BABILONIA
Y MESOPOTAMIA HASTA LA CAÍDA DE LOS SARGÓNIDAS DE ACAD
TERMINOLOGÍA
Al-‘Ubaid
es un pequeño yacimiento situado a unas 4 millas al oeste de Ur, a orillas de
un antiguo canal. Allí, H. R. Hall y Leonard Woolley fueron los primeros en
descubrir y documentar una cerámica prehistórica, torneada a mano torneada a
mano y decorada con motivos sencillos pintados con un pigmento oscuro sobre un
fondo relativamente claro; los colores predominantes eran el negro, el verde,
el marrón o el chocolate sobre fondo rosa o beige, y las vasijas a veces
estaban recubiertas de engobe y otras veces no. Una característica de estas
llamadas «cerámicas de ‘Ubaid» era una pintura carbonizada, de color verde
oscuro y altamente vitrificada, que se había incrustado profundamente en la
arcilla, como resultado de una cocción excesiva; en las etapas posteriores de
su desarrollo, este criterio hace que las cerámicas de ‘Ubaid id singularmente
fácil de distinguir. Cuando las excavaciones revelaron que se trataba de una
cerámica prehistórica, se le aplicó el término «Ubaid», que también se utilizó
para definir el período y la cultura con los que parecía estar claramente
asociada.
Una vez
concluidas las excavaciones en el yacimiento de «Ubaid», se descubrió el mismo
tipo de cerámica en abundancia en el vecino —y mucho más extenso— yacimiento de
Ur. Pronto quedó claro que esta cerámica debía de haber perdurado durante un
largo período de tiempo, que Woolley subdividió, en consecuencia, en tres
períodos. Más tarde, sin embargo, cuando el Departamento de Antigüedades de
Irak comenzó a llevar a cabo excavaciones a gran escala en el gran yacimiento
de Eridu, se estableció una secuencia aún más larga, que abarcaba cuatro
períodos sucesivos, y se hizo posible clasificar esta cerámica en una serie de
estilos dominantes que se habían desarrollado a lo largo de muchos siglos.
MAPA DE MESOPOTAMIA

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En las
profundidades de Eridu, a la cerámica decorada se le dio el nombre de cerámica
de Eridu (o «Ubaid 1»), a la que sucedió otra variedad, la de Qal’at Hajji Muhammad (o «Ubaid
2»), llamada así por un yacimiento tipo situado cerca de Warka, y a esta le
siguieron a su vez dos variedades de cerámica «Ubaid» («Ubaid 3» y «Ubaid 4»),
cuyo estilo se acercaba mucho al que se había hallado en abundancia en Ur. Si debemos
denominar a toda la serie con el nombre genérico de «Ubaid» es objeto de
debate, pero, en general, esta cerámica distintiva y llamativa muestra un
desarrollo homogéneo, por lo que podemos aceptar la aparente continuidad como
indicativa de un único período cultural coherente. Por lo tanto, aplicaremos el
término «Ubaid» a toda aquella serie de cerámica que, en el sur —y en gran
medida también en el norte— de Mesopotamia, e incluso en Siria, aparece
secuencialmente tras las cerámicas anteriores de Samarra y Halaf, y se
interpone entre estas y la cerámica posterior del período que a menudo se define
como Uruk. Para apreciar plenamente la importancia de esta etapa en el
desarrollo prehistórico, debemos examinar el yacimiento de Eridu, donde los
hallazgos más abundantes —tanto en cerámica como en arquitectura y pequeños
artefactos— han ilustrado esta etapa del desarrollo en la prehistoria del
hombre.
Antes de
analizar Eridu en detalle, sin embargo, es necesario definir la terminología
que nos proponemos utilizar para los períodos que se sitúan entre el final del
«Ubaid» y el comienzo de la Época Dinástica Temprana, es decir, a grandes
rasgos, para el período comprendido entre el 3500 y el 3000 a.C.
En una
conferencia de las principales expediciones que realizaban excavaciones en Irak
hacia 1929, se decidió clasificar la cerámica que había sucedido a ‘Ubaid bajo
los nombres de Uruk y Jamdat Nasr, en referencia a los yacimientos tipo en los
que se habían hallado por primera vez estas cerámicas distintivas en
abundancia. Posteriormente, sin embargo, se hizo habitual utilizar estos
términos para referirse no solo a la cerámica, sino también a períodos
culturales, aunque existían objeciones evidentes a esta nomenclatura. Una de
las principales razones en contra de la adopción de esta terminología era que
la cerámica policromada, tan característica de Jamdat Nasr, solo se halló en
unos pocos yacimientos de Babilonia, por lo que el término se correspondía con
un tipo de cerámica muy especializada, cuya distribución no era muy amplia.
Además, el yacimiento de Jamdat Nasr solo se excavó a pequeña escala y nunca se
examinó por completo la extensión de las secuencias dentro de ese montículo.
No
obstante, el término «Jamdat Nasr» sigue pareciendo una denominación
conveniente, ya que podemos asociarlo no solo a una cerámica distintiva, sino
también a una etapa temprana de la historia de la escritura, en la que las
tablillas se escribían en lengua sumeria. Esta etapa, bien definida en Jamdat
Nasr, se corresponde con lo que en el yacimiento de Warka se conoce como Uruk
3, y allí va precedida de un estrato anterior, el Uruk 4, que contiene una
serie aún más antigua de tablillas, algunas de las cuales están más
estrechamente relacionadas con los inicios pictográficos de la escritura. Antes
del Uruk 4, que fue un período arquitectónico floreciente, cabe suponer que
debió de haber una o varias etapas en las que se produjo la invención de la
escritura. Por ese motivo, Delougaz, en el marco del extenso trabajo realizado
por la Universidad de Chicago en el Diyala, introdujo un nuevo término, a
saber, «protoliterario», que pretendía abarcar estos desarrollos tempranos e
incluir Uruk 4—3 y Jamdat Nasr.
El
término «protoliterario», sin embargo, se utiliza de forma inconsistente. Delougaz pretendía que abarcara Uruk 7—3, pero A. L.
Perkins no ve razón alguna para no ampliarlo hasta Uruk 8. Las dos subfases más tempranas (a)-(b) nunca se han definido con
precisión, y hasta que no se hayan excavado más a fondo los niveles profundos
de Warka y se haya publicado de forma más completa el trabajo sobre el Diyala,
no podremos juzgar hasta qué punto el esquema «protoliterario» es válido para
el sur de Mesopotamia en su conjunto. Lo que se ha propuesto hasta ahora es lo
siguiente: «protoliterario» iterado (a) incluye o bien Uruk 8-6 (Perkins) o
bien 7-6 (Delougaz); la fase (b) incluye las
tablillas de Uruk 4, la glíptica de estilo Uruk y las secuencias del templo E-anna V-IV (aún no estratificadas de forma del todo
satisfactoria); (c) incluye el material más antiguo de los templos I-III de Khafaji Sin; (d) incluye el templo IV de Khafaji Sin y parte del V —todo ello subyacente al material
de la época dinástica temprana—.
Además,
en el yacimiento de Warka, en cuanto a las etapas anteriores a Uruk 4, la
arquitectura —uno de nuestros criterios más importantes— sigue siendo
incompleta; el desarrollo cerámico suele presentar contaminaciones y, por lo
tanto, las líneas de demarcación resultan insatisfactorias.
De hecho,
habría habido un mayor margen de maniobra si se hubiera decidido hace tiempo
utilizar el término «Uruk» para definir todo el desarrollo de la cultura
mesopotámica que siguió al final de ‘Ubaid hasta el comienzo de la Dinástica
Temprana I. No obstante, en nuestra opinión, sigue siendo conveniente
utilizar el término Jamdat Nasr para definir la etapa final de lo que podríamos
llamar el período de Uruk, ya que, como ya hemos mencionado, Jamdat Nasr se
corresponde con una fase marcada en el desarrollo de la escritura, cuando el
elemento sumerio era lingüística y culturalmente dominante en el país. Por lo
tanto, utilizaremos el término «Uruk» para abarcar las etapas de Mesopotamia
correspondientes a Uruk 12 —4, y «Jamdat Nasr» o «Uruk—Jamdat Nasr» para
referirnos a Uruk 3. En cualquier caso, debemos reconocer que no pueden existir
líneas de demarcación rígidas entre un período y otro. Al menos, la
terminología tradicional es relativamente sencilla y no recurre a un engorroso
compuesto de latín y griego.
Por
último, una objeción no menos contundente al término «protoliterario» es que
nos deja sin una denominación que abarque las etapas Uruk II-8 que, en el
estado actual de nuestros conocimientos, se encajan mucho mejor dentro del
período de Uruk en su conjunto, ya que en estas etapas nos encontramos con
desarrollos que son claramente posteriores a Ubaid, aunque estrechamente
comparables con los conjuntos que aparecen incluso en una etapa tan tardía como
Uruk 4. El material cerámico básico que justifica este esquema quedó claramente
ilustrado y descrito en 1932.
El quid
de la cuestión es que el término «protoliterario» es torpe y está mal definido,
y aún no ha demostrado su validez. Este término presupone etapas de escritura
anteriores a Uruk 4, para las que todavía no hay pruebas estratigráficas en
Babilonia, aunque es ciertamente concebible que una tablilla puramente
pictográfica, como la célebre hallada en Kish, pueda ser anterior a Uruk 4. Por
estas razones, hemos decidido mantener la terminología anterior, que debería
mantenerse hasta que se disponga de un volumen mucho mayor de pruebas
arquitectónicas para los períodos posteriores a «Ubaid».
La
notable serie de avances que abarcan los períodos de Uruk y Jamdat Nasr en
Babilonia ofrece numerosos puntos de referencia para definir el progreso de la
civilización en centros muy alejados de los ríos Tigris y Éufrates. Por esta
razón, nuestro estudio debe comenzar por Babilonia, que sirve de denominador
común a la hora de evaluar gran parte del progreso tecnológico que la
arqueología ha revelado en la Asiria, Siria e Irán prehistóricos.
ERIDU
ENKI

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Eridú, donde la raza humana ha sido bendecida por el dios de los cielos Anú y propiciados en el verdor de la vida por Enki, señor de la aguas profundas, cuyo templo “La casa del buen consejo” fué allí levantado y en su jardín se guarda el sagrado árbol Kiskanu “El árbol de la vida” (posteriormente se asimiló al pino negro del Paraíso babilónico…) de donde mana un agua vitalizadora y cuya vitalidad se materializa en sus frutos.
Los
sumerios, que nos han legado las tradiciones literarias más antiguas sobre los
orígenes de la civilización en Babilonia, consideraban a Eridu como la primera
de las cinco ciudades que existieron antes del Diluvio; la asociaban con el
dios Enki, famoso por su sabiduría y erudición, su mecenazgo de las artes y los
oficios, y su poder sobre las aguas dulces que fluyen bajo la tierra. La ciudad
de Eridu, que yace oculta bajo los montículos ahora conocidos como Abu
Shahrain, se encuentra a más de 12 millas al sur al suroeste de Ur; ha sido
excavada parcialmente, y sus restos antiguos han confirmado la exactitud de la
tradición sumeria en cuanto a su gran antigüedad.
En
Babilonia aún no se ha descubierto nada anterior a los primeros asentamientos
en Eridu; la arquitectura de los templos prehistóricos está ingeniosamente
concebida, y la cerámica, artísticamente adornada. Desde el principio, la
agricultura y la pesca debieron de prosperar; pero hubo que superar una serie
de graves dificultades naturales por todos los que vivían allí, pues la ciudad
se encontraba al borde de un desierto y estaba expuesta a severas tormentas de
arena que, al final, hicieron que el lugar resultara inhabitable. Pero es
evidente que en la prehistoria debió de haber abundancia de agua dulce —el
regalo de Enki, que moraba en el apsu, bajo la
ciudad—. Aún queda algo de este legado, pues en las tierras bajas situadas al
pie del montículo los beduinos todavía pueden encontrar agua dulce a una
profundidad de unos 6 pies por debajo de la superficie; esta zona de agua dulce
es conocida por ellos como usaila.
Aunque
era vecina cercana de Ur, Eridu se encontraba en un entorno geográfico
diferente, pues estaba separada de aquella ciudad por un escarpado acantilado y
se alzaba en el extremo sur de una depresión conocida como el Khor en-Nejeif, que se convierte en un lodazal durante el invierno
y en un horno durante el verano. Las ruinas son visibles desde lejos en la
estepa, tanto de día como de noche, bajo la luz de luna cristalina que ilumina
el desierto en estas latitudes. Al amanecer, el zigurat se yergue majestuosa
como un castillo de cuento de hadas durante la primera media hora tras la
salida del sol, y detrás de ella, la milla de acacias espinosas, quizá el
origen de los legendarios árboles sumerios kiskanu,
adquiere el aspecto de un bosque. No debe sorprendernos que este lugar, ahora
desolado, fuera considerado en su día un lugar sagrado y que los fieles
acudieran hasta allí para dejar ofrendas en la arena mucho después de que la
ciudad hubiera dejado de existir.
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(Las tradiciones babilónicas nos hablan de un árbol en el centro del mundo, el cual ya conocían los sumerios. “En Eridu ha crecido un Kiskanu negro, creado en un lugar sagrado; su brillo es como los rayos de lapislázuli, y se extiende hacia el Apsu. Este es el sitio donde Ea deambulaba en el Eridu exuberante, su domicilio es un lugar de reposo para Bau…”Kiskanu reúne todas las condiciones del Árbol Cósmico: se levanta en el centro, en un lugar sagrado. Eridu era la ciudad sagrada del dios Ea. El brillante azul profundo –como el lapislázuli– indica en todo caso su función cósmica: él representa el espacio cósmico, la noche estrellada. Además de eso, se expande hacia Apsu, el mundo subterráneo, el abismo primordial. Esto significa que es un “arbor inversa”, un árbol invertido, enraizado en el cielo y extendiendo sus ramas sobre la tierra. Además, Kiskanu nos muestra su función como Árbol de la Vida, porque es el domicilio de los dioses de la fecundidad y de la formación (artes, agricultura, escritura, etc.) y el lugar de reposo de la madre de Ea, la diosa Bau, que es una divinidad de la abundancia, de los rebaños y de la agricultura.
En las representaciones del viejo Oriente, el Kiskanu es el prototipo de los árboles sagrados babilónicos. Está acompañado siempre de los diferentes símbolos, emblemas o animales heráldicos, lo que señala su papel cosmológico exacto. En algunas representaciones las estrellas también se encuentran agrupadas junto a él. Una imagen del Árbol Primordial fue también hallada en Mohenjo-Daro, la capital de la civilización del gran río Indus. En caso del mito sumerio de “Inanna y su descenso a los infiernos”, Inanna volvió a la vida por intermediación de Enki que para la ocasión moldeó dos criaturas Lugarru y Kalatarru a los que posteriormente envió al “mundo de las tinieblas” con “el agua de la vida” y “los frutos de la vida” para rociarla y frotarla con ellos, para revivírla. En otro mito que tiene como protagonistas a Adapa, Tammuz y Ningishzida, estos dioses son representados como los custodios de las puertas del cielo, y se matiza que Tammuz y Shamash afirman ser los guardianes del árbol de lapislázuli “Kiskanu” en Eridú.)
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Aunque
Eridu se encuentra ahora a casi 150 millas de distancia del Golfo Pérsico, en
el momento de su fundación, y durante muchos siglos después, probablemente
estaba conectada directamente con la costa a través de una serie de vastos
lagos de marea. De hecho, los propios sumerios, en sus leyendas, se referían a
la ciudad de esta manera: «todas las tierras eran mar… entonces se creó Eridu».
Asimismo, bajo la Tercera Dinastía de Ur, leemos que Shulgi, hijo de Ur-Nammu,
se preocupaba mucho por la ciudad de Eridu, que se encontraba a orillas del
mar. Sin embargo, las investigaciones geofísicas han sin embargo, demostrado
que estas antiguas afirmaciones históricas no deben interpretarse en el sentido
de que Eridu fuera un emplazamiento marítimo, sino más bien que servía de
puerto en una laguna con comunicación directa con el golfo. Las pruebas de la
estratificación indican que gran parte del terreno de los alrededores era
pantanoso. El mar, los lagos, las marismas, las dunas de arena y el río
constituían el entorno natural.
Por lo
tanto, no es de extrañar que los antiguos pobladores fueran pescadores, que
llenaban sus calderos pintados de pescado y los llevaban al templo como ofrenda
para que Enki se viera tentado a responder a sus plegarias. Sabemos también,
por sus residuos de cocina, que comían moluscos —probablemente algún tipo de
caracol— y que había mucha arena en su pan. Tenían los dientes desgastados
hasta las encías, lo que probablemente implica una dieta a base de cereales de
grano grueso y mal molidos. No sabemos hasta qué punto los primeros pobladores
criaban ganado, pero podemos estar seguros de que esta forma de ocupación se
intensificó en los períodos de Uruk y Jamdat Nasr y se convirtió en un rasgo
destacado del desarrollo económico sumerio. En el cementerio de ‘Ubaid se
encontraron los restos de tres perros de caza saluki que podrían haber sido utilizados para perseguir a las liebres y gacelas que
siempre han frecuentado el desierto; la representación del mismo animal en un
sello hallado en Arpachiyah y Gawra también sugiere que este era otro método de obtener carne para la despensa.
Para ser
un yacimiento prehistórico, Eridu era una ciudad inusualmente grande: incluso
hoy en día, los restos superficiales de la antigüedad se extienden a lo largo
de un diámetro de más de 500 yardas en todas direcciones. Podemos estimar que
esta antigua ciudad comercial tenía una superficie de aproximadamente 20—25
acres y que, en el período ‘Ubaid haya tenido una población de no menos de
4.000 habitantes. También es probable que, en una etapa temprana de su
prehistoria, estuviera protegida por una muralla, aunque esta aún no se ha
excavado en su totalidad.
Se han
observado vestigios de antiguos canales en las inmediaciones del yacimiento,
que en la prehistoria debió de tener contacto directo con el cauce principal
del propio Éufrates, aunque, a diferencia de Ur, no parece haber estado situado
a orillas del río.
La
cerámica de los tipos «Ubaid» y «Uruk» se encuentra en abundancia en las
laderas del montículo y el viajero ocasional aún puede encontrar por el viajero
ocasional. El centro del yacimiento, en las proximidades del zigurat, parece
haber estado reservado a los templos, y más allá de estos se extendían un
cementerio y numerosas viviendas.
Arquitectura:
viviendas particulares. El principal interés de las viviendas más antiguas
radica en que parecen haber consistido, en parte, en cabañas de juncos y, en
parte, en casas de ladrillos de barro. En el nivel 10, por debajo de la
superficie, la prospección reveló la mayor parte de una cabaña construida con
juncos y enlucida por ambos lados con arcilla; el grosor de las paredes era de
solo 15 cm. El suelo de la cabaña consistía en una mezcla de arena y arcilla;
la propia cabaña estaba dividida en varias habitaciones, en dos de las cuales
había plataformas rectangulares bajas o mesas que parecían haber sido
utilizadas para cocinar. Una alforja de arcilla, cuatro patas de arcilla para
sostener una olla y un horno de arcilla con una olla en su interior aportaban
más pruebas de la disposición doméstica. El contenido de la cabaña consistía
principalmente de lastres de arcilla para redes y cerámica; las habitaciones
estaban llenas de arena aluvial. Otras viviendas situadas a mayor altura
contenían objetos similares y, además, hoces de arcilla, clavos de arcilla
doblados y grandes cantidades de moluscos de agua dulce. Las cabañas de los
niveles inferiores parecen haber estado estrechamente relacionadas con muros de
ladrillo de barro y, al menos una de ellas, había servido como anexo de una
casa construida con ladrillos . La misma combinación de cabaña de juncos y casa
de ladrillos de barro se encuentra hoy en día en algunos tramos del Éufrates,
en el sur de Irak.
En los
niveles superiores, las plantas de las casas eran sistemáticamente sencillas.
La disposición habitual consistía en un largo pasillo, de no más de 2 pies de
ancho, del que partían dos pequeñas habitaciones a ambos lados. Los ladrillos
de barro eran inusualmente grandes y pesados; algunos de ellos medían nada
menos que 49 x 26 x 8 cm; pero se sabe que en el norte de Mesopotamia también
se preferían los ladrillos de barro de gran tamaño en el periodo ‘Ubaid, al que
pueden atribuirse la mayoría de las casas de esta excavación. Las paredes, por
regla general, no tenían más grosor que el ladrillo más largo y a menudo se
componían de hiladas alternas de ladrillos colocados a la cabeza y a la larga.
Los ladrillos contenían poca paja; las caras de los muros presentaban un buen
acabado de yeso. Algunas casas de ladrillos de barro que fueron excavadas antes
de que tuviera lugar la expedición principal a Eridu —primero por Taylor a
mediados del siglo pasado y luego por H. R. Hall tras la Primera Guerra Mundial—
presentaban restos de pinturas murales en sus paredes: bandas lisas de pintura
roja. No se sabe con certeza si estas casas pertenecían a los períodos de Uruk
o Jamdat Nasr, pero es al menos posible que puedan atribuirse al período
«Ubaid» anterior.
GEOGRAFÍA
Y PANORAMA POLÍTICO
Durante
el período ‘Ubaid y el período prehistórico inmediatamente posterior, está
claro que las ciudades y los pequeños asentamientos se concentraban a lo largo
de ciertas líneas más o menos definidas —evidentemente, canales que servían
como arterias vitales para dichas comunidades—. Jacobsen ha demostrado
claramente que estas ciudades, junto con las aldeas de su entorno, se limitaban
esencialmente a puntos situados a lo largo de dos líneas separadas: por un
lado, la del Éufrates, con Nippur, Shurrupak, Uruk,
Ur; y, por otro, la de Itur ungal-Sirara,
con Adab, Zabalam, Umma, Bad-tibirá y la región de
Girsu y Lagash. Entre estas dos líneas, que las separaban de hecho, se extendía
un desierto abierto, el Edin de los sumerios, y también entre los asentamientos
de cada una de las líneas había vastas extensiones de desierto y pantanos. Esta
separación de los asentamientos, impuesta por la geografía, es digna de
mención, ya que establecía límites estrechos para las unidades políticas en
desarrollo y debió de actuar, una vez se alcanzara la frontera inmediata de
cada uno de los asentamientos, como un poderoso factor de contención que
fomentaba el separatismo y obstaculizaba los intentos de lograr una unificación
más efectiva del país en su conjunto. Podemos considerarla como una fuerza de
fondo constante en la historia política sumeria, responsable de la —en
comparación con Egipto— muy tardía unificación del país y del carácter siempre
frágil de dicha unificación; cada vez que se presentaba la oportunidad, Sumer
volvía a fragmentarse en las antiguas ciudades-estado.
La
hipótesis es, por tanto, que allí donde el desierto y los pantanos interrumpían
los asentamientos a lo largo de las vías fluviales, naturales o artificiales,
esto daba lugar a una serie de municipios independientes y mutuamente
excluyentes —en cualquier caso, políticamente excluyentes—. Pero la arqueología
aporta una corrección necesaria a esa teoría; pues en la arquitectura y las
artes, en el desarrollo de la cerámica y en la interacción del diseño gráfico,
vemos desde los tiempos más remotos pruebas continuas de los contactos más
lejanos, lo que demuestra que las vías fluviales eran también vías de vida que
transportaban ideas y productos como en una cinta transportadora —de un extremo
de la fábrica al otro—.
Partiendo
de la mitología sumeria, que describe los cónclaves y las cámaras de debate de
los dioses, podemos hacernos una idea del modelo de gobierno en la Tierra.
Jacobsen ha sostenido, por tanto, que, al menos desde la época dinástica
temprana, existía en Sumer una forma de democracia primitiva o de gobierno por
consentimiento obtenido en una asamblea. Falkenstein, por su parte, considera
que la asamblea compuesta por ciudadanos libres sumerios o unken no era más que un órgano consultivo convocado de forma puntual. Sea cual sea la
verdad, el impresionante nivel de artesanía en la vida urbana de los períodos
de Uruk y Ubaid, la apariencia general de orden y la transmisión de la
tecnología tradicional —ya sea en la construcción, los métodos agrícolas o la
canalización— deben implicar alguna forma de control establecido —a menudo, sin
duda, de composición más o menos amplia, dependiendo del carácter y la calidad
del jefe de Estado del momento y de sus consejeros, no menos que de un sistema
de nepotismo, que siempre ha desempeñado un papel dominante, si no
predominante, en las sociedades tribales en las que la unidad familiar se
dedicaba colectivamente a las tareas primarias de la agricultura y la pesca.
EL ÚLTIMO
PERÍODO PREDINÁSTICO EN BABILONIA
Hacia
mediados del cuarto milenio a. C., la civilización de la llanura del Éufrates y
el Tigris no era muy diferente de la de Asia occidental en general. Por doquier encontramos
agricultores y ganaderos, que dominaban todos los oficios necesarios, obtenían
algunos productos básicos del exterior y se mostraban poco dados al cambio.
Culturas campesinas similares culturas campesinas —sedentarias, estancadas y
descentralizadas— existían en la época neolítica por toda Europa y Asia, y
continuaron existiendo allí durante siglos después de que el Antiguo Oriente
Próximo hubiera desarrollado un modo de vida más complejo y, gracias a la
difusión de la metalurgia, hubiera propiciado una mejora en el equipamiento de
las poblaciones de Asia y Europa. A juzgar por sus restos, estos pueblos no
parecen inferiores a los primeros habitantes del Antiguo Oriente Próximo y de
Egipto descritos en los capítulos VII-IX anteriores. No podemos explicar por
qué estos últimos emprendieron un camino que condujo a logros que superaron
todo lo anterior. En la prehistoria, los futuros centros de alta civilización
no mostraban signos de ser excepcionales. Por el contrario, cada uno de ellos
formaba parte de una provincia cultural más amplia: Egipto compartía su
temprana civilización predinástica con Libia, Nubia y quizás Sudán; el norte de
Mesopotamia era al principio indistinguible del norte de Siria; el sur de
Mesopotamia estaba íntimamente vinculado con Persia. Fue el desarrollo sin precedentes
descrito en este capítulo y en el anterior lo que diferenció a Egipto y
Mesopotamia de su entorno, al tiempo que estableció su singular importancia
histórica.
La
tradición egipcia hizo justicia al carácter trascendental del cambio al
reconocer como figura central al primer rey de la primera dinastía. Las
peculiares condiciones de Mesopotamia —un país sin fronteras naturales y que,
en un principio, no estaba gobernado por reyes— impidieron la clara demarcación
de un nuevo comienzo en su historia documentada; en lugar de una única
monarquía, encontramos ciudades-estado autónomas, cada una de las cuales
vinculaba su presente a un pasado legendario. Pero los restos arqueológicos
descubiertos en Irak no dejan lugar a dudas sobre el carácter radical de la
transición de la prehistoria a la historia.
En Asia
occidental, es la parte más meridional del aluvión mesopotámico la que se
señala constantemente como el centro de las innovaciones. Estas tuvieron lugar
en Sumer, la parte meridional del país posteriormente denominado Sumer y Akkad,
situándose este último, en general, el norte. Es cierto que la relación social
y lingüística entre los pueblos denominados sumerios y acadianos (es decir,
hablantes de una lengua no semítica y de una semítica, respectivamente) es muy
incierta en los primeros tiempos de su aparición en la historia, y cada vez hay
más razones para creer que, desde el primer inicio discernible, ya estaban
inextricablemente mezclados. Sin embargo, toda la tradición babilónica se
remontaba, al menos, a la lengua sumeria como «original» y de mayor dignidad;
la escritura que se inventó para ella (o que fue la primera en adoptar) fue la
antecesora de la escritura cuneiforme, y la lengua de las primeras
inscripciones que pueden interpretarse con certeza es el sumerio, que pronto
contaría con una tradición literaria.
El marco
para una cronología relativa de este periodo se deriva de una excavación
profunda en el recinto de E-anna, en Uruk (Warka), y
de los restos superpuestos de templos sucesivos hallados allí.
En Uruk,
asimismo, se han encontrado las obras de arte más importantes que se conocen de
este periodo y, además, los textos más antiguos. Pero otros yacimientos también
han contribuido a nuestro conocimiento. En Ur se han investigado capas
paralelas en el tiempo a las de Warka. Sin embargo, dado que consisten en
escombros y cementerios, no presentan divisiones tan claras como una sucesión
de niveles de construcción. La misma salvedad se aplica a los descubrimientos
realizados en Kish y en Tello. Además de estos yacimientos en los que se
encontraron restos estratificados de nuestro período, debemos mencionar
aquellos en los que dichos restos aparecieron bien como vestigios en capas
posteriores, bien como hallazgos más o menos aislados: Al-‘Ubaid, Farah, Tell
Asmar y Tell Agrab. En otros yacimientos se han
hallado restos importantes y coherentes: un templo bien conservado en Tell ‘Uqair, templos en Eridu y un edificio probablemente laico,
aunque poco conocido, en Jamdat Nasr; el primero pertenece a la fase temprana
de nuestro período y el segundo, a la fase tardía. Por último, en Khafaji conocemos una sucesión de ruinas de templos que
ilustran el desarrollo de la arquitectura sagrada en nuestro período, así como
su relación (muy estrecha) con la posterior Edad Dinástica Temprana.
El
carácter específico de estos diversos yacimientos nos ocupará en las siguientes
secciones; aquí hay que señalar que ya no basta, como ocurría al principio
cuando se realizaron los descubrimientos, con describir nuestro período en
términos de la secuencia de Warka, ni es del todo adecuada la distinción entre
dos períodos que reciben el nombre de yacimientos: Warka y Jamdat Nasr. De
hecho, el propio significado de nuestro período queda ahora difuminado por la
terminología según la cual el período está representado por dos de los tres «
períodos» que preceden a la Edad Dinástica Temprana. Esta terminología cumplió
su función cuando se introdujo, a principios de los años treinta, con el fin de
coordinar una serie de excavaciones emprendidas específicamente para establecer
una secuencia de fases prehistóricas en Mesopotamia. Los restos materiales
encajaban bien en la serie de Al-‘Ubaid, Uruk, Jamdat Nasr, y dinástico
temprano, y el lector comprobará que estos términos se utilizan ampliamente.
Sin embargo, para el historiador resultan poco prácticos, ya que es hacia el
final del «período de Uruk» cuando tiene lugar el cambio trascendental que
hemos descrito. La primera parte de este período es de carácter puramente
prehistórico y se asemeja al período anterior de Al-‘Ubaid, en el sentido de
que no se limita al valle del Éufrates y el Tigris, sino que se extiende más
hacia el norte. La parte posterior de lo que se ha denominado el «período de
Uruk» (es decir, Uruk 5—4) solo se conoce en el sur de Mesopotamia y
abarca todas las innovaciones que constituyen el nacimiento de la civilización
mesopotámica. Sin embargo, estos estratos se asemejan en muchos aspectos a la
fase sucesiva, hasta ahora denominada período de Jamdat Nasr (es decir,
Uruk 3): de hecho, la continuidad es tan marcada que estas fases sucesivas se
engloban ahora a menudo bajo el término «protoalfabetizado»,
que se empleará en ocasiones en este capítulo.
Resulta
difícil determinar cuáles son exactamente los estratos contemporáneos al inicio
de esta fase formativa de la cultura mesopotámica. En la estratificación de E-anna, el emplazamiento del templo de Ishtar-Inanna en Uruk,
se distinguen dieciocho estratos arcaicos. Estos se numeran de arriba hacia
abajo y el período «protoalfabetizado» termina con el
estrato 2; los estratos 3, 4 y 5 pertenecen sin duda a él, pero es probable que
los 6, e incluso la 7, también pertenezcan a él; esta última carece de cerámica
de «Ubaid» (que perdura hasta el período prehistórico de Uruk) y contiene conos
de mosaico, que reconoceremos como un rasgo distintivo de la arquitectura de la
época «proto-literaria». Pero la cuestión de dónde comienza exactamente este
período, en cualquier secuencia dada de restos, deberá decidirse en cada caso
cuando se disponga de material suficiente.
La
segunda mitad de este período conclusivo, aunque posee un carácter reconocible,
continúa, en casi todos los aspectos, las tradiciones de la fase anterior. A
menudo resulta difícil decidir si un artefacto debe asignarse a Uruk 4 o a Uruk
3 (fase de Jamdat Nasr). La cerámica policromada, que constituye el rasgo más
distintivo de la fase de Jamdat Nasr, ya existía en la fase anterior de Uruk 4.
La indecisión de la situación queda ilustrada, por ejemplo, por el Riemchengebaude de Uruk. Los excavadores atribuyen
la estructura a la fase Uruk 4, pero describen la cerámica hallada en su
interior como típica de la fase Jamdat Nasr. De hecho, en Warka suele resultar
difícil, si no imposible, discernir si determinados edificios deben atribuirse
a Uruk 4 o a Uruk 3; las opiniones de los propios excavadores parecen reflejar
a menudo esta incertidumbre. No obstante, existe una diferencia entre los
restos más antiguos y los más recientes. Al principio, sobre todo en los
estratos 5 y 4 de Uruk, nos encontramos ante la aparición inesperada de
importantes inventos: la cultura mesopotámica parece cristalizarse de repente.
En los estratos posteriores, tanto en Uruk como en Jamdat Nasr, Khafaji y otros yacimientos donde se hallan restos
similares, observamos una disminución de la creatividad y, por lo tanto, en el
ámbito del arte, una pérdida de calidad. Pero también observamos una
consolidación de los descubrimientos anteriores y su aplicación práctica a una
escala más amplia que antes. Esta fase representa un período de expansión que
extendió la influencia mesopotámica a lo largo y ancho del antiguo Oriente
Próximo.
EL
SEGUNDO Y TERCER PERÍODOS DINÁSTICOS TEMPRANOS
Desde el
punto de vista material, los cambios entre el primer período dinástico temprano
y las generaciones sucesivas que conformaron el segundo y el tercero no fueron
grandes. El más notable fue la evolución del estilo de los sellos cilíndricos,
que pasaron de los motivos abstractos a un conjunto de diseños más figurativos
y comenzaron a llevar inscripciones; estas últimas constituyen la
característica principal de la época. Con ellas entramos, en efecto, en el
ámbito de la historia, de los registros redactados por los hombres con el
objetivo consciente de perpetuar sus actos para la posteridad, y muy pronto se
añade la idea de influir en el presente mediante la referencia al pasado. La
escritura, inventada en una época anterior , y empleada desde entonces de forma
constante (aunque apareciera de manera esporádica) con el propósito de dejar
constancia de asuntos materiales, fue adoptada ahora por los reyes y aplicada a
fines religiosos y políticos. Aquí comienza, por tanto, en Babilonia un proceso
que ya estaba en marcha aproximadamente al mismo tiempo en Egipto.
La
primera aparición de la escritura en la llanura aluvial del sur de Irak
pertenece a un período considerablemente anterior al que trata este capítulo,
aunque la diferencia temporal apenas puede medirse en años. Debido a la
carácter disperso de las pruebas, su desarrollo solo puede observarse en grupos
separados, y los dos primeros de ellos —las tablillas halladas en Uruk y en el
yacimiento denominado Jamdat Nasr— pertenecen al tema del capítulo anterior. A
estas les siguen, en orden cronológico, las tablillas arcaicas de Ur, que
yacían en dos estratos ya existentes cuando se excavaron en el suelo las
célebres «tumbas reales»; y dado que estas últimas pertenecían visiblemente a
la plena madurez de la civilización dinástica temprana, las tablillas arcaicas
se han asignado al comienzo de este período. Algo más tardías que las tablillas
de Ur pueden situarse las de Farah (Shuruppak), cuya
antigüedad se puede demostrar que es posterior a los primeros reinados que han
dejado monumentos propios. La ordenación de la serie anterior se basa en
diversos argumentos, principalmente de la epigrafía y la arqueología, y solo en
una ocasión en las posiciones relativas dentro de un mismo yacimiento; pero,
aunque es seguro que futuros descubrimientos ampliarán las pruebas,
difícilmente cambiarán el orden de lo que ya se conoce.
