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BIBLIOTECA DE HISTORIA DEL CRISTIANISMO Y DE LA IGLESIA

 
 

LOS PAPAS DE AVIÑÓN.

LA CAUTIVIDAD BABILÓNICA DE LA IGLESIA

1305-1377

EL ATENTADO DE AGNANI

7 de septiembre de 1303

Bonifacio VIII versus Felipe IV el Hermoso

 

Cuando el rey Felipe el Hermoso pretendió hacer tributar al clero francés esto dio lugar a conflictos entre los señores eclesiásticos y los funcionarios reales por el ejercicio de todo tipo de derechos sobre los hombres y las tierras; conflictos que, en general, se resolvieron en favor de la jurisdicción real, a pesar de las protestas de los obispos y del Papa.

El Papa hace valer su plenitudo potestatis y responde emitiendo, el 25 de febrero de 1296, la bula Clericis laicos, por la que prohibía el cobro de impuestos al clero sin el consentimiento papal, bajo pena de excomunión. Esta bula fue ignorada por Felipe, quien contestó emitiendo una serie de edictos por los que se prohibía, tanto a laicos como a eclesiásticos, la exportación de productos a Roma. Como resultado de unas difíciles negociaciones Bonifacio firmó un acuerdo por el que reconocía al rey francés la potestad de fijar tributos al clero en casos de extrema necesidad y sin contar con una autorización previa del pontífice. Como símbolo de buena voluntad, el papa, en 1297 canonizó a Luis IX, rey de Francia y abuelo de Felipe.

El entendimiento entre Bonifacio y Felipe fue muy breve; se mantuvo apenas cuatro años. En el verano de 1301 se produjo un nuevo choque cuando el rey ordenó la detención del obispo de Pamiers, Bernard Saisset, bajo la acusación de traición. Ello constituía una clara violación de los privilegios eclesiásticos, ya que únicamente el Papa podía juzgar a un obispo. El motivo inmediato del arresto fue forzar a una solución del conflicto por la jurisdicción de Pamiers que enfrentaba al Conde de Foix, quien tenía el apoyo del rey, y a la Iglesia, que contaba con la intervención del Papa, ya que había puesto esa diócesis bajo su protección directa. Sin embargo el objetivo último tenía mucho más calado, pues pretendía arrancar a Bonifacio VIII el reconocimiento de la jurisdicción suprema del rey sobre todos sus súbditos, incluidos los miembros de la alta jerarquía eclesiástica; es decir, un reconocimiento de la superioridad absoluta del rey sobre el Papa en el interior de su reino.7

El 24 de octubre de 1301 en Senlis, ante Felipe y su consejo, se presentaron los cargos contra el obispo, cuya gravedad, según el rey, justificaban su intervención: Saisset habría intentado arrastrar al conde de Foix a participar en un complot dirigido al levantamiento del Languedoc contra el rey; y además habría difundido una falsa profecía de San Luis, rey de Francia, según la cual la dinastía de los Capetos perdería el reino bajo el reinado de su nieto. Sin embargo, las actas del proceso no muestran ninguna prueba que acredite esas acusaciones. Unos días más tarde el consejero real y célebre legista Guillermo de Nogaret envía una carta a Bonifacio VIII para justificar la actuación del rey y en ella amplía la acusación de traidor a la de hereje (se le acusa de haber afirmado que la fornicación no era pecado y de que el sacramento de la penitencia era inútil). Así el rebelde contra el rey se convertía también en rebelde contra Dios.

La Ausculta fili (Escucha, hijo)

Felipe intentó obtener el desafuero por parte del papa, pero Bonifacio, en la bula Ausculta fili, hecha pública el 5 de diciembre de 1301, reprueba al rey francés por no haber tomado en cuenta otra bula, la Clericis laicos sobre los impuestos a los clérigos, y por no obedecer al obispo de Roma. En Francia, la bula fue quemada, y en lugar de la "Ausculta Fili", circuló inmediatamente una Bula falsificada (probablemente obra de Pierre de Flote) llamada Deum time. Sus cinco o seis líneas altaneras se pensaron para incluir una cuidadosa frase: “... queremos que sepas que tú eres nuestro súbdito tanto en los asuntos espirituales como en los temporales”. Como si ello no bastara también se añadía que quien lo negara era un hereje (lo cual era una frase hiriente para "el nieto de San Luis").

En vano protestó el Papa, y los cardenales, contra esta falsificación, en vano intentó explicar, un poco después, que ser súbdito al que se refiere la Bula es solamente ratione peccati, i. e., que la moralidad de cada acto real, privado o público, caía dentro de la prerrogativa papal. Así se suscitó una reacción de apoyo al rey y de rechazo al Papa que aparecía como quien intentaba -en términos nada conciliatorios- someter al rey en asuntos temporales:

“No deje que nadie lo convenza sobre que tiene Ud. superioridad o está libre de sujeción a la cabeza de la jerarquía eclesiástica, ya que solo un tonto podría pensar así...”

Asimismo el Papa convoca a Felipe y al episcopado francés a un sínodo a celebrar en Roma, el 1 de noviembre de 1302, con el fin de definir de una manera definitiva la relación entre el poder temporal y la Iglesia; y también para juzgar al rey como culpable de abusos inauditos contra la Iglesia. Felipe responde inmediatamente, acusando de herejía al Papa ante la reunión de los representantes del clero, de la nobleza y, por primera vez, de la ciudad de París, lo que constituye el nacimiento de los Estados Generales de Francia; además convocó un concilio general para juzgarlo y prohibió la asistencia al sínodo convocado por el Papa. El rey, en palabras de Nogaret, se había convertido en el "ángel de Dios" enviado para actuar en su nombre.

La Unam Sanctam

Al sínodo convocado por Bonifacio se presentaron unos cuarenta obispos y seis abades, pero la mayoría de ellos provenían de territorios que no estaban bajo la jurisdicción del rey de Francia. Entre los presentes se encontraba el obispo de Burdeos, Bertrand de Got (el futuro Clemente V). En dicho sínodo se excomulga, sin nombre propio, a todo aquel que prohíba a quien fuese, apelar a la Santa Sede. Al final, el 18 de noviembre de 1302, se promulga la bula Unam sanctam, la cual llevaba hasta sus últimas consecuencias la doctrina de Inocencio IV, donde se exponía un sistema jerárquico con supremacía pontificia, en la misma línea que sus predecesores San -Gregorio VII e Inocencio III. Se afirmaba que:

«...existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la Iglesia. El uno está en la mano del Papa y el otro en la mano de los reyes; pero los reyes no pueden hacer uso de él más que por la Iglesia, según la orden y con el permiso del Papa. Si el poder temporal se tuerce, debe ser enderezado por el poder espiritual (...) Así pues, declaramos, decimos, decidimos y pronunciamos que es de absoluta necesidad para salvarse, que toda criatura humana esté sometida al pontífice romano».

Como se lee, Bonifacio reconoce la autonomía de la esfera política (poder temporal), pero con una precisa limitación: dado que el hombre político es también cristiano, este se encuentra sujeto al poder espiritual del papa. Sin embargo, era la época del nacimiento de los Estados nacionales, que no se apoyaban ya en una relación de tipo feudal, sino sobre las relaciones de tipo mercantil y burgués. Así fue como se interpretó la bula, como una pretensión de tipo feudal de parte del Romano Pontífice.

La reacción de Felipe IV fue la convocatoria, el 12 de marzo de 1303 de una asamblea en el Louvre de París. El rey no podía aceptar que la esfera religiosa le fuese arrebatada de su poder para pasarla al papa. A la asamblea se presentaron prelados y nobles (entre ellos la familia Colonna que se refugiaba en Francia), que acusaron a Bonifacio VIII de herejía, simonía, blasfemia, hechicería y de ser culpable de la muerte de Celestino V. Se pidió además la convocatoria de un Concilio ecuménico para su procesamiento y deposición, encargando al consejero Guillermo de Nogaret su captura y traslado a París.

Cuando el Papa recibe la noticia de las intenciones de Felipe, en consistorio rebatió las acusaciones de los franceses bajo juramento y se decidió preparar una nueva bula de excomunión, la Supra Petri solio, que no tuvo tiempo de promulgar ya que el 7 de septiembre de 1303 tuvo lugar el incidente conocido como atentado de Anagni.

Con base en ese dominio universal del Papa, el rey francés debía ser excomulgado en Anagni el día de la Natividad de María (8 de septiembre de 1303) y sus súbditos declarados exentos del juramento de fidelidad (en esa iglesia se había proclamado la excomunión de Alejandro III contra Federico Barbarroja y la de Gregorio IX contra Federico II). Pero un día antes llegaron a Anagni mercenarios franceses, a quienes se adhirieron cientos de milicianos locales. Hicieron prisionero al Papa, tras lo cual sobrevino la reacción ciudadana.

Guillermo de Nogaret, que se encontraba en Italia con la intención de apresar al Papa, y Sciarra Colonna, enemigo acérrimo de Bonifacio, contando con el apoyo de la alta burguesía de Anagni y de algunos miembros del Colegio cardenalicio, asaltaron el palacio papal de Anagni, donde se encontraba el pontífice. Bonifacio VIII esperó a sus agresores sentado en un trono y revestido de todas las vestimentas de su rango y los atributos de poder. En tal circunstancia, Sciarra Colonna supuestamente abofeteó al Papa tras amenazarlo con la muerte.

Durante tres días el Papa quedó en manos de los conjurados, hasta que el pueblo de Anagnise sublevó en su defensa obligando a sus captores a liberarle y permitiéndole huir de la ciudad. Fue conducido a Roma por una pequeña escolta ofrecida por la familia Orsini y se refugió en el Vaticano. El pontífice murió un mes después, el 11 de octubre de 1303, sin haber cobrado desquite por estos acontecimientos y con la ciudad sumida en disturbios y tumultos. Su agonía ha sido descrita como especialmente penosa, falleciendo de melancolía y desesperanza, en un probable estado de demencia: rechazó ser alimentado, y golpeaba su cabeza contra la pared. El historiador Tolomeo de Lucca señaló que estaba fuera de sí pensando que todo el que se le acercaba quería encarcelarlo.

 

Benedicto XI (1303-1304)

 

Cuando Bonifacio viii cerró en Roma sus ojos pocos días después del atentado de Anagni, reinaba gran inquietud en la ciudad y estados de la Iglesia y estalló de nuevo y con mayor virulencia la lucha entre los Caetani y los Colonna. Sin embargo, los partidarios del difunto papa en el colegio cardenalicio y su cabeza Mateo Rosso Orsini lograron, pasado el plazo usual, abrir el conclave en san Pedro y rechazar la pretensión de los cardenales depuestos Jacobo y Pedro Colonna de tomar parte en la elección. Los enviados franceses y Nogaret apoyaban vivamente a los Colonna, pero el rey Carlos de Nápoles desbarató con sus tropas todo intento de penetrar en la ciudad eterna. Pero con ello corría de antemano riesgo la validez de la elección papal. No obstante las considerables dificultades por razón de la paridad de los dos bandos, la elección se realizó en la primera votación, y salió papa el cardenal obispo de Ostia, Nicolás Bocassini, natural de Treviso, maestro general que fuera de los dominicos. Con ello, a la verdad, no desaparecieron las graves tensiones ni se zanjó la sima entre los bandos contendientes. Al contrario, la situación pedía del nuevo papa prudencia y fortaleza, cualidades que Benedicto XI no poseía en exceso. El que comenzara a armonizar los contrastes, le fue frecuentemente achacado a flaqueza. Sin embargo, ¿cómo pudiera haber obrado de otro modo dada la prepotente influencia de Francia en toda Italia y la agitación en los estados de la Iglesia? Y éstas eran sólo las dificultades externas. El nuevo estilo de Bonifacio VIII había cambiado el papado como institución y provocado contradicción, que iba mucho más allá del terreno político. Así aparece particularmente en el proceso contra Bonifacio y las reiteradas exigencias de un Concilio. Condescender con Francia tanto como fuera posible sin traicionarse a sí mismo, le pareció acertado al nuevo papa, pero entrañaba grandes riesgos. Instruido convenientemente por los emisarios franceses, volvió a mandar a la corte el anuncio de la elección, hasta entonces omitido, absolvió al rey de posibles censuras y levantó también a los cardenales Colonna las penas canónicas impuestas por Bonifacio viii, pero sin restituirles enteramente su oficio, dignidades y bienes. Cuando pudo abandonar a la inquieta Roma y hallar más seguridad en la fortificada Perusa, arrojó de la Iglesia a Nogaret y a sus cómplices inmediatos en el atentado de Anagni. Como cardenal, el nuevo papa se había acreditado evidentemente en legaciones, y también en Anagni se portó valientemente. Sin embargo, no estaba enteramente a la altura de su nuevo y grave oficio. Si no quería hacer nada sin los cardenales, en ello podía verse un retroceso a la administración colegial de los asuntos de la Iglesia y un repudio a los métodos del papa Caetani. El hecho de que los tres cardenales por él creados fueran dominicos y que «sólo hablara a dominicos y lombardos» delata inseguridad y estrechez. Cuando Arnaldo de Vilanova, médico de Bonifacio VIII y ardiente espiritual, le mandó admoniciones y amenazas envueltas en lenguaje apocalíptico, ordenó meter en la cárcel, por las buenas, al adversario de la filosofía tomista. Pero las predicciones de Arnaldo se cumplieron. El 7 de julio de 1304 murió el papa después de ocho meses de gobierno en Perusa y fue allí sepultado en la iglesia de su orden.

 

Clemente V (1305-1314)

 

En situación bien difícil se juntaron los cardenales para el cónclave en el lugar del óbito del papa. Como lo pedía lo ordenado, el cónclave se abrió diez días después de la muerte del poco afortunado Benedicto XI. Los contemporáneos no pudieron calcular la importancia de este cónclave, uno de los de más graves consecuencias para la historia de la Iglesia, pues de él salió el cautiverio de Aviñón y, a la postre, el cisma de Occidente. Así se explica que la historia de este cónclave haya dado que hacer una y otra vez a los investigadores. Al comienzo, el verano de 1304, sólo tomaron parte en él 19 cardenales, de ellos ocho miembros de órdenes religiosas. En el curso de los once meses que duró, cuatro cardenales hubieron de dejar el cónclave por enfermos; residían en la ciudad, pero estaban bien informados sobre lo que pasaba. En el acto propiamente de la elección sólo habían 15 cardenales. Los dos cardenales Colonna, depuestos por Bonifacio VIII y sólo parcialmente rehabilitados por Benedicto XI, no pudieron tomar tampoco ahora parte en la elección. De los dos grupos, casi por igual fuertes, el uno pedía enérgico castigo de los autores del atentado de Anagni, sin exceptuar al rey de Francia, y, por ende, la protección de la memoria de Bonifacio VIII perseguido aun después de muerto. Como candidato de este grupo fue mirado desde el principio el que era cabeza del mismo: el digno cardenal decano Mateo Rosso Orsini. El cabeza del otro grupo, el cardenal diácono Napoleón Orsini, sobrino de Mateo, tenía por imperiosa la consideración al poder de Francia y, por ende, la reconciliación con los Colonna; Napoleón estuvo apoyado en sus tesis por el rey de Francia y colmado de donaciones de toda especie. Ambos grupos compartían seguramente el deseo de que no volviera a ceñir la tiara una personalidad tan fuerte como Bonifacio VIII; pues en el castigo de los Colonna había tendido demasiado el arco frente a la autonomía del colegio oligárquico. Como los Colonna eran además partidarios de la reforma, hallamos a los cardenales mendicantes al lado de Napoleón Orsini. A juzgar por las experiencias de pasados decenios, dada esta escisión del colegio cardenalicio, sólo cabía esperar una elección rápida caso de manejarse con rigor las prescripciones sobre el cónclave, cosa a que el magistrado de Perusa pareció al principio resuelto. Sin embargo, entonces se discutió vivamente la competencia de los cardenales para mantener o modificar el orden del cónclave durante la sede vacante. Así se aflojó también pronto el inicial rigor de la regulación, y, al desaparecer la esperanza de un pronto acuerdo entre sí, los cardenales comenzaron a tomar sus providencias para pasar el invierno. Siempre que los cardenales se reunían para el asunto de la elección —y estos consistorios eran raros— estallaban violentas discusiones entre los dos Orsini. Hacia navidades de 1304 era cosa averiguada que un miembro del colegio no obtendría los dos tercios; había, pues, que ponerse a la busca de un candidato extraño, al tiempo que crecían también o se hacían más patentes las influencias de afuera. Ya poco después de comenzar el cónclave, todavía en agosto de 1304, los cardenales habían enviado el patriarca de Jerusalén al rey de Nápoles rogándole que se presentara, pues él era al cabo advocatus ecclesiae y mediador neutral. Sin embargo, cuando llegó por fin a fines de febrero de 1305, había doblado ya hacia la línea francesa, sólo tras larga espera fue admitido al cónclave y, tras pasar tres días entre los cardenales y después de muchos dimes y diretes, nada pudo evidentemente conseguir, por muy parcialmente que ahora lo estimaran la parte bonifaciana de los cardenales. Por este tiempo hizo también su aparición una embajada francesa, que, según datos oficiales, había de entablar negociaciones entre los Colonna y los Caetani con miras a su reconciliación y al arreglo de sus diferencias sobre posesiones al sur de la Campagna. La embajada se detuvo varios meses en Perusa y las autoridades mismas de la ciudad hubieron de tomar cartas en el asunto ante su conducta sospechosa.

