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EL IMPERIO ASIRIOTIGLAT-PILESER III
«Pulu»
745-727 a. C.
Por
ABRAHAM S. ANSPACHER
NOTA
La
siguiente tesis del Dr. A. S. Anspacher ofrece la
descripción más concisa del reinado de Tiglat-Pileser
III que se ha intentado hasta la fecha. El autor se ha esforzado
sistemáticamente por ubicar una serie de localidades mencionadas en los
documentos de este gran rey asirio y, al hacerlo, ha realizado una contribución
notable a la geografía antigua. El mapa de Tiglat-Pileser
siempre ha sido algo incierto, y, en su obra, el Dr. Anspacher no solo ha logrado establecer varias ubicaciones nuevas, sino que ha trazado,
con mayor precisión que hasta ahora, las rutas de marcha de las principales
campañas iniciadas por este notable conquistador.
A la hora
de recopilar la historia de una nación antigua, es necesario centrarse en el
material de cada período, así como en el de cada reinado importante; y eso es
precisamente lo que ha hecho el Dr. Anspacher. Si
bien es cierto que todos los enigmas de la historia de un pueblo desaparecido
nunca podrán resolverse satisfactoriamente, un estudio minucioso, como sin duda
lo es esta tesis, no puede dejar de ser de gran valor para el historiador.
J.
DYNELEY PRINCE.
Universidad
de Columbia, Nueva York
INTRODUCCIÓN
El
intento de resolver todos los problemas relacionados con la vida y la historia
de Tiglat-Pileser III nunca podrá tener pleno éxito
mientras sigamos careciendo de nuevo material epigráfico con el que colmar las
lagunas que, por desgracia, abundan en las tablillas existentes. Con una sola
excepción, todas las inscripciones que poseemos actualmente fueron halladas por
Layard en el Palacio Suroeste de Nimrod. Algunas de las tablillas procedían
originalmente del noroeste, otras del Palacio Central; y dado que los tres
montículos que marcan la ubicación de estos tres palacios han sido explorados a
fondo, quizá sea demasiado esperar que nos lleguen más registros del reinado de Tiglat-Pileser.
Esta
tesis es un intento de establecer con cierto detalle los hechos principales de
la historia de Tiglat-Pileser III. Aunque todas las
obras de referencia sobre la historia asiria dedican algunas páginas a este
tema, ningún autor lo ha tratado con tal detalle como para presentar la
historia completa. El tema en su conjunto me ha parecido merecedor de mucha más
atención de la que se le suele conceder en las historias. El reinado de Tiglat-Pileser III fue, desde cierto punto de vista, el más
importante de la historia asiria, y las tendencias revolucionarias que lo
caracterizaron revisten tanta importancia para la civilización como la tuvieron
para el bienestar de la propia Asiria en aquel entonces. Se necesitaba una
revolución para que los conservadores políticos asirios de la época se dieran
cuenta de que la propia existencia del Estado estaba en peligro. El objetivo
inmediato de la revolución era recortar los inmensos ingresos de los
sacerdotes, de modo que nunca faltaran los medios suficientes para llevar a
cabo las extensas operaciones militares siempre necesarias para la seguridad
nunca llegaran a faltar. Ese resultado se logró rápidamente. Pero desde el
punto de vista de la historia universal, también llevó a cabo una labor mucho
más valiosa, ya que brindó a Tiglat-Pileser la
oportunidad de configurar la política de Asiria de tal manera que le
proporcionara una vida más prolongada de la que, de otro modo, habría tenido.
Cuando Tiglat-Pileser III subió al trono, Asiria ya comenzaba a
sucumbir a las fuerzas de la decadencia. Sus territorios dependientes le
estaban siendo arrebatados gradualmente y sus ejércitos sufrían frecuentes
reveses. Se necesitaba a un gran guerrero y estadista para salvarla, no solo
por su propio bien, sino también para la realización de su labor cultural. El
valor de este rey para la civilización, por lo tanto, no radica en el hecho de
sus extensas conquistas en sí mismas, sino más bien en que, sin él, Asiria no
habría perdurado lo suficiente como para legar nada al mundo.
La
determinación precisa de las ubicaciones geográficas mencionadas en las
inscripciones reviste una importancia primordial. Siempre que ha sido posible,
he intentado determinar estas ubicaciones, así como las rutas de marcha, con la
ayuda de todas las inscripciones históricas de las que he dispuesto, y creo
haber fijado algunas de ellas con exactitud. Hay un hecho que deseo señalar
aquí. A primera vista, parecería que los geógrafos árabes deberían aportar
material para la determinación de algunas de las localidades en cuestión, pero,
por el contrario, no se obtiene tal ayuda. Se ocupan de un período posterior de
la historia de Asia Occidental, y solo unos pocos de los nombres geográficos de
las épocas que tratan conservan siquiera un vestigio de la antigua nomenclatura
asiria.
Para
concluir, deseo dar las gracias al profesor Prince, con quien he estudiado mi
especialidad, la asiriología, y cuya ayuda y sugerencias, así como su
competente enseñanza, han dotado a mi trabajo del valor que pueda tener.
También
tengo una deuda de gratitud con el profesor Richard Gottheil por sus numerosas
y útiles sugerencias, y es para mí un gran placer expresarle mi reconocimiento
y agradecimiento.
ABRAHAM
S. ANSPACHER.
CAPÍTULO
I
Desde la
destrucción del Imperio babilónico hasta mediados del siglo pasado, cuando
Layard inició sus excavaciones, solo se conocía a Tiglat-Pileser
III por la mención de su nombre en unos pocos versículos bíblicos. No se sabía
nada con certeza sobre él, salvo que un rey con ese nombre había reinado en
Asiria y había hecho sentir su poder en Palestina. Todo conocimiento sobre su
historia se había borrado de la memoria humana, e incluso las inscripciones que
finalmente resultaron ser suyas, cuando fueron desenterradas y descifradas,
planteaban más de un problema desconcertante. El estado mutilado en que se
encontraron las tablillas no, en aquel momento, prometía mucho para una futura
resolución de las dificultades; además, una de las tablillas, la inscripción
más larga, se agrietó y rompió tanto durante su traslado al Museo Británico que
muchos intentos por corregir el primer ensamblaje defectuoso resultaron
infructuosos durante mucho tiempo. Cuando esto se logró finalmente, se
descubrió que faltaban por completo unas cien líneas.
Cuando
Layard, en el transcurso de sus excavaciones, llegó a lo que posteriormente
denominó el Palacio Suroeste de Nimrod, descubrió que todo el interior de una
de las grandes salas permanecía bastante intacto y que estaba revestido con
losas traídas de otros lugares. Algunas de las losas procedían originalmente
del noroeste, otras del Palacio Central. «Los bajorrelieves, cuando se
conservaban íntegros, siempre estaban orientados hacia la pared de ladrillo
secado al sol, […] y en las caras de la mayoría de las losas que formaban la
pared E había marcas de cincel; […] los bajorrelieves habían sido destruidos a
propósito. Solo se habían acabado partes de la pared F. Muchas de las losas no
se habían utilizado y seguían yaciendo en el centro de la cámara, … era
evidente que estas estaban intactas, habiendo sufrido únicamente los efectos
del fuego. Además, estaban dispuestas en filas con gran regularidad y, en uno o
dos casos, apiladas unas sobre otras».
El
análisis de estas inscripciones, cuya interpretación había sido objeto de
varios intentos parciales antes del trabajo de referencia de Schrader, quedó
relegado a un segundo plano por la investigación de dicho estudioso. Schrader
dividió las inscripciones en «Anales» y las denominadas Prunkinschriften:
estas últimas no estaban ordenadas cronológicamente, sino geográficamente.
Ambas han sido publicadas, transcritas, y traducidas en parte por numerosos
estudiosos. Schrader divide los Anales en aquellos compuestos por 7, 12 y 16
líneas, respectivamente. De las inscripciones de siete líneas (siete en total), Layard publicó cinco. Son aquellas que en su
colección se designan como 69, A, 1; 69, A, 2; 69, B, 1; 69, B, 2; y 34, B. La
última fue traducida por Smith, y las dos inscripciones restantes de este
conjunto fueron publicadas por el mismo autor. El segundo grupo está formado
por inscripciones de doce líneas, aunque una de ellas, Lay. 45, B, en su estado
actual solo contiene ocho líneas, ya que las cuatro primeras están rotas. Otra,
III R 9, n.º 1, está tan gravemente mutilada que no queda intacta ni una sola
línea. Lay. 50, A (III R 9, n.º 3, págs. 41-52) se encuentra en muy buen estado
y tiene su continuación en Lay. 50, B y Lay. 67, A; estas dos últimas están
escritas en una misma piedra; mientras que Lay. 67, B, es una continuación de
Lay. 67, A, lo que convierte a las cuatro inscripciones en un subgrupo
completo. Lay. 51, A, y 51, B, están escritas en tablillas cuya última mitad
está completamente desprendida, pero lo que queda es perfectamente legible;
Lay. 51, B, presenta daños que se limitan a una pequeña laguna en la última
línea. Lay. 52, A, y Lay. 52, B,¹⁰ están bastante bien conservadas y
forman una narración continua. El tercer grupo (16 líneas) está compuesto por
inscripciones muy mutiladas; a saber, Lay. 71, B, que continúa en Lay. 73, A,
un mero fragmento. Solo nos ha llegado aproximadamente un tercio de la tablilla
original. Lay. 71, A apenas se encuentra en mejor estado, y continúa en la
misma piedra con Lay. 71, B. Las dos inscripciones están separadas por una
línea perpendicular que atraviesa el ancho de la piedra, de modo que la línea 1
de Lay. 71, B es la continuación de la línea 16 de Lay. 71, A.
Quedan
algunas inscripciones anales que no pueden clasificarse según el número de sus
líneas: a saber, III. R. 9, n.º 2; una tablilla fragmentaria de 19 líneas; a
saber, III. R. 9, n.º 3, líneas 22-41 (Lay. 65), una inscripción de 20 líneas;
la tablilla muy mal conservada de 18 líneas, Lay. 66; III. R. 10, n.º 2, que
consta de las partes rotas de una inscripción que originalmente tenía 47
líneas, y III. R. 10, n.º 3, compuesta por 24 líneas.
La
segunda división de Schrader, las Prunkinschriften,
incluye un largo fragmento de una tablilla que estaba inscrita por ambas caras,
aunque falta la parte central (unas 50 líneas en el anverso y 50 en el reverso,
es decir, unas 100 en total). Se publicó en II. R. 67 y fue traducida por
Smith, Eneberg y S. Arthur Strong. El duplicado de esta inscripción (Brit. Mus.
D. T. 30) reviste especial interés, ya que fue hallado por Smith en Kalah,
en el templo de Nimrud, y al parecer se trata de una copia babilónica. Fue
publicado por Schrader y traducido por Smith. Lay. 17, F, es una tablilla de 36
líneas, traducida por Schrader, Menant y Oppert. En
1893, P. Rost satisfizo la necesidad de una edición completa de todas las
inscripciones, con un nuevo conjunto de autógrafos, una transliteración y una
traducción. En ella publica por primera vez tres pequeñas tablillas. Tuvo la
suerte de descubrir un calco de Lay. 17/18; que se realizó antes de que la
tablilla se rompiera.
A qué
reyes pertenecían estas esculturas y tablillas mutiladas fue durante mucho
tiempo una cuestión desconcertante. El propio Layard, tras compararlas con una
losa de pavimento de la misma época y con relieves del Palacio Central,
concluyó que todas pertenecían al mismo rey. Después de que Hincks descifrara
en uno de los relieves el nombre de Menahem, rey de Israel, como tributario del
rey asirio en el octavo año del reinado de este último, basándose en una
referencia a 2 Reyes xv. 19 y 20, y 1 Crónicas v. 26, Layard concluyó que este rey debía de ser «un
predecesor inmediato de Pul, el propio Pul o Tiglat-Pileser».
Con el descubrimiento del Canon de los Epónimos, se descartó la posibilidad de
que este rey fuera un predecesor inmediato de Pul. Pero, por otra parte, la
dificultad no se alivió, ya que Pul aparece mencionado en 2 Reyes 15:19 como el
conquistador de Menahem, y de nuevo, junto con Tiglat-Pileser,
en 1 Crónicas 5:26. No aparecía mencionado en ninguna inscripción asiria y, por
supuesto, tampoco en el Canon de los Epónimos. Habría sido fácil atribuir las
tablillas a Tiglat-Pileser sin más debate. Pero,
aunque no se encontró ningún nombre en lo que posteriormente resultó ser las
inscripciones de los anales mutiladas del rey en cuestión, el hecho de haberlas
atribuido así arbitrariamente a Tiglat-Pileser seguía
dejando sin resolver la cuestión de la identidad de Pul.
George
Smith conjeturó que Pul era… «o bien Vul-Nirari III,
que podría haber seguido reinando en el año 772, o bien un monarca que sucedió
inmediatamente a Ashurdan II o III, o que Pul y Tiglat-Pileser fueran la misma persona». Esta última teoría
ya había sido propuesta por Sir Henry Rawlinson y, de forma independiente, por
R. Lepsius. Finalmente, Schrader la estableció como la correcta. Podemos añadir
aquí lo que constituye la prueba decisiva. En una de las listas de reyes
babilónicas, leemos, col. iv:
línea 5.