Con una
excepción, estas tablillas son listas de mercancías, cantidades y personas; la
excepción la constituyen las listas que se elaboraron no con fines
administrativos, sino didácticos; estas carecen de números y contienen
elementos de la misma clase, como signos de escritura (o, más bien, los
pictogramas a partir de los cuales se desarrollaron), animales o peces. Estos
textos no utilitarios aparecen incluso en las tablillas más antiguas de Uruk y,
a partir de ahí, se mantuvieron a lo largo de todas las épocas de la escritura
babilónica, constituyendo un método estándar de instrucción para los escribas,
que anotaban los nombres de las cosas pertenecientes a clases definidas, según
su tipo o material. Además, se han descubierto recientemente pruebas de que las
tablillas del período de Farah contienen ejemplos tempranos de textos
literarios y léxicos sumerios conocidos, lo que confirma, lo que ya resulta
evidente por otras razones: que las tablillas de Farah son las últimas de la
serie arcaica. La cuestión más importante que afecta a todos estos primeros
registros escritos es la de la lengua que intentaban reproducir. Las tablillas
de Uruk carecen de indicios visibles al respecto, pero las de Jamdat Nasr
presentan pistas leves, aunque suficientes, de que su lengua era el sumerio, y
esto no ofrece ninguna duda en los dos grupos posteriores. Un descubrimiento
extraordinario de los últimos años ha sido el de unas tablillas con
inscripciones halladas un lugar de Rumanía. Una autoridad destacada en la
escritura sumeria primitiva no tuvo dificultad en reconocer que la mayoría de
estos signos eran muy similares a los signos mesopotámicos del período de
Jamdat Nasr, y el debate ha continuado. La principal dificultad sigue siendo,
al parecer, que los yacimientos en los que se encontraron estas tablillas se
consideran, en general, de una fecha mucho más antigua.
Si los
sumerios fueron, de hecho, tal y como parecen, los primeros habitantes del
territorio babilónico y los inventores de su cultura característica es una
cuestión que se ha debatido activamente, con argumentos tanto arqueológicos
como lingüísticos; se ha dado en llamar «el problema sumerio», aunque
ciertamente no es el problema más prometedor de solución relacionado con ese
pueblo y su lengua. Si bien el debate general no forma parte del presente
capítulo, al referirse al período prehistórico, no puede pasarse por alto por
completo, pues implica un desafío al derecho de los sumerios a reclamar (aunque
nunca lo hicieran explícitamente) este logro tan importante que es la
escritura. El aspecto lingüístico del argumento en contra de la primacía
sumeria en la región ha consistido en el ingenioso —y, de hecho, eficaz—
intento de demostrar que muchos topónimos antiguos y palabras básicas para
referirse a materiales y profesiones son, de hecho, de origen no sumerio, y
deben considerarse legados de una población anterior, ciertamente indefinible.
Independientemente de si existió o no, esto difícilmente puede afectar a la
invención de la escritura como un honor supremo de los sumerios, pues no hay
razón para creer que ninguna lengua más antigua que pudiera haberse hablado en
la región llegara a plasmarse por escrito antes de ser sustituida por el
sumerio. Las tablillas de Uruk pertenecen al período arqueológico iniciado por
la llegada de los sumerios (según los defensores de la teoría de la
inmigración), y, en sí mismas, no contradicen en absoluto la creencia de que
sus autores fueran hombres de lengua sumeria; algo que queda demostrado en los
grupos posteriores de tablillas arcaicas. No hay por qué negar que hubiera
otros, aproximadamente en la misma época, capaces de la misma invención, pues,
incluso dejando de lado a Egipto, se sabe que se utilizó otra escritura casi en
la misma región que la que dio origen a la cuneiforme, ya que en Susa se
encontraron numerosas tablillas inscritas con signos de un repertorio de palabras-imagen
totalmente diferente. Este sistema, que se ha denominado protoelamita y
pertenece al período de Jamdat Nasr, parece mostrar una etapa más desarrollada
en la representación de las imágenes que los signos contemporáneos de lo que se
convertiría en la escritura cuneiforme , y cabría conjeturar que sus orígenes
fueran incluso más remotos. No obstante, estaba condenado a una breve
existencia provincial y cedió el paso antes de que tuviera tiempo de dejar
monumentos que pudieran resultar inteligibles para una época posterior,
permaneciendo así, como es probable que siga siendo, indescifrable. Sin
embargo, su área de distribución podría haber rivalizado en algún momento con
la de su competidor, ya que se han hallado ejemplares muy al norte al noreste
de Susa, cerca de la frontera del gran desierto persa. Aún más lejos, hacia el
este, floreció una tercera escritura completamente independiente, hallada en
las ruinas de dos grandes ciudades del valle del Indo. Los objetos en los que
está inscrita pertenecen, es cierto, a una época considerablemente posterior a
la prehistoria de Babilonia, pero futuros descubrimientos bien podrían aportar
una historia más antigua de la que ahora carece. Por lo tanto, aunque por el
momento pueda seguir siendo objeto de debate si la escritura que conquistaría
toda Asia Occidental fue inventada por los sumerios, es cierto que todo su
desarrollo fue obra de este pueblo, y fueron ellos quienes iban a ponerla al
servicio de la historia.
EXTENSIÓN
Y COMPONENTES DE LA CIVILIZACIÓN DINÁSTICA TEMPRANA
Antes de
pasar a relatar la historia así conservada, será necesario examinar el
escenario en el que se desarrollaría y observar en qué consistía la unidad que
confería límites e individualidad a una tierra para la que la geografía no ha
establecido fronteras naturales muy definidas. La civilización babilónica
surgió en suelo aluvial depositado por el Tigris y el Éufrates en sus tramos
inferiores. Anteriormente se suponía que, al igual que Egipto era un «regalo
del Nilo», Babilonia era una creación de los Dos Ríos, que llenaban de
sedimentos la cabecera del golfo Pérsico, el cual se suponía que se había
extendido mucho más hacia el noroeste en la antigüedad remota. Estudios
geológicos muy recientes, e incluso arqueológicos, han puesto en duda esta
concepción; ahora se sugiere que la sedimentación se veía compensada en general
por el hundimiento del terreno, de modo que los límites meridionales de la
tierra quizá no fueran muy diferentes, ni siquiera en la prehistoria, de lo que
son hoy en día. Este interesante problema, que aún espera pruebas concluyentes,
solo reviste importancia aquí en la medida en que necesitamos saber si todo el
escenario de la historia babilónica está abierto a nuestra investigación, o si
parte de ella se desarrolló en un escenario inaccesible o inexplorado; por el
momento no hay nada que lo sugiera.
En la
época sumeria, Eridu (Abu Shahrain) constituía el límite meridional y se
encontraba «a orillas del mar» . En un arco de unas 250 millas de radio hacia
el noroeste de ese punto se alzaban los grandes centros de la cultura y el
poder sumerios. Las condiciones geográficas y climáticas de este territorio
ejercieron su inevitable influencia en la configuración del modo de vida que
allí se llevaba, pero no es exagerado afirmar que un acervo común de ideas y de
equipamiento material definió la geografía, más que al revés. Mientras que las
primeras culturas prehistóricas, que Babilonia solo compartía, tienen
extensiones diversas, aunque siempre amplias, la primera época de la historia,
la dinástica temprana, transcurre dentro de límites que son casi estrechos. Su
centro se situaba inequívocamente entre las grandes ciudades de la parte
meridional del aluvión. Se ha supuesto que los nombres de estas eran en su
mayoría no sumerios, y es posible que fueran antiguas antes de recibir el sello
distintivo sumerio; sin embargo, si tuvieron alguna importancia o historia
antes de esa época, es probable que siga siendo desconocida. La tradición
sumeria reivindicaba su fundación y era capaz de ofrecer un relato exacto de
los medios y el sistema de gobierno mediante los cuales alcanzaron la grandeza
y la prosperidad, y los registros sumerios les han dotado de una historia;
resulta difícilmente concebible que se pueda llegar a saber algo significativo
sobre ellas que no sea de origen sumerio o que no se base en fundamentos
sumerios.
Los
miembros más destacados de este compacto grupo se identifican por su presencia
en la lista de ciudades que fueron sedes de la soberanía antes y después del
Diluvio, según la lista dinástica sumeria que se describirá más adelante: Eridu
, Kish, Uruk, Ur, Adab, Larak, Sippar, Shuruppak,
junto con varias otras de menor importancia y, en ocasiones, de ubicación
incierta. Lugares tan famosos como Nippur y Babilonia no se incluyen, por
razones específicas, en este recuento. Otros, de gran importancia, se han añadido
gracias a descubrimientos modernos, siendo los más destacados Lagash y
Eshnunna. Queda aún por mencionar uno más, Mari, debido a su antigua fama y su
posición especial. En los últimos años, tras un período de incertidumbre, ha
sido excavada y se ha confirmado plenamente como un centro principal de la
civilización dinástica temprana, de acuerdo con la citada lista dinástica, que
la convierte en la sede de un reino del que se dice que en su día ostentó la
supremacía sobre todo el país. Esta ciudad, a diferencia de todas las demás, se
encuentra totalmente fuera del círculo del sur de Babilonia, ya que está
situada muy lejos, al noroeste, en el curso medio del Éufrates. Mari debe
considerarse uno de los bastiones de la antigua cultura sumeria, aunque es
posible que allí nunca se haya hablado la lengua sumeria.
Un límite
similar, aún más distante, se encuentra a orillas del Tigris, en la ciudad de
Ashur, donde, en uno de los niveles más bajos hasta los que se llevó a cabo la
excavación, se halló un edificio dedicado al culto de una diosa con todo el
aparato de la vida sumeria, y figuras de los fieles que apenas se diferenciaban
en ningún aspecto de las que podrían encontrarse en el sur. A pesar de uno o
dos elementos posiblemente intrusos, el «templo arcaico de Ishtar» de Ashur era
sumerio, y sus usuarios eran, si no sumerios propiamente dichos, al menos un
pueblo —o quizá solo una clase social— totalmente impregnado de las costumbres
e ideas sumerias. Ashur fue, tal vez, una colonia o una conquista, pues parece
haber permanecido aislada no solo de la patria sumeria, sino también de sus
propios vecinos, ya que no se encontraron rastros de tales habitantes exóticos
en las ruinas, minuciosamente exploradas, de asentamientos igualmente antiguos
en Nínive o en el yacimiento que hoy se denomina Tepe Gawra.
Sin embargo, salvo estas excepciones, el horizonte de la época dinástica
temprana se situaba en la región donde los grandes ríos se acercan ahora entre
sí, en las cercanías de Bagdad y Faluya. Quizá quede
reservado a futuros descubrimientos el hallar vínculos entre esta frontera y
los asentamientos periféricos de Mari y Ashur. Hasta el momento, la única
conexión en la ribera del Tigris es la presencia fortuita de una figura sumeria
en un lugar cercano a Samarra. Entre Sippar y Mari, el Éufrates no ha revelado
nada que llene el vacío de unas doscientas millas. Otra ciudad famosa, fuera
del círculo babilónico, ocupaba un lugar único en sus asuntos. Susa, sin ningún
obstáculo natural que la separara de la llanura, no era una ciudad sumeria,
sino más bien elamita, y no figura en la lista dinástica. No obstante, estuvo
en todas las épocas tan íntimamente ligada a las vicisitudes de Babilonia —ya
fuera como dependencia, socio comercial o rival— que los edificios y las
antigüedades halladas allí están tan inspirados en las ideas de Babilonia como
en las de los propios elamitas; incluso la lengua de las inscripciones es con
frecuencia sumeria o, posteriormente, acadia. Por lo tanto, Susa no era una
desconocida y, a pesar de las disputas intermitentes, nunca se alejó mucho del
círculo de las grandes ciudades babilónicas, cuya civilización había absorbido
tan profundamente. Se ha descubierto ahora una extensión aún mayor de la
estatuaria «sumeria» en Tell Khuaira, en el noreste
de Siria. Se informa, una vez más, de que entre las tablillas halladas en Gasur (Nuzi) se encuentran textos literarios sumerios.
Las ideas
unificadoras y el equipamiento material de esta civilización se denominan
sumerios, y para ello existe plena justificación; sin embargo, no por ello
resulta menos difícil definir quiénes eran los sumerios. Aparte de la cuestión
de su origen último y su afinidad racial —sobre los que poco o nada se puede
determinar—, la dificultad radica en distinguirlos de los demás pueblos cuya
influencia está claramente marcada desde el principio mismo de la historia
documentada en el territorio delimitado anteriormente, aquellos a los que ahora
se denomina semitas. Es imprescindible comprender desde el principio que ambas
denominaciones se refieren exclusivamente a la lengua; la base de la afirmación
de que los semitas fueron influyentes desde el principio es la presencia de
nombres semíticos en la dinastía más antigua que reclamaba el dominio sobre
todo el territorio. Se tiene constancia de que estos reyes se mezclaron con
otros que tenían nombres sumerios, y esta mezcla caracteriza la relación entre
ambos en su conjunto. Se ha estudiado una cantidad bastante considerable de
material óseo hallado en excavaciones con con el fin
de establecer una distinción racial entre estos dos pueblos. Aunque este tema
se ha debatido ampliamente, quizá no sea demasiado atrevido afirmar que dicho
examen no solo no ha proporcionado ningún criterio fiable para distinguir entre
sumerios y semitas, sino que, de hecho, ha planteado otros problemas relativos
a la representación de la forma humana en la época dinástica temprana. En lo que
respecta al tipo físico, no existe una división visible en la población ni
fundamento alguno para una doctrina simplista según la cual los sumerios
tuvieran la cabeza corta y los semitas, larga.
La
distinción deseada se ha buscado de nuevo en el atuendo y en la forma en que de
tratar el cabello de la cabeza y el rostro de las figuras representadas en los
monumentos; hace cincuenta años esto parecía una observación aguda. Pero ahora
está bastante claro que tales diferencias no eran más que modas, o más
precisamente estilos de vestimenta que el mismo pueblo lucía en diversas
ocasiones, debido en parte al paso del tiempo, pero aún más al carácter y la
ocupación del individuo representado. Los dioses, en particular, se
representaban con un atuendo que, en la mayoría de los aspectos, había sido en
su día el de los hombres, y que se conservó para estas imponentes figuras
después de que hubiera quedado en desuso para sus fieles. Tampoco, por otra
parte, se encuentra la distinción entre sumerios y semitas en rastros claros de
conciencia racial en este período temprano. Es cierto que un poema heroico,
escrito en una fecha posterior, muestra al antiquísimo rey Lugalbanda rezando
por la expulsión del «amorreo que no conoce el grano» (es decir, el nómada
bárbaro), y este término es sin duda una aproximación cercana, en la concepción
babilónica, al «semita» moderno. Pero la expresión es probablemente anacrónica
para el período histórico más temprano, aunque refleja un sentimiento
perdurable; la enemistad hacia los «occidentales» » se sintió a lo largo de
muchos siglos, no porque fueran de una raza diferente, sino porque eran
extranjeros, intrusos que ni comprendían ni respetaban las formas de
pensamiento y de vida babilónicas. Nunca hay rastro alguno de guerra u odio
contra los semitas que habitaban en la tierra. Lo máximo que se puede aducir a
modo de distinción es que la parte septentrional del país, que en épocas
posteriores (y quizá antes de lo que ahora se puede rastrear) llevaba el nombre
de Akkad, era el hogar de quienes hablaban una lengua semítica. Los primeros
nombres semíticos se encuentran en las dinastías tradicionales de Kish, donde
predominan. Sin embargo, también se hallan nombres sumerios en Kish y, a la
inversa, es probable que los nombres semíticos no estén ausentes —aunque
ocultos— en las dinastías meridionales de Ur y Uruk. En cuanto a la población
de Mari , ya mencionada como un lejano puesto avanzado en lo más profundo de
territorio «extranjero», nunca hay ninguna duda, pues todas las primeras
inscripciones de sus gobernantes y funcionarios están inequívocamente en lengua
semítica.
IDEAS E
INSTITUCIONES
Tanto los
babilonios antiguos como los posteriores poseían una concepción inusualmente
clara del orden del mundo. Su mitología, por muy imperfectamente que la
conozcamos, implica un conjunto bastante completo y coherente de nociones sobre
la génesis de las cosas y el sistema por el que se rigen el mundo y sus
múltiples mecanismos. El principio fue un caos acuoso al que llamaban Apsu; este no presentaba rastro alguno de aquello que, para
las generaciones posteriores, representaba el orden y la inteligibilidad en el
mundo. En medio de ello surgieron una pareja de dioses, seres sombríos cuya
estatura no hacía más que aumentar a medida que pasaban las épocas, y tal vez
ni siquiera dieron origen a sus sucesores: «Todo lo que está Arriba» y «Todo lo
que está Abajo». Las generaciones se hicieron entonces más diferenciadas y
nacieron dioses individuales, entre los que destaca el dios Enki (Ea), dotado de sabiduría suprema y, por ello, decidido a
poner fin al reinado de la informe y el caos. A partir de este punto se
desarrolla, en la mayoría de los mitos babilónicos de la creación, la
construcción de un mundo como molde para, y, sin embargo, moldeado a su vez por
los hábitos de vida y pensamiento afines a sus habitantes; es decir, el
universo tal y como lo concebían los antiguos pueblos del sur de Irak. No es
objetivo de una obra histórica describir con mayor detalle las cosmologías
babilónicas, sino únicamente señalar cómo constituyen un preludio inteligible
al surgimiento de la propia civilización en aquella tierra. De las aguas
primordiales, un creador había separado los cielos y luego construido la
tierra, o bien había establecido una separación entre el cielo y la tierra,
bajo la cual se encontraba el Abismo; estas tres divisiones eran los reinos,
respectivamente, de los dioses Anu, Enlil y Enki (Ea)
. A continuación tuvieron lugar diversos actos de creación —la tierra, los
ríos, las bestias del campo—, pero aún no había templos y, por consiguiente,
ningún lugar donde los dioses pudieran habitar y disfrutar de la vida de
comodidad que sus reinos debían proporcionarles.
Su
respuesta a esta necesidad fue la creación del hombre, a quien todos los mitos
babilónicos consideran una mera herramienta al servicio de sus creadores. Lo
más significativo es que esta criatura debía poseer poderes especiales; fue
formado a partir de la sangre de los dioses, a veces denominados dioses
artesanos, y Ea, el artífice divino, añadió a la
creación a otros dioses como maestros de habilidades especiales. Hubo un tiempo
en el que aún no existían las ciudades, pero con la creación del hombre y su
asentamiento estas comenzaron a surgir; las primeras en aparecer se nombran en
un poema sumerio como Eridu, Bad-tibirá, Larak, Sippar y Shuruppak,
a las que un texto posterior añade Nippur, Uruk y la propia Babilonia. Todas
ellas (y otras omitidas) fueron asignadas por el dios supremo a uno de sus
descendientes divinos o seguidores, quienes se vieron entonces ante la
necesidad de mejorar sus dominios. Cómo al menos uno de ellos resolvió este
problema y obtuvo los beneficios de la civilización es el tema de un curioso
mito sumerio, según el cual Inanna, la divina dueña de Uruk, consiguió mediante
una artimaña, bajo la custodia celosa de su padre Enki todos los conceptos y
poderes que posteriormente aparecen como omnipresentes en la forma de pensar
sumeria. Pero esta historia quizá se salga de la línea del desarrollo lógico.
Para que
el plan de utilizar a los hombres con el fin de proporcionar una vida de
abundancia y comodidad a los dioses funcionara, era esencial que estas
criaturas estuvieran disciplinadas y dirigidas. Debía haber un administrador o
capataz, ya que los dioses vivían apartados y no podían rebajarse a ser sus
propios capataces. Por consiguiente, antes incluso de que pudiera comenzar la
civilización, debía existir la institución de la realeza y la jerarquía. Todo
estaba preparado para ello; el propio Anu era rey de los dioses, y un mito
relata que «el cetro, la corona, la tiara y el cayado (de pastor) yacían
depositados ante Anu en el cielo. Al no haber consejo para el pueblo (de la
Tierra), la realeza descendió del cielo. » Se estableció primero en Eridu, luego
en las demás ciudades antediluvianas. Con esto, el escenario quedó
completamente preparado: los dioses tenían sus dominios, sus esclavos para
trabajar en ellos y sus representantes en la tierra, que debían dirigir el
trabajo, asegurar sus frutos a los propietarios divinos y proteger las
propiedades contra los ataques.
Aunque
solo ahora se han encontrado con sus atuendos tradicionales, las conocidas historias
relatadas por Beroso pueden situarse aquí como una
expresión de la idea babilónica de la civilización, finalmente concedida y
llegada a su madurez en las condiciones previas tan cuidadosamente preparadas:
«En Babilonia había una vasta multitud de hombres, de todas las tribus, los que
habitaban en Caldea. Pero vivían sin orden, como las bestias». A continuación
viene la historia de Oannes y sus hermanos, monstruos
fabulosos que surgían cada día del mar e «instruían a la humanidad en la
escritura y en diversos procesos de las artes, la formación de ciudades y la
fundación de templos. También les enseñó el uso de las leyes, de los límites y
de las divisiones, así como la cosecha de cereales y frutos; en definitiva,
todo lo que atañe al bienestar de la vida se lo transmitió a los hombres; y
desde entonces nadie ha inventado nada más. » En el momento en que esto
ocurrió, los hombres ya poseían la primera necesidad para el progreso, según
las ideas sumerias, pues se decía que Oannes había
aparecido bajo el reinado del cuarto rey antes del Diluvio, aquel a quien Beroso llamaba Ammenon y que
ahora se conoce por su nombre nativo de Enmengalanna;
esto, al menos, según una de las tradiciones de lo que escribió Beroso, pero una versión más verosímil sostiene que el
portador de toda la civilización llegó en los albores de esta era prediluviana, cuando los hombres aún tenían todo por
aprender. En cualquier caso, esta leyenda sitúa la primera organización civil
en Eridu, donde comenzó el reino, sin cuya fundación era imposible que se produjera
ningún progreso.
Lo que
enseñaron los anfibios tal vez pueda deducirse del curioso mito sumerio ya
mencionado,¹ que ofrece una lista detallada de los elementos culturales que una
diosa se llevó de Eridu porque los necesitaba para hacer florecer su propia
ciudad. Se enumeran más de un centenar de instituciones (me, la palabra es
polifacética); parecen una extraña mezcolanza, pero pueden describirse
brevemente como un conjunto de diversas nociones que abundan en la literatura
como expresión de las formas de pensar sumerias, y que en ese pensamiento se
asumen como el bagaje mental del hombre civilizado. Entre las que pueden
entenderse destacan las formas de gobierno (la realeza y la jerarquía) y los
términos tecnológicos (artes y oficios), con una fuerte mezcla de concepciones
sociales y morales diversas. Una lista de este tipo, aunque fuera totalmente
inteligible, no puede, por supuesto, ofrecer más que una visión superficial de
la vida de un pueblo; pero si el curso del desarrollo humano se presentaba a la
mente sumeria tal y como se ha esbozado en estas páginas, los dones otorgados
por los monstruos marinos —monstruos o sustraídos por la diosa— eran
verdaderamente característicos de esta antigua civilización.
Hasta
ahora, por lo tanto, se ha trazado el curso estrictamente paralelo de las ideas
e instituciones sumerias hasta la propiedad de las ciudades por parte de dioses
individuales, el nombramiento de un rey para gobernar a las masas y la
concesión de habilidades para que los súbditos humanos estuvieran capacitados
para atender las necesidades de los amos divinos. Pero solo podía haber un rey
con supremacía, al igual que solo había un dios con el «poder de Anu (o de
Enlil)», mientras que había muchas ciudades, cada una perteneciente a un dios,
cada uno de los cuales, a su vez, debía tener un administrador que gestionara y
rentabilizara sus dominios. La idea de la soberanía es fundamental en la lista
de reyes, al menos desde el comienzo del período diluviano, si no antes, y sin
duda está presente, aunque no se exprese claramente, en el reducido conjunto de
las primeras inscripciones que se conservan. El más antiguo de todos, Enmebaragesi,
ya es «gran hombre» (lugal), es decir, «rey»,
y a pesar de algunas variaciones en los títulos que ostentaban los gobernantes
del sur, lugal siguió siendo la designación
general de un «rey», y siempre tendía a conllevar la implicación de un señor
supremo. En subordinación lógica al lugal se
encontraban los gobernadores de las ciudades, con el título de ensi, que ocupa un lugar destacado en las primeras
inscripciones. Estos dos títulos tienen una complicada historia de relación,
pero su uso sugiere que el ensi recibía ese
nombre en referencia principalmente a su administración al servicio del dios, y
que, como tal, podía ser él mismo un señor supremo o estar subordinado a un lugal en otra ciudad, al tiempo que conservaba su
cargo sagrado a nivel local.
En el
período más antiguo no está claro qué consecuencias se derivaban de la
supremacía de un lugal sobre una ciudad
sometida; se sabe, al menos, que tenía el deber de delimitar los límites de los
dominios de los dioses vecinos, es decir, en términos seculares, de resolver
disputas fronterizas entre ciudades. Esto plantea la cuestión de cómo, cuando
una ciudad era desplazada por otra, se explicaban las relaciones entre sus
respectivos dioses. En la última frase de la protesta de un patriota por la
profanación de su ciudad a manos de un gobernador rival, reza para que la diosa
del profanador haga recaer este acto sobre su cuello como una carga, dando a
entender así que ningún dios debe ser considerado responsable de los pecados de
su agente, a quien se espera que castigue, preservando así la armonía entre los
dioses. Pero los dioses conocían bien las disputas entre ellos, y tal idea
probablemente no resultaba tan ofensiva para los sumerios como parece ahora. A
pesar de su humildad formal ante los dioses y el rey, los gobernadores locales
(ensi) eran, de hecho, gobernantes, y el grado
de su ascendencia venía determinado, sin duda, por los factores habituales de
la oportunidad y el carácter personal. Su cargo era hereditario, al menos en la
práctica, tal y como demuestran tanto la lista de reyes como la historia de
Lagash y sus vecinos; normalmente, el hijo sucedía al padre, con las habituales
interrupciones debidas al fracaso y la usurpación. En esta situación, los
gobernadores se veían impulsados por las ambiciones propias de los líderes y aspiraban
a extender su dominio, primero sobre sus vecinos y luego, a medida que llegaban
los éxitos, sobre un círculo más amplio, hasta que la propia supremacía parecía
estar a su alcance. La última gran figura de esta época ofrece un ejemplo
típico: Lugalzagesi, que comenzó como gobernador de Umma, conquistó el reino de
Uruk, se convirtió en lugal de la tierra tras
un exitoso desafío a Kish y, finalmente, pudo emprender una carrera de
conquistas —o, al menos, una demostración de poder en el exterior— antes de
sucumbir a su vez ante un rival más fuerte.
Hay dos
cuestiones relativas a la situación de los gobernantes sumerios en sus propios
dominios que resultan difíciles de responder por falta de pruebas. En primer
lugar, ¿cuál era la relación entre la realeza y el sacerdocio? Algunas
inscripciones antiguas pertenecen a potentados que se autodenominan en (es
decir, en sentido amplio, « señor») de las ciudades, pero al mismo tiempo se
atestigua que «en» significa «sumo sacerdote» de ciertos dioses. Los títulos
temporales y sacerdotales no se encuentran reunidos en una misma persona, por
lo que el uso del título en sí mismo sugiere una paridad que podría resultar
peligrosa para una u otra de las partes. Que tal rivalidad, siempre latente,
llegó a materializarse, se pone de manifiesto en los últimos días de la
historia sumeria en Lagash, la única ciudad de la que tenemos registros de ese
período. Bajo el reinado de Entemena (hacia el 2450 a. C.), un tal Dudu, sumo
sacerdote del dios de la ciudad, no solo dedicó objetos que llevaban sus
propias inscripciones, sino que hizo que su nombre se incluyera en los textos
del propio gobernante; y, de nuevo, en las descripciones que dejó Urukagina
sobre sus reformas sociales y económicas se aprecia claramente una división de
intereses entre el príncipe y el clero.
En
segundo lugar, se admite que el gobernante parece ejercer (bajo la sola
autoridad de su dios) un poder absoluto en las primeras ciudades sumerias, y
que, según las concepciones sumerias, la realeza era el don primigenio de la
civilización. Sin embargo, el interés moderno por los problemas del gobierno y
la sociedad ha dado lugar a diversas hipótesis que sugieren que la realeza
sumeria no era primitiva, sino evolutiva, y que su actuación estaba, al menos
en ocasiones, controlada por una asamblea de ancianos y jefes comunitarios, e
incluso por la masa de hombres libres. Debido a la escasez de información
directa, estas creencias se basan principalmente en inferencias, ya sea a
partir de mitos religiosos y relatos épicos, o de condiciones de tenencia de la
tierra interpretadas de diversas maneras y de las causas subyacentes a las
reformas de Urukagina, en el único momento en que se observan claramente
tensiones sociales en una ciudad sumeria. Las cuestiones aquí apenas esbozadas
aquí se han debatido con gran detalle e ingenio, pero solo un aumento notable
de las pruebas contemporáneas podría elevar las conclusiones hasta el punto de
que afectaran de manera significativa a nuestra concepción del gobierno
sumerio.
LA
HISTORIA EN LOS REGISTROS CONTEMPORÁNEOS Y LA TRADICIÓN POSTERIOR
Para
obtener la información más antigua sobre la historia de las ciudades sumerias
no dependemos total ni principalmente de las escasas, breves y formales
inscripciones de los contemporáneos. Al igual que en Egipto, el orden de las
dinastías y los nombres de sus miembros se conservan en listas autóctonas y
gracias a los fragmentos de un historiador helenístico perdido, lo mismo ocurre
en Babilonia. Aquí la evidencia autóctona es más compacta, ya que se transmite
a través de varias copias de una única recopilación, ya mencionada con el
nombre de «lista de reyes», denominada por los escribas «Realeza» , por su
primera palabra. Esta recibió su forma definitiva —como lo demuestran las
fechas expresas, así como el punto en el que termina— al final de la dinastía
de Isín, en el año 1794 a. C., sus autores trabajaron a partir de una tradición
conservada con mayor o menor esmero por unas media docena de las ciudades más
antiguas y importantes. La información proporcionada
es regular y uniforme: se nombra una ciudad, la realeza residía allí, A reinó x años, B reinó y años; si B era hijo de A, se añade, y así hasta el final
de la dinastía, seguido de un resumen: tantos reyes reinaron tantos años. De
vez en cuando, una breve nota recoge algún incidente o detalle por el que un
rey fue célebre, pero esta es la única digresión. Una vez concluida esa
dinastía, la fórmula continúa: «(esta ciudad) fue derrotada por las armas, la
realeza pasó a (su sucesora)». De esta manera se enumeran veinte dinastías
«después del Diluvio», que suman casi ciento cuarenta reyes y abarcan un total
de muchos miles de años.
Este
importante documento, cuyo valor es incuestionable, no fue redactado para
beneficio de los estudiosos modernos y, desde el punto de vista actual,
presenta defectos evidentes. Se basa en su totalidad en dos supuestos: que el
territorio era una entidad formada por varias ciudades principales y que, en un
momento dado, solo una de ellas era suprema sobre las demás. Ambos se plasman
en la afirmación de que la realeza permaneció en una ciudad hasta que, por la
fuerza de las armas, fue trasladada a su sede anterior, quizás, o a otra. Ambas
proposiciones tienen su grado de verdad. Es cierto que el país constituía una
unidad, plenamente en sentido geográfico y cultural, pero también, en parte, en
el sentido ideal. Aunque las ciudades luchaban ferozmente entre sí tanto por la
supremacía como en disputas territoriales, existía un claro sentimiento de
solidaridad con «el país», que, como es habitual, tendía a acentuarse en
momentos de «emergencia nacional », al igual que los irreconciliables
ciudadanos de Grecia recordaban, con distintos grados de conciencia, que todos
eran helenos. La segunda suposición, la de un gobierno único ejercido por
diversas ciudades, pero solo una a la vez, se destaca mucho más y, de hecho, es
el principio sobre el que se construye la lista; sin embargo, está tan lejos de
la verdad que ha viciado todo el documento como historia, considerado desde la
perspectiva de la crítica moderna. Ha sido fácil demostrar que el esquema de
reinos sucesivos falsea la perspectiva al ocultar el hecho —revelado de forma
inequívoca por otras fuentes— de que muchos de estos reyes reinaban en sus
respectivas ciudades al mismo tiempo, sin que les importara ni se atrevieran a
disputarse la soberanía. Esto ha tenido el inconveniente adicional de exagerar
enormemente la duración de este período histórico, incluso tras descartar los
legendarios miles de años atribuidos a los primeros reinados. En este sentido,
la lista de reyes incluye demasiado, pero en otro sentido, demasiado poco, pues
hay pruebas relativas a ciudades y gobernantes de la mayor importancia en la
Sumeria primitiva que, sin embargo, no aparecen mencionados en absoluto en la
lista. Por muy graves que deban considerarse estos defectos, tienen poco peso
en comparación con la riqueza de información que ofrece este compendio de la
historia más antigua de su país, tal y como la conocían los escribas más
eruditos de una posteridad posterior, aunque aún no muy remota.2 Sin entrar en
las numerosas cuestiones que plantea la lista, podemos considerarla aquí simplemente
como la fuente de referencia por excelencia para la historia más antigua de
Babilonia, ya que se remonta incluso más allá de los monumentos reales más
antiguos que se conservan, pues el primer rey del que se tiene constancia tanto
en la lista como en sus propias inscripciones es Enmebaragesi de Kish, que
figura en la lista como el penúltimo de la primera dinastía «después del
Diluvio», teniendo ante sí veintiún predecesores de reinados fabulosos, el
propio Diluvio y, más allá de este, los milenios de los reyes prediluvianos.
De este
período legendario, del que los venerables patriarcas transmitieron sus nombres
—extrañamente distorsionados— a los textos modernos de los últimos
transcriptores de Beroso, no queda hoy ningún rastro
material identificable. Tanto las pruebas internas como la probabilidad
sugieren que la lista de reyes prediluvianos tiene su
origen en Eridu, pero cualquier intento de situarlos en el contexto
arqueológico del sur de Babilonia no puede ser, por el momento, más que una
conjetura. Observaciones recientes en los yacimientos de varias ciudades —Ur,
Kish y Shuruppak— han revelado estratos estériles
entre períodos de ocupación, que parecen haber sido depositados por la acción
del agua. El más impresionante se encontró en Ur, y el excavador lo sitúa
estratigráficamente en el período de Al-‘Ubaid, habiendo aportado razones, nada
desdeñables, que respaldan su creencia de que la enorme capa de limo fuera
dejada por el Diluvio famoso en la tradición sumeria. Si esto pudiera aceptarse
con certeza, no solo quedaría demostrado que los sumerios poseían la tierra
desde la más remota antigüedad, sino que la sucesión de reinos posdiluvianos
podría comenzar a partir de ese momento.
