LIBRO PRIMERO . EL CORAZÓN DE MARÍA

CAPÍTULO TERCERO

“YO SOY EL PRINCIPIO Y EL FIN”  

HISTORIA DE DIOS, EL INFINITO Y LA ETERNIDAD. INCREACIÓN Y CREACIÓN

   

Al Principio era el Verbo

Y el Verbo estaba en Dios

Y el Verbo era Dios

 

I

Origen e Infancia de Dios

 

La Eternidad, el Infinito y Dios nacieron juntos. No hubo un Antes y un Después. Ni los tres miembros de la Trilogía Increada nacieron a la manera que los seres humanos entendemos el hecho de nacer.

¿Tiene padre el Infinito? ¿Qué madre le daremos a la Eternidad? ¿Qué fecha de nacimiento pondremos en el libro de familia de Dios? ¿Qué edad le supondremos a un Ser que es una sola cosa con el Espacio, el Tiempo y la Materia? ¿Cómo hablaremos de la edad del universo sin referirla a un fragmento de la línea de la existencia de Dios en el Infinito y la Eternidad? ¿Y cómo de alta será la montaña de sucesos creada por un Ser que vive desde la eternidad?

Un cosmos increado por patria, indestructible por naturaleza, inteligente por vocación, aventurero nato, amante irremediable de la Vida y sus mundos, su vida una aventura perpetua por los mares incógnitos de las galaxias. ¿Con qué palabras podríamos dibujar en el lienzo de nuestro entendimiento la imagen de ese Ser Divino en navegación constante por el océano de las galaxias?

¿Qué fronteras le daremos a su universo? ¿Qué propiedades a su espacio-tiempo? ¿Cuántas páginas abarcarían las crónicas de sus aventuras?

Ahí va Él. Las estrellas a su voz se apartan, las constelaciones al verle pasar le saludan. Corre el león de Mercurio por la llanura entre campos de planetas de todos los colores atípicos, singulares, esbeltos, sutiles, lo alcanza su Gran Espíritu y le grita, “vuela criatura, sígueme hasta los confines del universo”. Una galaxia como un lago de luz acaramelada, con el alba de Júpiter en el núcleo, encierra en sus aguas delfines con gafas de infrarrojos saltando de sistema sideral en sistema sideral; de pronto ven al Gran Espíritu, Él, Dios, acercarse corriendo junto al león de Mercurio, y se lanzan a perseguirle por los espacios donde mora el Orto.

¿Con qué ojos verá Dios los colores de un campo de energía que con sus brazos abarca diez mil constelaciones? ¿Con qué cabellera suelta al viento de las galaxias sentirá Él la brisa que recorre los espacios infinitos? ¿Con qué manos y pies escala su Gran Espíritu las cumbres luminosas de los universos invisibles, paralelos, perdidos, ponientes, prófugos? ¿Cómo le afectará a Dios el tiempo que se tarda en alcanzar la llanura al otro lado de los cúmulos estelares más remotos? ¿En qué direcciones estelares extenderá su corazón sus alegrías cuando se encuentre al otro lado de las orillas de un cinturón de galaxias? ¿Cómo reacciona su corazón al sentir el nacimiento de la vida en las profundidades del mar de las constelaciones sumergidas?

La perla de la vida en su ostra sideral. Un mundo, otro mundo, una civilización nueva con sus singularidades típicas, con sus particularidades propias, otro desafío del barro primordial al fuego creador y destructor de todas las cosas. Él, Dios, avanza por las olas de los mares cósmicos descubriendo nuevos mundos; de cúmulo estelar en cúmulo estelar lleva la alegría del aventurero imperecedero a costas desconocidas. Abre las alas de su Gran Espíritu y se lanza a velocidad infinita por las llanuras cósmicas; siente el impulso del viento que recorre los espacios sutiles y ora juega con la luz a ser su jinete y ella su corcel brillante, ora la convierte en un rayo que recoge en su carcaj desde donde las flechas luminosas salen disparadas al cielo níveo, se incrustan en el corazón de una estrella Nova y la transforma en Supernova. Él tiene la Eternidad por delante; a su alrededor se extiende el Infinito. Aquél era Su mundo, Su universo, Su paraíso original. No tuvo principio, no tendría fin. Hacia donde quiera que Su Espíritu girase las estrellas y sus mares luminosos extendían sus costas.

¿Cuántos sistemas estelares se pueden recorrer en una eternidad? ¿Cuántas páginas le calcularemos al libro de Su vida? ¿Cuántas ramas le contaremos al árbol de Su experiencia? ¿Cuántos mundos, cuántas razas, cuántas civilizaciones conoció Dios antes de revolucionar la estructura de Su mundo y convertir la realidad cósmica en Su Creación propia? ¿Cuál es el volumen de Su memoria? ¿Cuántos recuerdos Su mente almacenó antes de provocar en aquel universo increado suyo la transformación final de la que nosotros somos el fruto?

II

En efecto, la Increación fue la Infancia de Dios. Todo lo que Él, Dios, conocía y había sido, había estado siempre ahí. Cambiaban las formas, pero Dios, Él, no recordaba que antes hubiera habido otra cosa. Y no lo recordaba porque no la había habido. Es decir, antes de la Creación fue la Increación, pero antes de la Increación no hubo otra cosa. El Infinito, la Eternidad, Dios, eran los miembros de la Trilogía Cósmica. Todo pasaba, todo fluía, la vida y muerte de los mundos, el nacimiento, desaparición y renacimiento de las galaxias. Siempre había sido así, desaparecían las formas, pero la esencia permanecía. La Muerte reducía a polvo todo lo que vivía, mas del polvo cósmico el ave fénix de la vida renacía siempre. Las hojas se les caían a las ramas del Árbol de la vida cuando soplaba el viento de la Muerte, se quedaban peladas, frágiles en su desnudez, mas al cabo el fuego de la vida renacía en la savia de los universos y se vestía de nuevo con frutos más hermosos, espléndidos y generosos. ¡Dios, cómo amaba Él su mundo! El Infinito y la Eternidad le tenían hechizado con su Sabiduría. Eran para Él padre y madre; y Él era para ellos la razón por la que todo permanecía en movimiento constante.

¿Cómo entrar entonces, por dónde entrar a pasar y contemplar la memoria de Aquél que era la razón, la causa, el sentido de la existencia de todas las cosas? Y si tuviéramos que comparar cada universo con la célula de un árbol ¿cómo calcular en el papel el número del Árbol de la Vida? ¿O cómo adivinar los nombres con los que fue conocido Aquél que permanecía para siempre cuando todas las cosas pasaban? ¿Y cómo sentir la experiencia divina de Aquél que se paseaba de universo en universo llevando consigo la alegría de la existencia a todos los mundos por donde iba?

¿Hacia dónde ir, hacia dónde no ir? ¡Qué pregunta! Hacia donde sople el viento, hacia donde la luz de la aurora de un nuevo universo anuncie su nacimiento, hacia los confines al otro lado del Orto, adonde la aventura ronde, adonde no se estuvo nunca antes. Porque lo más hermoso siempre está por llegar, porque lo más bello es siempre lo que aún no se ha visto, ¡adelante, que los soles celebren fiesta y bailen la danza de las abejas mágicas! Dios vuela sobre las alas del águila de las estrellas, se acerca cabalgando en el caballo de los universos lejanos, al trote se acerca, se baja en las orillas del río de la Vida, le da de beber a su corcel, mira al horizonte y sonríe porque sobre las altas cimas de los cúmulos distantes ha descubierto el fulgor de una estrella de nieve. Nada Le detiene. Su pulso nunca pierde el control. No conoce el miedo. Ni conoce más cosa que la alegría de la aventura. No sabe qué es la envidia, ni el mal. Jamás estuvo en guerra alguna. Él no necesitaba conocer la verdad, porque no conocía la mentira.

La verdad era Él, Dios; la verdad era el Infinito, la verdad era la Eternidad. La verdad eran los colores del arco iris brillando bajo un sol estival bravío. La verdad era un campo florido en primavera. La verdad era un mundo naciente bajo un sol de diamantes pulidos, tres lunas orbitando alrededor del planeta madre, un enjambre de naves partiendo de paseo por la galaxia origen, y luego el silencio de las almas que regresan al barro primordial de la Vida. ¡Cómo no maravillarse, cómo no reírse, cómo pasar de largo y rechazar la invitación de la Vida a participar en su aventura! El que era increado se hacía personaje, se dejaba inscribir en el registro de la historia soñada y allá que se dejaba maravillar por el genio creador de la Sabiduría.

Así pasó Él su Infancia. Tal fue la infancia de Dios.  

 

 

III

Pero un día se despertó en Él, Dios, un deseo. Aquel día Dios tuvo un deseo. Y aquel deseo llevaba en su núcleo la impronta entera del corazón en cuyo pecho nació.