Nabu-sum-ukin, su hijo, durante un mes y 12 días.
línea 6.
Los 31 (años) de la dinastía de Babilonia.
línea 7.
Ukin-zira, de la dinastía de Sasi, durante tres años.
línea 8.
Pulu durante 2 (años).
Compárese
esto con la Crónica babilónica, col. 1.
línea 17.
Durante dos meses y... días, Suma-ukin reinó sobre
Babilonia.
línea 18.
Ukin-zira se apoderó del trono.
línea 19.
En el tercer año de Ukin-zira, Tiglat-Pileser.
línea 20.
Cuando había descendido al país de Akkad.
línea 21.
Destruyó Bit-Ammukani y capturó a Ukin-zira.
línea 22.
Durante tres años reinó Ukin-zira sobre Babilonia.
línea 23. Tiglat-Pileser se sentó en el trono de Babilonia.
Una
comparación de las líneas 7 y 8 de la primera inscripción con las líneas 17 y
siguientes de la segunda demuestra de manera concluyente la identidad de Tiglat-Pileser y Pul, lo que pone de manifiesto que el
imparcial historiador babilónico le atribuyó los nombres que ostentaba tanto en
Asiria como en Babilonia.
Todo esto
concuerda perfectamente con la entrada del Canon de Ptolomeo, que señala para
el año 731, el año en que Tiglat-Pileser fue coronado
en Babilonia, «Chinzirus y Porus». Se trata, por
supuesto, del Ukin-zira y del Pulu de las listas de
reyes babilónicas; siendo Porus una corrupción persa de Pul. El hecho de que Beroso denomine a Pulu «Rex Chaldaeorum»
concuerda con las pruebas anteriores. Simplemente significa que Tiglat-Pileser III subió al trono de Babilonia solo después
de haber conquistado a Ukin-zira, jefe de los Bit-Amukkani, una poderosa tribu caldea. Finalmente, Schrader
estableció de una vez por todas que todas las inscripciones pertenecen a Tiglat-Pileser.
En todas
estas fuentes sobre el reinado de Tiglat-Pileser
apenas hay motivos concretos para dudar de la exactitud y fiabilidad de los
relatos que nos ofrecen. No disponemos, por ejemplo, como ocurre con Sargón, de
registros y versiones variantes de las inscripciones; y aunque, por supuesto,
están sujetas a la duda que siempre acompaña a los registros oficiales de una
época que, hasta ahora, carece del sentido histórico y la ética del historiador
científico, hasta el punto de glorificar a un rey o a una nación a costa de la
verdad exacta, no encontramos en ellas ningún testimonio contradictorio. Ni
siquiera las cifras que figuran en los registros de cautivos y tributos ofrecen
motivos suficientes para la duda.
Si
dispusiéramos de documentos contemporáneos de otras naciones para contrastar
los registros oficiales, no habría ninguna duda a la hora de utilizarlos para
verificar las inscripciones; pero en el único caso en el que sí poseemos una
inscripción contemporánea de este tipo —una inscripción que menciona el nombre
de Tiglat-Pileser—, se confirman los informes de este
último. Y lo mismo ocurre con las referencias bíblicas a él. Las pistas que nos
proporcionan el Canon de los Epónimos, la Crónica asiria, el Canon ptolemaico,
la Crónica babilónica y las listas de reyes babilónicas se refieren, por
supuesto, principalmente a la fijación de fechas y, al menos en el caso de Tiglat-Pileser, se confirman entre sí, aunque sean
testimonios independientes.
El
reinado de Tiglat-Pileser III reviste especial
importancia, ya que con él comenzó una nueva era en la historia asiria. Este
rey allanó el camino para aquel período de progreso de su país en el que Asiria
alcanzó su máxima extensión territorial. Quizás en su época aún no resultaba
evidente que Asiria fuera una nación demasiado pequeña para hacer frente a las
hordas semicivilizadas que más tarde provocaron su
caída. El hecho de que Asiria permaneciera intacta el tiempo suficiente para
establecer gran parte de lo que se ha convertido en valioso e incluso esencial
para la civilización y la cultura se debe, en gran medida, a este gran
guerrero, quien fundó un imperio bien organizado sobre cimientos que sus
predecesores habían debilitado, y cuya personalidad fue lo suficientemente grande
como para dominar su época. Esto fue así no solo porque los tiempos en los que
nació invitaban a la revolución y al cambio, sino porque su propio poder como
guerrero, estadista y organizador, obligó incluso al clero, que siempre ejerció
una enorme influencia, a doblegarse ante su energía y su voluntad. Es una gran
lástima que sus «restos literarios» cayeran presa no solo de los estragos del
tiempo y de los accidentes, sino también de la mano profanadora de uno de sus
grandes sucesores, Esarhadón, quien maltrató
deliberadamente los registros de Tiglat-Pileser y es
el principal responsable del lamentable estado de mutilación en el que nos han
llegado.
CAPÍTULO
II
El Canon
Epónimo del año 745 anuncia que, el día 12 de Airu, Tiglat-Pileser
III ascendió al trono de Asiria. Debido a la entrada correspondiente al año
anterior, el 746, «rebelión en Kalah», se ha supuesto que su acceso al trono se
debió a una revolución militar, y todos los hechos conocidos tienden a
corroborar esa opinión. Lo cierto es que Tiglat-Pileser
solo accedió al trono debido a la situación de los asuntos asirios, y no por
ser el sucesor legítimo del cargo real. El Imperio se encontraba sumido en graves
problemas. Su prestigio estaba por los suelos. En el exterior, su influencia
disminuía rápidamente, y en el interior todos los elementos de una vasta
agitación política llevaban ya algún tiempo conduciendo inexorablemente hacia
la revolución. El país estaba dominado por los sacerdotes. Su riqueza engrosaba
las arcas de los templos, y sus soldados, alimentados por las tradiciones de
antiguas hazañas, tenían que conformarse con alimentarse de los recuerdos de la
antigua gloria nacional. Había una necesidad acuciante de un líder con
verdadera capacidad. El país no era víctima de un empobrecimiento natural.
Había medios suficientes para todos los fines de engrandecimiento nacional, si
tan solo se pudiera encontrar al hombre que poseyera las cualidades de
liderazgo necesarias, el hombre que pudiera obligar al codicioso clero a
renunciar a su control sobre aquellos recursos que había llegado a considerar
como presa legítima y de su derecho. El pueblo y el ejército exigían una parte
suficiente de los ingresos nacionales para sufragar los gastos de los asuntos
militares y civiles.
Debió de
ser una triste reflexión para el soldado asirio repasar la suerte de su país
durante aproximadamente un siglo antes del año 745. De forma persistente y
constante, antiguos enemigos se adentraban invadiendo el territorio asirio. La
patria seguía intacta, pero por todas partes los estados tapón —que los grandes
conquistadores se habían esforzado al máximo por erigir como barreras contra la
invasión— se habían liberado del yugo; y lo que es peor, poderosos monarcas de
otras naciones, aprovechando el letargo que se había apoderado de Asiria,
estaban conquistando pueblos más pequeños y forjando imperios cuya nueva
grandeza presagiaba malos augurios para el futuro de Asiria. Desde el año 860,
cuando Salmanasar II ascendió al trono, Asiria rara vez obtuvo victorias
duraderas y efectivas, aunque los escribas reales, al estilo de los cortesanos,
registran una serie de triunfos militares. Con la excepción de Ramman-Nirari
III (810-782), no había reinado ningún rey capaz y enérgico. Ese rey gobernó un
vasto imperio que se extendía desde las fronteras de Elam, al sur, hasta Nairi
y Andia, al norte, y hasta el Mediterráneo, al este. Era belicoso, y solo uno
de los años de su reinado, el undécimo, lo pasó en su país. Cuatro campañas
contra Hubuskia y seis expediciones al Este son
prueba de la energía que Asiria, bajo su mandato, estaba dedicando a sus
esfuerzos de conquista. Incluso contra el sucesor de Hazael de Damasco, que
había conquistado y probablemente gobernado Israel, Amnión y Filistea, se atrevió a entrar en guerra y probablemente tomó Damasco. Pero
durante su reinado se enfrentó a la firme oposición del creciente poder de
Urartu.
Menuas de
Urartu arrebató a Asiria las tribus situadas alrededor del lago Urumia y anexionó amplias zonas de Hubuskia,
erigiendo en las rocas del paso de Rowandiz las
estelas que dan cuenta de sus hazañas. Expulsó a los asirios del lago Van y
llegó al este hasta más allá del Éufrates, imponiendo tributos a Miletene. Su hijo Argistis continuó la obra de su poderoso padre, y, a juzgar por al menos un pasaje de
sus Anales, debemos concluir que derrotó a los asirios en una gran batalla. El
año 778 de las Listas Cronológicas recoge una campaña contra Urartu. Se trata
de la derrota sufrida por Salmanasar en Sarisadas.
Los años 776 y 774 registran sendas campañas urartianas,
en las que Asiria perdió terreno. Así, Asiria, bajo el débil gobierno de
Salmanasar, perdió sus posesiones del norte y las de Mileto. En los años 773 y
772, con el fin de mantener el control del oeste, hubo que emprender campañas
contra Damasco y Hadrak, la primera de las cuales ya
había sido completamente sometida por Ramman-Nirari III. También debió de haber
disturbios en Siria, pues la tierra de Patin de Asurbanipal ya se había
dividido, en tiempos de Tiglat-Pileser III, en los
cuatro principados de Unqi, Samal, Yaudi y Patin. Asimismo, Ashurdan tuvo que librar dos guerras contra Hatarika, que se había convertido en la
potencia dominante del norte de Siria, mientras que en el año 754 se enfrentó a
Arpad, que junto con Hatarika había llegado a compartir la supremacía en el
norte de Siria. Así pues, se observa que Asiria estaba perdiendo gradualmente
su control, y la revuelta registrada en el año 746 en Kalah, que culminó con la
entronización de Tiglat-Pileser III, al poner de
manifiesto la debilidad de sus predecesores, no hizo sino acentuar la
fragilidad que se había apoderado de Asiria. Ahora se necesitaba un gran
hombre, una necesidad que se satisfizo en la persona del soldado que, fuera
cual fuera su verdadero nombre, tomó las riendas del gobierno y comenzó su
reinado, adoptando el nombre de uno de los mayores conquistadores de Asiria y
convirtiéndose en Tiglat-Pileser III.
El hecho
de que se hiciera con la corona elevó el levantamiento a la digna categoría de
revolución; y su carácter esencial fue sin duda antipapista. Esto resulta
evidente a partir de la historia de sus sucesores, desde Salmanasar hasta Esarhadón. Mientras el tributo de los territorios
dependientes estuviera disponible para fines militares, la imposición de los
impuestos del templo por parte del clero no causaba dificultades fiscales
apreciables. Una vez que esta fuente de ingresos se vio reducida, los inmensos
ingresos del clero debieron de parecer enormes a los ojos de todos los sectores
de la sociedad laica. Y estos ingresos estaban exentos de los usos habituales
del Estado. Las ciudades más grandes (que eran de origen sacerdotal) también
gozaban de exenciones tan privilegiadas que un movimiento antipapista
despertaría sin duda el antagonismo de estas. Por lo tanto, una revolución
exitosa ciertamente no recibió su inspiración de ellas. Para la población
rural, sin embargo, y para quienes se interesaban por ella, supondría un
alivio. Sobre ellos recayó la carga de los impuestos con una fuerza
empobrecedora tan pronto como el flujo de tributos dejó de llegar a las arcas
imperiales. Esta situación encontró en Tiglat-Pileser
al hombre que supo sacar partido de ella.
Su hijo,
por la propia naturaleza de las cosas, tuvo que seguir la política de su padre.
Pero, mientras que el primero podía basar su demanda de aprobación popular en
el éxito de sus hazañas militares y no tenía que sustentar su reputación de
sentimientos antipapistas en una represión exagerada del clero, su hijo, al
carecer del prestigio de los logros militares, solo podía demostrar su lealtad
a las fuerzas que habían coronado a su padre y a él mismo mediante un
antagonismo constante hacia los sacerdotes y las ciudades sacerdotales. Llegó
incluso a imponer un tributo a la ciudad sagrada de Asur. La afirmación de que
Asur, en su ira, cedió el trono de Salmanasar a Sargón solo puede significar
que el partido sacerdotal, aprovechándose de los sentimientos de repulsa que
este sacrilegio debió de haber provocado, recuperó el poder suficiente para
derrocar al partido militar. La importancia fundamental del conflicto entre el
clero y el pueblo puede deducirse de las acciones de los reyes posteriores:
Senaquerib, Esarhadón y Asurbanipal. El primero
volvió a favorecer al partido militar, y el último siguió sus pasos, mientras
que Esarhadón, al igual que Sargón, nunca dejó de
exaltar a la jerarquía. Las afiliaciones de Tiglat-Pileser
III quedan ampliamente demostradas cuando comparamos su actitud hacia Babilonia
con la de los dos últimos reyes mencionados. Él se mostraba tan hostil como
ellos eran favorables. Esarhadón, de hecho, manifestó
sus sentimientos mediante un acto único en la historia asiria. Al obtener
materiales para la construcción de su palacio en Kalah, mutiló deliberadamente
y luego retiró las esculturas y tablillas de Tiglat-Pileser
del Palacio Central de Salmanasar II.