Sin
embargo, aunque resulta arriesgado hablar siquiera de probabilidad histórica en
este contexto, cabe afirmar que la identificación es difícilmente aceptable, a
la luz de la propia tradición y de las primeras pruebas epigráficas. Un
fragmento que lleva el nombre de Enmebaragesi, el primer gobernante del que se
conserva hasta ahora un vestigio material, fue hallado en un nivel del segundo
período dinástico temprano. En la propia Ur, las primeras inscripciones, las de Mesannipada (de quien ahora se sabe que no está
separado de Enmebaragesi más que por una generación), se encontraron en los
estratos que se sitúan inmediatamente por encima de las tumbas reales, y estas,
a su vez, pertenecen inequívocamente al tercer período dinástico temprano. En
el intervalo entre estos niveles y el «depósito del diluvio» se encuentran
cuatro «períodos» completos de la prehistoria mesopotámica, de duración
indefinida. Si el «depósito del diluvio» es el vestigio del diluvio sumerio,
entonces todo el tiempo transcurrido entre el período Al-‘Ubaid y el tercer período
dinástico temprano queda representado en la tradición por la Primera Dinastía
de Kish, hasta sus dos últimos miembros. Es cierto, en efecto, que la propia
lista de reyes ofrece un margen más que suficiente para todo ello en los 22 985
años que asigna a esa dinastía, restando los dos últimos reinados, pero esto
apenas sirve para aumentar el desconcierto. Se ha intentado realizar una
evaluación más objetiva de la época que podría haber transcurrido entre el
período Al-‘Ubaid y las primeras inscripciones reales mediante dos métodos
modernos. En primer lugar, un cálculo minucioso de la tasa de acumulación en un
yacimiento en uso continuo en Khafaji ha dado como
resultado una estimación que sitúa el inicio de la escritura entre los siglos
XL y XXVIII, lo cual es en sí misma considerablemente posterior al final del
período Al-‘Ubaid. En segundo lugar, un análisis mediante el método radiológico
denominado «carbono 14» de las cenizas halladas en el estrato Al-‘Ubaid
temprano del yacimiento septentrional de Tepe Gawra no ha arrojado más que una media de 3.400 años a. C. para el propio período
Al-‘Ubaid, lo cual es inferior a lo que se había conjeturado en diversas
ocasiones. Debe seguir siendo una cuestión de opinión dudosa si alguno de estos
intervalos de tiempo podría colmarse razonablemente con una sola dinastía de
Kish.
Si no es
posible distinguir qué época (si es que hay alguna) de la prehistoria de
Babilonia debería atribuirse a los «reyes anteriores al Diluvio», tampoco es
mucho más posible relatar nada de su historia (de nuevo, si es que la hubo). De
ella no quedó nada más que la información que figura en la lista de reyes y
unos pocos relatos sobre fundadores antediluvianos que circulaban en las
escuelas de adivinación y magia. El único acontecimiento registrado es el
propio Diluvio, que «arrasó» la tierra tras 241 200 años de gobierno real en
cinco ciudades. La lista de reyes sitúa este acontecimiento tras el reinado de
Ubar-Tutu en la ciudad de Shuruppak, pero la
tradición principal omite a Ziusudra, su hijo, quien, no obstante, reaparece en Beroso y es famoso, gracias a la Epopeya de
Gilgamesh, como el hombre que , por el favor de un dios, sobrevivió al Diluvio,
preservó la semilla de los seres vivos y fue dotado de inmortalidad. Es inútil
indagar de qué realidad deriva esta famosa historia; las inundaciones,
endémicas en Mesopotamia, están atestiguadas desde tiempos remotos, como ya se
ha señalado, por los «depósitos aluviales» de Kish y, lo que es más
significativo, en la propia Shuruppak. Del mismo
modo, durante el reinado de Ibbi-Sin, un rey sumerio posterior de Ur, uno de
sus años recibió el nombre de un diluvio «que borró los límites del cielo y la
tierra», pero la ciudad sobrevivió a él y el desastre no quedó registrado de
ningún otro modo.
Cuando la
realeza se restableció en la tierra tras el Diluvio —lo cual, según la
concepción sumeria, era imprescindible para que la vida civilizada pudiera
continuar—, se estableció primero en la ciudad de Kish, y es posible que el
prestigio de esta sede original influyera en la costumbre de los reyes
posteriores de asumir el título de «rey de Kish» para expresar un dominio que
lo abarcaba todo. Esta primera dinastía, compuesta por veintitrés reyes y que
duró «24 510 años, 3 meses, 3 días y medio día», además de contar ahora con una
atestación original, está documentada con demasiados detalles significativos
como para ser descartada. Uno de ellos es la presencia dentro de la dinastía de
un grupo que llevaba nombres de animales: Perro, Cordero, Escorpión, Ciervo
hijo de la Gacela; estos nombres son semíticos, mientras que otros son
sumerios. La primera aparición de los semitas en la historia escrita es la de
una familia real que sucedió y pasó sin alterar el curso de la dinastía, o al
menos de los registros, si es que eran intrusos. La lista no recoge ningún
detalle sobre estos parientes foráneos: no hicieron más que reinar durante sus
cientos de años. Solo se conserva información sobre un rey de la etapa inicial
de la dinastía. Se trata del célebre Etana, «un pastor que subió al cielo, que
sometió todas las tierras», y que reinó durante un milenio y medio. Su ascenso
al cielo a lomos de un águila fue uno de los mitos representados en los sellos
cilíndricos, y probablemente se reflejó en la historia de Ganímedes en la
literatura y el arte clásicos. De sus conquistas extranjeras, descritas de
forma vaga, no sabemos nada.
Más
sustanciales son las figuras de Enmebaragesi, quien «despojó de sus armas a la
tierra de Elam» durante los «900 años» de su reinado, y de su hijo Agga, que
gobernó «625 años» y al que la lista pasa por alto, con solo ese modesto logro
en su haber. Pero la inscripción del padre se encontró en la ciudad algo remota
de Tutub (Khafaji), y,
según otra tradición, tanto el padre como el hijo eran conocidos como los
primeros constructores de ciertos santuarios en Nippur, especialmente el
llamado Tummal, lo que los sitúa en una relación
cronológica con otras dinastías tempranas que ya se ha tratado ampliamente en
un capítulo anterior. Más interesante resulta la historia épica sumeria de una
guerra entre Agga y el famoso Gilgamesh de Uruk; el primero, haciendo valer su
derecho como rey de Kish, exigió a Gilgamesh que se sometiera y entregara su
ciudad. Pero él, haciendo caso omiso de la oposición de un «partido pacifista»
en el senado y apoyándose en el respaldo popular, decidió luchar. El enemigo
inició un asedio, para consternación de los habitantes, pero tras algunos
episodios inciertos entre los rivales, parece que Gilgamesh llegó a un acuerdo
con Agga y se restableció la amistad. La historia, aparte de su importancia
política, reviste gran interés por ser nuestro primer atisbo de la lucha real
por la supremacía entre las ciudades, que es el motivo principal de la lista de
reyes. Quizás su final deba interpretarse como una sumisión por parte de Agga,
ya que la victoria definitiva recayó en manos de Gilgamesh, a cuya ciudad pasó
ahora el liderazgo.
Los
cuatro predecesores de este gigante en el trono de Uruk, que ahora asumía la
soberanía, eran figuras no menos portentosas. Todos eran en parte divinos y
todos héroes de leyenda; pero, aunque es poco probable que alguno de ellos
fuera puramente imaginario, son figuras demasiado difusas como para ser
consideradas personajes históricos. Del primero no se sabe nada más que una
breve nota en la lista en la que se afirma que «se adentró en el mar y se
dirigió subió a la montaña», frases que podrían interpretarse de cualquier
manera. Su hijo Enmerkar, del que se dice en la lista
que fue el constructor de Uruk, fue el protagonista de relatos compuestos, o al
menos transcritas, mucho más tarde y de las que aún solo se ha recuperado una
parte. Estas nunca se tradujeron al acadio y, por lo tanto, nunca alcanzaron la
fama de la epopeya de Gilgamesh. La mejor conservada de ellas no parece, en la
medida en que es inteligible, poseer mucha variedad o profundidad, pues relata
en un estilo prolijo el curso de una negociación con la ciudad de Aratta, separada de Uruk por siete montañas, sobre las que
los mensajeros van y vienen con conversaciones oscuras, tal vez enigmáticas ,
entre los reyes, aparentemente centrados, en los hechos concretos, en el
comercio de los respectivos productos locales. Enmerkar apenas aparece en generaciones posteriores y, sin embargo, su nombre perduró
hasta ser escrito en griego como (S)euechoros, el
abuelo de Gilgamesh.
Los
siguientes en ocupar el trono de Uruk fueron dos dioses, Lugalbanda y Dumuzi.
El primero fue celebrado en relatos de aventuras, en parte relacionados con los
de su padre; al segundo se le denomina aparentemente «pescador» y resistió un
ataque de los elamitas. No hay nada que indique si se creía que era el mismo
que el dios Dumuzi (Tammuz), pues otro «Dumuzi el
pastor» figura entre los reyes anteriores al Diluvio. De Gilgamesh, el
siguiente gobernante de Uruk, se contaron más historias que de cualquier otro
personaje de la historia babilónica. Hoy en día está claro que las doce
tablillas sobre sus hazañas, conocidas por los asirios, no son más que
extractos —en su mayoría fusionados en un todo coherente— de un corpus mucho
más amplio de leyendas en sumerio, aparentemente disperso y mal articulado,
pero tan imperfectamente recuperado en la actualidad que resulta imposible
seguir el hilo de su trayectoria tal y como se relataba en composiciones
escritas hacia el siglo XVIII a. C. Que Gilgamesh fuera un personaje real de la
historia más antigua no fue, como ya se ha dicho, puesto en duda por la
tradición autóctona posterior y no debe ponerse en duda ahora, por mucho que
haya que restar de su leyenda. Sin embargo, el episodio de su guerra contra
Agga de Kish, que tiene buenos motivos para considerarse histórico, podría
sugerir que ni siquiera la leyenda carece por completo de un fundamento en una
realidad más sobria.
Las
tradiciones relativas a Gilgamesh no se agotan en sus aventuras más románticas,
pues, al igual que todos los reyes babilónicos importantes, su nombre se asocia
a construcciones. Solo se atestigua mediante un informe escrito la «segunda
ruina» de un santuario llamado Tummal en Nippur, que
Gilgamesh reparó. El lugar aún no se ha descubierto, por lo que no se puede
obtener ninguna confirmación local, y, por el momento, el principal interés de
este informe es cronológico; esto ya se ha tratado en un capítulo anterior.1
Pero también era el motivo de orgullo y el consuelo que le quedaba al héroe en
la epopeya que hubiera construido la muralla de Uruk, y en esto la memoria
coincidía con él. En cierta medida, los hechos materiales también coinciden con
él, pues esta muralla de Uruk ha sido explorada en parte por los excavadores
alemanes, y se ha descubierto que está compuesta principalmente por ladrillos
«plano-convexos», que se limitan al período en el que se supone, según todas
las probabilidades, que vivió Gilgamesh.
Varios
reyes reinaron en Uruk después de Gilgamesh. Su hijo también estuvo vinculado a
la reconstrucción del Tum , pero, por lo demás, los sucesores no hicieron más
que sumarse a los miles de años convencionales que transcurrieron bajo cada
reino en esa época lejana. Con el traspaso de la supremacía a Ur se produce un
gran cambio en el registro de la lista de reyes, ya que tanto los reinados
individuales como la duración total de la dinastía se reducen de repente a
proporciones humanas. Aún más tranquilizador es el contacto mucho más sólido
que ahora puede establecerse con pruebas externas y contemporáneas, pues las
inscripciones originales de la Primera Dinastía de Ur confirman la veracidad
sustancial de la lista de reyes en este punto, e incluso permiten sospechar que
haya un error material en la lista, ya que los «80 años» » atribuidos a Mesannipada probablemente incluyan los de su hijo homónimo A’annipada —un típico par de nombres reales adoptados por
padre e hijo al uso de este período y del sargónico—.
Pero, en contraste con la satisfactoria concordancia entre la lista y los
monumentos contemporáneos en este punto, hay que reconocer que las excavaciones
han sacado a la luz una grave dificultad en relación con los espléndidos
ocupantes del «cementerio real », quienes sin duda alguna prosperaron por esta
época y tienen motivos para ser considerados reyes, aunque no se les mencione
en la lista de reyes. Su interés radica en los ámbitos del arte, posiblemente
de la religión, más que en la historia, pues no se sabe absolutamente nada
sobre sus actos, y sus nombres no aparecen en ninguna tradición. Se sabe muy
poco más sobre los dos reyes «auténticos» que fundaron la Primera Dinastía de
Ur. Sus propias breves inscripciones no relatan nada de sus hazañas, salvo la
construcción del pequeño templo de Ninkhursag en
Al-‘Ubaid por parte de A’annipada, y las tradiciones
posteriores añaden obras de construcción similares, especialmente en Tummal, cuya «primera ruina» fue reparada por Meskiagnunna, tercer (?) rey de esta dinastía. Una
inscripción más, de Elulu, el cuarto rey, pone fin a
este intervalo de historia documentada, mientras que la lista de reyes recae
por un tiempo en la exageración y enumera muchas dinastías que son o bien
totalmente desconocidas o bien están iluminadas de forma dudosa en su desarrollo,
solo por vislumbres inciertos y momentáneos de tales realidades que el azar del
descubrimiento ha concedido.
Una
inscripción hallada en Mari menciona a Mesannipada de
Ur como el contemporáneo de otro nombre (?), que el editor cree que es el del
fundador de la dinastía de Mari, la décima tras el Diluvio, mientras que la
Primera Dinastía de Ur fue la tercera. Si así fuera, la lista de reyes —de la
que ya se sabe que es errónea en su suposición sobre las dinastías sucesivas—
habría sufrido otro ataque muy grave a su fiabilidad. Pero esta interpretación
no ha sido aceptada de forma generalizada.
Entre la
Primera Dinastía de Ur y la ascensión al trono de Sargón, la lista de reyes
contabiliza nada menos que once reinos y casi 5.000 años. Incluso restando una
cifra característicamente exagerada de 3.000 años para los ocho reyes que
reinaron en Kish, aún quedan unos 1.500 para este intervalo, una duración que
sin duda tiene muy poco que ver con la realidad. El hecho de que estas once
dinastías, al margen de posibles o ciertas exageraciones en cuanto a su
duración, fueran en su mayoría contemporáneas queda prácticamente fuera de toda
duda gracias a las pruebas objetivas que existen actualmente, y podría
demostrarse formalmente si el texto de la lista de reyes no fuera tan
defectuoso en este punto. Se han encontrado dos o tres sincronismos de
gobernantes de diferentes dinastías durante este período, y se han sugerido
otros; estos también son plausibles, aunque los nombres necesarios no pueden
encontrarse en la lista sin un cierto grado de especulación. El más importante
de estos sincronismos es el que de Rimush, sucesor de Sargón, con «Kaku, rey de
Ur», quien lideró una revuelta contra Rimush y fue sometido por él, tal y como
afirman explícitamente sus inscripciones. Si el título de rey debe tomarse al
pie de la letra, entonces Kaku debió de pertenecer a una dinastía de Ur, que
solo podría ser la segunda, aunque esta ha desaparecido casi por completo de
las copias actuales de la lista. Si, pues, es cierto que Rimush luchó contra la
Segunda Dinastía de Ur y, sin duda, puso fin a la misma, las seis dinastías que
figuran en la lista entre la Segunda de Ur y Agadé pueden descartarse
cronológicamente por carecer de relevancia. Por otra parte, existe una
inscripción de Enshakushanna, rey de Uruk, en la que
reivindica una victoria sobre Enbi-Ishtar de Kish, y,
aunque estos nombres no pueden situarse en la lista sin interpretaciones
arriesgadas, es muy probable que pertenecieran, uno a la Segunda Dinastía de
Uruk y el otro a la Segunda Dinastía de Kish, lo que anularía, a efectos del
cálculo cronológico, una dinastía de Khamazi que se
inserta entre ellas. Es incluso posible que el mismo Enshakushanna fuera hijo de Elili, miembro del primer reino de Ur, lo que reduciría tres
dinastías supuestamente intermedias a una sola generación.
La única
guía fiable para la historia, aparte de la cronología, de este período se
encuentra en los acontecimientos de una ciudad que no aparece en absoluto en la
lista de reyes , pero que conocemos mejor, gracias a las inscripciones y las
obras de arte, que cualquier otra de sus contemporáneas. Los nombres, el orden
y los años aproximados de los gobernantes de Lagash quedan establecidos por sus
propios registros, y cuentan al menos con un vínculo con la Segunda Dinastía de
Uruk en el tratado firmado entre Entemena de Lagash y Lugalkinishedudu de Uruk. Esta época en la historia de ambas ciudades termina con Lugalzagesi
(la «Tercera Dinastía de Uruk»), quien fue destronado por Sargón, pues la lista
inicia deliberadamente una nueva era con el gran conquistador, y Lagash ya
había perdido su independencia frente a Lugalzagesi mientras este aún reinaba
en Uruk. Por diversas razones basadas en los textos escritos y la arqueología,
el inicio de una línea dinástica en Lagash debe situarse aproximadamente en la
misma época que la Primera Dinastía de Ur, y esta línea se extinguió a causa de
la agresión de Lugalzagesi. Entre estos dos momentos hubo nueve ocupantes del
trono en Lagash; la duración de sus reinados es, en su mayor parte, incierta,
pero es probable que el total no superara en mucho un siglo y medio, y dentro
de este modesto espacio debe haber cabida para las once « dinastías» de la
lista de reyes, con su extenso recuento de años. Si tal drástica reducción
parece un desprecio ingrato de las pruebas que la antigüedad nos ha conservado,
hay que responder que las pruebas son de dos tipos, irreconciliables entre sí,
y que debe darse más crédito a la indicación clara de los hechos contemporáneos
que a una tradición, por muy antigua que sea, que simplemente intentó
registrarlos.
Un
documento muy interesante, publicado recientemente, revela que Lagash tenía su
propia lista de reyes, que incluía a algunos, pero no a todos, los gobernantes
conocidos por sus propias inscripciones. Cabe suponer que Lagash, siempre
individualista, se había negado a facilitar su registro a los escribas de Isin, quienes elaboraron la lista de reyes de la que
disponemos.
Entre la
multitud de nombres desconocidos que poblaban estas once dinastías, hay algunos
sobre los que la historia o los vestigios materiales tienen algo que decir. Una
dinastía de Adab tuvo un único rey, llamado Lugalannimundu,
al que se le atribuye un reinado de noventa años. Se ha conservado una larga
inscripción en una copia antigua, que lleva su nombre y contiene un relato de
sus victorias y construcciones. Tras enumerar los títulos del rey, describe una
revuelta contra él, liderada por trece príncipes de tierras vecinas, no de las
ciudades de Sumer. Tras vencerlos, prosiguió con la construcción de E-nam-zu, un templo dedicado a la
diosa Nintu, sin duda en Adab, y el resto de la inscripción se dedica a
describir esta obra y la fiesta que marcó el regreso de la diosa a su morada, a
la que ocho vicegobernadores de las provincias sometidas aportaron una contribución
acorde. El estilo de esta narración es inconfundiblemente similar al del
período de Agadé, pero en lugar de que esto suscite sospechas de una
falsificación posterior, podría servir mejor para demostrar lo cercanas en el
tiempo estaban dos dinastías que la lista de reyes separa por 450 años. En este
período, y tal vez en la misma línea dinástica, reinó un tal Lugal-da-lu, de quien se encontró
una bella estatuilla, con el atuendo y el porte habituales de los sumerios,
durante las excavaciones en el yacimiento de su ciudad. Un personaje misterioso
de esta época fue una reina de Kish llamada Ku-Baba,
de la que se dice que era, en origen, una «mujer del vino» (tal es el
significado literal de la expresión), una tabernera que se convirtió en la
gobernante de Kish y «estableció sus cimientos», ya fuera antes o durante un
reinado de 100 años. También se relata en una crónica que ella suplantó a Puzur-Nirakh, rey de Akshak, en el
trono. Su fama, aunque no más detalles de su historia, perduró en las tablillas
de adivinación que conservaban los mensajes que le transmitían las vísceras, y
es posible que ella fuera el verdadero prototipo de Kombabos,
el sacerdote eunuco de Hierápolis en Siria, así como de la diosa anatolia Kubaba, a quien también se rendía culto en el norte de
Mesopotamia.
Por
último, la dinastía de Mari, aunque sus nombres han desaparecido casi por
completo de la lista, ha dejado un mejor recuerdo de sí misma en numerosas
estatuillas de hombres y mujeres que representan a estos gobernantes y a sus
cortesanos. Una figura rota se conoce desde hace tiempo se conoce desde hace
tiempo en el Museo Británico, y las recientes excavaciones en el yacimiento han
sacado a la luz muchas otras de gran interés. Entre ellas destacan Lamgi-Mari e Iku-Shamagan, reyes;
luego Ebikh-il, que se autodenomina «supervisor»;
Idi-Narum, el «molinero», y Ur-Nanshe, «el gran cantante», de forma y atuendo
curiosos . Tanto el estilo como el contexto de todas estas figuras las sitúan
inequívocamente en el período en el que la lista de reyes otorga a su ciudad
una breve autoridad sobre todo Sumer. Su vestimenta, su peinado (o cabezas
rapadas) y todo su aspecto siguen plenamente el estilo de la época dinástica
temprana, cuando esta había alcanzado su pleno desarrollo. Parecen «típicos»
sumerios, pero llevan nombres en su mayoría no sumerios, lo que constituye una
prueba más, si es que fuera necesario, de lo totalmente irrelevantes que son la
vestimenta y la apariencia para el origen étnico de quienes las lucían en
Babilonia en esta época.
Ya se ha
señalado anteriormente que las relaciones entre las dinastías, y especialmente
los años que se les asignan en la lista de reyes, deben estudiarse en
comparación con la historia de una sola ciudad sobre la que, gracias a un
hallazgo fortuito, se sabe mucho más que sobre cualquiera de sus rivales,
posiblemente más importantes. Esto se debe a los registros que dejó una
dinastía local en la ciudad de Lagash, explorada desde la década de 1870 en un
yacimiento conocido como Tello, situado entre el Tigris y el Éufrates, no muy
al este del lecho actual de un cauce llamado Shatt el-Hayy (o el-Gharraf), que era el curso medieval del curso inferior del
Tigris. A una distancia similar, en el lado occidental de este, se alzaba la
ciudad sumeria de Umma, la vecina hostil que ocupa un lugar tan destacado en la
historia conservada por los monumentos de Lagash. Ahora parece probable que el
montículo llamado Tello fuera solo una parte de un complejo más amplio que
llevaba el nombre de Lagash, cuyo centro podría haber estado en el yacimiento
vecino de El-Hibbeh, mientras que el propio Tello era
la antigua Girsu. Sin embargo, dado que casi todos los monumentos y registros
que recogen la historia de Lagash en la época sumeria se descubrieron en Tello,
no hay necesidad, a efectos de una narración general, de distinguir entre
ambos.
El rey
más antiguo conocido de Lagash fue Enkhegal, quien
dejó un registro arcaico de las tierras compradas por él mismo y por otros,
pero se desconoce su relación con sus sucesores. Mesilim, quien a su vez fue
rey de Kish antes de que comenzara la dinastía local de Lagash, menciona a otro
gobernante de la ciudad, Lugalshagengur. La verdadera
línea dinástica fue instituida por Ur-Nanshe, quien nombra a su padre y a su
abuelo, pero al parecer estos no eran reyes, ya que una tradición distingue al
propio Ur-Nanshe como el elegido de una diosa. Los edificios, las obras de arte
y las inscripciones dan fe de su poder y su estatus. Estas últimas no son, en
sí mismas, muy reveladoras, ya que tratan principalmente de la construcción de
templos y santuarios (pero también de la muralla de su ciudad), el tallado de
estatuas y la excavación de canales, las clásicas obras piadosas de los
soberanos babilónicos, destinadas a ser repetidas por un centenar de sucesores.
Solo en una frase, repetida varias veces, deja entrever un panorama más amplio,
cuando «los barcos de Tilmun traían cargamentos de
madera desde las montañas» por el golfo Pérsico. Por lo demás, sin duda reinó,
o ejerció su autoridad en Ur, donde una figura y una inscripción apenas
trazadas sobre una estela de granito son lo suficientemente legibles como para
revelar su nombre, que parece haber sido desfigurado posteriormente. Los
monumentos más interesantes de su reinado son pequeños relieves de piedra que
muestran al rey rodeado de su familia y sus principales sirvientes, cada uno
con su nombre inscrito junto a él. Estas y otras esculturas están ejecutadas en
un estilo que parece evidenciar una gran crudeza arcaica, lo cual se ve
curiosamente se corresponde con sus inscripciones, que, por la disposición de
los signos y su fraseología sin inflexiones, dan la impresión de inexperiencia
en el uso de la escritura.
A
Ur-Nanshe le sucedió su hijo Akurgal, a quien se ve
en los grupos familiares acompañando a su padre, pero del que se sabe poco,
salvo que, a su vez, fue padre de Eannatum, el siguiente rey. Con él, Lagash
alcanzó lo que debió de ser, a pesar de la pérdida de su fama en la tradición
posterior, una posición en el país que le habría dado derecho legítimamente a
reclamar el nam-lugal o supremacía sobre las
ciudades de Sumer. En lugar de reconocerlo, la lista de reyes está ocupada en
este punto por las dinastías de Kish y Akshak,
mientras que Eannatum se jacta de haber librado una batalla victoriosa contra
Zuzu, un rey de Akshak del que no se sabe nada más, y
de haberlo perseguido, matando a muchos, hasta las murallas de su propia
ciudad. En cuanto a Kish, «la diosa Inanna le concedió, a partir del gobierno
de Lagash, el reino de Kish». Le esperaban triunfos aún mayores, pues su poder
se extendió hasta el límite del horizonte sumerio tras una derrota, por un
lado, de Mari, y por el otro, de Subar —la posterior Subartu—, una tierra que él asocia con Elam y Urua. Por muy incierta que pueda ser la ubicación de Subar en esta época, acabó a incluir a Asiria, y no sería
de extrañar que los habitantes sumerios o las costumbres descubiertas en el
templo arcaico de Ishtar en Ashur fueran introducidos allí por los lagashitas.
Puede
parecer extraño que las inscripciones de Eannatum se detengan poco en estos
grandes triunfos y reserven todos sus detalles para sus disputas con la ciudad
vecina de Umma, un tema al que, de hecho, se dedican principalmente todos los
registros históricos de Lagash. La razón de esta aparente desproporción es que
las inscripciones se destinaban a monumentos locales, edificios, estelas o
dedicatorias, la mayoría de ellas directamente relacionadas con la lucha por el
territorio en disputa con este vecino, y, por lo tanto, se centran
principalmente en los hechos y reivindicaciones relacionados con dicha
contienda. Esto se debió a disputas fronterizas de larga data sobre unos campos
que los lagashitas afirmaban que eran propiedad de su
dios Ningirsu, pero que eran constantemente usurpados por sus adversarios, los
hombres de Umma, un lugar situado a unas treinta millas al oeste, ahora marcado
por el montículo llamado Jukha. En tiempos pasados había tenido lugar un famoso
arbitraje a cargo de un tal Mesilim, un rey «de Kish» (lo que posiblemente no
signifique más que un soberano reconocido, ya que se desconoce su existencia
entre los reyes de esa ciudad), quien había erigido una estela que marcaba la
frontera entre las dos partes litigantes. Sin duda, este laudo había favorecido
a Lagash, pues siempre que los hombres de Umma veían una oportunidad,
derribaban los mojones y ocupaban las tierras en disputa. Según la costumbre de
la época, esto constituía una afrenta intolerable para el dios Ningirsu, y al
rey, como representante del dios, se le encomendó (en un sueño) que la vengara.
Eannatum llevó a cabo esta tarea con total éxito y furia salvaje; derrotó por
completo al pueblo de Umma en el campo de batalla, matando a miles y
persiguiendo a los supervivientes hasta la propia Umma, que saqueó. Esta
victoria fue conmemorada con una nueva estela que erigió junto al monumento
restaurado de Mesilim, y gran parte de ella aún se conserva bajo el nombre
moderno de «Estela de los Buitres» , llamada así por las aves rapaces que se
muestran devorando los cadáveres. En un lado presenta esculturas en relieve con
notables representaciones del rey con su atuendo de guerra, una vez a pie y
otra de pie en su carro, dirigiendo a sus filas de soldados en falange o en
orden de marcha antes de la batalla. En el otro lado hay una escena simbólica
del dios Ningirsu (o quizás del propio rey), cuya «gran red abrumadora» ha
atrapado a multitud de guerreros de Umma, y en esas redes el conquistador los
golpea en sus cabezas sobresalientes. Más abajo se encuentran los fragmentos de
otra escena de carros que, al parecer, mostraba la victoria de Eannatum sobre
Kish.
Los
acontecimientos que condujeron a esta crisis y sus consecuencias los describe
con mayor detalle Entemena, sobrino del conquistador, quien se convirtió en su
segundo sucesor. Remontándose al el principio, cuenta que Ningirsu y Shara, los
dioses respectivos de las dos ciudades, habían acordado en un primer momento
una frontera entre sus dominios. Pero si bien los dioses estaban satisfechos,
sus súbditos no lo estuvieron por mucho tiempo, y Mesilim, como se ha
mencionado anteriormente, intervino para establecer la frontera. La agresión
continuó y Ush (o Gish), gobernador de Umma, es señalado como el primer
culpable. Este retiró la estela de Mesilim e invadió las tierras de Lagash. El
propio dios Ningirsu ordenó la resistencia y, cuando su general Eannatum luchó
contra Ush, lo derrotó y, al parecer, lo mató, pues las condiciones impuestas
fueron aceptadas por un nuevo líder, Enakalli. En virtud de este tratado, se
excavó un canal desde el «río principesco» (el Éufrates) hasta el territorio en
disputa y se volvieron a erigir los monumentos: el de Mesilim y el nuevo de
Eannatum. Se erigieron santuarios de los dioses de Lagash en las tierras recién
conquistadas, y los hombres de Umma se vieron obligados a pagar una
indemnización en forma de grano. Estas condiciones no duraron más que la vida
del vencedor, pues cuando su hermano Enannatum I
asumió el cargo de gobernador de la ciudad, se produjo otra incursión repentina
bajo el mando de un nuevo gobernante de Umma llamado Urlumma,
hijo de Enakalli, quien volvió a derribar los odiados monumentos y los arrojó
al fuego, demolió los santuarios, cruzó el canal e invadió Lagash una vez más. Enannatum «luchó contra Urlumma»,
pero evidentemente sin éxito, pues la inscripción añade apresuradamente que su
hijo Entemena salió victorioso, aunque debió de ser en una batalla posterior.
Ante esto, Urlumma, a su vez, desapareció y fue
sustituido por un tal II, miembro de la misma familia gobernante, que hasta
entonces había ocupado un cargo sacerdotal en su ciudad. El tratado de Entemena
con él, que confirmaba la supremacía de Lagash, le obligaba a restablecer las
fronteras y los canales que las delimitaban. Estos parecen haber sido un
eslabón de la red de comunicaciones fluviales que Entemena construyó para unir
el Tigris con el Éufrates, evidentemente una obra grandiosa y beneficiosa, que
pudo haber coincidido en líneas generales con el actual Shatt el-Hayy. Entemena
fue sin duda el más grande de su linaje, y su memoria perduró mucho tiempo,
aunque no fue él cuya estatua fuera consagrada y conmemorada en una fórmula
anual por el posterior rey babilónico Abieshu. Pero
en épocas posteriores se podían ver a veces imágenes de este antiguo
gobernante, como la bella figura a tamaño natural de Ur que, a pesar de que su
inscripción alude únicamente a las tierras locales de Lagash, pudo haber sido
colocada allí por él mismo, ya que los gobernantes de Lagash, empezando por
Ur-Nanshe, ejercían claramente su dominio sobre Ur, donde, además de las ya
mencionadas, también se encontró una inscripción de Enannatum.
Si es cierto que la estela de Ur-Nans fue
desfigurada, esto podría indicar una revuelta de Ur, ya que su derrota fue uno
de los triunfos de Eannatum.
Apenas
hay más información sobre los acontecimientos en Lagash y en todo Sumer durante
el resto del período dinástico temprano, que ya se acercaba a su fin. A
Entemena le sucedió su hijo, y a este, dos gobernantes de breve mandato, Enentarzi y Lugalanda, de quienes
se sabe que, antes de su ascensión al trono, pertenecían a las clases
sacerdotales y oficiales. Un informe del sacerdote guerrero de un templo
provincial informó a Enentarzi de la interceptación y
matanza de 600 elamitas que regresaban con el botín de una incursión repentina
contra Lagash; aparte de este incidente, no se sabe nada de acontecimientos
externos hasta el final de la dinastía. Sin embargo, un repentino aumento de
los documentos económicos aporta una gran cantidad de detalles sobre las
condiciones internas (que se describirán más adelante), y del sistema político,
que se caracterizó por la peculiar ascendencia de Barnamtarra,
esposa de Lugalanda, aunque su protagonismo pueda
deberse al origen de los registros económicos, que son los del templo que
presidía la esposa del gobernador, en calidad de contraparte de la diosa. La
misma posición la ocupó Shasha, esposa del último gobernador, Urukagina, quien
derrocó violentamente a su predecesor, reinó durante al menos ocho años, llevó
a cabo la construcción de numerosos templos y dos canales, asumió el título de
rey y gobernó todo el territorio desde Lagash hasta el mar. Su nombre está
vinculado de manera muy honorable a una reforma de las costumbres sociales
corruptas, que llevó a cabo quizá a pesar de la oposición; pero esto, junto con
el fin del reformador y de su época, será mejor dejarlo para el final de este
capítulo.
EJÉRCITOS
Y GUERRA
Las
inscripciones del tercer período dinástico temprano y la lista de reyes —que
constituye la principal fuente de información sobre su historia— se centran en
gran medida en la guerra, y si a ello se añade que los monumentos pictóricos
más destacados están dedicados al mismo tema, no es de extrañar que esa época
haya adquirido mala fama por su militarismo. Aunque es probable que los
habitantes no fueran menos belicosos en épocas anteriores, de las que se sabe
muy poco, parece innegable que el gran aumento de la riqueza, y en particular
de las habilidades técnicas, así como las ideas que prevalecían sobre el
gobierno de las ciudades y su jerarquía entre sí, llevaron a dar rienda suelta
a este instinto con mayor frecuencia, y sin duda con resultados más destructivos.
Los registros escritos dan abundante testimonio de las ocasiones y causas de la
guerra, pero sus métodos también están ilustrados con mayor detalle que en
cualquier otra época hasta que las esculturas asirias mostraron el
funcionamiento de un instrumento militar aún más altamente organizado. Los dos
monumentos principales son la Estela de los Buitres y el llamado Estandarte de
Ur, y los fragmentos de escenas procedentes de otros lugares, como Kish y Mari,
parecen demostrar que todas las ciudades poseían un armamento similar. Estos
representan al ejército sumerio como una máquina de guerra bien equipada y bien
organizada; si bien carecía de algunos de los elementos introducidos más tarde
en las batallas de Asia Occidental, distaba mucho de ser primitiva y
tumultuosa. Apenas se puede estimar el número de hombres que se enviaban al
campo de batalla, pero Entemena escribe sobre su elección por parte del dios
«de entre 3.600 hombres» (una cifra que Urukagina multiplica por diez y Gudea,
aún más tarde, por sesenta), cifras que posiblemente pretenden representar la
población; con igual vaguedad, Eannatum se jacta de haber matado a 3 600
hombres del ejército de Umma. En términos más concretos, se ha calculado⁶
que un solo templo de la ciudad de Lagash aportaba entre 500 y 600 hombres de
entre sus inquilinos para el reclutamiento militar; y es probable que Lagash no
fuera uno de los centros más grandes.