En las primeras semanas del cónclave, había sonado brevemente por parte de los bonifacianos, aunque no del mismo Mateo Rosso Orsini, el nombre del arzobispo de Burdeos, Bertrand de Got, pues lo tenían por hombre para quien era cosa sagrada la memoria de Bonifacio VIII, y tampoco había de condescender demasiado con el rey de Francia. No había olvidado este nombre Napoleón Orsini, sino que había entrado en contacto con él con el mayor sigilo, por medio sin duda de los enviados franceses residentes en Perusa. Las informaciones resultaron a las postre favorables, y, con un truco urdido con extrema finura, fueron burlados los bonifacianos, una vez que el viejo Mateo Rosso hubo de abandonar el cónclave por enfermo. En su célebre carta a los cardenales, Dante echaba en cara al que sería en adelante cabeza de los bonifacianos, Jacobo Caetani Stefaneschi, del Trastevere, no haber defendido bastante los intereses de Roma e Italia. Con mayoría exactamente de dos tercios, la vigilia de Pentecostés (5 de junio de 1305), fue elegido papa Bertrand de Got, a pesar de las protestas vivísimas de los restantes bonifacianos, que se rindieron luego al resultado.

¿Quién era el nuevo papa elegido después de tan notable cónclave de 11 meses, a quien se cargaba la dirección de la Iglesia en tiempo tan atribulado? Bertrand de Got era oriundo de Gascuña, al suroeste de Francia; su hermano mayor Bernardo era arzobispo de Lyon, y fue elevado por Bonifacio VIII a cardenal obispo de Albano. Bertrand mismo fue nombrado en 1295 obispo de Comminges y en 1299 arzobispo de Burdeos que estaba bajo dominio inglés. Podía tenérselo por partidario de Bonifacio, pues había sido por breve tiempo familiar del cardenal Francisco Caetani y tomó parte en el concilio de Roma del año 1302. Sin embargo, Napoleón Orsini sabía mejor que con este hombre le había dado al rey de Francia un papa dócil. El nuevo electo aceptó a fines de julio la noticia que se le trajo, se llamó Clemente V, hizo preparativo para su viaje a Roma pasando por Provenza, pero luego despachó a seis cardenales para ser coronado por Todos los Santos en Lyon. Que el 14 de noviembre en la solemne procesión de la coronación se derrumbara una pared y murieran en el trance varias altas personalidades, el papa mismo cayera del caballo y perdiera la piedra preciosa de la tiara, se tomó por mal agüero. Ahora empero era el momento de emprender el viaje a Italia. Una y otra vez se cuenta de planes de viaje; de Roma y la Toscana hubieron de llegar también embajadas al nuevo papa solicitando la marcha. La amenaza que se dice haber hecho los romanos para fines de diciembre de 1305 de alzar un emperador caso que el papa dilatara su venida, debe tomarse con cautela. No puede caber duda que, en los comienzos de su pontificado y aun después, Clemente V quiso ir a Roma. En todo caso no le pasó nunca por la cabeza trasladar de Roma la sede de la curia. Que en los nueve años de su gobierno no pudiera resolverse, depende de la flaqueza de su carácter y de la creciente presión por parte del rey de Francia. Ya el primer nombramiento de cardenales, lo hace ver con claridad: nueve franceses, entre ellos cuatro sobrinos, y un inglés. Con ello cambiaba su faz el colegio que, de muy atrás, constaba en su mayoría de italianos. De la tradición romana vino a caer en la estrechez de una región hasta entonces apenas considerada. El papa quedó aún más estrechado y reducido a su patria. Vino a ser un obispo francés o, por mejor decir, un obispo de la Gascuña. Le faltaba la práctica de la curia, sobre la que disponían sus electores, y le faltaba también ante todo el aparato curial. Después de la coronación se quedó largo tiempo en sus campos patrios, sólo en Poitiers 16 meses. Hasta 1309 no marchó a Aviñón por razón de su proximidad a Vienne, donde pronto se reuniría el Concilio. Sin embargo, no fue Aviñón su residencia permanente: desde 1309 hasta su muerte pasó la mayor parte del tiempo fuera de la ciudad del Ródano. Investigadores franceses han hecho notar con razón la falta de stabilitas los de los papas del siglo XIII; pero va diferencia en que los papas romanos, si no en Roma mismo, residieran en sus fortalezas de los estados de la Iglesia, como Viterbo, Perusa, Orvieto y Anagni, y que Clemente V diera vueltas por la Gascuña y Provenza. Si no fue un papa romano, tampoco lo fue aún aviñonés. Como hombre enfermo, pendiente siempre del lugar y de las estaciones, a la búsqueda perpetua del paraje más sopor­table para su salud, se pasaba semanas sin dar audiencias, y sólo podían hablarle los cardenales nepotes. A su antiguo obispado de Burdeos y a las iglesias y capillas de su patria los colmó, de forma conmovedora, de gracias espirituales y temporales. Su gran paren­tela explotó al bondadoso tío de manera desvergonzada, como habremos de mostrar en otro lugar. El enigma de su personalidad radica en su naturaleza hipocondríaca; aunque prudente hasta la astucia y en ocasiones también terco, era en el fondo un hombre bondadoso y frágil. Y esta débil personalidad tenía que habérselas con Felipe el Hermoso y sus consejeros. La dependencia del papa en sus relaciones con Francia aparece sobre todo en dos asuntos: en el proceso contra el difunto Bonifacio y en la supresión de los templarios.

 

El proceso en torno a la memoria de Bonifacio VIII

 

El proceso intentado por el rey francés y sus juristas de la corona contra Bonifacio VIII está en el más íntimo enlace con el choque de ambas potestades que se hizo patente en el atentado de Anagni. Nogaret, excomulgado por Benedicto XI, era quien, ante todo, estaba interesado en el asunto, y tenía que estarlo, pues su des­tino — condenación o rehabilitación — dependía del arreglo de cuen­tas con el difunto Bonifacio. Según la concepción general, sólo un Concilio puede juzgar al papa, y esa concepción explica que, desde Anagni, encontramos esfuerzos para lograrlo. Sin embargo, fuera de Francia se alzaron voces contra toda mancillación de la memoria del gran papa Caetani. Ya en la coronación de Lyon, se habló del Concilio y del proceso contra Bonifacio, y de nuevo en el breve encuentro de Poitiers en abril de 1307. Cuán minuciosamente se habían preparado las cosas, hácennoslo ver algunos memoriales conservados. Hay que pedir enérgicamente al papa que declare inválidas todas las medidas de Bonifacio VIII contra Francia y los autores del atentado de Anagn, plena indemnización a los Colonna, desentierro de los huesos del papa y anulación de las sentencias de Benedicto XI. También se dan instrucciones precisas sobre la formulación de la bula que expediría el papa. De satisfacerse estos deseos, se podía dejar en paz por un tiempo el proceso. La curia estaba consternada ante estas exigencias, se nombró una comisión de seis cardenales, pero no se expidió una bula, a pesar de haber sido proyectada en muchas deliberaciones. En el largo encuentro entre el rey y el papa, habido un año después, también en Poitiers, se trató sobre todo de la orden de los templarios. Como prólogo a las negociaciones presentó el rey su programa entero: residencia permanente del papa en Francia, condenación de los templarios interrogados en Francia, celebración en Francia del proyectado Concilio general, canonización de Celestino v, condenación de Bonifacio VIII, cremación de sus huesos y absolución de Nogaret. Aunque el papa rechazó primero enérgicamente el proceso contra Bonifacio VIII, poco después ordenó la incoación del proceso para la primavera de 1309. Pero no se abrió, en Aviñón, hasta un año más tarde. No tenemos por qué ocupamos aquí del material de acusación, pues existía ya casi completo el año último del gobierno de Bonifacio VIII. Evidentemente, ninguna de las partes tenía interés en una rápida marcha del proceso. El asunto se trató en muchos consistorios, y una y otra vez fue aplazado. Varias comisiones se ocuparon en el interrogatorio de testigos de dudosa procedencia, que habían sido ganados en Italia para un proceso espectacular. La acusación más peligrosa, la de herejía, desvela el sentido político del proceso: hacer al débil papa flexible para otros fines. Sin duda fue el influyente Enguerran de Marigny quien propuso el sobreseimiento del proceso, una vez que el papa, en la bula Rex gloriae de 27 de abril de 1311 atribuía al rey celo loable (bonum zelus.) en su proceder contra Bonifacio y absolvía también, ad cautelam, a Nogaret. La tachadura en los registros oficiales de las bulas expedidas por Bonifacio VIII contra Francia, significaba una grave humillación. En el concilio de Vienne sale otra vez a relucir el factum Bonifacianum, pero no fue examinado despacio.

 

La supresión de la orden de los templarios.

El concilio de Vienne (Francia)

 

Uno de los acontecimientos más impresionantes de la historia de la Iglesia a comienzos del siglo XIV fue la supresión de la orden de los templarios. Perdido en 1291 Acre, último bastión cristiano en tierra santa, no acabaron por ello las cruzadas para los contemporáneos. La idea permaneció viva, siquiera, en la práctica, sólo se aprovechara en la mayoría de los Estados como pretexto para imponer nuevos censos. Ya antes del pontificado de Clemente V, se había ocupado el rey francés del asunto de la orden del Temple; proyectó la fusión de todas las órdenes de caballería con él mismo como gran maestre, y en la coronación del papa en Lyon había presentado quejas. Quejas se habían también manifestado por otros lados. El verdadero motivo de la persecución y extinción de los templarios se escapa en gran parte a nuestro conocimiento. La independencia de las órdenes de caballería y sus grandes riquezas en bienes raíces y dinero eran seguramente incómodos al creciente poder de los llamados Estados nacionales. Sin duda existía cierta difamación; los malos rumores fueron alimentados por Esquiu de Floyran, conocido como traidor a la orden, que la denunció pri­mero ante el rey de Aragón y luego, con más éxito, ante Felipe IV de Francia. Pábulo también recibieron las calumnias por obra de los espías que Nogaret infiltró en la orden. Las malas noticias sobre la orden llegaron igualmente a los oídos del papa que se mostró preocupado por ellas. Sin embargo, la consternación fue universal cuando, en la madrugada del 13 de octubre de 1307, todos los templarios franceses fueron encarcelados por orden del rey, y sometidos en seguida a rigurosos interrogatorios, por funcionarios precisamente del rey y con fuerte aplicación de la tortura. Así fueron arrancadas confesiones, cuya retractación, según el pro­edimiento de la Inquisición, podía conducir a la hoguera. Algo más tarde, prosiguieron inquisidores la instrucción, recibiendo las más veces las muchas confesiones ya obtenidas. ¿Qué confesaron los templarios torturados? El renegar de Cristo y escupir a la cruz, besos inmorales e incitación a la sodomía, y también adoración de un ídolo al ingresar en la orden. Desconcertante fue la confesión, obtenida a fines de mes, del gran maestre Jacobo de Molay y su circular a todos sus hermanos de religión encarcelados, invitándolos a que también ellos confesaran.

Todas las confesiones así obtenidas fueron transmitidas al papa y, bajo su impresión, dio órdenes de que los templarios fueron encarcelados en todos los países; sin duda le movió también la consideración de que sólo a la Iglesia y a su cabeza competía juzgar de tales acusaciones a una orden exenta de pareja importancia, como también la de conservar en mano la disposición sobre los bienes de los templarios. Mas, al ser informado de la manera como se procedía y de que muchas confesiones habían sido retractadas, suspendió en febrero de 1308 los poderes de obispos e inquisidores. Pero los templarios prisioneros siguieron en gran parte bajo la custodia del rey y sus funcionarios. Un relato de la época cuenta que los diez cardenales nombrados hasta la fecha por Clemente V se presentaron al papa y le devolvieron sus capelos, pues se habrían equivocado al suponer que él, como todos los papas anteriores, era señor del mundo y estaba por encima del emperador y de los reyes; cuando en realidad era súbdito del rey de Francia, el cual, por su soberbia, había cometido un gran crimen contra la famosa orden. Aunque aquí se exageren fantásticamente cosas que pasaron en los consistorios, la noticia refleja bien lo confuso de la situación.

Era menester tomar nueva carrera para lograr la meta, que era el aniquilamiento de la orden. Al famoso encuentro de Poitiers en 1308 precedieron acusaciones al papa como coautor de la herejía, sobre todo en la gran junta de los estados generales de Tours. Con los diputados de los estamentos apareció el rey en Poitiers el 26 de mayo y allí permaneció hasta el 20 de julio. En solemnes consistorios fue el papa atacado de forma inaudita con discursos inspirados por Nogaret, y abrumado de amenazas. También templarios cuidadosamente escogidos repitieron ante el papa y la curia sus anteriores confesiones. En cambio el rey se cuidó de que no vinieran a Poitiers el gran maestre ni los altos dignatarios de la orden, que fueron interrogados en las cercanías por dóciles cardenales y, naturalmente, con el resultado apetecido. En Poitiers se le quitó al papa toda voluntad de resistencia. Tuvo que con­ceder celebrar un Concilio en Francia, incoar el proceso contra la memoria de Bonifacio y, respecto de los templarios, alzar la sus­pensión de obispos e inquisidores. Parece bastante cierto que poco a poco comenzó a dudar de la inocencia de la orden. Por eso citó a los templarios ante el Concilio convocado en Vienne para el de octubre de 1310, y nombró dos subcomisiones, una papal para toda la orden, que actuaría en distritos mayores. Sus miembros habían sido propuestos por el rey para la instrucción en Francia, pero también en distritos extranjeros. Estas comisiones debían entender en la culpabilidad de la orden en general y ocuparse de los grandes dignatarios. Las comisiones episcopales debían interrogar a los templarios residentes en cada diócesis sobre más de cien puntos y presentar el material reunido al Concilio provincial. También la composición de las comisiones locales fue en gran parte determinada por el rey. De la actuación de estas dos comisiones se han conservado numerosos fragmentos, que muestran un cuadro múltiple de procedimientos, cuyo fin en Francia era claramente arrancar confesiones e impedir la retractación de las anteriores por la amenaza del fuego contra los relapsos. Como las confesiones, sobre todo de fuera de Francia, se hacían esperar, mandó el papa la aplicación general de la tortura. A pesar de todo, se dieron en muchos lugares escenas de heroísmo, proclamando públicamente grupos enteros de templarios prisioneros su inocencia y la de la orden. Poco después, el nuevo arzobispo de Sens, hermano que era del omnipotente ministro Enguerran de Marigny, hizo subir a la pira en un solo día, en mayo de 1310, a 54 templarios y más adelante a varios grupos menores; todavía de entre las llamas retractaron las confesiones anteriormente arrancadas. Como sólo lentamente llegaba el material, se aplazó en un año, para el de octubre de 1311, la apertura del Concilio, a fin de poder extractar los protocolos urgentemente pedidos, extractos que servirían de base para las deliberaciones del Concilio general.

Sobre los procedimientos contra los templarios fuera de los dominios de Felipe el Hermoso, estamos particularmente informa­dos de lo hecho en Aragón. Jaime II aprovechó ávidamente la oca­sión para apoderarse de las muchas plazas fuertes de la orden, cosa que hizo de forma poco clara y no siempre irreprochable. A la noticia de que comenzaba la persecución, los templarios de la corona de Aragón pusieron a punto de defensa sus castillos, y fueron menester largos sitios por hambre hasta que se quebrantó su resistencia. En ocasiones se empleó también aquí la tortura; pero nuevos documentos de Barcelona prueban que, a pesar de múltiples tormentos, no se obtuvieron aquí confesiones. En los otros países europeos, como Italia, Alemania e Inglaterra, y sobre todo en la sede principal de la orden, Chipre, aun después de escrupulosos interrogatorios, no se dudó de la inocencia de la orden. El obispo de Magdeburgo suscitó por su proceder contra los pocos templarios que había en su territorios el disgusto de los otros obispos alemanes. Así, nada definitivo se había decidido, cuando, el de octubre de 1311, se congregó el concilio en Vienne.

