin duda, puso fin a la misma, las seis dinastías que figuran en la lista entre la Segunda de Ur y Agadé pueden descartarse cronológicamente por carecer de relevancia. Por otra parte, existe una inscripción de Enshakushanna, rey de Uruk, en la que reivindica una victoria sobre Enbi-Ishtar de Kish, y, aunque estos nombres no pueden situarse en la lista sin interpretaciones arriesgadas, es muy probable que pertenecieran, uno a la Segunda Dinastía de Uruk y el otro a la Segunda Dinastía de Kish, lo que anularía, a efectos del cálculo cronológico, una dinastía de Khamazi que se inserta entre ellas. Es incluso posible que el mismo Enshakushanna fuera hijo de Elili, miembro del primer reino de Ur, lo que reduciría tres dinastías supuestamente intermedias a una sola generación.

La única guía fiable para la historia, aparte de la cronología, de este período se encuentra en los acontecimientos de una ciudad que no aparece en absoluto en la lista de reyes , pero que conocemos mejor, gracias a las inscripciones y las obras de arte, que cualquier otra de sus contemporáneas. Los nombres, el orden y los años aproximados de los gobernantes de Lagash quedan establecidos por sus propios registros, y cuentan al menos con un vínculo con la Segunda Dinastía de Uruk en el tratado firmado entre Entemena de Lagash y Lugalkinishedudu de Uruk. Esta época en la historia de ambas ciudades termina con Lugalzagesi (la «Tercera Dinastía de Uruk»), quien fue destronado por Sargón, pues la lista inicia deliberadamente una nueva era con el gran conquistador, y Lagash ya había perdido su independencia frente a Lugalzagesi mientras este aún reinaba en Uruk. Por diversas razones basadas en los textos escritos y la arqueología, el inicio de una línea dinástica en Lagash debe situarse aproximadamente en la misma época que la Primera Dinastía de Ur, y esta línea se extinguió a causa de la agresión de Lugalzagesi. Entre estos dos momentos hubo nueve ocupantes del trono en Lagash; la duración de sus reinados es, en su mayor parte, incierta, pero es probable que el total no superara en mucho un siglo y medio, y dentro de este modesto espacio debe haber cabida para las once « dinastías» de la lista de reyes, con su extenso recuento de años. Si tal drástica reducción parece un desprecio ingrato de las pruebas que la antigüedad nos ha conservado, hay que responder que las pruebas son de dos tipos, irreconciliables entre sí, y que debe darse más crédito a la indicación clara de los hechos contemporáneos que a una tradición, por muy antigua que sea, que simplemente intentó registrarlos.

Un documento muy interesante, publicado recientemente, revela que Lagash tenía su propia lista de reyes, que incluía a algunos, pero no a todos, los gobernantes conocidos por sus propias inscripciones. Cabe suponer que Lagash, siempre individualista, se había negado a facilitar su registro a los escribas de Isin, quienes elaboraron la lista de reyes de la que disponemos.

Entre la multitud de nombres desconocidos que poblaban estas once dinastías, hay algunos sobre los que la historia o los vestigios materiales tienen algo que decir. Una dinastía de Adab tuvo un único rey, llamado Lugalannimundu, al que se le atribuye un reinado de noventa años. Se ha conservado una larga inscripción en una copia antigua, que lleva su nombre y contiene un relato de sus victorias y construcciones. Tras enumerar los títulos del rey, describe una revuelta contra él, liderada por trece príncipes de tierras vecinas, no de las ciudades de Sumer. Tras vencerlos, prosiguió con la construcción de E-nam-zu, un templo dedicado a la diosa Nintu, sin duda en Adab, y el resto de la inscripción se dedica a describir esta obra y la fiesta que marcó el regreso de la diosa a su morada, a la que ocho vicegobernadores de las provincias sometidas aportaron una contribución acorde. El estilo de esta narración es inconfundiblemente similar al del período de Agadé, pero en lugar de que esto suscite sospechas de una falsificación posterior, podría servir mejor para demostrar lo cercanas en el tiempo estaban dos dinastías que la lista de reyes separa por 450 años. En este período, y tal vez en la misma línea dinástica, reinó un tal Lugal-da-lu, de quien se encontró una bella estatuilla, con el atuendo y el porte habituales de los sumerios, durante las excavaciones en el yacimiento de su ciudad. Un personaje misterioso de esta época fue una reina de Kish llamada Ku-Baba, de la que se dice que era, en origen, una «mujer del vino» (tal es el significado literal de la expresión), una tabernera que se convirtió en la gobernante de Kish y «estableció sus cimientos», ya fuera antes o durante un reinado de 100 años. También se relata en una crónica que ella suplantó a Puzur-Nirakh, rey de Akshak, en el trono. Su fama, aunque no más detalles de su historia, perduró en las tablillas de adivinación que conservaban los mensajes que le transmitían las vísceras, y es posible que ella fuera el verdadero prototipo de Kombabos, el sacerdote eunuco de Hierápolis en Siria, así como de la diosa anatolia Kubaba, a quien también se rendía culto en el norte de Mesopotamia.

Por último, la dinastía de Mari, aunque sus nombres han desaparecido casi por completo de la lista, ha dejado un mejor recuerdo de sí misma en numerosas estatuillas de hombres y mujeres que representan a estos gobernantes y a sus cortesanos. Una figura rota se conoce desde hace tiempo se conoce desde hace tiempo en el Museo Británico, y las recientes excavaciones en el yacimiento han sacado a la luz muchas otras de gran interés. Entre ellas destacan Lamgi-Mari e Iku-Shamagan, reyes; luego Ebikh-il, que se autodenomina «supervisor»; Idi-Narum, el «molinero», y Ur-Nanshe, «el gran cantante», de forma y atuendo curiosos . Tanto el estilo como el contexto de todas estas figuras las sitúan inequívocamente en el período en el que la lista de reyes otorga a su ciudad una breve autoridad sobre todo Sumer. Su vestimenta, su peinado (o cabezas rapadas) y todo su aspecto siguen plenamente el estilo de la época dinástica temprana, cuando esta había alcanzado su pleno desarrollo. Parecen «típicos» sumerios, pero llevan nombres en su mayoría no sumerios, lo que constituye una prueba más, si es que fuera necesario, de lo totalmente irrelevantes que son la vestimenta y la apariencia para el origen étnico de quienes las lucían en Babilonia en esta época.

Ya se ha señalado anteriormente que las relaciones entre las dinastías, y especialmente los años que se les asignan en la lista de reyes, deben estudiarse en comparación con la historia de una sola ciudad sobre la que, gracias a un hallazgo fortuito, se sabe mucho más que sobre cualquiera de sus rivales, posiblemente más importantes. Esto se debe a los registros que dejó una dinastía local en la ciudad de Lagash, explorada desde la década de 1870 en un yacimiento conocido como Tello, situado entre el Tigris y el Éufrates, no muy al este del lecho actual de un cauce llamado Shatt el-Hayy (o el-Gharraf), que era el curso medieval del curso inferior del Tigris. A una distancia similar, en el lado occidental de este, se alzaba la ciudad sumeria de Umma, la vecina hostil que ocupa un lugar tan destacado en la historia conservada por los monumentos de Lagash. Ahora parece probable que el montículo llamado Tello fuera solo una parte de un complejo más amplio que llevaba el nombre de Lagash, cuyo centro podría haber estado en el yacimiento vecino de El-Hibbeh, mientras que el propio Tello era la antigua Girsu. Sin embargo, dado que casi todos los monumentos y registros que recogen la historia de Lagash en la época sumeria se descubrieron en Tello, no hay necesidad, a efectos de una narración general, de distinguir entre ambos.

El rey más antiguo conocido de Lagash fue Enkhegal, quien dejó un registro arcaico de las tierras compradas por él mismo y por otros, pero se desconoce su relación con sus sucesores. Mesilim, quien a su vez fue rey de Kish antes de que comenzara la dinastía local de Lagash, menciona a otro gobernante de la ciudad, Lugalshagengur. La verdadera línea dinástica fue instituida por Ur-Nanshe, quien nombra a su padre y a su abuelo, pero al parecer estos no eran reyes, ya que una tradición distingue al propio Ur-Nanshe como el elegido de una diosa. Los edificios, las obras de arte y las inscripciones dan fe de su poder y su estatus. Estas últimas no son, en sí mismas, muy reveladoras, ya que tratan principalmente de la construcción de templos y santuarios (pero también de la muralla de su ciudad), el tallado de estatuas y la excavación de canales, las clásicas obras piadosas de los soberanos babilónicos, destinadas a ser repetidas por un centenar de sucesores. Solo en una frase, repetida varias veces, deja entrever un panorama más amplio, cuando «los barcos de Tilmun traían cargamentos de madera desde las montañas» por el golfo Pérsico. Por lo demás, sin duda reinó, o ejerció su autoridad en Ur, donde una figura y una inscripción apenas trazadas sobre una estela de granito son lo suficientemente legibles como para revelar su nombre, que parece haber sido desfigurado posteriormente. Los monumentos más interesantes de su reinado son pequeños relieves de piedra que muestran al rey rodeado de su familia y sus principales sirvientes, cada uno con su nombre inscrito junto a él. Estas y otras esculturas están ejecutadas en un estilo que parece evidenciar una gran crudeza arcaica, lo cual se ve curiosamente se corresponde con sus inscripciones, que, por la disposición de los signos y su fraseología sin inflexiones, dan la impresión de inexperiencia en el uso de la escritura.

A Ur-Nanshe le sucedió su hijo Akurgal, a quien se ve en los grupos familiares acompañando a su padre, pero del que se sabe poco, salvo que, a su vez, fue padre de Eannatum, el siguiente rey. Con él, Lagash alcanzó lo que debió de ser, a pesar de la pérdida de su fama en la tradición posterior, una posición en el país que le habría dado derecho legítimamente a reclamar el nam-lugal o supremacía sobre las ciudades de Sumer. En lugar de reconocerlo, la lista de reyes está ocupada en este punto por las dinastías de Kish y Akshak, mientras que Eannatum se jacta de haber librado una batalla victoriosa contra Zuzu, un rey de Akshak del que no se sabe nada más, y de haberlo perseguido, matando a muchos, hasta las murallas de su propia ciudad. En cuanto a Kish, «la diosa Inanna le concedió, a partir del gobierno de Lagash, el reino de Kish». Le esperaban triunfos aún mayores, pues su poder se extendió hasta el límite del horizonte sumerio tras una derrota, por un lado, de Mari, y por el otro, de Subar —la posterior Subartu—, una tierra que él asocia con Elam y Urua. Por muy incierta que pueda ser la ubicación de Subar en esta época, acabó a incluir a Asiria, y no sería de extrañar que los habitantes sumerios o las costumbres descubiertas en el templo arcaico de Ishtar en Ashur fueran introducidos allí por los lagashitas.

Puede parecer extraño que las inscripciones de Eannatum se detengan poco en estos grandes triunfos y reserven todos sus detalles para sus disputas con la ciudad vecina de Umma, un tema al que, de hecho, se dedican principalmente todos los registros históricos de Lagash. La razón de esta aparente desproporción es que las inscripciones se destinaban a monumentos locales, edificios, estelas o dedicatorias, la mayoría de ellas directamente relacionadas con la lucha por el territorio en disputa con este vecino, y, por lo tanto, se centran principalmente en los hechos y reivindicaciones relacionados con dicha contienda. Esto se debió a disputas fronterizas de larga data sobre unos campos que los lagashitas afirmaban que eran propiedad de su dios Ningirsu, pero que eran constantemente usurpados por sus adversarios, los hombres de Umma, un lugar situado a unas treinta millas al oeste, ahora marcado por el montículo llamado Jukha. En tiempos pasados había tenido lugar un famoso arbitraje a cargo de un tal Mesilim, un rey «de Kish» (lo que posiblemente no signifique más que un soberano reconocido, ya que se desconoce su existencia entre los reyes de esa ciudad), quien había erigido una estela que marcaba la frontera entre las dos partes litigantes. Sin duda, este laudo había favorecido a Lagash, pues siempre que los hombres de Umma veían una oportunidad, derribaban los mojones y ocupaban las tierras en disputa. Según la costumbre de la época, esto constituía una afrenta intolerable para el dios Ningirsu, y al rey, como representante del dios, se le encomendó (en un sueño) que la vengara. Eannatum llevó a cabo esta tarea con total éxito y furia salvaje; derrotó por completo al pueblo de Umma en el campo de batalla, matando a miles y persiguiendo a los supervivientes hasta la propia Umma, que saqueó. Esta victoria fue conmemorada con una nueva estela que erigió junto al monumento restaurado de Mesilim, y gran parte de ella aún se conserva bajo el nombre moderno de «Estela de los Buitres» , llamada así por las aves rapaces que se muestran devorando los cadáveres. En un lado presenta esculturas en relieve con notables representaciones del rey con su atuendo de guerra, una vez a pie y otra de pie en su carro, dirigiendo a sus filas de soldados en falange o en orden de marcha antes de la batalla. En el otro lado hay una escena simbólica del dios Ningirsu (o quizás del propio rey), cuya «gran red abrumadora» ha atrapado a multitud de guerreros de Umma, y en esas redes el conquistador los golpea en sus cabezas sobresalientes. Más abajo se encuentran los fragmentos de otra escena de carros que, al parecer, mostraba la victoria de Eannatum sobre Kish.

Los acontecimientos que condujeron a esta crisis y sus consecuencias los describe con mayor detalle Entemena, sobrino del conquistador, quien se convirtió en su segundo sucesor. Remontándose al el principio, cuenta que Ningirsu y Shara, los dioses respectivos de las dos ciudades, habían acordado en un primer momento una frontera entre sus dominios. Pero si bien los dioses estaban satisfechos, sus súbditos no lo estuvieron por mucho tiempo, y Mesilim, como se ha mencionado anteriormente, intervino para establecer la frontera. La agresión continuó y Ush (o Gish), gobernador de Umma, es señalado como el primer culpable. Este retiró la estela de Mesilim e invadió las tierras de Lagash. El propio dios Ningirsu ordenó la resistencia y, cuando su general Eannatum luchó contra Ush, lo derrotó y, al parecer, lo mató, pues las condiciones impuestas fueron aceptadas por un nuevo líder, Enakalli. En virtud de este tratado, se excavó un canal desde el «río principesco» (el Éufrates) hasta el territorio en disputa y se volvieron a erigir los monumentos: el de Mesilim y el nuevo de Eannatum. Se erigieron santuarios de los dioses de Lagash en las tierras recién conquistadas, y los hombres de Umma se vieron obligados a pagar una indemnización en forma de grano. Estas condiciones no duraron más que la vida del vencedor, pues cuando su hermano Enannatum I asumió el cargo de gobernador de la ciudad, se produjo otra incursión repentina bajo el mando de un nuevo gobernante de Umma llamado Urlumma, hijo de Enakalli, quien volvió a derribar los odiados monumentos y los arrojó al fuego, demolió los santuarios, cruzó el canal e invadió Lagash una vez más. Enannatum «luchó contra Urlumma», pero evidentemente sin éxito, pues la inscripción añade apresuradamente que su hijo Entemena salió victorioso, aunque debió de ser en una batalla posterior. Ante esto, Urlumma, a su vez, desapareció y fue sustituido por un tal II, miembro de la misma familia gobernante, que hasta entonces había ocupado un cargo sacerdotal en su ciudad. El tratado de Entemena con él, que confirmaba la supremacía de Lagash, le obligaba a restablecer las fronteras y los canales que las delimitaban. Estos parecen haber sido un eslabón de la red de comunicaciones fluviales que Entemena construyó para unir el Tigris con el Éufrates, evidentemente una obra grandiosa y beneficiosa, que pudo haber coincidido en líneas generales con el actual Shatt el-Hayy. Entemena fue sin duda el más grande de su linaje, y su memoria perduró mucho tiempo, aunque no fue él cuya estatua fuera consagrada y conmemorada en una fórmula anual por el posterior rey babilónico Abieshu. Pero en épocas posteriores se podían ver a veces imágenes de este antiguo gobernante, como la bella figura a tamaño natural de Ur que, a pesar de que su inscripción alude únicamente a las tierras locales de Lagash, pudo haber sido colocada allí por él mismo, ya que los gobernantes de Lagash, empezando por Ur-Nanshe, ejercían claramente su dominio sobre Ur, donde, además de las ya mencionadas, también se encontró una inscripción de Enannatum. Si es cierto que la estela de Ur-Nans fue desfigurada, esto podría indicar una revuelta de Ur, ya que su derrota fue uno de los triunfos de Eannatum.

Apenas hay más información sobre los acontecimientos en Lagash y en todo Sumer durante el resto del período dinástico temprano, que ya se acercaba a su fin. A Entemena le sucedió su hijo, y a este, dos gobernantes de breve mandato, Enentarzi y Lugalanda, de quienes se sabe que, antes de su ascensión al trono, pertenecían a las clases sacerdotales y oficiales. Un informe del sacerdote guerrero de un templo provincial informó a Enentarzi de la interceptación y matanza de 600 elamitas que regresaban con el botín de una incursión repentina contra Lagash; aparte de este incidente, no se sabe nada de acontecimientos externos hasta el final de la dinastía. Sin embargo, un repentino aumento de los documentos económicos aporta una gran cantidad de detalles sobre las condiciones internas (que se describirán más adelante), y del sistema político, que se caracterizó por la peculiar ascendencia de Barnamtarra, esposa de Lugalanda, aunque su protagonismo pueda deberse al origen de los registros económicos, que son los del templo que presidía la esposa del gobernador, en calidad de contraparte de la diosa. La misma posición la ocupó Shasha, esposa del último gobernador, Urukagina, quien derrocó violentamente a su predecesor, reinó durante al menos ocho años, llevó a cabo la construcción de numerosos templos y dos canales, asumió el título de rey y gobernó todo el territorio desde Lagash hasta el mar. Su nombre está vinculado de manera muy honorable a una reforma de las costumbres sociales corruptas, que llevó a cabo quizá a pesar de la oposición; pero esto, junto con el fin del reformador y de su época, será mejor dejarlo para el final de este capítulo.

 

EJÉRCITOS Y GUERRA

Las inscripciones del tercer período dinástico temprano y la lista de reyes —que constituye la principal fuente de información sobre su historia— se centran en gran medida en la guerra, y si a ello se añade que los monumentos pictóricos más destacados están dedicados al mismo tema, no es de extrañar que esa época haya adquirido mala fama por su militarismo. Aunque es probable que los habitantes no fueran menos belicosos en épocas anteriores, de las que se sabe muy poco, parece innegable que el gran aumento de la riqueza, y en particular de las habilidades técnicas, así como las ideas que prevalecían sobre el gobierno de las ciudades y su jerarquía entre sí, llevaron a dar rienda suelta a este instinto con mayor frecuencia, y sin duda con resultados más destructivos. Los registros escritos dan abundante testimonio de las ocasiones y causas de la guerra, pero sus métodos también están ilustrados con mayor detalle que en cualquier otra época hasta que las esculturas asirias mostraron el funcionamiento de un instrumento militar aún más altamente organizado. Los dos monumentos principales son la Estela de los Buitres y el llamado Estandarte de Ur, y los fragmentos de escenas procedentes de otros lugares, como Kish y Mari, parecen demostrar que todas las ciudades poseían un armamento similar. Estos representan al ejército sumerio como una máquina de guerra bien equipada y bien organizada; si bien carecía de algunos de los elementos introducidos más tarde en las batallas de Asia Occidental, distaba mucho de ser primitiva y tumultuosa. Apenas se puede estimar el número de hombres que se enviaban al campo de batalla, pero Entemena escribe sobre su elección por parte del dios «de entre 3.600 hombres» (una cifra que Urukagina multiplica por diez y Gudea, aún más tarde, por sesenta), cifras que posiblemente pretenden representar la población; con igual vaguedad, Eannatum se jacta de haber matado a 3 600 hombres del ejército de Umma. En términos más concretos, se ha calculado⁶ que un solo templo de la ciudad de Lagash aportaba entre 500 y 600 hombres de entre sus inquilinos para el reclutamiento militar; y es probable que Lagash no fuera uno de los centros más grandes.

Los monumentos solo representan dos tipos de tropas: la caballería de carros y la infantería. En la estela de los Buitres, solo el propio ensi va en un carro, sin acompañantes, pero esta impresión se ve modificada por el Estandarte, que parece ofrecer una versión más correcta en cuanto a ambos detalles. El carro real se muestra en reposo y su dueño desmontado, pero en el registro inferior hay cuatro carros más que se dirigen a la batalla con un ímpetu que aumenta visiblemente de izquierda a derecha de la imagen; a pesar de este recurso artístico, no es probable que solo se pretendiera representar un carro, ni parece que este sea el del rey. Estos vehículos no son de un solo tripulante, pues, mientras un ocupante conduce, el guerrero principal tiene las manos libres para empuñar sus armas, que son la lanza y una espada curva; además, se ve una espada en forma de hoja en manos del rey. Junto al alto frente protector del carro había un carcaj o «cubo» lleno de lanzas adicionales, probablemente diseñadas para lanzarlas mediante una honda, ya que en las «Tumbas Reales» de Ur se encontraron lanzas de este tipo provistas de una muesca metálica en el extremo inferior. Estos proyectiles sustituían al arco y la flecha, tan prominentes en las escenas de las posteriores guerras de carros, pero que, al parecer, no eran utilizados por ninguna de las dos ramas del ejército sumerio, como se observará más adelante. Los animales que tiraban de estos carros tienen predominantemente el aspecto de asnos, con algunos rasgos inconsistentes; la especie ha sido objeto de debate entre los naturalistas, pero se dice que hay pruebas suficientes a partir de los restos óseos para identificarlos como onagros, o asnos salvajes, que hoy en día están casi extinguidos, pero que aún no eran infrecuentes en el siglo pasado, cuando tenían fama de ser indomables. En los carros sumerios corrían cuatro en fila, guiados por riendas que pasaban por encima de una hendidura en la parte delantera elevada del carro, a través de un doble anillo para riendas fijado al , y se ataban a los bocados en las mandíbulas de los animales. Los carros en sí eran de un modelo muy peculiar que pronto cayó en desuso. Sus carrocerías consistían en armazones de madera recubiertos de piel, con laterales bajos que se veían acentuados por una parte delantera anormalmente alta con una hendidura para las riendas y, a menudo, un par de orificios bajo el larguero, sin duda mirillas para que los jinetes pudieran ver cuando se ponían a cubierto detrás de la parte delantera protectora. Lo más curioso de todo eran las ruedas, cuatro en total, fijadas a los ejes, construidas con dos semicírculos de madera unidos entre sí mediante abrazaderas por dentro y por fuera, con un alojamiento especial para los ejes e incluso, en ocasiones, con tachuelas metálicas alrededor de las llantas, lo que reducía el desgaste —estas se pueden ver utilizadas de la misma manera en los carros asirios, mucho más tardíos—. La descripción de estos vehículos primitivos no estaría completa sin hacer especial hincapié en los anillos de las riendas anillos de las riendas mencionados anteriormente, varios de los cuales han sobrevivido para ofrecer, en los pequeños animales en miniatura que los coronan, algunos de los ejemplos más agradables del arte menor. Tan esencial era este elemento decorativo que incluso se señalaba en la constelación que la imaginación sumeria había bautizado como «El Carro». La eficacia práctica en la batalla de estas carretas pesadas e inflexibles podría considerarse muy dudosa, especialmente frente a la infantería en formación cerrada que ahora se va a describir. En ambos monumentos, el cuerpo principal de los soldados de a pie avanza en falange, con las lanzas en posición horizontal. Los hombres van fuertemente armados y, en un caso, están protegidos por enormes escudos rectangulares, en los que se aprecian protuberancias metálicas, y en el otro por largas capas adornadas con tachuelas similares. Algunas figuras aisladas de una escena de combate similar hallada en Mari parecen haber sustituido esta capa por una protección para los hombros más ligera, con amplias tiras que cuelgan por delante y por detrás del cuerpo. Por delante de la falange, el estandarte muestra a varios que se enfrentan a enemigos individuales, a los que vencen y despojan inmediatamente de sus ropas antes de matarlos o llevárselos cautivos. Aparte de esta distinción, que consiste en el uso o la ausencia de la capa, el armamento de todos los soldados de a pie consistía en un casco protector y, para el ataque, bien la lanza, bien el hacha con mango y cabeza. Los cascos eran de cobre o bronce, con forma de pez plano y ligeramente estriados, con protectores para las orejas y mentonera , cuyo interior estaba acolchado con material de lana para adaptarse a la cabeza. Ejemplos tan suntuosos como el casco dorado en forma de peluca que perteneció a uno de los ocupantes de las tumbas del Cementerio Real de Ur, y como el que luce Eannatum en la Estela de los Buitres, no eran más que ricas modificaciones del que llevaban todas las tropas. Tanto las lanzas como las hachas se utilizaban únicamente en el combate cuerpo a cuerpo, ya que no hay indicios de que las primeras se lanzaran, salvo quizá desde los carros. Los ejércitos sumerios parecen, por tanto, carecer casi por completo de armas arrojadizas y haber dependido totalmente del peso, lo cual queda patente tanto en los carros lentos e imperturbables como en la falange. En particu­lar, no se ha encontrado nada que contradiga la observación inicial de que los arcos y las flechas no se utilizaban en la guerra sumeria. Que eran conocidos por el pueblo queda demostrado tanto por las representaciones en cerámica pintada y sellos, como por el descubrimiento de puntas de flecha en las excavaciones; sin embargo, siempre que se muestran en uso, es para la caza, como mejor ilustra la magnífica «Estela de Warka», perteneciente al período de Jamdat-Nasr, en la que un hombre dispara a unos leones con un arco ingeniosamente fabricado y una flecha con una punta cortante de forma triangular y, sin duda, hecha de sílex, como las que se encontraron en la tumba de Meskalamdug en Ur.