Los
monumentos solo representan dos tipos de tropas: la caballería de carros y la
infantería. En la estela de los Buitres, solo el propio ensi va en un carro, sin acompañantes, pero esta impresión se ve modificada por el
Estandarte, que parece ofrecer una versión más correcta en cuanto a ambos
detalles. El carro real se muestra en reposo y su dueño desmontado, pero en el
registro inferior hay cuatro carros más que se dirigen a la batalla con un
ímpetu que aumenta visiblemente de izquierda a derecha de la imagen; a pesar de
este recurso artístico, no es probable que solo se pretendiera representar un
carro, ni parece que este sea el del rey. Estos vehículos no son de un solo
tripulante, pues, mientras un ocupante conduce, el guerrero principal tiene las
manos libres para empuñar sus armas, que son la lanza y una espada curva;
además, se ve una espada en forma de hoja en manos del rey. Junto al alto
frente protector del carro había un carcaj o «cubo» lleno de lanzas
adicionales, probablemente diseñadas para lanzarlas mediante una honda, ya que
en las «Tumbas Reales» de Ur se encontraron lanzas de este tipo provistas de
una muesca metálica en el extremo inferior. Estos proyectiles sustituían al
arco y la flecha, tan prominentes en las escenas de las posteriores guerras de
carros, pero que, al parecer, no eran utilizados por ninguna de las dos ramas
del ejército sumerio, como se observará más adelante. Los animales que tiraban
de estos carros tienen predominantemente el aspecto de asnos, con algunos
rasgos inconsistentes; la especie ha sido objeto de debate entre los
naturalistas, pero se dice que hay pruebas suficientes a partir de los restos
óseos para identificarlos como onagros, o asnos salvajes, que hoy en día están
casi extinguidos, pero que aún no eran infrecuentes en el siglo pasado, cuando
tenían fama de ser indomables. En los carros sumerios corrían cuatro en fila,
guiados por riendas que pasaban por encima de una hendidura en la parte
delantera elevada del carro, a través de un doble anillo para riendas fijado al
, y se ataban a los bocados en las mandíbulas de los animales. Los carros en sí
eran de un modelo muy peculiar que pronto cayó en desuso. Sus carrocerías
consistían en armazones de madera recubiertos de piel, con laterales bajos que
se veían acentuados por una parte delantera anormalmente alta con una hendidura
para las riendas y, a menudo, un par de orificios bajo el larguero, sin duda
mirillas para que los jinetes pudieran ver cuando se ponían a cubierto detrás
de la parte delantera protectora. Lo más curioso de todo eran las ruedas,
cuatro en total, fijadas a los ejes, construidas con dos semicírculos de madera
unidos entre sí mediante abrazaderas por dentro y por fuera, con un alojamiento
especial para los ejes e incluso, en ocasiones, con tachuelas metálicas
alrededor de las llantas, lo que reducía el desgaste —estas se pueden ver
utilizadas de la misma manera en los carros asirios, mucho más tardíos—. La
descripción de estos vehículos primitivos no estaría completa sin hacer
especial hincapié en los anillos de las riendas anillos de las riendas
mencionados anteriormente, varios de los cuales han sobrevivido para ofrecer,
en los pequeños animales en miniatura que los coronan, algunos de los ejemplos
más agradables del arte menor. Tan esencial era este elemento decorativo que
incluso se señalaba en la constelación que la imaginación sumeria había
bautizado como «El Carro». La eficacia práctica en la batalla de estas carretas
pesadas e inflexibles podría considerarse muy dudosa, especialmente frente a la
infantería en formación cerrada que ahora se va a describir. En ambos
monumentos, el cuerpo principal de los soldados de a pie avanza en falange, con
las lanzas en posición horizontal. Los hombres van fuertemente armados y, en un
caso, están protegidos por enormes escudos rectangulares, en los que se
aprecian protuberancias metálicas, y en el otro por largas capas adornadas con
tachuelas similares. Algunas figuras aisladas de una escena de combate similar
hallada en Mari parecen haber sustituido esta capa por una protección para los
hombros más ligera, con amplias tiras que cuelgan por delante y por detrás del
cuerpo. Por delante de la falange, el estandarte muestra a varios que se
enfrentan a enemigos individuales, a los que vencen y despojan inmediatamente
de sus ropas antes de matarlos o llevárselos cautivos. Aparte de esta
distinción, que consiste en el uso o la ausencia de la capa, el armamento de
todos los soldados de a pie consistía en un casco protector y, para el ataque,
bien la lanza, bien el hacha con mango y cabeza. Los cascos eran de cobre o
bronce, con forma de pez plano y ligeramente estriados, con protectores para
las orejas y mentonera , cuyo interior estaba acolchado con material de lana
para adaptarse a la cabeza. Ejemplos tan suntuosos como el casco dorado en
forma de peluca que perteneció a uno de los ocupantes de las tumbas del
Cementerio Real de Ur, y como el que luce Eannatum en la Estela de los Buitres,
no eran más que ricas modificaciones del que llevaban todas las tropas. Tanto las
lanzas como las hachas se utilizaban únicamente en el combate cuerpo a cuerpo,
ya que no hay indicios de que las primeras se lanzaran, salvo quizá desde los
carros. Los ejércitos sumerios parecen, por tanto, carecer casi por completo de
armas arrojadizas y haber dependido totalmente del peso, lo cual queda patente
tanto en los carros lentos e imperturbables como en la falange. En particular,
no se ha encontrado nada que contradiga la observación inicial de que los arcos
y las flechas no se utilizaban en la guerra sumeria. Que eran conocidos por el
pueblo queda demostrado tanto por las representaciones en cerámica pintada y
sellos, como por el descubrimiento de puntas de flecha en las excavaciones; sin
embargo, siempre que se muestran en uso, es para la caza, como mejor ilustra la
magnífica «Estela de Warka», perteneciente al período de Jamdat-Nasr, en la que
un hombre dispara a unos leones con un arco ingeniosamente fabricado y una
flecha con una punta cortante de forma triangular y, sin duda, hecha de sílex,
como las que se encontraron en la tumba de Meskalamdug en Ur.
Aunque no
se conserva ninguna escena de operaciones de asedio, es cierto tanto que las
ciudades se defendían con murallas macizas³ como que eran capturadas, quizá con
mayor frecuencia mediante una embestida tras la huida de un ejército derrotado,
como cuando Eannatum venció y saqueó Umma, aunque él suele hablar más a menudo
de derrotar a sus enemigos y perseguirlos hasta las murallas de sus ciudades. A
su vez, Lagash fue capturada y saqueada por Lugalzagesi, y se han hallado
diversos fragmentos de inscripciones de la época dinástica temprana en los
trofeos dedicados en los templos, procedentes del botín de las ciudades
capturadas. Cabe suponer, pues, que el arte del asedio no era desconocido para
los sumerios, y que su principal recurso consistía en amontonar una gran rampa
de tierra en un punto del perímetro, una operación para la que los ingenieros
militares de un período posterior estaban preparados con cálculos estadísticos
del tiempo y la mano de obra necesarios; estos pueden considerarse una buena
prueba de que el método se había estudiado durante mucho tiempo y, por
supuesto, seguía utilizándose plenamente bajo el mando de los señores de la
guerra asirios y a lo largo de toda la Antigüedad clásica. El efecto de esta
operación, quizá el único medio por el que se podía lanzar un ataque contra una
defensa formada por un terraplén de enorme espesor, consistía en trasladar la
batalla de choque a la altura de la muralla, con la desventaja para los
asediadores de verse obligados a atacar cuesta arriba, mientras que los
asediados se veían también obstaculizados por la falta de profundidad en su
defensa. No hay pruebas del uso de máquinas de asedio en una época tan
temprana, aunque sin duda se emplearon en una época posterior.
FUNDAMENTOS
DEL PODER; AGRICULTURA, OFICIOS, ARTES
Este
poder militar se sustentaba en las ciudades sumerias gracias a una riqueza que
se manifestaba también en muchos productos espléndidos de la civilización
material. La base de esta riqueza era la fertilidad de la tierra y dicha
fertilidad dependía, a su vez, del riego. El control de las crecidas
primaverales regulares mediante un elaborado sistema de presas y canales debió
de ser un logro lento, pero los sumerios lo reconocieron claramente como una
necesidad suprema, y la prosperidad resultante les pareció tan maravillosa que
se vieron obligados a considerar el sistema de riego completado como obra de
nada menos que un dios. Uno de los mitos más elaborados —que, aunque no se
escribió hasta un período posterior, sin duda se formó mucho antes— relataba cómo
el dios Ninurta había luchado contra un demonio en las montañas, llamado Asag, y su victoria final sobre este monstruo provocó que
las aguas brotaran de la tierra y destruyeran, al desbordarse, todas las obras
de dioses y hombres. En muchos versos vívidos se describen los efectos nefastos
de esta inundación, que no se contuvo hasta que Ninurta levantó una poderosa
barrera de tierra y piedras para controlar las crecidas y desviar el exceso de
agua hacia el Tigris. En esta forma mitológica se dramatizó un logro humano
que, sin duda, se extendió a lo largo de varias generaciones.
Cuando la
historia comienza a registrarse, se observa que los canales ocupan un lugar de
gran importancia en la economía del territorio, y es evidente que su control y
la posesión de los derechos sobre el agua se encontraban entre las causas más
frecuentes de conflicto entre vecinos. La frontera entre Lagash y Umma estaba
marcada por un importante canal, cuyo cruce o desvío se consideraba una
agresión. Tras su victoria sobre los hombres de Umma, Eannatum les impuso como
condición que no se atrevieran a cruzar de nuevo este canal, y él mismo excavó
un embalse con capacidad para 3.600 gur de agua, tal
vez para mantener el nivel del cauce. Entemena, en su época, tuvo que hacer
cumplir de nuevo esta prohibición, renovar el embalse y ordenar a su
representante en Umma que restaurara y respetara el canal fronterizo, que
Entemena amplió posteriormente hasta convertirlo en un curso principal que unía
el Tigris, probablemente, con el Éufrates. Urukagina excavó o renovó una vez
más un gran embalse para mantener el nivel de estos cursos de agua. A partir de
entonces, la excavación de canales se convierte en un motivo habitual de
autocomplacencia real y se sitúa, junto con la construcción de templos, la
provisión de sustento para los dioses y la conducción de sus guerras, como la
función principal del rey.
Sobre el
sistema agrícola que estos cursos de agua propiciaban disponemos de amplia
información, aunque quizás de un solo de forma parcial, gracias a las numerosas
tablillas con los registros contables de un templo de la ciudad de Lagash. El
mero hecho de que la mayor parte de las pruebas procedan de una sola ciudad —y
que, desde luego, no sea la más importante de las ciudades sumerias— debería
advertirnos de que estas tablillas no pueden contar toda la historia; a esto
hay que añadir la limitación adicional de que todas ellas se refieren
únicamente a los asuntos de un solo templo, el de la diosa Baba, que, al
pertenecer a la consorte del dios, estaba bajo la dirección de la esposa del ensi —quien, como administrador del dios, ella
ocupaba el mismo lugar con respecto a la diosa. Aun aceptando estas
limitaciones, las pruebas siguen siendo impresionantes y permiten sugerir que
una parte considerable del territorio total de la ciudad era propiedad de los
templos, ya que el de Baba en Lagash era solo uno entre varios y debía de ser
inferior, como mínimo, al santuario principal del propio dios. Aunque no
existen medios fiables para estimar cuál era la extensión total del territorio lagashita, se ha calculado que las tierras de Baba
ascendían a más de una milla cuadrada, y esta finca era explotada
exclusivamente por arrendatarios y dependientes del templo. La mayoría de ellos
no eran esclavos, sino feudatarios, que recibían raciones diarias o que, a
cambio de la parte de sus cosechas que quedaba en sus manos, debían no solo una
proporción fija de la producción, sino también el deber de prestar servicio
militar en nombre de la deidad cuyas tierras cultivaban; sus diferentes rangos
regulaban la extensión de tierra que se les asignaba y la cantidad de
manutención a la que tenían derecho por parte de su empleador divino.
A cambio
de su servicio, el templo se hacía cargo de su manutención durante todo el año,
en las épocas en que no era posible trabajar en el campo, y además les
proporcionaba semillas de maíz y los aperos necesarios para el cultivo,
incluido el ganado de labranza. El cultivo principal era sin duda la cebada,
que se entregaba al templo en cantidades muy grandes; parte de ella se
utilizaba como forraje para el ganado, otra parte para elaborar cerveza, pero
la mayor parte se molía en un gran molino y se empleaba primero como alimento
del dios y, después, para distribuirla entre los trabajadores como raciones o
salario en especie. Se cultivaban otros dos tipos de cereales (quizás emmer y el trigo), aunque en cantidades menores. El cereal
tampoco era el único cultivo obtenido, pues las tablillas contienen menciones
de tubérculos y una superficie considerable se dedicaba a árboles que producían
tanto fruta como —algo muy valioso en aquella tierra árida— madera para la
construcción y el mobiliario. Todos estos tipos de productos dependían del
riego, y parte de la mano de obra necesaria para esta tarea de mantenimiento de
los canales la aportaban los esclavos, ya fuera con sus propias manos o como
conductores de bueyes.
Otra
forma de actividad económica que llevaban a cabo los empleados del templo era
la ganadería. Se criaban y mantenían bueyes no solo para el arado, sino también
por sus productos básicos: la leche y la carne; las ovejas, las cabras y los
cerdos proporcionaban carne, grasa y, sobre todo, lana y pelo, cuya
preparación, hilado y tejido daban trabajo a muchas personas, especialmente a
las mujeres. Una rama de la industria más sorprendente, sobre la que los
registros del templo contienen mucha información, es la pesca; parece que había
unos 100 pescadores que entregaban pescado regularmente a las autoridades del
templo, y a estos se les denomina «pescadores de mar» , así como «pescadores de
agua dulce». Este servicio pesquero «estatal» era una institución que mantuvo
su carácter centralizado cuando gran parte del resto del sistema económico ya
había cambiado, pues bajo la dinastía de Larsa «el palacio» seguía controlando
la captura y la comercialización del pescado, empleando a jornaleros amorreos
para la primera operación y a mayoristas para la segunda. También hay un claro
recuerdo de las pesquerías sagradas en una crónica tardía, que, curiosamente,
asocia el destino de los primeros reyes con su piedad en lo que respecta al
suministro de pescado al dios supremo.
Por muy
cuantiosos que fueran estos ingresos de los templos sumerios, quedaban casi
contrarrestados por los grandes gastos necesarios para mantener no solo al dios
y su casa, sino también para sostener toda la economía del templo y a las
numerosas personas que vivían enteramente para y gracias a esta institución,
para quienes el servicio al dios no era un aspecto secundario de la vida, como
en sociedades teocráticas menos intensas , sino que constituía la vida misma.
Las necesidades del dios eran las necesidades primarias de alojamiento,
alimentación y vestimenta. Tanto si la reparación completa de los templos era
exclusivamente objeto de la generosidad real, como podría deducirse de las
inscripciones, o si normalmente se llevaba a cabo con los propios recursos de
los templos, no cabe duda de que el mantenimiento corriente de los edificios y
sus pertenencias suponía una partida importante de gastos, y lo mismo puede
decirse del mantenimiento de los canales de los que dependían los ingresos, una
función que los reyes también asumían con ostentación, aunque quizá fuera
desempeñada con mayor regularidad por las propias economías de los templos, a
las que, en cualquier caso, el rey debía gran parte de sus recursos. Los gastos
más directos del templo se destinaban a las necesidades diarias o periódicas
del servicio personal del dios. Cada día había que servir una abundante
provisión en su mesa, por la mañana y por la tarde, y no solo a la divinidad
principal, sino también a una familia y una casa más o menos numerosas de
parientes divinos y sirvientes. En esta provisión aparecen todo tipo de
víveres: carne de oveja y de cabra, pescado, pan y harina, mantequilla, fruta,
miel y cerveza como bebida. La ropa para el propietario divino y su familia era
otra partida de gasto constante, y en los días festivos había que proporcionar
ricos adornos, así como finas túnicas. Las tablillas del templo de Baba no
atestiguan que los individuos que gozaban de los derechos del sacerdocio se
quedaran con parte de estos suministros de comida y ropa, aunque era una
práctica de épocas posteriores en Babilonia, cuando la compraventa de tales
privilegios era uno de los objetos de las transacciones mercantiles privadas.
Es posible que la costumbre de la época sumeria en Lagash fuera, de hecho,
diferente, pues veremos que las reformas de Urukagina se dirigían en parte a
los honorarios que los sacerdotes solían exigir a los particulares.
Aún más
elevado que los gastos del propio dios, su familia y sus sirvientes de rango
divino era el coste de la multitud de empleados del templo, que abarcaba a todo
un sector de la población de la ciudad población. En un sistema como el que se
desprende de estos registros del templo, la distinción entre lo divino y lo
humano tiende a desaparecer; al dios le corresponde el rey o ensi, a su familia la esposa del ensi y sus hijos, y las necesidades de ambos son cubiertas por la organización del
templo, compuesta por administradores y trabajadores cuyos servicios a los
dioses apenas se distinguen en cuanto a si pertenecen al plano divino o al
humano. Cada uno desempeña su función y cada uno recibe su debida retribución y
manutención. Había dioses —como se desprende de pruebas posteriores, que, sin
embargo, pueden extrapolarse sin vacilación a la época dinástica temprana y,
sin duda, a generaciones aún más remotas— a los que se consideraba que
prestaban servicios bastante humildes, como cocheros y pastores de cabras para
el señor de la ciudad y su templo; una vez más, la distinción entre ciudad y
templo se difumina, pues una no era más que una aglomeración de la otra. Así,
el templo era, de hecho, responsable del sustento de muchos ciudadanos,
quienes, a su vez, vivían para y gracias al templo. En el lado del pasivo, este
acuerdo implicaba naturalmente grandes obligaciones para el templo. Lo que
podría denominarse «gastos domésticos» eran gastos elevados y fijos; el primero
de ellos (o, al menos, el primero que se menciona) era, de forma bastante
inesperada, el mantenimiento de yuntas de asnos, que, a juzgar de nuevo por lo
que sabemos de la época de Gudea, eran animales magníficamente cuidados que se
mantenían para proporcionar el transporte del dios, quien emprendía los viajes
dictados por sus celebraciones anuales en un carro como los que encontramos en
los monumentos y en las maquetas de la época, tirado por una yunta de cuatro
asnos. Tampoco es de extrañar que tales carruajes estuvieran también al
servicio del ensi, de su esposa y su familia, así
como de los más altos funcionarios de la administración del templo; de nuevo,
tiende a ser incierto si la necesidad se sitúa en el plano divino o en el
humano. A continuación, el templo gestionaba servicios de restauración e
incluso actividades manufactureras a gran escala para satisfacer sus propias
necesidades y las de su personal, de modo que cada mes se requerían abundantes
provisiones para las cocinas, la panadería y la cervecería. A ello había que
sumar las provisiones especiales, pero regulares, destinadas a los responsables
divinos y mortales de la administración, así como las cuantiosas raciones de
forraje para los rebaños de cerdos, ovejas y ganado vacuno.
La lista
de subsidios que el templo concedía a su personal ordinario era larga e
impresionante, ya que el número de sus sirvientes y personas a su cargo se ha
calculado, basándose en las cuentas, en unos 1 200.¹ Los salarios se pagaban
exclusivamente en especie, y el producto básico que se distribuía era la
cebada, el alimento habitual del pueblo. Además de esto, en ocasiones
especiales se repartían pan, trigo, lana, cerveza, leche y fruta, al parecer
durante las fiestas. Los salarios ordinarios los percibían los trabajadores
varones, tanto los que poseían feudos del templo con obligación de prestar
servicio militar, como aquellos que podrían considerarse esclavos. A estos se
sumaba un gran número de mujeres empleadas en las actividades del templo
relacionadas con las necesidades básicas de alimentación y vestimenta, es
decir, en los almacenes y las cocinas, en los molinos de harina, y como
hilanderas y tejedoras en la fábrica de ropa, la mayoría de las cuales parecen
haber sido esclavas. Las que tenían hijos recibían también una pequeña
asignación por estos ayudantes o personas a su cargo. Sus tareas consistían en
la preparación de la lana, su hilado y tejido; otras, como se ha dicho
anteriormente, trabajaban en las cocinas, los molinos de harina y las cervecerías;
un grupo de sirvientas de rango superior atendía a la esposa y a los hijos del ensi como doncellas personales, peluqueras, niñeras o
cocineras, pero la remuneración básica parece haber sido la misma para todas,
aumentando únicamente en función del puesto y la destreza de los trabajadores.
Entre los trabajadores varones, algunos parecen haber sido esclavos; se les
denomina con una palabra que puede significar «ciego» o con una expresión más
larga que parece significar «ciego y sordo», o «discapacitado mental». No
resulta fácil comprender cómo, con esta discapacidad, podían prestar un
servicio útil, pero se les encuentra empleados como jardineros y en talleres.
El cultivo propiamente dicho de los grandes cultivos de cereales estaba en
manos de los arrendatarios del templo, quienes cultivaban fincas de diversa
extensión y estaban obligados, según las condiciones de su arrendamiento, a
entregar una cuota fija de su producción, además de estar sujetos al servicio
militar. Estos hombres también figuran entre los beneficiarios de salarios en
los registros del templo, y tal vez ganaban estos complementos a sus
emolumentos trabajando en las partes de la finca que no se arrendaban, sino que
el templo conservaba para sus propias necesidades. Ninguno de los salarios
pagados a ninguna de estas clases de trabajadores era elevado, ya que el máximo
que recibía cualquiera era de unos 60 litros (72 sila)
al mes, mientras que los trabajadores de menor rango no obtenían más que los
niños: 10 litros (12 sila). Los destinatarios de esta
modesta ración, incluso en su nivel más alto, eran los hombres que debían
constituir las filas de los defensores de la causa del dios en la batalla, y de
todo el ejército que la ciudad de Lagash podía desplegar en el campo de
batalla, se calcula que el templo de Baba podía aportar entre 500 y 600
hombres.
La
descripción anterior de la sociedad y la propiedad de la tierra en la época
sumeria temprana en Lagash se basa, como se ha mencionado, en los registros
detallados de un solo templo durante un período bastante breve. Se ha aceptado
ampliamente como una imagen completa de la economía sumeria, que revela que
casi toda la tierra pertenecía a los templos y que casi toda la población
dependía de estos de diversas formas. Sin embargo, la base para tal
generalización es precariamente limitada. La superficie de tierra a la que se
refieren estos registros no supera aproximadamente una milla cuadrada. No
obstante, aunque no se puede realizar una estimación fiable de la extensión
total de los territorios de la ciudad, se sabe (1) que se extendían hasta «el
mar», y (2) que el montículo ahora denominado Zerghul,
a unas dieciocho millas al sureste de Tello, se encontraba dentro del área de
la ciudad, siendo el lugar llamado Nina, sede de la diosa Nanshe, que actuaba
como oráculo para los gobernantes de Lagash. Dentro de estos límites amplios,
aunque indefinidos, es razonable suponer la presencia de otras fincas
templarias, de las cuales al menos una, perteneciente al propio dios principal,
cabe suponer que era aún mayor y más rica que los dominios de su consorte.
Incluso teniendo en cuenta estas fincas y sumando las extensiones desérticas,
sigue pareciendo probable que quedara una gran cantidad de tierra en manos de
propietarios distintos de los templos. Tampoco faltan pruebas de ello, no solo
en la cláusula de las reformas de Urukagina que prohibía a los sacerdotes
recolectar frutos en el «jardín de un pobre», sino también en documentos de
venta privada, en su mayoría de mercancías como metales, cereales, animales,
pieles, pescado y esclavos, pero también de tierras, que abarcaban campos
grandes y pequeños. Estas adquisiciones, en Lagash, fueron realizadas por
gobernantes o miembros de su familia, y su posible intromisión en las
propiedades de los templos es uno de los temas de las inminentes reformas. La
compra de tierras más antigua de la que se tiene constancia la realizó Enkhegal, un predecesor de la «dinastía» de Lagash, y hay
transacciones posteriores realizadas por Eannatum y por Lummatur,
un hijo de la casa reinante. Algunas de estas adquisiciones fueron de gran
envergadura, y todas se obtuvieron mediante el pago no solo de un precio
principal a los vendedores principales, sino también de diversos obsequios —en
ocasiones en plata, pero más a menudo en especie— a una serie de personas que
tenían derechos colaterales sobre la propiedad. El trato siempre se ratificaba
mediante la ceremonia de clavar una estaca en una pared y verter aceite. A
partir de estas observaciones se ha deducido que gran parte de las tierras
dentro de los límites de Lagash (y, por lo tanto, por analogía, en todo Sumer)
pudo haber pertenecido a comunidades familiares, y estas podían enajenarlas por
medio de los jefes de familia, con pagos proporcionales a los parientes que
compartían la propiedad. Si esto es cierto, no solo surge una imagen diferente
del estado sumerio primitivo, sino que algunos de los decretos de Urukagina
parecen más comprensibles, como se verá más adelante.
Aunque la
agricultura era, y siempre debió de haber sido, la principal fuente de riqueza
en Babilonia onia, hay, especialmente en este
período, abundantes pruebas de otra forma de riqueza: la derivada del comercio
exterior. Algunas referencias en las inscripciones muestran la dependencia
oficial de este para obtener materiales de construcción y productos selectos;
las más interesantes son las de Ur-Nanshe, mencionadas anteriormente, relativas
a los cargamentos de madera que le traían los barcos de Tilmun,
y la placa de piedra tallada dedicada por el sacerdote Dudu, que fue traída del
distrito oriental de Urua. El semi mitológico rey
Enmerkar de Uruk mantenía relaciones comerciales (al parecer) con la ciudad de Aratta, que, por muy arduo que fuera el viaje, no quedaba
fuera del alcance de un solo mensajero. De allí obtenía piedra y metales a
cambio de los cereales de su propio país. En los documentos de comercio privado
se encuentran algunos indicios de comercio más allá de las fronteras de Lagash,
pero estos, una vez más, se limitan a un horizonte bastante cercano. Entre los
lugares mencionados figuran las ciudades sumerias de Nippur, Uruk, Umma, Adab y
Der, pero también se hace referencia a lugares más lejanos como Elam (para
obtener plata a cambio de cebada), a la no identificada Uruaz para adquirir esclavos y, más lejos aún, a la conocida (aunque aún sin
ubicación segura) Tilmun por su producto básico, el
cobre. Pero este hecho apenas necesita testimonio escrito, pues la riqueza de
las primeras tumbas de Ur se manifestaba en un uso fastuoso de materiales,
tanto metales como piedras, de los cuales apenas uno es autóctono del país,
aunque se trabajaban allí con una maestría que evidencia un largo uso en el
manejo de estos productos exóticos.
Se han
investigado con gran esmero los orígenes de los metales, tanto preciosos como
comunes, utilizados tan profusamente en Ur y en otros yacimientos del tercer
período dinástico temprano. Se cree que la fuente más probable del cobre —que
delata una ligera mezcla del níquel, metal raro y por entonces aún no aislado—
fue, por esta razón, Omán o, posiblemente, el Sinaí. El oro era aluvial y, por
lo tanto, se aleaba de forma natural con plata y otros metales; las fuentes de
este pueden buscarse donde Gudea lo encontró: un lugar probablemente en Armenia
y el otro en Meluhha, un país cuya ubicación sigue
siendo incierta, a pesar de su frecuente aparición en los textos cuneiformes.
Pero al menos una posibilidad es Nubia, que era la principal mina de oro del
mundo antiguo y la principal fuente de sus riquezas, tanto según testimonios
antiguos como según estudios modernos. Las piedras, especialmente el
lapislázuli y la cornalina, proporcionan una pista aún más interesante sobre un
comercio muy extendido. El lapislázuli, el más preciado de todos, que la
literatura no se cansa de mencionar como la comparación más espléndida de todo
lo que se considera bello y precioso, no se puede obtener más cerca que en el
lejano Badakhshan. Se dice que la cornalina se
encuentra en las tierras que bordean el Golfo Pérsico, y es posible que parte
de los suministros sumerios podrían proceder de allí. Pero es aún más común en
el noroeste de la India, especialmente en forma de cuentas con motivos grabados
o decolorados; los ejemplos más notables de estas se encontraron en el célebre
yacimiento de Harappa, contemporáneo del período de Agadé en Babilonia, cuando
estas cuentas, que nunca fueron muy comunes, se hicieron más conocidas allí.
Existe una clara posibilidad de que las halladas en Babilonia fueran de
fabricación india y se importaran directamente.
Los
indicios de comercio exterior en el tercer período dinástico temprano son, por
lo tanto, impresionantes; seguía las rutas marcadas por la naturaleza, hacia
Siria y Asia Menor, bajando por el Golfo y atravesando las colinas y estepas de
Persia y Baluchistán, pero estas riquezas solo eran accesibles cuando se
disponía de la fuerza necesaria para mantener abiertos los accesos y de la
riqueza para adquirir la mercancía. El brillante esplendor de las tumbas de Ur
pone de manifiesto un dominio y un control de estos recursos extranjeros que
nunca más se volvería a igualar a lo largo de la historia de la tierra. Pero
este fenómeno no es aislado, pues hacia mediados del tercer milenio a. C. todo
el mundo antiguo parece haber alcanzado al unísono el cenit de su prosperidad.
Mientras en Sumer se desplegaban las glorias de una era heroica, los inicios de
una literatura y el auge de las artes bélicas y decorativas, en Egipto florecía
el Imperio Antiguo, época de los grandes constructores de pirámides y de sus
artistas más destacados. Ahora también parece probable que incluso Anatolia,
tan propensa a parecer una zona remota y «atrasada» al margen de las grandes
civilizaciones, participara plenamente de las maravillas de este período. Los
tesoros de Troya (II) llevan mucho tiempo a la vista del mundo moderno, y un
descubrimiento reciente ha puesto de relieve su importancia. En Dorak, al sur
del Propontis, se encontraron «tumbas reales»
repletas de ricos ajuares que no tenían nada que envidiar a los de Ur, ni
carecían de relación con ellos. El nombre de Sahure,
segundo rey de la V Dinastía de Egipto, revela su datación, y un arma decorada
con una hilera de pequeñas embarcaciones de alta mar da testimonio del comercio
ultramarino del que debió derivarse toda esta riqueza. Es como si en aquellos
años la savia fluyera con mayor intensidad por las ramas de todo el antiguo
Oriente Próximo, alimentada por un suelo común que hoy no tenemos forma de
detectar, pues en ninguno de estos lugares los hombres habían alcanzado aún la
capacidad de expresarse con claridad por escrito. Por esta razón, puede parecer
dudoso que el futuro pueda llegar a desentrañar el misterio de un logro tan
manifiesto y simultáneo por parte de pueblos que difícilmente habrían podido
enterarse con claridad de las noticias de unos y otros. Ahora bien, hay que
añadir que se han expresado dudas sobre la homogeneidad y el origen de la
colección Dorak, que, al parecer, solo fue vista en una ocasión por un
observador cualificado.
Es
precisamente por esta riqueza y estos logros por lo que no se puede ofrecer un
esbozo adecuado de las artes que florecieron tan profusamente en este apogeo de
la civilización sumeria temprana. No se trataba de inventos nuevos, pues su
origen se percibe claramente en las épocas prehistóricas descritas, junto con
sus productos, en el capítulo anterior. Algunas de ellas, de hecho, ya habían
alcanzado allí su apogeo y experimentado un relativo declive. La arquitectura
había adquirido muchas de las características de diseño y ejecución que
mantendría no solo durante la Tercera Dinastía Temprana, sino incluso en épocas
posteriores, y la planta del templo ya estaba definida en sus líneas generales.
En cuanto a los materiales, se produjo entonces lo que parece un retroceso, ya
que el extraño e inexplicable «ladrillo plano-convexo» », aparentemente
desafiando toda lógica, había sustituido al práctico ladrillo rectangular en
todas partes, salvo en las ciudades periféricas de Mari y Ashur. La cerámica
también entra en este periodo en una etapa de declive; ya no se encuentra la
«cerámica escarlata», y todo es de color beige liso, sin decorar o, como mucho,
con motivos en relieve, incrustados o incisos. Para ello hay una razón obvia,
que parece estar siempre presente en condiciones similares: el inmenso aumento
de la oferta y el dominio en el trabajo de los metales orientó la destreza de
los artesanos hacia este medio más evidentemente gratificante, y la cerámica se
convirtió en un artículo de mero uso cotidiano en lugar del vehículo de grandes
logros artísticos que había sido en épocas ya muy lejanas, en S usa o Arpachiyah. A su vez, por supuesto, este abandono conduce a
un renacimiento, pues los costosos recipientes de metal fino se convierten en
fuente de inspiración para el alfarero, que se las ingenia para imitarlos con
su propia arcilla común; sin embargo, esta reacción no se observó durante el
período dinástico temprano.
En el
arte de grabar diseños en sellos cilíndricos, se había producido un declive al
inicio de este período o incluso antes, y ahora se apreciaban nuevos avances.
La primera etapa se caracteriza por cilindros largos y esbeltos con motivos de
patrones continuos que se repiten, como los de los tejidos o papeles pintados
modernos, a los que se ha dado el nombre de «estilo brocado». El segundo
período es menos característico, ya que su tema es casi exclusivamente el friso
de animales en combate intercalados con pequeñas figuras humanas, y por primera
vez aparece una inscripción con una disposición desordenada en algunos de los
sellos. En el tercer período, aunque el friso de animales sigue siendo el tema
preferido, se representa de manera más natural, las figuras humanas cobran
mayor protagonismo y las inscripciones, cuando están presentes, comienzan a
organizarse en un lugar formal dentro del diseño. Sin embargo, se observa un
gran aumento tanto en la calidad representativa de las imágenes como en el
número de escenas representadas; los dioses aparecen en escenas mitológicas y
rituales, y un motivo recurrente es el de un banquete en el que los
protagonistas a veces beben de un recipiente situado entre ellos a través de
largos tubos curvados, de los cuales se han hallado algunos ejemplares muy
decorados en las excavaciones. Así, el tercer período emplea un estilo y un
repertorio que pretenden ser plenamente pictóricos, pero podría decirse que
este intento se queda corto en comparación con los bellos cilindros arcaicos de
Uruk. En este aspecto concreto, el tercer período dinástico temprano es una
época de progreso más que de plenitud, ya que sus cilindros conducen a la
riqueza temática y a la belleza en la ejecución que no se perfeccionaron hasta
la dinastía de Agadé. La escultura en piedra, tanto a todo round como en
relieve, está ampliamente representada en el período dinástico temprano. Hasta
hace poco, los ejemplos se limitaban en su mayoría a las últimas generaciones y
a obras realizadas para los gobernantes de Lagash, quienes aparecían de manera
desproporcionada en el ámbito del arte, al igual que figuraban en una historia
en la que no parecían merecer tal protagonismo. Los descubrimientos de
yacimientos de pequeñas estatuas humanas, que en ocasiones alcanzaban casi la
mitad del tamaño natural, en las excavaciones de Eshnunna y en el lugar que hoy
se conoce como Khafaji no solo han permitido remontar
los ejemplos hasta el segundo período dinástico temprano, sino que han dado a
conocer una nueva escuela local de escultura¹ con una tradición y una técnica
bastante diferentes de las de Lagash. Al igual que las figuras conocidas
anteriormente, no puede decirse que estas alcancen un grado muy impresionante
de maestría; las cabezas y los rostros son toscos y poco atractivos debido a los
ojos incrustados y fijos, y al pelo y las barbas negros; los cuerpos son torpes
y las piernas tienen un grosor exagerado debido a la necesidad de soportar todo
el peso de la figura, ya que esta cofradía de escultores no utilizaba la
convención de mostrar las piernas solo en alto relieve sobre un fondo sólido,
que en otras figuras contemporáneas tiene la función de soportar el peso. La
escultura en relieve también ha sido ilustrada recientemente con ejemplos del
mismo yacimiento. Estos también pertenecen en parte al período medio de la
época dinástica temprana, por lo que resulta aún más sorprendente que sean
decididamente superiores a la mayoría de las obras de Lagash en cuanto a diseño
y ejecución. Se trata de placas de piedra gruesas, más o menos cuadradas, con
un borde elevado para proteger la escultura y con un amplio agujero en el
centro, como si fuera para alojar una clavija robusta de madera o arcilla que
fijara el objeto a una pared. La superficie está dividida en tres o cuatro
registros de figuras en bajorrelieve que, por lo general, representan una escena
de banquete en la que un hombre y una mujer están sentados uno frente al otro
bebiendo, atendidos por sirvientes y músicos; los registros inferiores suelen
estar ocupados por otras personas que traen los alimentos para el festín. Una
variación significativa en la fila más baja muestra un ruedas tirado por las
habituales bestias parecidas a asnos, estando el carro cubierto con una piel de
leopardo. Hay tres hombres al servicio: uno es el propietario del carruaje,
pero se encuentra de pie, desmontado, detrás de él; los otros dos son
sirvientes, uno a la cabeza del yugo y otro detrás del cochero.1 El estilo de
estas placas no puede calificarse de consumado, y las figuras humanas, en
especial, presentan una crudeza arcaica, aunque menor que la de los conocidos «relieves
familiares» de Ur-Nanshe, que, no obstante, parecen ser posteriores y, por esa
razón, resultan más informativos, ya que llevan inscripciones. Si se conociera
mejor el significado o incluso la ubicación exacta de estas placas, podrían
ayudar a explicar ciertas ideas que los sumerios parecen haber tenido sobre los
muertos, y tal vez sobre el efecto de las ceremonias celebradas en ocasiones
especiales de entierro.