Veamos; la Sabiduría era su hermana; Ella movía por Él todas las cosas, por Él convertía Ella la energía en materia y la lanzaba al espacio iluminando las distancias con aquellos fuegos artificiales en el origen de nuevos universos; luego sembraba la semilla de la vida en los nuevos campos estelares y los universos se llenaban de criaturas. Al cabo de los tiempos la Vida les cedía su lugar a las olas de la Muerte. Y todas las criaturas desaparecían del universo como castillos en una playa que borra la marea. ¡Sí! Todas sin excepción desaparecían entre los dedos del tiempo como agua, como polvo del desierto. Tal era el destino de todas las criaturas durante la Increación. Había sido siempre así. La Vida y la Muerte formaban parte del sistema cosmológico increado. Sólo por Dios y para Dios el barro cósmico cobraba forma; la Sabiduría  inspiraba aliento de vida en el barro de los mundos y se convertía en seres animados. Pero sólo por un tiempo. A su hora la Vida dejaba paso a la Muerte y sus olas secaban aquel barro primordial del que habían sido formadas todas las criaturas. El polvo regresaba al polvo. Cenizas a las cenizas. Sólo Él, Dios, era indestructible. Entonces Él, Dios, Se dijo:

¿No sería maravilloso que todas las criaturas de su universo naciesen para disfrutar la Inmortalidad? ¿No sería genial que, al regresar de sus viajes por esos mares remotos e incógnitos, cargado Su corazón de aventuras fabulosas volviera a encontrarse, como el que vuelve a casa, con Sus amigos queridos?

Sí, ¡Inmortalidad para todas las criaturas del Universo! Este fue Su sueño. Tal fue Su deseo. Un deseo hermoso.

Y lo tuvo con tanta intensidad que con los ojos despiertos Dios vio ya Su universo trasformado en un paraíso habitado por mundos sin número. Pueblos de galaxias y planetas distantes compartiendo sobre la mesa de esa Civilización de civilizaciones un mismo pan, los logros y avances de sus sociedades originales.  Un universo lleno de vida y color. Como enjambres de pajarillos recorriendo los bosques a cielo abierto, como muchedumbres de criaturas cabalgando las llanuras. Y Él corriendo, volando con ellos, abriéndoles horizontes, trazándoles nuevas rutas por las estrellas. En el sueño que le inspiraba Su deseo ya se veía Dios sumergiéndose en las profundidades del océano cósmico en busca de nuevas perlas. Y la Sabiduría, Su hermana, Su amiga de aventuras dejándole pistas entre las estrellas, maravillándole con una nueva victoria sobre la capacidad divina para ser sorprendido. Ella haría realidad Su sueño. La hija del Infinito y la Eternidad vestiría de inmortalidad a todos los vivientes.

Este fue el deseo que creció en el corazón de Dios. La cuestión es: ¿podría ser realizado ese sueño?

Bueno, en cuanto a Él, Él no tenía ninguna duda al respecto. Su Fe en el Poder de la Sabiduría Creadora para superar el reto que le ponía sobre la mesa, creación de vida inmortal, su Fe no conocía la Duda. De todos modos, la cuestión estaba ahí, y su implicación no era menos vasta y profunda, ¿pues qué consecuencias provocaría en el Sistema Cósmico Increado semejante transformación de estado? Naturalmente Dios estaba más allá de las implicaciones y sus consecuencias. Su Fe en la Sabiduría Creadora era tan ciega que en ningún momento se le ocurrió dudar de su Poder para realizar dicha transformación de estado. Él puso manos a la obra. Ahora bien, ¿por dónde empezar a hacer realidad su sueño? ¿Por la Inmortalidad de la especie como primer estadio hacia la Inmortalidad del Individuo, por ejemplo? Pues claro que sí. ¡Perfecto!

IV

Lo que de entonces en adelante vivió Dios, lo que Dios hizo desde ese día ¿podemos imaginárnoslo, comprenderlo, recrearlo? Se levanta un Ser extraordinario en las estrellas; Su propósito es unir todos los mundos que aparecen y desaparecen en el espacio y el tiempo y crear una Civilización de civilizaciones que vencerá todos los problemas que el reto de la Inmortalidad les sugería. Juntos todos los mundos en un Todo Universal, esa Civilización de civilizaciones se abriría al cosmos de las galaxias que se extienden hasta el Infinito. Dios estaría al frente de ese Imperio Cósmico. Él guiaría a los primeros mundos al encuentro de los últimos, los uniría a todos, les enseñaría a ser libres, a disfrutar de las maravillas del universo. Y siempre habría más. La experiencia que tenía Dios de su encuentro con mundos de todas clases la puso al servicio de Su sueño. Y enamorado de Su sueño, Inmortalidad para todas las criaturas, puso manos a la obra. Abrió rutas entre las estrellas y puertas entre las constelaciones, descubrió nuevos mundos y extendió sobre sus civilizaciones Su Cetro, les dio a los reinos que se fueron formando Cartas Magnas. Dirigió sus evoluciones tecnológicas hacia el encuentro en la tercera fase, integró a todos los reinos así formados en un Imperio y unió a su Persona la Corona. Él en persona se integró en aquel Mundo de mundos como el Rey de reyes y Señor de señores en cuya Palabra tenían todos los pueblos su garantía de crecimiento y coexistencia pacífica y libre. Su Palabra era el Verbo, y el Verbo era Dios.  

V

Y así fue. Con el tiempo aquel Imperio Universal creció y extendió sus fronteras a las estrellas más remotas de los cielos increados.

¿Cómo dibujar en el lienzo de nuestra imaginación las propiedades y la naturaleza de aquella Civilización de civilizaciones que extendió su gloria por el mar de las estrellas? ¿Qué Biblioteca sobre los Orígenes y la Historia del Imperio en que Dios había transformado la Increación llegó a formarse con el tiempo? ¿Con cuántas Historias Particulares se compuso su Historia Universal? ¿Cuál fue el número de las ciencias que los sabios de aquel Imperio dominaron, registraron, cultivaron?

La Sabiduría, invisible y bella, amante y alegre, desde su trono luminoso y transparente sobre todas sus criaturas extendía su protección e inteligencia, y en todas las cosas su alma maravillosa se manifestaba, moviéndolo todo con un sólo propósito: descubrirle a Dios las leyes que rigen el Universo. Este, Su universo, se llenó de mundos alegres y aventureros con una sola preocupación en la vida, disfrutar del tiempo de existencia que a cada individuo se le había otorgado. Porque, aunque la vida era hermosa, magnífica, impresionante, y las ganas de vivir no se acababan nunca, el hecho es que el tiempo era limitado y el paso de las criaturas por el mundo, efímero. Como las nubes de primavera que sobre su tumba de mayo lloran sus últimos días ante la cuna del verano, como el caudal del río que cruza la tierra de Este a Oeste pero se acerca al océano de sed insaciable, así era la vida de todos los seres de aquél Imperio que Dios había levantado con sus manos y amaba tanto. El dolor del último abrazo, la pérdida del amigo que desapareció mientras estabas de viaje, la lágrima que no recogiste de aquel ruiseñor que se murió con la pena de no haber expirado entre tus brazos, oh Señor, el rumor tierno de un príncipe al que amaste con el sentimiento de un hermano y se desvaneció en las brumas de su inocencia, regalándote besos, bendiciones y amores por los días que le diste, por haberle dado la oportunidad de conocerte, por haber hecho de su vida una historia digna de ser vivida aunque el aliento estuviera sometido a la ley del silencio final. Ah, el crujido de la rosa cuando sus pétalos mueren entre los dedos de la tormenta. El anuncio del fin de la felicidad perfecta escrito en sangre sobre un futuro sin defensas contra la flecha que certera busca su pecho. Hiere su núcleo, desgarra su pensamiento, hasta el corazón le llega la lanza.  

VI

Un día la Muerte despertó de su letargo y reclamó para sí corona y cetro. Quiero decir, si te dicen que Ese de quien se dice ser Dios no puede hacer realidad Su deseo ¿entonces qué te respondes?

Si eres sabio o simplemente aspiras a la sabiduría te contestarás que aquel deseo divino, Inmortalidad para todas las criaturas, este deseo implicaba una revolución estructural cuyas consecuencias habrían de alcanzar al propio Dios. Si eres de los que siempre optan por las cosas fáciles y eliges la opción de los ignorantes te responderás que ese Ser no puede ser Dios de verdad, porque para un Dios Verdadero no hay nada imposible.