Aunque no se conserva ninguna escena de operaciones de asedio, es cierto tanto que las ciudades se defendían con murallas macizas³ como que eran capturadas, quizá con mayor frecuencia mediante una embestida tras la huida de un ejército derrotado, como cuando Eannatum venció y saqueó Umma, aunque él suele hablar más a menudo de derrotar a sus enemigos y perseguirlos hasta las murallas de sus ciudades. A su vez, Lagash fue capturada y saqueada por Lugalzagesi, y se han hallado diversos fragmentos de inscripciones de la época dinástica temprana en los trofeos dedicados en los templos, procedentes del botín de las ciudades capturadas. Cabe suponer, pues, que el arte del asedio no era desconocido para los sumerios, y que su principal recurso consistía en amontonar una gran rampa de tierra en un punto del perímetro, una operación para la que los ingenieros militares de un período posterior estaban preparados con cálculos estadísticos del tiempo y la mano de obra necesarios; estos pueden considerarse una buena prueba de que el método se había estudiado durante mucho tiempo y, por supuesto, seguía utilizándose plenamente bajo el mando de los señores de la guerra asirios y a lo largo de toda la Antigüedad clásica. El efecto de esta operación, quizá el único medio por el que se podía lanzar un ataque contra una defensa formada por un terraplén de enorme espesor, consistía en trasladar la batalla de choque a la altura de la muralla, con la desventaja para los asediadores de verse obligados a atacar cuesta arriba, mientras que los asediados se veían también obstaculizados por la falta de profundidad en su defensa. No hay pruebas del uso de máquinas de asedio en una época tan temprana, aunque sin duda se emplearon en una época posterior.

 

FUNDAMENTOS DEL PODER; AGRICULTURA, OFICIOS, ARTES

Este poder militar se sustentaba en las ciudades sumerias gracias a una riqueza que se manifestaba también en muchos productos espléndidos de la civilización material. La base de esta riqueza era la fertilidad de la tierra y dicha fertilidad dependía, a su vez, del riego. El control de las crecidas primaverales regulares mediante un elaborado sistema de presas y canales debió de ser un logro lento, pero los sumerios lo reconocieron claramente como una necesidad suprema, y la prosperidad resultante les pareció tan maravillosa que se vieron obligados a considerar el sistema de riego completado como obra de nada menos que un dios. Uno de los mitos más elaborados —que, aunque no se escribió hasta un período posterior, sin duda se formó mucho antes— relataba cómo el dios Ninurta había luchado contra un demonio en las montañas, llamado Asag, y su victoria final sobre este monstruo provocó que las aguas brotaran de la tierra y destruyeran, al desbordarse, todas las obras de dioses y hombres. En muchos versos vívidos se describen los efectos nefastos de esta inundación, que no se contuvo hasta que Ninurta levantó una poderosa barrera de tierra y piedras para controlar las crecidas y desviar el exceso de agua hacia el Tigris. En esta forma mitológica se dramatizó un logro humano que, sin duda, se extendió a lo largo de varias generaciones.

Cuando la historia comienza a registrarse, se observa que los canales ocupan un lugar de gran importancia en la economía del territorio, y es evidente que su control y la posesión de los derechos sobre el agua se encontraban entre las causas más frecuentes de conflicto entre vecinos. La frontera entre Lagash y Umma estaba marcada por un importante canal, cuyo cruce o desvío se consideraba una agresión. Tras su victoria sobre los hombres de Umma, Eannatum les impuso como condición que no se atrevieran a cruzar de nuevo este canal, y él mismo excavó un embalse con capacidad para 3.600 gur de agua, tal vez para mantener el nivel del cauce. Entemena, en su época, tuvo que hacer cumplir de nuevo esta prohibición, renovar el embalse y ordenar a su representante en Umma que restaurara y respetara el canal fronterizo, que Entemena amplió posteriormente hasta convertirlo en un curso principal que unía el Tigris, probablemente, con el Éufrates. Urukagina excavó o renovó una vez más un gran embalse para mantener el nivel de estos cursos de agua. A partir de entonces, la excavación de canales se convierte en un motivo habitual de autocomplacencia real y se sitúa, junto con la construcción de templos, la provisión de sustento para los dioses y la conducción de sus guerras, como la función principal del rey.

Sobre el sistema agrícola que estos cursos de agua propiciaban disponemos de amplia información, aunque quizás de un solo de forma parcial, gracias a las numerosas tablillas con los registros contables de un templo de la ciudad de Lagash. El mero hecho de que la mayor parte de las pruebas procedan de una sola ciudad —y que, desde luego, no sea la más importante de las ciudades sumerias— debería advertirnos de que estas tablillas no pueden contar toda la historia; a esto hay que añadir la limitación adicional de que todas ellas se refieren únicamente a los asuntos de un solo templo, el de la diosa Baba, que, al pertenecer a la consorte del dios, estaba bajo la dirección de la esposa del ensi —quien, como administrador del dios, ella ocupaba el mismo lugar con respecto a la diosa. Aun aceptando estas limitaciones, las pruebas siguen siendo impresionantes y permiten sugerir que una parte considerable del territorio total de la ciudad era propiedad de los templos, ya que el de Baba en Lagash era solo uno entre varios y debía de ser inferior, como mínimo, al santuario principal del propio dios. Aunque no existen medios fiables para estimar cuál era la extensión total del territorio lagashita, se ha calculado que las tierras de Baba ascendían a más de una milla cuadrada, y esta finca era explotada exclusivamente por arrendatarios y dependientes del templo. La mayoría de ellos no eran esclavos, sino feudatarios, que recibían raciones diarias o que, a cambio de la parte de sus cosechas que quedaba en sus manos, debían no solo una proporción fija de la producción, sino también el deber de prestar servicio militar en nombre de la deidad cuyas tierras cultivaban; sus diferentes rangos regulaban la extensión de tierra que se les asignaba y la cantidad de manutención a la que tenían derecho por parte de su empleador divino.

A cambio de su servicio, el templo se hacía cargo de su manutención durante todo el año, en las épocas en que no era posible trabajar en el campo, y además les proporcionaba semillas de maíz y los aperos necesarios para el cultivo, incluido el ganado de labranza. El cultivo principal era sin duda la cebada, que se entregaba al templo en cantidades muy grandes; parte de ella se utilizaba como forraje para el ganado, otra parte para elaborar cerveza, pero la mayor parte se molía en un gran molino y se empleaba primero como alimento del dios y, después, para distribuirla entre los trabajadores como raciones o salario en especie. Se cultivaban otros dos tipos de cereales (quizás emmer y el trigo), aunque en cantidades menores. El cereal tampoco era el único cultivo obtenido, pues las tablillas contienen menciones de tubérculos y una superficie considerable se dedicaba a árboles que producían tanto fruta como —algo muy valioso en aquella tierra árida— madera para la construcción y el mobiliario. Todos estos tipos de productos dependían del riego, y parte de la mano de obra necesaria para esta tarea de mantenimiento de los canales la aportaban los esclavos, ya fuera con sus propias manos o como conductores de bueyes.

Otra forma de actividad económica que llevaban a cabo los empleados del templo era la ganadería. Se criaban y mantenían bueyes no solo para el arado, sino también por sus productos básicos: la leche y la carne; las ovejas, las cabras y los cerdos proporcionaban carne, grasa y, sobre todo, lana y pelo, cuya preparación, hilado y tejido daban trabajo a muchas personas, especialmente a las mujeres. Una rama de la industria más sorprendente, sobre la que los registros del templo contienen mucha información, es la pesca; parece que había unos 100 pescadores que entregaban pescado regularmente a las autoridades del templo, y a estos se les denomina «pescadores de mar» , así como «pescadores de agua dulce». Este servicio pesquero «estatal» era una institución que mantuvo su carácter centralizado cuando gran parte del resto del sistema económico ya había cambiado, pues bajo la dinastía de Larsa «el palacio» seguía controlando la captura y la comercialización del pescado, empleando a jornaleros amorreos para la primera operación y a mayoristas para la segunda. También hay un claro recuerdo de las pesquerías sagradas en una crónica tardía, que, curiosamente, asocia el destino de los primeros reyes con su piedad en lo que respecta al suministro de pescado al dios supremo.

Por muy cuantiosos que fueran estos ingresos de los templos sumerios, quedaban casi contrarrestados por los grandes gastos necesarios para mantener no solo al dios y su casa, sino también para sostener toda la economía del templo y a las numerosas personas que vivían enteramente para y gracias a esta institución, para quienes el servicio al dios no era un aspecto secundario de la vida, como en sociedades teocráticas menos intensas , sino que constituía la vida misma. Las necesidades del dios eran las necesidades primarias de alojamiento, alimentación y vestimenta. Tanto si la reparación completa de los templos era exclusivamente objeto de la generosidad real, como podría deducirse de las inscripciones, o si normalmente se llevaba a cabo con los propios recursos de los templos, no cabe duda de que el mantenimiento corriente de los edificios y sus pertenencias suponía una partida importante de gastos, y lo mismo puede decirse del mantenimiento de los canales de los que dependían los ingresos, una función que los reyes también asumían con ostentación, aunque quizá fuera desempeñada con mayor regularidad por las propias economías de los templos, a las que, en cualquier caso, el rey debía gran parte de sus recursos. Los gastos más directos del templo se destinaban a las necesidades diarias o periódicas del servicio personal del dios. Cada día había que servir una abundante provisión en su mesa, por la mañana y por la tarde, y no solo a la divinidad principal, sino también a una familia y una casa más o menos numerosas de parientes divinos y sirvientes. En esta provisión aparecen todo tipo de víveres: carne de oveja y de cabra, pescado, pan y harina, mantequilla, fruta, miel y cerveza como bebida. La ropa para el propietario divino y su familia era otra partida de gasto constante, y en los días festivos había que proporcionar ricos adornos, así como finas túnicas. Las tablillas del templo de Baba no atestiguan que los individuos que gozaban de los derechos del sacerdocio se quedaran con parte de estos suministros de comida y ropa, aunque era una práctica de épocas posteriores en Babilonia, cuando la compraventa de tales privilegios era uno de los objetos de las transacciones mercantiles privadas. Es posible que la costumbre de la época sumeria en Lagash fuera, de hecho, diferente, pues veremos que las reformas de Urukagina se dirigían en parte a los honorarios que los sacerdotes solían exigir a los particulares.

Aún más elevado que los gastos del propio dios, su familia y sus sirvientes de rango divino era el coste de la multitud de empleados del templo, que abarcaba a todo un sector de la población de la ciudad población. En un sistema como el que se desprende de estos registros del templo, la distinción entre lo divino y lo humano tiende a desaparecer; al dios le corresponde el rey o ensi, a su familia la esposa del ensi y sus hijos, y las necesidades de ambos son cubiertas por la organización del templo, compuesta por administradores y trabajadores cuyos servicios a los dioses apenas se distinguen en cuanto a si pertenecen al plano divino o al humano. Cada uno desempeña su función y cada uno recibe su debida retribución y manutención. Había dioses —como se desprende de pruebas posteriores, que, sin embargo, pueden extrapolarse sin vacilación a la época dinástica temprana y, sin duda, a generaciones aún más remotas— a los que se consideraba que prestaban servicios bastante humildes, como cocheros y pastores de cabras para el señor de la ciudad y su templo; una vez más, la distinción entre ciudad y templo se difumina, pues una no era más que una aglomeración de la otra. Así, el templo era, de hecho, responsable del sustento de muchos ciudadanos, quienes, a su vez, vivían para y gracias al templo. En el lado del pasivo, este acuerdo implicaba naturalmente grandes obligaciones para el templo. Lo que podría denominarse «gastos domésticos» eran gastos elevados y fijos; el primero de ellos (o, al menos, el primero que se menciona) era, de forma bastante inesperada, el mantenimiento de yuntas de asnos, que, a juzgar de nuevo por lo que sabemos de la época de Gudea, eran animales magníficamente cuidados que se mantenían para proporcionar el transporte del dios, quien emprendía los viajes dictados por sus celebraciones anuales en un carro como los que encontramos en los monumentos y en las maquetas de la época, tirado por una yunta de cuatro asnos. Tampoco es de extrañar que tales carruajes estuvieran también al servicio del ensi, de su esposa y su familia, así como de los más altos funcionarios de la administración del templo; de nuevo, tiende a ser incierto si la necesidad se sitúa en el plano divino o en el humano. A continuación, el templo gestionaba servicios de restauración e incluso actividades manufactureras a gran escala para satisfacer sus propias necesidades y las de su personal, de modo que cada mes se requerían abundantes provisiones para las cocinas, la panadería y la cervecería. A ello había que sumar las provisiones especiales, pero regulares, destinadas a los responsables divinos y mortales de la administración, así como las cuantiosas raciones de forraje para los rebaños de cerdos, ovejas y ganado vacuno.

La lista de subsidios que el templo concedía a su personal ordinario era larga e impresionante, ya que el número de sus sirvientes y personas a su cargo se ha calculado, basándose en las cuentas, en unos 1 200.¹ Los salarios se pagaban exclusivamente en especie, y el producto básico que se distribuía era la cebada, el alimento habitual del pueblo. Además de esto, en ocasiones especiales se repartían pan, trigo, lana, cerveza, leche y fruta, al parecer durante las fiestas. Los salarios ordinarios los percibían los trabajadores varones, tanto los que poseían feudos del templo con obligación de prestar servicio militar, como aquellos que podrían considerarse esclavos. A estos se sumaba un gran número de mujeres empleadas en las actividades del templo relacionadas con las necesidades básicas de alimentación y vestimenta, es decir, en los almacenes y las cocinas, en los molinos de harina, y como hilanderas y tejedoras en la fábrica de ropa, la mayoría de las cuales parecen haber sido esclavas. Las que tenían hijos recibían también una pequeña asignación por estos ayudantes o personas a su cargo. Sus tareas consistían en la preparación de la lana, su hilado y tejido; otras, como se ha dicho anteriormente, trabajaban en las cocinas, los molinos de harina y las cervecerías; un grupo de sirvientas de rango superior atendía a la esposa y a los hijos del ensi como doncellas personales, peluqueras, niñeras o cocineras, pero la remuneración básica parece haber sido la misma para todas, aumentando únicamente en función del puesto y la destreza de los trabajadores. Entre los trabajadores varones, algunos parecen haber sido esclavos; se les denomina con una palabra que puede significar «ciego» o con una expresión más larga que parece significar «ciego y sordo», o «discapacitado mental». No resulta fácil comprender cómo, con esta discapacidad, podían prestar un servicio útil, pero se les encuentra empleados como jardineros y en talleres. El cultivo propiamente dicho de los grandes cultivos de cereales estaba en manos de los arrendatarios del templo, quienes cultivaban fincas de diversa extensión y estaban obligados, según las condiciones de su arrendamiento, a entregar una cuota fija de su producción, además de estar sujetos al servicio militar. Estos hombres también figuran entre los beneficiarios de salarios en los registros del templo, y tal vez ganaban estos complementos a sus emolumentos trabajando en las partes de la finca que no se arrendaban, sino que el templo conservaba para sus propias necesidades. Ninguno de los salarios pagados a ninguna de estas clases de trabajadores era elevado, ya que el máximo que recibía cualquiera era de unos 60 litros (72 sila) al mes, mientras que los trabajadores de menor rango no obtenían más que los niños: 10 litros (12 sila). Los destinatarios de esta modesta ración, incluso en su nivel más alto, eran los hombres que debían constituir las filas de los defensores de la causa del dios en la batalla, y de todo el ejército que la ciudad de Lagash podía desplegar en el campo de batalla, se calcula que el templo de Baba podía aportar entre 500 y 600 hombres.

La descripción anterior de la sociedad y la propiedad de la tierra en la época sumeria temprana en Lagash se basa, como se ha mencionado, en los registros detallados de un solo templo durante un período bastante breve. Se ha aceptado ampliamente como una imagen completa de la economía sumeria, que revela que casi toda la tierra pertenecía a los templos y que casi toda la población dependía de estos de diversas formas. Sin embargo, la base para tal generalización es precariamente limitada. La superficie de tierra a la que se refieren estos registros no supera aproximadamente una milla cuadrada. No obstante, aunque no se puede realizar una estimación fiable de la extensión total de los territorios de la ciudad, se sabe (1) que se extendían hasta «el mar», y (2) que el montículo ahora denominado Zerghul, a unas dieciocho millas al sureste de Tello, se encontraba dentro del área de la ciudad, siendo el lugar llamado Nina, sede de la diosa Nanshe, que actuaba como oráculo para los gobernantes de Lagash. Dentro de estos límites amplios, aunque indefinidos, es razonable suponer la presencia de otras fincas templarias, de las cuales al menos una, perteneciente al propio dios principal, cabe suponer que era aún mayor y más rica que los dominios de su consorte. Incluso teniendo en cuenta estas fincas y sumando las extensiones desérticas, sigue pareciendo probable que quedara una gran cantidad de tierra en manos de propietarios distintos de los templos. Tampoco faltan pruebas de ello, no solo en la cláusula de las reformas de Urukagina que prohibía a los sacerdotes recolectar frutos en el «jardín de un pobre», sino también en documentos de venta privada, en su mayoría de mercancías como metales, cereales, animales, pieles, pescado y esclavos, pero también de tierras, que abarcaban campos grandes y pequeños. Estas adquisiciones, en Lagash, fueron realizadas por gobernantes o miembros de su familia, y su posible intromisión en las propiedades de los templos es uno de los temas de las inminentes reformas. La compra de tierras más antigua de la que se tiene constancia la realizó Enkhegal, un predecesor de la «dinastía» de Lagash, y hay transacciones posteriores realizadas por Eannatum y por Lummatur, un hijo de la casa reinante. Algunas de estas adquisiciones fueron de gran envergadura, y todas se obtuvieron mediante el pago no solo de un precio principal a los vendedores principales, sino también de diversos obsequios —en ocasiones en plata, pero más a menudo en especie— a una serie de personas que tenían derechos colaterales sobre la propiedad. El trato siempre se ratificaba mediante la ceremonia de clavar una estaca en una pared y verter aceite. A partir de estas observaciones se ha deducido que gran parte de las tierras dentro de los límites de Lagash (y, por lo tanto, por analogía, en todo Sumer) pudo haber pertenecido a comunidades familiares, y estas podían enajenarlas por medio de los jefes de familia, con pagos proporcionales a los parientes que compartían la propiedad. Si esto es cierto, no solo surge una imagen diferente del estado sumerio primitivo, sino que algunos de los decretos de Urukagina parecen más comprensibles, como se verá más adelante.

Aunque la agricultura era, y siempre debió de haber sido, la principal fuente de riqueza en Babilonia onia, hay, especialmente en este período, abundantes pruebas de otra forma de riqueza: la derivada del comercio exterior. Algunas referencias en las inscripciones muestran la dependencia oficial de este para obtener materiales de construcción y productos selectos; las más interesantes son las de Ur-Nanshe, mencionadas anteriormente, relativas a los cargamentos de madera que le traían los barcos de Tilmun, y la placa de piedra tallada dedicada por el sacerdote Dudu, que fue traída del distrito oriental de Urua. El semi mitológico rey Enmerkar de Uruk mantenía relaciones comerciales (al parecer) con la ciudad de Aratta, que, por muy arduo que fuera el viaje, no quedaba fuera del alcance de un solo mensajero. De allí obtenía piedra y metales a cambio de los cereales de su propio país. En los documentos de comercio privado se encuentran algunos indicios de comercio más allá de las fronteras de Lagash, pero estos, una vez más, se limitan a un horizonte bastante cercano. Entre los lugares mencionados figuran las ciudades sumerias de Nippur, Uruk, Umma, Adab y Der, pero también se hace referencia a lugares más lejanos como Elam (para obtener plata a cambio de cebada), a la no identificada Uruaz para adquirir esclavos y, más lejos aún, a la conocida (aunque aún sin ubicación segura) Tilmun por su producto básico, el cobre. Pero este hecho apenas necesita testimonio escrito, pues la riqueza de las primeras tumbas de Ur se manifestaba en un uso fastuoso de materiales, tanto metales como piedras, de los cuales apenas uno es autóctono del país, aunque se trabajaban allí con una maestría que evidencia un largo uso en el manejo de estos productos exóticos.

Se han investigado con gran esmero los orígenes de los metales, tanto preciosos como comunes, utilizados tan profusamente en Ur y en otros yacimientos del tercer período dinástico temprano. Se cree que la fuente más probable del cobre —que delata una ligera mezcla del níquel, metal raro y por entonces aún no aislado— fue, por esta razón, Omán o, posiblemente, el Sinaí. El oro era aluvial y, por lo tanto, se aleaba de forma natural con plata y otros metales; las fuentes de este pueden buscarse donde Gudea lo encontró: un lugar probablemente en Armenia y el otro en Meluhha, un país cuya ubicación sigue siendo incierta, a pesar de su frecuente aparición en los textos cuneiformes. Pero al menos una posibilidad es Nubia, que era la principal mina de oro del mundo antiguo y la principal fuente de sus riquezas, tanto según testimonios antiguos como según estudios modernos. Las piedras, especialmente el lapislázuli y la cornalina, proporcionan una pista aún más interesante sobre un comercio muy extendido. El lapislázuli, el más preciado de todos, que la literatura no se cansa de mencionar como la comparación más espléndida de todo lo que se considera bello y precioso, no se puede obtener más cerca que en el lejano Badakhshan. Se dice que la cornalina se encuentra en las tierras que bordean el Golfo Pérsico, y es posible que parte de los suministros sumerios podrían proceder de allí. Pero es aún más común en el noroeste de la India, especialmente en forma de cuentas con motivos grabados o decolorados; los ejemplos más notables de estas se encontraron en el célebre yacimiento de Harappa, contemporáneo del período de Agadé en Babilonia, cuando estas cuentas, que nunca fueron muy comunes, se hicieron más conocidas allí. Existe una clara posibilidad de que las halladas en Babilonia fueran de fabricación india y se importaran directamente.