Lo más
atractivo, al menos a los ojos modernos, de los productos artísticos de este
pueblo y esta época son sus obras en metal y con incrustaciones. Las piezas
representativas, descubiertas sobre todo en Ur y Mari, son hoy bien conocidas,
ya que han sido ilustradas y descritas en numerosas ocasiones. Presentan una
extraña mezcla de maestría —como en el atractivo burrito del anillo de las
riendas— y de crudeza, que se manifiesta esporádicamente tanto en los motivos
como en la ejecución, y, en ocasiones, ambas a la vez, como en las figuras de
animales recubiertas de cobre procedentes de Al-‘Ubaid. Lo más interesante de
todo son las escenas representadas por pequeñas figuras de concha o piedra
caliza incrustadas sobre un fondo más oscuro de betún liso o de costoso
lapislázuli. Su significado suele ser bastante claro en sí mismo, pero solo se
revela una parte de su importancia, ya que muy rara vez se conoce cuál era el
contexto o la intención de tales representaciones —las cabras saltando, los
animales músicos y, sobre todo, el célebre «estandarte» de Ur, son ejemplos
notables de esta falta de contexto. Las copas y los recipientes de oro deben
quizá la mayor parte de su fama a su material, siempre muy apreciado, pues
difícilmente puede decirse que sus diseños sean notables; las asas de alambre, débiles y descoordinadas, de los cuencos
de oro parecen especialmente defectuosas, y el vertedor elíptico acanalado de
pico largo, con su absurda patita, no puede calificarse de elegante, mientras
que el yelmo de oro de Meskalamdug destaca más por su
artesanía que por su gusto. Entre los mejores productos de metal de estos
primeros sumerios se encuentran las armas y herramientas comunes de bronce (con
versiones de lujo en oro), que son a la vez bien diseñadas, prácticas,
resistentes y de aspecto agradable.
RELIGIÓN
Y PRÁCTICAS DE CULTO
Ya se ha
señalado como una característica peculiar de este período que se hubiera
desarrollado una forma de gobierno humano que parecía reproducir en la tierra
exactamente la jerarquía del cielo, de modo que a veces resultaba difícil
distinguir si los protagonistas eran los dioses o los hombres. En una sociedad
así, los gobernadores de las ciudades, en su calidad de representantes,
deberían tener acceso exclusivo al dios de la ciudad y recibir su autoridad de
él, pero hay indicios de que los sacerdotes adquirieron un creciente poder en
las ciudades sumerias. Los primeros gobernadores de las ciudades nunca se
autodenominaban sacerdotes y rara vez mencionaban a otros de esa vocación; la
figura más significativa es la de alguien que parece ser un adivino en una
inscripción muy oscura de Ur-Nanshe. A partir de la época de Entemena, los
sacerdotes cobran protagonismo, y Dudu, el sacerdote del dios de la ciudad
Ningirsu, era un funcionario tan importante que no solo se fechaba un
acontecimiento según su acceso al cargo, sino que además dedicaba monumentos
propios, como un gobernante. Enentarzi, un gobernador
posterior de la ciudad, ascendió a su cargo desde el sacerdocio y misma
sucesión se observó en la ciudad vecina de Umma, donde II, que ya era miembro
de la familia gobernante, fue en un principio sacerdote a cargo de uno de los
santuarios y fue ascendido al cargo de gobernador por Entemena de Lagash tras
destronar a su tío Urlumma. De todo esto y de
analogías posteriores se puede deducir que, en un principio, el propio ensi era el sacerdote y que, incluso cuando las funciones
comenzaron a diferenciarse, quizá mediante la delegación de los deberes
religiosos, el sacerdote seguía siendo pariente y, en ocasiones, el sucesor
designado del ensi. Este privilegio del
gobernante de mantener una estrecha relación con su dios se deriva de la
antigua tradición de una época en la que los dioses no estaban muy alejados de
los hombres, cuando Gilgamesh o Enmerkar pedían
consejo a los dioses, y las figuras divinas aún caminaban por la tierra y
conversaban con sus habitantes.
Sin lugar
a dudas, la prueba más importante de las prácticas religiosas entre los
primeros sumerios consiste en los sensacionales descubrimientos de las «Tumbas
Reales» de Ur, y en algunos otros hallazgos más aislados que podrían estar
relacionados con ellas. Es un hecho evidente que, en determinadas ocasiones y
al servicio de ciertas personas de alto rango, muchos seguidores de ambos
sexos, así como numerosos animales, con todo el equipamiento necesario para su
servicio, fueron enterrados en las mismas tumbas que sus amos, visiblemente
como compañeros cuyo destino era continuar con sus servicios en otra vida. Se
trata de cuestiones de observación, pero su interpretación ha sido objeto de
controversia durante mucho tiempo y sigue sin estar zanjada. Las pruebas
escritas contemporáneas son muy escasas y solo se refieren a un único aspecto:
la identidad de los personajes en cuestión. No hay información fiable, ni
siquiera en textos posteriores, sobre sacrificios humanos, solo una posible
alusión en una de las historias de Gilgamesh a un héroe al que acompañaban en
la muerte algunos de sus sirvientes. En cuanto a los personajes para quienes se
construyeron las tumbas, los nombres de Meskalamdug y Akalamdug aparecen varias veces, y este último lleva
, en un sello, el título específico de «rey de Ur». También había dos o tres
damas que ostentaban el título de nin; una de
ellas era la que contaba con el séquito más numeroso de todas, mientras que
otra era la esposa de Mesannipada, primer rey de la
Primera Dinastía de Ur. Así pues, está razonablemente bien establecido que las
tumbas tienen pleno derecho a la calificación de «reales», aunque la mayoría de
sus ocupantes nombrados sean desconocidos en la lista de reyes; y, en consecuencia,
el sacrificio humano puede considerarse otro ejemplo llamativo de una costumbre
bien conocida, primitiva pero de larga perdurabilidad, aunque no se sabe nada
de tal costumbre en la historia posterior de Babilonia.
Sobre las
razones de este rito aparentemente aislado en Sumer y las ideas que lo
sustentaban, solo hay unos pocos indicios, quizá engañosos. Entre los ricos y
variados ajuares de estas tumbas, el único objeto que parece contar una
historia es el llamado «estandarte», que presenta algunas similitudes marcadas
con las placas en relieve de piedra, con un agujero en el centro, halladas
principalmente en Tell Asmar, y de las que también son ejemplo los «relieves
familiares» de Ur-Nanshe y otras esculturas similares en Lagash; en las propias
tumbas reales se encontró un fragmento revelador. En la mayoría de ellas se
representa una escena de banquete y, a veces, en el registro inferior aparece
un carro cuadriga con un suntuoso equipamiento y atendido por sirvientes, pero
sin ocupantes. Los carros, con toda su tripulación, también aparecen en el
«estandarte» como el arma principal en una batalla victoriosa, y una escena de
banquete, en el otro lado, se interpreta naturalmente como una celebración de
esta. Sin embargo, es dudoso que exista una conexión real entre estos motivos
en las placas y en el « estandarte», ya que la mera aparición de un carro de
dos ruedas en las primeras no guarda necesariamente relación con la imagen de
carros de guerra de cuatro ruedas en plena carga en el segundo; y la escena del
banquete es un motivo demasiado común como para merecer una interpretación
especial en este contexto. Dos de las placas de Ur-Nanshe presentan un motivo
diferente: el rey lleva sobre la cabeza la primera cesta simbólica de tierra,
para inaugurar la construcción de un templo . Otra lleva la inscripción de que
fue dedicada como soporte de una maza sagrada. Por otra parte, varias de las
halladas en Lagash solo presentan emblemas religiosos y carecen de la escena
del banquete. A pesar de todo ello, no está del todo claro dónde se colocaban
las placas ni cuál era su finalidad. La misma incertidumbre rodea al
«estandarte»; se halló en una de las tumbas más grandiosas de Ur y parece haber
sido llevada por un asistente que lucía un peculiar tocado de cuentas. Si se ha
restaurado correctamente en su forma actual, no tiene ningún uso visible, y si
realmente se llevaba delante de un rey, no podría ser más que una alarde pictórica
del éxito y la prosperidad reales; sin embargo, para este propósito parece
demasiado diminuta. No es necesario atribuir un significado más profundo a las
placas de piedra, que se dedican en su mayoría a los temas convencionales de la
piedad y la ostentación reales. Resulta decepcionante que las concepciones
religiosas y sociales, únicas en la historia sumeria, que consagran las «Tumbas
Reales», sigan sin comprenderse por el momento.
SOCIEDAD
Y PROBLEMAS SOCIALES
La
disposición de los difuntos servía para marcar, en las antiguas ciudades
sumerias —al igual que ha ocurrido constantemente a lo largo de toda la
historia posterior—, la distinción de clase y riqueza. En un verso de
una historia sobre el fabuloso Gilgamesh, se representa a este héroe extrayendo
la conclusión más humillante para sí mismo al asomarse por encima de la muralla
de Uruk, que acababa de construir, y contemplar los cadáveres que flotaban en
el río; tal pudo haber sido, en efecto, el final de los ciudadanos más pobres.
Los de mejor condición podían reclamar un entierro, con ajuares funerarios de
diversa riqueza. El entierro conllevaba gastos para el funeral, y el abuso
progresivo de estos por parte del clero como medio de extorsión ha ayudado a
revelar que, a finales del período dinástico temprano, la opinión pública había
evolucionado hasta el punto de exigir cambios en las condiciones políticas y
sociales. Las exacciones injustas de los oficiantes religiosos no eran, sin
embargo, más que uno de los males que se habían vuelto lo suficientemente
onerosos como para que un príncipe (quizá en un intento por reforzar un poder
usurpado) los denunciara y remediara.
Las
célebres reformas sociales de Urukagina, y su registro en sus inscripciones,
constituyen un testimonio llamativo del avanzado estado de civilización y
desarrollo político alcanzado en esta etapa aún muy temprana de la historia
documentada. Que un gobernante derogara costumbres que afectaban a sus
intereses o incluso ofendían su sentido de la justicia tal vez no resultara
sorprendente en ninguna sociedad moderadamente desarrollada; que redactara un
«manifiesto» en el que denunciara los abusos e instituyera un nuevo régimen
demuestra que los primeros sumerios habían alcanzado una madurez política que
las generaciones posteriores, incluso en un mundo muy alejado de los límites de
la antigua Babilonia, apenas han superado.
En su
segundo año, Urukagina asumió el título de lugal o rey, aparentemente haciendo caso omiso de cierta supremacía formal de Kish, .
y es posible que sus reformas estuvieran motivadas, al menos en parte, por el
deseo de reforzar su propia posición y asegurarse el apoyo de las clases más
influyentes entre sus súbditos, aquellas obligadas a prestar servicio militar.
Al igual que la mayoría de los cambios de este tipo y, por así decirlo,
marcando la pauta para muchas purgas posteriores, estas reformas se presentaron
como un retorno a las «buenas costumbres de antaño» que el dios de la ciudad,
Ningirsu, había ordenado en un principio, aunque algunas de las prácticas
condenadas tenían ya una larga tradición. Una vez completados los cambios,
Urukagina se sintió capaz de afirmar que había justificado su actuación como
representante del dios. Tan literales eran las ideas sobre esta relación
directa que el rey recién entronizado proclama, en una frase impactante, que
«celebró este pacto con Ningirsu para no entregar a los débiles y a las viudas
en manos de los poderosos» . También es característico que estos documentos
únicos de la historia social estén integrados en inscripciones de edificios.
Una
deidad que, según las inscripciones de Urukagina, gozaba de gran favor por
parte de este, puede considerarse ahora como la que le impulsó a promulgar sus
nuevas leyes. Una de sus obras públicas fue la limpieza de un canal que iba
desde Lagash hasta un lugar llamado Nina (hoy Zerghul),
donde se alzaba el templo de la diosa Nanshe, a quien los gobernantes
consultaban como oráculo tras viajar en barcas hasta su santuario para buscar
esclarecimiento sobre la voluntad de los dioses, tal y como lo describió el
posterior gobernador Gudea. Un himno a esta diosa que aclama su elección de
Gudea probablemente data de su reinado en su forma actual, pero también
menciona al antiguo Ur -Nanshe como alguien que había sido elegido de manera
similar, y su propio nombre da testimonio de su devoción. Ur-Nanshe fue, aunque
no por descendencia familiar directa, el primero de una estirpe de reyes de
Lagash que culminó con Urukagina. La diosa era capaz de interpretar para Gudea
los deseos del dios de la ciudad, Ningirsu, y podría haber revelado a cualquier
gobernante las razones por las que había elegido a Ur-Nanshe. Esas razones eran
de carácter moral; En el himno se alaba a Nanshe como defensora de la
misericordia, la justicia y la sabiduría. Ella protege a las viudas y a los
huérfanos, castiga a los opresores, juzga a los malhechores, mantiene las
medidas correctas y cuida especialmente de los ingresos del templo. Urukagina
no, en los textos que se conservan, invoca su autoridad, pero escuchaba sus
consejos, y es posible que el himno que celebra sus cualidades benévolas y
alude tan claramente a los propósitos expresados por el rey se compusiera por
primera vez durante su reinado.
Los
cambios introducidos por Urukagina, al menos los que mejor se comprenden,
parecen un intento genuino de aligerar las cargas impuestas a la población en
general por los gobernadores y también por los sacerdotes; sin embargo, no se
pretendía alienar a estos últimos con las nuevas disposiciones, pues, aunque se
les privaba de ciertos privilegios injustos, se les devolvían otros derechos
que les correspondían. Las clases mencionadas específicamente como liberadas de
cargas y controles vejatorios eran los barqueros, pescadores, labradores y
pastores; se les liberó de la supervisión y de la obligación de pagar sus
tributos en plata. Estas clases, junto con los sacerdotes y la población en
general, sufrían la intromisión y las exacciones de una burocracia desmesurada
—«en los límites del dios Ningirsu, hasta el mar, había inspectores»—; estas
fueron totalmente abolidas, tal y como proclama el rey, sin duda con cierta
exageración propia del arte de gobernar. La clase sacerdotal se vio doblemente
afectada por el nuevo orden; por un lado, se les prohibió oprimir a los
súbditos mediante invasiones ilegales de la propiedad y la apropiación de
cosechas, y, sobre todo, se les limitó a menos de la mitad de los honorarios
desmesurados que habían extorsionado en los funerales; sin hacer distinción, al
parecer, entre dos tipos de entierro, los de los ricos y los de los pobres, que
la costumbre de la época reconocía. Por otro lado, los sacerdotes se
beneficiaron no solo de la supresión de los inspectores fiscales, sino también
de una restitución más positiva. Durante muchos años, el gobernador de la
ciudad había tenido la costumbre de apropiarse de los bueyes de los dioses para
arar sus propios huertos, y su usurpación había llegado tan lejos que él y su
familia se habían apoderado directamente de las casas pertenecientes al dios y
a la familia divina. Pero ahora Urukagina «restableció a Ningirsu como
propietario» de la casa del gobernador y de los campos del gobernador. Del
mismo modo, devolvió a la diosa Baba a su casa, que había llegado a llamarse la
«casa de la Mujer», es decir, de la esposa del gobernador, y al hijo divino a
la casa llamada hasta entonces « casa de los Niños». Con estas medidas, el
reformador, fuera cual fuera su motivo, demostró no tener miedo de atacar las
ganancias injustas, incluso cuando eran suyas.
La
población común de la ciudad obtuvo un alivio real y positivo gracias a las
disposiciones de Urukagina. También ellos se beneficiaron de la desaparición de
la intromisión y la opresión de los recaudadores de impuestos especiales, pero
tenían más motivos para alegrarse. Los sacerdotes no podían invadir sus
propiedades, y también estaban a salvo de la opresión por parte de las clases
más influyentes, que se habían hecho culpables de imponer ventas en condiciones
desfavorables a sus inferiores. Se decretó que, en lo sucesivo, si un hombre
poderoso deseaba comprar el asno o la casa de un vecino humilde, este último
podría exigirle que pagara un precio justo en moneda de curso legal, y el rico
no podría vengarse de él por su negativa; la importancia de esta disposición a
la hora de evaluar el alcance de la propiedad privada en Lagash durante este
período —que, por lo demás, parece tan absorto en los templos, ya se ha
señalado anteriormente. Otras medidas de interés público fueron la represión de
la delincuencia y ciertas exenciones de las tasas que antes se exigían con
motivo de los divorcios, frenando así las relaciones ilícitas de las mujeres,
quienes, a consecuencia de estas multas, se convertían en esposas de otro sin
dejar de estar casadas con su marido anterior. Algunas de estas disposiciones
tenían sin duda por objeto la abolición de meros abusos y parecen haberse
inspirado en un interés genuino por la justicia social, lo cual honra a este
primer reformador de todos cuyos nombre conserva la historia. Cuál pudo haber
sido la tendencia subyacente de estos cambios ha sido objeto de diversas
interpretaciones¹ y no puede afirmarse que se desprenda con claridad. Pero, al
menos, el principal perjudicado por esta «ordenanza abnegada» , parece haber
sido el propio gobernador, quien devolvió las propiedades a los templos y
condonó los impuestos al pueblo con cargo a sus propios ingresos y a los de los
sacerdotes. Los clérigos, junto con los funcionarios, sufrieron efectivamente
cierta reducción de sus beneficios ilícitos, pero pueden considerarse, no
obstante, los principales beneficiados, ya que la tendencia principal de los
cambios de Urukagina apuntaba claramente hacia el restablecimiento de la
«teocracia original» teocracia, lo que solo podía redundar en su beneficio.
LA
TRANSICIÓN AL IMPERIO
Urukagina
reinó solo ocho años; su ascensión al trono se produjo por la fuerza, y su
caída se debió a un ataque externo. Lagash se vio repentinamente abrumada por
la embestida de un adversario más poderoso o más afortunado que cualquiera de
los antiguos vecinos hostiles que habían gobernado en Umma. Se trataba de Lugalzagesi,
quien posteriormente se convirtió en rey de Uruk y figura por sí mismo como la
«tercera dinastía » de esa ciudad en virtud de su derrota, no del rey no
reconocido de Lagash, sino del «soberano» contemporáneo de Kish. En el momento
de su victoria sobre Lagash, que puso así fin a las largas y encarnizadas
luchas entre estas dos ciudades, Lugalzagesi seguía siendo ensi de Umma. No se sabe nada de los preparativos, y tal vez el ataque fuera
repentino, favorecido por disputas internas, algo que hay motivos para
sospechar que ocurriera en Lagash en aquella época. El asalto tuvo corrió éxito
de inmediato, la ciudad y los templos de Lagash fueron invadidos y arrasados,
la sangre corría a raudales en los santuarios, el fuego y el saqueo se
desataron por doquier. De todo esto nos informa una indignada protesta escrita
en una tablilla de arcilla,¹ hallada entre las ruinas miles de años después de
la catástrofe. Tras enumerar los santuarios profanados por el enemigo, la
matanza, el incendio y el saqueo, termina con un desafío desafiante al
conquistador: «Los hombres de Umma, tras la destrucción de Lagash, pecaron
contra Ningirsu. La mano que se alzó contra él, se la cortará. No hubo ofensa
alguna por parte de Urukagina, rey de Girsu, pero en cuanto a Lugalzagesi,
gobernador de Umma, que su diosa Nisaba le haga cargar con su pecado sobre el
cuello». ¿Cómo fue posible que esta audaz denuncia se escribiera bajo el
dominio del vencedor? Tiene un tono casi profético y se cumplió de forma
dramática.
Lugalzagesi
vivió otros momentos de triunfo y ha dejado una inscripción en la que reclama
no solo la soberanía tradicional sobre «la tierra» (lo que permite la lista de
reyes), sino también una carrera de conquistas o, al menos, de ascendencia en
el extranjero. Cuando el dios Enlil lo nombró rey legítimo de Sumer, entonces
«desde el Mar Inferior (junto al) Tigris y el Éufrates hasta el Mar Superior
trazó su camino sin desvíos; desde el sol naciente hasta el ocaso, hizo que no
tuviera adversario». La inscripción continúa celebrando la paz y la gloria que
él otorgó a todas y cada una de las antiguas ciudades de Sumer, y termina con
una plegaria a Enlil por su propio poder militar y la prosperidad de su reino.
La lista de reyes le atribuye un reinado de veinte veinticinco años, por lo que
pudo disfrutar durante un tiempo de la confianza que le otorgaba la fortuna
decretada por los cielos. Pero la maldición de su víctima olvidada en aquella
Lagash —que no se dignó incluir en su relato de súbditos— acabó por alcanzarle.
Una nueva y portentosa figura había surgido de un humilde estado de servidumbre
bajo el rey de Kish, y el gran Sargón de Agadé, pasando rápidamente de las
exigencias y los mensajes hostiles al rey más anciano , lanzó un ataque contra
Uruk, derrotó y capturó a Lugalzagesi, y «lo llevó con un yugo hasta la puerta
de Enlil» en Nippur.
La caída
de Lugalzagesi y de su Tercera Dinastía de Uruk no supone más que una
transición ordinaria en la lista de reyes, pero la ruptura fue más amplia y
mucho más significativa que antes. Marca un cambio completo de intereses y, con
la mayor claridad, pone fin a una era. El período dinástico temprano ha llegado
a su fin, y tras él cambia el panorama de la historia babilónica. La ruptura es
evidente en casi todos los aspectos de la civilización. Por primera vez, otro
elemento asumió el poder e impuso su lengua en los registros oficiales y
privados. A una época de pequeños estados locales le siguió la creación de un
amplio dominio, que, en adelante, con interrupciones intermitentes,
constituiría el modelo de la historia política de Asia Occidental hasta el fin
del Imperio persa. El estilo artístico e incluso el de la escritura sufrieron
una marcada transformación. Todo esto puede resultarnos más evidente a
nosotros, con nuestra mayor conciencia histórica y nuestra mejor perspectiva,
de lo que podría serlo para cualquier época posterior de tradición autóctona,
incluso con una documentación más completa que la nuestra. No obstante, esa
tradición no tenía ninguna duda sobre la importancia de los nuevos reyes que
iban a gobernar desde la nueva ciudad de Agadé. Si Gilgamesh fue, en cierto
sentido, la figura típica de una época, Sargón y Naram-Sin representarían la
siguiente, y aunque el primero se hubiera retirado más allá de la bruma de la
leyenda, sus contemporáneos posteriores también vivían bajo su sombra.
LA
DINASTÍA DE ACAD Y LA INVASIÓN GUTIA
I.
EL
REINADO DE SARGON
Con la
aparición de esta imponente figura, grandiosa pero difusa para las generaciones
posteriores de babilonios casi tanto como para nosotros, la memoria histórica
del pueblo se enriqueció con su tesoro más perdurable. Sin embargo, la
tradición escrita, en la medida en que está actualmente a nuestro alcance, hace
escasa justicia a un rey que no solo fue capaz de alcanzar la grandeza, sino
también de dejarla constancia para la posteridad con mayor claridad que
cualquiera de los que le precedieron y la mayoría de los que le sucedieron. Las
inscripciones de Sargón debieron de ser numerosas y los restos que se conservan
demuestran que eran informativas y detalladas en cuanto a sus actividades
bélicas y religiosas, y posiblemente incluso a sus actividades. Con un lenguaje
diferente, un espíritu algo nuevo se introdujo en los registros y pareció,
durante un tiempo, superar la reticencia histórica que se manifiesta de forma
tan decepcionante en otros períodos, no por ello menos gloriosos, de la
historia de la nación. Las inscripciones se han perdido en su mayor parte o aún
no se han recuperado, aunque quedan algunas en copias realizadas por escribas
que examinaron las estatuas y los trofeos depositados en el gran santuario
central de Nippur. La lista de reyes sumerios apenas dedica dos o tres
comentarios sobre el propio fundador y vuelve a caer en su habitual recuento de
nombres y números para el resto de la dinastía de Agadé; y todo lo demás son
anécdotas conservadas y tal vez adaptadas con fines específicos.
Un origen
milagroso o misterioso es esencial para los personajes sobrehumanos, y Sargón
fue el primero en demostrar que el gusto de los antiguos pueblos orientales se
decantaba por lo segundo. Al igual que varios sucesores notables que tuvo, y no
lo ocultó, un origen desconocido y unos comienzos humildes. El relato de esto
no solo es explícito, sino que se transmite en una forma que pretende ser sus
propias palabras. Solo se conservan las primeras líneas de unas tablillas
asirias que comienzan: «Yo (soy) Sargón, el poderoso rey, rey de Agadé», y
continúan relatando el nacimiento y los primeros años del narrador, mencionan
de forma fragmentaria algunas de sus conquistas posteriores y luego se
interrumpen. De hecho, no es probable que las palabras sean una declaración
auténtica del gran rey; el tipo de composición al que pertenece este texto
solía presentarse en forma de relato personal, como si se hubiera extraído de
una inscripción, pero hay muchos indicios que sugieren que se trataba de obras
de una época posterior, con un sesgo didáctico y tal vez una cierta filosofía
de la historia. Una de esas inscripciones registradas incluso pretendía
relatar, en las propias palabras del dios, la vida y los logros benéficos de
«el dios Marduk, el gran señor». A pesar de este elemento de falsificación,
estos relatos se basaban sin duda en una tradición auténtica, y no hay nada
inverosímil en las afirmaciones que esta «leyenda» atribuye a Sargón. Según
ella, por tanto, su madre era una sacerdotisa y su padre, un vagabundo
desconocido. Nació en secreto en una oscura aldea del Éufrates llamada Azupiranu, tal vez «la ciudad del azafrán», nombre que
proviene de un producto local que ha conservado su denominación casi
inalterada. Su madre, para deshacerse del niño, lo encerró en una cesta que
cubrió y selló con brea, y la lanzó al río. Milagrosamente a salvo de ahogarse,
fue arrastrado río abajo y rescatado por un tal Aqqi,
un jornalero de un palmeral, que vio la cesta cuando su cubo se sumergió en el
agua. Aqqi recogió al niño y lo crió como si fuera suyo, haciéndole seguir la misma profesión.
En este
punto, la tradición es retomada por dos textos que la corroboran; uno es la
propia misma, que afirma que Sargón era jardinero; el otro, un relato sumerio
de su vida que repite los detalles sobre su lugar de origen, así como sobre su
madre y su padre. El siguiente episodio de esta trayectoria milagrosa fue que
la diosa Ishtar concedió su favor al joven y, gracias a ello, pronto se le
encontró al servicio de Ur-Zababa, conocido en la lista de reyes como un rey de
la Cuarta Dinastía de Kish. Este potentado vivía con gran pompa, pues uno de
los textos mencionados anteriormente lo llama «el pastor (que) se alzó como el
sol en el templo de Kish» y tenía la curiosa distinción de dar nombre a un
instrumento musical. Pero llegó a ofender al dios Marduk, y esto en un asunto
que concernía a Sargón. Este último había alcanzado el cargo privilegiado de
copero de Ur-Zababa, quien en ese momento le ordenó que «cambiara la ofrenda de
bebida de E-sagila». Sargón, eludiendo esta impiedad
y redoblando su propio servicio al dios, le quitó el favor divino a su señor, y
Marduk nombró al siervo señor de la tierra (y, se añade, del mundo) en lugar de
Ur-Zababa. Pero, dado que cabe observar que la dinastía de Kish continuó
durante otros cinco reinados tras esta exitosa deserción, Sargón no fue en un
principio más que un rival, no un destructor. Es posible que los primeros años
de su reinado los dedicara a dotarse de una capital, pues todas las fuentes
describen cómo la construyó en un lugar nuevo. Pero al hacerlo, él también cometió
algún acto que el dios celoso consideró una impiedad, pues se dice que extrajo
tierra de Babilonia con el propósito de construir una ciudad «junto a Agadé», y
que llamó a esta ciudad «Babilonia» . El incidente se relata en dos crónicas y
un presagio, pero su significado no está del todo claro; tal vez signifique que
estos cronistas posteriores acusan a Sargón de intentar ambiciosamente crearse
una capital que gozara del prestigio del que disfrutaría Babilonia en épocas
posteriores, y que ellos consideraban inmemorial.
Tal fue
la historia temprana del héroe, con un toque apropiado de leyenda, pero con
poco que tenga por qué ser falso. Hay muchos indicios que apuntan a su origen
extranjero y que señalan el curso superior del Éufrates como su lugar de
nacimiento, aunque, si la historia de su viaje en solitario es cierta, no puede
considerarse el líder de una supuesta invasión de «acadianos», considerada la
primera migración «histórica» de occidentales a Babilonia. Pero su lengua
materna, que iba a injertar en la antigua escritura sumeria, le capacitó para
entrar al servicio de la corte de Kish, donde los reyes con nombres semíticos
habían figurado entre los primeros gobernantes. El resto no es más que el logro
de tantos jóvenes desconocidos destinados a la fama; para un hombre así,
marcado por el destino, el favor especial de una deidad podría darse por
sentado. La fundación de su nueva ciudad es situada por nuestras fuentes
después de otros acontecimientos principales de su reinado, pero cabría pensar
que tuvo lugar más naturalmente tras su rebelión contra Ur-Zababa, pues no se
hizo con el control de ninguna otra ciudad ya existente, y su nueva era no
podía inaugurarse mejor que desde una nueva capital. Esto quedó marcado también
por la adopción de un nuevo nombre, pues el muchacho desconocido seguramente no
se llamaba al nacer «Verdadero Rey». Su trayectoria justificó el nombre y le
confirió un carácter mágico para las generaciones posteriores. Fue llevado con
orgullo por dos reyes asirios, el segundo y más grande de los cuales desdeñó
por ello el estilo familiar de un padre que, al alcanzar el trono, había
asumido la gloria tradicional del nombre Tiglat-Pileser.
Una justa confianza en sus propias facultades dictó su elección a Sargón de Agadé,
en una época en la que el nombre adoptado como inspiración y presagio no
resultaba desconocido. Durante el reinado de Naram-Sin, uno de sus oponentes,
que lideró la revuelta de Kish, adoptó el nombre desafiante «El que reunificó
Kish», bajo el cual ha sido conmemorado. Incluso el barquero Aqqi, que rescató al pequeño Sargón, llevaba un nombre que
bien podría haber proclamado su oficio. Se honró una costumbre más antigua
cuando la dinastía acadia se afianzó en el poder, y entre los descendientes de
Naram-Sin se encontró un par de nombres, «Rey de todos los Reyes» y «Hijo de
todos los Reyes», que traducían la antigua convención real sumeria, se encontró
entre la descendencia de Naram-Sin.
Apenas
disponemos de información sobre la cronología del reinado de Sargón y el orden
de sus acontecimientos, y solo podemos guiarnos por lo que parece ser la
progresión natural. La siguiente dinastía en la lista de reyes, tras aquella en
la que Ur-Zababa gobernó en Kish, fue la tercera de Uruk, y su único miembro
fue Lugalzagesi, a quien se le atribuye un reinado de veinticinco años. Las
líneas generales de la trayectoria de este rey pueden deducirse de sus propias
inscripciones y de otras alusiones. Como ensi de Umma, reanudó la guerra enquistada contra sus vecinos de Lagash y vengó las
numerosas derrotas de sus predecesores con una destrucción salvaje de la ciudad
rival. Algún tiempo después de esto se hizo con el control de Uruk, y su
reinado de veinticinco años se sin duda se cuenta a
partir de ese acontecimiento. Durante esos años acumuló los éxitos que
reivindica en su única inscripción extensa, hallada en vasijas consagradas en
Nippur. Bajo diversos títulos, tanto sacerdotales como civiles, fue gobernante
y benefactor de Umma, Uruk, Ur, Larsa, Nippur y otros dos centros religiosos;
además, afirmó específicamente que el dios supremo lo había nombrado «rey de la
tierra», asumiendo así, en los términos más formales, el antiguo título de
soberanía entre las ciudades de Sumer. En ningún lugar reclama el dominio de
Kish, y se desconoce cómo o quién llevó a cabo la derrota de esa ciudad, tal y
como postula la lista de reyes, fue llevada a cabo, ni si la víctima fue
Ur-Zababa o uno de sus cinco sucesores. Pero con Lugalzagesi se abre por
primera vez una perspectiva más amplia que la dominación local; en un pasaje
llamativo de importancia inequívoca, aunque de redacción ligeramente oscura,
proclamó que el dios no solo le había otorgado la realeza sobre «la tierra» (kalam, es decir, Sumer), y «había dirigido la mirada
de la tierra hacia él», sino también que «había sometido a sus pies las tierras
extranjeras (kur-kur) y, desde el sol naciente hasta el ocaso, había
hecho que (todos) se inclinaran ante él». Una vez alcanzado este estado, Enlil,
además, «desde el Mar Inferior (por) el Tigris y el Éufrates hasta el Mar
Superior enderezó su camino, desde el sol naciente hasta el ocaso hizo que no
tuviera ningún adversario». Aunque solo fuera mediante una enérgica incursión, Lugalzagesi
había traspasado esos límites más allá de los cuales los cronistas sumerios no
habían mirado, y había mostrado el camino hacia un nuevo mundo para que su
sucesor lo conquistara.