Pues pasó eso. Con el tiempo Dios superó la primera fase de Su Deseo y transformó Su universo en un Imperio de Mundos con orígenes en las más diversas estrellas de los más remotos sistemas solares. Estaba avanzando hacia la última fase de su proyecto -Inmortalidad para el Individuo- cuando la Duda se hizo. Quiero decir, los Mundos habían alcanzado la Inmortalidad y contaban sus años por millones que no se acaban nunca, pero el individuo seguía siendo mortal. Y aquí es donde nació el problema. Mientras el individuo nacía para morir, y la Inmortalidad no entraba en la estructura formal de su lógica, la vida no sufría la Muerte. Mas al conocer el individuo que existía la posibilidad de la Inmortalidad y descubrir que el origen de esa posibilidad estaba en el Rey de reyes y Señor de señores de aquel Imperio de las estrellas, Él, Dios, la idea de vivir inmortalmente y tener que morir irremediablemente provocó en la estructura mental de una parte de los vivientes un choque violento.

“Pues si Él es Dios Verdadero, y a un Dios Verdadero no se le puede negar nada porque para Él todo es posible ¿cómo es que deseándonos la Inmortalidad nos vemos sujetos a las Muerte?”, se preguntaron los ignorantes, por ignorantes violentos.

Esta cuestión tan elementalmente lógica, tan racionalmente sencilla, fue el caldo de cultivo donde se desarrolló la Duda. Y la Duda condujo a la Negación de la existencia de Dios. Y en la carne de esa Negación se incubó el virus de la Guerra.

No siendo el Rey de reyes y Señor de señores del Imperio de las estrellas Dios en toda la extensión teológica y existencial de la palabra, seguramente habría alguna forma de destruirlo. Lo único que había que hacer era buscar el arma que le destruyese.  

VII

Aquella Guerra Universal tuvo lugar antes de la creación de nuestro Cosmos. Aquella Guerra Apocalíptica tuvo su origen en la Duda, y la Duda condujo a todos a la Destrucción. Fue aquella una guerra que dividió a todos los mundos y los enfrentó a muerte. La parte violenta, la parte que negaba la existencia de Dios y daba por muerto al Rey de reyes en cuanto descubriesen el arma definitiva, esta parte eligió la suerte de los ignorantes, amó la locura de los necios y emprendió una evolución sobre líneas torcidas en dirección a la transformación del ser en una nueva especie de criatura infernal, adicta al Poder, enamorada de la Guerra, su voluntad por ley, su ley más allá del bien y del mal. Descubrieron la Ciencia del bien y del mal y la llevaron a sus últimas consecuencias. La parte que eligieron los sabios, la Fe, el amor a la Verdad, aunque no pudieran comprenderla, esta parte amó a Dios y se negó a aceptar el argumento del ateísmo materialista de los violentos. Estaban de acuerdo en que el argumento de los ignorantes abría una brecha en la Fe Universal en el origen del Imperio de los Mundos, pues ciertamente no se podía entender que la Muerte no doblase sus rodillas ante Dios. Y sin embargo ¿quiénes eran ellos? Exacto, ¿quiénes eran ellos para entender cómo este conflicto entre la Vida y la Muerte que con Su deseo había provocado Dios le estaba afectando a la estructura de la Realidad Universal? Por supuesto que no, los sabios, pacíficos por sabios, nunca aceptaron la legalidad del argumento en la base del ateísmo científico de los violentos. ¿Qué se escondía detrás de aquella negación irracional sobre la Existencia de Dios sino una pasión incontrolable por el Poder? Adonde querían llevarlos los apóstoles del ateísmo era a una guerra universal, de la que contra toda sabiduría esperaban salir como vencedores para imponerles a todos un status quo demoníaco. Y no debía hablarse más. Esta era la verdad y por mucha ciencia en retorcer los argumentos que se inventaran los Padres de la Duda esta era la luz de la verdad que brillaba al fondo de sus sistemas de pensamiento. ¿Qué diferencia había entre la Duda y la Locura? La Ignorancia para entender la naturaleza del conflicto cósmico que en su inocencia había provocado Dios: los Padres de la Duda por Método la vistieron de ciencia, luego hicieron de la ciencia una nueva religión, el Ateísmo Científico, y después le declararon la Guerra a la Fe. Esta, porque conocía a Dios, y aunque en su corazón no pudiera comprender la naturaleza del conflicto que Su deseo había provocado en la Increación, sabía que aquella guerra sería el principio del fin de todas las cosas. Este argumento de los sabios, pacíficos por sabios, no les valió de nada a los señores de la Guerra.

La Duda era la verdad,

la Duda estaba en ellos,

ellos eran la Verdad.

Con semejante estructura lógica, corrompiendo la Lógica hasta retorcerla y transformarla en una irracionalidad típica de bestias demoníacas, les respondieron los malos a los buenos.

VIII

Cuando Él, Dios, descubrió lo que estaba pasando, Sus ojos se quedaron paralizados en sus órbitas. Y se quedaron congelados en sus órbitas porque no entendía ni podía comprender qué estaba pasando.

¿Eso era la Guerra? ¿Cuál era su origen y cuál su meta? ¿Qué buscaban los enemigos de su Imperio, y qué fuerza misteriosa habitaba en sus corazones rebeldes e incorregibles?

El Poder. El ejercicio del Poder se había convertido en la locura del Poder. El Poder volvía loco a quien lo ejercía. Ah, la locura del Poder. ¿Cómo era posible que una criatura nacida para ser un suspiro de la materia se atreviese a levantarle la voz a Dios? ¿Era esta locura por el Poder uno de los efectos de la Ciencia del bien y del mal?

IX

Al principio fue como un fuego que nace, lo apagas y crees que ya está solucionado el problema. Pero te das la vuelta y ves otro incendio creciendo y devorando alguna otra parte de tu mundo. Corres, llegas, apagas también este y otra vez crees que ya nunca volverá a suceder, porque todo el mundo ve que el fin al que conduce todo mundo que cae en las redes de la Ciencia del bien y del mal es regresar al polvo del que fuera tomado. No hay piedad, no hay destino. Ninguna lágrima es suficiente para apagar este fuego.

La violencia en la oposición entre el Bien y el Mal crece en la misma progresión geométrica que los incendios que crea a su alrededor. Apenas apagas uno nace el doble más allá. Apagas éstos y la progresión geométrica sigue su curso. Vuelven a nacer dos incendios más allá. Corres hacia allí, los apagas y salen el doble más allá en la distancia. Cuando vienes a darte cuenta la propia progresión geométrica te ha cercado y te encuentras en un Infierno. Sus llamas están devorando todo lo que has levantado con tus manos. Te opones, te resistes, le declaras la guerra final a tus enemigos, porque tú eres el enemigo, el objetivo que busca el Infierno. Los mundos son sólo peones en un juego que se te escapa pero que es tan real como la destrucción masiva de los mundos que un día fueron el orgullo de tus ojos. ¿En qué se han convertido esos mundos? En polvo vagando como nebulosas sin rumbo que llevan en sus entrañas todo lo que quedó de lo que amaste un día.

Así fue. Aquel Imperio de Mundos que tuvo al Dios del Infinito y la Eternidad por Fundador y Rey de reyes pereció en la guerra de su propio apocalipsis

X

La rapidez con la que he pasado por la memoria de la forja y destrucción de aquel Imperio no debe cegar la inteligencia a la hora de los cálculos a cuyos pies he depuesto los límites de mi pensamiento. Lo que fue no puede ser cambiado, sólo lo que será ha sido puesto en nuestras manos, y si ya es difícil dirigir el curso de lo que es hacia lo que será ¡cómo atreverse a penetrar en cosas que fueron antes del nacimiento de la primera galaxia que llena nuestro Cosmos!

El hecho fue que, con el sabor en la boca de quien se comió un dulce y le reventó en el estómago el pastel, Dios se encontró solo sobre las cenizas de aquel cementerio que la Ciencia del bien y del mal había dejado a su paso. Aquel árbol de la Ciencia del Bien y del Mal le ofreció a Dios su fruto y Dios no lo cogió. El no alargó su mano. Lo tentó la Muerte y no se dejó engañar. Por nada del mundo estaba El dispuesto a convertirse en un Dios de dioses, todos fuera de la ley, todos inmunes al brazo de la justicia. Antes la destrucción que ver su Imperio convertido en el Reino del Infierno.

XI

La Sabiduría y la Ciencia de la Creación

 

En aquellas cenizas, en efecto, fue enterrada la Infancia de Dios. Pero quien había salido por su propio pie de las llamas de la destrucción de su Imperio era ahora un guerrero que había ganado su Primera Batalla y por el camino había descubierto la Ciencia de la Creación. Buscando sus enemigos el arma definitiva que le destruyera descubrió Dios los secretos de la materia, del espacio y del tiempo, y al abrir esa puerta se encontró con la Sabiduría.  