Sobre la
ascendencia de Tiglat-Pileser III sabemos muy poco.
Pero, a pesar de que fuera un usurpador —lo que tal vez solo signifique que era
un hijo menor y no pertenecía a la línea directa de sucesión—, no hay por qué
suponer que no fuera de sangre real. En realidad, nunca menciona a su padre.
Pero eso no prueba gran cosa, pues lo mismo ocurre con Senaquerib, cuya
relación con Sargón solo conocemos por las palabras de Esarhadón.
Tampoco la profanación de los monumentos del Palacio Central por parte de Esarhadón nos obliga a negar el linaje real del usurpador.
Como hemos visto, esto puede explicarse razonablemente como una protesta de Esarhadón contra las acciones de un «rey impío». De hecho,
hay buenas razones para creer que era hijo de Adad-Nirari IV.
La
personalidad del nuevo gobernante solo puede esbozarse a grandes rasgos. No
disponemos de pruebas que nos permitan caracterizarlo, más allá de afirmar de
la manera más general que fue brillante y enérgico como líder militar, y que
sus dotes naturales como estadista estaban plenamente a la altura de las
exigencias de las circunstancias que lo rodeaban. Su política de colonización,
que analizamos en otro lugar, demuestra que era un hombre con visión de futuro.
Parece haber marcado una nueva tendencia, bastante notable para un conquistador
de la Antigüedad, ya que en las inscripciones no se encuentra ningún indicio de
crueldad gratuita. Al igual que con sus sucesores, Sargón y Esarhadón,
la tortura y las matanzas masivas se limitan a ocasiones en las que tales
acciones surgían de una necesidad imperiosa. Tampoco se le puede acusar con
justicia de mera sed de conquista. Como usurpador, por supuesto, tenía que
afianzar su posición.
Pero sus
continuas campañas militares, con la consiguiente explotación de territorios
extranjeros y la imposición de enormes tributos, surgieron de las necesidades
del Imperio cuando accedió al trono. Si tuvo que llevar a cabo conquistas
extensas por cualquier otra razón que no fuera la de ampliar el Imperio, fue
únicamente para asegurar un flujo constante de tributos con los que aliviar la
agobiada situación financiera del pueblo. Solo así podía corroborar la
afirmación de los revolucionarios de que la pobreza imperante se debía a las
exacciones desmesuradas del clero. Si le hubiera animado la mera sed de
conquista, habría sido un usurpador del tipo oriental habitual. Un examen de
los registros contradice rotundamente tal conclusión. Aunque los cronólogos
asirios, que no eran historiadores en el sentido moderno, no nos dicen nada
sobre las circunstancias que condujeron a la revolución, podemos deducir la
verdad de la situación a partir de un hecho muy significativo. La primera
preocupación de un usurpador común es protegerse frente a las reivindicaciones
y las acciones del heredero legítimo al que ha desplazado. En el caso de Tiglat-Pileser III, el partido del heredero natural era el
clero. Si la demanda de un cambio total no hubiera sido de ámbito nacional, no
se habría atrevido a abandonar su capital poco después de su coronación. Sin
embargo, apenas habían transcurrido seis meses —es decir, en la primera mitad
de su primer año de reinado— cuando emprendió su primera campaña. Ningún simple
aventurero usurpador se habría atrevido a arriesgarse a dar tal paso.
CAPÍTULO
III
Desde el
primer momento quedó claro que Tiglat-Pileser había
elaborado planes para hacer frente a los problemas a los que se enfrentaban él
y su país. En lo que se refiere a la mera conquista, muchos de sus predecesores
habían tenido un éxito notable. Solo fracasaron cuando surgió la cuestión de
organizar los territorios y pueblos conquistados. Hasta la época de Tiglat-Pileser, las conquistas y las revueltas se sucedían
con una regularidad casi infalible, y el tiempo durante el cual la mayoría de
los territorios dependientes permanecían leales era directamente proporcional a
la capacidad militar del rey que gobernaba en ese momento. Tiglat-Pileser
se propuso poner fin a esa lealtad oportunista. Inauguró un sistema de
colonización diseñado para convertir al Imperio asirio en un todo bien regulado
y orgánico, cuyas posesiones más lejanas estuvieran firmemente unidas al país
imperial mediante lazos orgánicos . En este sentido, Tiglat-Pileser
fue un innovador; pero en el plan general de conquista que habían seguido los
reyes anteriores, bien podía permitirse ser un imitador. Estos habían seguido
un curso perfectamente natural y razonable. El objetivo práctico de todos estos
monarcas era idéntico; a saber: al sur, Babilonia debía mantenerse como un
vasallo dependiente, y al este había que contener a las tribus que se habían
establecido en Babilonia, para que, al obtener allí un punto de apoyo
permanente, no se convirtieran en un grave obstáculo para la expansión asiria
en esa dirección.
En el
norte, había que debilitar al pueblo de Urartu y a sus aliados naturales
mediante el constante desgaste de la guerra, para evitar que, mediante una
alianza con los armenios, acabaran por desplazar a Asiria como dueña de los
«Cuatro Puntos Cardinales». La amplia franja de territorio al oeste, que se
extendía hasta el Mediterráneo, no albergaba ninguna nación lo suficientemente
poderosa como para amenazar el dominio de Asiria, pero los pueblos asentados en
esa región eran ricos en muchos productos que Asiria necesitaba. En el plan
imperial, estas tierras occidentales estaban destinadas a servir de campo para
la expansión territorial, proporcionar los medios necesarios para mantener las
finanzas asirias a la altura de sus grandes necesidades y abastecer al país de
los productos de importación deseados. En plena consonancia con este plan
tradicional, Tiglat-Pileser III emprendió su primera
campaña contra Babilonia, partiendo en septiembre del año 745.
Pero
pensar que marchó contra Babilonia como enemigo es pasar por alto por completo
la visión de estadista que demostró a lo largo de su reinado. Asiria era la
soberana de Babilonia; y es muy probable que Nabunasir,
el rey babilónico, al ver que ahora gobernaba en Kalah un hombre enérgico y
capaz, se alegró de poder invocar su ayuda contra los arameos y los caldeos que
amenazaban las fronteras orientales y meridionales de Babilonia. La pronta
respuesta de Tiglat-Pileser a la petición no solo
estuvo motivada por la necesidad de frenar a estas tribus, sino también por
consideraciones personales y políticas. Era rey por derecho de revolución, pero
ninguna consagración religiosa había legitimado su ascensión al trono. En
Asiria no podía rebajarse a recibir tal consagración, pues el sacerdocio no se
la habría concedido, y las clases militares —cuyo antagonismo hacia el
sacerdocio había dado origen a la revolución— no lo habrían perdonado si la
hubiera aceptado. A ellos les habría parecido que se había aliado en secreto
con los intereses del Templo; pero del clero babilónico, cuya consagración
hacía que su reinado fuera tan válido como el de los sacerdotes de Asiria, pudo
recibir —y de hecho recibió— la sanción religiosa. Y estos no se la habrían
negado siempre que él accediera a acudir en ayuda de su rey y de su país,
amenazados como estaban por poderosos enemigos en la frontera. Bajo sus auspicios,
pudo ofrecer sacrificios a Bel, Nebo, Nergal, a Sarpanit y Tasmit,
en aquellas ciudades babilónicas que visitó durante su primera campaña.
Entonces podría regresar a casa como un rey cuya coronación había perdido el
último vestigio de ilegitimidad, ya que los dioses habían aceptado sus ofrendas
y le habían concedido la victoria.
Además,
por otra razón, a Tiglat-Pileser no le habría servido
de nada desempeñar el papel de enemigo de Babilonia en ese momento. En su
primera campaña, un usurpador debe salir victorioso. Si hubiera partido como
enemigo declarado de Babilonia en esta campaña, no habría podido reclamar una
victoria completa, a menos que hubiera logrado destronar a Nabunasir.
Sin duda habría podido hacerlo, pues Nabunasir no
estaba en condiciones de oponer una resistencia efectiva, pero tal medida
habría causado a Tiglat-Pileser una gran vergüenza.
Para legitimar su coronación, se habría visto entonces obligado a «tomar las
manos de Bel» . Esto, como veremos más adelante, no podía hacerlo en aquel
momento, y haber omitido esa ceremonia habría supuesto un delito capital contra
el clero de Babilonia. En su propio país podía permitirse enemistarse con el
clero, pero no podía arriesgarse a aplicar una política similar en Babilonia. A
diferencia de sus homólogos del norte, los sacerdotes babilónicos gozaban en
aquella época, por lo general, de gran poder en los asuntos políticos de su
país. Su influencia también se dejaba sentir con fuerza en Asiria. Los asirios,
aunque habían participado muy recientemente en una revolución contra su propio
clero, no sentían antipatía alguna hacia los sacerdotes de Babilonia. Al
contrario, la influencia religiosa de Babilonia sobre Asiria nunca se debilitó
realmente durante todo el período de supremacía asiria. En aquella época era
muy fuerte. Si Tiglat-Pileser se hubiera coronado rey
de Babilonia sin «tomar las manos de Bel», no solo habría sido considerado un
déspota sacrílego por el pueblo del sur, sino también por sus propios
compatriotas, y se habría ganado la enemistad de un orgulloso estado vasallo
cuyo sentido de la independencia era fuerte, además de la oposición de una gran
parte de la sociedad asiria. Si, por el contrario, en el año 745 se hubiera
sometido a la coronación sacerdotal, podría haber ganado poder y popularidad
tanto en su país como en el sur, pero esa popularidad adicional habría sido
efímera, especialmente en Babilonia, ya que la ceremonia de «tomar las manos de
Bel» debía repetirse anualmente en la ciudad de Babilonia. Habría bastado con
faltar a ella una sola vez para invalidar su soberanía. Si, a pesar de esa
omisión, hubiera intentado conservar la corona, se habría ofendido a los
sentimientos del clero y de todos los babilonios, y a sus ojos Tiglat-Pileser habría pasado a ser considerado un tirano
despiadado que pisoteaba los derechos y las convicciones más queridas de sus súbditos.
Se habría granjeado un enemigo implacable a las puertas de su propio reino y
habría puesto en peligro sus grandes planes. En los años venideros, todas sus
campañas habrían tenido que organizarse con el fin de estar presente en
Babilonia para la imprescindible ceremonia anual. Un rey cuyas futuras
operaciones ya estaban trazadas, y que, de acuerdo con ellas, tendría que
viajar hasta lugares tan lejanos como Urartu, o incluso hasta el mar Caspio al
norte y el Mediterráneo al oeste, tuvo que posponer la asunción plena de la
corona de Babilonia hasta que sus provincias más lejanas quedaran vinculadas de
forma duradera al Imperio, y sus gobernadores y lugartenientes hubieran
aprendido, bajo su propia tutela, cómo mantener las posesiones del rey mediante
el sistema que la corona pretendía instaurar.
Su
propósito en esta campaña no era, pues, someter a Babilonia, sino impedir que
cayera en manos de los arameos y los caldeos. Estas tribus eran su principal
preocupación, ya que dejarlas sin molestar podría, en algún momento futuro,
haber supuesto graves obstáculos para el pleno desarrollo de cualquier
expedición lejana en la que pudiera verse involucrado; y es concebible que,
mientras él se encontrara en el lejano oeste, estas pudieran incluso amenazar
gravemente a Asiria. Más adelante tuvo que librar una guerra encarnizada contra
los caldeos, y su poder queda demostrado por el hecho
de que, incluso cuando tuvo la oportunidad de dedicarles toda su atención, eran
lo suficientemente fuertes como para defender Sapia, su capital, frente a todos
los esfuerzos de Tiglat-Pileser, aunque en aquel
momento (733) sus tropas eran veteranas y él un poderoso conquistador con un
largo historial de brillantes victorias.
Ahora, en
el año 745, estas tribus arameas y caldeas se habían acercado lo suficiente
como para atacar Babilonia. Una rama de estas dos tribus al este del Tigris era
nómada, pero los grupos más peligrosos —aunque no los más numerosos— se habían
apoderado de varias ciudades importantes en la margen derecha del Éufrates,
cualquiera de las cuales podía servir de base de operaciones para un ataque
contra Babilonia. Una vez en su poder, habrían estado en condiciones de
amenazar a la propia Asiria. Marchando directamente hacia el sur, Tiglat-Pileser ataca y toma, una tras otra, las ciudades
que estaban en manos de sus enemigos. Estas eran Dur-Kurigalzu,
Sippar, Pazitu, Pahhaz,
Nippur, Babilonia, Borsippa, Kutu, Kis, Dilbat y Uruk. Expulsó a las tribus arameas desde las
riberas del Bajo Zab hasta las del río Uknu.
Reacondicionó el canal de Patti y, en el emplazamiento de Til-Kamri —llamado Humut—, construyó una ciudad fortificada a la que dio el
nombre de Kar-Assur; así como una segunda ciudad cuyo
nombre figuraba al final de los Anales, en la línea 21, pero que se ha perdido.