Con su
fórmula habitual, la lista de reyes registra el fin de este próspero reinado y
el traspaso de la supremacía a Accad. De que Lugalzagesi
fue derrotado, y también capturado, por Sargón no solo tenemos esta tradición,
sino la declaración explícita del vencedor, quien relata en una de sus
inscripciones el curso de su campaña. Un narrador posterior, ya citado, ofrecía
un relato de los preliminares de este enfrentamiento, pero el estado del texto
y sus frases oscuras apenas revelan que se intercambiaron mensajes entre Sargón
y Lugalzagesi, negándose este último finalmente a escuchar las desmesuradas
exigencias del retador, aunque finalmente se vio obligado a recibir a su
mensajero. Pronto se recurrió a las armas, y Sargón fue el primero en entrar en
combate. Marchó rápidamente hacia Uruk y parece que tomó la ciudad mediante un
ataque por sorpresa, pues «atacó la ciudad de Uruk y destruyó su muralla» antes
de «enfrentarse al hombre de Uruk y derrotarlo», aunque, como añade otra
inscripción, este comandante contó con la ayuda de las fuerzas de cincuenta
gobernadores de ciudad. Solo tras estos dos desastres llegó el propio Lugalzagesi
al campo de batalla, donde corrió la misma suerte; Sargón «lo capturó y lo
llevó atado con un yugo hasta la puerta de Enlil» en Nippur como trofeo para el
dios nacional, cuya elección para la realeza, según quedó demostrado por el
desenlace, él había perdido y Sargón había heredado.
Su
siguiente tarea fue completar la subyugación del resto de Sumer, y su primer
objetivo fue la ciudad de Ur. Quienquiera que fuera el general de sus fuerzas
(su Segunda Dinastía probablemente fue acabada por Rimush), fue derrotado en el
campo de batalla y Sargón «atacó su ciudad y destruyó sus murallas» . A
continuación, se volvió contra el territorio de Lagash, que en aquel momento se
encontraba, como solía ocurrir, en estrecha alianza con Ur, aunque había dejado
de lado por el momento su antigua disputa con su vecina Umma. E-Ninmar fue la primera de las ciudades del dominio de Lagash
en ser atacada y destruida, «y arrasó su territorio desde Lagash hasta el mar
(y) lavó sus armas en el mar». De esta alianza del sur de Babilonia solo
quedaba ya un bastión, y Sargón volvió para enfrentarse a Umma. El resultado no
fue diferente —«luchó contra el hombre de Umma, lo derrotó, asoló su ciudad y
destruyó sus murallas». De este modo, se convirtió en señor de toda la antigua
patria sumeria, y sus principales oponentes probablemente acabaron todos como
cautivos suyos. Lugalzagesi fue capturado y conducido en triunfo; el ensi de Umma aparece representado a su lado en un
monumento que se ha perdido, aunque sus epígrafes han llegado hasta nosotros en
una copia posterior; y tal vez el célebre Urukagina de Lagash también fue
capturado en E-Ninmar, pues en un monumento de Manishtusu se menciona a una persona con ese nombre, cuyo
padre había sido anteriormente ensi de Lagash.
Otra inscripción de Sargón añade a este relato de victorias sobre las antiguas
ciudades sumerias una especie de resumen; en ella se calcula que ganó en total
treinta y cuatro batallas, como resultado de las cuales se obtuvo una ventaja
real, pues «los barcos de Meluhha, los barcos de
Magan y los barcos de Tilmun los amarró en el muelle
frente a Acad ». Es decir, el Golfo Pérsico estaba
ahora bajo su control, y podía recibir los productos de las tierras situadas en
sus orillas o a las que solo se podía acceder a través de sus rutas
comerciales. Ur-Nanshe, a principios de la última época dinástica temprana,
había sido el primero en proclamar que obtenía madera de Tilmun,
y fue este comercio el que ahora pasó a manos de Sargón. Estas tierras de
ultramar del sur se incluyen en su imperio tanto en la leyenda de su nacimiento
como en una lista geográfica posterior de sus conquistas.
Dado que
la cronología de los acontecimientos del reinado de Sargón es incierta, al no
estar fijada por fórmulas de fecha conservadas, conviene examinar qué nos dicen
otras fuentes de información sobre esta etapa temprana de su carrera, antes de
trazar sus conquistas en el extranjero. Gran parte de lo que se sabe sobre
estas figuras portentosas de la dinastía de Accad se
ha conservado en un medio muy curioso: la tradición de quienes estudiaban la
interpretación de los presagios derivados del examen de las vísceras de las
víctimas sacrificadas, siguiendo una creencia absurda pero ampliamente aceptada
de que los dioses, en respuesta a las oraciones y ceremonias, indicarían de
esta extraña manera su decisión sobre el resultado de una empresa. La capacidad
de leer lo que se consideraba que el dios escribía en el hígado y otros órganos
de las ovejas era, de hecho, la más estimada de todas las habilidades, y
constituía el privilegio de una corporación cerrada de «videntes» » que
afirmaban remontar su origen a la época anterior al Diluvio, y no admitían en
el misterio más que a quienes reunieran las condiciones de nacimiento y dotes
personales necesarias; incluso entonces, dicho acceso solo se lograba mediante
el estudio arduo de su técnica y sus escrituras. Estas últimas eran las
tablillas de presagios tan ampliamente representadas en la literatura que ha
sobrevivido hasta nuestros días, en particular en los restos de la biblioteca
real asiria de Nínive.
Los
pronósticos de estas tablillas son, en su mayor parte, generales, y predicen el
éxito o la derrota en la batalla o, a veces, en la política, pero casi
exclusivamente en lo que respecta a los asuntos militares. Sin embargo, algunas
se diferencian al relacionar las marcas observadas en las vísceras con la
mención de personajes históricos, y al relatar que dichas marcas estaban
presentes en el pasado cuando estos personajes estaban a punto de llevar a cabo
las hazañas por las que fueron celebrados en la tradición. Un número bastante
elevado de las grandes figuras del pasado se encuentran entre este grupo, pero,
mientras que la mayoría de ellas solo se mencionan una o dos veces, Sargón y
Naram-Sin son los héroes de muchos episodios recordados a partir de notables
oráculos revelados a los adivinos. Tal era su importancia que no solo aparecen
con bastante frecuencia en la forma habitual de breve alusión, sino que se
dedicó a sus experiencias augurales una colección especial de observaciones,
con notas históricas de forma y extensión sin parangón. Lo mucho que esto
difería del contenido habitual de las tablillas de los videntes queda lo
demuestra la supervivencia de prácticamente el mismo material, bajo una forma
muy diferente, en una crónica del último período babilónico.
Los
presagios no dejan de señalar el espectacular ascenso de Sargón en su juventud.
Entre los restos más antiguos de la superstición arúspice se encuentran algunos
modelos de arcilla del hígado hallados en Mari; uno de estos modelos muestra y
describe en términos técnicos algunos signos alrededor de la vesícula biliar
que eran «el presagio de Kish, de Sargón»; presumiblemente presagiaban la caída
de Kish ante el antiguo copero de su rey, y su acceso al trono. De la colección
especial descrita anteriormente procede otro signo, mediante el cual Ishtar
manifestaba su elección de él y su voluntad de cumplir todos sus deseos. Este
favor de la diosa bastó; pronto se le presentó un presagio que preludió su
supremacía: « no tenía rival». Más explícito es el mensaje de un peculiar
modelo de arcilla que muestra un rostro fantástico formado por las
circunvoluciones de una línea ininterrumpida, que representa el aspecto
grotesco de los intestinos de una oveja. Se creía que esta repulsiva aparición
representaba el «rostro de Humbaba», un gigante
extravagante que había sido abatido por los compañeros Gilgamesh y Enkidu.
Sargón había encontrado tal presagio en uno de sus sacrificios: «presagio de
Sargón, quien se convirtió en señor de la tierra». Otra tradición podría
referirse a la fundación de una nueva residencia: «(él) dejó que los hijos de
su palacio habitaran en un radio de cinco leguas a cada lado», a lo que una
segunda versión del mismo suceso añade: «tras haber separado cinco distritos a
cada lado, amplió su palacio, y los capitanes se le acercaron y le dijeron:
“¿Adónde iremos?”». En estas pocas palabras se esboza una redistribución de las
posesiones territoriales a favor de sus partidarios, similar a la que podría
estar registrada en el obelisco de Manishtusu, que se
describirá más adelante; fueron los propietarios desposeídos quienes, airados,
preguntaron así adónde debían ir. Además de los presagios relacionados con las
campañas del conquistador en el noroeste y en el este, hay también algunos que
le fueron revelados en momentos no especificados; uno describe una ocasión, tal
vez durante una campaña en el este, en la que una gran tormenta se abatió sobre
su ejército, pero este acabó saliendo de su apuro: «presagio de Sargón, a quien
le volvió la luz tras atravesar la oscuridad». Por último, se sugiere que la
tempestad se produjo en vísperas de una batalla o en pleno combate: «presagio
de Sargón, cuyos soldados fueron envueltos por un aguacero e intercambiaron sus
armas entre ellos».
Dos de
las inscripciones de Sargón incluyen, tras el relato de sus victorias en el sur
de Babilonia, una descripción resumida de triunfos lejanos en una marcha río
arriba por el Éufrates y de conquistas generalizadas en Siria. Las
inscripciones originales (o, mejor dicho, las copias de las mismas que se han
conservado) dedican solo unas pocas líneas a estos acontecimientos, pero
encuentran espacio para algunos detalles interesantes. La primera etapa de su
marcha terminó en el lugar llamado Tuttul, hoy la ciudad de Hit, a unas noventa
millas al oeste de Bagdad. Allí «se arrodilló ante el dios Dagan… y le entregó
las tierras altas, Mari, Iarmuti, I bla, hasta el
bosque de cedros y las montañas de plata». Se añade una nota curiosa sobre sus
efectivos: «5400 hombres comían pan a diario ante él». Además de este relato
original y auténtico, los augurios y la crónica también tienen algo que contar
sobre esta expedición occidental; la crónica dice que «en el undécimo año su
mano llegó hasta el límite de la tierra del oeste, unificó su palabra, erigió
sus imágenes en el oeste y trajo su botín (por mar) en balsas». La versión de
los augurios[8] no difiere mucho, salvo en que menciona el tercer año en lugar
del undécimo, lo cual encuentra cierto respaldo en una referencia al «tercer
año » en el relato titulado «El rey de la batalla», que se describirá más
adelante. Este relato congruente está, sin embargo, precedido tanto en la
crónica como en los augurios por frases de significado completamente opuesto:
la crónica afirma que Sargón cruzó el «mar del este», mientras que los augurios
lo denominan el «mar del oeste ». Parece probable que la crónica se equivoque
en este punto, ya que las líneas siguientes de ambos documentos coinciden en
referirse al oeste e incluyen el curioso detalle de que el conquistador «erigió
sus imágenes en el oeste». Otros reyes antiguos, como Iakhdunlim de Mari y su sucesor Shamshi -Adad I, pero fue el mucho más tardío Sargón II de
Asiria quien erigió su monumento en un emplazamiento único, mucho más al oeste
que todos los demás, en Chipre, posiblemente imitando su modelo. Los augurios
contienen además otras tres referencias a una conquista del país de Amurru, es
decir, el oeste; las dos primeras relatan de manera general que «fue a la
tierra de Amurru, la derrotó, y su mano se extendió sobre las cuatro regiones
(del mundo)», pero el tercer presagio afirma que «fue a la tierra de Amurru...
la derrotó por segunda vez (y) sus guerreros... lo sacaron de en medio»; la
última frase sigue siendo enigmática debido a los daños que presenta el texto.
Es posible que la «segunda vez» fuera el «undécimo año» de la crónica.
La
tradición posterior coincide, por tanto, con el propio testimonio de Sargón de
que remontó el Éufrates y se hizo con el dominio de Siria, con sus diversos
recursos. Sobre este punto, los únicos detalles los aporta la propia
inscripción del rey, que, además de Hit, menciona tres lugares y dos distritos.
Estos últimos no son difíciles de localizar; se acepta generalmente que el «
bosque de cedros» se identifica generalmente con las montañas de Amanus, ya que Naram-Sin y Gudea asocian su nombre a esta
descripción. Las «montañas de plata» son algo menos claras, pero parece
necesario interpretar «plata» de forma tan literal como «cedro», suponiendo que
Sargón estuviera interesado principalmente en los productos valiosos de sus
conquistas. Por lo tanto, debe tratarse de la cordillera del Tauro, con sus
numerosos yacimientos de plomo y plata. Ya no hay dudas sobre Mari; se trataba
del yacimiento que hoy se conoce como Tell el-Harlrl,
a orillas del Éufrates, cerca de Abu Kamal, tal y como han demostrado las
recientes excavaciones, y un gobernante posterior lo asocia en su reino con
Tuttul o Hit, precisamente porque era la siguiente etapa en la marcha. Iarmuti era un lugar y un puerto en la costa del
Mediterráneo, y las pruebas de las cartas de Amarna parecen situarlo en algún
lugar al sur de Biblos, aunque podría preferirse una ubicación algo más cercana
a los demás distritos mencionados. Ibla fue
conquistada de nuevo por Naram-Sin, quien asocia su nombre con Armanum, que podría ser la propia Alepo, pero la referencia
más significativa la aporta Gudea, en una generación no muy lejana, quien
relata que trajo tres tipos diferentes de madera de «la ciudad de Ursu, de la
montaña de Ibla». La ubicación de Urs(h)u, que
también aparece en las cartas de Mari y en un pintoresco episodio de la
historia hitita temprana, ha sido objeto de mucha controversia en los últimos
años, pero actualmente se considera muy probable que se tratara de un lugar
situado en el Éufrates o cerca de él, no muy al norte de Carquemish.
Si bien,
por lo tanto, no cabe duda de que Sargón llevó sus armas hasta los límites del
norte de Siria, la tradición posterior afirma mucho más. Una de las fuentes de
esto es una composición que llevaba el nombre de «El rey de la batalla». La
mayor parte de esta historia se conserva en una tablilla en muy mal estado que
se encontró en Egipto junto con las cartas de Amarna, y además hay alusiones
evidentes a su tema en un texto fragmentario que acompaña al célebre «Mapa
babilónico del mundo» del Museo Británico. Tras unos preliminares muy
inciertos, parece que Sargón se entera de las quejas de unos comerciantes de la
ciudad de Purushkhanda (la Parshu-khanda hitita), pero no está claro cuáles eran sus agravios, ni a quién se debían; no
obstante, acudieron a Sargón para que defendiera su causa y le ofrecieron
generosos incentivos. Solo a partir de la continuación se puede deducir que el
supuesto opresor era un tal Nur-daggal, que
probablemente era el gobernante de su ciudad , y esta debía de ser,
presumiblemente, Purushkhanda. A pesar de las dudas
de sus seguidores, Sargón decidió emprender esta expedición y socorrer a los
comerciantes agraviados. Preguntó por el camino a Purushkhanda y le informaron de su increíble dificultad; una etapa estaba obstaculizada por
bloques de lapislázuli y oro, otra por árboles del bosque, otras con matorrales
espinosos. Al fin, tras superar todos estos obstáculos, Sargón llegó a la
ciudad enemiga, para consternación de Nur-daggal,
quien se había jactado de que nunca podría llevar a cabo una marcha a través de
las inundaciones y los bosques. Su aparición en estas circunstancias fue
suficiente, pues al parecer Nur-daggal se sometió de
inmediato, y, presumiblemente, accedió a reparar los agravios de los
comerciantes, quienes habían acordado con Sargón el precio de su ayuda. Tras
esto, el ejército se inquietó y murmuró que era hora de regresar a casa, lo
cual se hizo, y Sargón retomó un gobierno pacífico en su propia ciudad.
El
interés central de esta historia radica en la presentación de la ciudad llamada Purushkhanda, pues este lugar, si bien no se ha
localizado con exactitud, al menos se ha demostrado, gracias a pruebas de dos
períodos diferentes períodos, que se encuentra en las cercanías de Cesarea
(Kayseri), en Capadocia. Aparece no solo en los registros hititas, sino de
forma más destacada en los asuntos de los primeros comerciantes asirios, cuyos
documentos comerciales se han hallado en mayor número en un yacimiento llamado Kultepe, a unas quince millas de Kayseri; y desde Kultepe (la antigua Kanesh) solo había cuatro etapas de
caravana hasta Purushkhaddum, como se la denomina en
esas tabletas. En general, se considera que se encontraba al sur o al suroeste
del gran Lago Salado de Anatolia central. Si el «Rey de la Batalla» tiene algún
fundamento histórico, Sargón no se detuvo ante la barrera montañosa, sino que
extendió su dominio hasta lo más profundo de Asia Menor.
Hay
aspectos sospechosos en esta narración y estos, junto con su carácter
incompleto y la consiguiente falta de claridad, han suscitado dudas sobre si se
puede extraer de ella alguna historia auténtica o si todo el episodio debe
descartado como una adición posterior sobre una figura legendaria. No resulta
precisamente tranquilizador que la historia parezca tener su origen en Siria
más que en la propia Babilonia, y que esté relacionada de alguna manera con la
descripción de regiones extrañas y lejanas que se inscribió en el «Mapa del
Mundo». A pesar de ello, no puede pasarse por alto que hay elementos históricos
genuinos, especialmente los comerciantes en una región donde existen abundantes
pruebas de su actividad en una generación posterior. Es cierto que transcurrieron
unos cuatrocientos años, y podría pensarse que las condiciones de una época
posterior se reflejaron en los días de Sargón. La tablilla de Amarna, la
aplicación de este título «Rey de la Batalla» al señor supremo egipcio por
parte de otro autor en las cartas de Amarna, y el fragmento de una versión
hitita, pertenecen todos al siglo XIV y, por consiguiente, están aún más
alejados de la época de los comerciantes de Capadocia de lo que estos lo
estaban de Sargón.
La
tradición de esta campaña del noroeste ya no carece de fundamento, pero resulta
difícil determinar si la historia gana en credibilidad gracias a los restos de
leyendas similares que han aparecido más recientemente. La más relevante de
ellas se encuentra en una tablilla que cuenta, al menos, con el respaldo de una
fecha anterior, aunque aún muy lejos de ser contemporánea. Su contenido solo se
puede comprender en pequeña parte, pues no solo está mutilada por los daños,
sino que incluso los pasajes más legibles tienen un significado muy oscuro. Sin
embargo, parece describirse una situación de cierta similitud general: Sargón
se dispone a emprender una expedición a la «tierra de Uta-rapashtum»,
tras un dramático coloquio con sus oficiales en tono de exhortación mutua. Pero
de repente, sin transición alguna, se descubre que una ciudad está siendo
atacada y está en llamas: queda completamente destruida, y sus alrededores, en
todas direcciones, tan devastados que ni siquiera un pájaro podría encontrar
allí refugio. Este último detalle recuerda lo que se relata en la crónica y los
augurios sobre la victoria sobre la ciudad de Kazallu.
Pero en ese caso no hay nada que indique la dirección de su marcha, pues Kazallu, aunque aún no se ha localizado, probablemente se
encontrara no muy lejos de Agade y de la propia
Babilonia. En pasajes posteriores, aunque aún menos inteligibles, de esta misma
tablilla se encuentran (o pueden reconstruirse) los nombres de otros lugares
conquistados por Sargón, y la narración concluía con palabras que animaban a
sus sucesores a emular sus hazañas, en el mismo estilo que los versos que
concluyen su «leyenda».
Es
interesante observar que circulaban historias muy similares sobre Naram-Sin, el
famoso nieto de Sargón, cuyas relaciones con el noroeste se relatarán más
adelante en su correspondiente apartado. A efectos del presente estudio, el
rasgo más significativo de estas historias es la recurrencia de Purushkhanda (r) en un texto posterior que pretende
relatar, con numerosos elementos míticos, cómo el imperio de Naram-Sin fue
invadido por una horda demoníaca que hizo de esa ciudad su primera conquista,
como si hubiera sido el límite más lejano de las posesiones acadianas.
Recientemente también ha salido a la luz un fragmento relativo a una expedición
de Naram-Sin que parece presentar un curioso parecido, tanto en el contenido
como en la fraseología, con el «Rey de la Batalla», ya que se encuentra un
orador que insta, en nombre propio y de otros, a que el héroe emprenda una
larga marcha a través de montañas y desiertos. Este lo hace, bajo signos
favorables, y finalmente se encuentra con un mensajero que suplica clemencia
para la tierra de Apishal. Ahora bien, esta campaña
contra Apisf ial está bien
documentada como uno de los triunfos de Naram -Sin, y el hecho de que su
narración presente un estilo tan claramente similar al de «El rey de la
batalla» bien podría sugerir que la hazaña de Sargón no fue menos auténtica, ya
que ambas historias aportan el mismo matiz romántico a hechos que, por sí
mismos, ya podrían parecer lo suficientemente emocionantes.
Una
posible incursión hacia un oeste aún más lejano que Asia Menor queda
atestiguada de forma dudosa por otro documento del período asirio tardío, cuya
fiabilidad es aún más incierta. Se trata de una recopilación de nombres
geográficos, acompañada de numerosas cifras de distancias entre localidades, o
distancias de estas desde un centro no especificado, y en cada sección aparece
el nombre de Sargón como conquistador. Es difícil dudar de que con este nombre
se refiera al antiguo rey de Accad, y de que todo el
documento, a pesar de la oscuridad de su propósito (pues la mayor parte es
ilegible), deba considerarse como, al menos, un estudio estadístico del imperio
de Sargón, tal y como la tradición posterior creía que se había constituido.
Esta lista tiene mayor importancia por su relación con las conquistas de Sargón
en el norte y el este que en la dirección de Siria y más al oeste. Sin embargo,
en una visión general de los reinos de Sargón, al final se mencionan como
«tierras más allá del Mar Superior» (es decir, el Mediterráneo) dos lugares
llamados Anaku y Kaptara.
El primero puede interpretarse como el «Tin (País)», el segundo es sin duda el
mismo que el Kaphtor del Antiguo Testamento, y ambos
indican Creta, tal y como se acepta habitualmente en la actualidad. Sobre Kaptara o Kapturu hay información
concreta en las cartas descubiertas en Mari, que mantenía cierto comercio con
los productos de esa lejana isla. Se dice que Sargón, según los augurios,
habría cruzado el mar hacia el oeste; de que navegó más lejos que cualquier
gobernante mesopotámico posterior hay, al menos, este testimonio.
El «País
del Estaño» no ofrece en absoluto ninguna indicación clara; el nombre, escrito
de forma extraña, tal vez no represente un país en absoluto, e incluso
admitiendo esto, no se ha determinado si el metal que habitualmente se escribe
como el sumerio an —na, nagga, fuera estaño o plomo; actualmente se
afirma con certeza que las pruebas apuntan al estaño. Si se trata de estaño,
sus fuentes antiguas distan mucho de estar claras: la región del Cáucaso es
quizás la más probable, con cierta posibilidad de que procediera de España,
pero, en cualquier caso, el metal debió de llegar a Babilonia a través de un
comercio a larga distancia, y desde ningún lugar concreto hacia el que se pueda
imaginar a Sargón dirigiendo sus armas. Si se trata de plomo, sus orígenes no
están mucho más claros. Se han barajado hipótesis que llegan hasta el sur de
España, pero hay posibilidades más cercanas que no son tan difíciles de
imaginar. Una de ellas es la famosa mina de plomo de Laurium,
fuente de la riqueza de Atenas en una época posterior, pero, al fin y al cabo,
la ubicación más probable estaría en el sureste de Asia Menor, y incluirla entre las «tierras más allá del mar» no
significaría más que el acceso se realizaba a través del golfo de Issos. La
península de Anatolia es y siempre ha sido famosa por sus grandes yacimientos
de galena, y una autoridad reciente ha elaborado una lista de nada menos que
veintiséis, entre los cuales los de Bulgar Maden, Ak Dag y Ala Dag podrían entrar en consideración como accesibles para Sargón. Si
alguno de ellos diera nombre al «país del estaño (o de plomo)», una expedición
hasta allí podría coincidir con el tema del «Rey de la Batalla», una aventura
destinada a obtener el doble beneficio: la paga de un soldado de fortuna pagada
por los comerciantes aliviados, y un cargamento de metales preciosos que
llevarse a casa desde aquella tierra lejana.
En los
restos de las propias inscripciones de Sargón no hay detalles, ni siquiera
mención alguna, de sus conquistas en el norte. Pero la crónica y los augurios
relatan una guerra exitosa contra Subartu; la
agresión partió de uno u otro (los informes difieren) y, finalmente, Sargón
«los derrotó, los amontonó en montones y aniquiló a su extenso ejército»,
llevándose sus posesiones a su ciudad de Acad. La tierra de Subartu también figuraba en el catálogo de provincias de Sargón que se desprende de la
lista geográfica ya mencionada. Cerca del principio se definían los límites de
esta tierra: «desde… hasta Anzanzan (se encuentra) Subartu» y, en una sección posterior, el «espacio » de Subartu se indica como 120 beru,
medida que corresponde a la distancia recorrida en una marcha de dos horas, lo
que se ha calculado en su equivalente moderno como casi siete millas. Sin
embargo, resulta muy incierto qué se entiende por el «espacio» de los países
aquí definidos y, dado que el límite noroeste de Subartu no figura en la lista —siendo el sureste quizás Anzan (Anshan), un país que sin
duda se encontraba en las inmediaciones de Susa, no resulta fácil determinar
qué territorio se incluyó en esta conquista de Sargón. Fue, al menos, una de
las más extensas, ya que sus 120 beru solo fueron
superados por los de Akkad, con 180, y cuya población ya se describía como «muy
extendida». Pero si se considerara que Subartu se extendía
hasta Siria, su extensión debería, en cualquier caso, superar con creces la de
Akkad. A pesar de esta dificultad, es imposible ignorar la frase de Naram-Sin,
«gobernante de Subartum hasta el bosque de cedros», o
eludir su implicación, a menos que existiera una improbable tierra de cedros en
algún lugar de las colinas al este del Tigris. Pero, de hecho, la propia
inscripción de Sargón no deja lugar a dudas: fue a través de Hit y del Éufrates
por donde se abrió paso hasta el «bosque de cedros», y fue esta región de la
que Naram-Sin se jactaba de gobernar como Subartum.
La parte
más destacada de esta conquista fue el distrito que más tarde se conoció como
Asiria. Existe ahora una gran variedad de pruebas de que sus grandes ciudades,
Nínive y Asur, se encontraban bajo el dominio de los sucesores de Sargón, y su
conquista puede atribuirse razonablemente a él mismo. En Nínive se encontró una
inscripción del primer rey asirio Shamshi-Adad I que da cuenta de la
construcción anterior de un templo en ese lugar por parte de Manishtusu, quien dejó en Asur una inscripción propia, al
igual que Naram-Sin dejó una en Nínive. La ciudad de Asur aparece mencionada en
las tablillas de época acadia excavadas en el lugar entonces llamado Gasur, y más tarde Nuzi, no lejos de la actual Kirkuk, y se
sabe que en aquella época había una gran proporción de nombres acadianos entre
los habitantes de Asur. Algunas de las figuras de piedra halladas en los
niveles más bajos del templo de Ishtar no pertenecen al período dinástico
temprano, sino a la dinastía de Acad o incluso a
épocas posteriores. Si en el primer caso eran producto de la influencia
cultural sumeria más que de una conquista procedente del sur, en el segundo son
más probablemente monumentos conmemorativos de una clase dominante establecida
por los reyes de Acad. Por último, hay una impresionante cabeza de bronce
descubierta en Nínive que, tanto por su estilo como por su maestría, parece
reclamar un lugar en esta época de grandes logros, y, si su datación es
correcta, podría representar a uno de los reyes sargónidos.
El
siguiente sector, en sentido geográfico, de las conquistas de Sargón fue la
región montañosa al este y al norte este de Babilonia, y sobre estas campañas
disponemos de la mejor información, tanto por sus propias inscripciones como
por otras pruebas, en parte contemporáneas, pero en su mayoría de fecha
posterior. Empezando por las primeras: una expresión general en las
inscripciones copiadas de Sargón afirma que «el hombre de Mari y de Elam se
presentó ante Sargón», pero esto se explica con mayor claridad en otros
pasajes, que contienen listas de los gobernantes y los lugares de los que el
conquistador recaudó tributos. Los distritos eran Elam, B(W)arakhshe,
Awan y algunos lugares de menor importancia, y los personajes principales eran
Sanam-simut, llamado ensi de Elam, y Lukh-ishshan, llamado hijo de Khishep-rashir, rey de Elam. Aquí se produce por primera vez un
contacto con los registros autóctonos de Elam, ya que un rey llamado Khishep-ratep fue el noveno miembro de una dinastía que
gobernaba en el distrito de Awan, y este nombre, según la lista de reyes
autóctona, lo llevaba el hijo de Lukh-ishshan. Sobre
todas estas tierras y gobernantes, el triunfo de Sargón fue completo, y sus
inscripciones concluyen con el tributo o saqueo de la propia Awan y de Susa,
donde se ha descubierto el único monumento conservado del gran rey. Se hace una
breve alusión a las campañas orientales mediante una fórmula de fecha que
conmemora el «año (en que) Sharrumkin fue a Simurum», probablemente las inmediaciones de la actual
Altin-Kupru, en el Bajo Zab, entre Kirkuk e Irbil. Esta escasa información obtenida de los registros
contemporáneos apenas se ve complementada por la tradición posterior. Se
conservan tres presagios que marcan el avance victorioso de Sargón hacia Elam,
a Barakhsheor Markhashe, en el transcurso del cual
quizá se topó con una gran tormenta, pues un presagio narra cómo la diosa
Ishtar lo liberó sano y salvo de la oscuridad, y otro afirma sin rodeos que
«tras haber marchado hacia la tierra de Elam, mató a los elamitas» y les trajo
una calamidad. A su vez, el «estudio geográfico» ya descrito anteriormente¹
incluye en los dominios de Sargón las tierras de Arrapkha, Lullubi, Armanum, Gutium, Parashi, Tukrish, Anshan y Elam,
que, en su conjunto, podrían considerarse como la casi totalidad de la región
montañosa del suroeste de Persia.
Las
conquistas de Sargón, independientemente del orden en que se llevaran a cabo,
habían cerrado el círculo con su triunfo sobre los príncipes de Elam. Una de
sus consecuencias fue, naturalmente, una gran afluencia de riqueza, y se
conservan, de una época posterior, fragmentos de una larga composición poética
que celebraba el auge y la caída de Acad, especialmente bajo el reinado de
Naram-Sin. Al principio, este poema hace referencia a los días de Sargón: su
derrota de Kish y Uruk, y su elección por parte del dios supremo Enlil, quien
le concedió «el sacerdocio y el reino, desde la tierra baja hasta la alta». En
aquella época, Inanna hizo de Acad su residencia y habitó en el templo de allí,
proporcionando prosperidad a sus ciudadanos; su comida y bebida eran de la
mejor calidad, sus fiestas eran continuas y espléndidas, se enriquecían y se
divertían gracias a la llegada de animales útiles o exóticos, sus tesorerías
estaban llenas, la gente bailaba al son de la música en las calles, y, sin
cesar, los barcos traían a los muelles los productos de tierras lejanas.
Pero, al
parecer, no hubo que esperar a los días de Naram-Sin para que toda esta gloria
se viera truncada, pues existe una sólida tradición según la cual el propio
reinado de Sargón se vio empañado al final por dificultades tanto externas como
internas. Este relato solo se conserva en la crónica tardía y en los presagios,
pero es poco probable que se trate meramente de una lección sobre la
inestabilidad de la fortuna. Así, en su vejez (tal es la versión más probable)
«todas las tierras se rebelaron contra él», y tan grave era su peligro que «lo
acosaron en Acad ». Pero el viejo guerrero seguía siendo el de siempre, pues
«Sargón salió a la batalla, los derrotó, los amontonó en montones y aniquiló a
su extenso ejército»: los presagios añaden un final pintoresco: «les ató sus
bienes y exclamó: “(Son) tuyos, oh Ishtar)» —dedicando así su botín de guerra.
Otros pasajes de las crónicas y los presagios aluden de forma oscura a un
sacrilegio que se le atribuía haber cometido al construir su nueva ciudad de Acad;
estaba demasiado cerca, o se parecía demasiado, a la ciudad santa de Babilonia,
y atrajo la ira del dios Marduk, quien provocó que sus súbditos se rebelaran
contra él «desde la salida hasta la puesta del sol, y no le dio descanso». El
estado real del imperio de Sargón en el momento de su muerte puede deducirse en
parte de la acción a la que se vio obligado su hijo tras su ascensión al trono.
LOS
SUCESORES DE SARGÓN
Los dos
reyes siguientes de Acad y sucesores del imperio de Sargón fueron sus dos
hijos, Rimush y Manishtusu, quienes reinaron, según
la lista de reyes, en orden inverso a su edad, ya que dicha fuente asigna nueve
años a Rimush y, posteriormente, quince a Manishtusu,
de quien se dice que era el hermano mayor de su predecesor; pero hay que añadir
que existen variantes en cuanto a la duración de los reinados. Ambos reyes
parecen haber comenzado con campañas contra los rebeldes, que implicaron
expediciones a las tierras al este del Tigris y a Elam, pero es Manishtusu quien, en uno de sus monumentos, se refiere a
«todas las tierras… que mi padre Sargón dejó» como las que «se habían rebelado
contra mí con hostilidad», lo que implica que él era, de hecho, el sucesor
inmediato de Sargón, tal y como cabría esperar por su primogenitura. Por el
momento no parece haber pruebas capaces de zanjar esta cuestión, por lo que, de
manera provisional, puede mantenerse el orden de la lista de reyes.
Rimush,
en cualquier caso, se enfrentó claramente a una revuelta general tras su
sucesión. La cronología de sus medidas militares es tan difícil de determinar
como la de su padre, pero en un pasaje cuenta cómo, en el tercer año después de
que el dios Enlil le hubiera concedido el reino, llevó a cabo una invasión
victoriosa de Elam, y relata el número de prisioneros y de muertos. Sus
primeros años estuvieron sin duda ocupados por la otra campaña descrita en sus
inscripciones, una que necesariamente precedería a la reconquista de las
provincias más lejanas del este. El región meridional de la propia Babilonia,
la antigua «tierra» y las grandes ciudades sumerias, había aprovechado la
muerte de Sargón para liberarse del dominio de los intrusos que, por mucho que
se hubieran parecido e imitado culturalmente a los sumerios, debían de ser
considerados por estos con algunos de los mismos sentimientos que más tarde
albergarían contra los gutis o los amorreos; de hecho, los acadianos fueron en
este y en otros aspectos precursores de los amorreos. Se ha señalado que no
encontramos ningún rastro de hostilidad en los registros entre sumerios y
semitas: tal y como se plantea, esto es cierto, ya que no existía una
distinción étnica que implicara estos términos,¹ pero la oposición se pone de
manifiesto claramente en la campaña de Rimush, que pudo haber tenido lugar en
su primer año de reinado. Él afirma explícitamente que sus oponentes eran «las
ciudades de Sumer», y que los trató con una severidad ejemplar, pues tras su
derrota capturó a 5.700 de sus soldados y (al parecer) los encarceló. El líder
de esta revuelta fue el rey de Ur; su conquistador se refiere a él como «rey»
y, evidentemente, ocupaba, por algún tipo de reconocimiento general, la
soberanía sobre la «tierra», distinción que figuraba en la lista de reyes. De
hecho, así lo registra debidamente dicha fuente, pues es posible insertar el
nombre de este Kaku como el último de la Segunda Dinastía de Ur, que de otro
modo queda fuera de los documentos tal y como los tenemos. Con ello se obtiene
(si la reconstrucción es correcta) un sincronismo entre los gobernantes
nombrados en la lista de reyes, y también un ejemplo más de la debilidad
característica de esa recopilación, pues en ella las dinastías de Ur II y Acad
están separadas por nada menos que otras seis dinastías y veintidós reyes. Kaku,
el líder de la revuelta sumeria, fue capturado junto con su ciudad, que quedó
indefensa al haber sido desmantelada su muralla. La calamidad que se abatió
sobre Ur en ese momento quizá se refleje, aunque sea de forma oscura, en el
lamento atribuido a Enkheduanna, la primera titular (conocida por la historia)
del célebre cargo de suma sacerdotisa del dios de la Luna en aquella ciudad,
que se convirtió tradicionalmente en prerrogativa de las hermanas e hijas del
monarca reinante, y así continuó hasta los últimos años de los registros
babilónicos. Enkheduanna ha dejado un monumento
propio, y su nombre en algunos sellos cilíndricos pertenecientes a sus
sirvientes. El lamento la presenta como víctima de un desastre que había
afligido a Ur: el dios de la Luna, enfadado, había dejado de velar por su
pueblo y había permitido que su sacerdotisa fuera condenada al exilio,
impotente, al parecer, para apaciguar la ira de su propio hermano contra la
ciudad rebelde. Pero había más de un foco de revuelta, pues Rimush reunió a sus
prisioneros de otras «ciudades de Sumer», y las inscripciones revelan los
nombres de quienes, como buenos súbditos del «rey» nacional y como patriotas,
participaron en la batalla contra el dinasta extranjero. Dos de ellas eran las
vecinas Lagash y Umma, antiguas rivales pero siempre propensas a estar bajo el
mismo control, ya que compartían las mismas necesidades. En esta ocasión
estaban lideradas por sus respectivos ensi; falta el
nombre del jefe de Umma, y el de Lagash está escrito con caracteres de lectura
incierta. El gobernante de Umma era probablemente el superior de ambos, ya que
se le describe acompañado de su «precursor», mientras que otros jefes locales
cuentan con su «mensajero» o visir. Aliados destacados, destinados igualmente a
convertirse en trofeos de los acadianos victoriosos, fueron Meskigala, ensi de Adab, y Lugalushumgal, ensi de Zabalam. En todas
estas localidades, las inscripciones de Rimush recogen largas listas de muertos
y prisioneros.