El Concilio fue principalmente convocado para examinar el asunto de los templarios; otros temas mentados en la bula de convocatoria, como la cruzada y reforma de la Iglesia, no pasaban aquí de lugares comunes al uso. La invitación se dirigió formalmente a todos los representantes de la jurisdicción de la Iglesia; pero sólo debían acudir aquellos obispos que fueran nominalmente citados. Indicio del interés que tenía el rey por los invitados es una lista conservada en el archivo real, que fue probablemente una minuta o borrador de la posterior lista pontificia. Ya no puede averiguarse si la pidió el rey o le fue presentada por propio impulso de la curia. Pero es importante la invitación a todos los arzobispos con uno o dos de sus sufragáneos que luego representarían la totalidad de la Iglesia, ideas que encontraremos de nuevo en la época de los Concilios de reforma. Para fortalecer su posición, hubo de tener interés el papa en que por lo menos los obispos personalmente invitados acudieran efectivamente. Pero por lo general fuera de Francia había pocas ganas de tomar cartas en parejo asunto. El número de participantes fue de unos 120 entre patriarcas, arzobispos, obispos y abades mitrados; con los procuradores de obispos ausentes, de cabildos y monasterios se da el número redondo de 300. En la apertura del Concilio, el 16 de octubre, aludió Clemente al tema más importante: el arreglo de la cuestión de los templarios. Por moción del papa, escogió el pleno del Concilio, de entre los asistentes, una gran comisión a la que fueron entregados los protocolos y extractos de la instrucción para su examen. Una comisión menor de trabajo llevaba el necesario trabajo previo. Parece además que una comisión de cardenales se ocupó de los problemas especiales de los templarios, y también en los consistorios se trató repetidamente del tema. La actuación de varios caballeros templarios en la gran comisión suscitó la cuestión de la defensa de la orden. Interrogados por el papa los miembros de la comisión oralmente y por escrito, cuatro quintas partes se declararon por que se diera a la orden posibilidad de defenderse, con gran disgusto del papa y angustia de los padres por razón de la «fuerte ira» del rey. En efecto, Clemente, por consideración al rey, estaba decidido a suprimir a todo trance la orden. El Concilio, en espera de la evolución del proceso de los templarios, se entretuvo en proyectos de cruzada y ya de antemano se le hicieron al rey de Francia amplias concesiones de censos o diezmos; entretanto, tenían lugar entre la curia y el gobierno negociaciones secretas, que representaron el punto culminante del «trabajo conciliar». La embajada francesa, dirigida por Enguerran de Marigny, logró del papa, probablemente amenazándole con el proceso contra Bonifacio VIII, la supresión de la orden por vía administrativa: resultado con que, dado el ambiente del Concilio, ambas partes podían darse por satisfechas. Seguidamente tuvo lugar en Lyon una asamblea de los estados generales, medio usual con usual resultado. Acompañado por los estamentos y demás gran séquito, se presentó luego el rey, el 20 de marzo, en Vienne. Ya dos días después se reunió la gran comisión y se adhirió por gran mayoría a la moción del papa de suprimir la orden por ordenación apostólica. Y el 3 de abril, en la segunda sesión pública del Concilio, fue publicada por el papa la supresión. Inmediatamente comenzó la pugna en torno a los bienes de los templarios. La mayoría de los padres deseaban el traspaso a una nueva orden que se fundaría. El papa, empero, y el gobierno francés bajo la influencia de Marigny que en esta cuestión aparece como el muñidor, estaban por la atribución a los hospitalarios de san Juan.

Por los informes de los embajadores aragoneses sabemos mucho de las negociaciones en torno a los castillos de los templarios. Poco antes de terminar el concilio, fue hecha pública la cesión de los bienes de los templarios a los hospitalarios, a excepción de la Península Ibérica (Castilla, Aragón, Portugal y Mallorca).

Algunas disquisiciones dogmáticas se derivaron de la perpetua discordia entre los dos grupos de la orden franciscana, y giraron en torno a la persona y doctrina de Pedro Juan Olivi, al que de tiempo atrás perseguía la «comunidad» y cuya condenación quería arrancar al Concilio. Sin embargo, parece que se logró eludir las dificultades con un hábil compromiso; y así, la constitución Fidei catholicae fundamento, leída en la sesión final del 6 de mayo, proclamaba: El costado de Cristo no fue abierto hasta después de su muerte, la substancia del alma racional humana es por sí misma verdadera forma del cuerpo humano, niños y adultos reciben en el bautismo de la misma manera la gracia santificante y las virtudes. Como Olivi no fue nombrado en el Decreto, surgieron más tarde violentas discusiones sobre el alcance de las fórmulas; pero, dado el mal estado de la tradición, no pudieron resolverse las dificultades. También ocuparon mucho lugar las pendencias en la familia de san Francisco acerca de la interpretación del usus pauper. Para allanarlas fue nombrada una comisión, cuyo dictamen ha aparecido recientemente. El pleito acabó con la publicación de la constitución apostólica: Exivi de paradiso, también en la sesión final del Concilio. La constitución sigue prudentemente la vía media y da amplias explicaciones sobre la regla de la orden, sin entrar en el aspecto dogmático de la cuestión.

Hay opiniones varias sobre si el concilio de Vienne ha de calificarse como Concilio de reforma en el sentido de la edad media tardía; lo cierto es que no fue convocado por cuestiones de reforma. Sin embargo, el papa solicitó desde el principio dictámenes de reforma de los que se han conservado algunos fragmentos que permiten suponer la existencia de un extenso material. Para recoger quejas y mociones nombró Clemente v, en la primera sesión solemne del Concilio, una comisión de cardenales, que comenzó luego a dar forma a la múltiple materia. En sus deliberaciones participaba tam­bién ocasionalmente el papa. Tratábase sobre todo de poner coto a las muchas intervenciones, descritas frecuentemente por menudo, de los órganos estatales en la vida jurídica de la Iglesia. Otro tema fue la escala de exención de los religiosos, señaladamente de los mendicantes. Como el Concilio acabó inmediatamente después de resuelta la cuestión de los templarios, las deliberaciones sobre reforma quedaron inacabadas. Sólo unos pocos decretos estaban acabados y fueron leídos en la tercera y última sesión del Concilio; para otros se anunció una lectura posterior y la entrada en vigor de todas las disposiciones de reforma. Una lectura hubo aún lugar más adelante en un consistorio público en el castillo de Monteux cuatro semanas antes de la muerte del papa. Como corrían ya algunos decretos o esquemas de decretos, se originó una gran inseguridad, a la que puso fin Juan XXII por la publicación oficial y usual envío a las universidades. Desde entonces, los decretos reelaborados aún después del Concilio, son elemento del Corpus Iuris Canonici con el nombre de «Clementinas». De entre el material de reforma descuellan algunos informes de importancia general, que se mentarán en otro contexto. Para la actividad misional de la edad media tardía fueron importantes las disposiciones dictadas a instancias de Raimundo Lulio sobre la erección de escuelas de idiomas.

Según las instrucciones del Concilio, los bienes de los templarios habían de pasar a los hospitalarios de san Juan, pero el cumplimiento de esta ordenanza iba muy despacio y se dilató por decenios. En Francia, la máxima parte de los bienes de los templarios vinieron a la postre a parar a manos del rey, pues éste presentó la cuenta correspondiente por las costas del proceso. El papa se había reservado también la suerte de los grandes dignatarios. Cuando éstos tenían que repetir ante Notre-Dame de París la confesión de su culpa y aceptar la cadena perpetua, el gran maestre y el gran preceptor de Normandía recobraron su valor, retractaron todas sus confesiones y protestaron de la inocencia de la orden. El mismo día, sin ser oídos y sin respeto con el papa, fueron que­mados vivos. La responsabilidad por el trágico destino de esta famosa orden ha dado una y otra vez que pensar a los investigadores y pábulo a la propaganda histórica. Hoy se admite de manera general que la orden en su totalidad fue inocente de los crímenes que se le imputaron. A par de H. Finke, conocedores tan importantes de aquel tiempo como G. Mollat y J. Haller se han pronunciado por la inocencia de la orden, y condenado ásperamente el proceder de Felipe el Hermoso. Sin embargo, en tiempo reciente se ha planteado la justa cuestión sobre la parte de responsabilidad que le cabe al enigmático rey, y si pudo obrar por motivos puramente religiosos. Cierto que estaba penetrado de la superioridad de la corona francesa y de la conciencia de una especial elección personal, no menos que de piedad profunda y hasta fanática; pero los medios aquí empleados no admiten excusa ni para la edad media. Ante el foro de la historia, sobre él recae la principal responsabilidad de la muerte y sepultura de los templarios. No es mucho menor la parte de culpa de Guillermo de Nogaret, pues el demoníaco estilo del procedimiento corresponde casi a la letra con métodos empleados por él en otros casos. El juicio de Jacobo de Molay, gran maestre de la orden, vacila entre los historiadores, como vacilante fue su conducta una vez que estalló la tormenta: primero confesó, luego retractó reiteradamente sus confesiones y otra vez confesó. La vacilación o contradicción se explica por la espantosa presión que sobre él se ejerció. Que fuera sometido a tortura física, es cuestión abierta, pues las fuentes que aún quedan después de la destrucción de las actas secretas no dan suficiente claridad sobre ello. Tal vez intentó por la inverosímil confesión de renegar de la cruz de Cristo al ser admitidos a la orden, venir a parar ante el tribunal de la Iglesia y puso así toda la esperanza en descubrir ante el papa y los cardenales toda la verdad del caso. El no haberlo logrado fue toda su tragedia, y también la grave culpa del papa que lentamente, paso a paso, dejó que se le escapara de las manos la defensa de la orden.

 

Italia y los estados de la Iglesia

 

Para justificar la permanencia de Clemente V y de sus sucesores en Aviñón, se ha pintado con los más negros colores la situación política de Italia y de los estados de la Iglesia. Pero no era peor que en los decenios que siguieron a la caída de los Hohenstaufen. El Sur estaba bien agarrado por mano de los Anjou, fuera de Sicilia, donde, bajo don Fadrique de Aragón, se desenvolvía una nueva forma de dominación. Pero mucho más allá de las fronteras de los estados de la Iglesia, la influencia de los Anjou bajo Roberto de Nápoles se extendió por el centro y norte de Italia. A par de Florencia, Milán sobre todo era un centro de poder de gran fuerza de atracción, con un incesante e inextricable cambio de situaciones y relaciones. Lo mismo cabe decir sobre todo de la vida interna de muchas ciudades, del rápido cambio de sus gobiernos y del difícil problema de ahí resultante de los exiliados. Los influjos exteriores más fuertes venían de Francia, pero ya se dibujaba también la toma de posesión de Córcega y Cerdeña, en cumplimiento de la infeudación que ya en 1297 hiciera de las islas Bonifacio VIII a Jaime n de Aragón. Naturalmente, para el nuevo papa la situación de los estados de la Iglesia era de singular importancia. Estado propiamente dicho no lo eran ya desde hacía tiempo, sino un conglomerado de muchos señoríos. Mucha diferencia había entre el Patrimonio de barones feudales y Roma, la Marca de Ancona y la Romagna con sus nuevas señorías. Bonifacio VIII tuvo en cuenta esta situación en una serie de excelentes reformas, que fueron, sin embargo, revocadas bajo los breves gobiernos de sus sucesores. Ello condujo a sublevaciones de años, con cuya sofocación hubo de habérselas Clemente V. La pacificación de los estados del Norte fue una de sus principales tareas, a la que se consagró con energía y algún éxito. Decir que primero se inclinó a los gibelinos para apoyarse luego casi exclusivamente en los güelfos, es teoría que simplifica demasiado los acontecimientos históricos. Gran perjuicio para una ordenada administración fue el desenfrenado nepotismo en la provisión de los importantes y pingües rectorados de las provincias. En la lucha contra Venecia y Ferrara, que desde tiempo atrás estaba regida por la dinastía de Este y que el papa no desperdiciaba ocasión de reclamar, en virtud de la donación constantiniana, para los estados de la Iglesia, Clemente V se mostró de una dureza francamente inhumana. Logró también anexionarse la ciudad y territorio de Ferrara y humillar a la soberbia Venecia; pero el éxito fue de corta duración.

 

Clemente V y el imperio

 

Después que el nuevo papa hubo invitado al rey alemán a emprender la cruzada, se trasladó a Lyon una embajada de Alberto I con las siguientes peticiones: la coronación, que no se emplearan fuera de Alemania (es decir, en Francia) el dinero de diezmos colectados en el imperio, exclusión de personas no gratas al rey en la provisión de obispados alemanes. Lo mismo que Bonifacio VIII, Clemente V hubo de ver en el imperio y en el rey alemán un apoyo contra el influjo prepotente de Francia. Lo cual sólo era posible mientras Francia misma no se hiciera con el imperio, como les rondaba la cabeza a Felipe iv y a sus consejeros. La cuestión se agudizó cuando, el año 1308, Alberto I cayó asesinado.

Ahora aumentó la presión sobre el papa, especialmente en las conversaciones de Poitiers en el verano de 1308, y sólo por ardid parece haber podido eludir el papa la recomendación directa de Carlos de Valois. El nuevo rey Enrique VII de Luxemburgo, hermano que era de Balduino, arzobispo de Tréveris, procedía igualmente de zona de influencia francesa; sin embargo, dentro de todo el miramiento a Francia, defendió dignamente los intereses del imperio. Logró recibir la aprobación del imperio a la Iglesia romana al estilo de la sumisión habsbúrgica; el papa mismo quería hacer la coronación, por ejemplo, el año 1312, después de arreglar los asuntos más importantes de la Iglesia, como el concilio de Vienne. Sin embargo, la marcha a Roma fue decidida en el verano de 1309 y se emprendió en el otoño del año siguiente. Recibido por de pronto gozosamente en Italia, el rey alemán hubo de chocar muy pronto con los intereses de Anjou y, por ende, con los de Francia. Ello podía conducir a curso difícil de las cosas, sobre todo si el nuevo César reclamara los derechos tradicionales del imperio en Italia. Cuando finalmente entró el rey en Roma, parte de la ciudad con san Pedro estaba ocupada por las tropas de Roberto de Nápoles. La coronación, hecha por tres cardenales, tuvo lugar en Letrán el 29 de junio. Entretanto, también en este terreno había sucumbido el papa a la influencia francesa. Cuando el emperador, después de su coronación, procedió contra Roberto de Nápoles y le incoó proceso, el papa se puso abiertamente del lado de los güelfos. Ahora se entabló de nuevo una gran controversia teórica acerca del poder del César y hasta sobre el cesarismo mismo, que llegó al público por los dictámenes y memoriales de ambas partes. Por la profundidad de sus razonamientos, el primer puesto en esta liza le conviene indiscutiblemente a Dante. Después de saludar con entusiasmo al emperador en su venida al «jardín del imperio», trató en los tres libros de la Monarquía, que probablemente se compusieron por este tiempo, la necesidad teológicamente fundada del imperio, la legitimidad de los títulos de Roma al mismo, y demuestra luego que el imperio depende directamente de Dios sin la mediación del papa. El fin de su gran tratado era demostrar la indepen­dencia del emperador en el orden político. En el otro bando, en los dictámenes napolitanos, se ataca y niega como institución el imperio alemán y hasta se lo presenta con abundante material histórico como fuente de muchos males. Tras la temprana muerte del emperador en Buonconvento cerca de Siena, el 24 de agosto de 1313, tomó Clemente cartas en el asunto por la célebre bula: Pastoralis cura, compuesta entre el otoño de 1313 y la primavera de 1314, seguramente con colaboración de Roberto de Nápoles. Clemente prosiguió la teocracia de Bonifacio VIII, declarando nula la sentencia imperial contra Roberto y reclamando para sí, durante la vacante del imperio, el nombramiento de vicarios imperiales. Significativa es en esta decretal la limitación espacial del imperio, que implica la negación de su universalidad. Y fue así que luego, en 1314 nombró a Roberto vicario imperial en toda Italia. Al morir Clemente V, a 20 de abril de 1314, camino de su dilecta Gascuña, en Roquemaure cerca de Carpentras, deja el infortunado papa una Roma abandonada, el gobierno de la Iglesia en indigna dependencia de Francia, un colegio cardenalicio compuesto principalmente de franceses y una curia exhausta y saqueada por el nepotismo provincial. ¡Mala herencia para el sucesor!

 

Juan XXII (1316-34)

 

La difícil situación de los cardenales en Carpentras aparece por la agrupación del colegio en 10-11 gascones, otros 6 franceses o provenzales y 7 italianos. Por las creaciones de Clemente V, no sólo resultó un excesivo crecimiento de la influencia francesa, sino también el fuerte grupo de parientes y paisanos del difunto papa en una medida como nunca se conociera. Apenas se había iniciado el asunto de la elección, los partidarios de Clemente V hicieron saltar el cónclave maltratando a los curiales y amenazando a los cardenales italianos. Sólo a duras penas pudieron escapar los italianos y abandonar la ciudad. Hasta dos años más tarde no se logró que se reunieran de nuevo los cardenales, ahora en Lyon, donde el conde de Poitiers, hermano del rey de Francia, contra sus promesas juradas de garantizar la libertad de movimiento, los encerró en el convento de dominicos y les entregó los nombres de cuatro candidatos. Después de tentativas de semanas para llegar a un acuerdo, fue otra vez Napoleón Orsini quien llevó a tres de sus compatriotas al grupo de los gascones y decidió así la elección. El 7 de agosto de 1316 recayó la elección sobre el cardenal obispo de Ostia, Jacques Duése oriundo de Cahors, de 72 años de edad y, al parecer, hombre enfermizo. De papa, permaneció fiel de por vida a su patria chica, como lo prueba la omnímoda preferencia de los cahorsinos. Desde el año 1300 era obispo de Fréjus, por los de 1308-10 fue canciller del rey Carlos de Nápoles, en 1310 fue nombrado obispo de Aviñón y en 1312 creado cardenal. De máxima experiencia en la política y administración, halló un caos en la curia papal, consecuencia del débil, por no decir desordenado gobierno de su antecesor y de la vacante por dos años de la sede papal. Su miedo a ser asesinado permite concluir una fuerte oposición a su elección. Su coronación tuvo lugar en Lyon, el 8 de septiembre, con más solemnidad que la hasta entonces acostumbrada y con asistencia del rey francés. En octubre marchó el nuevo papa a Aviñón, se hospedó por de pronto en el convento de dominicos y luego en el palacio episcopal, después de elevar a cardenal al obispo y nombrar un administrador para el obispado.