XII

Él la amó desde el primer día. Y Ella a Él no se le negó, no le dio la espalda, no salió la Sabiduría huyendo de su Señor. Él fue para Ella, desde el Principio sin principio de la Increación, la causa metafísica de su existencia, la razón por la que Ella, la hija del Infinito y la Eternidad, lo hacía todo. Él fue para Ella, desde el Principio sin principio de la Increación, el Dios que le exigía cada vez más, que lo retaba continuamente con su alegría y sus ganas de vivir. Él era para Ella, desde el Principio sin principio de la Increación, su fuente de inspiración. Era en Su corazón donde Ella, la hija del Infinito y la Eternidad miraba para ver los miles de reflejos del Futuro. Su deseo era su musa, Su capacidad para soñar era para Ella un taller de proyectos. Cuando Él irrumpió en la estructura de la Realidad poniéndole a Ella sobre la mesa Su Deseo, Ella supo que de entonces en adelante ya nada sería ni podría ser igual. Antes que Él viera la primera llama Ella ya había visto el Infierno; antes que Él oliera la primera chamusquina, Ella ya había visto el cementerio sobre el que su guerrero indestructible caminaría descalzo. Inevitable el fin de Su sueño Ella articuló la garganta de los sabios para hablarle a Dios palabras de Ciencia. Porque para el día que Él anduviera sobre las cenizas de su sueño, para ese Día, Ella ya le habría entregado todos los secretos de la Ciencia de la Creación. Ella le iba a enseñar cómo se crea una galaxia. Ella le iba a enseñar cómo crear un enjambre de estrellas, cómo articularlas en redes moleculares, cómo cubrir regiones enteras de mares gravitatorios flotando entre galaxias, cordilleras de cuyas cumbres ríos de astros corren por los desfiladeros de los abismos siderales y van a desembocar en las costas de las constelaciones. Ella le iba a enseñar a cultivar el árbol de las especies. Ella le iba a entregar su Poder, ella le iba a entregar su ser.

 

XIII

Y así fue cómo el Guerrero dio paso al Sabio.

El Infinito y la Eternidad transformaron su cuerpo, el universo, en un laboratorio de aprendizaje para Dios, y Le dieron por Maestra a su hija, la Sabiduría. Ella guió Su pensamiento a través de los átomos, dirigió Su brazo hasta el núcleo de las estrellas. Le enseñó a atrapar un haz de rayos cósmicos, Le descubrió cuáles son las leyes que rigen su movimiento en un campo de energía; Le enseñó a manipular ese campo de energía creadora en razón de los efectos buscados. Le mostró cuál es la serie de leyes generales y particulares que rigen la relación entre la materia y la energía. Le descubrió el origen de las supernovas, las causas por las que las galaxias se atraen, se rechazan, se unen, se dividen, se transforman pero nunca se destruyen. Corrió Dios contra la luz y venció al rayo cósmico en pleno vuelo intergaláctico. Aceleró Dios el pulso de los astros al límite de sus revoluciones para ver qué sucedía si doblaba al cuadrado la densidad de su campo gravitatorio. Se sumergió Dios en el microcosmos y sobre una estela de plata siguió el salto de la energía de una dimensión a la otra.

Más iba conociendo sobre las fuerzas que mueven el universo y sus leyes, más disfrutaba Dios creciendo en inteligencia. Su inteligencia no conocía límites, siempre quería más, y ningún problema se le escapaba. Sólo tenía que enfocar sus ojos para que su pensamiento encontrara la respuesta. La Sabiduría se limitaba a ponerle delante el objeto y a dirigir su pensamiento hacia la solución correcta. Le estimulaba el conocimiento y lo introducía de ciencia en ciencia hasta el límite que sólo Dios podía alcanzar, el conocimiento de todas las ciencias, la Omnisciencia Creadora.

Después la Sabiduría le abrió a su Señor la puerta al tema de la creación de la vida.

Qué condiciones sistemológicas es necesario crear para obtener esta especie o la otra. Cuáles son los procesos de selección natural que han de seguirse para que la fuerza vital dirija sus pasos en una dirección definida y no en otra.

De Ella aprendió Dios todos los secretos de la creación y cultivo del Árbol de la vida. Bajo su dirección creó Dios mundos siguiendo el método de la experimentación. Y cuando su dominio de todas las leyes y fuerzas del universo lo convirtieron en el que era, ¡el Señor!, fue a dar el paso hacia la frontera inconquistable: la creación de la vida a su imagen y semejanza.

 

 

XIV

Pero durante el período de formación de su Inteligencia Creadora se fue abriendo paso en la mente de Dios una idea particular. Mientras estuvo atareado en el dominio de la Ciencia de la Creación fue sólo un pensamiento esporádico que se le pasó por la cabeza, que Él apartó de sí sin darle más importancia.

La Idea que se le metió en el ser es la siguiente:

¿Él era el Único Miembro de su Familia? Quiero decir, ¿cómo podía saber Él que en alguna parte al otro lado del Orto donde mora el Infinito no había Alguien como Él, un Ser de su Naturaleza Increada que en ese mismo momento incluso pudiera estar pasando por donde Él había pasado?

Este era el pensamiento que le venía, y, una vez tras otra, Él apartaba de sí. No obstante su constante darle la espalda, según el Señor fue naciendo en su Ser la cuestión fue adquiriendo ventaja. Era verdad que Dios no se había encontrado con su Igual y estaba en que Él era el Único Miembro de su Familia. Si a alguien llamaba Padre era al Infinito, si a alguien podía llamar Madre era a la Eternidad; si sentía como Esposa a alguien era a la Sabiduría.

¿Esto le ahorraba la verdad de no haber estado nunca al otro lado del Orto de la Increación? ¿Y si no había estado nunca allí cómo podía afirmar que ese pensamiento que se le había metido en la cabeza no era la llamada de ese Igual?

Sólo había una forma de saberlo. Lanzarse a recorrer los espacios infinitos.

Que Dios estaba en Él, porque Él era Dios, ya había quedado claro. ¿Pero Él era el único Dios vivo?

XV

Sin pensárselo más, Dios lo dejó todo. Allí, en aquel momento, Él dio por finalizado su aprendizaje del dominio de la Ciencia de la Creación. Y se lanzó a la aventura, a la búsqueda de la respuesta a la pregunta que se le instaló en el pecho y se negaba a ser pasto de la papelera de reciclaje.

¿Era ÉL el único miembro de su familia? ¿Él era el Único Dios que la Eternidad y el Infinito conocían?  

XVI

¿En qué medida la experiencia puede permitirle a la inteligencia comprender la historia que Dios vivió al romper las fronteras del Orto de la Increación? ¿Qué tipo de entendimiento debemos poseer para hacernos una idea de los sentimientos de un Dios Vivo recorriendo llanuras de un espacio que le era desconocido a la búsqueda de ese otro Ser de su misma naturaleza increada y eterna? ¿Qué tipo de matemáticas del tiempo debemos manejar para calcular los millones de milenios que aquella aventura duró? ¿Qué estructura literaria debe encarnarse en las manos de un historiador de todas las cosas bellas, para que de sus dedos manen ríos de leyendas y visiones de paisajes más allá de la fantasía de cien mil universos unidos en el corazón de una perla? ¿Cómo diremos vivió Dios esto o vivió aquello? ¿Cómo se atreverá la imaginación del poeta de las cosas alegres a levantar una oda a la conquista de los horizontes que no se ven, pero que suenan en las orejas de su conquistador como arpegios de bluses mágicos sacudiendo tristezas? ¿Podemos decirle a la aurora?: Hazte mujer y bésame. ¿Le hemos dicho nunca a la estrella de la mañana?: Ven y abrázame ¿Qué emociones vivirá el alma que goza del amor de la Luna y en sus alas navega por sueños de cristal líquido en busca de las costas de la felicidad perfecta? ¿Cómo podremos entrar en la mente de un Ser que se mueve a la velocidad de su pensamiento y cuyo corazón es fuerte como un sol?

XVII

Sin miedo, indestructible por naturaleza, el conocimiento de sí mismo forjado en una batalla que le hirió el alma con heridas profundas que desgarran, el Guerrero despertó de su descanso en la tienda de la Sabiduría, se despidió de Ella con un beso de alegría brillante, y recibió de Ella este adiós: “Tú-Dios, el que buscas, Amado mío, está en ti”. De nuevo fuerte, más fuerte que nunca, curado de sus heridas con bálsamo de amores puros, el Guerrero necesitaba descubrir la respuesta por sí mismo, y allá que subió a las cordilleras del Tiempo, y desde las fronteras de su universo divisó por fin las tierras donde mora el Infinito. Sonriente, con el viento de la Eternidad en su cabellera, sus músculos firmes, sus piernas fuertes como columnas, sus ojos brillantes de emoción y de nuevo maravillado por la hermosura que se abría a sus pies, aquél que era Dios, guerrero indestructible, aventurero enamorado de la existencia, el protegido de la Eternidad y del Infinito, allá que se lanzó en las alas de los vientos eternos a la conquista de los horizontes vírgenes.