Los indicios de comercio exterior en el tercer período dinástico temprano son, por lo tanto, impresionantes; seguía las rutas marcadas por la naturaleza, hacia Siria y Asia Menor, bajando por el Golfo y atravesando las colinas y estepas de Persia y Baluchistán, pero estas riquezas solo eran accesibles cuando se disponía de la fuerza necesaria para mantener abiertos los accesos y de la riqueza para adquirir la mercancía. El brillante esplendor de las tumbas de Ur pone de manifiesto un dominio y un control de estos recursos extranjeros que nunca más se volvería a igualar a lo largo de la historia de la tierra. Pero este fenómeno no es aislado, pues hacia mediados del tercer milenio a. C. todo el mundo antiguo parece haber alcanzado al unísono el cenit de su prosperidad. Mientras en Sumer se desplegaban las glorias de una era heroica, los inicios de una literatura y el auge de las artes bélicas y decorativas, en Egipto florecía el Imperio Antiguo, época de los grandes constructores de pirámides y de sus artistas más destacados. Ahora también parece probable que incluso Anatolia, tan propensa a parecer una zona remota y «atrasada» al margen de las grandes civilizaciones, participara plenamente de las maravillas de este período. Los tesoros de Troya (II) llevan mucho tiempo a la vista del mundo moderno, y un descubrimiento reciente ha puesto de relieve su importancia. En Dorak, al sur del Propontis, se encontraron «tumbas reales» repletas de ricos ajuares que no tenían nada que envidiar a los de Ur, ni carecían de relación con ellos. El nombre de Sahure, segundo rey de la V Dinastía de Egipto, revela su datación, y un arma decorada con una hilera de pequeñas embarcaciones de alta mar da testimonio del comercio ultramarino del que debió derivarse toda esta riqueza. Es como si en aquellos años la savia fluyera con mayor intensidad por las ramas de todo el antiguo Oriente Próximo, alimentada por un suelo común que hoy no tenemos forma de detectar, pues en ninguno de estos lugares los hombres habían alcanzado aún la capacidad de expresarse con claridad por escrito. Por esta razón, puede parecer dudoso que el futuro pueda llegar a desentrañar el misterio de un logro tan manifiesto y simultáneo por parte de pueblos que difícilmente habrían podido enterarse con claridad de las noticias de unos y otros. Ahora bien, hay que añadir que se han expresado dudas sobre la homogeneidad y el origen de la colección Dorak, que, al parecer, solo fue vista en una ocasión por un observador cualificado.

Es precisamente por esta riqueza y estos logros por lo que no se puede ofrecer un esbozo adecuado de las artes que florecieron tan profusamente en este apogeo de la civilización sumeria temprana. No se trataba de inventos nuevos, pues su origen se percibe claramente en las épocas prehistóricas descritas, junto con sus productos, en el capítulo anterior. Algunas de ellas, de hecho, ya habían alcanzado allí su apogeo y experimentado un relativo declive. La arquitectura había adquirido muchas de las características de diseño y ejecución que mantendría no solo durante la Tercera Dinastía Temprana, sino incluso en épocas posteriores, y la planta del templo ya estaba definida en sus líneas generales. En cuanto a los materiales, se produjo entonces lo que parece un retroceso, ya que el extraño e inexplicable «ladrillo plano-convexo» », aparentemente desafiando toda lógica, había sustituido al práctico ladrillo rectangular en todas partes, salvo en las ciudades periféricas de Mari y Ashur. La cerámica también entra en este periodo en una etapa de declive; ya no se encuentra la «cerámica escarlata», y todo es de color beige liso, sin decorar o, como mucho, con motivos en relieve, incrustados o incisos. Para ello hay una razón obvia, que parece estar siempre presente en condiciones similares: el inmenso aumento de la oferta y el dominio en el trabajo de los metales orientó la destreza de los artesanos hacia este medio más evidentemente gratificante, y la cerámica se convirtió en un artículo de mero uso cotidiano en lugar del vehículo de grandes logros artísticos que había sido en épocas ya muy lejanas, en S usa o Arpachiyah. A su vez, por supuesto, este abandono conduce a un renacimiento, pues los costosos recipientes de metal fino se convierten en fuente de inspiración para el alfarero, que se las ingenia para imitarlos con su propia arcilla común; sin embargo, esta reacción no se observó durante el período dinástico temprano.

En el arte de grabar diseños en sellos cilíndricos, se había producido un declive al inicio de este período o incluso antes, y ahora se apreciaban nuevos avances. La primera etapa se caracteriza por cilindros largos y esbeltos con motivos de patrones continuos que se repiten, como los de los tejidos o papeles pintados modernos, a los que se ha dado el nombre de «estilo brocado». El segundo período es menos característico, ya que su tema es casi exclusivamente el friso de animales en combate intercalados con pequeñas figuras humanas, y por primera vez aparece una inscripción con una disposición desordenada en algunos de los sellos. En el tercer período, aunque el friso de animales sigue siendo el tema preferido, se representa de manera más natural, las figuras humanas cobran mayor protagonismo y las inscripciones, cuando están presentes, comienzan a organizarse en un lugar formal dentro del diseño. Sin embargo, se observa un gran aumento tanto en la calidad representativa de las imágenes como en el número de escenas representadas; los dioses aparecen en escenas mitológicas y rituales, y un motivo recurrente es el de un banquete en el que los protagonistas a veces beben de un recipiente situado entre ellos a través de largos tubos curvados, de los cuales se han hallado algunos ejemplares muy decorados en las excavaciones. Así, el tercer período emplea un estilo y un repertorio que pretenden ser plenamente pictóricos, pero podría decirse que este intento se queda corto en comparación con los bellos cilindros arcaicos de Uruk. En este aspecto concreto, el tercer período dinástico temprano es una época de progreso más que de plenitud, ya que sus cilindros conducen a la riqueza temática y a la belleza en la ejecución que no se perfeccionaron hasta la dinastía de Agadé. La escultura en piedra, tanto a todo round como en relieve, está ampliamente representada en el período dinástico temprano. Hasta hace poco, los ejemplos se limitaban en su mayoría a las últimas generaciones y a obras realizadas para los gobernantes de Lagash, quienes aparecían de manera desproporcionada en el ámbito del arte, al igual que figuraban en una historia en la que no parecían merecer tal protagonismo. Los descubrimientos de yacimientos de pequeñas estatuas humanas, que en ocasiones alcanzaban casi la mitad del tamaño natural, en las excavaciones de Eshnunna y en el lugar que hoy se conoce como Khafaji no solo han permitido remontar los ejemplos hasta el segundo período dinástico temprano, sino que han dado a conocer una nueva escuela local de escultura¹ con una tradición y una técnica bastante diferentes de las de Lagash. Al igual que las figuras conocidas anteriormente, no puede decirse que estas alcancen un grado muy impresionante de maestría; las cabezas y los rostros son toscos y poco atractivos debido a los ojos incrustados y fijos, y al pelo y las barbas negros; los cuerpos son torpes y las piernas tienen un grosor exagerado debido a la necesidad de soportar todo el peso de la figura, ya que esta cofradía de escultores no utilizaba la convención de mostrar las piernas solo en alto relieve sobre un fondo sólido, que en otras figuras contemporáneas tiene la función de soportar el peso. La escultura en relieve también ha sido ilustrada recientemente con ejemplos del mismo yacimiento. Estos también pertenecen en parte al período medio de la época dinástica temprana, por lo que resulta aún más sorprendente que sean decididamente superiores a la mayoría de las obras de Lagash en cuanto a diseño y ejecución. Se trata de placas de piedra gruesas, más o menos cuadradas, con un borde elevado para proteger la escultura y con un amplio agujero en el centro, como si fuera para alojar una clavija robusta de madera o arcilla que fijara el objeto a una pared. La superficie está dividida en tres o cuatro registros de figuras en bajorrelieve que, por lo general, representan una escena de banquete en la que un hombre y una mujer están sentados uno frente al otro bebiendo, atendidos por sirvientes y músicos; los registros inferiores suelen estar ocupados por otras personas que traen los alimentos para el festín. Una variación significativa en la fila más baja muestra un ruedas tirado por las habituales bestias parecidas a asnos, estando el carro cubierto con una piel de leopardo. Hay tres hombres al servicio: uno es el propietario del carruaje, pero se encuentra de pie, desmontado, detrás de él; los otros dos son sirvientes, uno a la cabeza del yugo y otro detrás del cochero.1 El estilo de estas placas no puede calificarse de consumado, y las figuras humanas, en especial, presentan una crudeza arcaica, aunque menor que la de los conocidos «relieves familiares» de Ur-Nanshe, que, no obstante, parecen ser posteriores y, por esa razón, resultan más informativos, ya que llevan inscripciones. Si se conociera mejor el significado o incluso la ubicación exacta de estas placas, podrían ayudar a explicar ciertas ideas que los sumerios parecen haber tenido sobre los muertos, y tal vez sobre el efecto de las ceremonias celebradas en ocasiones especiales de entierro.

Lo más atractivo, al menos a los ojos modernos, de los productos artísticos de este pueblo y esta época son sus obras en metal y con incrustaciones. Las piezas representativas, descubiertas sobre todo en Ur y Mari, son hoy bien conocidas, ya que han sido ilustradas y descritas en numerosas ocasiones. Presentan una extraña mezcla de maestría —como en el atractivo burrito del anillo de las riendas— y de crudeza, que se manifiesta esporádicamente tanto en los motivos como en la ejecución, y, en ocasiones, ambas a la vez, como en las figuras de animales recubiertas de cobre procedentes de Al-‘Ubaid. Lo más interesante de todo son las escenas representadas por pequeñas figuras de concha o piedra caliza incrustadas sobre un fondo más oscuro de betún liso o de costoso lapislázuli. Su significado suele ser bastante claro en sí mismo, pero solo se revela una parte de su importancia, ya que muy rara vez se conoce cuál era el contexto o la intención de tales representaciones —las cabras saltando, los animales músicos y, sobre todo, el célebre «estandarte» de Ur, son ejemplos notables de esta falta de contexto. Las copas y los recipientes de oro deben quizá la mayor parte de su fama a su material, siempre muy apreciado, pues difícilmente puede decirse que sus diseños sean notables; las asas de alambre, débiles y descoordinadas, de los cuencos de oro parecen especialmente defectuosas, y el vertedor elíptico acanalado de pico largo, con su absurda patita, no puede calificarse de elegante, mientras que el yelmo de oro de Meskalamdug destaca más por su artesanía que por su gusto. Entre los mejores productos de metal de estos primeros sumerios se encuentran las armas y herramientas comunes de bronce (con versiones de lujo en oro), que son a la vez bien diseñadas, prácticas, resistentes y de aspecto agradable.

 

RELIGIÓN Y PRÁCTICAS DE CULTO

Ya se ha señalado como una característica peculiar de este período que se hubiera desarrollado una forma de gobierno humano que parecía reproducir en la tierra exactamente la jerarquía del cielo, de modo que a veces resultaba difícil distinguir si los protagonistas eran los dioses o los hombres. En una sociedad así, los gobernadores de las ciudades, en su calidad de representantes, deberían tener acceso exclusivo al dios de la ciudad y recibir su autoridad de él, pero hay indicios de que los sacerdotes adquirieron un creciente poder en las ciudades sumerias. Los primeros gobernadores de las ciudades nunca se autodenominaban sacerdotes y rara vez mencionaban a otros de esa vocación; la figura más significativa es la de alguien que parece ser un adivino en una inscripción muy oscura de Ur-Nanshe. A partir de la época de Entemena, los sacerdotes cobran protagonismo, y Dudu, el sacerdote del dios de la ciudad Ningirsu, era un funcionario tan importante que no solo se fechaba un acontecimiento según su acceso al cargo, sino que además dedicaba monumentos propios, como un gobernante. Enentarzi, un gobernador posterior de la ciudad, ascendió a su cargo desde el sacerdocio y misma sucesión se observó en la ciudad vecina de Umma, donde II, que ya era miembro de la familia gobernante, fue en un principio sacerdote a cargo de uno de los santuarios y fue ascendido al cargo de gobernador por Entemena de Lagash tras destronar a su tío Urlumma. De todo esto y de analogías posteriores se puede deducir que, en un principio, el propio ensi era el sacerdote y que, incluso cuando las funciones comenzaron a diferenciarse, quizá mediante la delegación de los deberes religiosos, el sacerdote seguía siendo pariente y, en ocasiones, el sucesor designado del ensi. Este privilegio del gobernante de mantener una estrecha relación con su dios se deriva de la antigua tradición de una época en la que los dioses no estaban muy alejados de los hombres, cuando Gilgamesh o Enmerkar pedían consejo a los dioses, y las figuras divinas aún caminaban por la tierra y conversaban con sus habitantes.

Sin lugar a dudas, la prueba más importante de las prácticas religiosas entre los primeros sumerios consiste en los sensacionales descubrimientos de las «Tumbas Reales» de Ur, y en algunos otros hallazgos más aislados que podrían estar relacionados con ellas. Es un hecho evidente que, en determinadas ocasiones y al servicio de ciertas personas de alto rango, muchos seguidores de ambos sexos, así como numerosos animales, con todo el equipamiento necesario para su servicio, fueron enterrados en las mismas tumbas que sus amos, visiblemente como compañeros cuyo destino era continuar con sus servicios en otra vida. Se trata de cuestiones de observación, pero su interpretación ha sido objeto de controversia durante mucho tiempo y sigue sin estar zanjada. Las pruebas escritas contemporáneas son muy escasas y solo se refieren a un único aspecto: la identidad de los personajes en cuestión. No hay información fiable, ni siquiera en textos posteriores, sobre sacrificios humanos, solo una posible alusión en una de las historias de Gilgamesh a un héroe al que acompañaban en la muerte algunos de sus sirvientes. En cuanto a los personajes para quienes se construyeron las tumbas, los nombres de Meskalamdug y Akalamdug aparecen varias veces, y este último lleva , en un sello, el título específico de «rey de Ur». También había dos o tres damas que ostentaban el título de nin; una de ellas era la que contaba con el séquito más numeroso de todas, mientras que otra era la esposa de Mesannipada, primer rey de la Primera Dinastía de Ur. Así pues, está razonablemente bien establecido que las tumbas tienen pleno derecho a la calificación de «reales», aunque la mayoría de sus ocupantes nombrados sean desconocidos en la lista de reyes; y, en consecuencia, el sacrificio humano puede considerarse otro ejemplo llamativo de una costumbre bien conocida, primitiva pero de larga perdurabilidad, aunque no se sabe nada de tal costumbre en la historia posterior de Babilonia.

Sobre las razones de este rito aparentemente aislado en Sumer y las ideas que lo sustentaban, solo hay unos pocos indicios, quizá engañosos. Entre los ricos y variados ajuares de estas tumbas, el único objeto que parece contar una historia es el llamado «estandarte», que presenta algunas similitudes marcadas con las placas en relieve de piedra, con un agujero en el centro, halladas principalmente en Tell Asmar, y de las que también son ejemplo los «relieves familiares» de Ur-Nanshe y otras esculturas similares en Lagash; en las propias tumbas reales se encontró un fragmento revelador. En la mayoría de ellas se representa una escena de banquete y, a veces, en el registro inferior aparece un carro cuadriga con un suntuoso equipamiento y atendido por sirvientes, pero sin ocupantes. Los carros, con toda su tripulación, también aparecen en el «estandarte» como el arma principal en una batalla victoriosa, y una escena de banquete, en el otro lado, se interpreta naturalmente como una celebración de esta. Sin embargo, es dudoso que exista una conexión real entre estos motivos en las placas y en el « estandarte», ya que la mera aparición de un carro de dos ruedas en las primeras no guarda necesariamente relación con la imagen de carros de guerra de cuatro ruedas en plena carga en el segundo; y la escena del banquete es un motivo demasiado común como para merecer una interpretación especial en este contexto. Dos de las placas de Ur-Nanshe presentan un motivo diferente: el rey lleva sobre la cabeza la primera cesta simbólica de tierra, para inaugurar la construcción de un templo . Otra lleva la inscripción de que fue dedicada como soporte de una maza sagrada. Por otra parte, varias de las halladas en Lagash solo presentan emblemas religiosos y carecen de la escena del banquete. A pesar de todo ello, no está del todo claro dónde se colocaban las placas ni cuál era su finalidad. La misma incertidumbre rodea al «estandarte»; se halló en una de las tumbas más grandiosas de Ur y parece haber sido llevada por un asistente que lucía un peculiar tocado de cuentas. Si se ha restaurado correctamente en su forma actual, no tiene ningún uso visible, y si realmente se llevaba delante de un rey, no podría ser más que una alarde pictórica del éxito y la prosperidad reales; sin embargo, para este propósito parece demasiado diminuta. No es necesario atribuir un significado más profundo a las placas de piedra, que se dedican en su mayoría a los temas convencionales de la piedad y la ostentación reales. Resulta decepcionante que las concepciones religiosas y sociales, únicas en la historia sumeria, que consagran las «Tumbas Reales», sigan sin comprenderse por el momento.

 

SOCIEDAD Y PROBLEMAS SOCIALES

La disposición de los difuntos servía para marcar, en las antiguas ciudades sumerias —al igual que ha ocurrido constantemente a lo largo de toda la historia posterior—, la distinción de clase y riqueza. En un verso de una historia sobre el fabuloso Gilgamesh, se representa a este héroe extrayendo la conclusión más humillante para sí mismo al asomarse por encima de la muralla de Uruk, que acababa de construir, y contemplar los cadáveres que flotaban en el río; tal pudo haber sido, en efecto, el final de los ciudadanos más pobres. Los de mejor condición podían reclamar un entierro, con ajuares funerarios de diversa riqueza. El entierro conllevaba gastos para el funeral, y el abuso progresivo de estos por parte del clero como medio de extorsión ha ayudado a revelar que, a finales del período dinástico temprano, la opinión pública había evolucionado hasta el punto de exigir cambios en las condiciones políticas y sociales. Las exacciones injustas de los oficiantes religiosos no eran, sin embargo, más que uno de los males que se habían vuelto lo suficientemente onerosos como para que un príncipe (quizá en un intento por reforzar un poder usurpado) los denunciara y remediara.

Las célebres reformas sociales de Urukagina, y su registro en sus inscripciones, constituyen un testimonio llamativo del avanzado estado de civilización y desarrollo político alcanzado en esta etapa aún muy temprana de la historia documentada. Que un gobernante derogara costumbres que afectaban a sus intereses o incluso ofendían su sentido de la justicia tal vez no resultara sorprendente en ninguna sociedad moderadamente desarrollada; que redactara un «manifiesto» en el que denunciara los abusos e instituyera un nuevo régimen demuestra que los primeros sumerios habían alcanzado una madurez política que las generaciones posteriores, incluso en un mundo muy alejado de los límites de la antigua Babilonia, apenas han superado.

En su segundo año, Urukagina asumió el título de lugal o rey, aparentemente haciendo caso omiso de cierta supremacía formal de Kish, . y es posible que sus reformas estuvieran motivadas, al menos en parte, por el deseo de reforzar su propia posición y asegurarse el apoyo de las clases más influyentes entre sus súbditos, aquellas obligadas a prestar servicio militar. Al igual que la mayoría de los cambios de este tipo y, por así decirlo, marcando la pauta para muchas purgas posteriores, estas reformas se presentaron como un retorno a las «buenas costumbres de antaño» que el dios de la ciudad, Ningirsu, había ordenado en un principio, aunque algunas de las prácticas condenadas tenían ya una larga tradición. Una vez completados los cambios, Urukagina se sintió capaz de afirmar que había justificado su actuación como representante del dios. Tan literales eran las ideas sobre esta relación directa que el rey recién entronizado proclama, en una frase impactante, que «celebró este pacto con Ningirsu para no entregar a los débiles y a las viudas en manos de los poderosos» . También es característico que estos documentos únicos de la historia social estén integrados en inscripciones de edificios.

Una deidad que, según las inscripciones de Urukagina, gozaba de gran favor por parte de este, puede considerarse ahora como la que le impulsó a promulgar sus nuevas leyes. Una de sus obras públicas fue la limpieza de un canal que iba desde Lagash hasta un lugar llamado Nina (hoy Zerghul), donde se alzaba el templo de la diosa Nanshe, a quien los gobernantes consultaban como oráculo tras viajar en barcas hasta su santuario para buscar esclarecimiento sobre la voluntad de los dioses, tal y como lo describió el posterior gobernador Gudea. Un himno a esta diosa que aclama su elección de Gudea probablemente data de su reinado en su forma actual, pero también menciona al antiguo Ur -Nanshe como alguien que había sido elegido de manera similar, y su propio nombre da testimonio de su devoción. Ur-Nanshe fue, aunque no por descendencia familiar directa, el primero de una estirpe de reyes de Lagash que culminó con Urukagina. La diosa era capaz de interpretar para Gudea los deseos del dios de la ciudad, Ningirsu, y podría haber revelado a cualquier gobernante las razones por las que había elegido a Ur-Nanshe. Esas razones eran de carácter moral; En el himno se alaba a Nanshe como defensora de la misericordia, la justicia y la sabiduría. Ella protege a las viudas y a los huérfanos, castiga a los opresores, juzga a los malhechores, mantiene las medidas correctas y cuida especialmente de los ingresos del templo. Urukagina no, en los textos que se conservan, invoca su autoridad, pero escuchaba sus consejos, y es posible que el himno que celebra sus cualidades benévolas y alude tan claramente a los propósitos expresados por el rey se compusiera por primera vez durante su reinado.

Los cambios introducidos por Urukagina, al menos los que mejor se comprenden, parecen un intento genuino de aligerar las cargas impuestas a la población en general por los gobernadores y también por los sacerdotes; sin embargo, no se pretendía alienar a estos últimos con las nuevas disposiciones, pues, aunque se les privaba de ciertos privilegios injustos, se les devolvían otros derechos que les correspondían. Las clases mencionadas específicamente como liberadas de cargas y controles vejatorios eran los barqueros, pescadores, labradores y pastores; se les liberó de la supervisión y de la obligación de pagar sus tributos en plata. Estas clases, junto con los sacerdotes y la población en general, sufrían la intromisión y las exacciones de una burocracia desmesurada —«en los límites del dios Ningirsu, hasta el mar, había inspectores»—; estas fueron totalmente abolidas, tal y como proclama el rey, sin duda con cierta exageración propia del arte de gobernar. La clase sacerdotal se vio doblemente afectada por el nuevo orden; por un lado, se les prohibió oprimir a los súbditos mediante invasiones ilegales de la propiedad y la apropiación de cosechas, y, sobre todo, se les limitó a menos de la mitad de los honorarios desmesurados que habían extorsionado en los funerales; sin hacer distinción, al parecer, entre dos tipos de entierro, los de los ricos y los de los pobres, que la costumbre de la época reconocía. Por otro lado, los sacerdotes se beneficiaron no solo de la supresión de los inspectores fiscales, sino también de una restitución más positiva. Durante muchos años, el gobernador de la ciudad había tenido la costumbre de apropiarse de los bueyes de los dioses para arar sus propios huertos, y su usurpación había llegado tan lejos que él y su familia se habían apoderado directamente de las casas pertenecientes al dios y a la familia divina. Pero ahora Urukagina «restableció a Ningirsu como propietario» de la casa del gobernador y de los campos del gobernador. Del mismo modo, devolvió a la diosa Baba a su casa, que había llegado a llamarse la «casa de la Mujer», es decir, de la esposa del gobernador, y al hijo divino a la casa llamada hasta entonces « casa de los Niños». Con estas medidas, el reformador, fuera cual fuera su motivo, demostró no tener miedo de atacar las ganancias injustas, incluso cuando eran suyas.