Buenos conocedores de este tiempo lo han calificado con toda razón como la época de más pronunciado politicismo papal y han añadido que les quedó a los papas poco tiempo para lo puramente espiritual. Con la elección de Juan XXII estaba echada la suerte en este sentido: la política predominaría sobre todo otro punto de vista. Hasta en el punto, como se verá luego, de si había de tenerse seriamente en cuenta el retorno a Roma, o se quería y debía proseguir lo provisorio que había dejado Clemente V. Si éste era en gran parte un hombre que se dejaba empujar, con Juan entró en el gobierno una naturaleza de temple muy distinto, que, durante su largo pontificado, determinó con éxito el curso de los acontecimientos de su tiempo. El nuevo papa no excluyó seguramente de antemano el retorno de la curia a Roma o a Italia; reiteradamente manifestó el deseo de marchar a Roma ya antes de acabar el año en que fue elegido. Pero, prisionero de las ideas de una Italia güelfo-francesa, creyó que sólo era posible la vuelta una vez alcanzado ese fin. Pero, cuanto más se aplazaba, mayores eran las dificultades psicológicas para un traslado de la sede papal. La situación de Italia sólo hubiera podido dominarla un papa que mandara en los estados de la Iglesia, como se vería más adelante. Centro de este pontificado sigue siendo la relación con Francia y sus reyes, y con la línea de Anjou que dominaba en el sur y centro de Italia. Los esfuerzos por arreglar la larga guerra de Flandes y lucha con Inglaterra, la mediana inteligencia con el rey de Aragón que se apoderaba de Cerdeña, están inspirados por el deseo de una Francia fortalecida, de la que el papa necesitaba para la consecución de los fines que le bullían en la cabeza. A este mismo fin obedecen las muchas injerencias, no siempre deseadas, en las cuestiones dinásticas francesas, en asuntos de administración y en la generosa concesión de diezmos y subsidios eclesiásticos con problemática compensación. La meta es clara: prosecución de la política curial iniciada desde la segunda mitad del siglo XIII de favorecer la posición de prepotencia de la Francia anjevina en toda Italia y desplazar consiguientemente al imperio y a Fadrique de Sicilia. Si se quiere usar de los nombres que aún entonces servían para designar los grupos políticos: güelfos y gibelinos, Juan XII era cabeza del güelfismo, más y con más éxito que Roberto de Nápoles, cuyo proceder no siempre halló el aplauso del papa.

En el imperio, la situación no era desfavorable al nuevo papa. Tras la temprana muerte de Enrique VII en Buonconvento, hubo en 1314 doble elección: Luis de Baviera y Federico el Hermoso. Ambos se dirigieron al papa, ambos eran para él electos, y Juan reclamó la decisión para sí. Las primeras medidas en Italia fueron aún fundadas en el deber de la universal mediación de paz, pero pronto volvió el papa en una constitución a la pretensión de su antecesor sobre el vicariato del imperio, y prohibió toda actuación a los vicarios nombrados aún por Enrique VII. A Roberto de Nápoles lo nombró senador de Roma y vicario imperial de toda Italia. El papa no se quedó en disposiciones teóricas, sino que comenzó ahora un duro procedimiento contra todos los que no estuvieran conformes con la política papal, según las formas del proceso canónico inquisitorial con muchas agravaciones, hasta la declaración de herejes respecto de personas y pena de entredicho sobre ciudades y territorios. El cardenal Bertrand du Poujet, pariente del papa, fue nombrado en 1319 legado para la Lombardía e inició su actividad el verano del año siguiente. Incumbióle, hasta su desgraciada retirada el año 1334, la tarea de derribar a los tiranos, como eran designados en el vocabulario del papa todos los no güelfos. Las luchas que ahora estallaron se prolongaron durante años sin decisión, con rápidos cambios de los grupos políticos. Acontecimientos importantes son la intervención de las tropas francesas en el norte de Italia; también navíos que iban armados para la cruzada, tomaron parte en los combates. Aunque al gobierno francés le parecía posible y deseable un cambio de actitud de los Visconti por vía política, el papa exigió inexorablemente que se derribara violentamente su dominación en Milán y la Lombardía. Fue tan lejos que otorgó la indulgencia de la cruzada contra heréticos et rebelles partium Italiae; de todos los obispos se exigió su predicación y la creación de una caja especial de dinero para este fin. Evidentemente, para esta medida no fueron consultados los cardenales y no todos estaban de acuerdo con ellas. Hasta qué punto tomaba Juan XXII en serio la verdadera idea de cruzada, es difícil decirlo. No puede evitarse la impresión de que la aprovechó en gran parte como pretexto para fortalecer las finanzas papales y el predominio francés. En efecto, pareja empresa sólo podía estar bajo la dirección del rey de Francia y Felipe VI tenía evidentemente buena voluntad.

Extraño era ciertamente encontrar al rey electo de Alemania Federico de Habsburgo, del lado de los güelfos en Italia. Su hermano Enrique apareció en 1322 con un ejército delante de Brescia, para apoyar a la ciudad güelfa gravemente amenazada, pero retiróse luego con gran disgusto del papa, movido probablemente por la política de los Visconti, que abrió los ojos a Federico sobre las consecuencias de su acción para el imperio. Más grave y decisiva para los acontecimientos de Italia hasta el fin del pontificado fue la intervención de Luis de Baviera, después de la batalla de Mühldorf en 1322, que le daría el dominio señero. El papa, sin embargo, no modificó su anterior reserva, aparentemente neutral; para él, Luis seguía siendo sólo electo. El hecho de que el rey victorioso ahora en todo el ámbito alemán reclamara los tradicionales derechos reales — entre los que entraba en grados diversos Italia — condujo una vez más a reñida lucha entre el sacerdocio y el imperio. Sólo que el sacerdocio no estaba ya en Roma, sino en cercanía inmediata y en dependencia de Francia. Como los gibelinos solicitaran su ayuda, mandó Luis en la primavera de 1323 un destacamento a Italia, que comenzó por atraerse a algunos caudillos gibelinos vacilantes y contribuyó decisivamente al levantamiento del sitio de Milán por el ejército del legado. Con ello se desvanecieron las esperanzas del papa de una victoria inmediata sobre los Visconti. Así se comprende su furiosa irritación y su proceder contra Luis de Baviera desde el otoño de 1323, no obstante la violenta resistencia de algunos cardenales. Por el padrón italiano, el rey alemán fue también ahora amonestado, luego citado y enredado en un proceso canónico, con el fin de excluirlo de la realeza y proponer otra candidatura al trono, naturalmente francesa.

Sólo tras larga vacilación se decidió Luis al contraataque, ape­lando contra los reproches y sentencias del papa, primero en Nuremberg en diciembre de 1323 y, después de su excomunión en marzo de 1324, en la capilla de los caballeros alemanes de Sachsenhausen cerca de Francfort, en mayo. Luis protestaba primero contra la acusación de llevar sin derecho el título de rey y de ejercer los derechos reales, luego de la otra de apoyar a herejes y ter­minaba pidiendo la convocación de un Concilio general. La apelación o manifiesto de Sachsenhausen estaba más bien destinada al efecto público contra los procesos papales difundidos con hábil propaganda; en el manifiesto se le echaba en cara al papa el parcial empleo de las penas de la Iglesia para impugnar a sus adversarios políticos; pero, sobre todo, afirmaba una patente herejía en la conducta de Juan XXII respecto del ideal de pobreza de los espirituales. Son las conocidas acusaciones de herejía desde Felipe el Hermoso, por las que el mismo papa podía ser juzgado en un Concilio por la Iglesia universal. Según estudios recientes, las dos apelaciones o manifiestos muestran por su fondo y formulaciones fuertes resonancias de ideas gibelinas; pero no puede aún juzgarse exactamente en qué medida intervinieron auxiliares minoritas.

El conflicto se agudizó cuando Luis, llamado por los gibelinos, comenzó, desde 1327, a intervenir en Italia. Su expedición a Roma se distinguió en muchos aspectos de las anteriores expediciones de reyes y emperadores alemanes. Cierto que marchó a Roma, pero no halló allí dignatarios eclesiásticos para su coronación. Volviendo a la idea imperial de la antigüedad, el viejo Sciarra Colonna le impuso la corona en el Laterano. Más grave y ciertamente un error político fue el alzamiento de un antipapa en la persona del minorita Pedro Corbara con el nombre de Nicolás V. Hombre personalmente sin importancia y mero instrumento de una política torpe, desapareció pronto después de la partida de Italia del emperador e hizo en Aviñón las paces con Juan XXII que lo trató benignamente.

En cambio, los cabecillas de los minoritas fugados de la ciudad de Aviñón y acogidos a Luis en Pisa, le prestaron una gran ayuda en sus disquisiciones espirituales con la curia. La reacción del papa no se limitó a la repetición y encarecimiento de los procesos. Como ya años antes, ahora se empeñó otra vez en descartar al rey; pero la nueva elección por él pretendida y por algunos príncipes decidida, no llegó a ejecutarse. Por un plan ficticio de abdicación, logró Luis conjurar las dificultades en Alemania y también en Italia, por más que los Visconti, tras la marcha del emperador, se aproximaron al papa. Pero nuevas complicaciones surgieron en los últimos años de Juan XXII. En la Lombardía apareció, el año 1331, el joven rey, Juan de Bohemia, hijo del emperador, Enrique VII; fingiendo contar con la avenencia del emperador y del papa, quería evidentemente erigir una soberanía propia. Pero el papa mismo consideró el plan del rey de Francia de recibir de la sede apostólica en feudo la Lombardía, a fin de alejar así para siempre de Italia a los reyes alemanes. Y Juan mismo pensó, el último año de su vida, en marchar a Bolonia, no en connivencia, ciertamente, con Francia. Todos estos planes se desbarataron cuando el año 1333 güelfos y gibelinos se coaligaron contra la dominación extranjera, y obligaron al rey de Bohemia a retirarse y a los legados a huir de Italia. Las enormes sumas que Juan XXII sacó de las arcas de la Iglesia para sacrificarlas a sus ideas italianas, fueron gastadas en balde.

Por su ruda postura en la disputa sobre la pobreza, se creó el papa enemigos exasperados e irreconciliables no sólo entre los espirituales, sino también en amplios sectores de clérigos y laicos, sobre todo el rey Roberto de Nápoles y su esposa Sancha. Graves desavenencias lastraron una relación hasta entonces muy estrecha, sobre todo cuando también anduvieron divergentes las ideas sobre la dominación en la alta Italia. A todo eso se añadieron las diferencias con una parte del colegio cardenalicio, que, bajo la égida de Napoleón Orsini pedía seriamente la convocación de un concilio para juzgar al papa, y se había puesto en contacto con el emperador Luis de Baviera y los obispos alemanes. En el orden puramente dogmático, el papa suscitó escándalo hacia el fin de su pontificado, pues en la cuestión de la visión beatífica defendió una sentencia muy independiente, aunque no extraña a las ideas del primitivo cristianismo, a saber, que las almas de los justos no gozan de la plena visión de Dios inmediatamente después de salidas del cuerpo, sino después del juicio universal. La controversia que sobre ello se suscitó, interesó a amplios sectores y la máxima parte de los teólogos se puso contra el papa. Estos problemas fueron tratados en muchas sesiones y prolongadas discusiones, y sobre ellos se emitieron una serie de dictámenes. En París, el gobierno adoptó claramente postura contra el papa y le amenazó con un proceso por herejía. La víspera de su muerte hubo de abandonar su sentencia particular.

Se sabe ya de antiguo que el papa predicaba a menudo y de buen talante delante de los cardenales, obispos y prelados curiales, y que aprovechaba la coyuntura para dar a conocer sus sentencias e intenciones y hacerlas propagar por medio de copias. Recientemente se ha demostrado que estudiaba puntualmente colecciones de sermones y los anotaba para el uso práctico; también conocemos más de 30 sermones suyos, parte, literalmente, parte, reproducidos sumariamente. Por lo general son sermones sobre la Virgen, con clara punta contra la conceptio immaculata, y puntos de vista sobre política, como no podía esperarse otra cosa del más grande político de Aviñón. Muchos códices aún hoy día conservados, de su biblioteca particular o de la papal nos lo muestran como lector atento, por ejemplo, en las acotaciones al margen de los informes solicitados; tales acotaciones delatan un conocimiento a fondo de la teología de Tomás de Aquino, como preparación para su canonización. En general, el papa era amigo de colecciones de materiales y poseía muchas de esas tabulas. Seguramente las más importantes cuestiones eran para él las jurídicas, y también de éstas nos ha llegado una serie escrita de su puño y letra. En general, sólo tenemos como autógrafos de los papas las notas de aprobación sobre las raras súplicas originales del siglo XIV; la letra, empero, difícilmente legible de Juan XXII se nos ha conservado en numerosos lugares; así, en borradores o minutas de escritos políticos de gran importancia. Ellos nos permiten ver trabajando al papa y las repetidas tentativas de su temblorosa mano de viejo para hallar nuevas formulaciones; hasta en la redacción en escritura cifrada de importantes documentos (cedulae) tomaba personalmente parte.

Si algún papa merece el calificativo de político, ese es Juan XXII. En los años en que forman y cobran consistencia las ideas propias, estuvo en la corte anjevina de Nápoles. ¿Habrá que reprocharle que jamás abandonara la doctrina güelfa allí reinante? Cierto que como papa debiera haber obrado de otro modo; pero la cuestión es si pudo. Así, creó el estilo de la política aviñonesa aun para sus sucesores, con lo que hizo daño inmenso. Para la consecución de sus fines, se valió sin contemplaciones de todos los medios que, como papa, tenía aún a su disposición. Si sus antecesores Inocencio IV y Bonifacio VIII siguieron el camino de crear por su cuenta y riesgo un nuevo derecho, Juan XXII prosiguió tenazmente el mismo camino y vino a ser con sus decretales el prototipo del papa de la política a todo evento. La dispensa matrimonial la explotó Juan XXII con la mayor parcialidad para sus fines políticos y sólo pidió el consejo de los cardenales para cubrirse las espaldas en caso de negativa. La imposición de penas canónicas por motivos puramente políticos y la concesión o negación arbitraria de dispensas fueron ribeteadas por la necessitas et utilitas ecclesiae o por la utilitad pública en una petulante equiparación de su política con la Iglesia y de la jerarquía con la religión. Su hacer y deshacer con los beneficios y en las finanzas de la Iglesia para lograr la plena estructuración de la primacía de lo administrativo, se verá en otro lugar. Su pontificado es la cúspide del sistema hierocrático, y quien en éste vea algo positivo, puede admirar en Juan XXII uno de los papas más importantes.

 

Benedicto XII (1334-42)

 

El cónclave que, tras el plazo de ley después de la muerte de Juan XXII, se reunió en el palacio episcopal de Aviñón, se enfrentaba con grandes decisiones no sólo personales, sino también objetivas. La vuelta a Roma o la permanencia provisional en Aviñón dependía de esas decisiones. Que el cardenal de Comminges se negara a prometer no volver a Roma y por ello no fuera elegido, podrá ser exageración, pero la noticia ilustra muy al vivo la situa­ción. La elección, rápidamente lograda, el 20 de diciembre de 1334, del «cardenal blanco», hubo de producir sorpresa. Acaso, tras la desazón causada por un teólogo dilettante, se quiso tener a un teólogo especializado, y tal era Jacques Fournier, que fue Benedicto XII. En temprana edad entró en la orden cisterciense, en que era abad su tío, en 1311 le sucedió en Fontfroide, en 1317 fue nombrado obispo de Pamiers, en 1326 de Mirepoix y en 1327 cardenal. En París hizo estudios fundamentales y obtuvo el grado de maestro en teología. Su interés especial durante su actividad episcopal y luego como cardenal fue la impugnación de los herejes. Lo que hasta ahora se sabía de sus opiniones en el proceso contra la Postilla al Apocalipsis de Pedro Juan Olivi, contra Guillermo de Ockham y el maestro Eckhart, ha sido ampliado por nuevos descubrimientos. En la controversia sobre la visión beatífica tomó pronto posición. Juan XXII le encargó el estudio de la cuestión, y su resultado está en una extensa obra, no impresa todavía. En el proceso contra el dominico Tomás Waleys, él ocupó la presidencia. Esta familiaridad a fondo con los problemas le facilitó luego como papa la liquidación y terminación provisional de la discusión en sentido tradicional.