XVIII

¿Cuánto tiempo duró aquella aventura? ¿Una eternidad es una medida matemática que quepa en nuestros manuales de física? ¿Nos atreveremos a dibujar la más humilde de las aventuras que vivió aquel guerrero indestructible en el lienzo de nuestras visiones más futuristas?

Al cabo, pasada una eternidad, descubrió Dios que el mundo al otro lado del Orto donde mora el Infinito se resolvía en una línea en forma de gran montaña, desde cuya cima podía contemplar con sus ojos todopoderosos la verdad que estaba buscando: Él era el Único Dios que la Eternidad y el Infinito habían conocido y tenido por Señor desde el Principio sin principio de la Increación.

Mas en esta verdad que os puede sonar a cosa conocida, en esta declaración formal latió un pesar.

Porque a medida que más y más se le fue descubriendo a Dios la Inmensidad de su Mundo, a medida que la definición de su Ser y las del Infinito y la Eternidad se le fueron fundiendo en una sola cosa, haciéndose una realidad indivisible, inseparable, indestructible, a medida que se le descubrió su Naturaleza en toda su inmensidad sobrenatural, increada y eterna, en esa misma medida aquél deseo de saber si existía al otro lado del horizonte desconocido Su Igual, Su Hermano, Su Amigo, en esa misma medida que fue creciendo en el Sabio el conocimiento sobre su propia sobrenaturaleza increada y eterna, en esa misma medida creció en Su pecho aquella lucecita recóndita que al principio latiera  con el pulso de una idea muy pequeñita.

Y así, a la hora en que el Único Dios Vivo se encontró en la cumbre del Monte del Infinito y la Eternidad, aquél deseo de conocimiento se había transformado en un deseo cada vez más fuerte de encontrarlo y abrazarlo, mirarlo a la cara y decirle: “Por fin, cuánto tiempo te he estado buscando, mi Igual, mi Hermano, mi Amigo”.  

XIX

Aquél que se encontró de pie en la cima del Monte del Infinito y la Eternidad, donde encontró a la Sabiduría esperándole para darle el Hola con las mismas palabras que le diera el Adiós, Aquel Guerrero, Sabio, Dios Único miembro de su Casa y Familia, se encontró con que aquella lucecita latía ahora en su pecho con la fuerza de un sol que seguía creciendo. ¡Qué no hubiera dado en ese momento por haber encontrado a Su Igual, a esa persona con la que reírse de Tú a Tú y juntos lanzarse a la aventura de la Vida por las llanuras que se desplegaban a los pies del Monte sobre el que se encontraba!

Pero no, Dios estaba solo. Él era el único miembro de su Familia. Jamás tendría a ese Alguien a quien decirle: “Guerrero, te echo una carrera”. Jamás gozaría del placer de ser tratado de Tú a Tú por esa otra persona divina que lo necesitase a Él tanto como Él le necesitaba. Pero basta. ¿Acaso Él no era Dios? ¿Por qué entonces se estaba machacando el corazón? Él le daría vida a ese Hermano, a ese Amigo nacido para mirarle cara a cara, para reírse con Él cómo se ríen los hermanos y hablarse como se hablan los amigos, con libertad, con cariño, con independencia de criterio. ¿Acaso Él no era el Señor? ¿Acaso se le había olvidado cómo crear un universo, cómo cultivar el Árbol de la vida? ¿No estaba la Sabiduría a su lado susurrándole al oído?:

“Tú-Dios está en ti. Amado mío, quien buscas está en ti”.

XX

El Divino Guerrero volvió a sonreír; se puso el Manto del Sabio y creyendo saber qué significaban las palabras de la Hija del Infinito y la Eternidad, se dijo: “Entonces, pongamos manos a la obra”. Enseguida transformó Dios la Montaña del Infinito y la Eternidad en un Monte de tierra mágica creciendo a la velocidad de la mirada de su Creador hasta las fronteras que nunca se alcanzan. Como si fuera un continente creciendo desde su centro, y ese centro un Monte que crece en altura a la velocidad que lo hace su superficie en la llanura, maravillando a quien lo ve porque, no importa dónde te halles, se ve su Cima desde todos los confines,  llamó Dios a ese Monte nacido para ser el centro de su Creación Universal: “Sión”. Y a ese continente dotado de su sobrenaturaleza, cual si el Infinito y la Eternidad volvieran a nacer desde el Monte de Dios, y hubiesen salido disparados hasta alcanzar los límites naturales a sus cuerpos, a ese Continente en el corazón del Cosmos lo llamó “el Cielo”. Le dio a la Sabiduría su tierra por reino, para que en el Cielo echara raíces y le diera de sus entrañas al Hermano, al Amigo por el que su Corazón suspiraba.  

 

XXI

El Origen de los dioses

 

Este es el origen de los dioses del Cielo. Nacieron a los pies del Monte de Dios.

Les dio Él sus nombres y Él les dio a conocer el Suyo. Su nombre era Yavé, Él era Dios y ellos eran sus Hermanos. Ellos eran los Hermanos De Yavé, el Primogénito de los dioses. Nacidos Inmortales e Indestructibles, vivió Yavé Dios con sus Hermanos un tiempo maravilloso. Su corazón se sació de la compañía de sus Iguales. Su alma disfrutó de su victoria con la intensidad del guerrero que baila la danza de los héroes tras la derrota del enemigo. Su enemigo fue su Soledad; ellos eran Su victoria viva sobre el infierno que un día Él viera avanzar desde esa soledad que se le incrustara en el corazón. Danzó Dios con sus hermanos al fuego de la alegría cual David por las calles de Jerusalén el día después de la derrota de Goliat. Para sus Hermanos construyó Yavé Dios una ciudad sobre la cima de su Monte. La rodeó de murallas, cada una de un bloque entero, cada bloque de un color, cada color del color de una piedra preciosa. Como si tuvieran vida propia, o una estrella en sus interiores que pulsasen sus luces hacia las fronteras que nunca se acaban, de aquellas murallas parten soles que colorean el Cielo y lo convierten en el Paraíso de las Maravillas. Dentro de esas murallas divinas se construyó para Sí y sus Hermanos una Ciudad, y la llamó Jerusalén. Ellos, los Hermanos de Yavé Dios, eran los dioses de Sión, los que viven en la Ciudad de Yavé, la Jerusalén Eterna entre cuyas murallas indestructibles tiene su residencia Yavé Dios, el Primogénito de los dioses.

XXII

Desde sus muros los Hermanos de Dios vieron crecer la explosión de vida que jamás se para ni se detiene y viste al Paraíso de Dios de bosques encantados, de cordilleras altas como Himalayas cuajadas de águilas gigantes con huesos de hielo metálico, ingrávidos como plumas sólidas como el acero.

La desbordante fantasía divina que durante tanto tiempo durmiera en el corazón del Guerrero se despertó sublime, y llamando a la Sabiduría se fue con Ella a pintar en el lienzo celeste paisajes más allá de la fantasía de nuestros más preclaros genios. La inspiración del Creador en alza por la presión de la felicidad que estaba experimentando, Dios concibió en su mente una Nueva Creación. Tomó a los dioses y los guió al otro lado del orto del Cielo, más allá de las fronteras en expansión continua del Paraíso. Como quien invita a tomar asiento y sentarse a contemplar un espectáculo maravilloso, Dios abrió la Creación del Nuevo Cosmos.

XXIII

He aquí el Principio de la Creación del Campo de las galaxias que rodean al Universo de los Cielos, la Región Local, cuyo Corazón es el Cielo, Mundo nacido para albergar en su tierra el Árbol de la Vida, y alrededor de cuyo Mundo los Cielos de la Región Local extienden el océano de sus continentes de estrellas.

Dispuesto a proceder a la Creación del Nuevo Cosmos, del Brazo Creador Divino nacieron ríos de energía, que, extendiéndose por las regiones exteriores del Universo de los Cielos de los cielos transformó el Espacio en un espectáculo de fuegos artificiales donde cada explosión marcaba el fin de una galaxia.

A la Noche le siguió el Día; el alba fue una nueva explosión de fuegos artificiales a plena luz de la aurora de la Nueva Era que se había abierto; y cada explosión marcó el Principio de una Nueva Galaxia.

Tal es el Origen del Nuevo Cosmos. Transformó Dios toda la materia increada que rodeaba a su Mundo en energía; acto seguido transformó toda esta energía en Nueva Materia. Tal es el origen de las Galaxias que actualmente existen y rodean a la Región Local.

Creó, pues, Dios el Cosmos para que siguiera creciendo eternamente. Este crecimiento es comparable a una onda que, expandiéndose por la Eternidad, sin perder la energía original, duplica su radio por el cuadrado de la velocidad de la luz que irradia hacia el Infinito.

Este río de energía cósmica desemboca en el campo de espacio-tiempo que rodea a la Creación entera; campo creador en el que entrando la energía producida por el campo de las galaxias comienza su viaje hacia las estrellas. Tal es el origen de las estrellas.