La población común de la ciudad obtuvo un alivio real y positivo gracias a las disposiciones de Urukagina. También ellos se beneficiaron de la desaparición de la intromisión y la opresión de los recaudadores de impuestos especiales, pero tenían más motivos para alegrarse. Los sacerdotes no podían invadir sus propiedades, y también estaban a salvo de la opresión por parte de las clases más influyentes, que se habían hecho culpables de imponer ventas en condiciones desfavorables a sus inferiores. Se decretó que, en lo sucesivo, si un hombre poderoso deseaba comprar el asno o la casa de un vecino humilde, este último podría exigirle que pagara un precio justo en moneda de curso legal, y el rico no podría vengarse de él por su negativa; la importancia de esta disposición a la hora de evaluar el alcance de la propiedad privada en Lagash durante este período —que, por lo demás, parece tan absorto en los templos, ya se ha señalado anteriormente. Otras medidas de interés público fueron la represión de la delincuencia y ciertas exenciones de las tasas que antes se exigían con motivo de los divorcios, frenando así las relaciones ilícitas de las mujeres, quienes, a consecuencia de estas multas, se convertían en esposas de otro sin dejar de estar casadas con su marido anterior. Algunas de estas disposiciones tenían sin duda por objeto la abolición de meros abusos y parecen haberse inspirado en un interés genuino por la justicia social, lo cual honra a este primer reformador de todos cuyos nombre conserva la historia. Cuál pudo haber sido la tendencia subyacente de estos cambios ha sido objeto de diversas interpretaciones¹ y no puede afirmarse que se desprenda con claridad. Pero, al menos, el principal perjudicado por esta «ordenanza abnegada» , parece haber sido el propio gobernador, quien devolvió las propiedades a los templos y condonó los impuestos al pueblo con cargo a sus propios ingresos y a los de los sacerdotes. Los clérigos, junto con los funcionarios, sufrieron efectivamente cierta reducción de sus beneficios ilícitos, pero pueden considerarse, no obstante, los principales beneficiados, ya que la tendencia principal de los cambios de Urukagina apuntaba claramente hacia el restablecimiento de la «teocracia original» teocracia, lo que solo podía redundar en su beneficio.

 

LA TRANSICIÓN AL IMPERIO

Urukagina reinó solo ocho años; su ascensión al trono se produjo por la fuerza, y su caída se debió a un ataque externo. Lagash se vio repentinamente abrumada por la embestida de un adversario más poderoso o más afortunado que cualquiera de los antiguos vecinos hostiles que habían gobernado en Umma. Se trataba de Lugalzagesi, quien posteriormente se convirtió en rey de Uruk y figura por sí mismo como la «tercera dinastía » de esa ciudad en virtud de su derrota, no del rey no reconocido de Lagash, sino del «soberano» contemporáneo de Kish. En el momento de su victoria sobre Lagash, que puso así fin a las largas y encarnizadas luchas entre estas dos ciudades, Lugalzagesi seguía siendo ensi de Umma. No se sabe nada de los preparativos, y tal vez el ataque fuera repentino, favorecido por disputas internas, algo que hay motivos para sospechar que ocurriera en Lagash en aquella época. El asalto tuvo corrió éxito de inmediato, la ciudad y los templos de Lagash fueron invadidos y arrasados, la sangre corría a raudales en los santuarios, el fuego y el saqueo se desataron por doquier. De todo esto nos informa una indignada protesta escrita en una tablilla de arcilla,¹ hallada entre las ruinas miles de años después de la catástrofe. Tras enumerar los santuarios profanados por el enemigo, la matanza, el incendio y el saqueo, termina con un desafío desafiante al conquistador: «Los hombres de Umma, tras la destrucción de Lagash, pecaron contra Ningirsu. La mano que se alzó contra él, se la cortará. No hubo ofensa alguna por parte de Urukagina, rey de Girsu, pero en cuanto a Lugalzagesi, gobernador de Umma, que su diosa Nisaba le haga cargar con su pecado sobre el cuello». ¿Cómo fue posible que esta audaz denuncia se escribiera bajo el dominio del vencedor? Tiene un tono casi profético y se cumplió de forma dramática.

Lugalzagesi vivió otros momentos de triunfo y ha dejado una inscripción en la que reclama no solo la soberanía tradicional sobre «la tierra» (lo que permite la lista de reyes), sino también una carrera de conquistas o, al menos, de ascendencia en el extranjero. Cuando el dios Enlil lo nombró rey legítimo de Sumer, entonces «desde el Mar Inferior (junto al) Tigris y el Éufrates hasta el Mar Superior trazó su camino sin desvíos; desde el sol naciente hasta el ocaso, hizo que no tuviera adversario». La inscripción continúa celebrando la paz y la gloria que él otorgó a todas y cada una de las antiguas ciudades de Sumer, y termina con una plegaria a Enlil por su propio poder militar y la prosperidad de su reino. La lista de reyes le atribuye un reinado de veinte veinticinco años, por lo que pudo disfrutar durante un tiempo de la confianza que le otorgaba la fortuna decretada por los cielos. Pero la maldición de su víctima olvidada en aquella Lagash —que no se dignó incluir en su relato de súbditos— acabó por alcanzarle. Una nueva y portentosa figura había surgido de un humilde estado de servidumbre bajo el rey de Kish, y el gran Sargón de Agadé, pasando rápidamente de las exigencias y los mensajes hostiles al rey más anciano , lanzó un ataque contra Uruk, derrotó y capturó a Lugalzagesi, y «lo llevó con un yugo hasta la puerta de Enlil» en Nippur.

La caída de Lugalzagesi y de su Tercera Dinastía de Uruk no supone más que una transición ordinaria en la lista de reyes, pero la ruptura fue más amplia y mucho más significativa que antes. Marca un cambio completo de intereses y, con la mayor claridad, pone fin a una era. El período dinástico temprano ha llegado a su fin, y tras él cambia el panorama de la historia babilónica. La ruptura es evidente en casi todos los aspectos de la civilización. Por primera vez, otro elemento asumió el poder e impuso su lengua en los registros oficiales y privados. A una época de pequeños estados locales le siguió la creación de un amplio dominio, que, en adelante, con interrupciones intermitentes, constituiría el modelo de la historia política de Asia Occidental hasta el fin del Imperio persa. El estilo artístico e incluso el de la escritura sufrieron una marcada transformación. Todo esto puede resultarnos más evidente a nosotros, con nuestra mayor conciencia histórica y nuestra mejor perspectiva, de lo que podría serlo para cualquier época posterior de tradición autóctona, incluso con una documentación más completa que la nuestra. No obstante, esa tradición no tenía ninguna duda sobre la importancia de los nuevos reyes que iban a gobernar desde la nueva ciudad de Agadé. Si Gilgamesh fue, en cierto sentido, la figura típica de una época, Sargón y Naram-Sin representarían la siguiente, y aunque el primero se hubiera retirado más allá de la bruma de la leyenda, sus contemporáneos posteriores también vivían bajo su sombra.

 

LA DINASTÍA DE ACAD Y LA INVASIÓN GUTIA

I.

EL REINADO DE SARGON

 

Con la aparición de esta imponente figura, grandiosa pero difusa para las generaciones posteriores de babilonios casi tanto como para nosotros, la memoria histórica del pueblo se enriqueció con su tesoro más perdurable. Sin embargo, la tradición escrita, en la medida en que está actualmente a nuestro alcance, hace escasa justicia a un rey que no solo fue capaz de alcanzar la grandeza, sino también de dejarla constancia para la posteridad con mayor claridad que cualquiera de los que le precedieron y la mayoría de los que le sucedieron. Las inscripciones de Sargón debieron de ser numerosas y los restos que se conservan demuestran que eran informativas y detalladas en cuanto a sus actividades bélicas y religiosas, y posiblemente incluso a sus actividades. Con un lenguaje diferente, un espíritu algo nuevo se introdujo en los registros y pareció, durante un tiempo, superar la reticencia histórica que se manifiesta de forma tan decepcionante en otros períodos, no por ello menos gloriosos, de la historia de la nación. Las inscripciones se han perdido en su mayor parte o aún no se han recuperado, aunque quedan algunas en copias realizadas por escribas que examinaron las estatuas y los trofeos depositados en el gran santuario central de Nippur. La lista de reyes sumerios apenas dedica dos o tres comentarios sobre el propio fundador y vuelve a caer en su habitual recuento de nombres y números para el resto de la dinastía de Agadé; y todo lo demás son anécdotas conservadas y tal vez adaptadas con fines específicos.

Un origen milagroso o misterioso es esencial para los personajes sobrehumanos, y Sargón fue el primero en demostrar que el gusto de los antiguos pueblos orientales se decantaba por lo segundo. Al igual que varios sucesores notables que tuvo, y no lo ocultó, un origen desconocido y unos comienzos humildes. El relato de esto no solo es explícito, sino que se transmite en una forma que pretende ser sus propias palabras. Solo se conservan las primeras líneas de unas tablillas asirias que comienzan: «Yo (soy) Sargón, el poderoso rey, rey de Agadé», y continúan relatando el nacimiento y los primeros años del narrador, mencionan de forma fragmentaria algunas de sus conquistas posteriores y luego se interrumpen. De hecho, no es probable que las palabras sean una declaración auténtica del gran rey; el tipo de composición al que pertenece este texto solía presentarse en forma de relato personal, como si se hubiera extraído de una inscripción, pero hay muchos indicios que sugieren que se trataba de obras de una época posterior, con un sesgo didáctico y tal vez una cierta filosofía de la historia. Una de esas inscripciones registradas incluso pretendía relatar, en las propias palabras del dios, la vida y los logros benéficos de «el dios Marduk, el gran señor». A pesar de este elemento de falsificación, estos relatos se basaban sin duda en una tradición auténtica, y no hay nada inverosímil en las afirmaciones que esta «leyenda» atribuye a Sargón. Según ella, por tanto, su madre era una sacerdotisa y su padre, un vagabundo desconocido. Nació en secreto en una oscura aldea del Éufrates llamada Azupiranu, tal vez «la ciudad del azafrán», nombre que proviene de un producto local que ha conservado su denominación casi inalterada. Su madre, para deshacerse del niño, lo encerró en una cesta que cubrió y selló con brea, y la lanzó al río. Milagrosamente a salvo de ahogarse, fue arrastrado río abajo y rescatado por un tal Aqqi, un jornalero de un palmeral, que vio la cesta cuando su cubo se sumergió en el agua. Aqqi recogió al niño y lo crió como si fuera suyo, haciéndole seguir la misma profesión.

En este punto, la tradición es retomada por dos textos que la corroboran; uno es la propia misma, que afirma que Sargón era jardinero; el otro, un relato sumerio de su vida que repite los detalles sobre su lugar de origen, así como sobre su madre y su padre. El siguiente episodio de esta trayectoria milagrosa fue que la diosa Ishtar concedió su favor al joven y, gracias a ello, pronto se le encontró al servicio de Ur-Zababa, conocido en la lista de reyes como un rey de la Cuarta Dinastía de Kish. Este potentado vivía con gran pompa, pues uno de los textos mencionados anteriormente lo llama «el pastor (que) se alzó como el sol en el templo de Kish» y tenía la curiosa distinción de dar nombre a un instrumento musical. Pero llegó a ofender al dios Marduk, y esto en un asunto que concernía a Sargón. Este último había alcanzado el cargo privilegiado de copero de Ur-Zababa, quien en ese momento le ordenó que «cambiara la ofrenda de bebida de E-sagila». Sargón, eludiendo esta impiedad y redoblando su propio servicio al dios, le quitó el favor divino a su señor, y Marduk nombró al siervo señor de la tierra (y, se añade, del mundo) en lugar de Ur-Zababa. Pero, dado que cabe observar que la dinastía de Kish continuó durante otros cinco reinados tras esta exitosa deserción, Sargón no fue en un principio más que un rival, no un destructor. Es posible que los primeros años de su reinado los dedicara a dotarse de una capital, pues todas las fuentes describen cómo la construyó en un lugar nuevo. Pero al hacerlo, él también cometió algún acto que el dios celoso consideró una impiedad, pues se dice que extrajo tierra de Babilonia con el propósito de construir una ciudad «junto a Agadé», y que llamó a esta ciudad «Babilonia» . El incidente se relata en dos crónicas y un presagio, pero su significado no está del todo claro; tal vez signifique que estos cronistas posteriores acusan a Sargón de intentar ambiciosamente crearse una capital que gozara del prestigio del que disfrutaría Babilonia en épocas posteriores, y que ellos consideraban inmemorial.

Tal fue la historia temprana del héroe, con un toque apropiado de leyenda, pero con poco que tenga por qué ser falso. Hay muchos indicios que apuntan a su origen extranjero y que señalan el curso superior del Éufrates como su lugar de nacimiento, aunque, si la historia de su viaje en solitario es cierta, no puede considerarse el líder de una supuesta invasión de «acadianos», considerada la primera migración «histórica» de occidentales a Babilonia. Pero su lengua materna, que iba a injertar en la antigua escritura sumeria, le capacitó para entrar al servicio de la corte de Kish, donde los reyes con nombres semíticos habían figurado entre los primeros gobernantes. El resto no es más que el logro de tantos jóvenes desconocidos destinados a la fama; para un hombre así, marcado por el destino, el favor especial de una deidad podría darse por sentado. La fundación de su nueva ciudad es situada por nuestras fuentes después de otros acontecimientos principales de su reinado, pero cabría pensar que tuvo lugar más naturalmente tras su rebelión contra Ur-Zababa, pues no se hizo con el control de ninguna otra ciudad ya existente, y su nueva era no podía inaugurarse mejor que desde una nueva capital. Esto quedó marcado también por la adopción de un nuevo nombre, pues el muchacho desconocido seguramente no se llamaba al nacer «Verdadero Rey». Su trayectoria justificó el nombre y le confirió un carácter mágico para las generaciones posteriores. Fue llevado con orgullo por dos reyes asirios, el segundo y más grande de los cuales desdeñó por ello el estilo familiar de un padre que, al alcanzar el trono, había asumido la gloria tradicional del nombre Tiglat-Pileser. Una justa confianza en sus propias facultades dictó su elección a Sargón de Agadé, en una época en la que el nombre adoptado como inspiración y presagio no resultaba desconocido. Durante el reinado de Naram-Sin, uno de sus oponentes, que lideró la revuelta de Kish, adoptó el nombre desafiante «El que reunificó Kish», bajo el cual ha sido conmemorado. Incluso el barquero Aqqi, que rescató al pequeño Sargón, llevaba un nombre que bien podría haber proclamado su oficio. Se honró una costumbre más antigua cuando la dinastía acadia se afianzó en el poder, y entre los descendientes de Naram-Sin se encontró un par de nombres, «Rey de todos los Reyes» y «Hijo de todos los Reyes», que traducían la antigua convención real sumeria, se encontró entre la descendencia de Naram-Sin.

Apenas disponemos de información sobre la cronología del reinado de Sargón y el orden de sus acontecimientos, y solo podemos guiarnos por lo que parece ser la progresión natural. La siguiente dinastía en la lista de reyes, tras aquella en la que Ur-Zababa gobernó en Kish, fue la tercera de Uruk, y su único miembro fue Lugalzagesi, a quien se le atribuye un reinado de veinticinco años. Las líneas generales de la trayectoria de este rey pueden deducirse de sus propias inscripciones y de otras alusiones. Como ensi de Umma, reanudó la guerra enquistada contra sus vecinos de Lagash y vengó las numerosas derrotas de sus predecesores con una destrucción salvaje de la ciudad rival. Algún tiempo después de esto se hizo con el control de Uruk, y su reinado de veinticinco años se sin duda se cuenta a partir de ese acontecimiento. Durante esos años acumuló los éxitos que reivindica en su única inscripción extensa, hallada en vasijas consagradas en Nippur. Bajo diversos títulos, tanto sacerdotales como civiles, fue gobernante y benefactor de Umma, Uruk, Ur, Larsa, Nippur y otros dos centros religiosos; además, afirmó específicamente que el dios supremo lo había nombrado «rey de la tierra», asumiendo así, en los términos más formales, el antiguo título de soberanía entre las ciudades de Sumer. En ningún lugar reclama el dominio de Kish, y se desconoce cómo o quién llevó a cabo la derrota de esa ciudad, tal y como postula la lista de reyes, fue llevada a cabo, ni si la víctima fue Ur-Zababa o uno de sus cinco sucesores. Pero con Lugalzagesi se abre por primera vez una perspectiva más amplia que la dominación local; en un pasaje llamativo de importancia inequívoca, aunque de redacción ligeramente oscura, proclamó que el dios no solo le había otorgado la realeza sobre «la tierra» (kalam, es decir, Sumer), y «había dirigido la mirada de la tierra hacia él», sino también que «había sometido a sus pies las tierras extranjeras (kur-kur) y, desde el sol naciente hasta el ocaso, había hecho que (todos) se inclinaran ante él». Una vez alcanzado este estado, Enlil, además, «desde el Mar Inferior (por) el Tigris y el Éufrates hasta el Mar Superior enderezó su camino, desde el sol naciente hasta el ocaso hizo que no tuviera ningún adversario». Aunque solo fuera mediante una enérgica incursión, Lugalzagesi había traspasado esos límites más allá de los cuales los cronistas sumerios no habían mirado, y había mostrado el camino hacia un nuevo mundo para que su sucesor lo conquistara.

Con su fórmula habitual, la lista de reyes registra el fin de este próspero reinado y el traspaso de la supremacía a Accad. De que Lugalzagesi fue derrotado, y también capturado, por Sargón no solo tenemos esta tradición, sino la declaración explícita del vencedor, quien relata en una de sus inscripciones el curso de su campaña. Un narrador posterior, ya citado, ofrecía un relato de los preliminares de este enfrentamiento, pero el estado del texto y sus frases oscuras apenas revelan que se intercambiaron mensajes entre Sargón y Lugalzagesi, negándose este último finalmente a escuchar las desmesuradas exigencias del retador, aunque finalmente se vio obligado a recibir a su mensajero. Pronto se recurrió a las armas, y Sargón fue el primero en entrar en combate. Marchó rápidamente hacia Uruk y parece que tomó la ciudad mediante un ataque por sorpresa, pues «atacó la ciudad de Uruk y destruyó su muralla» antes de «enfrentarse al hombre de Uruk y derrotarlo», aunque, como añade otra inscripción, este comandante contó con la ayuda de las fuerzas de cincuenta gobernadores de ciudad. Solo tras estos dos desastres llegó el propio Lugalzagesi al campo de batalla, donde corrió la misma suerte; Sargón «lo capturó y lo llevó atado con un yugo hasta la puerta de Enlil» en Nippur como trofeo para el dios nacional, cuya elección para la realeza, según quedó demostrado por el desenlace, él había perdido y Sargón había heredado.

Su siguiente tarea fue completar la subyugación del resto de Sumer, y su primer objetivo fue la ciudad de Ur. Quienquiera que fuera el general de sus fuerzas (su Segunda Dinastía probablemente fue acabada por Rimush), fue derrotado en el campo de batalla y Sargón «atacó su ciudad y destruyó sus murallas» . A continuación, se volvió contra el territorio de Lagash, que en aquel momento se encontraba, como solía ocurrir, en estrecha alianza con Ur, aunque había dejado de lado por el momento su antigua disputa con su vecina Umma. E-Ninmar fue la primera de las ciudades del dominio de Lagash en ser atacada y destruida, «y arrasó su territorio desde Lagash hasta el mar (y) lavó sus armas en el mar». De esta alianza del sur de Babilonia solo quedaba ya un bastión, y Sargón volvió para enfrentarse a Umma. El resultado no fue diferente —«luchó contra el hombre de Umma, lo derrotó, asoló su ciudad y destruyó sus murallas». De este modo, se convirtió en señor de toda la antigua patria sumeria, y sus principales oponentes probablemente acabaron todos como cautivos suyos. Lugalzagesi fue capturado y conducido en triunfo; el ensi de Umma aparece representado a su lado en un monumento que se ha perdido, aunque sus epígrafes han llegado hasta nosotros en una copia posterior; y tal vez el célebre Urukagina de Lagash también fue capturado en E-Ninmar, pues en un monumento de Manishtusu se menciona a una persona con ese nombre, cuyo padre había sido anteriormente ensi de Lagash. Otra inscripción de Sargón añade a este relato de victorias sobre las antiguas ciudades sumerias una especie de resumen; en ella se calcula que ganó en total treinta y cuatro batallas, como resultado de las cuales se obtuvo una ventaja real, pues «los barcos de Meluhha, los barcos de Magan y los barcos de Tilmun los amarró en el muelle frente a Acad ». Es decir, el Golfo Pérsico estaba ahora bajo su control, y podía recibir los productos de las tierras situadas en sus orillas o a las que solo se podía acceder a través de sus rutas comerciales. Ur-Nanshe, a principios de la última época dinástica temprana, había sido el primero en proclamar que obtenía madera de Tilmun, y fue este comercio el que ahora pasó a manos de Sargón. Estas tierras de ultramar del sur se incluyen en su imperio tanto en la leyenda de su nacimiento como en una lista geográfica posterior de sus conquistas.

Dado que la cronología de los acontecimientos del reinado de Sargón es incierta, al no estar fijada por fórmulas de fecha conservadas, conviene examinar qué nos dicen otras fuentes de información sobre esta etapa temprana de su carrera, antes de trazar sus conquistas en el extranjero. Gran parte de lo que se sabe sobre estas figuras portentosas de la dinastía de Accad se ha conservado en un medio muy curioso: la tradición de quienes estudiaban la interpretación de los presagios derivados del examen de las vísceras de las víctimas sacrificadas, siguiendo una creencia absurda pero ampliamente aceptada de que los dioses, en respuesta a las oraciones y ceremonias, indicarían de esta extraña manera su decisión sobre el resultado de una empresa. La capacidad de leer lo que se consideraba que el dios escribía en el hígado y otros órganos de las ovejas era, de hecho, la más estimada de todas las habilidades, y constituía el privilegio de una corporación cerrada de «videntes» » que afirmaban remontar su origen a la época anterior al Diluvio, y no admitían en el misterio más que a quienes reunieran las condiciones de nacimiento y dotes personales necesarias; incluso entonces, dicho acceso solo se lograba mediante el estudio arduo de su técnica y sus escrituras. Estas últimas eran las tablillas de presagios tan ampliamente representadas en la literatura que ha sobrevivido hasta nuestros días, en particular en los restos de la biblioteca real asiria de Nínive.

Los pronósticos de estas tablillas son, en su mayor parte, generales, y predicen el éxito o la derrota en la batalla o, a veces, en la política, pero casi exclusivamente en lo que respecta a los asuntos militares. Sin embargo, algunas se diferencian al relacionar las marcas observadas en las vísceras con la mención de personajes históricos, y al relatar que dichas marcas estaban presentes en el pasado cuando estos personajes estaban a punto de llevar a cabo las hazañas por las que fueron celebrados en la tradición. Un número bastante elevado de las grandes figuras del pasado se encuentran entre este grupo, pero, mientras que la mayoría de ellas solo se mencionan una o dos veces, Sargón y Naram-Sin son los héroes de muchos episodios recordados a partir de notables oráculos revelados a los adivinos. Tal era su importancia que no solo aparecen con bastante frecuencia en la forma habitual de breve alusión, sino que se dedicó a sus experiencias augurales una colección especial de observaciones, con notas históricas de forma y extensión sin parangón. Lo mucho que esto difería del contenido habitual de las tablillas de los videntes queda lo demuestra la supervivencia de prácticamente el mismo material, bajo una forma muy diferente, en una crónica del último período babilónico.

Los presagios no dejan de señalar el espectacular ascenso de Sargón en su juventud. Entre los restos más antiguos de la superstición arúspice se encuentran algunos modelos de arcilla del hígado hallados en Mari; uno de estos modelos muestra y describe en términos técnicos algunos signos alrededor de la vesícula biliar que eran «el presagio de Kish, de Sargón»; presumiblemente presagiaban la caída de Kish ante el antiguo copero de su rey, y su acceso al trono. De la colección especial descrita anteriormente procede otro signo, mediante el cual Ishtar manifestaba su elección de él y su voluntad de cumplir todos sus deseos. Este favor de la diosa bastó; pronto se le presentó un presagio que preludió su supremacía: « no tenía rival». Más explícito es el mensaje de un peculiar modelo de arcilla que muestra un rostro fantástico formado por las circunvoluciones de una línea ininterrumpida, que representa el aspecto grotesco de los intestinos de una oveja. Se creía que esta repulsiva aparición representaba el «rostro de Humbaba», un gigante extravagante que había sido abatido por los compañeros Gilgamesh y Enkidu. Sargón había encontrado tal presagio en uno de sus sacrificios: «presagio de Sargón, quien se convirtió en señor de la tierra». Otra tradición podría referirse a la fundación de una nueva residencia: «(él) dejó que los hijos de su palacio habitaran en un radio de cinco leguas a cada lado», a lo que una segunda versión del mismo suceso añade: «tras haber separado cinco distritos a cada lado, amplió su palacio, y los capitanes se le acercaron y le dijeron: “¿Adónde iremos?”». En estas pocas palabras se esboza una redistribución de las posesiones territoriales a favor de sus partidarios, similar a la que podría estar registrada en el obelisco de Manishtusu, que se describirá más adelante; fueron los propietarios desposeídos quienes, airados, preguntaron así adónde debían ir. Además de los presagios relacionados con las campañas del conquistador en el noroeste y en el este, hay también algunos que le fueron revelados en momentos no especificados; uno describe una ocasión, tal vez durante una campaña en el este, en la que una gran tormenta se abatió sobre su ejército, pero este acabó saliendo de su apuro: «presagio de Sargón, a quien le volvió la luz tras atravesar la oscuridad». Por último, se sugiere que la tempestad se produjo en vísperas de una batalla o en pleno combate: «presagio de Sargón, cuyos soldados fueron envueltos por un aguacero e intercambiaron sus armas entre ellos».