Difícil de juzgar es su posición respecto del retorno de la curia a Roma; sobre todo, si hablaba realmente en serio cuando prometía a los delegados del pueblo romano su pronta ida, siendo así que ya en los primeros meses de su pontificado se puso a construir el gran palacio. Con ello se tomaba prácticamente una resolución importante, y no había ya que pensar en una marcha a Italia. De los esfuerzos por poner orden en los estados de la Iglesia tenemos bastantes noticias. Bertrand, arzobispo de Embrun, enviado por Juan XXII a la Italia central, siguió actuando bajo Benedicto hasta 1337. A Bertrand siguió, como reformator generalis, Juan de Amelio, conocido sobre todo por el traslado del archivo papal a Aviñón. En Roma, reiterados edictos de paz trataron de componer o frenar las disensiones entre los Colonna y Orsini por los puentes del Tíber y los torreones de la ciudad. Era un sofisma decir que, por los disturbios de Italia y Roma, no podía volver el papa; los disturbios duraban precisamente porque la curia no los combatía sobre el terreno.

Benedicto seguiría también el camino que trazara Juan XXII en cuanto a la dependencia de Francia. En ello no ponía ni quitaba su gran reserva en la concesión de diezmos para la cruzada y su devolución caso de incumplimiento de la promesa. Tras largas negociaciones sobre esta cuestión y una visita a Aviñón del rey francés Felipe VI, cedió el papa. Para las necesidades políticas del reino se gravó una y otra vez a la Iglesia francesa, lo cual, al comienzo de la guerra contra Inglaterra, atrajo reiteradamente a la curia la nota de parcialidad. También las agencias de información de Aviñón estaban a disposición del rey francés. Como mediación de paz, el papa envió a Inglaterra dos cardenales que sólo obtuvieron éxitos pasajeros. A la población, fuertemente probada por la devastadora guerra de 1339-40, dedicó el papa cuantiosa ayuda financiera.

Durante todo su pontificado no logró el papa Benedicto XII liberarse de los fuertes vínculos que lo ataban a la política del rey de Francia.

Pacíficas manifestaciones al comienzo de su gobierno hicieron esperar un arreglo en el pleito con el imperio. Lo cierto es que ya en la primavera de 1335 se puso el emperador en contacto con la curia, a fin de explorar las condiciones de una solución pacífica del asunto que pesaba cada vez más sobre la opinión pública. Sobre estas negociaciones estamos bastante puntualmente informados por haberse conservado una parte de las minuciosas formulaciones en el marco del proceso canónico, las llamadas procuradurías. A pesar de la gran transigencia de los enviados imperiales, no se llegó a un acuerdo, pues no convenía a la línea política de Felipe VI, que fue tenido al corriente por el papa hasta los últimos pormenores sobre las complicadas negociaciones. En conjunto, Benedicto fue más esclavo que su predecesor de la política francesa. Hubo, pues, de venir nueva rotura, una vez que quedaron sin efecto los discursos de los embajadores que en el consistorio condenaron con toda aspereza la política de Juan XXII. Mas el ambiente en tierras alemanas era ahora distinto que bajo su predecesor. Muchos estamentos del imperio, príncipes electores, la nobleza y alto clero, sobre todo las ciudades, repudiaron esta política de la curia. El paso a su bando de Enrique de Virneburgo, arzobispo de Maguncia, provisto por el mismo papa, fue de gran provecho a la causa del emperador. Un sínodo provincial de Maguncia congregó en Espira a fines de marzo de 1338 en torno al emperador a muchos obispos y abogó como mediador ante la curia en favor del emperador. La respuesta fue que el papa no quería echar sus cardenales a osos y leones. Importantes manifiestos se siguieron rápidamente unos a otros en este año. En mayo, la primera dieta de Francfort con la publicación del famoso manifiesto: Fidem catholicam, que se compuso con fuerte colaboración de los teólogos cortesanos minoritas. En él se proclama con solemne estilo que el poder imperial viene inmediatamente de Dios y no del papa, de suerte que el electo puede disponer del imperio sin necesidad de coronación. Según eso, el proceso de Juan XXII fue ilegítimo y no merece obediencia. También el imperio tomó posición en las manifestaciones de los príncipes electores en la dieta de Rhens, en que, después de unirse para la defensa de sus derechos tradicionales (Kurverein), fue publicada la instrucción (o fallo del jurado): el elegido por los príncipes o la mayoría de ellos para rey romano, no necesita para administrar los bienes y derechos del imperio o para tomar el título de rey, de nombramiento, aprobación, confirmación asentimiento o autoridad de la sede apostólica. Una segunda dieta de este año, por el mes de agosto, en Francfort, trajo la ley imperial Licet iuris, que, ampliando los decretos de Rhens, atribuye también la dignidad imperial al legítimamente elegido, sin que necesite de la aprobación o confirmación por parte del papa. En la preparación de este gran manifiesto tuvieron parte, por numerosos dictámenes y deliberación ordinaria, los franciscanos de la «Academia de Munich». Inmediatamente después, siguió en septiembre la dieta de Coblenza, en que se concluyó la alianza con Eduardo III de Inglaterra, vanamente impugnada por la curia. Cinco leyes imperiales ordenaron la ejecución de los grandes decretos de este año. Ante esta evolución inesperada en el imperio, trató el papa, en interés de Francia, de reanudar las interrumpidas negociaciones y darles largas, y sobre todo de apartar al rey inglés de la alianza alemana. El ambiente anticurial iba en aumento en Alemania. La publicación de los procesos y la observancia de las censuras impuestas no le pasaba ya apenas a nadie por la cabeza. Al comienzo de 1339, también en una dieta de Francfort, fueron los príncipes electores más allá de las formulaciones de Rhens en un nuevo fallo y reconocieron sin atenuaciones la dignidad imperial de Luis de Baviera. Hasta Balduino, arzobispo de Tréveris, conocido por su ambigua política, estaba dispuesto a ello, y de su cancillería se han conservado consideraciones sobre la guerra del imperio contra Francia y sus efectos sobre Aviñón. El pronto abandono por parte de Luis de la alianza inglesa y su aproximación a Francia no cambiaron en nada la situación. Tampoco el poco afortunado trato matrimonial sobre el Tirol con Margarita Maultasch trajo conmoción mayor de su posición. La confusión de la situación eclesiástica fue más bien en aumento. A diferencia de la hábil táctica de Juan XXII, Benedicto no concedió apenas un levantamiento del entredicho. Así que, en medida mayor que antes, la gente procedió a arreglárselas por sí misma, con harto quebranto de la autoridad de la Iglesia. La situación de la Iglesia está descrita en las crónicas del tiempo, por ejemplo, de Juan de Winterthur, Matías de Neuenburg y del canónigo de Constanza Enrique de Diesenhofen. Y el dominico Juan de Dambach, en su memorial a Carlos IV, traza un cuadro verdaderamente estremecedor a fin de mover al rey a que negocie con Roma y obtenga una absolución general de todos los territorios afectados con censuras, y no sólo de Alemania, y se dé una aclaración inequívoca sobre quién haya de ser tenido como vitando.

Se suele poner de buen grado a Benedicto XII entre los papas reformadores, no por razón de las corrientes manifestaciones programáticas al comienzo de su pontificado, sino porque, de hecho, desplegó actividad general reformatoria. Pocos días después de su coronación, separó de sus respectivos beneficios a todos los clérigos que no pudieron justificar suficientemente su estancia en la curia papal.

En la administración de ésta, recogió y amplió los principios de su predecesor, pero se distingue por el riguroso manejo de sus plenos poderes para desterrar los muchos abusos que se habían infiltrado. Abolió el desastroso y aborrecido procedimiento de las expectativas, lo mismo que las encomiendas del alto clero, excepto los cardenales. El examen introducido por él de la idoneidad de los solicitantes de una prebenda, estaba seguramente inspirado por la mejor intención, pero no tuvo en la práctica el efecto apetecido. En contraste con la libertad de su antecesor, era parco en la concesión de dispensas. El papa, que todavía de cardenal llevara el hábito cisterciense, tenía atravesados en el corazón a los religiosos, a quienes dedicó sus más importantes y radicales reformas, no a gusto por cierto de los interesados. Comenzó por su propia orden por la bula Fulgens sicut stella. Ya Juan XXII había querido entender en el asunto de los cistercienses. La bula para la reforma de los benedictinos Summi magistri, por mucho tiempo discutida en su importancia, es recientemente juzgada más moderadamente. Los dominicos lograron eludir hábilmente la reforma papal. En cambio, la bula Redemptor noster, de tono autoritario, dedicada a los hijos de san Francisco, produjo en la orden gran consternación, sobre todo por la forma hasta entonces insólita de tomar un papa cartas en el asunto, sin gran consideración a la tradición de la orden, sin hacerse suficientemente cargo de las dificultades internas y de la situación, agravada aún por el rudo proceder de Juan XXII contra los espirituales. Preparada por una comisión de especialistas — teólogos expertos además de cardenales y obispos— fue sentida por muchos contemporáneos como demasiado monástica por su reglamentación que bajaba a la minucia, y fue revocada en parte por Clemente VI. Sin embargo, no es cierta la opinión muy difundida de que, a la muerte de su autor, el capítulo general de Marsella (1343) rechazara la bula de reforma. Muchas de sus disposiciones, cambiado su tenor textual, se han mantenido objetivamente en los estatutos de la orden, o fueron de importancia para otras familias religiosas, como las prescripciones sobre el fomento de los estudios y la formación central de los novicios58.

El juicio sobre la personalidad de Benedicto XII no es unánime. Nadie discute que estuviera animado de las mejores intenciones. También su conducta parece haber sido sencilla, y las palabras que se le atribuyen sólo constan en una de las ocho vidas; pero también la Vita séptima se expresa en el mismo sentido. Tal vez estos reproches proceden de ambientes minoríticos que le eran hostiles. Con dureza extraordinaria juzga Petrarca al papa en su primera carta sine nomine en que lo califica de piloto de la nave de la Iglesia completamente incapaz, dominado por el sueño y el vino. Ello se refiere sobre todo a su permanencia en Aviñón, a la construcción del palacio, de tan graves consecuencias, la dependencia del gobierno francés y la política poco flexible y hasta frecuentemente imprudente. En teología pasaba con razón por erudito, aunque también de dureza inquisitorial. Cuando Ockham lo calificaba de señor de la fe, aun contra la autoridad de la Sagrada Escritura, puede tratarse de exageración. Siguió impertérrito adelante la estructuración del poder papal en la administración de la Iglesia: un autócrata espiritual, pero un riguroso mantenedor del derecho.

 

Clemente VI (1342-52)

 

Para la elección del sucesor de Benedicto XII mandó Felipe VI a Aviñón a su hijo, el duque de Normandía. No puede documentarse que se ejerciera un influjo directo sobre la elección de Pedro Rogerio; pero ciertamente se hubiera impedido la elección de un candidato no grato a Francia. La elección del cardenal oriundo del Limousin tuvo lugar el 7 de mayo de 1342, su coronación el 19. Había entrado tempranamente en los benedictinos de La Chaise-Dieu. Extensos estudios en París le procuraron amplia formación. Conocido pronto por sus dotes oratorias, fue tenido por uno de los más grandes oradores de su tiempo, siquiera su fama se refiriera más a la forma que al fondo. De su carrera de estudios y de su actividad literaria se han conservado numerosos testimonios. Centenares de hojas «escritas de su puño y letra» dan a la imagen de Clemente VI una muchedumbre de rasgos especiales, como no se han transmitido con tal inmediatez de ninguna otra personalidad de aquel tiempo. Tras breve desempeño de la abadía de Fécamp, fue obispo de Arras, arzobispo de Sens, para gozar luego, como consejero del rey, de la más pingüe prebenda francesa: Rouen. Gracias a su habilidad lingüística y diplomática, recibió del gobierno numerosas misiones, era también portavoz del episcopado en las negociaciones sobre provisión de beneficios y predicador de la cruzada que de nuevo se proyectaba. Elevado a cardenal el año 1338, ocupó pronto situación importante en la curia.

En grado mayor aún que los anteriores papas de Aviñón, fue Clemente VI un papa francés. Aun sin el agravamiento de la pugna anglo-francesa al comienzo de su pontificado, no podía esperarse de él el retorno del papado a Roma. Como sus antecesores, se esforzó también él —en interés principalmente de Francia— por componer el conflicto. No logró evitar encuentros guerreros; pero, por medio de sus legados, tuvo parte decisiva en la conclusión del armisticio de Malestroit el año 1343; las largas negociaciones se llevaron en Aviñón. Por medio de préstamos, concesión de diezmos y subsidios y entrega de dineros de cruzada, siempre en muy alta cuantía, se puso del lado de la causa francesa. Las relaciones muy vivas entre Clemente y el rey Felipe recibieron una nota personal. La mayor dureza en la pugna por la libertad de la Iglesia, los privilegios y el mayor éxito estuvieron de parte del gobierno francés.

En este estado de cosas, no había que pensar en una reconciliación con Luis de Baviera, a no ser que éste renunciara a todos sus derechos reconocidos por los príncipes electores y el imperio.

Sin embargo, contra lo que antes se admitió generalmente, las exigencias de Clemente con el emperador no se agravaron evidentemente de manera considerable. Así resulta también de un discurso del papa habido en jueves santo del año 1343, que recientemente ha sido publicado. En cambio, estuvo muy interesado en la deposición del emperador y nueva elección en Alemania, apenas se supo el plan de una nueva marcha a Roma del Bávaro. El partido papal luxemburgués logró, en 1346, que una parte del colegio de príncipes electores eligieran al joven rey de Bohemia (Carlos IV). Su conducta sumisa con la curia le valió el mote de “rey de los curas”, pero sin entera razón. Cierto que en las negociaciones sobre la pretensión del papa de aprobar al electo abandonó la línea anterior e hizo amplias concesiones; pero luego, con harto astuta diplomacia las fue lenta y constantemente demoliendo. Esta evolución en Alemania fue posible gracias al curso, desfavorable para Francia, de la guerra con Inglaterra y los acontecimientos de Italia.

En Italia siguió por de pronto Clemente la vía de las negocia­ciones con éxito cambiante. Una vez que Giovanni Visconti, el guerreador arzobispo y signare de Milán, invadió el Piamonte y amenazó a la Provenza, pasó también Clemente VI al ataque, aunque en su empeño por la posesión de Bolonia le ganó la partida el más astuto Visconti. El grito de auxilio a Carlos IV y la formación de una liga contra Milán aprovecharon tan poco como el despliegue de procesos y censuras eclesiásticas. En un tratado concluido tras largos dares y tomares, se sometió el Visconti al papa, pero recibió de él a Bolonia en feudo por 12 años, y él fue el verdadero ven­cedor. En el pontificado de Clemente VI cae la aparición de Cola di Rienzo, acontecimiento importante no sólo para Roma e Italia, sino también para la historia espiritual de la edad media. Pocos meses después de la elección del papa, se presentó en Aviñón una gran embajada romana para ofrecer al papa, ahora más bien como a persona privada, los más altos cargos de la ciudad y pedirle rebajara a 50 los 100 años del jubileo. De modo espe­cialmente solemne fueron aceptados los cargos ofrecidos y en público consistorio del año 1343 se proclamó la concesión del jubileo para el año 1350. Estaba allí presente el hombre de quien tanto se ha escrito para descifrar el secreto de su personalidad: ¿fue sólo psicópata y actor de teatro, o renovador culto, aunque fantástico, de la pretérita grandeza romana?. De acuerdo primeramente con el vicario papal, en Pentecostés de 1347, entre ritos extravagantes, tomó Cola di Rienzo la administración de la ciudad, y empezó a desvelar sus planes: restauración de la soberanía del pueblo romano después de derrocar a los barones y a la soldadesca extranjera, independencia de papa y emperador, unificación de todos los habitantes de la Península bajo un soberano de sangre italiana. A los siete meses de tribunado fue él derrocado, una vez que la curia se dio cata de lo peligroso de su programa, y en Roma y los estados de la Iglesia se repitieron pronto los eternos desórdenes. Sin embargo, pudo celebrarse el jubileo de 1350 sin grandes dificultades, con gran afluencia de peregrinos y considerables ingresos para la Urbe. La noticia de la compra de Aviñón y del condado de Venaissin a la reina Juana de Nápoles por Clemente VI el año de 1348, lo mismo que la grandiosa ampliación del palacio papal, hizo que en Italia se desvanecieran todas las esperanzas de que la curia retornara a Roma. En Nápoles, comenzó, a la muerte del rey Roberto (1343), una evolución muy agitada bajo el largo gobierno de su sobrina Juana Ia. Su primer marido, Andrés de Hungría, no era grato a la curia, y el legado pontificio recibió orden de coronar sólo a la reina. Lo que se comprende, pues una futura ocupación del sur de Italia por una gran potencia extranjera pugnaba con los intereses de los estados de la Iglesia. Al ser asesinado Andrés, emprendió una expedición de venganza su hermano Luis de Hungría, lo que obligó a la reina, casada entretanto con Luis de Tarento, a huir a Aviñón. Su retorno fue posibilitado por una gran liga italiana, en que tomó también parte el papa.