Al haber
asegurado así su retaguardia gracias a esta campaña, el rey pudo dedicarse a la
reconquista del este. Sus inscripciones no distinguen claramente entre las
guerras en Sumer y en Elam, pero tienden, al menos, a relatar por separado los
acontecimientos de ambas regiones, por lo que cabe suponer que las operaciones
se desarrollaron a lo largo de dos campañas en direcciones diferentes. Los
preparativos de la campaña contra Elam se llevaron a cabo al término de su
sometimiento de las ciudades sumerias, pues en un pasaje afirma claramente que,
tras su victoria sobre Kaku y los aliados del sur, «a su regreso» derrotó a
Kazallu, hizo prisionero a su ensi Asharid e infligió a la ciudad rebelde una enorme pérdida
de muertos y cautivos. En otras partes de las inscripciones, Der aparece
asociado con Umma en un desastre, y no es probable que Umma pudiera enfrentarse
de nuevo a Rimush en un segundo año.
Fuera
cuando fuera, la expedición contra Elam, descrita en un conjunto de textos
copiados en Nippur, iba a resultar el mayor triunfo del sucesor de Sargón.
Aunque se menciona a Elam en términos generales, el escenario de su principal
victoria fue el distrito de Barakhshe, donde su
padre, antes que él, había librado una de sus guerras más gloriosas. Según las
inscripciones de Rimush, los ejércitos de Elam y de una tierra llamada Zakhara se habían unido contra él. Su líder era Abalgamash, rey de Barakhshe, quien
contaba con Sidgau, denominado «gobernador» de Barakhshe. Al mando del ejército de Zakhara estaba el « gobernador» de esa tierra. Sidgau, al
menos, era un viejo adversario de Sargón, y su reinstauración fue sin duda un
acto de desafío. La batalla tuvo lugar «entre Awan y Susa», al parecer junto a
un río mencionado en una frase críptica que parece aludir a que este se
«derramara» sobre ellos (?). Fuera cual fuera la forma en que se logró, la
victoria fue completa, y el rey contabilizó más de 16 000 derrotados, tal vez
muertos, y más de 400 0 prisioneros, así como una gran cantidad de oro y cobre,
parte de la cual dedicó al dios Enlil en Nippur. El resultado de esta victoria
no fue solo la recuperación total de Barakhshe del
control de los elamitas, sino también la destrucción de algunas ciudades
elamitas y el establecimiento de, al menos, una soberanía tributaria sobre el
propio Elam: «Rimush, rey de Kish, era señor de Elam». El rey concluye con una
firme afirmación de que su reino ya no tenía rival, Enlil lo había revelado
(?), y «por los dioses Shamash y Aba lo juro; ¡sin mentiras, sino de verdad!»
Rimush
era ahora igual a su padre y declara que «poseía para Enlil el mar superior y
el inferior y las montañas, todas ellas». Su alarde ha quedado corroborado por
el hallazgo generalizado de trofeos dedicados por él en todo su imperio,
especialmente fragmentos de jarrones de alabastro con inscripciones sobre su
triunfo sobre Elam y Barakhshe, que forman parte del
incontable botín traído de allí. En el extremo norte de Mesopotamia se ha
hallado uno de estos fragmentos en el gran y aún sin nombre yacimiento de Tell
Brak, y hasta allí, hasta las cabeceras del Khabur se extendió el dominio de
Rimush. En cuanto al resto de su reinado, nueve años en total, no hay
información; es de suponer que disfrutó de su poder y sus ingresos en paz. Pero
su reinado y su vida terminaron a causa de una conspiración palaciega, en la
que fue asesinado por algunos de sus cortesanos «con sus sellos», o «tabletas
selladas», según relatan ciertos presagios, sean cuales sean las armas a las
que esto aluda. Otro presagio anuncia el «presagio de Acad, de Rimush y de Manishtusu»; no se ha registrado lo que ocurrió en esta
ocasión, pero podría interpretarse que Manishtusu tuvo algo que ver en el asesinato de su hermano, a quien, inocente o culpable,
sucedió en el trono.
Es
posible que sus primeros años fueran pacíficos, pues existe una figura de
piedra del rey, hallada en Susa, en la que Eshpum, el ensi de dicha ciudad, inscribió una dedicatoria a una
diosa local en beneficio de su señor. Pero, tarde o temprano, la revuelta se
reavivó y hubo que librar de nuevo las batallas de Sargón, o quizá las de su
sucesor. Sin embargo, Manishtusu, cuando escribe que
«todas las tierras… …que mi padre Sargón dejó se habían rebelado contra mí con
hostilidad y ni una sola se mantuvo firme», parece ignorar el reinado de su
hermano, si es que este había tenido lugar anteriormente.
Sus
tareas contra los rebeldes fueron las mismas a las que se habían enfrentado sus
antepasados; tuvo que someter tanto el sur como el este. En un pasaje aparece
un detalle interesante sobre esta operación : dividió su ejército en dos
partes, pero no relata cuáles eran los objetivos de estas dos divisiones. Al
menos una de ellas se enfrentó a las fuerzas de dos tierras diferentes pero
aliadas —y presumiblemente adyacentes—, Anshan y Sherikhum,
que fueron derrotadas y cuyo rey (pues ambas parecen haber estado bajo un mismo
gobernante) fue llevado en triunfo y conducido al templo del dios Sol en
Sippar, acompañado de ricos ofrendas para el dios procedentes del botín
capturado . La otra división fue quizás la fuerza que libró una guerra «al otro
lado del mar» contra treinta y dos reyes de ciudades que se habían reunido para
la batalla. Estos fueron derrotados, sus ciudades sometidas, sus líderes
asesinados y su país ocupado «hasta la mina de plata». Manishtusu aprovechó la oportunidad para transportar piedra desde esta región hasta los
muelles de Acad, y mandó erigir una estatua de sí mismo para que se alzara ante
el dios Enlil en Nippur. También transportó madera para la construcción de su
templo en Sippar.
Los
escasos relatos de esta campaña (no más que unas pocas frases repartidas entre
dos inscripciones) solo ofrecen una visión fugaz y desconcertante, pero de un
mundo más amplio. Anshan, un nombre célebre hasta los últimos días de la
historia babilónica, era una de las principales provincias elamitas,
generalmente asociada a Susa, a la que precede en los títulos de los reyes
elamitas. A pesar de esta frecuente aparición en muchas épocas y contextos
diferentes, hay muy pocos indicios sobre su ubicación geográfica, y los
estudiosos modernos han dudado sobre si situarla al norte o al sur de Susa. Su
reino hermano de Sherikhum, por el contrario, solo se menciona una vez por
Sargón y en esta inscripción, que no hace más que indicar la probabilidad de
que se trate de una región costera más allá de Anshan. Esta ubicación marítima
se ve respaldada por una notable variante del texto del «monumento cruciforme»;
en lugar de «Anshan y Sherikhum» (con el simple
determinativo de «lugar»), la variante sustituye «Anshan y la ciudad de Meluhha». Este último nombre ha constituido durante mucho
tiempo uno de los enigmas de la geografía antigua, pues, muy brevemente, los
textos posteriores lo aplican sin duda a las lejanas tierras africanas de Nubia
o Etiopía, mientras que en contextos anteriores (y también en algunos
posteriores) se aplica casi con la misma claridad a un país no solo menos
remoto, sino situado al este en lugar de al oeste. La ruta habitual a Meluhha era por mar, y hay numerosas referencias, a partir
del periodo de Acad, a las importaciones por mar de madera, oro, piedras
semipreciosas y marfil procedentes de Meluhha.
Además, su nombre se asociaba habitualmente con el de Magan, una tierra que hoy
puede situarse con cierta seguridad a orillas del golfo de Omán, y que incluso
podría corresponder en parte con el Makrán medieval y
moderno. Dado que siempre se da a entender que Meluhha es más lejana que Magan, su aparición en lugar de Sherikhum,
aunque aporta otro argumento a favor de la Meluhha «oriental», resulta sorprendente por lo que sugiere en cuanto a su proximidad,
ya que Sherikhum, sea cual sea su verdadera
ubicación, no estaba fuera del alcance de una expedición militar desde el sur
de Irak, mientras que se ha pensado, con cierta verosimilitud, que Meluhha incluía al menos las florecientes ciudades situadas
río arriba del Indo —ahora famosas, pero desconocidas hasta su reciente
descubrimiento—, y quizá también puertos aún por descubrir en el delta de este
gran río. Existen pruebas materiales irrefutables de las relaciones entre las
dos civilizaciones de Mesopotamia y del Sind, tanto en forma de productos
naturales como de objetos, y fue en el periodo de Accad cuando dichas relaciones parecen haber alcanzado en su apogeo. Sin embargo,
resulta difícil imaginar cómo un ejército de Manishtusu pudo haber penetrado en cualquier país, ni siquiera dentro del radio de Mohenjo Daro, o cómo un territorio de tal extensión pudo
haber estado en manos de un único gobernante, «rey de Anshan y Sherikhum (o Meluhha)», como lo
denominan de diversas formas las inscripciones. Se plantearía una dificultad
adicional si el siguiente pasaje del texto continuara relatando que el rey cruzó
el Mar Inferior en barcos para enfrentarse al otro grupo de sus enemigos. Pero,
aunque hay una referencia inequívoca a los barcos y a los treinta y dos reyes
hostiles reunidos «al otro lado del mar», la frase concreta que se supone que
describe la travesía tiene un significado dudoso, y no es necesario imaginar
una invasión de la costa desértica de Arabia.
EL
REINADO DE NARAM-SIN
Manishtusu, según
un presagio, fue asesinado en una conspiración palaciega, y le sucedió su hijo,
Naram -Sin, destinado a convertirse en el segundo de una pareja a la que la
historia posterior consideró siempre como las figuras más importantes de sus
anales. Debido a este parecido, Naram-Sin fue conocido posteriormente como el
hijo de Sargón; si se insiste en ello, resulta incorrecto, ya que la lista de
reyes lo denomina, con razón, hijo de Manishtusu. Su
reinado fue largo y, hasta sus últimos años, glorioso. Pero la información de
que disponemos al respecto es de autenticidad variable, ya que depende, en su
mayor parte, de tradiciones mucho más tardías. De sus propias inscripciones,
que sin duda fueron numerosas y reveladoras, y de las esculturas que ilustraban
sus campañas y triunfos, se ha conservado muy poco. Por casualidad, su
presencia es escasa incluso en las copias de estos monumentos en Nippur, que
son relativamente reveladoras sobre las guerras de su abuelo.
Tanto las
inscripciones originales de Naram-Sin como sus copias
se caracterizan por dos cambios significativos en los títulos reales; en primer
lugar, él mismo utilizó él mismo, y permitió que se utilizara en los discursos
de sus súbditos, el determinante divino ante su nombre. Esto no es invariable
en su propia titulatura, y puede que lo adoptara más adelante en su reinado,
pero el lenguaje de los serviles siervos que le dedicaban sus sellos no tenía
límites a la hora de atribuirle divinidad, pues a menudo se dirigían a él no
solo como divino en su naturaleza, sino que no dudaban en llamarlo « el dios de
Acad». Quizá fue el primero en ostentar este título, lo que supone una
usurpación monstruosa según las ideas de los antiguos gobernantes sumerios, que
se enorgullecían de ser simplemente los ejecutores del dios de la ciudad ». No
es imposible que algunas de las historias de caída y desastre que la tradición
posterior asoció a su memoria estuvieran motivadas, en parte, por la creencia
de que tal presunción no podía quedar impune ante los dioses ofendidos. Al
menos, no tuvo muchos imitadores en la historia posterior. Un segundo título,
vanidoso, aunque menos blasfemo, título¹ fue uno que volvió a aparecer por
primera vez con Naram-Sin, «rey de las cuatro regiones», una reivindicación de
dominio universal sobre la tierra que fue retomada por Shulgi y sus sucesores
en Ur, cuando ellos también parecieron disfrutar durante un tiempo de un
imperio ilimitado.
No es
posible escribir un relato coherente ni siquiera fidedigno del reinado de
Naram-Sin. No existe una cronología de sus treinta y siete años, ni ningún
criterio para determinar la veracidad de lo que se relata, puesto que casi todo
ello se presenta en forma de recopilaciones y leyendas posteriores, de las que
no surge más que una imagen difusa de triunfos y desastres; solo a partir del
curso de los acontecimientos posteriores cabe creer que, al final, predominó el
desastre. Al igual que sus predecesores, Naram-Sin probablemente comenzó su
reinado en medio de una revuelta de sus súbditos. Varias de las antiguas
ciudades desempeñaron un papel destacado en este levantamiento, y un relato
atribuye su liderazgo a Kish, a la que se reprochada por ingrata y jurada
enemiga de la casa de Sargón. En este texto se nombran más de veinte
conspiradores; en otro⁵ hay diecisiete, cuyos reinos se extendían desde
Anatolia, en el extremo noroeste, hasta Magán, a orillas del Golfo Pérsico, en
el sureste. El resultado de esta vasta lucha apenas se indica con una línea
dudosa como victoria de Naram-Sin, aunque esto pueda suponerse. De ser así, el
éxito seguramente no se logró en un año ni en una sola campaña: la extensión de
las tierras rebeldes a lo largo de toda la antigua Asia occidental garantiza
que el rey tuvo que librar una serie de guerras duras y lejanas, que sin duda
agotaron sus recursos y dejaron a sus sucesores debilitados. Mari podría haber
sido la primera etapa de su marcha hacia el oeste, y la segunda se consumó con
la conquista de Armanum e Ibla,
tal y como se afirma en una copia de su propia inscripción. La primera de
ellas, o quizá ambas, estaban gobernadas por Rish-Adad, quien fue capturado con
vida por el vencedor y quedó representado en cautiverio mediante una escultura
dedicada al dios de la Luna. Ibla había sido ocupada
anteriormente por Sargón, aunque su nieto reivindica haber sido el primero en
conquistarla, y la «montaña del cedro », que Sargón también poseía, es definida
por Naram-Sin como el Amanus. Todos los lugares
mencionados en esta inscripción se encontraban entre el gran recodo del Éufrates
y la costa norte de Siria; Armanum era probablemente
Alepo y Ulisum, un lugar a orillas del mar no muy
lejos de Tiro. Otros incidentes célebres marcaron la misma campaña en Siria, lo
que le valió al vencedor su título de «señor de Tidnum». No se sabe nada de los
demás «reyes» occidentales e incluso anatolios que aparecen en una lista de los
diecisiete rebeldes. Sin embargo, el asedio y la toma de Apishal fueron famosos en la tradición, siendo recordados especialmente por los
adivinos por sus presagios ominosos; Naram-Sin marchó hasta allí, abrió brechas
en sus murallas y tomó prisionero a su «rey» Rish-Adad, cuyo nombre no puede
sino recordar a Rish -Adad, el gobernante de Armanum,
aunque no es probable que se tratara de la misma persona. Se desconoce dónde se
encontraba Apishal, pero debía de ser un lugar
apartado, pues una leyenda describía el acceso a ella en términos de dificultad
que (como ya se ha señalado) recuerdan los obstáculos y fatigas de la
expedición de Sargón a Purush-khanda. Probablemente,
Naram-Sin también llegó hasta ese límite extremo. La inscripción copiada
relativa a sus guerras occidentales contiene una mención a Talkhatum,
un lugar (según dice) al que ningún rey antes que él había llegado jamás, pero
Naram-Sin fue hasta allí, y la diosa Inanna no le opuso resistencia alguna, y
los gobernadores de Subartum y los señores de las
tierras altas le proporcionaron provisiones. Esta ciudad de Talkhatum se conoce de nuevo en una época posterior como un lugar por donde a veces
pasaban los comerciantes de Capadocia, al igual que en Purushkhanda,
y ambas se encontraban sin duda en la misma ruta. En aparente consonancia con
esto, una de las historias posteriores sobre Naram-Sin inicia la expansión de
su imperio con hordas demoníacas que destruyen la ciudad de Purushkhanda(r),
como si fuera el límite más lejano de su dominio. Por lo tanto, no será
exagerado creer que Naram-Sin ejerció cierta autoridad, por incompleta que
fuera, sobre distritos del sureste de Asia Menor, donde su abuelo, antes que
él, había llevado a cabo la misma marcha fenomenal que Naram-Sin o sus
aduladores proclamaron como un esfuerzo pionero.
Hacia el
norte hay pruebas materiales de la extensión de su dominio. El lugar más lejano
de todos es el yacimiento que hoy se conoce como Tell Brak, cuyo nombre antiguo
sigue siendo desconocido. Aquí se ha hallado, sobre un montículo de lo más
imponente —sede de una floreciente población y culto en épocas muy anteriores a
la dinastía de Acad —, las ruinas de un gran palacio construido por Naram-Sin
con ladrillos que llevan su nombre. Tal edificio da testimonio del orden que se
estableció en un distrito remoto bajo el reinado de este rey, pues en él se
recogían y almacenaban los tributos del país circundante, en aquella época
fértil y próspero. No muy lejos, hacia el este se ha hallado una estela con una
figura del rey y una inscripción borrada, en una aldea cercana a la ciudad de
Diyarbakr. De su presencia y supremacía en las ciudades de Asiria existen
pruebas directas e indirectas, que ya se han señalado anteriormente.
Si bien
cabe suponer que la supremacía de Naram-Sin en el oeste y el norte se mantuvo
sin oposición seria, tuvo que librar duras luchas en sus fronteras orientales
contra los diversos pueblos de las colinas que miraban con envidia la llanura
babilónica y que, con el tiempo, acabarían derrocando el reino que él dejó a
sus hijos. El relieve rupestre cincelado en la empinada ladera de un
desfiladero llamado Darband-i Gawr,
en el distrito de Kara-Dag, al sur de Sulaimaniyyah,
es un monumento que reproduce in situ la famosa escena de la estela de
Naram-Sin descubierta en Susa, la cual, según su propia inscripción, representa
el triunfo de Naram-Sin sobre Satuni, rey de Lullubi. Esta ubicación, junto con las pruebas que aportan
la topografía de las campañas asirias contra los lullu,
hace pensar que el centro de Lullubu era el valle de Shahrazur; una conclusión similar puede extraerse de la
lista geográfica del imperio de Sargón, que sitúa a Lullubi inmediatamente después de Arrapkha (Kirkuk). Desde este centro partían a veces
las incursiones de los lullu, y una de sus
incursiones llegó hasta el distrito de la actual Zuhab,
cerca de Sar-i Pul, pues allí se ha hallado un
conocido relieve rupestre con figuras y la inscripción de Annubanini, rey de
los lullubi, quien escribe al estilo acadio una
descripción de su monumento y una larga imprecación contra cualquier
profanador. El peligro que representaba este enemigo se recuerda vívidamente en
una tradición posterior y confusa, en la que aparece como padre de una banda de
siete temibles ogros, con nombres espeluznantes inventados para infundir
terror, que arrasaron los dominios de Naram-Sin al frente de una horda incontable
de monstruos, devastaron Gutium y Elam, y solo se
detuvieron a orillas del Golfo Pérsico. No muy lejos de su monumento hay otro
relieve rupestre con el nombre de Tardunni, sin duda
otro rey de los Lullu.
Los gutis
no son tan fáciles de situar en el mapa; eran vecinos cercanos, apenas
distinguibles de los Lullu, pero ningún monumento territorial señala sus
asentamientos. Sus descendientes, llamados Qutu,
aparecen mencionados de forma poco clara en las cartas de Mari, pero cobran
mayor protagonismo mucho más tarde, en las campañas de los reyes asirios hacia
finales del segundo milenio y posteriormente. En aquellos tiempos constituían
un pueblo grande y poderoso, aunque poco cohesionado; su epíteto era
«extendido» y sus tierras parecen haber estado en las montañas al sur del Zab
Menor, al norte de Sulaimaniyyah y del legendario
monte Nisir, donde descansó el arca del Noé babilónico tras el Diluvio. Los hogares de estos
montañeses, tanto los guti como los lullu, están representados por partes de los territorios
ocupados por los kurdos y los lurs actuales, quienes
quizá hayan conservado los antiguos nombres con algo de esa misma agitación.
Se ha
visto anteriormente que, en tiempos de Sargón, gobernaba sobre Elam una
dinastía autóctona con sede en la ciudad de Awan. El octavo y el noveno
miembros de esta dinastía habían sido conquistados por Sargón; ningún nombre de
sus sucesores aparece entre la coalición de rebeldes contra Naram-Sin tras su
ascensión al trono, donde el poder elamita está representado más bien por los
estados de Markhashe y Mardaman. Probablemente
contemporáneo de Naram-Sin en esta dinastía fue el undécimo rey, llamado Khita, y es muy probable que sea él quien figura en un
tratado redactado en lengua elamita y firmado con Naram-Sin. En Susa, siempre
la más receptiva a la influencia babilónica, el dominio de Naram-Sin era casi
total. Allí erigió edificios construidos con sus propios ladrillos inscritos,
erigió sus estatuas y consagró sus trofeos traídos de Magan. Al frente de esta
dependencia nombró a un gobernador de la ciudad llamado Epir-mupi.
En aquella época, la supresión de las influencias autóctonas era tan completa
que incluso los documentos legales y administrativos se redactaban en acadio, y
no en elamita; los contratos, las cartas, listas e incluso obras literarias se
conservan en el acadio, lengua que lo dominaba todo. Estas tablillas revelan
que existía un activo comercio con Babilonia, ya que a menudo se mencionan
ciudades de la antigua tierra de Sumer, especialmente Shuruppak,
Awal y Umma. Esta situación se prolongó mientras duró el mandato de Epir-mupi, quien en su vejez fue ascendido al cargo de
gobernador general de todo Elam. Su sucesor fue Puzur (Kutik)-In-Shushinak.
Para
sellar su dominio sobre las «cuatro regiones», Naram -Sin celebró un triunfo en
el sur sobre Manium, rey de Magan. Así lo atestiguan
sus propias inscripciones —de fiabilidad incuestionable—, los presagios y
crónicas posteriores, así como los jarrones de alabastro conservados que llevan
inscrito su nombre y las palabras «botín de Magan». Estos jarrones, junto con
los nombres de Magan y Manium, han conferido un
interés singular a este episodio, ya que Magan era un nombre que, sin duda, se
aplicaba a Egipto en un período posterior de la historia babilónica, y los
jarrones presentan un claro parecido con los jarrones de alabastro egipcios,
que suelen llevar inscripciones de finales de la V y de la VI dinastía, cuyas
fechas concuerdan bastante bien con la de Naram-Sin. Era natural, por tanto,
que el nombre de Manium, o Mannu, evocara a Menes,
tradicionalmente considerado el primer rey del Egipto unificado. Pero un
sincronismo queda descartado, pues el inicio de la Primera Dinastía no puede en
modo alguno reducirse a la fecha de Naram-Sin, y el parecido de los jarrones de
alabastro debe atribuirse únicamente a la influencia artística y a los
productos procedentes del Egipto de la V Dinastía que llegaban por las rutas
comerciales hacia el este, al igual que lo hacían hacia el norte. No hay
razones suficientes para creer que Naram-Sin pudiera haber sido un invasor
extranjero que contribuyera a poner fin a la VI Dinastía en Egipto y a dar paso
a su Primer Período Intermedio.
LA
SITUACIÓN DE BABILONIA BAJO LA DINASTÍA DE ACAD
A partir
del reinado de Naram-Sin, como desde la culminación de una época brillante,
conviene repasar tanto los cambios como las constantes de la vida en Babilonia
bajo el reinado de sus reyes más ilustres, tal y como toda la tradición nos
lleva a considerar que lo fueron. Es cierto, para empezar, que estos reyes
trajeron a la tierra una división que antes no existía, o al menos no se
percibía. La creencia que se sostenía en su día de que la Babilonia primitiva
fue escenario de un prolongado conflicto entre sumerios y semitas se basaba en
distinciones que ahora se sabe que no tenían nada que ver con la raza ni la
nacionalidad. Los elementos de lengua semítica habían estado presentes y eran
influyentes en el país desde los tiempos más remotos, y no hay pruebas de
conflicto entre los dos grupos lingüísticos. Ninguna inscripción proclama la
victoria sobre el odiado semita o el despreciado sumerio; de hecho, un lenguaje
así habría sido ininteligible. Pero otra cosa muy distinta era lo que ocurría
con los vecinos externos del país. Si el verso de un poema épico que atribuye a
Lugalbanda una plegaria contra el «amorreo que no conoce el grano» no es un
anacronismo total, demuestra que una de las primeras dinastías de Sumer ya se
enfrentaba al enemigo del noroeste. E incluso si se admite que el nombre se
adaptó a condiciones posteriores —como sin duda ocurre con el nombre de Akkad
en el mismo pasaje—, la causa subyacente de la hostilidad es la misma, ya se
llame a los invasores occidentales acadios, amorreos o arameos: todos eran
forasteros necesitados atraídos por la riqueza y el refinamiento de las
antiguas ciudades del sur, y hacia estos bárbaros el desprecio y el odio de los
ciudadanos era constante. Sin duda, este movimiento siempre había estado en
marcha, y el grado de mezcla étnica (o al menos lingüística) que prevalecía en
Sumer desde el principio había sido introducida por antiguos inmigrantes
procedentes de la misma zona. Pero, de ser así, la amalgama se había llevado a
cabo por completo y los hijos o nietos de los recién llegados ya estaban
acostumbrados a mirar hacia el Éufrates con el mismo temor que sus vecinos más
antiguos; la vigorosa cultura sumeria pronto había absorbido todas las
influencias foráneas en sus propios y apasionantes intereses y en su modo de
vida característico. La fundación de la dinastía de Acad marca, por tanto, no
solo el primer dominio históricamente visible de la tierra por parte de
inmigrantes occidentales (a menos que el grupo de reyes de nombres semíticos de
la Primera Dinastía de Kish sea un precursor por lo demás indistinguible), sino
también el establecimiento de una distinción que dividió el país de forma
permanente, causó una impresión inmediata y duradera en su cultura y, a pesar
de todo su esplendor temporal, tal vez contribuyera al declive que se inició
tras su colapso, ya que los períodos dinásticos tempranos y su sucesor, el acadianos
fueron la verdadera «edad de oro» de Babilonia.
No cabe
duda de que hubo una gran afluencia de sirios en la época en que Sargón se
proclamó rey.1 No puede haber sido simplemente una lenta infiltración de
familias empeñadas en ganarse la vida en una tierra más próspera, por mucho que
la historia del nacimiento y la trayectoria del propio héroe parezca sugerirlo.
No era un ensi cualquiera de una ciudad, dispuesto a
enfrentarse a sus vecinos en una contienda por la supremacía. En su lugar,
construyó una nueva sede, que albergaba a sus propios guerreros y a sus
familias, no a una multitud heterogénea procedente de Kish. Se convirtió en el
centro de una división septentrional del país que, a partir de entonces, se
conocería como Sumer y Akkad. Tal desarrollo solo pudo llevarse a cabo gracias
a una nueva población consciente de su diferencia e incluso de su hostilidad
hacia la antigua. Esta distinción salta a la vista de inmediato con el primer
sucesor de Sargón, quien denomina explícitamente a sus oponentes rebeldes «las
ciudades de Sumer» y añade que los trató con gran severidad. La antigua
solidaridad de la tierra, fuerte a pesar de todas sus disputas internas, queda
así brutalmente denunciada. Desde el otro lado, los indicios resultan aún más
llamativos, ya que fueron registrados por el enemigo. Sargón fue el
conquistador de Lugalzagesi, pero no solo de él; otras de las ciudades sumerias
más poderosas eran aliadas de Uruk en una causa que, evidentemente,
consideraban más importante que la rivalidad tradicional por la « realeza» de
Sumer. Todas fueron sometidas y obligadas a soportar lo que consideraban un
yugo extranjero, del que se liberaban con vehemencia cada vez que se presentaba
la ocasión. «Todas las tierras» que se rebelaron contra Sargón en su vejez
incluían sin duda a las ciudades sumerias. A partir de entonces, un rasgo constante
marcaría la ascensión al trono de los tres que le sucedieron: una amarga
revuelta de Sumer, sofocada cada vez con dura lucha y crueldad. Ante esto, es
imposible no sentir un ardiente celo de sentimiento patriótico, tal y como se
avivaría más tarde contra los viles opresores gutis. Los reyes de Agade, en sus días de esplendor, nunca lograron que se les
aceptara a ellos ni a sus ejércitos como parte de la familia.
De hecho,
la mentalidad de estos reyes era totalmente diferente a la de los antiguos
dinastas sumerios. Es cierto que disponemos de escasa información sobre las
hazañas en el extranjero de los reyes más antiguos, pero podemos deducir, a
juzgar por el alcance de las expediciones de Eannatum, que ni siquiera los más
belicosos de ellos se adentraron mucho más allá de los límites exteriores del
territorio abarcado por las instituciones e ideas sumerias, es decir, desde
Mari, al oeste, hasta Elam, al este. Lugalzagesi, el predecesor de Sargón, sí
que marchó hacia el Mediterráneo —si es que su frase debe interpretarse así— y
tal vez fue el primero en hacerlo. Pero Sargón estableció el primer «imperio
mundial»; ya debía de tener una gran influencia en Siria, y le costó poco
someterla por completo. Cruzó el Tauro, si hay que dar crédito a la leyenda,
dominó todo el norte de Mesopotamia y mantuvo bajo control las zonas
fronterizas montañosas del norte y el este. Sin duda controlaba la navegación
en el Golfo Pérsico, pero le correspondió a su hijo Manishtusu se adentrara en esas aguas con un ejército, y a su nieto Naram-Sin ampliar sus
conquistas hasta el país de Magan, al sur, y así, lógicamente, adquirir el
orgulloso título de « rey de las cuatro regiones», los confines de la tierra.
Ante una visión tan amplia como esta, los asuntos de Sumer parecían
provincianos, y para los egocéntricos sumerios este desdén era intolerable.
Siglos de cambios y experiencias no bastaron para mitigar este resentimiento.
El odio con el que los babilonios posteriores se enfrentaron a los
conquistadores asirios ponía de manifiesto su intolerancia ante la idea de
convertirse en una mera provincia de un imperio. La impaciencia se manifestaba
incluso cuando el «poder mundial» estaba en manos de uno de sus propios reyes,
Nabucodonosor o Nabónido, y seguían siendo un pueblo rebelde bajo el dominio
persa.
No hay
por qué suponer que el gobierno de los reyes acadianos fuera especialmente
benévolo; se destinaba una parte considerable de la población —terratenientes y
trabajadores— a dar cabida a los dependientes acadianos del rey. Este trato se
aplica a los territorios de cuatro ciudades babilónicas: Dur-Sin, K ish, Marad
y otra en el célebre obelisco de Manishtusu. El
alcance de la indemnización pagada por el rey por las fincas que adquiría era
amplio, incluyendo a todos aquellos que tuvieran algún derecho sobre las
tierras, y se comprometía a proporcionar sustento a los funcionarios y
trabajadores desplazados por sus nuevas disposiciones. Todos los campos se
compraban calculando un rendimiento del 3% gur de
grano por cada iku de tierra; el precio se fijó en un
siclo de plata por un gur de grano, y se
distribuyeron diversos obsequios a las partes interesadas, por lo que una
multitud entera se vio involucrada en las transacciones. Estos precios se
mantuvieron bastante estables durante el período posterior de la Tercera
Dinastía de Ur, pero tendieron a subir a partir de entonces, y en la época de
la Primera Dinastía de Babilonia el precio del grano había aumentado en torno a
un cuarenta por ciento. El precio pagado por Manishtusu por sus tierras coincide plenamente con el que aparece en otros registros de su
época, y debe considerarse bastante justo; sus compras pueden haber sido
obligatorias, pero no confiscatorias.
De la
inscripción no se desprende claramente quiénes fueron los destinatarios de las
tierras así adquiridas, aparte del propio rey que las compró. Cada cara del
obelisco recoge detalles de la finca adquirida en cada uno de los cuatro
municipios, y concluye con una lista repetida de las mismas cuarenta y nueve
personas descritas como «testigos del campo»; estas están encabezadas por un
sobrino del rey, son todas «hijos de Acad» e incluyen a numerosos funcionarios
de las administraciones estatal y del templo. Quizá sea acertado suponer
(aunque no se indique en ninguna parte) que estos eran los propietarios elegidos
de las tierras así adquiridas, y que el obelisco es un monumento al proceso de
despojo de los antiguos propietarios en favor de los partidarios o «veteranos »
de un conquistador, un proceso que granjeó tanta impopularidad a Sargón y Manishtusu como a muchos gobiernos posteriores. Sean cuales
sean las relaciones entre los antiguos y los nuevos poseedores, no hay indicios
de discriminación por motivos étnicos, aunque los nombres de casi todos son
claramente semíticos o están escritos (como todas las inscripciones de Acad)
con una gran mezcla de «ideogramas» que casi siempre deben leerse según su
valor semítico. Pero entre los «hombres nuevos» se encuentran algunos elementos
sorprendentes, si se considera el obelisco como un monumento a la desposesión,
pues entre ellos figuran dos hijos de un ensi de Umma y un tal Urukagina, hijo de Engilsa, ensi de
Lagash, quien podría ser, si no muy probablemente, el célebre reformador de ese
nombre, víctima de Lugalzagesi. Personas como estas no pueden haber sido
inmigrantes, y debemos suponer más bien que los nuevos arrendatarios eran
simplemente partidarios del rey, recompensados sin tener en cuenta sus
antecedentes. No obstante, el hecho de que tales medidas estuvieran, en cierto
sentido, dirigidas contra la población más antigua o la afectaran gravemente
queda suficientemente demostrado por el hecho ya señalado de que cada reinado
de los reyes de Acad se iniciaba con una tenaz revuelta de las ciudades más
antiguas.