Host cree que pudo haber sido Dur-Tukulti-apil-isarra. Estas dos ciudades se convirtieron en los puestos
de guarnición centrales de los distritos conquistados, donde instaló a sus
lugartenientes, tras haber puesto el territorio bajo la jurisdicción de las dos
provincias vecinas de Barhazia y Mazamua.
Los lugartenientes no solo tenían que recaudar ingresos suficientes para los
fines de la ocupación militar, sino que también debían entregar una suma
considerable al tesoro imperial, ya que su contribución anual se fijó en la
elevada cantidad de diez talentos de oro y mil talentos de plata, además del
tributo en ganado y otros bienes. Desde E-sagila, E-zida y E-sitlam, los sacerdotes
trajeron ofrendas como muestra de su sumisión al conquistador.
Tras
completar su primera conquista, Tiglat-Pileser
comenzó a poner en práctica su política de colonización. Los pueblos
conquistados fueron dispersados y sus tierras repobladas con colonos
procedentes de Mazamua y Barhazia.
Su objetivo era, por supuesto, evitar futuras oportunidades de conspiración o
revolución, y dejó a las tribus sometidas sin poder alguno, tanto mediante el
establecimiento de guarniciones en sus tierras como dispersándolas en colonias
muy distantes entre sí, impidiendo así la posibilidad de una acción concertada
por su parte.
Pero,
aunque en esta campaña llegó hasta Nippur, en el sur, y había sometido el país
hasta las estribaciones de Elam, limpiando las llanuras y las cuencas fluviales
de tribus hostiles, su labor habría acabado por ser en vano de no haber
penetrado hasta las tribus de las colinas, en sus fortalezas montañosas del
territorio más allá. Dejar a estas tribus sin molestar habría invalidado sus
esfuerzos en las tierras bajas. Desde las tierras altas, un enemigo inconquistado podría haber descendido a las llanuras para
deshacer todos los resultados victoriosos de la primera campaña.
Para
asegurar Asiria y zanjar los asuntos en su frontera sur inmediata y en sus
límites orientales, emprendió al año siguiente (744) su segunda expedición, la
dirigida contra Namri.
Sin
embargo, la frontera sur no podía considerarse segura hasta que se hubieran
asegurado los pasos al este del Diala. Su ocupación y fortificación servirían
al doble propósito de constituir un puesto avanzado defensivo en la frontera y,
en caso de cualquier avance futuro hacia el territorio más allá, las vías
quedarían despejadas para cualquier invasión que pudiera contemplar. No solo es
probable que Tiglat-Pileser dividiera su ejército en
dos cuerpos para esta campaña, sino que, con toda probabilidad, uno de estos
cuerpos se desplazó en al menos dos columnas. Un cuerpo operó hacia el sur.
Partiendo de un punto no muy al norte de la actual Bakuba,
siguió un rumbo generalmente paralelo a la orilla este del Diala y,
presumiblemente, cruzó la divisoria de aguas donde uno de los afluentes del río Konchitum se abre paso entre las colinas, no muy
lejos de la actual Imam-Esker; avanzando hacia el este, arrasó Erinziasu, Bit-Hamlan, Bit-Sumurzu, Bit-Barrua, Bit-Zualzai y, a continuación, Ariarma, Tarsarranihu y Saksukni.
El cuerpo
del norte, al mando del gobernador provincial Assur-danin-ani,
tenía la misión de someter a los «poderosos medos». Consiguieron conquistar un
territorio tan extenso que es más que probable que operaran en al menos dos
columnas separadas. Pero los Anales nos son de poca ayuda a la hora de trazar
sus respectivas rutas. Es probable, sin embargo, que no dividieran sus fuerzas
hasta haber llegado a la llanura de Shehrizor. A este
lugar, en lo que respecta a la naturaleza del terreno, podrían haber accedido
con mayor facilidad marchando por la orilla occidental del Diala, al sur del Segrime Dagh, y continuando en paralelo al Shirwan, un afluente del Diala. En algún punto que dominaba
los diversos caminos que conducían a Media, tal vez cerca de la actual
Behistún, se separaron. Una división, dirigiéndose hacia el noroeste, arrasó
Bit-Abdadani y Bit-Zatti; a continuación, girando
hacia el noreste, por el flanco derecho de su ruta anterior, derrotó a las
tropas de Bit-Tazzaki. La segunda división, partiendo
en dirección sureste, se hizo con el control de Bit-Istar y, desde allí,
dirigiéndose hacia el sur, avanzó victoriosa a través de Bit-Sangibutti y Bit-Sangi. Un giro de medio giro hacia el
norte les llevó a Bit-Kapsi y, finalmente, aún más al norte, a Arazias y Parsua. Las dos
divisiones habían trazado juntas un círculo casi completo y, probablemente,
reunieron entonces sus fuerzas en el punto de encuentro acordado. Lo más
probable es que este fuera su punto de partida, cerca de Behistún. Parece que
aquí se encontraba Nikur, la fortaleza cuya destrucción se menciona en los
Anales. Fue reconstruida como base estratégica para controlar todo el
territorio que había sido invadido por ambos cuerpos de ejército. Aquí se
asentó a un gran número de personas procedentes de las diversas tribus
conquistadas y se les asignó un gobernador provincial, mientras que a otras,
procedentes del norte, se les estableció en Bit-Sumurzu y Bit-Hamban, y a otras más en Zakruti.
Antes de llegar a Nikur, los dos cuerpos de ejército se habían reunido,
posiblemente en Arazias, que quizá conquistaron
conjuntamente. No se puede determinar si ese mismo año también se llegaron a Arakuttu y Nisai. Ninguna de las
dos aparece mencionada en los Anales. Lo más probable es que su turno no
llegara hasta el año 737, cuando se libró una segunda guerra en las regiones
aquí consideradas.
El botín
obtenido en la campaña debió de ser enorme. Caballos, mulas, ganado mayor y
menor, camellos, armas, metales y piedras preciosas, así como todo tipo de
productos, fueron llevados como trofeos y como ganancia. Se impuso un tributo
de 300 talentos de piedra uknu (lapislázuli) y 500
talentos de plata, y se deportó a 65 000 prisioneros para su colonización en
otras dependencias.
Los
enemigos más cercanos se encontraban ahora indefensos. Al cabo de dos años de
reinado, debían de haber llegado a Asiria suficientes tributos y botines como
para satisfacer incluso a un pueblo cuyos suministros anteriores, durante
algunos años, habían sido mínimos. Tiglat-Pileser
había consolidado sin duda su posición de tal manera que, en el futuro, sus
campañas podrían llevarlo a grandes distancias sin tener que temer que ninguna
revolución interna amenazara seriamente su corona. Estas dos primeras expediciones
habían resultado un éxito rotundo. El usurpador había confirmado todas las
profecías sobre sus poderes. Distritos enteros estaban reducidos a cenizas. Las
antiguas ciudades fortificadas, que se habían convertido en una amenaza, fueron
destruidas. Enemigos poderosos se habían aterrorizado ante la visión de los
montones de muertos y heridos, y habían aprendido a comprender lo que el futuro
deparaba a los adversarios de Asiria. En puntos estratégicos, Tiglat-Pileser había erigido calam sarrutia, «imágenes de mi realeza». Gran parte del
botín fue dedicado al dios Asur, y su terror estaba siempre presente ante los
ojos de los pueblos derrotados.
Aunque no
todas las regiones conquistadas se incorporaron formalmente al Imperio, Tiglat-Pileser había iniciado, en el año 744, la verdadera
labor de asimilación y fusión. Estas tribus orientales eran en su mayoría
iraníes y casitas. Estos últimos habían establecido en su momento una dinastía
de treinta y seis reyes en Babilonia, y aún en el año 702, Senaquerib se había
visto obligado a sofocarlos. Sus tradiciones debieron de hacerles atesorar un
grado de independencia tan fuerte que resultó casi imposible someterlos por
completo. Quizás fue debido a este profundo apego a su identidad babilónica
independiente por lo que el plan de colonización de Tiglat-Pileser
nunca llegó a traducirse realmente en su plena asimilación, y es posible que
ellos fueran la causa de su campaña del 737.
Tiglat-Pileser III recibiendo homenaje
CAPÍTULO
IV
El
objetivo de la campaña del 743 no contemplaba un conflicto directo con el
propio Urartu. Aún no había llegado el momento de dar un paso tan decisivo. El
triunfo sobre los enemigos medos, aunque decisivo, no era en absoluto
comparable con la lucha que Sardurri III de Urartu
estaba dispuesto a librar por la supremacía en Asia. Era un enemigo digno de la
máxima consideración; ni él ni su pueblo lucharían con menos furia y amargura
contra Asiria, pues lo que estaba en juego en la batalla que se avecinaba no era
un principado insignificante, sino el dominio sobre toda la mitad norte del
continente o, tal vez, la propia independencia. No había lugar en Asia para dos
grandes potencias de igual fuerza y recursos. Las grandes naciones aún no
habían aprendido a convivir pacíficamente unas junto a otras. Entre ellas
habría sin duda un conflicto constante hasta que una u otra quedara
completamente sometida y dependiente de su conquistador, o fuera aniquilada por
completo. Ser menos poderoso que un pueblo vecino era en sí mismo un presagio
de que la independencia tendría los días contados.
Tal y
como estaba la situación en Asia, o bien Asiria o bien Urartu debían esperar
tener que doblegarse ante la superioridad bélica de la otra, y el desenlace
podría depender del resultado de una sola batalla. Tampoco era ese desenlace en
absoluto una conclusión inevitable. La gloriosa tradición de Asiria era un
valioso activo en la lucha que se avecinaba, pero esta gran tradición no era,
ni mucho menos, su única arma. Como se ha visto, cuando Tiglat-Pileser
III subió al trono, Asiria se encontraba en un estado de letargo, pero su
vitalidad y vigor fundamentales no se habían visto mermados. Solo se necesitaba
un gobernante enérgico y capaz, con quien la mayoría de la nación estuviera
plenamente de acuerdo, para impulsarla a un gran esfuerzo. Que Tiglat-Pileser era ese hombre lo indicaban claramente sus
dos campañas anteriores; pero los urartianos también
se habían acostumbrado a la victoria, y no solo sobre naciones insignificantes,
sino sobre la propia Asiria. Como vimos en el capítulo II, desde la época de
Ramman-Nirari III hasta la misma fecha de la coronación de Tiglat-Pileser,
el poder urartiano había ido aumentando de forma
constante. Menuas había medido fuerzas con Asiria, y
tanto él como su hijo Argistis habían demostrado ser
los monarcas más agresivos y exitosos de su dinastía. Tiele ha elaborado una
lista de las posesiones más importantes de Menuas,
que incluye las tierras de los hititas, Melitene, Man
y Urmedi. A su vez, él legó a su sucesor, Sardurri III, un imperio cuya mayor parte había sido arrebatada a
Asiria y que se contaba entre sus posesiones más valiosas. Cuando Tiglat-Pileser entró en contacto con Sardurri, el
territorio urartiano había alcanzado su máxima
extensión. Su frontera norte y noreste discurría por las llanuras de Alexandrapal y el lago Gokcha (Transcaucasia) y se extendía hacia el noroeste hasta Hassankala, cerca de Erzerum, Aschgerd y Delibaba. Al oeste se
encontraba el Murad Tschai, con los puestos avanzados más lejanos en Masgerd, al norte de Kharput, y
en Isoli. Al sur, su línea discurría a lo largo de la
cordillera entre Armenia y Mesopotamia, y en el extremo este, desde el lago Gokcha hasta Ordaklu. Tampoco
parece que este gran imperio estuviera unido de forma laxa. La forma en que
muchos de los estados independientes se resistieron a Tiglat-Pileser
demuestra que los reyes urartianos habían logrado, en
un grado sorprendente, afianzar la fidelidad de sus vasallos y tributarios. La
decidida y encarnizada oposición que los príncipes sirios opusieron a las armas
de Tiglat-Pileser, obligándole a pasar tres años en
Occidente antes de que pudieran ser obligados a renunciar a su lealtad a
Sardurri, pone de manifiesto el gran dominio urartiano sobre posesiones territoriales muy extensas.
Sardurri también
había demostrado su capacidad para los logros militares. En el año 755 ya había
conquistado Melitene, y en el 744 los países de Tauro
y Amanus también eran suyos. Podía contar con ellos y
con el apoyo de Arpad en la contienda que ahora se le presentaba. De hecho,
resulta sorprendente que no avanzara más hacia el oeste y conquistara tanto
Damasco como Israel. El primero se encontraba en aquel momento muy debilitado,
e Israel, aunque aparentemente próspero durante el reinado de Jeroboam II, no
era, como atestigua Amós, intrínsecamente fuerte. La debilidad de los reinos
vecinos explica por completo la gloria exterior del reinado de Jeroboam; e
incluso esta comenzaba a desvanecerse durante los últimos años de su vida.