Dos de las inscripciones de Sargón incluyen, tras el relato de sus victorias en el sur de Babilonia, una descripción resumida de triunfos lejanos en una marcha río arriba por el Éufrates y de conquistas generalizadas en Siria. Las inscripciones originales (o, mejor dicho, las copias de las mismas que se han conservado) dedican solo unas pocas líneas a estos acontecimientos, pero encuentran espacio para algunos detalles interesantes. La primera etapa de su marcha terminó en el lugar llamado Tuttul, hoy la ciudad de Hit, a unas noventa millas al oeste de Bagdad. Allí «se arrodilló ante el dios Dagan… y le entregó las tierras altas, Mari, Iarmuti, I bla, hasta el bosque de cedros y las montañas de plata». Se añade una nota curiosa sobre sus efectivos: «5400 hombres comían pan a diario ante él». Además de este relato original y auténtico, los augurios y la crónica también tienen algo que contar sobre esta expedición occidental; la crónica dice que «en el undécimo año su mano llegó hasta el límite de la tierra del oeste, unificó su palabra, erigió sus imágenes en el oeste y trajo su botín (por mar) en balsas». La versión de los augurios[8] no difiere mucho, salvo en que menciona el tercer año en lugar del undécimo, lo cual encuentra cierto respaldo en una referencia al «tercer año » en el relato titulado «El rey de la batalla», que se describirá más adelante. Este relato congruente está, sin embargo, precedido tanto en la crónica como en los augurios por frases de significado completamente opuesto: la crónica afirma que Sargón cruzó el «mar del este», mientras que los augurios lo denominan el «mar del oeste ». Parece probable que la crónica se equivoque en este punto, ya que las líneas siguientes de ambos documentos coinciden en referirse al oeste e incluyen el curioso detalle de que el conquistador «erigió sus imágenes en el oeste». Otros reyes antiguos, como Iakhdunlim de Mari y su sucesor Shamshi -Adad I, pero fue el mucho más tardío Sargón II de Asiria quien erigió su monumento en un emplazamiento único, mucho más al oeste que todos los demás, en Chipre, posiblemente imitando su modelo. Los augurios contienen además otras tres referencias a una conquista del país de Amurru, es decir, el oeste; las dos primeras relatan de manera general que «fue a la tierra de Amurru, la derrotó, y su mano se extendió sobre las cuatro regiones (del mundo)», pero el tercer presagio afirma que «fue a la tierra de Amurru... la derrotó por segunda vez (y) sus guerreros... lo sacaron de en medio»; la última frase sigue siendo enigmática debido a los daños que presenta el texto. Es posible que la «segunda vez» fuera el «undécimo año» de la crónica.

La tradición posterior coincide, por tanto, con el propio testimonio de Sargón de que remontó el Éufrates y se hizo con el dominio de Siria, con sus diversos recursos. Sobre este punto, los únicos detalles los aporta la propia inscripción del rey, que, además de Hit, menciona tres lugares y dos distritos. Estos últimos no son difíciles de localizar; se acepta generalmente que el « bosque de cedros» se identifica generalmente con las montañas de Amanus, ya que Naram-Sin y Gudea asocian su nombre a esta descripción. Las «montañas de plata» son algo menos claras, pero parece necesario interpretar «plata» de forma tan literal como «cedro», suponiendo que Sargón estuviera interesado principalmente en los productos valiosos de sus conquistas. Por lo tanto, debe tratarse de la cordillera del Tauro, con sus numerosos yacimientos de plomo y plata. Ya no hay dudas sobre Mari; se trataba del yacimiento que hoy se conoce como Tell el-Harlrl, a orillas del Éufrates, cerca de Abu Kamal, tal y como han demostrado las recientes excavaciones, y un gobernante posterior lo asocia en su reino con Tuttul o Hit, precisamente porque era la siguiente etapa en la marcha. Iarmuti era un lugar y un puerto en la costa del Mediterráneo, y las pruebas de las cartas de Amarna parecen situarlo en algún lugar al sur de Biblos, aunque podría preferirse una ubicación algo más cercana a los demás distritos mencionados. Ibla fue conquistada de nuevo por Naram-Sin, quien asocia su nombre con Armanum, que podría ser la propia Alepo, pero la referencia más significativa la aporta Gudea, en una generación no muy lejana, quien relata que trajo tres tipos diferentes de madera de «la ciudad de Ursu, de la montaña de Ibla». La ubicación de Urs(h)u, que también aparece en las cartas de Mari y en un pintoresco episodio de la historia hitita temprana, ha sido objeto de mucha controversia en los últimos años, pero actualmente se considera muy probable que se tratara de un lugar situado en el Éufrates o cerca de él, no muy al norte de Carquemish.

Si bien, por lo tanto, no cabe duda de que Sargón llevó sus armas hasta los límites del norte de Siria, la tradición posterior afirma mucho más. Una de las fuentes de esto es una composición que llevaba el nombre de «El rey de la batalla». La mayor parte de esta historia se conserva en una tablilla en muy mal estado que se encontró en Egipto junto con las cartas de Amarna, y además hay alusiones evidentes a su tema en un texto fragmentario que acompaña al célebre «Mapa babilónico del mundo» del Museo Británico. Tras unos preliminares muy inciertos, parece que Sargón se entera de las quejas de unos comerciantes de la ciudad de Purushkhanda (la Parshu-khanda hitita), pero no está claro cuáles eran sus agravios, ni a quién se debían; no obstante, acudieron a Sargón para que defendiera su causa y le ofrecieron generosos incentivos. Solo a partir de la continuación se puede deducir que el supuesto opresor era un tal Nur-daggal, que probablemente era el gobernante de su ciudad , y esta debía de ser, presumiblemente, Purushkhanda. A pesar de las dudas de sus seguidores, Sargón decidió emprender esta expedición y socorrer a los comerciantes agraviados. Preguntó por el camino a Purushkhanda y le informaron de su increíble dificultad; una etapa estaba obstaculizada por bloques de lapislázuli y oro, otra por árboles del bosque, otras con matorrales espinosos. Al fin, tras superar todos estos obstáculos, Sargón llegó a la ciudad enemiga, para consternación de Nur-daggal, quien se había jactado de que nunca podría llevar a cabo una marcha a través de las inundaciones y los bosques. Su aparición en estas circunstancias fue suficiente, pues al parecer Nur-daggal se sometió de inmediato, y, presumiblemente, accedió a reparar los agravios de los comerciantes, quienes habían acordado con Sargón el precio de su ayuda. Tras esto, el ejército se inquietó y murmuró que era hora de regresar a casa, lo cual se hizo, y Sargón retomó un gobierno pacífico en su propia ciudad.

El interés central de esta historia radica en la presentación de la ciudad llamada Purushkhanda, pues este lugar, si bien no se ha localizado con exactitud, al menos se ha demostrado, gracias a pruebas de dos períodos diferentes períodos, que se encuentra en las cercanías de Cesarea (Kayseri), en Capadocia. Aparece no solo en los registros hititas, sino de forma más destacada en los asuntos de los primeros comerciantes asirios, cuyos documentos comerciales se han hallado en mayor número en un yacimiento llamado Kultepe, a unas quince millas de Kayseri; y desde Kultepe (la antigua Kanesh) solo había cuatro etapas de caravana hasta Purushkhaddum, como se la denomina en esas tabletas. En general, se considera que se encontraba al sur o al suroeste del gran Lago Salado de Anatolia central. Si el «Rey de la Batalla» tiene algún fundamento histórico, Sargón no se detuvo ante la barrera montañosa, sino que extendió su dominio hasta lo más profundo de Asia Menor.

Hay aspectos sospechosos en esta narración y estos, junto con su carácter incompleto y la consiguiente falta de claridad, han suscitado dudas sobre si se puede extraer de ella alguna historia auténtica o si todo el episodio debe descartado como una adición posterior sobre una figura legendaria. No resulta precisamente tranquilizador que la historia parezca tener su origen en Siria más que en la propia Babilonia, y que esté relacionada de alguna manera con la descripción de regiones extrañas y lejanas que se inscribió en el «Mapa del Mundo». A pesar de ello, no puede pasarse por alto que hay elementos históricos genuinos, especialmente los comerciantes en una región donde existen abundantes pruebas de su actividad en una generación posterior. Es cierto que transcurrieron unos cuatrocientos años, y podría pensarse que las condiciones de una época posterior se reflejaron en los días de Sargón. La tablilla de Amarna, la aplicación de este título «Rey de la Batalla» al señor supremo egipcio por parte de otro autor en las cartas de Amarna, y el fragmento de una versión hitita, pertenecen todos al siglo XIV y, por consiguiente, están aún más alejados de la época de los comerciantes de Capadocia de lo que estos lo estaban de Sargón.

La tradición de esta campaña del noroeste ya no carece de fundamento, pero resulta difícil determinar si la historia gana en credibilidad gracias a los restos de leyendas similares que han aparecido más recientemente. La más relevante de ellas se encuentra en una tablilla que cuenta, al menos, con el respaldo de una fecha anterior, aunque aún muy lejos de ser contemporánea. Su contenido solo se puede comprender en pequeña parte, pues no solo está mutilada por los daños, sino que incluso los pasajes más legibles tienen un significado muy oscuro. Sin embargo, parece describirse una situación de cierta similitud general: Sargón se dispone a emprender una expedición a la «tierra de Uta-rapashtum», tras un dramático coloquio con sus oficiales en tono de exhortación mutua. Pero de repente, sin transición alguna, se descubre que una ciudad está siendo atacada y está en llamas: queda completamente destruida, y sus alrededores, en todas direcciones, tan devastados que ni siquiera un pájaro podría encontrar allí refugio. Este último detalle recuerda lo que se relata en la crónica y los augurios sobre la victoria sobre la ciudad de Kazallu. Pero en ese caso no hay nada que indique la dirección de su marcha, pues Kazallu, aunque aún no se ha localizado, probablemente se encontrara no muy lejos de Agade y de la propia Babilonia. En pasajes posteriores, aunque aún menos inteligibles, de esta misma tablilla se encuentran (o pueden reconstruirse) los nombres de otros lugares conquistados por Sargón, y la narración concluía con palabras que animaban a sus sucesores a emular sus hazañas, en el mismo estilo que los versos que concluyen su «leyenda».

Es interesante observar que circulaban historias muy similares sobre Naram-Sin, el famoso nieto de Sargón, cuyas relaciones con el noroeste se relatarán más adelante en su correspondiente apartado. A efectos del presente estudio, el rasgo más significativo de estas historias es la recurrencia de Purushkhanda (r) en un texto posterior que pretende relatar, con numerosos elementos míticos, cómo el imperio de Naram-Sin fue invadido por una horda demoníaca que hizo de esa ciudad su primera conquista, como si hubiera sido el límite más lejano de las posesiones acadianas. Recientemente también ha salido a la luz un fragmento relativo a una expedición de Naram-Sin que parece presentar un curioso parecido, tanto en el contenido como en la fraseología, con el «Rey de la Batalla», ya que se encuentra un orador que insta, en nombre propio y de otros, a que el héroe emprenda una larga marcha a través de montañas y desiertos. Este lo hace, bajo signos favorables, y finalmente se encuentra con un mensajero que suplica clemencia para la tierra de Apishal. Ahora bien, esta campaña contra Apisf ial está bien documentada como uno de los triunfos de Naram -Sin, y el hecho de que su narración presente un estilo tan claramente similar al de «El rey de la batalla» bien podría sugerir que la hazaña de Sargón no fue menos auténtica, ya que ambas historias aportan el mismo matiz romántico a hechos que, por sí mismos, ya podrían parecer lo suficientemente emocionantes.

Una posible incursión hacia un oeste aún más lejano que Asia Menor queda atestiguada de forma dudosa por otro documento del período asirio tardío, cuya fiabilidad es aún más incierta. Se trata de una recopilación de nombres geográficos, acompañada de numerosas cifras de distancias entre localidades, o distancias de estas desde un centro no especificado, y en cada sección aparece el nombre de Sargón como conquistador. Es difícil dudar de que con este nombre se refiera al antiguo rey de Accad, y de que todo el documento, a pesar de la oscuridad de su propósito (pues la mayor parte es ilegible), deba considerarse como, al menos, un estudio estadístico del imperio de Sargón, tal y como la tradición posterior creía que se había constituido. Esta lista tiene mayor importancia por su relación con las conquistas de Sargón en el norte y el este que en la dirección de Siria y más al oeste. Sin embargo, en una visión general de los reinos de Sargón, al final se mencionan como «tierras más allá del Mar Superior» (es decir, el Mediterráneo) dos lugares llamados Anaku y Kaptara. El primero puede interpretarse como el «Tin (País)», el segundo es sin duda el mismo que el Kaphtor del Antiguo Testamento, y ambos indican Creta, tal y como se acepta habitualmente en la actualidad. Sobre Kaptara o Kapturu hay información concreta en las cartas descubiertas en Mari, que mantenía cierto comercio con los productos de esa lejana isla. Se dice que Sargón, según los augurios, habría cruzado el mar hacia el oeste; de que navegó más lejos que cualquier gobernante mesopotámico posterior hay, al menos, este testimonio.

El «País del Estaño» no ofrece en absoluto ninguna indicación clara; el nombre, escrito de forma extraña, tal vez no represente un país en absoluto, e incluso admitiendo esto, no se ha determinado si el metal que habitualmente se escribe como el sumerio an —na, nagga, fuera estaño o plomo; actualmente se afirma con certeza que las pruebas apuntan al estaño. Si se trata de estaño, sus fuentes antiguas distan mucho de estar claras: la región del Cáucaso es quizás la más probable, con cierta posibilidad de que procediera de España, pero, en cualquier caso, el metal debió de llegar a Babilonia a través de un comercio a larga distancia, y desde ningún lugar concreto hacia el que se pueda imaginar a Sargón dirigiendo sus armas. Si se trata de plomo, sus orígenes no están mucho más claros. Se han barajado hipótesis que llegan hasta el sur de España, pero hay posibilidades más cercanas que no son tan difíciles de imaginar. Una de ellas es la famosa mina de plomo de Laurium, fuente de la riqueza de Atenas en una época posterior, pero, al fin y al cabo, la ubicación más probable estaría en el sureste de Asia Menor, y incluirla entre las «tierras más allá del mar» no significaría más que el acceso se realizaba a través del golfo de Issos. La península de Anatolia es y siempre ha sido famosa por sus grandes yacimientos de galena, y una autoridad reciente ha elaborado una lista de nada menos que veintiséis, entre los cuales los de Bulgar Maden, Ak Dag y Ala Dag podrían entrar en consideración como accesibles para Sargón. Si alguno de ellos diera nombre al «país del estaño (o de plomo)», una expedición hasta allí podría coincidir con el tema del «Rey de la Batalla», una aventura destinada a obtener el doble beneficio: la paga de un soldado de fortuna pagada por los comerciantes aliviados, y un cargamento de metales preciosos que llevarse a casa desde aquella tierra lejana.

En los restos de las propias inscripciones de Sargón no hay detalles, ni siquiera mención alguna, de sus conquistas en el norte. Pero la crónica y los augurios relatan una guerra exitosa contra Subartu; la agresión partió de uno u otro (los informes difieren) y, finalmente, Sargón «los derrotó, los amontonó en montones y aniquiló a su extenso ejército», llevándose sus posesiones a su ciudad de Acad. La tierra de Subartu también figuraba en el catálogo de provincias de Sargón que se desprende de la lista geográfica ya mencionada. Cerca del principio se definían los límites de esta tierra: «desde… hasta Anzanzan (se encuentra) Subartu» y, en una sección posterior, el «espacio » de Subartu se indica como 120 beru, medida que corresponde a la distancia recorrida en una marcha de dos horas, lo que se ha calculado en su equivalente moderno como casi siete millas. Sin embargo, resulta muy incierto qué se entiende por el «espacio» de los países aquí definidos y, dado que el límite noroeste de Subartu no figura en la lista —siendo el sureste quizás Anzan (Anshan), un país que sin duda se encontraba en las inmediaciones de Susa, no resulta fácil determinar qué territorio se incluyó en esta conquista de Sargón. Fue, al menos, una de las más extensas, ya que sus 120 beru solo fueron superados por los de Akkad, con 180, y cuya población ya se describía como «muy extendida». Pero si se considerara que Subartu se extendía hasta Siria, su extensión debería, en cualquier caso, superar con creces la de Akkad. A pesar de esta dificultad, es imposible ignorar la frase de Naram-Sin, «gobernante de Subartum hasta el bosque de cedros», o eludir su implicación, a menos que existiera una improbable tierra de cedros en algún lugar de las colinas al este del Tigris. Pero, de hecho, la propia inscripción de Sargón no deja lugar a dudas: fue a través de Hit y del Éufrates por donde se abrió paso hasta el «bosque de cedros», y fue esta región de la que Naram-Sin se jactaba de gobernar como Subartum.

La parte más destacada de esta conquista fue el distrito que más tarde se conoció como Asiria. Existe ahora una gran variedad de pruebas de que sus grandes ciudades, Nínive y Asur, se encontraban bajo el dominio de los sucesores de Sargón, y su conquista puede atribuirse razonablemente a él mismo. En Nínive se encontró una inscripción del primer rey asirio Shamshi-Adad I que da cuenta de la construcción anterior de un templo en ese lugar por parte de Manishtusu, quien dejó en Asur una inscripción propia, al igual que Naram-Sin dejó una en Nínive. La ciudad de Asur aparece mencionada en las tablillas de época acadia excavadas en el lugar entonces llamado Gasur, y más tarde Nuzi, no lejos de la actual Kirkuk, y se sabe que en aquella época había una gran proporción de nombres acadianos entre los habitantes de Asur. Algunas de las figuras de piedra halladas en los niveles más bajos del templo de Ishtar no pertenecen al período dinástico temprano, sino a la dinastía de Acad o incluso a épocas posteriores. Si en el primer caso eran producto de la influencia cultural sumeria más que de una conquista procedente del sur, en el segundo son más probablemente monumentos conmemorativos de una clase dominante establecida por los reyes de Acad. Por último, hay una impresionante cabeza de bronce descubierta en Nínive que, tanto por su estilo como por su maestría, parece reclamar un lugar en esta época de grandes logros, y, si su datación es correcta, podría representar a uno de los reyes sargónidos.

El siguiente sector, en sentido geográfico, de las conquistas de Sargón fue la región montañosa al este y al norte este de Babilonia, y sobre estas campañas disponemos de la mejor información, tanto por sus propias inscripciones como por otras pruebas, en parte contemporáneas, pero en su mayoría de fecha posterior. Empezando por las primeras: una expresión general en las inscripciones copiadas de Sargón afirma que «el hombre de Mari y de Elam se presentó ante Sargón», pero esto se explica con mayor claridad en otros pasajes, que contienen listas de los gobernantes y los lugares de los que el conquistador recaudó tributos. Los distritos eran Elam, B(W)arakhshe, Awan y algunos lugares de menor importancia, y los personajes principales eran Sanam-simut, llamado ensi de Elam, y Lukh-ishshan, llamado hijo de Khishep-rashir, rey de Elam. Aquí se produce por primera vez un contacto con los registros autóctonos de Elam, ya que un rey llamado Khishep-ratep fue el noveno miembro de una dinastía que gobernaba en el distrito de Awan, y este nombre, según la lista de reyes autóctona, lo llevaba el hijo de Lukh-ishshan. Sobre todas estas tierras y gobernantes, el triunfo de Sargón fue completo, y sus inscripciones concluyen con el tributo o saqueo de la propia Awan y de Susa, donde se ha descubierto el único monumento conservado del gran rey. Se hace una breve alusión a las campañas orientales mediante una fórmula de fecha que conmemora el «año (en que) Sharrumkin fue a Simurum», probablemente las inmediaciones de la actual Altin-Kupru, en el Bajo Zab, entre Kirkuk e Irbil. Esta escasa información obtenida de los registros contemporáneos apenas se ve complementada por la tradición posterior. Se conservan tres presagios que marcan el avance victorioso de Sargón hacia Elam, a Barakhsheor Markhashe, en el transcurso del cual quizá se topó con una gran tormenta, pues un presagio narra cómo la diosa Ishtar lo liberó sano y salvo de la oscuridad, y otro afirma sin rodeos que «tras haber marchado hacia la tierra de Elam, mató a los elamitas» y les trajo una calamidad. A su vez, el «estudio geográfico» ya descrito anteriormente¹ incluye en los dominios de Sargón las tierras de Arrapkha, Lullubi, Armanum, Gutium, Parashi, Tukrish, Anshan y Elam, que, en su conjunto, podrían considerarse como la casi totalidad de la región montañosa del suroeste de Persia.

Las conquistas de Sargón, independientemente del orden en que se llevaran a cabo, habían cerrado el círculo con su triunfo sobre los príncipes de Elam. Una de sus consecuencias fue, naturalmente, una gran afluencia de riqueza, y se conservan, de una época posterior, fragmentos de una larga composición poética que celebraba el auge y la caída de Acad, especialmente bajo el reinado de Naram-Sin. Al principio, este poema hace referencia a los días de Sargón: su derrota de Kish y Uruk, y su elección por parte del dios supremo Enlil, quien le concedió «el sacerdocio y el reino, desde la tierra baja hasta la alta». En aquella época, Inanna hizo de Acad su residencia y habitó en el templo de allí, proporcionando prosperidad a sus ciudadanos; su comida y bebida eran de la mejor calidad, sus fiestas eran continuas y espléndidas, se enriquecían y se divertían gracias a la llegada de animales útiles o exóticos, sus tesorerías estaban llenas, la gente bailaba al son de la música en las calles, y, sin cesar, los barcos traían a los muelles los productos de tierras lejanas.

Pero, al parecer, no hubo que esperar a los días de Naram-Sin para que toda esta gloria se viera truncada, pues existe una sólida tradición según la cual el propio reinado de Sargón se vio empañado al final por dificultades tanto externas como internas. Este relato solo se conserva en la crónica tardía y en los presagios, pero es poco probable que se trate meramente de una lección sobre la inestabilidad de la fortuna. Así, en su vejez (tal es la versión más probable) «todas las tierras se rebelaron contra él», y tan grave era su peligro que «lo acosaron en Acad ». Pero el viejo guerrero seguía siendo el de siempre, pues «Sargón salió a la batalla, los derrotó, los amontonó en montones y aniquiló a su extenso ejército»: los presagios añaden un final pintoresco: «les ató sus bienes y exclamó: “(Son) tuyos, oh Ishtar)» —dedicando así su botín de guerra. Otros pasajes de las crónicas y los presagios aluden de forma oscura a un sacrilegio que se le atribuía haber cometido al construir su nueva ciudad de Acad; estaba demasiado cerca, o se parecía demasiado, a la ciudad santa de Babilonia, y atrajo la ira del dios Marduk, quien provocó que sus súbditos se rebelaran contra él «desde la salida hasta la puesta del sol, y no le dio descanso». El estado real del imperio de Sargón en el momento de su muerte puede deducirse en parte de la acción a la que se vio obligado su hijo tras su ascensión al trono.