Cuando las estrellas nacen, siendo invisibles el rayo y el océano por el que la energía navega desde el microcosmos al macrocosmos, las estrellas anuncian su nacimiento con una explosión de luz.

Pues que el nacimiento de las estrellas se produce en enjambres, se habla de un Big Bang; pero sería más correcto hablar del encendido y apagado de una bombilla, no se produce destrucción sino creación. Y más que de explosión, de implosión.

Error más grande aún es concentrar la creación de Materia en un sólo momento en el Tiempo y el Espacio. No hubo un Big Bang; hubo muchos; y no faltarán jamás, pues el proceso de transformación de la energía cósmica en materia astrofísica es constante, autónomo, y se extiende hasta el Infinito por la Eternidad, teniendo siempre en Dios la Fuente de la que se alimenta el Océano de espacio-tiempo en el origen de la Creación del Nuevo Cosmos.

XXIV

Pero al término de este Principio de la Creación de todas las cosas este movimiento estuvo a punto de perecer y de ser destruido para siempre.

Cuando Dios Creador, Señor de la Materia, el Espacio y el Tiempo, acabó de poner en movimiento este proceso de creación de galaxias, feliz con la alegría del artista, del genio consciente de haber maravillado a su público, y loco de alegría por decirles a sus Hermanos:

“Venid, vamos a seguirle la pista a un rayo de luz hasta las fronteras de nuestro universo; acompañadme, vamos a seguirle la pista al águila de Andrómeda por las sierras de Orión”, cuando ya su corazón latía con la felicidad perfecta, el Día del Origen de todas las cosas dio un giro y se transformó en el día más duro de Su existencia.

¿Qué se encontró por respuesta a Su invitación en los labios de los dioses, sus Hermanos?

En los labios de los dioses colgaba pesada como una losa la verdad que acababan de descubrir:

Yavé Dios era el Único y Verdadero Dios Vivo”.

Ellos eran sus Hermanos porque en su necesidad de ese Igual se había entregado Yavé Dios de tal manera a vencer la Soledad que un día le rodeó con su Infierno, que al superar la última frontera, la creación de vida a Su imagen y semejanza, creyó encontrar la Victoria Final que se le estuvo negando.  

XXV

Los trató como a Hermanos verdaderos y verdaderos dioses; los adoptó por Hermanos con la sinceridad y entrega del que lo da todo y se olvida de todos los momentos malos y se sumerge en los buenos por venir sin miedo alguno a ser alcanzado de nuevo por las tormentas que descargaron sobre su soledad sus rayos y truenos. ¿Pero ahora que habían descubierto en Yavé Dios al Único Verdadero Dios Vivo: cómo podrían engañarse creyéndose lo que ellos no habían sido nunca?

Ellos eran Criaturas. Sólo eso, Criaturas.

Ellos eran Criaturas como esas galaxias que Él estaba creando; como el propio Cielo que los parió, como el Universo que acababa de nacer.

¿Cómo podrían volver a mirarle con los ojos del que se cree Igual, otro miembro de su Familia? ¿Cómo impedir que sus rodillas se doblasen y adorasen a su Señor y Creador? ¿No sabían ellos que en cuanto Yavé Dios pusiese los ojos sobre ellos se le partiría el alma al ver en sus ojos el fracaso del Guerrero que buscó en ellos al Hermano que nunca tuvo y nunca tendría? ¿Cómo podrían ellos seguir al Único Verdadero Dios Vivo por los espacios cósmicos cuya inmensidad no comprendían y cuyas fuerzas sólo podían ser disfrutadas por Aquel que había nacido entre ellas?

El Origen de los dioses, su origen, el origen de los Hermanos De Yavé, era éste, y ahora ellos lo sabían. Su origen fue la necesidad que tuvo Él, Dios Increado, de vencer la Soledad que se había apoderado del Sabio Todopoderoso que acababan de ver en acción. Ellos habían sido su victoria; y ahora eran su fracaso. ¿Cómo alzar las cabezas y atreverse a abrir la boca? ¿Qué le iban a decir: “Lo sentimos, Señor y Creador nuestro, pero te comprendemos”?

XXVI

Y así fue. Cuando Yavé Dios, el Primogénito de los dioses, abrió la Creación de las galaxias y volvió su rostro hacia Sus Hermanos, cuando fue a abrir Su boca para invitarlos a navegar por el Cosmos se encontró con Sus Hermanos de rodillas, sin atreverse a mirarle a los ojos y sufriendo ya lo que sabían que iba a suceder. Y lo sabían porque lo conocían tan bien, lo querían tanto que sabían que Él reaccionaría como iba a reaccionar, como reaccionó, como estaba reaccionando. “¡Yavé Dios, Señor y Único Dios Verdadero!”, fue la declaración que brotó de sus labios. En estas cuatro palabras estaba contenido todo el misterio de su pasado, de su vida, de su presente, de su futuro: Señor Único Verdadero Dios Vivo.

XXVII

Yavé Dios miró en el interior de sus Hermanos y vio en sus mentes como tú y yo vemos a través del cristal. No dijo Dios nada. No dejó traslucir emoción ninguna. La ilusión quebrada del genio que termina su obra y espera la aclamación alegre de su público incondicional y entregado, se convirtió en la tristeza del que descubre en la sala el silencio absoluto. Sin saber cómo reaccionar, sino solamente darse la vuelta y desaparecer del escenario sin dejar rastro de su existencia, Yavé Dios se perdió en las distancias al otro lado del Cosmos recién creado. Y a medida que se fue retirando del escenario de su Creación aquella soledad eterna e infinita Suya, contra la que había levantado todo este espectáculo maravilloso, empezó a crecerle en el Ser como una estrella sembrada en Su alma por el mismo Infierno. Más le quemaba el fuego de Su Soledad Eterna más rápido se alejaba Yavé Dios de todo lo que amaba. Más rápido corría huyendo de su destino, más le ardía en el Ser aquella estrella de los abismos. Más le quemaba su fracaso más se apoderaba de su ser la rabia, la cólera, la impotencia, la frustración. Más le crecían estas emociones incontrolables más su Gran Espíritu aceleraba su carrera hacia más allá de los espacios infinitos.  

XXVIII

Y mientras navegaba sin control huyendo de Su propio destino la tormenta se desató en su corazón. La Eternidad, el Infinito, la Sabiduría, ¿por qué le dejaron llegar a esta situación? ¿Por qué el Día que tuvo su primer sueño no se lo borraron de la cabeza? ¿Qué pecado había cometido para haber sido expulsado de su paraíso increado al infierno de una creación que le era una prisión? ¿Quién o qué le había condenado a esta cadena perpetua? ¿Qué o quién había firmado su condena a soledad eterna? ¿Cuál era su crimen? ¿El día que soñó con la inmortalidad para todas las criaturas por qué no le arrancaron el pensamiento de su mente? ¿Tan grave fue su delito para haber sido expulsado de su paraíso y haber sido condenado de esta manera? ¿De qué le servía haber descubierto al Creador en Su Ser si con el descubrimiento le había tocado esta sentencia? ¿Toda Su victoria se había reducido a una ilusión? ¿De qué le valía ser el que era si no tenía a nadie con quien disfrutar de su Ser, y nunca lo tendría? ¿Con quién iba a reír cuando le estallara el corazón de alegría? ¿Con quién iba a navegar por las galaxias a la aventura del descubrimiento de nuevas fronteras? ¿A quién le hablaría de Tú a Tú si hasta los dioses se arrodillaban mudos, incapaces para dirigirle la palabra de Igual a Igual? Se apoderó de Su Ser una angustia tan devastadora y mortal que Yavé Dios creyó volverse loco de dolor.  

XXIX

Desesperado, loco de dolor, dio riendas sueltas a su tragedia, y de su Brazo todopoderoso y omnipotente obuses de energía destructora se extendieron por los espacios, reduciendo a escombros toda materia que encontraron en su camino. 

“¿Prisión? No, cementerio”, le gritó Yavé Dios a la Eternidad y al Infinito cuando la explosión de su dolor se hizo incontenible.

“¿No queréis mi muerte? Yo os cavaré mi tumba”.

Loco de dolor, sintiéndose vencido y hundido, incapaz de triunfar sobre Su Soledad, de aquel mismo Brazo que hacía nada habían salido campos de energía transformadoras del universo antiguo en unos Nuevos Cielos llenos de colores y sonidos, como el que transforma con su magia el desierto en un vergel paradisíaco repleto de aves exóticas y de toda suerte de criaturas fantásticas, de ese mismo Brazo mágico salieron en aquella Hora terrible rayos de energía destructora que agarraron a la misma luz y la retorcieron hasta destrozarla bajo el peso de su velocidad infinita.

El Guerrero y el Sabio como poseídos por el insufrible dolor de la derrota estaban entregados a destruir lo indestructible, destruirse a sí mismo, y en su destrucción enterrar con Él al Infinito y a la Eternidad, un cementerio digno para un Dios, una tumba a su medida.  