El papa trató de mediar en la Sicilia aragonesa, a la que Luis de Tarento atacó reiteradamente. Pero tampoco tuvieron éxito sus mediaciones entre Aragón y Mallorca, y entre Aragón y Génova. En cambio, no obstante grandes dificultades, llegó a realizarse el matrimonio del rey de Castilla con la hija del conde de Borgoña, favorecido por la política francesa y, consiguientemente, por el papa.

Clemente es el más brillante representante del sistema aviñonés, si por tal se entiende representación grandiosa, tren de corte de derroche principesco y favoritismo desenfrenado de parientes y paisanos. Con él comenzó el período de los tres papas limosines, que imprimió al papado, más aún que la primera mitad del siglo, un cuño meridional-francés. Bajo Clemente VI, la curia no se distinguió apenas de una corte secular, pues le placía el despliegue de su poder de soberano en la magnificencia de la corte, según la palabra que se le atribuye de que sus antecesores no habían sabido ser papas. Para hacer honor a su nombre, ningún suplicante había de irse con las manos vacías. Las consecuencias en la administración y hacienda se tratarán en otro lugar. La censura de su conducta moral no desaparece por las atenuaciones que recientemente se han hecho. Al no ser hombre de grandes decisiones y de dura ejecución, trató de señorear las dificultades por astuta diplomacia en el sentido de la temporización o de viva el que vence. Su pontificado lleva cuño mundano, y ya los contemporáneos vieron el castigo del cielo en la «peste negra» que invadió a toda Europa por los años de 1347-52.

 

Inocencio VI (1352-1362)

 

El conclave que siguió a la muerte de Clemente VI, en que tomaron parte 25 cardenales, sólo duró dos días. No fue, pues, necesario aplicar la mitigación de las rigurosas prescripciones del cónclave, ordenado un año antes por el difunto papa. Que la elección del prior de los cartujos, hombre ajeno al mundo, fuera impedida por el cardenal Talleyrand de Périgord, hombre mundano, parece poco verosímil. Más importante es la noticia, que se nos transmite por vez primera, sobre las capitulaciones electorales, que asegurarían el ascendente influjo del colegio cardenalicio sobre el gobierno de la Iglesia y fueron juradas, en parte con reservas, por todos los cardenales. Según ellas, el papa sólo podrá crear nuevos cardenales cuando su número baje a 16 y nunca podrán ser más de 20; aquí estará ligado al asentimiento de todos los cardena­les o por lo menos de dos tercios de los mismos, así como para proceder contra cardenales particulares y para enajenar partes de los estados de la Iglesia. Las rentas concedidas por Nicolás IV al colegio deben ser garantizadas; para el nombramiento de altos empleados de la administración deberá pedirse el asentimiento de los cardenales, lo mismo que para la concesión de diezmos y subsidios a reyes y príncipes o para la imposición de diezmos en favor de la cámara apostólica. El papa no debe impedir a los cardenales la libre manifestación de su opinión. Como era de esperar, medio año después de su elección anuló el nuevo papa, tras con­sultar con algunos cardenales y jurisperitos, esta capitulación como incompatible con la plenitudo potestatis.

El electo Étienne Aubert (Esteban Alberti), era oriundo del Limosin, estudió derecho canónico, fue obispo de Noyon y Clermont; el año 1342, su paisano Clemente VI lo elevó a cardenal, más tarde a cardenal obispo de Ostia y gran penitenciario. Parangonado con la brillante representación del anterior pontificado, pasó por «papa rudo», y su salud no era la mejor. Aunque pronto puso también mano en la reforma de la corte papal, mandó a muchos curiales a sus beneficios, disminuyó el tren de la corte y quiso ser administrador parco de los bienes de la Iglesia, su espíritu de reforma ha sido, sin embargo, a veces exagerado por la contraposición con su antecesor. Sus reformas afectaron también a las órdenes religiosas, señaladamente a las mendicantes y a los hospitalarios de san Juan. En su política oriental, no tuvo evidentemente Inocencio VI mano afortunada.

Cierto que trató de sostener a la atosigada Esmirna y medió incansable entre las dos ciudades marítimas Génova y Venecia; pero en las prestaciones de dinero apretaba la mano, y la necesaria unión con la Iglesia oriental sólo era a sus ojos posible por una total sumisión bajo el papado y la Iglesia de Roma. Si su actitud res­pecto de la tantas veces proyectada cruzada, careció de una gran línea, tanto más afortunadas fueron sus empresas en Italia, a las que consagró todo su interés.

Desde mediados de siglo, la idea de la vuelta a Roma fue ga­nando terreno, a lo que contribuyó la situación cada vez peor de los estados de la Iglesia, no menos que el hecho de que la hasta entonces tan pacífica residencia de la Provenza se vio amenazada por las bandas de mercenarios que devastaban el país. A fin de estar a cubierto de sus ataques y saqueos, el año 1357, se rodeó a la ciudad de un gran circuito de fuertes murallas y fortificaciones, y se obligó incluso a los clérigos a pagar y prestar servicios. Por lo general se logró, por medio de acuerdos financieros, el ale­jamiento de las bandas o incorporarlas a los ejércitos pontificios de Italia. Poco después de su elección se decidió el papa a mandar una personalidad enérgica, cual era, sin género de duda el antiguo arzobispo de Toledo y actual cardenal de san Clemente, don Gil Álvarez de Albornoz. En agosto de 1353 dejó éste la curia, provisto de poderes casi ilimitados. Trece años, casi sin interrupción, pasaría en Italia y, a pesar de la incomprensión política de los papas y el poco apoyo de la curia, merece ser considerado como el segundo fundador de los estados de la Iglesia. La reorganización comenzó por el patrimonio propiamente dicho, y allí hubo de habérselas por de pronto con el más odiado adversario del poder pontificio, el prefecto de Vico, a quien el papa calificaba de abominationis ydolum. Poco después que el cardenal legado se puso también en marcha hacia Italia Cola di Rienzo. Después de abdicar su tribunado de medio año en diciembre de 1347, estuvo escon­dido en los estados de la Iglesia y en el reino de Nápoles, pero particularmente entre los fraticelos de la Majella. En julio de 1350 llegó a la corte de Carlos IV en Praga. Aquí fue detenido y, el verano de 1352, entregado a la curia, donde, como prisionero en el palacio papal, fue sometido a proceso. Inocencio VI se prometía evidentemente mucho de la actuación de Rienzo como senador para pacificar la ciudad Eterna, sobre todo porque a la curia habían llegado reiterados deseos de Perusa y Roma pidiendo la vuelta del tribuno. Después de larga vacilación, le dejó también hacer Albornoz; sin embargo, tras un nuevo tribunado de sólo nueve semanas tuvo un fin ignominioso.

Después del Patrimonio, se ocupó Albornoz del ducado de Espoleto, y luego se aplicó a las Marcas y a la Romagna, donde sólo tras esfuerzos de años se obtuvieron resultados. Las intrigas de los Visconti lograron alejar transitoriamente de Italia al cardenal. Renovado su mandato, ganó de nuevo para los estados de la Iglesia a la importante Bolonia. Si la corte papal podía ahora ser otra vez trasladada de Aviñón a Roma, era de agradecer al talento militar y administrativo del cardenal. Las Constitutiones Aegidianae, publicadas el año 1357 en el parlamento de Fano, ofrecían una base jurídica segura para la administración, y las muchas fortalezas erigidas por su mandato daban puntos suficientes de apoyo para sofocar levantamientos locales. El colegio español fundado por él en Bolonia (que aún subsiste) atestigua su interés por la ciencia. La ciudad eterna no la pisó a la postre jamás.

El papa, prematuramente envejecido, enfermizo y también irresoluto no pudo realizar su deseo a menudo manifestado de marchar a Roma: murió en Aviñón el 12 de septiembre de 1362.

 

Urbano V (1362-1370)

 

La composición del colegio era evidentemente tan difícil que no había perspectivas de que triunfase la candidatura de un cardenal. Con dudosa seguridad se cuenta de la elección de Hugo Rogerio, hermano de Clemente VI, quien no habría aceptado. También se habla de tentativas de compromiso para salir del atasco. Guillermo d’Agrefeuille parece haber dirigido la mirada de los electores sobre el abad de San Víctor de Marsella, que fue en efecto elegido después de un cónclave de cinco días. Como se hallaba precisamente el legado en Nápoles, hubo de traerlo primeramente allí, para recibir su asentimiento y hacer público el resultado.

Guillermo Grimoard era oriundo de las cercanías de Aviñón, pasaba por buen canonista, había sido profesor en Montpellier y Aviñón y, antes de su elección, por breve tiempo abad de San Víctor de Marsella. El nuevo papa conservó sus hábitos de monje, y más aún su género de vida monacal. Sin embargo, no le faltaba la intuición de la importancia de los estudios, que él fomentó, por la fundación de colegios y becas, con que obligaba a su persona a un gran número de estudiantes, incluso para informaciones. Que procediera contra el lujo de la corte papal y mandara a sus casas a muchos curiales, son cosas que no pueden sorprender. Como monje y no cardenal, sólo con dificultad pudo establecer una relación de confianza con el orgulloso colegio de los cardenales, y se hallaba a veces cortado ante los grandes señores. Así se explican sus a veces rudas manifestaciones y medidas, por ejemplo, la elevación a cardenal del joven Guillermo de Agrefeuille, en Marsella, inmediatamente antes de la marcha a Italia; a las representaciones de algunos miembros del colegio replicó que aún tenía más cardenales en su capucha. Hombre fuertemente interior y algo extraño al mundo, no siempre penetraba el juego diplomático, y cayó, extrañamente, bajo el hechizo del poder político. Ya su predecesor había tenido que entender en el asunto de las partidas armadas que merodeaban por todas partes. El papa había tomado muy en serio acabar con esta plaga. Inflamados bandos contra tales hordas resonaron en todos los países, sin gran resultado. Vano fue su empeño por emplear estos combatientes, curtidos ciertamente, en la lucha para la cruzada o, en general, para Oriente, aunque no eran escasos los que no se prometían mucho de «cruzados».

Al subir Urbano V al trono pontificio, la situación en Italia no era mala, gracias precisamente a Albornoz, a quien confirmó en su legación. Como abad de Marsella, y aún antes, conocía hasta cierto punto por varias misiones la situación de Italia, y tenía de la tiranía de los Visconti experiencias propias. Así que pronto renovó los procesos contra Bernabé Visconti, pronunció contra él, en marzo de 1363, todas las condenaciones imaginables y llamó a la cruzada contra el mismo. Pronto se dio claramente cuenta de que sólo en Italia podía llevar a la práctica sus grandes planes, como la eliminación de las partidas armadas, la cruzada y la unión con la Iglesia griega, y sólo después de pacificarla y unir en un haz todas sus fuerzas. Así vino a cambiar su política contra la línea del gran soldado y político Albornoz, y entabló negociaciones con los Visconti a espaldas del cardenal legado, y nombró al cardenal Androin, antiguo abad de Cluny, enemigo que era de Albornoz y amigo de los milaneses. La paz que luego se concluyó con los Visconti impuso a la Iglesia la entrega de enormes sumas a Bernabé para que evacuara a Bolonia, y fue sentida ya por los contemporáneos como perniciosa y poco digna. Tampoco la tarea inmediata, la formación de una liga contra los mercenarios para expulsarlos o aniquilarlos, pudo cumplirse satisfactoriamente, pues sólo prohibió futuros acuerdos con ellos. Además Florencia quedó fuera. Un encuentro entre el papa y el césar en Aviñón, a comienzos del 1365, traería nueva ayuda para la consecución de los fines, y aseguraría por una expedición del emperador a Roma la vuelta de la curia a la Ciudad Eterna. Sin embargo, pronto le pareció mejor a Urbano entrar en Roma sin el emperador. Las resistencias venidas de todas partes de Francia y del colegio de los cardenales contra la proyectada marcha del papa a Italia, no pudieron apartar a Urbano de su propósito. Después de múltiples aplazamientos de las fechas, el 30 de abril abandonó Aviñón, y el 4 de junio pisó en Corneto suelo de los estados de la Iglesia, saludado por el que había de nuevo creado aquellos estados. Tras breve descanso se trasladó a la fortificada Viterbo, para entrar en Roma, bajo fuerte escolta militar, el 16 de octubre. Ya antes, el 23 de agosto, había muerto el gran cardenal que tan a menudo pudo experimentar cómo es la gratitud del príncipe.

En Italia cambiaron rápidamente los fines políticos del papa. En una liga general de la curia con los territorios menores lombardos, se ofreció la capitanía a los Visconti; en estos tratos entraron también el emperador, la reina de Nápoles y algunas ciudades de la Toscana, excepto Florencia. Sería mucho decir que del monje apartado del mundo se hizo ahora un político o un secuaz de la violencia; lo cierto es que no quería aguantar en suelo italiano una potencia mayor junto a la suya. No lo ignoraba la diplomacia florentina, que por eso no veía con demasiada satisfacción la vuelta del papa. Por la invasión del importante territorio de Mantua quiso el Visconti conjurar el peligro que le amenazaba. Como, a pesar del gran ejército de la liga que se puso en marcha, nada se decidió en el campo de batalla, logró el emperador que entretanto había aparecido en Italia, poner paz en los bandos, siguiendo su actividad armonizante, aun contra las verdaderas intenciones del papa, que quería a todo trance la caída de los Visconti.

El papa que después de tantos años moraba ahora en Roma, dedicó gran cuidado a la reparación y exorno de las iglesias de la Urbe, señaladamente a las basílicas de san Pedro y del Laterano. El verano de 1368 se trasladó a Viterbo, donde permaneció varios meses, y en los años siguientes a la alta Montefiascone, junto al lago de Bolzano. El emperador llegó a Roma en octubre, donde recibió también la reina la corona imperial. Largas conversaciones hubieron lugar sobre la situación en la Italia alta y central. Una mayor intervención en los asuntos de la Toscana, solicitada por el papa, fue concedida por el emperador de mala gana, y observada por Florencia con gran preocupación. En conjunto, de acuerdo con la política imperial, siguió intacta la delimitación de poderes existente desde mediados de siglo. Para el papa fue esto un gran desengaño. Poco a poco se fue apoderando de él la idea de volver a la Provenza. La gran creación de cardenales en Montefiascone, septiembre de 1368, fue un mal agüero: cinco franceses, un inglés y un italiano. Disturbios en Roma y Viterbo, la actitud hostil de Perusa y de los Visconti, la disolución de la liga papal y la guerra anglo-francesa encendida de nuevo, son los motivos que se indican para el nuevo rumbo. Poco significó que lo desaconsejaran Catalina de Siena, Brígida de Suecia y Pedro de Aragón —los tres eran mirados como dotados de dones sobrenaturales. Más fuertes fueron las influencias de origen francés, sobre todo de los cardenales; y el fracaso de sus planes políticos fue el motivo principal de esta renuncia. «El espíritu Santo —dijo— lo había traído aquí; ahora le hacía volver atrás para gloria de la santa Iglesia.» Así podía el papa tranquilizarse a sí mismo; pero, para los contemporáneos, fue un terrible desengaño y, visto históricamente, un grave error y una medida incomprensible. El 5 de septiembre de 1370 abandonó a Italia y el 27 del mismo mes llegó de nuevo a Aviñón. Por poco tiempo pudo gozar del júbilo allí reinante: el 19 de diciembre dejaba ya de estar entre los vivos. Hasta quinientos años más tarde no fue canonizado.

 

Gregorio XI (1370-78)

 

El cónclave del 29 de diciembre que comenzó con 17 cardenales acabó ya a la mañana del día siguiente con la elección del cardenal Pedro Rogerio, sobrino que fuera de Clemente VI. Tomó el nombre de Gregorio XI, fue coronado el 5 de enero de 1371 y, en contraste con su antecesor, organizó una brillante cabalgata en Aviñón. Era el tercer papa que habían sacado el grupo de los limosines. Cuando éste fue elegido a los 42 años de edad, llevaba ya más de dos décadas en la curia, y había así tenido abundante oportunidad de formarse y actuar en política eclesiástica. A sus dieciocho años no cumplidos, lo había elevado su tío, año de 1348, a cardenal diácono; sin embargo, prosiguió sus estudios, y adquirió formación extensa y profunda. Como papa, siguió también pegado a su familia y a su patria. De los 21 cardenales por él creados, ocho eran paisanos suyos, otros ocho franceses, dos italianos, uno genovés, otro castellano y otro aragonés.

El juicio de su personalidad y carácter ha sido muy divergente. De salud débil y fina sensibilidad, hubo de ser un soñador inde­ciso, hombre blando y fácilmente impresionable, que esperaba con especial complacencia la solución de problemas difíciles de cual­quier iluminación mística. Cierto que todo esto se daba en esta rica personalidad; pero también otros rasgos y tendencias a la firmeza y energía y hasta al rigor inexorable, como su proceder contra Milán y Florencia, que apenas se comprende desde el punto de vista religioso.