 

LOS SUCESORES DE SARGÓN

Los dos reyes siguientes de Acad y sucesores del imperio de Sargón fueron sus dos hijos, Rimush y Manishtusu, quienes reinaron, según la lista de reyes, en orden inverso a su edad, ya que dicha fuente asigna nueve años a Rimush y, posteriormente, quince a Manishtusu, de quien se dice que era el hermano mayor de su predecesor; pero hay que añadir que existen variantes en cuanto a la duración de los reinados. Ambos reyes parecen haber comenzado con campañas contra los rebeldes, que implicaron expediciones a las tierras al este del Tigris y a Elam, pero es Manishtusu quien, en uno de sus monumentos, se refiere a «todas las tierras… que mi padre Sargón dejó» como las que «se habían rebelado contra mí con hostilidad», lo que implica que él era, de hecho, el sucesor inmediato de Sargón, tal y como cabría esperar por su primogenitura. Por el momento no parece haber pruebas capaces de zanjar esta cuestión, por lo que, de manera provisional, puede mantenerse el orden de la lista de reyes.

Rimush, en cualquier caso, se enfrentó claramente a una revuelta general tras su sucesión. La cronología de sus medidas militares es tan difícil de determinar como la de su padre, pero en un pasaje cuenta cómo, en el tercer año después de que el dios Enlil le hubiera concedido el reino, llevó a cabo una invasión victoriosa de Elam, y relata el número de prisioneros y de muertos. Sus primeros años estuvieron sin duda ocupados por la otra campaña descrita en sus inscripciones, una que necesariamente precedería a la reconquista de las provincias más lejanas del este. El región meridional de la propia Babilonia, la antigua «tierra» y las grandes ciudades sumerias, había aprovechado la muerte de Sargón para liberarse del dominio de los intrusos que, por mucho que se hubieran parecido e imitado culturalmente a los sumerios, debían de ser considerados por estos con algunos de los mismos sentimientos que más tarde albergarían contra los gutis o los amorreos; de hecho, los acadianos fueron en este y en otros aspectos precursores de los amorreos. Se ha señalado que no encontramos ningún rastro de hostilidad en los registros entre sumerios y semitas: tal y como se plantea, esto es cierto, ya que no existía una distinción étnica que implicara estos términos,¹ pero la oposición se pone de manifiesto claramente en la campaña de Rimush, que pudo haber tenido lugar en su primer año de reinado. Él afirma explícitamente que sus oponentes eran «las ciudades de Sumer», y que los trató con una severidad ejemplar, pues tras su derrota capturó a 5.700 de sus soldados y (al parecer) los encarceló. El líder de esta revuelta fue el rey de Ur; su conquistador se refiere a él como «rey» y, evidentemente, ocupaba, por algún tipo de reconocimiento general, la soberanía sobre la «tierra», distinción que figuraba en la lista de reyes. De hecho, así lo registra debidamente dicha fuente, pues es posible insertar el nombre de este Kaku como el último de la Segunda Dinastía de Ur, que de otro modo queda fuera de los documentos tal y como los tenemos. Con ello se obtiene (si la reconstrucción es correcta) un sincronismo entre los gobernantes nombrados en la lista de reyes, y también un ejemplo más de la debilidad característica de esa recopilación, pues en ella las dinastías de Ur II y Acad están separadas por nada menos que otras seis dinastías y veintidós reyes. Kaku, el líder de la revuelta sumeria, fue capturado junto con su ciudad, que quedó indefensa al haber sido desmantelada su muralla. La calamidad que se abatió sobre Ur en ese momento quizá se refleje, aunque sea de forma oscura, en el lamento atribuido a Enkheduanna, la primera titular (conocida por la historia) del célebre cargo de suma sacerdotisa del dios de la Luna en aquella ciudad, que se convirtió tradicionalmente en prerrogativa de las hermanas e hijas del monarca reinante, y así continuó hasta los últimos años de los registros babilónicos. Enkheduanna ha dejado un monumento propio, y su nombre en algunos sellos cilíndricos pertenecientes a sus sirvientes. El lamento la presenta como víctima de un desastre que había afligido a Ur: el dios de la Luna, enfadado, había dejado de velar por su pueblo y había permitido que su sacerdotisa fuera condenada al exilio, impotente, al parecer, para apaciguar la ira de su propio hermano contra la ciudad rebelde. Pero había más de un foco de revuelta, pues Rimush reunió a sus prisioneros de otras «ciudades de Sumer», y las inscripciones revelan los nombres de quienes, como buenos súbditos del «rey» nacional y como patriotas, participaron en la batalla contra el dinasta extranjero. Dos de ellas eran las vecinas Lagash y Umma, antiguas rivales pero siempre propensas a estar bajo el mismo control, ya que compartían las mismas necesidades. En esta ocasión estaban lideradas por sus respectivos ensi; falta el nombre del jefe de Umma, y el de Lagash está escrito con caracteres de lectura incierta. El gobernante de Umma era probablemente el superior de ambos, ya que se le describe acompañado de su «precursor», mientras que otros jefes locales cuentan con su «mensajero» o visir. Aliados destacados, destinados igualmente a convertirse en trofeos de los acadianos victoriosos, fueron Meskigala, ensi de Adab, y Lugalushumgal, ensi de Zabalam. En todas estas localidades, las inscripciones de Rimush recogen largas listas de muertos y prisioneros.

Al haber asegurado así su retaguardia gracias a esta campaña, el rey pudo dedicarse a la reconquista del este. Sus inscripciones no distinguen claramente entre las guerras en Sumer y en Elam, pero tienden, al menos, a relatar por separado los acontecimientos de ambas regiones, por lo que cabe suponer que las operaciones se desarrollaron a lo largo de dos campañas en direcciones diferentes. Los preparativos de la campaña contra Elam se llevaron a cabo al término de su sometimiento de las ciudades sumerias, pues en un pasaje afirma claramente que, tras su victoria sobre Kaku y los aliados del sur, «a su regreso» derrotó a Kazallu, hizo prisionero a su ensi Asharid e infligió a la ciudad rebelde una enorme pérdida de muertos y cautivos. En otras partes de las inscripciones, Der aparece asociado con Umma en un desastre, y no es probable que Umma pudiera enfrentarse de nuevo a Rimush en un segundo año.

Fuera cuando fuera, la expedición contra Elam, descrita en un conjunto de textos copiados en Nippur, iba a resultar el mayor triunfo del sucesor de Sargón. Aunque se menciona a Elam en términos generales, el escenario de su principal victoria fue el distrito de Barakhshe, donde su padre, antes que él, había librado una de sus guerras más gloriosas. Según las inscripciones de Rimush, los ejércitos de Elam y de una tierra llamada Zakhara se habían unido contra él. Su líder era Abalgamash, rey de Barakhshe, quien contaba con Sidgau, denominado «gobernador» de Barakhshe. Al mando del ejército de Zakhara estaba el « gobernador» de esa tierra. Sidgau, al menos, era un viejo adversario de Sargón, y su reinstauración fue sin duda un acto de desafío. La batalla tuvo lugar «entre Awan y Susa», al parecer junto a un río mencionado en una frase críptica que parece aludir a que este se «derramara» sobre ellos (?). Fuera cual fuera la forma en que se logró, la victoria fue completa, y el rey contabilizó más de 16 000 derrotados, tal vez muertos, y más de 400 0 prisioneros, así como una gran cantidad de oro y cobre, parte de la cual dedicó al dios Enlil en Nippur. El resultado de esta victoria no fue solo la recuperación total de Barakhshe del control de los elamitas, sino también la destrucción de algunas ciudades elamitas y el establecimiento de, al menos, una soberanía tributaria sobre el propio Elam: «Rimush, rey de Kish, era señor de Elam». El rey concluye con una firme afirmación de que su reino ya no tenía rival, Enlil lo había revelado (?), y «por los dioses Shamash y Aba lo juro; ¡sin mentiras, sino de verdad!»

Rimush era ahora igual a su padre y declara que «poseía para Enlil el mar superior y el inferior y las montañas, todas ellas». Su alarde ha quedado corroborado por el hallazgo generalizado de trofeos dedicados por él en todo su imperio, especialmente fragmentos de jarrones de alabastro con inscripciones sobre su triunfo sobre Elam y Barakhshe, que forman parte del incontable botín traído de allí. En el extremo norte de Mesopotamia se ha hallado uno de estos fragmentos en el gran y aún sin nombre yacimiento de Tell Brak, y hasta allí, hasta las cabeceras del Khabur se extendió el dominio de Rimush. En cuanto al resto de su reinado, nueve años en total, no hay información; es de suponer que disfrutó de su poder y sus ingresos en paz. Pero su reinado y su vida terminaron a causa de una conspiración palaciega, en la que fue asesinado por algunos de sus cortesanos «con sus sellos», o «tabletas selladas», según relatan ciertos presagios, sean cuales sean las armas a las que esto aluda. Otro presagio anuncia el «presagio de Acad, de Rimush y de Manishtusu»; no se ha registrado lo que ocurrió en esta ocasión, pero podría interpretarse que Manishtusu tuvo algo que ver en el asesinato de su hermano, a quien, inocente o culpable, sucedió en el trono.

Es posible que sus primeros años fueran pacíficos, pues existe una figura de piedra del rey, hallada en Susa, en la que Eshpum, el ensi de dicha ciudad, inscribió una dedicatoria a una diosa local en beneficio de su señor. Pero, tarde o temprano, la revuelta se reavivó y hubo que librar de nuevo las batallas de Sargón, o quizá las de su sucesor. Sin embargo, Manishtusu, cuando escribe que «todas las tierras… …que mi padre Sargón dejó se habían rebelado contra mí con hostilidad y ni una sola se mantuvo firme», parece ignorar el reinado de su hermano, si es que este había tenido lugar anteriormente.

Sus tareas contra los rebeldes fueron las mismas a las que se habían enfrentado sus antepasados; tuvo que someter tanto el sur como el este. En un pasaje aparece un detalle interesante sobre esta operación : dividió su ejército en dos partes, pero no relata cuáles eran los objetivos de estas dos divisiones. Al menos una de ellas se enfrentó a las fuerzas de dos tierras diferentes pero aliadas —y presumiblemente adyacentes—, Anshan y Sherikhum, que fueron derrotadas y cuyo rey (pues ambas parecen haber estado bajo un mismo gobernante) fue llevado en triunfo y conducido al templo del dios Sol en Sippar, acompañado de ricos ofrendas para el dios procedentes del botín capturado . La otra división fue quizás la fuerza que libró una guerra «al otro lado del mar» contra treinta y dos reyes de ciudades que se habían reunido para la batalla. Estos fueron derrotados, sus ciudades sometidas, sus líderes asesinados y su país ocupado «hasta la mina de plata». Manishtusu aprovechó la oportunidad para transportar piedra desde esta región hasta los muelles de Acad, y mandó erigir una estatua de sí mismo para que se alzara ante el dios Enlil en Nippur. También transportó madera para la construcción de su templo en Sippar.

Los escasos relatos de esta campaña (no más que unas pocas frases repartidas entre dos inscripciones) solo ofrecen una visión fugaz y desconcertante, pero de un mundo más amplio. Anshan, un nombre célebre hasta los últimos días de la historia babilónica, era una de las principales provincias elamitas, generalmente asociada a Susa, a la que precede en los títulos de los reyes elamitas. A pesar de esta frecuente aparición en muchas épocas y contextos diferentes, hay muy pocos indicios sobre su ubicación geográfica, y los estudiosos modernos han dudado sobre si situarla al norte o al sur de Susa. Su reino hermano de Sherikhum, por el contrario, solo se menciona una vez por Sargón y en esta inscripción, que no hace más que indicar la probabilidad de que se trate de una región costera más allá de Anshan. Esta ubicación marítima se ve respaldada por una notable variante del texto del «monumento cruciforme»; en lugar de «Anshan y Sherikhum» (con el simple determinativo de «lugar»), la variante sustituye «Anshan y la ciudad de Meluhha». Este último nombre ha constituido durante mucho tiempo uno de los enigmas de la geografía antigua, pues, muy brevemente, los textos posteriores lo aplican sin duda a las lejanas tierras africanas de Nubia o Etiopía, mientras que en contextos anteriores (y también en algunos posteriores) se aplica casi con la misma claridad a un país no solo menos remoto, sino situado al este en lugar de al oeste. La ruta habitual a Meluhha era por mar, y hay numerosas referencias, a partir del periodo de Acad, a las importaciones por mar de madera, oro, piedras semipreciosas y marfil procedentes de Meluhha. Además, su nombre se asociaba habitualmente con el de Magan, una tierra que hoy puede situarse con cierta seguridad a orillas del golfo de Omán, y que incluso podría corresponder en parte con el Makrán medieval y moderno. Dado que siempre se da a entender que Meluhha es más lejana que Magan, su aparición en lugar de Sherikhum, aunque aporta otro argumento a favor de la Meluhha «oriental», resulta sorprendente por lo que sugiere en cuanto a su proximidad, ya que Sherikhum, sea cual sea su verdadera ubicación, no estaba fuera del alcance de una expedición militar desde el sur de Irak, mientras que se ha pensado, con cierta verosimilitud, que Meluhha incluía al menos las florecientes ciudades situadas río arriba del Indo —ahora famosas, pero desconocidas hasta su reciente descubrimiento—, y quizá también puertos aún por descubrir en el delta de este gran río. Existen pruebas materiales irrefutables de las relaciones entre las dos civilizaciones de Mesopotamia y del Sind, tanto en forma de productos naturales como de objetos, y fue en el periodo de Accad cuando dichas relaciones parecen haber alcanzado en su apogeo. Sin embargo, resulta difícil imaginar cómo un ejército de Manishtusu pudo haber penetrado en cualquier país, ni siquiera dentro del radio de Mohenjo Daro, o cómo un territorio de tal extensión pudo haber estado en manos de un único gobernante, «rey de Anshan y Sherikhum (o Meluhha)», como lo denominan de diversas formas las inscripciones. Se plantearía una dificultad adicional si el siguiente pasaje del texto continuara relatando que el rey cruzó el Mar Inferior en barcos para enfrentarse al otro grupo de sus enemigos. Pero, aunque hay una referencia inequívoca a los barcos y a los treinta y dos reyes hostiles reunidos «al otro lado del mar», la frase concreta que se supone que describe la travesía tiene un significado dudoso, y no es necesario imaginar una invasión de la costa desértica de Arabia.

 

EL REINADO DE NARAM-SIN

Manishtusu, según un presagio, fue asesinado en una conspiración palaciega, y le sucedió su hijo, Naram -Sin, destinado a convertirse en el segundo de una pareja a la que la historia posterior consideró siempre como las figuras más importantes de sus anales. Debido a este parecido, Naram-Sin fue conocido posteriormente como el hijo de Sargón; si se insiste en ello, resulta incorrecto, ya que la lista de reyes lo denomina, con razón, hijo de Manishtusu. Su reinado fue largo y, hasta sus últimos años, glorioso. Pero la información de que disponemos al respecto es de autenticidad variable, ya que depende, en su mayor parte, de tradiciones mucho más tardías. De sus propias inscripciones, que sin duda fueron numerosas y reveladoras, y de las esculturas que ilustraban sus campañas y triunfos, se ha conservado muy poco. Por casualidad, su presencia es escasa incluso en las copias de estos monumentos en Nippur, que son relativamente reveladoras sobre las guerras de su abuelo.

Tanto las inscripciones originales de Naram-Sin como sus copias se caracterizan por dos cambios significativos en los títulos reales; en primer lugar, él mismo utilizó él mismo, y permitió que se utilizara en los discursos de sus súbditos, el determinante divino ante su nombre. Esto no es invariable en su propia titulatura, y puede que lo adoptara más adelante en su reinado, pero el lenguaje de los serviles siervos que le dedicaban sus sellos no tenía límites a la hora de atribuirle divinidad, pues a menudo se dirigían a él no solo como divino en su naturaleza, sino que no dudaban en llamarlo « el dios de Acad». Quizá fue el primero en ostentar este título, lo que supone una usurpación monstruosa según las ideas de los antiguos gobernantes sumerios, que se enorgullecían de ser simplemente los ejecutores del dios de la ciudad ». No es imposible que algunas de las historias de caída y desastre que la tradición posterior asoció a su memoria estuvieran motivadas, en parte, por la creencia de que tal presunción no podía quedar impune ante los dioses ofendidos. Al menos, no tuvo muchos imitadores en la historia posterior. Un segundo título, vanidoso, aunque menos blasfemo, título¹ fue uno que volvió a aparecer por primera vez con Naram-Sin, «rey de las cuatro regiones», una reivindicación de dominio universal sobre la tierra que fue retomada por Shulgi y sus sucesores en Ur, cuando ellos también parecieron disfrutar durante un tiempo de un imperio ilimitado.

No es posible escribir un relato coherente ni siquiera fidedigno del reinado de Naram-Sin. No existe una cronología de sus treinta y siete años, ni ningún criterio para determinar la veracidad de lo que se relata, puesto que casi todo ello se presenta en forma de recopilaciones y leyendas posteriores, de las que no surge más que una imagen difusa de triunfos y desastres; solo a partir del curso de los acontecimientos posteriores cabe creer que, al final, predominó el desastre. Al igual que sus predecesores, Naram-Sin probablemente comenzó su reinado en medio de una revuelta de sus súbditos. Varias de las antiguas ciudades desempeñaron un papel destacado en este levantamiento, y un relato atribuye su liderazgo a Kish, a la que se reprochada por ingrata y jurada enemiga de la casa de Sargón. En este texto se nombran más de veinte conspiradores; en otro⁵ hay diecisiete, cuyos reinos se extendían desde Anatolia, en el extremo noroeste, hasta Magán, a orillas del Golfo Pérsico, en el sureste. El resultado de esta vasta lucha apenas se indica con una línea dudosa como victoria de Naram-Sin, aunque esto pueda suponerse. De ser así, el éxito seguramente no se logró en un año ni en una sola campaña: la extensión de las tierras rebeldes a lo largo de toda la antigua Asia occidental garantiza que el rey tuvo que librar una serie de guerras duras y lejanas, que sin duda agotaron sus recursos y dejaron a sus sucesores debilitados. Mari podría haber sido la primera etapa de su marcha hacia el oeste, y la segunda se consumó con la conquista de Armanum e Ibla, tal y como se afirma en una copia de su propia inscripción. La primera de ellas, o quizá ambas, estaban gobernadas por Rish-Adad, quien fue capturado con vida por el vencedor y quedó representado en cautiverio mediante una escultura dedicada al dios de la Luna. Ibla había sido ocupada anteriormente por Sargón, aunque su nieto reivindica haber sido el primero en conquistarla, y la «montaña del cedro », que Sargón también poseía, es definida por Naram-Sin como el Amanus. Todos los lugares mencionados en esta inscripción se encontraban entre el gran recodo del Éufrates y la costa norte de Siria; Armanum era probablemente Alepo y Ulisum, un lugar a orillas del mar no muy lejos de Tiro. Otros incidentes célebres marcaron la misma campaña en Siria, lo que le valió al vencedor su título de «señor de Tidnum». No se sabe nada de los demás «reyes» occidentales e incluso anatolios que aparecen en una lista de los diecisiete rebeldes. Sin embargo, el asedio y la toma de Apishal fueron famosos en la tradición, siendo recordados especialmente por los adivinos por sus presagios ominosos; Naram-Sin marchó hasta allí, abrió brechas en sus murallas y tomó prisionero a su «rey» Rish-Adad, cuyo nombre no puede sino recordar a Rish -Adad, el gobernante de Armanum, aunque no es probable que se tratara de la misma persona. Se desconoce dónde se encontraba Apishal, pero debía de ser un lugar apartado, pues una leyenda describía el acceso a ella en términos de dificultad que (como ya se ha señalado) recuerdan los obstáculos y fatigas de la expedición de Sargón a Purush-khanda. Probablemente, Naram-Sin también llegó hasta ese límite extremo. La inscripción copiada relativa a sus guerras occidentales contiene una mención a Talkhatum, un lugar (según dice) al que ningún rey antes que él había llegado jamás, pero Naram-Sin fue hasta allí, y la diosa Inanna no le opuso resistencia alguna, y los gobernadores de Subartum y los señores de las tierras altas le proporcionaron provisiones. Esta ciudad de Talkhatum se conoce de nuevo en una época posterior como un lugar por donde a veces pasaban los comerciantes de Capadocia, al igual que en Purushkhanda, y ambas se encontraban sin duda en la misma ruta. En aparente consonancia con esto, una de las historias posteriores sobre Naram-Sin inicia la expansión de su imperio con hordas demoníacas que destruyen la ciudad de Purushkhanda(r), como si fuera el límite más lejano de su dominio. Por lo tanto, no será exagerado creer que Naram-Sin ejerció cierta autoridad, por incompleta que fuera, sobre distritos del sureste de Asia Menor, donde su abuelo, antes que él, había llevado a cabo la misma marcha fenomenal que Naram-Sin o sus aduladores proclamaron como un esfuerzo pionero.

Hacia el norte hay pruebas materiales de la extensión de su dominio. El lugar más lejano de todos es el yacimiento que hoy se conoce como Tell Brak, cuyo nombre antiguo sigue siendo desconocido. Aquí se ha hallado, sobre un montículo de lo más imponente —sede de una floreciente población y culto en épocas muy anteriores a la dinastía de Acad —, las ruinas de un gran palacio construido por Naram-Sin con ladrillos que llevan su nombre. Tal edificio da testimonio del orden que se estableció en un distrito remoto bajo el reinado de este rey, pues en él se recogían y almacenaban los tributos del país circundante, en aquella época fértil y próspero. No muy lejos, hacia el este se ha hallado una estela con una figura del rey y una inscripción borrada, en una aldea cercana a la ciudad de Diyarbakr. De su presencia y supremacía en las ciudades de Asiria existen pruebas directas e indirectas, que ya se han señalado anteriormente.

Si bien cabe suponer que la supremacía de Naram-Sin en el oeste y el norte se mantuvo sin oposición seria, tuvo que librar duras luchas en sus fronteras orientales contra los diversos pueblos de las colinas que miraban con envidia la llanura babilónica y que, con el tiempo, acabarían derrocando el reino que él dejó a sus hijos. El relieve rupestre cincelado en la empinada ladera de un desfiladero llamado Darband-i Gawr, en el distrito de Kara-Dag, al sur de Sulaimaniyyah, es un monumento que reproduce in situ la famosa escena de la estela de Naram-Sin descubierta en Susa, la cual, según su propia inscripción, representa el triunfo de Naram-Sin sobre Satuni, rey de Lullubi. Esta ubicación, junto con las pruebas que aportan la topografía de las campañas asirias contra los lullu, hace pensar que el centro de Lullubu era el valle de Shahrazur; una conclusión similar puede extraerse de la lista geográfica del imperio de Sargón, que sitúa a Lullubi inmediatamente después de Arrapkha (Kirkuk). Desde este centro partían a veces las incursiones de los lullu, y una de sus incursiones llegó hasta el distrito de la actual Zuhab, cerca de Sar-i Pul, pues allí se ha hallado un conocido relieve rupestre con figuras y la inscripción de Annubanini, rey de los lullubi, quien escribe al estilo acadio una descripción de su monumento y una larga imprecación contra cualquier profanador. El peligro que representaba este enemigo se recuerda vívidamente en una tradición posterior y confusa, en la que aparece como padre de una banda de siete temibles ogros, con nombres espeluznantes inventados para infundir terror, que arrasaron los dominios de Naram-Sin al frente de una horda incontable de monstruos, devastaron Gutium y Elam, y solo se detuvieron a orillas del Golfo Pérsico. No muy lejos de su monumento hay otro relieve rupestre con el nombre de Tardunni, sin duda otro rey de los Lullu.

Los gutis no son tan fáciles de situar en el mapa; eran vecinos cercanos, apenas distinguibles de los Lullu, pero ningún monumento territorial señala sus asentamientos. Sus descendientes, llamados Qutu, aparecen mencionados de forma poco clara en las cartas de Mari, pero cobran mayor protagonismo mucho más tarde, en las campañas de los reyes asirios hacia finales del segundo milenio y posteriormente. En aquellos tiempos constituían un pueblo grande y poderoso, aunque poco cohesionado; su epíteto era «extendido» y sus tierras parecen haber estado en las montañas al sur del Zab Menor, al norte de Sulaimaniyyah y del legendario monte Nisir, donde descansó el arca del Noé babilónico tras el Diluvio. Los hogares de estos montañeses, tanto los guti como los lullu, están representados por partes de los territorios ocupados por los kurdos y los lurs actuales, quienes quizá hayan conservado los antiguos nombres con algo de esa misma agitación.