Quizás Sardurri se dio cuenta de que no era prudente
intentar una mayor expansión territorial en ese momento, ya que Tiglat-Pileser había demostrado que no era ningún débil. Al
rey urartiano le bastaría, por el momento, con poder
mantenerse firme frente a Asiria. Tampoco formaba parte de su plan avanzar más
hacia el oeste, alejándose de sus provincias natales, y dejar a un enemigo
fuerte a sus espaldas. Podía permitirse dejar que el asirio diera el primer
paso. Esto es lo que Tiglat-Pileser se vio obligado a
hacerlo. Quizá uno de los deseos secretos que albergaba al emprender su campaña
del año anterior en Armenia y el Este era que Sardurri abandonara Van y se dirigiera al sur para enfrentarse a él en terreno neutral.
Pero Sardurri no se movió. Intentar marchar contra la
y golpear en el mismísimo centro de sus operaciones habría supuesto un largo y
penoso viaje a través de pasos de montaña cubiertos de nieve, fáciles de
defender para el armenio. En el año 744, Tiglat-Pileser
no estaba preparado para una empresa tan arriesgada. No se atrevió a correr el
riesgo de sufrir una derrota. En ese caso, los aliados urartianos se habrían aferrado aún más a su lealtad, y era precisamente en estos aliados,
en particular en los hititas y los sirios, donde residía gran parte del poder
de Sardurri.
El plan
más prometedor, por lo tanto, era atacar en algún lugar del norte de Siria. Los
tributos y los impuestos de esta rica región de Asia eran esenciales para Sardurri, y la amenaza de perderlos no dejaría de sacarlo
de su capital, protegida por las montañas, hacia las llanuras. Aquí, sin
incurrir en el peligro, el cansancio y el retraso de una larga marcha alrededor
del lago de Van, la ventaja estaba del lado de Tiglat-Pileser.
Si Sardurri se quedaba en casa, saldría perdiendo, ya
que eso habría equivalido a una confesión de miedo y, como tal, habría supuesto
un golpe moral a la influencia de Urartu.
Las
fuentes mencionan a Agusi, Qummuh, Melid, Samal y Gargum como los aliados activos con los que Tiglat-Pileser tuvo que lidiar. A principios del año 743
marchó hacia el oeste, y la entrada del Canon correspondiente a ese año reza: «ina Arpadda», en la ciudad de
Arpad. En ninguna parte de sus inscripciones insinúa Tiglat-Pileser
que hubiera tenido lugar una batalla o un asedio que le asegurara la posesión
de la ciudad en ese año. No hay justificación, como sostiene Rost, para cambiar
la preposición de ina a ana y, basándose en ello, postular una situación en la que Tiglat-Pileser
sitiara esa ciudad y se viera obligado a levantar el asedio al enterarse de que Sardurri acudía en ayuda de su aliado. El Canon dice
claramente: «Ina Arpadda». Pero no sabemos cómo entró
y tomó posesión de ella. Tiele cree que en el año 744 Arpad estaba en manos de
Asiria, y que Tiglat-Pileser pretendía utilizarla en
esta campaña como base de operaciones. En cualquier caso, aunque no sepamos
cómo entró Tiglat-Pileser en la ciudad —puesto que
era la capital de Mati'ilu, el aliado más fuerte de Sardurri—, nos vemos obligados a admitir el hecho. Mientras
se preparaba allí para las operaciones contra los pequeños estados
circundantes, se anunció la noticia de la llegada de Sardurri.
Desde el noreste, el armenio atravesó Kilhi y Ulluba,
cruzó el Tigris y, a continuación, al este del Éufrates, entró en Qummuh. Había llegado a un punto entre Kistan y Halpi cuando apareció Tiglat-Pileser,
y los rivales se enfrentaron en batalla entre ambas ciudades. Sardurri sufrió una dura derrota. Huyó del campo de batalla
a lomos de una yegua. Sus bajas ascendieron a 72 900 hombres (Anales 66). Su
tren de bagajes, caballos, mulas, carros e incluso sus adornos personales
pasaron a ser botín del vencedor; y los sirvientes y artesanos cualificados que
habían seguido al ejército fueron hechos prisioneros. Sin embargo, a pesar de
todo ello, la batalla no fue decisiva. Una sola victoria no había decidido el
destino del Oeste, ni Sardurri se encontraba del todo
indefenso. La imagen de un triunfo absoluto con la que los Anales pretenden
impresionarnos no refleja toda la realidad. La victoria debió de costarle a Tiglat-Pileser gran parte de sus fuerzas. Se vio obligado a
regresar a Nínive y preparar sus tropas para otra campaña en Siria. Los aliados
no se dejaron intimidar por la victoria de Tiglat-Pileser.
Le resultaron incluso más difíciles de vencer que al propio Sardurri; y esto es
especialmente cierto en el caso de Mati’ilu de Agusi. Fue él quien obligó a Tiglat-Pileser a pasar tres
años en el norte de Siria, llevando a cabo campañas secundarias, pero
dedicándose principalmente a intentar someter la ciudad de Arpad. Hemos visto
que el Canon del año 743 registra la entrada de Tiglat-Pileser
en Arpad. El año 742 narra otra expedición contra la misma ciudad; lo mismo
ocurre con la entrada correspondiente al 741, que añade que se tardó tres años
en capturar Arpad. Como ya se ha dicho, en el 743 Tiglat-Pileser
abandonó Arpad para enfrentarse a Sardurri en Qummuh. Así pues, si esa ciudad no se rindió al rey asirio
hasta el año 741, parece que, mientras Tiglat-Pileser
estaba ocupado en Kistán, los aliados en Siria
tomaron Arpad durante su ausencia. Y el gran rey, agotado por la batalla que
duró todo el día en Qummuh, no pudo hacer nada más en
el año 743 que capturar unas pocas ciudades de aquella tierra. Ezzida, Harbisina y Ququsansu, las saqueó tras cruzar el Éufrates.
Mientras Tiglat-Pileser pasaba el invierno en Nínive preparándose
para reanudar las operaciones en Siria al año siguiente, Mati'ilu se preparó para el inevitable asedio de Arpad. Habría hecho las paces con Tiglat-Pileser y, de haberlo hecho, es probable que hubiera
obtenido condiciones razonables. Pero Sardurri había
huido a su propio territorio, y su aliado esperaba que reuniera un nuevo
ejército con el que acudir en ayuda de los confederados sitiados en Siria. Por
lo tanto, cuando el asirio volvió a presentarse ante Arpad, se enfrentó a una
oposición muy tenaz. El tiempo que se tardó en tomar la ciudad pone de
manifiesto lo bien que Arpad debió de haberse preparado para este asedio. Sin
duda, Tiglat-Pileser no se quedó de brazos cruzados
ante las murallas esperando tranquilamente a que la ciudad muriera de hambre.
Desde su campamento militar se enviaron expediciones en todas direcciones y se
vigiló de cerca a los aliados, con el fin de impedir cualquier acción
concertada. Cuando, en el año 740, la ciudad capituló por fin, todos los
miembros de la liga, salvo uno, estaban ansiosos por llegar a un acuerdo con el
vencedor. El destino de Mati’ilu quedó sellado.
Perdió su trono y, si los registros estuvieran completos, sin duda nos
enteraríamos de su ejecución. Uriarik de Que, Pisiris de Karkamis, Kustaspi de Qummuh y Tarhulara de Gargum se
apresuraron a acudir en persona ante Arpad para hacer las paces con Tiglat-Pileser y reconocer su soberanía. Las condiciones
que exigió fueron muy duras. Los Anales, en los que se indicaba la cuantía del
tributo, están incompletos (Anales 89-90); lo único que queda es la mención del
marfil, piel de elefante, tela púrpura, plomo, plata y oro. Pero la humillación
había sido total, y no tenían ningún deseo de prolongar la resistencia. Si lo
hubieran considerado oportuno, un nuevo líder se habría proclamado en la
persona de Tutamu de Unqi. Unqi, que en un principio no era más que el extremo
occidental de Patin, había adquirido para entonces el control de todo el país.
Se extendía entre los ríos Éufrates y Orontes, y se prolongaba hacia el norte
más allá del Afrin. La capital era Kinalia, y Tiglat-Pileser se dirigió hacia ella sin demora. A partir
de un pasaje de Asurb. III. 70-92, podemos determinar
la ruta que siguió el ejército. Partieron de un punto situado entre Karkemis y Til-Barsip y tuvieron
que cruzar el Afrin antes de llegar a Kinalia. Pero
primero llegaron a Hazzaz (Azaz). Al tratarse de una
ciudad importante, probablemente existía una vía militar entre Karkemis y Hazzaz que conducía al río Afrin. En épocas posteriores
(pregriegas), dicha vía iba desde Birejik (Zeugma), un poco al sur del emplazamiento de Karhemis,
hasta Aintab. Tras conquistar Hazzaz, Tiglat-Pileser actuó de forma similar con Aribua y, continuando hacia el sur, se topó con la
carretera que sube desde Alepo, discurre un poco al sur de Hazzaz y, desde
allí, atraviesa las Puertas de Siria hasta Beilan y
la costa. Llegó a Kinalia tras seguir esta carretera
cruzando el Afrin, y la tomó sin mucha dificultad. Durante el ataque, la ciudad
quedó destruida. Debemos deducirlo porque en los Anales 97 se nos dice que fue
reconstruida. Unqi quedó bajo el mando de un
gobernador provincial, y el abundante botín compensó los gastos y las
dificultades de la campaña. Tutamu perdió la vida. Su
destino sirvió de severa advertencia a todos los príncipes vecinos, y fue una
suerte para Hiram de Tiro y Rezín de Damasco que sus
emisarios se hubieran apresurado a acudir ante Tiglat-Pileser
con muestras de sumisión poco después de que este hubiera sometido a Arpad.
Tiglat-Pileser
aún no había terminado su campaña en el lejano oeste, pero quizá sea mejor para
nosotros, por el momento, hacer caso omiso del orden cronológico de sus
campañas y dejar de lado sus actividades en Ulluba (739), las expediciones
contra Media (737), el monte Nal (73G) y la de Urartu (735) para otros
capítulos, y continuar aquí con los detalles de su campaña contra Siria,
Fenicia, Filistea, Israel y Judá, que le mantuvieron ocupado en el año 738 y,
de nuevo, desde el 734 hasta el 732, ambos inclusive.
Los
principales países de Occidente que permanecieron independientes de Asiria tras
la campaña de Tiglat-Pileser del año 740 fueron
Siria, Israel y Judá, Fenicia y Filistea. Con ellos en su poder, el rey asirio
habría sido supremo desde el Tigris hasta el mar Mediterráneo. Quizá hubiera
tenido inicialmente la intención de dedicar el año 739 a la subyugación de
estos países y a la conquista de todo Occidente. Pero durante ese año
estallaron disturbios entre los pueblos nairi y hubo
que emprender una campaña contra Ulluba. Probablemente, Sardurri incitó el levantamiento en ese país. Al ver que Tiglat-Pileser
se estaba convirtiendo rápidamente en el señor de Occidente, el rey de Urartu
fomentó disturbios en Ulluba, con la esperanza de obligar así a su rival asirio
a regresar apresuradamente a Oriente y dar así a los reyes occidentales la
oportunidad de formar una alianza contra su conquistador. En esto, Sardurri tuvo un éxito rotundo. Los príncipes y principados
que habían sido sometidos en el año 740 se rebelaron contra el yugo asirio.
Así, cuando concluyó la campaña de 739 en Ulluba, Tiglat-Pileser
se preparó, como era de esperar, para una segunda campaña hacia el oeste, y, en
consecuencia, en el año 738 lo encontramos de nuevo en Siria. Hasta ese año, el
plan de Sardurri de fomentar rebeliones contra Tiglat-Pileser en una parte de Asia mientras este último
estaba ocupado en otra había tenido éxito. Mientras el rey asirio se encontraba
en el oeste, estallaron en el este rebeliones inspiradas por el monarca urartiano. Y cuando Tiglat-Pileser
se apresuró a dirigirse al este para sofocarlas, Sardurri incitó a revueltas en el oeste. Fue precisamente por este motivo, como hemos
visto, por lo que Tiglat-Pileser se vio obligado a
intervenir en Ulluba en el año 739, en lugar de dedicar ese año a continuar las
campañas sirias del 740. Pero Tiglat-Pileser era un
conquistador demasiado grande como para que tales maquinaciones lo desviaran
por mucho tiempo de su gran propósito. Con la conquista de Ulluba, solo estaba
un paso más cerca de su objetivo final; a saber, la conquista de Urartu.
Tampoco Sardurri obtuvo gran beneficio de la formación de la nueva liga de
reyes occidentales a la que Tiglat-Pileser tuvo que
hacer frente en el año 738. Y es que este último derrotó a la confederación
occidental y, cuando estuvo listo para ajustar cuentas definitivamente con Sardurri, ya no le fue necesario realizar trabajos
preliminares en Ulluba, puesto que aquel país ya era suyo.
En cuanto
a la campaña siria del 738, el Canon señala como objetivo Kullani.
Su gobernante probablemente desempeñó un papel importante en el levantamiento,
pero el verdadero líder fue Azriau de Yaudi. Yaudi había estado
gobernado por la casa de Panammu de Samal y, sin
duda, bajo esa dinastía se había unido a Asiria como consecuencia de la
conquista de Arpad. Ahora que una nueva coalición, independiente del liderazgo urartiano, se proponía disputar la supremacía a Tiglat-Pileser, el reinado de Azriau —que no pertenecía a
la casa de Panammu— apunta al derrocamiento del
partido pro antiasirios en Yaudi.