Gregorio tenía harta experiencia para ver, desde el comienzo de su pontificado, la necesidad del retorno a Roma, hiciera o no ya antes un voto en este sentido. Pero la fracasada tentativa de su antecesor era una herencia opresora. Esta catástrofe podían ponérsela siempre delante los muchos y muchísimos que abogaban por la permanencia en Aviñón. Además, a lo que hasta ahora hablaba en pro de Roma, añadíase ahora la creciente inseguridad, aun el sur de Francia, por razón de la contienda anglo-francesa. Desde 1372, se multiplican los anuncios oficiales de una pronta marcha a Roma. Primeramente, empero, tenía que aclararse la situación en el norte de Italia. Gregorio se decidió muy pronto a acabar radicalmente con los Visconti. En agosto de 1371 se formó una gran liga contra Milán, un nuevo cardenal legado marchó a la Lombardía, Amadeo iv de Saboya tomó el mando de las tropas, que se reforzarían con contingentes de Francia, bajo el mando del hermano del papa, el vizconde de Turena. A comienzos del año 1373 comenzó la publicación de los procesos contra los Visconti, y pronto siguió el de cruzada contra ellos. De cardenales y curiales fueron exigidas sumas considerables, e impusiéronse pagos a todos los países. Enviados milaneses, cuyas instrucciones fueron captadas, trataron en balde de negociar, e inútil fue la intercesión del duque de Anjou: la mayoría de los cardenales estaba por la intransigencia. Ya para la aniquilación de los Visconti le pareció al papa necesaria la marcha a Italia, y se fijó la fecha para los comienzos de 1375. Muchos cardenales se encargaron de preparar los alojamientos en Roma, hasta el magister hospitii del papa fue enviado allá, y para septiembre fueron solicitadas galeras de Venecia y Nápoles. La firmeza del papa llamó de modo general la atención; así, cuando en el consistorio de 7 de febrero de 1375, el duque de Anjou, en un gran discurso, adujo diez razones para la permanencia de la curia en Aviñón. La contestación del cardenal Jacobo Orsini apuntó enérgicamente a los estados de la Iglesia como país del papa, y que el desorden procedía de que el señor de la tierra residía en el extranjero. Tampoco obtuvieron nada las súplicas de los más íntimos parientes y de los ciudadanos de Aviñón. Sin embargo, en agosto se aplazó la fecha de la partida hasta pascua de 1376. Antes, en junio de 1375, ante la defección de muchos aliados, se vio obligada la curia a hacer las paces con Milán, una paz a la postre poco grata al papa. Tampoco la liga entre Milán y Florencia en el verano del mismo año prometía nada bueno. Florencia logró apoderarse de muchas ciudades de la Toscana y hasta de porciones de los estados de la Iglesia, y amotinarlas contra el dominio del papa. Al empeoramiento del ambiente habían contribuido considerablemente las desmesuradas exigencias de subsidios. Amén de Viterbo, Perusa y Cittá di Castello otras muchas ciudades y territorios estaban en clara rebelión. Sin embargo, el papa mantuvo su plan y, como él decía, «aunque no le quedara más que un pie de terreno de sus estados, quería estar al principio del año en Italia». Para ello hizo grandes preparativos contratando jefes de compañías de mercenarios, se tuvieron largos consistorios y se decidió la guerra contra Florencia por todos los medios. Entre éstos estaba la publicación de una bula de anatas, pignoraciones del tesoro papal y amplias acuñaciones de moneda en Aviñón. En verano, se lanzaron las más graves amenazas contra Florencia: entredicho, prohibición de que los clérigos residieran en ella, abrogación de la sede episcopal y de los derechos de la ciudad, incautación de todos los bienes de ciudadanos florentinos en el extranjero, lo que equivalía a la paralización del comercio. Entretanto, taxatores domorum y la capilla papal partieron para Roma. Nuevos firmes esfuerzos de los cardenales, de los duques de Anjou y Borgoña, y de los familiares del papa que, en signo de luto, aparecieron vestidos de negro, no lograron apartar, a última hora, de su propósito a Gregorio XI. El 13 de septiembre abandonó Aviñón para siempre.

La cuestión de la influencia que tuviera santa Catalina de Siena en la vuelta de Gregorio a Roma ha tenido respuestas muy diver­gentes entre sí. Caterina di Jacopo Benincasa había actuado como mediadora entre Florencia y el papa, pero sin mandato oficial por parte de la ciudad del Arno. Desde mediados de junio de 1376, permaneció tres meses en Aviñón, durante los cuales sólo tuvo una conversación con el papa. Sin ponderar demasiado, como se ha hecho a menudo hasta ahora, su importancia para la política de su tiempo, puede sin duda decirse que sus reiteradas exhortaciones por escrito a Gregorio, de carácter muchas veces vacilante y a la expectativa de un signo del cielo, lo fortalecieron en su propósito, y en este punto tuvo la virgen sienesa más fortuna que en su propaganda por la cruzada. Sin embargo, el total silencio del emisario de Mantua y Siena que informa desde Aviñón, sobre la actividad de la santa, es muy sorprendente.

El 2 de octubre de 1376 zarpó de Marsella la flota papal, pero el temporal la obligó a muchas escalas, y hasta el 6 de diciembre no pudo Gregorio pisar en Corneto suelo de los estados de la Iglesia. El 17 de enero de 1377 hizo, con 13 cardenales, su entrada solemne en Roma. ¡Ya era hora! Sublevaciones y disturbios habían alcanzado una medida peligrosa. Con furia inesperada había estallado el odio contra los dominadores extranjeros y sus fortalezas, odio alimentado por el temor, sin duda exagerado, de que los Anjou erigieran un estado en la Toscana y Lombardía. No era de descartar la posibilidad de la pérdida total de los estados de la Iglesia y de Roma, ni tampoco de una separación eclesiástica de este papado. Se pudo, sin embargo, evitar lo peor. Florencia, herida más sensiblemente en sus intereses comerciales que en los espirituales, se sirvió de la mediación de Milán, mediación que también reclamó el papa. Para febrero de 1378 estaba convocado un gran congreso en Sarzana. Antes de que acabaran sus trabajos murió el papa, el 27 de marzo, y la conclusión de la paz con Florencia y Milán quedó reservada a Urbano VI, su sucesor en Roma.

 

La curia de AviÑÓn

 

Aviñón, la ciudad de Provenza a orillas del Ródano, dio nombre al «cautiverio de Babilonia». Durante cerca de 70 años fue residencia de los papas, sin que nunca, empero, se trasladara allí la sede del papado. La calificación de cautiverio o destierro babilónico está formulada desde el punto de vista del abandono de Roma y contiene una nota acusatoria, siquiera nuevos estudios sobre el período aviñonés han aportado cierta mitigación de anterior condenación. Situada en cercanía inmediata a los dominios de entonces de la corona francesa, la ciudad ofrecía, por su grandeza y su favorable situación comercial, un puesto digno para una corte. Después de la compra de la ciudad y del territorio vecino por Clemente VI el año 1348, Aviñón vino a ser una parte de los estados de la Iglesia.

El palacio papal se constituyó en dos decenios hacia la mitad del siglo. Comenzado por Benedicto XII poco después de su elección por de pronto como sombría fortaleza casi monacal, acabólo Clemente VI como palacio-castillo principesco. Las adustas formas externas fueron proyectadas por arquitectos franceses, el interior fue por lo general adornado por artistas italianos. Los cardenales, los altos funcionarios y sus oficinas fueron por de pronto alojados en casas alquiladas o incautadas. Pero pronto se levantaron nuevas construcciones de palacios, monasterios, hospitales, hospederías y lonjas de contratación, y la ciudad, muy dilatada ahora, recibió protección y defensa por medio de un potente cinturón de murallas. En sus alrededores, famosos por sus bellezas naturales, se podía soportar fácilmente el calor estival, por ejemplo, en las residencias de verano, construidas por Juan XXII, de Pont-Sorgue y Cháteauneuf-du-Pape. Muy cerca de la ciudad, a la otra orilla del Ródano, ofrecía Villeneuve-les-Avignon a papas y cardenales una estancia agradable y segura. Las grandes rentas de los cardenales, aparte mantener una corte principesca, se empleaban también para el arte y la ciencia, y para la construcción y ornato de iglesias y capillas en Aviñón. Los libros de cuentas de la cámara apostólica nos instruyen de cuando en cuando de la vida alegre y despreocupada que reinaba en esta corte clerical. Si es cierto que la medida o desmedida del tren de corte dependía también de la personalidad del papa de turno, también lo es que poco a poco se fue formando un estilo noble y hasta fastuoso, que se desplegaba generalmente en las grandes solemnidades de la Iglesia, en los consistorios y en la recepción de los numerosos reyes, príncipes y embajadores que acudían a la residencia del papa. Esto supuso para la ciudad grandes mudanzas arquitectónicas, fuerte aumento de la población, extraordinaria animación del comercio y un aire de vida internacional.

La curia papal formaba en Aviñón una ciudad aparte y, no obstante muchas funciones vitales comunes y una mutua penetración, se destacó de la población civil. Curia en el sentido de corte principesca la hubo ya en Roma durante la alta edad media; el tren de corte de Bonifacio VIII es bien conocido. Pero ahora se organiza mejor y, sobre todo, tenemos acerca de ella más exactas noticias. En los puestos y oficinas superiores, predominaron por de pronto aún los italianos; el personal medio e inferior fue pronto reclutado entre paisanos del papa reinante. Así Clemente V se trajo de su patria chica una especie de guardia de corps. La mente sistemática de Juan XXII penetró incluso en el tren de corte y lo reguló todo más puntualmente; pero sus ordenaciones fueron una y otra vez modificadas por sus sucesores. En grado mayor que en casos semejantes de las cortes principescas, el cambio de pontífice traía consigo el consiguiente cambio del personal y de los usos y costumbres, incluso de las funciones de las oficinas o ministerios. Pero, en conjunto, el estilo de los oficiales de la curia se parecía fuertemente al reinante en la corte del rey de Francia. La administración del palacio apostólico incumbía al magister hospitii papae; del servicio litúrgico en la capilla papal se encargaban los clerici capelle y los cantores. Los capellani conmensales, cuyo menester no siempre se describe puntualmente, eran personas influyentes, que eran frecuentemente promovidos a sedes episcopales. Al entorno o séquito más íntimo del papa pertenecían los cubicularii, en que se contaban también los médicos, así como el magister s. palatii, generalmente un dominico. La distribución de la corte en cuatro oficios principales (cocina, panadería, bodega y caballerizas) era aún más antigua. Se la mantuvo, aunque se modificaron las incumbencias y se crearon otras secciones, como el magister aquae, magister cere y magister folrarie. Aun en tiempos de graves apuros financieros, recibió el ministerio de las limosnas de la caja papal sus grandes sumas para dar de comer y vestir a muchos centenares de pobres. Todos estos oficios o ministerios eran dirigidos por clérigos, a pesar de que laicos lo hubieran hecho tan bien y mejor. Juntamente había un personal, seguramente también muy copioso, de laicos, como los porteros (hostiarii maiores et minores), soldados y gendarmes (servientes armorum) y una especie de guardia noble (scutiferi, domicelli). El tren de corte ocupaba a unas 500 personas. Muchos oficios se conferían de por vida, otros cesaban a la muerte, sobre todo los de su más próximo entorno.

Solamente una parte de estos cortesanos eran familiares del papa, título que fue sentido como una distinción y era también bueno para la obtención de beneficios. Para satisfacer la vanidad de muchos clérigos, hubo también en medida creciente capellanes papales de honor; para el tiempo de Juan XXII a Benedicto XIII se calcula su número en 3000.

El giro hacia Francia se nota con la mayor claridad en el colegio cardenalicio. Clemente V nombró poco después de su coronación diez cardenales: nueve franceses y un inglés. Con ello cambiaba decisivamente la proporción de fuerzas en contra de los italianos, y así quedaría en lo sucesivo. En sus tres promociones creó 24 cardenales, de ellos 20 eran del sur de Francia, y de éstos 13 de su patria gascona, tres del norte de Francia y uno de Inglaterra; ninguno italiano, ninguno clérigo de territorio imperial. Lo mismo aconteció en los pontificados siguientes. De 1316 a 1375, fueron nombrados 90 franceses, 14 italianos, 5 españoles y un in­glés. Francamente cargantes son en todos los pontificados aviñoneses, a excepción de Benedicto XII, los parientes y paisanos de la Gascuña, el Quercy y el Limosín. No cabía hablar de una representación de la cristiandad universal. El influjo de la corona francesa era fuerte, constante y sin merma; varios miembros del sacro colegio habían estado antes al servicio de ella. En el período aviñonés los ingresos eran considerables y procedían sobre todo de pingües regalos de elección y de cuantiosos beneficios; sin embargo, al estallar el gran cisma, bajaron. La colaboración en el gobierno de la Iglesia se ejercía sobre todo en el consistorio, en mandatos de naturaleza jurídica y legaciones. Se conocen muchos ejemplos de libre manifestación de la opinión en el consistorio, siquiera se diera a menudo una débil transigencia. El intento del cónclave de 1352 de ligar hasta jurídicamente al futuro papa, por capitulaciones electorales escritas, a las exigencias del colegio, fracasó en parte.

Sin embargo, de manera general, la libertad de acción del papa estaba restringida por el colegio cardenalicio. El número de cardenales oscilaba alrededor de los veinte; y la mayoría de ellos sostenían una gran casa con numerosa servidumbre y clientela, de suerte que los papas hubieron de exhortarlos a menudo a la moderación. Por los testamentos conservados de varios cardenales se ve que podían disponer de grandes riquezas. Figuras particularmente conocidas que durante decenios vistieron la púrpura cardenalicia son Napoleón Orsini, Jacopo Stefaneschi, Guillermo de Longis y Talleyrand de Périgord.

Pero por papado aviñonés se entiende también el sistema centralista del gobierno de la Iglesia, que se distingue fuertemente de las anteriores circunstancias y creó nuevas formas de la constitución de la Iglesia y de la hacienda papal, y una burocracia marcadamente eclesiástica. Juntamente con el desmesurado favoritismo de paisanos y parientes en la colación de beneficios eclesiásticos, ese sistema provocó entonces y después viva crítica, y vino a ser un importante elemento de los gravamina para siglos posteriores. Lo malo es que, a despecho y pesar de todos los intentos de reforma, partes considerables de este absolutismo papal se han mantenido hasta hoy.

La base jurídica de la plenitudo administrationis fue puesta ya en el siglo XIII. Los papas de Aviñón la recogieron y estructuraron el sistema con gran virtuosismo en las llamadas reservaciones. Si Bonifacio VIII había dilatado el concepto de vacante en curia a un circuito de dos jomadas de Roma, Clemente v extendió la reserva a los beneficios de obispos que habían sido consagrados en la curia, o cuando la renuncia, traslado y cambio se había efectuado en la curia. Más allá fue Juan XXII por su constitución Ex debito de 1316, por la que fueron también incluidos en la curia la deposición de un beneficiario, la casación de una elección, la negativa de una postulación, más los beneficios de los cardenales y de casi todos los empleados curiales. Además, por razones sin duda predominantemente políticas, quedaron reservados los beneficios mayores en los estados de la Iglesia, y en el centro y norte de Italia, por un plazo de dos años que una y otra vez fue alargado. Un año después, por la constitución Execrabilis condenaba el papa la acumulación de prebendas. En lo futuro sólo puede conservarse un beneficio con cura de almas y otro sin ella; los obispos deben renunciar a todos los otros; pero estos beneficios que quedan libres, se reservan todos a la santa sede. La constitución Ad regimen de Benedicto XII, fechada el 1335, resumía todas las reservaciones corregidas y aumentadas. Así no es de maravillar que, avanzando por este camino, el año 1363, reservara Urbano V a la santa sede la provisión de todas las sedes patriarcales y episcopales, más los monasterios de hombres y mujeres de determinada cuantía de ingresos. Con ello se había logrado, en la teoría, la plena soberanía de la curia sobre todo oficio y beneficio. La ejecución de estas importantes constituciones exigía numerosas oficinas o ministerios y una potente máquina burocrática.

A la cancillería apostólica le incumbía solamente la parte técnica; en cambio, los procedimientos estaban determinados hasta en sus mínimos pormenores por las ordenaciones y reglas de la cancillería. A su personal pertenecían notarios, referendarios, abreviadores, escritores, correctores, registradores, bulatores y el auditor litterarum contradictarum. Procuradores y agentes llevaban los asuntos de sus mandatarios, pues sólo ellos tenían experiencia en los procedimientos enormemente complicados. Normalmente cada asunto, señaladamente los beneficiales, comenzaba por la presentación de una instancia (súplica) que pasaba luego, según su importancia, para su aprobación (sello), al papa, al vicecanciller o a uno de los referendarios. Venía seguidamente la datación, y esta data (fecha) era decisiva para todo el curso ulterior del asunto. La mayor parte de las súplicas aprobadas se inscribían, seguramente ya desde Benedicto XII, para su más fácil revisión de los registros. Después de un examen acaso necesario del candidato, pasaba la súplica a los abreviadores que preparaban una minuta, luego venían la redacción en limpio, la tasa, la bulación o sello y el registro en los registros de bulas, el pago a la cámara apostólica y el nombramiento de ejecutores de la ordenación papal. Con ello se daba por conclusa la parte formal.