XXX

¿Cómo entender aquella Hora de catarsis liberadora que Dios vivió a gritos? ¿Cómo atreverse a imaginar la naturaleza de los campos de energía antimateria que en Su dolor extendió Dios por los espacios ultra cósmicos? ¿Cómo describir que en Su dolor inimaginable el recuerdo del amor tan grande que le habían inspirado sus Hermanos triunfara sobre Su tortura y no alcanzaran los rayos de Su desesperación al Mundo que había construido sólo por ellos y para ellos? ¿Con qué números y con qué tipo de medidas calcularemos el tiempo y la intensidad de aquella Hora de catarsis liberadora? ¿Cuántos kilos de energía destructora podía generar Dios antes de caer rendido, como muerto a los pies de la hija del Infinito y la Eternidad?

Como muerto, sin ganas de respirar, sin fuerzas para abrir los ojos, sin deseo de volver a despertar.

¿Cuánta materia habría de ser quemada y reducida a tiniebla antes de alcanzar el cansancio su Brazo y caer Su Ser rendido sobre el cementerio que a su alrededor había levantado? ¿Qué altura debía de alcanzar la fosa entre cuyas paredes tenebrosas sería enterrado un Dios? ¿Qué peso le daremos a la losa para la fosa de un Dios? ¿Cuánto tiempo estuvo cavando Yavé Dios para sí mismo Su tumba? ¿Cuándo, en qué momento todo su dolor se transformó en tinieblas flotando en los espacios ultra cósmicos, y Dios cayó como muerto, sin fuerzas, rendido por la catarsis liberada?

 

XXXI

En efecto, Dios, aquél maravilloso Primogénito de los dioses, aquél guerrero y rey de un imperio que integró en su día mundos sin número, aquél sabio que gozó descubriendo todos los secretos de la Ciencia de la Creación, aquél aventurero navegando por la tierra al otro lado del Orto del Infinito, aquel Dios de la Eternidad echándole carreras a las criaturas del paraíso de la Increación, aquél Ser yació como muerto a los pies de su Amada, la Sabiduría, su Esposa.

Ella sería la primera cosa que Él vería al abrir los ojos.  

 

XXXII

¿Cuánto tiempo permaneció como muerto Aquél que era en su Inocencia más amado que cien mil universos? ¿Cómo diremos: Yació como muerto tanto tiempo?

¡Dios no tenía fuerzas para seguir viviendo, ni quería levantarse! ¿Qué le esperaba, la soledad eterna? Pero al cabo abrió los ojos. Flotaba su mirada sobre el horizonte, su pensamiento vagaba sin dirección. Entonces La encontró allí.

Abrió Dios los ojos y La encontró allí, a la hija del Infinito y la Eternidad, a su lado, susurrándole al oído sus palabras de amor: “Tú eres, Amado Mío, Dios Verdadero. ´TÚ Dios, nuestro Hijo, está en Ti”.

Entonces de los labios divinos salieron estas palabras de vida: “Dios verdadero de Dios verdadero, ENGENDRADO, no creado, INCREADO, de la misma naturaleza que el Padre…”    

 

XXXIII  

El Libro de la Vida

 

¿No habéis visto nunca a la mariposa blanca saltando alegre de flor en flor, cantando jocosa cada segundo de sus veinticuatro horas de existencia? ¿No os ha encantado jamás la canción del pájaro cantor entre los barrotes de su jaula, preguntándoos qué haríais vosotros en su lugar? ¿Os habéis parado alguna vez a contar las estrellas que caben en un rincón del puerto, cuando el sol rocía flechas doradas sobre las aguas del mediodía, capaces de enamorar a la dura piedra que algunos tenemos por corazón?

¡Qué bello es ver feliz de nuevo a quien se encontró perdido en los desiertos de su soledad insoportable! ¿Por qué un hombre tiene que medir la inmensidad de los cielos con el metro de la estatura de su cuerpo? ¿Cuántos años luz a la redonda cubre el alma que sonríe dichosa entre pájaros cantores y mariposas volando de galaxia en galaxia sin miedo a la eternidad y al infinito?

Es Él, regresa, las estrellas se levantan sobre sus columnas, las galaxias baten palmas, los dioses cantan la danza de la victoria al fuego de la hoguera donde el Ave Fénix renació de sus cenizas para no volver jamás a ser pasto de sus llamas.

Dios sólo les dijo a sus Hermanos estas palabras:

“Este es Jesús, mi Hijo Amado”.

Y en estas cinco palabras estaba contenido todo el misterio del Futuro de la Creación entera. Los dioses se arrodillaron y vivieron la felicidad de Dios Padre con la misma intensidad que vivieron la tragedia del Hermano que se fue. Les bastaba ver Su Felicidad para saber que Aquél era su Igual, TÚ Dios, el Compañero que Él Dios buscó en ellos y no pudo encontrar.  

XXXIV

Entonces pasado este tiempo de felicidad, del corazón de la Victoria de Dios Padre, el Espíritu del Creador se despertó en Él Dios. Tomó Dios Padre a su Hijo Unigénito, Jesús, dejó su Mundo en las manos de sus Hermanos los dioses, y transformando el Cosmos en un campo de materia prima creó el Océano de los Cielos. En este Océano de estrellas sembró el Espíritu Creador la semilla del Árbol de la Vida. Y en alguna parte de aquel Universo nació un mundo, con su Reino, el primero de los Pueblos que habrían de morar para siempre en el Paraíso que Dios creó para su Hijo.

Dios cultivó la Civilización del mundo de aquel Primer Día de la Primera Semana de la Creación, le dio por sistema social una constitución monárquica, y engendró en su rey un hermano para su Hijo. Luego tomó al Reino del Primer Día de la Primera Semana de la Creación y lo condujo a su Morada en el Paraíso de Dios.

Al llegar este Primer Reino al Paraíso se encontró su Pueblo con que el Cielo es un espejo que refleja todas las etapas de la evolución de la vida, desde las primeras etapas de la Prehistoria hasta el alba de la Historia.

La Tierra de las Maravillas la llamaron entonces los dioses.

Y así fue, hasta cinco veces se produjo este Acontecimiento. Cinco veces sembró el Creador la semilla de la Vida en el Universo de los Cielos. Cinco mundos nacieron entre las estrellas del Universo, cada mundo con su Civilización, cada Pueblo con sus características ontológicas personales, cada uno un reino con su constitución social propia, con su rey a la cabeza. Al término del Quinto Día de la Primera Semana de la Creación el Paraíso de Dios se había transformado en un Imperio. Dios se sentaba en la Cúpula del Poder como su Juez Universal Supremo, y a su diestra el Rey de reyes y Señor de señores de su Imperio, su Hijo Primogénito, Jesús, Dios Unigénito.

Durante aquéllos Cinco Días de la Primera Semana de la Creación el gobierno de su Imperio lo dejó Yavé Dios en las manos de sus Hermanos e Hijos. La Historia de este Imperio está escrita en el Libro que trata sobre los Orígenes e Historia del Cielo. El Día que nos toque a nosotros el turno de subir al Mundo del que bajó Jesucristo tendremos la oportunidad de conocer todas las cosas sobre la creación de los Cinco Mundos que formaron el Imperio del Paraíso antes de la Creación de nuestro Mundo, el Sexto en el Tiempo. Nombres, líneas evolutivas, constitución astronómica, constitución social, etcétera. Todas estas cosas están escritas en los libros que tratan de las Crónicas del Imperio de Dios.

XXXV  

Pasó pues que al Cuarto Día de la Primera Semana de la Creación uno de aquellos Príncipes del Imperio de Dios descubrió una semilla.

Era la semilla del árbol de la Ciencia del bien y del mal.

Su primera manifestación fue la Duda. Su consecuencia final, su fruto, la Guerra, fruto que muy pronto todos los reinos del Imperio tendrían tiempo de probar.

Que Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, era Dios Hijo Unigénito, esto todos los ciudadanos del Imperio de Dios lo sabían.

Creerlo o no creerlo era otra cuestión. Pero cuestión o no la Duda era algo que jamás a ningún hijo de Dios se le ocurrió siquiera plantearse.

El hecho era que Dios y su Hijo iban y venían del Imperio al Universo y del Universo al Imperio, y entre la ida y la vuelta pasaban millones de años. En aquel Cuarto Día de la Primera Semana de la Creación uno de los Príncipes vio en la Duda sobre la veracidad de la Unigenitura de Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, la puerta hacia la que reconfigurar la estructura del Imperio del Cielo acorde a su pensamiento. ¿Por qué no podría recibir la regencia del Imperio durante los Periodos Creacionales él, Satán, hijo de Dios?