La confederación, que incluía los «XIX distritos de Hamat», estaba formada por
ciudades y estados situados entre el Mediterráneo y el Orontes, al norte del
Líbano. No es probable que Israel o Damasco participaran activamente en este
levantamiento, aunque resulta algo sorprendente que Rezín no fuera el principal impulsor. Por aquella época había comenzado a hacerse
notar en el noreste de Siria y era, sin duda, el monarca más poderoso de esa
parte del país. Contaba con recursos suficientes para un conflicto decidido,
como demostró en el año 732. Ahora bien, tanto él como Menahem de Israel se
apresuraron a pagar tributo tan pronto como les llegó la noticia de la derrota
de Azriai, y todos los reyes confederados juraron fidelidad al gran
conquistador: Qummuh, Tiro, Que, Gebal, Karkemis, Hamat, Samal, Gurgum,
Melid, Kask, Tabal, Atun, Tuhan, Istunda y Husimna, e incluso las tierras de una reina árabe, Zabibi, se convirtieron en vasallos de Asiria. El tributo
que se vieron obligados a pagar incluía dinero, metales preciosos, madera,
telas, camellos, caballos y rebaños de ganado. El botín fue tan abundante que
parece como si el objetivo de Tiglat-Pileser no fuera
solo recuperar el coste de la campaña, sino también empobrecer a Siria Central
y del Norte hasta el punto de que no pudieran ni soñar con la posibilidad de
una revuelta en los años venideros. Con ese fin, también colonizó el territorio
con colonos procedentes de Media Occidental, donde, mientras él estaba ocupado
con la liga siria, había surgido una rebelión. Sardurri,
incapaz de enfrentarse al rey asirio en campo abierto, intentó obstaculizarlo
mediante la diplomacia y la intriga; pues, sin duda, el levantamiento entre las
tribus medas en ese año se debió a la influencia urartiana.
Pero si Sardurri pensaba que Tiglat-Pileser
se apresuraría a dirigirse hacia el este y dejaría a los aliados en Siria
libres para liberarse del yugo, calculó mal. Tiglat-Pileser
se vio, en efecto, obligado a abandonar Siria tras aplastar la rebelión y a
posponer para otro momento la conquista del sur de Siria, Israel, Judá y la
región del Líbano; además, en el año 737 tuvo que marchar contra la propia
Media. Sin embargo, en el año 738 logró hacer frente a Azriau y a sus aliados, y los sometió tan rotundamente que, cuando cuatro años más
tarde atravesó sus tierras, de camino a Damasco, estos ya no representaban
ninguna amenaza para hostigarlo. La revuelta en la frontera con Babilonia fue
pronto sofocada por los gobernadores de Nairi y Lullumi, quienes enviaron unos
25 000 prisioneros a Tiglat-Pileser. Este los asentó
en las ciudades de Unqi y, a continuación, dispersó a
miles de hititas por todo el territorio de Nairi.
Durante
tres años reinó la paz en Occidente. A primera vista, todos los príncipes que
habían jurado lealtad a Tiglat-Pileser se mantuvieron
fieles, y él, convencido de que las nuevas operaciones en esa dirección podían
esperar hasta haber acabado con Sardurri, no regresó
hasta el año 734. Según el Canon, Filistea era el objetivo. Pero habría sido
extraño que el verdadero problema no hubiera surgido de otro lugar. En el año
738, Rezín se había apresurado a apaciguar a Tiglat-Pileser con regalos. (La lista de tributos del año
738 incluye a los gobernantes del norte y del centro de Siria; a saber, Hamat,
Samaria, Fenicia —es decir, Tiro— y Gubal. En la de
734 falta Damasco, pero aparecen nuevos nombres; a saber, Armad (la actual isla
de Ruad); Amón, Moab, Ascalón, Judá, Edom y Gaza).
Pero,
como se ha señalado, Damasco era un estado poderoso. Su posición entre los
reinos de Siria Central y del Sur era destacada, y algunos de sus primeros
gobernantes habían demostrado su poder, incluso en conflicto con la propia
Asiria. Ramman-Nirari, a pesar de su lenguaje jactancioso, había encontrado en
su rey Mari un enemigo formidable; y ahora, en el año 734, Rezín había vuelto a lograr que su reino de Damasco se convirtiera en un Estado a
tener en cuenta. Sin duda, Tiglat-Pileser tenía la
mirada puesta en los países más allá de Damasco, incluida Palestina. También es
casi seguro que este gran rey había planeado una futura conquista de Egipto.
Damasco era el verdadero obstáculo en su camino. Capadocia y Que, en la costa
norte del golfo de Iskanderun, eran suyas; también lo
era Siria al sur de Damasco, y de hecho, junto con Israel, ya estaba
nominalmente en sus manos, pero dado que Mati’ilu de
Arpad se le había opuesto durante tres años, Rezín estaba dispuesto a hacer lo mismo. No sabemos por qué el Canon establece que el
objetivo principal de la expedición de ese año fuera Filistea. El estado
mutilado de los Anales correspondientes a los dos años siguientes nos obliga a
recurrir a las fuentes bíblicas para obtener una visión de las operaciones que
siguieron.
El
registro del tributo de Menahem es el punto de partida. Este rey subió al trono
como consecuencia de la anarquía en Israel. Su breve reinado fue turbulento; y
su sucesor, Pecaías, fue asesinado por Peca, el capitán de la guardia del
palacio. La anarquía en el norte brindó a Judá la oportunidad que tanto había
esperado. Sola, en su estado de agitación, Israel no estaba en condiciones de
hacer frente a su adversario del sur. Tuvo que recurrir a ayuda externa, y el
aliado lógico era Damasco. Peca pidió ayuda a Rezín, y juntos sitiaron
Jerusalén. Acaz, que acababa de subir al trono de
Judá, no sabía a quién recurrir en busca de socorro. Rechazó el consejo de
Isaías. Había que repeler a los enemigos que se encontraban ante las puertas.
Tampoco le parecían a Acaz tan insignificantes como
«dos colas de una astilla humeante». ¿De qué le servía que, dentro de unos
años, las riquezas de Damasco e Israel fueran «llevadas ante los ojos del rey
de Asiria»? ¿Y de qué le servía la fe en Dios mientras Peca martilleaba sin
cesar las puertas? «Las aguas de Silo que corren lentamente» (Is. VIII, 6) no apagaban las brasas. Se hizo imperativo
buscar ayuda de algún lado, y solo había dos posibilidades: Egipto o Asiria. De
estas dos, Asiria era el aliado lógico, porque Israel se había aliado
tradicionalmente con Egipto (Os. VIII, 12) . Acaz recurrió a Tiglat-Pileser, ya que de él podía esperar
más consideración que del faraón. «Yo soy tu siervo y tu hijo; sube y sálvame
de las manos del rey de Siria y de las manos del rey de Israel» (2 Reyes 16,
7). No hizo falta una segunda invitación. Menahem ya había pagado tributo, pero
ahora Tiglat-Pileser tenía una excusa para invadir el
país. Acudió, pero aún no tenía necesidad de avanzar contra Samaria ni contra
Damasco. Acaz había invocado su ayuda, pero el asirio
tenía sus propios planes. De camino a Jerusalén había otras tierras que
conquistar. Además, Rezín y Peca se separaron: uno se
dirigió a Samaria y el otro, a Damasco.
Probablemente
tomando la ruta habitual a través de la depresión del Líbano en el valle del
Orontes, Tiglat-Pileser sometió a varias ciudades
fenicias, y una expedición a Filistea al mando de uno de sus generales logró
someter aquella tierra. Hanno de Gaza, sin atreverse a resistir y sin estar
dispuesto a rendirse, huyó a Egipto. De esta circunstancia podemos deducir que
Egipto seguía de cerca los acontecimientos. Egipto nunca estaba a salvo sin
puestos avanzados en Siria y nunca dejaba de asegurarlos y mantenerlos, siempre
que fuera posible. Tiglat-Pileser avanzaba
rápidamente hacia la zona donde cada paso hacia adelante debía de causar
aprensión al faraón. Este último probablemente había prometido ayuda a Hanno,
como había hecho a menudo con Israel y Judá; pues le resultaba muy necesario
mantener una zona de amortiguación entre él y Asiria, pero no cumplió su
promesa. La independencia de Gaza era importante para Egipto, pues era la
ciudad más cercana en la ruta comercial entre Egipto y Siria, y controlaba dicha
ruta. Con Hanno fugado, Gaza cayó en manos de Tiglat-Pileser.
A continuación, se dispuso a ocuparse de Peca. En las fronteras occidentales de
Israel (2 Reyes XV, 29), «el rey de Asiria tomó Ijon, Abel-bet-maaca, Janoá, Kedes, Hazor, Galaad, Galilea y toda la tierra de Neftalí, y se
llevó a sus habitantes cautivos a Asiria». Peca debió de resistir
valientemente, y las pérdidas de Israel sin duda habrían sido mayores de no ser
por la presencia de un partido proasirio. La
insensatez de Peca al aliarse con Rezín y convertirse
así en la causa indirecta de la intervención asiria probablemente explica su
asesinato (2 Reyes XV, 30) . El nuevo rey, Oseas, sin duda el líder del partido proasirio, recibió permiso de Tiglat-Pileser
para conservar su trono como tributario. Que juró fidelidad a Asiria lo vemos
en 2 Reyes XVII, 3-4. Allí se nos dice que Salmanasar «descubrió una
conspiración» en él, … o que había enviado mensajeros a So, rey de Egipto.
Tiglat-Pileser
tenía ahora vía libre para ocuparse de Damasco. Asiria y Siria se habían
enfrentado en el campo de batalla en épocas anteriores, y ambas habían obtenido
victorias, pero Rezín parece haber carecido tanto de la capacidad como de la prudencia de sus
predecesores. No está claro por qué se separó de Peca en lugar de permanecer
con él para hacer frente al enemigo común. Quizás Rezín temía que, si la batalla tuviera lugar en Israel, Tiglat-Pileser
contara con fuerzas suficientes para enviar tropas contra Damasco mientras él
mismo estaba ocupado ayudando a defender Israel. De hecho, se envió una
expedición de este tipo contra Filistea, mientras el ejército principal
combatía en el oeste de Israel. Además, Rezín contaba
con otros aliados. Es posible que considerara una estrategia más acertada
mantener a Tiglat-Pileser ocupado en Israel, al oeste
del Antilíbano, y hacer que debilitara sus fuerzas al
luchar contra Peca, para así ganar tiempo y formar una nueva confederación.
Quizás, desde su punto de vista, esa fuera una estrategia más sensata que
confiar en el resultado de una sola batalla.
El sirio
resultó tan difícil de vencer como Sardurri, pero
este último, al menos, salvó su capital. Rezín, tras
un largo asedio, tuvo que entregar su ciudad real, pero no sin antes ver
devastado de un extremo a otro su dominio periférico, y saqueadas sus ciudades,
pueblos y aldeas. El propio Rezín encontró la muerte. Los habitantes de Damasco
fueron trasladados a Kir. Los distritos conquistados en el año 732 quedaron
bajo el mando de un gobernador provincial con residencia en Damasco.
Metena de Tiro,
y Mitinti de Ascalón, que habían formado la nueva
coalición con Rezin, sufrieron grandes pérdidas en tributos, y este último,
enloquecido por sus desgracias, fue sustituido por su hijo Rukiptu, como
vasallo asirio. Para ampliar aún más el alcance de la conquista, una reina
árabe, Samsi, que pudo haber sido una aliada activa de Rezin, fue perseguida
hasta su país natal y, tras la derrota de sus tropas y el pago de un cuantioso
tributo, se le permitió conservar su trono. Muchas de las tribus árabes fueron
sometidas al pago de tributos y, de entre ellas, una, los Idibi'il,
fue destinada a vigilar y controlar la región árabe de Mucri.
Ahora los
príncipes de todo el Occidente se apresuraron a rendir homenaje al
conquistador. En Damasco estableció una corte provisional, y de lejos y de
cerca acudieron gobernantes temblorosos con promesas de lealtad y con regalos.
El botín que se vieron obligados a entregar fue enorme. Solo un príncipe, Uassurmi de Tabal, se atrevió a ausentarse, y por esta
presunción sufrió la humillación de ver cómo se colocaba a un «don nadie» en su
trono.
Asiria
era ahora la dueña de Asia, desde el río Uknu hasta
la costa filistea, al sur, y al norte, desde el Mediterráneo hasta Qummuh. El Este, hasta el Caspio, había sido conquistado en
el año 736. Media había sido sometida por completo en el año 737. Urartu había
quedado neutralizada en el 735. Solo quedaba por hacer la tarea de liberar a
Babilonia de los caldeos. Podemos ahora pasar a repasar las campañas de los
años 737, 736, 735, 731 y 730.
CAPÍTULO
V
En el año
743, Tiglat-Pileser había entrado en conflicto
directo con Sardurri en Kistan,
en Qummuh, y, aunque salió victorioso, la batalla le
había dejado tan mermado que le impidió perseguir al rey urartiano.