En cuanto
a la economía y las condiciones de vida bajo los reyes de Acad, existe cierta
información en los documentos comerciales y administrativos, que han
sobrevivido en número considerable y proceden de varios lugares del norte y el
sur de Babilonia, así como de al menos otros dos, Susa y Gasur,
que se encuentran fuera del territorio nacional. Ninguno de ellos aporta
pruebas de la economía de las propiedades del templo, característica de las
antiguas ciudades sumerias, y es probable que con los nuevos gobernantes
acadianos se produjera un cambio hacia un orden social y un régimen de tenencia
de la tierra más seculares, aunque se admita que la economía del templo en las
ciudades sumerias no fuera tan omnipresente como sugieren la mayoría de las
pruebas. Las tablillas comerciales del período de Acad son en su mayoría de
carácter formal —listas y recibos—, pero también hay documentos jurídicos:
declaraciones de testigos, ventas de campos, esclavos, animales y mercancías,
registros de tráfico, de tierras y labradores, y del comercio entre ciudades.
Existen asimismo cartas, caracterizadas en este período por un exordio
peculiar; tratan principalmente de la administración de fincas y la concesión
de arrendamientos, y solo muy ocasionalmente hacen referencia a asuntos de
mayor interés.
Externamente,
las tablillas de este período constituyen un ejemplo notable del profundo
cambio que se produjo en todas las artes a la vez. Las tablillas de la época
dinástica temprana tienen un contorno redondeado con esquinas apenas marcadas;
su escritura no es ilegible, pero no está bien espaciada ni dispuesta en la
tablilla, ni siempre bien ejecutada, y el aspecto general es desordenado. Con
el período de Acad se produce un gran cambio; las tablillas adoptan en su
mayoría una forma rectangular y la arcilla está finamente preparada. Las líneas
están estrictamente ordenadas y trazadas, y, sobre todo, los signos están
escritos con un esmero y una belleza que no volvieron a igualarse hasta que los
calígrafos asirios se pusieron a trabajar en las tablillas de la biblioteca de
Asurbanipal; tienden a una gran elaboración, multiplicando el número de cuñas
en grupos apretados, y el conjunto presenta un aspecto muy característico de
disposición formal, de tal manera que casi siempre es posible reconocer una
tablilla de Acad de un solo vistazo.
La lengua
escrita en esta hermosa escritura es aquel dialecto semítico que se denomina
acadio antiguo. Sus peculiaridades filológicas han sido analizadas con gran
detalle en otros lugares, pero aquí cabe señalar, como hecho histórico de gran
importancia, que esta fue la primera vez que se escribió una lengua semítica.
El instrumento utilizado fue la escritura cuneiforme, inventada —o al menos
desarrollada— para la escritura de la peculiar lengua sumeria. Desde sus
primeros inicios, la escritura cuneiforme demostró su virtuosismo a la hora de
transcribir lenguas ajenas, de las que ya había transcrito media docena,
totalmente dispares, antes de su extinción, habiéndose convertido en el medio
común de expresión escrita en toda Asia occidental, y siendo estudiada y
empleada profesionalmente incluso en Egipto. Los escribas de Acad tuvieron un
comienzo hábil en el uso de este instrumento ajeno. Dieron a la escritura de
las lenguas semíticas en cuneiforme el carácter que iba a tener desde entonces
en adelante, es decir, el uso mixto de la escritura fonética y los «ideogramas»
o signos de sentido, escribiéndose el signo (sumerio) correspondiente a una
cosa o una idea, pero leyéndose en su equivalente semítico con complementos
cuando era necesario para indicar esa lectura o para añadir afijos semíticos.
En las inscripciones de Sargón se aprecia una gran torpeza en el uso excesivo
de ideogramas: en las inscripciones más largas de Naram-Sin, tras
aproximadamente un siglo de práctica, se aprecia una notable disminución de
esta rigidez expresiva, y la escritura avanza hacia la plena libertad fonética
del período clásico. Pero cabe señalar que en épocas posteriores se consideró
conveniente volver en gran medida a la forma anterior y admitir, en aras de la
brevedad o del abuso de la mistificación, una mezcla variable de ideogramas.
La
destreza artesanal y la maestría compositiva que se ejemplifican en las
tablillas y la escritura acadianas han dejado una huella tan clara en otras
notables obras de arte producidas en este período. Nada ilustra mejor esto que
los sellos cilíndricos: estos representan grupos de figuras, humanas y
animales, en poses efectivas y con una disposición rigurosa, en las que la
inscripción suele actuar como punto focal; o bien se atreven (como ninguna
época posterior volvió a atreverse jamás) a condensar en este espacio minúsculo
algún episodio ampliamente ilustrado de una historia mitológica, en el que
intervienen varias figuras. El hecho de que no podamos comprender la mayoría de
estos incidentes se debe a nuestro conocimiento deficiente de las historias, no
a la forma de representarlas, que suele ser admirable en su exposición y
detalle. Es la composición, sobre todo, la que confiere su calidad a la famosa
Estela de la Victoria, una de las mejores obras del arte antiguo: el efecto
triangular del propio monumento se ve reflejado en el cono de la cima de la
montaña, y los dos triángulos que se cruzan, esbozados por el rey vencedor, su
víctima con la inclinación de su cuerpo y la línea cruzada de la flecha mortal,
todo ello completado a la derecha por la figura suplicante. Todo ello se
inscribe en un paisaje representado con los rasgos justos para ambientar la
escena sin distraer la mente del triunfo marcial.
Por muy
extensas que fueran las conquistas de los reyes de Acad, y por muy activas que
fueran las actividades civiles y las artes en las que basaban su fuerza,
difícilmente puede afirmarse que la riqueza de este período sea tan evidente
como en la época anterior de las primeras dinastías sumerias. Resulta difícil
establecer comparaciones, sobre todo cuando, por un lado, está el esplendor del
«cementerio real» de Ur, para el que no se ha realizado ningún hallazgo
comparable correspondiente al período de Acad —, hay que tener cuidado de no
dar demasiada importancia a los azares del hallazgo. Sin embargo, hay una o dos
ausencias en los recursos de los reyes de Acad que apuntan a una desventaja en
comparación con sus predecesores. Parece haber una disminución en el suministro
de lapislázuli, que en última instancia procedía en su totalidad de las minas
de Badakhshán, en el curso alto del Oxus, muy al este del mar Caspio. Sigue apareciendo en la
joyería de la época de los reyes de Acad, pero casi desaparece como material
para incrustaciones y adornos y, sobre todo, para los sellos cilíndricos, tan
apreciados anteriormente. No obstante, este cambio puede deberse a otras ideas
o modas, ya que las piedras más populares para los sellos (que también eran
amuletos y obtenían parte de su supuesto efecto mágico del propio material)
variaban a lo largo de la mayoría de las épocas babilónicas sucesivas. Teniendo
esto en cuenta, es posible creer que la comunicación con Badakhshan se volvió más difícil que antes. Un déficit más sorprendente, tanto por su
mayor utilidad como porque está mejor documentado, es el del estaño u otros
elementos utilizados para alear el cobre y fabricar bronce. El análisis de
antiguos utensilios hallados en estratos bien documentados, se ha demostrado
que, en el período de Acad, estos presentan en ocasiones un menor contenido de
aleación —es decir, son de cobre más puro— que en el período dinástico temprano
anterior. Si esto indica, como cabría suponer, que el suministro de estaño se
vio parcialmente interrumpido, no es fácil dar una explicación al respecto. En
una época algo posterior, el estaño parece haber procedido en parte del Cáucaso
a través de Ashur, y en esta dirección el poder de Acad se extendía muy lejos.
Quizás las conquistas militares fueron un proveedor menos eficaz que el tráfico
que interrumpían.
Pero si
se bloquearon algunas rutas y se redujeron ciertos suministros, es posible que
los reyes de Acad obtuvieran riqueza mediante el comercio o incluso a través de
tributos por otra ruta que, aunque no se menciona o al menos no se identifica
en los registros comerciales antiguos, ha cobrado gran relevancia gracias a los
descubrimientos modernos. Las pruebas materiales obtenidas en excavaciones
regulares en Babilonia dejan fuera de toda duda que se mantuvieron contactos
comerciales y personales con una región de alta civilización centrada en la
cuenca del Indo, a unas 1500 millas al este, atravesando un territorio
inhóspito. En media docena de yacimientos se han hallado antigüedades que
proceden claramente de esta cultura lejana o están influenciadas por ella, y
que solo se ha revelado plenamente en los últimos cuarenta años. Esto resulta
especialmente evidente en ciertos sellos, hallados principalmente en los
yacimientos de Ur y Eshnunna, en los que están grabadas imágenes de animales
que pertenecen inequívocamente al repertorio de los sellos indios, y la
conexión queda confirmada por la presencia de la escritura del pueblo del Indo,
de bella forma y aún sin descifrar. Entre los sellos encontrados en Babilonia,
la proporción de cilindros es mucho mayor que en los yacimientos indios, donde
estos son extremadamente raros, como si dichos sellos se hubieran fabricado
especialmente para el comercio babilónico. Una observación minuciosa de los
hallazgos en Babilonia ha permitido situar la mayoría de ellos en el período de
Acad y, aunque indicios como las cuentas de cornalina grabadas puedan sugerir
que la conexión era más antigua, sin duda floreció entonces como nunca antes ni
después. Sería inútil, en estos momentos, especular sobre las razones de ello,
sobre todo porque los principales yacimientos indios, Harappa y Mohenjo Daro, presentan una cronología interna poco
definida y carecen de referencias históricas comparativas, salvo la sincronía
acadia.
Aunque es
posible que las rutas terrestres aún no se hayan explorado lo suficiente, hay
muchos indicios que sugieren que la conexión entre ambas regiones se realizaba
principalmente por mar, a lo largo del Golfo Pérsico y de las costas de Makrán y Baluchistán. Las importaciones por vía marítima
procedentes de Tilmun están atestiguadas incluso en
la época anterior, y las referencias a Magán y Meluhha,
siempre en un contexto marítimo, se vuelven relativamente frecuentes durante el
período de Acad. Sigue habiendo incertidumbre sobre la ubicación de todas estas
tierras, pero cada vez parece más probable que fueran etapas (en dirección
oeste-este) a lo largo de esta parte de una ruta comercial marítima que,
posiblemente, ya entonces tenía algo de la extensión mucho mayor que alcanzó en
la Edad Media.
LOS
ÚLTIMOS REYES DE ACAD Y LA SUPREMACÍA DE LOS GUTIS
En la
memoria de épocas posteriores se conservó una tradición confusa según la cual
el reinado de Naram-Sin terminó en decadencia. De forma más explícita, una
crónica tardía¹ afirma que el dios Marduk azuzó en dos ocasiones contra él a la
horda de los gutis, quienes asolaron a su pueblo y recibieron su reino como un
regalo del dios. Una historia menos definida, que ya se ha mencionado
anteriormente, narra la invasión de Sumer y Akkad por parte de un enemigo
extranjero llamado con el nombre que se daba a diversos pueblos bárbaros, Umman Manda, que parece haber iniciado su avance desde el
noroeste, pues el recorrido de su devastación traza una gran curva desde su
primera víctima, la ciudad de Purushkhandar(?) , al
parecer la ciudad de Asia Menor hacia la que Sargón emprendió su épica marcha,
y continuando hacia el sureste hasta arrasar el propio Gutium y Elam, sin detenerse hasta haber invadido también las tierras más allá del
Golfo Pérsico: Tilmun, Magan y Meluhha.
Nada indica si la invasión aquí relatada tuvo lugar al principio o al final de
su reinado. En cuanto a la crónica, su atribución a Naram-Sin del desastre
infligido en última instancia por los gutis concuerda con una teoría de su
compilador, según la cual todas las grandes figuras del pasado habían
desatendido sucesivamente el culto a Marduk y, por lo tanto, habían sido
rechazadas por ese dios supremo. Esto, sin duda, si el texto se conservara en mejor
estado, sería el preludio del establecimiento del único reino, templo y culto
verdaderos en la propia Babilonia.
Pero
aunque Naram-Sin terminó su vida con un reino que no se había visto muy
mermado, ya había signos de decadencia y abundantes presagios de los problemas
que iban a abatirse sobre su hijo. Elam, bajo el reinado de Kutik-In-Shushinak,
se estaba volviendo independiente y casi desafiante, y los hombres salvajes del
Zagros estaban listos para abalanzarse sobre la rica tierra que veían protegida
únicamente por un brazo cada vez más débil. El viejo rey murió por fin tras un reinado
de treinta siete años, y dejó esta amenazante situación en manos de su hijo
Sharkalisharri. Se desconoce si era el mayor, pero otro hijo de Naram-Sin
llevaba el significativo nombre de Binkalisharri, por
lo que la relación entre los dos hermanos habría indicado, según la tradición
de los antiguos dinastas sumerios, que se trataba de un rey y su hijo,
destinados a reinar tras él. Pero Shar-kali-sharri no tendría sucesor, al menos no procedente de la
antigua familia de Sargón. Al igual que ocurre con los demás reyes de Acad, no
existe una cronología interna de su reinado, pero no cabe duda de que sus
problemas comenzaron pronto. Por primera vez, casi, en esta dinastía, contamos
con varios nombres de años o fórmulas de datación¹ que hacen referencia a
hazañas bélicas. Naturalmente, estos acontecimientos se relatan bajo el prisma
de las victorias, pero la lista de enemigos, por breve que sea, da un
testimonio elocuente del precario control que mantenía sobre sus dominios más
cercanos, y de la pérdida de sus provincias más lejanas.
Los
primeros de la lista son Elam y Zakhara, este último
un pequeño estado fronterizo que se había sumado a la resistencia contra
Rimush; estos aliados tuvieron ahora la osadía de lanzar una invasión contra la
propia Babilonia, donde atacaron la antigua ciudad de Akshak.
Allí se enfrentaron a Sharkalisharri y (según afirma él) fueron derrotados; al
menos se retiraron a sus propios países, donde Kutik-In-Shushinak
estaba tan lejos de haber caído en descrédito que se proclamó «poderoso rey de
Awan» y poseedor de las «cuatro regiones», siguiendo el mismo estilo que hasta
entonces habían adoptado los señores supremos de Acad. Desde este campo de
batalla oriental, Sharkalisharri tuvo que partir hacia el lejano noroeste para
enfrentarse a otro enemigo. Una segunda fecha anual proclama que «venció a los
amorreos en Basar» . Una nueva oleada de invasores semíticos, similar a la que
había traído a los propios acadios, se dirigía hacia las ricas ciudades del
sur, y el gobernante se vio acorralado entre dos ataques convergentes. En esta
situación, el destino de Sharkalisharri fue muy similar al de Ibbi -Sin en la
siguiente etapa de la historia babilónica, obligado a desplazarse
desesperadamente de un flanco a otro, repeliendo con golpes cada vez más
débiles la presión que, al fin, acabaría por aplastar su reino. Esta batalla
para repeler la invasión amorrea tuvo lugar en Basar, que probablemente se ha
identificado con la cadena de colinas que aún hoy se denomina Jebel el-Bishri. Estas colinas, que se extienden hacia la margen
derecha del Éufrates, más abajo de Raqqah, eran
atravesadas en ocasiones por los ejércitos asirios en sus marchas en épocas
posteriores; se encuentran a unas 350 millas del otro campo de batalla de Sharkalisharri,
en Akshak —tan extenso era el espacio que el rey,
acosado, tenía que defender.
Pero por
muchas exigencias que se le plantearan en el oeste, el peligro procedía del
otro lado, como revelan de forma imperfecta las fechas. Uno de estos registros
menciona vagamente que «se lanzó una campaña contra Gutium », mientras que otro afirma un brillante éxito: «hizo prisionero a Sharlak, rey
de Gutium». Una vez más nos viene a la mente
Ibbi-Sin, quien proclamó, sin duda con razón, éxitos, incluso triunfos, contra
sus enemigos tanto del oeste como del este. Pero en ambos casos se trataba de
una batalla que se iba perdiendo poco a poco. Se tiene constancia de que Sharkalisharri
reinó veinticinco años, Ibbi-Sin aproximadamente lo mismo, y en ninguno de los
dos casos sabemos cómo se produjo finalmente el colapso. Pero el parecido
termina aquí, pues mientras que la dinastía de Ur desapareció, la de Acad,
aunque atravesó un breve período de agitación con cuatro ocupantes efímeros del
trono, sobrevivió y renació cuando dos reyes se sucedieron regularmente con
mandatos de duración normal. Sin embargo, se sabe muy poco más sobre la gran
dinastía de Acad, y no cabe duda de que fue prácticamente derrocada por los
montañeses, y de que su ataque principal terminó o se produjo inmediatamente
después del reinado de Sharkalisharri.
La
confusión queda reflejada en una carta contemporánea¹ de un hombre que se
esforzaba por rehabilitar su granja tras la devastación, y en un llamativo
relato poético, escrito en sumerio, que pretende describir las glorias y la
caída de Acad. En el orgullo del dominio y la riqueza, Naram-Sin (pues a su
reinado se atribuye la catástrofe descrita en este relato) había cometido un
asalto sacrílego contra la ciudad santa de Nippur y su templo, dejándolo todo
en ruinas. No se da ninguna razón para este ultraje, pero su efecto fue
enfurecer no solo al dios supremo Enlil —quien castigó a Sumer con la invasión
extranjera de los gutios y con la hambruna—, sino
también a otros dioses, quienes maldijeron a la ciudad culpable de Acad y
juraron su desolación y la ruina de todos sus habitantes. Esta condena se
cumplió de forma dramática, y la vida llegó casi a su fin en la capital del
tirano. Para señalar esta catástrofe, incluso la lista de reyes interrumpe por
un momento su monótona sucesión de nombres y números para preguntar
retóricamente: «¿Quién era rey, quién no era rey?». antes de nombrar a cuatro
figuras en la sombra que reclamaron el trono en el plazo de tres años. Esta
misma frase llegó a designar el acontecimiento, pues una entrada en la
colección de los arúspices señalaba la aparición de un determinado signo como
«el presagio de “¿quién era rey, quién no era rey?” », y proseguía señalando
que este fatídico acontecimiento también estuvo marcado por el prodigio de un
buey devorando la carne de otro buey en el momento en que el propio rey ofrecía
el sacrificio que debía revelarle el decreto del destino. De hecho, la caída de
esta monarquía proporcionó muchos recuerdos a quienes pudieron rastrear
incidentes significativos que acompañaron el curso de los acontecimientos, pues
existe una colección recopilada por un estudioso posterior de « cuarenta y
siete signos extraños que anunciaban la caída de Akkad», y otro presagio
inscrito en una réplica del hígado de oveja muestra, en una representación
real, qué fue lo que presagió la ruina de Acad. Merece la pena citar aún otro
presagio más por su aparente alusión al fatídico acontecimiento en el que los
gutis derrocaron el reino; tales y tales marcas eran «el presagio de Sharkalisharri…
la ruina de Akkad; el enemigo se abalanzará sobre tu paz». De ello podría
deducirse que la vigilancia del reino se vio engañada por una incursión
repentina y arrolladora de las tribus salvajes. En cuanto al propio rey
condenado, otro presagio afirma que sufrió la misma muerte misteriosa que
Rimush, a manos de los «sellos» de sus siervos.
De los
cuatro reyes facciosos que no pudieron mantenerse ni siquiera entre sí, apenas
se sabe nada, como cabría esperar, aunque ha sobrevivido una breve inscripción
que tal vez pertenezca a Elulu, uno de ellos. A estos
les siguieron dos que pusieron fin a la dinastía con reinados de considerable
duración, probablemente cuando la primera fuerza de la invasión gutiana se había agotado, pues algunas inscripciones
revelan que el gobierno del último rey, llamado Shu-Durul,
tuvo cierta importancia y se extendía hasta Eshnunna. No es posible determinar
cómo encajaba esta supremacía parcial en la soberanía general —aunque sin duda
laxa— de los gutis. A estos se les atribuyen en la lista veinte o veintiún
reyes y un total de 125 años de supremacía. En el momento de la invasión, o
bien no tenían rey alguno —como sostiene una versión—, es decir, eran bárbaros
típicos, o bien su rey era alguien cuyo nombre no se ha conservado, una
interpretación que goza de mayor autoridad, aunque resulte menos convincente.
En cualquier caso, los reyes gutis han dejado muy poca huella en la historia
babilónica y muy pocos monumentos de su débil y esporádico dominio. Sus
nombres, a primera vista extraños, muestran una tendencia hacia el final a
adquirir un matiz babilónico, pues sin duda la cultura superior de las llanuras
fue impregnando gradualmente a los rudos miembros de las tribus. Algunos
monumentos, dedicatorias en las que figuran sus nombres, dan fe de la
respetuosa observancia de estos gobernantes foráneos hacia los impresionantes
cultos que apenas podían comprender. Pero, en su mayor parte, fueron sin duda
meros destructores y depredadores de la riqueza del país. Su paso por Asiria,
del que no tenemos pruebas escritas (pues de hecho apenas hay de ningún lugar
en esta época de decadencia) queda marcado por el estado de las ruinas de la
ciudad de Asur, donde, en el emplazamiento del gran y floreciente templo de
Ishtar —que había estado repleto de obras de arte hasta el final de la dinastía
de Acad —, no se encontró nada en el nivel posterior salvo los restos de chozas
que cubrían el lugar sagrado; si estas no eran las chozas de los propios
montañeses, estos habían reducido a los habitantes que quedaban a esa miserable
situación . No se conservó ningún recuerdo de este período, que los babilonios
guardaron desde entonces como un recuerdo humillante, salvo su final: una
gloriosa liberación aclamada con no menos fervor y seguida de una reacción no
menos vigorosa que la expulsión de los hicsos de Egipto.
Aunque la
lista de reyes, con su habitual estilo esquemático, haga que los gutis reinaran
sin rival hasta su derrocamiento, hay muchos indicios de que su ascendencia,
siempre parcial y efímera, se había reducido antes de su destierro a un dominio
esporádico, pues es evidente que otras dinastías, tanto incluidas en la lista
de reyes como omitidas de ella, gobernaban otras partes del país antes de que
los gutis se retiraran definitivamente. La propia dinastía de Acad e, tras un
período de convulsiones, se recuperó con la llegada de dos reyes, que se
mantuvieron en el poder durante reinados de duración normal. Tras Acad, la
lista enumera, aún no a los gutis, sino a un grupo de cinco reyes desconocidos,
de los que apenas se tiene noticia, que gobernaron durante treinta años como la
Cuarta Dinastía de Uruk y que, sin duda, fueron contemporáneos de algunos de
los gutis, tal vez de los últimos reyes de Acad. También ocurre que Lagash
vuelve a destacar en el renacimiento de las tradiciones sumerias tras el largo
dominio acadio y el interludio bárbaro, tal y como ya lo había hecho esa misma
ciudad en el período dinástico temprano, sin que en ninguna de ambas épocas
llegara a figurar en la lista de soberanos. En los últimos años de Naram-Sin y
los primeros de Sharkalisharri, un tal Lugal-ushumgal era ensi de la ciudad, y hubo varios otros muy
poco conocidos que, al igual que él, vivían como vasallos de Acad. Pero tras la
caída de Sharkalisharri, el estilo y la datación de los documentos comerciales
cambian, ya que los años no se denominan con las fórmulas oficiales prescritas
desde Acad, sino según las celebraciones religiosas de los gobernantes locales.
El
surgimiento de Lagash hacia un período de gran prosperidad queda marcado por el
reinado de Ur-Baba, quien alcanzó la independencia y la riqueza suficientes
para emprender la reconstrucción de templos y obras de regadío en los
alrededores de su ciudad, y para patrocinar una notable escuela de escultores
en piedra dura, que producirían, en las dos generaciones siguientes, las obras
maestras más acabadas de la estatuaria babilónica. La pequeña estatua con
inscripción de sí mismo, en dolerita, y a la que ahora le falta la cabeza, es
prometedora, aunque aún no está a la altura, pues resulta achaparrada y sin
vida. A diferencia de su sucesor Gudea, este gobernador no se jacta de haber
traído la piedra del extranjero para realizar sus estatuas, pero no era un mero
magnate local, pues una de sus hijas era sacerdotisa del dios de la Luna en Ur
y dedicó allí un jarrón con inscripción. Aquí se pone de manifiesto una vez más
la estrecha conexión entre Lagash y Ur que había existido en el período
dinástico temprano desde la época de Ur-Nanshe. Otra de sus hijas fue esposa de
un gobernante posterior llamado Ur-gar, pero un miembro más conocido de su
familia fue Nammakhni, otro yerno, que también era
nieto de un tal Kaku; sin embargo, ni el recuento de generaciones ni el estilo
de una tablilla, que menciona el año de ascensión al trono de Kaku, sugiere que
pudiera haber sido el rey de la Segunda Dinastía de Ur, derrotado por Rimush.
Nammakhni llevó a
cabo algunas obras de construcción en Lagash, y otros pocos monumentos llevan
su nombre, pero, al igual que ocurre con algunos otros, su reinado se conoce
mejor por su final, ya que fue víctima de otro conquistador, Ur-Nammu, fundador
de la Tercera Dinastía de Ur, quien se jacta de esta victoria en el prólogo de
sus leyes. La sincronía, interesante en sí misma, plantea un difícil problema
histórico, pues si Nammakhni fue un predecesor de
Gudea, como se supone, habría que considerar que el propio Gudea gobernó
durante la época y bajo el dominio de Ur-Nammu y la soberanía de Ur; pero el
grado de independencia que muestran las inscripciones de Gudea, la ausencia
total en ellas de la más mínima alusión a Ur y a cualquier señor supremo, y su
presencia efectiva en la propia Ur hacen que tal dependencia resulte
difícilmente concebible. Sin embargo, no parece haber lugar para su reinado
—aparentemente de cierta duración— en los años comprendidos entre Ur-Baba y el
ascenso de Ur-Nammu.
En el
equilibrio de poder de la época, Gudea no era, sin duda, más que uno de los
príncipes locales lo suficientemente fuertes como para mantenerse en sus
propias ciudades y palacios, pero no para entrometerse demasiado con sus
vecinos. Mantuvo la conexión que Ur-Baba con Ur, y nos informa, en una de sus
largas inscripciones, de que envió una expedición militar contra los distritos
de Anshan y Elam, los derrotó y dedicó su botín a su dios Ningirsu. El gran
acontecimiento de su reinado fue la reconstrucción de la casa de este dios,
llamada E-ninnu. Todas sus inscripciones están
relacionadas con esta empresa, ya sea en forma de ofrendas de fundación y
ladrillos, ya sea como objetos (estatuas, vasijas, cabezas de maza) destinados
a decorar el interior. De las inscripciones que se reparten tan generosamente
por estos objetos aprendemos muchos detalles interesantes sobre las prácticas
religiosas de su época y obtenemos una imagen inigualable de la vida de dioses
y hombres en las ciudades sumerias, donde estos dos órdenes de seres vivían en
un contacto tan perpetuo y con unas instituciones tan paralelas instituciones
que el servicio universal que se debía al dios principal parecía situar a todas
las demás criaturas en el mismo nivel, y hacer casi indistinguible si el
servidor —desde el mayordomo hasta el pastor de asnos— era dios o hombre. En la
construcción de E-ninnu, Gudea gastó toda su riqueza
e influencia, y uno de sus pasajes más interesantes,¹ al describir estos
esfuerzos, ofrece una imagen notable de los recursos de su época y de las
condiciones externas del país. Solo en una ocasión recibió el templo un botín
extranjero, pero se sometió a tributo una inmensa zona para obtener materiales
de construcción de primera calidad: maderas de diversos tipos, tanto del este
como del oeste; piedras ornamentales de diferentes partes de Siria; polvo de
oro de Armenia; y betún de los alrededores de Kirkuk. Sin duda, todos estos
materiales se obtuvieron mediante el comercio caravanero y, dado que este se
desarrolla, incluso bajo los gobiernos más opresivos, estaba sujeto al pago de
peajes, no sería necesario suponer que el transporte de mercancías de lejos por
parte de Gudea implicara la eliminación de la autoridad central —en este caso,
la de los gutis—. Pero su incursión bélica independiente contra Elam no habría
sido tolerada por un señor supremo efectivo, y parece que el último rey de los
gutis había provocado un cese del tráfico, pues una frase llamativa de la
inscripción que relata su derrocamiento dice: «había hecho crecer hierba alta
sobre las carreteras del país». Además, el propio Gudea presenta su libertad
para comerciar como un beneficio concedido por el propio dios, quien «abrió el
camino desde el mar superior hasta el inferior». Hay motivos, pues, para creer
que parte del reinado de Gudea se situó en el período posterior a la derrota
definitiva de los gutis.
La gloria
de este reino, por lo demás insignificante, reside en los triunfos artísticos
con los que le dotaron unas circunstancias afortunadas. Entre las ruinas de
Lagash se han hallado, en diversas ocasiones a lo largo de los últimos setenta
años, las famosas estatuas³ de Gudea y de su hijo Ur-Ningirsu, que representan
para nosotros los mayores logros de la escultura sumeria. Son, en efecto, de
diferente valor, algunas presentan unas proporciones achaparradas poco
agradables que les confieren un efecto grotesco, acentuado por la postura
rígida de las manos y la pérdida accidental de las cabezas. Estas cabezas,
cuando se conservan,
tienen
rasgos finamente marcados y, según la valoración moderna, ganan mucho al tener
los ojos tallados y no incrustados con otros materiales, una práctica que
confería a tantas figuras sumerias una mirada repulsiva y fijada; aunque no
cabe duda de que los ojos de las figuras de Gudea también estaban pintados
originalmente, y bien podrían haber tenido un aspecto tan tosco como el de las
incrustaciones. En los mejores ejemplos, también la túnica, el hombro y el
brazo desnudos están modelados con gran delicadeza. Estas obras maestras
despiertan pesar por la desaparición de muchas otras piezas que, según nos
cuenta Gudea, realizó para el mobiliario del templo de Ningirsu. Pero con esta
información nos ha dejado otro tipo de obra maestra, pues sus inscripciones, a
pesar de la uniformidad de su contenido, presentan la lengua sumeria en su
forma más desarrollada, alejada tanto de la torpeza primitiva como de la
artificialidad tardía; son, de hecho, el clásico sumerio, al igual que el
Código de Hammurabi lo es del acadio. La habilidad literaria era innata en
Lagash, pues no parece una casualidad que la misma ciudad haya producido los
mejores escritos descriptivos (si no se les puede llamar históricos) tanto en
la época dinástica temprana como al final de la opresión gutiana.
LA
EXPULSIÓN DE LOS GUTIANOS
Esa
opresión, como se ha sugerido anteriormente, llegó a su fin definitivo
probablemente ya en vida del propio Gudea, gracias a la acción de un héroe
nacional. Se trataba de Utu-khegal, rey de Uruk,
quien en la lista de reyes representa por sí solo a la Quinta Dinastía de esa
ciudad y, de acuerdo con el esquema habitual de la misma, es proclamado
soberano del país en virtud de su victoria sobre los gutis. Aparte de unas
pocas inscripciones propias , por su lugar en la lista de reyes y por algunos
recuerdos ominosos del destino de su rival, Utu-khegal aparece en otros dos documentos. Uno de ellos es una crónica tardía, que
conocía el único hecho memorable sobre él, pero lo subordina por completo a una
anécdota piadosa según la cual era un pescador al que los gutis impidieron
impíamente ofrecer su captura al dios Marduk, y que, a su vez, ofendió a la
misma deidad y se ahogó. El otro documento reviste un interés bastante inusual,
ya que se trata de una copia del relato del propio héroe sobre su victoria, que
pudo haber estado grabado originalmente en un monumento esculpido.
Su
lenguaje es contundente y vívido. Sin ningún preámbulo, se lanza a una denuncia
de «Gutium, la serpiente venenosa de las colinas, que
era enemiga de los dioses, que se había llevado la realeza de Sumer a las
montañas y había llenado Sumer de maldad», robando esposas e hijos y cometiendo
toda clase de maldades en la tierra. El dios Enlil, continúa el relato, decidió
«destruir su nombre» y eligió como instrumento a Utu-khegal,
rey de Uruk. La historia avanza rápidamente —el rey rezó a la diosa de su
ciudad, Inanna, denunciando la opresión de los gutis, y la diosa lo «eligió»
mediante una señal divina. Al salir de Uruk con sus ciudadanos-soldados, les
pronunció un discurso en un lugar llamado «Templo de Ishkur»; tras asegurarse
el apoyo de dos dioses mayores y dos menores¹, se propuso destruir Gutium. Los reclutas de Uruk y Kullab respondieron con un grito y avanzaron tras él. Al cuarto día de marcha llegó a
un canal; al quinto, a un lugar llamado «Santuario de Ili-tabba»,
donde se encontró con dos «tenientes» (con buenos nombres babilónicos) enviados
por el rey de Gutium, tal vez para exigir su
rendición. El sexto día de marcha le llevó a Ennigi,
donde imploró la ayuda del Dios del Tiempo, a quien pertenecía aquel lugar.
Allí se libró la batalla, con el ejército enemigo al mando de los dos
lugartenientes bajo las órdenes del propio rey Tirigan, que acababa de subir al
trono, ya que la lista de reyes le atribuye un reinado de solo cuarenta días.
El resultado fue un triunfo sumerio; Tirigan « huyó
solo», y trató de refugiarse en una ciudad llamada Dubrum,
la cual, sin embargo, al enterarse del resultado de la batalla, rechazó al
fugitivo y lo entregó prisionero, junto con su esposa e hijo, al vencedor,
quien «puso su pie sobre su cuello y devolvió la realeza de Sumer a sus propias
manos». Esta famosa victoria, como tantos otros acontecimientos históricos,
quedó registrada en los : la presencia de seis pequeños vasos en el hígado era
un «presagio del rey Tirigán, que huyó en medio de su
ejército». Aún más amenazador resultaba un eclipse de luna acompañado de
ciertos fenómenos el catorce del mes de Tammuz: «se
dictará sentencia contra el rey de los gutis, habrá una derrota de los gutis en
la batalla y la tierra quedará desolada». El presagio tiene más que un interés
supersticioso, pues el día del eclipse y las circunstancias que lo acompañaron
ofrecen a los cronólogos modernos la posibilidad de fijar la fecha de esta
batalla y el fin de la dinastía gutia. Cabe añadir
que otro presagio parece corroborar la historia de que la vida de Utu-khegal terminó ahogado, mientras supervisaba la
construcción de una presa fluvial.
Las
últimas palabras de su inscripción están cargadas de significado sobre lo que
supuso esta victoria. Una vez más, no se trató de la mera sustitución de una
ciudad por otra, cuando ambas eran vagamente conscientes de una unidad
subyacente. Dos siglos de sometimiento, primero a los acadios extranjeros y
luego, peor aún, a los execrables gutis, habían avivado el sentimiento nacional
hasta convertirlo en una llama. Al comienzo de cada reinado, la revuelta había
sido más feroz y la represión más severa. Cuando por fin llegó la liberación,
desató una oleada de patriotismo sumerio y un estallido de energía que, sin
embargo, tuvo que contenerse dentro de límites más estrechos que los que Sargón
había establecido. En cuanto al sentimiento, es probable que la propia lista de
reyes, con sus ideas fundamentales sobre la nacionalidad y la unidad de una realeza
común, fuera producto de la época de Utu-khegal,
cuando las experiencias pasadas y presentes del pueblo parecían más propicias
para haber engendrado esa fe. En cuanto a la energía, esta se manifestó en las
victorias en el extranjero y en la situación interna que iba a alcanzar la
Tercera Dinastía de Ur.