Se ha visto anteriormente que, en tiempos de Sargón, gobernaba sobre Elam una dinastía autóctona con sede en la ciudad de Awan. El octavo y el noveno miembros de esta dinastía habían sido conquistados por Sargón; ningún nombre de sus sucesores aparece entre la coalición de rebeldes contra Naram-Sin tras su ascensión al trono, donde el poder elamita está representado más bien por los estados de Markhashe y Mardaman. Probablemente contemporáneo de Naram-Sin en esta dinastía fue el undécimo rey, llamado Khita, y es muy probable que sea él quien figura en un tratado redactado en lengua elamita y firmado con Naram-Sin. En Susa, siempre la más receptiva a la influencia babilónica, el dominio de Naram-Sin era casi total. Allí erigió edificios construidos con sus propios ladrillos inscritos, erigió sus estatuas y consagró sus trofeos traídos de Magan. Al frente de esta dependencia nombró a un gobernador de la ciudad llamado Epir-mupi. En aquella época, la supresión de las influencias autóctonas era tan completa que incluso los documentos legales y administrativos se redactaban en acadio, y no en elamita; los contratos, las cartas, listas e incluso obras literarias se conservan en el acadio, lengua que lo dominaba todo. Estas tablillas revelan que existía un activo comercio con Babilonia, ya que a menudo se mencionan ciudades de la antigua tierra de Sumer, especialmente Shuruppak, Awal y Umma. Esta situación se prolongó mientras duró el mandato de Epir-mupi, quien en su vejez fue ascendido al cargo de gobernador general de todo Elam. Su sucesor fue Puzur (Kutik)-In-Shushinak.

Para sellar su dominio sobre las «cuatro regiones», Naram -Sin celebró un triunfo en el sur sobre Manium, rey de Magan. Así lo atestiguan sus propias inscripciones —de fiabilidad incuestionable—, los presagios y crónicas posteriores, así como los jarrones de alabastro conservados que llevan inscrito su nombre y las palabras «botín de Magan». Estos jarrones, junto con los nombres de Magan y Manium, han conferido un interés singular a este episodio, ya que Magan era un nombre que, sin duda, se aplicaba a Egipto en un período posterior de la historia babilónica, y los jarrones presentan un claro parecido con los jarrones de alabastro egipcios, que suelen llevar inscripciones de finales de la V y de la VI dinastía, cuyas fechas concuerdan bastante bien con la de Naram-Sin. Era natural, por tanto, que el nombre de Manium, o Mannu, evocara a Menes, tradicionalmente considerado el primer rey del Egipto unificado. Pero un sincronismo queda descartado, pues el inicio de la Primera Dinastía no puede en modo alguno reducirse a la fecha de Naram-Sin, y el parecido de los jarrones de alabastro debe atribuirse únicamente a la influencia artística y a los productos procedentes del Egipto de la V Dinastía que llegaban por las rutas comerciales hacia el este, al igual que lo hacían hacia el norte. No hay razones suficientes para creer que Naram-Sin pudiera haber sido un invasor extranjero que contribuyera a poner fin a la VI Dinastía en Egipto y a dar paso a su Primer Período Intermedio.

 

LA SITUACIÓN DE BABILONIA BAJO LA DINASTÍA DE ACAD

A partir del reinado de Naram-Sin, como desde la culminación de una época brillante, conviene repasar tanto los cambios como las constantes de la vida en Babilonia bajo el reinado de sus reyes más ilustres, tal y como toda la tradición nos lleva a considerar que lo fueron. Es cierto, para empezar, que estos reyes trajeron a la tierra una división que antes no existía, o al menos no se percibía. La creencia que se sostenía en su día de que la Babilonia primitiva fue escenario de un prolongado conflicto entre sumerios y semitas se basaba en distinciones que ahora se sabe que no tenían nada que ver con la raza ni la nacionalidad. Los elementos de lengua semítica habían estado presentes y eran influyentes en el país desde los tiempos más remotos, y no hay pruebas de conflicto entre los dos grupos lingüísticos. Ninguna inscripción proclama la victoria sobre el odiado semita o el despreciado sumerio; de hecho, un lenguaje así habría sido ininteligible. Pero otra cosa muy distinta era lo que ocurría con los vecinos externos del país. Si el verso de un poema épico que atribuye a Lugalbanda una plegaria contra el «amorreo que no conoce el grano» no es un anacronismo total, demuestra que una de las primeras dinastías de Sumer ya se enfrentaba al enemigo del noroeste. E incluso si se admite que el nombre se adaptó a condiciones posteriores —como sin duda ocurre con el nombre de Akkad en el mismo pasaje—, la causa subyacente de la hostilidad es la misma, ya se llame a los invasores occidentales acadios, amorreos o arameos: todos eran forasteros necesitados atraídos por la riqueza y el refinamiento de las antiguas ciudades del sur, y hacia estos bárbaros el desprecio y el odio de los ciudadanos era constante. Sin duda, este movimiento siempre había estado en marcha, y el grado de mezcla étnica (o al menos lingüística) que prevalecía en Sumer desde el principio había sido introducida por antiguos inmigrantes procedentes de la misma zona. Pero, de ser así, la amalgama se había llevado a cabo por completo y los hijos o nietos de los recién llegados ya estaban acostumbrados a mirar hacia el Éufrates con el mismo temor que sus vecinos más antiguos; la vigorosa cultura sumeria pronto había absorbido todas las influencias foráneas en sus propios y apasionantes intereses y en su modo de vida característico. La fundación de la dinastía de Acad marca, por tanto, no solo el primer dominio históricamente visible de la tierra por parte de inmigrantes occidentales (a menos que el grupo de reyes de nombres semíticos de la Primera Dinastía de Kish sea un precursor por lo demás indistinguible), sino también el establecimiento de una distinción que dividió el país de forma permanente, causó una impresión inmediata y duradera en su cultura y, a pesar de todo su esplendor temporal, tal vez contribuyera al declive que se inició tras su colapso, ya que los períodos dinásticos tempranos y su sucesor, el acadianos fueron la verdadera «edad de oro» de Babilonia.

No cabe duda de que hubo una gran afluencia de sirios en la época en que Sargón se proclamó rey.1 No puede haber sido simplemente una lenta infiltración de familias empeñadas en ganarse la vida en una tierra más próspera, por mucho que la historia del nacimiento y la trayectoria del propio héroe parezca sugerirlo. No era un ensi cualquiera de una ciudad, dispuesto a enfrentarse a sus vecinos en una contienda por la supremacía. En su lugar, construyó una nueva sede, que albergaba a sus propios guerreros y a sus familias, no a una multitud heterogénea procedente de Kish. Se convirtió en el centro de una división septentrional del país que, a partir de entonces, se conocería como Sumer y Akkad. Tal desarrollo solo pudo llevarse a cabo gracias a una nueva población consciente de su diferencia e incluso de su hostilidad hacia la antigua. Esta distinción salta a la vista de inmediato con el primer sucesor de Sargón, quien denomina explícitamente a sus oponentes rebeldes «las ciudades de Sumer» y añade que los trató con gran severidad. La antigua solidaridad de la tierra, fuerte a pesar de todas sus disputas internas, queda así brutalmente denunciada. Desde el otro lado, los indicios resultan aún más llamativos, ya que fueron registrados por el enemigo. Sargón fue el conquistador de Lugalzagesi, pero no solo de él; otras de las ciudades sumerias más poderosas eran aliadas de Uruk en una causa que, evidentemente, consideraban más importante que la rivalidad tradicional por la « realeza» de Sumer. Todas fueron sometidas y obligadas a soportar lo que consideraban un yugo extranjero, del que se liberaban con vehemencia cada vez que se presentaba la ocasión. «Todas las tierras» que se rebelaron contra Sargón en su vejez incluían sin duda a las ciudades sumerias. A partir de entonces, un rasgo constante marcaría la ascensión al trono de los tres que le sucedieron: una amarga revuelta de Sumer, sofocada cada vez con dura lucha y crueldad. Ante esto, es imposible no sentir un ardiente celo de sentimiento patriótico, tal y como se avivaría más tarde contra los viles opresores gutis. Los reyes de Agade, en sus días de esplendor, nunca lograron que se les aceptara a ellos ni a sus ejércitos como parte de la familia.

De hecho, la mentalidad de estos reyes era totalmente diferente a la de los antiguos dinastas sumerios. Es cierto que disponemos de escasa información sobre las hazañas en el extranjero de los reyes más antiguos, pero podemos deducir, a juzgar por el alcance de las expediciones de Eannatum, que ni siquiera los más belicosos de ellos se adentraron mucho más allá de los límites exteriores del territorio abarcado por las instituciones e ideas sumerias, es decir, desde Mari, al oeste, hasta Elam, al este. Lugalzagesi, el predecesor de Sargón, sí que marchó hacia el Mediterráneo —si es que su frase debe interpretarse así— y tal vez fue el primero en hacerlo. Pero Sargón estableció el primer «imperio mundial»; ya debía de tener una gran influencia en Siria, y le costó poco someterla por completo. Cruzó el Tauro, si hay que dar crédito a la leyenda, dominó todo el norte de Mesopotamia y mantuvo bajo control las zonas fronterizas montañosas del norte y el este. Sin duda controlaba la navegación en el Golfo Pérsico, pero le correspondió a su hijo Manishtusu se adentrara en esas aguas con un ejército, y a su nieto Naram-Sin ampliar sus conquistas hasta el país de Magan, al sur, y así, lógicamente, adquirir el orgulloso título de « rey de las cuatro regiones», los confines de la tierra. Ante una visión tan amplia como esta, los asuntos de Sumer parecían provincianos, y para los egocéntricos sumerios este desdén era intolerable. Siglos de cambios y experiencias no bastaron para mitigar este resentimiento. El odio con el que los babilonios posteriores se enfrentaron a los conquistadores asirios ponía de manifiesto su intolerancia ante la idea de convertirse en una mera provincia de un imperio. La impaciencia se manifestaba incluso cuando el «poder mundial» estaba en manos de uno de sus propios reyes, Nabucodonosor o Nabónido, y seguían siendo un pueblo rebelde bajo el dominio persa.

No hay por qué suponer que el gobierno de los reyes acadianos fuera especialmente benévolo; se destinaba una parte considerable de la población —terratenientes y trabajadores— a dar cabida a los dependientes acadianos del rey. Este trato se aplica a los territorios de cuatro ciudades babilónicas: Dur-Sin, K ish, Marad y otra en el célebre obelisco de Manishtusu. El alcance de la indemnización pagada por el rey por las fincas que adquiría era amplio, incluyendo a todos aquellos que tuvieran algún derecho sobre las tierras, y se comprometía a proporcionar sustento a los funcionarios y trabajadores desplazados por sus nuevas disposiciones. Todos los campos se compraban calculando un rendimiento del 3% gur de grano por cada iku de tierra; el precio se fijó en un siclo de plata por un gur de grano, y se distribuyeron diversos obsequios a las partes interesadas, por lo que una multitud entera se vio involucrada en las transacciones. Estos precios se mantuvieron bastante estables durante el período posterior de la Tercera Dinastía de Ur, pero tendieron a subir a partir de entonces, y en la época de la Primera Dinastía de Babilonia el precio del grano había aumentado en torno a un cuarenta por ciento. El precio pagado por Manishtusu por sus tierras coincide plenamente con el que aparece en otros registros de su época, y debe considerarse bastante justo; sus compras pueden haber sido obligatorias, pero no confiscatorias.

De la inscripción no se desprende claramente quiénes fueron los destinatarios de las tierras así adquiridas, aparte del propio rey que las compró. Cada cara del obelisco recoge detalles de la finca adquirida en cada uno de los cuatro municipios, y concluye con una lista repetida de las mismas cuarenta y nueve personas descritas como «testigos del campo»; estas están encabezadas por un sobrino del rey, son todas «hijos de Acad» e incluyen a numerosos funcionarios de las administraciones estatal y del templo. Quizá sea acertado suponer (aunque no se indique en ninguna parte) que estos eran los propietarios elegidos de las tierras así adquiridas, y que el obelisco es un monumento al proceso de despojo de los antiguos propietarios en favor de los partidarios o «veteranos » de un conquistador, un proceso que granjeó tanta impopularidad a Sargón y Manishtusu como a muchos gobiernos posteriores. Sean cuales sean las relaciones entre los antiguos y los nuevos poseedores, no hay indicios de discriminación por motivos étnicos, aunque los nombres de casi todos son claramente semíticos o están escritos (como todas las inscripciones de Acad) con una gran mezcla de «ideogramas» que casi siempre deben leerse según su valor semítico. Pero entre los «hombres nuevos» se encuentran algunos elementos sorprendentes, si se considera el obelisco como un monumento a la desposesión, pues entre ellos figuran dos hijos de un ensi de Umma y un tal Urukagina, hijo de Engilsa, ensi de Lagash, quien podría ser, si no muy probablemente, el célebre reformador de ese nombre, víctima de Lugalzagesi. Personas como estas no pueden haber sido inmigrantes, y debemos suponer más bien que los nuevos arrendatarios eran simplemente partidarios del rey, recompensados sin tener en cuenta sus antecedentes. No obstante, el hecho de que tales medidas estuvieran, en cierto sentido, dirigidas contra la población más antigua o la afectaran gravemente queda suficientemente demostrado por el hecho ya señalado de que cada reinado de los reyes de Acad se iniciaba con una tenaz revuelta de las ciudades más antiguas.

En cuanto a la economía y las condiciones de vida bajo los reyes de Acad, existe cierta información en los documentos comerciales y administrativos, que han sobrevivido en número considerable y proceden de varios lugares del norte y el sur de Babilonia, así como de al menos otros dos, Susa y Gasur, que se encuentran fuera del territorio nacional. Ninguno de ellos aporta pruebas de la economía de las propiedades del templo, característica de las antiguas ciudades sumerias, y es probable que con los nuevos gobernantes acadianos se produjera un cambio hacia un orden social y un régimen de tenencia de la tierra más seculares, aunque se admita que la economía del templo en las ciudades sumerias no fuera tan omnipresente como sugieren la mayoría de las pruebas. Las tablillas comerciales del período de Acad son en su mayoría de carácter formal —listas y recibos—, pero también hay documentos jurídicos: declaraciones de testigos, ventas de campos, esclavos, animales y mercancías, registros de tráfico, de tierras y labradores, y del comercio entre ciudades. Existen asimismo cartas, caracterizadas en este período por un exordio peculiar; tratan principalmente de la administración de fincas y la concesión de arrendamientos, y solo muy ocasionalmente hacen referencia a asuntos de mayor interés.

Externamente, las tablillas de este período constituyen un ejemplo notable del profundo cambio que se produjo en todas las artes a la vez. Las tablillas de la época dinástica temprana tienen un contorno redondeado con esquinas apenas marcadas; su escritura no es ilegible, pero no está bien espaciada ni dispuesta en la tablilla, ni siempre bien ejecutada, y el aspecto general es desordenado. Con el período de Acad se produce un gran cambio; las tablillas adoptan en su mayoría una forma rectangular y la arcilla está finamente preparada. Las líneas están estrictamente ordenadas y trazadas, y, sobre todo, los signos están escritos con un esmero y una belleza que no volvieron a igualarse hasta que los calígrafos asirios se pusieron a trabajar en las tablillas de la biblioteca de Asurbanipal; tienden a una gran elaboración, multiplicando el número de cuñas en grupos apretados, y el conjunto presenta un aspecto muy característico de disposición formal, de tal manera que casi siempre es posible reconocer una tablilla de Acad de un solo vistazo.

La lengua escrita en esta hermosa escritura es aquel dialecto semítico que se denomina acadio antiguo. Sus peculiaridades filológicas han sido analizadas con gran detalle en otros lugares, pero aquí cabe señalar, como hecho histórico de gran importancia, que esta fue la primera vez que se escribió una lengua semítica. El instrumento utilizado fue la escritura cuneiforme, inventada —o al menos desarrollada— para la escritura de la peculiar lengua sumeria. Desde sus primeros inicios, la escritura cuneiforme demostró su virtuosismo a la hora de transcribir lenguas ajenas, de las que ya había transcrito media docena, totalmente dispares, antes de su extinción, habiéndose convertido en el medio común de expresión escrita en toda Asia occidental, y siendo estudiada y empleada profesionalmente incluso en Egipto. Los escribas de Acad tuvieron un comienzo hábil en el uso de este instrumento ajeno. Dieron a la escritura de las lenguas semíticas en cuneiforme el carácter que iba a tener desde entonces en adelante, es decir, el uso mixto de la escritura fonética y los «ideogramas» o signos de sentido, escribiéndose el signo (sumerio) correspondiente a una cosa o una idea, pero leyéndose en su equivalente semítico con complementos cuando era necesario para indicar esa lectura o para añadir afijos semíticos. En las inscripciones de Sargón se aprecia una gran torpeza en el uso excesivo de ideogramas: en las inscripciones más largas de Naram-Sin, tras aproximadamente un siglo de práctica, se aprecia una notable disminución de esta rigidez expresiva, y la escritura avanza hacia la plena libertad fonética del período clásico. Pero cabe señalar que en épocas posteriores se consideró conveniente volver en gran medida a la forma anterior y admitir, en aras de la brevedad o del abuso de la mistificación, una mezcla variable de ideogramas.

La destreza artesanal y la maestría compositiva que se ejemplifican en las tablillas y la escritura acadianas han dejado una huella tan clara en otras notables obras de arte producidas en este período. Nada ilustra mejor esto que los sellos cilíndricos: estos representan grupos de figuras, humanas y animales, en poses efectivas y con una disposición rigurosa, en las que la inscripción suele actuar como punto focal; o bien se atreven (como ninguna época posterior volvió a atreverse jamás) a condensar en este espacio minúsculo algún episodio ampliamente ilustrado de una historia mitológica, en el que intervienen varias figuras. El hecho de que no podamos comprender la mayoría de estos incidentes se debe a nuestro conocimiento deficiente de las historias, no a la forma de representarlas, que suele ser admirable en su exposición y detalle. Es la composición, sobre todo, la que confiere su calidad a la famosa Estela de la Victoria, una de las mejores obras del arte antiguo: el efecto triangular del propio monumento se ve reflejado en el cono de la cima de la montaña, y los dos triángulos que se cruzan, esbozados por el rey vencedor, su víctima con la inclinación de su cuerpo y la línea cruzada de la flecha mortal, todo ello completado a la derecha por la figura suplicante. Todo ello se inscribe en un paisaje representado con los rasgos justos para ambientar la escena sin distraer la mente del triunfo marcial.

Por muy extensas que fueran las conquistas de los reyes de Acad, y por muy activas que fueran las actividades civiles y las artes en las que basaban su fuerza, difícilmente puede afirmarse que la riqueza de este período sea tan evidente como en la época anterior de las primeras dinastías sumerias. Resulta difícil establecer comparaciones, sobre todo cuando, por un lado, está el esplendor del «cementerio real» de Ur, para el que no se ha realizado ningún hallazgo comparable correspondiente al período de Acad —, hay que tener cuidado de no dar demasiada importancia a los azares del hallazgo. Sin embargo, hay una o dos ausencias en los recursos de los reyes de Acad que apuntan a una desventaja en comparación con sus predecesores. Parece haber una disminución en el suministro de lapislázuli, que en última instancia procedía en su totalidad de las minas de Badakhshán, en el curso alto del Oxus, muy al este del mar Caspio. Sigue apareciendo en la joyería de la época de los reyes de Acad, pero casi desaparece como material para incrustaciones y adornos y, sobre todo, para los sellos cilíndricos, tan apreciados anteriormente. No obstante, este cambio puede deberse a otras ideas o modas, ya que las piedras más populares para los sellos (que también eran amuletos y obtenían parte de su supuesto efecto mágico del propio material) variaban a lo largo de la mayoría de las épocas babilónicas sucesivas. Teniendo esto en cuenta, es posible creer que la comunicación con Badakhshan se volvió más difícil que antes. Un déficit más sorprendente, tanto por su mayor utilidad como porque está mejor documentado, es el del estaño u otros elementos utilizados para alear el cobre y fabricar bronce. El análisis de antiguos utensilios hallados en estratos bien documentados, se ha demostrado que, en el período de Acad, estos presentan en ocasiones un menor contenido de aleación —es decir, son de cobre más puro— que en el período dinástico temprano anterior. Si esto indica, como cabría suponer, que el suministro de estaño se vio parcialmente interrumpido, no es fácil dar una explicación al respecto. En una época algo posterior, el estaño parece haber procedido en parte del Cáucaso a través de Ashur, y en esta dirección el poder de Acad se extendía muy lejos. Quizás las conquistas militares fueron un proveedor menos eficaz que el tráfico que interrumpían.

Pero si se bloquearon algunas rutas y se redujeron ciertos suministros, es posible que los reyes de Acad obtuvieran riqueza mediante el comercio o incluso a través de tributos por otra ruta que, aunque no se menciona o al menos no se identifica en los registros comerciales antiguos, ha cobrado gran relevancia gracias a los descubrimientos modernos. Las pruebas materiales obtenidas en excavaciones regulares en Babilonia dejan fuera de toda duda que se mantuvieron contactos comerciales y personales con una región de alta civilización centrada en la cuenca del Indo, a unas 1500 millas al este, atravesando un territorio inhóspito. En media docena de yacimientos se han hallado antigüedades que proceden claramente de esta cultura lejana o están influenciadas por ella, y que solo se ha revelado plenamente en los últimos cuarenta años. Esto resulta especialmente evidente en ciertos sellos, hallados principalmente en los yacimientos de Ur y Eshnunna, en los que están grabadas imágenes de animales que pertenecen inequívocamente al repertorio de los sellos indios, y la conexión queda confirmada por la presencia de la escritura del pueblo del Indo, de bella forma y aún sin descifrar. Entre los sellos encontrados en Babilonia, la proporción de cilindros es mucho mayor que en los yacimientos indios, donde estos son extremadamente raros, como si dichos sellos se hubieran fabricado especialmente para el comercio babilónico. Una observación minuciosa de los hallazgos en Babilonia ha permitido situar la mayoría de ellos en el período de Acad y, aunque indicios como las cuentas de cornalina grabadas puedan sugerir que la conexión era más antigua, sin duda floreció entonces como nunca antes ni después. Sería inútil, en estos momentos, especular sobre las razones de ello, sobre todo porque los principales yacimientos indios, Harappa y Mohenjo Daro, presentan una cronología interna poco definida y carecen de referencias históricas comparativas, salvo la sincronía acadia.

Aunque es posible que las rutas terrestres aún no se hayan explorado lo suficiente, hay muchos indicios que sugieren que la conexión entre ambas regiones se realizaba principalmente por mar, a lo largo del Golfo Pérsico y de las costas de Makrán y Baluchistán. Las importaciones por vía marítima procedentes de Tilmun están atestiguadas incluso en la época anterior, y las referencias a Magán y Meluhha, siempre en un contexto marítimo, se vuelven relativamente frecuentes durante el período de Acad. Sigue habiendo incertidumbre sobre la ubicación de todas estas tierras, pero cada vez parece más probable que fueran etapas (en dirección oeste-este) a lo largo de esta parte de una ruta comercial marítima que, posiblemente, ya entonces tenía algo de la extensión mucho mayor que alcanzó en la Edad Media.