Durante su marcha hacia Qummuh había perdido Arpad y,
dado que ese era el objetivo de la campaña de aquel año, regresó para sitiarla
en el año 742. Pero, aunque Arpad permaneció por el momento en manos de Mati'ilu, su legítimo rey, y a pesar de que Sardurri había logrado escapar, Tiglat-Pileser
no estaba tan agotado por la batalla de Kistan como
para no poder cruzar el Éufrates y saquear las ciudades de Ququsansa, Harbisina y Ezzida. Sin
embargo, en aquel momento no deseaba ni era capaz de avanzar más cerca de la
capital urartiana e invadir Ulluba y Kilhi. Primero había que tomar Arpad y conquistar el norte
de Siria.
Pero
Ulluba y Kilhi fueron los objetivos en el año 739.
Tenían que estar en manos asirias antes de que Sardurri pudiera ser localizado en su tierra natal, y sin duda la labor de este año no
fue más que un paso más hacia el asedio de Van, que se llevó a cabo en el 735.
Los detalles de la campaña son escasos, ya que falta el registro de los Anales
y las inscripciones que se conservan aportan pocos datos. El Canon solo ofrece
el escueto anuncio relativo a Ulluba. En el año 831, Salmanasar II se había
visto obligado a enviar una expedición a Ulluba y Kilhi,
pues los urartianos ya se habían anexionado en aquel
momento esos dos países, que desde entonces habían estado bajo el control de
Urartu. Ahora bien, en el año 739, Tiglat-Pileser
inicia aquella serie de campañas destinadas a culminar en un enfrentamiento
definitivo con Sardurri, a quien desde el principio
había reconocido como el enemigo más peligroso de Asiria. Si lograba conquistar
Ulluba y Kilhi y administrarlas de tal manera que se
mantuvieran leales, no solo habría destruido el estado tapón que protegía a
Urartu por el oeste, sino que abriría el camino a sus tropas hasta las mismas
puertas de Sardurri. La brevedad de las fuentes no da
la impresión de que se concediera gran importancia a los logros de aquel año.
Se nos dice que se fundó una ciudad, Assur-iki-sa, donde se instituyó el culto
a Assur y se nombró a un gobernador para administrar
las dos provincias conquistadas. En Plimmir erigió
una imagen de su realeza.
Al año
siguiente, Tiglat-Pileser se encontraba de nuevo en
Occidente, y en el 737 se enfrentó a Media. Pero en el 736 sus operaciones se
desarrollaron prácticamente en el mismo territorio que había acaparado su
atención en el 739. A los pies de la cordillera de Nal había fortalezas y
formaciones naturales que tendrían un gran valor defensivo para Urartu en caso
de que Tiglat-Pileser intentara invadirlo. Además, el
asirio tenía que apoderarse de ellas para sentirse a salvo frente a una
incursión de Sardurri en Ulluba. En Kistan, Sardurri había sufrido
una dura derrota y, desde entonces, le habían arrebatado sus mejores
provincias. Aunque no se había aventurado a entrar en un conflicto abierto
mientras lo despojaban de sus territorios y, aparentemente, se contentaba con
permanecer tranquilamente en su país, no se podía confiar en que se mantuviera
como un mero espectador pasivo. No se sabía qué iniciativa repentina podría
emprender ni en qué momento podría aparecer inesperadamente. Kilhi limitaba con Urartu por el suroeste, y era desde esa
dirección desde donde podría aparecer más rápidamente. Bastaba con que
obtuviera una sola victoria para que Tiglat-Pileser
sufriera un revés tal vez suficiente para obstaculizar sus planes durante años.
El urartiano era en todo momento un enemigo peligroso
contra el que la precaución era tan imprescindible como la campaña militar
activa. Por ello, Tiglat-Pileser necesitaba aún más
asegurar la región de Nal. Mantenerla bajo su control, una vez que Ulluba y Kilhi estuvieran en sus manos, la conquista de estas
tierras quedaría completa y la posesión de Nairi sería definitiva.
Tiglat-Pileser
tomó las ciudades más importantes de la región. Se capturaron diez mil
prisioneros, y más de 20 000 cabezas de ganado, junto con un gran número de
mulas y caballos, constituyeron el botín de la campaña. No sabemos por qué Tiglat-Pileser no penetró en Ulluba y Kilhi en el año 739; tal vez por falta de tiempo; o puede que solo una parte de su
ejército estuviera comprometida en ese momento, mientras él se afanaba en
preparar otras campañas. Quizás, también, Sardurri,
siguiendo su política habitual, fomentó la sedición contra Asiria en Media,
mientras Tiglat-Pileser se encontraba ocupado en el
norte y el este. En cualquier caso, uno de los años transcurridos entre las
campañas de 739 y 736 lo pasó en el este, y el siguiente, según el Canon, lo
dedicó a «mat». Una parte del territorio sometido en
esta campaña ya había sido conquistada en 744. El hecho de que tuviera que ser
reconquistada no dice mucho a favor de la minuciosidad de la primera
expedición, pero no justifica que pensemos que el trabajo se realizara de forma
descuidada en aquel momento. En primer lugar, Tiglat-Pileser
tuvo que lidiar con las maquinaciones de Sardurri, y
ninguna conquista podía considerarse definitiva hasta que este último fuera
derrotado por completo. Al igual que en el oeste y en el norte, también aquí,
en el este, los levantamientos fueron sin duda instigados por él. Un pueblo que
nunca habría soñado con liberarse del yugo tan pronto después de haber
experimentado el poder de las armas asirias fue incitado a la rebelión por la
persuasión urartiana. Además, la campaña del 744 fue
solo la segunda de Tiglat-Pileser. Aún no había
conquistado un número suficientemente grande de pueblos como para trasladarlos
a estos distritos medos y elamitas, lo que habría mermado la homogeneidad de la
población original. Aún quedaban suficientes habitantes nativos como para
permitir una acción concertada. También hay que recordar que, en el año 744,
las posesiones de Tiglat-Pileser aún no eran extensas
y no disponía de tierras suficientes en las que dispersar a las tribus
conquistadas. Por lo tanto, la campaña de 744 tuvo que repetirse. El ámbito de
operaciones, según la localización de Billerbeck, se situaba en el valle del Derund, cerca de Sinna, en el territorio entre el Pendsch-Ali y el Talvantu-dagh, y
también en las proximidades de Sakkis. No se puede determinar si, al igual que
en la primera campaña en esta región, el ejército se desplazó en uno o más
cuerpos de ejército, ya que no disponemos de indicios sobre la base de
operaciones original, y los diversos distritos mencionados no pueden
localizarse con la precisión necesaria para determinar la ruta de marcha. El
territorio abarcado era muy extenso y, tal vez, algunas de las tierras
mencionadas, especialmente aquellas ya conquistadas en el año 744, volvieron a
quedar bajo control gracias a la invasión de unos pocos regimientos, ya que en
el año 744 se habían establecido puestos de guarnición. No cabe suponer que el
levantamiento en cada distrito se extendiera por toda su extensión.
En
cualquier caso, el territorio que se extendía desde Bikni,
en el extremo noreste, hasta Niqu, en el suroeste,
fue invadido. Quizás Niqu fuera tomada durante la
marcha de regreso, tras cruzar las montañas de Pushti-Kuh. Tiglat-Pileser,
en su camino hacia el sur, había considerado necesario tomar Til-Assur; y a esta llegó —si el An.
158 indica la ruta real seguida— tras pasar por Bit-Zualzas y Bit-Matti. Til-Ashur y Bit-Istar revelan por sus nombres que eran
originalmente asirios, o que se encontraban lo suficientemente cerca de Asiria
como para haber sido incorporados al Imperio, o al menos para haber conservado
su carácter asirio. Por supuesto, es posible que estos nombres les fueran
otorgados tras su conquista.
Algunas
de las tribus conquistadas, como los Bit-Sangibutti,
eran de origen babilónico; otras se encontraban en la frontera suroeste de
Media. En diversos lugares del distrito conquistado, Tiglat-Pileser
erigió imágenes de su realeza. El botín de la victoria incluía todos aquellos
productos de los que abundaba el territorio y, como era habitual, Tiglat-Pileser no escatimó en su parte. Caballos, canales,
ganado, mulas, «sin número me llevé». Sesenta y cinco mil personas fueron
deportadas a otras dependencias.
Desde las
fronteras de Urartu al norte y la Media rhagiana al
noreste, hasta las fronteras orientales de Babilonia y los límites de la propia
Asiria, Tiglat-Pileser era ahora el señor
indiscutible. No quedaba ningún enemigo que disputara su supremacía, salvo Sardurri. Ya estaba dispuesto a acabar con él. De hecho, no
había otra alternativa. Cualquier intento de adentrarse más al oeste de lo que
había llegado en los años 742-740 y en el 733 no tenía muchas posibilidades de
prosperar por completo mientras Sardurri permaneciera a salvo en la
retaguardia. En las inmediaciones de Urartu y en la franja de territorio
comprendida entre el lago Vam y el lago Urumia por un
lado, y entre Van y Asiria por el sur, Sardurri ya no
contaba con vasallos, salvo quizá en Parsua y Bustus, y estos no eran poderosos. Había llegado el momento
de que Tiglat-Pileser atacara el centro del poder urartiano. No era hombre para demorarse. En el año 735, el
camino conducía a Turuspa. Sardurri solo se había aventurado a salir una vez, y tenía buenas razones para recordar
la consiguiente derrota en Kistan. Si no salía a
luchar por segunda vez, Tiglat-Pileser debía ir a por
él. Pero no era una tarea fácil; de hecho, ningún rey asirio había emprendido
jamás una más ardua. Para llegar a Turuspa, la
capital de Urartu, no había ningún acceso viable, salvo desde el norte. Al sur,
las montañas de Arjerosh se extendían casi hasta las
orillas del lago de Van. Los pasos eran impracticables tanto por la nieve como
por la facilidad con la que podían defenderse frente a un ejército invasor;
tampoco era más fácil el camino a través del Tigris y el Bitlis-chai y, desde
allí, hacia el oeste a lo largo de la orilla del lago. Los caminos de herradura
a lo largo de la orilla sur del lago se prestaban naturalmente a la resistencia
contra un gran ejército. Desde el sur y el este, las dificultades también eran
insuperables, pues la cordillera de Khoturdagh se
habría convertido en una tumba nevada para los soldados asirios. Solo había dos
rutas posibles. Una partía de la orilla norte del lago Urumia,
pasando por Tabris y Khoi, hasta Bejazet.
Justo antes de llegar a Bejazet, el camino se desvía
hacia el suroeste, hacia el lago Van. La segunda, la que tomó Tiglat-Pileser, atravesaba el Murad-Tschai,
entre Musch y Manesgard, luego pasaba por Dajaini y
se dirigía hacia el norte a lo largo de la base del Sipa Dagh, directamente al
lago Van y a Turuspa. Antes de llegar a Turuspa, Tiglat-Pileser envió un
destacamento al monte Birdasu, al noroeste del lago
Van, aunque desconocemos qué se proponía conseguir exactamente con esta
maniobra. El grueso de las tropas arrasó Urartu a lo largo y ancho de su
territorio. Se saquearon ciudades y pueblos y se depredó el país. Sardurri se refugió en su ciudadela de la colina, donde
estaba a salvo, pero, hasta donde alcanzaba la vista, el paso del ejército
asirio quedaba marcado por una estela de fuego y montones de cenizas. Turuspa, sin embargo, era inexpugnable. Tiglat-Pileser
no podía asfixiar de hambre a la guarnición sin una flota que cortara el
suministro de alimentos que llegaba a la ciudadela a través del lago.
Al pie de
la colina de la ciudadela, Tiglat-Pileser erigió la
imagen de su realeza y emprendió el camino de vuelta a casa. Sardurri sobrevivió, pero el poder de Urartu había
desaparecido. Ruas, hijo de Sardurri, reconstruyó Turuspa sobre una roca aún más inexpugnable, y lo encontramos en conflicto con Sargón
unos años más tarde; pero, en lo que respecta al peligro para la supremacía
asiria, a partir de entonces se podía descartar con total seguridad a Urartu .
Asiria había reivindicado su derecho al dominio de Asia Occidental.
Hacia el
oeste o el sur, según lo exigiera la ocasión, Tiglat-Pileser
podía ahora dirigir su atención sin temor al enemigo que, hasta el año 735,
había obstaculizado cada uno de sus pasos. Hemos visto cómo, en los años
siguientes, del 734 al 732, esta libertad respecto a la influencia de Sardurri facilitó la campaña occidental. Ahora solo quedaba
un enemigo digno de tener en cuenta. Desde el Mediterráneo hasta el monte Bikni y el mar Caspio al norte, y desde Judá hasta la más
lejana Media al sur, Asiria era suprema. A Tiglat-Pileser
solo le quedaba hacerse con la corona de Babilonia, y Asiria quedaría sin
ningún estado rival en Asia Menor.