Este era un pensamiento que jamás a nadie se le había ocurrido plantearse siquiera. Y que, curiosamente, encontró orejas donde crecer. Y creció. De manera que sorprendidos por la Rebelión de aquel hijo de Dios y sus aliados el Paraíso se convirtió en un infierno.

Conjurados los Rebeldes en lo que se llamó el Eje del Dragón, los ejércitos del Dragón se lanzaron a la conquista del Trono del Rey de reyes y Señor de señores.

Fue la primera Guerra Mundial del Cielo.

Satán a la cabeza del Eje del Dragón sus ejércitos arrasaron las fronteras de los reinos vecinos y avanzaron hacia Sión a la conquista del Trono del Rey de reyes.

Atónitos, maravillados por lo que estaban viendo, sin capacidad de reacción ante la sorpresa, los Hermanos y los hijos de Dios que se negaron a aceptar siquiera la posibilidad de una reconfiguración semejante; desde las murallas de la Ciudad de Dios los Príncipes de la Casa de Yavé y Sión contemplaron el avance de las fuerzas del Dragón y la estampida de los Pueblos del Imperio en dirección a la Jerusalén de los dioses.

En efecto, nada de lo que los Hermanos y los hijos de Dios les dijeron para que bajaran las armas les entró a Satán y los suyos en la cabeza. Así que superando la primera sorpresa el contraataque se impuso.

Los dioses abrieron el Sello de sus orígenes y los Príncipes se alimentaron de sus fuerzas. Los Príncipes Gabriel, Miguel y Rafael se vistieron de la invencibilidad de los dioses, arrasaron al enemigo, lo rechazaron hasta sus reinos, los asediaron en sus fortalezas, los capturaron y los encerraron en sus palacios hasta que el Juez de la Creación regresara y dictara sentencia.

Pasó entonces que cuando el Padre y el Hijo regresaron de los Cielos de la Creación trayendo de la mano un nuevo Reino al Paraíso, los hijos de Dios les salieron al encuentro, pero entre ellos no estaba Satán.

Le bastó a Dios una mirada para descubrir el por qué. Pero queriendo dejarlo todo en la lección aprendida y sin querer bajo ningún concepto que su Hijo descubriese la existencia de la Ciencia del bien y del mal, ordenó que todos sus hijos se presentasen ante Él para la celebración de la Fiesta de Bienvenida del Reino del Cuarto Día de la Primera Semana de la Creación.

Y ahí quedó la cosa.

Como venía siendo natural el Imperio se vistió de gala para la Fiesta de Bienvenida. El Reino del Cuarto Día de la Primera Semana de la Creación ocupó su Morada en el Imperio del Hijo de Dios; su Rey fue presentado ante la Familia de los dioses.

Alegría pues.

El recuerdo del Dragón encendiendo con su aliento la Guerra se convirtió en el recuerdo de una pesadilla que se fue y no volvería jamás.

Alegría en el perdón.

Así pues, rayó el alba del Quinto Día de la Primera Semana de la Creación. De nuevo Dios y su Hijo dejaron la Regencia de su Imperio en las manos de los Miembros de la Casa “de Yavé y Sión”.

Y pasando los miles de años lo increíble volvió a suceder.

Cual mulo que no aprende jamás la lección, Satán volvió a moverse en las sombras. Encontró aliados y se conjuraron a despertar al Dragón.

La decisión tomada, el plan de conquista del Imperio sobre la mesa, la nueva guerra, la Segunda Guerra Mundial del Cielo, se hizo.

Otra vez los dioses y los príncipes del Cielo fueron cogidos por sorpresa.

¡Santo Dios, cómo explicar que esta nueva rebelión les hubiera estallado en la cara! Aunque ganasen, y sobre la Victoria no tenían ninguna duda, la incapacidad de la Casa de Dios para mantener la paz quedaría ya demostrada para siempre.

La reflexión se impuso.

¿Qué estaba pasando?

¿Cómo era posible que simples criaturas de barro se atreviesen a poner en duda la Veracidad del Hijo Unigénito de Dios?

¿O simplemente se atreviesen a soñar con obligar a Dios a hacer su voluntad y dar luz verde a la transformación del Imperio en un Olimpo de dioses sujetos a una ley de inmunidad frente a las leyes del Cielo?  

XXXVI

Y así fue, la Segunda Guerra Mundial del Cielo acabó de la misma manera. El Dragón fue neutralizado, encadenado y custodiado hasta el regreso del Juez del Imperio.

Pero aquella fue una victoria amarga. Una victoria que no le supo a triunfo a los vencedores. Le habían fracasado por segunda vez a quien durante Su ausencia les entregó la regencia universal. ¿Qué sucedería a Su regreso? ¿Cómo explicar lo que ellos mismos no podían entender?

Al cabo Dios y su Hijo regresaron del Océano de las estrellas. De la mano traían un nuevo Reino, como siempre con su Príncipe a la cabeza.

Con aquella alegría del Padre que acaba de dar a luz un nuevo hijo, del Hijo que saluda el nacimiento de un hermano pequeño, el Padre y el Hijo regresaron a Casa.

Aquí volvió a suceder lo mismo. Por un instante el Hijo descubrió en el tono de su Padre dando la orden de presentarse todos sus hijos delante de Él algo...algo misterioso. Pero no pasó de ahí.

Y de nuevo Dios volvió a perdonar a los Rebeldes.

Sin embargo, Él sabía que urgía la necesidad de tomar medidas revolucionarias. No podía permitir que una Tercera Guerra Mundial estallase durante su ausencia del Cielo.

O reconfiguraba la estructura de su Imperio o más tarde o más temprano su Creación se convertiría en un Olimpo de dioses jugando a la guerra con la responsabilidad del que tiene inmunidad total y absoluta frente a las leyes.

Él no podía permitir que eso ocurriese. Así que se paró a buscar la respuesta que le exigían los hechos.

Y así se hizo.

Dios encontró la respuesta.

Los acontecimientos le exigían abrir su Creación a todos sus hijos. Así que la próxima vez que el Espíritu del Creador extendiese sus alas sobre el Universo todos sus hijos le acompañarían.

Del Sexto Día en adelante la Creación quedaría transformada en un Espectáculo abierto a todos los mundos. Y lo que es más, todos sus hijos participarían en el proceso de formación de los Nuevos Mundos.

Esta fue la primera medida en lo que respecta a cerrar la vía por la que andando el tiempo el Paraíso de Dios se les convertía a sus criaturas en una prisión. Maravillosa y lo que quieras, pero una prisión.

En cuanto al porqué los Pueblos de su Creación no acababan de concebir su existencia como un Árbol del cual ellos eran sus Ramas, Dios concibió la Creación de un Pueblo Nuevo, formado por todos sus hijos, y en el que realizándose la fusión de todas sus Civilizaciones en Una Nueva y Única, una vez realizada su entrada en el Paraíso este Pueblo Nuevo haría las veces de la argamasa necesaria para que los ladrillos se pegasen y formasen un edificio compacto, sólido e indestructible.

La proyección de las Cinco Civilizaciones de los Reinos existentes sobre la Vida Humana operaria, en su fusión, el Nacimiento de esta Nueva Civilización que, desparramándose por el Paraíso, los uniría a todos en el alma de esta Nueva Civilización en la que se reflejaban y Vivian todas y cada una de las existentes. Creada no para el Poder sino para ser el cuerpo del espíritu de la Sabiduría en su Creación, el Pueblo Humano realizaría la Fusión sin la cual había sido posible la Duda, madre de la Guerra.

En lo que respecta a la Duda sobre si el Rey de reyes y Señor de señores del Imperio del Cielo era Dios Hijo Unigénito, con sus ojos iban a verlo.

Así que al nacer el Sexto Día de la primera Semana de la Creación tomó Dios a todos sus hijos y los condujo al lugar de Origen, el Universo.

Creó Dios los Cielos y creó la Tierra.

Creó la Tierra más allá de las fronteras de las galaxias.

Y la creó allí para que vieran sus hijos lo que había más allá del Cosmos, el Abismo cubierto por aquellas Tinieblas a las que redujo el Único Dios Verdadero el Cosmos Increado en aquella Hora que precedió al Nacimiento del Padre y del Hijo.

A la vez despejaba la incógnita sobre qué hay tras las fronteras del campo de las galaxias. Con este gesto Dios les decía a sus hijos lo que le pasaría a cualquiera que se atreviese a volver a desenterrar el hacha de guerra. La pena contra el Rebelde sería la pena de destierro a las Tinieblas, de donde no regresaría jamás, y donde por la eternidad habría crujido de huesos y castañear de dientes.

Entonces una vez el escenario construido, se sentaron todos los espectadores. Miró Dios a su Hijo, Éste avanzó, y abriendo su boca dijo:

“Haya luz”.

 

 

Y LA LUZ SE HIZO HOMBRE…

PARA EL QUE TODO QUE QUIERA VIVIR

VIVA PARA SIEMPRE