 

LOS ÚLTIMOS REYES DE ACAD Y LA SUPREMACÍA DE LOS GUTIS

En la memoria de épocas posteriores se conservó una tradición confusa según la cual el reinado de Naram-Sin terminó en decadencia. De forma más explícita, una crónica tardía¹ afirma que el dios Marduk azuzó en dos ocasiones contra él a la horda de los gutis, quienes asolaron a su pueblo y recibieron su reino como un regalo del dios. Una historia menos definida, que ya se ha mencionado anteriormente, narra la invasión de Sumer y Akkad por parte de un enemigo extranjero llamado con el nombre que se daba a diversos pueblos bárbaros, Umman Manda, que parece haber iniciado su avance desde el noroeste, pues el recorrido de su devastación traza una gran curva desde su primera víctima, la ciudad de Purushkhandar(?) , al parecer la ciudad de Asia Menor hacia la que Sargón emprendió su épica marcha, y continuando hacia el sureste hasta arrasar el propio Gutium y Elam, sin detenerse hasta haber invadido también las tierras más allá del Golfo Pérsico: Tilmun, Magan y Meluhha. Nada indica si la invasión aquí relatada tuvo lugar al principio o al final de su reinado. En cuanto a la crónica, su atribución a Naram-Sin del desastre infligido en última instancia por los gutis concuerda con una teoría de su compilador, según la cual todas las grandes figuras del pasado habían desatendido sucesivamente el culto a Marduk y, por lo tanto, habían sido rechazadas por ese dios supremo. Esto, sin duda, si el texto se conservara en mejor estado, sería el preludio del establecimiento del único reino, templo y culto verdaderos en la propia Babilonia.

Pero aunque Naram-Sin terminó su vida con un reino que no se había visto muy mermado, ya había signos de decadencia y abundantes presagios de los problemas que iban a abatirse sobre su hijo. Elam, bajo el reinado de Kutik-In-Shushinak, se estaba volviendo independiente y casi desafiante, y los hombres salvajes del Zagros estaban listos para abalanzarse sobre la rica tierra que veían protegida únicamente por un brazo cada vez más débil. El viejo rey murió por fin tras un reinado de treinta siete años, y dejó esta amenazante situación en manos de su hijo Sharkalisharri. Se desconoce si era el mayor, pero otro hijo de Naram-Sin llevaba el significativo nombre de Binkalisharri, por lo que la relación entre los dos hermanos habría indicado, según la tradición de los antiguos dinastas sumerios, que se trataba de un rey y su hijo, destinados a reinar tras él. Pero Shar-kali-sharri no tendría sucesor, al menos no procedente de la antigua familia de Sargón. Al igual que ocurre con los demás reyes de Acad, no existe una cronología interna de su reinado, pero no cabe duda de que sus problemas comenzaron pronto. Por primera vez, casi, en esta dinastía, contamos con varios nombres de años o fórmulas de datación¹ que hacen referencia a hazañas bélicas. Naturalmente, estos acontecimientos se relatan bajo el prisma de las victorias, pero la lista de enemigos, por breve que sea, da un testimonio elocuente del precario control que mantenía sobre sus dominios más cercanos, y de la pérdida de sus provincias más lejanas.

Los primeros de la lista son Elam y Zakhara, este último un pequeño estado fronterizo que se había sumado a la resistencia contra Rimush; estos aliados tuvieron ahora la osadía de lanzar una invasión contra la propia Babilonia, donde atacaron la antigua ciudad de Akshak. Allí se enfrentaron a Sharkalisharri y (según afirma él) fueron derrotados; al menos se retiraron a sus propios países, donde Kutik-In-Shushinak estaba tan lejos de haber caído en descrédito que se proclamó «poderoso rey de Awan» y poseedor de las «cuatro regiones», siguiendo el mismo estilo que hasta entonces habían adoptado los señores supremos de Acad. Desde este campo de batalla oriental, Sharkalisharri tuvo que partir hacia el lejano noroeste para enfrentarse a otro enemigo. Una segunda fecha anual proclama que «venció a los amorreos en Basar» . Una nueva oleada de invasores semíticos, similar a la que había traído a los propios acadios, se dirigía hacia las ricas ciudades del sur, y el gobernante se vio acorralado entre dos ataques convergentes. En esta situación, el destino de Sharkalisharri fue muy similar al de Ibbi -Sin en la siguiente etapa de la historia babilónica, obligado a desplazarse desesperadamente de un flanco a otro, repeliendo con golpes cada vez más débiles la presión que, al fin, acabaría por aplastar su reino. Esta batalla para repeler la invasión amorrea tuvo lugar en Basar, que probablemente se ha identificado con la cadena de colinas que aún hoy se denomina Jebel el-Bishri. Estas colinas, que se extienden hacia la margen derecha del Éufrates, más abajo de Raqqah, eran atravesadas en ocasiones por los ejércitos asirios en sus marchas en épocas posteriores; se encuentran a unas 350 millas del otro campo de batalla de Sharkalisharri, en Akshak —tan extenso era el espacio que el rey, acosado, tenía que defender.

Pero por muchas exigencias que se le plantearan en el oeste, el peligro procedía del otro lado, como revelan de forma imperfecta las fechas. Uno de estos registros menciona vagamente que «se lanzó una campaña contra Gutium », mientras que otro afirma un brillante éxito: «hizo prisionero a Sharlak, rey de Gutium». Una vez más nos viene a la mente Ibbi-Sin, quien proclamó, sin duda con razón, éxitos, incluso triunfos, contra sus enemigos tanto del oeste como del este. Pero en ambos casos se trataba de una batalla que se iba perdiendo poco a poco. Se tiene constancia de que Sharkalisharri reinó veinticinco años, Ibbi-Sin aproximadamente lo mismo, y en ninguno de los dos casos sabemos cómo se produjo finalmente el colapso. Pero el parecido termina aquí, pues mientras que la dinastía de Ur desapareció, la de Acad, aunque atravesó un breve período de agitación con cuatro ocupantes efímeros del trono, sobrevivió y renació cuando dos reyes se sucedieron regularmente con mandatos de duración normal. Sin embargo, se sabe muy poco más sobre la gran dinastía de Acad, y no cabe duda de que fue prácticamente derrocada por los montañeses, y de que su ataque principal terminó o se produjo inmediatamente después del reinado de Sharkalisharri.

La confusión queda reflejada en una carta contemporánea¹ de un hombre que se esforzaba por rehabilitar su granja tras la devastación, y en un llamativo relato poético, escrito en sumerio, que pretende describir las glorias y la caída de Acad. En el orgullo del dominio y la riqueza, Naram-Sin (pues a su reinado se atribuye la catástrofe descrita en este relato) había cometido un asalto sacrílego contra la ciudad santa de Nippur y su templo, dejándolo todo en ruinas. No se da ninguna razón para este ultraje, pero su efecto fue enfurecer no solo al dios supremo Enlil —quien castigó a Sumer con la invasión extranjera de los gutios y con la hambruna—, sino también a otros dioses, quienes maldijeron a la ciudad culpable de Acad y juraron su desolación y la ruina de todos sus habitantes. Esta condena se cumplió de forma dramática, y la vida llegó casi a su fin en la capital del tirano. Para señalar esta catástrofe, incluso la lista de reyes interrumpe por un momento su monótona sucesión de nombres y números para preguntar retóricamente: «¿Quién era rey, quién no era rey?». antes de nombrar a cuatro figuras en la sombra que reclamaron el trono en el plazo de tres años. Esta misma frase llegó a designar el acontecimiento, pues una entrada en la colección de los arúspices señalaba la aparición de un determinado signo como «el presagio de “¿quién era rey, quién no era rey?” », y proseguía señalando que este fatídico acontecimiento también estuvo marcado por el prodigio de un buey devorando la carne de otro buey en el momento en que el propio rey ofrecía el sacrificio que debía revelarle el decreto del destino. De hecho, la caída de esta monarquía proporcionó muchos recuerdos a quienes pudieron rastrear incidentes significativos que acompañaron el curso de los acontecimientos, pues existe una colección recopilada por un estudioso posterior de « cuarenta y siete signos extraños que anunciaban la caída de Akkad», y otro presagio inscrito en una réplica del hígado de oveja muestra, en una representación real, qué fue lo que presagió la ruina de Acad. Merece la pena citar aún otro presagio más por su aparente alusión al fatídico acontecimiento en el que los gutis derrocaron el reino; tales y tales marcas eran «el presagio de Sharkalisharri… la ruina de Akkad; el enemigo se abalanzará sobre tu paz». De ello podría deducirse que la vigilancia del reino se vio engañada por una incursión repentina y arrolladora de las tribus salvajes. En cuanto al propio rey condenado, otro presagio afirma que sufrió la misma muerte misteriosa que Rimush, a manos de los «sellos» de sus siervos.

De los cuatro reyes facciosos que no pudieron mantenerse ni siquiera entre sí, apenas se sabe nada, como cabría esperar, aunque ha sobrevivido una breve inscripción que tal vez pertenezca a Elulu, uno de ellos. A estos les siguieron dos que pusieron fin a la dinastía con reinados de considerable duración, probablemente cuando la primera fuerza de la invasión gutiana se había agotado, pues algunas inscripciones revelan que el gobierno del último rey, llamado Shu-Durul, tuvo cierta importancia y se extendía hasta Eshnunna. No es posible determinar cómo encajaba esta supremacía parcial en la soberanía general —aunque sin duda laxa— de los gutis. A estos se les atribuyen en la lista veinte o veintiún reyes y un total de 125 años de supremacía. En el momento de la invasión, o bien no tenían rey alguno —como sostiene una versión—, es decir, eran bárbaros típicos, o bien su rey era alguien cuyo nombre no se ha conservado, una interpretación que goza de mayor autoridad, aunque resulte menos convincente. En cualquier caso, los reyes gutis han dejado muy poca huella en la historia babilónica y muy pocos monumentos de su débil y esporádico dominio. Sus nombres, a primera vista extraños, muestran una tendencia hacia el final a adquirir un matiz babilónico, pues sin duda la cultura superior de las llanuras fue impregnando gradualmente a los rudos miembros de las tribus. Algunos monumentos, dedicatorias en las que figuran sus nombres, dan fe de la respetuosa observancia de estos gobernantes foráneos hacia los impresionantes cultos que apenas podían comprender. Pero, en su mayor parte, fueron sin duda meros destructores y depredadores de la riqueza del país. Su paso por Asiria, del que no tenemos pruebas escritas (pues de hecho apenas hay de ningún lugar en esta época de decadencia) queda marcado por el estado de las ruinas de la ciudad de Asur, donde, en el emplazamiento del gran y floreciente templo de Ishtar —que había estado repleto de obras de arte hasta el final de la dinastía de Acad —, no se encontró nada en el nivel posterior salvo los restos de chozas que cubrían el lugar sagrado; si estas no eran las chozas de los propios montañeses, estos habían reducido a los habitantes que quedaban a esa miserable situación . No se conservó ningún recuerdo de este período, que los babilonios guardaron desde entonces como un recuerdo humillante, salvo su final: una gloriosa liberación aclamada con no menos fervor y seguida de una reacción no menos vigorosa que la expulsión de los hicsos de Egipto.

Aunque la lista de reyes, con su habitual estilo esquemático, haga que los gutis reinaran sin rival hasta su derrocamiento, hay muchos indicios de que su ascendencia, siempre parcial y efímera, se había reducido antes de su destierro a un dominio esporádico, pues es evidente que otras dinastías, tanto incluidas en la lista de reyes como omitidas de ella, gobernaban otras partes del país antes de que los gutis se retiraran definitivamente. La propia dinastía de Acad e, tras un período de convulsiones, se recuperó con la llegada de dos reyes, que se mantuvieron en el poder durante reinados de duración normal. Tras Acad, la lista enumera, aún no a los gutis, sino a un grupo de cinco reyes desconocidos, de los que apenas se tiene noticia, que gobernaron durante treinta años como la Cuarta Dinastía de Uruk y que, sin duda, fueron contemporáneos de algunos de los gutis, tal vez de los últimos reyes de Acad. También ocurre que Lagash vuelve a destacar en el renacimiento de las tradiciones sumerias tras el largo dominio acadio y el interludio bárbaro, tal y como ya lo había hecho esa misma ciudad en el período dinástico temprano, sin que en ninguna de ambas épocas llegara a figurar en la lista de soberanos. En los últimos años de Naram-Sin y los primeros de Sharkalisharri, un tal Lugal-ushumgal era ensi de la ciudad, y hubo varios otros muy poco conocidos que, al igual que él, vivían como vasallos de Acad. Pero tras la caída de Sharkalisharri, el estilo y la datación de los documentos comerciales cambian, ya que los años no se denominan con las fórmulas oficiales prescritas desde Acad, sino según las celebraciones religiosas de los gobernantes locales.

El surgimiento de Lagash hacia un período de gran prosperidad queda marcado por el reinado de Ur-Baba, quien alcanzó la independencia y la riqueza suficientes para emprender la reconstrucción de templos y obras de regadío en los alrededores de su ciudad, y para patrocinar una notable escuela de escultores en piedra dura, que producirían, en las dos generaciones siguientes, las obras maestras más acabadas de la estatuaria babilónica. La pequeña estatua con inscripción de sí mismo, en dolerita, y a la que ahora le falta la cabeza, es prometedora, aunque aún no está a la altura, pues resulta achaparrada y sin vida. A diferencia de su sucesor Gudea, este gobernador no se jacta de haber traído la piedra del extranjero para realizar sus estatuas, pero no era un mero magnate local, pues una de sus hijas era sacerdotisa del dios de la Luna en Ur y dedicó allí un jarrón con inscripción. Aquí se pone de manifiesto una vez más la estrecha conexión entre Lagash y Ur que había existido en el período dinástico temprano desde la época de Ur-Nanshe. Otra de sus hijas fue esposa de un gobernante posterior llamado Ur-gar, pero un miembro más conocido de su familia fue Nammakhni, otro yerno, que también era nieto de un tal Kaku; sin embargo, ni el recuento de generaciones ni el estilo de una tablilla, que menciona el año de ascensión al trono de Kaku, sugiere que pudiera haber sido el rey de la Segunda Dinastía de Ur, derrotado por Rimush.

Nammakhni llevó a cabo algunas obras de construcción en Lagash, y otros pocos monumentos llevan su nombre, pero, al igual que ocurre con algunos otros, su reinado se conoce mejor por su final, ya que fue víctima de otro conquistador, Ur-Nammu, fundador de la Tercera Dinastía de Ur, quien se jacta de esta victoria en el prólogo de sus leyes. La sincronía, interesante en sí misma, plantea un difícil problema histórico, pues si Nammakhni fue un predecesor de Gudea, como se supone, habría que considerar que el propio Gudea gobernó durante la época y bajo el dominio de Ur-Nammu y la soberanía de Ur; pero el grado de independencia que muestran las inscripciones de Gudea, la ausencia total en ellas de la más mínima alusión a Ur y a cualquier señor supremo, y su presencia efectiva en la propia Ur hacen que tal dependencia resulte difícilmente concebible. Sin embargo, no parece haber lugar para su reinado —aparentemente de cierta duración— en los años comprendidos entre Ur-Baba y el ascenso de Ur-Nammu.

En el equilibrio de poder de la época, Gudea no era, sin duda, más que uno de los príncipes locales lo suficientemente fuertes como para mantenerse en sus propias ciudades y palacios, pero no para entrometerse demasiado con sus vecinos. Mantuvo la conexión que Ur-Baba con Ur, y nos informa, en una de sus largas inscripciones, de que envió una expedición militar contra los distritos de Anshan y Elam, los derrotó y dedicó su botín a su dios Ningirsu. El gran acontecimiento de su reinado fue la reconstrucción de la casa de este dios, llamada E-ninnu. Todas sus inscripciones están relacionadas con esta empresa, ya sea en forma de ofrendas de fundación y ladrillos, ya sea como objetos (estatuas, vasijas, cabezas de maza) destinados a decorar el interior. De las inscripciones que se reparten tan generosamente por estos objetos aprendemos muchos detalles interesantes sobre las prácticas religiosas de su época y obtenemos una imagen inigualable de la vida de dioses y hombres en las ciudades sumerias, donde estos dos órdenes de seres vivían en un contacto tan perpetuo y con unas instituciones tan paralelas instituciones que el servicio universal que se debía al dios principal parecía situar a todas las demás criaturas en el mismo nivel, y hacer casi indistinguible si el servidor —desde el mayordomo hasta el pastor de asnos— era dios o hombre. En la construcción de E-ninnu, Gudea gastó toda su riqueza e influencia, y uno de sus pasajes más interesantes,¹ al describir estos esfuerzos, ofrece una imagen notable de los recursos de su época y de las condiciones externas del país. Solo en una ocasión recibió el templo un botín extranjero, pero se sometió a tributo una inmensa zona para obtener materiales de construcción de primera calidad: maderas de diversos tipos, tanto del este como del oeste; piedras ornamentales de diferentes partes de Siria; polvo de oro de Armenia; y betún de los alrededores de Kirkuk. Sin duda, todos estos materiales se obtuvieron mediante el comercio caravanero y, dado que este se desarrolla, incluso bajo los gobiernos más opresivos, estaba sujeto al pago de peajes, no sería necesario suponer que el transporte de mercancías de lejos por parte de Gudea implicara la eliminación de la autoridad central —en este caso, la de los gutis—. Pero su incursión bélica independiente contra Elam no habría sido tolerada por un señor supremo efectivo, y parece que el último rey de los gutis había provocado un cese del tráfico, pues una frase llamativa de la inscripción que relata su derrocamiento dice: «había hecho crecer hierba alta sobre las carreteras del país». Además, el propio Gudea presenta su libertad para comerciar como un beneficio concedido por el propio dios, quien «abrió el camino desde el mar superior hasta el inferior». Hay motivos, pues, para creer que parte del reinado de Gudea se situó en el período posterior a la derrota definitiva de los gutis.

La gloria de este reino, por lo demás insignificante, reside en los triunfos artísticos con los que le dotaron unas circunstancias afortunadas. Entre las ruinas de Lagash se han hallado, en diversas ocasiones a lo largo de los últimos setenta años, las famosas estatuas³ de Gudea y de su hijo Ur-Ningirsu, que representan para nosotros los mayores logros de la escultura sumeria. Son, en efecto, de diferente valor, algunas presentan unas proporciones achaparradas poco agradables que les confieren un efecto grotesco, acentuado por la postura rígida de las manos y la pérdida accidental de las cabezas. Estas cabezas, cuando se conservan,

tienen rasgos finamente marcados y, según la valoración moderna, ganan mucho al tener los ojos tallados y no incrustados con otros materiales, una práctica que confería a tantas figuras sumerias una mirada repulsiva y fijada; aunque no cabe duda de que los ojos de las figuras de Gudea también estaban pintados originalmente, y bien podrían haber tenido un aspecto tan tosco como el de las incrustaciones. En los mejores ejemplos, también la túnica, el hombro y el brazo desnudos están modelados con gran delicadeza. Estas obras maestras despiertan pesar por la desaparición de muchas otras piezas que, según nos cuenta Gudea, realizó para el mobiliario del templo de Ningirsu. Pero con esta información nos ha dejado otro tipo de obra maestra, pues sus inscripciones, a pesar de la uniformidad de su contenido, presentan la lengua sumeria en su forma más desarrollada, alejada tanto de la torpeza primitiva como de la artificialidad tardía; son, de hecho, el clásico sumerio, al igual que el Código de Hammurabi lo es del acadio. La habilidad literaria era innata en Lagash, pues no parece una casualidad que la misma ciudad haya producido los mejores escritos descriptivos (si no se les puede llamar históricos) tanto en la época dinástica temprana como al final de la opresión gutiana.

 

LA EXPULSIÓN DE LOS GUTIANOS

Esa opresión, como se ha sugerido anteriormente, llegó a su fin definitivo probablemente ya en vida del propio Gudea, gracias a la acción de un héroe nacional. Se trataba de Utu-khegal, rey de Uruk, quien en la lista de reyes representa por sí solo a la Quinta Dinastía de esa ciudad y, de acuerdo con el esquema habitual de la misma, es proclamado soberano del país en virtud de su victoria sobre los gutis. Aparte de unas pocas inscripciones propias , por su lugar en la lista de reyes y por algunos recuerdos ominosos del destino de su rival, Utu-khegal aparece en otros dos documentos. Uno de ellos es una crónica tardía, que conocía el único hecho memorable sobre él, pero lo subordina por completo a una anécdota piadosa según la cual era un pescador al que los gutis impidieron impíamente ofrecer su captura al dios Marduk, y que, a su vez, ofendió a la misma deidad y se ahogó. El otro documento reviste un interés bastante inusual, ya que se trata de una copia del relato del propio héroe sobre su victoria, que pudo haber estado grabado originalmente en un monumento esculpido.

Su lenguaje es contundente y vívido. Sin ningún preámbulo, se lanza a una denuncia de «Gutium, la serpiente venenosa de las colinas, que era enemiga de los dioses, que se había llevado la realeza de Sumer a las montañas y había llenado Sumer de maldad», robando esposas e hijos y cometiendo toda clase de maldades en la tierra. El dios Enlil, continúa el relato, decidió «destruir su nombre» y eligió como instrumento a Utu-khegal, rey de Uruk. La historia avanza rápidamente —el rey rezó a la diosa de su ciudad, Inanna, denunciando la opresión de los gutis, y la diosa lo «eligió» mediante una señal divina. Al salir de Uruk con sus ciudadanos-soldados, les pronunció un discurso en un lugar llamado «Templo de Ishkur»; tras asegurarse el apoyo de dos dioses mayores y dos menores¹, se propuso destruir Gutium. Los reclutas de Uruk y Kullab respondieron con un grito y avanzaron tras él. Al cuarto día de marcha llegó a un canal; al quinto, a un lugar llamado «Santuario de Ili-tabba», donde se encontró con dos «tenientes» (con buenos nombres babilónicos) enviados por el rey de Gutium, tal vez para exigir su rendición. El sexto día de marcha le llevó a Ennigi, donde imploró la ayuda del Dios del Tiempo, a quien pertenecía aquel lugar. Allí se libró la batalla, con el ejército enemigo al mando de los dos lugartenientes bajo las órdenes del propio rey Tirigan, que acababa de subir al trono, ya que la lista de reyes le atribuye un reinado de solo cuarenta días. El resultado fue un triunfo sumerio; Tirigan « huyó solo», y trató de refugiarse en una ciudad llamada Dubrum, la cual, sin embargo, al enterarse del resultado de la batalla, rechazó al fugitivo y lo entregó prisionero, junto con su esposa e hijo, al vencedor, quien «puso su pie sobre su cuello y devolvió la realeza de Sumer a sus propias manos». Esta famosa victoria, como tantos otros acontecimientos históricos, quedó registrada en los : la presencia de seis pequeños vasos en el hígado era un «presagio del rey Tirigán, que huyó en medio de su ejército». Aún más amenazador resultaba un eclipse de luna acompañado de ciertos fenómenos el catorce del mes de Tammuz: «se dictará sentencia contra el rey de los gutis, habrá una derrota de los gutis en la batalla y la tierra quedará desolada». El presagio tiene más que un interés supersticioso, pues el día del eclipse y las circunstancias que lo acompañaron ofrecen a los cronólogos modernos la posibilidad de fijar la fecha de esta batalla y el fin de la dinastía gutia. Cabe añadir que otro presagio parece corroborar la historia de que la vida de Utu-khegal terminó ahogado, mientras supervisaba la construcción de una presa fluvial.

Las últimas palabras de su inscripción están cargadas de significado sobre lo que supuso esta victoria. Una vez más, no se trató de la mera sustitución de una ciudad por otra, cuando ambas eran vagamente conscientes de una unidad subyacente. Dos siglos de sometimiento, primero a los acadios extranjeros y luego, peor aún, a los execrables gutis, habían avivado el sentimiento nacional hasta convertirlo en una llama. Al comienzo de cada reinado, la revuelta había sido más feroz y la represión más severa. Cuando por fin llegó la liberación, desató una oleada de patriotismo sumerio y un estallido de energía que, sin embargo, tuvo que contenerse dentro de límites más estrechos que los que Sargón había establecido. En cuanto al sentimiento, es probable que la propia lista de reyes, con sus ideas fundamentales sobre la nacionalidad y la unidad de una realeza común, fuera producto de la época de Utu-khegal, cuando las experiencias pasadas y presentes del pueblo parecían más propicias para haber engendrado esa fe. En cuanto a la energía, esta se manifestó en las victorias en el extranjero y en la situación interna que iba a alcanzar la Tercera Dinastía de Ur.