CAPÍTULO
VI
Para Tiglat-Pileser III, hacerse con la corona de Babilonia
significaba alcanzar la distinción única de ser el primer rey asirio en
gobernar simultáneamente en ambos países. No cabe duda de que ese había sido su
objetivo desde el principio, y su logro lo consagra como el más grande de los
conquistadores asirios. Tampoco había su ambición superado su capacidad para
llevar a cabo una obra maravillosa. De todas las naciones de Asia Occidental,
solo Babilonia conservaba cierta autonomía real, y los babilonios se
enorgullecían y celaban enormemente esa autonomía. Tiglat-Pileser,
dado que su vasto imperio se encontraba en paz, podría estar dispuesto a «tomar
las manos de Bel». Pero es dudoso que los babilonios hubieran estado igualmente
ansiosos por acogerlo como su rey si todo les hubiera ido bien. Quizá los
problemas internos no hubieran sido excusa suficiente para que Tiglat-Pileser marchara hacia el sur, hacia Babilonia, en
el año 729, tal y como había hecho en el primer año de su reinado. En cualquier
caso, esperó hasta que una crisis de gobierno en Babilonia provocara la
injerencia de los caldeos en los asuntos babilónicos; y la suerte le sonrió. En
el año 730, Tiglat-Pileser estaba preparado para
cualquier eventualidad, ya que no había disturbios en ninguna parte de su vasto
reino. Solo Babilonia se encontraba en ebullición. Desde el año 745 y hasta su
muerte, Nabunasir se había mantenido leal a Tiglat-Pileser.
Pero, con toda probabilidad, siempre había existido en Babilonia un partido probabilónico que nunca había dejado de agitar contra la
supremacía de Asiria y que había hecho precario el reinado de Nabunasir. El
hecho de que Borsippa se rebelara es significativo, pues fue una de las ciudades conquistadas por Tiglat-Pileser en el año 745.
A Nabunasir le sucedió Nabu-nadin-zir, quien, tras un reinado muy breve, fue asesinado por
Nabu-sum-ukin, un usurpador. Quizá tuvo éxito en su
usurpación porque contaba con el apoyo del partido antiasirio.
A lo largo de toda esta agitación de rápidos cambios reales y dinásticos, Tiglat-Pileser permaneció en su país, vigilante y
aparentemente pasivo. Mientras la contienda en Babilonia fuera puramente
interna, no tenía motivos urgentes para temer por sus propios planes; pero
pronto ocurrió lo inevitable. Los caldeos, que nunca dejaban escapar una
oportunidad de afianzarse en Babilonia, se aprovecharon de la inestabilidad del
gobierno. Su tribu más poderosa, los Bit-Ammukani,
bajo el liderazgo de Ukinzir, entró en Babilonia. Ukinzir se proclamó rey. Tiglath-Pileser ya tenía su pretexto. Como suserano de Babilonia, era su protector natural frente a los enemigos extranjeros, y no
podía permitir que los siempre peligrosos caldeos se acercaran de forma tan
amenazante a la frontera asiria. Si ningún babilonio podía ocupar el trono,
desde luego tampoco debía permitírsele a un caldeo.
Tiglat-Pileser
marchó hacia el sur, con Sapia como objetivo, la capital de Ukinzir y la metrópoli de los Bit-Ammukani. En el camino
conquistó a los Puqudu y los sometió por completo.
Sus ciudades, Hilimmu y Pillutu, fueron saqueadas y
todo el distrito quedó bajo el mando de un gobernador cuya sede administrativa
se encontraba en Arrapha. Un gran número de
habitantes del territorio conquistado fue trasladado a Asiria y allí se les
instaló en colonias dispersas. A los silani les fue
aún peor. Nabu-usabsi, su rey, fue asesinado, y Sarrabani, su ciudad real, quedó en ruinas, mientras que
las ciudades de Tarbapu e Iabullu se sumaron al número de montones de cenizas que dejó a su paso el destructor.
Todo el territorio entregó 55 000 prisioneros.
A
continuación vinieron los Bit-Saalli. Su rey debió de
haber cometido algún tipo de perjurio. Se replegó a su capital, Dur-Illatai, que fortificó, pero fue en vano. La ciudad se vio
obligada a rendirse y, junto con Amlilatu, entregó su tesoro y aportó su gran
cuota a los 50 400 prisioneros que fueron repartidos por asentamientos muy
dispersos. Pero la ciudad que Tiglat-Pileser estaba
más ansioso por tomar, Sapia, resistió con éxito todos los artilugios de
asedio. Todo el territorio circundante quedó devastado, pero Ukinzir conservó su capital, al menos por el momento. Era
imposible completar la subyugación de los caldeos mientras Ukinzir permaneciera sin someter, pero todas las demás tribus fueron sometidas al pago
de tributos. También Balasu, de los Dakkuri, envió muestras de sumisión; mientras que Merodach
Baladan, de los Bit-Yakin —un país cuyo rey nunca había rendido homenaje a
Asiria—, se desplazó hasta el campamento de Tiglat-Pileser
mientras este sitiaba Sapia, y entregó su tributo voluntario de metales
preciosos y los productos de su país pantanoso, A la lista de príncipes
sometidos se sumó Nadin de Larrak. Lo único que ahora
se interponía entre Tiglat-Pileser y el trono de
Babilonia era Ukinzir. Para alcanzar su ambición,
había que eliminar a los bit-amukkani y a su líder. Tiglat-Pileser pasó el año 730 en su país, preparándose
para la campaña final.
Con toda
probabilidad, este intervalo de preparación fue una época intensa en materia de
diplomacia e intrigas. Incluso con Ukinzir fuera de
juego, seguía habiendo en Babilonia un partido antiasirio del que se podía contar para resistirse hasta el final a la coronación de un
extranjero. Estos probabilonios aceptarían la para
liberar a su país del peligro caldeo, pero insistirían en tener un soberano
nativo. ¿Cuál era la postura del siempre poderoso clero al respecto? En el año
745, mientras gobernaba un rey nativo, habían aclamado a Tiglat-Pileser
como rey de Asiria y, como tal, le habían llevado ofrendas por haber liberado a
su país de sus enemigos. ¿Lo aceptarían como rey de su propia tierra en el año
729? Para averiguar su actitud con su , Tiglat-Pileser,
durante su estancia en su país en el año 730, probablemente entabló
negociaciones con los sacerdotes. Quizás la derrota de Ukinzir formara parte del precio que los sacerdotes exigieron a cambio de cualquier
ayuda que prometieran prestar al rey asirio en sus esfuerzos por hacerse con la
corona babilónica. Es probable que, en épocas posteriores, Ciro lograra
precisamente ese fácil acceso a Babilonia gracias a un pacto previo con el
clero, y no cuesta mucho imaginar que Tiglat-Pileser
también tuviera un acuerdo perfectamente claro con la casta sacerdotal. En
cualquier caso, en el año 729 se dirigió hacia el sur por segunda vez, y esta
vez sus operaciones contra Sapia tuvieron éxito. Ukinzir fue capturado y, por supuesto, ejecutado. El camino hacia el trono de Babilonia
estaba ahora despejado. El día de Año Nuevo, Tiglat-Pileser
III «tomó las manos de Bel» y fue coronado con el nombre de Pulu. Rey de facto
y de jure de Asiria, rey de Sumer y Akkad, conquistador de Asia Occidental, un
príncipe sin rival: el usurpador de 745 se había convertido en el señor de la
civilización.
Es una
verdadera lástima que los registros estén incompletos. Si las fuentes no fueran
tan escasas, un conocimiento más completo tal vez nos obligaría a situar a Tiglat-Pileser III a la altura de Ciro, de quien el mundo
oriental no produjo guerrero ni administrador más poderoso. Desde el Caspio
hasta Egipto, toda Asia dependía de Asiria. Ningún rey futuro mantendría su
imperio con más firmeza que Tiglat-Pileser, ni
inspiraría mayor respeto y temor por su poderoso dominio. En el año 728, Tiglat-Pileser repitió la ceremonia de coronación en
Babilonia, y en el 727, en el mes de Tebet, falleció. Le sucedió su hijo,
Salmanasar IV, le sucedió, pero la dinastía tuvo vida efímera, pues Salmanasar
reinó solo cinco años, y en el año 722 el forastero Sargón fundó una nueva
línea dinástica. Él también fue un usurpador; su sucesión al trono fue el
resultado de una reacción contra las tendencias que habían sido responsables
del ascenso de Tiglat-Pileser. El reinado de este
último rey fue de duración relativamente breve, pero le bastó para hacer de
Asiria un imperio lo suficientemente fuerte como para perdurar hasta que
concluyera su labor cultural en pro de la civilización. A ojos de la época
moderna, eso debe constituir su mayor gloria.
Durante
su reinado solo tuvo tiempo de construir un palacio y, como se ha señalado, fue
desmantelado por Esarhadón. Pero, mejor que un
palacio, construyó un imperio, extenso, pero bien gobernado y bastante
compacto, a pesar de los elementos heterogéneos que lo componían. El problema
central de la política asiria consistía en fusionar a las razas y pueblos
sometidos en una unidad homogénea. Esa tarea nunca se llevó a cabo plenamente,
ni por parte de Asiria ni de ninguna de las grandes potencias mundiales que la
sucedieron, pero Tiglat-Pileser se acercó lo
suficiente a ella como para erigir una estructura mucho más estable que la de
cualquiera de sus predecesores y para garantizar la seguridad de Asiria hasta
que su labor estuviera completada.
Tras
conquistar un territorio, al igual que sus predecesores, lo ponía bajo la
supervisión administrativa del gobernador de la provincia inmediatamente colindante,
o bien creaba una provincia completamente nueva a partir de él. La innovación
de Tiglat-Pileser consistió en lo siguiente: mientras
que los reyes anteriores habían colonizado las tierras recién adquiridas con
colonos procedentes de Asiria propiamente dicha, y habían repartido a parte de
los súbditos conquistados en colonias dispersas por toda Asiria, él mantuvo a
sus súbditos asirios en su propio territorio. Su imperio era demasiado extenso
como para hacer lo contrario. Si hubiera colonizado las tierras sometidas con
asirios, pronto habría agotado la población nativa y homogénea de la patria. En
su lugar, llevó a cabo un traslado de los pueblos sometidos de una dependencia
a otra muy lejana. Su objetivo era mantener intacta a Asiria y minimizar así el
peligro de rebelión y revuelta. No permitió que ninguna colonia de colonos
extranjeros fuera lo suficientemente grande ni estuviera lo suficientemente
cerca de otra de su misma afiliación como para permitir la posibilidad de
cualquier acción concertada contra el gobierno imperial. Las colonias estaban
situadas de tal manera que sus hábitos mentales, sus costumbres, su religión e
incluso su lengua las convertían, si no en una amenaza para sus nuevos vecinos,
al menos una unidad segregada entre ellos. De hecho, no era posible ninguna
connivencia, ni ningún vínculo de simpatía entre la población antigua y la
nueva. Incluso podía suceder que un levantamiento por parte de los antiguos
colonos sirviera para unir más estrechamente a los nuevos colonos con Asiria.
Pues el primer paso en una rebelión suele ser una manifestación contra el
forastero que se encuentra dentro de las puertas. En caso de tales
manifestaciones, el nuevo colono no tendría más remedio que recurrir a Asiria.
No sentía mayor afecto por Asiria que los forasteros entre los que se había
establecido, pero alimentar su rencor y alimentar la venganza no satisfacía en
modo alguno su necesidad de supervivencia. Había que solicitar ayuda a Asiria
y, al concedérsela, era natural que se la considerara una salvadora. De este
modo se aseguraba un grado de lealtad real, y probablemente fue así como se
ganó la fidelidad de Panammu de Samal. El ejército
asirio nunca fue tan numeroso como para permitir que se estacionaran grandes
destacamentos en puestos de guarnición. A lo sumo, un gobernador podía contar
con una pequeña compañía que le ayudara a hacer valer su autoridad. El hecho de
saber que Asiria estaba dispuesta a respaldar a sus funcionarios quizá no
disuadiera a un pueblo decidido de rebelarse. Si la rebelión surgía en un
distrito alejado de Asiria, podría tardar en llegar y el levantamiento podría
haber alcanzado proporciones muy graves antes de su llegada; pero, con el plan
de Tiglat-Pileser en marcha, había una colonia de
colonos forasteros en el lugar. Estos no tenían vínculos con la población
indígena y podían ser fácilmente reclutados para ayudar al gobernador hasta que
llegaran los refuerzos. Es más que probable que este plan de colonización
sirviera para proporcionar una fuente de reclutamiento para el ejército, lo que
evitaba una merma excesiva de la población masculina asiria. Con solo una
fuerza de tamaño moderado procedente de la metrópoli, se podía reclutar un
contingente considerable de vasallos de camino al foco de los disturbios, junto
con un número de tropas procedentes de entre los colonos extranjeros de los
alrededores.
Fue este
sistema de colonización el que proporcionó a Asiria el respiro del que
disfrutó. Incluso podría haberle asegurado una existencia nacional más
prolongada, de no haber sido demasiado pequeña para resistir a los bárbaros que
más tarde invadieron Babilonia y pusieron fin a su historia. A su gran
habilidad como guerrero y a la gloria con la que honró el nombre de su país,
hay que atribuir a Tiglat-Pileser III, como su mayor
mérito, aquel sistema administrativo que conservó la existencia del Imperio
hasta que Babilonia recuperó su esplendor.
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