Pero sólo en pocos casos se ejecutaba de inmediato una disposición papal. Relativamente sencillo era el caso en que un beneficio vacaba por muerte de su titular; sin embargo, también había las más veces varios solicitantes. Los motivos corrientes para la vacación de un beneficio eran la renuncia, la obtención de otra prebenda, carencia de órdenes en los beneficios curados, casamiento de un clérigo de órdenes menores, nacimiento ilegítimo, deficiencia de edad, defectos corporales, acumulación de beneficios sin dispensa correspondiente. Si surcan dificultades, se abría un proceso ante los auditores sacri palatii (Rota), que comenzaba otra vez por la presentación de una instancia, pasaba por muchas etapas, se prolongaba cuanto se quería y acababa, a menudo, sin resultado. Todas estas idas y venidas estaban ligadas a tasas, y considerables propinas. A pesar de muchas pérdidas, están registrados en las series de registros del archivo Vaticano para el siglo XIV centenares de miles de tales documentos; así, para Juan XXII, unos 65.000 sólo en los registros comunes; para Clemente VI, unos 90.000; para Inocencio VI 30.000; para Urbano V, 25..000; para Gregorio XI, 35.000. La mole gigantesca de escritos que salían de la curia, principalmente de asuntos rutinarios de la cancillería apostólica, presentan considerables enigmas respecto principalmente a transmisión. Una gran parte, que se calcula en la mitad, se la llevaban consigo los propios solicitantes; otro tanto por ciento considerable los que partían de Aviñón a las regiones interesadas. Ni unos ni otros eran a costa de la curia. Mucha parte era transportada por las agencias bancarias de negocios con su red mundial, que tenían sucursales en Aviñón. Sólo tratándose de escritos particularmente importantes, y, por tanto, de asuntos políticos y urgentes, se apelaba a los cursores papae o a clérigos superiores, monjes o frailes, entre éstos con particular frecuencia dominicos. Los cursores del papa no eran empleados para recados ordinarios, sino más bien para citaciones ceremoniales. Su número fue, en el período aviñonés, por término medio, de unos 50, estaban reunidos en una especie de colegio bajo el magister cursorum y gozaban de una posición de confianza; pertenecían a los cargos superiores del personal de la curia y al séquito permanente más inmediato del papa, sobre todo a edad avanzada. A ellos incumbían también las compras para el palacio papal, sus cocinas y bodegas.

Además de estos cursores apostólicos había cursores curiam sequentes, que estaban generalmente en relación con los mercatores curie y formaban una especie de posta. Comunicaciones políticas importantes se redactaban a menudo por duplicado y se mandaban separadamente. Para mantener el secreto se empleaban las cifras, por lo general como cedulae interclusae, a menudo escritas personalmente por el papa o el camarlengo y, a lo que parece, sólo raras veces registradas. Juntamente era también usual en la curia la transmisión de mensajes orales con la expedición de una credencia.

Pero el ministerio u oficina más importante era la cámara apostólica. A su cabeza estaba el camarlengo, por lo general un arzobispo, que antes hubiera prestado durante largos años servicio en la curia y, como colector, por esas tierras. El camarlengo y un equipo de clérigos y secretarios de cámara llevaban la correspondencia política. En sus manos prestaba también juramento, al tomar posesión de sus cargos, el personal de la corte papal. De la política secreta sabemos relativamente poco; tanto más, de la administración financiera de la cámara. Libros principales eran los Introitus et Exitus (entradas y salidas), las cuentas de los colectores que, como nuntii et collectores, recaudaban por lo ancho y largo de la cristiandad de entonces el dinero debido a la cámara. Había además toda una serie de registros especiales para diezmos, ingresos por beneficios vacantes (fructus medii temporis), procuraciones, obligaciones de pagos y pagos hechos. Los registros de división se destinaban a ingresos por servicios, visitas y censos que, desde el siglo XIII, se repartían por mitad el papa y los cardenales. Las fuentes más importantes de ingresos eran los servicios, anatas, censos, subsidios y espolios. Ya desde la alta edad media recibían el papa y los cardenales, en gran escala, subsidios financieros que poco a poco se fueron fijando y se miraron como tributo obligatorio. Registros de obligaciones por servicios se conservan desde 1295. Obispados y monasterios con un ingreso anual superior a 100 florines de oro, fueron agregados a los servicios con ocasión de su provisión por la curia. Su cuantía era un tercio de los ingresos del primer año y sólo podía cobrarse una vez al año. La organización sistemática de las reservaciones fue constantemente ampliando el número de obligados o deudores, de suerte que desde la mitad del siglo XIV fueron comprendidos casi todos los beneficios consistoriales. La mitad del servicio venía a parar al papa, la otra mitad al colegio cardenalicio; los cardenales asistentes al consistorio en la colación del beneficio recibían partes iguales. A los empleados de la curia se les asignaban, según una clave muy detallada, cinco servilla minuta de cinco participaciones o prorratas cardenalicias. Para la fijación de la cuantía de los ingresos sirvieron por de pronto los registros de obligaciones; desde fines del siglo, el líber taxarum de la cámara apostólica.

Las anatas entraron por vez primera en la curia, cuando, el año 1306, exigió Clemente V los ingresos del primer año de todos los beneficios vacantes o por vacar en Inglaterra, Escocia e Irlanda sin consideración del modo de provisión. Clemente V fundó su exigencia con la frase que se hizo célebre: quia quod postulat inferior, potest etiam superior. El concilio de Vienne lo contradijo vivamente y pidió un pasar suficiente para los pretendientes de prebendas.

También Juan XXII prescribió anatas, a veces casi para toda Europa, y más a menudo para varias provincias eclesiásticas y distintos países. Desde 1326, ordenó que estas anatas fueran pagadas por todos los beneficios vacantes en curia, y reiteró a menudo estas reservaciones. La cuantía de las anatas vacila en el siglo XIV, pero correspondía en general a la estimación de los diezmos. Annata, seu medii fructus primi ami es una definición que corre desde fines del siglo. Estaban obligados beneficios con un ingreso de 24 florines de oro. Como las anatas caían indivisas en la caja papal, eran de las fuentes más seguras de ingresos y alcanzaban generalmente la cuantía de los servicios.

En parangón con el siglo precedente, el producto de los censos, que seguían prescribiéndose, sufrió fuerte baja. Todavía estaban sin pagar del todo los grandes censos de cruzada del concilio de Lyon y de Bonifacio VIII, cuando el concilio de Vienne pidió a toda la cristiandad un diezmo de cruzada por seis años. Lo siguió pidiendo Juan XXII al fin de su pontificado, pero lo revocó Benedicto XII y mandó fuera devuelto el dinero ya recogido. Clemente VI, Inocencio VI y Urbano v prescribieron de nuevo diezmos generales, pero sin gran éxito. En territorios particulares se exigieron con mucha frecuencia, en el curso del siglo, diezmos cuyo producto hubo de ser repartido con los señores temporales. La mayoría de los diezmos de cruzada se los llevaron los reyes de Francia sin saldar cuentas ni devolverlos, caso de no haber tenido lugar la cruzada.

El subsidium caritativum fue originariamente una prestación voluntaria para una causa determinada; pero, en el curso del siglo XIV fue normalizada en su cuantía y hecho obligatorio, siquiera por lo general sólo localmente fuera exigido, sobre todo para las guerras continuas de Italia. Un subsidio pedido por Juan XXII a los obispados franceses dio sumas oscilantes entre 200.000 y 300.000 florines de oro. La incautación de la herencia de los cardenales y altos prelados muertos en la curia existía ya de mucho tiempo atrás; pero, al comienzo del siglo XIV, fue exigido por razón de reservaciones especiales, hasta que luego Urbano V se reservó la herencia de todos los obispos, abades, decanos, prebostes y rectores.

La dirección de la caja en la curia incumbía al tesorero, cuyo oficio se proveía a veces por duplicado. Con él colaboraban estrechamente los depositarios, es decir, los representantes de las casas bancarias, que daban créditos y anticipos y se encargaban de la transferencia del dinero. A pesar de la imponente masa de libros de cuentas del siglo XIV, hay que preguntarse si permiten una visión de conjunto sobre la conducta financiera y sus trasfondos en la curia. Hoy día se opina que no representan un balance, sino que sirven como recibos de cantidades ya pagadas y como documentos de descargo para los empleados de la administración; en lo esencial sólo consignaban lo que debía ser demostrado o comprobado. En todo caso, a par de la administración ordinaria, había también fondos secretos, que se llamaban la casulla privada del papa. Clemente V tenía un líbertam de secretis receptis quam expensis y apuntaciones sobre dona data domino y servida secreta, que hizo destruir poco antes de su muerte. Para la guerra de Lombardía dio Juan XXII más de 400.000 florines de oro ex coffinís suis, de bursa sua.

Como ingresos medios anuales se han calculado para Juan XXII 230.000 florines de oro, para Benedicto XII 165.000, para Clemen­te VI 190.000, para Inocencio VI 250.000, para Urbano V 260.000 y para Gregorio XI 480.000. Las finanzas menos claras son las de Clemente V. Claro que del tesoro de Bonifacio VIII y Benedicto XI depositado en Perusa sólo pudo salvar lo que hizo llegar a Lyon para su coronación. Los transportes ordenados posteriormente fueron robados en Lucca y Asís. Sin embargo, dejó grandes sumas de dinero, pero no a la Iglesia, sino a sus parientes. El tesoro amontonado por Juan XXII montó aproximadamente un millón, el del parco Benedicto XII a millón y medio. En cambio, al morir Clemente VI, hospitalario y manirroto, la herencia que dejó fue menguada. En la firme fortaleza de Aviñón, el tesoro estaba alojado bajo seguras bóvedas de las grandes torres cerca de la alcoba del papa. Los inventarios conservados de esta época apuntan muchas cajas de monedas de oro y plata, vasos de oro y plata y objetos de arte, y, sin duda procedentes en su mayor parte de la herencia de cardenales y obispos, costosos anillos de oro con piedras preciosas, caros paños, mitras y libros. El dinero contante fue menguado desde mediados de siglo, y con bastante frecuencia hubo que fundir en moneda objetos de metales preciosos, para atender a los gastos de la guerra en Italia.

Las salidas o gastos están distribuidos en los libros principales de la administración central en los grupos siguientes: cocina, panadería, bodegas, caballerizas, vestidos y tejidos, objetos de arte y adorno, biblioteca, construcciones, oficio del sello, sueldos y preparativos extraordinarios,(principalmente gastos de guerra), pagos de sueldos ordinarios, bienes inmuebles y ajuar, limosnería y varios. Como media anual de gastos se ha calculado para Juan XII 233.000 florines de oro, para Benedicto XII 96.000, para Clemente VI 165.000, para Inocencio VI 260.000, para Urbano V 300.000 y para Gregorio XI 480.000. Sin embargo, hay que tener siempre en cuenta que no estamos suficientemente informados sobre los ingresos y gastos extraordinarios. Las guerras de Italia se tragaban grandes sumas; así, en el pontificado de Juan XXII el 63 por 100 de los gastos; luego especialmente en los gobiernos de Inocencio VI y Gregorio XI. Para la retribución de los empleados se empleaba entre el diez y el veinte por ciento. Añadíanse los gastos para el sostenimiento de la corte y los curiales. La provisión de los papas de Aviñón corrió en lo esencial a cargo de los alrededores; sin embargo, las importaciones de lujo consumían de un cinco a un diez por ciento del presupuesto anual, y las costas del banquete de la coronación de Clemente VI pasaron de 15.000 florines de oro. En contraste con la administración de los estados particulares, ostenta la curia un sello de todo punto internacional, un constante ir y venir por las comarcas todas de la cristiandad. Ya desde el siglo XIII, estos negocios fueron generalmente llevados por grandes empresas comerciales, que estaban también políticamente del lado de la curia y, consiguientemente, sobre todo por los grandes mercaderes florentinos de los Bardi, Peruzzi, Acciaiuoli, Bonacorsi y Alberti. Solo Clemente V rompió, inmediatamente después de su elección, todas las relaciones con los bancos e hizo administrar el dinero por clérigos y depositarlo en monasterios, cosa que se comprende por el carácter de su persona. Aunque bajo su pontificado comenzó la rápida organización de la hacienda curial, dado su carácter inconstante y sus viajes perma­nentes, no entraban en cuenta los bancos como institutos de cré­dito. Pero luego se convirtió Aviñón en un emporio comercial de primer orden, como ciudad de unos 30000 habitantes, la tercera seguramente en población, donde la mayor parte de las grandes casas comerciales erigieron sus sucursales. Después de la quiebra de las altas finanzas florentinas a mediados de siglo, se aprovecha­ron transitoriamente los servicios de otros bancos italianos, incluso de ideas güelfas, hasta que pronto se volvió otra vez a las casas bancadas de Florencia. Las casas comerciales no llevaban sólo negocios de dinero en sentido estricto, sino que eran también conocidas como transmisoras de posta y proveedoras de mercancías y noticias. Bajo Juan XXII y Benedicto XII superaron los ingresos a los gastos y pudieron depositarse reservas, que hubo que aprovechar bajo Clemente VI e Inocencio VI, en que los gastos superaron a los ingresos. Urbano V y Gregorio XI sólo por medio de empréstitos pudieron superar los gastos siempre crecientes. Aun cuando los ingresos de la curia eran inferiores a los de los reyes de Francia, Inglaterra y Nápoles, se trataba de sumas imponentes.

Es difícil no sentir la impresión de que la curia de Aviñón creía poder disponer a su talante del dinero recogido de todo el mundo cristiano. Clemente V, el pastor senza legge, descuella señero en arbitrariedad. De los datos sobre finanzas, aunque incompletos, de su pontificado, resulta con certeza que procedió de manera irresponsable con el tesoro material de la Iglesia. Del millón de florines de oro de que pudo disponer al final de su gobierno, 800.000 pasaron a mano de su sobrino, el vizconde de Lomagne, para quien ya antes había comprado el castillo de Montreux, donde guardar dinero y tesoro. Cantidades gigantescas de diezmos se las entregó a los reyes de Francia e Inglaterra sin rendición de cuentas. Juan XXII que fue elegido tras una vacancia de dos años, sólo recibió 70.000 florines de oro, de los que la mitad tocó al colegio cardenalicio. Largos años duró el proceso intentado tras larga espera por Juan XXII a los herederos de Clemente; sin embargo, aún pudo recuperar el papa la cantidad de 150.000 florines.

Tal estado de cosas no dejó de suscitar la crítica por parte de los afectados. El concilio de Vienne resumió bastantes voces acusatorias que se habían ya levantado. Durante todo el siglo, señaladamente durante el gran cisma, obispados y abadías y hasta provincias eclesiásticas enteras hubieron de defenderse contra el esquilmo aniquilador de la curia. Lo que sobre todo escandalizaba era la permanente y descarada exigencia de dinero, y la imperfecta administración de beneficios y finanzas. A la verdad, no siempre estaba la iniciativa en la curia, pero ella era la responsable, cuando cedía a los deseos importunos y amenazantes de reyes y príncipes en la provisión de puestos y exigencias de diezmos. Toda posibilidad de echar la zarpa al dinero era aprovechada sin contemplaciones. Así quedaban beneficios vacantes a menudo un año entero y más, para asegurar a la curia la percepción de los frutos intercalares, o cuando altos prelados tenían que hacerse cargo de todos los servicios impagados por su antecesor. Francamente frívolo era el manejo de las censuras o penas eclesiásticas, cuando los pagos prometidos por juramento no se ejecutaban con puntualidad. Inmediata y automáticamente caían sobre el infeliz moroso la suspensión, excomunión y entredicho. Así, el 5 de julio de 1328, un patriarca, cinco arzobispos, treinta obispos y cuarenta y seis abades fueron declarados incursos en suspensión, excomunión y entredicho por falta de pago de los servicios. En tres documentos de la cámara apostólica entre 1365 y 1368, aparecen como censurados y per­juros siete arzobispos, cuarenta y nueve obispos, ciento veintitrés abades y dos archimandritas de Francia y España.

El curso antieclesiástico de la administración aviñonesa, que se prosiguió subida de punto en las dos o tres obediencias del gran cisma, condujo a una triste desaparición de la confianza en la curia y el ministerio eclesiástico. Así se explican los ásperos re­proches contra papas y cardenales durante el cisma, y la dura lucha por una verdadera reforma de la Iglesia, en Constanza y Basilea. Y es así que estos negocios de dinero, si no eran directamente simoníacos, sí por lo menos incompatibles con el carácter predominantemente eclesiástico del papado, e iniciaban desde el puesto más alto de la Iglesia una secularización peligrosa. ¿Sintió algo de eso Juan XXII, cuando, pocas horas antes de salir de este mundo, revocó todas las reservaciones?